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“Y los pobres desollados vencerán
a los lobos hambrientos…”

El Encubierto, una creación política plebeya en la agonía de la Germanía

Mariana Valeria Parma[1]

… y juntarse han con los del Encubierto y será limpiada toda España.

   

Joan Alamany

El triunfo de los pobres desollados, los corderos, los comunes, sobre los lobos como metáfora de los grandes, de la mano del encubierto apocalíptico, fue el augurio central del tratado atribuido a Joan Alamany, De la venguda del Anthicrist, que fundamentó las acciones durante la guerra y la resistencia en la Germanía de Valencia (1519-1522)[2]. En su ocaso, cobró vitalidad un fenómeno mesiánico encubertista. El título de Encubierto como emperador de los últimos tiempos, llamado a triunfar sobre las fuerzas del Anticristo, que ostentaron en el pasado los monarcas de la Corona de Aragón o el rey Fernando el Católico con fines imperiales, adquirió corporeidad en la Germanía en armas[3]. A este encubierto plebeyo y sedicioso refiere este artículo. Apostamos, en primer lugar, a reconstruir el contexto de lucha y características de aquella figura, para luego analizar las claves interpretativas del fenómeno histórico y repensar su significación como subproducto de la politización de los subalternos.

La resistencia en la historia agermanada

Hacia 1522 en un contexto claramente crítico apareció el encubierto. Atrás habían quedado los años de expansión de una Germanía en la legalidad, nacida de la convocatoria oficial a la defensa armada, que logró aunar descontentos capitalinos y reclamos jurisdiccionales regnícolas, en un proceso movilizador de las menestralías, labradores de las huertas y notarios, que gestó la ampliación de la política y reformas en favor de las mayorías[4]. La polaridad a la que dio lugar y el antagonismo creciente con las fuerzas contrarrevolucionarias de la nobleza territorial modificó el curso de los sucesos, debiendo los agermanados levantar banderas de guerra desde mediados de 1521. La acción de armas de una Germanía criminalizada interpeló a los partícipes del movimiento; un sector asumió desde entonces posturas negociadoras para evitar o mitigar el seguro castigo real y el resto protagonizó una sucesión de luchas políticas contra el privilegio. La primera de carácter potencial alentó al enfrentamiento abierto contra sus enemigos, a través de alardes, disturbios y avalots. La segunda en el campo de batalla le permitió desplegar un programa radical de anulación del cuerpo nobiliario con bautismos forzados de vasallos mudéjares y le deparó la victoria sobre las huestes señoriales, pero también sufrió fuertes derrotas y capitulaciones sucesivas. En el aislamiento y bajo el sitio de las fuerzas realistas, la tercera guerra de los plebeyos, la de resistencia, fue la que albergó la esperanza encubertista[5].

El escenario era profundamente adverso, marcado por el castigo a los agermanados. Desde la vuelta al territorio hispánico de Carlos V en 1522 y hasta 1524, las tropas realistas buscaron la reimposición del orden. Mientras los bastiones agermanados se mostraban irreductibles, operaba una estrategia selectiva. El virrey no conseguía asestar un golpe definitivo y cobraba prioridad vencer la resistencia por encima de las exigencias de la justicia penal. Se temía que la Germanía se reanime y el temor actuó como condicionante de una represión moderada[6]. Al mismo tiempo, lugares como Ontinyent y Albaida contemplaban múltiples ejecuciones y una fuerte campaña intimidatoria se desplegó en la capital. Toda la empresa de entrega de armas y la reducción plaza por plaza se ejecutaron en un marco de extrema tensión. Se padecían también penurias, destrucción y epidemias. La situación era volátil con contingentes armados que recorrían la Comunitat, como las guarniciones castellanas del ejército realista, que en algunos casos desertaron y se integraron a la resistencia. Las consecuencias fueron las destrucciones materiales sufridas por sus incursiones, sobre todo en las huertas, y la epidemia de peste, que produjo la huida de oligarquías locales en ciertos núcleos urbanos, factor que contribuyó al clima de inseguridad general[7].

Este panorama transfiguró a la Germanía igualitaria. Quebrada su capacidad militar y sin una conducción centralizada, la resistencia se mantenía sólo en los bastiones de Alzira y Xàtiva. Las poblaciones de realengo representaron en el conflicto plazas fuertes en las proximidades de València. El virrey combinó negociaciones para su reducción, con el combate a sus murallas para lograr la capitulación. Cortó todo suministro a las ciudades insurrectas. Ordenó “talar los campos, romper puentes y azudas, robar los ganados cerdosos y de lana: y la caballería corría la tierra hasta dos leguas en la redonda, sin dejarle entrar vituallas”. El objetivo era la reducción por el hambre y la desesperación, pero, señalan las crónicas, “ni por eso desistieron de su opi­nión”[8]. Era la hora de la defensa en plazas sitiadas, con casos como el de las doscientas mujeres de Xátiva, quienes frustraron el asalto a sus murallas, lanzando aceite hirviendo, cal y piedras a sus atacantes[9]. Las grandes acciones bélicas mutaron en operaciones de saqueo a lugares comarcanos, mediante una guerra de guerrillas, de incursión e inmediato repliegue, por la necesidad perentoria de víveres.

No era sólo cuestión de subsistencia, sino también de reclutamiento de adictos. En los saqueos, se proferían injurias y rumores e invitaban a los jóvenes labradores a armarse para unirse a la Germanía. A estos pequeños actos, se sumaron serios intentos de sublevación, como el de enero de 1522 en Ontinyent, que culminó en l’Ollería con la muerte del capitán Torró o en la capital del Reino un mes después, cuando fue asesinado Vicent Peris el 3 de marzo. Las fortalezas agermanadas, sometidas a sitios infructuosos, se fortalecieron con la presencia de líderes militares y políticos, provenientes de Alacant, Oriola, Alcoi, Ontinyent, Xixona. El verano de 1522 fue el momento más álgido de la resistencia y, a la vez, el de mayor debilidad del poder. Creció una nueva confianza en la victoria agermanada. En el transcurso del año, los refuerzos y enorme concentración de tropas realistas cambiaron la ecuación. Pero el final de armas, el de Bellús en setiembre, había sido incierto: el virrey no consiguió exterminar al ejército agermanado que se retiró a la ciudad de Xàtiva[10]. Desde esa capital de la Germanía en armas, la militancia buscó incansablemente ocasiones para resucitar la rebelión. Las crónicas mencionan avalots ante prédicas fugaces, conspiraciones descubiertas que intentaban prender fuego a las barracas, simulando ataques berberiscos para precipitar el alzamiento en armas, entre otros intentos. La historia encubertista se inscribe en esta indeclinable resistencia partisana.

El encubierto valenciano del Quinientos

En esa situación sin retorno a la legalidad y sin posibilidad de avance, apareció en escena la figura que protagonizó la escena. Viciana lo describió como un hombre de talla media, “membrudo, con pocas barbas y rojas, el rostro delgado, los ojos zarcos, la nariz aguileña, las manos cortas y gruesas, los pies muy gruesos sobremanera, cabellos castaños, boca muy chiquitita, las piernas corvadas”. Sandoval agregó que eran “los ojos espantosos, así como verdinegros; tenía pocos cabellos y menos barbas”[11]. El retrato tan poco generoso corresponde a Enrique Manrique de Ribera, el encubierto agermanado. El 21 de marzo de 1522, días después de la muerte de Peris, realizó su acción más trascendental en la plaza de la Seo en Xàtiva. Allí, parado sobre un banco entre dos trompetas y empuñando una espada, recreando una escena mística, delante de más de cuatrocientas personas, formuló su prédica radical del juicio final, marcada por un profundo igualitarismo. La misma contenía notas milenaristas en boga, provenientes de la vulgarización de serios debates teológicos y algunas premisas francamente heréticas. Pero fundamentalmente, relató que era el hijo de don Juan, nieto de los Reyes Católicos, que había sido despojado del poder por una intriga palaciega de la Casa Mendoza, a la cual pertenecían el virrey Diego Hurtado de Mendoza, y su hermano Rodrigo quien había dado muerto a Peris en la capital y ambos eran los adalides del bando aristocrático enemigo de la Germanía en armas. Era el Encubierto profetizado, quien se había descubierto “para reparar a España, que estaba perdida, y entonces los de Xàtiva comenzaron a llamarle el rey Encubierto”, escribió el notario García[12].

Antes de esta puesta en escena, poco se sabe de este hombre. Era un castellano de unos 25 años que se alojó en la posada de Noverques como era habitual para los soldados extranjeros que se unieron a los agermanados xativinos, huyendo de las represalias contra comuneros o que habían desertado de las tropas realistas. Criado de mercader de itinerancia fugitiva, su discurso demostró conocimientos agrícolas y su vestimenta (mitad marinero, mitad labrador) sumaron confusión. Procedía de un lugar fronterizo en cruzada contra el islam y la acusación fiscal le atribuyó la condición de converso. Antes de su arenga más famosa y luego de ella, pocas acciones protagonizó. En cierta ocasión, sacó “todo el tesoro de la iglesia y ropas de los mascarats (traidores)”, se engalanó con estas ricas vestiduras, tomó dos caballos para sí y vendió el resto de las existencias para pagarle a los capitanes y a su guardia montada que lo acompaño desde entonces para la “santa guerra”. Tras su prédica del juicio final, atacó a los mudéjares de Alberic y Alcover, vasallos del marqués de Cenete en venganza a aquella estirpe nobiliaria. Intentó contactos con lugares fronterizos. Trabó enfrentamiento con el bando realista del que resultó herido y debió refugiarse en Alzira, donde predicó y consiguió despertar mayor fervor. En abril, llevó a cabo un plan para vengar la muerte del capitán general Vicent Peris, tratando de ganar la capital nuevamente para la Germanía, pero un implicado en la conjura delató el plan y clausurada esta opción, se refugió en las huertas, en Benimaclet y luego en Burjassot. Allí fue finalmente asesinado a puñaladas por cinco sicarios a sueldo de la Corona el 18 de mayo; le acompañaban quince seguidores distinguidos por sus camisas blancas[13]. Toda la historia encubertista se resume así a los meses de marzo a mayo de 1522.

El proceder del personaje no guardó relación ni con la dureza de las reprimendas que mereció, ni con las repercusiones que suscitó. El bachiller Juan de Molina señaló que “en la verdad la vida del reyno y España estuvo tan al canto del peligro como jamás hayan estado”[14]. En vida, fue sentenciado a muerte y confiscación de bienes y se publicaron carteles de excomunión contra él y sus seguidores. Tras su muerte, se labró proceso inquisitorial post mortem por heresiarca. Su cuerpo fue arrastrado por las calles de la capital hasta la casa de la Inquisición y luego fue llevado al quemador. Autos de fe continuos se llevaron a cabo contra sus seguidores[15]. La dureza del castigo guardaba relación con el carácter de desafío directo a la Corona, capaz de reanimar la Germanía, dada la firme adhesión que había concitado. Esta popularidad se revela no sólo en los testimonios inquisitoriales, sino fundamentalmente en la continuidad del encubierto en la escena pública, pese a su muerte física. Sucesivos plebeyos reclamaron el nombre de encubierto en un ciclo extenso, dando origen al encubertismo. Fuentes cronísticas y penales atestiguaron varios casos de autotitulados encubiertos que negaban su muerte o bien habían logrado vencerla, reforzando su condición mesiánica, como el andaluz de origen humilde que paseaba por Xàtiva, el natural de Calatayud y profesor de gramática posible miliciano en una conjura capitalina, el caso del platero Bernabé que terminó muerto en Aragón o las juntas organizadas en casa de un calderero en la capital por el encubierto Antoni Navarro que culminó con su cabeza en la esquina de la Lonja. Esta legión de encubiertos permite intuir la presumible existencia de otros, de los cuales no se hallaron huellas directas en las fuentes. Con casos sucesivos o bien simultáneos y pese a sus diferencias, los nuevos encubiertos tenían en común su anhelo de reanimar la causa agermanada y todos los partícipes de las intrigas fueron brutalmente reprimidos.

Tras la rendición de los últimos reductos agermanados de Alzira y Xàtiva en diciembre de 1522, se sucedieron conspiraciones tardías. La conjura de 1529 culminó con cinco o seis ejecuciones por el delito de alzarse contra el rey. Fue protagonizada por un castellano de Illesca, Alonso de Victoria, quien recorrió las ciudades valencianas y en Alzira se presentó como genuino encubierto; su cabeza atravesada por un hierro de arriba a abajo se colocó en los pilares de la horca de la plaza del mercado y también fueron atenazados y descuartizados otros implicados un labrador, un sastre, un carpintero, un terciopelero. Aún en 1541, la documentación penal certificó la emergencia de otra conjura encubertista. La misma partía de la convicción colectiva en la supervivencia del encubierto histórico en Flandes y en su pronto regreso a tierras valencianas. Este era el relato que un pelaire Bernardino Acero transmitió al panadero Jeroni Cerdá y al carpintero Antoni Soldevila, quienes proyectaron un viaje para unirse al Encubierto. Delatado el intento a las autoridades locales, se labró proceso que culminó con la sentencia a muerte de los conjurados[16]. La causa encubertista había quedado entrelazada y sobreimpresa a la Germanía plebeya.

La exégesis de un fenómeno complejo

La interpretación, desde lo ideológico, atribuye al encubierto un carácter milenarista y mesiánico, que profundizó la adopción del apocalipsismo en la Germanía en armas. Buscó también la anulación del cuerpo nobiliario y “pues era rey armaba caballeros y hacía nobles a tales los que querían ser en València y Xàtiva”, señaló Miquel García[17]. Pero ahora no se trataba de bautismos forzados de mudéjares como vasallos nobiliarios, sino de combatir lugares de moros y dar muerte a los convertidos en anticristos, al dar categoría de guerra santa a la lucha agermanada. El Encubierto había asumido el programa del monarca de los últimos tiempos, con connotaciones heterodoxas, que coincidían en aspectos esenciales con el tratado de Alamany de igualitarismo radical. Por apropiación y reinversión de sentidos de la figura escatológica llamada a propagandizar el mando real o imperial, el encubertismo regio Trastámara se transformó en un movimiento sedicioso con la personificación en la Germanía y, por ello, nunca otro rey se identificó con este nombre y la promesa de su aparición se convirtió en esperanza de cambio social terrenal[18].

Desde esta perspectiva social, García Cárcel inscribió el fenómeno en el contexto de las huertas valencianas, como encarnación del “mito redentorista agrario socializante”. La prédica encubertista se dirigía a estos actores y las prácticas del personaje histórico tuvieron lugar en el contexto rural del que extrajo apoyo y sustento. Las huertas fueron refugio del primer encubierto y la adhesión de los estratos más pobres del campesinado a su causa se mantuvo inalterable a los sucesivos encarnados. El encubertismo fue “caja de resonancia de las reivindicaciones campesinas” y a la vez, representó el drama de la resistencia[19]. En esta última, fueron dos universos sociales los especialmente sensibles a la propaganda encubertista: los soldados extranjeros (aventurers) y los milicianos jóvenes y solteros (fadrins). El rol de la joven oficialidad de la Germanía en armas fue clave en la pervivencia de la memoria encubertista como lo certificó la nova germanía de 1541. Todos sus protagonistas pertenecían a los jóvenes agermanados que habían animado la resistencia armada xativina. Los imputados vivían en barrios populares capitalinos, compartían relaciones de vecindad, parentesco y amistad, se visitaban frecuentemente, juntos asistían a misa y coincidían siempre en la plaza del mercado. En ningún caso, respondieron al prototipo clásico del marginado en el Antiguo Régimen: eran hombres entre 40 y 50 años, casados, padres de familia, propietarios o trabajadores por cuenta ajena. Pero todos tenían un pasado común en la Germanía en armas y habían sido beneficiados por la amnistía de 1524[20]. El deseo de un nuevo tiempo agermanado a veinte años de la revuelta, intacto en la memoria por la marca encubertista, los condujo a arriesgarlo todo y perder la vida.

Desde el punto de vista político, la presentación pública de su figura lo convertía en una alternativa de poder a la del emperador Carlos V, que cuestionaba la legitimidad de la corona, aunque dirigía la disputa contra sus representantes. La acción de armas en la Germanía tuvo así un perfil político que pocas veces se subrayó, señaló García Cárcel.[21] Al interior de la Germanía, Pérez García y Catalá Sanz lo consideraron como un “golpe de estado”, por el cual el encubierto como fenómeno sectario, impuso a la germanía beligerante una “dictadura carismática y pseudo-dinástica” que chocaba con la organización federativa que tuvo el movimiento. Con todo el encubierto dio nuevos bríos a la resistencia y supuso una profunda transformación al asumir el liderazgo del ejército popular y de la clandestinidad rebelde. Esas fuerzas convertidas en partidas aisladas de milicianos adquirieron su carácter más radical, intenso en la violencia contra enemigos tras las banderas encubertistas de odio a los moros y saco a los ricos. En lo organizativo, el encubierto contó con una formación de bandas armadas, demostró un alto grado de organización y disciplina al centralizar la conducción, mientras se mantenían descentralizadas las operaciones de resistencia[22]. Esta militancia organizada ante la predecible derrota logró con éxito desestabilizar el control político del Reino.

Quizás el aspecto más significativo del encubierto se revela en su inscripción en la resistencia plebeya, al constituir una creación política identitaria por parte del movimiento popular. Epígonos del encubierto lo define como una “mascarada sometida a reglas”: dobles castellanos o de habla castellana, semejantes y que participaban de las mismas creencias. La mascarada le confería unidad a la necesaria dispersión de las acciones que impuso el sitio armado y la clandestinidad, impidiendo eficazmente el control militar final de territorios ya rendidos a la obediencia y dejando abiertas las puertas al retorno de una movilización activa, único objetivo que no pudo alcanzar. El Encubierto constituyó una figura política ideal inventada en la resistencia. Era una ficción política destinada a conferir legitimidad, identidad y sentido a la pervivencia en la lucha de una militancia forjada en las peores condiciones y sosteniendo la autodefinición popular en esa “Koiné política” criminalizada y perseguida. La creación encubertista impuso un liderazgo apoyado en el carisma, definido como relación social y no como atributo de personalidad, en función de los valores que reflejaba y de su reconocimiento social, basado en una relación de lealtad y de identificación[23].

Terol i Reig en su análisis sobre la resistencia xativina comprobó esta autoría plebeya en el caso del segundo encubierto, pasaje clave para entender el final negociado de la guerra. A partir de pruebas documentales, logró certificar que fue producto de la labor del obrero de villa Juliá y del velluter Pere Valladolid, quienes expresaban a las mayorías que se inclinaba por la continuidad de la guerra. La creación plebeya reafirmó la continuidad de la lucha sobre fundamentos milenaristas y antiaristocráticos. Del mismo modo, su desaparición fue consecuencia de los “nuevos vientos en favor de la capitulación”, que coincidieron con la salida de los soldados castellanos del bastión xativino y con la llegada de refuerzos de efectivos y artillería al ejército realista[24]. La capacidad negociadora que guardaban los rendidos sólo puede ser pensada a la luz de este desafío que habían protagonizado. La coartada política, el agermanado por antonomasia como “Hermano de todos”, aparecido y asesinado en otros rebeldes, se constituyó en un fenómeno persistente y extenso de la cultura popular más allá del conflicto. Otros fenómenos similares en otras regiones revelan la misma atribución desde abajo de caracteres para alimentar la lucha política por negación de la muerte, como el sebastianismo en Portugal[25]. Tras estas reencarnaciones que albergaban expectativas de cambio social, se hallaban las multitudes populares a las que tradicionalmente les fue negada su capacidad autónoma de creación y elección política.

A modo de conclusión

En conclusión, la creación plebeya y disidente que dio origen al encubertismo constituyó la pieza clave en la interpretación del fenómeno, al transformarse en factor perenne de la cultura popular como mito de lucha y resistencia. Fenómeno ideológico milenarista y mesiánico, certificó el carácter cristiano de la empresa agermanada, apropió y revirtió el sentido de la profética oficial y desbordó la sublevación política para asumir un programa de cambio radical y antiaristocrático. Adquirió carácter social por dar expresión al radicalismo de las huertas, a los jóvenes menestrales sin empleo y a los semovientes hombres de armas, un universo social potencialmente disruptivo. Asimismo, fue un fenómeno político, parteaguas dentro del movimiento, estandarte alternativo de poder y factor central de una resistencia que obstaculizó con éxito el restablecimiento del orden de los privilegiados. En la Germanía, el encubierto fue el emergente más claro de la politización que habían alcanzado los subalternos a partir de su experiencia de movilización armada. La resistencia organizada tras esta coartada política recuperaba el atributo característico de esa lucha partisana hasta las últimas consecuencias, la lealtad irrenunciable a la causa agermanada. Esa lealtad progresivamente invisible al registro histórico, cuando los reclamos continuaron por medios legales, permaneció latente en la memoria de los plebeyos, destellando de a ratos en conspiraciones fugaces, a la espera siempre de una nueva oportunidad para construir una Germanía triunfante.


  1. Universidad de Buenos Aires.
  2. ALAMANY, J. (1997). “De la venguda de Antichrist e de les coses que se han de seguir, ab una reprobació de la secta mahomètica”. En: DURAN, E. y REQUESENS, J. (comp.) Profecia i poder al Renaixement. Texts profètics catalans favorables a Ferran el Catòlic, València, Edicions 3i4, pp. 73-133.
  3. PÉREZ GARCÍA, P. (2007). “Dos usos y sentidos de la propaganda política en la España tardomedieval: el profetismo hispánico encubertista trastámara y el profetismo épico imperial carolino”, Res publica, 18, 179-223.
  4. VALLÉS BORRÀS, V. (2000). La Germanía. València, Alfons el Magnànim. PARDO MOLERO, J. F. (2001). La defensa del Imperio. Carlos V, Valencia y el Mediterráneo, Madrid, Sociedad Estatal.
  5. PARMA, M. (2023). Guerras Plebeyas. Luchas políticas en la Germanía (1519-1522), València, Universitat de València.
  6. PARDO MOLERO, J. F. (1996). “Después de la Germanía. Control militar en Xàtiva y Alzira (1522-1524)”, Saitabi Extra, 1, pp. 95-113.
  7. PÉREZ GARCÍA, P. (comp.), Más allá de la capital del Reino. La Germanía y el territorio valenciano: de Xàtiva a Orihuela, València, Universitat de València, especialmente pp. 288-290 y pp. 417-424.
  8. ESCOLANO, G. (1611). Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y reyno de Valencia, València, Pedro Patricio Rey, f. 1629. VICIANA, M. (1972). Crónica de la ínclita y coronada ciudad de Valencia, València, Universitat de València, p. 422.
  9. TEROL I REIG, V. (2022). “La ciutat de Xàtiva i la seua área d’influència. Els inicis d’una revolta i el final d’una guerra”, en P. PÉREZ GARCÍA (comp.), Más allá de la capital del Reino. La Germanía y el territorio valenciano: de Xàtiva a Orihuela, València, Universitat de València, p. 54
  10. PÉREZ GARCÍA, P. (2017). Las Germanías de Valencia en miniatura y al fresco. València, Tirant humanidades, pp. 224-236.
  11. VICIANA, 1972, 410-411. SANDOVAL, P. (1955). Historia de la vida y hechos del emperador Carlos V, LXXX. Madrid, Atlas, p. 289.
  12. GARCIA, M. (1984) “La Germania dels menestrals de València”, en E. DURAN (ed.), Les cròniques valencianes sobre les Germanies de Guillem Ramon Català i de Miquel Garcia, segle XVI, València, Eliseu Climent/3i4, p. 394.
  13. La cita en VICIANA, 1972, pp. 418-419. PÉREZ GARCÍA, P. y CATALÁ SANZ, J. (2000). Epígonos del encubertismo. Proceso contra los agermanados de 1541, València, Biblioteca Valenciana, pp. 39-52.
  14. MOLINA, J. (1522). “Epístola proemial”, en Los Triumphos de Apiano, València, Juan Jofré. https://bit.ly/3DqJzJk
  15. El proceso inquisitorial fue reproducido por DÁNVILA y COLLADO, M. (1889). “El Encubierto de Valencia”, El Archivo, IV, pp. 123-128.
  16. Acerca del encubertismo: PÉREZ GARCÍA y CATALÁ SANZ (2000), pp. 54-140. Fuentes: GARCIA, 1984, pp. 395-396 y VICIANA, 1972, pp. 420-448.
  17. GARCIA, 1984, pp. 365.
  18. PÉREZ GARCÍA, 2007, pp. 179-223. DURAN, E. (1995). “Aspectes milenaristes en les germanies valencianes”, El contemporani: revista d’història, 5, pp. 21-29.
  19. GARCÍA CÁRCEL, R. (1975). Las Germanías de Valencia. Barcelona, Península, pp. 138-139.
  20. PÉREZ GARCÍA y CATALÁ SANZ, 2000, pp. 39-40.
  21. GARCÍA CÁRCEL, R. (2002). “Comunidades y germanías: algunas reflexiones”, en F. MARTPINEZ GIL (coord.) En torno a las Comunidades de Castilla. Cuenca, U. Castilla-La Mancha, pp. 227-228.
  22. PÉREZ GARCÍA y CATALÁ SANZ, 2000, pp. 166-167.
  23. MORENO VAQUERIZO, A. (2004). “Milenarismo y Comunidades de Castilla: propósito del liderazgo mesiánico de los caudillos comuneros”, en Política y cultura en la época moderna (cambios dinásticos, milenarismos, mesianismos y utopías), Madrid, Fundación Española de Historia Moderna, pp. 554-555.
  24. TEROL I REIG, 2022, pp. 51-53.
  25. PÉREZ GARCÍA, 2007, pp. 218-220.


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