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La “revolución alimentaria”[1]

Circulación, lenguaje y poder en el espacio atlántico

María Inés Carzolio[2] y Osvaldo Víctor Pereyra[3]

En este trabajo nos centraremos en la cocina como sistema de representación y lenguaje del poder[4], es decir, como vehículo de diferenciación al interior de un espacio de comunicación simbólico particular, donde la utilización profusa de ciertos ingredientes catalogados de exóticos prefigura lo que podemos considerar el “lujo”[5] culinario. Son productos comerciados que llegan a la mesa de los sectores aristocráticos desde tierras lejanas y exóticas -componiendo así alto valor agregado- y que mueven una economía mundo primigeniamente integrada en vastas redes comerciales de oeste a este y donde terminan adheridas también a un sistema de coordenadas de diferenciación social profusamente regulado.

Los nuevos “sabores” de la globalización temprana: café, té y chocolate

Ningún sistema de distinción social desaparece sin engendrar su recambio[6]. En este sentido, aquello que podemos observar como placeres subjetivos se corresponden estrechamente con los patrones de jerarquización social en que se encuentran funcionando[7]. Sin embargo ¿qué dirección tienen estos cambios que permiten la emergencia de la llamada Alta cocina en Europa? Lo que podemos observar, desde mediados del siglo XVII, fue la demanda acelerada de comestibles novedosos y lujosos que nutrían las mesas de las elites dirigentes y grupos enriquecidos de la sociedad que abastecen sus mesas con importaciones exóticas de bienes de lujo como son el tabaco, café, té y chocolate, acompañada con la explosión en el consumo de azúcar. Estamos en presencia de un verdadero cambio del sistema de cocina, que deja de lado el uso abusivo de las especias en la búsqueda de exaltar el “gusto” natural de los ingredientes[8].

El corazón de irradiación de esta nouvelle cuisine es la Corte francesa[9], en donde se registran cambios muy importantes en la alimentación y su ceremonial. En 1654, Nicolas de Bonnefons -agrónomo y valet de la cámara de Luis XIV- publica su tratado de cocina Les délices de la Campagne[10], un libro que pone acento en el gusto por los sabores naturales –sin “enmascaramientos”– sustituyendo el uso desmedido de especias extranjeras por la preparación de delicadas salsas y guarniciones, entre esas hierbas, incluye fundamentalmente el perejil, como rasgo distintivo de la cocina francesa: “[El perejil] en síntesis, es nuestra especia francesa que da gusto a una infinidad de preparaciones y se emplea casi en todas partes, ya por gusto o por su color […]”[11]. Al mismo tiempo, como material graso se extiende el uso de la manteca,[12] otra de las características de esta nueva cocina francesa -centrada ahora en una separación y exaltación de los sabores naturales- terminará también componiendo la separación entre lo salado / lo dulce, el dessert, como dos momentos diferenciados.[13] En la llamada nouvelle cuisine, vemos que se van configurando cambios en la dinámica de la “preparación de los platos”, en su presentación, así como en la forma en que el cocinero -que se entiende como un artista- debe desarrollar métodos estrictos para evitar la contaminación de sabores:

[…] (Contra esos cocineros) que piensan que basta enmascarar y adornar sus platos en confusión para pasar por hombres capaces, cuando es aquí que se confunden y es desde aquí que llega a menudo el disgusto por la comida, dado que ellos no poseen método de trabajo: mezclan y llenan sus cacerolas indiferentemente, sin cambiar la cuchara o al menos limpiarla, así que dan el mismo sabor a todos sus platos […][14]

Al mismo tiempo, comienzan a desarrollarse las “normas del buen comensal” que forma parte de un refinamiento general en las costumbres[15].

Es decir, con la nouvelle cusine tenemos una lenta y profunda revolución alimentaria ocurrió en Europa Occidental, en primer lugar, en Francia, hacia fines del siglo XVII y principios del siglo XVIII, donde podemos observar la paulatina ruptura del sistema tradicional de códigos culinarios heredados desde la Edad Media. El nuevo habito gastronómico preveía la sustitución de salsas grasas por salsas ácidas, así como la disminución del uso considerable de especias, la búsqueda de una mejora de los sabores natural, la separación cada vez más clara de lo agrio y lo dulce, así como de lo salado y lo dulce que tradicionalmente se encontraban mixturados desde la Antigüedad.

La demanda de nuevos bienes de lujo en la mesa de las clases aristocráticas y enriquecidas –bebidas y especias exóticas provistas por los cada vez más extensos mercados ultramarinos– como el chocolate, café, té y tabaco, fueron acompañadas por cambios en los “accesorios correspondientes” que se convirtieron del mismo modo en signos de distinción, lo cual incitó a los manufactureros de Europa a producir tazas de porcelana para el chocolate, tazas de té chinas de imitación, tazas de café, pipas de arcilla y cajas para el rapé. El nuevo aprecio por los comestibles tropicales atlánticos estimuló el ingente comercio en Europa, así como en sus colonias[16].

El café procede de África, de Abisinia, posiblemente de la región de Kaffa (en árabe “Kahwa o cahwe“) que le otorga el nombre, sabemos que hacia el siglo XV, en la Península Arábiga los sacerdotes mahometanos lo utilizaban profusamente por sus propiedades para combatir el cansancio nocturno[17]. “El café pasó a Egipto, y de allí, los comerciantes venecianos y los marselleses que lo traían de Moca, a través de Suez y con escala en Alejandría, lo introdujeron en Europa.” (Serpa Flores, 1964)[18]. Su uso se extendió, al principio, por monasterios y en las Cortes europeas, como en el Islam, el café ayudaba a los sacerdotes cristianos a mantener la vigilia de los interminables rezos nocturnos[19]. Después de transitar por las distintas cortes y palacios de Europa, en el último cuarto del siglo XVII, irán apareciendo los “cafés” abiertos al público, naturalmente entendiendo con ello un consumidor urbano pudiente.

El origen del té es asiático, de Sichuan (región septentrional y montañosa de China), desde donde se difunde al resto del imperio a partir de su consumo por los movimientos religiosos –budistas, ortodoxos y taoístas– de allí también se difunde por Japón. Es precisamente de este último sitio donde las primeras remesas zarpan con destino a Europa por la vía comercial abierta por los portugueses. El centro de comercialización del té para occidente será la gran ciudad portuaria de Macao. Sin embargo, de mediados del siglo XVII y principios del siglo XVIII, gracias a comerciantes holandeses e ingleses el consumo de té se dispara[20].

Sí el café viene de África, el té de Asia, el chocolate se origina en el Nuevo Mundo. La nueva triada de bebidas exóticas definen una verdadera economía atlántica. En América el chocolate es una bebida que acompaña los rituales religiosos: “la bebida de los dioses”. El contacto de los europeos con el chocolate se da desde las etapas tempranas del descubrimiento[21].

El gusto europeo por el chocolate es producto de un proceso de un largo proceso de aculturación, donde tiene un rol esencial las mujeres indígenas: “[…] los espacios coloniales de dependencia incluían hogares en los que las mujeres trabajaban como esposas, concubinas y sirvientas […]”[22]. Los contactos entre culturas –algunos voluntarios, otros forzados– abundaron desde temprano en la América Hispana. Al mismo tiempo, el contacto entre los misioneros y las poblaciones indígenas sirvieron de correa de trasmisión con Europa. Según Chaunu y Chaunu[23], el chocolate no tuvo una presencia significativa en España sino hasta los últimos años del siglo XVI, y su consumo se afianzó en Sevilla tan sólo en las primeras décadas del siglo XVII.[24] Como vemos, desde España el gusto por el chocolate como bebida nutritiva y estimulante se fue difundiendo por el resto de Europa[25]. Sin dejar de lado el hecho de adecuarlo al paladar europeo, si en América el endulzamiento del chocolate pasaba por su combinación con la miel, en Europa, el uso del azúcar conllevó a un chocolate mucho más dulce.[26] Son variados los motivos que conllevan a la adopción por parte de las elites de estos bienes de lujo que formaron parte del circuito comercial atlántico, por ejemplo, no todos los productos del Nuevo Mundo gozaron del prestigio alimentario, dietético y social en Europa como el que tuvo el chocolate[27].

Sin embargo, lo interesante que presentan esta nueva triada de bebidas exóticas: café, té y chocolate, especialmente a partir del último cuarto del siglo XVII, es la aparición de nueva sociabilidad relacionada a su consumo. Tertulias, salones, cafés, casas de té fueron desde finales del siglo XVII escenarios de una vida social intensa los sectores urbanos enriquecidos donde estas apreciadas bebidas exóticas servían como eje articulador. “Las tertulias eran consustanciales con los refrescos. Bebidas como el chocolate, el té y el café eran elementos imprescindibles de los nuevos ámbitos de sociabilidad del XVIII”[28]. Es un fenómeno extendido en las grandes capitales europeas de la época, lugares públicos -pensados para un consumidor enriquecido- donde se preparan, se venden y consumen estas infusiones.

Un antecedente bien conocido, en Viena, el café abierto por el polaco Jerzy Franciszek Kulczyski quien, después de la victoria sobre la Gran Armada Turca, en el segundo sitio de Viena, el rey Jan III Sobieski lo convocó para recompensarlo por sus esfuerzos como espía, permitiéndole tomar lo que quisiera del botín que habían recuperado, entre ellas, una enorme cantidad de granos de café fresco. Kulczyski, que había pasado largo tiempo como prisionero de los turcos conocía perfectamente su lengua y sus costumbres, así como el enorme valor que tenía el café. Munido de este conocimiento abrió la primera casa de café en la capital del Imperio.

Sin embargo, en Occidente, el centro de difusión de este tipo de espacios de sociabilidad fue Londres, ya en 1683 se contabilizan “ochenta y dos cafés, y, al final del siglo, ascendían a varios cientos […]”[29]. Naturalmente en estos cafés se sirven, además de café, té y chocolate, un conjunto de acompañamientos fuertes, como licores aromatizados y también pequeños alimentos dulces. Lo especialmente relevante a remarcar aquí es que más que lugares de “placer” los primeros cafés se convierten rápidamente en centros de una nueva sociabilidad y una vida pública extendida en función de las necesidades propias de las actividades profesionales. Se transforman en nodos centrales para la comunicación y la circulación de información para estos grupos[30]. La comunicación, la circulación de noticias e información es un insumo esencial para estos grupos profesionales, de allí que los cafés prosperen como lugares de reunión abiertos a un público ciertamente especializado. Los ejemplos son varios, el Jonathan’s Coffee House, concentraba a agentes de cambio y especuladores en la zona de “Exchange Alley” o “Change alley”, donde finalmente se ubicaría la Bolsa de Valores de Londres. Como otros cafés, el Jonathan’s ofrecía también, como servicio a sus clientes, un boletín donde informaba sobre las cotizaciones de diversos títulos. Esto va dando origen a una prensa temática y especializada unidas a estos negocios y tan requerida para la circulación de información para estos círculos de sociabilidad profesional que se van desarrollando en el siglo XVIII. Como vemos, en estos tiempos, podemos encontrar en los distintos cafés londinenses el nucleamiento en torno a ellos de grupos profesionales con ciertos intereses comunes –diríamos cierta especialización temática compartida entre los consumidores– un público definido. Por ejemplo, en el Jerusalem’s Coffee House encontraremos nucleados a los comerciantes especializados en el comercio a larga distancia con Oriente, con el Will’s Coffee House, tendremos el surgimiento de los primeros cafés literarios, donde aparecen congregados poetas y literatos de la época. No será el único, también tendremos el Button’s, frecuentado por autores como Alexander Pope o Jonathan Swift[31].

Algunos de sus más insignes representantes del movimiento iluminista como el francés Jules Michelet, ponen su atención en este paralelismo entre la difusión del café y el llamado Siglo de las Luces:

[…] Nadie duda que el honor no se deba en parte a la feliz revolución del tiempo, al gran hecho que creó nuevas costumbres, modificó incluso los temperamentos: el advenimiento del café […][32].

Es decir, estas nuevas formas de sociabilidad urbana, centrada en la disposición de espacios públicos para el consumo de bebidas como el café, el té y el chocolate, era un fenómeno que no se encontraba restringido a Londres, sino que alcanzaba las grandes ciudades de Europa Occidental, asociado a un clima intelectual de época que va conformando la aparición de nuevas costumbres en los sectores más pudientes de la sociedad del Antiguo Régimen. Por ejemplo, en París, el mítico café Procope, abierto en 1686 por el comerciante siciliano Francesco Procopio Cutò, sería frecuentado por personajes como Danton, Marat, Voltaire y Diderot.[33]

En la España del siglo XVIII, tenemos noticias a través del médico vallisoletano Antonio Lavedán, “Cirujano del Exército y de la Real Familia de S. M. C.”, en su libro el Tratado de los usos, abusos, propiedades y virtudes del tabaco, café, té y chocolate, de 1796[34]. Como médico del rey, las impresiones proporcionadas por A. Lavedán tienden a considerar el café como una medicina, más allá del placer que para los europeos genera su ingesta, sin embargo, lo fundamental en los párrafos seleccionados es la gran difusión que tenía esta bebida -junto con el chocolate- en la España de la época.

Conclusión

Como vemos, una profunda revolución alimentaria ocurrió en Europa Occidental a mediados del siglo XVII, su epicentro fue Francia con la ruptura definitiva de los códigos culinarios y la transformación de la noción de gusto en sí misma. El nuevo hábito gastronómico preveía la sustitución de salsas grasas por salsas ácidas en el acompañamiento de los platos, la disminución uso considerable de especias con la consiguiente búsqueda de mejorar los sabores naturales, la separación cada vez más clara de lo agrio y lo dulce -sazones que tradicionalmente se presentaban mixturados- y una más clara delimitación entre lo salado y lo dulce. Al mismo tiempo, nuevos sabores –productos de la expansión atlántica– se convierten en bebidas exóticas (café, té y chocolate) que irán adecuándose paulatinamente al gusto y el paladar europeo. Cada uno de estos bienes de lujo –provenientes de distintos lugares del globo a través de la expansión de los imperios ultramarinos– terminan siendo bienes exóticos y de lujo servidos a las mesas de las elites dirigentes. Su alto valor monetario determina un consumo aristocrático y diferenciado que, al mismo tiempo, permite suplir el antiguo sistema simbólico culinario centrado en el uso de las especias orientales: la pimienta, jengibre y canela. Los nuevos símbolos de lujo en las mesas de los sectores dirigentes y enriquecidos del siglo XVIII serán ahora estas bebidas. El valor alcanzado por el café, té y chocolate en los mercados de Europa involucra a las compañías mercantiles a la producción directa en los espacios coloniales, convirtiéndose literalmente en los ejes que mueven la economía mundo. Al mismo tiempo, el consumo de las mismas particularmente en las grandes ciudades europeas permite la erección de espacios donde se desarrollará una nueva sociabilidad pública, los ejemplos compuestos en este sentido a lo largo del presente capítulo son variopintos. Son cambios de largo aliento que devienen de una sociedad también en transformación y que presenta nuevos espacios públicos extendidos ahora los sectores urbanos más pudientes y enriquecidos, y que se ubican más allá de las salas de las cortes, palacios y monasterios. Conforman una nueva sociabilidad no tanto centrada en dispositivos como la mesa y el banquete, sino ahora en lo que podríamos definir como la sobremesa, el consumo de estas bebidas exóticas que ameniza el encuentro en tertulias, salones, cafés, House of Coffee, casas de té, House of Tea, etc., que se convirtieron desde finales del siglo XVII en escenarios públicos de una vida social mucho más intensa los sectores urbanos profesionales y enriquecidos. Son cambios a hacia una nueva sociabilidad que, desde mediados del siglo XVII y el siglo XVIII, nos permiten observar la emergencia de nuevas dinámicas asociadas a las transformaciones producidas en los sistemas de diferenciación social y la aparición de nuevos elementos de comunicación simbólico de la distinción y el gusto, en donde encontramos jugando un rol central aquellas mercancías de lujo provistas por la expansión Atlántica. Por supuesto, estos espacios no estarán abiertos a la mayoría de la población –no son “democráticos” en el sentido contemporáneo del término– son ámbitos sociales marcados por la exclusividad, centrados en el refinamiento, son centros del buen gusto y también de exteriorización de la riqueza. Consumir café, té y chocolate, junto con degustar exquisiteces dulces y fumar, es diametralmente diferente al modelo antiguo centrado en la comensalidad en torno a la mesa palaciega y el banquete. Estamos en presencia de un nuevo escenario social donde los sectores profesionales consolidan las bases distintivas de la naciente sociedad burguesa, claro está, diversificada en sus intereses.


  1. This work is an output of the Resistance Project, which has received funding from the European Union’s Horizon 2020 research and innovation program under the Marie Skłodowska-Curie grant agreement No 778076.
  2. Universidad Nacional de La Plata.
  3. Universidad Nacional de La Plata.
  4. Véase PÉREZ SAMPER, M. “Actitudes ante la alimentación en la España Moderna: del placer a la mortificación”. Baetica, Estudios de Arte, Geografía e Historia, 23, 2001, pp. 543-582. Como afirma en relación a los alcances y profundidad de la historia de la alimentación “[…] no es sólo cuestión de estrictos contenidos alimenticios. No se trata sólo de lo que se come, sino cuándo, cómo, de qué manera, con quién se come y también de la actitud que se tiene ante la comida […] el enfoque socio-cultural que actualmente domina nos lleva a prestar especial interés a las actividades y discursos ante el fenómeno alimenticio […]”, p. 544.
  5. Las élites de las distintas sociedades históricas generan modelos de segregación y adoptan una posición repleta de signos distintivos y simbólicos que configuran elementos culturales y estéticos de diferenciación. La función de los bienes de lujo es satisfacer esta demanda de provisión de bienes de prestigio. El valor de estos no radica necesariamente en sus propiedades (por ejemplo, la pimienta, la reina de las especias en la Antigüedad hasta la Edad Moderna “[…] no tiene ningún valor nutritivo, ni curativo, ni conservante, ni sirve para otra función […]” ANTINUCCI, F. Especias. Una Historia de descubrimiento, codicia y lujo. Buenos Aires: Edhasa. 2017, p. 8, simplemente en ser símbolo de distinción social y estatus en la mesa de las elites de poder.
  6. BOURDIEU, P. Distinction: A Social Critique of the Judgement of Taste. Harvard: Harvard University Press, 1984, p. 6. “[…] El gusto clasifica, y clasifica al clasificador. Los sujetos sociales clasificados por sus clasificaciones se distinguen a través de las distinciones que hacen entre lo bello y lo feo, lo distinguido y lo vulgar, en todo lo cual su posición en las clasificaciones objetivas se expresa o queda en evidencia […]”
  7. Véase FLANDRIN, J. L. “Historia de la alimentación: Por una ampliación de las perspectivas”. Manuscrits: Revista d’història moderna, 1987, 6, pp. 7-30. Al respecto: “[…] Es cierto que son mucho más difíciles de conocer las cocinas populares que las de las Elites sociales. Pero sucede lo mismo con los otros aspectos de la cultura popular, puesto que, salvo los restos arqueológicos, no tenemos apenas testimonios directos de esta cultura y estamos obligados a basarnos en el testimonio de letrados que no participaban se definen una en relación con la otra por oposición, ambas se prestan constantemente elementos y tienen muchas cosas en común que generalmente los testigos se olvidan de señalar… No creo, pues, que para estudiar la cultura popular sea un buen método el desinteresarse por la cultura de las élites…”
  8. Hacia el siglo XVIII, el propio Voltarie lo definía. Voltaire, Dictionnaire Philosophique, entrada GUSTO, citado por Ibid. p. 24. “[…] Así como el mal gusto en lo físico consiste en no sentirse halagado más que por condimentos demasiado picantes y demasiado rebuscados, el mal gusto en las artes consiste en no gustar más que los adornos estudiados y en no sentir la bella naturaleza […]”
  9. Como afirma PÉREZ SAMPER, M. “Cataluña y Europa a la mesa: las recíprocas influencias en los modelos alimentarios de la Época Moderna”. Pedralbes: Revista d’historia moderna, 1998, 18(1), pp. 251-272. Cita en pp. 252-253.
  10. Es un segundo volumen que acompaña al Le Jardinier françois publicado en 1651. Esta primera obra enumera los diferentes productos cultivados en jardines y huertas franceses –árboles, hierbas y frutas– así como las formas de prepararlos, conservarlos y, sobre todo, saborearlos.
  11. ANTINUCCI, F. (2017), p. 101.
  12. Algunos porcentajes del uso de la mantequilla en la alta cocina francés lo tenemos en FLANDRIN, J. L. (1987), p. 21 “[…] Lo mismo sucede con la mantequilla que en las recetas del ´Viander de Taillevent ‘, en el siglo XIV, aparece en un 1,4%, a finales del XV en un 7,6% de las recetas, en el siglo XVI en un 33% y en los libros de los dos siglos siguientes nos la encontramos en un 35 a un 60% de las recetas. Aparece generalmente sustituyendo al aceite como producto graso en los días de vigilia […]”.
  13. FLANDRIN, J. L. (1987), p. 23. Hay que entender que “[…] si los condimentos azucarados disminuyeron en los platos de carne o de pescado desde el siglo XVI a finales del XVII, no fue porque disminuyeran las cantidades de azúcar disponibles -al contrario-; fue porque a lo largo del siglo XVII se empezó a considerar que los sabores dulces no iban realmente bien con las carnes y los pescados y porque se estaba formando la oposición dulce/salado […]”.
  14. Véase referencias en The Historical Cooking Project. Recuperado de: http://www.historicalcookingproject.com/2013/12/les-delices-de-la-campagne-de-nicolas.html BONNEFONS, N. Les Délices de la Campagne, 1654, p. 233 “[…] el verdadero gusto que hay que darle a cada especie de carne y pescado; que la mayoría de vuestros cocineros no estudian, sobre todo preocupados por la buena opinión que cada uno de ellos tiene de su habilidad, creen que mientras disimulen y adornan sus platos con confusión, para que pasen por hombres hábiles; pero ahí es donde se equivocan […]”.
  15. Véase el trabajo de CRUZ CRUZ, J. (2002). Teoría elemental de la gastronomía. Pamplona: Eunsa, 2002, pp. 72-73, donde el autor cita las Reglas de la buena usanza civil, y cristiana. Utilissimas para todos, y singularmente para los que cuydan de la educación de los niños a quienes les deberán explicar, inspirándoles insensiblemente su práctica en todas las ocurrencias, Barcelona, 1767. “[…] Quando estás sentado en la mesa es muy indecente tener las manos o los brazos recostados sobre ella. También es gran grossería dar con el codo a los que tengas a los lados. / Es rusticidad ofensiva el tosser, escupir, y mocarse en la mesa; si no pudieres escusarlo, has de cubrirte la cara con la servilleta. / En los lugares que fuere costumbre conversar durante la comida, ten cuydado a no hablar jamás con la boca llena. / No llenes con demasía la cuchara cada vez que la encaminas a la boca, ni rasques con ruido el fondo del plato, ni tampoco el tuyo, porque estos golpes descubren, como señal seguro, tu golosina. / No has de llevar a la boca los huesos para sorber el tuétano, ni roerlos para limpiarlos en la carne, sino que con el cuchillo la cortarás en el plato y comerás después con el tenedor. / Es cosa indecente tocar la carne con las manos quando tengas tenedor, y mucho más aún manejar el pan con los dedos sucios, y lamerlos particularmente con ruido; enjúgalos con la servilleta. / … es cosa incivil limpiar los dientes, y enjugar la boca en la mesa, y aún después de haver comido en presencia de los demás […]”
  16. Véase NORTON, M. “Chocolate para el imperio: la interiorización europea de la estética mesoamericana”, traducción de MARTÍN JIMÉNEZ, I. Revista de Estudios Sociales, 29, 2008, pp. 42-68.
  17. Véase OTA, K. “Coffee as a Global Beverage before 1700”. Journal of International Economic Studies, 32, 2018, pp. 43-55. Como síntesis de la difusión del café desde su cuna africana a Oriente.
  18. SERPA FLORES, (1964), p. 1065.
  19. Citado por ANTINUCCI, F. (2017), p. 118. El filósofo y político inglés Francis Bacon, en su Sylva sylvarum (1670), relata: “En Turquía tienen una bebida llamada café, hecha de una baya que tiene el mismo nombre, negra como el hollín y muy perfumada… que toman reducida a polvo y mezclada con agua, tan caliente como pueda aguantar; y la toman sentados en sus casas de café, que son como nuestras tabernas. Esta bebida anima el cerebro y el corazón, y ayuda a la digestión […]”
  20. PAINE, L. (2021). El mar y la civilización. Una Historia Marítima del Mundo. Madrid: Papeles del tiempo, 2021, pp. 607-608. “El gran estímulo para el comercio europeo con Asia fue el té de China, que venía llegando a occidente desde 1660, si bien en pequeñas cantidades. Los holandeses fueron los primeros en intentar comerciar con él de modo estable, y en 1715 la VOC compraba unas treinta toneladas, cantidad que subió a casi dos mil. Los ingleses tuvieron mucho más éxito: sus compras subieron de nueve toneladas en 1700 a cuarenta y ciento en 1706 y cerca de 27.000 seis años más tarde. Hasta el gobierno británico decidió reducir en 1784 sus abusivos impuestos sobre el té (entre el setenta y nueve y el ciento veintisiete por ciento) […] la reducción de las tarifas al 12,7 por ciento tuvo el efecto múltiple de bajar el precio de venta al por menor del té, borrar la competencia del contrabando e incrementar la participación británica en el comercio global europeo del té desde el 36 al 84 por ciento […]”
  21. ANTINUCCI, F. (2017), p. 120. “[…] En el cuarto viaje, justamente, Colón hace ruta hacia el Sudoeste chocando con la isla de Guanaja, frente a la costa de Honduras, donde […] secuestra una canoa […] proveniente del vecino Yucatán, cuya rica carga incluye una bolsa con ‘enormes almendras’ consideradas por los nativos como muy preciosas: granos de cacao […]”
  22. NORTON, M. (2008), p. 13.
  23. CHAUNU, P. y CHAUNU, H. Séville et l’Atlantique, 1504-1650. 8 vols. Paris: S.E.V.P.E.N., 1956-1959, vol. 6, p. 2.
  24. Para la década de 1620, miles de libras de cacao y chocolate eran importadas anualmente a España. Venezuela exportó más de 31.000 libras entre 1620 y 1650, y más de siete millones de libras entre 1650 y 1700. Véase referencias en NORTON, M. (2008), p. 15.
  25. PÉREZ SAMPER M. “La comida escrita en el siglo de Oro”. Food & History, 2 (1), 2004, pp. 85-136. “El acceso al chocolate quedó primero reservado a la corte, a continuación, a los más privilegiados poderosos y después su uso se fue difundiendo a toda la sociedad, a medida que aumentaron la producción y el comercio y bajaron los precios. En el siglo XVII se había popularizado ya mucho, sobre todo en Madrid y entre las clases acomodadas. Entonces el chocolate se tomaba en jícaras de porcelana, caliente, espumoso, endulzado con mucha azúcar para compensar su característico gusto amargo, y fuertemente especiado, con pimienta, canela, jengibre. Se acompañaba de pan o pastas, bizcochos […]” cita en p. 100.
  26. NORTON, M. (2008), p. 18. “Otro ámbito para las invenciones de los españoles fue el de las especias. Los colonizadores españoles modificaron el chocolate tradicional mesoamericano añadiendo o reemplazando especias apreciadas en el Viejo Mundo (canela, pimienta negra, anís, rosa y sésamo, entre otras), en lugar del conjunto de especias florales nativas, el achiote y los chiles […]”
  27. PÉREZ SAMPER M. (2004), p. 102. “[…] Algunos fueron muy valorados, como el chocolate, que era considerado un manjar exquisito y saludable, signo de poder y privilegio, deseado por todos, que trataban de acceder a su consumo en la medida de sus posibilidades, y, en cambio, otros productos, como el maíz y la patata, con un papel alimentario de primer rango, destinados a ocupar un lugar destacado en la alimentación de las clases populares, a pesar de su importancia en las dietas indígenas —a veces precisamente por ello— fueron despreciados y tardaron mucho tiempo en abrirse camino […]”
  28. PÉREZ SAMPER M. “Espacios y prácticas de sociabilidad en el siglo XVIII: tertulias, refrescos y cafés de Barcelona”. Cuadernos de Historia Moderna, 26, 2001, pp. 11-55 (12).
  29. ANTINUCCI, F. (2017), p. 122. “[…] El ejemplo emblemático es Loyd’s, el café de Edward Loyd abre en 1668 en la City. No se trata de una homónima, sino precisamente del célebre grupo de seguros existente hoy: en esta época, el café es frecuentado sobre todo por comerciantes marítimos y propietarios de naves, que se reúnen noticias de buena fuente sobre naves ocupadas en las largas tradiciones oceánicas. En el centro de la sala hay un podio que sobresale desde el cual se anuncian las noticias a medida que llegan y luego se fijan en la que será llamada la Loyd’s list: única página con los movimientos comerciales marítimos distribuida también como boletín bisemanal. Transformada en el curso de los siglos en diario económico —siempre con el foco privilegiado en los negocios marítimos—, la Loyd’s list todavía existe hoy… un siglo más tarde, la actividad aseguradora ya bien consolidada dejará el café por una sede más coherente —dentro del nuevo Royal Exchange—, pero mantendrá la denominación originaria […]”
  30. ANTINUCCI, F. (2017).
  31. LASCASAS MONREAL, S. Biografía del café. Cuadernos de Aragón, 43, Institución “Fernando el Católico”, Excma. Diputación de Zaragoza, 2010, p. 36. “[…] El movimiento intelectual que se desarrolló en Europa durante el siglo XVIII, llamado ‘el Siglo de las Luces’, o la ‘lustración’, surgió en el momento en que el consumo del café se propagaba por Europa. Gran parte de los personajes más conocidos de este movimiento fueron grandes aficionados al café, tanto a la bebida como a los establecimientos, ya que estos eran lugares donde literatos, filósofos, artistas y políticos se encontraban e intercambiaban sus ideas […]”
  32. Ibidem.
  33. Véase ANTINUCCI, F. (2017), p. 121.
  34. LAVEDÁN, A. Tratado del tabaco, café té y chocolate, primera edición de 1796, Madrid: Imprenta Real, 1796, p. 106. “[…] El uso de la bebida del café está muy introducido en España, y particularmente en los puertos de mar; esta bebida es muy antigua y muy usada en otros Reynos y Provincias […] los turcos, árabes y otros orientales que por su religión tienen prohibido el uso del vino, tienen en sus tabernas otra bebida llamada café, que toman a sorbos con mucha sorna, gastando no poco tiempo […] esta bebida se vende en puestos públicos en todas las ciudades populosas como Madrid, Cádiz, Barcelona y en otras partes […] en quanto a las virtudes de esta bebida, todos los autores están acordes en que conviene á las enfermedades contrarias por debilidad; a los temperamentos flemáticos, á personas sedentarias y flemáticas en las cuales el estómago conserva los alimentos mucho tiempo […]”


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