El palacio de los marqueses de Casa-Tilly
(siglos XVIII-XIX)
Ana-Rosa Nieto-Cervantes[1]
Introducción
Conforme se fue acercando el final del siglo XVIII y en el horizonte se vislumbraban los primeros atisbos del siglo XIX, las élites de poder se vieron abocadas a la incertidumbre y a los cambios que el tránsito entre el Antiguo y el Nuevo Régimen traería consigo. Para mantener o, con suerte, reforzar sus distinguidas posiciones socio-profesionales en un periodo tan convulso, las familias de las élites hicieron uso de distintas estrategias de promoción, entre las que destacan la exposición y proyección del estatus, poder, riqueza y honor de un individuo y su linaje frente a otros. Para que fuese teniendo en cuenta, el poder debía mostrarse, presumirse y pregonarse de la forma más ostentosa posible. Es en este punto donde entra en juego la puesta en marcha de distintos mecanismos como la construcción de viviendas de grandes dimensiones, con fastuosas fachadas, en ubicaciones privilegiadas en los ejes centrales de la ciudad y que reflejaran de la manera más exacta posible la notable posición de sus titulares[2].
En el presente trabajo, uno de los edificios más notables de la arquitectura de Cartagena (Reino de Murcia), el palacio de los marqueses de Casa-Tilly, va a ser el vértice sobre el que analizaremos el encumbramiento primero, y declive socio-profesional después, que experimentaron los miembros de la familia que lo erigió, los Everardo-Tilly (marqueses de Casa-Tilly). Su construcción en la segunda mitad del siglo XVIII formó parte de las estrategias de visibilidad del proceso de promoción que el I marqués de Casa-Tilly estaba experimentando gracias a su servicio en la Real Armada española. No obstante, la vivienda, que comenzó siendo imagen del poder, del privilegio, de la honorabilidad y del mérito cosechado por su constructor, terminó evidenciando la decadencia político-social de sus últimos titulares.
El marco teórico y analítico de nuestro trabajo está íntimamente relacionado con la Historia social, especialmente con dos de sus vertientes más actuales: la historia de las élites y la historia de la familia. A través de ellas vamos a analizar las trayectorias socio-familiares y profesionales de los miembros que componen el linaje Everardo-Tilly dentro del contexto social, político, económico y cultural en el que se relacionan. De igual forma, la Historia de la cultura material también ocupa un lugar preferencial en nuestro estudio. La casa como espacio de distinción social ha sido, hasta hace relativamente poco, un tema eludido por la historiografía social. Durante mucho tiempo su estudio quedó relegado a arquitectos o historiadores del arte que le otorgaban importancia exclusivamente a las descripciones formales, al estilo y a los materiales de construcción, concibiendo al edificio en sí mismo sin tener en cuenta uno de los factores más importantes en los análisis históricos: el humano. Sin embargo, en los últimos años, gracias a la labor de investigadores como Juan Díaz Álvarez[3], Gloria Franco Rubio[4], María Victoria López-Cordón Cortezo[5], Natalia González Heras[6], Carmen Hernández López[7] y Juan Manuel Bartolomé Bartolomé[8], la casa se está convirtiendo en un objeto central en los trabajos sobre las élites de poder en la Edad Moderna, y se están dejando a un lado los estudios que solo se limitan al análisis de sus elementos estructurales. Con ello se han abierto numerosas y sugerentes líneas de investigación que acentúan la importancia de la casa, ya no solo como un elemento material, sino como un espacio clave para comprender las estrategias de representación de la posición social, del funcionamiento interno y de las interdependencias y relaciones de sus moradores con el exterior[9].
Forjando una imagen de poder
Francisco Javier Everardo-Tilly nació y se crio en la ciudad de Huelva (Andalucía, España) en el seno de una familia de baja nobleza. Desde muy pronta edad inició su trayectoria profesional al servicio de la Real Armada española, donde comenzó a labrar una de las carreras militares más brillantes de la época. Tras varios años surcando el Atlántico y el Mediterráneo decidió fijar su residencia en Cartagena (Reino de Murcia), donde se ubicaba uno de los tres departamentos marítimos más importantes de la España dieciochista[10]. Poco después de establecerse en la ciudad, Francisco Javier decidió dar un paso más en su proceso de ascenso socio-profesional y mandó un memorial solicitando un título nobiliario. Para ello alegó la multitud de hitos profesionales que había cosechado a lo largo de sus 34 años de servicio y los acompañó de una larga descripción de las funciones que sus antepasados habían realizado al servicio de la Corona. Finalmente, su buena disposición, sus numerosos méritos navales y la antigüedad y calidad de su linaje hicieron que, en 1761, el rey Carlos III le concediese el título de primer marqués de Casa-Tilly[11].
Como hemos indicado al inicio de este capítulo, quienes alcanzaban una posición privilegiada tenían prácticamente la obligación de exhibirla de la mayor cantidad de formas posibles. Solo así serían verdaderos privilegiados a ojos del mundo. Quizá esta fue la razón por la que Francisco Javier, apenas un año después de serle concedido el título de marqués, decidió construir una vivienda que representara el noble estatus que acababa de lograr. Este proyecto se inició con la compra de un solar de alrededor de 643.11 m2 de superficie y con la contratación de uno de los maestros albañiles más reputados de la ciudad, Antonio Barea[12]. En el convenio firmado por ambos se acordó que en la fachada principal de la vivienda se debía levantar una gran portada de piedra fuerte enmarcada en el perfil del solar, con once ventanas con sus balcones pasantes correspondientes, un arco abocinado, una repisa para colocar una escultura de considerable tamaño, múltiples columnas y pilastras y, en el centro, una escalera coronada en su extremo superior por el escudo de armas del linaje Everardo-Tilly Laínez de Vivar y Hermans[13].
Respecto al interior de la vivienda, se acordó que estuviera organizada en cuatro plantas de altura alrededor de un gran patio central, una escalera lateral de tipo imperial y diversos espacios de uso público y privado, como la sala de caballeros, dos grandes comedores, un salón principal y las habitaciones de descanso. Todas ellas ornamentadas con ostentosas decoraciones como dragones alados en el artesonado o piezas de gres cerámico de color azul en el pavimento. Cabe destacar que realizar una obra de tal calibre y con los mejores materiales de construcción de la época le costó a Francisco Javier alrededor de cien mil reales de vellón, una importante parte de su fortuna[14].
Uno de los aspectos más destacables del palacio es su ubicación en la calle Mayor de Cartagena. En el siglo XVIII, esta era la vía más concurrida y céntrica de la ciudad, ya que era el lugar de reunión del pueblo cuando la campana de la vela sonaba anunciando algún peligro y por donde pasaban siempre las comitivas municipales. Debido a ello, también era el espacio predilecto por las familias de la oligarquía local para levantar sus imponentes y lujosas viviendas[15].
En las últimas décadas del siglo XVIII el palacio gozó de los años de mayor esplendor. En este periodo, la primogénita de Francisco Javier, María Pascuala Everardo-Tilly (futura II marquesa de Casa-Tilly), contrajo matrimonio con Francisco de Borja y Poyo (II marqués de Camachos), un notable marino que alcanzó altas cotas de poder gracias a su exitosa trayectoria profesional en la Real Armada española[16]. En su desempeño profesional obtuvo grandes logros que le valieron la concesión de múltiples honores y distinciones, como el hábito de caballero de la Orden de Santiago y la Gran Cruz de la Real y Distinguida Orden de Carlos III. Gracias a este enlace se consolidaron dos distinguidas parentelas de la élite cartagenera a la vez que unieron estrategias y recursos para continuar con el proceso de promoción social iniciado años atrás por sus antepasados.
En 1795, tras la muerte del I marqués de Casa-Tilly, la residencia principal de la familia pasó a tener como moradores a María Pascuala y a su esposo. Los años posteriores se desarrollaron con total normalidad, los recién titulados marqueses de Casa-Tilly y de Camachos continuaron acumulando distinciones, estatus y riqueza y el palacio siguió siendo la viva imagen del privilegio familiar, pero en 1808 todo cambió.
En el contexto del inicio de la Guerra de Independencia española (1808-1814), Francisco de Borja fue acusado de afrancesamiento por tener cierta amistad con Godoy y, aunque trató de negarlo en incontables ocasiones y de múltiples maneras, no pudo evitar que el pueblo cartagenero comenzara a pedir su cese inmediato. Las sublevaciones y la crispación de la masa popular llegaron a tales extremos que, el 10 de junio, un grupo de gentes enfurecidas se dirigió a la residencia donde se encontraba el marqués, el palacio Casa-Tilly, lo apresaron y arrastraron por las calles de la ciudad hasta las puertas del Arsenal Militar donde, tras un fuerte linchamiento, pusieron fin a su vida[17].
La trágica muerte de Francisco de Borja no solo echaría a perder el proceso de promoción socio-familiar y profesional que sus antepasados, y él mismo, llevaban décadas alimentando, sino que terminaría poniendo en entredicho la posición privilegiada del linaje de su mujer, los Everardo-Tilly, y dinamitando su mayor símbolo de poder, el palacio Casa-Tilly.
El último intento de conservar el legado familiar
Tras la muerte de su esposo a manos del pueblo cartagenero, María Pascuala decidió mudarse a otra vivienda ubicada en la calle del Aire, menos ostentosa, pero más alejada de los malos recuerdos. Desde ese momento, el palacio Casa-Tilly quedó desamparado y abandonado a su suerte.
La desoladora y deplorable situación en la que se encontraba el inmueble en 1835 llevó a la Corporación municipal a realizar un expediente de oficio sobre su estado. En él se expuso que, como consecuencia de los años de abandono, los recientes movimientos sísmicos y las fuertes lluvias sufridas en la ciudad, el edificio se encontraba inhabitable y en condiciones ruinosas. El arquitecto municipal apuntaba que, no habiendo sido suficientes los apuntalamientos que se habían hecho con anterioridad para evitar su derrumbe, ahora solo eran viables dos opciones: o se reformaba o habría que derruirlo[18].
Este informe fue enviado a los sucesores del marquesado, María Dolores de Borja y Everardo-Tilly, III marquesa de Casa-Tilly y III marquesa de Camachos, y a su esposo, Pedro Rosique Hernández. Además de marido y mujer, ambos compartían bisabuelo por línea paterna, Francisco Javier Everardo-Tilly (I marqués de Casa-Tilly), por lo que eran primos segundos y compartían vinculación familiar con el palacio.
En la primera mitad del siglo XIX, el matrimonio puso todos sus esfuerzos en reorientar la posición social de la familia que, como hemos visto en las páginas precedentes, llevaba décadas decayendo. Pedro Rosique había comenzado años atrás su trayectoria socio-profesional como regidor en el ayuntamiento de la ciudad, donde cada vez fue adquiriendo mayores responsabilidades. En esta primera etapa de promoción nos consta que ejerció cargos de importancia como el de alférez mayor, alcalde de la Santa Hermandad y comandante de la Milicia Urbana de Cartagena[19].
Con el objetivo de seguir ascendiendo social y profesionalmente, el matrimonio decidió mudarse a la ciudad de Murcia, donde poco después de instalarse recibieron el documento que les informaba de la lamentable situación del palacio. Aun cuando no iban a convivir en el inmueble, ambos acordaron invertir parte de su fortuna en conservar el legado familiar y comenzar las obras para rehabilitarlo.
Entrando ya en la segunda mitad del siglo XIX, Pedro Rosique dio el impulso definitivo a su proceso de promoción socio-político formando parte del partido progresista murciano. Gracias a ello recibió importantes nombramientos, como el de administrador del Hospital Provincial San Juan de Dios, mayor del primer batallón de la Milicia Urbana, gobernador civil de la provincia de Murcia y senador vitalicio del Reino[20]. Coincidiendo con todo ello, en 1853 tuvo lugar la re-inauguración del palacio Casa-Tilly, dando así comienzo a una segunda etapa de esplendor para el ostentoso edificio y sus recientes titulares.
El porvenir del palacio estuvo unido al de los marqueses de Casa-Tilly desde su construcción a mediados del siglo XVIII hasta buena parte del siglo XIX. Convertido en la representación del estatus de la familia, con solo observar su estado de conservación se podía intuir la situación social, económica y profesional de sus dueños. No obstante, a finales del siglo XIX, tanto la historia del palacio, como la del marquesado, cambiaron para siempre.
El fin de dos historias paralelas
En 1861, con el fallecimiento de María Dolores de Borja y Everardo-Tilly (III marquesa de Camachos y III marquesa de Casa-Tilly) sin descendencia y dejando como heredero universal a su esposo, Pedro Rosique, comenzaba el principio del fin[21]. En ese momento, Pedro acababa de ser distinguido como caballero de la Orden de Santiago y estaba centrado en su cargo como senador[22]. Su trayectoria socio-política y su posición económica se encontraban al alza, lo que dada la tradición familiar de los Casa-Tilly puede predisponernos a pensar que el palacio iba a beneficiarse de ello, pero nada más lejos de la realidad.
Pocos meses después de la desaparición de su esposa, Rosique tomó la decisión arrendar el edificio a la Sociedad del Casino para que fundasen en su interior el casino de la ciudad. No tenemos certeza de las razones que motivaron al recién titulado IV marqués de Casa-Tilly a tomar esta decisión, pero lo cierto es que el palacio llevaba cincuenta años sin inquilinos, ni actividad y que, hasta ese momento, solo les había reportado gastos. Además, la céntrica calle donde estaba situado había vivido una notable evolución desde el siglo XVIII, ahora era la ubicación predilecta para los locales sociales que regentaban los círculos culturales y políticos de la ciudad.
La titularidad del inmueble seguía estando en poder de Pedro Rosique quien, como recordaremos, era bisnieto del primer titular, el I marqués de Casa-Tilly. Por lo tanto, el palacio seguía estando en manos familiares, pero esto no duraría mucho tiempo. Tres años después de enviudar, Pedro contrajo segundas nupcias con Rita Pagán, con la que tendría cuatro hijos[23]. Tras su fallecimiento en 1869, sería su hijo Francisco Rosique Pagán quien heredaría los títulos nobiliarios y la vivienda representativa del marquesado[24].
La trayectoria socio-profesional de Francisco Rosique no brilló como la de sus antepasados y el proceso de encumbramiento familiar se fue frenando paulatinamente. En 1890, la situación de los marquesados no era la de antaño y Francisco decidió vender el palacio Casa-Tilly a Ricardo Spottorno, representante de la sociedad del Casino cartagenero[25]. De esta forma se ponía fin a la unión de dos historias, una familiar y otra material, que llevaban más de un siglo siendo el fiel reflejo la una de la otra.
En la actualidad, el antiguo palacio Casa-Tilly sigue albergando el Casino de Cartagena y es uno de los espacios de sociabilidad más importantes de la ciudad. Lo único que se conserva de la primigenia construcción del siglo XVIII es la portada de grandes dimensiones de estilo barroco. Respecto al interior, se siguen manteniendo las cuatro plantas de altura, el patio central y la escalera imperial, pero la distribución de los espacios es diferente. El resto del edificio forma parte de las remodelaciones de estilo modernista de finales del siglo XIX llevadas a cabo por el distinguido arquitecto Víctor Beltrí y algunas intervenciones de Francisco de Paula Oliver Rolandi y José Ramón Berenguer[26]. Su importancia histórica y arquitectónica es tal que en 2009 fue declarado Bien de Interés Cultural de la Región de Murcia. Hoy día, el antiguo palacio es objeto central de multitud de propuestas de intervención para mejorar su estado de conservación y poner fin a las patologías e inconvenientes que se comienzan a percibir entre sus muros[27].
Conclusión
En este trabajo, el binomio que conformaron los marqueses de Casa-Tilly y la construcción dieciochista nos ha permitido analizar las prácticas sociales y las representaciones culturales que emplearon las élites de poder de los siglos XVIII y XIX en sus procesos de ascenso socio-profesional a través del seguimiento de las trayectorias de los miembros de una de las sagas familiares más relevantes del sureste peninsular español, los Everardo-Tilly.
En un tiempo de cambios e inestabilidad para los grupos que lideraban por lo alto el sistema como lo fueron las décadas finales del siglo XVIII, el I marqués de Casa-Tilly decidió acompañar a su recién notable posición de una cuidadosa estrategia de comunicación y proyección, donde la construcción de una ostentosa vivienda en la calle más céntrica de la ciudad mucho tuvo que ver. El palacio Casa-Tilly fue edificado para representar el poder de un linaje frente al resto de élites locales que estaban experimentando procesos de promoción similares y durante muchas décadas cumplió su función, pero en el momento en que el proceso de encumbramiento familiar se detuvo, el esplendor del edificio se desvaneció con él.
Cuando todo parecía perdido, los esfuerzos de la III marquesa de Casa-Tilly y III de Camachos y su esposo por mejorar la posición familiar dieron sus frutos. El linaje comenzó entonces a disfrutar de su nuevo estatus privilegiado y el palacio, como fiel reflejo del devenir de sus titulares, volvió a gozar de la magnificencia de años atrás. No obstante, en un periodo en el que las élites de poder estaban adoptando una actitud cada vez más empresarial, el nuevo titular del palacio viró la gestión de su patrimonio material hacia un mayor rédito económico, arrendando el edificio. Años después, su sucesor fue un paso más allá cuando no pudo, o no supo, continuar el proceso de encumbramiento familiar y puso en venta el inmueble. Sería así como el palacio Casa-Tilly, concebido con el objeto de materializar el ideal de ser noble de su primer titular, terminó convirtiéndose en la viva imagen de una posición familiar venida a menos.
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