Permanencias y transformaciones (siglos XIV y XVI)
Rocío Bello Gay[1]
Introducción
Durante largo tiempo la denominada “Peste Negra”[2] ha recibido escasa atención por parte de los historiadores por fuera de la historia de la medicina. En particular, su estudio ha sido relegado de la agenda de la historia social y su derrotero historiográfico subordinado al estudio de otros problemas; inicialmente, a los grandes debates de la historia económico social; en las últimas décadas, a nuevas problemáticas como las formas de religiosidad, los cambios en la concepción de la muerte y en las prácticas funerarias, la difusión de temas macabros en el arte y en la literatura, entre otros[3]. En este marco, aunque existen obras de indudable relevancia[4], la atención específica sobre la principal pandemia que afectó a Europa a partir de fines de la Edad Media sigue siendo una cuestión pendiente dentro de la historia social. El resurgimiento del interés por las epidemias pasadas propio del contexto actual revela la necesidad de estudiarla en nuevos sentidos.
Descripta en las fuentes como “pestilencia”, “primera gran mortandad”, “feroz mortandad”, la reaparición de la epidemia en el siglo XIV tras largos siglos sin presencia en el continente europeo generó una profunda impresión entre sus contemporáneos[5]. La espectacularidad de los síntomas que provocaba como el ennegrecimiento de la piel y los bubones en el cuerpo de los enfermos[6]; la intensidad y velocidad de propagación[7] así como los periódicos rebrotes en los siglos siguientes fueron algunas de las causas del impacto.
La conmoción alcanzó también al mundo de la medicina de la época. Se trataba de la primera “calamidad” a la que se enfrentaban los médicos formados en las universidades bajomedievales y tempranomodernas[8]. Sin embargo, el discurso médico en torno a la peste y la participación de este grupo de eruditos en las respuestas ensayadas al fenómeno han sido poco abordados hasta hace relativamente poco tiempo. Aún más, algunos autores han hecho hincapié en los “resultados nefastos” o en la incapacidad de hacer frente a la enfermedad[9] en tanto, como es ya conocido, hasta fines del siglo XIX con la llamada “era bacteriológica” y el descubrimiento del bacilo yersinia pestis, su etiología no fue comprendida[10].
En la presente contribución, lo abordaremos desde otra perspectiva; no buscaremos evaluar el grado de certeza de las concepciones sobre las causas o la medición de la eficacia de los métodos propuestos por los médicos en cuestión; sino poner de relieve los fundamentos del conocimiento médico de la época y, especialmente, sus transformaciones frente al retorno de la epidemia. Para ello, hemos analizado algunos de los principales tratados contra la peste provenientes de los físicos académicos formados en las universidades de la región castellano aragonesa desde la aparición de la peste en 1348 hasta los primeros años del siglo XVI[11]. Su estudio demuestra que el saber universitario no se mantuvo estático ni ajeno a la realidad del momento; el impacto de la peste y de la recurrencia de los sucesivos brotes atravesó a las universidades e impulsó a los eruditos a recuperar la experiencia de las pestilencias anteriores y a buscar nuevas respuestas con los instrumentos intelectuales disponibles.
La peste en los tratados médicos universitarios
La medicina erudita de la época bajomedieval y temprano-moderna era resultado de la herencia del conocimiento médico precedente, en especial del legado clásico y de la recepción e interpretaciones de textos griegos y latinos llevados a cabo por médicos árabes. Desde el siglo XII los traductores occidentales contribuyeron a la introducción de la medicina de Hipócrates y Galeno[12]; junto con el aporte propiamente árabe de Rhazés y sobre todo con Ibn Sina o Avicena. A partir del siglo XIII, la creación del espacio de las universidades y la institucionalización de las facultades de Medicina fueron factores de impulso. El fomento de la escolástica como método de aprendizaje y conocimiento significó nuevos espacios de apertura[13].
En este sentido, en términos de la cosmovisión cristiana medieval desarrollada en el marco de la filosofía escolástica, si bien Dios continuaba apareciendo como la causa primera de todas las cosas y por lo tanto, de las denominadas pestilencias y enfermedades; quedaba delineado desde el siglo XIV en el discurso médico, así como en otras disciplinas, la noción de un orden natural, sujeto y dependiente en última instancia al orden sobrenatural, pero que al mismo tiempo era autónomo y obedecía a leyes cognoscibles a través de la razón.
La doctrina hipocrático-galénica constituía la base de esta medicina y pervivió como hegemónica hasta la aparición de la medicina moderna[14]. En este sentido, aunque no se habían producido grandes transformaciones en el saber médico con respecto a la Antigüedad y el corpus hipocrático-galénico estaba fuertemente arraigado cuando se produjo el retorno de la peste; el impacto de su irrupción entre los médicos profesionales se reveló de forma patente en la búsqueda de respuestas a las necesidades y desafíos planteados por la coyuntura pestilencial.
La enorme generalización de los tratados de la peste, o Regiminia sanitatis, a partir de mediados del siglo XIV es un síntoma en este sentido[15]. Se trataba de un nuevo género de literatura médica que se desarrolló notablemente en la Europa bajomedieval y moderna. Escritos en lenguaje sencillo y directo y en muchos casos en lenguas vernáculas; solían encontrarse divididos en tres secciones: la primera consideraba las causas de las pestilencias; la segunda, las medidas preventivas y en la tercera, se proponían curas.
Se ha tendido a enfatizar la incapacidad de comprender la enfermedad con el corpus médico dominante y la consecuente impotencia que se refleja en los tratados loimológicos. Si bien en los primeros escritos resalta la impresión del elemento súbito e inesperado de las muertes que dejaba poco espacio para la práctica médica[16]; también de manera temprana aquellos profesionales vinculados al mundo de la medicina ofrecieron explicaciones dentro del paradigma imperante. En esta dirección, expresaban sus ideas sobre la peste intentando “acercar” el conocimiento hacia fuera de los claustros universitarios. Aún cuando en general se trataba de figuras provenientes de las elites y estrechamente vinculadas con el poder monárquico y eclesiástico[17], los físicos eruditos proponían en sus compendios hacer llegar sus consejos a los sectores populares[18] y llamaban a evitar la desesperación: “Por eso nadie debe desanimarse ni desesperarse, ya que tal miedo hace gran daño y no es de ningún provecho”[19].
Asimismo, en el análisis de los tratados hispanos hemos observado que, aunque no se ponía en cuestión la noción de castigo divino como causa última, el lugar que ocupaba en los tratados era acotado[20]. Incluso con el paso del tiempo, es decir, en las obras de finales del XV y de principios del XVI, esta tendencia resultaba más pronunciada. Los médicos universitarios se concentraban en el desarrollo de las estrategias preventivas y curativas ligadas a las leyes naturales o causas segundas sobre las que los hombres en general, y las autoridades políticas en particular, podían actuar[21].
Veamos esta cuestión con mayor detalle. Para los médicos universitarios la pestilencia no era la enfermedad, sino la corrupción de la sustancia del aire (concepción aerista) que traía aparejada numerosas consecuencias para todos los seres vivos[22]. En el caso de los seres humanos, la entrada del aire corrupto en el organismo a través de la respiración, los poros de la piel o el consumo de alimentos contaminados ocasionaba enfermedades y muertes. Aunque, como ya dijimos, en última instancia la corrupción provenía de la voluntad divina; también se ubicaban otras causas universales del orden de la astrología-astronomía[23], climáticas y, sobre todo, se concentraba el discurso médico en las causas segundas como los olores de los residuos que explicaban la presencia de enfermedades a nivel local[24]. Estas dejaban un margen de acción para las autoridades urbanas: “deben estar las casas e calles muy limpias: e los lugares donde se ponen las inmundicias e basura de las ciudades deven estar fuera dellas e lexos”[25].
Al mismo tiempo, desde los primeros tratados, la denominada concepción aerista se complementaba con la posibilidad de contagio interpersonal (concepción contagionista), como dos fases sucesivas del proceso de la enfermedad. La pestilencia se iniciaba como un proceso de corrupción del aire a gran escala, se difundía a través de fenómenos atmosféricos como el viento y simultáneamente, se transmitía de forma interpersonal a través del aliento, los poros o incluso la mirada de un enfermo a una persona sana[26].
Se ha señalado que la concepción contagionista surgió en primer lugar entre quienes debieron adoptar medidas en las ciudades frente a la presencia de las enfermedades y no entre los médicos universitarios. En nuestro caso, hemos constatado que, desde fechas muy tempranas, los tratados loimológicos consideraban esta vía de transmisión basándose en las autoridades clásicas[27]. Ahora bien, resulta evidente que con el correr de las décadas y la propia experiencia acumulada de los ciclos morbosos, la misma se va delineando de modo más claro.
En este marco, la principal recomendación desde el inicio de los fenómenos epidémicos era para los médicos doctos el escape hacia lugares no “corruptos”. Pero la huida era solo una opción para las clases de poder[28], por lo que los tratados proponían también toda una serie de medidas para evitar los contagios para quienes no disponían de esta alternativa. Por un lado, en tanto que se entendía que para que se produzca el contagio se requería cierta predisposición el cuerpo, se sugerían una serie de precauciones a nivel individual como evitar los excesos en la comida y bebida, ejercicio físico, descanso, prácticas sexuales y en los estados de ánimo[29]. Por otro lado, una vez que las enfermedades se desataban, se indicaba el aislamiento de los enfermos o las precauciones en su tratamiento, prescindir de las reuniones masivas[30] y, a nivel urbano, restringir la movilidad de la población por parte de los dirigentes[31].
No podemos relevar la llegada real de estas recomendaciones a nivel individual ni qué sectores sociales efectivamente accedían a este tipo de tratados[32]; pero sí ha quedado registro de la importancia y el reforzamiento de medidas de conservación de la salud colectiva implementadas por las autoridades locales, en consonancia con las concepciones médicas de la época[33]. Las fuentes municipales dan cuenta de una variedad de estrategias de salubridad urbana que pretendían reducir el impacto de las actividades contaminantes en el aire y el reforzamiento de dispositivos sanitarios, así como el establecimiento de puntos concretos para lanzar los residuos domésticos, la higiene del mercado y las calles y la regulación de actividades como carnicería y tratado de pieles, entre las principales disposiciones que surgieron en el marco de la reaparición de la peste y se mantuvieron a lo largo de la modernidad[34].
Algunas reflexiones finales
La peste conmovió a la sociedad de la época. El mundo de la medicina no permaneció ajeno al impacto. Se ha tendido a enfatizar la incapacidad de comprender la enfermedad con el corpus médico imperante. En estas páginas, hemos intentado poner de relieve otros aspectos del fenómeno.
Si bien en los primeros escritos resalta la impresión del elemento súbito e inesperado de las enfermedades pestilenciales que dejaba escaso espacio para la práctica médica; también de manera temprana, los galenos formados en las universidades de la región echaron mano a las ideas disponibles para intentar brindar respuestas frente a la presencia de un fenómeno hasta entonces desconocido en características y dimensiones. La generalización de los tratados de la peste y la búsqueda por difundir entre la población sugerencias y consejos para la prevención de la corrupción del aire y de los contagios son indicadores en este sentido.
Por otro lado, sin conocer la verdadera etiología, cabe destacar que la recurrencia de los brotes a lo largo del tiempo dotó a estos médicos, a partir de la observación, de elementos más apropiados para su combate insistiendo cada vez más con las medidas que llamaban a evitar la cercanía con los enfermos.
Asimismo, pudimos observar que, aunque no completamente ausente ni puesta en discusión abiertamente, la explicación divina sobre la pestilencia quedaba desplazada del contenido central desarrollado en el corpus analizado. La mayoría de los médicos universitarios buscaba concentrarse en el orden natural autónomo, objeto de la medicina, ofreciendo indicaciones para la aplicación de métodos preventivos y curativos para los distintos sectores sociales, así como una serie de medidas para quienes debían gestionar la epidemia a nivel local. Este último aspecto es, sin duda, el más relevante en tanto los ciclos epidémicos bajomedievales y temprano-modernos fueron el desencadenante para poner en práctica una variedad de medidas higiénicas y de salud pública. A diferencia de lo que han sostenido algunos autores, no fue en oposición a las líneas propuestas por la medicina de la época, sino en articulación con ella.
- Universidad de Buenos Aires. ↵
- Si bien se ha popularizado con esa expresión, el término no es propio de las fuentes de la época. GUTIÉRREZ RODILLA, B. (2018). “Les causes d’une couleur: La Peste noire”. En F. COLLARD et É. SAMAMA (dirs.), Le corps polychrome. Couleurs et santé. Antiquité, Moyen Âge, Époque moderne, Paris, L’ Harmattan, pp. 151-159.↵
- HAINDL UGARTE, A. L. (2009). “La Muerte en la Edad Media”. Revista Electrónica Historia del Orbis Terrarum, 1, pp. 104-206; LÁZARO ROMERO, I. (2018). “Muerte y cambios de mentalidad en la Europa del siglo XIV”. Eviterna. Revista de humanidades, arte y cultura independiente, 3, pp. 48-63; MORENTE PARRA, M. (2016). “La peste de finales de la Edad Media”, Imagen y cultura de la enfermedad en la Europa de la baja Edad Media, Tesis doctoral, Madrid, UCM, pp. 283-323.↵
- ZIEGLER, P. (1993). The Black Death, MN. USA, Alan Sutton Publishing Inc.; BENEDICTOW, O. (2011), La Peste Negra, 1346-1353: la historia completa, Madrid, Akal.↵
- La epidemia ya había aparecido en el siglo VI con la llamada “Plaga de Justiniano”.↵
- Se han determinado tres formas de la enfermedad: la bubónica, la neumónica y la septicémica. Si bien compartían un cuadro clínico inicial común de fiebre elevada, escalofríos, náuseas y agotamiento; en el curso de la enfermedad se distinguían síntomas distintos de acuerdo a la forma. CARRERAS PANCHÓN, A. (1980). “Aspectos Médicos”, Historia 16, 56, pp. 48-53.↵
- La ciencia moderna determinó la elevada velocidad de la transmisión entre personas y se calculó la letalidad que varía entre un 50 y un 100 % de acuerdo a la variedad.↵
- ARRIZABALAGA VALBUENA, J. (1991). “La Peste Negra de 1348: los orígenes de la construcción como enfermedad de una calamidad social”. Dynamis: Acta Hispánuca ad medicinae scientirumque historiam illustrandam, 11, pp. 73-118.↵
- “Éste, atenazado por el terror y presa del desaliento provocados por el ataque pestilencial más furibundo que había conocido Europa hasta entonces, delata -de múltiples modos su personal impotencia y desesperación ante aquella trágica calamidad”, AMASUNO, M. (1997). “Etiología del morbo en la Epistola et régimen de pestilentia, de Alfonso de Córdoba (1348)”. Scriptura, 13, pp. 253-275: 255.↵
- Hacia finales del siglo XIX fue aislado el bacilo transmitido por las pulgas de roedores que provocaba la peste. La totalidad de la etiología no fue comprendida hasta principios del siglo XX.↵
- Para la presente contribución hemos analizado “Regiment de preservación a epidemia o pestilencia e mortaldats” de Jacme d Ágramont (en adelante Agramont) y “Epistola et régimen de pestilentia”, Alfonso de Córdoba (en adelante Córdoba) de 1348; “Tratado de la Peste”, de Velasco de Taranta escrito en 1410 (en adelante Velasco de Taranta); “Tratado útil y muy provechoso contra toda pestilencia y aire corrupto” del Licenciado Flores de 1481 (en adelante Flores); “Tratado nuevo, no menos útil que necesario, en que se declara de qué manera se ha de curar el mal del costado epidémico” de Diego Álvarez Chanca de 1506 (en adelante Álvarez Chanca), “Regimiento contra la peste” de Fernando Álvarez de 1507 (en adelante Álvarez) y “Tratado contra toda pestilencia y ayre corrupto” de Alonso de Espina de 1518 (en adelante Alonso de Espina). El tratado de Agramont fue traducido al castellano por CREMADES RODRÍGUEZ, F. J. (2009). Traducció al castellà del Regiment de preservació a epidemia o pestilencia e mortaldats de Jacme d´Agramont, Tesis doctoral, Alicante, Universitat d´Alacant, disponible en línea. El texto de Córdoba fue publicado por K. Sudhoff en su Archiv, 111 (1909). Los tratados de Velasco de Taranta, Licenciado Flores, Fernando Álvarez y Diego Álvarez Chanca fueron transcriptos en SÁNCHEZ, M. N. (1993). Tratados de la Peste, Madrid, Arco/Libros. Por su parte, el de Alonso Espina se encuentra disponible en Textos médicos españoles, Biblioteca digital del español antiguo (preparados por GAGO JOVER, F.; HERRERA, M. T.; GONZÁLEZ DE FAUVE, M. E. https://bit.ly/3WfWzrW↵
- Este movimiento fue similar para la filosofía y la ciencia. Fue el momento de la introducción de la matemática con Euclides, la astronomía con Tolomeo y la física, la lógica y la ética y el método con Aristóteles.↵
- Algunos autores han marcado el relativo retraso de este proceso y de la recuperación de muchas de estas obras en las universidades castellanas debido a la debilidad de las mismas. GARCÍA BALLESTER, L. (2000). “Galenismo y enseñanza médica en la Universidad de Salamanca del siglo XV”. Dynamis: Acta hispanica ad medicinae scientiarumque historiam illustrandam, 20, pp. 209-447 (210).↵
- El cuerpo era concebido como un microcosmos compuesto por humores relacionados con un órgano en particular; el equilibrio de los mismos (Eukrasia) significaba el goce de la buena salud en tanto que la enfermedad se asociaba a su desequilibrio (Dyskrasia). La sangre se asociaba con el corazón, la flema con el cerebro, bilis amarilla con el hígado y la billis negra con el bazo-. El objeto de la medicina era entonces precisamente la restauración del equilibrio a través de recomendaciones de diversa índole.↵
- Se han contabilizado 281 tratados contra la peste entre el siglo XIV y el siglo XV. DE LA PEÑA BARROSO, E. (2012). “Un régimen sanitatis contra la peste. El tratado del licenciado Vázquez”. Asclepio: Revista de historia de la medicina y de la ciencia, vol. 64, 2, pp. 397-416 (398).↵
- Agramont destaca la importancia que tiene el elemento sorpresivo o súbito de la peste. “Pues hoy habrás visto alguno de tus amigos sano y alegre y mañana oirás decir que está muerto”, lo que significaba un peligro para el alma: “Y aunque universalmente toda muerte es muy terrible, empero, la muerte de súbito es muy peligrosa, especialmente para el alma”, AGRAMONT, 1348, p. 236. Esto dejaba al médico sin posibilidad de accionar: “Y el enfermo muere de súbito. Y el médico está maravillado como aquél que no sabe qué le ha ocurrido”, AGRAMONT, 1348, p. 251. En los tratados de los siglos siguientes, el elemento sorpresivo parece perder fuerza frente a la experiencia dada por los ciclos pestíferos; pero se pone el énfasis en la importancia de la celeridad en la actuación de los físicos para combatir este tipo de enfermedades. Sostiene Velasco de Taranta: “Dado que esta enfermedad es muy rápida y la materia inquieta, debemos aplicarle remedios con prontitud y en cantidad, porque si uno no aprovecha, muchos juntos aprovecharán”, Velasco de Taranta, p 62. En una misma línea, afirma Fernando Álvarez a comienzos del XVI: “Así mismo se aconseja que el médico no place los remedios, sino que sea muy diligente en administrarlos, porque en estos casos poca tardanza supone mucho inconveniente”, ÁLVAREZ, 1507, p. 164.↵
- Si bien no contamos con abundante información sobre la biografía y vida personal de los autores; de acuerdo a los datos disponibles, podemos afirmar que compartían un perfil similar. Se trataba de figuras formadas en el ámbito universitario, provenientes o relacionadas con sectores privilegiados o elites de las ciudades, y las cuales desempeñaron gran parte de sus carreras vinculadas al poder ya sea al servicio de la monarquía o del poder eclesiástico. ↵
- La preocupación por alcanzar al público en general y en particular, a los sectores populares recorre todos los tratados. Por ejemplo, afirma el Licenciado Flores: “teniendo en cuenta que esto se escribe para gente popular, que teniéndolo así tan breve que podría sacar poco provecho, lo especificaré más” FLORES, 1481, p. 88.↵
- AGRAMONT, 1348, p. 266. Asimismo, Diego Álvarez Chanca advierte que los médicos universitarios son una minoría por lo que declara su intención de alcanzar a la población no vinculada a la medicina así como a los médicos no instruidos: “Pero, teniendo en cuenta, como ya he dicho, que mi intención es ser útil a la salud de todos, y como no en todos los lugares se hallan médicos doctos, me pareció conveniente poner en orden la cura de la manera más clara posible, tanto para los mancebos como para muchos médicos que no son instruidos ni conocen el latín y por tanto, comienzo de nuevo a ordenar la cura” ÁLVAREZ CHANCA, 1506, pp. 196-197.↵
- En este sentido, no acordamos con aquellos autores que han ponderado el desamparo frente a la voluntad divina como elemento distintivo de estos escritos. Por ejemplo, afirma Juan Ignacio Carmona: “No obstante, en última instancia se pensaba por lo común que era la providencia divina, castigando a los hombres por los pecados cometidos, la que motivaba los pesares de la cruel enfermedad, ante la cual los hombres nada podían hacer una vez iniciada, salvo pedir clemencia de dios para que pusiera fin a la pena.”, CARMONA, J. I. (2005). Enfermedad y sociedad en los primeros tiempos modernos, Sevilla, Universidad de Sevilla, p. 44. ↵
- “A todas luces estamos, pues, ante una buena muestra de hasta qué punto en la Europa mediterránea latina de mediados del siglo XIV el saber médico y filosófico- natural desarrollado en las universidades más en general, el saber escolástico en su conjunto había trascendido los límites del lugar donde se guardaban y fomentaban en el seno de las sociedades urbanas, donde había sido acogido como instrumento válido y útil para articular adecuadas respuestas a sus demandas”, ARRIZABALAGA. VALBUENA, 1991, p. 117. Esto podemos observarlo de manera clara en el Tratado de Jacme d’Ágramont, médico de Lleida, considerado el tratado más importante de la región. Una de las particularidades del Tratado es que se trata del primero escrito plenamente en catalán lo que pone de relieve su claro objetivo de alcanzar al público general; aunque al mismo tiempo, el destinatario claramente identificado son los regidores de la ciudad de Lleida “con la reverencia debida, yo, maestre Jacme d’Ágramont, presento a vosotros, honrados señores regidores y Concejo de la ciudad de Lleida, así como a aquéllos que representáis a toda la dicha ciudad”, AGRAMONT, 1348, p. 228.↵
- ARRIZABALAGA VALBUENA, J. (1998-1999). “Discurso y práctica médicos frente a la peste en la Europa bajomedieval y moderna”. Revista de Historia Moderna: Anales de la Universidad de Alicante, 17, pp. 11-20.↵
- Esta era la explicación preponderante. Sostiene Alonso Espina: “El principio de todo esto es que es necesaria la influencia de los planetas y constelaciones que forman la forma a partir de las formas, cuya llegada se desconoce”. Conjunciones planetarias eran identificadas con la mortandad y el despoblamiento. Al respecto, Fernando Álvarez: “que tiene por causas principales las dos conjunciones de dos superiores en los años pasados en los signos de Cáncer y Leo. Y lo peor fue el tercero anduvo continuamente junto a los dos con retrogradación y dirección, de donde se sigue mayor daño para las provincias y lugares sujetos a estos signos; parece también que en caso de igualdad las conjunciones en estos dos signos serán peores”, ÁLVAREZ, 1507, p. 164.↵
- Dejamos de lado en este trabajo un elemento que se hace presente en el caso de Jacme d’Agramont y Alfonso de Córdoba que refiere al artificio humano producto de la maldad de algunos hombres. En el caso del primero hace una referencia a la posible corrupción de la comida por parte de los hombres malvados hijos del diablo: “Por otro motivo puede venir mortandad y pestilencia en las gentes, esto es a saber, por hombres malvados hijos del diablo que, con ponzoñas y venenos diversos, corrompen las viandas con malas mañas y malvada maestría , aunque propiamente hablando tal mortandad de gentes no es pestilencia de la que aquí hablamos, pero de la que querido hacer mención”, AGRAMONT, 1348, p. 240. Por su parte, Alfonso de Córdoba, entendía que, si bien la pestilencia tenía un origen natural, de orden astrológico, la duración y la propagación de sus efectos solo podía entenderse por el artificio humano. Se ha advertido que probablemente referían a los judíos, por el contexto de aumento del antijudaísmo y en tanto señalaban a los cristianos como los principales afectados. AMASUNO, 1997, pp. 253-275. Si bien son elementos aislados dentro del conjunto de los tratados hispánicos, creemos que amerita un tratamiento diferenciado, que excede estas páginas. ↵
- ÁLVAREZ, 1507, p.166.↵
- “otro motivo es trato con enfermo de enfermedad pestilencial, pues del uno se pega al otro como el fuego de San Antonio, y de aquel a otro”, AGRAMONT, 1348, p. 244. También mencionaba el médico catalán la posibilidad de contagio interpersonal en el caso del tratamiento de la pestilencia en ciertas casas: “Todavía hay otro motivo, esto es a saber, trato con algún enfermo que tiene enfermedad pestilencial, pues ya hemos visto y oído de personas dignas de fe que moría el enfermo y morían los sirvientes de enfermedad semejante, y hasta el médico y el confesor”, Idem, p. 246. Velasco de Taranta advertía sobre el peligro de ver y conversar con hombres afectados por la peste: “Evítese ver y conversar con hombres afectados por la peste; pero si lo hicieran, vuelvan el rostro, huelan vinagre y hagan cantimploras y llenen agua vasos tapados con cera; después háganles un agujero pequeñito con un punzón y el agua que salga caiga sobre un bacín produciendo melodía.”; pp. 38-39.↵
- ARRIZABALAGA VALBUENA, 1991, p. 102.↵
- “no todos pueden alejarse ni tienen medios para ello”, ÁLVAREZ, 1507, p. 161.↵
- De acuerdo a la teoría imperante, los más propensos a las enfermedades son los que “tienen el cuerpo lleno de humores, especialmente si son humores corrompidos y podridos”, por lo que las sugerencias apuntaban a evitar los excesos. “La premisa rectora es la práctica de la moderación y templanza en el ejercicio y la administración de las ‘seis cosas no naturales’ (bebida y comida, ejercicio y reposo, baños, acto venéreo, sueño y vigilia y pasiones del alma). Este regimiento preventivo prescribe un sinnúmero de normas de vida que hacen al cuidado y mantenimiento no solo del cuerpo sino también del alma del sujeto”, BAU, A. y CANAVESE, G. (2020). “Como nos hemos de regir en tiempos de peste y prevenciones para ella. Nicolás de Vargas Valenzuela y su tratado para la pestilencia (Córdoba, 1651)”. En: Sobre pestes y pandemias: De la Peste Negra (1348) al COVID 19 (2020), Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, pp. 56-65: 58.↵
- Al respecto, Alonso Espina: “La mucha comunicacion y compania de gentes y lugares donde se juntan como en cabildo: confradias: combites: y generalmente toda junta de muchas personas: es de euitar assi mesmo la visitacion de los enfermos”. De igual modo, el Licenciado Flores sostenía que en la medida de lo posible había que evitar estar donde hay mucha gente o en reuniones “para que no se produzca infección de los alientos pues de uno se podrían infectar muchos, deben estar lo más solos que puedan”, FLORES, 1481, p. 108. También se debían evitar a las personas que venían de regiones con aire infectado: “Aunque el lugar esté corrompido es mejor no recibir gente de otro lugar corrompido sobre todo si la corrupción es mayor”. Por su parte, Diego Álvarez Chanca: “Como síntoma distintivo digo lo siguiente: cuando en una ciudad o provincia súbitamente aparecen dolores de costado, en la mayor parte de los casos peligrosos, y afectan en un mismo tiempo a muchas y diferentes personas, en especial si afectan a diversas personas de una misma casa, hay que creer que esta pleuresía es contagiosa y por consiguiente, epidémica”, ÁLVAREZ CHANCA, 1506, p. 186.↵
- De hecho, en el caso del Licenciado Flores responsabilizaba de forma directa a las autoridades urbanas de las pestilencias que había sufrido la ciudad de Sevilla por el “mal regimiento” en el manejo de las mismas: “También deben evitar a los que vienen de aire infectado y más a los que vienen heridos. Aunque un lugar esté corrompido es mejor no recibir gente de otro lugar corrompido, sobre todo si la corrupción es mayor. El mal que hoy afecta a Sevilla se produjo por no guardar lo primero y se acrecienta por no respetar lo segundo, cuanto más por recibir cuerpos muertos y heridos de esta enfermedad. Fueron muchas las grandes pestilencias venidas por malos regidores de las ciudades y pueblos”, FLORES, 1481, p. 109. ↵
- No daremos desarrollo aquí a las indicaciones del regimiento curativo; es decir para el tratamiento del enfermo. Como es sabido, se desconocía la cura, aunque los tratados solían de todas formas indicar recomendaciones –en general provenientes de la medicina árabe-sobre remedios farmacológicos, dietéticos y quirúrgicos como el drenaje de los bubones.↵
- “La irrupción de la ‘Peste Negra’ de 1348 y los estallidos sucesivos de ésta y otras pestilencias durante los siglos XIV y XV hicieron cristalizar en el seno de las ciudades y estados europeos más dinámicos diversas estrategias de lucha contra las enfermedades epidémicas”, ARRIZABALAGA VALBUENA, 1998-1999, p. 17.↵
- ROCA CABAU, G. (2018). “Medidas municipales contra la peste en la Lleida del siglo XIV e inicios del XV”. Dynamis, 38/1, pp. 15-39; CLEMENTE RAMOS, J. (2023). “Cáceres ante la peste y la lepra (1505‐1551). Epidemias y políticas concejiles”. En: MILLÁN DA COSTA, PRATA, CUESTA GÓMEZ, CARDOSO, DA SILVA (eds), Pequenas ciudades no tempo a saùde, Lisboa, IHE, (ebook), pp. 315-331.↵






