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Una reflexión en torno al discurso borbónico y al propósito ilustrado a través de la historiografía sobre la Universidad de Zaragoza (siglos XVIII-XIX)

Límites, avances y alcances

Anne F. Vergnaud[1]

El análisis de los progresos que trajo la Ilustración a la península Ibérica –sin olvidar la cuestión sucesoria– ha sido uno de los temas privilegiados por la historiografía española a la hora de retratar y abordar el siglo XVIII. La progresiva implantación del regalismo con los Borbones otorgó a la monarquía hispánica un papel nuevo. Si bien es cierto que el concordato de 1753 dejó presagiar el crecimiento del poder del rey de España, el reinado de Carlos III, iniciado algunos años más tarde, confirmó el asentamiento del proyecto centralizador, siempre con el apoyo de los ministros ilustrados y reformistas. Luego, Carlos IV quiso legitimar definitivamente la responsabilidad del Estado para llevar a cabo la reforma, presentándolo como el único actor capaz de encargarse de ello.

En este sentido, los estudios centrados en aspectos no puramente administrativos, jurídicos o militares han aportado datos de primera importancia para evaluar, por una parte, los ecos del discurso de la Corona y del propósito de las Luces hispanas, y, por otra, a quién beneficiaba el progreso. Aquí radica precisamente la dificultad de la noción de “felicidad pública”: más allá de ser una preocupación moral, aludía sobre todo a la utilidad de los individuos y se fundamentaba en una reconfiguración social. Cabe anotar que aquel proyecto modernizador reflejaba el rol de la educación y de la cultura para potenciar un mayor dinamismo económico y científico.

Así pues, indagar sobre un órgano que era un protagonista institucional por su conexión directa con la monarquía y, al mismo tiempo, un centro educativo con peculiaridades locales por su historia y sus miembros, autorizaría al investigador a abordar el alcance de esas políticas y los obstáculos para su instauración. La situación en la que se encontraba la universidad española en el Setecientos permite realzar preocupaciones de modernización por parte de los dirigentes y, muy a menudo, una realidad más anclada en la tradición, lo que resulta sumamente relevante para matizar la idea de rechazo a la novedad y repensar la del deterioro de esos establecimientos.

De hecho, los trabajos enfocados en la trayectoria de la Universidad de Zaragoza en la segunda mitad del siglo XVIII resultan muy sugerentes para evaluar la vinculación de la institución con la Ilustración aragonesa, pero también la acogida de las reformas impulsadas por la monarquía en un Estudio General que reivindicaba cierta autonomía de gobierno pese a aceptar el cambio. En paralelo, los vacíos historiográficos en torno a una interpretación que pondría de relieve la microhistoria, y más aún en Aragón, confirman la pertinencia del estudio de la comunidad universitaria zaragozana.

Proyección del discurso regalista e ilustrado

En la línea de estudios más generales sobre los parciales alcances del reformismo en la universidad española como los de José Luis y Mariano Peset[2], Álvarez de Morales[3], o, más recientemente, de Perrupato[4], es interesante observar hasta qué punto los investigadores han enfocado la singularidad de los centros educativos para aprehender mejor los efectos y los límites del proyecto uniformador. Domínguez Ortiz, al apuntar la estrecha relación de las universidades con los organismos municipales en la zona de la antigua Corona de Aragón[5], ofreció una reflexión relevante para examinar el grado de autonomía de la Universidad de Zaragoza, en comparación con otras, más independientes.

La documentación primaria deja corroborar el derecho de patronato que ejercía el ayuntamiento sobre ella, y las fuentes secundarias permiten destacar una dependencia a escala local, así como puntuales competencias[6] de gobierno entre los dos órganos sin olvidar desacuerdos por motivos económicos; las modificaciones que conoció la provisión de cátedras[7] entre los siglos XVII y XVIII ejemplifican claramente esos postulados. La Universidad de Zaragoza debió igualmente debatir en alguna ocasión con instituciones civiles como la Sala del crimen de la Real Audiencia de Aragón por cuestiones de jurisdicción. Tales observaciones no solo otorgan datos para retratar al Estudio General zaragozano, sino que invitan al historiador a reconsiderar la postura de aquella universidad ante la implantación cada vez más importante del poder real en la capital aragonesa, más allá del retraso que sufría, y su actitud no forzosamente refractaria ante la novedad. Luego, ¿la redacción autónoma de los estatutos era una muestra de respeto y delegación de autoridad o más bien un espejismo creado por la Corona para no dar tanta sensación de control?

En realidad, el ideal ilustrado llegó a instalarse oficialmente en Zaragoza con la creación de su Real Sociedad Económica de Amigos del País, en 1776, y es menester contemplar su repercusión para evaluar el retraso de la Universidad a pesar de que no buscaba suplantarla. Su preocupación social, realzada por Forniés Casals[8] en numerosas publicaciones, además de su interés científico y económico, es muy sugestiva. El establecimiento de cátedras –que promovían nuevas enseñanzas científicas como la de Agricultura, Matemáticas o Economía– y la inquietud de los ilustrados ante la ociosidad de la juventud o la pobreza convirtieron la educación en “arma de reforma política”[9]. Fernández Clemente publicó un compendio de los trabajos realizados sobre la Ilustración aragonesa que sirve como clasificación de las obras que surgieron con el despertar de la historiografía española a finales del siglo XX[10]. Se han convertido en lecturas obligatorias para comprender el entorno y los desafíos de la época a la hora de examinar el estancamiento de la Universidad de Zaragoza en la segunda mitad del siglo XVIII.

Dicho de otra manera, los ensayos sobre la historia de aquel centro se refieren con frecuencia a aquella fase pionera de indagación sobre la Ilustración aragonesa para justificar el interés portado al Setecientos y a Aragón, y más específicamente a través del análisis de cuestiones científico-económicas o figuras de la nobleza, la naciente burguesía y el clero que encabezaron la actuación ilustrada, tal y como el conde de Aranda, estudiado por Olaechea y Ferrer Benimeli[11], o Ramón Pignatelli, que interesó a Pérez Sarrión[12]. Cabe añadir que un acercamiento propiamente político primó durante bastante tiempo, e incluso para explicar acontecimientos como la expulsión de los jesuitas, que causó un quebranto en la docencia, o las reformas de los Colegios mayores, a menudo denunciados como responsables[13] de la decadencia universitaria. Estos aspectos elucidan en gran medida los vacíos bibliográficos en torno a un análisis más social o religioso para tratar el asunto universitario, aunque no ponen en tela de juicio la pertinencia del político.

Ahora bien, el siglo XX marcó un giro importante en la contemplación del Setecientos peninsular, y el contacto con los hispanistas como Sarrailh[14] y Herr[15] así como las traducciones entre mediados del siglo y los 70 no solo favorecieron la recuperación de temas olvidados, sino también la revisión de cuestiones juzgadas perjudiciales para la nación. La vinculación del Estado con el factor histórico hizo que se llegase a considerar el siglo XVIII español como un período extranjerizante, en un sentido peyorativo. Fue solamente entre los 80 y los 90 cuando se recuperó y promocionó una historia más enfocada a las diferentes regiones[16], en una primera corrección de los mencionados trabajos; la Historia de las universidades conoció su despertar simultáneamente.

Entonces, y con todo ello presente, se puede comprender mejor la interpretación dada al discurso regalista e ilustrado en los trabajos sobre la Universidad de Zaragoza. Es necesario tomar en cuenta aspectos generales, de cara al papel desempeñado por aquel Estudio General como miembro de la comunidad universitaria española que se pretendía erigir, pero cabe igualmente destacar las oportunidades que representaban las carreras en la segunda mitad del siglo XVIII, manifestando una aproximación social. El regalismo tuvo una proyección nacional en esas instituciones con la creación de cargos como el de director de la universidad (1769) y censor regio (1770) para fomentar un mayor control; Armillas Vicente hacía hincapié en el papel de esos agentes[17] del poder centralizador desde una perspectiva administrativo-política para poner de relieve la creciente impregnación del gobierno en las aulas. No obstante, la reconsideración de esas ideas ha llevado a los historiadores a buscar la relación entre la voluntad de main mise de la monarquía y los anhelos de promoción social. Sánchez Rubio[18] anotó esa voluntad de reconocimiento y Baltar Rodríguez[19] conceptualizó el deterioro de la enseñanza como consecuencia del afán de participación en la vida pública y distinguida de esos profesores.

Pocos son los trabajos dedicados a la recepción de las transformaciones borbónicas en el seno de la Universidad de Zaragoza en el sentido ideológico y no estructural del término. Tampoco se ha indagado mucho sobre los contactos de la institución con organismos como la Económica Aragonesa –aunque se explicaron algunas riñas– o las Academias, mientras que eran pilares del propósito de las Luces aragonesas. Además de constatar vacíos historiográficos, convendría preguntarse si la falta de informaciones tiene que ver con la desaparición de fuentes primarias, la adhesión obligatoria de aquella universidad a la palabra del rey o la preocupación de la historiografía por temas más administrativos.

Eso sí, y a pesar de que Aragón fue el hogar de importantes figuras de la Ilustración, la introducción de las convicciones e iniciativas reformistas para mejorar la situación en la que se encontraba la sociedad no llegó siempre a todos, no solo porque algunos se negaron, sino porque el denominado progreso alcanzó antes que nada a las élites, y no sistemáticamente de manera simultánea; una gran parte de la población aún estaba anclada en tradiciones heredadas del siglo XVII. Armillas Vicente también realzaba la ineficacia del proyecto de plan único al señalar la falta de uniformidad entre las distintas universidades[20]. La Universidad de Zaragoza se interesaba por la dinámica centralizadora, pero solo se acomodó oficialmente al plan de estudios unificador de 1771 –basado en el ejemplo salmantino– con la promulgación de una real cédula de 1786, lo que demuestra claramente la adopción tardía del nuevo sistema. Según Baltar Rodríguez, reflejó su oposición a nuevas corrientes e intereses jurídicos[21]. No obstante, hay que tener en cuenta la decisión de muchos Estudios Generales de seguir con sus propios estatutos y autonomía económica pues no se preveía una reforma de la financiación. Así pues, la Universidad de Zaragoza, cuyo destino se vinculaba cada vez más con la decisión de la Corona, se convertiría en un órgano primordial en la reconfiguración social, pero ello tuvo efectividad a largo plazo.

Alcances de la historiografía

¿Por qué hacer una historia de la Universidad de Zaragoza? Más allá de consignar por escrito los acontecimientos relevantes en la trayectoria de la institución, los historiadores van proporcionando reflexiones de carácter político, económico y social que permiten aprehender mejor el panorama de cada época examinada. Vicente y Guerrero, al apuntar las obras de referencia para realizar este análisis, insistía en el temprano interés por parte de los actores de los periodos de fundación y asentamiento de aquel centro, así como en la preponderancia de esos textos en la trayectoria historiográfica de la Universidad[22].

Ya en el siglo XVII, el Lucidario de Diego Fraylla ofrecía un retrato interesante de la Universidad de Zaragoza, y, los proyectos de reedición[23] llevados a cabo por editoriales como la Institución “Fernando el Católico” desde los 80 con el despertar de la historiografía –descrito anteriormente– facilitaron su conocimiento y difusión. El mismo balance se podría aplicar a la historia redactada por Gerónimo Borao en la segunda mitad del siglo XIX; Carlos Forcadell se involucró en su divulgación con una reimpresión facsímil en 1987[24], una labor que amplió en 2017[25] en la ocasión del 475 aniversario del Privilegio Fundacional. De hecho, las conmemoraciones han sido ocasiones destacadas para la redacción de nuevos trabajos como la celebración del cuadringentésimo aniversario de la dotación de Pedro Cerbuna, en 1983, que dio lugar a otra Historia de la Universidad de Zaragoza, redactada por los profesores de la Facultad de Filosofía y Letras[26], o los Estudios históricos sobre la Universidad de Zaragoza con el encuentro celebrado en la fecha del cuarto centenario del fallecimiento de Fraylla, en 2008[27].

Todo ello lleva a interrogarse sobre el tratamiento de temas tan específicos como el de la Universidad en el periodo de la Ilustración por los expertos. Si bien es cierto que las aportaciones que se acaban de mencionar fomentaron ensayos sobre el Estudio cesaraugustano, los enfoques dados a la época del regalismo continúan siendo menores en comparación con otros momentos como el de la fundación o el siglo XX. La clave para superar este vacío bibliográfico radica en trabajos como el de García Lasaosa[28] –en una pionera tesis de licenciatura– o el de Enrique Solano[29] que evocan las transformaciones llevadas a cabo por los Borbones en la Universidad. Pusieron de relieve muchos aspectos relativos al funcionamiento interno como los recursos económicos o la vida académica; también incluyeron algunos datos sobre las tensiones entre el Estudio y la Sociedad Económica con la creación de cátedras nuevas. Son referencias bibliográficas muy pertinentes para adentrarse en los debates concernientes a las Luces y a la progresiva centralización.

La historiografía sobre la Universidad de Zaragoza, al proponer una aproximación antes que nada cronológica, invita al investigador a entender mejor los factores que pueden servir como delimitadores de un tramo de tiempo. Así, ¿cómo ceñir la etapa regalista e ilustrada? La bibliografía incita a ver una voluntad de cambio con la llegada de una nueva dinastía en la Corona española, y admite una mayor transformación a partir del reinado de Carlos III. Realza igualmente la importancia de las últimas décadas del setecientos de cara a la expulsión de los jesuitas, la creación de la Real Sociedad Económica Aragonesa y los decretos cada vez más insistentes en la unificación de las universidades.

En paralelo se sugiere integrar perspectivas que cuestionan la separación de los siglos. Algunos como el ya mencionado Baltar Rodríguez[30] han puesto de relieve la continuidad entre los siglos XVII y XVIII en las carreras de derecho de la Universidad de Zaragoza, y otros, como Ramón Solans[31] o Urzainqui Biel[32], han establecido vínculos entre los años finales del XVIII y acontecimientos de principios del XIX. La coincidencia de la instalación del poder borbónico con el paso de siglo indujo seguramente la distinción entre la centuria dieciochesca y la anterior, e hitos como los Sitios marcaron una ruptura con la posterior en la capital aragonesa.

Por otra parte, el historiador debe hacer recurso de la Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, redactada a principios del XX por el director de la biblioteca universitaria en aquel entonces, Manuel Jiménez Catalán, con la ayuda de José Sinués y Urbiola[33]. No solo ofrecieron un repertorio de informaciones primordiales, sino que proporcionaron documentación primaria en el tercer volumen; en la línea del trabajo de Borao, esa labor de divulgación científica marcó un giro en la consideración de la Universidad de Zaragoza como tema de investigación.

Ese interés del propio personal de la Universidad de Zaragoza por la difusión de trabajos sobre la historia de la institución es destacable. Ya lo habían demostrado Borao o incluso Fraylla, quienes, además de implicarse en este tipo de proyecto y haber cursado en el Estudio, lograron alcanzar el cargo de rector. Para examinar el tema regalista e ilustrado, la involucración de Inocencio Camón y Tramullas, catedrático en aquella institución en la segunda mitad del siglo XVIII, secretario del Colegio de Abogados de Zaragoza y relator de lo civil en la Real Audiencia de Aragón, ha concedido a los investigadores una serie de escritos[34] que se encuentran entre los textos de referencia que cabe manipular para trabajar sobre el tema universitario zaragozano. Vicente y Guerrero[35] hizo hincapié en la pertinencia de la historia de la historiografía para aprehender mejor las cuestiones relativas a aquel centro.

Más allá de recopilar datos sobre los miembros de la comunidad universitaria hasta la década de 1760, las observaciones introductorias de las Memorias literarias de Zaragoza[36] reflejan el pensamiento de un personaje contemporáneo del periodo estudiado. Su definición de la Historia de las universidades es sumamente interesante para contextualizar y conceptualizar la acogida de la reforma de la enseñanza mientras la Corona promovía una mayor centralización: “en mi concepto toda la Historia Literaria de la Monarquia, ha de deribar su origen de las Universidades como fuentes”[37]. El jurista y catedrático de la Universidad de Zaragoza manifestaba el valor y la repercusión del papel desempeñado por aquellas instituciones en la segunda mitad del siglo XVIII, un momento culminante para la monarquía y la Ilustración española pues simbolizó la promulgación de las grandes reformas –su imposible[38] cumplimiento es otra cuestión–; la cronología se podría extender hasta principios del siglo XIX con proyectos tan significantes como la unificación de 1807. El asunto era complejo dado que se esperaba de la capital aragonesa que actuase como verdadera ciudad universitaria para responder a tales demandas.

Conclusiones

Los ilustrados españoles fomentaron una oferta educativa mayor siguiendo sus objetivos de renovación social y de promoción de las ciencias apoyados por la política cultural de la Corona, y sobre todo en el último tercio del Setecientos. Así pues, un balance historiográfico sobre la trayectoria de la Universidad de Zaragoza en aquella época de transformaciones resulta muy enriquecedor para evaluar los alcances y límites del regalismo y de las Luces, pues la casi totalidad de los historiadores han hecho hincapié en su retraso. Ahora bien, y a pesar de un evidente vacío bibliográfico, la investigación va aportando datos sobre aquel centro educativo al examinar a otros actores coetáneos como la Sociedad Económica que participó en el fomento de las ciencias y la educación. El destino del Estudio General también se relacionó con el de figuras determinantes en la Ilustración aragonesa y muy estudiadas como Aranda o Pignatelli.

Así mismo, los historiadores han hecho hincapié en las múltiples facetas del regalismo y del propósito ilustrado a través de la Historia de las universidades ya que aquellos cuerpos eran órganos de primera importancia en el proceso modernizador, y, sobre todo, centralizador, por muchos límites que tuvieran. El centro cesaraugustano no acogió mal aquellos planteamientos, pero siempre antepuso su autonomía de gobierno, e incluso en sus tratos con el Ayuntamiento, su patrono, u otras instituciones aragonesas en las que influía cada vez más el control real. No obstante, ¿no seguía siendo otra forma de inmiscuirse de la Corona? ¿El supuesto grado de autogobierno de la Universidad era verdadero o más bien una impresión? Lo cierto es que convertir a la educación en problema nacional no fue suficiente para corregir la ineficacia de la reforma a corto plazo, pues la falta de uniformidad entre las universidades españolas, y la ausencia de temas económicos explicó en gran parte la tardanza de esas medidas para concretarse.

Luego, es necesario considerar que el despertar de la historiografía en la década de 1980, así como la promulgación de ambiciosos planes reformadores en la segunda mitad del siglo XVIII explican en gran parte el enfoque dado a temas de orden más político. Poco a poco, otros trabajos complementan aquellos ensayos, al realzar aspectos sociales y culturales para adentrarse en este tipo de cuestiones.


  1. Contratada predoctoral del Gobierno de Aragón (DGA), Departamento de Historia, Área de Historia Moderna, Universidad de Zaragoza. Orcid: https://orcid.org/0009-0001-5897-3521. Correo electrónico: avergnaud@unizar.es. Grupo de Referencia BLANCAS (Historia Moderna) del Gobierno de Aragón H01_23R.
  2. PESET, M. y PESET, J. L. (1974). La Universidad española (siglos XVIII y XIX). Despotismo ilustrado y Revolución liberal. Madrid, Taurus. Véase también de los mismos autores: (1988), “Políticas y saberes en la universidad ilustrada”. En: Actas del congreso internacional sobre “Carlos III y la Ilustración”, vol. 3, pp. 31-135.
  3. ÁLVAREZ DE MORALES, A. (1988). La Ilustración y la reforma de la universidad en la España del siglo XVIII, Madrid, INAP.
  4. PERRUPATO, S. (2018). Ilustración, educación y cultura. La monarquía hispánica en la segunda mitad del siglo XVIII, Mar del Plata, EUDEM.
  5. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (2016). Carlos III y la España de la Ilustración, Madrid, Alianza, p. 280.
  6. JIMÉNEZ CATALÁN, M y SINUÉS URBIOLA, J. (1923). Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, vol. 1, Zaragoza, Tipografía la Académica, pp. 176-177.
  7. ARMILLAS Y VICENTE, J. A. (1983). “La provisión de cátedras”. En: Historia de la Universidad de Zaragoza, Madrid, Editora Nacional, pp. 161-171.
  8. FORNIÉS CASALS, J. F. (1997). La política social y la ilustración aragonesa (1773-1812): la acción social de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, Zaragoza, Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País.
  9. FERNÁNDEZ CLEMENTE, E. (1973). La Ilustración aragonesa. Una obsesión pedagógica, Zaragoza, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, Aragón y Rioja, p. 8.
  10. FERNÁNDEZ CLEMENTE, E. (2004). Estudios sobre la Ilustración aragonesa, Zaragoza, IFC.
  11. OLAECHEA, R. y FERRER BENIMELI, J. A. (1978). El Conde de Aranda (mito y realidad de un político Aragonés), España, Librería General. En 1998, se consiguió reunir a numerosos expertos para repensar los tiempos de la Ilustración en torno a aquella figura en un Congreso Internacional que dio lugar a una publicación relevante: FERRER BENIMELI, J. A. (dir.), SARASA, E. y SERRANO, E. (coords.) (2000). El Conde de Aranda y su tiempo, 2 vols., Zaragoza, IFC.
  12. PÉREZ SARRIÓN, G. (1984). Agua, agricultura y sociedad en el siglo XVIII. El Canal Imperial de Aragón, 1766-1808, Zaragoza, IFC.
  13. ARMILLAS VICENTE, J. A. (1983). “La universidad de la Ilustración (1700-1808): introducción”. En: Historia de la Universidad de Zaragoza, Madrid, Editora Nacional, pp. 154-155.
  14. SARRAILH, J. (1958). La España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, México, Fondo de Cultura Económica.
  15. HERR, R. (1964). España y la revolución del siglo XVIII, Madrid, Aguilar.
  16. Se podría mencionar a CORONA BARATECH, C. E. (1980). “Aragón en el siglo XVIII”. En CANELLAS LÓPEZ. Á. (dir.), Aragón en su historia, Zaragoza, Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, pp. 324-358 y a PÉREZ SARRIÓN, G. (1999). Aragón en el Setecientos: crecimiento económico, cambio social y cultura, 1700-1808, Lérida, Milenio.
  17. ARMILLAS VICENTE, 1983, 154.
  18. SÁNCHEZ RUBIO, A. (1983). “Los graduados”. En: Historia de la Universidad de Zaragoza, Madrid, Editora Nacional, p. 145.
  19. BALTAR RODRÍGUEZ, J. F. (2010). “Las facultades de leyes y cánones de la Universidad de Zaragoza en los siglos XVII y XVIII”. En: PEIRÓ MARTÍN, I. y VICENTE Y GUERRERO, G. (coords.), Estudios históricos sobre la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, IFC, pp. 109-110.
  20. ARMILLAS Y VICENTE, J. A., 1983, “Introducción”, p. 155 y “La provisión de cátedras”, p. 167.
  21. BALTAR RODRÍGUEZ, 2010, 100.
  22. VICENTE Y GUERRERO, G. (2010). “Estudio introductorio: Apuntes historiográficos sobre la historia de la Universidad de Zaragoza”. En: JIMÉNEZ CATALÁN, M. y SINUÉS URBIOLA, J., Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, 3 vols., Biblioteca Virtual de la IFC, pp. 1-23.
  23. FRAYLLA, D. (1603). Lucidario de la Universidad y Estudio General de la Ciudad de Zaragoza y de las cosas y sucesos de ella, manuscrito, Zaragoza. Edición facsímil CANELLAS, Á. (ed.) (1983), Zaragoza, IFC.
  24. BORAO, G. (1869). Historia de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, Imprenta de Calixto Aliño. Edición facsímil FORCADELL, C. (1987), Zaragoza, Mira editores.
  25. BORAO, G. y FORCADELL, C. (2017). Historia de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, IFC. Se trata de una transcripción y reedición de la obra original de 1869, véase nota 24.
  26. Historia de la Universidad de Zaragoza (1983), Madrid, Editora Nacional.
  27. PEIRÓ MARTÍN, I. y VICENTE Y GUERRERO, G. (coords.) (2010). Estudios históricos sobre la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, IFC.
  28. GARCÍA LASAOSA, J. (1978). Planes de reforma de estudios de la Universidad de Zaragoza en la segunda mitad del siglo XVIII, Zaragoza, Ayuntamiento de Zaragoza y Universidad de Zaragoza.
  29. SOLANO CAMÓN, E. (2016). “1713-1808, la Universidad bajo los Borbones”. En: C. LOMBA y P. RÚJULA (coord.) Historia de la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, PUZ, pp. 120-163.
  30. BALTAR RODRÍGUEZ, 2010.
  31. RAMÓN SOLANS, F. J. (2010). “La instrumentalización de la revuelta universitaria de 1808: orígenes, límites y rupturas”. En: PEIRÓ MARTÍN, I. y VICENTE Y GUERRERO, G. (2010) (coords.), Estudios históricos sobre la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, IFC, pp. 79-130.
  32. URZAINQUI BIEL, C. (2010). “Estudios, estudiantes y otras materias. La Universidad de Zaragoza bajo el signo de Fernando VII (1790-1830)”. En: PEIRÓ MARTÍN, I. y VICENTE Y GUERRERO, G. (2010) (coords.), Estudios históricos sobre la Universidad de Zaragoza, Zaragoza, IFC, pp. 283-293.
  33. JIMÉNEZ CATALÁN, M. y SINUÉS URBIOLA, J. (1923-1929). Historia de la Real y Pontificia Universidad de Zaragoza, 3 vols., Zaragoza, Tipografía “La Académica”.
  34. Se podrían mencionar: CAMÓN Y TRAMULLAS, I. (1769). Plan que presenta el estado actual de la Universidad Literaria de Zaragoza, Zaragoza, Imprenta de Francisco Moreno.
  35. VICENTE Y GUERRERO, 2010.
  36. CAMÓN Y TRAMULLAS, I. (1768-1769). Memorias literarias de Zaragoza, 3 vols., Zaragoza, Imprenta de Francisco Moreno.
  37. CAMÓN Y TRAMULLAS, 1768-1769, 8.
  38. ARMILLAS Y VICENTE, 1983, “Introducción”, 155.


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