Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Banqueros y mercaderes italianos en la monarquía hispánica

Una mirada policéntrica sobre la economía
de la primera edad moderna

Gaetano Sabatini[1]

La teoría darwiniana sobre el origen de la especie humana empezó a difundirse, como método de investigación e interpretación en otras áreas del conocimiento, entre la segunda mitad del siglo XIX y el comienzo del siglo XX, y una visión evolucionista se asentó entonces en muchos ámbitos de las ciencias humanas y sociales[2]. Joseph Schumpeter, economista e historiador del pensamiento económico, aplicó la visión evolucionista a la interpretación del papel de los banqueros en el proceso de crecimiento económico: el banquero, según Schumpeter, desarrolla la fundamental función de seleccionar los mejores agentes económicos, públicos y privados, es decir los más aptos para realizar el más eficiente empleo de los recursos disponibles en una comunidad o en un sistema económico[3].

¿A la hora de interpretar –dentro de un rápido excurso historiográfico– el papel que los banqueros y mercaderes italianos tuvieron en la exitosa trayectoria de la Monarquía Hispánica en la primera etapa de la edad moderna, nos ayuda adoptar la perspectiva evolucionista de Schumpeter? ¿Estos grupos encontraron en efecto la mejor forma posible de valorizar los múltiples recursos a los cuales, crecientemente, la Monarquía Hispánica tuvo acceso? Para responder a esta pregunta es preciso, en primer lugar, recordar quiénes eran y de dónde procedían estos banqueros.

La autonomía e importancia del papel desempeñado por los banqueros en la Monarquía hispánica, y entre ellos de los banqueros y mercaderes italianos, se perfiló por primera vez tras la poderosa relectura historiográfica iniciada entre los años treinta y cuarenta del siglo XX, con la publicación del Carlos V de Karl Brandi y de El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II de Fernand Braudel, obras que, cada una dentro de su propio contexto cultural, tenían una mirada centrada, la primera, en el hombre y la segunda, en los espacios, abriendo el camino a una reinterpretación del siglo XVI europeo con su centro de gravedad geopolítico en la España de los Austrias[4].

Es en este contexto que entre 1943 y 1949 se publicaron las dos primeras partes de la monumental obra de Ramon Carande Carlos V y sus banqueros, a las que seguiría en 1967 el tercer y último volumen[5], obra que tuvo el extraordinario mérito no sólo de haber trazado una primera aproximación a la hacienda imperial en tiempos de Carlos V y al papel creativo que las grandes finanzas tuvieron en la estructuración de la Monarquía, sino también de haber identificado por primera vez los banqueros como un grupo de intereses transnacional que, a partir de las bases locales de su poder, interactuaban y dialogaban continuamente con otros poderes políticos, económicos y religiosos, brindando un apoyo fundamental al sistema imperial, tras sus relaciones directas con el soberano y los consejos de la corte.

Ramon Carande, que había concentrado su atención sobre el papel de los grandes banqueros alemanes y genoveses, trazó una línea en la que se fue colocando una generación de historiadores que desarrollaron sus fundamentales intuiciones, construyendo un entramado de grandes, medianos y pequeños banqueros que, tras una extensa red de agentes locales, sustentaban a todos niveles la acción política y militar del soberano, realizando una fundamental interacción entre las finanzas castellanas y los grupos procedentes de distintos ámbitos territoriales de la Monarquía. Ejemplares en este sentido, son los trabajos de Felipe Ruiz Martin, que analizaron la interacción entre banqueros italianos y castellanos, poniendo a la luz, entre otros, la importancia de figuras como la de Simón Ruiz[6], mientras la obra de Antonio Domínguez Ortiz reconstruyó el entramado de relaciones sociales, económicas y políticas que acompañaron las distintas fases de crecimiento y declinación de la Monarquía Hispánica a lo largo de la edad moderna[7]; a otros historiadores se debe la tarea de seguir con la reconstrucción de la hacienda en tiempo de los Habsburgo de España empezada por Carande, pienso, entre otros, en Modesto Ulloa[8]. Centrando nuestra atención sobre el grupo de los italianos, cabe recordar el magistral ensayo de David Abulafia sobre Los italianos fuera de Italia de 1997[9], en el que se describe la trayectoria de las comunidades de banqueros y mercaderes originarios de la Península que, desde finales del siglo XV, se asentaron en Castilla. Se trató, en primer lugar, de florentinos, a los cuales se fueron añadiendo los genoveses, paulatinamente a lo largo de las primeras tres décadas del siglo XVI y de forma más rápida después.

La enorme riqueza de los florentinos originada en la producción de tejidos de lana, que, a partir del siglo XIII en adelante, se había exportado en toda Europa, rivalizando con los tejidos que procedían de otras áreas del continente, como el sur de Francia y la propia Castilla. La ausencia de sustanciales limitaciones al ejercicio de artes y menesteres de parte de forasteros en los territorios de las coronas de Castilla y Aragón favoreció el asentamiento de florentinos y genoveses, que invirtieron grandes capitales en la colonización de las tierras sustraídas a la población morisca, sobre todo para la producción de la seda, industria en la que la Península Italiana tenía una larga tradición. Sin embargo, fue el descubrimiento de América y la apertura de la Carrera de Indias, tal como lo evidenciaron los estudios de Antonio Miguel Bernal, el pasaje que marcó claramente una fuerte aceleración de la presencia de banqueros y mercaderes italianos en la Península Ibérica[10].

La mayor concentración de agentes comerciales y financieros italianos se registró, en primer lugar, en el área del Reino de Valencia: entre el 1450 y el 1500; solo en la ciudad de Valencia se otorgan más de cien licencias para el ejercicio del comercio a mercaderes de origen italiano[11]. Pero, rápidamente, con la apertura de las rutas atlánticas, estos agentes estuvieron presentes en Cádiz, en Sanlúcar, en el Puerto de Santa María y, obviamente, en Sevilla, principal plaza comercial y financiera no solo hacia el Atlántico, sino también hacia el norte de Europa, Italia y todo el Mediterráneo.

En la base de cualquier proceso económico hay siempre un fenómeno de push and pull, algo que empuja un agente económico a dejar una actividad hasta entonces practicada, para acercarse a una nueva forma de inversión del capital y de producción de bienes y servicios, con el fin de realizar la explotación de recursos más provechosa, exactamente en la lógica evolucionista de la que hablaba Schumpeter. Ahora bien, la presencia y difusión de los banqueros y mercaderes italianos en la Península Ibérica en tiempos de los Reyes Católicos no escapa a esta ley: florentinos, genoveses y venecianos habían reducido progresivamente su presencia en el Levante y Norte de África en las décadas anteriores, como efecto de la creciente presión ejercida por el Turco, que los había alejado de bases comerciales consolidadas desde siglos, por ejemplo en el Mar Negro: este es el factor de expulsión. En el mismo tiempo, la expulsión de las comunidades judías desde la Península Ibérica después de 1492 creó un vacío en el mundo de los hombres de negocios justo en el momento en que se abrían nuevas oportunidades de inversión, un vacío que la capacidad de movilización de capital de las activas, pero numéricamente no suficientes, comunidades mercantiles castellana y aragonesa no podían llenar: este es el factor de atracción que empujó a los italianos hacia la Península Ibérica. Desde la producción, el comercio y la financiación de las actividades mercantiles, los mercaderes y banqueros italianos entraron en el campo del crédito a la Corona, es decir de la financiación de la Monarquía, de sus órganos centrales, de las estructuras periféricas presentes en su inmenso territorio y de sus comunidades[12].

Si la disponibilidad de grandes capitales constituyó la premisa técnica para acceder al servicio del crédito a la Monarquía, la premisa política para este pasaje fue sin duda constituida por la progresiva asimilación social de los banqueros italianos a las elites aragonesas y castellanas. La participación a la vida ciudadana tras el ingreso en una cofradía o en un cabildo catedralicio, los matrimonios, la adquisición de los privilegios de naturaleza o de hidalguía, la incorporación en los organismos municipales, los cargos y los oficios, y finalmente los señoríos y los títulos de nobleza constituyen otras tantas etapas de un proceso de asimilación que conllevaba consigo la posibilidad de ser hombres de negocios de confianza de la Monarquía, en todas sus articulaciones y territorios.

Una trayectoria que ha sido bien delineada en muchas áreas de la Monarquía –pienso por ejemplo a los trabajos de Rafael Valladares–[13], pero que es particularmente evidente en el caso de los genoveses después del cambio de alianzas que la República de San Jorge realizó a finales de los años veinte del siglo XVI, abandonando su tradicional apoyo al Cristianísimo Rey de Francia para ponerse al servicio de Carlos V y del Imperio. Empezó así el llamado siglo de los genoveses, los más de cien años del incuestionable control del crédito de la Monarquía por parte de los Grimaldi, los Centurione, los Espinola, los Pinelli, los Ravaschieri, los De Masi, etc.[14].

Un excelente ejemplo de estudio sobre la interacción entre consolidación de capital social e inserción en el sistema del crédito de la Monarquía, se encuentra en la línea de los extraordinarios trabajos de Luigi De Rosa sobre Nápoles[15] y de las más recientes investigaciones de Manuel Herrero Sánchez sobre Génova[16], o el reciente estudio de Yasmina Rocío Ben Yessef Garfia sobre los Serra, donde se analiza atentamente la trayectoria de esta familia de banqueros genoveses, que realizó paralelamente su ascenso social en el Reino de Nápoles y su afirmación como grandes asentistas del rey[17].

En lo que se refiere a la capacidad de reunir y movilizar recursos, la Monarquía no tenía mejor opción que elegir a los genoveses: la extensa red de sucursales y agentes correspondientes en toda Europa, así como la larga experiencia de movilización de capitales, tras la emisión de letras de cambio y la capacidad de control de las principales ferias de cambio del continente, hacían de los genoveses los verdaderos árbitros de las finanzas europeas, principales actores de la que fue definida por Aldo De Maddalena y Hermann Kellenbenz como la república internacional del dinero[18].

Según el refrán que recita que a la hora de hacer la guerra se necesitan tres cosas: dinero, dinero y más dinero, los genoveses fueron detrás de todas las empresas de la Monarquía desde los años siguientes a la batalla de Pavía hasta al menos la paz de Westfalia, negociando los grandes préstamos y asientos que juntaban las mayores entidades financieras de Europa, gestionando la emisión de la deuda flotante, gobernando el gran mercado de los juros, guiando las negociaciones subsecuentes a las suspensiones de pagos, las conversiones de la deuda flotante en deuda consolidada, la gestión de la recaudación de impuestos y aduanas, cuyos ingresos capitalizados constituían la principal base para la emisión de la deuda pública. Todo tipo de operaciones que necesitaban, para realizarse, no solo, como es obvio, de grandes capitales sino también de todos los más modernos y novedosos conocimientos técnicos que se produjeron en el campo de las finanzas internacionales en la temprana edad moderna, y que han llevado a la introducción de la categoría historiográfica de la financial revolution[19].

Sin embargo, aún más interesante que los complejos aspectos técnicos que caracterizaban estas operaciones, aparecen, en mi opinión, las consecuencias sociales y políticas que tuvo la involucración de los mercaderes y banqueros genoveses en el sistema del crédito de la Monarquía Hispánica. La potencia financiera de la República de S. Jorge, como ya se ha recordado, se originaba en su extraordinaria trayectoria como potencia marítima: a partir del siglo XII y hasta la expansión del Imperio Otomano del siglo XV, Génova abrió sus bases comerciales en todo el Mediterráneo y en el Mar Negro, tras la creación de una extraordinaria flota mercantil y una adecuada flota militar, que tuvo el papel de proteger las rutas comerciales. Como indican los estudios pioneros que grandes historiadores –entre otros Giuseppe Felloni, Federigo Melis y Giorgio Doria– han dedicado al tema de la financiación de las actividades económicas de las Repúblicas Marineras (Amalfi, Génova, Pisa, Venecia)[20] y de las demás ciudades mercantiles de Italia, el capital comercial que estaba a la base de la constitución de las compañías de navegación venía de las grandes concentraciones de dinero procedentes de mercaderes y aristócratas, que en el específico caso de Génova constituían un solo cuerpo social, además correspondiente con la oligarquía que gobernaba la propia República. Este capital comercial estaba dividido en cuotas de importe variable, de muy limitado a muy grande, que podían, por lo tanto, también ser suscritas por artesanos, pequeños comerciantes, eclesiásticos, militares y otros sujetos que tan solo podían aportar pequeñas sumas al capital comercial y que, por ende, participaban de los beneficios en la misma proporción al capital aportado.

El ingreso de mercaderes y banqueros genoveses en el circuito del crédito a la Monarquía generalizó este sistema de participación en el gran negocio de la financiación de la Corona de los que, a partir de ahora, llamaremos pequeños ahorradores. La deuda pública emitida por la Monarquía, tras el pasaje por varios intermediarios locales, llegaba al alcance de los pequeños ahorradores, hasta en los más remotos rincones de la Monarquía: el cura de una pequeña parroquia perdida en las montañas de Calabria, un militar del tercio de Flandes, el corregidor de una comunidad de Nueva España, tienen todos la posibilidad, gracias a este mecanismo de división en pequeñas cuotas de la deuda, de acceder al gran negocio de la financiación de la Monarquía.

De hecho, este sistema se aplicó sobre todo a esa parte de deuda pública emitida mediante el mecanismo de capitalización de los ingresos de impuestos y aduanas y de cesión de la gestión de los mismos a los propios banqueros, es decir mediante la transferencia a particulares de ingresos fiscales –a menudo creados expresamente para este fin– de forma perpetua o con la posibilidad de que la Corona se reservase el futuro derecho a recuperar el ingreso, mediante la devolución del capital recibido; como es bien sabido, durante los siglos XVI y XVII la enajenación de rentas se produjo con una frecuencia cada vez mayor y en proporciones tan significativas que el valor de los activos vendidos se redujo continuamente y la diferencia entre el valor nominal y el precio de mercado de los títulos de deuda pública alcanzó niveles cada vez más altos[21]. Los excelentes estudios de casos proporcionados por las investigaciones de Carmen Sanz Ayán, Alberto Marcos Martín, Carlos Álvarez Nogal, entre otros, nos han dado múltiples ejemplos de cómo estos mecanismos actuaban en Castilla, así como en los demás territorios de la Monarquía, y de sus consecuencias sociales[22].

Es importante subrayar que este sistema no tenía solo el importante efecto de expandir el abanico de los recursos a los cuales anhelaba la auri sacra fames de la Monarquía, la inagotable necesidad de dinero de la Corona. Hay una consecuencia no menos importante que es la expansión del conjunto de los vasallos del Rey de España que podían identificar sus intereses particulares con los intereses más generales de la Monarquía. Las dificultades del Rey, o hasta su quiebra, no tenían entonces como consecuencias solo la incertidumbre política y la instabilidad social, sino también un evidente daño material.

La difusión de esta amplia aportación a las distintas formas de endeudamiento tiene como consecuencia aumentar el grado y la calidad de la cohesión social alrededor de las estrategias políticas y militares de la Monarquía, sobre todo entre las elites locales de las áreas urbanas, donde este proceso se suma a otros paralelos, como la participación en los organismos municipales o el ingreso en cargos u oficios, y también tienen como efecto una creciente identificación de los intereses de los particulares con los de la Corona. Esta lectura del papel de los banqueros genoveses se inserta en el contexto de la reinterpretación de la Monarquía Hispánica como una monarquía policéntrica que, a lo largo de la última década, ha realizado el grupo de historiadores reunido alrededor de la Red Columnaria, comunidad de historiadores que se dedican al estudio de las Monarquías Ibéricas, grupo del que tengo el honor de formar parte.

A partir del 2012[23] fue elaborada una nueva propuesta historiográfica, aprovechando de la experiencia de los numerosos caminos de investigación que se habían abierto en los quince años anteriores, partiendo sustancialmente de la abundante masa de estudios que se generó en coincidencia de las celebraciones del 1998 y 2000, respectivamente, del cuarto centenario de la muerte de Felipe II (1527 -1598) y del quinto centenario del nacimiento de Carlos V (1500-1558). Se trata de una propuesta nacida del intento de superar dos aspectos críticos que han caracterizado durante mucho tiempo el estudio de las monarquías globales española y portuguesa; por un lado el análisis fragmentario de cada territorio, que en última instancia tiende a reproducir, al convertirlo al pasado, el estudio de casos nacionales configurados según modelos políticos que sólo han existido desde el siglo XIX y, por otro lado, una visión extremadamente polarizada de la relación entre el soberano y las elites locales, que identifica unívocamente el lugar de la negociación política en el centro, es decir, en la corte, relegando las periferias a meros espacios de recepción de la voluntad soberana, con muy pequeños márgenes para la negociación y frecuentes episodios de fractura violenta.

La propuesta de las monarquías policéntricas, que reúne el caso español y portugués en un único esquema interpretativo y que va más allá de la visión biunívoca entre centro y periferia, entiende las monarquías Ibéricas ante todo como un conjunto de centros de poder fuertemente interdependientes entre sí, claramente en relación con el soberano y con la corte, pero no necesariamente en una posición de subordinación, sino con grados y capacidad de negociación variables en función de una amplia gama de factores geopolíticos, económicos, militares, sociales, religiosos, etc.

Es en estos centros, repartidos por toda la superficie de la Monarquía, y en el ejercicio cotidiano de formas de mediación a nivel local, entre territorios y hacia el soberano, donde todos los agentes y cuerpos estamentales se convierten en sujetos participantes del poder imperial, definiendo sus características y traduciéndolo en prácticas políticas, en mecanismos de promoción social, en formas de repartición de los impuestos, etc., en un juego continuo de apropiación e intercambio mutuo, dentro del cual la fase de conquista violenta de un territorio se convierte sólo en el primer acto de un proceso más complejo de asimilación.

En la base de esta visión está la pregunta sobre dónde se ubica la fuente de la acción política en la temprana edad moderna y también sobre quiénes son sus agentes reales: en la perspectiva policéntrica, ambos aspectos se reúnen en múltiples actores institucionales y grupos de poder que formaron parte de la Monarquía y que, en el contexto local, contribuyeron de manera decisiva a su creación y funcionamiento al menos tanto como la corte. Los múltiples espacios de negociación repartidos por los territorios de la Monarquía podrían, de hecho, desempeñar un papel mucho mayor que las directrices de la política imperial que emanaban del soberano y de los consejos centrales de la corona y que, mediante la difusión de memoriales y la acción de los ministros del rey, debían activar procesos de mediación para adaptarse a las realidades locales y mantener el consenso y el orden social en las mismas.

La propuesta policéntrica, por lo tanto, con su ambición de explorar todos los estratos y espacios de acción política, sin limitarse a lo relativo al papel del soberano y de la corte, tiende a construir una historiografía común para la Monarquía, superando los particularismos nacionales en favor de interpretaciones globales, centrándose en una lectura atenta de las prácticas políticas de la época, sin negar la dominación o la explotación ni ocultar las formas de resistencia; por el contrario con el objetivo de desarrollar herramientas analíticas capaces de comprender la complejidad de las relaciones y dinámicas de poder que existieron entre los diferentes agentes y territorios.

Una parte importante de esta visión policéntrica también insiste en la limitada capacidad del poder imperial para intervenir a nivel local, al carecer de agentes que pudieran imponer efectivamente la autoridad del soberano: dado que una parte importante del poder efectivo sobre el territorio dependía de las instituciones locales, el aporte de estas últimas fue fundamental para que la Monarquía sobreviviera y funcionara, pero las instituciones locales no eran una contraparte de la Monarquía, al contrario eran una parte esencial de ella al igual que la corte; no se trata de negar la importancia de la corte a la hora de definir las estrategias imperiales sino solo de reafirmar que los espacios de negociación política y sus agentes iban mucho más allá del estrecho entorno al soberano. Una vez establecido este esquema general, es necesario profundizar en cómo se produjo realmente la participación e integración de los territorios individuales en las monarquías policéntricas y este aspecto nos devuelve al tema del papel desempeñado por los banqueros, entre ellos principalmente por los banqueros genoveses y por la extensa red de agentes locales que cooperaron con ellos en la gestión de la deuda pública y en todas las actividades financieras relacionadas, así como, más en general, en todas las formas de ejercicio del crédito y de circulación de modelos de gobierno de la economía entre Castilla y los demás territorios de la Monarquía[24].

Sin embargo, subrayar este aspecto significa algo mucho más complejo que la simple referencia al hecho, ahora adquirido por la historiografía, de que el vínculo con la corona obligaba a cada territorio a compartir los gastos de la defensa de la Monarquía. Resaltar la existencia de un sistema policéntrico significa sobre todo subrayar que las prácticas financieras que se llevaron a cabo, incluso en los territorios más alejados de la Monarquía, tradujeron las directrices que partían del centro de la Monarquía en diferentes modos de actuación en función de los distintos contextos en qué se aplicaron y que esta labor de mediación fue posible precisamente por la presencia de las redes de banqueros al servicio de la corona, que, por ejemplo, en muchos casos fueron los responsables de facto de elegir los instrumentos con los que obtener los recursos solicitados por la corona mediante el aumento de la carga fiscal o un recurso más amplio a la deuda pública o combinando ambas medidas. Reflejándose las decisiones sobre la gestión de la deuda pública en la estabilidad y la cohesión social de los territorios, las formas de emisión, conversión, consolidación y extinción de la deuda pública a nivel local fueron entonces siempre elegidas en función de los efectos que podrían resultar en términos de fortalecer o debilitar el consenso interno sobre las estrategias políticas de la Monarquía.

En resumidas cuentas, la mirada policéntrica con que estas reflexiones se concluyen, dentro del marco de un rápido excurso historiográfico, confirma la interpretación evolucionista de Schumpeter en lo que se refiere al papel de los banqueros italianos, sobre todo genoveses, a la hora de individuar la mejor forma de encontrar y movilizar los recursos presentes en los múltiples territorios de la Monarquía Hispánica, sin pretender que esto sea el resultado de un trayecto de investigación ya concluido, sino, todo lo contrario, una propuesta abierta, de trabajo común a la cual deseamos se sumen siempre nuevas generaciones de historiadores.


  1. Università Roma Tre – CNR ISEM.
  2. Sin pretender ser exhaustivo, señalaré aquí algunas referencias historiográficas esenciales para el tema tratado, citando las ediciones de las obras efectivamente consultadas. Sobre la difusión de las teorías darwinianas en las ciencias sociales véase BANTON, M. P. (1961). Darwinism and the study of society, London-Chicago, Tavistock; BOLLER, P. F. (1969). American thought in transition: the impact of evolutionary naturalism, 1865-1900, Chicago, Rand McNally & Company.
  3. SCHUMPETER, J.A. (1983). The Theory of Economic Development. An Inquiry into Profits, Capital, Credit, Interest, and the Business Cycle. New Brunswick – London, Transaction Publishers.
  4. BRANDI, K. (2001). Carlo V, Torino, Einaudi; BRAUDEL, F. (1976), Civiltà e imperi del Mediterraneo nell’età di Filippo II, Torino, Einaudi.
  5. CARANDE, R. (1987). Carlos V y sus banqueros, Barcelona, Crítica.
  6. RUIZ MARTÍN, F. (1990). Pequeño capitalismo, gran capitalismo, Barcelona, Crítica.
  7. DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (1960). Política y Hacienda de Felipe IV, Madrid, Editorial de Derecho financiero.
  8. ULLOA M. (1977), La Hacienda Real de Castilla en el Reinado de Felipe II, Fundación Universitaria Española, Seminario Cisneros, Madrid.
  9. ABULAFIA, D. S. H. (1997). “Gli italiani fuori d’Italia”. En G. Airaldi (Coord.), Gli orizzonti aperti. Profili del mercante medievale, Einaudi, Torino, pp. 175-198.
  10. BERNAL, A. M. (1993). La financiación de la Carrera de Indias (1492-1824): dinero y crédito en el comercio colonial español con América. Sevilla, Fundación del Monte. ID. (2000). Dinero, moneda y crédito en la monarquía hispánica. Madrid, Marcial Pons.
  11. IRADIEL, P. (1995). “El Puerto de Santa María, los genoveses y el Mediterráneo Occidental”. En El puerto de Santa María entre los siglos XIII e XVI. Estudios en homenaje a Hipólito Sancho de Sopranis en el centenario de su nacimiento, El puerto de Santa María, Ed. del Ayuntamiento, pp. 5-36.
  12. TORRES MARTÍNEZ, M. (1980). Bancos y banqueros en la historiografía andaluza. Granada, Universidad de Granada Editorial; CARANDE, 1987; DEL VIGO GUTIÉRREZ, A. (1997). Cambistas, mercaderes y banqueros en el Siglo de Oro español, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos.
  13. VALLADARES, R. (2002). Banqueros y vasallos: Felipe IV y el medio general (1630-1670), Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha.
  14. FELLONI, G. (2008). “Dall’Italia all’Europa: il primato della finanza Italiana dal Medioevo alla prima età moderna”. En Storia d’Italia. Annali, vol. 23, La banca, Torino, Einaudi, pp. 93-149.
  15. Véase por ejemplo DE ROSA, L. (1987). Mezzogiorno spagnolo tra crescita e decadenzaI, Milano, Il Saggiatore.
  16. HERRERO SÁNCHEZ, M. (2004). “Génova y el sistema imperial hispánico”. En B.J. GARCÍA GARCÍA, A. ÁLVAREZ-OSSORIO ALVARIÑO (Coords.), La monarquía de las naciones: patria, nación y naturaleza en la monarquía de España, Madrid, Fundación Carlos de Amberes, pp. 529-562
  17. BEN YESSEF GARFIA, Y. R. (2022), Los Serra entre la República de Génova y la Monarquía Hispánica. Servicio, redes y espacios de identidad (1576 ca. – 1650 ca.), Madrid, Editorial CSIC.
  18. DE MADDALENA A., KELLENBENZ H. (Coords.) (1986). La Repubblica internazionale del denaro tra XV e XVII secolo, Bologna, Il Mulino.
  19. Véase el célebre estudio TRACY, J.D. (1985). A Financial Revolution in the Habsburg Netherlands. Renten and Renteniers in the County of Holland, 1515-1565, Oakland, UCP.
  20. FELLONI, G. (2016). “Genova e il capitalismo finanziario dalle origini all’apogeo (secc. X-XVIII)”. En Atti della Società ligure di storia patria, n. s., 56, pp. 71-90; MELIS, F. (1972). Documenti per la Storia economica dei secoli XIII-XVI, Firenze, Olschki; DORIA, G. (1988). “La gestione del porto di Genova dal 1550 al 1797”. En Atti della Società ligure di storia patria, n. s., 28/1, pp. 135-197.
  21. Véase por ejemplo el caso de Nápoles: SABATINI, G. (2021).La deuda pública napolitana en la primera edad moderna: un modelo de gestión para las finanzas imperiales”. En J.F. PARDO MOLERO, J.J. RUIZ IBÁÑEZ (Coords.), Los mundos ibéricos como horizonte metodológico. Homenaje a Isabel Aguirre Landa, Valencia, Tirant Le Blanch, pp. 443-472.
  22. SANZ AYAN C. (2015). Un banquero en el Siglo de Oro. Octavio Centurión, el financiero de los Austrias, Madrid, La Esfera de los Libros. MARCOS MARTIN, A. (2010). Finanze e fiscalità regia nella Castiglia di Antico Regime (secc. XVI-XVII), Lecce, Edipan; ÁLVAREZ NOGAL, C. (2022). El Banquero Real. Bartolomé Spinola y Felipe IV, Madrid, Turner.
  23. CARDIM P., HERZOG T., RUIZ IBÁÑEZ J. J., SABATINI G. (Coords.) (2012), Polycentrics Monarchies, How Did Early Modern Spain And Portugal Achieve And Maintain A Global Hegemony?, Brighton, Sussex Academic Press.
  24. RUIZ IBÁÑEZ J. J., SABATINI, G. (2009). “Monarchy as Conquest. Violence, Social Opportunity, and Political Stability in the Establishment of the Hispanic Monarchy”. En The Journal of Modern History, vol. LXXXI (2009), n. 3, pp. 501-536; ID. ID. (2020). “Alliés, voisins et ennemis du roi d’Espagne. La puissante faiblesse de la Monarchie Hispanique (1580-1620)”. En Annales. Histoire, Sciences Sociales, a. LXXV (2020), n. 1, pp. 41-72; RUIZ IBÁÑEZ J. J. (2022). Hispanofilia: Los tiempos de la hegemonía española, 2 vols. Madrid, Fondo de Cultura Económica.


Deja un comentario