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Cronistas de mediados del siglo XVII:
europeos mirando América

Jerónimo de Quiroga

María Verónica Carrizo Mercau[1]

El siguiente trabajo forma parte del proyecto Aquí hay algo nuevo: las Crónicas de Indias en la etapa colonial. Tercera etapa. Correspondiente al siglo XVII, que dirige la Dra. Alba Acevedo y tiene como principales objetivos hacer una relectura de las crónicas españolas atendiendo fundamentalmente a la dimensión histórica de estos textos, al contexto en el que se produjeron, como así también a su articulación material y cultural. Su análisis permitirá revisar la forma en que estos cronistas constituyeron el sujeto y el mundo americano desde su propia óptica mental.

Los cronistas y sus escritos en el siglo XVII

Los cronistas en su afán de ver, conocer y dejar registro de sus experiencias vitales advirtieron con claridad la existencia de una nueva realidad, más allá de que sus percepciones estuvieran dificultadas por una serie de limitaciones (de lenguaje, de entorno, de tiempo y espacio, de herencia, entre otras). Es por ello por lo que buscamos releer desde una dimensión histórica las crónicas españolas de los primeros siglos coloniales, para destacar la visión de los cronistas sobre la nueva realidad americana. Revisar la constitución del sujeto y el mundo americano atento a la concepción eurocéntrica medieval – renacentista – barroca de quien escribe. Identificar en las fuentes actitudes, ideas, prejuicios, etc. que formaban parte de la estructura mental del hombre europeo de esa época.

Los cronistas, afirma González Mejía,

[…] bien o mal y quizá sin pensar en lo que de ellos juzgarían las gentes del futuro o sin el señuelo de ser ensalzados algún día por galanuras de estilo o hábil manejo del idioma, nos proporcionaron noticias fidedignas de los hechos que irían ocurriendo para pasmo y admiración de los curiosos lectores [2].

Así la relectura de sus escritos nos permite conocer la realidad de una zona periférica del imperio español en el siglo XVII.

El cronista seleccionado para incorporarse en el corpus del proyecto es Jerónimo de Quiroga, quien dejó registro de la situación que se vivió en una zona periférica de los reinos españoles como es la gobernación de Chile, dependiente del virreinato del Perú. En particular en la zona fronteriza al sur del río Biobío, donde se desarrolló durante muchos años la denominada guerra del Arauco, contra las “sociedades indígenas meridionales, especialmente mapuches, llamados araucanos por los europeos”.[3] Región donde la corona tuvo que organizar un ejército colonial fronterizo, con el fin de lograr la paz en la zona, aunque la violencia marcó la realidad de la Gobernación de Chile durante esta época.

La dominación española en estas tierras fue compleja de establecer. La ocupación del actual territorio chileno describe Acevedo,

[…] fue emprendida desde el Perú. Santiago del Nuevo Extremo, la ciudad fundada por Pedro de Valdivia en 1541 en los confines del imperio español en América, será la villa a partir de la cual se conformará una Gobernación y Capitanía general, cuyos límites se extenderán efectivamente hacia el norte hasta el valle de Copiapó, al sur hasta el río Biobío, por el oeste el océano Pacífico y hacia el este, más allá de la cordillera de los Andes, la región de Cuyo[4].

Continua la autora expresando que durante

buena parte del siglo XVII, las continuas guerras, los alzamientos indígenas, los terremotos que asolaban cada tanto la tierra, sumado a la pobreza característica de la región hicieron que la vida en ellas […], no estuvieran exentas de penurias, dificultades […] y pobreza extrema [5].

El relato de un militar que vivenció esta situación es de gran relevancia para conocer y comprender la forma en la cual se desarrolló. Desde la mirada de un español que dejó la península a corta edad y se incorporó en la vida institucional local.

Coincidimos con Espino López y Villalobos, quienes afirman que la

llamada guerra del Arauco no fue un fenómeno de larga duración, con 3 siglos de luchas constantes, sino más bien, un proceso bélico de intensidad variable que acabó por transformarse en ‘una situación latente’ con algunos enfrentamientos esporádicos y períodos muy largos de tranquilidad absoluta[6].

El cronista en el cual basamos nuestro trabajo se enmarca en la segunda fase de la guerra siguiendo la cronología planteada por Villalobos, iniciada en 1598 con la gran rebelión y que se prolongó hasta 1662, y se distinguirá por el triunfo araucano y el establecimiento de una frontera al norte del río Biobío, con luchas y constantes operaciones militares hispanas en territorio aborigen[7].

Los escritos de Quiroga han llegado hasta la actualidad en forma incompleta y su conocimiento se realiza por medio de comentarios y transcripciones, que fueron publicados bajo el título “Compendio histórico de los sucesos de la conquista del reino de Chile hasta el año de 1665, sacado fielmente del manuscrito del maestre de campo Jerónimo de Quiroga”. Publicado, como menciona Esteve Barba, en el tomo XXIII del Semanario erudito de Valladares y en el tomo XI de la Colección de Historiadores de Chile, quien afirma desconocer cuál sería el primitivo volumen, reconoce en él “un resumen bien redactado, rápido y escaso de noticias y éstas, por lo demás casi exclusivamente militares”[8].

La obra que será trabajada en el proyecto es, en este caso la que se conserva en la Universidad de Indiana, Bloomington, USA. Editada en 1979, bajo el título Memorias de los sucesos de la guerra de Chile, su compilador Sergio Fernández Larraín publicada por la editorial Andrés Bello de Santiago de Chile. Dividida en 98 capítulos, además de apéndices con ilustraciones[9]. Afirma el compilador en su introducción que la publicación refiere a las Memorias recogidas por Gerónimo de Quiroga, soldado de este Ejército y con ejercicio de su persona en la Frontera. Es una transcripción paleográfica del manuscrito original. Con respecto al autor de la crónica, Casanueva lo caracteriza como un hombre práctico, buen conocedor el país, de sus habitantes y de la Guerra del Arauco, y a su obra como una especie de “escritura de la conquista inacabada de Chile” [10].

En esta primera etapa del proyecto nos centramos en la contextualización del cronista y su obra, para luego en una segunda etapa analizar sus escritos desde los parámetros vinculados al mundo de la naturaleza y al mundo del hombre.

Hoy nos encontramos en la primera etapa. El cronista por trabajar es Jerónimo de Quiroga, quien se encuentra incorporado en el libro de Francisco Esteve Barba: Historiografía Indiana. Se lo reconoce como militar. Nacido en la península, menciona el autor que era, “gallego” aunque en la biografía realizada sobre él por Martínez Baeza, sitúa su nacimiento en Sevilla, en 1628.

La vida de nuestro cronista se enmarca en los reinados de Felipe IV, la regencia y posterior gobierno personal de Carlos II, es en esta etapa cuando las características de los escritos sobre todo en América cambian. Comienza un movimiento de repulsa, afirma García Hernán, “a la exclusividad de los cronistas reales y de rechazo a dejar la historia ‘nacional’ en manos de extranjeros, se comienza a pedir que se favorezca a los naturales, si tienen méritos y valía”[11].

Tal como afirma Calderón de Cuervo, es en esta época cuando

[…] el discurso historiográfico que da cuentas de este ciclo acusa, también, una serie de cambios: el primitivo contenido épico y el tono contestatario del yo- autor y protagonista a un tiempo- que comunicaban a las relaciones del siglo XVI su temple admirativo y heroico pierden y son substituidos por el predominio del plano referencial y por un nuevo énfasis en la moralización con que regularmente se comentan los casos anecdóticos y novelescos: el carácter moralizante propio de la Historia reemplaza a la idea de la Fama. Todo ello bajo el espíritu del Barroco y de su perspectiva particular [12].

Afirma Kagan[13], que en esta época la construcción de la historia oficial, no iba a ser tan profusa y prolija como en los reinados anteriores, debido a ese declinar de la monarquía y los problemas de la historia de las Indias. Sin embargo, García Hernán afirma que el cronista

[…] buscaba cumplir con su oficio de servicio a la verdad y a la Historia, pero en muchos casos estaba persuadido moralmente de que el verdadero historiador creaba algo nuevo que quedaba ligado al sentimiento colectivo en un espacio y un tiempo determinado, es decir, recreaba y creaba al mismo tiempo sobre la imaginación y la memoria de un pueblo en un momento concreto de su historia, que podía ser fundamental para el futuro[14].

El estudio de la obra de Quiroga nos permite, como afirma Luzzi Traficante[15], construir la memoria de un determinado momento tamizada por las experiencias, narradas acorde a las expectativas vitales, sociales, culturales y/o políticas. Desde la visión de un español, integrado en el ejército que defiende la frontera sur en la Guerra del Arauco y que se integra en la sociedad chilena de la época como regidor en el Cabildo de Santiago.

Su obra, creada por un agente de la monarquía que respondía a diversas sensibilidades, afirma Benigno, genera imágenes heterogéneas que estaban atravesadas por las identidades e intenciones de cada individuo[16].

Estos cronistas no oficiales, afirma García Hernán, podían fortalecer la historia regional, colectiva o general, o, por el contrario, profundizar en las diferencias: culturales, políticas, “recibiendo identidad precisamente de lo diverso, sin dar identidad propia a lo específico de cada reino al margen de la totalidad” [17]. Presentan según el autor “distintas visiones de España, básicamente según su situación personal e intelectual”[18].

Jerónimo de Quiroga: militar, funcionario y cronista

Jerónimo de Quiroga, español, nacido en 1628, hidalgo por herencia, con 10 años llegó a Perú e ingresó en el ejército, durante el gobierno del conde de Chinchón. Sirvió en las guarniciones de Lima y El Callao. Fue educado, menciona Casanueva en “ciencias y letras”[19]. Seis años después desde 1644 se encuentra en Chile en el ejército de frontera para hacer frente a la amenaza del asalto a Valdivia por corsarios holandeses.

Desarrolla una intensa vida militar ganando galones que le permiten alcanzar el cargo de mayor rango: Maestre de Campo. Actuó en los fuertes fronterizos y en incursiones a territorios indígenas. Además, fue testigo del levantamiento general mapuche en 1655 y un año después presenció actos de piratería realizados por holandeses en los Mares del Sur. Participó en las fortificaciones de Concepción, Arauco, Tucapel, Nacimiento, Peñuelas y en la población y reducción de Arauco, Yumbel y Paicaví.

De forma simultánea a esta actuación se casa por poderes con Isabel Moñíz, quien pertenecía a una aristocrática familia, con quien tuvo 8 hijos criollos, “rica en tierras e indios”[20], quien aporta una dote que le permite a Quiroga comprar en subasta pública el cargo de Regidor Perpetuo del cabildo de Santiago, entre 1669 y 1675 estuvo en funciones. Recibió la confirmación del título por medio de la Real cédula de Su Majestad despachada el 20 de agosto de 1671, firmada por la Reina, con sello real y refrendada por el Supremo Consejo de Indias. Fue recibida el 6 de abril de 1674 en el cabildo de Santiago. Ocupó cargos de: alcalde de aguas, comisario de obras públicas y participó en obras de relevancia para la ciudad, como la construcción del edificio del cabildo, la instalación de una fuente de bronce en Plaza de Armas, tajamares en el río Mapocho, un puente sobre el río y las obras iniciales de la catedral. También fue administrador del derecho de balanza y fiel ejecutor.

En 1677, fue promovido a gobernador de armas y comisario general. Posteriormente regresó a Concepción y obtuvo el cargo de Castellano de los fuertes de Arauco, Yumbel y Purén. Obtuvo valiosas encomiendas en Concepción, pueblos del Morro y Diamante, en la provincia de Cuyo, en 1679. Ya en 1683 recibió una encomienda de indios en el pueblo de Palomares.

En 1679 luego de enviudar, tras 25 años de matrimonio, se casa en segundas nupcias con Isabel Jofré de Loaysa, “Hija y nieta de conquistadores” dándole acceso a la “principal sociedad provincial del Reino”[21], en la ciudad de Concepción, donde residían las autoridades locales por la cercanía a la zona de conflicto y le permitían un acceso directo al mar para mejorar las comunicaciones con la capital virreinal. Afirma Acevedo que

[…] la capital del reino no contó, en la práctica, con la presencia de un representante estatal titular de la monarquía hasta 1609 en que se estableció el tribunal de la real Audiencia. La otra autoridad, el gobernador, residió la mayor parte del tiempo y hasta entrado el siglo XVIII en la ciudad de Concepción, al sur, en la capital de la guerra contra los araucanos, y sólo en circunstancias especiales radicada en Santiago[22].

Su influencia política y social queda evidenciada como menciona Esteve Barba (1964), ya que entabló amistad con los gobernadores Meneses y Henríquez, ocupó el maestrazgo de campo en la gobernación de Garro. Martínez Baeza indica que arribó al Reino de Chile en las postrimerías del gobierno del marqués de Baides[23]. En sus escritos Quiroga, describe la administración de 15 gobernadores.

Su obra fue una Historia General de Chile hasta la insurrección de 1665. Fue escrita entre 1687-1690, aunque sólo se conserva de ella un extracto, que es según los autores consultados una de las crónicas más importantes sobre la historia colonial de Chile, reconociendo su calidad de actor y testigo de los sucesos. Destaca en ellos que el Reino de Chile es una prolongación de España, reflejada entre otros aportes en sus referencias geográficas que muestran de forma explícita una visión europeocéntrica.

Si bien él se traslada a Concepción incorpora en su obra sus acciones como parte del cabildo de Santiago y la obra “civilizadora”, en esta ciudad, que controla el territorio hasta el río frontera. Refiere a las instituciones definiéndolas como “sólidas y verticales” la Gobernación y Capitanía General del Reino, la Real Audiencia, en lo político y en el ámbito religioso los obispos, el establecimiento de la catedral, iglesias y conventos. Articulan afirma el autor “la sociedad basada en la violencia, los privilegios y la segregación respecto a indios y mestizos” [24].

Sus escritos junto a los discursos que circulaban en la sociedad colonial permitían justificar la guerra, afirma Casanueva que la “pax hispánica más bien consistía […] en una sucesión de guerras y treguas permanentes entre ambas sociedades”[25].

La situación política y militar de la región quedaron plasmadas en el cambio de funcionarios y la inestabilidad en el mantenimiento de los cargos públicos. En 1692, afirma Martínez Baeza, “su suerte cambió” ya que el gobernador Marín de Poveda le despojó de su cargo militar. Afirma Espino López “para vengarse de viejos agravios”[26] ya que había sido subordinado suyo en la juventud. Posteriormente pierde además sus encomiendas y son confiscando sus bienes y papeles personales, entre ellos su obra literaria. Buscó refugio en el convento de San Francisco, donde pasó 15 años postrado desde 1689. Redactó su testamento dos años antes de su muerte, por medio de este documento se han podido conocer aspectos de su vida como su origen familiar, su viaje al Perú y su posterior desplazamiento al Reino de Chile. Murió en 1704, sus restos reposan en la iglesia de San Francisco en Concepción, bajo el arco de la capilla de San Antonio de Padua.

Reflexiones finales

El conocimiento del cronista, su contexto y su vida nos permite adentrarnos en la realidad en la cual se escribe la obra, su visión del entorno y su motivación final para dejar por escrito sus vivencias, en este caso una descripción de su actuación militar en el contexto de la guerra del Arauco. Nos permite conocer la sociedad civil del reino de Chile y la compleja situación que existía en la región ya que como afirma la Dra. Acevedo,

Cuestiones o más bien problemas militares, sociales, políticos, geográficos y propiamente religiosos que estaban presentes en el ambiente chileno y que constituían desafíos […], eran por ejemplo, el desarrollo de la conquista del territorio y la guerra del Arauco, la implementación de las encomiendas de indios, la esclavitud, las dificultades que ocasionaba la dispersión de los indios, la corrupción de las autoridades políticas, y la particularidad de la región cuyana anexada más allá de la cordillera[27].

Estas diferencias y conflictos políticos quedan en evidencia en la vida y acciones del cronista objeto de nuestra investigación. Su ascenso social y político por su familiaridad con los grupos de la alta sociedad chilena y su caída en desgracia a partir de un cambio político, demuestran la fragilidad y conflictividad que se vivía en esta región periférica del Imperio. Exponer la realidad social, política y militar del reino de Chile fue el objetivo de este cronista que en el siglo XVII decide describir las acciones bélicas y la realidad violenta y confusa en la que vivió el sur del continente.

A partir del análisis de su proceso vital nos lleva a la contextualización de la escritura de la crónica que en una segunda etapa del trabajo será objeto de estudio, a la luz del autor y protagonista de los escritos.


  1. Universidad Nacional de Cuyo.
  2. González Mejía, C. (1991). Historiadores, cronistas y relatores de indias de 2 siglos (1493- 1701). Conferencia 4/10, para acceder a la dignidad de Académico Numerario de la Academia Antioqueña de Historia. Medellín, Colombia, p. 2.
  3. Casanueva, F. (1998). “Jerónimo de Quiroga, militar y cronista. Visión de una sociedad colonial señorial. Chile en el siglo XVII”. Cuadernos Angers 2 (2), 81-92 (81).
  4. Acevedo, A. M. (2023). Mecanismos de acción y control eclesiástico: visitas pastorales. El caso de Mendoza en Cuyo en la diócesis de Santiago de Chile (1561- 1806). Mendoza, Zeta editores, p. 71.
  5. Acevedo, 2023, p. 73.
  6. EspiNo López, A. (2012). “Aforismos militares y guerra del Arauco: las Memorias de los sucesos de la guerra de Chile de Jerónimo de Quiroga”. Anuario de Estudios Americanos, 69, 2. Julio- diciembre. Sevilla, pp. 601-626 (602).
  7. EspiNo López, 2012, p. 603.
  8. Esteve Barba, F. (1964). Historiografía Indiana. Madrid, Gredos, p.553.
  9. FERNÁNDEZ LARRAÍN, S. (Comp.) (1979). Memorias de los sucesos de la Guerra de Chile. Jerónimo de Quiroga. Santiago, Editorial Andrés Bello.
  10. Casanueva, 1998, p. 90.
  11. García Hernán, E. (2006). “La España de los Cronistas reales en los siglos XVI y XVII”. Norba. Revista de Historia, 19, pp. 125-150 (145).
  12. Calderón de Cuervo, E. (1995). “Mendoza y su entorno en dos cronistas del siglo XVII: a propósito de la crónica de Lizárraga y Ovalle”. Piedra y Canto, 3, pp.79-92 (80).
  13. Kagan, R. (2010). Los Cronistas y la Corona. La política de la historia en España en las Edades Media y Moderna. Madrid, CEEH y Marcial Pons, pp. 349-350.
  14. García Hernán, 2006, p. 126.
  15. Luzzi Traficante, M. (2015). “Memoria y corte en la España de Carlos II”. En E. Torné, y E. Villalba, (Coords.). Tiempos Modernos, 31, pp.423-443.
  16. Benigno, F. (2013). Las palabras del tiempo. Un ideario para pensar históricamente. Madrid, Cátedra, p. 194.
  17. García Hernán, 2006, p. 133.
  18. García Hernán, 2006, p. 149.
  19. Casanueva, 1998, p. 82.
  20. Casanueva, 1998, p. 82.
  21. Casanueva, 1998, p. 82.
  22. Acevedo, 2023, p. 71.
  23. Martínez Baeza, S. Diccionario Biográfico electrónico (DB~e) de la Real Academia de la Historia. Gobierno de España. Ministerio de Ciencia e Innovación.
  24. Casanueva, 1998, p. 84.
  25. Casanueva, 1998, p. 88.
  26. EspiNo López, 2012, p. 601.
  27. Acevedo, 2023, p. 90-91.


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