El caso de la reina María de Portugal (siglo XIV)
Damián Cipolla[1] e Idilia Pedrós[2]
Introducción
El presente artículo apunta a contribuir sobre los estudios de las reinas partiendo de una historia relacional que permita abordar una perspectiva que deje de lado aquellos modelos interpretativos, que colocan al varón como único actor de poder buscando contribuir a la realización de una historia más compleja y relacional; por lo tanto, mostrar la pluralidad de las vivencias y las experiencias que acompañan a varones y mujeres.
En esta oportunidad tomaremos la figura de María de Portugal, Reina de Castilla con finalidad destacar sus acciones políticas en el Reino de Castilla. Esta investigación tiene por finalidad estudiar el rol de las mujeres nobles y reinas en el entramado del poder político y en el juego de alianzas de los reinos tardo medievales (Siglos XIV-XV), es decir, hemos puesto el acento en el estudio del poder de la reina destacando su capacidad de actuación en la vida política. Esta construcción de poder es estudiada a través de la categoría analítica del Queenship o Reginalidad, que nos ha permitido focalizar en las relaciones de poder no institucionalizadas que les permitió influir en los actores sociales (varones) con poder, con la finalidad de alcanzar el engrandecimiento de su prestigio, linaje y primordialmente asegurar la transmisión a su descendencia directa, en su hijo Pedro.
La sociedad feudal y las mujeres nobles en las familias feudales
La sociedad feudal que se extiende del siglo V al XV en el espacio europeo occidental alcanzó una configuración socio-cultural y política, aunque también de género. Los actores involucrados en el proceso que hacen al poder en estas sociedades son, principalmente, los Reyes y las noblezas, unidos por un vínculo que se denominó feudo-vasallático; relación que incluía fidelidad a cambio de un servicio de armas. Este vínculo, lo contraían los varones de las familias, ya fueron éstas de primer o segundo orden, porque el servicio que se daba a cambio de retribuciones era en la guerra y la guerra era una actividad de los hombres.
George Duby[3] al analizar la composición de la sociedad medieval sostiene que la potestas que poseen los nobles y los reyes se sostenía en dos atributos: el militar y el ejercicio de la justicia, o sea, gobernar y el poder de castigar. Mujeres nobles y reinas, por su naturaleza femenina, han carecido de dichas atribuciones; sin embargo, no significó que, en situaciones excepcionales, por delegación y el rol que estaban desempeñando, hayan gozado de esta potestad.
Las familias nobles y reales, estaban organizadas jerárquicamente, la cabeza era el varón padre, el hijo varón mayor le sucedería en caso de faltar éste, las mujeres, la esposa y las hijas, se organizaban en un sistema de servicios –la esposa traer herederos para el linaje– y las hijas por los vínculos matrimoniales, acercar alianzas políticas/ militares a la Casa.
Reyna Pastor[4] plantea que entre los siglos XII-XIV, la finalidad de la vida de una mujer durante este periodo histórico ha sido la procreación, es decir asegurar la descendencia al varón con la finalidad de ampliar la familia. Desde el plano nobiliar, esto significaba ampliar su red de alianzas a futuro.
Por su parte, Carla Casagrande[5] propone profundizar entorno a visibilizar a las mujeres no solamente en su papel de esposa, de madres y de hijas. De esta forma se daría un avance en los estudios al pensar que las mujeres no solamente cumplen funciones dedicadas a procrear y criar hijos dentro del trabajo doméstico, sin embargo, deben obedecer el discurso impartido por las normas patriarcales estereotipadas; voceros de estas pautas han sido predicadores y moralistas, en la sociedad medieval, que confirman y/o fundamentan el lenguaje de la política propia de la sociedad en que viven:
[…] la obligación de la esposa de rendirle reverencia, profesarle afecto y, sobre todo, prestarle obediencia, no se discute, ni tan siquiera se ve mitigada, ni en los escritos religiosos ni en los laicos […]. Comprometido en la administración de la casa y de los negocios, el marido debe encontrar en la esposa una colaboradora valiosa para el logro de un bienestar mundano; a ella solicitará sobre todo la perpetuación del linaje, trayendo al mundo un notable número de hijos legítimos, sanos, fuertes, bellos y varones; a ella encargará, pero sólo tras una minuciosa instrucción, la administración domestica cotidiana; a su comportamiento irreprochable y a su buena reputación confiará la tutela de la honorabilidad de la familia…[6].
Pascua y Rodríguez[7] sostienen que durante la plena Edad Media se puede señalar una profunda masculinización expresada en el orden político a través de las cadenas vasalláticas; como de los grupos de parientes donde se observa la vertebración del linaje agnático. Sin embargo, durante “este periodo se inauguró una dinámica de negociación pacífica y diplomática y de definición de los papeles de los géneros que confirió nuevas capacidades a las mujeres.” Las autoras plantean que la figura de las mujeres se encuentra idealizada como esposa fiel, temerosa, bella, discreta. Para los hombres, estas mujeres fueron objetos a través de las cuales se reflejan las alianzas –con otros nobles e incluso la casa real– y donde manifiestan sus intereses y estrategias de poder;
La mujer estaba en el centro de las mallas de relaciones y circulación de bienes, estatus y prestigio. La figura de la mujer permitía también expresar los sentimientos del caballero, su capacidad de sacrificio, su deseo de servicio, su voluntaria incondicionalidad en una metáfora dirigida a su señor y a otros posibles señores.[8]
Mujeres nobles en las familias reales: las reinas
Ana Echeverría[9] en su estudio sobre las Reinas medievales señala que, desde Urraca hasta Isabel, los roles que cumplen estas mujeres en sus matrimonios reales son importantes por su mediación en la formación de las alianzas políticas, en este sentido,
… la presencia de la reina puede atisbarse, gracias a ellas, en la negociación de la política de matrimonios de su casa real y, en muchos casos, de los miembros de su corte reducida. En la selección de los candidatos, puede observarse una clara búsqueda del prestigio a través del matrimonio, y de garantizar la legitimidad de la dinastía…[10].
En las alianzas matrimoniales entre la casa real y una casa noble, la selección de los candidatos para la unión marital real apunta al prestigio y a garantizar la legitimidad de la dinastía; además de consolidar un vínculo de poder consumado a través de la ceremonia matrimonial.
Una vez sellada esta unión, las actuaciones de la reina complementaban el poder del Rey, por lo tanto, “formaron así un conjunto que se puede separar analíticamente con el fin de identificar mejor sus componentes, pero siempre teniendo en cuenta dicha complementariedad.”[11]. Este poder reginal se ha basado de un alto grado de informalidad y el mismo dependía del contexto en el cual se encontraba el matrimonio real. “La dicotomía entre poder formal y poder informal (o entre poder directo y poder indirecto) puede servir como instrumento heurístico para identificar este tipo de influencia y para determinar su envergadura.”[12]
Hablar de reginalidad supone el ejercicio del oficio regio femenino o la actuación desarrollada por la reina que englobaban funciones como esposa del Rey, colaborando y apoyando en las acciones de gobierno del reino. También, las reinas, en situación circunstanciales, llegaban a ser regentes al fallecer el Rey -su esposo- y debían desempeñándose en un papel importante por ser la madre del nuevo Rey, su hijo. En la Corona de Castilla, en ausencia de un varón primogénito, las mujeres pudieron acceder al trono, se las consideraba reinas propietarias.
Por su parte, Diana Pelaz Flores[13] pone énfasis en el papel de estas figuras femeninas dentro del entramado político de la Corona Castellana y las relaciones interpersonales que la Reina logra entablar dentro del ámbito real. Por lo tanto,
la construcción de la identidad de la reina consorte es, un proceso laborioso que encierra una gran variedad de matices y una profunda carga simbólica, tanto en el momento de la asunción de dicha identidad como en el de la escenificación de la misma ante el resto de los actores sociopolíticos.[14].
En este sentido, la Reina es “un reflejo especular de la autoridad que ostentaba su marido, fruto del significado adquirido por la celebración de su matrimonio”[15], por lo cual el estrechamiento de los lazos entre ellos acontecía una articulación de vínculos que permitían el fortalecimiento del funcionamiento político del reino.
Esta capacidad relacional era de vital importancia en lo que atañe al rey y al príncipe, (…) donde la reina se convertía en una voz autorizada para ser escuchada pero también en un instrumento para trasladar los intereses del resto de los miembros de la familia real ante otros agentes de poder[16]
La Reina, en rol
[…] como madre, señora y administradora territorial, promotora o fundadora, consejera, arbitra o esposa, desplegaba un amplio abanico de posibilidades a la hora de analizar las motivaciones a las que obedecía su parecer, en las que todas esas cuestiones son fundamentales para comprender los matices de su carácter, a la vez que responden a un mismo procedimiento de representación del poder en femenino.[17]
En este sentido, la voluntad mediadora de las reinas medievales es un hecho que se constata en las Crónicas Reales que trasluce la vida política del Reino castellano; y en las cuales se muestra el desarrollo político del reino, tanto en el plano interno como externo, donde la versatilidad política de la esposa del rey se representara en otro tipo de intervenciones que apunta al reforzamiento de la causa de su marido, fundamentalmente en lo que afectaba al terreno militar.
En torno a la turbulenta política del Reino de Castilla, Pelaz Flores[18] plantea que frente a la conflictividad ambos miembros de la pareja reinante intentaran mostrar un fortalecimiento mutuo, aunque
la reina también tendrá batallas que librar en solitario, intentando no verse arrastrada por otros agentes de poder, tanto masculinos como femeninos, que intentarán relegarla a una escena secundaria, al conseguir penetrar en la estructura que forman los esposos.[19]
La influencia de la Reina Maria de Castilla en el Reinado de Pedro I
En 1328 Maria contraerá matrimonio con Alfonso XI de Castilla, quien gobernó entre 1312 a 1350; se convirtió en Reina y obtuvo los títulos de señora de Guadalajara, Talavera y Olmedo en el Reino de Castilla, arras que el Rey entregó a María, con todos sus términos, derechos, rentas y jurisdicciones[20].
En su reinado Alfonso XI emprendió el desarrollo de alianzas matrimoniales con la finalidad de asegurar la estabilidad del reino. “Su boda con la princesa María de Portugal trajo la paz, al menos durante algún tiempo, en su frontera occidental. El casamiento de su hermana, la Infanta doña Leonor, con Alfonso IV de Aragón trajo a su vez la paz a su frontera oriental”[21].
De la unión con María de Portugal nacería Pedro y de su concubina real, Leonor de Guzmán, Alfonso tuvo diez hijos. La historiografía ha ahondado sobre el vínculo de Alfonso y su concubina real, vínculo emocional y político[22]; no tanto en la figura de la Reina.
La temprana muerte del Rey Alfonso XI sacudió al reino, y “la doble vida del monarca [fue] la que propició nuevos enfrentamientos y socavó su proyecto político…”[23]. Con una situación interna del Reino muy compleja; la Reina madre María contaba con el apoyo de algunos miembros conspicuos de la antigua nobleza como es el caso de Juan de Alburquerque y miembros del linaje de los Castros[24], quienes apoyaban a Pedro[25].
Fue entonces cuando Pedro decidió, junto a María, recuperar el espacio político y social perdido en vida de Alfonso XI[26]; esta acción movilizó a gran parte de la nobleza, por temor a la represalia que el nuevo Rey podía descargar sobre ellos. Según Ballesteros Berreta[27], “la desaparición de Alfonso XI es como una señal de lucha: los vejados de antes van al desquite, otros se pasan al nuevo rey, y los triunfantes de la víspera temen y se preparan a defenderse”.[28]
El cronista real, Pedro López de Ayala destaca que:
[…] los caballeros deciden llevar el cadáver [de Alfonso XI] a Sevilla, donde están la reina María y el príncipe don Pedro; el cortejo se organiza con gran pompa; amigos y enemigos quieren honrar al guerrero valeroso, al soberano esforzadísimo. (…). La comitiva fúnebre, en la que van doña Leonor de Guzmán y sus hijos don Enrique y don Fadrique, sigue su camino y llega a Medina Sidonia, villa de doña Leonor, donde ella entra y se detiene. También pudo escribirla al llegar a Sevilla, ya encerrada y presa en el alcázar por orden de don Pedro, y quizás por eso diga: “yo et mios fijos estamos en grand tribulación et en gran peligro”[29].
En torno a la ejecución de Leonor de Guzmán, López de Ayala destaca que “envió la Reyna Doña María un su escribano que decían Alfonso Fernández de Olmedo, e por su mandato mató a la dicha Doña Leonor en el alcázar de Talavera”[30].
Posteriormente al deceso de Leonor, los señoríos de Tordesillas, Palenzuela y San Miguel del Pino pasaron a ser administrados por la reina madre Doña María [31].
Dentro de esta situación política tensa, propia de una sucesión al trono turbulenta; nos encontramos frente a la violencia del propio sistema feudal donde las relaciones se encuentran en una continua guerra y negociación de la paz, constante creación y reconstitución de lazos con la finalidad de consolidar las redes clientelares que darían forma a nuevas alianzas[32]. María aconsejará a Pedro para que deposite su confianza en la figura de Juan de Alburquerque para el desempeño como privanza del Rey.
Una reina viuda dependía de los compromisos personales que había establecido en vida de su marido y de su propia habilidad política, de ello se derivaba cuanta riqueza e influencia (ambas cosas no estaban necesariamente conectadas) era capaz de conservar[33].
La Reina Madre junto a Alburquerque intentara fijar una alianza con Francia sellada a través del matrimonio de Pedro I con la hija del Duque de Borbón[34],
Don Juan Alfonso, señor de Alburquerque, e don Vasco, Obispo de Palencia, chanciller del rey, con consejo de la reyna doña Maria, madre del rey don Pedro, e otros del consejo del rey, enviaron embajadores a Francia a tratar casamiento para el rey, por quanto les dixeron que el duque de Borbón que era primo del rey de Francia…
Sin embargo, por esos días el Rey Pedro entabla una relación con una dama llamada María Díaz de Padilla[35], esto generó que Alburquerque insistiera “para que se celebrase la boda, cuando ya Pedro se mostraba recalcitrante, y Valladolid se preparó para el acontecimiento en mayo de 1353”[36]. López de Ayala resaltara en su crónica que “… El rey don Pedro fizo sus bodas con su esposa doña Blanca de Borbón, e tornóla por su mujer e velóse con ella en Sancta María la nueva de Valladolid”[37].
Planteada esta situación, la Reina María tomará partido dentro de esta nueva tensión política,
[…] E estando el rey a la mesa llegaron a él la reyna doña Maria su madre, e la reyna doña Leonor su tía llorando: e el rey levantóse de la mesa, e aparte fablaron con él, e dixeronle así, (…) ‘Señor, a nos es dicho que vos queredes luego partir de aquí para ir do esta doña Maria de Padilla: e pedimos vos por merced que non lo querades facer; casi tal cosa ficiésedes, (…) estando aquí con vusco todos los mayores e mejores de los vuestros regnos[38].
El Rey Pedro se retiró de Valladolid y se dirigió al castillo de Montalban “… su pasión por Maria de Padilla, provocaron la oposición no solo de los Trastámaras, sino también de los centros urbanos y de las facciones de la nobleza”[39]. La Reina Madre y Blanca se trasladaron al Monasterio de las Clarisas de Tordesillas, mientras que el resto de los nobles velaron por sus intereses[40].
El Rey Pedro I en contra de la decisión de su madre, mandó a que la Reina Blanca sea trasladada a la ciudad de Toledo.
[…] E todo este fecho de la reyna doña Blanca, (…) tratabale una dueña que era su aya, e la tenía por ordenanza de la reyna doña Maria madre del rey don Pedro, que la pusiera allí, a la qual dueña decían doña Leonor de Saldaña, que era rica dueña e muy noble, fija de don Ferrand Roiz de Saldaña, e mujer de don Alfonso López de Haro, fijo de don Juan Alfonso de Haro, señor de los Cameros. E esta doña Leonor fablaba en Toledo con las dueñas e con los caballeros, que catasen alguna manera como la reyna doña Blanca non fuese muerta en aquella ciudad. E las dueñas de Toledo, quando estas razones oyeron de la reyna doña Blanca que ge las decía cada día, otrosí de doña Leonor de Saldaña su aya, ovieron muy grand piedad de la reyna, e fablaron con sus maridos e con sus parientes, di diciendoles que serian los más menguados omes del mundo si tal reyna como aquella, que era su señora, e mujer del rey su señor, moriese tal muerte en la ciudad donde ellos estaban: e pues tenian poder, que lo non consistiesen…[41].
Las sublevaciones por parte de algunos miembros de la nobleza, no tardaron en llegar. En 1356 las cosas se precipitaron cuando el Rey Pedro I salió victorioso de una coalición que fuera capitaneada por su hermanastro Enrique de Trastámara y en la cual la Reina madre María formo parte de dicha alianza. Según los escritos de Enrique Flores, es el punto más álgido de la situación política que se vivió en el encuentro que la Reina María había promovido en la villa de Toro, entre el Rey Pedro I y algunos miembros de la nobleza rebelde con la finalidad de resolver de forma pacífica las tempestades que atravesaba el reino. Sin embargo, no resultó así,
[…] procurando los Señores del Reyno estrechar el vínculo del Rey con Doña Blanca, tomaron unas providencias, de que resultaron perpetuas inquietudes, regando el Rey con sangre humana muchos pueblos , y llegando la Reyna Madre á la infeliz tragedia de ver quitar á sus pies la vida de los Señores que salieron con ella del Alcázar de Toro, cuya sangre vertida en su presencia la hizo caer desmayada: y viéndose cercada de angustias y muertes por todos lados, procuró librar su vida, pidiendo licencia al Rey para retirarse á Portugal, como lo hizo en el año de 1356[42].
Luego de este episodio, por orden del Rey, la Reina María regresó a Portugal, específicamente a la ciudad de Évora, donde vivió hasta fallecer el 18 de enero de 1357 a los cuarenta y cuatro años de edad.
Nos parece apropiado resignificar las acciones emprendidas por la Reina María en el marco teórico de la reginalidad[43]. El concepto reginalidad (Queenship) hace referencia al poder formal e informal de la reina o a los oficios de la reina. Hemos analizado a la Reina María, construyendo redes clientelares, participando de las estrategias matrimoniales, fortaleciendo alianzas con los linajes nobles, estableciendo vínculos con la iglesia, administrando Señoríos, entre otras funciones. Pero también, contribuyó a fortalecer el poder del Rey, mediante la relación personal con éste y sus habilidades personales para construir relaciones clientelares de poder dentro de la Curia Regia, o negociando alianzas con su familia de origen en apoyo de las políticas del Reino de Castilla. Es en este sentido, que podemos inferir que la Reina María en sus habilidades para la ampliación de las redes clientelares de poder que fueran utilizadas durante el reinado de Alfonso XI y los primeros años del reinado de su hijo Pedro I. Creemos que, como sostiene la teoría de la Reginalidad, que las reinas se convertían en consejeras o árbitros de patrocinios reales e incluso en momentos difíciles se convertía en una excelente aliada, como lo fue de su hijo Pedro I, Pensamos que la Reina María demostró su capacidad para reunir apoyos y de esta forma incrementar su influencia dentro del entramado de las relaciones del Poder Real[44] Siguiendo esta lógica de análisis se puede destacar el papel que jugó María como Reina Madre en las arenas de la diplomacia, interviniendo en la elección de la futura esposa del rey (Blanca de Borbón); sumado a los momentos políticos complejos que atravesaba el reino en manos de su hijo, es relevante su accionar para fortalecer el Poder Real al facilitar los contactos con los diversos linajes o familias nobiliarias, especialmente, como vimos, en la creación de nuevas alianzas matrimoniales (con los Borbones) donde la sucesión de la corona se encontraba en juego a futuro.
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- “De ese modo, a pesar de los vínculos matrimoniales que lo unían con Portugal, la falta de atención que dispensó Alfonso a su esposa y su manifiesta devoción por su amante, doña Leonor de Guzmán, provocaron el empeoramiento de las relaciones con la monarquía lusitana” (RUIZ, 2007). ↵
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- El linaje de los Castro provenía de Galicia. Durante el reinado de Alfonso XI, Pedro Fernández de Castro se desempeñó como mayordomo mayor del rey; era señor de Lemos, Monforte y Sarria; además de adelantado mayor de Andalucía, Galicia y Murcia. También fue pertiguero mayor de Santiago y comendero de la Catedral de Lugo. Su descendencia será: Por un lado, Fernán Ruiz de Castro (c. 1338-1375), señor de Lemos y Sarria, alférez; se desempeñará como mayordomo mayor del rey Pedro I de Castilla. Por otra parte, Juana de Castro (c. 1374) que contrajo dos matrimonios, el primero con Diego López de Haro, señor de Orduña y Valmaseda y luego con el Rey Pedro I de Castilla. La falta de herederos motivó que la línea de los Castro pasara a una rama lateral de la nobleza de Galicia ligada al Condado de Lemos que con el tiempo paso a engrosar los títulos de la Casa de Alba. SALAZAR ACHA, Jaime de (1991), El linaje castellano de Castro en el siglo XII: Consideraciones e hipótesis sobre su origen, Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, Tomo I, Madrid.↵
- El reino se hallaba dividido en dos bandos, por un lado, el bando conformado por la Reina Maria y su hijo Pedro. Por otro lado, se encontraban los ochos hijos ilegítimos de Alfonso: Enrique, Tello, Fernando, Fadrique, Juan, Sancho, Pedro y Juana apoyados por la nobleza de Andalucía, vinculo creado por su madre Leonor de Guzmán. Además, contaban con el apoyo de dos primos Juan y Fernando, infantes de Aragón que se encontraban refugiados en Castilla. SUÁREZ FERNÁNDEZ Luis (1970), Historia de España. Edad Media, Ed. Gredos, Madrid.↵
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- “E en este tiempo, yendo el rey a Gijón, tomó a doña Maria de Padilla, que era una doncella muy fermosa, e andaba en casa de doña Isabel de Meneses, mujer de don Juan Alfonso de Alburquerque, que la criaba, e traxogela a Sant Fagund Juan Ferrandez de Henestrosa su tío, hermano de doña Maria Gonzalez su madre” (LÓPEZ DE AYALA, P., 1779).↵
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