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Ante el llamado de su majestad

Esclavizadas procedentes del Santo Domingo Español manumitidas en Santiago de Cuba (1795-1822)

Yury María Parra Tió

A finales del siglo XVIII e inicios del XIX, una oleada de migraciones precipitadas golpeó la parte oriental de la isla de Santo Domingo, lo que obligó a muchos de sus pobladores a tomar rumbo a Cuba como consecuencia de la cesión de España a Francia de dicho territorio, la Revolución haitiana y el llamado de Su Majestad debido a pensiones prometidas. La interrelación de los acontecimientos afectaba directamente la vida de las esclavizadas llevadas ante la vigilancia del líder Toussaint Louverture, quien se oponía a que continuaran esclavizándolas. La travesía constituía otro peligro eminente bajo el acecho de los corsarios y piratas ante el caos suscitado. Algunos amos les prometieron la ansiada libertad para que los acompañaran en el trayecto, las cartas de manumisión encontradas en los protocolos notariales de Santiago de Cuba arrojan algunas luces acerca de si estos cumplieron su palabra.

Gran alboroto debió armarse en Santo Domingo, pues las crónicas recogen cómo una señora se cayó muerta al enterarse de que su rey los había cedido a sus enemigos, porque todos aquellos enemigos de la Madre Patria y Su Majestad eran sus enemigos. No podían asimilar tan devastadora noticia. ¡Ellos!, la primera ciudad del Nuevo Mundo, con la Real Audiencia, sus catedrales, sus siglos de gloria y personajes ilustres, se apresuraron a exhumar el cadáver del colonizador Cristóbal Colón, que si bien no supo en vida dónde llegó, después de muerto siguió extraviado, porque los vivos en su prontitud se confundieron, y se llevaron los restos de su hijo Diego.

Según Rodríguez (1955), en el aviso de la cesión a Francia se especificaba, además:

la justa consideración del rey y su amor a tan fieles vasallos ha determinado para conservarlos bajo su protección y paternal abrigo, que en la isla de Cuba se les dé un equivalente a las posiciones de que eran dueños en Santo Domingo, y que su transporte sea de cuenta de su majestad. Para este efecto ha destinado los buques (p. 21).

Lo más probable es que las esclavizadas Martina Ferreira, Clara, Cecilia Valeriana y otras tuvieran que vender a menor precio en el mercado animales y algunas pertenencias que sus amos no podían llevar con ellos, y enfrentar ambos la tristeza de despedirse de familiares y vecinos. El que tuvo con qué, se fue; muchos dejaron deudas por cobrar, pagos pendientes, ante la precipitación de las ventas de ganado y terreno. La isla no era segura, ya fuera que hubiese 500.000 esclavizados al oeste o 15.000 al este. Así, la idea de una revolución de esclavos saltó de isla en isla por todas las Antillas. El miedo se frotó las manos, y la vigilancia y los castigos ante cualquier posible amenaza o insurrección se agudizaron. Se prohibió el ingreso de esos “negros rebeldes” a otras islas, solo se lo permitió a mujeres y niñas(os).

Ottmar Ette, Consuelo Naranjo e Ignacio Montero (2013) sustentaron que

Reales o no, los rumores de conspiraciones también nos remiten al terror en el que vivió una parte de la población y a la manipulación del mismo por las autoridades y las élites locales. Alentar el miedo sirvió para mantener el control y perpetuar el orden colonial y la esclavitud (p. 73).

También para afianzar “[l]a continua estigmatización de los tipos racializados en la población criolla contribuyó a enmudecer los ecos de la revolución de los esclavos”, sostienen Consuelo Naranjo y José F. Buscaglia (2015. p. 1), y continúan: “especialmente la gran relevancia que en términos políticos tuvo el movimiento de auto-emancipación y descolonización”.

Los discursos racializados fueron anclados con mayor fuerza frente al peligro de España al ver contagiadas sus posesiones en el Caribe, divulgándose imágenes de barbaries, exponiendo al hombre negro como violento, salvaje, incivilizado, y por lo tanto inferior y peligroso para el orden social establecido que ponía en riesgo el sistema esclavista. Es por eso que el miedo actuó como catalizador para reforzar estas ideologías, y con ellas reducir la revolución de los esclavos a un acontecimiento de “animales” que no tenía nada que ver con las ideas ilustradas. Hija de la Revolución francesa, considerada por su madre “bastarda e ilegítima”, y vista como una “plaga” que amenazaba las plantaciones de los demás imperios coloniales.

La población de la parte este de la isla se estimaba en ese momento en 150.000 habitantes, de los cuales el 10 % eran esclavos, constituyéndose los libres y mulatos o criollos en más del 70 % y siendo minoría los blancos. En tal sentido, estamos frente a una sociedad que, aunque minoritariamente blanca, va a buscar jerarquizar las clases.

Antonio Sánchez Valverde alertó a la Corona de la situación temible en la que se encontraba la población donde, según él, las manumisiones eran muchas, y que de seguir así la isla se llenaría de prostitutas y ladrones, pues las negras sacaban de su cuerpo el jornal y los negros del robo. Otros también denunciaron la gran cantidad de niños(as), abandonados al frente de la iglesia que eran hijos de clérigos y de autoridades.

De igual forma, Deive (1980) afirma lo siguiente: “en la Española, el concubinato de blancos con negras y mulatas tanto esclavas como libertas o libres fue muy frecuente. En él vivían todos, desde las autoridades civiles y eclesiásticas hasta el más humilde” (p. 554).

Junto a este escenario de planteamientos moralistas se agregó la divulgación de la libertad de los esclavizados por Toussaint Louverture, presentando los hacendados “españolizados” sublevaciones; tal fue el caso de la rebelión de los esclavos en el ingenio Boca de Nigua en 1796, resistencia que fue aplastada. Dejar en libertad a sus esclavos no era una opción, tampoco quedarse ante la inseguridad y convulsiones provocadas por la Revolución haitiana; por lo cual, para resguardar sus vidas y bienes, se hizo la migración el camino más viable.

En sus últimas investigaciones, Jorge Ibarra (2012) determinó:

de todas las provincias que recibieron emigrados de la isla, Cuba fue la que mayor número acogió: según la Junta 4,000 personas. Como sugiere el historiador Deive, si se tiene en cuenta que Venezuela, Colombia y Puerto Rico recibieron el resto, se puede calcular que los emigrados no alcanzaron las 10,000 personas (p. 203).

Estas afirmaciones se contraponen a lo sustentado por la historiografía dominicana, que plantea que “el Tratado de Basilea, a su vez, originó en la parte española un notable éxodo de familias propietarias, dueñas de hatos, temerosas de perder sus esclavos con la toma de posesión de Francia” (Franco, 2008, p. 142).

Lo cierto es que grandes vicisitudes enfrentaron dichos inmigrantes en la travesía. Así lo relató en 1802 el mariscal de campo don Joaquín García a su arribo a La Habana, explicando la forzosa detención que tuvo en Maracaibo, la espera de pensión de tres meses, su quebrantado estado de salud, y cómo llegaron él y su familia bien fatigados, después de ser perseguidos por corsarios, y libres gracias a la Divina Providencia.[1]

Las quejas proliferaron, las tierras donde lo ubicaron no eran aptas y productivas, las pensiones[2] tardaron en llegar, muy pronto vieron diezmadas sus pequeñas fortunas, el sustento de la gran mayoría de estas familias recayó sobre las(os) esclavizadas(os). Así lo muestra el caso de la esclavizada Benita, que se convirtió en la disputa de batalla de doña Juana de Vargas en el litigio[3] contra su esposo “vividor”, Juan de Peña, ambos emigrados de Santo Domingo, quien exigía a la justicia que se le prohibiera a su marido que le vendiera a la única esclava que le quedaba.

José Luis Belmonte (2011) explica cómo en Santiago de Cuba la existencia de una gran demanda de trabajo incentivó, desde un punto de vista económico, a algunos propietarios a dedicar a sus esclavos en la búsqueda de jornales, ya que estos podían encontrar diferentes fuentes de trabajo en el mercado laboral. Para muchos pequeños y medianos propietarios, la importancia del jornal que les proporcionaban sus esclavos fue vital, ya que, en ocasiones, era la principal, cuando no la única, fuente de ingresos con la que contaban (Belmonte, 2011, p. 89).

En este caso, la esclavizada Benita sí era la única fuente de ingreso de doña Juana, quien se sustentaba económicamente gracias a los jornales que obtenía de ella. Había sido parte de su dote matrimonial, llegó con ellos y, al parecer, con otros esclavizados que trajeron. La ciudad económicamente se había dinamizado, la compraventa de estos como mercancía buscaba sustituir los brazos abatidos de los bagazos de la esclavitud, negociar en muchos casos su coartación y autocompra, para reemplazarlos por “piezas de ébano”. Ya fuese migración, contrabando o ingresados legalmente, dicha demanda respondía a un mercado que cada día iba más en aumento.

Se explica esto a partir de “datos simples que ilustran el gran salto producido en algo más de veinte años, si en 1795 se habían introducido 5,832 cautivos, para 1817 estos alcanzaban la impresionante cifra de 30,322” (Perera y Meriño, 2020, p. 47).

Significando esto un crecimiento poblacional no solamente de la clase cautiva, sino también de los libertos y libres que interactuaban en los juegos de azar y días festivos, considerados diversiones poco productivas por los pensadores de época; y acusando a la iglesia en muchas ocasiones de ser parte de la situación. En la denuncia se resalta la causa del problema: el importe de su marido en el juego, por lo cual nos preguntamos a qué tipo de juego se dedicaba. Es precisamente Saco (2015), en Memorias sobre la vagancia en la isla de Cuba, quien nos ilustra sobre cómo las casas de juegos de gallos y billares eran la guarida de los hombres ociosos y cómo este mal se había extendido en la isla; quizás a estos se dedicó Juan haciendo apuestas y perdiendo dinero, lo que lo habría llevado a vender todas las posesiones de Juana y arruinarla económicamente. Hemos de suponer que, si ahora tenía raptada a Benita, la debía tener en algún lugar como “jornalera clandestina” para poder continuar manteniendo sus vicios.

En las casas donde, por lo general, había pocas esclavizadas (quizás una o dos), estas tenían que hacer todos los deberes y luego salir a las calles a vender. Digna Castañeda Fuertes (2008) puntualizó al respecto:

Adicionalmente, las esclavas, cuando tenían tiempo, cultivaban vegetales, viandas y frutas en pequeños huertos para alimentarse ellas y su familia e incluso venderlos en el mercado. En ocasiones las esclavas domésticas también lo hacían para incrementar los alimentos y provisiones de sus dueños (p. 346).

La injerencia de las esclavizadas y los oficios a las que estas se dedicaban estaban muchas veces sujetos a los deseos de los(as) amos(as), a sus habilidades y especializaciones, a la fluidez de moneda o a la escasez de estas. Los acuerdos entre los amos y las esclavizadas en las ganancias, aunque fueran muy pequeñas, abrieron una brecha, una esperanza en acumular el precio establecido, ya fuese total o su coartación. En el caso de Benita, nos preguntamos si realmente esta pudo acumular una parte de dichos jornales; como Juan había despojado a su ama de todas sus posesiones, es posible que ella también fuera víctima de hurtos y robos. Lo más probable es que en el Santo Domingo Español, Benita fuese una esclava doméstica, y jornalera, antes de llegar a Cuba. Franco (2008) afirma:

en Santo Domingo colonial en el siglo XVIII, los esclavos domésticos laboraban en las casas de los hacendados en campos y ciudades. Esclavos de alquiler o jornaleros y artesanos. Esclavos vendedores (en su mayor parte mujeres) dedicados a la venta en los mercados de las frutas que producían las haciendas de sus amos (p. 121).

En el curso del litigio y de apresamiento de Juan, este argumentó que la esclavizada se le había fugado, respondiendo Juana que era mentira y que supo que la tenía para venderla en otras villas. Los documentos finales están muy deteriorados, pero el último que es legible establece que Juana había puesto en La Habana un apoderado para que cobrara la pensión de Santo Domingo que se le adeudaba en dicha contaduría, pero se enteró que Juan, al recibir la noticia de la llegada del dinero, andaba en La Habana y que trató de quitarle este a su apoderado, alegando ser su marido. Quedó esta historia inconclusa, sin saberse la suerte de Benita, lo que vendría a explicar las escasas cartas por libertad graciosa, y las condicionadas testamentarias, a ejecutarse después de su muerte, pues su manutención dependía de estas.

De las 367 cartas de manumisión de esclavizadas que se conservan en el Archivo Provisional Histórico de Santiago de Cuba, 1795-1822, se evidencia que 17 pertenecen a esclavizadas procedentes del Santo Domingo Español, 8 de estas fueron autocompra: María,[4] Juliana,[5] Martina Ferreira,[6] Luisa,[7] Clara,[8] Adel,[9] Cecilia Valeriana[10] y María Luisa[11]; y 5 por compra: Adel y Victoria pagaron por sus dos hijas y Bartolomé Segura por una niña.

Cartas de libertad de las esclavizadas procedentes del Santo Domingo Español, manumitidas en Santiago de Cuba

 

Fuente: elaboración propia. Archivo Provisional Histórico de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. 1795-1822.

En el caso de esta última compra, fue realizada por el médico dominicano Bartolomé Segura, quien en 1816 pagó a María Francisca Pullor 100 pesos por la libertad de la esclavizada María Justina,[12] de 1 año y medio de edad. El deterioro del documento no me permitió saber si existía algún tipo de relación. Sin embargo, encontré que dicha carta fue analizada por Duharte (1989) en Apuntes para la manumisión en Santiago de Cuba, quien registró que el médico era su padre. Bartolomé Segura aparece en 1798 comprando a Andrés de Mieses,[13] en la parte este de la isla (antiguo Santo Domingo Español), a una negra esclava nombrada Ana, como de 10 años de edad, en precio y cantidad de 200 pesos. Según María Cristina Hierrezuelo (2006), él introdujo el primer piano en Santiago de Cuba (2006).

Cuadro de las esclavizadas procedentes del Santo Domingo Español
AñoEsclavizadas EdadPrecioTipo de manumisión
1811Martina FerreiraNo lo dice400Autocompra
1815María Juliana50——-Graciosa inmediata
1816María Justina1 año y medio100Compra
1816María Luisa BoujotNo legibleNo legibleGraciosa condicionada
1817Luisa50No legibleAutocompra
1819Clara24500Autocompra
1819Ágata5 meses de nacida68 pesosCompra su madre
1819Victoria33——-Graciosa inmediata. Testamentaria
1820Adel24 años280Autocompra
1820María40 añosNo lo diceAutocompra
1820MaríaNo legibleNo legibleGraciosa por sus buenos servicios
1820Cecilia Valeriana25400Autocompra
1821María Luisa30 años400Autocompra
1821Josefina9 años170Compra su madre
1821Juliana26 añosNo lo dice.Autocompra

Fuente: elaboración propia. Archivo Provisional Histórico de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. 1795-1822.

Tres cartas “graciosas inmediatas” evidencian que a Maria Juliana,[14] María[15] y Victoria se les otorgó libertad graciosa para disfrutar de inmediato. La primera tenía 50 años de edad. Para la época, era considerada una anciana, por lo que tendríamos que preguntarnos si estamos frente a un caso de piedad o deshumanización para no correr con su alimentación y vestimenta y cuidados. A la segunda, grifa criolla, se le otorgó libertad graciosa en recompensa por sus buenos servicios; y a Victoria,[16] según la última voluntad de su amo don José Marty y Sola, debía formalizársele la libertad graciosa testamentaria para que la gozara de inmediato. Claro, algunos amos sí les agradecieron que los sostuvieran económicamente, pero definitivamente no cumplieron su palabra, como lo evidencian las fechas en que fueron manumitidas las tres: 1819, 1820 y 1821. Estas les trabajaron por más de 20 años después de dichas promesas. Y tenemos 1 libertad graciosa condicionada, María Luisa Boujot,[17] a la cual el amo liberta por ser su ahijada y por la fidelidad y su servicio y para que la goce después de su fallecimiento. En dichas libertades el factor del tiempo y de los herederos jugaba en su contra, pues los últimos muchas veces no querían liberarlas.

Entre las nominaciones de las esclavizadas manumitidas en Santiago de Cuba procedentes del Santo Domingo Español, fueron asentadas por el escribano de las siguientes formas: 4 negras, criollas; 3 mulatas, criollas; 2 criollas; 1 negra; 1 parda; 1 grifa y 1 mulata.

Nominaciones de las esclavizadas procedentes del Santo Domingo Español

Fuente: elaboración propia. Archivo Provisional Histórico de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. 1795-1822.

De las esclavizadas que arribaron a Cuba, algunas fueron vendidas por sus amos ante los aprietos económicos en que se encontraban. Tal es el caso del asentamiento de hipoteca, en 1815, de la mulata María Dolores, criolla de Santo Domingo, propiedad de don Manuel Matos, vendida a don Vicente Llamos en 300 pesos, con la calidad de coartada, no cotizando ningún gravamen ni hipoteca.[18] Otro ejemplo es cómo doña Josefa de Mota, emigrada de Santo Domingo, vendía a la esclava María del Rosario, natural de la Nueva Guinea, con la tacha de respondona.

En 1819, la esclavizada Adel entregó al ama la suma de 68 pesos por la libertad de su hija Ágata, que tenía cinco meses de nacida; el ama murió y esta exigió al albacea la entrega de la carta de libertad; un año más tarde pagó por su libertad 280 pesos, un precio muy inferior para su edad productiva de 24 años si la comparamos con la autocompra en la misma fecha de Cecilia Valeriana, un año mayor y que pagó 400 pesos. En 1821, Adel compró también la libertad de su hija Josefina, de 9 años de edad, por la suma de 170 pesos.

Sucedió, además, que esclavizadas registradas con denominaciones y procedencia de origen africano se manumitieron al comprar su libertad a emigrados del Santo Domingo Español. En 1803, la esclavizada Teresa,[19] de 30 años, descrita como bozal ya ladina, pagó por su libertad la cantidad de 300 pesos a su ama doña María Concepción Ferrer. Sucede lo mismo con la esclavizada Catalina,[20] denominada negra natural de Guinea, de edad de 50 años, quien pagó 200 pesos a (nombre no legible), de Avilés y doña María de los Santos y Cairere; la denominación de ambas nos hace inferir que fueron compradas en Cuba, y no viajaron desde Santo Domingo con sus amos como las demás.

Victoria tenía 33 años, ya rondaba el año 1817, habían pasado varios años de ese Tratado de Basilea que puso patas arriba a la mitad de la isla y que la había empujado hasta Santiago de Cuba; sus dos hijas, nombradas María Rafaela, de dos años y medio, y María Francisca, de 3 meses de nacida, se constituyeron en criollas libres con el sacramento del bautismo; había pagado 50 pesos por cada una el día que fueron bautizadas, pues este tenía un fuerte peso social en cómo hacían su entrada en la sociedad. En la antesala de la libertad estaban ellas, las nuevas cubanas santiagueras.

Bibliografía

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  1. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. 28 febrero 1802 (escrito en borde de hoja suelta).
  2. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Manuel Caminero. Núm. 65, f. 224 vto., año 1815.
  3. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Esclavos. Fondo: Juzgado de primera instancia de Santiago de Cuba. Núm. 8, legajo 376, año 1810.
  4. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Cabildo y Consulado. Núm. 13, f. 231, año 1820.
  5. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Cabildo y Consulado. Núm. 14, f. 172 vto., año 1821.
  6. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Cabildo y Consulado. Núm. 359, f. 331 vto., año 1811.
  7. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 365, f. 183 vto., año 1817.
  8. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 367, f. 24 vto., año 1819.
  9. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 368, f. 210 vto., año 1820.
  10. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 368, f. 249 vto., año 1820.
  11. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 369, f. 100, año 1821.
  12. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Real Caminero. Núm. 66, f. 278, año 1816.
  13. Archivo General de la Nación / Archivo Real de Bayaguana / 01 // 30bis-12-01.
  14. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 363, f. 253, año 1815.
  15. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 368, f. 264, año 1820.
  16. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 367, f. 187, año 1819.
  17. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía de la Real Hacienda. Núm. 364, f. 325 vto., año 1816.
  18. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Real Caminero. Núm. 65, f. 8, año 1815.
  19. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Real Caminero. Núm. 57, f. 74, año 1803.
  20. Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba. Protocolos notariales. Escribanía Real Caminero. Núm. 66, f. 12 V, año 1816.


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