Un enfoque interdisciplinario
Jaime Aragón Falomir
Introducción
Este estudio explora cómo las estructuras de poder y dominación durante la esclavitud en las Antillas Francesas pueden ser reinterpretadas desde una perspectiva contemporánea. Se propone desnaturalizar la relación “amo/esclavo”, destacando su relevancia más allá del contexto histórico específico para comprender mejor la persistencia de dinámicas de opresión que perduran en las sociedades actuales. Aunque este enfoque podría parecer que diluye la singularidad histórica de la esclavitud, permite profundizar en la comprensión de su poder, así como en los mecanismos que permitieron a los esclavizados adaptarse a estas condiciones, según el concepto de “acomodamiento” empleado por historiadores como Stuart Schwartz. Al integrar este análisis, se cuestiona la tendencia a tratar las formas contemporáneas de dominación como excepcionales, subrayando la continuidad de las estructuras “esclavistas” antes y después de las aboliciones, revelando su impacto duradero en las jerarquías sociales actuales, como bien lo ha descrito Loïc Wacquant (2002).
En efecto, el arribo a partir del siglo XVI de europeos a los territorios insulares de América en lo que posteriormente sería llamado el Caribe marcó un punto de inflexión significativo en la historia planetaria (Wallerstein, 1979), pero sobre todo regional (Bosch, 1970). Este proceso no solo transformó profundamente las variables demográficas y territoriales de las islas, sino que también redefinió las relaciones de poder entre los actores implicados. A través de la llegada de españoles, y posteriormente de británicos, franceses y neerlandeses, se produjo una alteración sin precedentes en las dinámicas sociales de la región. La influencia de estos imperios llevó al reemplazo de las poblaciones originarias por grupos minoritarios de ascendencia europea y, en su mayoría, con el “negocio de la esclavitud” de origen africano (Belmonte, Fernández y Pérez, 2019).
Por consiguiente, se hace evidente que el análisis del impacto de la esclavitud no puede limitarse a una mera descripción del comercio de esclavos cuantitativa –aunque importante para entender la envergadura del aparato (Shepherd y Beckles, 2000)–. En lugar de ello, nos resulta fundamental examinar cómo estos mecanismos de dominación han estructurado las relaciones de poder y la organización social. La visión de los pueblos originarios, los africanos forzados a la esclavitud y sus descendientes en las Antillas pareciera ser que refleja una complejidad que va más allá de las categorías tradicionales de “amo/esclavo” o “colono/colonizado”.
Para entender adecuadamente esta transformación, nos parece importante adoptar un enfoque que considere abrir las ciencias sociales y permita observar diferentes dimensiones del mismo fenómeno (Wallerstein, 1996), sin omitir el contexto histórico como algunas de las teorías actuales sobre la dominación y el poder. En lugar de aplicar las categorías propuestas por estudios recientes, aunque son pertinentes, nos parece importante integrar otras perspectivas que consideren la intersección de la esclavitud con los sistemas sociales y políticos que emergieron posteriormente. La discusión sobre el papel del poder en las estructuras coloniales requiere por esta razón una interpretación que contemple el impacto duradero del pasado en el presente.
En términos de poder, este se define como la capacidad de inducir cambios en el comportamiento de los individuos (Scott, 2008; Aragón y Cárdenas, 2020). El poder no solo da la impresión de ser impersonalizado, sino que también debe ser entendido como un proceso dinámico y en constante evolución (Boltanski, 2009). En ocasiones se materializa a través de mecanismos coercitivos (Held, 1989) o mediante la internalización de la legitimidad de la dominación de unos sobre otros (Beetham, 1991). La cuestión fundamental es entender cómo estas teorías ayudan a comprender la persistencia del dominio a lo largo del tiempo, a pesar de la naturaleza inalienable de la propiedad en el contexto de la esclavitud (Aragón, 2024). Para entender dichas dinámicas, el concepto de habitus, propuesto por Pierre Bourdieu (1979b), permite identificar cómo el contexto de interacción, como la vivienda en las plantaciones, afecta a los agentes involucrados y perpetúa la segregación espacial.
El análisis planteado en el presente estudio se nutre de las ideas de Lagasnerie (2024) y Wacquant (2002), quienes subrayan la importancia de interpretar el caos contemporáneo para entender fenómenos históricos como la esclavitud. Lagasnerie sostiene que la multiplicidad de realidades en el mundo social demanda una visión que reconozca cómo el pasado influye en el presente. Esta perspectiva se alinea con la teoría de Max Weber sobre la infinitud del “mundo social”, que destaca la necesidad de diversas interpretaciones para captar la complejidad del pasado y su influencia en el surgimiento del sistema de dominación contemporáneo, estrechamente ligado al sistema-mundo capitalista (Wallerstein, 1979). De igual manera, Wacquant (2002) dialoga con la historicidad de la segregación usando la longue durée para entender la esclavitud, los guetos urbanos (primero europeos y después globales), culminando con el sistema carcelario contemporáneo –la presencia de afroamericanos en las cárceles estadounidenses es desproporcionada y se ha invertido en el último medio siglo puesto que, en la década de los cincuenta, el 70 % era anglosajón blanco (Wacquant, 2002, p. 42)–.
Por lo tanto, la esclavitud en las Antillas Francesas no debe ser vista solo como un fenómeno aislado, sino como una parte integral de un sistema de dominación que ha dejado huellas profundas en la estructura social y política de la región. El análisis sociológico de los mecanismos de poder contemporáneos (Aragón, 2023), revela una estructura compleja que persiste en las relaciones sociales y ofrece una nueva perspectiva sobre la historia y su impacto duradero (Boltanski, 2009; Bourdieu, 1979a; Wacquant, 2002).
En este sentido, la coyuntura caribeña nos obliga a remitirnos e inspirarnos en el análisis kafkiano de La colonia penitenciaria (1919), que revela cómo el poder puede manifestarse en formas de extraterritorialidad y extralegalidad. Kafka describe un sistema punitivo que carece de un estado de excepción, pero que resuena con la realidad colonial de la esclavitud, donde normas como el Código Negro, aunque no aplicables en las metrópolis, regían el funcionamiento en las colonias. El historiador Robert Stein (2000, p. 335) complementa: “por motivaciones políticas, las colonias siempre serán dependientes de la madre tierra”.
Asimismo, la necesidad de examinar el impacto del comercio de esclavos desde una perspectiva histórica se vuelve evidente cuando se considera su papel en la configuración del sistema capitalista occidental (así como el fin de la esclavitud, debido al auge de la revolución industrial y la baja rentabilidad de la esclavitud). Diversos estudios influyeron en nuestra reflexión, los cuales buscan ir más allá de los aspectos cualitativos y cuantitativos de la esclavitud para entender diferentes variables sobre el fenómeno.
Algunos se enfocan en la manera en que la trata de esclavos contribuyó al desarrollo de estructuras económicas desiguales vinculadas a sus efectos en la salud (Esposito, 2015). Esta perspectiva también subraya la importancia de considerar la restitución de daños como parte de un análisis más amplio. Asimismo, investigaciones recientes han explorado cómo la esclavitud ha influido en otras variables cruciales como la prosperidad, la dependencia, la pobreza, la desigualdad, el crecimiento demográfico y la estratificación étnica (Esposito, 2015). Otros indagan, además, en demostrar que existe un hilo conductor entre las desigualdades estructurales contemporáneas, tanto raciales como económicas o laborales, y el pasado esclavista entre regiones del mismo país, como el sur de Estados Unidos, el Pacífico colombiano o el nordeste brasileño (Acemoglu, García-Jimeno y Robinson, 2012; Aragón y Dehoorne, 2024; Bruhn y Gallego, 2012; Engerman y Sokoloff, 2002; Soares, Assunção y Goulart, 2012).
1. La verticalidad y la opacidad del poder colonial
1.1. Verticalidad entre colonias y metrópoli
En el siglo XVII, se afirmaba que “las colonias solo fueron fundadas para el beneficio de la metrópoli” (Cavignac, 1967, como se citó en Régent, 2007, p. 90). Esta visión subraya la estructura de poder vertical que dominaba la relación entre las colonias y Francia. Las decisiones sobre la ubicación y el desarrollo de las colonias estaban dirigidas a maximizar las rentas de y para la metrópoli, lo que reflejaba un doble monopolio: comercial y manufacturero, que prohibía a las colonias comerciar y manufacturar productos con otros países (Régent, 2007, p. 91; Soares, Assunção y Goulart, 2012, p. 566). Esta dependencia consolidaba una verticalidad de poder que subordinaba a las colonias a los intereses de la metrópoli, garantizando su control económico y político, lo cual ha sido demostrado incluso después de haber obtenido igualdad de condiciones con la metrópoli, en la movilidad poblacional y el control territorial (Aragón y Dehoorne, 2024).
Lagasnerie (2024) propone que, para comprender estas estructuras de poder, es fundamental entender la naturaleza de las leyes y prohibiciones a las que estaban sometidos los actores en estas estructuras. Este enfoque se puede relacionar con el análisis de Kafka en su obra La colonia penitenciaria, donde un viajero explora los métodos punitivos de un comandante anterior. En este contexto, Kafka presenta una colonia como un territorio periférico fuera de la legalidad, similar a las colonias caribeñas, donde si bien el Código Negro no tenía validez en Francia continental, estaba en vigor en los territorios coloniales. La falta de horizontalidad y de igualdad de condiciones, es decir, una ley aplicable uniformemente es un aspecto que refuerza la verticalidad y la distancia simbólica entre la metrópoli y las colonias.
1.2. Verticalidad entre esclavistas y esclavizados
Ahora bien, el Código Negro de 1685, que regulaba los derechos y deberes de los esclavos y sus amos, pretendía establecer un marco normativo que, en teoría, protegía a los esclavos (Bélénus, 1998, p. 59). Sin embargo, en la práctica, estas disposiciones rara vez eran respetadas. El código incluía la obligación de cristianizar a los esclavos, fomentar el matrimonio y proporcionar raciones alimentarias y ropa adecuada, además de limitar el uso de la fuerza (Boucher, 2011, pp. 228-229). A pesar de estas regulaciones, el Código Negro legitimaba el dominio de los amos sobre los esclavos, sin definir claramente lo que constituía un uso “excesivo” o limitado de la fuerza (Toumson, 1998, p. 85). Dicho documento servía, igualmente, para justificar que los “blancos” tenían un doble estatuto: blancos y esclavistas (Toumson, 1998, p. 85).
Este sistema de poder se manifiesta en la opacidad y la opresión inherentes a la relación entre amos y esclavizados. Tal como en El Proceso de Kafka, donde el protagonista se enfrenta a un poder omnipresente pero invisible, los esclavos en las colonias enfrentaban un poder que, aunque claramente autoritario, permanecía difícil de identificar y desafiar (impersonal, extraterritorial y extralegal). En este tipo de sistemas es imposible defenderse frente a la autoridad, lo que refleja la imposibilidad de cuestionar o resistir un sistema que carece de reglas claras y cuya aplicación es arbitraria.
Para ejercer dicha dominación, recurrimos a Scott, quien considera que es necesario que todos los actores subalternos internalicen valores y derechos, para de esta manera delimitar las obligaciones de cada uno (Scott, 2008, p. 31), lo cual estaba muy bien establecido durante la esclavitud. De esta manera, las elites pueden ejercer una influencia mayor, tanto usando la fuerza o represión, como induciéndolos a llevar a cabo las acciones que desean.
1.3. La caña de azúcar y el trabajo esclavo
La llegada de la caña de azúcar a las islas caribeñas, tras la expulsión de los holandeses de Brasil, transformó radicalmente la estructura económica y laboral de las colonias (Muñoz y von Grafenstein, 2011, p. 54). La producción de azúcar requirió una gran inversión de capital y una mano de obra esclava masiva (inexistente en los ciclos previos, de tabaco, índigo, café, entre otros), lo que impulsó la expansión de las plantaciones y un incremento en el número de esclavos (Régent, 2007, pp. 94-95). Entre 1650 y 1848, fueron llevados a las colonias francesas aproximadamente 1,5 millones de esclavos, que enfrentaron un alto índice de mortalidad (alrededor de un 25 %) durante el viaje (Régent, 2007, pp. 55-67).
La producción de azúcar exacerbó la verticalidad económica entre la colonia y la metrópoli. Las exportaciones de azúcar a Francia continental aumentaron significativamente entre 1735 y 1777, impulsadas por la demanda y el fomento de consumo en dicho país (y sobre todo en el Reino Unido), así como en otros centros (Butel, 2000, p. 194; Coquery, 2017, p. 23). Este incremento en la producción y el comercio intensificó las dinámicas de poder, con las decisiones económicas y políticas clave concentradas en la metrópoli, mientras que las colonias actuaban como simples proveedoras de recursos.
Derrida (1985) sugiere que la ley, en su forma más abstracta, es difícil de definir: “no sabemos qué es, quién es ni dónde está” (pp. 125-126). Este concepto se aplica al poder colonial, que a menudo se presenta como un sistema con reglas ambiguamente aplicadas. Según Lagasnerie (2024), el poder en estos contextos es contradictorio, crea un ambiente donde la opresión persiste debido a su naturaleza indeterminada y arbitraria. El análisis de la esclavitud en las Antillas Francesas revela un poder complejo y opaco, tanto omnipresente como difícil de identificar y desafiar.
La opacidad del poder se manifiesta en la dificultad de determinar quién toma las decisiones y cómo se aplican las leyes, lo que contribuye a una sensación de injusticia y arbitrariedad. Como señala Bourdieu, el poder puede ser “absoluto e impredecible”, lo cual crea un estado de ansiedad y una inversión alta en un sistema que parece carecer de coherencia y previsibilidad (Bourdieu, 1997b, p. 271). Esta dinámica refleja el carácter misterioso del poder colonial, donde la centralidad de las decisiones y la aplicación de las leyes están tan alejadas geográficamente que quienes deciden son actores invisibles para aquellos que viven bajo su dominio.
2. El poder invisible y la polarización social: entre la extraterritorialidad y la jerarquía colonial
2.1. La especificidad del poder colonial
Durante la esclavitud, los esclavizados no sabían de qué se les acusaba o por qué habían sido condenados, lo que daba como resultado una sensación de indefensión y confusión que hace eco con el texto kafkiano El Proceso. La imposibilidad de entender la estructura del poder y las reglas que lo gobernaban se refleja en el hecho de que, en el contexto colonial, las leyes eran en sí imposibles de comprender plenamente desde la perspectiva de los esclavizados (Derrida, 1985).
2.2. Polarización social y jerarquía racial
El poder en las colonias se estructuraba en una jerarquía compleja, en la que la “pigmentocracia” dividía la sociedad en categorías rígidas basadas en el color de piel y el rango social. La dominación se manifestaba no solo en la incongruencia o racionalidad de las leyes sino también en la clasificación social que fomentaba la desigualdad. Confiant (1994) describe esta estratificación como una auténtica “pigmentocracia”, donde los blancos criollos, los mulatos y los negros se situaban en una jerarquía social bien definida, a la que correspondía el rol o rango que se tenía en el seno de la plantación o habitación esclavista –Plantación-Habitación (P-H)–. En cuanto a los mulatos, tanto Giraud (1995, p. 82) como Confiant (1994, p. 96) mencionan respectivamente que eran aquellos que rechazaban sus orígenes africanos y que tan pronto como ascendían económicamente, negaban su madre tierra negra.
La noción de “raza social” definida por Wagley (1952) se evidencia en la categorización de individuos en función de sus características físicas, que eran usadas para justificar la dominación y el control. Los códigos de esclavos reflejaban esta estratificación, donde el estatus del esclavo era vitalicio y racial, lo que garantizaba el control colonial a través de la identificación racial (Esposito, 2015).
2.3. La raza social y el rango en la jerarquía colonial
La jerarquización social en las colonias se reflejaba en la distinción entre diferentes grupos basados en el color de piel y el rango social. En las Antillas Francesas, la sociedad estaba profundamente dividida en una estructura que otorgaba supremacía a los blancos y clasificaba a los mulatos y negros en rangos inferiores (Frostin, 1975; Confiant, 1994). La restricción del acceso a la casta blanca y la creación de mecanismos de diferenciación basados en el color de piel (Naranjo, 2017) eran estrategias utilizadas para preservar la dominación y evitar la movilidad social (Régent, 2007).
Como observa Boltanski (2009, p. 176) en la sociedad actual, la capacidad de restringir el acceso a niveles superiores en la jerarquía social era crucial para justificar la dominación, siempre y cuando existieran algunos casos de “éxito” social que demostraran que cabía la posibilidad. Es importante establecer complicidad en el secreto y los beneficios con ciertos actores (generalmente de piel más clara) al otorgarles acceso a niveles intermedios de subordinados (Géreur, Économes, Commandeur), en contraposición a los niveles más bajos (esclavos del campo). Es decir, el acontecimiento social más llamativo durante la esclavitud y dentro de las plantaciones fue la promoción del grupo de personas libres de color (Perotin-Dumon, 2000).
Para justificar la dominación, el dominante debe tener la capacidad, afirma Boltanski (2009, p. 176), de restringir y permitir ciertas ventajas, en mayor o menor medida, a ciertos esclavos. En este sentido, el rango dentro de la plantación y la distinción entre distintos grupos raciales servían para consolidar y perpetuar el control colonial. La “paranoia de clasificación” que Toumson (1998, pp. 111-115) menciona muestra cómo las categorías raciales y sociales eran utilizadas para reforzar la dominación y prevenir la movilidad social real de los esclavizados.
La creación de sociedades que justificaran la “superioridad” de unos y fomentaran la competencia entre otros era una estrategia deliberada, evidenciada en el tratamiento diferencial de los esclavos, considerado crucial para imponer la dominación de ciertos grupos sobre otros. Esta dinámica se refleja en las observaciones de Richard D. E. Burton, quien señala que “tener la piel clara aún confiere ventajas sociales y sexuales definitivas en Martinica (especialmente) y Guadalupe, y, a pesar del surgimiento de una clase media negra sustancial desde 1946, aún se mantiene un alto grado de correlación entre clase y color” (Burton, 1995, p. 11).
Esta correlación de casta, clase y color fue propuesta hace más de medio siglo por el trinitense Olivier Cromwell Cox (1948) para posteriormente ser retomada por los análisis de la interseccionalidad de Kimberlé Crenshaw (1991) y otros estudios (Aragón, 2025). La supremacía de unos y la inferioridad de otros era una condición necesaria para que el sistema esclavista funcionara. Para el académico francés Michel Giraud, “la supremacía de los blancos es el sine qua non de la inferioridad de los negros, la cual, a su vez, es el reflejo de una estructura social impuesta por los colonizadores” (Giraud, 1995, p. 77).
La estructura de poder durante la esclavitud, que se observa tanto en la teoría de Kafka como en las condiciones coloniales, pero también en los análisis de movilidad social que propone la sociología más contemporánea (Bourdieu, 1979a y 1979b; Boltanski, 2009; Wacquant, 2002), era caracterizada por su incomprensibilidad. La dificultad para identificar y entender el poder, la arbitrariedad de las leyes y la jerarquización social reflejan un sistema que, aunque visible en su manifestación violenta, permanecía oculto y distante en sus mecanismos de control. Como señala Bourdieu (1979b), el poder es absoluto e impredecible, exacerba la ansiedad y la inseguridad de aquellos sometidos a él.
La dominación esclavista no solo se ejerce a través de la violencia directa, sino también a través de mecanismos de control que impiden a los sujetos afectados comprender y cuestionar el sistema que los domina, debido a la “impersonalidad” de la autoridad con poder, como ampliamente lo describió el sociólogo Crozier (2000). Para este último, los mecanismos de control son: 1) cooptar y 2) adoctrinar, para que, por un lado, se involucren los intereses de algunos en la toma de decisiones y se garantice la lealtad en todos los niveles, respectivamente. Las relaciones humanas deben ser impersonales, “las decisiones deben tomarse en un nivel donde quienes serán afectados por ellas no puedan ejercer presiones demasiado personales” (Crozier, 2000: 50).
Asimismo, Boltanski (2009) complementa diciendo que “tal poder, por un lado, da la ilusión de que no pertenece a nadie, y por otro, puede entenderse como un proceso en evolución que está lejos de ser estático” (p. 176). Al mismo tiempo, los esclavos fuera de ese circuito de P-H no tenían valor porque los otros esclavistas no comprarían un esclavo fugitivo (marronage) en territorios tan pequeños como las Antillas Francesas, por lo que el vínculo entre esclavo y el sistema de plantación constituía un blindaje de dominación.
2.4. Segregación y jerarquización en la vida colonial
La segregación racial en las colonias se manifestaba a través de múltiples facetas de la vida cotidiana, desde la disposición espacial en las P-H hasta la organización social en las ciudades coloniales (Soares, Assunção y Goulart, 2012). Este sistema de segregación no solo mantenía la jerarquía racial y económica, sino que también la profundizaba. En este contexto, los esclavos eran tratados como seres inferiores, una condición reforzada por su relegación a áreas específicas y por la exclusión de espacios reservados para los amos y sus familias.
La separación física entre los esclavos y los amos no era meramente una cuestión de espacio, sino una estrategia deliberada para asegurar el control y minimizar cualquier forma de insurrección (Wacquant, 2002). Esta disposición espacial tenía una función crucial: evitar la posibilidad de resistencia al mantener a los esclavos bajo una vigilancia constante y alejados de los centros de poder y decisión.
Para entender cómo se internalizaban y se perpetuaban estas estructuras de dominación, el concepto de habitus de Pierre Bourdieu (1979b) resulta esclarecedor. La segregación espacial y social no solo afectaba físicamente a los grupos raciales, sino que también inculcaba prácticas y normas que sostenían las jerarquías establecidas. Este proceso de socialización contribuía a la perpetuación de la desigualdad al normalizar y reforzar las distinciones raciales desde una edad temprana.
La vida cotidiana en las colonias estaba inmersa en una estructura social profundamente desigual. Esta estructura no solo reflejaba, sino que también reforzaba las dinámicas de poder entre esclavos y amos. La segregación, en sus diversas formas, actuaba como un pilar fundamental de un sistema que consolidaba el poder de los amos y mantenía a los esclavos en una posición subordinada. A través de esta separación y control, la estructura social colonial se consolidaba y se volvía más rígida con el tiempo.
3. Reconfiguración espacial y social: estructura de las plantaciones
3.1. Estructura de las plantaciones-habitaciones
La segregación racial en las colonias se manifestaba a través de múltiples facetas de la vida cotidiana, desde la disposición espacial en las plantaciones hasta la organización social en las ciudades coloniales (Soares, Assunção y Goulart, 2012). La caña de azúcar, como se menciona en la cita de Confiant (1994), no solo transformaba socialmente las islas caribeñas, sino que también reconfiguraba su paisaje territorial y arquitectónico. Las plantaciones-habitaciones (P-H) que surgieron como resultado de esta transformación estructuraban y dividían la vida de cada individuo de manera profundamente jerárquica. La P-H es el lugar donde se forjan relaciones sociales altamente racializadas, un marcador clave de la identidad (Perotin-Dumon, 2000).
La P-H no solo servía de residencia, sino que también tenía una función simbólica crucial: imponer el poder y construir una división binaria entre colonos y esclavos (Bégot, 2011, p. 15). Esta división se reflejaba en la organización espacial de las P-H, donde la segregación racial y social se manifestaba de manera tangible. Los edificios de las P-H se dividían en tres grandes conjuntos: las casas de los amos (Grand-Case), donde residían los esclavos domésticos y aquellos de rango superior; las casas de los esclavos (Cases Nègres), situadas en áreas apartadas y a menudo ocultas a la vista de los amos; y las instalaciones de producción de azúcar, como molinos y destilerías (Burac y Bégot, 2011, p. 1).
3.2. Poder y control en las plantaciones-habitaciones
La segregación espacial y social en las P-H servía para consolidar el poder de los amos. Según Bourdieu (1979b, p. 139), este poder se manifestaba a través de la correspondencia entre los espacios naturales, sociales y de propiedad. Este poder era implacable y arbitrario, lo cual dificultaba la comprensión y el acceso a los centros de decisión que estaban fuera del alcance de los esclavos. Al igual que el protagonista del relato kafkiano se enfrenta a un poder omnipresente pero invisible, los esclavos en las colonias se enfrentaban a un sistema de dominación cuyo poder y control eran en gran medida inaccesibles y opacos. Esta organización también se alineaba con el ciclo de producción capitalista del azúcar, un sistema extensivo y especulativo destinado a la exportación, y que operaba de manera relativamente autónoma del resto de la isla (Burac y Bégot, 2011, p. 9).
Aunque las P-H funcionaban principalmente como refugio, para la académica francesa Danielle Bégot encierran un importante componente simbólico: imponer su dominio y estructurar un mundo social dual entre colonos y esclavos (Bégot, 2011, p. 15). Bégot no profundiza lo suficiente en un aspecto crucial: la violencia simbólica que atraviesa a todos los actores implicados en esa organización arquitectónica y productiva. La segregación racial, una vez más, se manifiesta a través de una estricta división espacial entre las poblaciones blancas y negras. En efecto, las P-H han sido descritas como instituciones totalitarias (Perotin-Dumon, 2000), donde los espacios desempeñan una doble función: por un lado, están diseñados y construidos para la producción de azúcar; por otro, ejercen una presión coercitiva constante sobre los esclavos, de modo que benefician al Estado francés, a los plantadores de azúcar y a los criollos blancos (L’Etang, 2011, p. 187). De igual forma, la P-H era un lugar de elaboración de relaciones sociales con altos niveles de correlación étnicos que marcaban la identidad de cada actor (Perotin-Dumon, 2000).
3.3. El concepto de habitus: disposiciones y dominación en la plantación
En el marco del análisis de Pierre Bourdieu (1979b), el concepto de habitus se convierte en una herramienta clave para entender cómo estas estructuras espaciales y sociales influyen en el comportamiento de los individuos. El habitus, tal como lo define Bourdieu, es un conjunto de disposiciones y prácticas heredadas o adquiridas que moldean cómo los agentes perciben y responden a su entorno. En las P-H, esta disposición se veía claramente en la organización espacial y en las prácticas sociales que perpetuaban la jerarquía racial y económica.
Los campos de caña de azúcar, los edificios residenciales, las áreas punitivas y las instalaciones de procesamiento eran componentes de un sistema que no solo organizaba el trabajo, sino que también mantenía y reforzaba el control sobre los esclavos. El habitus de las P-H se convierte en un principio generador que define y diferencia las prácticas y los roles sociales de cada individuo dentro de este sistema de dominación. Los equipos de la economía de las P-H, que incluían áreas para la recolección, la refinación y espacios punitivos, delineaban claramente los roles y las prácticas de los individuos dentro del sistema.
La disposición de los espacios, los límites y las restricciones entre las diferentes estructuras moldeaban las interacciones entre los individuos. Según Roger Toumson (1998), cada espacio está asociado con un conjunto de prácticas que se asignan para distinguir a los individuos, pero también para vincularlos en una relación de interdependencia (producción de azúcar). No existen espacios de socialización compartidos entre los actores. Los esclavos cumplían sus tareas de acuerdo con su rango, y al finalizar, regresaban a sus cabañas. Esta organización jerárquica es el resultado de la creación de un sentido de pertenencia a un estatus determinado, donde las estructuras arquitectónicas refuerzan el poder del amo (elitismo) y perpetúan tradiciones (herencia).
Estos espacios sociales actúan como representaciones abstractas que revelan el entramado de uniones y rupturas dentro del sistema esclavista. De hecho, se erigen como barreras físicas que mantienen intactas las posiciones sociales y simbólicas (Bourdieu, 1979a, p. 78). Así, el habitus se convierte en el principio generador que define y distingue las prácticas y roles sociales de cada individuo. Toumson (2011, p. 230) señala que la homología entre los espacios de la plantación y la vivienda se explica por la existencia de dos estructuras regidas por los mismos principios: cada espacio tiene un habitus que debe ser respetado, y que asigna diferencias jerárquicas que atraviesan los espacios naturales, sociales y arquitectónicos. Por ello, considera que las P-H son el espacio paradigmático de la dialéctica amo-esclavo.
3.4. La explotación capitalista y la autonomía de las plantaciones-habitaciones
A pesar de estar insertas en otros sistemas de grandes fincas agrícolas, las P-H se distinguen por llevar a cabo una explotación extensiva (monocultivo) orientada a la exportación (Burac y Bégot, 2011, p. 9). Durante un período considerable (1635-1848), estas fincas funcionaron como feudos cerrados y relativamente autónomos del resto de las comunidades de la isla, ya que la producción se destinaba principalmente a Europa. Por esta razón, el académico de las Antillas Francesas Maurice Burac (2011, p. 143) considera que el azúcar fue el motor del inicio de un ciclo de producción puramente capitalista y dependiente del exterior. Igualmente, el estadounidense especialista del Caribe Robert B. Potter (2000) acuña el término plantopolis para comprender cómo fue construido el andamiaje urbanístico tan particular centrado en la extracción de la caña de azúcar desde las P-H hacia los puertos, sin tener en cuenta ningún otro aspecto de los que se consideraban en la mayoría de las ciudades del mundo.
Conclusión
El análisis de las P-H en las Antillas Francesas a través de teorías contemporáneas del poder y la dominación ofrece una perspectiva profunda sobre cómo las estructuras establecidas durante la esclavitud han influido y siguen influyendo en la organización social y económica de la región. Las P-H no solo transformaron el paisaje físico de las islas caribeñas, sino que también establecieron un sistema de dominación espacial y social cuya persistencia se manifiesta hasta nuestros días.
La segregación racial y social impuesta por las P-H reflejaba una jerarquía profundamente arraigada. La disposición espacial, que diferenciaba las áreas residenciales y de trabajo entre amos y esclavos, se convertía en un mecanismo tangible para perpetuar la dominación. La casa del maestro, como símbolo de poder, y las áreas segregadas para los esclavos, ilustraban la construcción de una división binaria que se reflejaba en cada aspecto de la vida cotidiana. Esta segregación, más allá de su función inmediata de controlar a los esclavos, también contribuía a la creación y reproducción de un habitus que internalizaba y perpetuaba las jerarquías establecidas.
El concepto de habitus de Pierre Bourdieu resulta crucial para entender cómo estas estructuras espaciales y sociales influyen en el comportamiento y la percepción de los individuos dentro del sistema de dominación. En las P-H, las prácticas sociales y las disposiciones heredadas o adquiridas reflejaban y reforzaban la jerarquía racial y económica. La organización del trabajo, las áreas de procesamiento y las zonas punitivas no solo estructuraban la producción, sino que también mantenían y reforzaban el control sobre los esclavos, y así perpetuaban una división que era tanto práctica como simbólica.
Lagasnerie (2024) y Kafka ofrecen perspectivas complementarias sobre la naturaleza del poder en este contexto. La opacidad y la inaccesibilidad del poder en las colonias, descritas de manera similar a la estructura kafkiana de “La colonia penitenciaria”, reflejan la complejidad y durabilidad de las dinámicas de poder colonial. El poder implacable y arbitrario, difícil de comprender y acceder, mantenía una sensación de incertidumbre y falta de control entre los esclavos, un sentimiento que se alineaba con la visión de Kafka sobre el poder y la ley.
En la actualidad, la persistencia de las estructuras de poder y segregación establecidas durante la esclavitud se manifiesta en diversos aspectos de la vida social y económica. La obra de Alice Goffman, On the Run, ilustra cómo la diferencia de trato entre blancos y negros por la policía refleja una continuidad de las dinámicas de poder racial y segregación que tienen sus raíces en el período colonial y, sobre todo, esclavista. Esta persistencia destaca la manera en que las estructuras de dominación establecidas en las P-H han dejado una huella duradera en la organización social contemporánea.
La revisión teórica del poder y la dominación ofrece una perspectiva crítica para comprender no solo la historia de la esclavitud en las Antillas Francesas, sino también sus secuelas en la realidad social actual. El análisis revela cómo las prácticas y estructuras establecidas durante el período colonial han sido internalizadas y perpetuadas, lo que ha contribuido a la persistencia de jerarquías y desigualdades que siguen influyendo en la vida cotidiana y en las relaciones sociales de la región.
Todos estos aspectos en las sociedades posesclavistas han sido y deben seguir siendo estudiados mediante enfoques interdisciplinarios para entender los lastres económicos, políticos y sociales que al día de hoy continúan teniendo aquellos territorios con pasado esclavista (Acemoglu, García-Jimeno y Robinson, 2012; Aragón y Dehoorne, 2024; Bruhn y Gallego, 2012; Engerman y Sokoloff, 2002; Soares, Assunção y Goulart, 2012). La reflexión sobre estas dinámicas proporciona una comprensión más completa de la historia y sus repercusiones en el presente, subrayando la necesidad de continuar examinando y cuestionando las estructuras de poder que configuran nuestras sociedades.
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