Los relatos de las distintas instancias de las trayectorias de Azul, Carla, Estela, Inés, Jimena, Karen, Lucía, Luz, Paula y Verónica, mujeres encarceladas por delitos relacionados con drogas, nos permiten analizar el alcance de las políticas represivas impulsadas y justificadas en nombre de la guerra contra las drogas, que tienen al encarcelamiento como principal forma de respuesta. Las conclusiones se organizaron a partir de tres dimensiones, que si bien se encuentran superpuestas y entrelazadas en los relatos de las mujeres, se presentarán esquemáticamente de forma diferenciada para brindar mayor claridad en estas reflexiones finales.
Aspectos sociales
En las historias de estas mujeres se observó que el motivo por el que se involucran en delitos relacionados con drogas resulta una variable divisoria de aguas. Así, se establecieron tres formas diferentes de hacerlo: por necesidades económicas, por el uso de sustancias ilegales, o por haber sido engañadas. Es el tipo de involucramiento lo que ordena la relevancia que adquieren las demás dimensiones de las trayectorias de vida, como ocupación, redes de apoyo y configuración familiar.
Quienes se involucraron por necesidades económicas lo hicieron para proveer sustento al hogar. Siendo cabeza de hogares monoparentales, fueron una constante en sus trayectorias de vida la responsabilidad primaria en la crianza de los hijos, la asunción de tareas de asistencia a otras personas que dependían de sus cuidados, las condiciones de feminización de la pobreza y de precarización laboral, la escasez de redes sociales de apoyo o de contención familiar, y las situaciones de violencia de género. Así, frente a la imposibilidad de cumplir satisfactoriamente con estos roles de género asignados socialmente, la criminalidad se convierte en una oportunidad.
Entre quienes se involucraron por motivos relacionados al propio consumo, la maternidad no ocupó un lugar definitorio en sus decisiones. Sus trayectorias de vida estuvieron marcadas por vulnerabilidades socioeconómicas y la falta de contención familiar durante la adolescencia. Sin embargo, fue el carácter de ilegalidad de las sustancias que consumían (cocaína y cannabis), que lleva a que los circuitos de acceso se den en la clandestinidad, lo que las confrontó con el sistema penal y el encarcelamiento.
Entre quienes fueron engañadas, la violencia contra las mujeres es determinante y se manifiesta en todas sus formas: física, psicológica y sexual, de la mano de la constante producción de miedo como forma de silenciamiento y coerción. Si bien se describieron situaciones de vulnerabilidad ligadas a la necesidad económica y la responsabilidad por el cuidado de los hijos, podría decirse que en esta tercera caracterización se observó que el engaño no se relacionó estrictamente con la clase social a la que pertenecían.
Estos perfiles permitieron situar las singularidades existentes en las trayectorias de vida de las mujeres que se engloban detrás de la categoría delitos de drogas, y exponer cómo este sintagma encubre una multiplicidad de situaciones heterogéneas.
En cuanto a su papel dentro de las redes de narcotráfico, ninguna de las entrevistadas ocupó posiciones jerárquicas, sino que se trató de lugares en los que asumieron tareas de bajo nivel pero de alto riesgo, tratadas como objetos desechables y fácilmente reemplazables.
Entre las mujeres que se involucraron por necesidad económica y por uso de sustancias se describen organizaciones de microtráfico caracterizadas por ser más horizontales, no violentas, y que manejan pequeñas cantidades de droga. Quienes fueron engañadas se refieren a organizaciones verticalistas, violentas, con estructuras más grandes, manejo de mayores volúmenes de sustancias (macrotráfico), y caracterizadas por un funcionamiento en red en la que participan sectores estatales y no estatales (distintos niveles de gobierno, fuerzas de seguridad, partidos políticos, empresariado). No obstante, en ninguno de los casos las mujeres fueron las protagonistas de estos negocios, que trascienden las fronteras internacionales, tampoco personas que atentaran contra la seguridad del Estado, ni contra la salud pública (Giacomello, 2013).
En relación a esto, las legislaciones no suelen establecer la diferenciación entre micro y macrotráfico ni entre los distintos roles en la cadena de producción, lo que demuestra un trato penal igual a conductas considerablemente diferentes (Uprimny Yepes, Guzmán y Parra Norato, 2012). Esta desproporción entre los delitos que se les imputan y las penas que cumplen empeora el sufrimiento psíquico, causa daños enormes e innecesarios y no resulta efectiva para reducir el crimen ni disminuir la cantidad de drogas ilícitas disponibles (WOLA, IDPC, Dejusticia y CIM-OEA, 2016b; CELS, 2011; PPN, 2018; CPM, 2018).
Los mismos organismos que denuncian las irregularidades del tratamiento judicial que se hace de estas situaciones plantean estrategias de defensa de las mujeres, teniendo en cuenta las especificidades de género y las circunstancias que las llevaron a involucrarse.
La Defensoría General de la Nación propone valoraciones y recomendaciones que es necesario realizar para llevar adelante un proceso legal más justo.
Para las situaciones de involucramiento por necesidad económica, sugieren considerar los antecedentes y las razones que han conducido a esa mujer al delito y destacan la relevancia de evaluar el contexto en el que se comete el delito: si alguien ha actuado bajo severas condiciones de privación, las mismas deben ser consideradas y tener consecuencias de índole normativa.
En cuanto a las mujeres que se ven involucradas por engaño, en situación de coerción, violencia y/o de trata, es de relevancia demostrar que la acción ha sido “necesaria”. Para ello, es útil evaluar la severidad del sufrimiento físico y mental, padecido o amenazado, considerando cómo fue el trato, la duración y el modo en que se infringieron los padecimientos, así como las características de la persona (edad, sexo y estado de salud, entre otras circunstancias personales). En situación de trata, la carencia de familiares o conocidos, el desamparo material, y, en ciertas ocasiones, el desconocimiento del idioma, ubica a estas mujeres en posiciones de total subordinación y posibilita que sean inducidas a realizar trabajos ilegales. Además, la existencia de un peligro, bajo la amenaza de sufrir un grave daño contra la vida o la integridad física, o contra la de sus familiares configura una situación prototípica de lo que se conoce como “peligro permanente”. En circunstancias de engaño sin coerción, el hecho de que se les mienta sobre la naturaleza del viaje y lo que trasladan tiene por efecto que las mujeres no sepan que realizan una acción castigada por la ley y esto también es un atenuante (Anitua y Pico, 2012).
El género, una dimensión a considerar
Se identificaron el amor romántico y la maternidad como elementos centrales para comprender el fenómeno de estudio, ya que ambas categorías son estructurantes de la subjetividad femenina al interior de una cultura en la que rige el patriarcado como sistema de organización social, político y económico.
El amor romántico es un eje transversal de análisis que permite explicar los sentidos que las mujeres construyen sobre la criminalidad y las conductas transgresoras. Este constructo encierra la idea de la relación de pareja como un medio de autorealización en tanto es “parte de la identidad social adulta y del modelo socialmente deseable” (Jimeno 2004: 65). A su vez implica entrega, resignación y muchas veces sacrificio como prueba de ese amor. El engaño y la manipulación referidos por las mujeres deben comprenderse en el marco de estos modelos de amor hegemónicos.
La maternidad también estructura la identidad de género de las mujeres occidentales y por lo tanto moldea su subjetividad. La expectativa de rol como mujeres está muy atravesada por la maternidad como destino único de la mujer. Así, muchas las expresiones de culpa mencionadas se asociaban a la imposibilidad de ejercer la función materna pero también a los prejuicios al ser juzgadas como malas madres. Es el aspecto que más angustia produjo para quienes fueron engañadas, ya que siendo madres fueron encarceladas imprevistamente, inhabilitadas para esta función y distanciadas de sus hijos, repentinamente, sin haberlo imaginado, situación que vivieron de modo traumático. Hechos como el encarcelamiento, la separación de los hijos, el curso de un embarazo no deseado, recibir una condena, extienden y profundizan el sufrimiento en el tiempo y dejan marcas subjetivas.
Quienes se involucraron en la venta o tráfico como respuesta a una necesidad económica arriesgaron su vida y su propia libertad en función de garantizar el cuidado de sus hijos. Los priorizaron y, paradójicamente, al ser detenidas no sólo “los perdieron”, sino que se separaron de la principal motivación por la que asumieron el riesgo. En estos casos ellas sufren por tener que separarse de ellos; y ellos pierden a su principal figura de cuidado, lo que se convierte en una extensión de la pena.
Otros aspectos del sufrimiento ligados a la maternidad se relacionan con ejercerla en contexto de encierro: transitar el embarazo y el parto, o criar a los hijos dentro de la institución penitenciaria que no provee las condiciones adecuadas para ello, las convierte en testigos del maltrato hacia sus hijos a la vez que las impotentiza. Sumado a ello, el impacto que tiene el encarcelamiento en la vida de los hijos que quedan afuera para sus madres que deben separarse de ellos, y para ellos.
También se destacó que existe un gran desconocimiento sobre lo relativo a las visitas íntimas a las que acceden las mujeres privadas de la libertad. A ellas se les aplican criterios más rígidos que a los hombres en la misma situación, se les exigen requisitos como probar el vínculo de pareja y presentar exámenes médicos. La salud sexual y (no) reproductiva resulta un campo en el que en particular se vulneran sus derechos.
El ingreso al sistema carcelario representa un punto de viraje en las trayectorias de vida de las mujeres, conlleva la internalización del discurso punitivo y constituye un lugar de discriminación y estigmatización en relación a los roles de género que la sociedad le asigna. Una mujer que pasa por prisión es “doblemente transgresora”: se aleja del modelo de esposa y madre, sumisa, dependiente y dócil, a la vez que se la asocia con la ilegalidad y la prohibición, en tanto “narcotraficante”.
Dimensión intra- e intersubjetiva
Sentimientos de vergüenza, anormalidad, indignidad, inhibición, culpa, miedo y angustia son marcas que recorren todos los relatos. Se observó que el motivo de involucramiento en delitos de drogas es definitorio de los modos de posicionarse frente a sus vivencias. Por ejemplo, como merecedora de un castigo, aun en los casos en los que reconocieron no haber hecho “nada malo”, o como objeto de un suceso traumático que no se enuncia como tal.
Se destacó la tendencia de las mujeres entrevistadas a híper responsabilizarse por los hechos. A partir de la privación de la libertad perdieron afectos por el hecho de ser mujeres y también los resignaron, sacrificialmente. Aparece una tendencia a descalificarse al hablar de sí mismas y se sienten desvalorizadas como madres. Sólo algunas enunciaron su historia como una vivencia transformadora y el paso por la cárcel como una instancia que posibilitó un aprendizaje superador, además del sufrimiento. Esto pareciera corresponderse con las historias de vida de las mujeres que padecían condiciones de mayor vulnerabilidad antes de ser detenidas.
En la cárcel las mujeres se ven sometidas a condiciones que vulneran sus derechos, se las violenta y se las mata. Su paso por esta institución, lejos de permitir una resocialización agrega el estigma como una vulnerabilidad más a sus trayectorias. Al padecimiento de la cárcel se le suma el sufrimiento del post encierro: imposibilidad de conseguir un trabajo, constante necesidad de ocultamiento del hecho de haber estado presas, y vergüenza. Así, el discurso criminalizador muestra su eficacia. Frente a ello, se destacaron instancias de elaboración simbólica como la posibilidad de hacer terapia, de escribir o de desarrollar producciones artísticas como un recurso de índole reparatorio. Asimismo, contar con lazos de afectividad y pertenencia a un grupo de pares también resultaron factores protectores.
Desafíos y propuestas para las intervenciones psicosociales
A partir de este desarrollo, podemos mencionar algunas propuestas de orientaciones para el acompañamiento de mujeres que hayan atravesado o estén atravesando este tipo de situaciones. Se proponen al modo de lineamientos generales, más allá de las singularidades de cada caso.
- El aislamiento social y la falta de redes es un denominador común de estas historias de vida, que luego se reproduce en la cárcel ante la dificultad de contar con visitas, tanto familiares como íntimas. Es importante promover y fortalecer la construcción de vínculos y redes sociales así como su participación en dispositivos grupales.
- El momento de encarcelamiento, independientemente de la forma en la que se hayan involucrado, resulta un proceso traumático. Además, se trata de una instancia que implica una serie de pérdidas: duelo por la separación de los hijos, por la maternidad deseada que no fue, por la libertad perdida. Todas situaciones que es importante poder acompañar ya que se traducen en angustia, ideas de muerte, pensamientos de suicidio, desesperanza, depresión.
- En todas las trayectorias, en alguna etapa de la vida de estas mujeres, ya sea durante su crianza, adultez, o relacionado con los delitos de drogas, se describió algún tipo de violencia basada en género. Esto constituye otro eje de trabajo fundamental. Es necesario visibilizar las relaciones desiguales de poder, los vínculos que se enuncian como amorosos pero que encubren violencia. Para esto se requiere un abordaje integral de la problemática desde una perspectiva de género y, ante todo, evitar revictimizaciones.
- Brindar un reconocimiento que dignifique el sufrimiento de estas mujeres permite mejorar su situación. En este sentido, es importante propiciar instancias que apunten a dar voz a sus relatos, poner en palabras sus vivencias y que puedan tener efectos reparatorios de los daños. Al mismo tiempo, que su voz tenga lugar en el diseño e implementación de políticas públicas ya que las involucran directamente.
- Es urgente la sanción de una nueva ley de drogas, fundada en los derechos humanos y la equidad de género y desarrollar políticas públicas de prevención de consumos problemáticos de sustancias acordes a la Ley Nacional de Salud Mental y al Plan de Salud Mental.
Por último, parece necesario tener siempre presente que el capitalismo y el poder son aliados en la reproducción y mantenimiento de discursos y prácticas opresoras de género, y que el éxito del patriarcado radica en la forma de construir subjetividad que establece sobre las mujeres (Sepúlveda, 2020).
[…] el ideal de la mujer blanca, atractiva pero no puta, bien casada pero no relegada, que trabaja pero sin ser muy exitosa, para no humillar a su hombre, flaca pero no neurótica con la comida, que sigue indefinidamente joven sin que la desfiguren los cirujanos estéticos, que se siente plena con ser mamá pero no es acaparada por los pañales y los deberes de la escuela, buena ama de casa pero no sirvienta tradicional, culta pero menos que un hombre, esta mujer blanca feliz que nos ponen siempre frente a los ojos, que deberíamos esmerarnos para parecernos a ella, más allá de que parece aburrirse mucho por poca cosa, de todas formas nunca me la crucé, en ningún lugar. Creo que no existe (Despentes, 2006: 3).






