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Percepción sobre su responsabilidad en los hechos

La percepción que las mujeres construyen sobre su grado de responsabilidad en los acontecimientos pareciera relacionarse con la forma en la que se autoevalúan, cómo se sienten y las decisiones que toman con respecto a sus vínculos afectivos.

La híper responsabilización subjetiva

La ubicación de los centros de detención condiciona la posibilidad de recibir familiares y amigos debido a los altos costos no sólo económicos sino de tiempo que implica viajar hasta esos lugares. Sumado a ello, quienes logran tener visitas dan cuenta de cómo son parte de las violencias institucionales propias de la cárcel. Estos obstáculos llevan a algunas mujeres a pedir a sus familiares que no las visiten, renunciando así a la posibilidad de ver a sus hijos y a otros vínculos afectivos importantes.

Mi mamá tenía que ir hasta Ezeiza, son tres horas de ida y tres horas de vuelta, con mis hijos, pagarle el boleto, después estar acá con ellos, darles de comer (Lucía).

  

En las cárceles de los hombres termina la visita y la gente se va. Donde yo estaba las visitas quedan todas en el mismo hall dos horas más después de que yo me voy hasta que hacen el recuento de todo el penal y después recién ahí la visita se puede retirar, o sea, es una tortura. Yo no lo soportaba entonces le decía a mi papá que no lo traiga [a su hijo] (Carla).

   

El viaje para allá era muy costoso, mi mamá no podía ayudarme, el papá de los chicos ni existía directamente. Me mantenía con lo que mis manos hacían (Karen).

Esta resignación se sostiene en la creencia de que es una forma de priorizar su bienestar, pero al mismo tiempo profundiza el sufrimiento en la cárcel. Si bien son muchas las mujeres que visitan a sus familiares y amigos presos, cuando son ellas las privadas de libertad prácticamente no reciben visitas y/o se separan de sus parejas.

Si uno tiene visita, tiene un familiar que le puede llevar de afuera cosas, pero como yo no tenía ni visita, ni un familiar, no tenía entrada de plata entonces no podía comprar nada (Estela).

    

Vino un par de veces nada más en toda la condena [la pareja] y después se desvaneció (Luz).

     

En esos dos años y pico que él estuvo preso yo fui cinco veces a verlo con mis hijas y no era el lugar ni el momento que me iba a poner a reprocharle y decirle las cosas llevándole a visitar a mis hijas. […] Cuando él salió se quedó esa noche en mi casa y al otro día ya se fue (Jimena).

Cabe recordar que esta última expresión corresponde a una de las entrevistadas que fue engañada por su marido, a quien ella ubica como responsable por la condena que cumplió. No obstante, tal como lo describe, esto no se traduce en un enojo de su parte, ni en un motivo para distanciarse definitivamente. Por el contrario, a pesar de los hechos, lo visita en varias oportunidades con sus hijas sin reprocharle ni pedirle explicaciones en ningún momento, manteniendo así su lugar de madre-esposa y disociándose de las circunstancias por las que llegó a esa situación.

Por otro lado, la transición de “mujer madre” a “mujer delincuente” acarrea como sanción social el abandono, situación que no se da en el caso de los hombres privados de libertad (Azaola y Yacamán, 1994; CELS, 2011).

Desvalorización y autocastigo

Se observó también que al hablar sobre sí mismas, entre las mujeres que fueron engañadas aparecía un rasgo que se repitió: la tendencia a descalificarse. Expresiones como “soy una estúpida”, “fui una boluda”, “mi gran culpa por confiar”, dan cuenta de esta autopercepción negativa. A diferencia de esto, en los casos en los que haberse involucrado se relacionó con una necesidad o con el uso de sustancias se destacó la idea de que haber ido a la cárcel era comprendido como “el cumplimiento de un castigo merecido”, y dejaba como “aprendizaje” que “portarse mal conlleva sólo pérdidas”.

A la larga, a la larga siempre perdés, perdés todo y el doble. Perdés a tu familia, perdés a tus hijos, perdés todo. Una vez que estás ahí adentro todo lo que ganaste se te va como nada. Es para el momento (Paula).

    

Y yo creo que todos estamos por lo mismo, por cometer un error. Ni vos sos más porque andabas robando ni yo soy más porque vendía. […] No sé hasta qué cierto punto sirve la cárcel. A mí me sirvió porque me asustó. Yo creo que otra vez ahí adentro ni loca, porque te perdés todo digamos. Yo los años que estuve me perdí todo (Verónica).

     

Ahí aprendés a leer también de otra forma a la persona. Ni el más bueno es tan bueno, ni el más malo es tan malo, y si estás ahí adentro por algo es. […] Fue un clic para mí decir “basta. Aceptemos que yo infringí una ley” (Luz).

El paso por la cárcel disciplina los cuerpos de estas mujeres y sus subjetividades. Construye en ellas la certeza de que se actuó mal, independientemente de las circunstancias, y logra que encarnen ese mensaje. Se lo apropian y en ese mismo movimiento muestran el poder de toda una construcción discursiva: “merecía castigo”. Pero, ¿qué pasa cuando lo que debe ser debatido son esos saberes que encubren la desproporción de las penas? ¿Cómo visibilizar que todo un sistema social y legal que se dice protector, daña?

Este es el punto de contradicción que aparece en los relatos: la brecha existente entre los hechos y la condena recibida; entre la sensación de no haber hecho nada malo y el mensaje social de ser una criminal. De allí el carácter de inexplicable que insiste en las expresiones,

A mí todavía, a veces, me genera angustia el hablar del tema. Tampoco es algo normal… tengo un blanco, un punto vacío en mi vida que no sé explicarlo y yo lo único que digo es “mirá, no estoy orgullosa de lo que me pasó”. [La cárcel] te transforma. Si no es física es psicológicamente, de alguna de las dos maneras te transforma… hasta el día de hoy [llora]. Y a mí me quedan dando vueltas un montón de cosas en la cabeza, de decir “¿cómo desato esto?”. La angustia, recordar cosas. […] Me siento mucho más contenida entre cuatro paredes (Luz).

     

Me sentí como un poco naif [ingenua] en ese momento [llora]. Es que estar preso es una marca que no se borra nunca más de la vida. Es el día de hoy que digo “¿por qué llegué a eso?, ¿por qué me metí en todo ese mundillo?, ¿cómo no me pude zafar a tiempo?” […] Pero en ese momento era como muy inocente la situación. Aprendí a perdonarme con el tiempo y me sigo perdonando (Azul).

La criminología, la legislación y las instituciones penitenciarias construyen discursos y prácticas acerca de lo que está bien y lo que está mal. Estos actores, que forman parte del sistema judicial, junto con las familias y el sistema de salud, son los agentes que ejercen control sobre los cuerpos, deseos y prácticas de las mujeres, según sostienen Lorena Setien y Jimena Parga. Agentes que despliegan distintas “estrategias biopolíticas de encausamiento de las conductas desviadas’; por ejemplo, la invisibilización de las diferencias de género en cuanto al consumo; la hipervisibilización de las usuarias de drogas cuando están cursando un embarazo, y la culpabilización y aplicación de medidas coercitivas para su reencausamiento” (Setien y Parga, 2018: 79).

Estos discursos depositan la responsabilidad en el plano individual, es decir que las decisiones quedan aisladas de determinaciones sociales y, en consecuencia, aparece la culpa como principal sentimiento y el castigo como merecido y necesario.

Y, la idea es que vos te superes, porque si volvés a lo mismo es porque hay algo en vos que no está sano. […] Ya te digo, queda en cada uno y en su manera de ver las cosas. Si te gusta moverte en ese círculo, bueno, para ese círculo vas a ir. Pero a la sociedad no le sirve, porque la sociedad lo que está buscando es un progreso y el progreso se hace estudiando, revirtiendo. Cometemos errores, todos cometemos errores. Para mí fue un error en mí, en el cual aprendí y en cual me pude superar. Ahora, vos, ¿qué le querés dejar a tu descendencia? Una buena descendencia (Karen).

Como en el caso de Karen, en algunos relatos el hecho de haber estado privadas de libertad adquiere reminiscencias religiosas: frente al castigo una nueva oportunidad y el deber moral de cambiar y reparar los errores con esfuerzo y sacrificio, que se traducirá en una mejor descendencia.

Resignificaciones posibles

Algunas de las entrevistadas relataron sus experiencias, además de lo referido al sufrimiento, como vivencias que posibilitaron un cambio respecto de su posición subjetiva previa; es decir, un cambio en la forma de pensarse a sí mismas y en la forma de ubicarse frente a las distintas situaciones que podrían volver a enfrentar en la vida.

En este sentido, relataron que se fortalecieron, que ya no aceptarían ningún tipo de imposición, que ganaron confianza en tanto lograron “valorarse a sí mismas”, e incluso posicionarse como multiplicadoras de su experiencia y transformarla en un hecho que pudiera servirle a otras mujeres.

Yo antes era una persona muy sumisa, hacía lo que me decía el papá de mi hija. Ahora yo digo “esto quiero, esto no quiero”. Antes no tenía esa voz. […] Entre todo lo malo he sacado algo bueno que me he valorado más como mujer. […] Pienso que nosotras somos mujeres luchadoras, que a la tormenta hay que buscarle la luz (Jimena).

    

Yo no conocía hasta ese momento nadie que haya estado detenido en su vida, ni me iba a imaginar que iba a estar detenida y era la primera en juzgar. […] Ya no me da vergüenza, no siento que hice algo malo. Y ojalá que mi experiencia sirva para entender y para que todo sea mejor. Ese es mi nuevo propósito, poder contar mi historia y exponerme para aportar un granito de arena a que las cosas puedan cambiar (Azul).

     

Ya sané mis heridas, ya no me lastima pensar. En un principio sí, era algo difícil, muy doloroso. Pero ahora lo vivo, lo cuento, como una experiencia más. Aprendí a valorarme a mí, a saber que podía encontrar en mí otras cosas. Me ayudó a abrir un poco mi mente. Yo iba por la vida y pensaba que despertarme era vivir. […] Ahora doy un taller en la misma unidad donde estuve detenida. Taller para reflexionarnos. Está muy bueno poder ser yo referente y decir “yo estuve acá mismo y salí y pude cambiar mi vida”. […] El estar en la cárcel me cambió un montón mi carácter, yo era de no hablar con las personas (Lucía).

    

Ahí aprendí a luchar por lo que yo quería, y a partir de ahí no me pasó más nadie por encima (Luz).

El hecho de haber estado privadas de libertad es significado por algunas de las mujeres entrevistadas como una etapa de descubrimiento de habilidades personales y sociales que desconocían, como artísticas o literarias. Esto podría tener que ver con que las personas expuestas a una serie de experiencias traumáticas, además de reacciones negativas también pueden experimentar una revisión fundamental en sus vidas y una renovación de estas (Papadopoulos, 2007).

La internalización del estigma

El paso por la cárcel estigmatiza y el estigma moldea la subjetividad. Las mujeres entrevistadas destacaron la sensación de estar siendo constantemente juzgadas por quienes las rodean, de vivir avergonzadas. Por ese motivo, estar siempre ocultando su historia, para evitar sentirse humilladas.

La mayoría no quiere [contar su historia] por vergüenza. La verdad que a mí no me da vergüenza. Es parte de mi vida. Pero no todos piensan lo mismo, prefieren mantenerlo ahí oculto y que no se sepa. […] Lo que siempre pasó con mi familia es que para acusar y señalar con el dedo están enseguida, pero si necesitás ayuda no (Lucía).

 

Cuando vos salís de estar detenida es como que tenés lo que en la jerga se dice “los berretines tumberos” [el lenguaje tumbero es la jerga que circula en las cárceles; el berretín es lo que alguien aparenta ser o dice ser sin demostrarlo], como que “estuve detenida no me importa nada, ¿qué me va a pasar? Ya tengo experiencia”. Te haces el más malo, te haces el que podés todo, pero no es así. […] Otra de las cosas que también me pasó es vestirme de varoncito. Me ponía visera, camiseta de fútbol, ropa grande y andaba así vestida […] Era como una protección para mí, no quería que me vieran como mujer (Karen).

Las personas estigmatizadas interiorizan la visión negativa que de ellos tiene la sociedad y por lo tanto su autoestima tiende a ser más baja que la de personas que no son víctimas del estigma (Quiles y Morera, 2008). Como respuesta frente al temor al rechazo y la internalización del estigma, muchas veces se busca cierta invisibilidad, como las que describieron: disfrazarse de varón o anhelar el encierro, y así se autoexcluyen de oportunidades.

La característica protectora que se le atribuye a vestirse de varón, en tanto le permite ser respetada y hacerse respetar, queda asociada a la masculinidad y da cuenta de los estereotipos de género. El sistema sexo-género traduce la sexualidad biológica en prácticas determinadas (Rubin, 1989) y las significaciones construidas sobre las diferencias biológicas de los sexos se traducen en relaciones de poder que se reproducen a través de conceptos, doctrinas religiosas, educativas, científicas, legales y políticas que establecen el significado de varón y mujer, de lo masculino y femenino (Scott, 1996).

Además, quienes ocultan su estigma es menos probable que busquen apoyo social, ya que podría implicar exponer su condición ante terceros (Fuster Ruiz de Apodaca, 2011).

Pueblo chico, infierno grande, dicen. Yo vengo de un pueblo chico, volví hace dos años y todavía siento el… [hace el gesto de señalar con un dedo] el resquemor todavía. […] Mi papá era de allá, toda la vida de allá habrá sido una gran vergüenza para él. La abogada me dijo que por el momento no hablara, entonces decidí no hablar. Jamás hablé. Pasé toda mi condena así (Luz).

Más allá de haber estado privadas de libertad, e incluso reconocer en su historia las circunstancias que determinaron sus decisiones, muchas de las mujeres reprodujeron un discurso social discriminatorio propio de la desigualdad social de la que eran parte. Apareció una visión idealizada de la realidad y disociada de sus propias historias. Se destacó la idea de superación centrada en la voluntad individual y en poder sobreponerse a obstáculos estructurales que en el pasado no había sido posible sortear.

Somos diferentes los seres humanos y hay diferente escala en cultura, en educación y me parece que está bueno agrupar un poco [dentro de la cárcel]. Cada cual con cada cual porque todas juntas en un mismo lugar es… No podemos meter a todos en la misma bolsa. Nosotros nunca dejamos de laburar (Azul).

   

No doy el físico de haber estado ahí. Decís “bueno, esto te iguala”. En realidad te baja, en ese sentido te baja un montón, pero te iguala (Luz).

  

Yo creo que si una persona te dijo que fue engañada, no fue así. Uno lo hace porque quiere o necesidad como me pasó a mí. No podés decir “no sabía” o “me dieron algo que adentro había esto y no sabía”. Yo creo que en otros países pasa, acá no creo (Verónica).

La cárcel obliga a la convivencia forzada con personas a las que a veces se desprecia, lo que representa en sí mismo un tormento. Ello conlleva la necesidad de diferenciarse, para tratar de agruparse con los que se consideran semejantes (Calveiro, 2012).

Lo que expresan estas frases, que reproducen el mismo discurso criminalizante que las estigmatiza, puede interpretarse desde el feminismo como “sexismo interiorizado” (bell hooks, 2017). Un aspecto importante de ser mujeres socializadas en el patriarcado es considerarse competidoras en relación a otras mujeres y verse con odio, celos y sin compasión. Ese sexismo interiorizado sirve para dominar a otras mujeres y está sostenido en el concepto de clase que es amplio e incluye “[…] tu comportamiento, tus supuestos básicos, cómo te han enseñado a comportarte, las expectativas que tienes, tanto personales como sobre otras personas, tu concepto del futuro, cómo entiendes y resuelves los problemas o cómo piensas, sientes o actúas” (bell hooks, 2017: 61).

Los antecedentes penales: un estigma avalado por el Estado

Cuando el estigma no es observable, es decir que no está dado por condiciones físicas, existe la posibilidad de elegir a quién revelar esta condición para evitar el prejuicio y la discriminación. Sin embargo, en el ámbito laboral los antecedentes penales hablan por ellas.

Para existir en una sociedad capitalista, con un mercado laboral que se caracteriza por ser altamente competitivo y meritocrático, pareciera ser necesario dar pruebas de utilidad y capacidades. Teniendo en cuenta este contexto cabe preguntarse, ¿qué tipo de reinserción social habilita la cárcel? De acuerdo con la legislación argentina, el trabajo penitenciario es un derecho de los internos que tiene como objetivo facilitar dicha reinserción social. En las entrevistas se indagó en relación a las actividades laborales y de formación de las que participaron las mujeres durante el tiempo de privación de la libertad. Se observó que las principales tareas que ofreció la institución fueron de limpieza, manualidades y de cocina:

[Acerca de una cárcel provincial] Yo me mantenía tejiendo. Tejía pulóver y eso era lo que me mantenía para comprarme jabón, pasta dental, shampoo. Después me anoté para limpiar, estuve haciendo taller de bolsas y con eso me pagaban (Karen).

   

Cuando terminaban las visitas íbamos a limpiar el SUM [salón de usos múltiples]. Mi vieja hizo talleres, le dieron el diploma de panadería (Verónica).

Es interesante destacar que limpiar y cocinar son tareas que responden al estereotipo de género femenino y que se relacionan con el trabajo de cuidado que recae sobre las mujeres socializadas en el patriarcado. Sin embargo, este trabajo está invisibilizado como tal y por lo tanto no sólo no es reconocido sino que tampoco es remunerado. De modo que resulta un contrasentido que se pretenda resocializar y brindar formación para enfrentar el mercado laboral posterior a través de este tipo de tareas. Pareciera que lo que se busca es disciplinar a las mujeres, resocializarlas de acuerdo a ciertos roles de género establecidos con los parámetros del patriarcado, como una verdadera mujer. Se trata de:

[…] la reproducción de roles de género específicamente femeninos: el rol maternal, el rol de esposa, el rol de ama de casa. […] Para el rol de esposa, la docilidad, la comprensión, la generosidad; para el rol maternal, la amorosidad, el altruismo, la capacidad de contención emocional; para el rol de ama de casa, la disposición sumisa para servir (servilismo), la receptividad, y ciertos modos inhibidos, controlables y aceptables de agresividad y de dominación para el manejo de la vida doméstica (Burin, 1996: 72).

Es así que la idea de reinserción social se parece más a una ficción, un “como sí” de la institución socialmente avalado, que a un propósito real.

A pesar del entorno de violencia dentro de la cárcel las mujeres construyen formas de resistencia a la deshumanización, a las condiciones hostiles de aislamiento y desconexión con el mundo exterior. Se trata de prácticas que recuperan el potencial intelectual, a la vez que permiten la creación de lazos. Tanto el trabajo como los espacios académicos y de actividades recreativas, como los talleres literarios o artísticos, son significados por ellas como lugares de refugio dentro de la institución.

Estando adentro yo siempre busqué mi bienestar. Busqué salir a estudiar. Yo me iba todo el día a la facu, aunque no me gustara lo que estaba estudiando, no importa. Quiero estar todo el día en el sector UBA [Universidad de Buenos Aires], donde haya gente que esté estudiando con la que pueda hablar mínimamente tres palabras ligadas. Traté siempre de estar incorporándome en los lugares más sanos (Azul).

  

“Ya que voy a estar acá voy a ver qué hago con este tiempo”, y empecé a salir. Primero salía mucho a la biblioteca, siempre fui de leer mucho, me llevaba libros y en tres cuatro días me los devoraba y volvía a buscar más, era ese mi mayor escape, meterme en los libros en las historias y salir un poco de ahí (Lucía).

   

En ese lugar, depende tu enfoque personal, si querés superarte o no. Yo pude terminar la secundaria, pude empezar a estudiar ahí (Karen).

El momento de salir de la cárcel confronta a estas mujeres con el peso de los antecedentes penales, que son “el instrumento de constatación de circunstancias jurídicamente relevantes vinculadas a un proceso penal” (Carnevale, 2015: 7). Al preguntar sobre la etapa de recuperación de la libertad, ellas describían los antecedentes penales como “un monstruo” con el que cargaban, una barrera que les impide trabajar en el presente pero que se perpetúa en el futuro, en tanto resulta en una estigmatización para quienes los portan.

Es como que vivís mucho tiempo con un machaque, como con algo pesado y te lo hacen sentir. Salís con todo un monstruo por detrás y si no tenés alguien que te dé un laburo legalmente, que te conozca y te recomiende, no te toma nadie. […] Yo trabajé en una oficina porque una amiga me consiguió el laburo. Estuve de secretaria sin que supieran mi procedencia, era una recomendada bien, pero los antecedentes te acompañan por diez años. Es un tema pesado en nuestro país. […] No lo puedo contar abiertamente a cualquiera [que estuve en la cárcel], voy seleccionando los círculos donde contarlo ¿Para qué? Para que me señalen con el dedito (Azul).

   

Yo siento que todo el mundo te rechaza. Ahora un poco de lo que me bajonea es que acá yo tengo antecedentes, no puedo ir a pedir un trabajo en blanco a una empresa, o por ejemplo, ir a una fábrica. […] No puedo trabajar honestamente, estoy pendiente de un juicio para que la condena quede firme, y ¿cómo van a quedar mis hijas? (Jimena).

    

Lo peor todavía lo estoy padeciendo, es salir a buscar un trabajo y tener la remota posibilidad de acceder a un trabajo y que te pidan que traigas el certificado de antecedentes. […] Si querés un trabajo tenés que tener un conocido que te tenga confianza. Si vas por tu cuenta a un trabajo, y te piden el certificado de antecedentes, ¡olvidate que vas a tener ese trabajo! Y eso te condiciona porque después tenés que trabajar por dos pesos, tenés que hacer changas. […] Lo peor es cuando te das cuenta que lo hiciste en un momento, que te equivocaste, pero eso te persigue toda la vida. Por más que cambies, tengas otro estilo de vida y puedas evolucionar, te persigue toda la vida. Y después, bueno, tu familia, o la gente que no te quiere usa eso en contra tuyo “porque vos estuviste presa”, “porque vos robaste”, “porque vos te drogaste”, hay personas que nunca se van a sacar esa forma de verte y vos siempre vas a ser eso (Carla).

Los antecedentes penales constituyen uno de los mayores impedimentos para alcanzar la pretendida reinserción social. Entre un 50% y un 80% de los empresarios los revisan, ya sea porque la ley lo exige o voluntariamente, como una forma de minimizar la responsabilidad civil que pudiera derivarse por potenciales daños o delitos por parte de los empleados (Larrauri y Jacobs, 2011).

No poder acceder a un trabajo que permita ingresos con los que mantenerse una vez recuperada la libertad confronta a estas mujeres con un escenario similar o peor al que describían tener antes de su ingreso a la cárcel, y con opciones aún más acotadas a causa de los antecedentes penales.

El ambiente que se mueve adentro es tener más experiencia de lo malo. No es un centro que decís “se va a rehabilitar esta persona para ser mejor persona”. Yo salí con experiencia y saber cómo robar, cómo hacer un montón de cosas. [Estando en libertad] andaba con la misma gente que conocí en la cárcel, dormí en casa de una de mis compañeras que vendía droga y me ofrecieron para vender marihuana y lo hice, y después pensé “¿Qué estoy haciendo? Voy a volver a perder lo mismo”. […] Salir fue una situación bastante difícil de sobrellevar porque no tenía ayuda económica de ningún lado y tampoco conseguía trabajo. O sea, ¿qué era lo más fácil? Volver a la delincuencia (Karen).

Si el objetivo de la cárcel es la resocialización de la persona que ingresa, el Estado le debería garantizar “que cuando salga tras haber cumplido su condena, no salga peor de lo que entró y en peores condiciones de desigualdad para llevar una vida digna en libertad” (Carnevale, 2015: 25). Pero, por el contrario, la cárcel crea al delincuente y el dispositivo penal prepara, capacita y empuja a un sector de la población a ser parte de las redes de ilegalidad más rentables (Calveiro, 2012).

Entonces, el contexto que deben enfrentar cuando salen es la misma realidad de antes, ahora agravada por los antecedentes penales. De esta manera aparece, por un lado, la reincidencia como alternativa, y por el otro, la cárcel siendo significada como un lugar en el que estaban “cuidadas”, “protegidas”:

Salí de un lugar donde te hacen todo, porque te hacen todo: estás ahí, no manejás plata, no tenés tu documento, no tenés responsabilidades, sabés que dormís ahí, te levantás ahí, te traen la comida, tenés el trabajo ahí. Si bien son situaciones difíciles que tenés que pasar ahí adentro, las responsabilidades no las tenés (Lucía).

   

Cuando salí me daba miedo, como que no me gustaba estar afuera (Estela).

                               

Tenía ganas miles de veces de volver a la cárcel, era muy difícil porque [soy] una extranjera, tenía pasaporte confiscado por juzgado […] perdí prácticamente mis hijos que se quedaron allá [Europa] (Inés).

  

Yo tengo una posición tomada con respecto a la gente que reincide, y que a veces suena feo, pero no tienen otro lugar donde vivir ni pasarla tan bien como ahí y por eso se reincide, tienen un sentido de pertenencia horrible, pero es una pertenencia (Luz).

Es en la cárcel donde en algunos casos logran mejorar su salud física y mental. Pueden terminar el nivel primario, y en algunos casos salen con más conocimiento debido a que se realizan charlas sobre derechos humanos o violencia de género (Kalinsky, 2011). En este sentido, teniendo en cuenta los perfiles de las entrevistadas, que como dijimos representan los de otras mujeres, podría decirse que la percepción de que se sufre menos en la cárcel coincide con las historias de las que describían en sus trayectorias los contextos de mayor vulnerabilidad, pobreza, violencia y precarización laboral o desempleo. Es así como el mismo lugar que las violenta es visto como un lugar “seguro”, un lugar de refugio. La cárcel es, por un lado, un lugar de riesgo, pero también “el mal menor”.

Estrategias frente al padecimiento psíquico

Ante estos escenarios se identificaron tres tipos de estrategias que les permitieron a las mujeres encontrar alivio al sufrimiento psíquico: la posibilidad de contar con alguna instancia de elaboración simbólica de los hechos, el valor y la potencia del lazo social, y la pertenencia grupal.

En relación a la primera, las mujeres mencionaron la terapia y la escritura como recursos en los que hallaron un modo de darle sentido a lo vivido.

Yo hice tratamiento, hice terapia. Ya lo recontra hablé, lo tengo más procesado, acomodado en un lugar, pero antes no quería ni hablar del tema. Se me hacían como lagunas, me decían “¿te acordás cuando…?”. Y yo no me acordaba (Carla).

   

Empecé a escribir un montón. Eso fue una de las mayores terapias que pude encontrar ahí adentro, escribir y escribir. Y me apasioné hasta ahora que estoy terminando un cuento que quiero publicar. […] Pienso que a las personas se las ayuda hablando, acercándose, “¿qué te pasa?”. Cosa que yo nunca recibí en mi vida (Lucía).

Ambos recursos les permitieron, a través de la palabra, realizar una reconstrucción simbólica de las vivencias y, en ese mismo acto, de nombrar el sufrimiento e historizar los acontecimientos, resignificar su realidad. La significación subjetiva, las asignaciones de sentido y el efecto reparador del testimonio exceden toda generalización, ya que implican la consideración de las historias personales y las formas particulares de transitar esas experiencias vividas (Kaufman, 2014).

En cuanto a la segunda estrategia, vinculada a la potencia de los lazos sociales, si bien en la cárcel los vínculos se caracterizan principalmente por la violencia, es importante destacar que, en menor medida, las mujeres también mencionaron haber encontrado entre compañeras lazos de solidaridad y afecto que les permitieron sobrellevar distintas situaciones.

Tenía dos o tres amigas que éramos súper amigas, como hermanas. Como cuando te mirás con alguien y ya te entendés (Karen).

 

Algunas eran muy compañeras, muy buenas. […] Las chicas mismas adentro a veces te ayudan a levantar el ánimo, te hablan… Hay buenas chicas. Bah, entre todas nos ayudamos porque siempre las que caen están mal, entonces, las que están más antiguas se acercan, le hablan, como que le aconsejan, la escuchan (Estela).

Ser reconocidos como sujetos es esencial para la vida psicosocial de las personas (Sluzki, 1996). La red social contribuye sustancialmente al reconocimiento del individuo y constituye una de las claves centrales de la experiencia individual de identidad, bienestar, competencia y protagonismo.

También se observó la pertenencia a dispositivos grupales como otra instancia portadora de efectos productores de subjetividad y potenciadores de la misma. Una gran parte de las entrevistadas participaban de una organización que nuclea mujeres que estuvieron presas. Para algunas de ellas, que portaban la certeza de que para sentirse bien su mejor opción era mantenerse en el ocultamiento y la invisibilidad, se encontraron allí con un lugar de identificación y de contención que les produjo alivio y les devolvió un reflejo más amable de sí mismas.

Del paso que venís [a la organización], aprendés una profesión, podés hablar y dialogar, y escuchar. Por lo menos escuchás casos de otras personas y como que te sentís un poco contenida (Jimena).

La pertenencia a un grupo permite habilitar y acreditar la existencia social del otro, atemperando su desubjetivación (Puget et al., 1982). Esto contribuye al fortalecimiento de las redes de estas mujeres, que como vimos se caracterizan por ser casi inexistentes o estar muy debilitadas.

Según un estudio epidemiológico realizado en un municipio del conurbano bonaernese, el apoyo social, medido en términos materiales, afectivos, emocionales y de ocio o distracción, es un factor de relevancia para evaluar la presencia de síntomas de depresión. A medida que los niveles de apoyo social aumentan las personas presentan menos síntomas de depresión. Además, los resultados de ese mismo estudio muestran que las mujeres con bajo apoyo social reportaron mayores niveles de violencia de género que las que tuvieron más apoyo social (Pawlowicz, Tesoriero y Vissicchio, 2017).

En los tres casos se trata de instancias en las que se despliega la subjetividad, entendida como un proceso. Se trata de pensar la subjetividad producida en instancias colectivas institucionales-comunitarias, sea en dispositivos diseñados especialmente o en los ámbitos en los que transcurre la vida (Fernández, 2007).



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