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Trayectorias de vida

En primera instancia, dado que bajo el mismo rótulo de “delitos por drogas” se incluyen situaciones muy diversas, el análisis se centró en conocer las distintas situaciones de vida que pueden llevar a una mujer a quedar contenida bajo esa categoría. Son diez historias de vida que comprenden la realidad de muchas otras mujeres que transitan situaciones parecidas. Las realidades y situaciones que narraron fueron diversas y complejas, pero pese a esto es posible categorizarlas, por decirlo de alguna manera, según la forma en que cada una se involucró en los delitos relacionados con drogas.

Así, pudimos establecer que varias de ellas accedieron a la venta y/o transporte de sustancias motivadas por la necesidad económica. En este aspecto se destaca la intersección de las categorías de género, clase, etnia, edad y nacionalidad como determinantes de las situaciones de pobreza o, más específicamente, de la feminización de la pobreza que empuja a las mujeres a recurrir a las alternativas que la economía ilegal provee.

Otras llegaron al delito por algún motivo relacionado con el propio consumo. En estos casos el uso de sustancias ilegales aparece como principal determinante en el involucramiento y muestra uno de los aspectos más complejos en relación al carácter de ilegalidad que poseen algunas de ellas: acceder a la droga implicaría asumir ciertos riesgos que llevan a estas mujeres a quedar como objetos del sistema penal. Así, se invisibiliza el problema de salud y se destacan las tensiones que surgen de abordar los consumos mediante la persecución y el encierro.

También supimos de las que fueron engañadas y quedaron involucradas sin saberlo y sin decidirlo. En estos casos se pusieron de relieve los distintos tipos de engaño; por ejemplo, los relacionados con los mandatos de género –ser buena madre y esposa–, los acontecidos en ámbitos de circulación de drogas, o los casos de captación y explotación en situación de trata, que adquieren un carácter traumático.

Se implicaron por una necesidad económica

Este primer perfil pone en evidencia que la necesidad económica, la precariedad laboral y la desesperación que ello conlleva, sumadas a la responsabilidad por el cuidado de los hijos y de otras personas, así como la falta de redes, configuran una situación crítica a partir de la cual muchas mujeres refieren haber decidido aceptar “el trabajo” de venta y/o transporte de sustancias.

El trabajo entonces resulta un factor determinante. Frente a la pregunta sobre cómo se involucraron en la venta de drogas, casi la mitad de las entrevistadas hizo referencia a sus situaciones laborales. Las mismas se caracterizaban por ser precarias, inestables, informales y con una remuneración mínima.

Trabajaba en un lavadero de ropa, lo que ganaba no me alcanzaba (Lucía).

Trabajaba de empleada doméstica, ganaba $450 de lo cual tenía que pagar $200 de alquiler, y lo que me quedaba era para los gastos por semana (Estela).

              

Estuve trabajando en una fábrica de zapatos, nació la nena, dejé. Iba a la feria, vendía cosas usadas (Verónica).

Por otro lado, se observa que las entrevistadas no sólo tenían a su cargo la responsabilidad de las tareas domésticas, sino que tenían uno o más hijos al momento de su detención. En todos los casos se trataba de niños pequeños, de hasta 11 años.

Para una madre cuando sabe que su hijo tiene hambre o tiene una necesidad, ahí es cuando la mujer se transforma en prostituta, ladrona, mula, en lo que sea (Carla).

También mencionaron alguna característica en común en las mujeres que atraviesan esta situación.

La característica más común es la necesidad económica. Y después, bueno, varía. Por ejemplo, cuando te encontrás sola, como pasó conmigo. O las ganas de querer superarse fácilmente pensando que las cosas vienen fáciles. No hay nada que venga fácil. Si traficás no es que sea fácil, tenés graves consecuencias (Karen).

Encontrarse embarazada, tener a cargo el cuidado de los hijos de otros, u otros familiares adultos también fueron situaciones referidas como determinantes en la decisión de estas mujeres.

Después de un par de salidas una gente que conocía me dijeron que tenían ese negocio, que sabían que yo tenía hijos, que estaba sola y que necesitaba dinero. En un principio dije que no y al tiempito me enteré que estaba embarazada y estaba trabajando en negro. Empecé a desesperarme porque sabía que una vez con la panza grande no iba a poder trabajar, después de parir menos y todas las cosas que tenés que comprar y yo estaba sola (Lucía).

                      

No es que pienso que fue lo más fácil, pero ¿qué iba a hacer? Tenía a mis sobrinas, tenía a mi nene, mi vieja sin trabajo… es como que dije “no, hasta acá llegué” (Verónica).

Además, las trayectorias de vida de estas mujeres se caracterizan por una marcada ausencia de redes de apoyo y contención.

Todos mis hijos son de padres diferentes. A los 17 quedé embarazada de mi primera hija, ni sé quién es el padre. En tantas borracheras muchas veces me violaron, me pegaron. Tuve una adolescencia muy sola, hacía lo que yo quería, iba y venía, igual yo sabía que el único castigo que iba a tener eran golpes (Lucía).

El tráfico de drogas se convierte en una actividad que suele permitir a las mujeres seguir desempeñando los papeles asignados tradicionalmente como madre, esposa y ama de casa, y alcanzar ingresos imposibles de conseguir por otras vías, sean trabajos formales o informales; de esta forma, pueden ejercer el rol de proveedora del hogar (Rodríguez, 2004). En consonancia con esto, es interesante notar el estatuto de “trabajo” que adquiere esta actividad en el relato de estas mujeres.

Él [refiriéndose a su marido] tampoco tenía trabajo, la situación económica no nos daba para estar alquilando, no nos daba para abastecernos. Teníamos tres chicos también. Y bueno, así empezó el trabajo. Porque fue un trabajo, fue un trabajo (Karen).

Al preguntarles si les habían explicado la naturaleza de la tarea que realizarían, la respuesta, en general, fue:

No, no, nada más me ofrecieron el trabajo (Lucía).

Según Claudia Gibbs, este grupo podría ser considerado en el imaginario social como “inofensivo”, ya que se trata de mujeres que delinquen en un intento de alcanzar las expectativas del sistema económico y es por esto que ellas lo consideran un trabajo. Sus acciones se enmarcan, paradójicamente, en una idea del deber ser femenino que está legitimada socialmente (Gibbs, 2001). El factor económico aparece como uno de los principales motivos frente a la decisión de aceptar la venta y/o traslado de sustancias. Se trata de una lógica comercial, o podría decirse “laboral”. Es así que estas mujeres, al constituirse en

[…] víctimas de la desigual distribución de las riquezas también se han constituido no solamente en víctimas de los grandes narcotraficantes, sino de los aparatos institucionales dedicados al control de drogas y de la función punitiva del Estado (Vega Uquillas 1986-1987: 106).

En estos casos no se trataba de sustancias para uso. En este sentido, el hecho de vender o transportar droga no impide que en sus discursos las mujeres entrevistadas reproduzcan las representaciones sociales hegemónicas acerca de los usuarios de drogas. Representaciones que expresan rechazo hacia el uso de sustancias y la estigmatización de los usuarios, refuerzan la idealización de la maternidad y criminalizan el consumo por parte de mujeres-madres:

Nunca había probado droga y probé estando detenida, para saber y tratar de entender qué sentía una persona drogada, cómo se podía olvidar de una familia, de sus hijos. Y yo digo “¿cómo puede ser?” Si yo en el peor estado que podría haber estado no me voy a olvidar de mi familia, de mis hijos. […] Cocaína es lo peor (Karen).

              

Y en la cárcel también me convidaron la pipa para fumar base y le dije que no “yo veo como quedan ustedes después de fumar base y no quiero eso”, porque quedan re mal, re fisura [expresión que hace referencia a estar cansado o con otros efectos residuales después del consumo], los hijos re abandonados, con ataque de paranoia, un desastre (Lucía).

Para las mujeres de clase trabajadora, la criminalidad se enuncia como una salida frente al proceso de feminización de la pobreza del que son parte. Se convierte en una oportunidad ante la imposibilidad de cumplir satisfactoriamente con los roles asignados socialmente de madre, esposa, cuidadora, encargada del trabajo doméstico y sostén económico del hogar, en condiciones de precarización, siendo jóvenes y en algunos casos migrantes.

La pobreza se ha convertido en un problema central para las mujeres. […] Cada vez es mayor la brecha que separa a las mujeres pobres de sus homólogas privilegiadas. De hecho, gran parte del poder de clase que poseen los grupos de mujeres de élite, sobre todo las ricas, se ha conseguido a expensas de la libertad de otras mujeres (bell hooks, 2017: 77).

A lo largo de esta primera caracterización se observó que en el caso de las mujeres que se involucran en la venta y/o transporte de drogas, esta decisión se encuentra sobredeterminada por múltiples factores como su condición no sólo de género, sino también de clase, etnia, edad, nacionalidad, es decir por la interseccionalidad de estas categorías (Davis, 2003).

El uso de sustancias ilegales las llevó a involucrarse

En este segundo perfil se analizaron las historias de mujeres para quienes el consumo de cocaína representó un problema de salud, pero fue tratado como un problema penal. En algunos casos, la venta de drogas y el robo constituyeron formas de acceder a la sustancia. En otro se trató del uso recreativo de cannabis y de la posesión de la sustancia.

Se han abordado las historias de estas mujeres particularizando el análisis según el contexto de vida, el tipo de sustancia, las características que adquirió ese consumo para ellas y el lugar de los riesgos que se asumen en cada caso. En este sentido, todas las entrevistadas refirieron que habían usado drogas, aunque no el mismo tipo de sustancia ni de la misma forma de utilización.

En este sentido, resulta fundamental diferenciar que no todos los consumos constituyen en sí mismos una adicción, ni una dependencia, ni un uso problemático. Sin embargo, sí devienen problemáticos cuando afectan negativamente, en forma ocasional o crónica, uno o más aspectos de la vida de una persona, ya sea su salud física o mental, sus relaciones sociales primarias (familia, pareja, amigos), sus relaciones sociales secundarias (trabajo, estudio) y/o sus relaciones con la ley (Touzé, 2010). La dependencia de drogas está en estrecha relación con un determinado estilo de vida y no sólo con el tipo y efecto farmacológico de la sustancia sobre el individuo. Es fundamental considerar el vínculo constante entre varios elementos a la hora de realizar un análisis: la sustancia (cuál es y cómo se consume), el sujeto (quién la consume) y el contexto (cuándo y dónde se consume) (Goltzman, Di Iorio, Pawlowicz, 2018).

Si bien no se buscan generalizaciones en esta instancia, cabe señalar que las historias de estas mujeres tienen algunos rasgos en común.

Yo sabía que estaba haciendo cualquiera. […] Cuando vos te drogás tanto, es un ciclo como que no se acaba nunca, porque te drogás un poco para no sentirte mal y después cada vez necesitás más porque cada vez es más grande la depresión que te agarra cuando no estás en consumo. La sensación es insoportable, horrible (Carla).

            

Cocaína. […] un tiempo estuve muy enganchada. En la cárcel me alejé digamos un poco, si bien consumía igual, cada tanto, pero no era lo mismo que en la calle (Paula).

           

Lo de la marihuana para mí nunca fue el consumo de una droga peligrosa. […] Yo siempre la consumí porque me gustaba, pero no tomo alcohol, nunca aspiré cocaína, nunca probé pasta base. […]Donde vivía cuando era chica era un lugar con mar y lo tuvimos siempre ahí y era ir, jugar, cagarme de risa, pensar en la inmensidad de todo (Luz).

El uso de cocaína que describieron las entrevistadas sí pareciera haber configurado un consumo problemático. No fue así en el caso de la entrevistada usuaria de cannabis, donde se destacó un aspecto del consumo muchas veces invisibilizado en las producciones académicas y medios de comunicación: la dimensión placentera del uso de sustancias, que contrasta con el carácter problemático que se tiende a resaltar y sobre el cual se universalizan las experiencias de los usuarios. Se observa, entonces, que se trata de situaciones disímiles en cuanto al consumo. Es el carácter de ilegalidad de las sustancias lo que las confrontó con el sistema penal.

En cuanto al contexto también existieron diferencias. Luz, usuaria de cannabis, refirió contar con estudios terciarios completos y un nivel socioeconómico medio. Sí menciona el fallecimiento de su madre como un suceso biográfico que configura un tipo de vulnerabilidad particular para ella. Quedó significado como un momento a partir del cual la tristeza por esa pérdida la llevó a cambiar sus conductas y sus vínculos.

[Luego del fallecimiento de su madre] hacía lo que quería, volvía a la hora que quería y así desbarranqué y conocí la peor gente, que me llevó por mal camino, ¡no!, anduve yo por mal camino. Me equivoqué yo en realidad. Nunca vendí, yo solamente consumía por malas juntas (Luz).

Un dato a considerar es la relevancia que ella le adjudica a la influencia grupal, las “malas juntas” –es decir mala compañía, mala influencia– como factor determinante en relación a la toma de decisiones. La entrevistada plantea una dicotomía entre asumir la responsabilidad por la detención como propia o ubicarla en relación a los otros. Sin embargo, no se trata de una u otra opción. Las decisiones, que parecieran ser la expresión de la “voluntad individual, aislada de relaciones, estímulos y condiciones”, son al mismo tiempo un proceso determinado por “la influencia del grupo y del contexto” (Goltzman, Di Iorio, Pawlowicz, 2018). Las posiciones individuales no son a-históricas, sino que se construyen a partir de normas, valores y regulaciones que se dan en un determinado entorno social.

En contraste con el relato de Luz, las mujeres usuarias de cocaína describieron una realidad de vulnerabilidad, pobreza, situación de calle, violencia, conflictos intrafamiliares durante la crianza y adolescencia, escasos vínculos de contención y, una de ellas, un embarazo en la adolescencia. Estos aspectos emergen como puntos de viraje en sus trayectorias de consumo.

Y todo un contexto familiar muy conflictivo. Cuando yo era chica mi vieja de golpe se fue de casa y no la vi más por años. Y mi viejo de golpe se quedó solo con 4 pibes… y era como que bastante sargento. Nos portábamos mal, cintazo. Cuando salí del instituto [en el que estuvo detenida por primera vez a los 16 años] le planteo a mi madre no querer robar más, por mi hijo. Ella me empezó a echar a la calle. Y ahí empecé a consumir drogas frenéticamente, a los 18 años viví todo un año en la calle y consumía todo el tiempo, era “bueno, no tengo a dónde ir, me tengo que quedar despierta” (Carla).

                      

Éramos muy humildes nosotros, no había nada. Mi papá trabajaba, éramos todos chicos así que yo conocí la calle y me fui. De chica, 14 o 15 años, anduve siempre en la calle, jugaba a la pelota, me iba. Me quedaba unos días por ahí, y empecé a conocer chicas que andaban robando y me llevaban. Andaba robando, mecheando [forma de robo, tomar objetos de un lugar y llevárselos ocultos], pero nunca había caído por droga. Esta fue la primera vez (Paula).

En Argentina el consumo de sustancias, excepto alcohol, tabaco y psicofármacos, está penado por la Ley, de modo que consumir cocaína y cannabis es un delito. En este escenario, si el consumo de cocaína se vuelve problemático, es decir, que se constituye en una dependencia de la sustancia, más allá de su carácter ilegal se convierte en un problema de salud para esa persona. Y si, además, la persona que presenta esa dependencia se encuentra en situación de vulnerabilidad –por ejemplo, estar en situación de calle–, las formas de acceder a la sustancia y las situaciones a las que se exponen se vuelven muchísimo más riesgosas.

Sobre los factores de riesgo por consumir, se destacaron tres. Refiriéndose al modo de acceso a la sustancia, dijeron:

Todo lo que iba a robar era para comprar droga porque no había otra. […] Hay personas que saben que consumís y te dan “hoy esto es para vos y esto lo tenés que vender”, y venden droga para consumir porque es como que vos consumís gratis digamos (Carla).

                  

Conocí una chica que era mi pareja. Al principio ella conseguía, me daba para tomar, para fumar, pero yo no sabía que ella estaba en eso [vender cocaína] y después habremos estado un año vendiendo. [Lo hacía] para tener plata y consumir (Paula).

 

En un control nos pararon, me revisaron el auto y teníamos marihuana fraccionada. Yo manejaba el auto en ese momento. A mí me cupo el “transporte para comercialización” cuando me condenaron, teniendo 200 gramos de marihuana adentro del auto. [Tenía] baguyas, que son bolsitas que son mínimas, que es lo que se puede conseguir por unos pocos pesos, es un poquitito. Cosas así, empecé a consumir hasta que en el momento que pasa eso en la ruta cada uno tenía un pedazo cerrado. De las cuatro personas que estábamos cada uno tenía lo suyo. Todo el mundo descartó adentro del auto, el auto estaba a nombre de mi papá, mismo apellido que yo… “sos vos”. [Cuando contaba en la cárcel] por lo que yo estaba me decían “¡Dale! No eran 200 gramos [de cannabis], si yo voy a la villa me saco un kilo” (Luz).

Las acciones realizadas en contexto de consumo de sustancias, como vender o transportar drogas, fue otro de los interrogantes.

Sí, me ofrecieron para vender droga, pero yo lo que hice fue quedármela y después estuve como un mes escondida del tipo que me había dado para vender, porque yo la intenté vender pero como consumía me la tomé toda yo (Carla).

                  

Cuando íbamos a buscarla, sí que la traíamos nosotros. […] Como siempre estaba drogada no me daba cuenta del riesgo que corríamos (Paula).

El último de los factores sobre los que se las consultó fue sobre el cultivo de cannabis.

Con los años empecé a cultivar. […] En un viaje me traje semillas escondidas, para saber qué cultivo, qué es lo que yo consumo. Porque acá está penado por la Ley tener semillas, está más penado que tener otro tipo de cosas. […] Sí, tengo cagazo [miedo], son cosas que a mí me mueven, me ponen incómoda (Luz).

                   

Empecé a cultivar cuando salí. Me estoy relacionando con gente cultivadora real, le estoy dando aceite a toda mi familia. […] La marihuana acá en Argentina es ilegal. Obviamente que si me encuentran con plantas voy a tener un grave problema, para mí es un riesgo. Tengo una experiencia que me ayudaría a pelearlo desde otro lugar, pero el mal momento me lo puedo comer igual y lo sé (Azul).

Como vimos, cuando la sustancia es ilegal los circuitos de acceso se dan en la clandestinidad por lo que existe una mayor probabilidad de incurrir en delitos. Robar para comprar cocaína y vender para consumirla son algunas de esas vías de acceso referidas por las mujeres. Sumado a ello, al vender y/o robar bajo los efectos de la sustancia pareciera que se minimizan las potenciales consecuencias de este accionar y los peligros a los que quedan expuestas. En esto radica la principal diferenciación en términos de riesgos con el primer perfil de mujeres. Estar en situación de consumo se vuelve problemático cuando representa un estado en el que no se registran peligros y se prioriza el acceso a la sustancia. Esta situación se contrapone a la de las mujeres que se involucran en la venta y/o transporte por necesidad, que tienen presente la privación de la libertad como potencial consecuencia y buscan tomar precauciones.

Asimismo, en relación a los riesgos asociados al uso de sustancias ilegales, es interesante analizar el hecho de que Luz, encarcelada por tenencia de cannabis, y Azul, también usuaria de cannabis, refirieron ser cultivadoras de esa planta. Se trata de consumos asociados al placer sobre los que el encarcelamiento no produjo ninguna modificación. Más aún, además de continuar consumiendo la sustancia deciden cultivar y traer semillas con plena consciencia de que se trata de una conducta penada por la ley y por la que podrían volver a encontrarse con las mismas consecuencias ya experimentadas, con la cárcel.

Los riesgos asociados a la ilegalidad de las sustancias y los sentidos del delito vinculados al consumo podrían interpretarse como un elemento que muestra que el encarcelamiento no es un modo efectivo de abordarlos, no sólo cuando configuran un problema de salud sino, mucho menos, cuando no lo son. Al mismo tiempo, queda en evidencia que tampoco resulta un abordaje eficaz contra el narcotráfico el hecho de perseguir a usuarias y tratarlas como delincuentes bajo el argumento de la lucha contra el crimen organizado.

En relación al uso de cannabis, frente a la pregunta sobre la coyuntura de la detención la entrevistada indicó que ella conducía el auto en el que viajaban varias personas con marihuana. La posesión de sustancias en el auto fue interpretada legalmente como tenencia para transporte con fines de comercialización. Sin embargo, según afirma y en consonancia con el tipo de uso que refirió, se trataba de tenencia para consumo personal y de una cantidad total de sustancia que fraccionada se correspondía con el monto perteneciente a cada uno de los que viajaban con ella. Se destaca aquí un aspecto particular en relación a los delitos relacionados con drogas: la criminalización que recae sobre los usuarios de sustancias ilegales.

En Argentina la posesión o tenencia simple de estupefacientes y la tenencia con fines están tipificadas como delito según el Art. 14 de la Ley 23.737/1989. En 2009, con el Fallo Arriola, la Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de esas tipificaciones cuando se presenten “en condiciones tales que no traigan aparejado un peligro concreto o un daño a derechos o bienes de terceros”. No obstante, la vigencia de la Ley mantiene a los consumidores dentro de la esfera penal, y quienes determinan la finalidad de la posesión son los agentes del sistema penal, es decir policías, fiscales o jueces (Meneses y Pérez Correa, 2015).

En este escenario, los usuarios y cultivadores de cannabis, actores no conflictivos ni peligrosos, siguen siendo objeto de las detenciones que los criminalizan utilizándolos como un modo de mostrar el “combate al narcotráfico”. De hecho, más del 70% del trabajo de las fuerzas de seguridad con los juzgados y fiscalías federales corresponde a causas por infracción a la Ley de estupefacientes y la mayoría de ellas son por tenencias de estupefacientes para consumo personal, según destaca un estudio reciente sobre cannabis en Argentina (Corda, 2018).

Para comprender esta persecución hacia los usuarios es necesario reconocer que el carácter de ilegalidad de las sustancias, como el cannabis o la cocaína, está determinado fundamentalmente por criterios económicos (Schelling, 1967; Reuter, 1993) y no científicos. Que determinadas sustancias sean ilegales es funcional a una lógica de mercado y no se vincula con las características de la sustancia, ni con la prevención y/o promoción de la salud. Se trata más bien de una construcción discursiva que tiende a mitificar la figura del traficante, a la vez que sirve para ocultar y sostener el funcionamiento de las redes que determinan los flujos de tráfico oficiales (Zavala, 2018).

Fueron engañadas

Tres de las entrevistadas se vieron involucradas en delitos de drogas sin haber decidido participar sino por haber sido engañadas. Dos de ellas fueron víctimas de distintos tipos de violencia basada en género, por lo que el engaño ocurrió bajo coerción y amenaza, es decir, que estuvo en gran medida determinado por esa situación.

La violencia contra las mujeres es determinante en este perfil y se manifiesta en todas sus formas –física, psicológica y sexual–, de la mano de la constante producción de miedo como forma de silenciamiento. Además, si bien se describieron situaciones de vulnerabilidad ligada a la necesidad económica y la responsabilidad por el cuidado de los hijos, podría decirse que en esta tercera caracterización se observó que el engaño no se relacionaba estrictamente con la clase social, sino que la atraviesa.

Estas mujeres, así como muchas otras, fueron objeto de engaños pero tratadas como criminales, culpabilizadas y castigadas. Resultaron cómplices de una situación y pagaron las consecuencias por algo que no decidieron completamente. Ellas describieron el momento de anoticiarse de la situación de engaño como un shock, un estado de sorpresa y confusión.

Nada, yo me quedé sorprendida, me quedé así en el aire, me quedé tonta, anonadada, me quedé como con un balde de agua fría (Jimena).

                      

Y fue todo un flash. Imaginate que de repente me veo en un calabozo, en la sede de drogas peligrosas, incomunicada. Ni sabía que me iban a llevar detenida hasta ese momento, nada entendía. Nos vino a buscar un camión y cuando me subieron pregunté “Che ¿a dónde vamos?”, y me dijeron “¡vamos a la cárcel piba, despertate!” (Azul).

Ante hechos traumáticos de origen social los sujetos pueden reaccionar defensivamente con estupor inicial, paulatino embotamiento (Freud, 1926). El denominador común de estas historias es, entonces, que en términos subjetivos estos engaños, y su posterior desenlace, resultaron traumáticos. La situación traumática implica una vivencia de “desvalimiento”, “desamparo” e “indefensión”, un escenario que no se puede prever y, por ende, tampoco anticipar que se repita en el futuro (Freud, 1926).

El engaño por el amor romántico es una de las modalidades más frecuentes. Fue el caso de Jimena. Su marido la obligaba a hacer llamados a un primo para “informarle de viajes”. Negarse a hacer esos llamados implicaba ser golpeada, por lo que bajo amenaza de violencia física él lograba hacerla obedecer. Esta situación la convirtió en cómplice sin que ella lo supiera.

Yo viví con el padre de mis hijas como 11 años, me trajo acá a la Argentina y después empezó a cambiar, a tener actitudes violentas, hasta que un día me acuerdo que me dijo que me iba a llevar de vacaciones a conocer el mar. En el camino yendo nos detuvieron en el auto y él llevaba sustancias. De ahí caímos detenidos y me pusieron por droga: transporte. No lo sabía [refiriéndose a la situación]. Él me golpeaba, me maltrataba para que yo hable por teléfono y entre mi ignorancia, era muy joven, quería tener una familia, tener a mis hijas con él, entonces yo lo accedía pero yo no sabía en lo que él estaba metido, hasta el fondo no sabía. Sólo me decía “llamá a mi primo, decile que lo voy a ir a visitar” me decía. Y cuando yo no quise hacerlo me golpeó. Yo tenía mi hija, ya era enferma la más chica. Tiene una enfermedad crónica desde bebé y yo vivía en el hospital con ella, y me sentía acorralada (Jimena).

La violencia basada en género constituyó un punto de viraje fundamental para ella:

Él cambió de la noche a la mañana, era agresivo, me decía: “vos te pensás que el plato de comida yo te lo tengo que dar gratis”, o sea, se transformó (Jimena).

Es interesante notar que este elemento de obligarla a hacer llamados telefónicos es referido en varias oportunidades por la entrevistada como “mi ignorancia”, es decir, asume la responsabilidad por una situación violenta que le es impuesta y que está estructuralmente planteada de modo que sea incomprensible.

Para ellos [los jueces] yo soy la culpable, sabía lo que estaba haciendo. Pero yo fui engañada, fui burlada, por querer tener una familia, entre mi gran ignorancia, por amarlo a ese hombre… no sé si amarlo o quererlo o la costumbre que sentía, o por querer darle a mis hijas un hogar me llevó a esto. […] Nueve años de condena por el delito que me hizo entrar el padre de mis hijas, “que cometí” no lo puedo decir, porque yo no me siento que yo haya cometido (Jimena).

Al hecho de soportar esa situación de violencia por miedo y por depender económicamente de su marido, se le suma como motivo el mandato de género de mantener a la familia unida y “darle un padre” a sus hijas:

Yo me crié sin padre y no quería que mis hijas pasen lo mismo, pero hoy por hoy digo, hubiera valido la pena mil veces criarlas sin padre y que vivan más dignamente y feliz (Jimena).

La maternidad no sólo aparece como mandato sino como factor central y definitorio de las decisiones de Jimena. Ella tenía a su cargo el cuidado de sus dos hijas y una de ellas padecía una enfermedad crónica, lo que la condicionaba al punto de quedarse sometida a esa situación de violencia que describe. Este relato da cuenta del peso del ideal de familia que subyace, que la lleva a soportar las situaciones de violencia y por el que se naturaliza el hecho de mantenerse por fuera del mercado laboral, dedicada a sus hijas y a los quehaceres domésticos, con escasos vínculos sociales y de amistad.

El amor burgués establece como norma el amor para toda la vida (Lagarde, 2001). La creencia de que “mujer” y “familia” son sinónimos homologa los intereses y las necesidades de la familia con los de las mujeres. Así, se consolida un modelo de abnegación y sacrificio para la mujer (Eichler, en Rodríguez del Toro, 2009).

La construcción de la identidad de género femenina se moldea, entre otros aspectos, por interiorizar que el sentido de la vida de una mujer es el ser para los otros; es decir, una mujer construye su ser a través de completarse con los otros, lo que implica la necesidad vital de los demás (Lagarde, 2001: 203).

Ser de y para los otros es una visión que presupone que las mujeres para ser buenas esposas y madres deben anteponer siempre los deseos y necesidades de los demás; especialmente los de su familia por sobre los de ellas, aun a costa de su bienestar (Lagarde, 2005). Esta cristalización de sentido entre mujer, maternidad y familia es la principal aliada de la violencia basada en género en el ámbito doméstico (Rodríguez del Toro, 2009).

El engaño con fines de explotación lo vimos en el caso de Inés. Nació en un país europeo, por lo que, desde el momento de su llegada a Argentina y durante toda su permanencia aquí, el idioma representó una clara barrera en la comprensión y en la posibilidad de expresarse en castellano, como lo afirma ella: Yo en este [ese] momento escribía poco y nada y mi castellano era mucho más básico que en este momento” (Inés).

Así, la nacionalidad emerge como primera característica de relevancia en esta trayectoria de vida, y como un aspecto que pareciera haber estado destinado a cumplir una función específica.

Cuando me condenaron, me dijeron “libertad condicional o expulsión”. Yo ya estuve [estaba] en pareja y tenía miedo [de] volver. Sabía que declaré y pensé “me van a hacer algo a mí o a mis hijos” y ahí empezó mi lucha con migraciones, que está pidiendo expulsión. Yo le estoy haciendo juicio porque no tienen ese derecho, mi hijo es argentino, no pueden expulsarnos (Inés).

La condición de migrante, que entre otras cosas implica hablar otro idioma, pareciera sumarse a los criterios de elegibilidad de algunas mujeres por parte de organizaciones criminales. Es una condición particularmente relevante en casos de trata de personas, ya que muchos tratantes decidan explotar a las mujeres en un lugar distinto de aquel en el cual se las captó, porque utilizan el traslado para alejarlas de los vínculos sociales y afectivos que eventualmente podrían auxiliarlas (Anitua y Picco, 2013). Además, según señala el último informe de la PPN, se trata de una población sumamente vulnerable, afectada por las modificaciones en la Ley de Migraciones (25.871/2003), que restringe los derechos y fomenta la expulsión de las personas migrantes (PPN, 2018).

En relación al momento del engaño, estando en Europa, Inés se encontraba en un contexto de necesidad económica producto del desempleo, con un cuadro depresivo relacionado a una separación reciente y tres hijos a cargo. Estos fueron los motivos que la llevaron a buscar una salida laboral urgente, y en esa búsqueda desesperada recibió una oferta de trabajo falsa de parte de una amiga.

Yo estaba separada del papá de mis dos hijos mayores, por violencia, y a raíz de eso tenía una fuerte depresión por lo cual perdí trabajo. […] Tenía deudas y no me alcanzaba para pagar [las] cuentas, íbamos a pedir pan a la panadería para comer algo al día. Mi amiga me ofreció un trabajo “es una fábrica de pantalones” […]. Ahí yo dije “mirá, yo necesito unos meses para salir de las deudas, pero yo necesito estar con mis hijos”. “Sí, sí, no hay problema, yo te consigo” (Inés).

Después de ese engaño lo que siguió fue su captación y violación, traslado a Argentina, secuestro y permanencia en un lugar desconocido, incomunicada, en el que la amenazaron con dañar a sus hijos. De esta manera, se forzó su consentimiento para obligarla a transportar droga:

Fui con mi amiga a cenar, no sé qué pasó en este restaurant, era al lado de hotel, si me dieron algo. Tomé una sola cerveza y como perdí la memoria y en este día que no me voy a olvidar nunca, que me violaron. Me acuerdo mi cuerpo dolido. […] Me di cuenta que estuve vigilada todo el tiempo. No podía comunicar [me] con mis hijos porque no podía salir a locutorio, sabían todo. En teléfono me ponían un chip. […] Me dijeron “si no lo haces eso [trasladar droga], vamos a hacer algo con tus hijos. Elegís vos, que no se te ocurra llamar a la policía, a la embajada, que no se te ocurra nada”. Yo asustada, desesperada, sabía que tengo que hacer sí o sí y fui (Inés).

Así comienza a delinearse que el proceso de engaño que atravesó Inés presentó características propias de la trata de personas. De hecho, testimonios y causas judiciales revelan que mujeres víctimas de trata suelen ser reclutadas por personas con quienes mantienen algún tipo de relación afectiva o personal (Anitua y Picco, 2012). En la misma línea, la violación tuvo una función específica, no sólo como un acto disciplinador (Segato, 2010) sino que, tal como lo muestra el relato, se utiliza como técnica para establecer el control psicológico de las víctimas (Zimmerman, 2003).

Inés quedó embarazada producto de esa violación y no pudo acceder a su interrupción, aunque así lo permite el Art. 86 del Código Penal. Padeció el ejercicio de la maternidad de un hijo no deseado y fue sometida a un proceso judicial en el que no se consideró ninguno de todos estos factores como atenuantes.

En la cárcel tienen informe que en el estado que yo estuve no debería estar a la cárcel. […] Una única persona que un poco consideró eso [el contexto de engaño, extorsión y amenaza] era un fiscal que salió bueno, me llamó a abreviado (Inés).

Finalmente, el uso de sustancias fue mencionado como un paliativo para sobrellevar la angustia y el malestar frente a la situación vivida.

Ahí esa época [luego de ser engañada por su amiga] empecé a tomar mucho alcohol fuerte para no sentir dolor que era [tenía] dentro de mí (Inés).

Efectivamente, las mujeres que han estado en situación de trata sufren problemas de salud psicológicos y físicos, sobre todo en relación al nivel de explotación y violencia que padecen (Raymond et al., 2002; Zimmerman, 2003). Los daños psicológicos incluyen depresión y pensamientos suicidas. De modo que para Inés esa primera mentira por parte de su amiga definió el rumbo los sucesos posteriores.

Aceptar un trabajo inexistente la llevó a quedar involucrada dentro de lo que se conoce como trata de personas, una de las formas más extremas de la violencia contra las mujeres. La característica central del engaño en situación de trata es que la explotación laboral se encubre con ofrecimientos de mayores y mejores oportunidades de vida en otros países, y con promesas que aseguran esas opciones laborales. Sin embargo, una vez en el lugar de destino, esas condiciones no son reales y las personas tratadas son sometidas a condiciones laborales de explotación bajo amenazas (UNODC, 2010).

Existen debates sobre la punibilidad en este tipo de situaciones que apuntan a considerar la eliminación de la culpa o la no responsabilización de la víctima por las acciones cometidas durante el proceso de trata (UNODC; 2010). En Argentina, la Ley de Prevención y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus víctimas (26.364/2008) explícitamente establece que en este tipo de situaciones las víctimas no son punibles por la comisión de cualquier delito que sea el resultado directo de haber sido objeto de trata (Art. 5).

La Ley parece reconocer que la persona sometida a trata puede estar en una posición similar a la de quien obra por miedo insuperable. En función de ello, la exclusión de la pena estaría basada en la coerción a la que se ve sometida la víctima y su consecuente limitación para tomar decisiones en forma libre (Di Corleto, 2011: 103).

Este punto es fundamental ya que la experiencia de ser juzgada como responsable de un delito es diametralmente opuesta, en términos subjetivos, a la vivencia de ser asistida como víctima de una organización criminal. El hecho de que Inés haya estado detenida durante nueve meses y luego fuera sentenciada a tres años de prisión contribuye a que el relato sobre su propia historia esté teñido por la culpabilización.

Además, pueden rastrearse en sus descripciones elementos que sistemáticamente tendieron a revictimizarla. Cuando fue detenida la legislación argentina vigente indicaba que la violación era una de las causales que permitía el aborto legal. Sin embargo, aun estando amparada por la Ley, Inés no accedió al derecho de interrumpir legalmente ese embarazo y padeció la crianza de un hijo no deseado.

En el caso de engaño en contexto de uso de sustancias las circunstancias fueron muy diferentes. Azul, una mujer joven, de clase media, según relató, antes de ser detenida estaba estudiando y trabajaba en un ámbito nocturno donde la circulación de drogas era habitual:

Lo procesé estando presa porque para mí era como… “sí, venden drogas”, pero dentro de ese boliche era tan normal. Estaba tan a la vista de todo, tanta gente tipo de la tele ahí, consumiendo como loco (Azul).

En ese contexto ella se encontraba iniciándose en lo que denominó “experimentar” con drogas:

Yo estaba trabajando y estudiando en ese momento y empecé a frecuentar un boliche, conocer cosas extrañas, a hacer usos y divertirme y probar. [La cocaína] siempre la tuve ahí como peligrosa hasta que me animé a probar. Así nos educan, con todo ese respeto frente a las drogas. […] Para mí fue todo de la mano de la rebeldía y del salir al mundo un poco como persona sola (Azul).

El entorno familiar fue para ella un lugar de contención, de cuidado, lo que marca una diferencia notoria respecto de los relatos anteriores.

Mi familia es súper estructurada en el sentido de que hay que estudiar, trabajar, una familia tipo. […] Siempre fui “la chica 10”, entonces, ¿presa? Era como inentendible. Fue un golpe re bajo. Los shockeó mucho, pero no me faltó la contención de ellos en ningún momento. No me abandonaron, confiaron en mí. Eso fue lo que me sostuvo [llanto] (Azul).

Es así que en un contexto de consumo, diversión, “curiosidad y rebeldía”, se vio involucrada en “una especie de entrega”. Al hacer un favor sencillo como guardar un bolso en su casa fue engañada por un amigo:

En este ir y venir y compartir con toda esta gente que la mueve [personas que tienen una posición de poder en los eslabones más importantes de la cadena], en un momento nos piden que cuidemos un bolso, que sabíamos que tenía cosas pero ni sabía qué, ni cuánto, ni cómo, ni nada, y automáticamente, al toque, nos allanan mi casa. Fue como una especie de entrega. […] La gente que nos traía o que vendía era la que estaba seguida en realidad. […] Es que es así, sos perejil y te caben [aludiendo a ser alguien de poca importancia, ingenuo y que sacaron ventaja de esa característica] “estos dos boluditos” [ella y su pareja]. A uno de los flacos lo tenía como re amigo, como dos años compartí con ese pibe. Es poderoso el tema de la droga, hay mucho contacto, está todo muy arreglado (Azul).



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