Discusiones y reacciones ante la proceridad contemporánea, los reconocimientos póstumos y los homenajes “en vida” en la Argentina de entreguerras
Andrés Bisso
Introducción. Entre la tiranía “antigua” y el nuevo “culto a la personalidad”
Una buena parte de la discursividad republicana de la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX supo estar fundada –como negativo especular– en la execración de una figura, Juan Manuel de Rosas, sobre la que se labraron todas las pústulas posibles[1]. Entre una de las condenas más recorridas a dicha figura, estaría aquella ligada a su definición como “tirano”, bajo menciones que asimilaban recurrentemente al ex gobernador bonaerense con los más desprestigiados autócratas de la Antigüedad. En identificaciones, realizadas ya incluso durante su gobierno por parte de diversos opositores y detractores, Rosas era el “Calígula” o el “Nerón” del Plata[2] que no dudaba en ofrecerse a sí mismo homenajes en vida[3].
Concebida esta imagen por la Generación del 37 y recuperada por destacados miembros de la del 80, la mención al exacerbado culto a la figura de Rosas sirvió como contraejemplo de lo que debería ser el comportamiento tanto de los gobernantes democráticos, como de los “pueblos” guiados por ellos, para evitar formas de glorificación personal desmedidas y formatos plebiscitarios de adhesión al líder[4].
Esta convicción anidada en los años iniciales de la Argentina organizada, se mantendría largamente en muchos de sus actores más relevantes. De esta manera, uno de los referentes más importantes de aquella generación, Joaquín V. González, que ya en sus escritos de juventud confirmaba la homologación del rosismo con las antiguas tiranías[5], no dejaría de mantener, en uno de sus últimos textos, ya bajo el horizonte de la democracia “ampliada”, la necesidad de alertar contra el espíritu autocrático y el exceso de honores.
De allí que en sus Meditaciones históricas –escritas entre 1920 y 1922– González no dudara en recordar –en su calidad de riojano– la desmesura de la Sala de Representantes de su provincia natal al declarar por una ley del 28 de noviembre de 1842 que el Cerro de Famatina pasara a ser denominado como “serro del General Rosas”, en homenaje al brigadier bonaerense, en virtud de “los eroicos cerbicios prestados a la provincia, a la causa de la humanidad y de la cibilización”[6]. Frente a la pieza legislativa exhibida, González no podía más que fustigar “la atrevida concepción de transformar una enorme montaña en el más hiperbólico de los homenajes ideados por la mente humana”[7], y definir a esa “ley extraordinaria” como una invención “superior por el ingenio, el disfraz y la exquisitez del arte adulatorio, a cuanto provocaron Nerón y Calígula, inventaron los artistas florentinos, o contienen las recopilaciones y mensajes propiciatorios de las Legislaturas rioplatenses de la década magna de la Dictadura argentina”[8]. Como sabemos, en efecto, la provincia riojana había sido especialmente enfática en realizar esos honores a Rosas, no sólo con el homenaje mencionado, sino con la emisión de monedas con su efigie, a la antigua usanza real, incluso, aparentemente, contra la voluntad del propio homenajeado[9].
Sin embargo, frente a la suposición de la cancelación de ese tipo de homenajes en vida, una vez vencido Rosas en Caseros y ante la imposición del republicanismo liberal, deberíamos decir que la práctica de la veneración a los coetáneos se mantuvo luego, incluso, en la faz crematística. Ya consolidada la organización nacional, aunque no en forma de monedas, algunos presidentes y ministros argentinos y otros tantos funcionarios nacionales y provinciales de relevancia, no sólo verían reflejada, en vida, su efigie en los billetes de curso oficial, a partir del roquismo, sino que incluso lo harían “en función” ejecutiva o legislativa.
Así puede contemplarse con el retrato del primer presidente del “ciclo histórico”, Bartolomé Mitre, quien protagonizaría con su rostro el billete de 16 centésimos de oro en la impresión de 1883. Mitre, especialmente, recibiría, a lo largo de su vida, homenajes de nominación que podrían compararse con los dados a Rosas con el Famatina, en tanto llegaría a ponerse su nombre, tanto al partido bonaerense de Arrecifes, como a la calle de “la Piedad” en la ciudad de Buenos Aires[10]. Ante tanto culto cívico, que no dejaba de recibir complacido, algunos de sus adversarios llegarían a considerar que Mitre creía “tener carne de estatua”[11].
Cabe señalar que estos homenajes no sólo eran oficiales, ya que apostando a la popularidad del dirigente mencionado, particularmente detectable en los niños[12], los propios comerciantes no dudaban en promover sus productos a través de su nombre, como lo haría la empresa Bagley, para ese entonces conducida por Juana Hamilton, al producir las galletitas “Mitre”, con motivo de los festejos de los 80 años del autor de la Historia de San Martín, logrando la autorización del ex presidente para utilizar su nombre[13].
Ese “homenaje comercial” a los dirigentes políticos sería ampliamente replicado en el caso de las tabacaleras. Así, aunque los cigarrillos “Mitre” se conocerían pocos años después de la muerte del homenajeado, su retrato ya se había podido ver largamente reproducido en las marquillas de otra marca, “La Popular”. Roca –cuya imagen también se veía en las marquillas desde la década de 1880– sí, en cambio, conocería “en vida” los cigarrillos dispuestos a homenajearlo con su nombre, producidos nada menos que por la Manufactura General de Tabacos Teniente General Roca, como forma de sostenerlo –además– en su segunda campaña electoral de 1898[14]. El período de entreguerras por su parte, conocería los cigarrillos “Uriburu”, siendo fumados durante el control del ejecutivo por parte del homenajeado[15].
Vemos, entonces, y siguiendo el caso de los billetes ya mencionados, que esos homenajes no serían privativos de Mitre, ya que él estuvo acompañado por sus sucesores en la presidencia, Domingo Faustino Sarmiento (presente en el billete de 10 centésimos) y Nicolás Avellaneda (retratado en el de 8 centésimos), quienes también se encontraban vivos al momento de la emisión. Más sorprendentemente, podemos encontrar que incluso, en esos ejemplares de 1883, el presidente en ejercicio, Julio Argentino Roca, contaría con su propio billete (el de 10 pesos moneda nacional oro), e incluso su concuñado –senador y futuro candidato presidencial– Miguel Juárez Celman sería agraciado con la denominación de 20 pesos.
Así, lo mismo puede decirse de Wenceslao Pacheco, quien sería ministro de Juárez Celman, representado en el billete de 20 pesos moneda nacional en otra emisión. Para terminar, podemos señalar que los papeles emitidos por las provincias no se quedaban atrás, como en el caso de Entre Ríos, con billetes con rostros de personas todavía entonces vivientes para los casos de Eduardo Racedo, gobernador en el momento de la emisión en 1885 y Antonio Crespo, vigente senador por la provincia. Igualmente se puede encontrar –de nuevo– el rostro del entonces senador Juárez Celman con motivo de la emisión de 1 peso moneda nacional Oro hecha por el Banco Provincial de Córdoba. Con las imágenes de los rostros dirigenciales, la “solidez” de los homenajeados pretendía asegurar la fortaleza de la moneda que representaban. Como sabemos, y quedaría demostrado en 1890, la excesiva confianza en el simbolismo podría invertir –ante el desbarajuste concreto del sistema financiero– la carga de la prueba en contra de los “sostenedores”, con su rostro, del valor monetario, tal como lo señalara Juan B. Justo a principios del siglo pasado[16].
Con todo, en líneas generales, a partir de los frutos dados por la consolidación política de la Organización Nacional y la bonanza económica por la eficaz integración al sistema capitalista mundial, podemos notar cierta tensión para los dirigentes, intelectuales y notables entre la necesidad de mantener la circunspección republicana que exigía el recuerdo ominoso de los homenajes autocráticos del rosismo y la auto-celebración que consideraban merecida del proyecto “civilizatorio” que habían llevado a cabo[17].
Esta tensión podría verse reflejada en el comentario irónico del mencionado Joaquín V. González (aquel indignado por el cambio de nombre del Famatina) en relación con el honor que él mismo había recibido en vida, al colocarse su nombre a una de las calles de su querido Chilecito. Transcribamos la anécdota según el humorista gráfico Ramón Columba:
Para llegar hasta su posesión de Chilecito, [González] debe cruzar por la calle principal de su pueblo, que ya lleva el nombre de “Joaquín V. González” por resolución del Municipio. Y cada vez que toma el desvencijado carruaje que lo conduce a su “casa de reposo”, le dice al viejo cochero, sonriendo orgulloso: –Tome por la calle “Yo”[18].
Digamos que González no sería el único homenajeado de esa forma. Riccheri y el “Perito” Moreno, por dar sólo dos ejemplos más en el universo epocal “roquista”, también serían “usados” para nominar calles. Sin embargo, ese tono de proceridad amable en la que parecían converger como “notables” en paridad, los diversos representantes del sistema de poder político, social e intelectual implantado en 1880, pareció ponerse en tensión ante la aparición –fruto de la no poco resistida democratización saenzpeñista– de una figura que, proveniente de otro lugar, amenazaba en convertirse en un nuevo receptor único de la veneración popular, como lo era Hipólito Yrigoyen[19], más allá que en ocasiones el propio presidente hubiera demostrado su tolerancia –durante su propio gobierno– a que ciertas iniciativas estatales fueran coronadas con el nombre de un adversario todavía en vida, como sucedería con el barrio de viviendas populares “Diputado Juan F. Cafferata”, que la intendencia de Buenos Aires de Cantilo permitiría nominar, en 1921, en homenaje al legislador conservador que inspirara la creación de la Comisión Nacional de Casas Baratas[20].
En ese proceso, comenzaría a anudarse en ciertas lógicas políticas, como las de los diputados Julio A. Costa o Marcelo Sánchez Sorondo, la idea de una línea conductora entre la tiranía rosista y el nuevo fenómeno “personalista”. No casualmente, ambos legisladores, impulsarían durante la primera presidencia yrigoyenista, proyectos tendientes a sancionar una “ley contra la tiranía”[21].
Con todo, esta acusación corría el riesgo de debilitarse ante una ampliación democrática que conjuntamente con una expansión de la sociabilidad urbana y de masas, permitía la extensión y “plebeyización” de los honores, de los honrados y de los honradores a límites exponenciales. Hablaremos de ello a continuación.
Tiempos y formas de distinción laica en “la tierra de los homenajes fáciles”
Cabe decir que, ya a inicios del siglo pasado, el prurito de la promoción de los homenajes parecía haber pasado largamente y el tono con que eran dados, además, perder algo de su solemnidad.
Así, en un banquete en honor al diplomático Luis María Drago, el diputado y dramaturgo Belisario Roldán, quizás por estar largamente acostumbrado a ser invitado como orador en reuniones de ese tipo (su apodo de “pico de oro” lo facilitaba[22]), no dudaría en definir a la Argentina como la “tierra de los homenajes fáciles”[23].
Obviamente, ante el peligro que ese mismo homenaje en el que él participaba fuera considerado bajo dicho adjetivo algo denigrante, Roldán no dudaría en justificar, a renglón seguido, que en el caso aludido, “nunca” –repitiendo esa palabra– se había tendido “con mayor razón” que en ese momento “la mesa del banquete jubiloso”[24], ya que el agasajado había merecido –con su actuación en el extranjero– que la “Patria misma” le rindiera “el tributo solemne de sus aplausos y sus respetos”[25].
Esa valoración inicial, algo fastidiada, de Roldán acerca de la recurrencia de homenajes sería retomada en un mismo sentido, en el estricto período de entreguerras que nos ocupa y ahora dentro del contexto gráfico. Sería el cronista Roberto Gache, quien aplicándola específicamente para la Capital Federal, pondría el acento en que “por pequeño que sea el mérito de un hombre […] habrá sido, de seguro, objeto de algún banquete en el curso de sus días. No se perdona el mérito más vulgar, la ocasión más pequeña […] Ocasión para el banquete no falta nunca”[26]. Esa referencia parecía refrendada, ya en los años veinte, por el poema, sentido e irónico a la vez, que Héctor Castillo dedicara al cierre y demolición del Aue’s Keller, la célebre cervecería canonizada por la presencia de Rubén Darío[27] que se había convertido en el lugar privilegiado de homenajes efímeros, como el propio Castillo se ocupaba de reconocer, al escribir: “¿Dónde celebraremos la cena consiguiente cuando uno de nosotros publique un volumen?”[28].
Esa abundancia del homenaje en vida en banquetes y otro tipo de agasajos de formalidad variable se distinguía, por otro lado, de aquel que se perennizaba en forma de estatuas o monumentos y que parecía –en cambio– destinado a aquellas personas ya fallecidas, sobre las que el “juicio de la historia” podía finalmente acreditarse a partir de la totalidad de una vida a la que nada más podía sucederle, y la que –por ende– no podía producir más actos terrenales que pusieran en posible contradicción los valores o posicionamientos que querían resaltarse en ella como ejemplo de emulación[29].
Evidentemente, luego, las modulaciones y las disputas en las interpretaciones y la aparición de nuevas fuentes que pudieran poner en cuestionamiento o “reubicar” al prócer elegido, seguían en curso y habilitadas más allá de la propia existencia vital del mismo, pero –en todo caso– las diversas menciones, que de ahí en adelante se hicieran, contaban con la imposibilidad de ser desmentidas desde la propia fuente homenajeada[30].
La muerte, bajo esos parámetros “controlados”, entonces, parecía habilitar un nuevo nivel de consagración. Como diría Roberto Arlt, en su ponderación de Guillermo Facio Hebequer, al augurar un futuro reconocimiento para el escultor al que se encargara de valorar en una de sus aguafuertes: “Algún día se levantará una estatua. Esas cosas ocurren mucho, afortunadamente en nuestro país. Pero primero uno tiene que ‘estirar’ las cuatro”[31]. Bajo ese paradigma, la reproducción incesante de espacios abiertos para el homenaje póstumo, tendían a hacer pensar, más o menos para la misma fecha, en cierta “facilidad” al fallecer –para aquellas personas relacionadas con la esfera pública– para obtener un reconocimiento de tal tipo.
Frente a esto, los socialistas –en este caso al cuestionar la dilación en el establecimiento de una estatua en honor a Bernardino Rivadavia– discutirían que, mientras el primer presidente patrio no tenía la suya, “en las plazas de las ciudades argentinas brotan numerosas las estatuas de discutibles personalidades, más o menos ‘históricas’ y ‘beneméritas’”[32]. Esta misma dificultad de establecer jerarquías apropiadas que se expresaba a fines de la década del veinte, en ese sentido, ya había sido previamente señalada por el mencionado Joaquín V. González, al cuestionar las estatuas que “se olvidan al día siguiente o se convierten en un punto de interrogación, para los mismos que las elevaron”[33].
Pero la muerte no sólo abría la posibilidad “estatutaria”, ya que había otros posibles lugares donde aplicar el homenaje funerario de forma relativamente express. Precisamente, e ironizando sobre la modernización urbanística que conllevaba la necesidad de bautizar continuamente las diversas arterias de tránsito que se habilitaban a la circulación pública, el escritor Roberto Giusti escribiría en 1931: “la Historia es muy condescendiente. Habrá siempre algún concejo municipal dispuesto por Ella a dar nuestro nombre a una calle [¡] Son tantas las calles en las grandes ciudades, que ya hacen falta nombres!”[34].
En efecto, con solo tomar un tomo de las Versiones Taquigráficas del Honorable Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires (VTHCDBA) correspondientes a dos meses del año 1933, podremos encontrar 11 proyectos de nomenclatura de calles, con nombres tan variados como los que van de Sócrates a Yrigoyen, pasando por León Calmette, uno de los dos inventores de la vacuna BCG, y Émile Roux, cofundador del Instituto Pasteur, quienes acababan de morir en Europa, tan sólo unos pocos días antes de la propuesta de imposición a calles de sus nombres por parte del médico sanitarista Genaro Giacobini[35].
Ese efecto de la muerte como facilitadora de homenajes grandilocuentes había sido ya cuestionado, en la década previa, por los martinfierristas, incluso en relación con aquellos autores que ellos valoraban, como demuestra el reconocimiento que le propiciaran a Anatole France en ocasión de su fallecimiento, en el que a pesar de reconocer la deuda con el escritor francés, no dudarían –cuestionando a sus “tardíos adoradores”– en agregar: “Necesitamos un esfuerzo de crítica para convertirlo a su tamaño natural y ver de nuevo en el querido maestro lo que hemos visto siempre; no un superhombre, sino simplemente un hombre”[36].
La muerte parecía, en efecto, no sólo una potenciadora ipso facto de las virtudes humanas, sino incluso una gestora casi inmediata de posibilidades estatutarias, como si el cuerpo carnal que impedía su réplica en piedra u otro mineral pudiera ser duplicado recién luego de su descomposición biológica[37], permitiéndole –así– transmutarse en “símbolo” materializado[38].
Así, de la misma manera en que funcionaba en épocas medievales con el “muñeco del rey” que permitía realizar funerales más extensos que los que el cuerpo inerte concreto pudiera soportar en estado digno[39], ya en la modernidad, la estatua podía convertirse en el espacio material ocupado por la encarnación simbólica, suponiendo una reactivación del estatuto “geminado” –para pensar en Kantorowicz– del homenajeado.
La dinámica de relación de los estados paralelos entre los dos cuerpos de la majestad que desde Roma fue labrado por la jurisprudencia y complejizado hasta el cénit por la teoría del poder medieval y luego por la antropología histórica, resultaba –con todo– de fácil comprensión en sus trazos generales y era aplicada por la política “plebeya” de entreguerras en nuestro país. Así, la “transmutación” del cuerpo en símbolo era vivenciada concretamente por los actores históricos, en las disputas políticas, en esos mismos términos, tal como lo expresara Alfredo Palacios, en el funeral cívico dado ante la muerte del presidente Roberto M. Ortiz: “Con Ortiz desaparece el gobernante leal y el hombre ecuánime que enalteció el nombre argentino y el prestigio de la democracia, pero surge el símbolo”[40].
Así, incluso con precedencia al período que indagamos, podemos advertir desde los principales ámbitos legislativos nacionales, un proceso de creciente pulsión expeditiva en proponer el homenaje a expresidentes fallecidos mediante la imposición de estatuas en su honor. Si debieron pasar 13 años, después de su asesinato, para que Urquiza tuviera en 1883 su proyecto –ingresado por el diputado Centeno– de homenaje estatuario; Sarmiento vería reducido –ahora por iniciativa senatorial– el período para ese mismo homenaje post-mortem a sólo 6 años, lapso que para Pellegrini se reduciría nada menos que a la mitad, ya que para el tercer aniversario de su muerte, la Comisión de Peticiones y Poderes aconsejaba la sanción de un proyecto de ley para emplazar en la plazoleta de Alvear y Cerrito la estatua del mencionado ex mandatario, obra del escultor francés Jules Coutan, la que fuera inaugurada finalmente en 1914[41]. En el mismo año que Pellegrini, por otro lado, moría Bartolomé Mitre, quien ya con extensos homenajes en vida, sería propuesto “para ser estatua” por parte del gobernador de Buenos Aires, Marcelino Ugarte, en mensaje a la Legislatura provincial, en el mismo momento en que se velaban sus restos[42].
Así, las dudas acerca de la creciente automaticidad en el homenaje póstumo comenzarían a plantearse desde el inicio mismo del período de entreguerras. De una manera en la que no estaba exento el tono irónico, la discusión acerca de cuánto se debía “esperar” para solidificar el fallo de la historia estaría presente en el comienzo de la novela La derrota del genio[43], en donde un profesor –sin dejar de valorar la importancia del “culto de los grandes hombres” para “proveer una sana ética individual y colectiva”[44]– argumentaba que esa práctica no podía ni debía “dirigirse a cualquier personaje, por eminente que lo creyeran sus contemporáneos” y que sólo el “tiempo depurador” era capaz “de llegar a la justicia distributiva, alejando toda sospecha de parcialidad o apasionamiento”[45]. Para ello, el personaje de “Frenio” proponía evitar los homenajes de centenarios, ya que eso podía promover la consagración de “mediocridades”, y que por lo tanto “el centenario debería ser sustituido por el milenario, puesto que el sujeto que no ha desaparecido de la historia en mil años, es porque, en verdad, sus obras son de indiscutible mérito”, proponiéndose, así, un monumento a Aristóteles[46].
Para ver la fortaleza de esta idea acerca de los “grandes hombres de la historia de la humanidad” –que quedaba demostrada también al ejercerse sobre ellas, ciertos ejercicios paródicos en la literatura[47]– podemos remitir nuevamente a la imposición de nombres de calles. Curiosamente, en 1933, la ficción de la mencionada novela de Senet sería replicada en las arenas de la política vecinal, cuando –como adelantamos– el concejal Giacomini al proponer el nombre (no el de Aristóteles, pero el) de Sócrates para una calle porteña, ironizaría sobre posibles lecturas ideológicas de su propuesta, cancelando la posibilidad de las mismas, ante la certificación del “juicio de la historia” en relación con el homenajeado:
No creo que la personalidad de Sócrates pueda molestar a los concejales miembros de determinados grupos políticos; y ya que a veces se habla en este Cuerpo horas enteras sobre asuntos políticos y con fines de propaganda electoral, creo que se puede perder pocos segundos para hacer la apología de Sócrates[48].
Así, fuera para discutir el homenaje cotidiano y casual, fuera para establecer los límites temporales del “juicio de la historia”, la discusión sobre la “facilidad” o no de los mismos, resultaba un tópico recurrente durante esos años.
¿Homenaje “en vida” o construcción del culto a la personalidad? Las asociaciones del período de entreguerras frente al presidencialismo
Sin embargo, por fuera de la estatutaria, siempre más reacia –al menos en la época moderna que analizamos[49]– a erigir sus frutos en referencia de la carne todavía viva, existió en la Argentina de entreguerras cierta renovación de la procerización en vida de la dirigencia contemporánea, a tono con los procesos mundiales de liderazgo carismático, caudillismo moderno y culto de la personalidad, que incluso podían afectar las formas en que eran pensados los nombres de pila con que se bautizaba a los niños[50].
Así, en Italia, en el caso del fascismo, podía comprobarse una relativamente rápida “monumentalización en vida” como sucedería con la estatua ecuestre de Benito Mussolini, inaugurada en el año 1929 en la ciudad de Bologna[51], mientras un Duce de 46 años gozaba de plena salud. En Argentina, lejos de esas estridencias graníticas, sin embargo, la idea del “homenaje en vida” para la dirigencia política parecía lo suficientemente circulante en nuestro país, y si bien no se traducía en estatuas, podía hacerlo en la nominación de boulevares, como lo demostraría precisamente un ferviente admirador de la obra mussoliniana, como era el gobernador Manuel Fresco, quien no dudaría en consentirse un auto-homenaje en el “pago chico”, al incentivar la imposición del nombre de “Avenida Gobernador Fresco” al paseo urbano que en la localidad de Haedo transitaba las calles de San Martín a Pueyrredón y que se edificaría bajo su propia gestión. No parecían importar así las características de lo realizado, el “Creador” parecía estar habilitado a ser también el “Nominador” –como divertidamente señalara Herman Melville en su obra más clásica[52]. Sin embargo, indudablemente, este tipo de iniciativas no carecerían de respuestas (como la humorística de llamar a Fresco, el “Duce de Haedo”) que cuestionarían esos mismos gestos de auto-celebración.
Así, la “procerización” de los personajes políticos sería parodiada en el ámbito teatral, por ejemplo, en una “pieza cómica en dos actos” de Curotto y Lenzi, estrenada en el año 1937 por la compañía de José Ramírez y titulada Agustín no es justo, en obvia alusión al presidente en funciones en esa época. Aunque el título funcionaría más como “gancho” de atracción al público que como descripción de los avatares de la obra, cuya centralidad estaba mejor dada en la típica comedia de enredos e infidelidades que en la revista teatral de actualidad política (particularmente circulante, por otra parte, por esos años)[53], lo cierto es que en ella también podían detectarse algunas alusiones aisladas y socarronas en ese último sentido (burlándose, por ejemplo, de la extensión de los discursos de Alvear o aludiendo a algunas rupturas familiares como “golpes de Estado”).
En ese sentido, una de esas referencias marginales nos interesa particularmente a los efectos de la temática abordada en este trabajo. En el acto primero, forzada a fingir ser adivina, “Milagros” –personaje interpretado en el estreno de la obra por Carmen Olivet– intentaría valerse del conocimiento previo de “Nicanor” (en la piel de Juan Vehil) sobre su propio suegro para tratar de descubrir –fallidamente– el nombre del personaje de “Agustín” (personificado por el director de la compañía). La situación humorística nos sirve, de manera diagonal, para entender ciertas resistencias o incomodidades al menos –aún persistentes en la época– al proceso de “procerización” contemporánea:
AGUSTÍN: […]– Ya que tanto adivinas a qué no sabes de donde soy.
MILAGROS: Los espíritus me lo dirán…Coloque usted la mano sobre el esférico… (Con gran teatralidad) Espíritu de Júpiter, que caiga tu rayo sobre esta criatura y me enseñe su destino… ¿De dónde es este hombre?
NICANOR.– (Interior con voz sepulcral) De Cruz del Eje
AGUSTÍN.– ¡La pucha con la pitonisa!
MILAGROS.– Cómo se llama…
NICANOR.– Como un prócer de la patria
MILAGROS.– ¿San Martín?
NICANOR.– No…Agustín…
MILAGROS.– Perdona Júpiter, pero me había olvidado de los contemporáneos.
AGUSTÍN.– ¡Qué fenómeno![54]
Por otro lado, las renuencias al homenaje en vida precedían a los años treinta, y no sólo se expresaban en términos paródicos, sino que tomaban en muchas ocasiones la forma de la seriedad protocolaria. Intentando detener una pulsión que parecía cada vez más tentadora, el directorio de la Asociación de Boy Scouts, bajo la dirección de su “Jefe” Severo Toranzo –quien por otra parte no había carecido de múltiples banquetes en su honor en diversas esferas institucionales[55]– creería necesario reforzar las prohibiciones, en ese sentido, en relación con la imposición de nombres a las compañías y agrupaciones del movimiento. Así se haría conocer, a través de su órgano oficial, la norma que estipulaba que “en lo sucesivo no se daría nombres de personas vivas a las compañías scouts”[56]. Debemos reconocer que esto no se daba por sentado en otras ocasiones, incluso en otras instituciones que podría suponerse especialmente deseosas de evitar el “culto en vida”, como podemos verlo para el caso de los socialistas que no considerarían desacertado nominar a una de sus bibliotecas capitalinas con el nombre del escritor soviético “Máximo Gorki”.
Como solía suceder, la normativa había llegado a partir de la coyuntura que presentaba la casuística, cuando se producía un pedido por parte de alguno de los dirigentes locales. En este caso, el hecho referido no deja de tener su graciosa curiosidad, ya que –además de demostrarnos que cuando se desataba con más fuerza la postura negativa al homenaje en vida, era cuando se daba por fuera de los intereses directamente afectados– nos resulta muy interesante y especialmente revelador de las confusas relaciones entre las compañías salesianas y el directorio scout. Es el caso del Cardenal Juan Cagliero, discípulo de Juan Bosco y vicario de la Patagonia septentrional de su Orden, con cuyo nombre los salesianos habían pedido bautizar –en el año 1928– a una de sus compañías de Exploradores de don Bosco, las que formaban parte de la asociación.
Ante la solicitud al directorio, sus miembros rechazarían la nominación amparados en esa normativa que impedía dar nombres de personas vivas a las compañías. Era comprensible que si los dirigentes scouts “laicos” de las compañías directamente ligadas a la asociación habían esperado a las muertes de sus Jefes Scouts, como el “Perito” Moreno o de su primo, Tomás Santa Coloma, para dar sus nombres a algunas de sus compañías, se estableciera lo mismo para las compañías religiosas. Lo curioso –y casi risueño– del caso, como ya puede suponer algún conocedor de la historia de la Orden…, es que el Cardenal Cagliero ya había muerto en Roma en el año 1926 (¡!), con lo cual en una sesión posterior a aquella en la que había expresado su negativa, el Directorio en pleno se debió rectificar y finalmente autorizar el nombre mencionado para la compañía de Rawson, y luego para la de Viedma[57] (aunque con ello incumpliera –una vez más– otra propia regla acerca de que un nombre propio no podía ser usado para designar más que a una sola compañía).
Como vemos, más allá del paso de comedia en relación con el desconocimiento de la muerte del homenajeado, lo cierto es que una mirada puntual sobre esta decisión del Directorio, parecería dar cuenta de una estricta conciencia de la necesidad de evitar la posible banalidad del homenaje “en vida”, que tendía a colocar en un ámbito de excesiva influencia, a personas que todavía podían realizar acciones y cuyo sentido de referencia todavía permanecía, como ya hemos mencionado, “abierto”.
Sin embargo, como en toda dinámica institucional, las certidumbres de las normas podían verse enfrentadas recurrentemente a las mudanzas de la coyuntura política. Así, en 1944, provendría otra propuesta de nombre para una compañía que volvería a poner en una situación algo incómoda al Directorio scout. Sería la emanada desde localidad mendocina de Godoy Cruz, cuando su Presidente-Delegado, Pedro Arce, solicitara para su compañía la adopción como denominación –nada menos que– del nombre y apellido del general Pedro Pablo Ramírez, presidente de facto del país en esos mismos instantes.
Este pedido era realmente inédito y se encontraba en flagrante oposición a lo que señalaba el Reglamento para estos casos, ya que el mismo indicaba que, además de tener que ser un “prócer” o un “benefactor de la humanidad o del scoutismo”, el elegido para nominar a una agrupación debía estar ya fallecido, según –además de lo señalado en la reunión de 1928– dictaminaba el inciso K del artículo 6° de la reforma estatutaria del año 1935.
Frente a lo que señalaba la norma, sin embargo, en esta ocasión el Directorio demostraría palmariamente el inseparable alineamiento de la institución scout al Golpe de Estado de 1943 y, en especial, a su principal “hacedor”. En vez de rechazar in limine este pedido, como pretendían los miembros Basso y López Herrera (a pesar de señalar el primero que el presidente le merecía “el más alto concepto”, señalando incluso –con cierta candidez– que “el mismo Presidente se opondría a que no cumpliéramos lo estatuido”[58]), el director Staub propondría que el propio Reglamento fuera reformado para poder incluir ese nombre.
Quizás sin quererlo, el delegado de Godoy Cruz siguiendo la decisión de su propia mesa directiva local, había puesto en un inesperado dilema al Directorio: o aparecer como absolutamente “sumiso” frente al nuevo poder establecido, o aparecer como “ingrato” frente a un gobierno militar que le había sido especialmente solícito en sus demandas.
De hecho, el director Horacio Levene diría que habiendo sido el nombre adoptado “por aclamación de las personas constituidas en asamblea” y teniendo en cuenta “las consecuencias morales que una negativa pudiera acarrear”, debía aceptarse el nombre y no “aferrarse a la reglamentación, desde el momento que su transgresión no afecta ni lo moral ni lo orgánico”. Curiosamente, Levene señalaba que había que hacer eso, “haciendo prescindencia de ideologías”[59].
Así, la propuesta había logrado instaurar un precedente lastimoso no sólo para el respeto a las reglas, sino –aún peor en términos estratégicos– para la cohesión del Directorio, porque se había tenido que acudir al protocolo de votación nominal para decidir la cuestión, lo que en la lógica de cohesión interna resultaba negativo y sólo había sucedido en épocas de fuerte rispidez institucional y con consecuencias especialmente gravosas, amenazando incluso –en ocasiones– con la ruptura o división de la agrupación.
Así, para empeorar las cosas, el Directorio decidiría por la mínima diferencia de 4 votos (Benavídes, Staub, Levene y Vergelin) a 3 (Basso, Sáenz y López Herrera), desatender e infringir su propio reglamento, “increíblemente”, en aras del culto a un presidente de facto que llevaba menos de un semestre en el poder, y que por lo pronto además, duraría sólo unos pocos meses más en esa posición, al ser “obligado a renunciar” en febrero de 1944.
Todo este episodio no deja de llamar la atención, ya que lo que no había hecho la institución central por un Presidente de la Nación abiertamente “propio” como Agustín P. Justo (esto es, ponerle a una compañía su nombre en vida), sobre el que no habían faltado por otra parte los agasajos[60]; un solo Delegado local, es cierto que en extremo fervoroso, lo había conseguido para el general Ramírez, cuya referencia seguiría nominando a dicha Compañía incluso en tiempos del presidente Perón.
Quedaba explicitado, así, que los tiempos del “decoro” de la autonomía parecían haber pasado para la institución. La colocación de la foto de Ramírez, luego, en la sala de sesiones del Directorio y el intento de comprar una “foto escultura” de Farrell para regalársela parecen, sin dudas, ratificar esa afirmación[61]. A cambio, es cierto, la asociación recuperaría para el año 1944 el antiguo presupuesto de 50 mil pesos anuales que había sabido tener durante las más pródigas épocas radicales, cuando había sabido “llegar” a sus dos presidentes, Alvear e Yrigoyen, mediante el otorgamiento del título de “Presidentes honorarios”.
Sin embargo, más allá de ir contra los estatutos scouts, la práctica de imposición de nombres presidenciales en vida y aún más, en ejercicio, gozaba de una tradición previa, y no debía sorprender tanto a los contemporáneos.
Así, en el año 1939 se inauguraría en Chubut, el Pueblo Presidente Roberto Marcelino Ortiz (actualmente integrado como barrio dentro del trazado urbano de Comodoro Rivadavia), al aprobar el propio presidente la transformación en municipio de las viviendas que inicialmente los pobladores tenían a título precario en los terrenos de los talleres de los Ferrocarriles del Estado, a pocos kilómetros de la principal urbe petrolera de la zona. La importancia de la nominación bajo la advocación presidencial en la disputa con FFCC por la legitimación de los pedidos de oficialización del pueblo resulta clara a partir del relato del presidente de la Sociedad de Fomento Vecinal, el griego Juan Casocherachis, en carta enviada al Ministro de Obras Públicas Odría: “Llegando el día 27 de junio de 1939 en la Asamblea general tenida en tal fecha, por unanimidad se designó a esta población con el nombre del Excmo. Señor Presidente de la Nación Argentina Doctor Roberto M. Ortiz, ya que no tenía nombre, siendo kilómetro 5 para marcar los kilómetros de la vía y no era nombre de pueblo”[62].
Sin embargo, de la misma manera que con los scouts, la premura por la imposición de la nominación de una persona en vida y en ejercicio de la presidencia que daría buenos frutos iniciales, no siempre parece haberle jugado a favor a la localidad que –ante los cambios de viento políticos producidos luego de la renuncia por enfermedad y luego muerte de Ortiz– debió cargar con un nombre ante el que las nuevas autoridades de primacía conservadora no resultarían tan afectas. Con el presidente todavía vivo, pero ya muy enfermo, el representante vecinal daría cuenta de esta situación frente al nuevo Ministro del Interior, ya designado por el Presidente Castillo, Miguel Culaciati (un antipersonalista “pasado” a las nuevas huestes), explicando los efectos de la persecución política que había suscitado la cercanía a Ortiz e intentando, a la vez, desligarse parcialmente de una excesiva identificación política de los destinos del pueblo con los del presidente ahora “caído en desgracia”:
¿Qué hace la Policía local que no castiga todo el mal? Esos son odios políticos porque intervino S.E. el Señor Presidente de la Nación Roberto Ortiz, para librar a este pueblo de una verdadera esclavitud. Por eso le hicimos un pequeño homenaje en señal de agradecimiento como podía habérsele hecho a cualquier otro Presidente en un caso semejante. Ninguno de nosotros conoce personalmente al Excmo. Señor Presidente de la Nación. No le pedimos altos cargos para ganar dinero, le pedimos justicia, como ahora la pedimos a V.E; así como mencionamos más arriba, nosotros pobres trabajadores, hemos levantado un mástil haciendo así un honor a la Patria y designándolo con el nombre del Excmo. Señor Presidente de la Nación Dr. Don Roberto M. Ortiz, ya que esta población carecía de nombre y el que tratan de deshacer por todos los medios[63].
Así, las intrincadas derivas políticas operaron en pocos años una “transmutación” en el sentido que se asignaba a la figura de Ortiz, que lo volverían un símbolo de la oposición al fraude, primero en vida, y de la resistencia democrática contra el golpe de 1943 después. Como potentemente lo expresaría Félix Luna en sus recuerdos de infancia y temprana adolescencia en el ámbito de una familia radical: “El gordo fraudulento de quinto grado primario era, a la altura de mi segundo año nacional, un digno ciudadano cuya renuncia apesadumbraba y cuya muerte llenó de tristeza mi casa”[64].
Sin embargo ante el fracaso de las apuestas políticas que su figura encarnó y por su posterior ubicación en una especie de “limbo” de difícil reivindicación, se daría la paradoja que para el impulsor de la Comisión Nacional de Monumentos, la transmutación estatutaria no fuera –hasta donde hemos podido indagar– posible (salvo como uno más, dentro de los bustos presidenciales realizados en la Casa Rosada). Por otro lado, tampoco la nominación urbanística porteña fue generosa con él, asignándole el nombre de una calle de unas pocas cuadras, al costado del cementerio de la Recoleta, frente a la reconocida avenida con que se homenajeó a su compañero de fórmula, sucesor y ulterior némesis, Ramón S. Castillo[65].
Esos mismos cambios políticos y la tentación de crear reglamentación ad hoc para evitar otorgar homenajes y luego burlarla con el fin de cambiar al homenajeado por otro que se encontraba en las mismas condiciones formales que le impedirían acceder a la misma consagración, puede verse también en los casos de los “fallecidos recientes”. Quizás pocos ejemplos expliciten este tipo de mutaciones, dadas en pocos años, como la historia de la resolución de cambio de nombre para el boulevard Constitución de la ciudad de Mar del Plata que detallaremos a continuación.
En 1928, en el clima de homenaje automático post-mortem[66] que el socialismo llevaría a cabo ante la muerte de Juan B. Justo, su más importante líder[67], y en sintonía con la instantánea muestra de veneración del intendente Teodoro Bronzini a dicha figura[68], los ediles municipales del Partido de General Pueyrredón llevarían al Concejo Deliberante –sin dejar de intuir las oposiciones posibles[69]– la propuesta de trocar el nombre de la avenida Constitución por el del líder muerto ese mismo año.
Esta iniciativa contaría con la férrea oposición de la Comisión de Legislación, la que, para evitar la realización del mismo, no se contentaría con la mera oposición coyuntural, sino que doblaría la apuesta presentando un proyecto por el cual se impedía la realización de homenajes mediante la designación de calles con el nombre de personalidades que llevaran menos de cinco años fallecidas, teniendo que esperarse el paso de ese lapso para que dichas iniciativas pudieran ser tratadas por el Concejo Deliberante. El proyecto sería aprobado y los socialistas no podrían ver consumado su homenaje[70]. El Golpe del 6 de septiembre de 1930 con la cancelación de las actividades legislativas y el entronizamiento de un gobierno militar poco simpático a la figura de Justo parecía posponer sine die la posibilidad que habían imaginado los socialistas marplatenses.
Sin embargo, de manera interesante, una vez retomada la actividad legislativa a partir de la “normalización” institucional, los socialistas se enterarían con asombro –luego de transcurrida la sesión del 12 de mayo de 1932, unas de las tantas de las que no participarían “en ausencia con aviso”– del cariz que tendrían, en ese ámbito, los homenajes dados al recientemente fallecido general José Félix Uriburu. En efecto, luego de iniciar la labor parlamentaria, el presidente del cuerpo deliberativo municipal, Eliseo Parada, definiría al homenajeado como un “ilustre argentino” que supo honrar al país, dirigiéndolo, “con elevado desinterés y ejemplar patriotismo”[71] y pediría el consabido homenaje de pie que sería acatado por la unanimidad del oficialismo concordancista allí presente (ante la ausencia también de radicales a causa de la abstención).
Pero lo que más llamaría la atención de esa sesión sería la votación favorable –siguiendo la indicación del comisionado Antonio Vignolo– de imponer, nada menos que a la calle Constitución –la misma que habían querido los socialistas para Justo– el nombre de “Uriburu”[72]. Indudablemente más allá de la urgencia del pedido del comisionado, que obligaría a tratar “sobre tablas” la cuestión, a nadie se le escapaba que la decisión misma contradecía flagrantemente la normativa vigente –votada cuatro años antes– sobre la imposibilidad de nominar las calles con nombres de fallecidos recientes. Sin embargo, el concejal Federico Rodríguez Etcheto no dudaría en proponer dicha nominación, “no obstante la ordenanza del 26 de julio de 1928”, y en atención al “caso excepcional y a mérito de los importantes servicios prestados al país por el ilustre militar fallecido[73]”. La propuesta sería votada por unanimidad y el antiguo boulevard Constitución cambiaría su nombre por el del General fallecido, quien además contaría con una placa de bronce en su honor, costeada por la Municipalidad.
Con todo, sabemos, la historia –como el fútbol– sabe en ocasiones dar revanchas. Pasados los años, los socialistas –y Bronzini especialmente– volverían al poder gracias a elecciones libres, la calle Uriburu volvería a cambiar su nombre y “el maestro” Justo terminaría convirtiéndose –al menos nominativamente– en una reconocidísima avenida marplatense, asociada a la venta de pulóveres.
Debates sobre la banalización de la proceridad moderna
De cualquier manera, estos procesos de proceridad en vida, dados en el período de entreguerras, no resultaron únicamente monopolio de los presidentes, y ni siquiera estaba reducido a dirigentes políticos, militares o eclesiásticos. Como ha señalado Maurice Agulhon para el fenómeno estatutario[74], en el caso nominativo y de homenajes también un verdadero giro “ideológico” se acentuaría en esas fechas, incluyendo la promoción de actividades que antes parecían “no estar a la altura” de los homenajes más destacables. Entre ellos, los artistas que se comenzarían a repartir con los propios dirigentes políticos los roles de homenajeados y homenajeantes
Así, en 1927, el presidente Alvear recibía el formal homenaje de los artistas plásticos que reconocían en él, no solo a un presidente encargado “de realizar una alta misión encuadrada dentro de los altos deberes pertinentes a su cargo”, sino alguien con “un sentido preciso para evaluar las obras plásticas”[75]. En contraprestación, los legisladores nacionales se encargarían de homenajear a los artistas en diversas ramas de la creación, muchos de ellos ligados con la cultura de masas surgente[76].
Pero no sólo serán artistas los cada vez más recurrentemente “homenajeados” de esta época. Exploradores y deportistas cumplirán un lugar también destacado[77]. De esta manera, ciertas personalidades irían agigantando su figura en niveles que no dejarían de indignar a aquellos acostumbrados a la reivindicación de otro tipo de valores que promovían una modernidad y un progreso más productivo y menos “espectacular”, como vimos en la reacción de Onelli mencionada en el prólogo de este libro con respecto de la disyuntiva Napp-Firpo.
Pero no sólo los boxeadores, por la popularidad del deporte, serían homenajeados en instancias formales e informales. Otras actividades que usualmente convocaban menos espectadores también se sentirían abrazadas por la pulsión de “proceridad plebeya”. Podemos ver lo dicho para el caso de la natación.
El 25 de febrero de 1923 se constituía en la ciudad de Santa Fe, el Comité de Homenaje al campeón de permanencia en el agua, Pedro Candioti, bajo la promoción del Club Colón y con la dirección de su presidente, Leónidas Leguizamón, futuro intendente municipal. Toda la política y la institucionalidad estatal se darían cita a tal objeto, a través de un representante del gobernador, el entonces intendente Pedro Gómez Cello, el presidente del Concejo Deliberante, el jefe de policía y el titular del Regimiento N° 12. Estas figuras convivirían con el mundo de la “opinión pública” (representada por el director del diario El Litoral y un periodista de La Época), el del “empresariado” (en la figura del representante de la Bolsa de Comercio), el del trabajo (a través del Centro de Empleados) y de diversos ámbitos sociales y culturales (como la Sociedad Cosmopolita y la Biblioteca “Mitre”). La tercera pata que no podía faltar en el homenaje sería la deportiva, llamando la atención la pluralidad de actividades que se mancomunaban para rendir honores a un nadador como Candioti: el Lawn Tennis, el Rowing Club, el Regatas, el Aero Club, el Automóvil Club provincial, la asociación dedicada al Ciclismo, además de los múltiples Clubes locales (Brown, Gimnasia y Esgrima, Unión, Peñarol, Nacional, Central Argentino, Tráfico Central Norte) se unificaban en las loas al prodigio provincial[78].
Ocho años después, al reconquistar el record de permanencia, Candioti era recibido en Santa Fe, con la misma algarabía. La nueva comisión de Homenaje conseguiría el apoyo del Intendente y del Jefe de Policía, quienes garantizaban la participación de la Banda policial, el cierre del tráfico y el embanderamiento de las calles. En este caso, el protagonismo institucional lo tendrían el Club Gimnasia y Esgrima y el Tiro Federal[79].
De la misma manera en que lo hemos señalado para el caso de los aviadores, el carácter épico de la hazaña de Candioti se llegaba a demostrar digna incluso en términos del más consagrado pasado patrio. En un poema en su honor, Alfonso Durán llegaba a escribir que: “Los héroes que nos dieron la libertad, la patria y la bandera, también allá en la Gloria te aplaudieron, y al mirar tus esfuerzos peregrinos, entre celeste gozo se dijeron: ‘He ahí los argentinos’”[80].
Indudablemente, con las distancias dadas por la retórica de la época, estas frases admirativas sobre “simples” deportistas no resultan extrañas a la sensibilidad actual, en la que la “proceridad” y “divinización” de dichos actores sociales está presente en nuestra épica cotidiana. Sin embargo, resultaban novedosas para una opinión pública todavía tensada entre esos “nuevos héroes” y los valores patrióticos más “tradicionales” que difundía –todavía entonces con fuerza– la escuela.
Conclusión
El 11 junio de 1952, en una declaración que volvería a refrendar una semana después, el Bloque Parlamentario Nacional de la Unión Cívica Radical emitía un claro posicionamiento en el que expresaba su “acción contraria, a toda manifestación destinada a rendir homenajes en vida, a los funcionarios públicos y a sus familiares”[81]. Dada un mes antes de la muerte de Eva Perón, hecho que significaría un antes y un después en la sacralidad laica del peronismo, esta toma de postura iba claramente dirigida a oponerse a las prodigalidades ponderativas con que el oficialismo en el Ejecutivo beneficiaba –desde instituciones estatales– a sus propias figuras dirigenciales.
La declaración citada de los legisladores radicales combina bien con una imagen construida y mantenida durante años –incluso hasta la actualidad– acerca de la característica “fundacional” que habría tenido el peronismo en relación con la dinámica de construcción de proceridad y la realización de “homenajes en vida” de sus principales referentes.
Podemos, en efecto, pensar en la posible “disruptividad” de grado que significaron los homenajes “en vida” a Juan Domingo Perón y a Eva Perón. Bastaría recordar la nominación, en plena gestión justicialista, de las nacientes provincias del Chaco y La Pampa con los nombres del matrimonio[82]. En el caso puntual de Evita, la militancia de algunos científicos y funcionarios del sistema universitario público llevaría la devoción nominativa, incluso, a límites extra-terrestres, con el bautismo de “pequeños planetas” en su honor[83]. Como era dable esperar, los opositores contemporáneos registraron esas veneraciones laicas bajo una sensación particularmente agobiante[84].
Sin embargo, por fuera de lo mencionado, esperamos haber podido demostrar, con este trabajo, que dichas “apoteosis” de los líderes no surgieron ni ex nihilo, ni a partir de una mera importación del “culto de la personalidad de ultramar”, sino que se encontraban –más allá de sus posibles estridencias– dentro de las previsibles derivas de una tradición de “proceridad contemporánea” que llevaba más de un largo siglo de marchas y contramarchas en nuestra experiencia republicana. En ese proceso, el período de entreguerras suscitó ciertas innovaciones tanto “políticas” como “ideológicas” –siguiendo a Agulhon– en las estrategias de nominación y proceridad contemporáneas, que permitieron bosquejar las evoluciones futuras de los regímenes de celebración y veneración.
Finalmente, y por otro lado, en la dinámica política, ni Rosas pudo “encarnarse” en el Famatina, ni Mitre pudo “mantener” Arrecifes. De la misma manera, José Félix Uriburu “dejó de ser” Zárate y Perón y Evita “ya no son más” provincias. La diferencia es que algunos de ellos volvieron a reencarnar sus nombres, años después, en formato de múltiples calles, avenidas, autopistas, barrios y ciudades, y a otros se les fue dificultando crecientemente la pervivencia nominativa, más allá de ciertas inesperadas perduraciones[85].
Por otro lado, con el paso del tiempo, nuevos nombres aparecieron tanto desde la contemporaneidad como desde el pasado, a partir de la mudanza, también, de ciertos paradigmas de “heroicidad”. Ni la vida, ni la muerte, en ese sentido, aseguran o vedan inexorablemente el destino de los nombres de las personas en posibles encarnaciones simbólicas.
- Como señalan Fradkin y Gelman, luego de la batalla de Caseros, la visión de la Generación del 37 acerca del rosismo, entendido como el paradigma del gobierno de “la barbarie rural, la violencia, la arbitrariedad y el desconocimiento de toda legalidad”, se volvería “un canon que parecía por el momento indiscutible”. Fradkin, Raúl O. y Jorge Gelman, Juan Manuel de Rosas. La construcción de un paradigma político, Buenos Aires, Edhasa, 2021, p. 13.↵
- Así, Sarmiento escribiría en el más célebre de sus textos: “Por eso hemos visto en nuestros días, repetirse las extravagancias de Calígula, que se hacía adorar como Dios y asociaba al Imperio, su caballo. Calígula sabía que era él el último de los romanos, a quienes tenía, no obstante, bajo su pie. Facundo se daba aires de inspirado, de adivino, para suplir a su incapacidad natural de influir sobre los ánimos. Rosas se hacía adorar en los templos y tirar su retrato por las calles, en un carro, a que iban uncidos generales y señoras, para crearse el prestigio que echaba de menos”. Sarmiento, Domingo F., Facundo, o, Civilización o Barbarie, Buenos Aires, Biblioteca del Congreso, 2018, p. 206. Alejandro Dumas, el autor de Los tres mosqueteros, sería uno de los autores encargado de presentar a Rosas incluso bajo relieves aún más desfavorables que la de los más sangrientos emperadores romanos: “Aquello que no osó soñar ningún tirano, aquello que no se le ocurrió a Nerón ni a Domiciano, Rosas lo ejecutó”. Dumas, Alejandro, Montevideo ou une nouvelle Troie, París, Imprimerie Central de Napoléon Chaix et Cie., 1850, pp. 59. Por último podemos citar a José Rivera Indarte quien en su Rosas y sus opositores (Montevideo, Imprenta del Nacional, 1843) señalaba que “tiranos espantosos como Rosas, continuadores de Nerón, Calígula, Caracala, son enemigos declarados del género humano” (p. 2.) ↵
- Así, Juana Manso, en su novela de exilio, Los misterios del Plata, que circularía primeramente en forma de folletín en territorio brasileño, condenaba al describir la casa de Rosas, el hecho que esta estuviera llamada “del Restaurador”, precisamente en su honor, “porque tal es el pomposo título que Rosas se dá asi mismo (sic) y que se hizo decretar por la llamada Junta de Representantes del infeliz pueblo: Restaurador de las Leyes!!!”. Manso, Juana, Los misterios del Plata, Buenos Aires, Buenos Aires, Tomassi, 1899, p. 99.↵
- Así, en un momento especialmente turbulento para la política, el presidente Carlos Pellegrini diría frente al Congreso de la Nación, que lo que el país necesitaba no eran “Restauradores más o menos ilustres, que invocando leyes, libertades y principios, empiezan por incitar la anarquía y la violencia y acaban, cuando triunfan, por suprimir todo gobierno regular y reemplazarlo por su imperio personal y despótico, sino ciudadanos constantes en el ejercicio de los derechos políticos”. “Discurso de apertura de sesiones de Carlos Pellegrini del 24 de mayo de 1892”. Digitalizado del original en Dossier Legislativo, Biblioteca del Congreso, VII, 171, abril 2019, p. 11 de la versión facsimilar.↵
- Así, acordará en La tradición nacional [1888] que tanto Rosas como Nerón fueron dos productos del “alienismo histórico”, emparentándolos en su perversidad. González, Joaquín V., La tradición nacional, Gonnet, UNIPE, 2015, pp. 239-242. Presentación de Darío Pulfer.↵
- González, Joaquín V., “Meditaciones históricas”, Obras completas, Buenos Aires, UNLP, 1936, Vol. XXII, p. 173. ↵
- Ibídem, p. 170.↵
- Ibídem, p. 172.↵
- Inicialmente Rosas había rechazado la propuesta de poner su efigie en las monedas acuñadas en La Rioja, aunque ya para 1838 llevaban la leyenda “Eterno loor al restaurador Rosas”; hasta que finalmente, en 1842, aparentemente sin la anuencia de Rosas, sí aparecería el busto de Rosas en las piezas de 2 reales de plata y de 2 pesos de oro. Seguimos aquí a: Santacreu Soler, José Miguel, “Unidad monetaria, vertebración territorial y conformación nacional: el caso de la República Argentina”, Anales de Historia Contemporánea, 20, 2004, pp. 449-450.↵
- Ver en ese sentido, Blasco, María Élida, “El legado mitrista. Museos, monumentos y manifestaciones en homenaje en la construcción del prócer Bartolomé Mitre”, Prohistoria, 24, 2015, pp. 123-153.↵
- Citado en: De Vedia, Joaquín, “Mitre”, Cómo los vi yo, Buenos Aires, Manuel Gleizer, 1922, p. 20.↵
- Así, puede citarse como fundamento de lo dicho, las palabras de, nada menos, que el dictador José Félix Uriburu, quien poco antes de morir recordaría la admiración que profesaba “de muchacho” a dicho personaje: “Muchas veces seguía yo por la calle al general Mitre; y lo seguía cuadras y cuadras en una especie de éxtasis admirativo, de un fervor como si fuera religioso. Claro que era una admiración inconsciente”. Espigares Moreno, J., Lo que me dijo el Gral. Uriburu, Buenos Aires, edición del autor, 1933, p. 121.↵
- Condoleo, Sandra, “Una nota sobre la industria en Barracas”, en: AAVV, Barracas. Esencia de Barrio Porteño, Buenos Aires, DGPIH, 2015, p. 116.↵
- Moyano, Julio Eduardo, “La publicidad de productos tabáquicos. El primer auge de la industria publicitaria argentina del siglo XX”, Revista Internacional de Historia de la Comunicación, 14, 2020, pp. 104-105. Más allá de los mencionados por Moyano, por nuestra parte hemos encontrado otros ejemplos de “procerizados en vida” por las marquillas, gracias al Catálogo de Fabricantes de Cigarillos en la Argentina www.cpcca.com.ar Ellos son: Carlos Pellegrini (por la Compañía de Avelino Molina) y Roque Sáenz Peña (por la compañía Hebequer y Berenguer).↵
- Ídem.↵
- Así, Justo diría en una de sus conferencias sobre “la moneda” (de 1903): “Como cualquier otro signo o símbolo, el papel moneda no sirve sino en la medida en que tiene algo que simbolizar; el oro del encaje que lo garantiza o los valores para cuya circulación sirve. Y así como formidables leones no asustan a nadie en el escudo de una nación corrompida, ignorante y pobre, ni el emblema de las manos entrelazadas inspira confianza en un país cuya política es toda de fraude y de revuelta, el papel moneda emitido en exceso es redundante, no consigue representar un nuevo valor, y se agrega simplemente al papel ya existente para diluir en la masa común la misma cantidad de valor representada antes, o menos aún”. Justo, Juan B., La Moneda, Buenos Aires, La Vanguardia, 1928, p. 28.↵
- Esa autopercepción sería canonizada por José Nicolás Matienzo en su homenaje a Alberdi, al señalar: “nuestros deberes no han concluido cuando hemos rendido el merecido culto a los autores de la independencia. Necesitamos también hacer justicia a los autores de la organización del país. Si los que protegieron la cuna del pueblo argentino merecen bien de la posteridad, los que cuidaron después la salud y la educación del recién nacido para dotarle de una constitución física y moral que le permitiera afrontar con éxito la lucha por la vida, ellos también son dignos de nuestra gratitud más profunda”. Conferencia dada en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, por el Decano de la misma, Prof. Dr. José Nicolás Matienzo, celebrando el centenario del nacimiento del Dr. Juan Bautista Alberdi (1910).↵
- Columba, Ramón, El Congreso que yo he visto, Buenos Aires, Editorial Columba, 1978, p. 116.↵
- Como se ha señalado: “como sabemos, las proyecciones se extenderán a coyunturas posteriores, cuando reaparezca el fantasma al que podía conducir el ejercicio de la soberanía popular si se disponía a dotar de fuertes poderes a una autoridad unipersonal abierta a encarnar la representación del cuerpo político como un todo. Sobre ese fantasma advirtió, por ejemplo, José Nicolás Matienzo […] en vísperas de las primeras elecciones presidenciales bajo la reforma electoral sancionada en 1912: ‘Un plebiscito dio a Luis Napoleón el imperio en Francia, como poco antes un plebiscito había dado la suma del poder público a Rosas en la provincia de Buenos Aires’[…] Con el triunfo de Hipólito Irigoyen, los grupos que se vieron desplazados del poder creían confirmar aquella advertencia y recurrieron, una y otra vez, a la comparación entre el estilo de liderazgo del flamante presidente y el Restaurador de las Leyes”. Ternavasio, Marcela, “Rosas y el rosismo: lecturas sobre la república plebiscitaria”, Estudios, 45, enero-junio de 2021, p. 94.↵
- IV Memoria de la Comisión Nacional de Casas Baratas, Buenos Aires, Quaglio Hnos., 1922, p. 29. El barrio que se preveía construir posteriormente también tendría nombre de una persona viva, en este caso, de Marcelo T. de Alvear, quien había sido el primer presidente de la Comisión. Como curiosa contrapartida, una vez construido, el barrio se seguiría nominando así, incluso en las memorias publicadas durante el uriburismo que lo había proscripto y durante el justismo que lo encarcelaría.↵
- Proyectos de ley contra la tiranía de Julio A. Costa, en expedientes 229-D-1917, 3911_2-D-1919, 528-D-1921, 727-D-1921 y de Edgardo Míguez y Matías Sánchez Sorondo en 416-D-1922. Digitalizados en Archivo Parlamentario.↵
- Debajo de una caricatura de Juan Carlos Blanco a Belisario Roldán, se extendía la siguiente cuarteta: “Prototipo del hombre inteligente, brilló como ministro y en el foro; es constitucional muy consecuente, y un orador tan bueno, que la gente, le llama pico de oro”. Caras y Caretas, 20 de julio de 1890. Estas habilidades serían reconocidas, luego, en el recuerdo de uno de los directores de la revista Nosotros, quien reconocía en Roldán a un orador “asombroso cuando desengarzaba el collar de su elocuencia”. Giusti, Roberto F., Visto y vivido, Buenos Aires, Losada, 1956, p. 95.↵
- Roldán, Belisario, “En honor del Dr. Drago”, Discursos completos, Buenos Aires, Casa editora “Sarmiento”, s/f, p. 58.↵
- Ídem.↵
- Ibídem, p. 59.↵
- Gache, Roberto, “El banquete”, Glosario de la farsa urbana, Buenos Aires, “Buenos Aires” y Agencia General de Librería y Publicaciones, 1919, p. 53.↵
- Por un recuerdo de la convocatoria que tenía entre bohemios y literatos dicha cervecería, con centralidad en la figura de Rubén Darío, ver “Las viejas noches del Aue’s Keller” en: García Jiménez, Francisco, Memorias y fantasmas de Buenos Aires, Buenos Aires, Corregidor, 1994, pp. 171-178.↵
- Castillo, Héctor, “Elegía del Aue´s Keller”, Martin Fierro, junio-julio 1924, p. 1.↵
- Podemos ver este sentido de emulación en las palabras del diputado Adrián Escobar en su proyecto de ley para erigir el monumento recordatorio al almirante Guillermo Brown en la isla Martín García: “Honrando la memoria del gran almirante, nos honramos nosotros mismos, mostrándonos dignos de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados para constituir nuestra Nación”. Ideas de gobierno y política activa, Buenos Aires, Gleizer, 1938, p. 188.↵
- De allí que, en dichos eventos, pudiera campear la elucubración contra-fáctica en relación con los posicionamientos que hubieran adquirido –de estar vivos– los homenajeados. Quizás una de las más audaces interpretaciones en ese sentido, la haya dado el gobernador bonaerense Manuel Fresco, al intentar legitimar, con la figura de Sarmiento, en una de las tantas conmemoraciones escolares, la instalación de la educación religiosa dentro de las escuelas públicas bonaerenses. Así, Fresco, diría: “El racionalismo liberal hasta ha [sic] poco imperante en los núcleos del pensamiento argentino, se ha empeñado en presentárnoslo como un adalid de las ideas contrarias a los principios cristianos […] Pero la verdad es otra; y es el mismo Sarmiento el que va a probarla con el más rotundo desmentido a las afirmaciones en boga”. Fresco, Manuel A., “La personalidad de Sarmiento”, Revista de Educación, 1937, n° 2, p. 3.↵
- Citado en: Devés, Magalí, Guillermo Facio Hebequer, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2020, p. 17. Al igual que en lo arriba mencionado, Devés mostraría las múltiples variaciones que sobre la figura del artista se extenderían a partir de los homenajes póstumos. ↵
- S/A, “Bernardino Rivadavia espera todavía el monumento que lo recuerde a la posteridad”, La Vanguardia, 21 de abril de 1928, p. 2.↵
- Citado en: Antología patriótica, Buenos Aires, Lajouane, 1911, p. 253.↵
- Giusti, R. F., p. 212. Si la posteridad no parece, aparentemente hasta ahora y hasta donde tenemos registrado, haber cumplido con el velado deseo del profesor, en relación con la nominación de una calle, al menos lo ha resarcido, a la década siguiente de su muerte, con el nombre de un colegio secundario en la localidad de Martínez, provincia de Buenos Aires.↵
- Ese homenaje, que incluía además a Emil von Behring, era conceptuado por el concejal de Salud Pública como el “siempre-viva espiritual que la historia depositará como ofrenda agradecida a la ciencia, la bondad y el sentimiento de amor al linaje”. VTHCDBA, 17 de noviembre de 1933, p. 3391.↵
- AAVV, “Nuestro homenaje a Anatole France”, Martín Fierro, Noviembre de 1924, p. 2.↵
- Según se ha señalado: “Si al principio las imágenes se plasmaban directamente en el cuerpo del individuo, después aparecieron de manera independiente al lado de éste, exhortando a la comparación de cuerpos, para finalmente tomar el lugar del cuerpo. En esta sustitución había intenciones ya sea de transformar o duplicar un cuerpo. El cuerpo en imagen no sólo debía demostrar esta igualdad fundamental, pues en primer término había sido fabricado en búsqueda de esta analogía, por lo que no podía ser similar a nada más que al cuerpo”. Belting, Hans, Antropología de la imagen, Buenos Aires/Madrid, Katz Editores, 2007, p. 184.↵
- Para el seguimiento de un caso de este tenor, ver: Agulhon, Maurice, “Una aportación al recuerdo de Jean Jaurès: los monumentos de las plazas”, Historia vagabunda. Etnología y política en la Francia contemporánea, México, Instituto Mora, 1994, pp. 162-178.↵
- Como se ha señalado, la utilización de un muñeco de mimbre y cera para representar al rey, una vez fallecido, “por su condición de materialidad no efímera, no corruptible, permitía una ceremonia diferente, mucho más dilatada en el tiempo y sofisticada que la que pudiera haberse realizado con el cuerpo del difunto presente. El simulacro cobraba por tanto una importancia muy superior a la del propio cuerpo real ya muerto”. López de Munain, Gorka, “Las imágenes postmortem del poder: el lecho fúnebre como escenario político”, IX Jornadas de Sociología, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, 2015, p. 12.↵
- El título con que se designaba el folleto que traía el discurso de Palacios mencionado, no puede ser más claro con respecto de la estrategia de “transmutación” de la materialidad hacia el símbolo: El pueblo argentino ha perdido un hombre pero ha conquistado una bandera, Buenos Aires, Ateneo Esteban Echeverría, s/f. ↵
- Para los tres casos señalados, ver respectivamente los expedientes 75-d-1883, 9-s-1894 y 517-p-1909. Archivo Parlamentario.↵
- A diferencia de la de Pellegrini en la Capital Federal, dicha estatua, en la ciudad de La Plata, se comenzaría a levantar recién tres décadas después, bajo la gestión fresquista. “Discurso pronunciado por el senador Nacional Don Antonio Santamarina, presidente de la Comisión Pro Monumento al General Bartolomé Mitre, en el acto de la colocación de la piedra fundamental, en la ciudad de La Plata, el día 23 de septiembre de 1937”. Memoria del ministerio de gobierno. Provincia de Buenos Aires, 1 de mayo de 1937-30 de abril de 1938, La Plata, Taller de Impresiones Oficiales, 1938 pp. 266-269.↵
- Senet, R., La derrota del genio, Buenos Aires, La Baskonia, 1914.↵
- Ibídem, p. 5.↵
- Ídem. El autor del libro seguramente no acordaba con su personaje, en tanto ya 7 años antes de publicar su obra, sería el orador en un homenaje que en vida el Centro de Fomento de La Plata y Provincia acordara al Dr. Dardo Rocha, dentro de los festejos del 25 aniversario de la fundación de La Plata. Discurso recopilado en Medio siglo de acción en pro de la cultura argentina, Buenos Aires, Porter Hnos, 1937, p. 7.↵
- Así, continuando con el tono sorprendente de su propuesta, el profesor Frenio exigía la erección de un monumento para Aristóteles, que había demostrado resistir “como roca arcaica los embates del oleaje embravecido de la crítica”. Este homenaje –pensando también en el largo plazo– debía hacerse “en rocas compactas” –él proponía el monte como el Olimpo– y no “en metales susceptibles de descomponerse a la intemperie”. Finalmente, para agudizar el efecto polémico y disparatado, el personaje propondría que no debería hacerse una estatua de su cuerpo o rostro, sino de su cerebro, ya que en un futuro las masas podrían “admirar en ese género de monumentos, gracias a un desarrollo o disposición determinada del centro de Broca, por ejemplo, la mayor o menor aptitud de articulación”, y así, “la muchedumbre leerá la biografía, en las circunvoluciones cerebrales del gran hombre”. Idem, pp. 8 y 9.↵
- Por ejemplo, el Ricardo Güiraldes de sus primeras obras ironizaría en “Carnaval de Inmortales” [1914], con una postura de sorna herética, sobre esos “genios de la Humanidad” (entre los que incluía, además, seguramente para tensar el tono paródico, a Juan Moreira). Allí, el protagonista –luego de sobrepasar un portal de CULTUS INMORTALIS en el marco de una experiencia onírica– se mofaría de personajes sobresalientes de la historia como Wagner, Beethoven, el Dante, Napoleón, e incluso de San Martín, describiéndolos como “flamencos imbéciles, pomposamente investidos de genio” y definiendo a ese séquito de “grandes inmortales” como una “caravana de (…) aparatosos idiotas” a los que imaginaba ver cantar en son de murga: “Somos los genios consagrados por la humanidad. Todo mortal nos admira, encomia, reproduce e imita…”. En: Güiraldes, Ricardo, El Cencerro de cristal, Buenos Aires, Interzona, 2016, pp. 86 y 89, respectivamente.↵
- VTHCDCBA, 19 de diciembre de 1933, p. 3998.↵
- Pensemos, por el contrario, que en la Antigua Roma resultaba una práctica común la realización de estatuas en el ámbito público destinadas a la exaltación de personas vivas. No sólo la de los emperadores, en muchos casos “divinizados”, sino también otras costeadas en general por otros ciudadanos interesados en dicho homenaje, a causa del vínculo que establecían con el homenajeado. Así, “la erección de estatuas honoríficas de personajes ilustres en lugares públicos como el Foro, el Comicio, los Rostra o determinados templos, por iniciativa del estado, de descendientes de los homenajeados o incluso de estos mismos, era una costumbre admitida en Roma al menos desde los siglos IV-III a. C.”. Simón, Francisco Marco y Francisco Pina Polo, “Mario Gratidiano, los compita y la religiosidad popular a fines de la república”, Klio, 82, 1, 2000, p. 158. Así, vemos que “los escritores republicanos e imperiales [romanos] enfatizarían a menudo el alto honor que significaba para un ciudadano, el ser homenajeado con una estatua en los Rostra”. Bauer, Franz Alto, Stadt, Platz und Denkmal in der Spätantike, Mainz, Philpp von Zabern, 1996, p. 73. En todos los casos de obras citadas en otro idioma, traducción A. B.↵
- Esto puede verse a través de la ficción, mediante el cuento –paródico y lleno de ironía– de Enrique Anderson Imbert, titulado “Un bautizo en los tiempos de Justo”, en donde el nombre de “Francisco” como expresión del santoral podía convertirse –según quien lo interpretara– en una no deseada promoción ideológico-política, tal como puede verse en este diálogo de una pareja gallega: “Siempre tranquila, Felisa agregó: –Le pondremos, además de Federico, por vos, el nombre de su santo: Francisco. –Pero ¿estás loca? ¿No has oído lo que te he dicho? Que no. ¿Oyes? Que no. Bueno está eso: Federico Francisco Ferreira Fernández ¿Por qué no agregas un Fabio o un Filiberto a tu colección de efes, Felisa? ¿Lo vas a hacer también feo, falso, furioso, frío y fantástico? ¡Francisco! ¿Como Franco, el asesino de Ferrol? Nada. No habrá bautizo. Se acabó”. Anderson Imbert, Enrique, La sandía y otros cuentos, Buenos Aires, Galerna, 1969, p. 165.↵
- Ver: Storchi, Simona, “Mussolini as monument: the equestrian statue of Duce at the Littoriale Stadium in Bologna”, en: Gundle, Sthephen, Christopher Duggan y Giuliana Pieri, The cult of the Duce. Mussolini and the Italians, Manchester/New York, Manchester University Press, 2013, pp. 193-208.↵
- “La llamó la cofa de Sleet, en honor a sí mismo; al ser el inventor original y patentador, y libre de una falsa modestia totalmente ridícula, y teniendo en cuenta que si llamamos a nuestros propios hijos con nuestros propios nombres (nosotros, sus padres somos sus inventores originales y patentadores), de la misma manera deberíamos denominar como nosotros mismos a cualquier aparato que hayamos concebido”. Melville, Herman, “Moby Dick” [1851] en Redburn, White-Jacket, Moby Dick, New York, The Library of America, 1983, p. 959. Claro está que, mientras Melville se refería a actos “privados” de nominación, en el caso de Manuel Fresco se pondría en cuestionamiento la atribución de la “paternidad” de la obra, siendo él “solamente” un funcionario público. ↵
- Aunque ya existentes como continuadoras de los sainetes políticos, las “revistas de actualidad política” gozarían de un impensado boom con posterioridad del golpe de estada a partir de obras como Gran Manicomio Nacional de Bayón Herrera, Gran Pericón Político de “Los Tres”, o Gran Circo Político de Escobar y Lepera. En años del justismo, podemos pensar por ejemplo, para esos años, en el éxito de la obra La futura presidencia, también de Bayón Herrera. Hemos trabajado sobre este tipo de obras en nuestro: Bisso, Andrés, Política y frivolidad, Bernal, UNQ, 2023.↵
- Curotto, Ángel y Carlos César Lenzi, “Agustín no es justo”, Nuestro teatro, año IV, n°67, 6 de enero de 1938, p. 4. Como sabemos, el presidente Justo no había nacido en Cruz del Eje, sino en Concepción del Uruguay.↵
- Una muestra de este “moderado” o “encapsulado” culto a la personalidad por el general Toranzo, puede verse en el artículo que le dedicara el boletín oficial de la institución con motivo de su nombramiento como Inspector General del Ejército en el año 1929, en que se presentaba su foto en primera página y se lo definía con conceptos tan laudatorios como los de ser una persona de “excepcionales dotes y elevadas virtudes morales”. S/A, “Acertado nombramiento”, El Scout Argentino, enero de 1929, p. 1.↵
- Ibídem, 29 de septiembre de 1928, p. 121.↵
- Ibídem, diciembre de 1928, p. 27; y marzo de 1930, p. 4.↵
- Actas del Directorio de Boy Scouts Argentinos, 22 de octubre de 1943, p. 30. Museo Scout Nacional de Argentina.↵
- Ídem.↵
- El 12 de noviembre de 1942, poco antes de morir, Justo recibiría un homenaje del Directorio scout con entrega de una medalla recordatoria y un ramo de flores naturales, que no debía ser inocuo para quien pensara en la posibilidades de retorno a la presidencia que todavía podían suponerse para el ex mandatario. Por la poca diferencia de tiempo transcurrido, así, en el número de El Scout Argentino correspondiente a diciembre de 1942 y enero de 1943 se unirían el homenaje en vida con el homenaje mortuorio a Justo, con la publicación de su retrato en primera plana, y con la activación del protocolo funerario correspondiente (pp. 1, 2, 5 y 6). Acerca de la relación del scoutismo con el homenaje póstumo, ver nuestro: “Los scouts argentinos contemplan la muerte. Actitudes adultas e infantiles frente al fallecimiento de dirigentes y miembros”, A contracorriente, 17, 3, 2020, pp. 43-62.↵
- Actas del Directorio de Boy Scouts Argentinos, 16 de noviembre de 1943, p. 48. ↵
- Carta del Presidente de la Sociedad de Fomento, Juan Casocherachis, y de su secretario, Antonio Musso, al ministro de Obras Públicas, Salvador Odría, 7 de agosto de 1941, en: Expediente 880-p-1942 de la Cámara de Diputados de la Nación. Digitalizado en Archivo Parlamentario.↵
- Nota de Casocherachis y del secretario al Ministro del Interior, Miguel Culaciati. 29 de abril de 1942. Ídem.↵
- Luna, Félix, Ortiz. Reportaje a la Argentina opulenta, Buenos Aires, Sudamericana, 1999, p. 303.↵
- Ver: López, Ignacio, “Los conservadores contraatacan. Repensando la política presidencial y las redes político-partidarias en tiempos de Ramón S. Castillo”, Historia, 51, 1, 2018, pp. 79-112.↵
- En la práctica socialista, parecía no haber reparos en el establecimiento de nominaciones a instituciones partidarias o lugares públicos, inmediatamente después de la muerte, por lo que el caso de Justo no era excepcional. Al morir Fenia Chertkoff de Repetto pasaría sólo una semana para que se decidiera, en la reunión inmediatamente siguiente de Bibliotecas y Recreos Populares, poner su nombre a la sede de la calle Miriñay de dicha institución. La noticia de esa decisión, en: La Vanguardia, 17 de junio de 1928, p. 1.↵
- Juan B. Justo falleció el 8 de enero de 1928. Sólo tres meses después del suceso, se informaba desde el diario partidario acerca del proyecto que, en el Concejo Deliberante porteño, el edil Giménez presentaba para nominar con el nombre del reciente extinto el pabellón de cirugía del Hospital Ramos Mejía. La Vanguardia, 11 de abril de 1928, p. 4. Para junio de ese mismo año, se presentaba un concurso de la Juventud Socialista para realizar el “Himno a Justo” (La Vanguardia, 24 de junio de 1928, p. 1).↵
- Así, con fecha del 8 de enero, el mismo día en que el líder partidario muriera en Los Cardales, con la firma de Bronzini y del secretario comunal, Félix Monjeau, se decretaban tres días de duelo con la bandera a media asta, en honor a una figura que había “trabajado sin descanso hasta los últimos instantes de su vida por la elevación y perfeccionamiento del pueblo”. Boletín Municipal de Enero y Febrero de 1928, Municipalidad de General Pueyrredón, p. 3.↵
- Ya en la sesión del 12 de enero de 1928, cuando el concejal Antonio Rotger pida a sus colegas que se pongan de pie en homenaje a la memoria de Juan B. Justo, se encontraría con la renuencia de su par radical, José Pose, quien aduciría –sin pretender discutir los méritos del extinto ya que ello correspondía a la “conciencia pública”– que no era una práctica del Cuerpo “homenajear a los personajes políticos que fallecen” y que, por otra parte, no encontraba bien hacer la excepción con alguien que “no habría tenido ninguna vinculación ni como vecino ni como senador electo, con el pueblo de Mar del Plata”. Ibídem, p. 33. A su oposición se sumaría el concejal Oscar González Bufill poniendo el caso de Estanislao Zeballos, a quien ya se le había levantado una estatua y sí tenía conexiones directas con la ciudad balnearia, pero al que sin embargo tampoco se había homenajeado en su muerte. A pesar de esta oposición, la moción sería votada por la mayoría, el concejal Pose se retiraría del recinto y el resto de los ediles se pondría, finalmente, de pie, en homenaje a Justo. Ibídem, p. 34.↵
- Ibídem, Julio de 1928, p. 25.↵
- Ibídem. Segundo cuatrimestre del año 1932, p. 54.↵
- Ibídem, pp. 54-55.↵
- Ibídem, p. 55.↵
- Refrescamos aquí lo dicho por Agulhon cuando destaca el cambio que significa la aparición de los “hombres ordinarios” en el homenaje estatuario: “La idea de que un hombre, un hombre ordinario que, sin pertenecer a la sacralidad religiosa ni a la sacralidad monárquica, pueda ser tan grande que merezca esta especie de heroización es en sí misma una idea humanista; es lógico que provenga con más facilidad de una moral liberal y laica que de una moral del catolicismo y de la tradición […] estamos, pues, ante una ética de o humano, y el despuntar de una pedagogía a través del hombre ilustre. En pocas palabras, la ideología implícita de la estatuomanía es el humanismo liberal, del que más tarde será extensión natural la democracia”. Agulhon, Maurice, “La ‘estatuomanía’ y la historia”, op. cit., p. 125.↵
- Síntesis, 1, 5, octubre de 1927, pp. 272-273.↵
- Ver nuestro “¿Qué arte y a qué artistas valoraron y homenajearon los diputados nacionales en la Argentina de entreguerras?”, Prácticas de oficio, 30, enero-junio de 1923, pp. 7-21.↵
- Para ver el impacto de ese proceso en un laboratorio político, ver: Guiamet, Javier, “Exploradores y recordmans en La Vanguardia. El socialismo argentino y las narrativas de épica y progreso en la cultura de masas (1912-1943)”, Anuario CEH Segreti, 21, 21, 1, 2021, pp. 25-49.↵
- Santa Fé, 26 de febrero de 1923, p. 1. Hemeroteca Digital Padre Castañeda.↵
- Ibídem, 19 de marzo de 1931, p. 6.↵
- Durán, Alfonso, “A Pedro Candiotti”, Ibídem, 20 de marzo de 1931, p. 3.↵
- Citada en: Nudelman, Santiago I., El régimen totalitario, Buenos Aires, s/e, 1960 p. 613.↵
- Así, en una concordancia de referencias sobre la misma persona, podemos ver cómo la Agrupación de Residentes Chaqueños “Juan Domingo Perón” avalaba por nota del 15 de abril de 1950, el proyecto del senador correntino Eduardo Madariaga de –al provincializar el mencionado territorio– ponerle el nombre de “Provincia de Perón”, que luego sería ratificado por la primera constitución chaqueña de 1951. En un proyecto previo, el propio Madariaga había pensado ese nombre para la futura provincia de Río Negro, dejando sugerir que el Chaco podría denominarse como “Provincia de Yrigoyen” (sugestión que luego trasladaría a Río Negro, al “adjudicar” el Chaco a Perón). Expediente 18-s-1951. AP. Con respecto de “Eva Perón” para La Pampa, el nombre sería otorgado en enero de 1952 por la Convención Constituyente de esa provincia. Expediente 41-ov-1953. AP.↵
- Ejemplo de ello es la nominación de un asteroide o “planetita” descubierto en 1948 por Miguel Itzigsohn en el Observatorio de la Universidad Nacional de La Plata, y bautizado oficialmente con el nombre de “Evita” en 1950 por su director, el Capitán de Fragata (R) Guillermo O. Wallbrecher, “como homenaje a la señora María Eva Duarte de Perón, por su intensa obra cristiana en favor de los niños, de los ancianos y de los desamparados de todo el país y naciones hermanas”. Por la resolución correspondiente, ver: “De Ceres a Evita. Un siglo y medio de descubrimientos de planetitas”, Publicaciones del Observatorio Astronómico de la Universidad Nacional de La Plata, Serie especial, n° 11, pp. 15-16. No sería el único asteroide dedicado a Evita, ya que también estarían pensados para ella, los de “Abanderada”, “Mártir”, “Descamisada” y “Fanática”.↵
- Así, sobre Perón, Reynaldo Pastor –mientras lo comparaba con Nerón, Augusto o Tiberio, por sus “ínfulas” de infabilidad– escribiría: “Su insaciable vanidad lo llevó a desembocar en un proceso de fulminante infatuamiento, cultivado por los que le prodigaban homenajes y consagraciones con olor a posteridad, sin tener en cuenta que cuando esto se hace en vida y con propósitos de divinización, sólo sirve para destacar las flaquezas y colmar de ridículo a quienes las reciben y aceptan […] Con enorme, con incalificable fatuidad, el dictador llegó a considerarse más grande que San Martín, que Napoleón o que los dictadores totalitarios de principios de siglo […] De ello resultaba claro que éramos enemigos del pueblo y de su ‘líder’, los que queríamos que, sin quebrantar la fe popular sobre la auténtica historia nacional, se perfeccionara la esencia y el espíritu de las instituciones”. Pastor, Reynaldo, Frente al totalitarismo peronista, Buenos Aires, Bases, 1959, p. 74.↵
- Pensemos en el club platense que, fundado en 1931, todavía ostenta su originario nombre de “Asociación Cultural José Félix Uriburu”.↵






