La política de alianzas del socialismo argentino 1890-1931
Ricardo Martínez Mazzola[1]
El socialismo se presentó en la política argentina como “campeón del proletariado”, interviniendo y nombrando a una parte, y subrayando su distancia con el resto de la sociedad. Cuando en 1896 se funda el Partido Socialista (PS), esa identificación parcial es subrayada y se rechazan, bajo pena de expulsión, las alianzas con otros partidos políticos. Dos años después, sin embargo, el segundo congreso del PS revisa tal toma de posición y autoriza la posibilidad de acuerdos con otras fuerzas. Pero esas alianzas no se realizan. Por décadas, y a pesar del surgimiento de un sector que mostraba una mayor voluntad coalicionista, el PS mantiene un espíritu de escisión que lo coloca en una situación de soledad que, como denuncia Lisandro de la Torre, linda con la impotencia.
En este artículo nos proponemos indagar acerca del modo en que los socialistas postularon la ubicación de su corriente en el espacio político. Para ello revisaremos tanto las definiciones doctrinarias acerca de las alianzas como los resultados de los intentos concretos de construir coaliciones políticas. El recorrido propuesto, que se abre en 1890 con la aparición del periódico socialista El Obrero y se cierra en 1931 con la primera participación del PS en una coalición electoral, persigue como objetivo realizar una lectura sintética de una serie de debates que hasta la fecha han sido abordados fragmentariamente, siempre subordinados al análisis de coyunturas. La adopción de esa perspectiva teórico-metodológica nos conduce al señalamiento, con el que iniciaremos el recorrido del artículo, acerca de la poca atención que la cuestión de las alianzas políticas ha tenido por parte de quienes estudiamos identidades políticas.
1. Las teorías de las identidades y la cuestión de las alianzas políticas
A primera vista el señalamiento con que cerramos la introducción ─los estudios sobre identidades políticas se han ocupado poco de la cuestión de las coaliciones políticas─[2] puede parecer extraño. Máxime si, en primer lugar, se recuerda que a lo largo de Hegemonía y estrategia socialista Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (2004) dan cuenta de cómo el concepto de hegemonía supone una transformación y complejización de la idea de alianza de clases.[3] A ello hay que agregar que Laclau y Mouffe argumentan que una identidad política no se corresponde con una posición de clase sino que surge de la articulación de las demandas de diferentes grupos. De tal modo, aportan elementos para pensar el tipo de vínculo que se da entre esos grupos y la identidad colectiva por ellos creada.[4]
Si, a pesar de ese reconocimiento a los aportes de Laclau y Mouffe, insistimos en el relativo abandono de la cuestión de las alianzas por parte de estos teóricos y buena parte de quienes los seguimos, es por el hecho de que esos abordajes ─centrados en el cuestionamiento del vínculo necesario entre posiciones de clase e identidades políticas y en el análisis del modo en que las distintas demandas intervienen en la constitución de nuevas identidades─ no se han ocupado de la cuestión, más empírica, del vínculo que las distintas fuerzas políticas establecen al tomar parte en alianzas políticas. Ello implica, adelantamos, interrogarse por el modo en que esas coaliciones modifican la identidad de quienes las integran, por cómo se compatibiliza la pertenencia a identidades de diferente extensión e intensidad y, quizás lo más decisivo, por la existencia de formas de la identidad que bloquean el establecimiento de alianzas.
Creemos que para el abordaje de estas cuestiones un aporte fundamental lo constituyen los trabajos en los que Gerardo Aboy Carlés busca avanzar en una tipologización de las identidades populares. La definición que este autor propone de esas identidades,[5] que las distingue de aquellas que no ponen en cuestión el orden existente, es muy amplia. Para diferenciar entre las identidades populares Aboy Carlés se apoya en el planteo de Jacques Rancière (1996) acerca del vínculo entre plebs y populus y distingue entre identidades totales ─en las que la plebs emergente redefine los límites de la comunidad y se propone como único populus legítimo, rechazando toda posibilidad de regeneración de los otros actores─, identidades parciales ─en las que la plebs se afirma sin proponerse como populus, segregándose sin proponer una reconstitución de la comunidad─ e identidades con pretensión hegemónica. Éstas aspiran a cubrir el conjunto comunitario, pero, a diferencia de las totales, no lo hacen destruyendo al otro sino proponiendo desplazamientos moleculares de la frontera política que los colocaba como el otro del orden ilegítimo precedente que venían a transformar, lo que supone la renegociación de la propia identidad y la del adversario. Aboy Carlés considera que es entre estas últimas que puede clasificarse a las identidades populistas, caracterizadas por gestionar la tensión entre la parte y el todo a partir de movimientos pendulares que incluyen y excluyen al otro del demos legítimo (Aboy Carlés, 2013: 39), pero subraya que ellas no agotan la categoría y que existen otras formas de identidad popular que habrían sido dejadas en la oscuridad por los estudios especializados.
Consideramos que si la cuestión de las alianzas ha sido obviada por los estudios de identidades políticas ha sido, en parte, por razones casi biográficas, relacionadas con el rechazo de quienes los llevan a cabo por una problemática que parece haber sido tratada hasta el hartazgo por la ciencia política institucionalista; y en parte, y principalmente, por el hecho señalado por Aboy Carlés: que estos estudios se han concentrado en las identidades populistas. Aunque ello debería ser objeto de otras indagaciones, consideramos que el propio movimiento de la frontera que define estos movimientos, y la existencia de un momento en el que colocan todo resto en un lugar de exterioridad ilegítima, borra la posibilidad de considerar a cualquier otro como un aliado y no como un futuro fiel o enemigo. Como resultante, estas identidades han procesado la regeneración más como conversión que como coalición. El tema de las alianzas remite, en cambio, a identidades de menor intensidad,[6] que piensan que además del “otro” enemigo, hay otros con los que hay posibilidad de alcanzar acuerdos. La posibilidad de acercarse a otras fuerzas en términos de coalición supone que las otras identidades no son incorporadas a la propia.[7] Por otra parte, y como pretendemos señalar en este artículo que aborda las primeras cuatro décadas del PS argentino, tampoco para las identidades no populistas la cuestión de las alianzas ha sido fácil, sino que ha implicado profundas tensiones y redefiniciones.
2. EL PS y la cuestión de las alianzas políticas
Los primeros grupos socialistas
El tema de las relaciones con otras fuerzas políticas fue una de las cuestiones que suscitaron mayor debate en las filas del movimiento socialista internacional. La discusión también agitó al socialismo argentino desde sus orígenes. Años antes de la fundación del PS, El Obrero, primer periódico declaradamente marxista publicado en la Argentina, afirmaba:
Venimos a presentarnos en la arena de la lucha de los partidos políticos en esta República como campeones del Proletariado que acaba de desprenderse de la masa no poseedora, para formar el núcleo de una nueva clase que, inspirada por la sublime doctrina del socialismo científico moderno […] acaba de tomar posición frente al orden social vigente (El Obrero, 12/12/1890).
El movimiento socialista se presentaba con un gesto de diferenciación, el que recortaba al proletariado del conjunto de la masa no poseedora. Encontramos aquí uno de los rasgos que Gramsci (1980: 360) ha señalado como característico de la etapa inicial de las organizaciones de las clases subalternas: el “espíritu de escisión” que busca separarlas del resto de la sociedad y partir de esa diferencia para fundar una identidad. En la argumentación de El Obrero ese esfuerzo de diferenciación se manifiesta con particularidad respecto de la pequeña burguesía y de la fuerza que, según una lectura que asociaba identidades políticas con posiciones de clase, la representaría: la Unión Cívica.
Pero, al menos en la mirada de Germán Avé Lallemant, figura principal del grupo que publicaba el periódico El Obrero, esa diferenciación no suponía antagonismo. Por el contrario, la interpretación de la “Revolución del Parque” como una revolución burguesa derivó en una mirada relativamente favorable hacia la UC, y especialmente hacia el liderazgo de Leandro N. Alem, por identificarlos con la pequeña burguesía, sector social al que se postulaba como ariete de las fuerzas modernizadoras opuestas a los terratenientes que se agrupaban en el Partido Autonomista Nacional (PAN).
Pero esta caracterización moderadamente positiva del papel de la UC ─que permitía pensar una alianza de clases que, aun sin fusionarlas o siquiera articularlas, sumara las fuerzas pequeño-burguesas y proletarias─ no se mantuvo mucho tiempo. Primero, la centralidad de figuras como Mitre llevó a cuestionar la asociación entre UC y pequeña burguesía. Luego, y cuando ya se había producido la ruptura que dio origen a la Unión Cívica Radical (fuerza a la que se asociaba a la pequeña burguesía), sería la reevaluación del papel de esta clase y de la entera revolución democrática la que llevaría a acentuar la distancia.
A fines de 1891 la socialdemocracia alemana, partido faro de la Internacional, aprobó, en un congreso realizado en Erfurt, un programa que planteaba una estricta teoría de la simplificación social como condición de la revolución. Del programa se desprendía una gran confianza en que las leyes del capitalismo, al condenar a la pequeña burguesía urbana y rural y hacer crecer al proletariado, aseguraban el triunfo del Partido Socialdemócrata, el que sólo debía educar a esta clase y mantenerla unida. Las posiciones del “Programa de Erfurt” fueron rápidamente recogidas por El Obrero en un artículo que acentuaba la distancia entre el proletariado y el resto de las fuerzas sociales. Bajo el título “Pueblo y proletariado” se explicaba que la idea de “pueblo” dejó de tener importancia con la caída del absolutismo, el cual dividía la sociedad entre pueblo y gobierno. “Pueblo”, se afirmaba, pasó a ser una apelación de “los politicastros burgueses”, un concepto sin sentido ya que reúne a varias clases con intereses antagónicos. Si los socialistas apelan al “pueblo”, explicaba el artículo, lo hacen en reemplazo del proletariado, comprendiendo por tal al “trabajador asalariado de la época capitalista”. El proletariado es sólo una parte del pueblo y, se reconocía, una minoría de la población que, aunque creciente, aún estaba lejos de ser mayoritaria, ya que muchos de los pequeñoburgueses y labradores no caían en el proletariado sino que pasaban a ser “buhoneros y pulperos” ─aún pequeño-burgueses─, o caían en el “atorrantismo”, calificación autóctona para el lumpemproletariado. La importancia del proletariado ─se resaltaba con argumentos que seguían casi textualmente lo afirmado en Erfurt─ no venía de su número sino de su carácter absolutamente indispensable, y la conciencia de esa “indispensabilidad” era la que inspiraba al proletariado su energía, su valor, “la persuasión de que en él se encarnan las grandes aspiraciones y elevados propósitos de la humanidad entera”, y la certeza de que su lucha es absolutamente invencible (El Obrero, 28/11/1891).
La confianza en las tendencias históricas y en la proximidad de la revolución llevaba a enfatizar el espíritu de escisión que separaba al proletariado del resto de la sociedad y a rechazar la necesidad de una alianza con la pequeña burguesía para realizar una revolución democrática. Estas ideas fueron puestas de manifiesto en un artículo publicado a principios de enero de 1892 en el que, tratando de la constitución del “Partido Reformista”, se declaraba simpatía y a la vez se criticaba lo limitado de su horizonte. Frente al carácter “nacionalista” de este programa se contrastaba la posición de
los Socialistas (quienes) fundamos nuestra esperanza para la realización de nuestras aspiraciones en la República Argentina, sobre todo en el giro que tomarán las cuestiones económicas y políticas en Alemania, Francia e Inglaterra. Allí se haya el centro del mundo civilizado, y es allí donde se juega la suerte de la humanidad entera.
Los procesos que en esos países se desarrollan, se explicaba, hacen que la “gran cuestión” que ocupa a la humanidad ya no sea la “cuestión democrática” sino la “cuestión social”. Así, la pequeña burguesía que siente ardores por la resolución de la cuestión democrática llega tarde, ya que
antes que el partido reformista haya logrado constituirse en partido fuerte y poderoso, la revolución social en Europa habrá barrido a la burguesía capitalista de la faz de la tierra, con todas sus miserias, y sus democráticas hipocresías, también a la burguesía argentina, a la gran capitalista como a la de los compadritos.[8]
Observamos aquí un importante cambio con respecto al etapismo preponderante en los primeros artículos: la inminencia de la revolución socialista en Europa torna anacrónica la realización de la revolución burguesa que resolvería la cuestión democrática. Los desajustes temporales del modo de producción capitalista permitían pensar en una revolución socialista que no pasara por la etapa de la “democracia burguesa pura”, con lo cual se desdibujaba la importancia de la pequeña burguesía, y su principal representante, la UCR.
Los primeros años del PS
El esfuerzo por distinguir al “proletariado” dentro del conjunto heterogéneo denominado “pueblo” se mantiene en los años que siguen a la fundación del Partido Socialista Obrero Argentino. Así lo deja ver el “Manifiesto Electoral” con el que el PS concurrió por primera vez a los comicios en 1896:
Fundamentalmente distinto de los otros partidos, el Partido Socialista Obrero no dice luchar por puro patriotismo, sino por sus intereses legítimos; no pretende representar los intereses de todo el mundo, sino los del pueblo trabajador, contra la clase capitalista opresora y parásita… (La Vanguardia, 29/2/1896).
Más compleja era la interpretación que respecto del lugar del PS y las relaciones con otras fuerzas delineó Juan B. Justo en el Congreso “fundacional” del partido, realizado en junio de 1896. Si por un lado ─al sostener que “en su doble faz de movimiento de clase y movimiento económico” el PS es el partido de los trabajadores (Justo, 1947: 30)─ volvemos a encontrar esta vinculación directa entre socialismo e interés inmediato de los obreros, por otro se abren sus puertas a todo individuo que subordine sus intereses a los de la clase proletaria. Como vemos, la apertura a otras clases no conduce al abandono de la identificación del socialismo con una parte.[9] Adicionalmente, debe subrayarse que la noción de “partido económico”, que se justifica por la prioridad asignada a la mejora económica por sobre “las vagas aspiraciones de justicia, o de libertad”, se asocia a una de las afirmaciones más deterministas de Justo, quien declara que si se consigue el “mejoramiento económico” lo demás vendrá por añadidura. Esta confianza le permite, una vez afirmada la propia “independencia de todo interés capitalista o pequeño burgués”, pensar las alianzas políticas sobre la base de la posibilidad de mejoras económicas y no de la persecución de objetivos políticos democratizadores que parecen ligarse aquí a una retórica vacía.
La mirada de Justo rompía con la identificación entre radicalismo y pequeña burguesía. Aunque el eje clasista de lectura de lo social se mantenía, y también lo hacía el planteo de que la lucha principal del socialismo era contra los terratenientes, a aquel clivaje se agregaba otro, de tipo político, que distinguía entre las fuerzas políticas orgánicas, entendiendo que en ese momento sólo el PS lo era, y fuerzas de la “política criolla” que sólo representaban liderazgos caudillistas.[10] Debemos subrayar que para Justo el eje social era el decisivo: las fuerzas políticas debían corresponderse con las sociales, pero en tanto esto no sucediera, había que luchar contra todo aquello que obstaculizara esa transparencia.[11] En esta lectura no había lugar para una alianza con el radicalismo, al que ya no se veía como representante de la pequeña burguesía, sino como una bandería personal más.
La interpretación sostenida por Justo pareció, a fin de siglo, ser reforzada por el derrotero del propio radicalismo. Luego de la muerte de Alem, esa fuerza mostró importantes signos de debilidad, tendencia que se acentuó con la decisión de Hipólito Yrigoyen de disolver el Comité de la provincia de Buenos Aires. A comienzos del siglo XX, y mientras el sector “hipolitista” se había retirado de la política activa, quienes seguían a Bernardo de Irigoyen, que en coalición con un sector del PAN había llegado a la gobernación de la provincia de Buenos Aires, se confundían con otros actores políticos, lo cual desdibujaba su condición de radicales. La reorganización que algunos dirigentes radicales emprendieron en 1903 no modificó la visión que los socialistas tenían respecto del radicalismo. Más bien al contrario, el tradicional evolucionismo socialista llevó a pensar que lo que había desaparecido, en este caso la UCR, había sido dejado atrás por la historia y que, por lo tanto, no podía recobrar nueva vitalidad. La actividad del radicalismo sólo podía explicarse como el resultado de una supervivencia, de un “atavismo”, que la misma evolución histórica se encargaría de suprimir. La fracasada revolución del 4 de febrero de 1905, que volvió a colocar el foco de la mirada socialista en el radicalismo, estuvo lejos de habilitar una mirada positiva sobre esa fuerza, por el contrario, reafirmó el mote de “motineros” que, junto al de clericales y caudillistas, los socialistas empleaban para descalificar a la UCR.
Por otro lado, tampoco era positiva la mirada que los socialistas planteaban respecto a los sectores que se escindían de las fuerzas políticas predominantes. Ese rechazo se hizo manifiesto en la evaluación de la “Coalición Nacional” reunida en torno a la figura, ahora “reformista”, de Carlos Pellegrini. Enfrentada al roquismo y al gobernador bonaerense Marcelino Ugarte, esta alianza proponía un discurso reformista y regenerador que los socialistas cuestionaban subrayando su falta de programa y su carácter de reunión oportunista de figuras: el proteccionista Pellegrini y el librecambista Emilio Mitre, el librepensador Balestra junto al clerical O’Farrell (La Vanguardia, 10/3/1906).
Ante esta voluntad escisionista no dejaría de resultar novedoso el hecho de que hacia fines de la década comenzaran a oírse voces que dentro de las filas socialistas impulsaran un acercamiento con la Unión Cívica Nacional (UCN) y la UCR.
La división radical y la posibilidad de alianza en el Centenario
En esos días los socialistas, fuertemente críticos del gobierno de Figueroa Alcorta y de su sucesor Roque Sáenz Peña, comenzaban a observar con atención, y en algunos casos con simpatía, los esfuerzos por avanzar hacia una concertación de los “partidos populares” encabezada por los cívicos de Guillermo Udaondo. La propuesta encontró cierto eco en el sector del radicalismo liderado por Pedro Molina, respecto del que los socialistas dejaron ver cierta simpatía,[12] y en un sector del propio PS. Ello dio como resultado la primera aparición visible de lo que podría llamarse una fracción “aliancista” en este partido, en la que las figuras más destacadas eran Alfredo Palacios y Antonio de Tomaso. Este último argumentaba que, así como los socialistas europeos establecieron coaliciones electorales temporales, en Argentina se podría, gracias a la formación de una coalición opositora, establecer la representación de las minorías. Concluía:
Sin apartarnos un ápice de nuestra conducta política intachable […] no podemos alejarnos o alejar de nosotros a fuerzas opositoras populares que han resuelto ir a las urnas con el propósito de practicar el sufragio, porque no tienen un programa definido como el nuestro. El PS puede ser la fuerza más enérgica de la concentración, puesto que es un partido orgánico. Él puede aportar al movimiento más conciencia. ¡Que la austeridad no sea anquilosante![13]
La discusión “sobre la táctica” llenó las páginas socialistas. Las opiniones en una y otra dirección se sucedieron. Mientras dirigentes como José Rouco Oliva, Esteban Dagnino y José Muzzilli se manifestaban a favor de la alianza, Luis Gruner se oponía, y llamaba a continuar con la obra de siembra y con la espera de que surgieran verdaderos partidos programáticos; también la rechazaba Emilio Mellén, quien instaba a seguir una política “puramente de clase”. Podemos ver que, aunque estos dirigentes compartían el rechazo a la alianza, se diferenciaban en sus argumentos: mientras que Gruner subrayaba la ausencia de partidos con los que aliarse, Mellén enfatizaba la necesidad de defender la identidad de clase del PS.
Finalmente, y como era de esperarse, no hubo “concentración opositora”. Los radicales no se presentaron a elecciones, y socialistas y cívicos marcharon cada uno por su lado. Sin embargo, se produjo una extraña complementariedad: mientras que el PS decidió no concurrir a los comicios para elegir electores de senadores, que tendrían lugar el 6 de marzo, la UCN, que sí concurrió y fue derrotada, resolvió ─alegando justamente el fraude sufrido en las elecciones de senadores─ no presentar candidatos a las elecciones de diputados que tendrían lugar el domingo 13 de marzo. Días antes de estos comicios, La Vanguardia publicó un reportaje en el que el dirigente de la UCN, Carlos Melo, ponderaba la necesidad de una coalición entre cívicos y socialistas y convocaba a aquéllos a votar a los candidatos del PS (La Vanguardia, 12/3/1910).
La abstención “cívica” dejó a los socialistas solos frente a la lista prohijada por Figueroa, la Unión Nacional, que, a pesar de los “presagios de triunfo” que creían encontrar los socialistas (La Vanguardia, 13/3/1910), se impuso con comodidad: más de 24.000 votos contra algo menos de 8000 del socialista más votado. Éste era, nuevamente, Alfredo Palacios, quien alcanzó 7945 votos, el segundo fue Mario Bravo con 7606 y sólo en tercer lugar encontramos a Juan B. Justo, que obtuvo 7221 votos.
Esa distancia entre una figura con mayor apoyo electoral y otra que ejercía liderazgo político partidario, que se manifestaría con más amplitud en posteriores elecciones, tendría importantes consecuencias para la vida del PS. Las tensiones ─silenciadas por el nuevo Estado de sitio declarado a mediados de mayo, anticipándose a la “huelga del Centenario”, que motivó el cierre de La Vanguardia─, comenzarían a manifestarse al reaparecer este periódico en agosto de 1910. Su director interino, reemplazante de Justo, que desde junio estaba en Europa representando al partido en congresos internacionales, era precisamente Palacios, quien comenzó a publicar artículos que subrayaban la vinculación entre socialismo y liberalismo ─como los publicados sobre Alberdi, Rivadavia, y en particular el que celebraba el triunfo del Estado laico italiano sobre la Iglesia─ así como una serie de intervenciones de Bernstein que subrayaban la vinculación entre marxismo y blanquismo.
Pero el contexto represivo del Centenario no parecía ser el más favorable para la posición de quienes, como Palacios y De Tomaso, sostenían que el PS podía avanzar en alianzas con las fuerzas políticas tradicionales. El 23 de septiembre La Vanguardia informaba que en la sesión del 21 el CE había aceptado la renuncia de Palacios como director interino y nombrado en su reemplazo a Enrique Dickmann, y explicaba dicha renuncia por “discrepancias de criterio, divergencias de modo de ver y apreciar los hombres y las cosas de la actualidad política y económica del país”. Se agregaba también que en tanto durara el Estado de sitio, el diario socialista dedicaría preferente atención al estado del país denunciando los errores y despilfarros de la clase dirigente (La Vanguardia, 23/9/10). El primer intento de vincular al PS con otras fuerzas políticas, en particular con cierto liberalismo, acababa en el fracaso. Se imponía la visión de Justo, quien consideraba, y así lo había dejado ver en el “programa socialista del campo” y en la polémica con el socialista italiano Enrico Ferri,[14] que si la transformación democrática implicaba una alianza social, fundamentalmente entre proletarios y chacareros, dicha alianza no implicaba una concertación entre fuerzas políticas, sino que se daba en el seno del mismo PS.
La Ley Sáenz Peña y las elecciones de 1916
La sanción de la Ley Sáenz Peña, que modificó el mapa político del país, no produjo en lo inmediato un cambio en la posición del PS respecto a la posibilidad de avanzar en alianzas. Por el contrario, al crear una importante representación parlamentaria del PS, que reafirmó la creencia socialista de hallarse en un camino ascendente que los llevaría al poder, confirmó su estrategia. A ello se sumó el hecho de que en el distrito más relevante para la construcción socialista, la Capital Federal, los comicios se convirtieron en duelos solitarios entre el PS y la UCR. Si en 1912 la UCR se impuso y el PS obtuvo la minoría, la situación se invirtió en los comicios complementarios de 1913 y en las elecciones de diputados de 1914. Ello, sumado a una imaginada situación de equilibrio entre la UCR y la coalición oficialista ─que, con dificultad, buscaba reunir a los partidos tradicionales─, hizo más urgente la pregunta acerca de la actuación de los socialistas en las elecciones presidenciales de 1916.
A mediados de julio de 1915 se reunió en Buenos Aires el II Congreso Extraordinario del PS. Aunque había sido convocado con el expreso fin de discutir los Estatutos partidarios, el Congreso se vio dominado por el debate acerca de la posición a adoptar ante las elecciones presidenciales de 1916. Adolfo Dickmann, portavoz de la dirección partidaria, comenzó afirmando la necesidad de que el PS participara, por primera vez, en las elecciones presidenciales. Le respondió Pedro Zibecchi, notorio referente de la izquierda socialista, quien manifestó su oposición a la participación en las elecciones presidenciales por considerar que violaba el artículo del Programa que establecía el apoyo al régimen parlamentario. Pero el argumento de Zibecchi iba más allá y expresaba un modo de comprender la acción de los socialistas en las instituciones “burguesas”, como lo expresaba su conclusión: “nuestra obra, compañeros delegados, debe ser puramente de oposición, puramente de crítica, de constante oposición al régimen capitalista, y entonces, en esas condiciones, el Partido no puede concurrir a una lucha semejante” (Partido Socialista, 1915: 318-319). En las posiciones de la izquierda partidaria se manifestaba el temor de que el PS se mezclara entre las fracciones burguesas. Ante la posibilidad de que si ningún partido obtenía suficientes electores, fueran los electores del PS los que debieran definir la situación, Leandro Bianchi propuso adoptar una posición de intransigencia que era un canto al quietismo:
El PS no debe andar de tirios a troyanos; en esta cuestión debe mantenerse como mero espectador, porque del desgarramiento profundo, que será la consecuencia del choque de esos dos titulados partidos, va a salir ganancioso el PS, pues se va a producir el desengaño de muchos hombres, que hasta ahora han vivido con la ilusión del radicalismo y del conservadurismo progresista, y que al fin se van a convencer de que el PS es el único que busca la verdad y la justicia (Partido Socialista, 1915: 329).
La respuesta provino de Antonio de Tomaso, quien cuestionó que se asociara el debate francés acerca de la participación socialista en un gabinete “burgués” con la pregunta por el posible voto de electores socialistas elegidos en listas propias. Agregó que no estaba de acuerdo con quienes pensaban que si la elección presidencial no era resuelta por el Colegio Electoral y pasaba al Congreso, los legisladores socialistas debían abstenerse, considerando que el Parlamento no podía dejar al país sin gobierno y debía resolver el tema, por lo que los socialistas debían adoptar ante esa situación una actitud clara (Partido Socialista, 1915: 332-333).
A lo largo del debate la cuestión de la participación o no en las elecciones se confundía con la del posible voto de los electores socialistas. Ante ello, Adolfo Dickmann instó a mantenerse en el primer nivel de la discusión, y el delegado Pochat, de Rosario, propuso que se votara la concurrencia o no a la elección presidencial. La participación en las elecciones fue aprobada con sólo cuatro votos en contra.
Se pasó luego a la cuestión del eventual voto de los electores socialistas en las elecciones presidenciales. Martín Casaretto, delegado de Lanús, sostuvo que si se diera el caso de que los diputados socialistas debieran definir la fórmula presidencial, se abstuvieran de votar, para evitar “contribuir en algún momento a facilitar el triunfo de una de las dos facciones que se disputan el predominio de la política criolla” (Partido Socialista, 1915: 388). El temor a la confusión, y el deseo de escisión, se dejaban ver en la advertencia: “el día que los socialistas se identifiquen en forma directa o indirecta con las facciones de la clase burguesa, claudicarán en gran parte del grandioso ideal que proclamara Carlos Marx” (Partido Socialista, 1915: 388).
La posición de quienes proponían que el Congreso aprobara la obligación de los legisladores socialistas de abstenerse en la elección entre otras fuerzas fue rechazada por Enrique Dickmann y por Juan B. Justo, quien sostuvo que el congreso debía “mantener la plena autonomía de los legisladores socialistas para determinar su actitud al resolver este punto”. En primer lugar, justificó la necesidad de esta autonomía por el hecho de ser ésta una cuestión “circunstancial” que dependía de “un conjunto de circunstancias, de una constelación de ventajas y desventajas sociales que no se apreciarían hasta el último momento, y nadie podrá apreciarlas mejor que nosotros, el grupo de legisladores socialistas” (Partido Socialista, 1915: 393). Justo agregó, además, que el tomar la decisión de antemano privaría a los socialistas de “una ayuda preciosa en la propaganda” al limitar la posibilidad de que los “ambiciosos de ser presidentes” hicieran declaraciones útiles para los socialistas y ventajosas para el pueblo de la república (Partido Socialista, 1915: 394).
La discusión acerca del posible voto de los electores socialistas se prolongaba. Ante ello sectores cercanos a la dirección partidaria propusieron votar la moción de que el PS concurriera a las elecciones “con candidatos propios”, que fue aprobada, para luego pasar a discutir la plataforma electoral. A pesar de los pedidos de la izquierda, no se volvería sobre la “cuestión importantísima” de la actuación de los legisladores socialistas en la elección presidencial. La dirección del partido, opuesta tanto a una resolución que rechazara las alianzas como a la convocatoria a un Congreso que limitara su capacidad de decisión, había triunfado.
A lo largo de la campaña electoral el PS buscó mostrarse equidistante frente a las fuerzas que se disputaban la elección presidencial. Tal intención era visible en el “Manifiesto al pueblo de la República” que su Comité Ejecutivo hizo público el 19 de marzo de 1916. Luego de recordar el triunfo socialista en las elecciones legislativas de 1914, el texto daba cuenta de la acción de los parlamentarios surgidos de ese triunfo y señalaba que en su acción los socialistas habían chocado:
contra los viejos grupos conservadores, que parecían no sospechar las consecuencias de una libertad efectiva para los electores y no se resignan a perder su dominio político incontestado y a ver mermados sus privilegios; contra partidos que han hecho de la libertad electoral un motivo de declamaciones y proclamas epistolares y telegráficas, pero que, una vez en posesión de ella, no han sabido ni comprenderla en sus fines prácticos, ni utilizarla sirviendo un interés colectivo; contra el mismo gobierno…[15]
Finalmente, la UCR obtuvo la primera minoría en las elecciones nacionales. Para pesar de los socialistas, el radicalismo también se impuso en la Capital Federal. La UCR obtuvo 133 electores, frente a 64 de los demócrata-progresistas, 70 de distintas fuerzas conservadoras y 19 radicales santafesinos, duramente enfrentados con Yrigoyen. En esa situación podían tener un lugar decisivo los 14 electores que el PS había obtenido por su segundo lugar en las elecciones porteñas y, si nadie alcanzaba mayoría en el Colegio Electoral, su bloque de legisladores nacionales.
A fines de abril, y en ese contexto incierto, el CE convocó al XIII Congreso Ordinario del PS. La Vanguardia señaló que las resoluciones de éste deberían tener en cuenta las “circunstancias especiales” que para la república creaba la falta de una “traducción” definitiva de los resultados comiciales (La Vanguardia, 23/4/1916). Por la fecha de la convocatoria, mediados de julio, no se hacía referencia a la cuestión del apoyo socialista a alguna fórmula en el Colegio Electoral, sino a la actitud de los legisladores socialistas en una eventual Asamblea Legislativa. A mediados de mayo el diario socialista insistía respecto a esa eventualidad al señalar que existían “muchas probabilidades de que el pleito presidencial sea fallado en el parlamento” (La Vanguardia, 9/5/1916).
Una semana más tarde, el viejo dirigente socialista Esteban Jiménez publicó un artículo en La Vanguardia donde se preguntaba si los socialistas debían inclinar sus votos en favor de los candidatos “que parezcan mejores, o menos malos”. Luego de señalar que la “unión momentánea” de los votos con otras fuerzas no quebraba la independencia de los socialistas del mismo modo que no lo hacía votar un proyecto de otros en el Parlamento, señalaba que la oscuridad de la “cuestión” derivaba de la imposibilidad de orientarse “en el vacío de la política vulgar”. Y lo ejemplificaba preguntándose qué podía esperarse de un presidente radical o demócrata:
Del primero podemos temer una nueva era de persecución policial contra el PS, y el movimiento obrero; una política militarista que, hija de un nacionalismo enfermizo y de sus coqueteos con el ejército, constituiría un semejante peligro para la paz y aumentaría el estado de carga de los gastos improductivos […] Pero ¿hemos de olvidar, en cuanto a los “demócratas”, que una de sus fuertes columnas, si llegaran al gobierno, sería la oligarquía de la provincia de Buenos Aires, de la cual han partido las más serias amenazas contra la presente ley electoral […]? ¿Olvidaremos que también están con ellos los que, bajo la férula de Figueroa Alcorta, votaron las famosas leyes de armamentos, y fueron los autores de la ley antisocial del centenario? (La Vanguardia, 15/5/1916).
Sin embargo, la intervención de Jiménez no se orientaba a negar toda posibilidad de acuerdo sino a establecer “una base lo más seria posible para nuestras preferencias”. Ésta se basaba en tres compromisos programáticos: mantenimiento del sufragio universal con representación de las minorías, derogación de las Leyes de Residencia y Defensa Social, y supresión o rebaja paulatina de impuestos al consumo popular (La Vanguardia, 15/5/1916).
Estas consideraciones de tipo programático parecían acercar a los socialistas a las fuerzas demócrata-progresistas. Esa cercanía se manifestó en el momento de votar la presidencia de la Cámara de Diputados, en la que, como en ocasiones anteriores, los socialistas se inclinaron por Mariano Demaría y no por el radical Marcó, que de otra forma habría obtenido el cargo. Esta actitud y el rechazo a los diplomas de los diputados santafecinos hicieron recrudecer las acusaciones acerca del “antirradicalismo” del PS. El diario socialista aceptó el mote a la vez que, subrayando su escisión respecto al conjunto del escenario político y asociando al radicalismo a sus rivales, señaló “lo somos, indudablemente, siendo anticonservadores” (La Vanguardia, 26/5/1916).
Finalmente, la convención del radicalismo disidente santafecino definió el apoyo a la fórmula Yrigoyen-Luna. La Vanguardia, luego de señalar que esa decisión mostraba que la “disidencia” no se había fundado en principios sino en intereses, planteaba una serie de interrogantes acerca de lo que representaba la fórmula electa:
¿Es la promesa de una reacción, en sentido progresivo? ¿Es la administración con mejor funcionamiento y mucho menos burocracia inútil y costosa? ¿Es la afirmación del laicismo? ¿Es una política económica de libertad, contraria a la tradicional? ¿Es la continuación de la especulación fomentada por el estado con sus establecimientos de crédito” (La Vanguardia, 1/6/1916).
El diario socialista señalaba que la carga del barco que estaba por llegar al puerto era un misterio, y que eso era lo más grave que podía decirse de un gobierno surgido de la nueva ley electoral (La Vanguardia, 1/6/1916).
¿A quién dar los votos socialistas? El debate de 1921 y 1922
El debate acerca de las alianzas se reactivó en 1921, víspera de la elección del sucesor de Yrigoyen en la Presidencia de la nación. El XVI Congreso Ordinario del PS, reunido a fines de octubre de ese año, aprobó concurrir “con candidatos propios” al comicio. Con respecto al problema de las relaciones con otras fuerzas, la Comisión de Política Electoral presentó una propuesta, redactada por Juan B. Justo, que planteaba que en las elecciones presidenciales y también en las elecciones de gobernador de la provincia de Buenos Aires, que se realizarían previamente, los electores del PS deberían “invariablemente” votar por los candidatos del partido en una primera elección. Sin embargo, la propuesta de Justo no cerraba del todo la puerta a las alianzas, ya que agregaba que “si fuera necesario elegir entre dos candidatos extraños al Partido, votarán por aquel de aquellos que acepte clara y públicamente nuestros más importantes fines inmediatos […]” (La Vanguardia, 2/11/1921).
El planteo mereció objeciones de quienes consideraban que era mejor no agitar cuestiones espinosas, como la que podía dividir al partido en “colaboracionistas” y “no colaboracionistas”, por situaciones hipotéticas. El líder socialista respondió que el PS debía “evitar el estancarse como una fuerza sectaria y aislada que esterilice su poder hasta el punto de no saber usarlo ni aun cuando las circunstancias se lo impongan” (La Vanguardia, 2/11/1921). La propuesta de Justo estaba lejos de encontrar consenso; por ello, el delegado de Bahía Blanca, Agustín de Arrieta, propuso que la decisión pasara a un voto general. Su propuesta fue aceptada por la Comisión de Asuntos Electorales, y con ese agregado el Congreso la aprobó, enviando la proposición a un voto general para “su definitiva adopción” (La Vanguardia, 2/11/1921).
En el mes de diciembre, y mientras los afiliados eran convocados al voto general, Justo dictó una conferencia titulada “Relaciones del partido obrero con los otros partidos”, la más detallada exposición que el líder socialista jamás haría sobre el tema de las alianzas políticas. Luego de sostener que el PS era un partido de clase pero no de oposición y de recordar que desde sus orígenes el movimiento obrero se había alejado de una política de intransigencia, Justo adoptó un raro giro autobiográfico para recordar que desde su juventud había considerado que “la intransigencia en la negación de la virtud de los demás” era uno de los peores vicios de la política argentina. El líder socialista rememoró cómo en el Primer Congreso del partido había impulsado una cláusula favorable a establecer alianzas que, derrotada a instancias de “campeones de la intransigencia” como Lugones e Ingenieros, había sido finalmente aprobada en el II Congreso, realizado dos años después. Justo señalaba que, aunque la cuestión de las relaciones con otras fuerzas había sido de preocupación cotidiana, no se habían producido hasta la fecha alianzas con otras fuerzas. Agregó que la situación había cambiado a partir de las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires, que habían dado lugar a la toma de posición por parte de la Federación Socialista Bonaerense y a intervenciones de dirigentes socialistas, entre ellos De Tomaso, acerca de la actitud a adoptar si los electores socialistas debían desempatar. Por ello, seguía recordando, había presentado en el último Congreso partidario la moción que sostenía que en una votación de desempate los electores socialistas votarían por el candidato que aceptara “clara y públicamente” los fines inmediatos del PS. Justo explicaba que se trataba de una “resolución limitativa” orientada a fijar la conducta de los electores del partido y agregaba que lo que se discutía no era un “pacto”, sino un apoyo que no tenía ninguna contraprestación. Sin embargo, y subiendo la apuesta, el líder socialista sostuvo que “habría que tratar de aprovechar los votos de los electores socialistas aún en la primera votación, si eso pudiera conducir a buen resultado por el partido”. Para argumentarlo preguntó qué importancia tenía que “el compañero Fulano” ─en realidad se trataba de él mismo─ hubiera obtenido catorce electores para presidente en las elecciones de 1916 “si esa era una votación totalmente sin consecuencias”, y continuó planteando un contrafáctico:
Pero supongan ustedes que con esos catorce electores hubiéramos podido decidir la elección en el sentido del triunfo de un candidato que garantizara la legislación social que necesitamos […] El resultado habría sido mucho mejor, y no habríamos perdido nada; el Partido habría seguido siendo el mismo de antes, no habríamos comprometido nada de nuestros derechos ni nuestras posibilidades de crítica y control (Justo, 1947: 363).
Lejos de proponer un encierro que remitía las tareas de construcción socialista hacia el futuro, había, por parte de Justo, un esfuerzo por terciar en el escenario político presente. Sin embargo esa construcción no implicaba la constitución de un bloque permanente sino la adhesión a aquella fuerza que concordara con los objetivos inmediatos. A continuación, Justo describe las relaciones entre clases con mayor complejidad que en sus inicios, y subraya la heterogeneidad que existía tanto entre los trabajadores como entre los burgueses. Por un lado, explicaba que el proletario, “ese producto ideal que no tiene más recursos que producto diario de su trabajo”, no era siquiera universal dentro de la clase obrera; por el otro, proponía distinguir entre las grandes categorías de la burguesía y no pretender, como la Revolución rusa en sus inicios, hacer “tabula rasa” de todo lo que no era proletario. Justo considera que de ambos lados de la frontera entre burgueses y proletarios había fuerzas que podían hacerse efectivas para un propósito común y advertía que el establecimiento de estos vínculos no constituía una tarea secundaria para una clase obrera ya constituida, sino que era la propia unidad e identidad obrera la que dependía de la definición de las relaciones con otras clases. El problema, concluía, “es el de saber aprovechar todas las fuerzas disponibles para la consecución de los fines que perseguimos” (Justo, 1947: 375). La afirmación, aunque genéricamente favorable a las alianzas, no adelantaba elementos que permitieran determinar si existía un actor con el cual valía la pena asociarse.
En cambio, sí era clara la posición de Antonio de Tomaso, quien, luego de instar a dejar de lado prescripciones dogmáticas y la política intransigente que podían llevar al PS a “la esterilidad más absoluta”, caracterizó la situación política del presente:
Vive la democracia argentina una época de dictadura, la tradición liberal de nuestra carta constitucional es cada día subvertida y tergiversada, la letra de la constitución no reza para el Presidente Irigoyen; los cuerpos legislativos, apartados de sus funciones carecen de valor legal; la ley, la justicia y el derecho se legislan al arbitrio del “vasco de Micheo” (La Vanguardia, 18/12/1921).
El legislador socialista sostuvo asimismo que bajo el gobierno de Yrigoyen la clase trabajadora había vivido “las peores horas de su existencia”, sufriendo la “Leyes de Defensa Social” y los mandobles policiales, atravesando un momento de “intensa crisis”. Agregó que todo ello, unido al vicio propagado por los Comités al amparo de las autoridades policiales, debía llevar a los socialistas a actuar. Y ante la pregunta de si el “hecho que de cualquier modo tratáramos de salvar en su grado más mínimo la bancarrota total del país” sería un apartamiento de las enseñanzas socialistas, contestó:
Si nos consideramos que somos el único partido de la clase trabajadora y que ella debe esperar los frutos de nuestra acción, lógico es que rindamos un resultado inmediato. Algunos compañeros se han preguntado si debemos tener fe en hombres de la política criolla; creo que no, pero las circunstancias varían, y nada se pierde con cambiar de gobierno, tal vez se gane; un patrón más liberal, impulsado por los sentimientos y aspiraciones de su subordinado, es siempre superior al que hoy tiene la clase trabajadora (La Vanguardia, 18/12/1921).
Las palabras de De Tomaso llamaban a apoyar a los candidatos de la “Concentración” opuesta a Yrigoyen. En cambio, la nota que La Vanguardia dedicó a la proclamación de la fórmula de la Concentración Nacional, Piñero-Núñez, aunque no tan negativa como las que se dedicarían a describir la Convención radical, no dejaba de señalar que estaba llena de “figuras ya conocidas”, entre las que se mencionaba a Ramos Mexía, Mujica y Cárcano, y que toda la vida que había en ella provenía del pasado (La Vanguardia, 20/12/1921). Aún más negativo era el editorial que, al día siguiente, y con el sugestivo título de “Los muertos mandan”, el diario socialista dedicaba a la reunión “concentracionista”, señalando que en ella se había congregado “lo más selecto de la oposición oligárquica”, que sólo había hablado de “volver al gobierno republicano” y de “devolver al país el gobierno de las leyes y la práctica de las instituciones”. La Vanguardia afirmaba que la más importante de las instituciones era el sufragio universal y se preguntaba qué experiencia al respecto podía tener Piñero, que había sido diplomático con Roca, “notable” elector de Quintana y ministro de Hacienda de Figueroa Alcorta. A continuación el diario socialista se preguntaba qué habían hecho Piñero y sus acompañantes a partir de las nuevas leyes electorales. La respuesta parecía cerrar la puerta para acercamientos como el que había postulado De Tomaso:
Mantener y defender todos los vicios de la vieja política administrativa, financiera, monetaria […] Acostumbrados al voto falso, pensaron que la tradicional política de rapiña atraería hacia ellos el voto auténtico, pero vacío, de los ciudadanos. Y éstos […] dieron al caudillo que hoy gobierna la escasa mayoría que él llama enfáticamente plebiscito. Nada debe esperar el pueblo trabajador de estas rivalidades oligárquicas […] La clase gobernante argentina es una rémora, todavía va al remolque del país. La política es todavía lo más atrasado de la vida argentina (La Vanguardia, 21/12/1921).
Finalmente, los electores del PS no cumplirían un papel decisivo ni en las elecciones de gobernador ni en las de presidente. Ello se debía, en primer lugar, a la amplitud de los triunfos radicales, que al dar mayoría propia a los candidatos de la UCR, tornaba abstracta la cuestión del voto de los electores socialistas. Pero también a la subsistencia de una lectura política que, al seguir postulando al PS como la única fuerza transformadora del panorama político, lo mantenía en una situación de orgulloso aislamiento que muchos actores de la época asociaban con la impotencia. Tal era la opinión que sostendría, en una diatriba célebre, el destinatario imaginario del apoyo de 1916 y el futuro aliado de 1931, Lisandro de la Torre.[16] No muy distinta, aunque de mayores consecuencias, era, como hemos visto, la opinión de Antonio de Tomaso, quien, en vísperas de los siguientes comicios presidenciales impulsaría la adopción de un papel más activo del PS en el enfrentamiento con el yrigoyenismo y, cuando tal curso fuera bloqueado por Justo, presidiría la ruptura que daría nacimiento al Partido Socialista Independiente.[17]
La conformación de la Alianza Civil
Hacia fines de la década de 1920 el PS sufrió fuertes golpes: a mediados de 1927 un importante sector de su dirigencia abandonó sus filas para fundar el Partido Socialista Independiente (PSI); en enero de 1928 falleció Juan B. Justo; en los años finales de la década debió enfrentar un escenario estructurado en torno a la polarización yrigoyenismo-antiyrigoyenismo, en el que su posición tercerista encontró escaso eco.[18]
Sería el nuevo escenario implantado a partir de septiembre de 1930 el que permitiría cierto crecimiento del PS, la que se manifestó en el ingreso a sus filas de numerosos jóvenes, entre ellos muchas de las figuras del reformismo universitario, y en cierta recuperación electoral. Así, en las primeras elecciones convocadas por el gobierno de Uriburu, las que en abril de 1931 debían elegir al gobernador de la provincia de Buenos Aires, el PS obtuvo un 10% de los votos y 9 electores. El escrutinio, que dio a los radicales 56 electores y a los conservadores 49, colocó a los socialistas en la esperada y a la vez temida situación de ser el fiel de la balanza. El conservadurismo bonaerense propuso que sus electores dieran su apoyo al socialismo para evitar el triunfo radical, pero ese acuerdo fue descartado de plano por la dirección socialista.
Ante la derrota, el gobierno provisional decidió fugar hacia delante dictando dos decretos: el primero desconocía las elecciones bonaerenses; el segundo convocaba a elecciones presidenciales para el 8 de noviembre. Con los comicios en el horizonte, la dirección del PS convocó a la realización de un congreso extraordinario a mediados de agosto. A comienzos de ese mes, una novedad conmovió las filas del PS: la propuesta de conformación de una alianza con el Partido Demócrata Progresista (PDP). EL Comité Ejecutivo Nacional del PS aceptó la proposición y nombró cinco representantes a una comisión destinada a estudiar los modos de llevar adelante la propuesta.
La favorable acogida que el PS dio a la posible coalición generó un fuerte debate en las filas socialistas. Así lo reconoció un editorial que a la vez que señalaba que el calor de la discusión no debía generar sorpresa ni preocupaciones, recordaba que hacía más de treinta años los estatutos del PS habían autorizado las alianzas. Dado que esa cláusula no había sido usada en 30 años, se reconocía que las dudas eran explicables, pero se llamaba a confiar en el modo en que la dirección llevaría adelante las tratativas y se subrayaba que la decisión final correspondería al Congreso del partido (La Vanguardia, 10/8/1931).
En las semanas que antecedieron a la reunión del Congreso partidario la discusión cruzó las filas socialistas. Como había sucedido en anteriores debates, el diario socialista habilitó una sección especial para su tratamiento. En ella se publicaban las resoluciones de los centros, mayoritariamente favorables a la alianza, pero también las opiniones de muchos socialistas que la rechazaban. Previsiblemente algunas provenían de la izquierda partidaria, que, argumentando en clave marxista, subrayaba la necesidad de mantener la escisión entre el PS y el resto de las fuerzas políticas. Tal era el caso de Renzo Milli, quien se preguntaba si la caracterización negativa de las fuerzas de la política criolla, que siempre había incluido a la democracia progresista, había cambiado. Milli instaba:
dejemos a los partidos burgueses dar solución a sus problemas, influyamos, sí, para que esas soluciones deriven en beneficio de la clase trabajadora, pero con tino y cautela sin comprometer nuestra preciosa independencia. Nos tildarán de egoístas, rígidos, intransigentes, dirán que nuestra acción es negativa, destructora… No importa (La Vanguardia, 27/8/1931).
Similares argumentos eran esgrimidos desde el socialismo de Santa Fe, cuya identidad se veía desdibujada al unirse a un PDP poderoso en la provincia. A las numerosas críticas de militantes individuales se sumó la propia Federación Provincial Santafecina, que emitió un documento que afirmaba que el PDP era una fuerza que compartía las prácticas de la “política criolla” y levantaba banderas reaccionarias (La Vanguardia, 18/8/1931). Desde la dirección se respondió explicando que era necesario ser flexibles y rechazando lo que se consideraba eran rasgos de intransigencia (La Vanguardia, 22/8/1931).
Más novedosa era la posición sostenida por Joaquín Coca, dirigente de origen obrero que se había destacado por su implacable denuncia a las posiciones del sector que se escindiría para formar el PSI. Coca no se hallaba entre quienes rechazaban toda alianza en nombre de la pureza socialista; por el contrario consideraba que el PS debía entablar una coalición, pero consideraba que ésta debía vincularlo con “partidos orgánicos”, que representaran fuerzas sociales. La alianza, explicaba, no podía darse con el PDP, fuerza personalista y efímera, sino con el radicalismo, expresión de la “pequeña burguesía”, con el que el PS debía avanzar en una política que terminara con el latifundio y permitiera la democratización del país. Con fe evolucionista Coca afirmaba que la gran masa obrera que apoyaba al radicalismo en un futuro se haría socialista, pero advertía que para ello era necesario no interponer “un abismo de odios entre ella y el socialismo”, llevando como candidato a una figura aborrecida por los radicales como De la Torre. Consideraba que, de no poderse alcanzar la mejor solución, “la unión de ‘todas’ las izquierdas, de todos los partidos no conservadores”, lo mejor sería que los socialistas concurrieran solos al comicio, lo que, consideraba, permitiría obtener más electores que con la Alianza (La Vanguardia, 25/8/1931).
Finalmente, en el Congreso socialista se enfrentaron quienes proponían constituir una alianza encabezada por una fórmula presidencial mixta entre PDP y PS; quienes proponían concurrir a las elecciones en soledad; y quienes, retomando los planteos del movimiento estudiantil (Giménez y Martínez Mazzola, 2013), proponían avanzar en “una acción conjunta de todas las fuerzas políticas, gremiales y universitarias en pro de la más breve vuelta a la normalidad” (La Vanguardia, 30/8/1931). Aunque esta moción no negaba la posibilidad de la alianza con los demócratas progresistas sino que hablaba de impulsar una conjunción más amplia, al fundarla el convencional Ceferino Campos, de Rosario, señalaba que de tal conjunción de fuerzas democráticas debía excluirse la democracia progresista, ya que esa fuerza se caracterizaba por el uso de todos los procedimientos de la política criolla (La Vanguardia, 30/8/1931). Finalmente, la alianza con el PDP fue aprobada por amplio margen: 9969 votos contra 1344,[19] también se aprobó la fórmula presidencial Lisandro de la Torre-Nicolás Repetto (La Vanguardia, 31/8/1931).
Días después el PS inició su campaña llamando “a todas las fuerzas democráticas y liberales”, a los trabajadores y los universitarios (La Vanguardia, 1/9/1931). La seña distintiva de la alianza pasaba por la defensa de la democracia representativa y de la vigencia de la Ley Sáenz Peña. El resultado, resistido desde sectores de la militancia socialista, fue la acentuación del perfil legalista y liberal del PS y el debilitamiento de su apelación a la clase obrera.
Ese perfil liberal democrático sería el que, a pesar de que la plataforma de la Alianza Demócrata Socialista incluía una detallada enumeración de reformas sociales, marcaría el tono de la campaña electoral. A lo largo de ella ─y quizás con el fin de recibir el apoyo de un radicalismo al que, a diferencia de otras ocasiones, no se hostilizaba─ las intervenciones socialistas construyeron una oposición binaria entre la Alianza y las fuerzas conservadoras, apoyadas por el gobierno provisional (La Vanguardia, 16/9/31). La constitución de la Alianza fue incluso integrada a la narrativa socialista acerca del progreso político, señalando que con ella se clarificaba el panorama político argentino, el que marchaba, por fin, hacia la contraposición entre “izquierdas” y “derechas” (La Vanguardia, 4/9/31).
Finalmente, la esperada confrontación se produjo, favorecida por la decisión radical de abstenerse en los distritos en que sus principales dirigentes estaban vetados, en los comicios del 8 de noviembre. La Alianza declaró que el veto quebrantaba “principios esenciales de nuestra organización democrática y constitucional” pero, para indignación del radicalismo, reafirmó su decisión de concurrir a los comicios “para contribuir a la más pronta normalización de la república y defender las instituciones democráticas amenazadas” (La Vanguardia, 8/10/1931). Esa decisión se mantuvo incluso frente a lo que se preveía como un escandaloso fraude. El resultado fue un claro triunfo de las fuerzas de la Concordancia que se impusieron en todo el país salvo Capital Federal y Santa Fe.
Aun sin alcanzar el triunfo, las expectativas socialistas no fueron totalmente defraudadas: el PS obtuvo 43 diputados y 2 senadores, la mayor representación parlamentaria de su historia. Ello se explicaba en gran parte por la abstención radical, pero también por el crecimiento de un PS que en poco tiempo había aumentado el número de centros, de 252 a 393, y de afiliados, de 9061 a 19.223.
Aunque formalmente la Alianza no tuvo continuidad, en la práctica ambas fuerzas constituyeron un polo político que, en la primera mitad de los 30, mantuvo complejas relaciones tanto con el oficialismo agrupado en la “Concordancia” como con una Unión Cívica Radical (UCR) encolumnada tras la abstención. Mientras enfrentaban a la primera en las urnas, en un contexto de fraude y violencia, y en un Congreso que permitía amplificar sus denuncias pero no cambiar las prácticas denunciadas, se distanciaban del radicalismo por su decisión de participar en instituciones de una legitimidad cuestionable.
Reflexiones finales
Durante sus primeros años, aquellos en que se publicó el periódico El Obrero, el movimiento socialista se presentó explícitamente como representante de una parte de la sociedad: el proletariado. Se trataba de una identidad parcial, que rechazaba explícitamente la posibilidad de la representación de la comunidad política como un todo. La universalidad negada en el presente se remitía al futuro, pero ella no se planteaba en términos de una hegemonía que articulara demandas de otros sectores, tampoco de la destrucción violenta del otro, sino de un proceso necesario y cuasi natural, de una evolución que iría haciendo que los distintos sectores fueran cayendo en el proletariado. Es cierto que en el límite quedaba un resto, “el otro”, la ínfima pero poderosa minoría burguesa que habría sobrevivido al proceso de simplificación social, descrito en el programa de Erfurt. Pero sobre el modo de tramitar la eliminación de esa “excrecencia”, los primeros núcleos socialistas argentinos no decían nada.
El rechazo a las identificaciones universalistas se mantiene en los primeros años de vida del PS. Poco tiempo después de la fundación del partido Juan B. Justo declaraba:
No somos el pueblo, sino una fracción de él; no nos creemos llamados a liberarlo de la opresión, no nos atribuimos el papel de libertadores. Contribuimos simplemente a poner a la clase obrera en condiciones de liberarse ella misma, enseñándole a comprender lo que nosotros ya hemos comprendido (Justo, 1947: 31-32).
El PS no se presentaba a la competencia política como una fuerza más, o siquiera como un partido “de principios”, sino como un partido “económico” que mantenía un vínculo especial con una parte de la sociedad: la clase obrera. Esa identificación entre posición de clase e identidad política no vedaba la posibilidad de acuerdos con otros sectores sociales, pero llevaba a que esos acuerdos fueran pensados en clave de alianzas de clases que se establecerían a partir de coincidencias objetivas de intereses. Más que una articulación lo que se proponía era una suma, que no redefinía los límites de cada una de las identidades preexistentes. Siguiendo las formulaciones de Aboy Carlés (2014: 39), podemos evaluar que en los primeros días de vida del PS Justo seguía proponiendo a la socialista como una identidad parcial.
Distinta es la mirada que años después plantearía el líder socialista con ocasión de la polémica con Ferri. Frente al italiano, quien afirmaba que, dada la inexistencia de un partido radical, el PS debía convertirse en tal, Justo proponía que el socialismo hegemonizara las tareas democratizadoras del inexistente reformismo pequeño burgués y campesino. La transformación democrática implicaba una alianza social, fundamentalmente entre proletarios y chacareros, pero ésta no suponía una concertación entre fuerzas políticas, sino que se daba en el seno del mismo PS, partido que, sin embargo, seguía definiéndose como “obrero”. Encontramos aquí un intento de redefinir la frontera constitutiva del PS, planteando un juego entre la identidad parcial, obrera, y una más amplia, popular. Pero el PS no logró llevar adelante con éxito las complejas tareas de mediación política que permitieran articular las interpelaciones a la clase obrera con la construcción de un pueblo, de una mayoría capaz de transformar la sociedad derrotando al bloque en el poder. Esto no se debió al desinterés de los socialistas por avanzar en una propuesta que incorporara a otros sectores sociales sino a su confianza en que esa confluencia sería resultado del movimiento tendencial ascendente que compartían economía, sociedad y política, el que eliminaría las “anomalías” del sistema político argentino. Lejos de avanzar en acercamientos a otras fuerzas, el Partido Socialista llevó adelante un permanente esfuerzo de diferenciación que lo distanció del resto de las fuerzas del escenario político argentino.
Esta voluntad de escisión no fue, sin embargo, compartida por todos los sectores del PS. Hacia el Centenario comenzó a hacerse visible un sector que impulsó la formación de una coalición. Aunque sus posiciones fueron fácilmente derrotadas, las voces de quienes, como Antonio de Tomaso, bregaban por un acercamiento a otras fuerzas, volvieron a oírse antes de las elecciones de 1916 y 1922. Esta vez la dirección partidaria, y en particular Juan B. Justo, se mostraron teóricamente favorables al acercamiento a otras fuerzas, pero rechazaron avanzar pasos concretos en esa dirección. La negativa a participar de una coalición antiyrigoyenista sería uno, el principal, de los causantes de la ruptura de un importante conjunto de dirigentes y militantes que, encabezados por De Tomaso, abandonaron las filas del PS en 1927 para fundar el Partido Socialista Independiente.
El tema de las alianzas permite ver el juego entre tres líneas del socialismo argentino que, aunque no se expresaron siempre en corrientes internas claramente definidas, tuvieron incidencia en la historia del partido. Por un lado, se encontraban quienes, defendiendo la especificidad del PS como partido obrero, rechazaban un acercamiento a fuerzas burguesas que, afirmaban, diluiría su identidad. Por otro, un sector en el que la adhesión a una postura claramente reformista se traducía en la voluntad de avanzar en acuerdos con otras fuerzas que, alegaban, compartían esa agenda de reformas. Entre ambos se ubicaba una conducción partidaria que, compartiendo con unos la afirmación de la especificidad obrera del PS y con los otros la voluntad reformista, planteaba un juego centrista que se apoyaba ora en unos y ora en otros y reconocía la deseabilidad de las alianzas al mismo tiempo que se negaba a avanzar en coaliciones concretas.
Hasta 1930 el PS no estableció alianzas e intentó mantener un perfil propio que lo alejaba tanto del yrigoyenismo como de la coalición antiyrigoyenista. En 1931, en cambio, confluyó con el Partido Demócrata Progresista en la Alianza Demócrata Socialista. ¿Qué había cambiado? Por un lado, el escenario nacional, en el que la instalación de un gobierno de facto y las políticas represivas que éste llevó adelante colocaron las cuestiones democráticas y liberales en el centro de la agenda. Por otro, el propio PS, en el que el ingreso de un numeroso contingente de militantes del reformismo universitario encabezado por Alejandro Korn, y la promoción de figuras jóvenes como la de Américo Ghioldi, impulsaron el reemplazo de la lectura economicista del socialismo ─ya fuera planteada en clave positivista, marxista, o en una combinación de ambas─ por otra de matriz ética.[20] Este cambio favorecería confluencias que se planteaban menos en nombre de reformas sociales que de la defensa de la libertad. Si la Alianza Demócrata Socialista fue posible, no lo fue porque, por fin, el PS hubiera encontrado la fuerza burguesa moderna y reformista que tanto había reclamado, sino porque dejó de buscarla para unirse con otros con los que, al menos en los papeles, compartía la defensa de la libertad y las instituciones democráticas.
El PS no ingresaba a la Alianza Demócrata Socialista sosteniendo un discurso que propusiera una reconstitución de la comunidad a partir de la hegemonía de una parte, la clase obrera, sino de un discurso universalista que disolvía todas las partes bajo una noción abstracta de “ciudadanía”. Los derechos que se proponía defender ante la iniciativa “reaccionaria” eran menos vistos como conquistas que como atributos inherentes al hombre o como legados de la tradición liberal. La asociación con otras fuerzas era planteada en términos de valores y el otro que las amenazaba era caracterizado menos en términos políticos o sociales que civilizatorios: la “barbarie” y el “fascismo”.
Fuentes citadas
Publicaciones periódicas
El Obrero, Buenos Aires (1890-1893).
La Vanguardia, Buenos Aires (1894-1931).
Folletos y libros
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Justo, Juan B. (1947 [1896]). “Discurso de fundación (28 de junio de 1896)”, en Juan B. Justo, La realización del socialismo (Tomo 6 de las obras completas) (recopilación y notas de Dardo Cúneo), Buenos Aires, La Vanguardia.
Justo, Juan B. (1947 [1921]). “Relaciones del partido obrero con los otros partidos”, en Juan B. Justo, La realización del socialismo (Tomo 6 de las obras completas) (recopilación y notas de Dardo Cúneo), Buenos Aires, La Vanguardia.
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Bibliografía
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Martínez Mazzola, Ricardo (2018). “Un socialismo para la pampa argentina. Programa agrario y alianzas políticas en el pensamiento de Juan B. Justo”, Signos históricos, Nº 39, enero-junio.
Disponible en <http://signoshistoricos.izt.uam.mx/index.php/SH/article/view/1557/1420>.
Portantiero, Juan Carlos (1999). Juan B. Justo. Un fundador de la Argentina moderna, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
Rancière, Jacques (1996). El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión.
- CONICET – Centro de Investigaciones Sociopolíticas IDAES/UNSAM – UBA.↵
- Vale mencionar como excepción los trabajos de Nicolás Azzolini (2010 y 2011) sobre la Unión Democrática y el antiperonismo.↵
- Se trata de un recorrido en el que pueden distinguirse varias estaciones. La primera es la formulación leninista de la ideología como “dirección política en el seno de una alianza de clases” (Laclau y Mouffe, 2004: 86), lectura que conservaba la noción de que la presencia de los agentes en el terreno político se daba bajo la forma de representación de intereses. El paso siguiente lo da Gramsci al afirmar que la hegemonía supone una “dirección intelectual y moral” que no se funda sobre una coincidencia de intereses que mantiene separada la identidad de los distintos sectores de clase, sino que radica en la existencia de valores entre posiciones de sujeto que cortan transversalmente a esos sectores (2004: 100-101). De todos modos, subrayan Laclau y Mouffe, aunque Gramsci funda la identidad de los sujetos en las prácticas articulatorias, mantiene los supuestos de que en toda formación hegemónica debe haber un principio unificante y que éste debe referirse a una clase fundamental. Ante esto Laclau propone un tercer paso: partiendo de una lectura de la noción freudiana de sobredeterminación, según la cual todo punto focal es desbordado por la intertextualidad, plantea que ninguna identidad puede tener un carácter completo, lo que supone que todas ellas pueden ser articuladas, hegemonizadas, por diferentes formaciones histórico-discursivas (2004: 154-155). ↵
- En el apéndice del artículo “Tesis acerca de la forma hegemónica de la política”, Laclau (1985) plantea la distinción entre posicionalidades democráticas y posicionalidad popular. Esta última, argumenta, sólo surge cuando al discurso de equivalencia, que construye posicionalidades democráticas, se agrega la operación que divide a la sociedad en torno a un antagonismo básico entre opresores y oprimidos. El supuesto es que sólo la construcción de un espacio en el que se liguen todas las luchas y la construcción de un sujeto popular que las lleve adelante impiden que las posiciones democráticas sean cooptadas por la lógica del transformismo.
En Hegemonía y estrategia socialista, Laclau y Mouffe revisan dicha postura ─cercana al modelo de bipartición jacobino─ al tiempo que refinan la distinción entre las dos lógicas que operan en la estructura de los espacios: “La lógica de la equivalencia es una lógica de la simplificación del espacio político, en tanto que la lógica de la diferencia es una lógica de la expansión y complejización del mismo” (Laclau y Mouffe, 2004: 151). Si bien la vigencia absoluta de una de las dos lógicas constituye un caso límite hipotético, en diferentes sociedades puede verse el predominio de una u otra. En los países del tercer mundo, la explotación imperialista y formas brutales de dominación tienden a dotar a la lucha popular de un centro y a dividir el espacio político en dos campos. Modificando las valoraciones “jacobinas”, Laclau y Mouffe argumentan que la división del espacio político en dos campos ya dados, lejos de representar una forma superior de constitución de identidades colectivas, remite al caso extremo de algunos países del tercer mundo, en los que se dan relaciones de extrema exterioridad entre los grupos dominantes y el resto de la comunidad, que tienden a dotar la lucha popular de un centro y a dividir el espacio político en dos campos. En cambio, en los países de capitalismo avanzado la multiplicación de posiciones democráticas va diluyendo su automática unidad en torno a lo popular. Aunque no es objeto de este artículo, no se puede dejar de reconocer que, en escritos posteriores, Laclau volvería sobre sus pasos para sostener nuevamente el carácter imprescindible de la unificación del nosotros popular.
Sin embargo, la crítica al jacobinismo que cree encarnar un nosotros homogéneo enfrentado a un enemigo externo es retomada al final de “políticas de la retórica” (Laclau, 2014: 124-125). El artículo se cierra contraponiendo la identidad jacobina, fundada en una figuración democrática que parece dar un cuerpo único al pueblo, a una democrática, asociada a un nuevo pluralismo relacionado con los movimientos sociales, entre éstos los vínculos serían predominantemente metonímicos y la referencia necesaria a un principio de agregación metafórico, que da nombre al colectivo, no borraría su contingencia ni su carácter incompleto.↵ - “Entendemos por “identidad popular” aquel tipo de solidaridad política que emerge a partir de cierto proceso de articulación y homogeneización relativa de sectores que, planteándose como negativamente privilegiados en alguna dimensión de la vida comunitaria, constituyen un campo común que se escinde del acatamiento sin más y la naturalización del orden vigente” (Aboy Carlés, 2013: 21).↵
- Sobre la distinción entre extensión e intensidad del vínculo identitario, véase Aboy Carlés (2010). ↵
- Aventurándonos en un terreno que deberá ser objeto de ulteriores reflexiones, e incluso objeciones, debemos reconocer que una propuesta de recolocación de la cuestión de las coaliciones en un lugar central del análisis puede ser leída en dos direcciones: la primera es que se trate de un movimiento de retroceso que saliendo de la hegemonía llevara a la vieja idea de la alianza, aunque no necesariamente sería una “alianza de clase”; la otra posibilidad, con la que nos identificamos, remite a la posibilidad de recuperar un modo pluralista de pensar la hegemonía, una en la que el ingreso a la coalición produciría una redefinición de los límites de la propia identidad, y también la de los socios, pero que esa reformulación no concluiría en el anudamiento en torno a un nombre común. ↵
- Esta caracterización tiene claras consecuencias en lo que serefiere a la caracterización de la democracia. Así discutiendo con los demócratas y republicanos se les contrapone el ejemplo de Estados Unidos, Francia y Suiza, sociedades en las que junto con la democracia rige la tiranía sobre los trabajadores y la “desorganización económica causa primordial de los males presentes. Mientras esta subsista las reformas que se implanten serán poco menos que inútiles […] Esto es lo cierto. Lo demás: república, derechos del hombre y otras yerbas aromáticas con que nos obsequian ciertos reaccionarios de gorro frigio, no son más que palabras” (El Obrero, 12/3/1892).↵
- Esta ligazón del socialismo con una posición particular se pone de manifiesto cuando en 1899 Justo emprende la publicación de un nuevo periódico, El Diario del Pueblo. En él se proponía un discurso “democrático” que buscaba a un sujeto más amplio al que no se pretendía convencer de las bondades del socialismo (para eso estaba La Vanguardia), sino de la necesidad de adquirir y hacer uso de sus derechos políticos. La empresa fracasó y no fue retomada posteriormente.↵
- Con “política criolla” los socialistas criticaban las prácticas “de base” a través de las cuales, afirmaban, las otras fuerzas políticas ─tanto radicales como conservadoras─ “trabajaban” sobre los sectores populares: la alcoholización, el juego, el intercambio de favores por apoyo, etc. El “caudillismo” remitía más bien al nivel superior de la pirámide política, a la ausencia de programas en fuerzas que sólo seguían a una gran figura. Podría afirmarse que, coherentemente con su pedagogismo y con su idea de que el problema de base se hallaba en la ausencia de una cultura democrática en los sectores populares, en el discurso socialista la crítica al “caudillismo” se veía subordinada al cuestionamiento más general a la “política criolla”. ↵
- Como han señalado Aricó (1999) y Portantiero (1999), el “sociologismo de Justo”, quien postulaba una política en la que los partidos serían económicos, fruto de la comprensión franca de los intereses sectoriales contrapuestos, se apoyaba en una “concepción racionalista de la política” que desatendía, por considerarlas como inesenciales y efímeras, las formas político-ideológicas surgidas de las experiencias políticas de los sectores sociales a los que se proponía interpelar. ↵
- Abandonando el tradicional escepticismo con el que observaba la evolución de otras fuerzas, desde La Vanguardia se afirmaba que la división implicaba “un buen síntoma”, que permitía abrigar expectativas “por lo menos hasta que el derrotero no indique claramente la aspiración final. En bien del mejoramiento y saneamiento de la política criolla, saludaríamos en el nuevo partido radical que ha de constituirse, un hijo, aunque fuera menor, de sus congéneres europeos. Y el tiempo se encargará de decir si esto es pedir peras de otro olmo” (La Vanguardia, 4/9/1909). Tres días más tarde, el diario socialista continuaba analizando la división radical y planteando su preferencia por el sector “disidente”, al afirmar: “A un lado, quedan los radicales clandestinos, amparados sólo por el único propósito de tumbar el gobierno mediante la revuelta a base del ejército; del otro los que, no estando conformes con semejante espera, ni de acuerdo con tal método, se reclaman de mayor perfección y aspiran a la acción en otro orden de la vida política. La división radical, se ha operado, pues, por discrepancias de medios” (La Vanguardia, 7/9/1909).
Con la satisfacción de quien ha acertado con la prognosis se explicaba que desde mucho tiempo antes los socialistas habían subrayado la inestabilidad de la mezcla radical y afirmado que no podría mantenerse por mucho tiempo “el milagro de la unidad”. De todos modos el artículo no dejaba de subrayar el carácter vacío de la prédica de los “disidentes” y se preguntaba si procederían “a organizarse marcándose orientaciones más concretas en una entidad política nueva, o se desbandarán para incorporarse a las agrupaciones que convenga a la honradez de los honrados y a la voracidad de los hambrientos” (La Vanguardia, 7/9/1909). ↵ - La Vanguardia, 6/11/1909.↵
- En su visita a la Argentina en 1908, Enrico Ferri, eminente criminólogo positivista, había sostenido que no habiendo en la Argentina industria no había proletariado y por tanto no había posibilidad de existencia de un partido socialista, argumentando que el que se tenía por tal era simplemente un partido radical. Justo le respondió criticando el reduccionismo de asociar al proletariado con la máquina de vapor y no con la separación del trabajador de los medios de producción. Apoyándose en las formulaciones de Marx acerca de la “colonización capitalista sistemática”, el argentino explicó cómo los obstáculos al acceso a las tierras libres obligan al inmigrante a vender su fuerza de trabajo en el mercado. Esta adopción de la “teoría moderna de la colonización” funda tanto una interpretación económica de la historia argentina que relee las luchas gauchas como luchas contra la expropiación, como una estrategia de alianza política entre proletarios y chacareros orientada a transformar las relaciones sociales agrarias (Martínez Mazzola, 2018). Por otra parte, el rechazo al postulado determinista de que todos los países deban recorrer las mismas etapas y negar la necesidad de un partido radical a la franco-italiana permite a Justo asignar a trabajadores y al Partido Socialista la doble misión de llevar adelante las tareas “radicales” de democratización y, a la vez, luchar por las propias reivindicaciones.↵
- La Vanguardia, 19/3/1916.↵
- “El socialismo argentino, a diferencia de los europeos, no aspira a colaborar con el gobierno. Es una máquina de oposición y de destrucción. Los comunistas tienen un lema peligroso, pero lógico: destruir para crear. Destruir por destruir, sólo puede ser una finalidad para los que no saben lo que quieren. El doctor Justo, al cerrar a su partido a la vez el camino revolucionario y el gubernamental, lo ha metido en un callejón sin salida, condenándolo a la impotencia perpetua” (De la Torre, 1952: 207).↵
- El desencadenante de la ruptura fue la presentación y posterior retiro, por parte de Juan B. Justo, de un proyecto de intervención a la provincia de Buenos Aires, en manos de los yrigoyenistas. Con esa presentación el PS parecía abandonar las posiciones de equidistancia entre yrigoyenistas y antiyrigoyenistas, y utilizar su importante bloque parlamentario ─diecinueve diputados de un total de ciento cincuenta y ocho, en una situación en que ninguno de los principales actores tenía mayoría propia─ para dar a las fuerzas antiyrigoyenistas el control de un resorte decisivo en vistas a los comicios presidenciales de 1928. Pero sorpresivamente, a mediados de junio, el mismo Justo anunció que no presentaría el proyecto de Intervención. Sería ese sorpresivo abandono de una propuesta que prometía sacar a los socialistas de su aislamiento el que terminaría de impacientar a quienes, como De Tomaso, consideraban que el PS debía involucrarse más activamente en las disputas políticas de la hora, y daría el golpe final a una unidad partidaria ya debilitada por años de conflicto. Sobre la ruptura de los “independientes”, véase Martínez Mazzola, 2011a.↵
- Sobre la difícil posición en que la polarización del escenario político colocó al PS a fines de los años 20, véase Martínez Mazzola, 2010.↵
- Los votos en contra provinieron principalmente de Santa Fe, Capital Federal y Mendoza.↵
- Sobre el giro ético que el discurso socialista experimenta a partir de comienzos de los años 30, véase Martínez Mazzola, 2011b.↵








