Parafraseando a Aristóteles, emprendedor se dice de muchas maneras. Si sólo indagáramos en qué sentidos se utilizan las palabras ‘emprender’ y ‘emprendedor’ tendríamos que dedicar todo el libro a ello. Pero esa sería en parte una tarea vana, ya que la redefinición semántica de esos términos es tan rápida como los cambios que operan en el campo del desarrollo emprendedor. Optaremos por una solución pragmática: los invitaremos a bucear en los factores que influyeron en el posicionamiento del tema en la esfera pública, y a repasar diversas corrientes teóricas que contribuyeron a darle seriedad académica. Desde esas perspectivas no sólo aportaremos claridad a los conceptos, sino que nos vincularemos con las prácticas que les dan lugar.
Para iniciar, pongámonos de acuerdo en algo. ¿Notaron la gran cantidad de publicaciones sobre o para emprendedores que pueden comprarse en cualquier librería o revistero? ¿Vieron cómo proliferaron las publicaciones sobre emprendedores en las redes sociales? ¿Y en los programas de radio y televisión? Seguro también escucharon referencias a emprendedores en la voz de diversos líderes políticos y personalidades influyentes. El emprendedor tapa-de-revista es sin dudas un fenómeno de nuestra época. Pero dista mucho de ser un hecho mediático fortuito. Por el contrario, la instauración del status de emprendedor-héroe es una compleja construcción social.
En la década de 1990 el centro de la escena empresarial lo ocupaban las pequeñas y medianas empresas (PyME). La literatura de divulgación y las publicaciones más frecuentes estaban orientadas a brindar herramientas de gerenciamiento para pequeños y medianos empresarios que habían ganado notoriedad por su capacidad de generar empleo, innovar, y diversificar la economía de los países. No valían para ellos las mismas reglas administrativas que para las corporaciones multinacionales, por lo que la tecnología PyME era, en buena medida, una adaptación del conocimiento gerencial desarrollado durante el siglo XX a partir de las necesidades de las grandes compañías, que habían sido el actor central del desarrollo económico hasta la década de 1980.
¿A qué se debió este sucesivo cambio de foco? En el marco de la denominada managed economy, que predominó hasta los años ochenta, los grandes jugadores transnacionales dominaban la escena simbólica de la empresarialidad. Pero tendrían sus días de fama contados: un puñado de individuos visionarios revolucionaron la oferta de bienes y servicios en el campo de la informática y las tecnologías digitales, dando lugar al nacimiento no sólo de nuevos productos sino también de nuevas industrias que desplazaron a muchas industrias tradicionales. Ya no era suficiente apelar a las combinaciones de capital y trabajo para explicar el desarrollo; “el conocimiento se convierte en un factor vital en los modelos de crecimiento endógeno” (Thurik, 2008), y se produce el tránsito de la managed economy a la entrepreneurial economy (Audretsch y Thurik, 2001, 2004).
En pocas décadas, el contraste entre ambos modelos económicos trastrocó la escena empresarial. Estabilidad, especialización, homogeneidad, certeza y predictibilidad fueron las características centrales del contexto de la managed economy. A la inversa, en el marco de la entrepreneurial economy predominan la flexibilidad, los cambios turbulentos, la diversidad, la novedad, y el vínculo entre empresas (con dinámicas de ‘clusterización’ de las actividades). La pulseada entre escala versus flexibilidad la ganaron no sólo las pequeñas y medianas compañías, sino esencialmente las nuevas compañías. En ese contexto, y en una relación simbiótica con una creciente globalización, el portador simbólico de la empresarialidad dejó de ser el gerente o ejecutivo contratado que se desempeña en la superestructura de una multinacional, y ganaron ese espacio los emprendedores: individuos o equipos de trabajo reducidos, con características disruptivas e innovadoras, dispuestos a crear empresas para generar nuevos productos que, con su aparición, crearon a la vez nuevos mercados e industrias.
En una fusión creciente entre ambos factores, además de las empresas jóvenes, otro ingrediente característico de la transición fueron los jóvenes empresarios. Las nuevas tecnologías fueron apropiadas rápidamente por las nuevas generaciones, quienes a su vez tuvieron que adaptarse al contexto de crisis de la matriz del empleo tradicional. Portadores de nuevas tendencias en diseño, tecnología y consumo, los jóvenes emprendedores resumen el tipo social de la actualidad.
¿Tenemos que tomar esto como un éxito del emprendedorismo? ¿Todos los saldos son positivos en este proceso histórico? Al igual que ocurre con todos los procesos históricos complejos, la valoración también está condicionada por la época y por los posicionamientos ideológicos. Desde el campo del desarrollo local, se promovió fuertemente el desarrollo emprendedor como una herramienta por:
…la contribución de las nuevas empresas al crecimiento económico, la generación de puestos de trabajo, la innovación, el desarrollo regional, la diversificación del tejido productivo, la competencia, la democratización del poder económico, la igualdad de oportunidades y la canalización de las energías creativas de la población. (Kantis et al., 2004)
Desde las posiciones más críticas hacia el capitalismo postindustrial, se argumenta fuertemente contra la extrapolación de la cultura empresarial a todos los órdenes de la vida, transfiriéndole al individuo la responsabilidad de ser ‘emprendedor de sí’ para gestionar su propia vida y lograr ingresos en un contexto neoliberal en el que el sistema excluye socioeconómicamente a una gran porción de la población mundial (cfr. Deleuze, 1980; Sibilia, 2010).
En el presente libro asumiremos una posición a la vez optimista y crítica sobre el fenómeno emprendedor, en orden a potenciar las posibilidades transformadoras de las acciones humanas y del potencial expansivo de aquellas microprácticas que aportan valor a la sociedad. Hacia el final del escrito argumentaremos sobre las proyecciones estratégicas que esta posición supone.
Unidad en la diversidad
Para proseguir es necesario establecer un mojón semántico, a fin de señalar claramente qué sí y qué no entenderemos por emprender, emprendedor, y emprendedorismo en el presente volumen. Siguiendo a Shane y Venkataraman (2000), asumimos que el emprendedorismo es el proceso mediante el cual las “oportunidades de crear futuros bienes y servicios son descubiertas, evaluadas y explotadas”. Pero dada la complejidad intrínseca de la definición, hay que notar que este enfoque nos remite al aprovechamiento de oportunidades y nos aleja del enfoque de creación de empresas, en tanto que no necesariamente hay que ser el fundador de una nueva organización para ser emprendedor.
Por ejemplo, desde esta perspectiva, un ejecutivo o empleado en relación de dependencia puede ser emprendedor dentro de una organización preexistente –pública, privada, o de tercer sector– en tanto atraviese el proceso de creación de bienes o servicios en el marco de dicha institución. A este sujeto le llamaremos intraemprendedor.
También será considerada emprendedora aquella persona que, con el objetivo de crear futuros bienes o servicios, funde una organización, aunque no tenga objetivos comerciales ni fin de lucro. Este es el caso, por ejemplo, de quien ponga en marcha una Organización No Gubernamental (ONG) para generar un bien social o ambiental.
Sin embargo, mayormente nos enfocaremos específicamente en el emprendedor tradicional, entendiendo por tal a aquella persona que descubre, evalúa y aprovecha una oportunidad de creación de nuevos bienes o servicios con orientación al mercado y en busca de un beneficio económico. Si bien esto nos remite a un contexto empresarial, debemos entender que las tipologías organizacionales se redefinen periódicamente. Tengamos en cuenta, por ejemplo, el caso de las empresas de beneficio e interés colectivo –a las que dedicaremos un párrafo aparte- que nacen para cumplir un objetivo social y/o ambiental, pero utilizan estrategias de mercado para lograrlo.
Un poco de historia
A esta altura ya habrán notado que la necesidad de aclarar los términos responde a que no siempre, ni para todos, emprender significa lo mismo. ¿Qué significó en otros contextos? ¿Qué valores, prácticas y conceptos fueron asociados a la palabra emprendedor?
Empecemos por el principio. En torno a 1730 el economista franco-irlandés Richard Cantillon definió por primera vez en la historia al emprendedor. En su obra Ensayo sobre la Naturaleza del Comercio en General, señaló:
Muchas gentes en la ciudad se convierten en comerciantes o empresarios, comprando los productos del campo a quienes los traen a ella, o bien trayéndolos por su cuenta: pagan así, por ellos un precio cierto, según el del lugar donde los compran, revendiéndolos al por mayor, o al menudeo, a un precio incierto.
De esta afirmación podemos deducir que la primera definición de emprendedor se asoció a un ámbito específico: la ciudad; a una actividad principal: el comercio; y a un factor central: el riesgo implicado en comprar al precio que le fija su proveedor y vender al precio que él logre fijar en el mercado. La tradición del emprendedor como tomador de riesgo perdura hasta nuestros días, al igual que el vocablo francés con el que lo definió, entrepreneur[1].
Dado que la reflexión central de los economistas neoclásicos se ocupaba del equilibrio general de los mercados, la creación de empresas y la toma de iniciativa emprendedora no representaban un tema de interés. Sin embargo, algunos autores analizarán marginalmente la figura del emprendedor asignándole características o funciones específicas en relación a dicho equilibrio.
Ya lo sabemos: el concepto de perfección de la economía neoclásica es una entelequia. El comportamiento real de los mercados es concebido como imperfecto en contraste con las condiciones de un mercado ideal en el que no hay posiciones dominantes (ni entre los demandantes ni entre los oferentes), los productos son indiferenciados, y la información completa está en posesión de todos los actores. Un elefante volador tendría más probabilidades de existir. En el seno mismo de la Escuela Neoclásica, Frank Hyneman Knight (1921) detecta que, desde la perspectiva de los individuos, no se cumplen las premisas de información perfecta y capacidad de predicción de los agentes propuestas en los modelos de equilibrio general. Por el contrario, los individuos operan en el mercado con incertidumbre y serán para este autor los emprendedores quienes detentan cierta capacidad de predicción para guiar sus acciones económicas, una habilidad a la que se referirá como judgement. Este poder de ‘juicio con buen criterio económico’ en ambientes de incertidumbre se suma a la noción de emprendedor como una capacidad que lo distingue de otros individuos.
Desde la Escuela Austríaca, el economista Israel Kirzner también se enfocó en una característica personal de los emprendedores: su ‘alertidad’ (alertness). La propuesta de este autor está centrada en el conocimiento imperfecto que caracteriza a los mercados, asumiendo que conocimiento e ignorancia pesan por igual en el sistema económico. Tanto es así que los individuos, como agentes económicos, pueden estar al lado de una oportunidad de negocio sin reconocerla. Los emprendedores, en cambio, son aquellos individuos que leen entre líneas los desequilibrios entre la oferta y la demanda, saben proveerse de información de mercado y aprovechan en su favor la oportunidad de negocio. De esta manera, son agentes económicos que contribuyen a restablecer el equilibrio.
Otro influyente economista de la Escuela Austríaca, Joseph Schumpeter, consideraba todo lo opuesto en relación al equilibrio. De hecho, a él le debemos la asociación de la figura del emprendedor con la innovación. Si bien este autor hace referencia al rol del empresario sin distinguir estrictamente las figuras de emprendedor y de gerente, logró asociar a su función específica la materialización de nuevas combinaciones que, en buena medida, cambian las reglas del juego para los participantes del mercado[2]. O, al menos, desordenan un poco las fichas en el tablero y los obligan a reacomodarse.
Imaginemos la siguiente situación: estamos en el año 1983 decidiendo tomar un crédito para ampliar la planta de producción de nuestra fábrica de máquinas de escribir, incorporando una línea de producción para unas innovadoras máquinas de escribir eléctricas. Contrataremos casi el doble de empleados para lograr un nivel de producción que nos permita abastecer la creciente demanda que se expande desde hace más de dos décadas, cuando heredamos la fábrica familiar. Como empresarios optimistas que somos, tendemos a pensar en positivo y a soñar con nuevas conquistas, pero hacia 1986 empezamos a notar que algo extraño sucedía en la demanda. Muchos de nuestros principales clientes estaban comprando algo que se llamaba ‘computadoras personales’. Hacia 1990, ya nadie quería comprarnos máquinas de escribir ni eléctricas ni tradicionales.
En el ejemplo imaginario, la figura del emprendedor está asociada a las nuevas empresas que en la década de 1980 encontraron una nueva tecnología y la explotaron, desplazando a los jugadores tradicionales cuyas empresas se inscribían en industrias que resultaron obsoletas ante la innovación. Esa fue, sin dudas, una mala década para las fábricas de máquinas de escribir, así como las décadas siguientes fueron malas para las compañías fotográficas tradicionales en la medida en que disminuyó drásticamente el consumo de fotografías en papel. Las compañías de telecomunicaciones tradicionales están aún adaptándose ante la explosión de las plataformas de comunicación vía internet, y el desplazamiento de los teléfonos por parte de los smartphones. Y los videoclubes no lograron sobrevivir a los servicios de video on demand, salvo como reliquias vintage para cultores del cine. Cuando una innovación disruptiva se produce, se impone la regla ‘adaptarse o morir’, por lo que cada empresario debe decidir un curso de acción que puede oscilar entre cerrar sus puertas, cambiar de rubro o incorporar tecnología y subirse a la nueva ola. El estereotipo de emprendedor schumpeteriano asume en el mercado, en buena medida, el papel de la diosa hindú Shiva: cuando entra en acción destruye para renovar. La destrucción creativa es la dinámica de los mercados que Schumpeter ilustra, siendo el emprendedor quien altera el equilibrio del mercado, corriendo las fronteras de posibilidades de producción a partir de la generación de nuevas combinaciones de recursos.
Vivimos en una época signada por los cambios tecnológicos, por lo que hasta los más jóvenes han sido testigos del cambio de dispositivos que fueron de uso corriente hasta que una nueva propuesta los reemplazó. Pero, así como la innovación puede basarse en nuevas tecnologías y en la introducción de nuevos bienes en el mercado, también puede basarse en la apertura de nuevos mercados, en el desarrollo o disposición de otras materias primas, o incluso en un nuevo formato organizacional para llevar adelante la producción.
Si tenemos en cuenta cómo las ideas de Schumpeter permearon en la cultura empresarial, notaremos que puso una vara muy alta para los emprendedores. ¿Todos los emprendedores tienen que ser innovadores? Si respondemos que sí ante esa pregunta, estaremos ciñendo el fenómeno emprendedor a una porción muy pequeña de los fundadores de empresas. Sobre todo porque el autor no se anda con chiquitas: para él, las adaptaciones no cuentan como innovación. La innovación está constituida por cambios profundos, espontáneos, discontinuos, que alteran el equilibrio de mercado y obligan a todos los jugadores a tomar partido y a redefinir su jugada.
En cambio, podemos aceptar que, en la medida en que el emprendedor schumpeteriano provoca desequilibrios abriendo nuevos mercados e industrias, hacen falta emprendedores kirznerianos que, a raíz de su ‘alertidad’, encuentren oportunidades en esos desequilibrios y, aprovechándolas, tiendan a restablecer el orden en el mercado. El emprendedor schumpeteriano es la punta de la lanza, pero pocos cambios se masificarían sin el aporte de emprendedores kirznerianos que en el desequilibrio originado en la disrupción aprovechan para generar negocios valiéndose de las nuevas tecnologías, mercados o demás factores. Para ilustrarlo con ejemplos cercanos: un día nació la internet 2.0 a partir de Facebook, un sitio web que proponía la descentralización en la generación de contenidos. Ya no sería un equipo de redacción quien decidiría qué publicar, sino los propios usuarios, interactuando entre sí en una red social. Se revolucionó completamente la frontera de posibilidades de lo que ocurría en internet. ¿Terminó allí la película? Todos sabemos cómo continuó el fenómeno: otros emprendedores entendieron rápidamente el concepto e identificaron oportunidades. Imaginaron que los usuarios querrían ser protagonistas y generar contenido de valor para sus seguidores, y nació Twitter. Imaginaron que las imágenes compartidas en tiempo real se impondrían ante el texto y nació Instagram. Pensaron que la impermanencia del contenido podía aportar valor y nació Snapchat. Y la lista sigue con cientos de opciones más, para profesionales, para investigadores, para buscadores de citas, para músicos, etcétera. Hasta sitios web con modelos más tradicionales se adaptaron o lanzaron productos con el nuevo concepto; tal es el caso de Google+ o la redefinición de la interacción entre usuarios en Youtube.
Y hablando del desequilibrio, entra en escena otro economista estadounidense, Theodore Schultz (1975), quien precisamente hace foco en la habilidad para hacer frente a los desequilibrios. Pero en vez de pensarla –siguiendo la tradición de Kirzner y Schumpeter– como una facultad exclusiva de una pequeña porción de la población, sugiere que no sólo dicha habilidad está en posesión de todos, sino que además puede ser estimulada e incrementada. Nace así un nuevo concepto al que suscribiremos fuertemente en esta época: el capital humano. En algunos países y regiones las variables clásicas de capital y trabajo son insuficientes para explicar el desarrollo. En cambio, las capacidades de la población, el saber cómo instalado y la habilidad para encontrar oportunidades originadas en desequilibrios (a la Kirzner) pueden generar prosperidad económica en interacción con los demás factores de producción.
Schultz (1975) abre una puerta teórica a la formación emprendedora. El capital humano es una inversión. La educación no es un gasto. Podemos deliberadamente invertir recursos en desarrollar nuestras capacidades para gestionar el desequilibrio y aprovechar oportunidades de negocio. Esta posición puede incluso fundamentar una política pública orientada a ensanchar la base de emprendedores a partir de la formación. Ex nihilo nihil fit. “De la nada, nada sale”, reza un antiguo principio. En una entrevista, el reconocido emprendedor argentino Andy Freire hizo declaraciones sobre un país de Europa del Este del cual surgió un emprendimiento que revolucionó la comunicación en internet a través de videoconferencias, Skype. “En 2000, Estonia se propuso hacer una gran inversión en tecnología y enseñar a programar. De hecho, todas las escuelas tienen acceso a Internet”, señaló Freire, y añadió que “de esa cultura de programadores surgió Skype. Desde la decisión gubernamental. No surgió por casualidad, sino por diseño”. Desde la perspectiva de Schultz, la formación de capital humano emprendedor es, a todas luces, una inversión estratégica.
Pero si lo analizamos en términos de inversión, tendríamos que evaluar la ‘tasa de conversión’ de emprendedores. Supongamos que cien personas atraviesan un proceso de formación emprendedora. ¿Cuántas de ellas realmente serán emprendedoras y fundarán sus propias empresas? Y más aún, ¿qué factores incidirán en que algunas emprendan y otras no lo hagan? Esas preguntas dieron lugar, entre 1950 y 1970, a una profunda indagación sobre los atributos personales de los emprendedores, tanto en términos individuales como en términos sociales. El psicólogo David McClelland (1961) fue el adalid de esta corriente y, centrado en la teoría de la necesidad, se preguntó por qué una sociedad tiene mayor necesidad de logro que otra. ¿Qué valores y motivaciones sociales impulsan a los individuos a aprovechar oportunidades de negocio? Y más aún, ¿qué características personales tienen aquellos individuos que se lanzan a la carrera emprendedora?
Los emprendedores serán para McClelland (1961) aquellos individuos que tengan, para sentirse conformes consigo mismos, una mayor necesidad de logro. Esto los llevará a estar dispuestos a correr riesgos y a asumir que lo que pasa en su entorno está ligado de forma directa a sus propias acciones y responsabilidades.
A partir de estos enfoques psicologistas surgieron (y continúan surgiendo) diversos tests de personalidad orientados a identificar qué características emprendedoras tienen los individuos. McClelland diseñó un modelo integrado por cuarenta ‘motivaciones’ arquetípicas, que resumió en tres grandes grupos: la necesidad de realización, la necesidad de afiliación, y la necesidad de poder. Mientras que la necesidad de realización está vinculada al desafío personal y a la satisfacción interna de demostrarse a sí mismo de qué es capaz, la necesidad de afiliación se relaciona con el deseo de pertenencia de determinado grupo social, y la necesidad de poder con un fuerte sentido de independencia y de influencia sobre otras personas para aceptar su liderazgo.
Así, entre las características personales de los diversos grupos se encuentran la inclinación a buscar y aprovechar oportunidades, la persistencia, la exigencia de calidad y eficiencia, el cumplimiento de los compromisos asumidos, la fijación de objetivos y el seguimiento sistemático de ellos, la persuasión, el sentido de independencia y la confianza en sí mismo.
Ahora bien, supongamos que tenemos un test estandarizado, de alta efectividad, que podemos utilizar para identificar quiénes tienen las mencionadas características de personalidad. ¿Debemos suponer que quienes tengan una alta presencia serán indefectiblemente emprendedores? ¿No será, acaso, que todas las tareas de alto rendimiento requieren algunas dosis y combinaciones de dichas características personales? Si las analizamos, sin dudas las encontraremos presentes en científicos, deportistas, músicos, y profesionales exitosos[3]. El análisis de la personalidad en abstracto puede llevarnos a puertos no seguros.
Y así lo entendieron en la década de 1980 dos autores que criticaron fuertemente el enfoque psicologista y se ciñeron a la acción emprendedora. En palabras de William Gartner (1988), “lo que diferencia a un emprendedor de un no-emprendedor es que los emprendedores crean organizaciones, mientras que los no emprendedores no lo hacen”. En un artículo de 18 páginas titulado “‘¿Quién es un emprendedor?’ es la pregunta equivocada”, en el que hace una revisión crítica de los diversos enfoques centrados en atributos personales, demuele varias décadas de investigación centrada en el análisis de personalidades y vuelve a conectar el emprendedorismo con su hecho más básico: crear empresas.
Cuatro años antes, Albert Shapero (1984) había propuesto un giro similar, ocupándose de indagar en lo que denominó el evento emprendedor, caracterizado por la toma de iniciativa, la reunión de recursos para lograr los objetivos propuestos, el gerenciamiento de una organización y la autonomía y asunción de riesgos implicada en la actividad empresarial.
Shapero considera que la innovación radica en la impulsión del evento emprendedor, y no necesariamente en el uso de una nueva tecnología o en la innovación en productos. En términos del autor, emprender implica dos decisiones en una: crear (o redireccionar) una organización y cambiar de modo de vida, afrontando un estilo de vida económicamente independiente. Por esta razón, la disposición a emprender está lejos de ser una decisión trivial para quien la toma: estará atravesada por múltiples factores: la situación familiar, las responsabilidades laborales, la trayectoria –y la inercia para mantenerla– del estilo de vida de la persona.
Por esto, el autor interpreta que en la raíz del evento emprendedor existe un efecto personal de ‘desplazamiento’: la aparición de algún factor que altera el decurso regular de la vida de un sujeto y lo enfrenta a la opción de emprender. Esta ruptura de la normalidad, o dislocamiento de la rutina, puede estar originada en factores negativos que impulsan (push) a emprender, tales como situaciones de crisis general, la pérdida de un trabajo, la inconformidad con el trabajo que mantiene, etc. Pero también puede estar originada en factores positivos, que atraen (pull) a la toma de iniciativa emprendedora, tales como un entorno de familiares o amigos que estimulan esa actividad, un hito determinado en la vida (por ejemplo, recibirse de una carrera universitaria, tener un hijo, etc.), o potenciales clientes que manifiestan su voluntad de adquirir por anticipado los bienes o servicios que el emprendedor estaría dispuesto a proveer.
Ahora bien, el efecto desplazamiento es tan sólo un estímulo (entre tantos otros estímulos que tenemos los seres humanos a lo largo de nuestra vida). La disposición a transformar ese estímulo en una acción emprendedora está tamizada por la percepción individual de deseabilidad y de factibilidad.
Nadie en su sano juicio estará dispuesto a arrojarse voluntariamente tras un objetivo que no considere deseable y factible de alcanzar. Esto nos remite nuevamente al ámbito subjetivo, en cuyo foro interno se debatirá consciente o inconscientemente la deseabilidad del proyecto emprendedor. La matriz cultural, la estructura socioeconómica del sujeto, su educación, su entorno familiar, las opiniones de compañeros, amigos y de personas influyentes serán factores de peso para incidir sobre la deseabilidad de la carrera emprendedora.
La evaluación de factibilidad será la otra vertiente de filtrado de la que dependerá, finalmente, la decisión de emprender o no emprender. Debemos subrayar que la evaluación de factibilidad se realiza en primera persona: lo que es factible para alguien puede no serlo para otro, o viceversa. La percepción de factibilidad estará fuertemente atravesada por las propias capacidades, los recursos ya dispuestos o asequibles de forma directa o indirecta, los vínculos y redes de apoyo disponibles por parte del sujeto, entre otros factores.
Podemos notar que este enfoque recupera las características de personalidad de los emprendedores y su incidencia en la toma de iniciativa. La posibilidad de acceder a (más que la posesión de) recursos será también un factor clave para juzgar la factibilidad de la empresa en el foro interno. La autoconfianza cumple, en este aspecto, un rol fundamental, ya que muchos emprendedores se lanzan a actuar con menos recursos de los que necesitan, pero movidos por un fuerte compromiso con el objetivo trazado, compensan la falta de recursos con lo que Shapero denomina sweat equity, haciendo referencia a la transpiración derivada de una enorme dosis de esfuerzo personal.
Al igual que Schultz, Shapero nos da pistas sobre la formación emprendedora. Mientras que para potenciar la deseabilidad de la carrera emprendedora hay que fortalecer la cultura y la valoración social de la actividad independiente, para contribuir a la evaluación personal de la factibilidad, la herramienta más potente es un ejemplo empático de alguien que lo hizo: “la más poderosa influencia en la percepción de factibilidad de crear una empresa es la observación de otros. Ver a alguien parecido a uno creándolas aumenta la probabilidad de que puedas imaginarte haciendo lo mismo” (Shapero, 1984).
Aportes contemporáneos
Es sugerente el título del libro de Flores et al. (2000) que sintetiza la función que los autores asignan a los emprendedores: Abrir nuevos mundos. A la mayoría de los cambios tecnológicos que transformaron nuestra cotidianeidad podemos ponerles nombre y apellido, y asociarlos a la figura de los emprendedores que los impulsaron. Naturalizamos de tal manera la disposición de ciertos bienes y servicios, que ya no imaginamos cómo era la vida antes de disponer de ellos. La materia prima que sustenta la economía de nuestra época abreva en una cantera infinita: los bits. El motor de las revoluciones económicas siempre fue una materia prima abundante como el carbón o el petróleo. Pero de ‘abundante’ a ‘infinita’ hay un salto cuántico, por lo que no es casualidad que los entusiastas tecnológicos instauren los conceptos de abundancia y exponencialidad, que Jeremy Rifkin (2014) hable de la sociedad de costo marginal cero, y que Chris Anderson (2009) describa los escenarios en que gratis es el nuevo precio radical.
Siguiendo la línea de razonamiento de Schultz, si los factores de producción clásicos –tierra, capital y trabajo– no logran explicar el nuevo escenario socioeconómico, tenemos que dar protagonismo al conocimiento como cuarto y principal factor. Y el conocimiento no es un conjunto de información publicada en libros o en internet; el conocimiento siempre está anclado a personas que llevan adelante acciones basadas en él. No es casualidad que en este contexto se vuelva a recuperar la subjetividad como un valor positivo, un factor clave para motivar y orientar la acción de los emprendedores capaces de crear nuevos productos, tendencias e industrias a partir de sus sueños.
En el próximo capítulo retomaremos este punto a partir de autores contemporáneos, pero problematizando el giro copernicano que se verificó en la compleja relación entre el emprendedor y la oportunidad.
- La palabra entrepreneur fue adoptada sin modificación en el idioma inglés y se utiliza para definir al empresario emprendedor.↵
- Sobre el concepto de “empresario” en este autor, Veciana (1999) señala que “para Schumpeter ‘empresario’ es toda persona que ‘realiza nuevas combinaciones de los medios de producción’ y, por tanto, incluye no solo a aquellos hombres de negocios ‘independientes’, sino a todos los que realicen dicha función, aún si son ‘dependientes’, o empleados de una compañía, y cesan de serlo o pierden su carácter de empresario tan pronto como han establecido su empresa o empiezan a dirigir el negocio de forma rutinaria”.↵
- A este respecto, Veciana (2005) señala que las investigaciones empíricas sobre los rasgos psicológicos del empresario se han ido reduciendo en los últimos años porque “ante los resultados contradictorios de muchas investigaciones va cundiendo la convicción de que los rasgos atribuidos al empresario no son exclusivos de este.”↵








