Ficción y política en una novela de Manuel Ugarte
Cecilia Corona Martínez
La obra de Manuel Ugarte, que abarca una importante variedad genérica, incluye ensayos (políticos y de crítica literaria), narrativa (cuentos y novelas), crónicas periodísticas y también poesía. Sin embargo, el peso de su pensamiento latinoamericanista ha llevado a que solo su producción política sea la más visitada por los estudiosos contemporáneos.
El mismo Ugarte establecía alguna diferencia entre sus producciones; así, en el prólogo a las Poesías completas, escribía: “En los tiempos de lucha por que atravesamos, el hombre se debe casi más a la justicia y a la verdad, que al ensueño y a la belleza. Su arma es la prosa flexible y ágil” (Ugarte, 1921, p. 13).
La novela que nos ocupa fue publicada algunos años después, y tampoco se trata de un “arma” de “la justicia y la verdad”, sino de un texto que podría considerarse pasatista, de escasa trascendencia. Según asevera Norberto Galasso, Ugarte logró vivir –muy sobriamente– solo de su trabajo como escritor. Precisamente esta obra fue escrita con ese fin: “Sus colaboraciones periodísticas alcanzan para una vida austera […]. Un nuevo libro –la novela El camino de los dioses– le permite reforzar sus ingresos, sin agregar nada importante a su labor literaria” (Galasso, 1973, p. 129).
Dentro de la producción ugartiana, sería factible considerarla una obra “menor”, de escaso interés estético o político. Más aún si se recuerda que ese año en Argentina aparecieron El juguete rabioso (Arlt), Don Segundo Sombra (Güiraldes), Días como flechas (Marechal), entre otros libros de importancia.
Si trasladamos lo que Deleuze y Guattari (1978) señalan como propio de las literaturas menores, pero refiriéndonos solo a esta obra –menor en relación con el resto de los escritos de Ugarte–, algunas de las marcas son la relación con la política (que se desarrollará en profundidad) y la desterritorialización (la novela fue escrita en Niza, lejos de su país, y transcurre en escenarios también “exóticos”), aunque resulta más difícil ver en ella la impronta de lo colectivo.
Ensayamos de esta manera una lectura heterodoxa del texto, donde no solo se desvía la mirada, sino que también se modifican las categorías de estudio.
El camino de los dioses (novela de la próxima guerra)
Manuel Ugarte (1875-1951) publicó en 1926 El camino de los dioses (novela de la próxima guerra). Se trata de una obra con características particulares, ya que puede considerarse una novela de espionaje, con algunos rasgos propios de la ciencia ficción.
Más allá de su clasificación genérica, resultan relevantes en la historia no solo la ubicación temporal y espacial, sino también las interpretaciones políticas que la recorren. Tras la anécdota que presenta a una joven neoyorquina que viaja a Costa Rica a fin de –por sí sola–desarticular un complot contra Estados Unidos y Occidente, en una suerte de aventura afín a las frecuentadas por la naciente cinematografía, se postulan una serie de lecturas sobre la situación de América Latina y su relación con los EE. UU. La contraposición central enfrenta un Oriente “bárbaro” a un Occidente “progresista” y civilizado. También postula la existencia de armas de destrucción masiva, que por sus efectos pueden homologarse a la bomba atómica. En 1923, Manuel Ugarte había publicado El destino de un continente. Se trata a la vez de un ensayo de interpretación política sobre América (del Norte, Central y del Sur) y de una crónica de su gira americana, desarrollada en los años previos a la Primera Guerra Mundial. La lectura de dicho texto proporciona claves que permiten iluminar algunos ejes presentes en la novela de 1926. Desde el prefacio mismo, el autor deja muy clara su posición ante el imperialismo y en particular ante los EE. UU.:
Trátese de coerción y conquista militar, o de infiltración o captación oblicua, ya sea que solo intervenga la diplomacia o el comercio, ya sea que salgan a relucir las armas, el imperialismo existe siempre que un pueblo quiebra su cauce para invadir directa o indirectamente tierras, intereses o conciencias que no tienen antecedentes ni lazos de similitud que lo acerquen a él (Ugarte, 1925, p. 2).
Con lucidez, relata sus primeras impresiones en el país del norte, y plantea el peligro que representa para el resto de América:
Un supremo desprecio por todo lo extranjero, especialmente por cuanto anuncia origen latino, y una infatuación vivificante, casi parvenu, pero sólidamente basada en patentes éxitos, da al carácter norteamericano cierta tosca y brutal tendencia a sobrepasar a otras razas, cierto exclusivismo diabólico que dobla y humilla… (1925, p. 19).
En la novela abundan los personajes norteamericanos; sus dichos y acciones pueden leerse desde el claro posicionamiento ideológico del autor.
Oriente y las armas de destrucción masiva
Como explicitamos anteriormente, el conflicto principal que se plantea en la novela surge de la oposición entre Oriente y Occidente. El narrador asume la visión occidental y, en una división fuertemente maniquea, caracteriza de manera general al Oriente como una región deseosa de imponerse sobre Occidente. Un Oriente conformado básicamente por dos importantes potencias: China y especialmente Japón.
A solo ocho años de haber concluido la Gran Guerra, en la obra se reflexiona sobre la posibilidad de una nueva conflagración a gran escala, donde las armas serían distintas de las tradicionales. Lucha que probablemente se iniciaría a causa de los afanes hegemónicos del Imperio japonés, aliado a otros países asiáticos, como Filipinas.
Es preciso señalar que, hacia fines del siglo xix, había surgido un movimiento conocido como “panmongolismo”, que postulaba la unión de las regiones ocupadas por esa etnia, en territorios chinos y rusos. Mas, a partir de la obra del poeta y filósofo ruso Vladímir Soloviov (1853-1900), quien escribió un divulgado poema llamado precisamente “Pan mongolismo”, se lo consideraba más bien la posibilidad o el peligro de un futuro dominio de Asia sobre Europa[1], bajo el liderazgo nipón.
En las primeras décadas del siglo xx, Japón se había occidentalizado y detentaba cierta supremacía en la región. Precisamente, la modernización se había iniciado a partir de la caída de la dinastía Tokugawa, en la segunda mitad del siglo xix.
Ieyasu (1543-1616) fue el fundador del último sogunato en Japón: el sogunato Tokugawa o Edo (1603-1867); en tanto Iemitsu, tercer sogún Tokugawa (1604-1651), fue quien cerró el país a toda relación con el mundo exterior (salvo excepciones referidas al comercio internacional).
En la novela, se habla de la “dinastía de Takagawa” (1926, p. 119), cuyos principios son seguidos por el principal conspirador japonés, quien declara que tanto Yeyasu como Yemitsu (Ieyasu y Iemitsu) son sus guías. Ellos dirigen su paso por el “Camino de los Dioses”, que es la vida del creyente[2]. Menciona también Nagakasai “la cumbre de Niko” (p. 120), se refiere de ese modo a Nikko, ciudad santuario dedicada particularmente a la mencionada dinastía.
Esta confesión del jefe de los conspiradores, aunque resulta “nebulosa” para sus interlocutores, deja en evidencia una preocupación que Ugarte desarrolla en El destino de un continente: “Desde la penumbra asiática acecha el enemigo, oculto tras la obsequiosidad de su sonrisa…” (1925, p. 11). A Japón se lo acusa de intentar dar “de nuevo preeminencia a la barbarie asiática” (p. 93), se lo describe como “la tierra de los Daimios y de la arquitectura de bambú”: “El imperio […] de hombres obscuros […] aspiraban a alcanzar […] la dominación mundial” (p. 101)[3].
Esta afirmación lleva a la consideración de Japón –que incluye también a otros países asiáticos– como un “peligro para el cristianismo” (p. 121), y en la novela se alerta “ante el acecho del paganismo oriental” (1926, p. 122). Constituye entonces una amenaza racial, religiosa y territorial.
El conflicto no comenzaría como en 1914 por disputas entre europeos, sino que adquiriría, desde el principio, un carácter mucho más extendido, casi apocalíptico. Dicho carácter se sustentaría en el desarrollo, por parte de Japón, de un arma de poderío insospechado, ignorada por los países occidentales.
Aquí es preciso recordar que la revolución científica liderada por Albert Einstein con su teoría de la relatividad (1915) otorgó la base para que se especulara con el surgimiento de nuevas armas de destrucción masiva. De allí la posibilidad cierta de la creación de un arma novedosa y mortífera, que se convierte en el objeto que conseguir por parte de los grupos enfrentados en la obra. Por sus características, aun sin tener una relación directa con la fisión del átomo, se la puede emparentar con otras invenciones posteriores, como la bomba de neutrones que acaba con toda forma de vida sin tocar los objetos.
En la novela, se dice de ella que produce una “irradiación” (1926, p. 45) y que genera terremotos a gran distancia (p. 134); mas su principal característica es que provoca una “subversión de todo lo conocido” (p. 139), en cuanto utiliza los elementos presentes en la naturaleza para volverlos armas de destrucción, con terribles consecuencias: “… una ciudad que rodaba entera al mar, como si Neptuno la arrebatase en un golpe de su tridente” (p. 141). Un “invento diabólico” (p. 256) que solo puede ser contrarrestado por el “genio de la raza” (p. 302) norteamericana.
Occidente y el liderazgo de EE. UU.
En el conflicto futuro (“novela de la próxima guerra”), EE. UU. se presenta como la única potencia que guarda reservas suficientes de capacidad intelectual, de trabajo y poderío militar para liderar a los países occidentales.
Mientras tanto, los países de América Latina –más específicamente de América Central– son vistos como naciones atrasadas ante el Imperio norteamericano, presas de diversos males que se relacionan tanto con la raza como con cierta corrupción estructural[4].
Tanto la protagonista, Molly Graham, como Harry Brown, quien finalmente será su pareja, son estadounidenses de muy diverso origen social, educación y personalidad que, sin embargo, comparten el espíritu pioneer que el narrador destaca con fuerza en este último.
Molly tiene veintidós años, es neoyorquina, hermosa y rica, ha realizado estudios universitarios, es la hija única de un padre poderoso y de una madre afectuosa y frívola. Como buena heroína, tiene ayudantes; en este caso, es secundada por su amiga Ruth, científica de su edad, seducida por la personalidad de Molly. Esta se presenta como una ferviente patriota, quien, gracias a su inteligencia, ha logrado descubrir la existencia de una conspiración cuyo origen y características se irán develando a lo largo del relato.
Brown, en cambio, es un joven de origen humilde y escasa educación, de físico privilegiado y mentalidad práctica, que viaja a Costa Rica a fin de hacer dinero rápidamente. Encuentra en el país las condiciones necesarias para que personas osadas como él puedan enriquecerse, y lo demuestra hacia el final de la novela. También se convierte en aliado de Molly, convencido tanto por la belleza y determinación como por el peso de los argumentos de su compatriota.
También resulta muy representativo Mr. Moorse, un empresario todopoderoso y temido y respetado por todos en Costa Rica. Su preocupación por los negocios implica además la injerencia en cuestiones políticas del país centroamericano. Así se lo presenta en el texto: “… opulento especulador […] brazo formidable de los trusts inverosímiles que extendían sus tentáculos alrededor del continente” (1926, p. 25). La misma descripción del personaje acentúa las características prototípicas de este tipo social, con recursos tales como la comparación de sus ojos con garfios (p. 33).
El mismo encargado de negocios de EE. UU. en el país aparece en los hechos como un subordinado a Mr. Moorse, con lo cual se acentúa la posición dominante del hombre de negocios y su rol político/militar[5].
El conflicto, resuelto gracias a la decisiva participación de Molly Brown, concluye con la presencia de las Fuerzas Armadas norteamericanas –hombres de “gesto sobrio y actitud resuelta” (p. 306)–, cuya aparición en el momento preciso resuelve favorablemente la situación.
Ugarte y el continente latinoamericano
Una lectura superficial de la novela de Ugarte –escritor militante, con una clara ideología, que ha recorrido tanto EE. UU. como América Central y del Sur– parece resolverse en un conflicto entre Oriente y Occidente, que el Imperio (EE. UU.) finalmente concluye exitosamente para el bien de la humanidad. Sin embargo, entre líneas se percibe cierto tono entre paródico y crítico; en efecto, los estadounidenses son excesivamente perfectos, prototípicos, y se mueven cómodamente en su rol de amos de Occidente o al menos de América Latina. Del mismo modo, los asiáticos (japoneses, chinos, filipinos) son marcadamente malignos, en un juego maniqueo en el que el lector es inducido a tomar partido de manera más o menos inmediata. ¿Cómo leer esta novela en el corpus biobibliográfico de Ugarte? ¿Una ficción más, entre las varias novelas del autor? ¿O, como señalaba su amigo Blasco Ibáñez, es posible destacar en ella “su visión alta y clara que abarca a toda la humanidad”[6]? Consideramos que un recorrido por la trayectoria político-literaria del escritor argentino habilita una búsqueda de indicios que abran el texto hacia otras lecturas. El nudo podría rastrearse en la relación entre EE. UU. y los países de América Central, particularmente Costa Rica, Nicaragua y Panamá. El año de escritura de la novela es el del golpe de Emiliano Chamorro, quien en enero derrocó al gobierno legítimo de Nicaragua, en medio de intrigas políticas y de la omnipresente influencia norteamericana[7]. En febrero de 1926, Ugarte escribe en La Razón, alertando sobre el peligro del dominio económico del Imperio sobre las naciones “débiles o en formación” (citado por Galasso, 1973, p. 131):
El ideal de las naciones poderosas reside hoy, no ya en bastarse a sí mismas, sino en erigirse en árbitros mundiales mediante el contralor ejercido sobre ciertas materias primas fundamentales… El imperialismo económico que se anuncia tiende a contralorear las riquezas que nacen fuera de sus dominios (Galasso, 1973, p. 131).
El personaje del costarricense Pedro Ramírez presenta algunas características que lo relacionan con Ugarte: realizó una campaña por la Unión de Centroamérica (1926, p. 83) y su posición ante EE. UU. es fuertemente nacionalista[8]. Se trata de un criollo de buena familia, quien, desilusionado después de un breve paso por la política, se dedica a disfrutar de su riqueza. Cuando es llamado a la acción, en un primer momento parece hacerlo por distracción o por la belleza de Molly, mas luego revela sus verdaderos valores morales. En él se centran lo bueno y lo malo de los países latinoamericanos, que son cuidadosamente descritos en la novela, en particular los ya mencionados de América Central. Estas naciones se presentan como un cúmulo de pequeñas repúblicas subordinadas a los EE. UU., quienes se apoyan en grupos dominados por su afán de riqueza y de poder. Las conspiraciones están a la orden del día, y se tejen alianzas entre golpistas pasados, presentes y futuros. A nadie parece moverlo el genuino interés por el país y sus habitantes, salvo al propio Pedro, quien afirma enfáticamente que “los pueblos que se dejan llevar por los intereses de otros son de antemano pueblos muertos” (p. 242). Por otro lado, la naturaleza feraz e indómita de estos países es casi desconocida para los mismos centroamericanos, afectados además por fenómenos como los terremotos, que forman parte de la vida cotidiana de los pueblos. Se aducen ocasionalmente fundamentos raciales (“raza mestiza”, p. 24; “raza imprevisora y molesta”, p. 54), donde lo aborigen se combina con defectos provenientes de la herencia hispánica, especialmente el excesivo individualismo. Así como Pedro, su prima y enamorada, Carmencita, es descrita como una típica joven de la región: sensible, apasionada, generosa, pero nada racional, en clara diferencia con Molly. La contraparte de Pedro es su hermano Jaime, en quien parecen conjugarse los peores defectos de sus connacionales: está resentido con su familia, solo le interesa el dinero –cualquiera sea su origen– y no duda en traicionar a todos para beneficiarse. Precisamente pertenece al grupo de los poderosos, responsables de las desgracias tanto del propio país como de los países cercanos[9].
Es posible plantear que un núcleo problemático central en la novela está constituido por las características del continente americano, con una clara distinción entre el norte y el sur.
Para explicitar lo antedicho, recurrimos otra vez a El destino de un continente. Sobre EE. UU., Ugarte asegura: “Nadie admira más que yo la grandeza de los Estados Unidos (1925, p. 2) […] A pesar del renombre de yancófobo que se me ha hecho […] no he sido nunca enemigo de esa gran nación” (p. 3).
Se trata de un país digno de ser imitado en cuanto a su potencia y a su organización interna, muy diferente de la actuación más allá de las propias fronteras: “Se adopta una ética para el consumo propio, y se utiliza otra para los pueblos que se desea someter, invocando, para justificar la dualidad, unas veces la diferencia de estado social, otras las imposiciones políticas” (p. 184). Entre las políticas internas, se destaca tanto la libertad de prensa como el funcionamiento pleno de las instituciones democráticas.
Más allá de estas virtudes, se manifiestan también las características propias de un imperio, ya que “preparan la dominación mundial, para la cual se creen elegidos” (p. 19).
Con lucidez y precisión, Ugarte no solo describe el posicionamiento de los EE. UU., sino también las características de su relación con el resto del continente. Precisamente, ese es el eje que recorre todo el extenso ensayo[10]. Se advierte en el escritor argentino una fuerte admiración por el progreso alcanzado por el país del norte (tanto en lo institucional como en lo económico), en coexistencia con la clara visión del peligro que su política exterior expansionista acarrea a los países de América Latina.
Las repúblicas hispanoamericanas, muy diferentes de las angloparlantes, son “naciones suicidas” (p. 15), en cuanto ellas mismas han pedido la intervención de potencias extranjeras para resolver cuestiones políticas internas o por presuntos beneficios económicos.
En lo que se refiere a América Central, hay detalladas referencias a los diferentes países que la conforman. Del subcontinente se alaba su naturaleza, con tierras “pletóricas de vegetación y riquezas de todo orden, llenas de perspectivas maravillosas, con montañas que equilibran el rigor del clima y ciudades románticas que prolongan usos de la colonia, constituyen verdaderos paraísos de leyenda” (1925, p. 123).
A pesar de esta belleza, en lo político
ninguna región en el mundo ha presenciado una orgía mayor de actos de violencia y exterminio, ninguna se ha visto agrietada por más vicisitudes, como si la frondosidad de la comarca se reflejase en las almas, envenenando a los hombres con frutas y flores de sangre, para dar alas a la tragedia en el seno mismo del paraíso (p. 124).
El “suicidio” de los países latinoamericanos es responsabilidad de los dirigentes, que responden a sus propios intereses antes que a los de sus gobernados. Se afirma que “los pueblos de nuestra América son, en general, más clarividentes que los grupos que pretenden conducirlos” (p. 296).
La problemática racial de América hispana aparece tratada muy brevemente, con una perspectiva de fuerte impronta positivista: “Examinando el pasado, vemos que sobre la América Latina pesan dos atavismos de anarquía: primero del lado indio, después del lado español” (p. 166). Esta línea de pensamiento lo emparienta con el Sarmiento de Conflicto y armonías de las razas en América. En la novela, se manifiesta en ocasiones esta vertiente darwinista, tanto en relación con los criollos como con los orientales.
Aunque el conflicto Oriente/Occidente –central en la trama narrativa– no se desarrolla en el ensayo, aparecen algunas opiniones del autor al respecto. El Imperio japonés es visto como un peligro para la voluntad de dominación de EE. UU., ya que, a diferencia de los países latinoamericanos, los japoneses “se asimilaron en cuatro décadas todo el progreso occidental, no para colocarse a la zaga de otras naciones, sino precisamente para competir con ellas, para evitar la sujeción, para defender la personalidad” (1925, p. 519). Pretensión imperialista que choca con el ímpetu de los EE. UU., país que ya ha comenzado a expandir su dominio económico y político[11].
Se desprende de lo anterior que la novela postula a los países de América Central como parte de un juego de ajedrez donde los contendientes que se enfrentan, en este caso EE. UU. y un cada vez más poderoso Japón, solo usan esos territorios ricos y promisorios a la vez como escenario y como botín de guerra.
Oriente, Occidente ¿y Latinoamérica?
En el ensayo, Ugarte postula una posición clara, sostenida en una marcada defensa de los pueblos de Latinoamérica. Al mismo tiempo, señala con énfasis los peligros del permanente intervencionismo norteamericano en el subcontinente[12].
Se trata de una defensa de los pueblos, “clarividentes” en los actos que les competen y que no se identifican con los gobernantes, entregados en cuerpo y alma al Imperio. Se marca una fuerte diferencia entre esos pueblos y las oligarquías que detentan el poder. Quienes se venden, los corruptos, son los gobernantes que cambian las riquezas de los países por los dólares que les permiten seguir ocupando posiciones de privilegio[13].
El latino se diferencia del anglosajón por los valores que sostiene: el primero es contemplativo, desinteresado, “susceptible con el igual, llano con el inferior”, que no menosprecia al indio. En cambio, el anglosajón es “duro, altivo, autoritario”, infatuado de su éxito, que se hace servir por los que considera inferiores (indios, chinos, africanos) (p. 24).
El rol de los EE. UU. queda suficientemente explicitado en el largo texto: la voluntad de dominio cada vez más potente. Ante ese poder casi omnímodo, la postura personal del autor es la de presentarse como “obrero de una doctrina de resistencia” (1925, p. 88).
La novela ficcionaliza estos planteos, y el mismo cierre pone de manifiesto el triunfo de la astucia y el poder del país del norte. En la narración, esto implica un final feliz: Oriente no puede vencer a Occidente, cuando este es liderado por un país de grandeza indiscutible (1926, p. 22), que se considera de una “esencia superior” (p. 44) y está convencido de su misión[14] en el concierto de las naciones de la tierra.
Resulta significativo el final de la historia: a pesar de insinuarse, no surge el amor entre Molly y Pedro, sino que las parejas se conforman entre los semejantes (connacionales). Si bien la visión de la joven hacia América Central propone una política menos intervencionista de su país –en directa oposición al pensamiento de Moorse–, no deja de ser solo una propuesta. Se contrapone la intención de considerar a los latinoamericanos como “aliados naturales” de su país, a quienes es preciso “guiarlos como hermanos” (1926, p. 308); a la clara posición del empresario, quien sustenta la necesidad de dominio en la superioridad de EE. UU. (p. 307).
En defensa de los pueblos
No puede leerse esta ficción sin la imprescindible referencia al pensamiento de su autor, defensor a ultranza de los derechos de los países de Latinoamérica, a pesar de que estos sean vistos como atrasados y bárbaros: “… aquello podía ser la barbarie; pero aquello era mío” (1925, p. 16).
Hemos señalado que Ugarte distingue entre los dirigentes corruptos y el pueblo, conformado por “hombres llenos de inteligencia y valentía” (1925, p. 137), que pueden ver con más claridad que sus dirigentes.
Este pueblo aparece muy poco en El camino de los dioses. Su principal representante es Simón, quien “pertenece a una generación acostumbrada a sacrificarse […] fiel como un perro, valiente como un tigre” (1926, p. 266). Dirige una guerrilla, único apoyo armado de los héroes salvadores de Occidente. Él y sus hombres se presentan como un grupo dispuesto a la lucha, deseoso de recuperar el poder y reivindicar a los humildes. Así se dirige a los vencidos (centroamericanos aliados de los orientales): “Aquí no hay más generales que los que trabajan la tierra” (p. 297). Y de él dice el narrador: “¡Con qué fruición se imponía al fin el viejo guerrillero a los empresarios de desorden y de matanza! ¡Le habían sacrificado tantas veces a él y a los suyos!”.
El antiimperialismo militante del autor no suponía ceguera ante el poderío de EE. UU., cuyos representantes “se sienten superiores, y dentro de la lógica final de la historia, lo son en realidad, puesto que triunfan” (1925, p. 19).
Ugarte, a través de la acción y de la palabra, siempre presentó batalla; ya sea alertando sobre las características del Imperio, ya sea promoviendo la unión –especialmente en lo económico– de las pequeñas repúblicas, como un modo de plantar cara a los afanes expansionistas del norte. Siguiendo la poética modernista, se asienta en la reivindicación de los valores de la latinidad, en la defensa del patrimonio espiritual de las naciones latinoamericanas[15]:
Nuestra América, hispana por el origen, es esencialmente latina por sus tendencias e inspiraciones. Si no hace pie en los antecedentes y en los recuerdos, ¿de dónde sacaría, en medio de la dispersión y el cosmopolitismo, la fuerza necesaria para preservar su personalidad? (1925, p. 393).
No resulta azarosa esta alusión al modernismo, en cuanto su principal representante, el nicaragüense Rubén Darío, militó ideales similares a los manifestados por el argentino. Escribía Darío en 1898: “Venimos a ser trabajadores por el bien de la patria; venimos, de buena fe, a poner nuestras ideas al servicio de la gran causa nuestra, de la unidad de la América Central” (Tünnermann, 2008, p. 7).
Consideramos que El camino de los dioses (novela de la próxima guerra) puede leerse, por lo tanto, como un eslabón más en la trayectoria de Ugarte, dentro de su compromiso indeclinable por la independencia política y económica, y la unión de las repúblicas latinoamericanas.
Derivas de una obra “menor”
Manuel Ugarte vivía de su trabajo, y en particular esta novela parece haber sido escrita con la mirada puesta en la posible ganancia que podría generarle. Dicha intención explica la elección del género: novela de espionaje. Es decir, un género netamente popular, una literatura menor, relegada a la trastienda de la “baja literatura”, muy consumida por los lectores.
El texto reúne todas las características del género: la presencia del “complot”, la existencia de unos pocos individuos que deben actuar casi en solitario pues son los únicos que comprenden la amenaza, combaten en secreto, y un simple ciudadano (en este caso, la heroína) salva al Estado.
Boltanski (que estudia un corpus de textos ingleses y franceses en su mayoría) considera que las novelas de espionaje no adoptan una postura crítica hasta la década de 1930 (2016). Sin embargo, esta “novelita” presenta –como intentamos desarrollar– una visión política del conflicto presentado.
La lectura heterodoxa aquí planteada muestra cómo, a pesar de la “liviandad” del texto, asoman en la novela las posturas latinoamericanistas y de crítica hacia el imperialismo norteamericano que Ugarte desarrolló a lo largo de toda su producción literaria.
Bibliografía
Blasco Ibáñez, V. (1926). “Carta de Vicente Blasco Ibáñez a Manuel Ugarte. Menton, 18 de septiembre de 1926”. En bit.ly/3Y5PSb8 Consultado 9/04/2020.
Boltanski, L. (2016). Enigmas y complots: una investigación sobre las investigaciones. México: Fondo de Cultura Económica.
Deleuze, G. y Guattari, F. (1978). Kafka. Por una literatura menor. México: Ediciones Era.
Ferrari, A. (2012). “El Anticristo viene del Este”. En Limes. Rivista Italiana di
Geopolítica. En bit.ly/3uz2aLL. Consultado: 3/09/2020.
Galasso, N. (1973) Manuel Ugarte, tomo. ii, De la liberación nacional al socialismo. Buenos Aires: Eudeba.
Lanzaco Salafranca, F. (2013). “Shintoísmo: el camino de los dioses de Japón”. En Kokoro: Revista para la Difusión de la Cultura Japonesa, nº extra 1. En bit.ly/3HheYy1. Consultado: 7/09/2020.
Tünnermann Bernheim, C. (2008). El pensamiento político de Rubén Darío. Managua: UPOLI.
Ugarte, M. (c. 1921). Poesías completas. Barcelona: Maucci. En bit.ly/3VJ3Lui. Consultado: 8/05/2022.
Ugarte, M. (1925). El destino de un continente. Madrid: Ed. Mundo Latino.
Ugarte, M. (1926). El camino de los dioses (novela de la próxima guerra). Barcelona: Sociedad General de Publicaciones.
- “De las aguas de Malasia al Altai/los líderes de las islas orientales/reunieron sus miríadas/bajo los muros de la miserable China. /Innumerables como langostas/ y como langostas insaciables,/ Portadores de una fuerza inaudita/ los linajes se dirigen hacia el norte”. En “El Anticristo viene del Este” (Ferrari, 2012).↵
- Se refiere aquí a la antigua religión japonesa, el sintoísmo. Lanzaco Salafranca desarrolla tres aspectos relacionados con esta creencia: “El Shintoísmo como religión autóctona de Japón […] como ideología política nacionalista […] como espiritualidad japonesa de todos los tiempos” (Lanzaco Salafranca, 2013, p. 1).↵
- “No era solo el Japón lo que podía levantarse: era el Asia milenaria y doliente, englobando a la India y a cuantos pueblos inferiores se multiplican hasta las puertas de Europa. ¡Mil millones de bárbaros que representaban una circunvalación paradojal, desde el remoto pasado budista hasta la incógnita soviética, y formaban un aluvión mil veces superior al que acabó con el Imperio Romano!” (1925, p. 119).↵
- Estas concepciones sobre las diversas regiones de América surgen tanto de las palabras de los personajes –particularmente Molly–, como de las del narrador.↵
- En el ensayo explicitaba Ugarte que el nuevo grupo dominante en los EE. UU. está conformado por un grupo de hombres de negocios, cada uno de los cuales se describe como quien “prepara la fiscalización de los resortes vitales del país” (1925, p. 413).↵
- Carta de Vicente Blasco Ibáñez a Manuel Ugarte. Menton, 18 de septiembre de 1926.↵
- Norberto Galasso destaca que Ugarte escribió un manifiesto condenatorio hacia esta acción, texto que tuvo repercusiones en otros países de América Central (1973, p. 131).↵
- “Hace más de treinta años que los EE. UU. son virtualmente dueños de la América Central […]. Yo tengo, a pesar de todo, confianza en lo que vendrá…” (1926, p. 85).↵
- Tal como lo expresa Pedro: “El atraso y la vida inferior no es culpa nuestra: es culpa de los hombres importantes” (1926, p. 81).↵
- En su larga argumentación, cita una expresión muy notoria en su momento, dicha en el recinto del Senado estadounidense: “Hemos empezado a tomar posesión del Continente” (1925, p. 19).↵
- Mencionamos solo algunas de sus intervenciones en América Latina: México (1914), Nicaragua (1894), Cuba (1898).↵
- Se trata de una clara oposición a la política del big stick o “gran garrote”, que, en los primeros años del siglo xx, guio la actuación de los EE. UU. en sus relaciones con Latinoamérica, principalmente con los países de América Central. ↵
- Describe con claridad los “métodos de captación” del Imperio hacia las clases dominantes de América Latina: “Presión sobre los hombres públicos, cuyas ambiciones políticas se favorecen o no, según la dosificación de sus simpatías hacia el pueblo dominador; presión sobre los hombres de dinero, haciéndolos prisioneros de intereses ajenos a los de su patria y a veces nocivos para ella…” (1925, p. 62).↵
- Tal como lo plantea Mr. Moorse: “Él había sido partidario siempre de una política categórica. Los Estados Unidos tenían una misión que cumplir” (p. 45).↵
- Recordemos la posición de Rubén Darío ante Roosevelt, a quien dedica su famosa “Oda”.↵






