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Los y las jóvenes ante el laberinto del mundo del trabajo: un estudio con estudiantes de escuelas secundarias de Caleta Olivia[1]

Mauro Guzmán[2] y Eduardo Langer[3]

Resumen

El presente escrito tiene por objetivo caracterizar las perspectivas de estudiantes de escuelas secundarias de Caleta Olivia (Santa Cruz) acerca de cómo perciben la situación de las juventudes ante el mundo del trabajo regional. Trabajamos con datos de entrevistas en profundidad realizadas a 24 estudiantes del último y anteúltimo año de nivel secundario, las cuales se llevaron a cabo entre 2019 y 2020 en una escuela técnica emplazada en una zona céntrica de la ciudad y en un bachillerato ubicado en un barrio periférico de la localidad. Entre las conclusiones resaltamos que los y las estudiantes realizan una crítica a las hipótesis de la empleabilidad, la meritocracia y el emprendedurismo como forma de explicar el desempleo juvenil. En cambio, ellos y ellas sostienen que los problemas laborales se relacionan con cómo “ser joven” conlleva estigmatizaciones, explotación y falta de oportunidades en el mundo del trabajo.

  

Palabras clave: escuela secundaria, jóvenes, trabajo, desigualdad.

Introducción

Desde diversos estudios y enfoques se ha señalado que la reestructuración productiva del capitalismo desde fines de siglo XX ha involucrado efectos particulares en la población de jóvenes, quienes son el grupo social más afectado por la desocupación y la precarización laboral (Brandán Zehnder, 2014; Salvia, 2008; Standing, 2011). El vínculo entre juventud y trabajo aparece como un problema social (Brandán Zehnder, 2014) porque es “inscrito en lo real a partir de las diversas formas en que es pensado, formulado, construido e intervenido” (p. 40). Al respecto, algunas investigaciones (Assusa y Brandán Zehnder, 2014; Rivera-Aguilera, 2016; Spohrer, Sthal y Brown, 2017) dan cuenta de formaciones discursivas sobre el joven trabajador y el desempleado poniendo el acento en la empleabilidad de este grupo poblacional. Es decir, se produce un revival a las ideas provenientes de las teorías del capital humano de los 60 del siglo XX, acerca de que tener o no trabajo depende de la productividad de los individuos, definida a partir de sus aptitudes, la motivación e intensidad del esfuerzo personal (Aronson, 2007). Por lo tanto, desde dichos discursos, las situaciones de desocupación se explican porque los y las jóvenes carecen de los atributos asociados al trabajador flexible y emprendedor (Laval y Dardot, 2013) que se demandan en el mercado de trabajo, y que la escuela secundaria es llamada a transmitir (Grinberg, 2008).

En este marco de debates, el presente escrito tiene por objetivo analizar enunciados de estudiantes que asisten a escuelas secundarias acerca de las implicancias que tiene el hecho de “ser jóvenes” en el escenario laboral de Caleta Olivia. Nos referimos a una ciudad intermedia[4] (Bellet y Llop, 2004) cuya dinámica socio-ocupacional y del sistema educativo están históricamente relacionados con las fluctuaciones de una economía asociada a la actividad extractiva de hidrocarburos (Salvia, 1997; Pérez, 2013). Así, la reconfiguración del proceso productivo bajo los principios flexibles del capital a fines del siglo pasado (Harvey, 2017) produjo efectos en el mercado de trabajo y los trabajadores (Ruiz y Muñoz, 2008) y en las reformas educativas de nivel secundario en la ciudad (Villagrán, 2018), las cuales se basaron en preceptos vinculados con demandas de la producción flexible y las sociedades del gerenciamiento (Grinberg, 2008).

El capítulo se organiza de la siguiente manera. En primer lugar, se describen los aspectos metodológicos de la investigación. Luego se desarrollan discusiones conceptuales referidas a los procesos de precarización del trabajo, cómo afectan a la población de jóvenes y cómo en este contexto es problematizada la relación entre educación y trabajo bajo las nociones de competencia y empleabilidad. Seguidamente, se presentan los principales resultados referidos a cómo los y las estudiantes de escuelas secundarias caracterizan la situación de las juventudes en el mundo del trabajo regional. Finalmente se mencionan las reflexiones finales.

Aspectos metodológicos de la investigación

Los enunciados estudiantiles refieren a entrevistas en profundidad realizadas a jóvenes de último y anteúltimo año del nivel secundario en colegios de gestión estatal. La selección de la muestra de escuelas se realizó de manera intencional (Goetz y LeCompte, 1988), con base en criterios de: a) la distribución de la oferta formativa en emplazamientos diferenciados según índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) [5], a partir de considerar que la desigualdad social se expresa, entre otras formas, en la diferenciación y fragmentación del espacio urbano (Grinberg, 2022); y b) las especificidades de las modalidades técnica y bachillerato en cuanto a las vinculaciones con el trabajo (Gallart, 2006). Teniendo en cuenta ambos criterios, se escogió la Escuela 5[6] de modalidad técnica, emplazada en un radio censal con NBI Medio y ubicada en una zona semi-céntrica de la localidad; y también se optó por la Escuela 3, de modalidad bachillerato, emplazada en un radio con NBI Alto y ubicada en un barrio periférico de la ciudad.

Las entrevistas se llevaron a cabo entre 2019 y 2020 y se realizaron a 24 estudiantes que cursaban el anteúltimo y último año. Teniendo en cuenta que se trabajó en base a un muestreo teórico (Glaser y Strauss, 1967), la realización de entrevistas en profundidad se llevó a cabo de manera flexible. Es decir, la cantidad de entrevistas realizadas y, por tanto, la amplitud de la muestra se confecciona en función de la saturación teórica. Debido al tamaño de cada institución en cuanto a matrícula y orientaciones[7], se entrevistaron a 16 estudiantes de la escuela técnica y 8 del bachillerato. Del total de entrevistas, 15 de ellas corresponden a mujeres y 9 a varones, cuyo rango de edades va de 16 a 20 años.

La organización, sistematización y análisis de la información producida mediante entrevistas en profundidad se realizó a través del programa informático Atlas ti y siguiendo el método de comparación constante (Glaser y Strauss, 1967). El método de comparación constante forma parte de la tradición de investigación cualitativa denominada Teoría fundamentada en los datos (Glaser y Strauss, 1967), la cual consiste en la producción de una explicación general o teoría a través de un proceso de inducción que implica partir desde códigos descriptivos a códigos más interpretativos y sintetizadores (Ballestín y Fàbregues, 2018). De esta manera se construyeron las ideas (teorías) sustantivas que explican las relaciones entre categorías o códigos producidos a partir de patrones, recurrencias y regularidades en los sentidos y significaciones que expresaron los y las estudiantes de escuela secundaria.

El trabajo, la educación y las juventudes en tiempos de incertidumbre laboral

A fines del siglo pasado, Castel (1997) plantea que, como consecuencia de la crisis de la sociedad salarial y los cambios en la organización del trabajo bajo lógicas flexibles, se producían tres grandes problemas que configuraban la (en ese entonces “nueva”) cuestión social: la precarización del trabajo, la inestabilidad de los estables y la aparición de una población de supernumerarios. Para Castel (1997), la precariedad corresponde a aquellas situaciones laborales que se alejan de las características y las seguridades asociadas con el empleo fordista-keynesiano. En relación con ello, el autor afirmaba que la crisis de la sociedad salarial supuso un proceso de desestabilización de los estables, ya que la precarización del trabajo ha generado por primera vez en la historia que un grupo de trabajadores haya perdido, sistemáticamente, los derechos conquistados (Castel, 1997; 2012). Asimismo, pertenecer a los sectores ocupacionales más estables del mundo laboral implica poseer altos niveles educativos (Harvey, 2017, Antunes, 2009). Sin embargo, no es posible establecer una relación inversa entre ambos. Es decir, que se requieran elevados niveles de calificación no quiere decir que quienes los posean tengan garantizados esos lugares. Esto es lo que Castel (1997) denominaba el problema de la inempleabilidad de los calificados.

De esta manera, la precariedad laboral se concibe en estrecha relación con los procesos de flexibilización en el mundo del trabajo (Castel, 1997; Harvey, 2017; Sennett, 2006). La producción just in time implica que las organizaciones empresariales deban estar preparadas para la adaptación rápida a la demanda (Castel, 1997; Harvey, 2017), así como la rigidez constituye un obstáculo ante los vaivenes de una economía sometida a las lógicas inestables del mercado financiero (Harvey, 2017; Sennett, 2006). Ante ello, las mutaciones en el mercado de trabajo consistieron en la expansión de formas flexibles de contratación (flexibilidad externa) y en la división de tareas, demanda de saberes, uso de tecnologías (flexibilidad interna) (Castel, 1997). Según Sennett (2006), en las organizaciones flexibles prevalecen las sensaciones de ansiedad debido a las incertidumbres que dichas condiciones producen, lo que se diferencia del temor que se producía ante situaciones que se preveían con cierta certeza en organizaciones rígidas. Así, precariedad, flexibilización e incertidumbre constituyen las coordenadas sobre las que se estructura el mercado laboral y la manera en que es vivido el trabajo en tiempos de capitalismo flexible.

Desde los estudios de gubernamentalidad, estas características del mercado de trabajo se conciben como parte del diagrama político de las sociedades de empresa (Foucault, 2007), es decir, el establecimiento de mecanismos de competencia en todos los ámbitos de la vida social, en tanto condiciones de producción del homo economicus neoliberal (Foucault, 2007; Rose, 2007): “los neoliberales [buscan] sustituir en todo momento el homo economicus socio del intercambio por un homo economicus empresario de sí mismo, que es su capital, su propio productor, la fuente de sus ingresos.” (Foucault, 2007, p. 265). Desde esta clave de lectura, Lorey (2016) sostiene que la precarización y la incertidumbre no representan una anomia amenazadora y destructiva, tal como proponía Castel (1997), sino que constituyen tecnologías de gobierno neoliberales, esto es “la precarización no es ninguna excepción, sino que es la regla” (Lorey, 2016, p. 17). Por lo tanto, la precarización y la incertidumbre laboral son producidas por intervenciones políticas que involucran procesos de subjetivación (Foucault, 2001) ligados a la producción del homo economicus empresario de sí mismo.

En este escenario, las subjetividades laborales implicaron un desplazamiento de la figura del asalariado a la de emprendedor (Laval y Dardot, 2013; Stecher, 2015), esto es,

se trata de un trabajador autoexigente, versátil, competitivo, autorregulado, polivalente, calculador, siempre disponible, eficiente, innovador, autónomo dentro de los márgenes establecidos, implicado física, cognitiva y afectivamente con la organización, leal y no conflictivo, apto para el trabajo en equipo, pero teniendo como valor último la proyección personal. (Stecher, 2015, p. 1790).

Ello supone mutaciones respecto a los saberes para el trabajo y disposiciones laborales que se demandan, los cuales, concebidos en términos de competencias, refieren ya no a los puestos de trabajo sino a los atributos personales de los mismos trabajadores (Tanguy, 2001). De esta manera, se individualiza la relación entre saberes y posiciones en la división del trabajo, así como la valorización de la labor ya que son cuestiones que se definen “entre el trabajador y sus responsables jerárquicos, mediatizada por instrumentos que intentan objetivar actitudes como la proactividad, resistencia al cambio, liderazgo, colaboración, entre otras” (Testa, Figari y Spinosa, 2009, p. 281).

Así, el desempleo se volvió un problema de personas inempleables, por lo que el desempleado es interpelado a devenir un buscador (Rose, 2007; Grinberg, 2008). Esto quiere decir que “un desempleado ya no es aquel que perdió su empleo, sino aquel que no tiene trabajo, pero lo está buscando. […] el desempleado es aquel que comprendió que nadie le va a dar el queso, sino que debe salir a buscarlo” (Grinberg, 2008, p. 213). Ello involucra no sólo la búsqueda constante de un empleo propiamente dicho, sino que además supone buscar las competencias que lo volverán empleable y, desde luego, le permitiría acceder a un empleo (Rose, 2007). De manera que la empleabilidad, los saberes en términos de competencias y la formación a lo largo de toda la vida se constituyen en las modalidades estratégicas sobre las que se articulan el mundo del trabajo y el de la educación (Grinberg, 2008; Laval y Dardot, 2013). Ello como parte del diagrama político de la racionalidad en la sociedad de empresa en la que los sujetos son llamados a devenir empresarios de sí mismos (Foucault, 2007), y hacerse responsables individualmente por tener o no trabajo en el marco de precarización general de la vida (Lorey, 2016).

En este punto cabe señalar aquellas investigaciones que han analizado críticamente los supuestos que sostienen que el desempleo juvenil se explicaría a partir de una serie de problemas o déficit de los mismos jóvenes desempleados. Al respecto cabe hacer mención a las investigaciones que examinan las nociones de jóvenes ni-ni y jóvenes vulnerables considerando los indicadores de actividad e inactividad de la población de jóvenes (Feijóo, 2015; Assusa, 2019; Miranda, 2015) así como las que exploran las características de las políticas y programas dirigidos a jóvenes desempleados (Mäkelä, Mertanen y Brunila, 2021; Assusa y Brandán Zehnder, 2014; Rivera-Aguilera, 2016; Jacinto y Millenaar, 2012).

Feijóo (2015) afirma que el término ni-ni constituye una categoría que responde a agendas mediáticas y del sentido común y no a un constructo sociológico sobre la situación de las juventudes latinoamericanas respecto al estudio y al trabajo. Por ello, sostiene que la existencia de jóvenes ni-ni supone una visión mitológica, en tanto que “son como sirenas o centauros contemporáneos, todos lo conocemos, aunque no existan como tales” (p. 24). La autora enfatiza en que el término ni-ni tiene como uno de sus implícitos el hecho de que no estudiar y no trabajar sería resultado de una voluntad personal de los y las jóvenes, desconociendo las dificultades estructurales de conseguir trabajo y, por lo tanto, de sostener la escolaridad. Avis (2014) analiza la categoría ni-ni como una formación discursiva que, en un contexto sociolaboral de inseguridad y precariedad, supone la búsqueda de la integración social mediante la adaptación a las necesidades económicas y el modelo de producción del capitalismo posfordista.

En esta misma línea de análisis, Assusa (2019) organiza los supuestos y las estructuras argumentales sobre jóvenes ni-ni en tres hipótesis: hipótesis de la ociosidad (supone la equivalencia entre estadísticas de inactividad económica y la inactividad plena y real de los sujetos); hipótesis de la crisis de valores (se considera el fenómeno de los ni-ni como síntoma de un proceso anómico más amplio); hipótesis de la peligrosidad (la improductividad del tiempo conllevaría a estos jóvenes a prácticas de riesgo propio o para los demás). No obstante, el autor señala que estas tres hipótesis resultan injustificadas e inexactas. Al respecto, realiza un análisis de investigaciones antecedentes, así como datos estadísticos sobre la dinámica del mercado de trabajo en España, México y Argentina comparando los años 2007 y 2014. Allí muestra que la situación de jóvenes ni-ni es transitoria y que la proporción de adultos que cumplen con la condición de no trabajar ni estudiar es comparativamente mayor que la de jóvenes, por lo que pierde sentido referirse a una generación ni-ni.

Muchos de estos supuestos sobre los jóvenes ni-ni se vinculan con las reorientaciones que se produjeron en las políticas activas de empleo a principios de este siglo. Mientras en la década del 90, en nuestro país, la empleabilidad implicaba principalmente la enseñanza y aprendizaje de saberes técnicos (Jacinto, 2010), a principios de este siglo volver empleables a los jóvenes supone una fuerte intervención pedagógica para producir un saber ser con relación al trabajo, (Assusa y Brandán Zehnder, 2013; Jacinto, 2010). Así, desde los estudios de gubernamentalidad se sostiene que, desde la racionalidad neoliberal, la “juventud” emerge como un sujeto-objeto que se constituye en el blanco de un conjunto de intervenciones políticas que refieren al gobierno del trabajo y no trabajo[8] (Brandán Zehnder, 2018), es decir:

Estos programas públicos operan como estrategias para la reducción de las condiciones de inempleabilidad de ese conjunto de población desempleada, al tiempo que desarrollan técnicas específicas de gobierno que fijan los límites, lo enunciable y lo posible de ser inscripto en una u otra posición, una “biopolítica” montada para administrar lo que es el trabajo y sus sujetos, o lo que es lo mismo, una economía de las relaciones de poder en torno al trabajo. (Brandán Zehnder, 2018, p. 335)

Desde esta perspectiva analítica, Mäkelä, Mertanen y Brunila (2021) dan cuenta de las prácticas discursivas en programas de apoyo Outhrech Youth Work dirigido a jóvenes en riesgo. Encuentran que la categorización en riesgo se utiliza para designar a jóvenes que se presume que tienen problemas con el empleo, la educación superior, la transición de la educación al trabajo y el compromiso social. Según los autores, ello opera como etiqueta para encontrar y detectar a jóvenes necesitados de intervención, quienes son considerados “una amenaza para el crecimiento económico y el éxito futuro de la sociedad y, por lo tanto, deben orientarse hacia la educación, el empleo u otras formas de actividad económicamente reconocibles” (Mäkelä, Mertanen y Brunila, 2021, p. 101). De esta manera, las propuestas de formación que analizan los autores se plantean el objetivo de empoderar y mejorar el conocimiento de los jóvenes, buscando mejorar su empleabilidad. Encuentran que aquí el psi-conocimiento y el ethos de la vulnerabilidad se articulan en torno a la empleabilidad y las políticas del neoliberalismo, dirigidas a producir capacidades de autogestión en los sujetos.

Por su parte, Rivera-Aguilera (2016) investiga cómo las políticas de empleo en Chile construyen al joven trabajador, a partir de análisis del discurso que toma como referencia documentos públicos de políticas de empleo juvenil elaboradas entre los años 2008-2015. Desde la analítica de la gubernamentalidad, el autor indaga cómo se gobierna a la ‘juventud vulnerable’ desde un discurso centrado en el managment, la empleabilidad y la autoestima. Entre los resultados señala que desde las políticas públicas los y las jóvenes desempleados/as se asocian a la noción de joven vulnerable, y se los define a partir de la carencia de habilidades que, dentro de la lógica de autogobierno centrada en la autoestima, son consideradas fundamentales para la vida y específicamente corresponden a aquellas que se demandan en el mercado de trabajo. A partir de lo anterior, los y las jóvenes usuarios/as de los programas de empleo son considerados analfabetos del discurso managerial.

Por último, recuperamos la investigación de Assusa y Brandán Zehnder (2014) quienes analizan un programa para la inserción laboral de jóvenes desocupados en nuestro país, a través del análisis documental, así como de entrevistas a referentes que llevan a cabo la implementación de la política pública. En sintonía con el estudio de Rivera-Aguilera (2016) al que aludimos en el párrafo anterior, los autores dan cuenta de cómo desde los referentes del programa se considera que dicha política de empleo está destinada a jóvenes vulnerables, cuya condición se define por situaciones externas al mundo del trabajo (violencia familiar, uso de drogas, bajos niveles educativos). Desde la perspectiva de los funcionarios, se considera que este contexto problemático afecta negativamente lo que ellos definen como sentido de la responsabilidad, a partir de lo cual se supone que estos/as jóvenes carecen de hábitos y valores vinculados con el esfuerzo, dignidad y voluntad que constituyen la cultura del trabajo que necesitarían para volverse empleables. De esta manera,

El criterio de la empleabilidad vinculada al esfuerzo, y, por lo tanto, la construcción de la práctica laboral (entrenamiento) en términos de práctica de rutinización y disciplina, apunta a la “promoción humana” y a la generación de sujetos “autónomos”, rompiendo con la “dependencia” del Estado producto de las políticas asistencialistas. (Assusa y Brandán Zehnder, 2013, p. 171).

En definitiva, en tiempos en que la precarización se vuelve la norma por la cual se produce el gobierno bajo la lógica neoliberal (Lorey, 2016), las investigaciones referenciadas dan cuenta de cómo el mundo del trabajo para los y las jóvenes se presenta con características mucho más precarias que para los adultos. En este escenario, desde la racionalidad de gobierno, la cuestión juvenil (Salvia, 2008) suele ser problematizada como un asunto de jóvenes inempleables. Ante dicho diagnóstico, se instrumentalizan intervenciones políticas que, en tanto tecnologías de gobierno, están dirigidas a producir disposiciones en ellos y ellas que corresponden a las habilidades y atributos del empresario de sí (Foucault, 2007), sujeto activo (Rose, 2007) y trabajador emprendedor (Laval y Dardot, 2013). A continuación, presentamos algunos resultados de la analítica de los enunciados estudiantiles acerca de las implicancias de ser jóvenes en el mundo del trabajo, particularmente en el ámbito regional y local.

Entre la precarización, el ninguneo y el empoderamiento: el trabajo desde la perspectiva estudiantil

En este apartado describimos los discursos estudiantiles acerca de cómo se perciben en tanto jóvenes en el mundo del trabajo regional. Dicha indagación nos permite dar cuenta de cómo en los enunciados de los y las estudiantes se hacen presentes los discursos sobre el trabajo, las relaciones entre juventud y trabajo y los saberes y disposiciones laborales en las sociedades de empresa (Foucault, 2007) que describimos en el apartado anterior. Es decir, pretendemos identificar y analizar cuáles de esos discursos afirman y también cuáles de ellos rechazan o reformulan. Al respecto cabe señalar que hemos hallado perspectivas compartidas entre estudiantes que concurren a instituciones con diferentes modalidades formativas y que se emplazan en desiguales condiciones de pobreza urbana.

En primer lugar, se caracterizan enunciados en que se concibe a la juventud en condición de desventaja en el mercado laboral. Es decir, para quienes son jóvenes se profundizan aún más las formas de explotación, de precariedad laboral y las dificultades estructurales para insertarse laboralmente. En este sentido, uno de los aspectos centrales que señalaron es el ninguneo sobre las intenciones de trabajar de los y las jóvenes asociado con una desvalorización y mayor explotación en el trabajo:

Bueno, me gustaría [trabajar] más que todo porque ya tengo diecisiete años, y sería una experiencia buena y mala […] el lado bueno es que uno puede sacar de su bolsillo para pagar lo que necesita sin necesidad de pedírselo a alguien más y el tiempo que lo necesita […] El lado malo es que si yo comenzara a trabajar a esta edad por ahí hay gente que se aprovecha y piensa que porque uno es joven no le tiene que pagar lo que trabaja. (Diana, 17 años, Escuela Bachillerato, Ciencias Sociales, quinto año, 2020).

Según Diana, trabajar en estos momentos supone algo “bueno” y “malo”. El “lado bueno” lo asocia al sentido moderno del trabajo, es decir, como aquella actividad que permite conseguir dinero para intercambiarlo por otras mercancías (Gorz, 1991). Como contrapunto, plantea que existe un “lado malo” directamente relacionado con su edad, ya que el “ser joven” implica la posibilidad de que se “aprovechen” de ella en cuanto a una remuneración insuficiente por su trabajo. La estudiante plantea la precariedad del trabajo (Paugam, 2000), es decir, las posibilidades de que la actividad que se lleva a cabo, así como las condiciones en que se realiza impliquen que quien trabaja no sienta un reconocimiento tanto material (lo que Diana refiere en términos de remuneración) como simbólico, tal como hace alusión el siguiente estudiante:

Yo lo veo como que todos los grandes empresarios piensan que muchos adolescentes cuando empiezan a trabajar como que lo hacen porque quieren plata no más, y le dan un sueldo mayoritariamente bajo

[…] Yo veo eso. Como que muchos ningunean el trabajo de los jóvenes como el derecho al piso, el sueldo bajo sobre todo y entonces eso es así. Ellos piensan mucho que el trabajo de la juventud lo hacen para tener sus propias mañas o cosas así. Y en realidad hay muchos jóvenes que la están remando con su familia, por eso creo que no es plata suficiente para el trabajo de los jóvenes. (Darío, 18 años, Escuela Técnica 5, Maestro Mayor de Obras, sexto año, 2019).

El “derecho al piso” al que alude Darío refiere a ciertos rituales que debe pasar quien inicia o se incorpora a alguna labor en una organización jerárquica de puestos de trabajo, y que consiste en la realización de actividades degradantes o descalificantes mediante las cuales se pone a prueba el carácter del joven principiante (Palermo, 2015). Estas prácticas han estado y siguen estando presentes en el mundo del trabajo petrolero, donde suponen un disciplinamiento dirigido al joven trabajador a fin de que se produzca la transformación del joven blando al hombre duro que cumpla con los atributos del sujeto-fabril-petrolero-masculino: “los jóvenes que recién se inician es ‘normal’ que deban ‘pagar derecho de piso’ para ser ‘fogueados’ […] Se asignan tareas pesadas a los principiantes y las jefaturas van poniendo a prueba así el carácter de los jóvenes y si son capaces de ‘bancarse’ el trabajo petrolero” (Palermo, 2015, p. 111). Si bien el estudiante no refiere a la inserción laboral de jóvenes puntualmente a empresas petroleras, podemos mencionar que de todas maneras se hace referencia a una situación de integración descualificante (Paugam, 2000), es decir una inserción laboral en actividades que no representan la posibilidad de satisfacción o reconocimiento ni simbólico ni material, y que en este caso Darío lo asocia con un “ninguneo del trabajo de los jóvenes”.

De manera que tanto Diana y Darío resaltan que la remuneración insuficiente, el “sueldo bajo”, el “derecho al piso” expresan la desvalorización que existe cuando quien trabaja es joven. En este sentido, Pérez y Busso (2015) y Longo y Busso (2017) muestran que las inserciones laborales de jóvenes de distintas posiciones sociales tienen características precarias. No obstante, también señalan que las vivencias de la precariedad y su persistencia en las trayectorias laborales son disímiles según condiciones socioeconómicas. Para los grupos en situaciones de mayor pobreza estructural la inestabilidad laboral, la flexibilidad y los bajos salarios suponen una persistencia de la vulnerabilidad, en cambio “[…] para jóvenes de sectores medios y altos […] no sólo no se asocian a la vulnerabilidad y a la pobreza, sino que estos empleos les permiten desarrollar sus estudios y mejorar las probabilidades de acceder a una mejor situación laboral en el futuro” (Longo y Busso, 2017, p. 20). De allí que Darío diferencia entre la creencia de que los jóvenes “trabajan para tener sus mañas” y “la realidad” de que la mayoría trabaja para “remarla con su familia”.

Estas condiciones precarias del trabajo juvenil son cuestionadas, consideradas injustas, “malas experiencias” por parte de los y las estudiantes. Ello contradice las investigaciones (Standing, 2011; Gilmore, Wagstaff y Smith, 2017; Sabater Fernández, 2016) que refieren a la existencia de una generación precaria, la cual “se caracterizaría por adaptar sus expectativas vitales a tener un empleo (y una vida) inestable, por estar sobrecalificados para los puestos que ocupan y por gastar gran parte de su tiempo en la búsqueda de empleo” (Longo y Busso, 2017, p. 4). Es decir, observamos en la perspectiva de los y las estudiantes que, lejos de adecuar expectativas o expresar cierta actitud de resignación o aceptación (Sabater Fernández, 2016), estas son discutidas y consideradas insuficientes e inaceptables.

Otro de los aspectos señalados tiene que ver con la posibilidad misma de conseguir trabajo. Es decir, si en párrafos anteriores analizamos cómo los y las estudiantes consideran las inserciones laborales precarias cuando quien trabaja es joven, aquí nos referimos a las dificultades para poder ingresar al mundo del trabajo. En este sentido, la demanda de experiencia constituye uno de los principales obstáculos señalados:

Y ahí [en los jóvenes] está más complicado. Al ser muy joven o muy viejo no se consigue trabajo. Hay un rango de edad siempre que buscan, por la parte de la experiencia. […] y si necesitas recién empezar a trabajar no conseguís trabajo. (Marcela, 19 años, Escuela Técnica 5, Química, sexto año, 2019).

Marcela considera que la edad constituye un criterio central de quienes buscan contratar trabajadores. Aquí el problema no sería ser joven sino ser “muy joven”, ya que ello se vincularía con la falta de experiencia laboral de esa persona. Diversas investigaciones han mostrado que la demanda de experiencia laboral constituye una de las estrategias centrales de reclutamiento de jóvenes por parte de las empresas (Focas, 2013), así como es una cuestión recurrente que los y las jóvenes señalan como obstáculo para la inserción laboral (Solís y Cifuentes, 2016). Por ejemplo, una de las estudiantes plantea:

Pero es como que a los jóvenes se les complica más, porque estudian hasta casi los veinte años, les piden años de experiencia y vos decís,

“tengo pocos años de vida, ¿cómo voy a tener experiencia?” (Ríe). Es como no se… te piden muchos requisitos y no les dan la posibilidad de darle la experiencia, brindarles la experiencia a los jóvenes. Y la mayoría de los chicos como que, si no están en las pasantías y eso, no tienen experiencia de nada, porque obviamente el 90% de los alumnos se dedican solamente al estudio. Hay chicos que trabajan y estudian y tienen experiencia, ya sea en cualquier cosa que hicieron, pero la mayoría no. Entonces es como que salen del secundario y les cuesta mucho conseguir trabajo. (Lorena, Escuela Técnica 5, Química, sexto año, 2019).

La demanda de experiencia a los y las jóvenes debe entenderse en estrecha relación con las características de los nuevos saberes para la inserción laboral (Jacinto y Millenaar, 2012). Ello porque la priorización de las competencias (Tanguy, 2001) por sobre las calificaciones en los criterios de contratación involucra, entre otros saberes, aspectos sociolaborales ligados a la responsabilidad, disposición a trabajar, habilidades de comunicación. Saberes que se adquieren principalmente en situaciones reales de trabajo, tal como se intentan recrear en los cursos de entrenamiento laboral para jóvenes desocupados (Assusa y Brandán Zehnder, 2014; Jacinto y Millenaar, 2012) así como en las pasantías o prácticas profesionalizantes (Maturo, 2017; Jacinto y Dursi, 2010). Por ello, Lorena resalta que al ser una mayoría de jóvenes que sólo estudian y no trabajan, “si no están en las pasantías no tienen experiencia de nada”.

Según señalan las estudiantes, esta demanda de experiencia laboral sumada a la falta de oportunidades para obtenerla podría conducir a que los y las jóvenes queden atrapados, en una suerte de laberinto para salir del desempleo. Como manifiesta Lorena, “te piden muchos requisitos y no les dan la posibilidad de darle la experiencia”, o como sostiene Marcela “si necesitas recién empezar a trabajar, no conseguís trabajo”. De manera que, “más que ser joven, el verdadero impedimento aquí es ser un recién llegado al mercado de trabajo” (Castel, 2012, p. 114). O, más precisamente, ser joven recién llegado al mercado de trabajo flexible en el que, como mencionamos, se concibe al sujeto empleable, entre otros aspectos, según sus aptitudes psicológicas, disposicionales y aspiracionales (Rose, 2007). Dicho de otra manera, en las prácticas de contratación guiadas por una racionalidad neoliberal (Foucault, 2007; Rose, 2007; Castro-Gómez, 2010), contratar jóvenes sin experiencia laboral supone correr el riesgo de encontrarse con jóvenes sin cultura del trabajo (Assusa y Brandán Zehnder, 2014) o con un joven analfabeto del management (Rivera-Aguilera, 2016).

Estos requisitos para la inserción laboral operan, según los/las estudiantes, como obstáculos que se vinculan con prejuicios sobre la juventud que fue señalada como condicionante negativo para poder conseguir trabajo:

Puede ser que [a los jóvenes] les cueste un poco más conseguir trabajo. No sé, es como que a los jóvenes de ahora no les tienen tanta confianza que digamos por todo lo que se habla […] Un chico capaz con expansores, tatuajes, piercing… no cualquiera le va a dar trabajo, si es un trabajo serio o si es una changa por así decirlo, por los prejuicios. (Rocío, 16 años, Escuela Técnica 5, Maestro Mayor de Obras, quinto año, 2019).

Esos “prejuicios” a los que alude Rocío se vinculan con lo que Chaves (2005) denomina juventud negativizada, esto es “se le niega existencia como sujeto total (en transición, incompleto, ni niño ni adulto) o se negativizan sus prácticas (juventud problema, juventud gris, joven desviado, tribu juvenil, ser rebelde, delincuente, etc.)” (p. 26). En este caso la estudiante hace alusión a formas de vestir que condicionan el acceso a “un trabajo serio o una changa”, lo cual se inscribe según ella en una cuestión generacional de “los jóvenes de ahora” sobre quienes recae una desconfianza generalizada “por todo lo que se habla”. En relación con ello, una de las formas que adquieren los discursos de él gran NO (Chaves, 2005) vinculados a la juventud y el trabajo en los últimos años refiere a los supuestos sobre jóvenes que no estudian y no trabajan, es decir los jóvenes ni-ni (Feijóo, 2015). Sin embargo, insistimos, los y las jóvenes no adoptan esas miradas negativizadas, se separan de “todo lo que se habla”, como expresa Rocío, y el cuestionamiento está puesto principalmente sobre los prejuicios, el ninguneo, la explotación y la falta de oportunidades laborales que recaen sobre ellos y ellas. Así, al referirse a la actitud de los jóvenes con relación al trabajo (Castel, 2012), los y las estudiantes resaltan con claridad que ellos y ellas “quieren trabajar”:

De jóvenes, tengo compañeros que terminaron el año pasado y ya consiguieron trabajo, algunos. Otros están ahí dudando de qué quieren trabajar. Pero si se nota que ahora la juventud, la mayoría, quiere trabajar, quiere tener su trabajo, su plata. (Esteban, 19 años, Escuela Técnica 5, Informática, sexto año, 2019).

Esteban señala que tiene conocidos que se recibieron y consiguieron trabajo, y otros que aún no. No pone en duda de que en ambas situaciones existe una voluntad de trabajar. Es decir, en un claro contraste con los supuestos sobre la generación ni-ni (Feijóo, 2015) o la pérdida de la cultura del trabajo en los jóvenes de hoy (Assusa y Brandán Zehnder, 2014). Esteban resalta que “la juventud quiere trabajar”, así como en el siguiente relato observamos que otro estudiante afirma que ese querer trabajar, en términos personales, se debe directamente al hecho de ser joven:

Decidí meterle a esto [peluquería] a ver qué pasa, como hice con el detailing, y si me va bien de diez y si no voy a tratar de cambiar de rubro, si total tengo muchos años para vivir todavía, así que puedo probar de todo. […] Quiero trabajar porque todavía soy joven. Que yo trabaje unos diez años, invertirle a eso. (Carlos, Escuela Bachillerato, Ciencias Sociales, cuarto año, 2020).

Aquí, el “soy joven” es un valor positivo en relación con el trabajo porque al tener “muchos años para vivir” eso permitiría “cambiar de rubros”, “probar de todo” como expresa Carlos. La imagen de joven trabajador, que en este caso refiere a una mirada del estudiante sobre sí mismo, se asocia a ciertas características que hacen a la figura del emprendedor: Como sostienen Laval y Dardot (2013), el emprendimiento supone un comportamiento economizante que conlleva una dimensión extra-economizante de actividad en tanto que “la libertad de acción es la posibilidad de experimentar las propias facultades, de aprender, de corregirse, de adaptarse” (p. 146). Por lo que la juventud, desde esta clave de lectura, comprende un mayor margen de tiempo para poder realizar estas experimentaciones. Ello en palabras de Carlos se expresa en “muchos años para vivir” que posibilitan “cambiar”, “probar” distintas actividades laborales en caso de ser necesario. Es decir, insistimos, lejos de los supuestos sobre jóvenes sin voluntad de trabajar o aprender que los colocaría como analfabetos del management (Rivera-Aguilera, 2016), los y las estudiantes manifiestan que ellos mismos, así como los y las demás jóvenes tienen “ese empoderamiento”, tal como se afirma en el siguiente enunciado:

He conocido jóvenes, bastantes, que tienen como ese empoderamiento. Pero a medida que pasa el tiempo como que se te van las ganas por la sociedad en sí como está todo constituido, al menos acá en Caleta. O sea, no hay trabajo, es como que tenés que irte. Acá es como que todos te aconsejan “andate”. Así que en los jóvenes se ve eso. Yo tengo fe todavía en nosotros, hay muchos emprendimientos. Bueno Sofía, una compañera, es una emprendedora increíble, junto con Joaquín. Como que tienen esa idea de que van a ser grandes, y espero que lo sean. Igual conozco artistas, por ejemplo, gente que dibuja muy bien, pero no se animan porque no hay laburo. (Cecilia, 18 años, Escuela Técnica 5, Electromecánica, sexto año, 2019).

Observamos que, como Esteban y Carlos, la estudiante resalta valoraciones positivas de los y las jóvenes. Ella lo hace en términos de “empoderamiento”, lo cual asocia a tener la idea de “ser grandes” el día de mañana, al igual que buenas habilidades o destrezas como los artistas que conoce. No obstante, para los emprendimientos y para quienes son “emprendedores increíbles”, Caleta Olivia es un contexto adverso puesto que “no hay trabajo”, “no hay laburo”. La apelación al empowerment, en términos de Laval y Dardot (2013), se vincula con la reconversión de trabajador/a emprendedor/a que se produce en las lógicas de las sociedades de empresa. Es decir, devenir empresario de sí, o emprendedor/a, involucra la posesión de una serie de saberes que, basados en las lógicas de competencias (Tanguy, 2001), se definen por atributos personales, actitudinales y aspiracionales de los mismos sujetos (Spohrer, Stahl y Bowers‐Brown, 2018), tal como resalta Cecilia respecto a los y los jóvenes que tienen “la idea de que van a ser grandes”. Así, las promesas meritocráticas de las actuales versiones de las teorías del capital humano (Aronson, 2007), bajo la forma del emprendedurismo, interpela a los sujetos a empoderarse para así lograr la consecución de cualquier meta u objetivo (Laval y Dardot, 2013). Sin embargo, la estudiante manifiesta una crítica a dichos supuestos ya que señala que, por más esfuerzo o empoderamiento que se tenga, el déficit de lugares ocupables (Castel, 1997) y la precarización del trabajo “te sacan las ganas” o producen “desánimos” en los y las jóvenes.

Reflexiones finales

En el presente escrito nos propusimos caracterizar la perspectiva estudiantil sobre el hecho de ser jóvenes en el mundo del trabajo regional. Nos referimos a un escenario sociolaboral que, estructurado sobre la base de la actividad extractiva de hidrocarburos, presenta todas las características fluctuantes, inestables e inciertas del trabajo en el capitalismo flexible (Harvey, 2017).

Así, mostramos cómo desde la perspectiva de estudiantes de escuela secundaria, los y las jóvenes con dificultades para conseguir trabajo no representarían el analfabeto del management (Rivera-Aguilera, 2016), es decir, sujetos supuestamente carentes de habilidades vinculadas con la autoestima, hábitos y valores centrados en el esfuerzo, el sentido de la responsabilidad, así como la cultura del trabajo. Al contrario, desde la perspectiva estudiantil, los y las jóvenes “quieren trabajar” así como tienen “empoderamiento”. Asimismo, las condiciones precarias del trabajo juvenil en la región son cuestionadas, consideradas injustas, “malas experiencias” por parte de los y las estudiantes. Ello contradice las investigaciones (Standing, 2011; Sabater Fernández, 2016) que refieren a la existencia de una generación precaria, la cual “se caracterizaría por adaptar sus expectativas vitales a tener un empleo (y una vida) inestable, por estar sobrecalificados para los puestos que ocupan y por gastar gran parte de su tiempo en la búsqueda de empleo” (Longo y Busso, 2017, p. 4). Es decir, observamos en la perspectiva de los y las estudiantes que, lejos de adecuar expectativas o expresar cierta actitud de resignación o aceptación (Sabater Fernández, 2016), las condiciones inestables e inciertas que perciben en el escenario laboral local son discutidas y consideradas insuficientes e inaceptables, así como expresan una valoración positiva sobre las aptitudes y voluntades de los y las jóvenes.

Llegados a este punto cabría remarcar dos cuestiones para tener en cuenta. La primera es que el llamado a volverse emprendedores y las inestabilidades e incertidumbres laborales son dos caras de una misma moneda (Laval y Dardot, 2013). La extensión de la forma empresa a toda la sociedad que anunciaba Foucault (2007) es aquello sobre lo que se asientan la inestabilidad, inseguridad e incertidumbre que caracterizan las formas de experimentar la vida laboral en nuestros tiempos (Stecher, 2015). Desde la racionalidad del liberalismo avanzado (Rose, 2007) la configuración de un ambiente de inseguridad generalizada (Castro-Gómez, 2012), que refiere al arte de gobernar la precariedad dentro de ciertos umbrales (Lorey, 2016), se considera una de las condiciones de posibilidad para la producción de un sujeto activo (Rose, 2007). Esto es, el sujeto es llamado a gestionar su propio bienestar y, por lo tanto, volverse responsable por sus éxitos y fracasos (Grinberg, 2008). Ante estas lógicas, como hemos visto, los y las estudiantes de ambas escuelas problematizan el vínculo entre juventud y trabajo no como un asunto de falta de voluntad, ganas o habilidades, sino que discuten la precariedad y falta de oportunidades en el mercado laboral local.

En segundo lugar, en las búsquedas de los y las jóvenes por tener lugar en un escenario caracterizado por el déficit de lugares ocupables (Castel, 1997), la escuela secundaria ocupa un lugar central (Langer, Cestare y Martincic, 2019; Langer, Cestare y Villagrán 2015; Guzmán, Grinberg y Langer, 2021). En este sentido, existen perspectivas compartidas por estudiantes que asisten a diversas instituciones acerca de que la escuela es importante principalmente para el trabajo (Guzmán, Grinberg y Langer, 2021). No obstante, ello se tensiona con desigualdades en la distribución urbana de orientaciones (Guzmán, Grinberg y Langer, 2020; Guzmán, Grinberg y Langer, 2021), la vinculación y desvinculación entre los saberes que se enseñan en distintas escuelas y el trabajo (Guzmán, 2020; Guzmán y Langer, 2021; Guzmán, Grinberg y Langer, 2022), y las desigualdades en el acceso a escuelas secundarias en que ellos y ellas perciben una relación estrecha entre educación y trabajo (Guzmán, 2022).

Es decir, en una sociedad en la que se profundizan las desigualdades sociales, laborales, educativas (Antunes, 2009; Mayer y Núñez, 2016), y en la que somos llamados a aprender todo el tiempo y en todo lugar a fin de adaptarnos a la vorágine de la inestabilidad y el cambio permanente (Grinberg, 2008), cabe recordar que sólo un grupo minoritario estaría en condiciones de transformar la precariedad en una virtud (Lorey, 2016).

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  1. Se presentan resultados de investigación de la tesis doctoral de Dr. Mauro Guzmán que lleva por título “Formación para el trabajo, estudiantes de escuelas secundarias y fragmentación urbana: un estudio en la ciudad de Caleta Olivia”, la cual fue dirigida por Dr. Eduardo Langer y codirigida por Dra. Silvia Grinberg. Dicha investigación es financiada mediante beca doctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).
  2. Doctor en Ciencias de la Educación. Docente e Investigador de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral Unidad Académica Caleta Olivia (UNPA UACO).
  3. Doctor en Educación. Docente e Investigador de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Docente e Investigador de la Universidad Nacional de la Patagonia Austral Unidad Académica Caleta Olivia (UNPA UACO). Investigador de CONICET.
  4. La noción de ciudades intermedias supone atender a cómo las características regionales se vinculan con funciones de intermediación entre procesos y flujos locales y globales (Bellet y Llop, 2004). Estas funciones implican la concentración de actividades especializadas que configuran los perfiles económicos, las estructuras socio-ocupacionales en estas ciudades, así como influyen en la vida social y cultural de la población.
  5. El NBI se utiliza para identificar carencias críticas en una población y caracterizar la pobreza teniendo como unidad de análisis los hogares a partir de la información obtenida de los censos de población y vivienda (Feres y Mancero, 2001). Ello implicó la utilización de los últimos datos disponibles del INDEC que corresponden al censo del año 2010. Como cada uno de los radios censales está compuesto por un porcentaje de hogares con NBI, para la investigación se han agrupado en tres perciles cuyos polos van desde el “NBI Bajo” (radios con menor cantidad de hogares con pobreza) al “NBI Alto” (radios con mayor cantidad de hogares en situación de pobreza).
  6. Los nombres de las instituciones y los/as estudiantes son ficticios a fines de preservar el anonimato.
  7. la Escuela 5 ofrece cuatro especialidades y tiene una matrícula aproximada de 1225 estudiantes; en cambio, la Escuela 3 ofrece una orientación y tiene una matrícula de 192 alumnos.
  8. La autora sostiene que el término no-trabajo consiste en “una forma de nominar la situación de los sujetos que se encuentran desocupados. No es una negación de su condición de trabajadores sino una manera de referir la suspensión que esa inscripción de la “falta” imprime en los sujetos en el mundo del trabajo.” (Brandán Zhender, 2018, p. 335)


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