Para presentar los argumentos y tesis de Kittler hemos evitado las confrontaciones y críticas que suelen acosar al comentarista cuando explica un pensamiento ajeno. No obstante, ciertamente se le puede formular reproches muy válidos a nuestro autor.
Así, por ejemplo, uno de los puntos polémicos es su tratamiento de los problemas de género. De hecho, J. D. Peters advertirá en el pensamiento kittleriano una mitologización de las mujeres que las hace pasar por figuras de intriga, de erotismo o meras musas. A decir verdad, en el trabajo de Kittler no solo hay cierta estereotipia de la belleza femenina (juvenil y helénica), sino que existe una división sexual muy marcada que, a menudo, tiene a los varones como soldados y a las mujeres como pin-up girls. Por ello, el filósofo norteamericano no deja de señalar cierta aproximación falocéntrica a lo femenino que no está a la altura de las artes deconstructivas de nuestros tiempos (aun si sabemos que Kittler no creía en esos ejercicios).
En esta división dualista parece que los problemas del posestructuralismo en sus mejores versiones no llegaron[1] a oídos del crítico alemán. De hecho, los conflictos de la diversidad brillan por su ausencia y, para algunos comentaristas, en su última intervención pública hará gala de su faceta más conservadora. En su alocución de despedida de la Universidad condena la utilización y construcción de sustantivos inclusivos como signos superficiales de una aniquilación profunda del conocimiento o pérdida de la lengua materna que refleja tanto una burocratización como el imperialismo triunfante del habla inglesa –haciendo ciertamente comprensibles lecturas críticas (cfr. Breger, 2006)–.
Evidentemente, como dice Winthrop-Young, Kittler no es un pensador de género, no obstante, dentro de los límites de su conservadurismo, supo leer la relación entre medios técnicos y la figura cambiante del hombre. De allí, como vimos, que se pregunte por los cambios que las máquinas de escribir trajeron para las mujeres en distintos contextos geopolíticos o que construya toda una destrucción del monoteísmo masculino. Esto en la década de los ochenta, cuando, si bien había pares que ya lo habían tematizado, feminismo y filosofía de la técnica[2] aún era un espacio por descubrir. Solo podemos confiar en que una lectura mucho más cuidada será realizada por investigadoras que vengan de ese campo y cuya crítica será más acertada al sopesar no solo la evidente meta-narrativa y el carácter estereotipado de ciertas reflexiones –que recuerdan a incómodos pasajes nietzscheanos–, sino también algunos elementos del pensamiento kittleriano que podrían servir para formular nuevas preguntas sin repetir las soluciones de los manuales de la French theory.
Bajo la misma tónica de las críticas que se desprenden de la herencia filo-helénica de Kittler, evidentemente hay cierto eurocentrismo en sus obras –privilegio de la mayoría de los filósofos que llenan los estantes de la literatura académica–. Así, las decisiones de nuestro autor de ver el origen cultural de Occidente en los griegos o la esquematización de los matemáticos europeos como esperanza última contra el dominio imperial norteamericano han sido recurrentemente cuestionadas. Esta crítica tiene varios niveles. Primero, el aire de una dudosa rehabilitación de la alianza helénico-germana –a la usanza decimonónica– ha hecho dudar a sus lectores sobre la vieja idea nacionalista y ha reintegrado el manto de la simpleza explicativa en una genealogía cultural que debería ser mucho más vasta. En un segundo nivel, también se le han hecho reproches por su desmerecimiento de los aportes que el islamismo, el judaísmo y el cristianismo han realizado a nuestra cultura (y que están en línea con su rechazo pleno al monoteísmo).
En uno de sus cursos, Kittler (EGS) señala que en el campo de la llamada historia cultural hay muchas historias culturales diferentes. Por ello anticipa que varios lo llamarán “anticuado”: un hombre blanco europeo. Sin embargo, postula que solo reconstruyendo las distintas prácticas de lectura y de escritura se pueden recuperar los orígenes de las ciencias y universidades europeas y que, de haber estado más entrenado en técnicas culturales árabes, chinas o japonesas, hubiese tratado de dar una imagen más completa y exacta geográficamente. De hecho, Kittler siempre tuvo en claro que su historia era una historia europea de los medios y que “[los europeos modernos] con armas de fuego, aguardiente y biblias impresas […] hemos destruido innumerables culturas” (Kittler, 2007b: 14).
En el mismo sentido se podría señalar que si el eurocentrismo de Kittler se siente en sus comentaristas anglosajones, en nuestras tierras latinoamericanas su recepción descontextualizada parece tener doble peso. Prácticamente no hay pasajes donde se entere de la existencia de estas latitudes (o, al menos, no los hemos encontrado). Quizás lo deberíamos apuntar a la larga lista de filósofos y pensadores para los que, más allá de algún tinte romántico o bestial, el subcontinente que habitamos no tiene los méritos para ser integrado a sus conceptos o, simplemente, es un lugar de paso en algún furtivo raid de conferencias. Sea como fuere, tampoco sería acertado desechar el pensamiento kittleriano porque no se ajusta a la corrección del mismo imperialismo acostumbrado a recorrer los problemas culturales asiáticos, africanos o latinoamericanos en nombre de un progresismo sentimentalista que, a menudo, solo esconde una política comparada.
Sin embargo, una de las provocaciones más fuertes de nuestro autor se observa hacia el final de OM, cuando anticipa que en el hemisferio sur todavía se ven los viejos rastros de la centenaria guerra entre energía e información, entre recursos y algoritmos, así como su aceleración desde el reaganismo. Se trata de un conflicto global que habrá que seguir disputando. Por ello, muchas de las tesis que hemos presentado podrían encontrar, si no una aplicación directa, al menos una reconstrucción para nuestros propios problemas.
Ahora bien, a estos planteos deberán sumarse las críticas ligadas al contenido mismo de sus trabajos. Así, por ejemplo, no faltan aquellos que rechazan el materialismo de nuestro autor sobre todo con sus clásicas sentencias sobre la inexistencia del software. Creemos que estas encuentran una respuesta cabal cuando se sopesa toda la obra de Kittler y se reconoce que, muy al contrario de olvidarse de la codificación, leer la programación a la luz de los pasajes del silicio y sus estados le permite justamente reintegrar práctica y teóricamente la posibilidad de escribir código en todo su sentido y potencial histórico y cultural.
Una vez más el estilo irreverente de nuestro autor quizás tuvo que ver con que su crítica a los gigantes de las corporaciones informáticas haya pasado por una desquiciada sentencia sobre la irrealidad de las líneas de código que tanto disfrutaba escribir y ejecutar. De allí el supuesto contrasentido de un pensador que, contra la industria del software, apuesta por la programación como potencia poética. De hecho, hay autores que ven en la campaña kittleriana contra Microsoft un posible punto de contacto con los estudios culturales, pues advierten que la agencia del alfabetizado que reescribe el código dominante para sus propios propósitos es parangonable a prácticas de resistencia que están ligadas a las relaciones de poder coaguladas en capas de silicio.
Quizás más acertados son los cuestionamientos vinculados, por ejemplo, a la falta de un tratamiento sistemático de los medios técnicos que tienen como eje a la transmisión. Así, por ejemplo, el teléfono o Internet, si bien están tematizados en nuestro autor –y nosotros hemos intentado recobrar algunos pasajes que permiten comprender su pensamiento como un todo–, a decir verdad, se trata de un tratamiento en bricolaje y parcializado que no los explora con la sistematicidad que adquieren el fonógrafo, el film o la máquina de escribir. Al mismo tiempo, es justo decir que muchas de estas críticas probablemente se silencien cuando, a partir de la obra reunida (y traducida), se hagan inteligibles todos los pasajes en los que Kittler aborda a la radio como núcleo de sus problematizaciones.
También ligado a estos cuestionamientos, como bien señala Winthrop-Young (2011a), algunas de las tesis de nuestro autor –como la idea de que la guerra engendra a las tecnologías de la información– pueden verse afectadas por un estudio más sistemático de estas. Así, por ejemplo, el teléfono parece no haber tenido tantas deudas con las batallas como las que encuentra claramente con la expansión civil y comercial decimonónica. Al mismo tiempo, en algunos pasajes tampoco queda claro si la guerra está involucrada en la producción o en la difusión de la tecnología de los medios modernos. En todo caso, valdrá de anticipo que a Kittler se lo puede recordar justamente por haber impulsado la arqueología de los medios y con ello abrió un campo en constante crecimiento donde materialismo y pasión por el detalle histórico-técnico parecen dotar de aire fresco al campo de la comunicación. Abiertas estas líneas de indagación, hay muchos elementos que podrán corregirse, cambiarse, enmendarse. También bajo la misma evocación, los estudios venideros –sin perder el horizonte de la cyberwarfare– deberán poner en valor la enseñanza exacerbada del historiador: nuestro campo todavía no ha saldado su fastidiosa herencia con las realidades bélicas del siglo pasado.
Asimismo, dado que las historias de Kittler suelen terminar con la computación digital como subsunción de los demás medios, se ha criticado cierto sesgo teleológico en sus escritos. Este se haría visible en sus tesis sobre las similitudes entre el alfabeto griego y los códigos computacionales. Evidentemente, en nuestro apretado resumen se ha exagerado dicho efecto. Pero, ante estas acusaciones, Kittler señalaba que su historia es una actualización de la historia del ser de Heidegger y, por tanto, permanece abierta, contingente y llena de ambigüedades. De hecho, la idea de recursión (MM 2), una suerte de eterno retorno conceptualizado desde la computación, protege al autor de cualquier linealidad, al tiempo que su estilo y la destreza poética –muy al contrario de nuestras páginas– no facilitan la lectura teleológica, que solo emerge cuando se sintetizan y simplifican los complejos meandros de sus reflexiones. En todo caso se trata solo de un efecto y una demostración de que los instrumentos que utilizamos para escribir trabajan con nuestros pensamientos, pues el filósofo configura arqueologías y genealogías que están muy lejos de tener una sola dirección lineal y un final cerrado.
Hay otra razón para que no haya una lectura teleológica tan sensiblemente marcada. Los esfuerzos de Kittler para conceptualizar la galaxia Turing también le permiten anticipar una salida de esta. Emulando el trabajo de McLuhan quizás, de haber concluido su último proyecto, podría haber desarrollado la idea de que las máquinas inspiradas en Turing iban a ser reemplazadas en el mediano plazo por otra forma computacional. De hecho, como vimos, dirá que el imperio norteamericano podría desplomarse en semanas si chinos o indios llegaran antes a ese modelo y que la misma física del estado sólido parecía augurar un fin de la computabilidad tal como la conocemos hoy (Kittler, 1997c).
Para Kittler (2001d) estaba claro que, con la miniaturización, los comportamientos del procesamiento se vuelven impredecibles ya que se alcanzan los límites a nivel atómico del silicio. Por ello, más allá de las investigaciones de nanomateriales, la computación basada en fotones le parecía a nuestro autor no solo una posibilidad viable para exceder las fronteras actuales de la física, sino también para alcanzar una computación no determinista y de mayor complejidad. Kittler anticipa en múltiples escritos la llegada de las computadoras cuánticas, que, desde comienzos del siglo XXI, se han acelerado como tópico de investigación (Gane y Sale, 2007). De hecho, la misma megacorporación cuyo nombre –para darle la razón a nuestro autor– es Alphabet ya ha puesto en funcionamiento estas máquinas e idéntico camino parece haber tomado IBM. Si estas máquinas, además de poner entre paréntesis los estados binarios, podrán el día de mañana exceder el modelo de Turing y establecerse en la cotidianeidad (como lo han hecho sus precedentes), será un problema para el que necesitaremos más tiempo. Lo que sí dirá nuestro autor es que cuando lleguemos a computadoras y criptografías cuánticas, nuevamente el rayo estará aquí y los mitógrafos tendrán nuevas preguntas.
En todo caso, como señala en la entrevista con Khayyat (2012), puede esperarse que la edad de la computación tal como la conocemos hoy llegue a su final así como la edad del papiro concluyó con el códice (Kittler, 1998c). Por ello, ya en la década de los noventa comienza a manejar dos escenarios posibles para el futuro (Heidenreich y Schultz, 1993; NS). Por un lado, las máquinas de Turing parecían ser el fin de la historia en sentido tecnológico. En esta proyección solo se podrían mejorar las soluciones a problemas digitales que –bajo una lectoescritura automatizada– auguraban una historia que expulsaba a lo humano de su centro. Por el otro, un escenario posible era la superación de estas máquinas que no pasaría tanto por su invalidación, sino por la creciente importancia de procesos estocásticos desde un futuro abierto. La computación cuántica parece prometer que el final en términos tecnológicos no es tan dramático y que la pax americana quizás es solo un interludio ya que podrían aparecer nuevas computadoras analógicas con propósitos específicos. Con este nuevo paradigma la historia podrá dar otro paso, pues si la naturaleza no es una máquina de Turing, la computadora digital tampoco señala el fin de la historia.
Con todo, como vimos, nuestro autor argumenta que así como durante milenios hubo culturas donde estaban entretejidos humanos, animales y máquinas, inevitablemente la nuestra es una cultura donde los miles de millones de computadoras que existen en ella hacen muy difícil compararla con las anteriores:
En la actualidad, estamos en una situación en la que ya no podemos describir qué está sucediendo en las máquinas. Nosotros no programamos simplemente a las máquinas: ellas también nos programan a nosotros. Gracias a este feedback entre computadoras y seres humanos no soy capaz de escribir “Sistemas de registro 2000”. Tal libro debería ser un trabajo en equipo entre una computadora inteligente y un escritor. Por lo que necesitamos dos autores para escribir un libro tan imposible (Kittler en Balkema y Slager, 2001: 66).
De hecho, en otra entrevista, el crítico alemán sugiere, en tono de broma, que llegará una época en la que ya no tendrá que escribir sus artículos, pues podrán generarse estadística y algorítmicamente textos de un “nuevo Kittler” a partir del viejo y ningún lector podrá notar la diferencia (Rickels, 1992). Es que la idea de una cultura conjunta que, bajo condiciones de alta tecnología, está formada por personas, programas y procesadores es recurrente en nuestro autor (1997a). De hecho, como vimos, sugerirá a Virilio (1995) que en el futuro deberemos dar cuenta sobre tales cooperaciones entre lo humano y lo maquínico sin caer en el oscurantismo transhumanista.
En una cultura que debe ser pensada como la reunión ya no solo de personas, sino de personas, procesadores y programas, el pensamiento que la enfrente debe ser acorde a esta nueva característica evitando las trampas de la condena al algoritmo. Por ello, Kittler no es un pensador que nos resulte cómodo, pero constituye un aporte fundamental para nuestra época, que empieza a comprender que el tenor de la crítica debe cambiar. Para ello deberemos pensar en la ciencia como un proceso abierto, siguiendo el modelo propiciado por el hardware y el software libre. Creemos que, en ese sentido, Kittler (1993d; 2003d) no dejará de señalar que la conexión entre la opción política y la ingenieril es abrumadora, pues tiene como contrapartida una democracia amenazada tanto por el analfabetismo computacional como por una evolución informática que desconocemos; democracia que, como vimos, es impensable sin las universidades que pueden justamente romper con los secretismos del complejo militar-corporativo. En esos términos, Kittler cumple en unir los dos caminos tan separados de la formación comunicacional contemporánea, donde ciencias sociales y humanidades deberán tener nuevos encuentros con las ciencias de la computación para sopesar, en todo su sentido, las transformaciones en las técnicas culturales y en el mundo que nos toca habitar.
Por último, quizás pueda parecer atrevido reintegrar a Kittler al campo de la comunicación y reunirlo con los estudios de los medios. Sin embargo, las separaciones solo son institucionales, mientras que lo que cuenta son las fuerzas que se pueden extraer para el análisis de las relaciones de poder, de las formaciones de saber y de los modos de subjetivación en cartografías del presente que aún restan por construirse.
- De hecho, en algunos pasajes parece dejar pistas que podrían ligar la pregunta ontológica por la relación entre música y matemáticas a la idea deleuzo-guattariana de devenir-mujer (quizás por la relación compleja entre dichos procesos y el devenir-electrónica [Kittler, 2005c; 2007b]). Asimismo, en MM quizás toda la clave de lectura esté ligada a un ser que deviene femenino expresado en un alfabeto que deriva de ninfas, musas y diosas (Roch, 2011).↵
- Tildado muchas veces de tener supuestos heteronormativos y machistas, es al menos paradójico que Kittler recupere un libro como el de M. Davies (1972[1982]), ya que la hipótesis histórica de la autora es una reconstrucción de los procesos de feminización del trabajo de oficina como reflejo de la interacción entre relaciones sociales patriarcales y las fuerzas político-económicas en el siglo XIX.↵






