I. Aufschreibesysteme
En 1985 Kittler logra publicar el libro que le dará reconocimiento internacional. El título de la obra era Aufschreibesysteme 1800/1900 y puede ser traducido como ‘sistemas de registro, de inscripción, de notación’ o, como en la elección anglosajona, ‘redes de discurso’[1]. Más allá de la traducción, para los germanoparlantes el sintagma tenía una clara connotación, en tanto remitía a un neologismo extraído del célebre autoanálisis de Daniel P. Schreber (1999 [1903]: 140 y sucesivas). Evidentemente, citar las nociones de un paciente esquizofrénico como nombre de un trabajo de habilitación docente –en una estructura universitaria conservadora– pudo haber cifrado una provocación no muy grata y quizás ello también justificó el rechazo de la obra cuando era solo una tesis posdoctoral.
De acuerdo con Kittler, Schreber entiende por la noción de sistema de registro un orden que inscribe todo lo dicho, hecho, pensado y sentido en el asilo de forma inmediata –sin que nadie ni nada pueda evitarlo–. En el delirio paranoide, el sistema de registro ligaba el cuerpo terrenal a los astros mediante nervios expandidos que se conectaban con rayos divinos. Estos rayos tenían la función no solo de inscribir, sino también de anticipar y reconstruir el pensamiento bajo condiciones, a un tiempo, políticas y sexuales. Se trata de un desvarío irradiante y telecomunicacional de emisiones y recepciones que, para Schreber, configuraban un fenómeno de completa realidad objetiva, pero sin analogía con la experiencia humana (cfr. Deleuze y Guattari, 1997).
Cuando nuestro autor recupera esta noción, los sistemas de registro refieren a formas automáticas, impersonales e independientes de los individuos que articulan múltiples discursos en redes cambiantes sin un centro definido. Se trata de una exterioridad que Kittler definirá como “red de técnicas e instituciones que le permiten a una cultura dada transmitir [Adressierung], almacenar [Speicherung] y procesar [Verarbeitung] datos relevantes” (AS: 519).
Así, el concepto de sistemas de registro pone en evidencia tanto el archivo de todo lo que es inscripto en una cultura en un momento particular como las reglas y los modos distintivos de producción discursiva (Godzich, 2012; Geoghegan, 2015; Johnston en LMS). Por ello, señalan los traductores anglosajones que la idea de redes de discurso refiere a modos positivos de existencia del lenguaje en tanto es moldeado por instituciones pedagógicas, medios archivísticos, estrategias de interpretación disponibles, etc, pero también redefine la noción misma de cultura ligándola específicamente a las técnicas culturales que permiten esos procesos[2].
De tal modo, como comenta Wellbery (1990), estos sistemas de inscripción refieren a niveles de desarrollo material que son anteriores a los problemas del significado. Es decir, no pueden ser pensados como meros instrumentos en los que un hombre consciente y particular produce pensamientos, ideas, contenidos o valores, sino que están atados a técnicas e instituciones culturales específicas de cada época que exceden al sentido. En particular, la noción misma de sistemas de registro encuentra directa inspiración en las ideas foucaultianas de un análisis de formaciones discursivas que contemple también prácticas y técnicas (no discursivas) que están más allá de los enunciados, pero irrenunciablemente ligadas a relaciones de saber-poder. De hecho, AS se apropiará de la estructura narrativa de Las palabras y las cosas (1966), introduciendo una sucesión de sistemas de registro en lugar de epistemes.
Sin embargo, la obra de Kittler no se parece demasiado a su fuente. Aunque huelga decir que una investigación detallada de las diferencias y contrapuntos entre Foucault y Kittler excede los límites de este libro, es posible subrayar que ni la definición de las formaciones de saber o de las relaciones de poder ni el recorte de sus problemas son completamente equivalentes. En particular, podemos mencionar al menos cuatro grandes diferencias entre los autores (inclinando la balanza hacia los argumentos del alemán y no hacia las posibles respuestas foucaultianas, cfr. Rodríguez [2019], Sutherland y Patsoura [2017]).
En primer lugar, como subraya Wellbery (1990), el orden de los Aufschreibesysteme no encaja exactamente con las epistemes que estudia Foucault. Para este último las formaciones de saber iban de las epistemes renacentista y clásica a la moderna y concluían anticipando un tembladeral (que designa la reaparición del ser del lenguaje). Así, Foucault se detenía en un análisis riguroso de dos configuraciones que podríamos denominar premodernas del conocimiento y que terminaban reorganizándose en relación con las empiricidades (finitas) de vida, trabajo y lenguajes, mientras que Kittler refiere a un período llamado república de los eruditos que solo a muy grandes rasgos podría correlacionarse con aquellas. Sin embargo, la caracterización que propone nuestro autor de esos períodos es difusa y no deviene objeto de sus investigaciones en profundidad –más allá de algunas referencias al sistema universitario–. En contraste con ello, Foucault, aunque lo anticipa, no desarrolla en profundidad el momento superador del período moderno, mientras que Kittler se detiene en esta época a lo largo de toda su obra al analizar la transición entre el sistema de registro 1900 y el período que denominará, a través de Heidegger, composición[3] (o estructura de emplazamiento, Gestell) y Turingzeit. En otros términos, AS y sus libros posteriores se centrarán en las transformaciones anticipadas por la hipótesis final de Las palabras y las cosas (cfr. 1982: 375), pero partiendo de lo que llama la era de Goethe.
En segundo lugar, a diferencia de las obras de Foucault, Kittler propone una clara división entre siglos como artilugio que le permite separar y contrastar dos sistemas de registro que, dentro de los estudios literarios, podrían ser nombrados como el surgimiento del romanticismo decimonónico y del temprano modernismo. De allí que en AS dos mojones configuran los bordes de la estética alemana (Goethe y Nietzsche), mientras que la alfabetización universal de 1800 y el almacenamiento, la transmisión y el procesamiento analógicos de datos de 1900 componen los dos puntos de quiebre entre ambas centurias. Así, las fechas encierran procesos específicos, algo bastante alejado de la forma de concebir las rupturas y discontinuidades en el pensador francés.
Esta clara demarcación en nuestro autor se debe, según Winthrop-Young y Gane (2006), a que mientras Foucault –fiel a la tradición epistemológica francesa– presentaba una secuencia discontinua de epistemes “sin explicar por qué los nuevos órdenes discursivos aparecen”, Kittler se refiere a estas mutaciones como cambios mediales que, como veremos en el cuarto capítulo, tienen fundamento bélico. Así, para decirlo en términos más foucaultianos, nuestro autor apela a una suerte de afuera tecnológico e institucional que empuja las transformaciones en los sistemas de registro (donde el a priori histórico deviene técnico y encontrará explicación marcial).
Evidentemente, estos contrastes entre siglos tampoco sugieren para Kittler momentos de cambios abruptos, sino procesos históricos que encuentran su punto cúlmine a inicios de cada centuria. No obstante, la aparición de ciertas invenciones quizás habilita una comparación con el funcionamiento de las fechas en el materialismo histórico-maquínico de Mil mesetas (Mille Plateaux). En esa obra las fechas condensan transformaciones semióticas y materiales en acontecimientos históricos contingentes. De hecho, la segunda parte de AS subraya que los sistemas de registro no configuran una historia de las ideas continua y sin costuras, sino que están marcados por fracturas y quiebres que tienen “mesetas” (Plateaus, cfr. AS: 223).
Por otra parte, en tercer lugar, quizás la mayor distancia con Foucault se deba a que AS combina el análisis de las reglas y regulaciones contingentes que permiten unir los discursos con el estudio histórico de tecnologías de los medios. Ello, como dijimos, le permite a Kittler recuperar la tesis del filósofo francés, que cierra su obra con la moderna formación de saber anticipando que la figura epistémica del Hombre comienza a desdibujarse. Foucault reconstruye cómo el humanismo se vuelve el nudo de las determinaciones empíricas desde su arqueología y luego vuelve sobre estos tópicos desde la genealogía de las relaciones de poder (por ejemplo Vigilar y Castigar, 1975) al analizar las disciplinas estratégicas como productoras de esa figura del humanismo.
En todo caso, Kittler (1988c) comprendía que uno de los aspectos principales de la obra de Foucault[4] era que, en el paso de la arqueología a la genealogía, lo no discursivo, la arquitectura de luces o las visibilidades adquieren un rol central que debe ser explicitado; un estructuralismo de los materiales o un materialismo de los acontecimientos que permite trasladar la arqueología o análisis del discurso a otros medios (Kittler, 2000d; SC; Johnston en LMS). Por ello, nuestro autor especifica que su problema es el de los discursos y procesos de alfabetización universalizados y de sus fuentes, canales y recepciones, mientras que –en su opinión– el pensador francés solo se interesaría por la producción de discursos universitarios[5]. Veremos que Kittler subraya este aspecto al tener en cuenta los procesos de formación para trazar los mojones por los cuales la figura del Hombre moderno puede aparecer (y las redes hermenéuticas con él). De este modo, AS tiene en su centro reformas educativas concomitantes a la emergencia, apogeo y declive del poder disciplinario, así como a las transformaciones inducidas por la aparición de los medios técnicos que dispararán una suerte de guerrilla contra el Estado y las escuelas.
En particular, para Kittler la conceptualización foucaultiana no progresa más allá de 1850[6], pues solo admite como sinónimo de archivo a las bibliotecas y a los libros, donde la escritura aún es el único medio general. Dado que el término “medio” en el siglo XIX no tiene la actual relevancia, para nuestro autor la obra del filósofo francés está restringida por límites tecnológicos e históricos precisos. Pues, supuestamente, Foucault olvida que la escritura es un medio de comunicación y que, en tanto tecnología, almacena y transmite su propia autorización (GFT). Pero para el autor alemán si todas las bibliotecas y libros forman parte de los sistemas de registro, no todos los sistemas de registro se limitan a esas entidades. Consecuentemente, el análisis de Foucault no puede comprender las formaciones de saber y las relaciones de poder que exceden al escenario moderno, dado que nuevos métodos y técnicas de procesamiento de datos destruyen el almacenamiento alfabético y le quitan el monopolio de la transmisión –antigua base del poder europeo–, lo que deja entrever una nueva potencia en suelo norteamericano (SC). De allí que le dé un nuevo significado a la idea de que tanto las anticipaciones como los lamentos impresos sobre la muerte del Hombre “llegan demasiado tarde”.
Por último, en cuarto lugar, uno de los aspectos que salta a la vista en cualquier acercamiento a AS es que parece pertenecer al campo de los estudios literarios. De hecho, casi todos los capítulos (y sus derivados en libros y ensayos conexos) están construidos por un análisis continuo que comienza en Goethe y crece como una enredadera[7] sobre Hoffmann, Moritz, Schlegel, Schiller[8], Lessing, Tieck, Arnim, C. Brentano (y su hermana Bettina), Hölderlin, Jean Paul, Fichte, Schelling, von Eichendorff, Kleist, Novalis, S. George, Maupassant, Rilke, Villiers de L’Isle-Adam, Stoker, Kafka, Valéry y muchos más (cfr. AS: 507-518). Ahora bien, paradójicamente, nuestro autor no deja de advertir que en AS todavía se siente compelido a hablar de las mutaciones en los sistemas de inscripción desde los libros. De allí que subraye insistentemente que los textos literarios y académicos pueden ser concebidos solo como el centro metodológico de su trabajo. A menudo se pasa por alto este énfasis que indica que si bien nuestro autor, por un lado, se dedica a los sistemas de registro a través de escritos pedagógicos, poéticos, trágicos y filosóficos, por otro, los textos funcionan solamente como un corpus de análisis del discurso cuyos ejes conceptuales no se reducen a ellos ya que el esquema teórico del libro proviene de otra parte.
En especial, en términos teóricos el análisis kittleriano es deudor de una categorización más profunda que quizás sirve para prevenir cualquier homologación y conmensurabilidad entre las tesis de Foucault y las del alemán. Kittler adoptará como base de su conceptualización la ruptura epistemológica vaticinada por el francés. Como hemos señalado en la introducción, los conmutadores electrónicos, la arquitectura de las máquinas de Turing y la teoría matemática de la información (TMI) le entregan a nuestro autor –en esta primera aproximación– el diseño, el estilo o el esquema (en sentido técnico) de su investigación.
Así, la estructura misma de Aufschreibesysteme 1800/1900 se hace compleja en tanto surge o, al menos, quiere surgir de esa ruptura epistémica. Por ello, en la entrevista con Banz (1996) señala, en tono de broma, que AS aún no era tan horripilantemente técnico como lo serán sus libros posteriores, pero, sin embargo, se inspiraba directamente en sus experiencias con transistores y emergería del conocimiento que estaba adquiriendo sobre los procesos de feedback ligados a los sintetizadores electrónicos que construía en paralelo a su escritura. Asimismo, sostendrá en el posfacio del libro que el análisis del discurso tiene que “integrar los estándares de la segunda Revolución Industrial” (es decir, la informacional) y que las operaciones de almacenamiento, procesamiento y transmisión posibilitadas por el antiguo alfabeto tienen la misma positividad técnica que las computadoras (cfr. Kittler, 2012; 1981a), pues el concepto de sistemas de registro es esencialmente una aplicación de la teoría de la información de C. Shannon y de la arquitectura de von Neumann (cfr. Armitage, 2006; VMT: 119).
Por ello, como señala Winthrop-Young (2011a, 2011c), los sistemas de registro parecen funcionar como máquinas de información a gran escala –históricamente contingentes– que producen entidades culturales. Pero, aunque la década de los ochenta es fecunda en comparaciones con los procesos de feedback, no deberíamos confundir las intenciones de nuestro autor. Para Kittler no se trata meramente de utilizar un vocabulario novedoso o construir metáforas llamativas (por más que refiera a elementos paródicos en su escritura): la extravagante intención de fondo parece haber sido diseñar un tablero de conmutadores o de información entre discursos e instituciones; darle a los estudios literarios un “frío modelo de estructura” (Weinberger, 2012). Esto es, esbozar el esquema de una máquina informacional –con grandes corpus de textos y técnicas culturales de alfabetización– que pueda ser encarnada en circuitos de hardware. Por ello, no dejará de advertir que AS es un libro pensado como máquina tanto para la parte de 1800 como para la de 1900 –aun si reconoce que esta última sería más difícil de desarrollar y que deberá retomarla en sus subsecuentes investigaciones–.
Así, Kittler genera un esquema técnico que se superpone de forma compleja y no lineal a las categorías del análisis del discurso: almacenamiento, transmisión y procesamiento de datos se relacionan con producción, distribución y consumo de discursos en términos no convencionales. De allí también que hay que tomar en serio a nuestro autor cuando dice en uno de sus ensayos (1978) que “[l]a familia matrilineal será un relevo [relais, ‘relé’] de las transmisiones de conocimiento [saber] y poder [Wissens-und Machttransmissionen]” (VMT: 22). Pues, como señala Hartmann (1997), a los ojos de Kittler, el análisis del discurso debe ser materialista y el sentido tendrá como condición al hardware; así, su punto de partida no es ni el sujeto ni la conciencia, sino la circuitería donde la cultura emerge como procesamiento de datos: las personas (en tanto existentes) pueden ser pensadas no desde una antropología filosófica, sino como interfaces de esos sistemas. De hecho, la tesis explícita de Kittler (1985c) es que en Goethezeit la poética nunca dependió del llamado enclave de libertad propio de la conciencia crítica o del inconsciente cultural, sino de un hardware de procesamiento de datos cuya materialidad estuvo configurada solo por los libros y las bibliotecas que componían el requisito técnico de las relaciones de poder.
Por ello, Kittler encuentra en los conmutadores el fundamento técnico e institucional del diseño del sistema de registro 1800, entregándonos el siguiente orden. En primer lugar, la boca de la Madre, soportada por las semio-técnicas de la familia burguesa[9] (DMK), genera un input de sonidos y una masa de palabras –mediante el método fonético de la lectura, que es una traducción de la Naturaleza–. Para que la producción de ese input de datos funcione necesita una suerte de búfer o una memoria temporal que almacene y ordene el lenguaje a través de los libros pedagógicos de alfabetización (RAM, acrónimo en inglés de memoria de acceso aleatorio). Estos comienzan a operar sobre el input con el aprendizaje de la lectura (y de los significados). Dichos movimientos están garantizados por una progresiva estatalización de la educación que termina por quebrar el poder de las universidades como estandarte de la formación de la república de los eruditos.
Luego, en un segundo momento, Kittler describe los canales que aseguran la distribución de los discursos. Para ello, el sistema de registro 1800 dispone de la poesía alemana romántica[10] como vía de transmisión en un número máximo de tres direcciones (addresses y buses): autores, lectoras y nuevos autores. Esta base poética empezará con Fausto y su ejercicio de traducción libre de los Evangelios, donde encuentra fundamento el análisis e interpretación de los significados que escapan a las antiguas traducciones literales. Con ello los padres (no alejados de la pedagogía) fungen en la enseñanza de la escritura como parte del procesamiento de los significados y como elegante forma de ligar caligrafía e individualidad. Los niños, en tanto receptores de información, serán formados para devenir en futuros autores. Al mismo tiempo, las universidades se presentan como pilares de la capacidad de procesamiento, aunque solo limitadas al género masculino.
Por último, en tercer lugar, la filosofía decimonónica funciona como medio de almacenamiento, pues selecciona el output de la producción poética y se presenta como teoría que traduce significados y sentidos. Mientras tanto la industria de libros masifica la lectura y posibilita el procesamiento de ese output por el consumo generalizado de las lectoras femeninas que serán dispuestas a devenir en imago materna y recomenzar el circuito. En el mismo contexto, la manía de la lectura de novelas y de antologías se encuentra con el ascenso de una nueva técnica de la memoria que –siendo parte de las relaciones de fuerzas– parece cerrar el círculo: la comprensión hermenéutica (en las ciencias del espíritu).
Como dijimos, el siglo XX es un periodo de quiebre en las formaciones de saber y en las relaciones de poder, ya que se destruyen las modalidades alfabéticas de procesamiento, almacenamiento y transmisión de datos. Siguiendo el esquema propuesto por Kittler, primero, la imago materna pierde la primacía en la generación de inputs sonoros puesto que los datos producidos artefactualmente tienen una amplitud de frecuencias que excede con mucho lo que los humanos pueden vocalizar y oír. En el nuevo sistema de inscripción los medios técnicos gestan y procesan una fuente de datos sonoros que tienen como contrapartida el ruido blanco. Kittler explora estos medios técnicos a través de Nietzsche y Wagner como anticipaciones de las dimensiones audiovisuales. Sin embargo, es el conjunto de transformaciones en la escritura y en las mnemotécnicas lo que permite seguir el músculo argumental de nuestro autor. La máquina de escribir supondrá una variación en el procesamiento de datos que será paralela al desplazamiento de la boca materna y dará lugar a una pluralidad de mujeres que horadan la escritura caligráfica del funcionario al tiempo que sobrepujan el patriarcado de los claustros y demuestran que los discursos pueden ser producidos por generadores aleatorios antes que por una traducción de la Naturaleza –en tanto ese mismo concepto, despojado de su carácter absoluto romántico e idealista, ha de formularse bajo principios físicos, matemáticos, telecomunicacionales, etcétera–.
En segundo lugar, esa generación aleatoria queda ejemplificada por transformaciones en la escritura que provocan los medios técnicos. Así, por ejemplo, el telégrafo acentuará la descomposición del significado en unidades matemáticas y procesables de significantes. Con ello, la distribución (o los canales de direcciones) ya no será cumplida por la traducción del significado “natural” como operación poética. En esta nueva economía de la transmisión y del procesamiento se encuentra quizás uno de los fundamentos para los múltiples cimbronazos en la literatura del cambio de siglo (pues las vanguardias literarias consumen o abusan de las condiciones y resultados de la nueva red de discursos). Para nuestro autor, la traducción ha muerto y los significantes –estadísticamente calculados– solo se pueden transponer de medios a medios mientras el humanismo moderno queda vedado en todas las aristas del sistema.
Por último, en tercer lugar, la filosofía es reemplazada por la psicofísica, que –junto al taquistoscopio– funge como motor de las explicaciones de la memoria y de la lectoescritura que configuran una vía de generación y transmisión de información. Sus expansiones ponen entre paréntesis a la pedagogía y terminan por desacoplar la formación de la comprensión del sentido, al tiempo que funcionan como base para el psicoanálisis y la psiquiatría (que seleccionan los discursos con el trasfondo del ruido). Como dijimos, desde este esquema Kittler identifica rápidamente que el problema no es ideológico, sino que ocurre gracias a la liberación de los sistemas de inscripción de la determinación del así–llamado–Hombre.
Así, como han sostenido diversos autores, la innovación de Kittler pasa por reemplazar el modelo de la explicación sociológica con uno cibernético. Sin embargo, el esquema es complicado y parece ser evidente que la empresa no termina siendo del todo clara. De hecho, hará bien el/la lector/a en desconfiar de este diseño y de su estilo, pues AS propone múltiples aristas diferentes. Pero también porque su cabal resolución, aunque comienza en nuestro capítulo II, solo podrá ser vista en la segunda parte (capítulos III y IV), ya que Kittler mismo entendía que solamente en la concatenación de sus obras había logrado dar cuenta del pasaje al sistema de registro 1900.
II. Input: madre, alfabetización y funcionarios
Desde el comienzo de AS, Kittler refiere a una formación histórica previa al sistema de registro 1800 llamada república de los eruditos (Gelehrtenrepublik). Si bien, como dijimos, es una caracterización críptica, nuestro autor sitúa a esta formación como anterior a los Estados nacionales, basada en las universidades (luteranas y humanistas) y centrada en un marcado control académico y religioso sobre la circulación de textos. Estas instituciones y técnicas configuran el centro de la bibliofilia de las fuentes, que tienen procesos de escritura y copiado, almacenamiento bibliotecario y distribución postal interuniversitaria (Kittler, 2004a, 1998b).
Así, Kittler parece relacionar la idea de Gelehrtenrepublik[11] directamente con escribas y copistas que no tenían necesidad de comprender lo que escribían, pues fungían como multiplicadores manuales del discurso. Por ello, nuestro autor subraya que en esa formación histórica solo las sagradas escrituras y ciertos clásicos grecorromanos entregan una masa de palabras; un input que debe ser almacenado, replicado y enviado a direcciones específicas en una circulación sin fin. Se trata de un sistema de registro sin productores ni consumidores que tendrá al discurso como externalidad que no puede ser creada y cuya interpretación es limitada. Sus miembros (teólogos, doctos, pastores, maestros, juristas y escribas) están entrenados para rumiar frases y leer antiguos volúmenes.
Si bien Kittler no le da un sentido claro, su argumento pasa por subrayar que esta formación evita que el espíritu (Geist) pueda manifestarse a otros. En otras palabras, no es posible que emerja un autor, un escritor o un creador de libros, pero tampoco puede surgir el intérprete moderno dedicado a entender libremente. Con ello también la figura de los Estados nacionales es repelida, al tiempo que la imprenta y la Reforma todavía funcionan contenidas bajo el prejuicio de que “Europa se hundiría en la locura” con la instrucción pública y masiva. Por eso, para Kittler (1987e, 1985a), esta formación histórica es engañosa, pues se trata de “un humanismo que no tiene a la figura del hombre en su centro, sino a la de Dios”, y se caracteriza por amor a la palabra sagrada y a la retórica. En todo caso, el punto central es que la habilidad de leer y escribir es un privilegio y una función de las clases gobernantes, que aprenden a memorizar vastas cadenas de nombres bíblicos y legales.
No obstante, la tesis de nuestro autor es que la república de los eruditos será transformada por la aparición del sistema de registro 1800, que acoplará y “automatizará los procesos de lectura y escritura” a través de la alfabetización masiva. Para decirlo brevemente Kittler describe una profunda reforma educativa con dos piezas fundamentales. En primer lugar, el apuntalamiento del rol de la Madre en la instrucción primaria y, en segundo lugar, la estatalización de las escuelas y universidades a finales del siglo XVIII como condición de la hermenéutica y de la poesía alemana. En ese esquema, de la conjunción entre el Estado (nacionalismo) y la función madre (naturalismo) es engendrada la subjetividad (romántica) del poeta como reverso del funcionario (sujeción).
Como dijimos, estas transformaciones comienzan con el paso de una cultura en la cual leer y escribir constituyen un privilegio a una en la que se convierten en funciones acopladas, automatizadas y universalizadas. De hecho, Kittler identifica, hacia la segunda mitad del siglo XVIII, cambios significativos en la crianza de los niños. Nuestro autor parece recuperar la hipótesis de la correlación entre el ascenso de la familia nuclear[12] burguesa (y su autarquía económica) y el encierro de las mujeres en la esfera privada. En esta dinámica las mujeres son redefinidas bajo el rol de madre –principal cuidadora y fuente de atenciones físicas y espirituales para los infantes (Kittler y Turk, 1977; DMK; Kittler, 1979; 2015f [1980])–. Con ello, la imago materna resulta en la condensación perfecta entre funciones biológicas, nutricias y culturales, y se convierte en la influencia pedagógica que posibilita la temprana socialización y aculturación del niño (ser heterónomo, débil y mimado, como señalaba P. Ariès).
Así, el artículo de 1978 “El poeta, la madre y el niño” (VMT) propondrá una genealogía de la familia burguesa como máquina que produce confesiones e individualización (psicológica, jurídica y estética) romántica, al tiempo que archiva normas sexuales: “Las familias introyectan en sus retoños las normas e imagos que […] producen almas que son sexualizadas por el deseo del incesto” (VMT: 11). Consecuentemente, la imago materna quedará ligada a la alfabetización, que trabaja de modo imaginario el acervo literario de archivos y bibliotecas (al tiempo que propicia una hermenéutica de la propia historia libidinal del niño [DMK]).
En tal sentido, Kittler señalará que la madre como instructora primaria es una invención de 1800 que reemplaza un rol antes ejercido por padres severos y por la familia patrilineal (luterana e ilustrada), que encontraba en los infantes el reflejo de alianzas sociales y profesionales: “La concentración de la familia en los niños y sus deseos es una innovación” (Kittler, 1979:18). Pero para que ese desplazamiento tenga lugar debieron emerger un conjunto de tratados educacionales que ponían en su centro a la relación maternofilial: “[h]acia 1800 los discursos pedagógicos de la Reforma, tal como eran exigidos e implementados por el Estado, establecieron una función insustituible de la maternidad” (DMK: 202).
Por ello, nuestro autor reconstruye los argumentos de Pestalozzi, Schlegel, Niemeyer, Basedow, Campe y, en especial, del ministro de escuelas bávaras H. Stephani (AS). Estos reformadores impulsarían, en la última parte del siglo XVIII, cambios sustanciales en las prácticas de enseñanza y aprendizaje del lenguaje a través de la función madre como agente primario de socialización y alfabetización (AS, DMK): input de sonidos y de palabras. En particular, Kittler no se refiere a las madres de carne y hueso, sino a la función madre que ejecutan (como si fuese una programación) los nuevos libros sobre el abecedario. De hecho, el proyecto de los reformadores será reemplazar la Biblia con cartillas de alfabetización (ABC-Buchstabier-und–Lesebuch). Con ellos las madres comenzarán a exorcizar los espíritus infantiles para escolarizarlos: “Las cartillas de abecedario [Fibel] y las fábulas han sido escritas para que los niños que leen sean ovejas. El Espíritu único debe hechizarlos a ellos también –bajo el narcisismo del Hombre–” (AGG: 8).
Así, se produce una reorganización educacional crucial que puede ser vista como una superación del método que consistía en aprender el alfabeto letra por letra desde los padres eruditos (Sebastian y Geerke, 1990). De acuerdo a la reconstrucción de nuestro autor, antes de 1800, “la palabra del padre venía a los jóvenes y a las niñas vírgenes como doctrina articulada”; se aprendía a leer memorizando largas cadenas de nombres bíblicos impronunciables. Estas prácticas serían reemplazadas por madres instruidas a través del llamado método silábico-fonético que apuntalaba la pronunciación y la diferenciación de vocales. Con ello, en la relación íntima con el niño, la boca de la madre le ponía voz a los significados mínimos de las sílabas (por ejemplo “ma”, “ma-má”, cfr. Wellbery, 1990) y posibilitaba el aprendizaje a través del juego combinatorio de vocales y consonantes.
Se trata, para el filósofo alemán, de una suerte de revolución del alfabeto europeo en tanto el nuevo método sustituye letras por sonidos y, como resultado, los niños ya no descifran, sino que intentan escuchar lo que está escrito a través de una voz interior que pronuncia la letra. En ese punto la madre convierte al material infantil (criatura sin-lenguaje) en individuo equipado con un centro de resonancia psíquica –alma o espíritu–. El niño encuentra en la estructura del lenguaje la voz de la interioridad que impulsará la autoría (Kittler, 1977b). Este experimento fonético da lugar, como contrapartida, a una psicología que posibilitaría el consumo de textos, y la escritura comienza a ser definida como composición para el instrumento de la boca.
En este punto Kittler identifica un feedback amoroso –que en gran medida historiza muchos de los principios psicoanalíticos[13]– en el cual los niños alemanes aprenden a leer a través de la inmediatez física y erótica de la proximidad de la boca materna, que convierte al sonido, a las palabras, a las letras y al significado en una unidad lingüística cargada de placer[14], sensaciones y sentidos. Por ello, para nuestro autor, al asociar el acto de composición mediante la relectura con el deseo de la madre como inscripción en el orden simbólico, los escritores románticos comprenderán al lenguaje maternal como fuente oral primigenia; una voz interna y trascendental –anterior a cualquier tipo de escritura–. Para el niño varón envuelto en una oralidad erotizada, íntima y reverberante, la naturaleza se vuelve continuum cuyo sentido solo el poeta puede expresar (DMK; 1981c).
Así, para Kittler, con la institución familiar burguesa como relé en los circuitos de poder y saber, las novelas y autobiografías románticas se vuelven hermenéutica familiar. Por ello, en “Lullaby of Birdland” (1979, VMT, DMK) nuestro autor lee el poema “Das Gleiche” de Goethe en clave de antigua nana sajona que contiene la voz de la madre cantando desde el espacio intermedio entre “naturaleza y cultura”, entre aliento y articulación, “[…] entre respiración y lenguaje, entre sonido y discurso […]” (VMT: 50). Este espacio –que provee una voz hipnótica propia de la recodificación maternal como fuente– funge como bisagra entre lo real y lo simbólico (liberando lo imaginario), y devendrá en modelo de la nueva lírica del siglo XIX. De hecho, para Kittler (AS: 93), autores como E. T. A. Hoffmann explicitan lo que el poema de Goethe esconde: la voz de la madre, la mujer universal y la naturaleza en 1800 se volverán equivalentes que cumplen con la misión de lograr que los varones hablen (cfr. Winthrop-Young, 2011).
Así, para Kittler, el método fonético como semio-técnica es tan revolucionario que solo es comparable con la invención de la escritura alfabética, pues dirigiéndose directamente a las madres cortocircuitaría los canales oficiales. A propósito de ello, nuestro autor señala que la oralidad primaria emergente en el paso de la naturaleza a través de la boca materna no solo espiritualiza el lenguaje y libera al niño del mundo de Dios (padre), sino que también engendra las técnicas de autoridad e interpretación propias de las grandes obras románticas. Pues, en su fondo, el proyecto de los reformadores pedagógicos será reemplazar el aprendizaje de memoria por la comprensión hermenéutica apoyada en el descubrimiento de la voz del autor y su significado trascendental.
Ahora bien, cuando la madre reemplaza a todos los dadores de cuidados (parientes, amigos, maestros, nodrizas, niñeras y comadronas) funge como la verdadera figura que separa al niño del animal al hacerlo articular y practicar los sonidos de vocales y consonantes y alejar los sonidos presignificantes. Por ello, además de tener una clara función de alfabetización y aculturación, para Kittler la boca de la madre –como conmutador de saber/poder– asegura el nacimiento de un idioma alemán depurado, literario y estandarizado (Hochdeutsch) que es la base de la normalización planificada del lenguaje en 1800.
Tal “purificación metodológica del discurso” y su fundamentación antropológica comenzaría con J. Herder, para quien, según Kittler (2015f [1980]; AS), los dialectos provincianos quedarán relegados fuera de la norma y con ello se crean las condiciones de producción de la literatura (el lenguaje, antes que ser entelequia comunicacional, deviene en variable del circuito [Sebastian y Geerke, 1990]). De modo que el método fonético garantizará que todos los discursos en el sistema de inscripción de 1800 sean homogéneos, ya que la estandarización del lenguaje no afecta solo a los niños. En su punto más extremo contiene una verdadera programación que podría haber sido continuada por autómatas capaces de repetir sílabas de modo regular (como las máquinas de von Kempelen y Maelzel). Sin embargo, según Kittler, la baja calidad de las producciones sonoras mecánicas provocaba que el único agente de esa estandarización sea ni más ni menos que la boca maternal que ejecutaba los libros de alfabetización.
Así, las reformas pedagógicas no solo suponen un input sonoro, sino que también dotan al ser humano de una capacidad de almacenamiento del significado mínimo (búfer), ya que el sistema de inscripción de 1800 hace posible una memoria semántica alcanzada por la alfabetización maternal (contra el aprendizaje par cœur anterior), que almacena sílabas significativas. Concomitantemente a este proceso, en Goethezeit, el medio de la escritura será homogeneizado por el aparato estatal y su instrumento será la asistencia escolar obligatoria que naturaliza la lectura silenciosa e individual –con una voz interna (Kittler, 1990d)–. Por ello, para nuestro autor, los discursos pedagógicos se fusionan con la oralidad maternal y serán multiplicados en la forma de la administración (Sale y Salisbury, 2015). En el sistema de inscripción de 1800, la teoría del Estado fijará como “deber más elevado moldear a las hijas para que se conviertan en buenas madres y en ellas confiar a sus futuros ciudadanos” (como, para Kittler, lo demuestra Las afinidades electivas). De este modo, todos los miembros de la burocracia escolar emplazarían la maternidad por sobre las consideraciones políticas y el Estado garantizaría la unión entre función y Bildung, al tiempo que las mujeres –en tanto pluralidad– serán excluidas del servicio público estatal porque su condición quedaba dictada exclusivamente por la “naturaleza”. De tal modo, para Kittler, la madre y la familia nuclear, el Estado y los servidores oficiales encontraron a su otro sin el cual no existirían en el sistema de poder (Machtsystem) de Goethezeit (DMK, 1981b, AS: 71).
Como anticipamos, el sistema de registro 1800 se desvía de la república de los eruditos a través de reformas educativas que van de la mano con una expansión del mercado editorial (libresco y periodístico). De hecho, Kittler (1988c, 2001g) se detendrá en la legislación prusiana de finales del siglo XVIII, que garantizará el derecho de autor y dará un nuevo estatuto a las instituciones educativas (escolares y universitarias) separándolas de las administraciones religiosas tradicionales. Como dirá en “Enrique de Ofterdingen: un flujo de información” (1986, VMT), en 1800 la escolarización pasó de las iglesias al Estado, mientras que la formación de profesores y de poetas operará mediante una nueva disciplina del alemán. De allí que el eje recurrente para Kittler será la reforma educativa, que se espeja en la literatura; por ello a lo largo de todo AS habrá juegos sobre los títulos académicos de Fausto y Mefisto.
Así, por un lado, se puede hacer un paralelismo entre el quiebre de la formación histórica de la república de los eruditos y ciertos cambios en los procesos tecnológicos de la imprenta. Kittler (1993a, 1994c, OM, 2007b) señala que, desde la primera mitad del siglo XIX, con las prensas de cilindros y rotativas, los viejos imperios europeos gradualmente se vuelven Estados más democráticos con provisión de papel ilimitada y con periódicos que publicaban una variedad relativamente irrestricta de opiniones. Con ello, la velocidad de la imprenta también entrega a los románticos una base económica y técnica que les permite estar a mitad de camino entre las belles lettres y el folletín, y así crea una nueva industria cultural poética, al tiempo que la escritura en la edad de la reproductibilidad técnica impulsaría una nueva construcción legal del copyright, así como medios ópticos sobre los que volveremos.
Por otro lado, Kittler anticipa una mayor capacidad regulatoria del Estado sobre la Universidad. Primero, la alma mater perdería sus derechos corporativos para articular los procedimientos de admisión de estudiantes, pues las escuelas recibieron el poder de regular el acceso (Abitur). En segundo lugar, el curso de los estudios universitarios para la nueva educación de los servidores públicos será estrictamente regulado por los Estados y sus certificaciones (que forjan vínculos inexorables entre universidades y administración). Evidentemente, esta educación superior de los funcionarios públicos (profesores, administradores, etc.) –que Kittler (1988c) diferencia tanto de los antiguos servidores de principados como de los “gusanos de libros eruditos”– sigue remitiendo sólo a varones (como, para nuestro autor, ilustra El puchero de oro).
III. Canales de distribución: poesía y subjetividad romántica
Kittler refleja estos cambios con un análisis detallado del pasaje de Fausto en el cual traduce el significado del Evangelio según San Juan (“En el principio fue la acción”). Nuestro autor subrayará que la poesía alemana no renuncia a los temas y textos del gran archivo de la república de los eruditos, pero evita la forma prescripta de tratamiento de dicho acervo. Por ello, al eludir los controles discursivos, Fausto cambia la esencia de la traducción por una de características hermenéuticas, libre y fundamentalmente semántica –sometida a la primacía del significado trascendental–. Kittler reconoce en este pasaje una ruptura epistémica: nadie le ordena a Fausto la traducción, nadie la recibirá y solo se sostiene por la observancia del significado, la primacía del contenido y las relaciones formales del signo. Se trata del fin del viejo sistema universitario. La libertad académica y poética estarán garantizadas por el Estado[15], por ello poner la acción (Tat) en lugar de la palabra es ante todo un acto político. En especial, es una escena que, para nuestro autor, describe el nacimiento de la poesía alemana como intento de “insertar al Hombre en el slot vacío de un sistema de registro obsoleto” y anticipa la configuración moderna del conocimiento (AS: 12; 91).
A esa traducción le siguen dos movimientos: primero, gestar un alma; segundo, recoger de la pila de libros la voz de un autor. En primer lugar, AS sostiene que la poesía alemana comienza con el suspiro “¡Oh!” como signo de una entidad única: sentimiento sonoro que es el valor límite que todo significante en la red de discurso puede adquirir. Mientras que el alma (contraparte en el pacto), dice nuestro autor –citando a Foucault–, en lugar de remanente religioso es el correlato de una tecnología de poder nacida en Europa en 1800; es efecto e “instrumento de una anatomía política” (Kittler, 1977b; 2015f [1980]). En segundo lugar, para Kittler los distintos experimentos de Fausto señalan el nacimiento del autor productivo y del lector consumidor, pues el estudioso extrae un libro de la pila polvorienta (convirtiéndolo en autor) y, con ello, pone un alto en la circulación sin fin de textos de la república de los eruditos. Así, el siglo XIX, según Kittler, dispondrá a la poesía romántica como vía de transmisión en un número máximo de tres direcciones (addresses): autores, lectoras (lectores) y nuevos autores.
Debido a que la madre es input sonoro, pero aún silenciosa (solo los demás pueden hablar de o para ella), crea en el sistema de registro 1800 un discurso que no puede pronunciar ni producir: la poesía (DMK). Las mujeres como pluralidad son excluidas y de la naturaleza emerge el texto originario de los románticos; comienzo mítico de toda escritura que puede ser identificado con lo que no está (aún) escrito y es escritura sin alfabeto (nuestro autor desarrolla estos puntos a partir de Novalis). Dado que oscila entre naturaleza y cultura, el texto originario ocupa la misma posición en el campo de la escritura poética que la voz de la madre en el habla. En el fondo la idea de Kittler es que si en el nuevo sistema la escritura procede de la lectura y esta del escuchar, entonces toda escritura es una traducción de un significado originario y esa traducción es la precondición de la autoría. Este proceso solo es posible bajo el equivalente general provisto por la alfabetización masiva: el significado se vuelve la base de los discursos y permite toda traducción; de allí que nuestro autor se detenga en una serie de novelas de formación (Bildungsroman)[16] que especifican la centralidad de ese interjuego. Para el filósofo alemán la relación entre traductibilidad y significado de lo intraducible (el origen, la boca materna, la naturaleza, el amor romántico) implica directamente a la poesía para la circulación del significado.
Por ello, para Kittler –como demandan los reformadores– la poesía decimonónica deviene, a un tiempo, en “medio y meta de la comprensión y el correlato de una peculiar semio-técnica: la interpretación hermenéutica”, puesto que la poesía misma funciona como comprensión, es decir, como transmisión y transformación de palabras en puros significados, y su carácter distintivo yace en vincular y reescribir todos los canales que participan en tal proceso. Por ello, literalmente, para Kittler la poesía puede ser conceptualizada como “demultiplexar” (VMT: 127). Pero, al mismo tiempo, en este canal queda conjurado todo sinsentido; todo ruido es filtrado pues “[q]ue el poder [Macht] y sus poetas todavía compartieran el mismo canal en Goethezeit produjo que la alfabetización general fuera una necesidad y los poetas locos una imposibilidad” (Kittler, 1990d: 403).
Si la poesía alemana introduce y transmite unidades discursivas que dan primacía al significado aglutinado semánticamente, encuentra como complemento pragmático al receptor, a quien le son enviadas todas las traducciones (el lector, la humanidad y los habitantes del mundo). En esos términos, para Kittler hay diversos grados de solidaridad entre la poesía y las escuelas en 1800. De allí que solo un año después de la publicación de El puchero de oro (1814), Stephani redactaría un método genético caligráfico para enseñar a escribir buscando abolir la vieja técnica de imitación para transformarla en actividad autoiniciada y motivada psicológicamente (AS: 102). Se trata de una inversión en la división de los sexos[17], pues –en contraste con los nuevos métodos de lectura– la instrucción caligráfica permanece en el dominio de padres y maestros (o función de reproducción cultural, cfr. DMK, Kittler, 1979a). El principio guía de las lecciones será la conexión indivisible entre escritura amanuense e individuo. La escritura cursiva en pluma estará a mitad de camino entre dibujar y pintar y configurará el molde de la interioridad participando de los canales de transmisión. De modo que la individualidad –el gran “postulado metafísico” que para Kittler reúne Bildung y autobiografía– será un producto de la continuidad organizada entre caligrafía y vivencias orgánicas de la experiencia educativa.
En el esquema propuesto por nuestro autor, los burócratas son la contracara de los poetas. Pero los textos que producen los funcionarios públicos, a diferencia de los poéticos, son los únicos cuya existencia no está ligada a la comprensión y solo programan su circulación a través de las firmas. De hecho, para Kittler (AS, 1988c), si la poesía es canal y objeto de la comprensión, será observada por un aparato estatal que, garantizando la traducción libre, opera no a través del entendimiento, sino de la vigilancia (Johnston en LMS). Es un poder disciplinario que, consecuentemente, permanece inaccesible a los nuevos métodos de lectura y a la comprensión interpretativa de los enunciados que soporta (Wellbery, 1990).
En realidad se trata de una relación de mutuo beneficio, pues bajo la sombra de la vigilancia estatal la poesía se sostiene en la cumbre del sistema y desarrolla su potencia: la imaginación como facultad que podrá substituir de forma alucinatoria a todos los sentidos. Así, “en su cara interna (que gira hacia el mundo de los lectores), el medio de la escritura poética constituye una psicología” (AS recorre estos puntos desde Anton Reiser). Escribir, borrar, corregir y publicar disparan para Kittler (1980) el narcisismo de la relectura y afirman las libertades poéticas de la función literaria autoral reforzada por la alfabetización generalizada (cfr. Foucault, 1987).
IV. Output y almacenamiento: imaginación poética y consumo
De acuerdo con nuestro autor la poesía decimonónica es característica de una edad en la que el libro se vuelve universal (para todos los sentidos y personas) y no encuentra un medio de imágenes y sonidos que pueda rivalizar con él. Al margen de los curiosos autómatas y juguetes mecánicos, todavía no existían en 1800 técnicas para registrar la singularidad de la progresión de sonidos o imágenes. Por ello, la poesía deviene precisamente en la traducción de todas las artes: su medio universal[18]. De ahí que, si bien los libros eran reproducibles desde la imprenta y soportaban el almacenamiento serial de datos, solo se volverían materiales para la comprensión, el entendimiento y la fantasía cuando la alfabetización alcanzara la masividad, pues la alfabetización transforma al libro en fantasmagoría (droga psicodélica) y al escritor en voz interior. Para Kittler los libros poéticos devienen en “linterna mágica” de nuestra imaginación y la lectura romántica prefigura una suerte de visionado de film; una posición solitaria y egoísta frente a un aparato de ficción (OM).
De hecho en “Romanticismo, psicoanálisis, cine” (1985, VMT), Kittler vuelve sobre el tópico de la subjetividad señalando que tanto la interioridad como la emergencia de los dobles[19] literarios son un producto de la alfabetización y de la escolarización generalizada. Como señala J. D. Peters en OM, el Romanticismo configura una “utilización especial de la tecnología del libro” que presenta la lectura como alucinación interior por la cual la/el lector/a decodifica el texto en un flujo de sonidos e imágenes (por ello, también Fausto configura un closet drama por excelencia). Leer era crear y cultivar un alma y conjurar el sinsentido (Winthrop-Young, 2011a). Pero si estas prácticas alimentaban la interioridad con maravillas ópticas, la poesía romántica será también el último suspiro del monopolio del libro antes de su transformación en los albores del siglo XX (Kittler, 1987a). Luego de ello, la escritura no podrá canalizar sonidos e imágenes dado que los medios rivales (el film) la privarían de esas funciones como tecnología del imaginario[20] y la obligarían a cobrar otra forma.
Como hemos señalado, a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX se establecerían leyes para regular los derechos de autor y sus relaciones con editores. Curiosamente, en AS la continua transición de autores a lectores y a autores nuevamente no solo era el resultado de innovaciones técnicas (como la prensa rotativa) y de cambios sociales (como el ascenso de la burguesía), sino específicamente de mutaciones en las prácticas y regulaciones discursivas que llevarían a la proliferación de la industria del libro literario, ya que, de acuerdo con Kittler (2015f [1980]), estos textos necesitarán de un procesamiento y un almacenamiento particular que comienza a ser cumplido por una nueva función de las mujeres.
Nuestro autor percibe que la exclusión de las mujeres como pluralidad que pervive en el centro del sistema de inscripción 1800 tiene como correlato una diferencia pedagógica institucionalizada entre los sexos. Por un lado, para Kittler, en las escuelas para jovencitas se privilegiaría el consumo de novelistas y poetas alemanes que desencadenaría la conocida “manía de lectura”. Así, si las mujeres estaban en el origen textual como vicarias de la madre, a nivel empírico devienen en consumidoras del discurso poético. Para esta manía la terapia será la relectura (bajo el principio hermenéutico). Sin embargo, era imposible releer de la misma forma en la que se lo hacía antes de 1800 cuando se repasaban los Evangelios al ritmo del calendario eclesiástico. Bajo la nueva terapéutica se crea una relectura con base en antologías de obras clásicas alemanas que, siendo instrumento didáctico, canonizan la poesía. Con estas ediciones se completa la unificación de un catálogo que no deja de impulsar al mercado editorial en expansión (Kittler, 1999i). De modo tal que, para nuestro autor, el sistema de registro 1800 resuelve el halting problem (AS: 188) al evitar la multiplicación de autoras, ya que los maestros cumplirán la función de asignar la lectura poética mientras prohibían cualquier tipo de escritura o potencia creativa femenina.
Por otro lado, las escuelas de jóvenes tendrán un fundamento diferente. Los gimnasios convertían a los varones en nuevos humanistas que debían leer los clásicos grecorromanos y desconocer cualquier poeta contemporáneo (con los que “solo se perdía tiempo”), pues los futuros funcionarios del Estado estaban por encima del puro consumo, al tiempo que deberían dirigir su lectura a ensayos generalizados de escritura. Sin embargo, estos ensayos libres terminarán de acoplar, hacia finales del siglo XIX, escritura y delirio (como se ve en Schreber).
En este sentido, según el filósofo alemán, la división de los sexos en el sistema 1800 era muy simple porque la madre configura el principio unificador y productor de los poetas, mientras las mujeres no tenían acceso a tal unidad y al escribir permanecían en el anonimato[21] (DMK). Así, en un contexto de inexistencia de derechos políticos y civiles con perspectiva feminista, para Kittler las mujeres no podían escribir poesía porque eran la fuente de la poesía misma; musas erotizadas del lenguaje que quedaban excluidas de la posición autoral y estaban limitadas a la función lectora. Al mismo tiempo, la función autoral masculina será sostenida por el placer de la mujer como real imposible que fundamenta la conversión del autor en héroe.
De hecho, Kittler postula que la función lectora femenina –en tanto pluralidad que procesa y consume los discursos del 1800– es la contrapartida de una transformación en una filosofía que devendrá literaria. En esas circunstancias la filosofía decimonónica funciona para Kittler como medio de almacenamiento, pues selecciona todo el output (poético y literario) de la producción discursiva del sistema de registro y produce teoría que traduce sus significados.
Kittler analiza esta transformación filosófica señalando que si en la época de la república de los eruditos una lección significaba parafrasear un texto estándar, esas modalidades pronto caerán en desgracia cuando alcance su auge la imaginación creativa y la escritura productiva del profesor filósofo que cortocircuitará la producción y el consumo. De hecho, para nuestro autor, es Fichte quien cumple con un acto tan revolucionario como el de Fausto al ser consciente del gran momento histórico y al desechar la vieja circulación sin fin de libros basando sus clases no en las obras de otros filósofos, sino en sus propios trabajos. Expresará de esa forma la nueva época de la filosofía literaria –que, en rigor de verdad, quizás comienza con Las confesiones de Rousseau (cfr. Kittler, 1980; Turk, 1977)–. En sus lecciones el docente escribía el material didáctico y se volvía autor y escritor; “imitaba la nueva libertad de los poetas”. Pero también con el autor-ego –espejo finito del yo absoluto– los libros de filosofía ya no resultan solo de las clases, sino que se vuelven operaciones literarias que no dejan de afectar a la poesía misma (como ilustran las disputas entre Fichte y los románticos).
Sin embargo, según Kittler (AS: 205), “[e]l idealismo alemán […] [hará de] la poética alemana una obra universal y universitaria” al reescribir sus héroes como Espíritu[22]. Por ello, nuestro autor (NS: 21 y sucesivas; 1997c) identifica estas transformaciones en Hegel y la masificación de la impresión de libros de texto, pero también en una forma particular de utilizar el tiempo libre. Se trata de un pasatiempo académico, nacido como innovación cultural de K. L. Reinhold, que alejará a los jóvenes filósofos de las cantinas y de las iglesias y que los seducirá para trabajar los fines de semana: la interpretación del contenido poético.
Así, para Kittler (1994c), la interpretación es la recreación del Espíritu que trabaja imaginariamente sobre las belles lettres y que se apoyará en la poesía como medio de todos los medios. Esta operación interpretativa apuntalará el estilo de las lecciones y de los escritos de los profesores donde el pensamiento especulativo se alineará con la fantasía poética (uniendo la estética idealista y el predominio de la germanística). De ese modo, nuestro autor comprende a la interpretación como una tecnología de poder (de los funcionarios del Estado) que reemplaza a la retórica[23] como técnica de los académicos dependientes de los soberanos.
Para Kittler, con estos cambios la filosofía con su función de procesamiento deviene en almacenamiento temporal de acceso aleatorio. Porque ahora no solo hay una repetición de una memoria reproducible, pero solo de lectura (read only memory, ROM), sino que hay consumo e interpretación, escaneo y selección: borrado y reescritura de datos (RAM). Esta referencia –que se encuentra en el centro de AS (207)– es críptica para cualquier primer acercamiento, pero se explica claramente si se tiene en cuenta el diseño técnico que emula el libro.
Así, para Kittler (2009b), por un lado, el Romanticismo alemán convierte a la literatura en subjetividad. Parafraseando a Freud, “donde las letras estaban, vendrán sujetos modernos” autorreflexivos, autoconscientes y autónomos[24]; en el circuito de hablar, escribir y leer surge la figura del así-llamado-Hombre. Como contrapartida de las operaciones de lectura, la noción de autoría se convertiría en expresión inefable de la individualidad[25] que habita la espiritualidad moderna: “El individuo es el correlato real de las nuevas técnicas de poder que almacenan sus datos y producen sus discursos” (Kittler, 2015f [1980]: 28). Pero no se trata de una singularidad, sino de la encarnación particular del género humano y de un proceso que tiene a la literatura como juego romántico de prácticas de socialización juvenil (como lo demuestra para Kittler [1979, AS, DMK] Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister), mientras que, por otro lado, el idealismo alemán serviría para legitimar el régimen discursivo a través de la teorización de la subjetividad originaria (o, mejor dicho, razón, pensamiento absoluto) que tomaría el lugar de lo divino como garante del sentido. Por ello esta descripción está llamada a alterarse cuando la literatura, de acuerdo con nuestro autor, renuncie a ser sometida a la filosofía del sujeto.
V. Más allá de la hermenéutica: sobre la materialidad de la comunicación
Como hemos dicho, en el análisis de Kittler, la subjetividad emerge de prácticas y tecnologías instruccionales; técnicas culturales que conciernen al habla, a la escritura y a la lectura. Se trata del nacimiento del sujeto moderno y de la ruptura epistemológica que posibilita la disciplina hermenéutica donde prima la interpretación del significado en el análisis de la cultura.
Para nuestro autor, en el sistema de registro 1800 el mandato religioso de la evocación memorística será reemplazado con el principio de que los estudiantes deberán leer solo aquello que comprenden, excediendo la exégesis de los pasajes oscuros y extendiendo la práctica interpretativa a todos los textos y a la estructura misma de la comunicación (cuya raíz, de ahora en más, es el malentendido). Esta nueva mnemotécnica de relectura interpretativa pronto sería llamada Bildung; sin embargo, no implicaría un mayor grado de libertad y su funcionamiento estará signado por un criterio de selección, procesamiento y manipulación de los datos impresos (Kittler, 1993a). La hermenéutica naciente no será menos “controladora y clasificadora” de los discursos que las técnicas de formaciones sociales anteriores, al tiempo que sus límites parecen extenderse a todas las prácticas lingüísticas y textuales: se universaliza.
En esos términos, Kittler (1981a [1979]) afirma que el asombro filosófico no suele desafiar sus precondiciones; esto es, no se pregunta por las técnicas culturales y las instituciones que lo sostienen. Las mnemotécnicas y su medio (libros, bibliotecas, archivos, etc.) son dados por sentado y quedan velados porque la memoria es considerada un atributo humano universal que existe por sí mismo y que solo eventualmente necesitaría de formas de almacenamiento materiales. De hecho, para Kittler, esta mitologización de la memoria y de las habilidades humanas (para recobrar el sentido en su densidad histórica y finita) configura la condición de la hermenéutica misma.
Así, tanto F. Schleiermacher[26] –“fabricante de velos” según el Nietzsche materialista de Kittler (1999i)– como W. Dilthey y H. Gadamer especifican tres fases de un sueño antropológico que busca reconvertir máquinas y técnicas en Espíritu, vida y lenguaje. Para nuestro autor estos relatos sobre la memoria lidian solo con las mnemotécnicas que les son familiares y, en tanto tales, no soportan su historicidad ni su materialidad como tecnología libresca (1985c). La razón es que “las instrucciones para usar máquinas de la memoria son más laxas que los planos de su construcción”. De tal forma, el diseño de las mnemotécnicas les permite registrar y almacenar datos que son recobrados ilusoriamente, en un segundo momento, como puros dominios humanos (el alma, la Historia y el círculo de la finitud).
Consecuentemente, para Kittler, la comprensión hermenéutica –ella misma una técnica de relectura contra la condición del olvido– no configura en absoluto una práctica natural ni una dimensión fundacional de los textos, sino una costumbre violenta que encubre sus artilugios contra la obliteración. De hecho, como señala Wellbery (1990), la hermenéutica y sus pretensiones de cientificidad son fenómenos pasajeros y contingentes que solo configuran el producto de las prácticas y regulaciones discursivas en Europa (alfabetización, producción libresca y Universidad). Asimismo, las tecnologías disciplinarias que la soportaron, como la transformación de la materialidad textual en voz interna, los exámenes de lectura o la utilización provechosa del tiempo libre académico, están a punto de clausurarse a inicios del siglo XX. Con ello, el filósofo alemán no deja de apuntar a transformaciones en las relaciones de poder.
En particular, Kittler (1987d, 1997e) caracterizará a la literatura (romántica) y a las bibliotecas como formas de almacenamiento, procesamiento y transmisión de datos (características artefactuales que la hermenéutica traslaparía), pues, citando a Lacan, señala que los libros y los textos pertenecen al registro de lo simbólico, es decir, tienen su posición y su existencia en redes y pueden ser comparados con la arquitectura computacional, ya que “el mundo de lo simbólico, es el mundo de la máquina” (1981a [1979]: 95). Para Kittler, dado que libros y bibliotecas son máquinas de la memoria[27], la única cosa que no debemos hacer con ellos es experimentarlos desde lo imaginario. Es justamente eso con lo que sueña la hermenéutica filosófica (sea trascendental, vitalista o existencialista), fomentando la creencia de que son los seres humanos los que tienen plena capacidad de una memoria, una historicidad y un pensamiento que podría prescindir de las técnicas culturales y de los medios que –gracias a esos conjuntos de notación y formalización– se condensan.
Como mencionamos, para nuestro autor, el comercio creciente de libros hizo necesaria una mayor economía de la memoria. Las personas que alguna vez fueron simplemente PROM, programadas definitivamente a través del bautismo para la memorización evangélica, devendrían en RAM bajo la alianza entre escuelas y Estados. Esto es, se vuelven memorias regrabables y reutilizables ya que el almacenamiento borrable de nuevos libros y conocimientos estaría garantizado por archivos y bibliotecas (cuyo crecimiento acelerado es patente en esa época). Pero, para evitar que las RAM borren todos sus datos, surge una nueva estructura de poder desarrollada en las universidades: los exámenes de literatura con la noción de comprensión, que implica múltiples lecturas (de obras que valgan el esfuerzo o clásicos). Consecuentemente, institucionalizada, la hermenéutica es para nuestro autor como aquellos programadores que alimentan de problemas irresolubles (loops infinitos) a las computadoras, con la única diferencia de que la interpretación “designa su halting problem como el destino de todo ser humano”. Por ello, para Kittler (2015f [1980]) no es accidental que la forma de realización sea un círculo vicioso e ineludible.
Como vimos, tal como afirma Winthrop-Young (2011), con la emergencia del sujeto, del alma y del Espíritu –el perfecto alfabetismo hegeliano– todas características del así-llamado-Hombre quedan unidas a cambios materiales: “Las materialidades de la comunicación son un enigma moderno, posiblemente incluso son lo moderno” (VMT: 186)[28]. Por ello, como señalan Sutherland y Patsoura (2017: 53), para Kittler la importancia de Foucault yace en el reconocimiento de que el humanismo “no es autoevidente, sino que está construido a través de técnicas y operaciones de archivo”. El sujeto moderno es un producto discursivo de los estándares técnicos del mundo libresco. Pero, como señalan los comentaristas, la filosofía no solo “olvida” estas precondiciones, sino que se resiste a reconocerlas y “reifica” la categoría epistémica moderna del hombre como portador de valores atemporales y sujeto de la historia.
No obstante, para Foucault y para Kittler, paradójicamente, el desarrollo de las ciencias humanas nos exhorta a una pronta desaparición del hombre más que a una “apoteosis” humanista[29]. Como veremos, para el alemán, si el diagnóstico de este desvanecimiento es paralelo a la automatización y radicalización de la lectoescritura maquínica, la reforma educativa decimonónica que introdujo a las Geisteswissenschaften (AGG) comenzará a declinar. Por ello, haciendo una comparación con el famoso exorcismo de Cristo, para nuestro autor, las ciencias humanas ganaron su autonomía expulsando a los espíritus, fantasmas y demonios en plural y reemplazándolos por un Espíritu (Razón o Pensamiento) en singular que traslapó la materialidad como condición de posibilidad del conocimiento.
Sin embargo, siguiendo los argumentos del capítulo final de Las palabras y las cosas, la nueva centuria marca un regreso de la infernal piara en el conocido triedro de las contraciencias estructuralistas (psicoanálisis, etnología y lingüística), que se verá exacerbado por las combinatorias ofrecidas en las múltiples posesiones del posestructuralismo (arqueología y genealogía, gramatología y esquizoanálisis), cuyos espíritus demoníacos retornan expulsando a la trinidad monoteísta del Espíritu absoluto, del Hombre moderno y de la Historia universal. De hecho, a inicios de la década de los ochenta, nuestro autor propone rebautizar a estas corrientes[30] como los demonios expulsados por Jesús: Legión (AGG: 12). Puesto que sus programas de investigación no quieren ni pueden ser unidos en lo universal y lo general, buscan exorcizar el Geist en virtud de multitudes de fantasmas, diferencias y simulacros.
Evidentemente, como han señalado Parikka y Feigelfeld (2015), este exorcismo también significa expulsar las ilusiones idealistas de la realidad cultural e implica tratar de entender los procesos materiales en los que los datos son reproducidos. Así, el análisis informacional materialista kittleriano comenzará a subrayar –no sin polémica– que solo lo que es conmutable (switchable o conectable) “existe” o “es” (algo) en realidad (“Nur was schaltbar ist, ist überhaupt”) (1990g; 2017a [1990]), tal como lo explicita el diseño y el estilo de AS y lo demuestran sus ejemplos sobre las bibliotecas y los archivos bajo la arquitectura computacional.
En ese sentido, comentaristas y traductores como Werber (2011) o Wellbery (1990) proponen llamar al materialismo kittleriano “poshermenéutica” en tanto implica una indagación de las materialidades de la comunicación –veladas cuando nos detenemos solo en los significados–, pues, para nuestro autor, aunque los medios tecnológicos son decisivos para dar forma a la producción cultural, han sido ampliamente ignorados por las humanidades, que continúan en una interpretación solipsista del contenido de las comunicaciones y pretenden salvar sus falencias bajo el estudio del sentido y de la ideología. Esto a pesar de que desde el fin de Goethezeit, “[primero], además de los libros, existen medios técnicos que socavan el concepto tradicional de Espíritu; [y], segundo, más allá de los lenguajes cotidianos, existen lenguajes formales compuestos por códigos numéricos que rechazan el concepto tradicional de comprensión” (Kittler, 1997a: 53).
Para elaborar estos postulados Kittler se sirve de Heidegger, por lo que, como señala Rubio (2019), este materialismo no deja de ser llamativo, al reunir la teoría de la información y el posestructuralismo desde el corazón mismo de las Geisteswissenschaften que ahora entran en posesión demoníaca contra la hermenéutica. Pero también, como afirma el autor chileno, se trata de una batalla contra los dualismos de las tradiciones metafísicas que inician con el hilemorfismo y que se desparraman en una serie de divisiones que comenzarán a ser puestas en duda desde las teorías de la computación. Por ello, nos detendremos más adelante en los vericuetos conceptuales de Kittler para salvar la oposición entre niveles físicos y lógicos.
En todo caso, el proyecto de Kittler no es solo superar a los herederos de Schleiermacher, pues si nuestro autor encuentra que el análisis del discurso puede exceder la pretensión de universalidad de la hermenéutica, califica sus relaciones no como disputa, sino como “mera curiosidad”. Así, nos dice Kittler (1981a [1979]) que el joven Foucault soñaba con trazar un inventario de las extrañas manipulaciones que han sido aplicadas al discurso en la cultura occidental. Entre ellas, la peculiar manipulación llamada hermenéutica[31], que pretendía no pertenecer a esos tipos de técnica. Por su parte, el análisis del discurso solo sueña con catálogos. Sin embargo, nuestro autor también señalará los límites del análisis de las formaciones discursivas al estilo Foucault, pues –a pesar de ir más allá de las aporías de la comprensión–, a sus ojos, configuraba una regresión mítica a los enunciados por su propio bien y era un tanto anticuado, pues solo se detenía en los discursos circulantes en archivos, bibliotecas y libros.
De acuerdo con Kittler, en la década de los ochenta, las tareas que ejecutan las computadoras en su continua clasificación de textos se vuelven homologables al análisis del discurso y sus catálogos. Pero, a diferencia de aquel, en las máquinas de información las palabras han sido descartadas y olvidadas, los datos y huellas dactilares han sido indexados en bancos numéricos y los últimos eventos históricos solo existen en el procesamiento óptico; las personas, en las ruinas de Goethezeit, ya no emergen ni necesitan solo de la hermenéutica, mientras que la memoria archivística ve transformarse el medio que la soporta.
- Intentaremos mantener el sintagma original “sistemas de registro”, alternando con el de “sistemas de inscripción”. Nos guiamos por la traducción de la obra de Schreber (1999) en castellano realizada por R. Alcalde. También, eventualmente, utilizaremos la noción de “redes de discurso” porque tuvo la aprobación del mismo Kittler, quien supervisó la traducción al inglés al tiempo que, en la versión original, nuestro autor refiere a ambos términos (Aufschreibesysteme y Diskursnetze). Este uso no es original: en el ensayo de Kittler (2015f [1980]), el traductor M. Fraser sigue una norma similar, mientras que, por ejemplo, Guez y Vargoz (2017) han traducido al francés la categoría por systèmes d’inscription. Al mismo tiempo, la cuidada traducción anglosajona utiliza en algunos pasajes alternativamente “sistema de escritura”. Así, en primer lugar, a favor de esa traducción se puede subrayar que en algunos pasajes Kittler refiere a la “red hermenéutica” (AS: 31) para señalar a la formación discursiva nacida en 1800 (Goethezeit). En segundo lugar, en cierta medida, “sistemas de registro” y “sistemas de inscripción” incluyen una dimensión material mucho más explícita que en la voz inglesa y pueden llevar a menos confusiones respecto de las ideas del autor, en tanto la noción de discurso ha quedado preñada de intencionalidad y limitada específicamente a dominios semiológicos, textuales y lingüísticos. Evidentemente, este no es el uso que hace Kittler (1985c), pues encuentra que la categoría foucaultiana de discurso conlleva una materialidad especificable y con efectos limitados determinables.↵
- Asimismo, según Bickenbach (2011), el concepto de Aufschreibesysteme prepara el terreno para lo que, hacia el final de su carrera, nuestro autor llamará técnicas culturales. De hecho, la noción de Kulturtechniken aparece reiteradamente en AS, pero subordinada a una estructura analítica en la cual designa procesos educativos que encuentran al cuerpo y a los sentimientos como blancos (Kittler, 2012).↵
- Seguimos aquí la doble traducción de Gestell propuesta en VMT (cfr. 319 y 328). Además, en algunos pasajes también utilizaremos “disposición”, “dispuesto” y “dispuesto-reunidor” ya que son las traducciones favorecidas en Heidegger (1997).↵
- De hecho, Kittler (1988c) sugiere que, mientras Foucault debía deducir la figura de la subjetividad moderna de los discursos científicos, los alemanes tuvieron la “ventaja” de haber vivido reformas educativas concretas para la formación del sujeto-funcionario.↵
- Así, Kittler (1985b) sostendrá, por ejemplo, que antes de que existan objetos de los estudios literarios, la escolaridad –como institución que reúne las técnicas culturales de lectura y escritura– configura la condición de posibilidad de estos.↵
- Esta fecha es bastante polémica a la luz de las actuales ediciones de cursos de Foucault, y en algunos textos el mismo Kittler (2000) establece los límites de los estudios del francés a inicios del siglo XX.↵
- Aún más complejos se hacen los análisis de nuestro autor cuando trabaja sobre distintos géneros (novelas, cuentos, fábulas, etc.) a través de niveles diferentes, como lo hace en DMK (cfr. 1981c). No podemos seguir tal complejidad argumentativa, que tiene en su centro al interjuego entre psicoanálisis literario y análisis del discurso, aunque vale notar que ya desde sus escritos tempranos (cfr. 1977b) parece decantarse por el segundo.↵
- De estos filósofos y literatos nuestro autor desarrolla estudios específicos que configuran ciertamente la antesala o una profundización de AS. Estos trabajan tópicos de los estudios literarios que conectarán por los bordes con el análisis del discurso y mayormente con el apogeo y la crisis de Goethezeit (cfr. Kittler, 1979; 1980d; 1984b; 1985a; 1985b; 1990a; DMK, entre otros). Son claramente demostraciones del Kittler germanista que domina el “trabajo interpretativo”, por más que esté a punto de hacer temblar los cimientos de su propia disciplina (Weinberger, 2012).↵
- Nuestro autor, analizando la obra de Lessing (y la Ilustración francesa), señalará que comprende el vínculo entre los dramas y la familia nuclear no como manifestación de relaciones sociales ni de la historia espiritual de las ideas, sino como expresión de una semio-técnica (una codificación) que contribuye a conformar una forma de vida epocal (Kittler, 1977a, DMK). En el mismo sentido analizará el Trauerspiel como sistemas de reglas que producen familiarización frente al estilo de vida de la nobleza, cuyo reverso es la misma perspectiva interna del drama de la pequeña familia burguesa. Asimismo, atendiendo a la evolución de la obra del filósofo alemán, debemos notar que entre los ensayos de mediados de la década de los setenta y AS el análisis del lugar del padre en la estructura comunicacional de la familia burguesa parece dejar mayor lugar a la figura de la Madre en la semio-técnica de alfabetización de 1800.↵
- Evidentemente esta denominación implica múltiples autores y autoras que no podremos recuperar, pero que nuestro autor trabaja en línea con estudios canónicos que abordan a clásicos y románticos (dos términos cuya relación misma ha sido tema de debates).↵
- En algunos pasajes, que no están privados de ambigüedad, el sentido de Gelehrtenrepublik parece cercano al utilizado por F. Klopstock para referir a la República de las letras o la era de Les philosophes (y sus contrapartes alemanas). Así, por ejemplo, Kittler (1979) claramente comprende a la familia bajo los cánones ilustrados como entidad diferente a la que nacerá en Goethezeit al tiempo que la pedagogía de las luces parece disolverse en la formación (estética). Sin embargo, también hay una lectura posible que ligaría este período directamente al barroco y a las matemáticas que fundarán los análisis y las síntesis de las frecuencias en los medios técnicos. De hecho, en algunas entrevistas nuestro autor esboza la posibilidad de escribir sistema de registro 1700 desde Descartes y Leibniz (Griffin y Herrmann, 1996). Se pueden reconstruir muchos de los argumentos de nuestro autor a partir de su historia de los medios ópticos, que termina en la geometría de las interfaces computacionales (que suponen al cálculo diferencial como base del trabajo algorítmico).↵
- En la lectura de nuestro autor, además, dado que la nueva regulación familiar configura una transformación en los códigos culturales, se acompaña de una mutación en los contenidos y en las estructuras de las narrativas (Kittler, 1979).↵
- Kittler convierte en un proceso histórico la idea lacaniana de que el inconsciente está estructurado como lenguaje. Un lenguaje donde los sujetos son hablados (sujetados) y el lugar de la madre –violencia interpretativa mediante– constituye el primer Otro que inscribe al niño en el orden simbólico y a partir del cual los complejos se desarrollan. Asimismo, en nuestro autor el concepto lacaniano de imago materna dialoga permanentemente con el psicoanálisis freudiano, de allí que una de las hipótesis que reitera es que el Romanticismo sentará las bases de la interpretación de la madre como fuente del deseo y del padre como agente de la prohibición: “Fue Freud quien, un siglo más tarde, convertiría la referencia literaria de la codificación materna en una teoría y una ciencia” (Kittler, 1979: 117).↵
- Por ello también, para Kittler, el método fonético culminaba en la descripción y prescripción de nuevos cuerpos. Primero, el de la madre, pues implicaba una autoeducación basada en la exploración metódica de la cavidad oral, de los suspiros y de los profundos ecos, tonos y notas bucales. Luego, de los cuerpos infantiles, que, en lugar de atender a las escrituras, devenían en oídos y ojos dispuestos para la sonoridad de la boca materna y establecían, a través de ella, su relación con las letras.↵
- En estos cambios decimonónicos la Universidad como institución estatal alemana distintiva comienza a secularizarse con nuevas carreras que se distancian de la teología.↵
- Kittler explora los procesos de traducción del significado en la Bildungsroman en DMK y AS (aunque un modelo del análisis del discurso sobre prácticas de socialización románticas se encuentra ya en sus escritos tempranos, cfr.1979). De acuerdo a la lectura de nuestro autor, en Enrique de Ofterdingen el héroe establece un viaje de formación hacia el origen (flor azul), donde todos los personajes que encuentra (como el minero) le explican el significado de su actividad, con la excepción de la joven que lo ama: el amor no puede ser traducido, solo la poesía puede darle voz. Kittler también recupera la novela autobiográfica Anton Reiser, en la cual el personaje descubre por su propia cuenta que la poesía podría ser escrita como traducción de la boca de la madre (aun si en la novela la madre aparece como vector de lecturas no autorizadas por el padre). También en la obra de Moritz se hace explícito cómo se pasa del aprendizaje a partir de la memorización de los nombres bíblicos a la poética. Mientras que, para nuestro autor, Anselmus (de El puchero de oro) es el paradigma de quien ha sido alfabetizado con la palabra significativa de la madre (alucinación auditiva), al tiempo que las aventuras del personaje parecen confirmar la historia de los reformadores, donde la pretensión es hacer carrera en la administración educacional.↵
- Si bien más adelante referiremos a transformaciones de género, para nuestro autor la división que opera es la sexual.↵
- Al analizar a la computación ubicua, nuestro autor la calificará de idéntica forma.↵
- Una psicología del doble literario aparece también cuando Kittler (1977b) lee narrativas de Hoffmann en relación con el psicoanálisis (en particular para trabajar la locura como doble negativo del poeta). Será la ocasión para que nuestro autor interrogue al psicoanálisis –diferenciándolo de la interpretación hermenéutica y biográfica de la conciencia– como contraciencia en la episteme moderna.↵
- En ese sentido, Kittler (1994b, OM) señala que el Romanticismo alemán hereda el legado exitoso de las tecnologías ópticas (como la cámara oscura y la linterna mágica) y despierta el deseo por imágenes que aparece ya realizado en los mundos imaginarios, al tiempo que ayudaría a la difusión e interpretación de la semio-técnica cinematográfica en públicos norteamericanos y europeos.↵
- En esta explicación muchos comentaristas han apuntado que Kittler no tiene en cuenta a las autoras románticas y a la gran cantidad de mujeres que publicaron durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX (momentos cruciales para el surgimiento del feminismo). No obstante, nuestro autor recorre los trabajos de Dorothea Schlegel y de Bettina Brentano. De hecho, según Kittler, “la escritura en el viento” de la última le permite exceder los límites del sistema filosófico-histórico de educación en el que parece que su hermano Clemens –en el mismo momento en el que Pestalozzi escribe a las madres– quería sumergirla (1980c, DMK). Evidentemente, al subrayar el anonimato y el silenciamiento, Kittler está describiendo un sistema opresivo. Por ello, como señala Winthrop-Young (en Champlin y Pfannkuchen, 2018), más allá de la estricta adecuación historiográfica del relato kittleriano, reconstruye la exclusión de las mujeres de la esfera productiva desde su exclusión paralela de la producción de sentido.↵
- Kittler en AS y en otros trabajos (cfr. 1980a) señala que Ecce Homo se puede leer como una filosofía que funda discursividad desde la función autoral llevándola a sus propios límites.↵
- Kittler (1988d) realiza un análisis de la tragedia barroca Agrippina, de Lohenstein, donde se explaya sobre la retórica como arma de poder en lo que podríamos llamar sociedades de soberanía.↵
- Como señala Kittler (2015f [1980]: 25): “No por azar el fantasma filosófico de la autoconciencia y el fantasma literario de la autoría emergieron en la misma época, alrededor del 1800. Así como, de acuerdo a Derrida, la autoconciencia se fundó en el engaño inherente en la escucha del propio discurso […], la autoría se basó en el engaño inherente al leer los propios escritos y escribir las propias lecturas”.↵
- Esta individualidad es el reverso de una interioridad (Innerlichkeit) configurada en la situación comunicacional constitutiva de la familia que desencadena el deseo en el marco de los procesos de subjetivación que ligan, no sin tensión, protestantismo, romanticismo e idealismo (1977a, DMK). Por ello dirá nuestro autor que “la recodificación matrilineal privatiza el lenguaje” (Kittler, 1979: 29).↵
- No es la intención de estas páginas hacer una historia de la hermenéutica (cfr. P. Ricoeur o M. Ferraris), solo apuntamos que Kittler señala tres fases que configurarían parte del “cuento de hadas” que tiene a lo humano en su centro. En primer lugar, Schleiermacher reemplaza las técnicas tradicionalmente gramaticales y retóricas de la interpretación lingüística con técnicas psicológicas que cumplen con la tarea específica de reunir el discurso con su autor. Se trata de una cognición anterior a todos los órdenes discursivos y cuyo inicio es la superación de los malentendidos. En segundo orden, Dilthey propiciaría la división entre ciencias naturales y ciencias del espíritu, legando para estas últimas una comprensión que afecta a su objeto y que tendría en su centro a significados, fines y valores. Además, centrándose en la continua trama interpretativa de la experiencia (total) y de las objetivaciones del Espíritu (que constituyen el carácter de la vida misma), el historiador favorecería un dominio de la ilusión histórica que podría saldarse a través de una metafísica de autobiografías intelectuales que posibilitara el desciframiento hermenéutico como comprensión e interpretación historiográfica. Por último, siempre de acuerdo con Kittler, Gadamer –apuntando a las diferencias entre lenguaje y escritura– es más cuidadoso y no tiene teorías psicológicas o epistemológicas que reduzcan los dispositivos de almacenamiento al pensamiento o al recuerdo, aunque rápidamente descarta toda perspectiva pragmática por la vía existencialista. En su caso, el círculo hermenéutico separaría la lectura y la comprensión y volvería inevitable el encadenamiento entre prejuicios, historia efectual y tradición, pero bajo un movimiento que –superando cualquier técnica de interpretación textual– universaliza la comprensión en la hermenéutica filosófica: el fenómeno de la memoria depende de la finitud del ser histórico.↵
- Así, Kittler compara la tarjeta de catálogo bibliotecario con una memoria RAM, que graba nuevos datos y borra los obsoletos. La bibliografía y las revisiones en revistas son PROM (programable read only memories) que necesitan menos espacio pero no permiten ser borradas, y los números de las entradas son conmutadores de interfaz entre la RAM, el catálogo y el sistema de estantería. El lector astuto es una dirección que pasa por selectores (que nuestro autor compara con las computadoras IBM). En estas redes ya no puede existir el libro en singular y su interconexión excluye la posibilidad de un libro de libros (y a su dios). Pues, en palabras de nuestro autor, lo simbólico –concatenación sin sujeto y fluidez sin medida– es la amenaza a todo lo que es Uno.↵
- Las materialidades de los medios físicos, para Kittler, necesitarán de otro acercamiento cuando la transmisión de ondas electromagnéticas, en el corto plazo, desencadene una transposición cuantificada en información matemáticamente analizada y sintetizada (lo que en último término desafía al materialismo mismo).↵
- En la entrevista con Banz (1996), Kittler declara al antihumanismo como principio metodológico. Por ello prefiere analizar fenómenos políticos o culturales donde no son los hombres los datos primarios, sino que lo que es dado son ejércitos, firmas de microchips o la física del estado sólido.↵
- Cuatro investigadores latinoamericanos –Rubio y Rodríguez (2020), Garnica (2020) y Gómez-Venegas (2019)–, desde distintas aproximaciones, se han ocupado de las relaciones entre Kittler y el posestructuralismo.↵
- Quizás la base para esta afirmación es la separación que hace Foucault (cfr. 1997: 272 y sucesivas) entre su empresa y la hermenéutica.↵






