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1 Diseño de investigación

En este capítulo se desarrolla lo concerniente al diseño de la investigación realizada. Aborda los aspectos relacionados con el problema de investigación, objetivo general, específicos, la formulación de la hipótesis y estrategia metodológica utilizada. Esto como una manera de delimitar el alcance de esta labor. También se presentan los antecedentes de investigación como preámbulo para la construcción de un marco teórico de referencia para el análisis y la reflexión de los datos empíricos que sostienen la comprobación.

Problema de investigación

Las investigaciones sobre nuevos movimientos sociales presentan vacíos en el desarrollo de estudios que aborden los movimientos culturales transnacionales como fenómeno de reciente desarrollo. Sugieren que se debe profundizar el análisis de procesos como la construcción de identidades colectivas y modelos alternativos de democracia en red (Ho, 2009). Esto con el fin de socavar en el conocimiento sobre las motivaciones y estrategias a utilizar para lograr una incidencia del sector cultura en el ámbito político.

Urfalino (2013) rescata la relevancia del análisis de formas contemporáneas de toma de decisión colectiva y el significado de su accionar en términos de la contrademocracia (Rosanvallón, 2015a). Esto como una estrategia de ampliación hacia una democracia de apropiación. La discusión de la conexión transnacional, y su alcance en el marco de las decisiones colectivas, apunta incógnitas en la dinámica específica y el desarrollo de la propuesta a nivel continental. Principalmente en cuanto a la manera en que se toman las decisiones, se interpretan y se reproducen sus bases en contextos específicos que permiten generar un sentido de comunidad ampliado (Anderson,1991).

Se resalta el riesgo de no sopesar que la dimensión de la acción colectiva opera en diferentes escalas y marcos interpretativos. A su vez, se alienta a indagar esa relación para comprender, cómo actores tan diversos pueden llevar a cabo acciones comunes, qué tipo de dinámicas surgen a partir de esa relación y cuáles son los aportes de lo transnacional en dicho fenómeno cultural.

Es así como esta propuesta se interesa en comprender ¿Cuál es la relación entre las dinámicas culturales en territorio y la conexión transnacional que se genera en torno a la acción colectiva del movimiento latinoamericano Cultura Viva Comunitaria en los casos de la Red Costarricense de Culturas Vivas Comunitarias y la Red Argentina por la Cultura Viva Comunitaria?

Objetivo general

Analizar la relación entre las dinámicas culturales territoriales y la conexión transnacional que se genera en torno a la acción colectiva del movimiento latinoamericano Cultura Viva Comunitaria en los casos de la Red Costarricense de Culturas Vivas Comunitarias y la Red Argentina por la Cultura Viva Comunitaria.

Objetivos específicos

  1. Caracterizar las dimensiones de la acción colectiva del movimiento latinoamericano Cultura Viva Comunitaria a partir de su trayectoria.
  2. Comparar los casos de las redes nacionales de Cultura Viva Comunitaria en Costa Rica y Argentina en torno a la relación entre las dinámicas culturales territoriales y la conexión transnacional que se genera a partir de la acción colectiva en red.
  3. Discutir el significado cultural que se les atribuye a esas relaciones en términos de democracia.

Hipótesis

Se plantea la hipótesis de que la acción colectiva en red propuesta por el Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria posibilita ampliar el rango de la acción colectiva desarrollada por las organizaciones involucradas localmente. Esto debido a que la generación de vínculos comunitarios, con un carácter transnacional, incentiva el intercambio de experiencias colectivas continentales y el aprendizaje asistido a través de la dinámica de red. A su vez, propone una perspectiva alternativa de la gestión sociocultural, basada en la toma horizontal de decisiones y adquisición de compromisos colectivos, como parte de un proceso de democracia participativa y deliberativa en red que incorpore a gremios minoritarios en la toma de decisiones.

Se parte del supuesto de que la decisión colectiva tomada por consenso en los ámbitos transnacional y translocal (Friedman, 2001; Marcus, 2001; Ortiz, 2002; Clifford, 2008), entendida como una relación de interacción comprometida, se traduce en ciertas acciones en el territorio que la modifican de una manera particular. Es por este motivo que esta investigación busca comprender la interpretación cultural que le han atribuido sus miembros a su accionar colectivo, al trazar relaciones y articular en red lo local y lo continental, en miras de generar una propuesta de política cultural de base comunitaria desde abajo. De ahí que el análisis comparativo entre los casos de Costa Rica y Argentina es fundamental para el entendimiento del alcance de su agenda.

Estrategia metodológica

La estrategia metodológica para la elaboración de este estudio presenta un carácter cualitativo (Eisenhartd, 1989; Yin, 1994; Stake, 1995) y está basada en el método etnográfico, por ser la antropología social la profesión de la investigadora. La población de estudio está conformada principalmente por miembros de las redes nacionales de Cultura Viva Comunitaria de Costa Rica (país de origen de la investigadora) y Argentina (lugar de residencia por estudios) y representantes institucionales del sector cultura de ambos países. El universo temporal para la recolección y análisis de la información contempla el período que va desde el año 2010 (conformación del movimiento) hasta el año 2019.

El trabajo de campo efectuado desde la perspectiva etnográfica inició en enero de 2017 en Costa Rica y finalizó en junio de 2019 en Argentina. Se llevaron a cabo dos jornadas presenciales de campo en Costa Rica de tres meses cada una (de enero a marzo de 2017 y de enero a marzo de 2019). Y una jornada larga en Argentina que inició en setiembre de 2017 y culminó en junio de 2019. Esto permitió valorar la organización de las redes en ambos países de interés en distintos momentos de la organización de dos congresos latinoamericanos: el III Congreso Latinoamericano de CVC realizado en Ecuador en el año 2017 y el IV Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria realizado en Argentina en el año 2019.

La recolección de datos y la sistematización de la información para el documento se propuso por orden de objetivo.

Para cumplir con el primer objetivo, se recurrió a la revisión bibliográfica sobre el origen del movimiento y el desarrollo de su acción colectiva. Análisis del material de libre acceso en páginas web, redes sociales y chats de whatsapp nacionales y latinoamericano. Se utilizaron de referencia videos, entrevistas, comentarios y ponencias relevantes como registro de las actividades ejecutadas e interpretadas desde la perspectiva de los propios integrantes en tiempo real.

Se analizó la información existente sobre los congresos efectuados para identificar su trayectoria: el I Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria en La Paz, Bolivia (2013), el II Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria en San Salvador, El Salvador (2015), el III Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria en Quito, Ecuador (2017) y el IV Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria, Argentina (2019). También se contempla la información existente del Encuentro Plataforma Puente Cultura Viva Comunitaria (2010) y en el VI Congreso Iberoamericano de Cultura en San José, Costa Rica (2014).

Se revisaron memorias y documentos escritos por las personas precursoras del movimiento (Turino, 2011, 2013, 2018; Blandón y Caballero, 2017; Santini, 2017) e información de páginas web y redes sociales como por ejemplo: culturavivacomunitaria.org[1] (ahora culturavivacomunitaria.net), e IberCulturaviva.org. Además se llevaron a cabo quince entrevistas semiestructuradas (Flick, 2004) a personas que estuvieron en el proceso de conformación de las redes en ambos países. Esto con el fin de entender cómo surgieron, cuáles eran sus demandas y qué implica su accionar en colectivo. También como Argentina fue el país anfitrión del último congreso, se tuvo acceso a la organización del encuentro y al diálogo del movimiento con el gobierno de turno y con instancias de cooperación para el apoyo en la planificación, ejecución y evaluación de este.

El trabajo etnográfico abarcó los tres territorios de acción colectiva de las redes en ambos países: el local, el nacional y el continental. En cada país se visitaron iniciativas locales de agrupaciones pertenecientes a estas redes para entender su rango de acción. Se asistió a encuentros nacionales organizados a nombre del movimiento y también se dio seguimiento a actividades de carácter continental con el fin de identificar el desarrollo de las redes nacionales desde su creación y ubicar sus aportes en cada congreso.

Para el segundo objetivo, se adoptó el estudio comparativo de casos. Esto por ser una metodología de análisis que permite estudiar las interrelaciones en los distintos contextos y resaltar las particularidades y matices a partir de experiencias específicas. En el caso de esta investigación, la fase comparativa se enfocó inicialmente en el análisis de dos redes: la red argentina por la Cultura Viva Comunitaria y la red costarricense de Culturas Vivas Comunitarias. Seguidamente se seleccionaron cuatro experiencias de colectivos territoriales, dos de la red de CVC de Costa Rica y dos de Argentina (ver ilustración adjunta).

Las experiencias elegidas de Argentina son: de la Red Nacional de Teatro Comunitario se toma la experiencia del Grupo de Teatro Comunitario Catalinas Sur de Buenos Aires, debido a que es una de las primeras redes vinculadas al movimiento en Argentina. Además, se analiza de la Red de Cultura Viva del Este Cordobés, la experiencia del Espacio Cultural y Biblioteca Popular La Escuelita, en Miramar de la provincia de Córdoba. Esto como ejemplo de una vinculación nueva generada a partir de la organización del último congreso latinoamericano en Argentina.

En Costa Rica se abordan desde El Círculo de Resonancia Huetar, espacio de articulación provincial de la red de CVC, los casos de la Fundación Keme y del Colectivo Yarä Kanic. Ambas organizaciones ubicadas en la provincia de San José y pertenecientes también a la Guanared, una de las primeras redes en vincularse con el MLCVC.

Ilustración 1. Casos de estudio

Elaboración propia.

Para poder comprender la conformación de las redes nacionales en ambos países y vincular los casos con otras experiencias desde los distintos ámbitos de análisis, se complementó la información recolectada con el aporte de treinta entrevistas estructuradas a distintos miembros dentro de la red de Costa Rica (conformada por vocerías de las siete provincias) y treinta entrevistas estructuradas a miembros de la red de Argentina (de diecinueve[2] de las veintitrés provincias). El objetivo era indagar las dinámicas que han surgido en torno a las conexiones transnacionales y translocales. También para conocer su experiencia en torno al alcance del Programa Puntos de Cultura, Ley General de Cultura, y el vínculo con el Programa IberCultura Viva.

Finalmente, para cumplir con el tercer objetivo, se realizó una triangulación (Cantor, 2002; Forni, 2010; Massey,1999) de los datos obtenidos en los dos objetivos anteriores, con el fin de definir el alcance de la conexión transnacional en las dinámicas culturales territoriales. Se discuten las principales conclusiones en contraposición con la teoría y práctica (Wrigth, 1996), con el fin de comprender las posibilidades de diálogo transnacional de las redes. Además se reflexiona sobre lo que refleja este tipo de acción colectiva en el marco de la sociedad latinoamericana y el sistema democrático actual.

El contenido se organiza a partir de las siguientes preguntas detonadoras: ¿cuál es la razón por la que surge este tipo de movimiento y cuáles son sus características?, ¿cuál es su interés en términos de los nuevos reclamos contra el Estado?, ¿en cuáles momentos la dinámica local y continental se vuelve transnacional y qué aporta esta perspectiva a la existencia de la red?, ¿cómo es interpretada esta transnacionalidad y translocalidad por los integrantes de la red en ambos países?, ¿qué refleja este tipo de proceso en términos de sociedad?, ¿cómo se puede discutir desde los estudios culturales como contribución a las Ciencias Sociales?

Antecedentes de investigación

En América Latina, entre los años 70 y 80, la apertura del ciclo de luchas contra la globalización y el neoliberalismo provino de las organizaciones y movimientos sociales que, a través de sus luchas y reivindicaciones, lograron abrir la agenda pública y colocar en ella nuevas problemáticas. El reclamo frente a la conculcación de los derechos más elementales, la cuestión de los recursos naturales y de las autonomías de los pueblos originarios, la crisis de representación de los sistemas vigentes, son algunos de los ejemplos que contribuyeron a legitimar otras formas de pensar la política y las relaciones sociales desde lo colectivo.

Svampa (2009) sostiene en “Protesta, Movimientos Sociales y Dimensiones de la Acción Colectiva en América Latina”, que esto tuvo una repercusión importante en el plano de la acción colectiva, un hecho que se expresó en la poca eficacia de los repertorios tradicionales como marchas, movilizaciones, huelgas y en la explosión y generalización de nuevas formas de actuar como la que acá interesa.

Con la llegada del siglo XXI, las disputas en torno a los movimientos sociales y su acción colectiva, comenzaron a adquirir otras características donde lo disruptivo no solo era relacionado con el impacto en el plano político institucional de la acción colectiva. Esto complicó el análisis de nuevos movimientos sociales que presentaban una forma y contenido muy distintos de los antes explorados por las Ciencias Sociales. Durante los primeros años de la década de 2010, surgieron decenas de movimientos pidiendo más democracia en todos los continentes. Esto se inició con las primaveras árabes[3], los movimientos estudiantiles en Chile y Colombia, el 15M en España[4] y Occupy Wall Street[5], entre otras expresiones colectivas que buscaban posicionar en la agenda pública temáticas abandonadas por los Estados.

Debates en torno a los Nuevos Movimientos Sociales

Desde la academia el estudio de los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) los conceptualiza como “aquellos que se comprometen con nuevas formas de hacer política y aquellos que contribuyen a nuevas formas de democracia y de sociabilidad” (Álvarez, Dagnino y Escobar, 2001, p. 24). Se han desarrollado investigaciones principalmente en cuatro líneas: los movimientos antiglobalización, correspondientes a cuestionar la globalización como proceso capitalista, los movimientos altermundistas, correspondientes a presentar alternativas de mundo capaces de permitirse discutir otras realidades globales, los movimientos de solidaridad internacional, dirigidos desde la perspectiva de las identidades y de sus planos de conflicto, también conocidos como movimiento de movimientos (Calle,2007) y por último, los movimientos transnacionales, donde según Tarrow (2004) el conflicto que trasciende varias fronteras es su característica ontológica.

Para Revilla un movimiento transnacional, “propone un proceso de reconstitución de una identidad colectiva, fuera del ámbito de la política institucional, por el cual se dota de sentido a la acción individual y colectiva” (Revilla, 1996, p. 8). Sugiere que se puede abordar su análisis en dos niveles principales: a partir de cómo los individuos coinciden en constituirse en un nosotros sujeto de la acción (los procesos de identificación colectiva) y el sentido que a tal acción le atribuyen (los procesos de producción de sentido social de la acción).

Esta propuesta busca comprender el alcance de lo transnacional desde su accionar en red y cómo se le atribuye un significado a esas acciones al concretarse en productos que representan ese sentido colectivo y forman una nueva identidad. Según Jelin:

Hay organizaciones que nacen como resultado de una iniciativa internacional, otras que nacen para aplicar en el contexto nacional demandas globales, pero también hay movimientos que expresan procesos locales estructurales y que tienden crecientemente a incorporar dimensiones transnacionales en la escala de su acción (Jelin, 2003 en Grimson y Pereyra, 2008, p. 45).

Este estudio que se presenta a continuación da cabida a la discusión de paradigmas emergentes, formas de resistencia y nuevas subjetividades a partir del análisis de los nuevos repertorios de acción y las estructuras de movilización[6].

Antropología transnacional

La antropología como disciplina también ha realizado su aporte en esa línea ya que se interesa en profundizar los vínculos que configuran un sentido de comunidad más allá del territorio. Según Escobar, varios autores consideran que la mayor contribución de la antropología en esta área es el enfoque que permite descentralizar la mirada de la organización colectiva para restituir el campo político y social donde la movilización ocurre (Escobar, 2010). En América Latina algunos interrogantes giran en torno a la capacidad de los nuevos movimientos culturales para impulsar proyectos democráticos y concepciones de ciudadanía alternativa. Esto con el fin de generar acciones frente a los niveles de pobreza, discriminación y exclusión en oposición al modelo neoliberal que revalorizaba el vínculo del individuo con el mercado (Álvarez, Dagnino y Escobar, 2001).

En ese sentido, varias propuestas desde la antropología se han interesado por indagar el papel de los movimientos sociales en la articulación de procesos locales, nacionales y globales. Según Manzano (2013) en particular los que se preguntaron por las tensiones similares producidas por el proceso de globalización y que se reelaboran en contextos locales al configurarse como respuestas colectivas de las poblaciones[7].

La cultura transnacional (Hannerz, 1998; Ortiz, 1998, 2002; Grimson y Pereyra, 2008; Ribeiro y Escobar, 2009) expone las diferencias que parten de una relación circunstancial con el espacio, pero modificada por la identidad y el bagaje histórico y cultural de los grupos humanos que enfrentan una situación particular. Este abordaje, desde el carácter intercultural, plantea otros escenarios donde los individuos no solo interactúan e intercambian experiencias de manera horizontal, sino que también desarrollan una identidad común más allá de las particularidades de su contexto de residencia y su cultura de origen.

Como complemento, las miradas desde la etnografía multilocal (Clifford y Marcus, 1986; Marcus, 2001; Perret, 2011) y de la diversidad (Díaz-Polanco, 2005) sugieren observar más allá del territorio, exponiendo situaciones que involucran a la cultura desde la construcción de ciertos productos y significados que perfilan la configuración de la identidad. En el contexto latinoamericano la reivindicación de la diversidad cultural ha significado una reelaboración del abordaje de identidad que asiente identificarse con múltiples espacios. La virtualidad, como canal de acción estimula la identificación con personas con intereses comunes en espacios diferentes; en este caso la diversidad es revalorada desde las minorías.

Para Friedman (2001) la antropología translocal no es ni global ni universal, ya que, aunque en esos espacios se presentan los mismos problemas, la propuesta de abordarlos se da a partir de procesos que sugieren una manera de pensar desde el traslape de realidades simultáneas que afectan al individuo de otras formas, pero siempre mediadas por la cultura. Esta relación con el espacio y con la cultura, de cierta manera evidencia que la forma de ejecutar la acción colectiva es mucho más compleja que lo que el espacio admite. Ahora, puede adscribirse a la diversidad de interacciones que se traslapan en el espacio físico y virtual con el que convivimos en la actualidad. Esta composición de nuevos significados, valorados desde espacios múltiples, redimensionan el alcance de cada perspectiva. Lo que admite estimar acciones que se realizan en un contexto local pero con una intencionalidad ampliada.

Estudios transnacionales

Con la Teoría Transnacional como mediadora, inicialmente desde la perspectiva de las relaciones internacionales (Kearney, 1986; Rouse, 1989; Glick et al., 1990) y orientada al estudio de las migraciones y comunidades migrantes, se desarrollan varios enfoques. Siendo el que acá interesa el llamado transnacionalismo de ruptura. Este propone una complejización del campo, al diferenciar lo transnacional (que trasciende fronteras) de lo internacional (que interactúa entre gobiernos).

Acá se reconoce como aporte epistemológico una apertura que desliga el concepto de comunidad y de identidad de su nexo con el territorio, categorías analizadas de manera conjunta en la antropología clásica. Desde la antropología contemporánea se despliegan tres escuelas de pensamiento en el marco de los estudios transnacionales de ruptura que son: los estudios subalternos que le dan énfasis al análisis desde los lugares (Spivak, 1989); los estudios poscoloniales abordados desde la confrontación de la validez de los procesos históricos (Said, 1990; Besserer, 2016) y los estudios culturales, que consideran que las comunidades transnacionales encuentran lugares e identidades complejos que exceden al Estado-Nación (Hall, 1990; Gilroy, 1993; Yerko, 2005; Szurmuk e Iwin, 2009). En ese sentido, esta investigación se referencia a partir de la mirada crítica de los estudios culturales que posibilita una reelaboración del abordaje del término cultura desde la visión latinoamericana.

Estudios culturales

Según Restrepo, para ciertas tendencias de los estudios culturales, la cultura responde a una problemática definitiva por su articulación constitutiva con el poder y la representación.

Para los estudios culturales el poder es más que el ejercicio de ciertas relaciones de fuerza donde las subjetividades, corporalidades y espacialidades son producidas y confrontadas en diversas escalas, incluyendo las de la formación del Estado, la nación y el sistema mundo, no sólo la filigrana de la individualidad y el lugar (Restrepo, 2012, p. 129).

Esto significa que los estudios culturales no se interesan por la cultura en sí como lo haría la antropología, sino por cómo se encuentra articulada constitutivamente con los dispositivos del poder y de la resistencia, de particular relevancia política para la comprensión e intervención en el presente. La mirada de Pleyers, Benavides y Álvares incide en torno a que esta ampliación de intereses de la sociedad civil refleja otras demandas que posicionan a la cultura como un sector con potencial para el cambio.

En las plazas ocupadas, en las asambleas de los movimientos estudiantiles y en las múltiples iniciativas en los barrios y comunidades, se pretendía implementar formas múltiples de participación y acción, un cambio social por otras vías, creando “espacios de experiencia, mostrando en las prácticas que existen alternativas y que éstas empiezan por nuestra manera de actuar a nivel individual y colectivo. Más que cambiar la política, el objetivo propio de muchos de los nuevos movimientos sociales es cambiar la vida” (Pleyers et al., 2018, p. 5).

Esta particularidad de enfoque irrumpe en la necesidad de lograr un impacto político como motor de la acción colectiva desde la cultura. Propone otras perspectivas sobre un concepto ampliado de democracia y adquiere múltiples significados que reflejan una alternatividad de la política pública no considerada antes de interés.

Cuando la sociedad neoliberal difunde una imagen de la buena vida como el acceso a la sociedad del consumo, en los barrios y en el campo, activistas de todas las edades crean elementos de una vida distinta, donde el “buen vivir” se define más por la calidad de las relaciones sociales que por la cantidad de bienes consumidos (Pleyers et al., 2018, p. 5).

Esta propuesta de análisis abrió progresivamente la puerta a otro tipo de perspectivas vinculadas al modelo político. Esta vez construidas desde abajo, que mostraban una inflexión a la apertura de ciclos de acción colectiva distintos y que desnaturalizan la relación entre la globalización y el neoliberalismo.

En esta línea, el Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria cuestiona la lógica de dominación capitalista que posiciona al Estado como proveedor y a la sociedad civil como agente demandante. A cambio tensiona a través de otros reclamos que tienen que ver con el derecho de minorías culturales, la representatividad como norma para la atención del Estado y propone hegemonías alternativas que visualicen la necesidad de apoyar acciones descentralizadas como una manera de modificar el sistema social establecido. Este accionar desde el sector cultura implica nuevos aportes que en épocas anteriores no serían posibles.

La acción colectiva

El estudio del accionar colectivo en distintas sociedades, organizaciones e instituciones ha sido abordado desde la década de los años sesenta. Dos escuelas de pensamiento: la norteamericana, y la europea, se han dedicado a la búsqueda de instrumentos teóricos y metodológicos que ayuden a profundizar en el análisis de la acción colectiva.

La norteamericana centra sus aportes en la noción de estrategia, al desarrollar la teoría de la acción colectiva, donde intervienen los elementos de la lectura “multidimensional”, entendida desde los conceptos de acción racional, estructura de oportunidades políticas, estructura organizacional, marcos de la acción y ciclos de acción (Tilly, 1978; Tarrow, 1997; Ibarra y Tejerina, 1998; McAdam et al., 2005). Esta visión estructural reconoce el mecanismo de acción desde sus cimientos.

Por otro lado, la escuela europea desarrolla el paradigma de la identidad que discute el paso de la dimensión social a la dimensión cultural (Touraine, 1984). Ambos enfoques no son contradictorios, sino que ponen énfasis en asuntos distintos. Mientras los norteamericanos subrayan la instrumentalidad de la acción social. Es decir, cómo los movimientos emplean los recursos con los que disponen para alcanzar sus fines. Las investigaciones europeas se concentran en los procesos de comunicación y formación de identidades. Se interesan en cómo los movimientos generan nuevas identidades y propuestas de justicia para la sociedad basadas en el hecho cultural.

La caracterización de los nuevos movimientos sociales a partir de tres conceptos principales: el comportamiento colectivo, el movimiento social (entendido como marcha o manifestación) y la acción colectiva, diferencia cómo la acción colectiva se emplea para comunicar y transmitir las exigencias de los colectivos, ya que supone una exteriorización de las demandas que de otro modo quedarían silenciadas. Esto a su vez supone tejer lazos de solidaridad e identidad entre los miembros, quienes ponen el cuerpo en función de un ideal y de una agenda en común. La acción colectiva es el principal activo con que se cuenta para obtener visibilidad y legitimidad como engranaje.

El abordaje de la acción colectiva a partir de enfoques clave como el de la escuela particularista de la acción colectiva (Parsons, 1968; Tilly, 1978), que se centra en las motivaciones individuales que llevan a los individuos a participar en una acción colectiva o en un movimiento social[8], o el enfoque cognitivo desarrollado por Eyerman y Jamison (1991), que ve a la acción colectiva como una forma de actividad mediante la cual los individuos crean varios tipos de identidades sociales, como procesos de praxis cognitiva, no permiten visualizar a la acción colectiva desde su núcleo crítico y expandido. Es por eso que el enfoque de redes (Kaase, 1984; Morris, 1984; Tarrow, 2004) es el elegido como más pertinente para abordar la temática en cuestión. Esto debido a que se concibe a la acción colectiva y los movimientos sociales como manifestaciones de redes socioespaciales latentes, cuya acción se desarrolla en espacios locales con perspectivas transnacionales.

Para términos de esta investigación se caracteriza al Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria como un movimiento cultural continental que se articula en red. Es así como el accionar de cada miembro está condicionado a esta cualidad.

Según Latour, “un actor tal como aparece en la expresión unida por un guion actor-red, no es la fuente de la acción sino un blanco móvil de una enorme cantidad de entidades que convergen hacia él” (Latour, 2008, p. 73). El uso de la palabra actor implica que no está claro qué es lo que está actuando cuando actuamos, dado que el actor no está solo en su actuación. A través de la palabra red se establece una conexión punto a punto que es rastreable físicamente y por tanto puede ser registrada empíricamente (Castells, 1998, 2000, 2013). Tal conexión pone en evidencia el vacío de lo que no está conectado.

Una red es un rastro que deja algún agente en movimiento, por lo que identifica las agencias que reensamblan lo colectivo y que resaltan la dimensión humana de lo social.

Las acciones están interferidas por entidades heterogéneas que no tienen la misma presencia local, no provienen de un mismo tiempo y no se hacen sentir con el mismo peso (…) se ha subestimado la cantidad, el tipo de acciones y el alcance de sus interrelaciones (Latour, 2008, p. 288).

El aporte de la teoría de redes facilita trazar un mapa de relaciones que delimitan la acción colectiva valorada. A su vez, analizar la acción colectiva desde la red reconoce un entendimiento del entramado transnacional como elemento atractivo para la comprensión del fenómeno empírico de referencia. “Es por esta razón que voy a definir lo social no como un dominio especial, sino como un movimiento muy peculiar de reasociación y reensamblado” (Latour, 2008, p. 21). En ese sentido lo que busca es develar el estado dinámico de lo social con el fin de rastrear asociaciones que, aunque condicionadas por un comportamiento cultural, también están sujetas a las necesidades del momento que las dinamiza y las reapropia de su sentido de identidad.

Sobre el estudio de la Cultura Viva Comunitaria

Debido a que este es un fenómeno de reciente aparición, se ubican pocas investigaciones académicas que aborden el tema de cultura viva comunitaria. Los principales intereses de estudio en esa dirección tratan sobre el Programa Puntos de Cultura de Brasil (Lacerda, 2005), Programa Cultura Viva como política pública de cultura en vigencia en Brasil. Principalmente por su éxito y permanencia en el tiempo (De Medeiros, et al., 2013; Faria et al., 2013) hay expresiones locales de cultura viva comunitaria en Latinoamérica abordadas desde la gestión cultural[9] como ejemplos de enfoques más contemporáneos que posicionan el rol de la persona gestora cultural[10].

El libro de Santini (2017) “Cultura Viva Comunitaria: políticas culturales en Brasil y en América Latina”, se propone una línea de tiempo desde el Programa Puntos de Cultura, hasta la aprobación de la Ley de Cultura de Brasil como principal antecedente para la constitución del movimiento. Se formula un aporte muy necesario pues posiciona el tema desde el plano latinoamericano. A su vez, Turino (2018) creador del Programa Puntos de Cultura de Brasil, en su libro más reciente, hace un valioso recorrido anecdótico sobre las expresiones emblemáticas de Cultura Viva Comunitaria del continente incluyendo la experiencia Mesoamericana. En ese sentido su abordaje busca visibilizar las prácticas en territorio para que sirvan como referentes.

Prato y Segura (2018) en “Estado, sociedad civil y políticas culturales: rupturas y continuidades en Argentina entre 2003 y 2017”, presentan una serie de reflexiones relacionadas con iniciativas culturales de la red de Cultura Viva Comunitaria en Argentina. Acá se compilan relatos de voceros(as) del movimiento como Eduardo Balán, María Emilia Ruíz, Inés Sanguinetti, Jorge Pagés, María Emilia de la Iglesia, entre otros y otras representantes de la red en Argentina[11], así como la visión gubernamental del Programa Puntos de Cultura y su relación con el Programa IberCultura Viva.

En “Puntos de Cultura Viva Comunitaria Iberoamericana: experiencias compartidas”, se compilan experiencias muy recientes vinculadas con el Programa IberCultura Viva. En este se localiza el artículo de Bermúdez (2018) “Culturas Vivas Comunitarias por el derecho humano del agua y el saneamiento”, una experiencia de Cultura Viva Comunitaria en Costa Rica, a la cual se hará referencia en capítulos posteriores. A su vez, Monte (2019) en “Visiones y Vivencias Latinoamericanas de Cultura Viva”, también compila experiencias de cultura viva comunitaria de otros países latinoamericanos como Perú, Chile, Ecuador, Argentina y Brasil. Estas experiencias reflejan cómo se está empezando a dar un aporte, para la academia, de personas participantes del movimiento que se desenvuelven en este e incentivan el diálogo entre la teoría y la práctica.

En el caso de Costa Rica, se cuenta con tesis que abarcan expresiones de cultura viva desde la Red Nacional de Artistas, Gestores y Promotores Culturales (Guanared), como la de Varela (2015), “Intercambios alternativos y prácticas de solidaridad en colectivos de arte y cultura comunitaria participantes en la Guanared durante el año 2014: el abrazo común en la diversidad”, desde el área de trabajo social y que visibiliza la labor de la Guanared como pionera en Costa Rica en el desarrollo de metodologías de trabajo orientadas a la articulación en red y el ejercicio político de la ciudadanía desde el arte y la cultura.

Segura (2015) complementa desde la antropología social con “Dinámicas de trabajo en red para la organización colectiva: el caso de Guanared, transformación social mediante la expresión lúdico creativa”. También Fresia Camacho (2011) realizó un importante aporte a la visibilización del sector desde el Estado costarricense con el “Diagnóstico Cultura Viva Comunitaria y recomendaciones a la política pública de cultura en Costa Rica” como preámbulo a la puesta en escena del Programa Puntos de Cultura del Ministerio de Cultura y Juventud y a la redacción de la primera propuesta de Ley General de Cultura en el 2015.

Estos acercamientos al fenómeno de estudio reconocen un interés latente en una temática que ha sido poco documentada y analizada a profundidad desde la academia. Si bien desde la práctica se ha logrado un acercamiento con la teoría, todavía faltan muchas aristas que completar para poder trazar una propuesta más firme y en simbiosis con la institucionalidad. Se espera con esta reflexión poder sumar a un mayor entendimiento de esta propuesta en constante crecimiento y transformación.

Marco teórico

Lo comunitario como eje de acción colectiva

La acción colectiva del Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria tiene un carácter comunitario. Esto quiere decir que la visión del trabajo colectivo dentro de la red está orientada a la acción desde la horizontalidad y búsqueda de un bienestar común y solidario. En este sentido, Ander-Egg resalta la necesidad de encontrar mecanismos de interacción más constantes que premien la delimitación de este tejido cultural.

Según Ander-Egg:

Una comunidad es una agrupación o conjunto de personas que habitan un espacio geográfico delimitado y delimitable, cuyos miembros tienen conciencia de pertenencia o identificación con algún símbolo local y que interaccionan entre sí más intensamente que en otro contexto, operando redes de comunicación, intereses y apoyo mutuo, con el propósito de alcanzar determinados objetivos, satisfacer necesidades, resolver problemas o desempeñar funciones sociales relevantes a nivel local (Ander-Egg, 2005, p. 34).

En el caso del MLCVC, se parte de una comunidad de gestores culturales y artísticos de distintos países y con distintos intereses temáticos, que se vinculan a partir de la atractiva oportunidad de articular en un contexto continental. Esto como una manera de alimentar la conciencia del hacer comunitario hacia una visión ampliada de la gestión sociocultural. Es así como, para accionar en estas redes de estudio, se deben poseer ciertas características compartidas que incentiven el trabajo articulado, lo que implica aumentar el alcance político de esta dimensión comunitaria de base, ya que esta se halla en constante transformación como parte del proceso de consolidación de su identidad.

Montero complementa este concepto al valorar a la comunidad no solo desde su espacialidad sino a través del significado de los vínculos entre miembros. “Una comunidad es un grupo en constante transformación y evolución, que en su interrelación genera un sentido de pertenencia e identidad social, tomando sus integrantes conciencia de sí como grupo, y fortaleciéndose como unidad y potencialidad social” (Montero, 2004, pp. 207-208).

Por otro lado, Castrillón resalta la diferencia entre la organicidad del término comunidad al de sociedad, al valorar que la comunidad funciona como un organismo vivo y en constante transformación, por lo que su accionar depende de las personas y colectivos que se comprometen a participar y desarrollar sus acuerdos comunes. En el caso del movimiento de CVC, su sentido de comunidad parte de que sus nuevos integrantes respeten los acuerdos establecidos por quienes donaron su tiempo, esfuerzo y trabajo con anterioridad para realizar una propuesta de base. Esto en el entendido de que la estructura puede ir mutando dependiendo de los intereses y características de quienes participan, pero que todo aporte suma a la propuesta de una articulación más asertiva a nivel latinoamericano.

La comunidad es solidaria, acontece dentro de un organismo vivo y presenta la organización de un sistema vivo mientras que la sociedad está estructurada en vínculos mecánicos e imaginados. En una comunidad la convivencia está basada en vínculos afectivos y durables, un hecho natural, opuesto a la sociedad moderna donde los individuos se asocian racionalmente, artificialmente y por tiempo determinado. La comunidad es un grupo consistente, más que un mero grupo de individuos interesados en asociarse (Castrillón, 2013, p. 5).

Este sentido de pertenencia también es considerado por Ander-Egg, quien lo llama “conciencia de pertenencia”. Es resultado de la interacción entre los factores que les garantizan a los miembros de la comunidad una participación activa en el diseño, ejecución, evaluación y control de las políticas de desarrollo de su entorno. Esto los confronta con un sentido de compromiso y responsabilidad que algunas veces es difícil de mantener y que tiene que ver con el grado de compromiso adquirido dentro de la construcción de una propuesta latinoamericana de intercambio.

Turner (2007) en “Liminalidad y Comunidad”, aborda la relación de la liminalidad con la emocionalidad de lo colectivo, que refiere al concepto de persona liminal como un ser transicional definido por un nombre y un conjunto de símbolos y que transita entre la comunidad online y física. En ese sentido, el MLCVC se puede proyectar como una comunidad imaginada más allá del territorio. Territorio que ahora está delimitado por un tejido y que conforma una nueva comunidad donde la nacionalidad no es el rasgo distintivo sino la lucha común por los derechos culturales. Esta idea de comunidad desterritorializada como base identitaria evidencia cómo se están construyendo otros espacios de interacción desde la sociedad civil, que heredan concepciones de referencia como en el caso del movimiento, pero que en realidad accionan a través de mecanismos cuya forma no ha sido definida a priori.

La comunidad imaginada que según Benedict Anderson es socialmente construida desde lo que idealiza la gente que se percibe a sí misma como parte de un grupo (Anderson,1991) pero no desde lo que realmente ocurre. Comunidades imaginadas vistas como naciones como lo plantea Clifford (1977), donde se establecen sus tiempos aparentemente de modo homogéneo en relación con los flujos trasnacionales y las formas culturales tanto dominantes como subalternas.

Esta base común difiere del sentido colectivo en cuanto se busca un nivel de bienestar similar y horizontal, que en este caso no solo visibilice las diferencias y las prácticas particulares de los individuos sino que las justifique en términos de un desarrollo consensuado y común. En ese sentido se presenta el concepto de identidad cultural, entendida como:

Conjunto de significaciones y representaciones relativamente permanentes a través del tiempo, que permiten a los miembros de un grupo social que comparten una historia y un territorio común, así como otros elementos socioculturales, tales como un lenguaje, una religión, costumbres e instituciones sociales, reconocerse como relacionados los unos con los otros biográficamente (Ander-Egg, 2005, p. 24).

En el caso del MLCVC, este no conduce a generar una cultura nueva sino a unificar y vincular distintas organizaciones comunitarias cuyo trabajo de alguna manera está asociado a la gestión sociocultural y artística existente en distintos territorios latinoamericanos. Esta iniciativa tiene la finalidad de presentar la opción de participar en una red y concebir una identidad común sin exclusividad de territorio. Así, el interés es que su accionar sea ampliado y trascienda las posibilidades del colectivo de base. Por esta razón se debe identificar su nueva composición a partir de las acciones colectivas comunes que se realizan como parte del interés de pertenecer a esta propuesta.

La identidad cultural de una comunidad adquiere relevancia en cuanto se expresa en tiempo y espacio determinados. El concepto de territorio es importante ya que delimita el espacio de acción concreto (físico o virtual) para la comunidad. Este ha sido definido desde la filosofía, la economía, la antropología, la sociología y la geografía, entre otras disciplinas científicas, que lo consideran como “el proceso de construcción socio histórico de un espacio geográfico que nace con identidad propia y que se distingue de otros espacios por atributos de índole cultural, socioeconómico, físico y político” (Liceaga, 2012, p. 203).

La noción de lo comunitario antes reconocido como “popular” y directamente ligado al territorio, se ha ampliado en los últimos veinte años para abarcar también las prácticas y productos culturales que se forjan en el cotidiano, estas nuevas expresiones que se incorporan de manera orgánica a la identidad del colectivo como cultura viva[12]. Según Bautista lo que nos compete ahora no es el rescate de la tradición, sino la resignificación de lo comunitario, con el fin de que su abordaje genere otras formas de convivencia que sirvan como respuesta al abandono de los Estados y a la necesidad de formular otras propuestas más allá de la lógica capitalista e individualista. “El problema no es volver o retornar al pasado, sino producir en el presente y hacia el futuro relaciones humanas de tipo comunitario que superen realmente las relaciones sociales que produjeron el capitalismo y la modernidad” (Bautista, 2011, p. 10).

En ese sentido lo comunitario, además, se diferencia de lo colectivo en cuanto estimula las acciones individuales pensadas como colectivas, siendo una acción colectiva la suma de múltiples acciones individuales o colectivas con un fin común. Rivera Cusicanqui resalta el uso político del concepto.

Resulta interesante percatarse de que esto supone una reelaboración de lo “público” que distingue la esfera de lo estatal, lo privado y lo “comunitario”. El Estado es deslegitimado como representante del interés común, la idea de nación se desvanece o queda relegada y la mutua pertenencia a un entorno, un modo de vida y un “bien común” (social o natural) de dimensiones variables, es tomado como la base de la participación y la legitimidad política. En relación con esto aparecen nuevos interrogantes: ¿Cómo se determinan los límites y las competencias entre las comunidades y los entornos mayores (regionales y nacionales)? ¿Hasta dónde llegan las competencias del Estado y hasta dónde las de las comunidades? (Rivera, 2010, p. 77).

Políticas culturales de base comunitaria

Este devenir comunitario es una muestra del papel alternativo de la cultura en procesos políticos desde la sociedad civil, donde se espera poder influir desde las demandas de la práctica de la gente en la política cultural de cada país latinoamericano. Rubens Bayardo (2005, 2008, 2016) sugiere un acercamiento a las propuestas culturales considerando las tensiones que genera la transnacionalización del espacio iberoamericano. Destaca este nuevo papel de la cultura al contemplar las políticas culturales como “formas de intervención sobre el desarrollo simbólico y económico en sociedades que han reconocido formalmente los derechos culturales y que han conferido centralidad a la cultura como esfera abarcativa de la producción económica y de la regulación política” (Bayardo, 2005, p. 3).

En ese sentido se comprende la cultura en términos de su reubicación en el campo político, entendido como un proceso en el cual se elabora la significación de las estructuras sociales y que plantea la necesidad de desarrollar políticas orgánicas y basadas en lo que funciona y es sostenible por la comunidad como actor político colectivo. Este protagonismo de la cultura como agente de cambio, no como fin sino como medio, reconocediscutir la complejización del concepto de cultura que ahora está presente de una manera más activa y busca, a través de su perspectiva, proponer alternativas estructurales a la manera de abordar la política cultural.

Las políticas culturales de los años setenta en adelante se concentran en el abordaje de la diversidad cultural y del desarrollo cultural. Con ellas se da la ampliación de los dominios de lo cultural (“todo es cultura”), el elogio de la pluralidad (“todos tienen cultura”) y la confianza en los efectos positivos de la cultura (“la cultura da trabajo, mejora, integra, incluye”) en los procesos de transnacionalización y de reconversión económica (Bayardo, 2016, p. 162).

La diferencia bajo esta perspectiva, entre política cultural y política pública de cultura radica en el papel del Estado como un actor más. Esta propuesta de estudio sostiene que la sociedad civil debiera ocupar un papel preponderante en los direccionamientos de las decisiones, en los pasos del ciclo de las políticas. Es decir, en la definición de la necesidad, la formulación de acciones, la toma de decisiones, la implementación de estas, etc.

Las políticas culturales de base comunitaria a las que aspira esta iniciativa en cuestión evidencian la necesidad de expandir el término comunidad a nivel continental. La construcción colectiva y su acción dirigida a la demanda hacia los Estados para apoyar la labor que se realiza en las comunidades, adquiere un carácter político en cuanto marca una posición compartida que valida su demanda a través de una construcción continental que legitima e institucionaliza su hacer a través de una agenda de acción colectiva común.

Esta construcción desde la práctica colectiva de alguna manera parece que justifica su efectividad en el territorio, que va más allá de las posibilidades que el mismo Estado permite. “Analizar el concepto políticas culturales supone no sólo abordar una cuestión intelectual, sino también tener en cuenta una dimensión práctica, en términos de acciones, que le van imponiendo sentidos” (Wortman, 2017, p. 142).

Es así como en este caso, la propuesta del MLCVC posiciona a la cultura como un agente activo, propositivo y funcional en la práctica. También sugiere el apoyo de sectores de la sociedad civil cuya labor cultural ya ha sido legitimada en territorio y muestra resultados positivos. Esta propuesta construida desde abajo, garantiza que los recursos del Estado van a colaborar en el fortalecimiento de la actividad comunitaria cuyos resultados son comprobables y han permanecido a pesar de las constantes crisis sociales y económicas que las aquejan a lo largo y ancho de toda Latinoamérica (Cornejo,1989; Harvey,1990; De Sousa Santos,2009).

La acción colectiva transnacional

El accionar colectivo propuesto a partir de la participación dentro del Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria en sus diferentes espacios de diálogo se torna en el interés principal de esta investigación. Una acción colectiva desde la visión de Tilly quien la define como:

Aquella llevada a cabo por un grupo de personas que comparten unos intereses comunes, que se organizan en unas estructuras más o menos formales y que ponen en marcha acciones movilizadoras, todo ello bajo una determinada estructura política que facilitará o dificultará su influencia en el poder en función de sus características (Tilly, 1978, p. 5).

Como complemento, Tarrow, le designa a la acción colectiva un carácter transnacional definiéndola como un “prolongado, lento y vacilante proceso que encierra cinco procesos en desarrollo: la internacionalización, el enmarcado global, la difusión transnacional, la externalización y la formación de coaliciones transnacionales” (Tarrow, 2011, p. 401). En ese sentido la apertura a una dimensión transnacional permite redireccionar las acciones desde principios alternativos donde según Tarrow (2004), las redes transnacionales, son estructuras de conexión que atraviesan fronteras nacionales, son comunicativas e insertan principios a la hora de motivar su creación, con el objetivo de conseguir ventajas frente a organizaciones y gobiernos a través de otros mecanismos de apoyo y legitimación[13].

Se genera así una dualidad entre el potencial de acción local y el continental, ya que como plantean Bohórquez y Pérez:

La diferencia entre la acción social local y la acción social transnacional de los movimientos sociales sólo puede aprehenderse en la medida en que el movimiento social transnacional opere en múltiples niveles. Cada nivel implica un cambio en las condiciones, en los discursos y en el tipo de acciones (Bohórquez y Pérez, 2011, p. 153).

El estudio de la acción colectiva de carácter transnacional debe considerar diferentes dimensiones de análisis, como es el caso de redes transnacionales desde la visión de Della Porta (2007). Estas parten de la necesidad de una estructura de red duradera y de rudimentos de una identidad colectiva que al unir vínculos de confianza, intercambio de ideas e intensidad emocional, ayudan a vincular las preocupaciones locales y globales.

De la Torre (2001) discute la acción colectiva transnacional desde las relaciones internacionales acotando que lo más atractivo de este nuevo activismo es su conexión con la globalización y su relación con la cambiante estructura política latinoamericana. Su interés se centra en el estudio de la dificultad que conlleva construir una red transnacional, por lo que su abordaje resulta muy pertinente en este estudio. En consecuencia, se valora un intento por encontrar otras esferas de discusión que respalden el accionar local fuera de la concepción de Estado-Nación, y que a su vez sugieren otro tipo de relación entre las organizaciones de la sociedad civil y los respectivos Estados a los que pertenecen. Acá se resalta un interés por relacionarse con los Estados desde una visión respaldada y sobre todo legitimada en el ámbito latinoamericano como una estrategia de lograr visibilidad como lucha cultural.

Lo transnacional describe la manera en que lo local trasciende el territorio y se conecta con otras partes, en este caso del continente, que están ahora mucho más interrelacionadas por los mercados económicos, la información, la diseminación y homogenización cultural (Smith,1998). En este mismo sentido, los trabajos de Della Porta y Mosca subrayan la relevancia de las redes transnacionales en la construcción de una identidad colectiva supranacional.

Que al unir vínculos de confianza, intercambio de ideas e intensidad emocional, ayuda a vincular preocupaciones locales y globales. La creación de redes internacionales permite la construcción de una identidad supranacional. Las redes se organizan en diferentes temas, interconectan y movilizan reivindicaciones que se extienden más allá de las fronteras nacionales y permiten alternativas organizativas que faciliten la “comunicación en acción”, la logística y coordinación de la acción como puente a la transnacionalización de las identidades (Della Porta y Mosca, 2005, p. 25).

Esta idea es respaldada por Hannerz (1998) quien profundiza el concepto de conexiones transnacionales, para referirse a cómo las personas, los lugares y las culturas convergen desde múltiples expresiones. Se piensa la cultura como un paquete que contiene tres aspectos interconectados: el primero refiere a los desplazamientos físicos de personas de un lado a otro que estimulan el intercambio. El segundo, los medios de comunicación que intensifican espacios geográficos y acortan distancias. Y el tercero, las relaciones comerciales en las cuales aparecen productos elaborados en diversos lugares, así como sus consumos. Esto permite redimensionar las relaciones culturales en términos de sus elementos vinculativos.

Para Hannerz, los intercambios culturales, más allá de interconectar simbologías periféricas, hacen de los significados locales criterios globales de aceptación, apreciación y consumo. En ese sentido, las culturas territoriales se convierten en transnacionales en la medida en que se van multiplicando los cruces y entre cruces de experiencias, conocimientos, manifestaciones y formas de significado que no necesariamente son legitimadas en los lugares donde se ensamblan[14].

Friedman aclara que “aunque sin duda hay una tendencia a una incorporación local de lo global en términos culturales, existe al mismo tiempo una incorporación de lo local por lo global en términos materiales” (Friedman, 2001, p. 32). Es interesante el poder identificar en qué casos se produce dicha situación, con el fin de captar la importancia de esta articulación en la producción de cultura e internalización de las prácticas culturales.

Un enfoque global no supone que los únicos procesos sociales relevantes son a su vez globales, sino que múltiples praxis sociales locales se integran a dichos procesos más amplios. Tampoco las propiedades de estos eliminan a las de aquellos. Por el contrario, los procesos sociales globales están constituidos en gran parte por estrategias locales y sus propiedades locales y globales no intencionales (Friedman, 2001, p. 295).

Las redes transnacionales y la era digital

Mato (2004) sostiene que para analizar los procesos transnacionales es necesario considerar varios casos de estudio ya que un actor social transnacional es diferente de uno global, nacional o local. Es decir, que lo transnacional trasciende la frontera de lo internacional dándole cabida a la sociedad civil global. En ese sentido, un movimiento transnacional es diferente por la diversidad del colectivo y la manera en que crea su marco de significados y estrategias de acción conectado con la globalización, a través de los medios de comunicación tecnológicos y relacionados con la estructura cambiante de la política.

Lo transnacional visto desde el fenómeno de la globalización expone el aporte de la tecnología como una herramienta tecnopolítica. Esta entendida como participación social y política se manifiesta en el espacio público desde lo físico y lo digital para orientar acciones tanto en la web como en el territorio, con un valor similar. Toret (2013) complementa esta posición al proponer que las redes no solo sirven para coordinar acciones colectivas sino también para tejer el sentido de la propia acción. Es un conjunto que contiene elementos que hacen parte de la comprensión de la acción desde la red[15].

Quizás uno de los grandes fallos que se han cometido al analizar las posibilidades de generar y difundir conocimiento mediante la red haya sido pensar que la creación de espacios virtuales, actualmente llamados redes sociales, tenía su objetivo principal en la propia herramienta en sí. La realidad nos ha demostrado que son algo mucho más importante. Su gran aportación son los contenidos que generan, creados mediante los vínculos de afinidad, relación e interacción entre personas que comparten un interés común por motivos profesionales, empresariales, lúdicos, culturales, etc. (Lloret, 2011, p. 225).

Bennett y Segerberg (2012) proponen el concepto de acción conectiva tomando en cuenta la virtualidad complementaria dentro del desarrollo de la acción colectiva. La participación implica un sentido de pertenencia que crea otra forma de estar presente ante el conflicto. Esa conectividad permite desde la propuesta de las redes en cuestión, la intermediación para que el potencial del individuo sea multiplicado desde el vínculo (a veces virtual, a veces territorial), que llega a aparecer de manera concreta en la cultura viva que se reproduce en las comunidades y su relación con el arte para la transformación social.

Las distintas configuraciones que aparecen en estos espacios de intercambio son afiliativas, lo que produce una red estratégica que se beneficia del colectivo en la experiencia común, aunque su objetivo de posicionarse desde las políticas culturales no se alcance aún. A su vez, la presencia desde la virtualidad promueve la continuidad de los procesos de intercambio presenciales que van desarrollando una agenda de trabajo común a nivel local pero proyectada y sobredimensionada en la red.

La acción como poder

A esa dinámica Rosanvallón (2015a) le otorga contenido político, que define en este caso como los rasgos de la democracia de ejercicio. Llama a la construcción de una democracia en red que estimule vinculaciones más horizontales y a la noción de un gobierno abierto, donde la meta sea no tomar el poder sino vigilarlo y controlarlo. El derecho a saber es destinado a ampliar el contenido de la noción de ciudadanía y por ende genera otro tipo de relación como una forma distinta de responsabilidad en la manera de interactuar y estar conectado (Varela, 2003; Tejerina,1998; Vargas,2003; Grimberg, et al,2011; Manzano, 2013).

En el caso del movimiento latinoamericano Cultura Viva Comunitaria, este se puede abordar desde la perspectiva de la contrademocracia que propone Rosanvallón, ya que los intereses de una minoría no representativa adquieren presencia en el proceso democrático a través del consenso. En ese sentido, Pierre Rosanvallón se refiere a una democracia de poderes indirectos en la cual la democracia participativa y de ejercicio marcan una pauta contemporánea en la acción del individuo dentro de colectivos que actúan como sujetos políticos. “Si el poder es acción, quien controla la acción controla el poder” (Rosanvallón, 2015a, p. 198).

Según Rosanvallón se debe considerar este fenómeno dentro de la perspectiva de la democracia deliberativa, cuya fundamentación parte de lograr la participación permanente de los ciudadanos en los debates públicos sobre las grandes cuestiones que determinan la organización de la vida común. “El poder del ciudadano no es en este caso del orden del voto: procede de la posibilidad brindada a todos de tomar la palabra para el foro, donde cada ciudadano existe entonces en su confrontación con los otros” (Rosanvallón, 2015b, p. 186).

Los procesos de intercambio propuestos a partir de la incidencia del MLCVC y que se detallan más adelante, sugieren caminos alternos de diálogo estatal que involucren a la ciudadanía abordada desde la visión de comunidad en la toma de decisiones y en el desarrollo de proyectos con los presupuestos destinados para el sector cultura. Esto debido a que consideran que los distintos Estados latinoamericanos todavía no han reconocido la labor de las organizaciones de base comunitaria. Estos colectivos alimentan la cultura no como perpetuadores de la tradición únicamente, sino como generadores de nuevas propuestas con sus producciones y productos culturales tan importantes como las propuestas respaldadas desde la oficialidad.

Rosanvallón complementa este acercamiento al sugerir la importancia que tiene el antecesor de la acción dentro del proceso democrático, que es en este caso la decisión. “El proceso de decisión es entendido como el conjunto de las secuencias y mecanismos que contribuyen a la percepción de un problema a resolver, a la producción de opciones alternativas y a la elección de una de ellas” (Rosanvallón, 2015b, p. 73).

En concordancia con Rosanvallón, Urfalino apunta el compromiso colectivo que se genera cuando la decisión es tomada por un grupo. Cuando esto ocurre de manera tal, implica hasta el final la contribución de cada uno de los miembros del grupo. La decisión es colectiva tanto por el agente como por la manera en que es tomada. Esto no quiere decir que debe ser ejecutada colectivamente. En ese sentido, no podemos decir que una decisión colectiva alcance una intención colectiva de realizar, por lo que es necesariamente normativa y puede comparársele con la promesa (Urfalino, 2013).

“La decisión colectiva es un momento de reflexividad, de re-comprensión, por medio del cual los miembros de la sociedad forjan y reforman lo político” (Rosanvallón, 2015a, p. 31). Para poder decir que hay decisión hay que poder distinguir un lapso entre esta decisión y su puesta en marcha. Urfalino (2013) resalta que en la decisión propiamente dicha no es, ni el conjunto del proceso, lo que colabora con la decisión, ni lo que resultará de ella, ya que hay una decisión cuando entra la deliberación por un lado y la acción por el otro. Es decir, cuando la misma se materializa. Se interpone así, en este primer estadio la determinación de una intención que implica un compromiso en la acción (Urfalino, 2013).

Urfalino (2013) aclara que la decisión es diferente de la elección, ya que la deliberación es una discusión de una decisión a tomar colectivamente, cuya única condición es que todas las partes estén dispuestas a un cambio de opinión. Esta posición es significativa en el análisis de la acción colectiva en red, en el sentido de que este fenómeno no está conformado por un grupo de individuos que se unió únicamente para compartir sus problemáticas en común, sino que su diversidad de intereses se centra en la cultura y es a partir de este común denominador, que se unen para discutir las luchas a seguir en nombre del colectivo. Me refiero a que el direccionar su acción colectiva a lo político desde una visión más equitativa y comprometida es la razón de querer pertenecer a un colectivo bajo el formato de red continental.

Su deseo de encontrar reconocimiento en el ámbito latinoamericano, como una manera de validar sus propuestas comunitarias en el marco de una política cultural, evidencian la irresolución de los Estados latinoamericanos de incluir y valorar como ciudadanos activos y políticos a estos gremios minoritarios en sus luchas específicas. Es la propuesta de una democracia de apropiación desde la ciudadanía, se busca volver a calar en las estructuras de Estados que buscan modernizarse y abrirse al diálogo pero que no pueden dejar de lado su pasado de benefactores.

El análisis del MLCVC ejemplifica cómo estas problemáticas siguen en vigencia hasta la fecha. También su abordaje facilita la comprensión de que las propuestas que nacen desde gremios culturales y artísticos de la sociedad civil, no son unilaterales ni buscan el padrinazgo de los respectivos Estados, sino que se encaminan hacia la autogestión y la articulación en red, en miras de fundamentar sus propuestas desde la práctica y para el beneficio inmediato de sus comunidades.

La propuesta del MLCVC viene a transformar esas prácticas concretas de éxito comunitario comprobado, en la posibilidad de una política de base comunitaria, que albergue todo el camino recorrido y deje instalada esta plataforma de intercambio en miras de mejorar el diálogo con los respectivos Estados y garantizar el ejercicio de los derechos culturales de una vez por todas, a partir del respaldo y la validación a nivel latinoamericano. En el siguiente capítulo se detalla la manera en que fue construida esta propuesta y cómo esta tuvo buena acogida a raíz de las condiciones sociales y políticas del momento de su implementación.


  1. Esta dejó de existir en el año 2016 por problemas con el dominio y sustituyó con otra plataforma para finales del 2018 en el marco del IV Congreso Latinoamericano de Cultura Viva Comunitaria que es culturavivacomunitaria.net. Actualmente la información del movimiento latinoamericano se maneja desde esa plataforma y se trabaja en red desde cada país a través de facebook y whatsapp.
  2. Las cuatro provincias de Santa Rosa, Formosa, Chubut y Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Sur Atlántico, no cuentan con presencia del movimiento para el año 2019.
  3. Correspondieron a una serie de manifestaciones populares en clamor de la democracia y los derechos sociales organizada por la población árabe y financiadas por potencias occidentales. Se considera el comienzo de estas manifestaciones el 17 de diciembre de 2010 en la Ciudad de Túnez, cuando un vendedor ambulante fue despojado por la policía de sus mercancías y cuentas de ahorros y, en respuesta, se inmoló en forma de protesta. Durante su agonía miles de tunecinos se rebelaron contra las malas condiciones a las que el país estaba sometido, causando un efecto dominó en el resto de las naciones árabes.
  4. También llamado movimiento de los indignados, fue un movimiento ciudadano de protestas pacíficas en España formado a raíz de la manifestación del 15 de mayo de 2011, convocado por diversos colectivos que produjeron una serie de protestas con la intención de promover una democracia más participativa alejada de bancos y corporaciones, con la intención de mejorar el sistema democrático.
  5. Es una rama de la acción de protesta que desde el 17 de septiembre de 2011 ha mantenido ocupado el Zuccotti Park de Lower Manhattan en Nueva York, Estados Unidos. Esta concentración de protesta se dirige contra el poder omnímodo de las empresas y las evasiones fiscales sistemáticas del 1% más rico y está inspirada en las protestas que surgieron con el movimiento 15-M.
  6. Algunos ejemplos de ello son las investigaciones sobre la importancia del movimiento zapatista en la emergencia de un nuevo discurso político contra el neoliberalismo (Gilly, 1997; Ceceña, 2012); la dimensión de lo comunitario desde el movimiento de los Sin Tierra en Brasil (Sigaud, 2004; Mançano, 2015; Zibechi, 2003, 2007, 2008; Korol, 2006) y la experiencia en Bolivia con el movimiento indígena Pachacuti, el movimiento cocalero, la guerra del agua, la guerra del gas y el ascenso de Evo Morales desde la crítica a la izquierda. tradicional (Albro, 2006; Stefanoni y Do Alto, 2006). Así como el desarrollo de los movimientos de derechos humanos en la Argentina, que denotan nuevas dimensiones de la acción colectiva como el devenir de las organizaciones piqueteras (Schuster y Pereyra, 2001; Zibechi, 2003; Giarracca y Wahren, 2005; Merklen, 2005; Schuster et al., 2005; Svampa, 2005, 2008).
  7. Es así como desde la antropología se han abordado temas como la construcción de sociedades civiles transnacionales a partir de redes creadas por movimientos sociales y ONG (Castro, 2005; De Sousa Santos, 2001) y la espacialidad de la política de los movimientos sociales a nivel transnacional y en procesos locales de resistencia (Nash, 2012; Albro, 2006).
  8. A Tilly le interesaba demostrar cómo las organizaciones antes de movilizarse por la lucha de los recursos disponibles se agrupan con base en intereses compartidos y de ello depende el tipo de movilización adoptada.
  9. Algunos ejemplos como Sousa (2007), desde la comunicación y las artes, quien realiza un acercamiento al caso del Programa Cultura Viva de Brasil como política cultural de proximidad, con el fin de establecer indicadores para el análisis de políticas culturales locales. Dorneles (2011) desde la geografía, discute sobre las territorialidades y redes de cultura viva como estrategia de vinculación con el Estado. Alves de Ameleida (2011) desde la educación, se interesa por las relaciones entre Estado, sociedad y las tecnologías de la información y comunicación (TIC). Cruz y Labrea (2014) también desde la educación, contribuyen a profundizar el tema de redes híbridas de cultura y los imaginarios de poder a través de la implementación del Programa Cultura Viva Comunitaria. Nunes (2012, 2014) propone desde la antropología social, el análisis de los Puntos de Cultura y los paradigmas de las políticas públicas culturales en Brasil.
  10. Entendemos a la gestión cultural como una mediación entre los actores, las disciplinas y las especialidades involucrados en las distintas fases de los procesos productivos culturales.
  11. Los cuales también fueron entrevistados para términos de esta investigación.
  12. Relevante pensar en el abordaje del concepto de comunidad en América Latina (Flores,1911; Mariátegui,1971, 2001; Rivera, 2007, 2010; De Marinis, 2010,2011,2012; Bautista, 2011). Principalmente porque en el ámbito latinoamericano, el término comunidad suele asociarse con formas de vida tradicionales y rurales. Además, los barrios o zonas humildes de la periferia de las ciudades también suelen ser caracterizados como comunidades, en la medida en que se quiere enfatizar la red de relaciones sociales que allí se producen y las posibilidades de intervención por parte de agentes externos.
  13. Para entender la efectividad de la acción colectiva transnacional debemos comprender la interacción dinámica entre la estructura de oportunidades internacional y la doméstica (Khagram, Riker y Sikkink, 2002).
  14. Algunas investigaciones en torno a la conexión transnacional y la acción colectiva van dirigidas a diferentes temáticas entre las que se ejemplifican: circuitos migratorios transnacionales (Rouse, 1989), comunidad transnacional (Kearney, 1986), comunidades transnacionales migrantes (Glick et al.,1990), sociedad civil global (Keck y Sikkink, 2000), movimientos transnacionales solidarios y estrategias intangibles (Almanza, 2005). Por otro lado, desde los estudios culturales se desarrollan inquietudes dirigidas hacia temas como la etnografía de comunidades transnacionales (Kearney, 1986; Besserer, 1999, 2016; Gilroy, 1993; Castro, 2005); estudios culturales y transculturalidad (Hall,1990); redes transnacionales de actores locales y globales (Mato, 2004, 2006); encuentros y desencuentros de los estudios transnacionales y estudios culturales (Besserer, 1999, 2016).
  15. Castells (2013) apoya esta visión e introduce el tema del protagonismo de las redes sociales que permiten oportunidades de deliberar, tomar acciones conjuntas y coordinar desde espacios colectivos alternativos que trascienden el concepto de territorio. En relación con esta nueva noción de territorio, en “Ocuppy Wall Street”, Ho (2009) realiza una etnografía de Wall Street y plantea como el ciberactivismo está generando procesos de interacción social que adquieren poder desde la sociedad civil. Cheresky (2015) discute la nueva sociabilidad del espacio público online así como temas relacionados con el concepto de e-democracy (Welp y Breuer, 2014). También algunos autores señalan la relevancia de temáticas asociadas como la identidad global en una sociedad conectada y cómo se producen nuevas formas de difusión del pensamiento político (García et al., 2014; Londoño et al.,2015).


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