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7 Proyección de las políticas culturales de base comunitaria en Latinoamérica

En este capítulo se discute teóricamente el planteamiento que se desea demostrar y recalca su aporte en el entendimiento del fenómeno de estudio. En ese sentido, se realiza un recorrido por el papel de la cultura en torno a las políticas culturales. Se discute la relevancia de la propuesta de articulación en red desde la visión continental, así como el aporte de los medios digitales en la conformación de una nueva comunidad. Se le da especial énfasis a la atención de la democracia desde la equidad, como propuesta contrademocrática hacia un sistema más inclusivo y participativo. Se finaliza en el aporte de la deliberación y el consenso en la toma de decisiones colectivas en miras a una democracia de apropiación.

La cultura como política

El papel de la cultura hoy es más complejo, pues implica la ampliación del concepto mismo que incluye otros posicionamientos epistémicos en torno a su pertinencia. “La estrategia de las políticas culturales consiste en enfrentar los problemas sociales mediante prácticas simbólicas a fin de posicionar la cultura como agente de cambio y transformación social” (Vich, 2014, p. 59). Desde que el estudio de la cultura dejó de ser el estudio del otro/a para comenzar a ser el de nosotros/as, se ha abierto a otros ámbitos que le han consentido aportar desde una visión más reflexiva. La dicotomía entre territorio e identidad ya no está adscrita al plano físico, ya que el intercambio es más común y los medios virtuales intervienen de una manera significativa en la transferencia y asimilación de la información.

“Por transculturación se ha hecho referencia a diferentes formas de contacto donde las dos culturas terminan mutuamente afectadas y donde el nuevo producto asume una identidad más heterogénea e inestable” (Vich, 2014, p. 29). Inestable en diferentes aspectos como desde el punto de vista de la trasnacionalización del capital de la mano con la transnacionalización de la cultura que, según García Canclini “impone un intercambio desigual de los bienes materiales y simbólicos” (García Canclini, 1982, pp. 28-29). Esta apertura al intercambio desterritorializado también ha calado en el ámbito de la política pública donde cada vez se hace más evidente lo excluyente y limitada que es su gestión.

Aun así, el creciente intercambio de expresiones multiculturales funciona como una válvula de escape que pone en evidencia nuevas dinámicas sociales que pretenden resignificar el abordaje del sector cultura desde la renovación y rediseño de políticas culturales. Este todavía no llega a cambiar el sistema preponderante, pero sí nos recuerda que se pueden implementar otras alternativas. Múltiples cruces entre experiencias y disciplinas del arte y la cultura generan reflexión sobre otras visiones de mundo posibles que pueden solventar las limitaciones de desarrollarse en áreas muy acotadas y con carencias económicas significativas. Esto siempre y cuando se accione la cultura desde el traslape de saberes y experiencias.

Eagleton se suma a la visión de Vich y complementa que no se trata entonces de particularizar lo universal y de fragmentar el mundo más, sino de universalizar los particularismos como una estrategia que permita, por un lado, conceptualizar lo universal como inherente a lo local y no como oposición a ello y, por otro lado, ser una manera de construir proyectos comunes que restauren el valor de lo público y de lo común a todas las culturas del mundo (Eagleton,2001).

La construcción de una nueva hegemonía cultural basada en articulaciones de diversos actores sociales y la búsqueda de una mayor equidad son posibilidades que surgen a partir de una visión ampliada de lo que sucede en nuestros contextos. Los problemas que aquejan a las sociedades modernas hoy en términos de aceptación de la diversidad y respeto a las minorías no pueden esperar más tiempo su resolución.

Sommer (2006) sostiene que la cultura proporciona agencia allí donde las estructuras sociales permanecen inamovibles. Considera que las políticas culturales generan un espacio de maniobra que contribuye a realizar algunos cambios en la vida cotidiana como involucrar a la ciudadanía en la construcción de una nueva imagen de sí misma.

El viejo modelo que insistía en posicionar al Estado como un agente central para dirigir la política cultural se encuentra hoy debilitado por la aparición de otros actores que, con sus propias dinámicas, contribuyen significativamente a la construcción de nuevos cánones culturales. Dicho descentramiento es muy positivo y ha traído una multiplicidad de ofertas que garantizan la generación de diferentes circuitos y lógicas de producción cultural. (…) Presenta la tensión entre un Estado que debe asumir ciertos roles dirigentes y, al mismo tiempo, observar cómo la sociedad lo obliga a posicionarse como un promotor o facilitador de iniciativas propuestas desde otros lugares (Vich, 2014, p. 61).

Vich (2014) habla de desculturalizar la cultura como una estrategia de pensamiento y acción para América Latina. Esta consiste en al menos dos proposiciones: posicionar a la cultura como un agente de transformación social y revelar las dimensiones culturales de fenómenos aparentemente no culturales como la política. Este vuelco hacia un aporte del sector cultura mucho más vinculado con otras aristas de la sociedad y con una visión extendida y legitimada desde la práctica cotidiana evidencia un reposicionamiento del rol de la cultura en las sociedades latinoamericanas contemporáneas.

Posibilidades de red y proceso de globalización

Según Brauer, la globalización:

Es un proceso en curso que presenta múltiples aspectos en parte contradictorios. Cambios en la estructura de poder económico y político que albergan potencialidades tanto positivas como peligrosas a nivel planetario, pero también transformaciones en la conciencia colectiva que convergen hacia un renacimiento de formas de pensamiento y criterios normativos de carácter universalista (Brauer, 2016, p. 13).

Esa posibilidad de pensar el territorio desde una visión ampliada de mundo, ya no solo valorando el desarrollo de mi país sino de los países vecinos es un legado del proceso de globalización a la cultura. Ya no se trata de sumar conocimientos colectivos focalizados y repetirlos en territorio sino crear en colectivo propuestas que le sirvan al conjunto. En el caso de América Latina, el proceso de globalización no se ha logrado imponer como un homogenizador cultural, sino que, por el contrario, ha significado la exacerbación de la diversidad cultural y la reivindicación de procesos autónomos que han permanecido en el tiempo por su organicidad y sinergia con las características de los contextos socioculturales. Esto ha incentivado la lucha por los derechos culturales a una escala mayor que en otras latitudes.

Este fenómeno busca el reconocimiento de la diversidad a partir de un marco conceptual basado en la descolonización de los saberes, la despatriarcalización de los comportamientos y la apertura continental hacia la aceptación de procesos identitarios propios y compartidos. La generación de productos culturales que enaltecen su identidad y de figuras de acción colectiva propias como fuerza de negociación política marcan la apertura que refleja esta época.

Contra la globalización desde arriba del capital, los miembros de movimientos sociales mundiales y activistas cibernéticos han estado intentando llevar a cabo una globalización desde abajo mediante el desarrollo de redes de solidaridad y la propagación de ideas y movimientos de oposición en todo el planeta (Brauer,2016, p. 35).

Redes continentales y medios digitales

La idea de que internet constituye una nueva herramienta política con el potencial de transformar las formas de gobierno y el vínculo de las personas ciudadanas con el poder, demuestra cómo la cultura encuentra siempre su propio camino y utiliza las estructuras establecidas para adecuarlas a sus propias necesidades. El potencial que tiene la internet como un instrumento de democratización de la vida política y de construcción de nuevas formas de poder y ciudadanía ya no es cuestionable. Así pues, demuestra cómo este instrumento ha generado nuevos procesos culturales en el intercambio de la información y la manera en que se discuten las decisiones políticas por parte de la sociedad civil, ya sea a través de chats, blogs o redes sociales.

Juris considera que las redes sociales digitales no son inherentemente democráticas pero poseen una afinidad potencial con valores igualitarios, relaciones horizontales y coordinación descentralizada (Juris, 2008). Señala cómo el activismo transnacional de los movimientos altermundistas hasta las nuevas tecnologías digitales de comunicación e información, ocupan un lugar decisivo en la organización de la acción colectiva de los grupos que se oponen a la globalización corporativa. Estos grupos encuentran en las redes digitales no solo una plataforma para el intercambio de información sino también un ideal cultural y un modelo de acción y organización política.

Estudios sobre las redes sociales han demostrado que más allá de ampliar los rangos de acción y obtener más conocimiento sobre otras temáticas, lo que hacen las redes es conectar a usuarios con características e intereses similares. Lo que quiere decir que lo que se amplía es el rango de lo conocido para tener acceso a un conocimiento en profundidad a la hora de la toma de decisiones en torno a la acción colectiva. “La masificación de internet acrecentó considerablemente su dimensión cotidiana, familiar donde las comunidades virtuales lejos de reunir desconocidos a través del mundo reúnen internautas que viven cerca unos de los otros” (Cardon, 2016, p. 29).

La democratización de internet se efectúa desarmando progresivamente estas distancias. El avance de las redes sociales en general ha estimulado esta yuxtaposición entre identidades y contenidos publicados. También ha contribuido a llevar al espacio público el tono y los temas de las conversaciones comunes. Este mundo virtual entrelazado con la vida cotidiana condiciona a que lo que esté en el ámbito de lo público sea lo que existe. “La dimensión comunitaria de internet debe mucho a la manera en que los usuarios han hecho salir su comunicación privada del canal cerrado que la protegía para compartirla con otros, preservando siempre una suerte de entre-yo” (Cardon, 2016, p. 54).

La nueva comunidad

Es ahí donde surge una nueva posibilidad en la concepción de comunidad. Vista desde las relaciones que gesta y el significado que se le atribuye a esta interacción. Comunidad en el sentido ampliado como “un conjunto existente de relaciones que implican una conexión, como parentesco, herencia cultural, valores y objetivos compartidos, sentida como “más orgánica” y “natural” y por ende más fuerte y profunda que una asociación racional o contractual de individuos como es el mercado o el Estado” (Yúdice, 2005, p. 51).

El Movimiento Latinoamericano Cultura Viva Comunitaria ha impulsado una articulación en red que ha generado que su acción colectiva adquiera un carácter transnacional. Este mismo, como se explicó con anterioridad, se produce debido al compromiso adquirido por sus miembros para vincularse a partir de una agenda común. Esta incentiva la aparición de distintas expresiones y productos culturales que van adquiriendo un valor político en cuanto acción y discurso se enuncian para tales fines.

Sin embargo, para que esta acción colectiva se desarrolle fuera y dentro de sus territorios es necesario cimentar no solo las bases identitarias e ideológicas sino también un sentido de comunidad. Una asamblea de personas puede llegar a formar una comunidad pero no por el hecho de reunirse es una comunidad. Sin embargo, la asamblea desde el momento en que se reúne tiende a hacer cuerpo, a formar una masa sólida que va creciendo. Esa fuerza viva como motor de acción se manifiesta en diversas circunstancias y los congresos en este caso, son el germen de esta acción colectiva.

Los Congresos Latinoamericanos de Cultura Viva Comunitaria impulsan ese crecimiento en la medida que se suman nuevos colectivos y se van tejiendo puentes entre organizaciones dentro y fuera de los territorios. En ese sentido, el concepto de comunidad está atravesado por una serie de subdivisiones que se amplían ahora al ámbito virtual y que exponen nuevas posibilidades de interacción cada vez más vinculantes y profundas.

Las redes a su vez contribuyen en la subdivisión de este concepto que antes partía de un espacio físico concreto que incentivaba el vínculo y hoy lo que incentiva el intercambio tiene otros motivos. Sin embargo, la interacción aunque sea en un espacio virtual es lo que genera un sentido de comunidad. No son las características de los individuos sino sus vivencias las que estimulan poder abrirse a la expresión y experiencia del otro e incorporar su perspectiva a la propia.

Ya sea para reforzarla, para ampliarla o para cambiarla, este acto de reciprocidad es necesario para que la vinculación sea significativa y genere el compromiso requerido para el abordaje colectivo. La empatía en términos identitarios es lo que potencia el compromiso político que se necesita para demandar a los Estados un espacio de participación e intercambio más equitativo.

Democracia desde la equidad

Rosanvallón (2015c) plantea en su libro “La sociedad de iguales” que se está produciendo una desnacionalización de las democracias dado que la crisis de la idea de igualdad modifica en todas partes los datos del enfrentamiento partidario. No es posible contentarse con saber de su existencia ni divulgarlo, pues esto no hace que nada cambie. Sin embargo, darle relevancia es un inicio. La crisis de la igualdad entendida como una manera de construir sociedad, de producir y hacer vivir lo común fue considerada como una cualidad democrática articulada a través de la similitud de personas, la independencia en términos de autonomía y la ciudadanía vista desde una comunidad. Sin embargo, los principios que sostiene Rosanvallón de la singularidad, la reciprocidad y la comunidad pueden restituir ese sentido partidario y refundar el proyecto democrático integral.

La idea de una sociedad de iguales remite a una forma de relación social, un tipo de sociedad en la cual nadie es sometido a la voluntad del otro. Esta autonomía no se confunde con un “individualismo” comprendido como un estado de separación frente a otro, no es un atributo individual. Solo adquiere sentido en cuanto capacidad social. Ser autónomo es poder inventar su vida, existir como sujeto responsable de sí mismo, la autonomía individual implica por lo tanto una garantía social (Rosanvallón, 2015c, p. 41).

La ciudadanía se ve expresada en el modo de inclusión y de participación que se elige dentro del sistema democrático. “El ciudadano es considerado bajo las dos formas de aprehender al sujeto: portador de derechos propios y miembro de una comunidad” (Rosanvallón, 2015c, p. 55). La relegación de las diferencias a un segundo plano ante la aceptación de la construcción de la democracia a partir de una igualdad imaginaria, no se llegó a concretar pero es un ideal que se mantiene. Según Rosanvallón su abordaje debe ser modificado con el fin de encontrar otras maneras de solventarlo dado que el abordaje tradicional se ha visto cercado e invisibiliza lo que sucede en la realidad.

Rosanvallón (2015c) resalta que la idea de común no puede ser asimilada a la construcción de una identidad “ya que es una manera pasiva y conservadora que no permite esclarecer un porvenir y dar sentido a un mundo nuevo, para eso hay que complicar la idea de común, declinarlas en sus diferentes dimensiones posibles: la participación, la intercomprensión y la circulación”(p. 350). La participación como el hecho de vivir acontecimientos juntos, la intercomprensión como el hecho de un conocimiento recíproco. La circulación como un reparto del espacio, del orden de una civilidad productora de conocimiento difuso y de intercambios furtivos y de un ethos igualitario. Acá diferentes versiones del ser comunitario se ven reflejadas en los colectivos integrantes del MLCVC donde el sentido de pertenencia tiene que ver con el tipo de relaciones que se gestan y cómo estas son trascendidas por sus integrantes con la inocencia y la confianza de quien empieza un nuevo camino en compañía.

Estas diferentes formas de producción de lo común contribuyen al enriquecimiento de la comunalidad (…) lo común, incesantemente hay que insistir en esto, no es del orden de la propiedad, sino de una relación. Una comunidad se comprende de esta manera como un grupo de personas unidas por un lazo de reciprocidad, un sentimiento de exploración concertada del mundo, el compartir un entrecruzamiento de experiencias y de esperanzas (Rosanvallón, 2015c, p. 351).

Esta visión plural de la igualdad es una perspectiva contemporánea que no contradice su tradición pero sí busca reivindicar algunas concepciones que habían sido ocultadas por la perspectiva clásica y que imposibilitaban el diálogo para la ampliación del abordaje desde la política cultural. Es por ello que Rosanvallón (2015b) sostiene que la renacionalización de las democracias como una nueva forma de analizar los procesos democráticos en Latinoamérica puede refrescar el abordaje que incentiva un accionar de una manera más equitativa e inclusiva. Posibilitando así la participación de sectores de la población que habían sido excluidos.

El desarrollo de formas contrademocráticas y el trabajo de lo político, condicionan la apertura a otras dimensiones más allá del conjunto de principios y procedimientos que rigen: la participación, la representación de los ciudadanos, la legitimación de los poderes, así como los mecanismos de responsabilidad y de reactividad que vinculan al gobierno y a la sociedad. “La dimensión contrademocráticas resulta del conjunto de prácticas de control, de obstrucción y de juicio a través de las cuales la sociedad ejerce formas de presión sobre los gobernantes, definiendo el equivalente de un magisterio paralelo e informal, o incluso un poder corrector” (Rosanvallón, 2015a, p. 281).

En ese sentido, el MLCVC busca no solo generar esa fuerza de presión sino que también desea ser tomado en cuenta como sujeto político que desde su experiencia puede nutrir las propuestas estatales. No obstante, como actor político minoritario sigue en la lucha de legitimar su protagonismo para así ser parte de la mesa de diálogo.

Desde la democracia representativa de los años 1980, la democracia deliberativa de los años 1990, hasta la propuesta de la contrademocracia, se busca alimentar el proyecto democrático ahora influido por la globalización y la interacción virtual de las redes. Todavía habría que avanzar en una dimensión funcionalmente contestataria de la contrademocracia como recurso político más activo y útil para realmente sentir que esta propuesta llega a incidir dentro del ejercicio de la ciudadanía.

Sin embargo, por el momento esta propuesta ofrece un marco coherente para apreciar la acción de la sociedad civil en espacios diferentes y el deseo de fungir otro rol ciudadano. Este cambio de acción ciudadana es fundamental desde la propuesta del MLCVC en cuanto parte de organizaciones que por mucho tiempo han articulado de manera independiente, pero que a raíz de su participación dentro de esta iniciativa han reconsiderado su relación con sujetos políticos y han sugerido sus propios mecanismos de diálogo para la acción colectiva.

El trabajo de lo político consiste en la actividad reflexiva y deliberativa a través de la cual se elaboran las reglas de constitución de un mundo común: determinación de los principios de justicia; arbitraje entre las situaciones y los intereses de diferentes grupos; modos de articulación de lo privado y lo público (Rosanvallón, 2015a, p. 282).

Finalmente, Rosanvallón (2015b) plantea en “El buen gobierno” que la manera que ha sido abordado el proyecto democrático ya no se sostiene, ya que invisibiliza los procedimientos y no aporta al entendimiento de los cambios coyunturales de la contemporaneidad. Seguir esa misma línea limita su comprehensión cuando ya existen otras perspectivas que no se han estudiado u otras maneras de ver el mismo fenómeno que pueden impulsar un cambio en su mirada.

La democracia de ejercicio tiene un carácter funcional, en el sentido de que no sobreviene en un campo marcado por divisiones estructurantes, ya se trate de oposiciones ideológicas o de conflictos de intereses. La meta a la que aspira es a priori consensual y sus métodos pueden cosechar la aceptación del mayor número de personas (Rosanvallón, 2015b, p. 352).

Esta teoría de la democracia no es contraria sino que es complementaria. Fue fundamental en el análisis del fenómeno de estudio en cuanto le dio sentido a la propuesta en términos de la acción colectiva. Dentro de esta perspectiva hay cabida para que la sociedad civil se empodere y protagonice un camino común. Urfalino propone la deliberación y el consenso en la búsqueda de un diálogo y un ejercicio político más reflexivo y consciente de sus implicaciones en términos del compromiso colectivo.

La propuesta de una práctica deliberativa concreta a través de las plenarias del MLCVC evidencia la existencia de diferentes roles y jerarquías en la situación deliberativa haciendo más nutrida y menos idealizada la descripción de la deliberación. Esto como un modelo inclusivo que accede la consideración de otros discursos, herramientas y competencias, para que otros que no las tienen puedan también participar. Es poner a disposición de los demás lo que carecen para que quienes no tienen competencias no permanezcan excluidos.

Deliberación y consenso en la decisión colectiva para la acción transnacional

Como se ha comentado con anterioridad, una de las herramientas con mayor potencial político es la práctica que han desarrollado los colectivos dentro del MLCVC para la exposición de sus experiencias, las soluciones recomendables a sus problemáticas y las propuestas de acción colectiva. Todo esto abordado en los llamados “Círculos de la Palabra” y en las plenarias de los encuentros. La síntesis de los distintos círculos se formaliza en una agenda como plan de trabajo. Esta queda en firme a través de la toma de acuerdos colectivos después de la deliberación y la definición de consenso.

A través de la toma de decisiones por consenso se priva a la decisión mayoritaria a expensas de la minoría, ya que se distingue entre la unanimidad de la decisión y el consenso. En este último caso lo que se busca es que ocurra la ausencia del desacuerdo. Lo que interesa no es que todos y todas estén de acuerdo, sino que se comprenda por qué y para qué están consintiendo y con qué sentido se exponen las posiciones y experiencias particulares que vienen a aportar al todo.

Lo que distingue al consenso de la unanimidad es que el primero no es la sumatoria de las opiniones individuales, es decir, no cabe considerarlo desde el punto de vista individualista en el que cada ciudadano posee un fragmento igual de soberanía. La unanimidad es el acuerdo explícito de todos y solo se consigue adicionando las opiniones individuales. El consenso es de otro orden, porque hace pesar más las razones, los argumentos por sobre el fragmento de soberanía que le corresponde a cada uno, integrando la deliberación en la decisión en lugar de disociarlas (Urfalino, 2013, p. 14).

La deliberación como proceso de negociación en vistas a resolver un conflicto es muy importante. Pero en el caso analizado del MLCVC lo que propone Urfalino, sobre la deliberación en miras de acordar un contrato de cooperación, es fundamental ya que es el pilar de funcionamiento de la propuesta continental. En ese sentido, el compromiso significativo que lleve a una acción con intención es lo que potencia que la acción colectiva propuesta tenga un carácter transnacional.

La decisión propiamente dicha no es, ni el conjunto del proceso, lo que colabora con la decisión, ni lo que resulta de ella, la acción que ha sido decidida: hay decisión cuando entre la deliberación, por un lado, y la acción, por el otro, se interpone la determinación de una intención. Una Clarificación del concepto de decisión conduce así a poner de relieve la noción de cierre de la intención de actuar(Urfalino, 2013, pp. 73-74).

Aunado a eso, lo que hace legítimo ese acuerdo no es solo el compromiso adquirido sino la ausencia de un desacuerdo que otorga un cierre a la discusión y, por ende, la aparición de la decisión tomada.

El consenso es, además, aparente en el sentido de que aparece. La decisión por consenso aparente supone dos cosas: el enunciado de una propuesta y la constatación de que no es rechazada. El carácter patente de la ausencia de expresión de desacuerdo es esencial: es lo que permite que la decisión pueda ser cerrada colectivamente (Urfalino, 2013, p. 76).

La decisión, como clausula normativa en el marco de una agenda en común, implica comprometerse colectivamente y no individualmente, ya que no solo implica intención de acción sino comprobación colectiva de que la acción fue realizada. Es por esta razón que las acciones colectivas logran sumar no como acciones aisladas, sino comprometidas con un objetivo común que se realizará en un tiempo distinto al tiempo de la decisión.

La búsqueda de un cuerpo deliberante colectivo, es la prueba de que la acción sí puede alcanzar otras dimensiones más allá del territorio. A su vez en territorio también puede adquirir relevancia, si la relación colectiva tiene referencia a su entorno, pero una intencionalidad colectiva a su vez está en función de un objetivo común. “Un cuerpo deliberante tiene siempre algunas funciones fijadas por sus miembros o asignadas desde el exterior. Estas funciones o estos fines no le son simplemente agregados, le son constitutivos: motivan y justifican su existencia” (Urfalino, 2013, p. 170).

Esta relación con los territorios desde los colectivos participantes dentro del MLCVC, estimula el cuestionamiento al modelo estructural de base. A partir de la deconstrucción de los imaginarios hegemónicos y la construcción de una nueva hegemonía latinoamericana, se sugiere la apertura de un portillo hacia un diálogo asertivo con los Estados para la formulación de políticas de base comunitaria.

Ahora bien, según Rosanvallón con quien concuerdo, en el fondo esta propuesta no trata sobre la resistencia, sino sobre cómo desde la sociedad civil y a raíz de cómo ha ido cambiando la estructura democrática de los países latinoamericanos, se ha visibilizado la necesidad de accionar desde una democracia de apropiación. Esta misma con el propósito de hacer evidente la posición cómoda de los Estados latinoamericanos de necesitar del aporte del ciudadano en miras de la elección de un gobierno de turno y no como parte de la construcción de un proyecto de sociedad integral, donde no se mire o culpe a un color político en específico.

Los casos abordados en esta investigación evidencian lo que hace mucho tiempo se viene discutiendo desde la academia y es que, para continuar avalando el sistema democrático actual, se deben ejecutar ciertas modificaciones en la manera de asignar los roles y legitimar procesos colectivos que demuestran la idoneidad de sus portavoces, como sujetos políticos. Si los mismos colectivos desde sus territorios no han logrado este nivel de atención, entonces la propuesta del MLCVC puede ser ese portillo que visibilice la urgencia y estimule un espacio de construcción mancomunado.

La generación de una nueva cultura a través de intercambios sistémicos que parten de un arraigo territorial compartido, pero vivido desde la dimensión latinoamericana, ejemplifica las posibilidades que ofrece hoy la interacción a través de la virtualidad. Así mismo, revela cómo la afinidad de intereses y decisiones en el estilo de ejercer la vida cultural desde la visión del Buen Vivir está presente en diversas realidades latinoamericanas.

El compartir un sentido de identidad a raíz de la creación colectiva, el intercambio de productos culturales, de dinámicas específicas y de acciones delimitadas por una agenda común es avalado a través de la toma de decisiones por medio de la deliberación y en consenso. Funge como una estrategia de negociación que permite la institucionalización del MLCVC como sujeto político.

En este sentido la esfera cultural como tal debe ser reivindicada en su presencia, su relevancia, su autonomía relativa y sus potencialidades. El derecho a la cultura y a la identidad que las políticas culturales debieran consagrar, se vuelve así un derecho a la existencia y a la dignidad del ser reconocido, que hace que a esa existencia que vale la pena transcurrir la llamemos vida (Bayardo, 2011, p. 4).

La existencia de programas de cultura como Puntos de Cultura e IberCultura Viva crean agencias en las redes estudiadas tanto de Costa Rica con en Argentina. La propuesta continental en territorio se ve posibilitada gracias a estos aliados estratégicos. La meta de una ley general de cultura ha facilitado acciones más concretas como el apoyo y creación de políticas municipales con participación ciudadana como en el caso de Costa Rica o vinculaciones nacionales en el caso de Argentina.

Todavía falta mucho camino por recorrer pero hasta el momento el MLCVC ha reconocido la reflexión sobre la necesidad de ampliar el espectro de las políticas culturales a otros sectores de la población. No solo para obtener subsidios que brinden continuidad a iniciativas comunitarias sino que visibilicen la labor de las personas que se dedican a la gestión cultural.

La propuesta de la CVC se basa en una participación activa y con conocimiento de cómo ejercer la ciudadanía. Se procura circular este conocimiento dentro de la red, de manera que la acción colectiva de sus integrantes pueda trascender las fronteras y lograr en la unión latinoamericana el reconocimiento como actor político en territorio (ver ilustración 10).

Ilustración 10. Demostración

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Elaboración propia.

En el apartado siguiente se detallan las principales conclusiones obtenidas de esta investigación, así como la discusión del alcance de los casos analizados entre las redes de ambos países. Esto con la finalidad de dar un cierre a esta discusión y orientar las nuevas interrogantes que surgen al profundizar en esta temática.



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