¿Deben los seres humanos someterse a la fría lógica de las maquinarias, o puede la tecnología ser rediseñada de modo sustancial para servir mejor a sus creadores? Este es el problema de fondo del que depende el futuro de la civilización industrial.
Andrew Feenberg, 2002: v
“No funciona el sistema. Venga otro día”. En sus diferentes variantes, todos hemos escuchado esta negativa lacónica y categórica, que se convirtió en un lugar común al momento de enfrentarnos a las ventanillas virtuales y presenciales para iniciar algún tipo de trámite. Lo curioso es que, de tanto uso, parece ser ya un límite infranqueable: no hay sistema, entonces no se podrá hacer nada; venga otro día. Así, sin casi darnos cuenta, toda una serie de prácticas sociales se van instalando sigilosamente en nuestros modos de comunicarnos y vincularnos: clavar el visto, scrollear, recibir mensajes laborales a la medianoche, trabajar desde casa, organizar un ejército de máquinas domésticas…
Agrupadas así, sin orden ni lógica, estas prácticas se vuelven un solo bloque amorfo, una especie de entidad ininteligible que organiza la vida social, prácticamente sin ningún tipo de cuestionamiento. Ya se trate de la negativa a acceder a documentación, a una gestión administrativa o a un tratamiento médico, la expresión condensa una percepción y concepción particular del sistema informático empleado. La expresión ilustra, desde una experiencia personal y compartida, el problema que deseamos abordar aquí: el sistema delimita las acciones posibles e imposibles en la práctica administrativa.
La expresión, tan livianamente emitida en diferentes ámbitos, cumple la función de marcar un límite frente al cual, pareciera, no se puede hacer nada; o, actualizando la expresión wittgensteiniana, “los límites del sistema tecnológico son los límites de mi mundo”.
Esta situación propia de nuestra vida cotidiana se da en el marco de las sociedades posindustriales, en las que los sistemas tecnológicos han adquirido el estatus de ambiente. La mediación tecnológica configura las prácticas sociales desde las más simples y cotidianas hasta las más complejas estructuras de comunicación. Además, los sistemas tecnológicos actuales se asumen como criterio para medir el nivel de riqueza y bienestar de una nación y de ahí que se considere “desarrollada” o “subdesarrollada” en función del grado de incorporación y producción de determinados sistemas técnicos considerados “de punta” (Mitcham y Mackey, 2004; Quintanilla, 2005; Winner, 2004).
Ahora bien, justamente una de las funciones de la filosofía es desarticular la obviedad de las condiciones sociales y poner en tela de juicio las andaderas materiales e ideológicas por las que transitamos sin demasiada reflexión o crítica. En palabras de Horkheimer:
La verdadera función social de la filosofía reside en la crítica de lo establecido. Eso no implica la actitud superficial de objetar sistemáticamente ideas o situaciones aisladas, que haría del filósofo un cómico personaje. Tampoco significa que el filósofo se queje de este o aquel hecho tomado aisladamente, y recomiende un remedio. La meta principal de esa crítica es impedir que los hombres se abandonen a aquellas ideas y formas de conducta que la sociedad en su organización actual les dicta. Los hombres deben aprender a discernir la relación entre sus acciones individuales y aquello que se logra con ellas, entre sus existencias particulares y la vida general de la sociedad, entre sus proyectos diarios y las grandes ideas reconocidas por ellos (Horkheimer, 1972: 264).
Así, es una tarea crítica de la filosofía pensar la condición tecnológica de las sociedades contemporáneas, que permea cada una de nuestras prácticas cotidianas, nuestros modos de vincularnos y de comunicarnos; condición tecnológica tan estrecha y obvia que se ha aceptado y naturalizado sin cuestionamiento. Esta aceptación acrítica del modelo tecnológico actual representa un peligro no solo para el medioambiente, sino también para los ámbitos sociales y políticos.
A pesar de que diversas organizaciones e instituciones intentan luchar contra los daños producidos por los sistemas tecnológicos (como Greenpeace, Amnistía Internacional, oficinas de defensa al consumidor, organizaciones de protección de los derechos de los pueblos originarios…), advertimos la ausencia de una reflexión crítica, sistemática y profunda de las transformaciones tecnológicas y la necesidad de participación activa en los procesos de diseño en los espacios públicos, científicos, tecnológicos, formativos, políticos y gubernamentales.
Esta situación me llevó a indagar, en el ámbito de la filosofía de la tecnología, cuáles de las teorías actuales sobre la tecnología proporcionan un marco teórico adecuado para pensar y proyectar un modelo de desarrollo tecnológico democrático y más equitativo. Y, por otra parte, cómo podía examinar estas discusiones de una manera que sean accesibles a quienes estén interesados en la temática, más allá del ámbito de la formación filosófica. Así pues, decidí publicar este libro, que fue resultado de una investigación doctoral bajo la dirección del Dr. Ing. Héctor Gustavo Giuliano (UCA, UNLP) y de la Lic. Celia Medina (UNT), con algunas modificaciones y la introducción del último capítulo, que propone el concepto de “apropiación colectiva del diseño tecnológico”.
El enfoque de este libro se orienta a una filosofía política de la tecnología. En esta línea, los sistemas sociotécnicos no representan un límite infranqueable a la acción humana, sino que pueden efectivamente tomar otros cursos y líneas de producción guiados por valores y criterios diferentes, tales como la equidad social, el respeto por la diversidad cultural, la distribución equitativa de bienes, la participación democrática en las decisiones, etcétera. La configuración capitalista que históricamente alcanzó el avance tecnológico no le es inherente ni necesaria, puede ser transformada pero esto requiere asumir una posición política clara frente a las tecnologías actuales, según la cual se reconozca y discuta críticamente qué criterios y decisiones políticas y culturales están estructurando nuestras prácticas sociales cotidianas, comunitarias y estatales.
En este marco, la preocupación de fondo es cómo transformar la tecnología para generar mejores condiciones sociales y culturales (y no solo medioambientales). Es decir, asumo que es posible una transformación en el sistema tecnológico, en lugar de aceptar la idea de que la tecnología sigue su propio curso sin participación alguna de los actores sociales.
Diversas ciencias sociales, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología y la filosofía de la tecnología han elaborado distintas teorías sobre el desarrollo tecnológico capitalista actual. Sin embargo, no considero aquí las perspectivas puramente instrumentales, porque obstaculizan la comprensión crítica y responsable de los procesos de diseño y producción tecnológica, ya que sostienen que la tecnología es neutral y funciona como una herramienta, relativa a los fines que persiga. Tampoco adhiero a las lecturas desde la perspectiva ética, pues cargan las limitaciones, excesos y abusos de la tecnología en la responsabilidad colectiva o individual, de modo que dejan libradas las decisiones a la buena voluntad de quienes operan en los sistemas tecnológicos. Como soluciones, proponen principios de precaución en la investigación tecnológica o comités éticos de evaluación de tecnología, que consideramos insuficientes −por individuales y poco eficaces− para regular, legislar, administrar y debatir políticamente las prácticas tecnológicas que posicionan a los sujetos en situaciones de pobreza, subdesarrollo, marginalidad frente a grupos privilegiados, desarrollados y dominantes (Medina, 2015).
No todas las perspectivas filosóficas sobre la tecnología han logrado explicitar claramente cómo es posible abandonar la lógica instrumental que rige en los sistemas tecnológicos actuales; cuestión que considero esencial para pensar la tecnología de manera política y no exclusivamente descriptiva. Por ello, quizás sea necesario renunciar a los enfoques instrumentalistas y enfrentar de manera sistemática y rigurosa una perspectiva política y crítica de la tecnología.
En consecuencia, el libro se enfoca en las relaciones de poder que se van entramando en los sistemas tecnológicos y la multiplicidad de factores, no solo técnicos y económicos, que configuran dichas relaciones. Por ello, el marco apropiado para efectuar esta interpretación es la teoría crítica de la tecnología de Andrew Feenberg (1991, 1999, 2002, 2010 y 2017), que hunde sus raíces en la Escuela de Frankfurt. Esta teoría desnaturaliza los sistemas tecnológicos actuales y permite pensar qué cambios políticos habría que efectuar para transformar la tecnología.
En este contexto se inscribe el aporte de la apropiación colectiva de la tecnología. En primer lugar, porque esta teoría propone concretamente la posibilidad de la transformación tecnológica a raíz de una crítica inicial al estado actual de las sociedades contemporáneas, esto es, no asume una posición pesimista e inactiva respecto de la tecnología. En segundo lugar, porque sus propuestas de análisis histórico se alejan de consideraciones metafísicas o esencialistas y permiten caracterizar un proyecto tecnológico concreto, que él denomina democratización de la tecnología. Finalmente, porque comparto ideológicamente la concepción crítica de la tecnología capitalista y el énfasis en la necesidad de su transformación.
En líneas generales, la propuesta del libro es examinar algunas ideas claves del autor: la tecnología actual se va construyendo en un proceso de instrumentalización, basado en criterios exclusivamente técnicos y económicos, que otorga cierta autonomía operacional (capacidad de acción y decisión) a grupos dominantes y deja un margen de maniobra limitado a otros grupos respecto del diseño y la producción tecnológica. La transformación de este modelo de desarrollo implica una instrumentalización secundaria que permite cargar con otros valores al sistema tecnológico, culturales, medioambientales y estéticos, y así lo enmarca en un proyecto más vasto de democratización tecnológica que supone la ampliación de la autonomía operacional de los grupos marginados en los procesos de toma de decisiones (Feenberg, 1999 y 2002). Finalmente, incluyo un aporte personal a la teoría crítica de la tecnología que consiste en la formulación de la apropiación colectiva de la tecnología como propuesta de intervención y participación democrática en el diseño.
Mi interés está centrado en aproximar estas discusiones a quienes sientan curiosidad por el campo de la filosofía de la tecnología contemporánea. Por ello, presento de manera sistemática y organizada el contenido de esta obra, centrado en los aportes conceptuales de los debates sobre los temas generales y específicos de la perspectiva política de la tecnología. En este sentido, hay un enorme esfuerzo didáctico y clarificador de las interpretaciones y conceptos acuñados por Feenberg para explorar un problema que trasciende las fronteras epistémicas tradicionales y requiere del ejercicio de discusión transdisciplinar.
En líneas generales, el libro está organizado en capítulos introductorios a conceptos y discusiones del campo de la filosofía de la tecnología y luego, en un grado creciente de complejidad, en apartados más específicos sobre la teoría crítica de la tecnología, para culminar con un aporte personal a la teoría. Así pues, en el capítulo 1 se examina la noción de tecnología y su articulación con otros conceptos –técnica y ciencia, tecnociencia y Big Science–, especialmente con el de práctica tecnológica, que constituye el punto de partida y la manera en la que se aborda la perspectiva política en todos los aspectos presentados. En el capítulo 2, presento una sistematización del campo de la filosofía de la tecnología a partir de dos ejes, uno temático y otro de corrientes de pensamiento. En el eje temático se plantean tópicos específicos de discusión, a saber, neutralidad, autonomía, determinismo tecnológico, optimismo y pesimismo tecnológico. En referencia al segundo eje, examino inicialmente tres criterios de clasificación de las corrientes y respuestas a estos problemas, para reversionar el propuesto por Feenberg (1991 y 2002), que divide las perspectivas en instrumentales, sustancialistas y críticas. Desde el capítulo 3 en adelante, me remito directamente a la teoría crítica de la tecnología de Andrew, comenzando con una presentación del autor y su obra de manera general. En el capítulo 4, identifico la articulación de la obra de Feenberg con las críticas desarrolladas por la Escuela de Frankfurt, tradición en la que inscribe su teoría; aquí se exploran las relaciones en torno a conceptos como capitalismo, modernidad y racionalidad, progreso y determinismo tecnológico, socialismo, sujeto y agencia, autonomía operacional y margen de maniobra y democratización. En el capítulo 5, presento la crítica al diseño tecnológico, aporte específico y novedoso de Feenberg a la teoría crítica, también a partir de nociones básicas como ambivalencia, código técnico, diseño tecnológico y la teoría de la instrumentalización. El capítulo 6 recoge los casos de análisis dispersos en la obra de Feenberg, para mostrar cómo se aplican metodológicamente los conceptos básicos a situaciones y experiencias históricas concretas. Estos casos son: la experiencia de Videotex, las transformaciones en tratamientos a pacientes con HIV, experiencias de educación online, internet y las movilizaciones ecologistas. Finalmente, en el capítulo 7 presento un aporte a la teoría crítica de la tecnología a partir del concepto de apropiación colectiva del diseño tecnológico, considerando algunos aportes de la noción de “autoría del pensamiento” de Alicia Fernández y de “infraestructuras de afincamiento” de Mario Blaser. Añado en anexo una entrevista realizada a Andrew Feenberg, que aclara algunos aspectos de su teoría y la proyección de futuros trabajos.[1] Además, la entrevista fue utilizada para cotejar las interpretaciones del autor con la nuestra, la validación de la estrategia de abordaje empleada en los capítulos de desarrollo de la teoría crítica de la tecnología y la anticipación de la línea de trabajo intelectual en los proyectos futuros de Feenberg.
En referencia al campo específico de la filosofía, este libro presenta una teoría reciente, que aún no ha sido completamente traducida al español, y que invita a la discusión de los últimos debates en filosofía de la tecnología, específicamente, en la corriente política. Dada la raigambre frankfurtiana de Andrew Feenberg, su estudio supone una integración de los aspectos antropológicos, éticos, metafísicos, epistemológicos en un marco de discusión política.
Todo el esfuerzo de clarificación y esquematización está orientado por la finalidad de constituir un marco teórico compartido que habilite el diálogo y la reflexión sobre la praxis tecnológica. Entiendo que una de las tareas de la filosofía es la búsqueda de nexos y andamiajes conceptuales mediadores entre la práctica tecnológica real y los ideales normativos de la teoría crítica. En ese sentido constituye, para mí, el punto de partida para futuros trabajos transdisciplinares.
El aporte final, presentado en el capítulo 7, consiste en el ejercicio de creación de una categoría nueva para examinar específicamente las condiciones de acceso al diseño tecnológico, que constituyen un problema fundamental para los sujetos que políticamente se ubican como consumidores y receptores de diseños extranjeros. Puntualmente, dentro de esta dinámica, mi enfoque está centrado en pensar cómo activar espacios de autoría del diseño en comunidades que históricamente deben luchar por el reconocimiento de su imaginación, su discurso y su producción artística tecnológica.
- La entrevista fue realizada en el año 2018, por medio electrónico, y se adjunta como anexo traducida al español. En adelante, todas las referencias con este año de publicación se remiten a ella.↵









