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2 Filosofía de la tecnología:
discusiones y corrientes

Aunque la reflexión filosófica de la tecnología ha estado presente en numerosos autores a lo largo de la historia, como disciplina o campo específico de debate y exploración conceptual se ha constituido recientemente junto con instituciones, programas de formación e investigación, ámbitos específicos de discusión. Algunos establecen el siglo XX como el período amplio de origen de la disciplina, otros identifican la década de los sesenta y setenta como la etapa de ebullición y cristalización de los debates específicos. Dejando de lado las propuestas más bien históricas, en este libro sugiero dos vías de acceso a la complejidad de la disciplina: una problemática, centrada en las discusiones y debates propios de la filosofía de la tecnología; y otra organizada por corrientes o líneas de interpretación, que agrupan las teorías por la definición y metodología empleada para el examen del fenómeno tecnológico.

Inicio con la exploración por problemas en cuatro zonas de debate: neutralidad, autonomía, determinismo y optimismo/pesimismo tecnológico. El orden de presentación o la categorización no implican ni una jerarquización ni una frontera delimitada entre cada uno de ellos. Advierto el carácter propedéutico y recortado de esta propuesta, invitando a considerarla un modo provisorio de identificar secciones o espacios de reflexión, para luego abordarlos en su intrincada e indisociable interconexión.

Tópicos de discusión

El carácter neutral tanto de la ciencia como de la tecnología ha sido discutido en diversos autores con un sinfín de matices. A modo de ilustración, considero brevemente dos reflexiones, a saber, la de León Olivé (2000) y la de Evandro Agazzi (1996), en las que la discusión sobre la neutralidad de la tecnología aparece muy ligada a su debate en el campo de la práctica científica.

Olivé distingue las teorías que defienden el carácter neutral de la tecnología −que llamaremos instrumentales− de las que la conciben como un sistema integrado de agentes, intenciones, fines, medios −sistémicas−. A diferencia de las últimas, las instrumentales sostienen que el científico y el tecnólogo se ocupan solo de desarrollar teorías y técnicas o artefactos que responden a ciertos fines, pero que, en definitiva, las elecciones de fines no son suyas, sino, en último término, de políticos o militares (Olivé, 2000: 86). El ámbito de las decisiones y la responsabilidad moral son ajenos a la práctica tecnológica y tienen que ver con las aplicaciones a que se destinan los artefactos o sistemas creados. Al considerarlas de este modo, ni el científico ni el tecnólogo pueden ser responsables del uso que se les da a sus obras, porque los productos en sí mismos no comportan una carga moral, son por ello valorativamente neutros. Esto tiene como consecuencia que, al considerar que la tecnología es neutral, “racional” y universal, no ponemos límites a la práctica y no alertamos de los peligros de esta excesiva libertad. En todo caso, esos riesgos son considerados ajenos a la tecnología misma y de ellos deberían ocuparse quienes toman las decisiones.

Olivé solo plantea esta neutralidad en términos morales, en tanto se refiere únicamente a la consideración de lo bueno y lo malo en la tecnología. Sin embargo, la neutralidad es mucho más amplia en tanto abarca también los ámbitos políticos, económicos, culturales e, incluso, epistemológicos.

Por otra parte, Agazzi señala que la neutralidad es atribuida por algunos autores a la ciencia, más no a la tecnología, ya que de acuerdo con la visión intelectualista la ciencia es el conocer y el saber puro, mientras que la técnica es el hacer, vinculado a los problemas morales (Agazzi, 1996: 92). Retoma la distinción entre ciencia y tecnología para mostrar que, a veces, algunos autores (como Bunge) asumen la neutralidad valorativa a la ciencia y la responsabilidad moral a la técnica. Así pues “la ciencia debe continuar siendo libre para procurarse nuevos conocimientos y descubrimientos, mientras que es justo vigilar a la técnica, de manera que con ella no se perpetre un mal uso de los conocimientos científicos” (Agazzi, 1996: 89). Esta comprensión fomenta entonces el camino libre de obstáculos y de límites para la práctica científica, puesto que “conocer no le hace daño a nadie”, mientras que la que debería limitarse y legislarse sería la práctica tecnológica.

Esta defensa de la neutralidad valorativa de la ciencia se ha relacionado con la idea de que una ciencia guiada por valores perdería legitimidad y objetividad y, por lo tanto, no sería un conocimiento fiable. Sin embargo, desde los años 60, en filosofía de la ciencia y en los estudios sociales de la ciencia se reconoce que la práctica científica no está exenta de influencias, de motivaciones, de metas, de condicionamientos; cuánto menos la práctica tecnológica. Aun así, independientemente de los sentidos que asignemos a la neutralidad y la objetividad, es posible obtener un conocimiento confiable del mundo.

Para Agazzi, podría haber una relativa neutralidad de la ciencia en cuanto a la investigación pura, sin embargo, señala que esto conduciría a ulteriores problemas acerca del empleo de la tecnología en dichas investigaciones, lo cual introduce ya valores en el seno de la práctica científica pretendidamente pura. De acuerdo con las tesis de este autor, debería plantearse la discusión observando casos particulares y no generalidades, pero advierte que no es fácil lograr este análisis, ya que tanto “ciencia y tecnología en nuestros días se han constituido realmente como entidades hipostasiadas […] como realidades omniabarcantes, de cara a las cuales no parece posible otra cosa que una aceptación o una repulsa en bloque” (Agazzi, 1996: 104). Esto sería fruto de la idealización de ambas y la única manera de evitar estos extremos es efectuando el camino inverso, un proceso de desidealización para poder plantear hasta qué punto la práctica científica y la tecnológica pueden avanzar sin restricciones morales o con libertad de condicionamientos en determinados ámbitos o situaciones.

En el caso de la práctica tecnológica, la defensa de la neutralidad suele presentarse en perspectivas de corte instrumentalistas, que desligan los procesos formales y exclusivamente técnicos de los fines para los cuales son empleados los dispositivos o mecanismos. Sin embargo, desde una perspectiva crítica, es preciso escudriñar en esos aparentes valores formales para descubrir en ellos las pautas socioculturales que las sustentan; así, un sistema técnico que sea más veloz, pequeño, elaborado con materiales livianos se observa, con el lente crítico, como un dispositivo que responde a necesidades muy concretas y específicas de un modo de producción social capitalista, en el que el consumo y el ritmo de producción marcan los tiempos y dinámicas compartidas. Más adelante, en referencia a la teoría crítica de la tecnología, este problema se presenta como el análisis de los sesgos formales de los sistemas sociotécnicos.

El problema de la neutralidad está asociado al de la autonomía: si la tecnología no tiene ninguna relación con la determinación de valores, fines o metas que alcanzar, no habría razones para evaluar con criterios éticos, políticos o ambientales su desarrollo interno, a lo sumo en lo que suele llamarse “ámbito de aplicación”. Entonces cabe la pregunta por las consecuencias de las visiones neutralistas respecto de los límites o condicionamientos de la actividad tecnológica. Si se trata del desarrollo de instrumentos o herramientas neutrales, entonces hay absoluta libertad para su desarrollo, en todos sus aspectos (moral y ético, político, económico, cultural, epistemológico).

Este problema, el de la “tecnología autónoma”, no se manifiesta solo en la filosofía, sino también en gran parte de la literatura de los siglos XX y XXI y en la cultura en general. Comienzan a discutirse los riesgos y peligros de una tecnología que avanza sin frenos, fogoneada por los imperativos de mayor producción y consumo. En la literatura y el cine, este temor aparece bajo una narrativa recurrente: la inversión de posiciones de los seres humanos respecto de sus creaturas, que se presentan ahora como las actuales tiranas:

Generalmente la tecnología actual genera tanto en el filósofo como en el hombre de la calle más desasosiego que complacencia. El desasosiego se traduce vívidamente en alguno de los mitos tecnológicos de nuestra época, como el mito de las máquinas pensantes, o el de la rebelión de las máquinas, es decir, de los robots (Quintanilla, 2005: 34).

Estas imágenes y mitos sugieren que la tecnología está incontrolada y se hace cada vez más fuerte la creencia de que debería ponérsele límites. La literatura y el cine, sobre todo de ciencia ficción (películas como Terminator, Matrix, Yo robot, Soy Leyenda o incluso series como Black Mirror), difunden masivamente la idea de una creación humana rebelándose a su creador y cumpliendo su propia voluntad, a costa de la libertad y el bienestar social. En el ámbito de la filosofía, este tema ha sido abordado por autores como Jacques Ellul (1954), Lewis Mumford (1997) y Martin Heidegger (1959), quienes describen el modo en que la tecnología va avasallando los ámbitos de la vida humana, reduciendo todo a un sistema basado en la eficacia, con un estilo autoritario, que somete todo al pensar calculador y a la explotación de la naturaleza, sin demasiados reparos y frente al cual el único margen de maniobra que le queda al hombre es la renuncia o el rechazo a su avance, que (de todos modos) es imposible modificar.

Un enfoque diferente, desde una perspectiva crítica, es el de Langdon Winner. En su obra Tecnología autónoma. La técnica incontrolada como objeto de pensamiento (1989), analiza la construcción ideológica del mito de la máquina que se rebela contra su creador impotente. Muestra la paradójica convivencia de la creencia de que los procesos tecnológicos manifiestan los mismos rasgos que los fenómenos físicos en cuanto a su evolución −irreversibles e ineluctables− y la idea de que los hombres pueden elegir plenamente, a conciencia y con responsabilidad sus opciones. Ambas creencias presentan el problema de la autonomía como un falso dilema: o la tecnología es autónoma o lo son los hombres, y cualquiera fuera la resolución, “alguna cosa debe ser esclavizada para que otra pueda emanciparse” (Winner, 1989: 30).

Para Winner, la paradoja muestra la incomprensión de la tecnología debido a que concebimos la autonomía como autogobierno y control de sí mismo. Unido a la idea de dominio, el problema de la autonomía en la tecnología aparece como la imposibilidad de poder controlarla, que está “irresolublemente limitada a una única concepción de la forma en que se ejerce ese control: el estilo del dominio absoluto, el control despótico del amo sobre el esclavo” (Winner, 1989: 29). Ahora bien, esta forma de comprender la autonomía como dominio absoluto a menudo implica tener una visión completa del objeto de control para efectivamente ejercer poder sobre él, lo cual es improbable en el flujo incesante y veloz de los sistemas tecnológicos actuales.

Y, sin embargo, al vasto mar de consecuencias involuntarias e indeseadas, las investigaciones en filosofía de la tecnología (como las de Heidegger y Ellul, o la de Hans Jonas) proponen, por un lado, soluciones absolutas y unitarias, desoyendo la enorme complejidad y diversidad de las prácticas tecnológicas, o, por otro, grandes revoluciones de conciencia, que consisten generalmente en cambios de actitudes. Ninguna de estas alternativas puede generar grandes cambios, según el autor.

Por eso, Winner propone pensar la tecnología desde perspectivas políticas, renunciando a las nociones de dominio y control como las entendemos (de modo despótico y autoritario), para retomar las interpretaciones, incluso antiguas, que conciben la capacidad de elección en la incertidumbre e imposibilidad de predicción, aceptando que los medios producen mucho más que lo que pueden nuestras capacidades humanas.

Otro de los grandes problemas de la filosofía de la tecnología es la descripción de la lógica de los procesos tecnológicos. Hay autores que, con diferentes tonos, presentan este flujo y evolución de los sistemas técnicos como un curso determinado por reglas propias. Así, para Ernst Jünger, Martin Heidegger, Lewis Mumford y Jacques Ellul, la transformación o alteración sustancial de su desarrollo es impensable y, en ocasiones, improbable.

Aunque se presente con diversos matices y no se trate de una noción claramente definida, Diéguez (2005) reconoce tres sentidos en los que aparece la tesis del determinismo tecnológico en los diferentes autores:

1) La tecnología determina los procesos sociales y el devenir histórico.

2) La tecnología está determinada por leyes naturales.

3) La tecnología se determina a sí misma: sigue un desarrollo autónomo (Diéguez, 2005: 77).

Feenberg, por su parte, señala que en el determinismo tecnológico hay dos tesis centrales: por un lado, la idea de que el progreso técnico es un desarrollo lineal y fijo, por etapas que no pueden alterarse; y, por otro, que las sociedades deben adaptarse a ese ritmo necesariamente; porque si bien es posible la resistencia al desarrollo tecnológico, solo se logra necesariamente pagando el precio del retraso económico (Feenberg, 1991: 122).

Respecto al último sentido que encuentra Diéguez −la tecnología se determina a sí misma y su desarrollo es autónomo−, aunque es el más extendido y “popular” en los medios de comunicación masivos y en los académicos, tiene tanto defensores como detractores, correspondientes a una actitud pesimista y optimista.

El determinismo tecnológico, en cualquiera de sus formulaciones, se desliga del problema de la posibilidad del cambio y la transformación de los procesos tecnológicos. Mientras más estrecha y rígida es la tesis determinista defendida, más se reducen las posibilidades de cambio frente a las innovaciones dañinas o no deseadas, lo que conduce, en última instancia, a la imposibilidad absoluta de transformación y al consecuente rechazo o abandono romántico de los sistemas tecnológicos. Por ejemplo, en el caso de Ellul, la tecnología ha adquirido el estatus de un ambiente natural, autodeterminado, del cual los seres humanos no pueden escapar (Ellul, 1954). En esta autodeterminación, el único valor que cuenta es el de la eficiencia técnica, cualquier otro valor está subsumido a este.

Winner, por otra parte, podría parecer determinista en un sentido más laxo que el de Ellul, aunque posteriormente suaviza tal posición. En Tecnología autónoma, afirma que la lógica del imperativo tecnológico explica que un grupo dominante controla las tecnologías, mientras que el resto permanece en el aletargado sonambulismo tecnológico sin intervenir en los espacios en que podría hacerlo (Winner, 1989). En La ballena y el reactor afirma que este hecho todavía puede modificarse, e introduce la noción de “formas de vida”, según la cual los hombres tienen la posibilidad de ejercer acciones y transformaciones, y “tratar de imaginar y procurar construir regímenes técnicos que sean compatibles con la libertad, la justicia social y otros fines políticos” (Winner, 1986: 73)

En la misma línea, Feenberg cuestiona la tesis determinista porque es una visión distorsionada de los procesos de diseño y producción tecnológica al omitir el origen y los cambios históricos y sociales de ciertas tecnologías. Esto es lo que llama un proceso de “cierre”, noción que aparece ya en las perspectivas constructivistas de la ciencia y la tecnología, como veremos más adelante (Feenberg, 1999: 11). En dicho cierre, los dispositivos o procesos tecnológicos son descontextualizados de su origen, se abstraen sus condiciones históricas y sociales, y aparecen como algo dado. Los procesos de diseño, producción y aplicación de las innovaciones tecnológicas quedan encubiertos en una “caja negra”. “Una vez que la caja negra se cierra, sus orígenes sociales son rápidamente olvidados […] el artefacto aparece como algo puramente técnico, incluso inevitable. Esta es la fuente de la ilusión determinista” (idem). Por ello Feenberg propone la comprensión histórica de los desarrollos tecnológicos.

Desde esta visión no determinista, la tecnología es una actividad social, por tanto, su dirección también lo es, no opera por sí misma. Gómez agrega que

el proceso que lleva a dichos inventos y sus ulteriores consecuencias tecnológicas parece tener lugar de modo más gradual y continuo, a la vez de ser el resultado del trabajo de muchos, cada vez más visualizable […] a medida que nos acercamos a la época actual (Gómez, 1997: 64).

A medida que los grupos sociales van modificando su curso surgen nuevos intereses, conflictos y resistencias. Que la tecnología busque resolver problemas prácticos no significa que no genere a su vez, en ocasiones, problemas mucho más complejos que los originales. De modo que no es evidente de suyo que el curso tecnológico describa un avance hacia el progreso, como tampoco lo es la sucesión de modificaciones abruptas.

Además, desde esta perspectiva histórica las tecnologías no son ni pueden ser analizadas en bloque, porque avanzan a ritmos, alcances y direcciones diferentes. No hay una línea de desarrollo única; por ejemplo, el modo capitalista de producción tecnológica es una posibilidad contingente y la que efectivamente ha expandido el crecimiento de algunos sistemas tecnológicos, pero no es necesario o inherente al crecimiento de una línea de producción técnica.

Los diferentes posicionamientos respecto a la tesis determinista y la posibilidad de un progreso tecnológico han dado lugar a dos actitudes antagónicas en el tratamiento de estas cuestiones. Por un lado, la actitud extremadamente optimista, en la que se elogia toda innovación tecnológica per se y, por otro lado, la actitud extremadamente pesimista, que rechaza todo producto tecnológico. La primera actitud da lugar a la tecnofilia, que “consiste en la actitud de amor a la técnica, en el entusiasta panegírico de la técnica, en el aplauso indiscriminado de todo lo que sea técnico y por el solo hecho de serlo” (Maliandi y Thüer, 2008: 240). La segunda actitud da origen a la tecnofobia, que considera que la tecnología representa riesgos para el medio ambiente y la vida humana, y sostiene que “todo lo técnico es ciertamente peligroso, y su peligro aumenta proporcionalmente con su grado de complejidad y sofisticación” (idem).

En general, las posiciones analíticas e instrumentales, que veremos en el apartado siguiente, defienden una posición optimista, sobre todo porque confían en el progreso de la tecnología, ya sea por acumulación creciente de conocimientos que facilitan la resolución de problemas prácticos, como sostiene el enfoque cognitivo, o porque la evolución técnica incrementa la cantidad y disponibilidad de herramientas y artefactos cada vez más sofisticados para la satisfacción de las necesidades y objetivos sociales, o porque los sistemas técnicos se complejizan a fin de permitir al hombre un dominio más amplio y efectivo sobre porciones cada vez mayores de la realidad (Quintanilla, 1997: 381). La posición optimista y tecnocrática de estos autores supone la ausencia de límites y condicionamientos en el desarrollo tecnológico, pues su avance estaría orientado hacia el objetivo deseado: el incremento de efectividad. Restringir tal camino sería obstaculizar el progreso.

La visión instrumental hunde sus raíces en el optimismo ilustrado, que concebía la tecnología como la herramienta más potente para el cumplimiento del ideal de progreso científico y humano. Si tomamos en cuenta la unión entre optimismo ilustrado y tecnología, es comprensible que las catástrofes que signaron los albores del siglo XX hayan generado reacciones pesimistas con respecto a la tecnología. Aparecieron entonces visiones apocalípticas sobre el uso de la técnica, de las máquinas, la automatización, la creciente industrialización, en comunión con las críticas románticas a la Ilustración. Frente al optimismo ilustrado, se opusieron visiones reacias a las bondades que se habían atribuido a la tecnología, visiones que intentan mostrar el carácter cultural de la tecnología, como también su dinámica de expansión y dominio en todos los ámbitos del obrar humano.

La segunda actitud, el pesimismo, se puede asociar a autores como Ellul, Heidegger, Marcuse, entre otros, que han mostrado la tecnología como un sistema, y no ya como una herramienta, que genera una organización y estructuración social de control y dominio. Para estos autores la tecnología no conduce a un progreso, sino justamente a un sometimiento alienante del hombre a la máquina. Posición que es expresada, como mencionamos anteriormente, en las concepciones que sostienen el “mito de la rebelión de las máquinas”. Así, a la inversa de lo que afirmaba la Ilustración, el hombre se vuelve “presa”, “siervo” de la tecnología; pero la posibilidad de transformar la tecnología autónoma, cuyo curso inexorable y calculador arrasa con el hombre, es prácticamente nula, como sucede en las perspectivas instrumentales y deterministas:

A pesar de sus diferencias, las teorías instrumentalistas y sustancialistas comparten la misma actitud frente a la tecnología: “tómalo o déjalo”. Por un lado, si la tecnología es una mera instrumentalidad, indiferente a los valores, entonces su diseño y estructura no es un tema del debate político, sino sólo el rango y la eficiencia de su aplicación. Por otro lado, si la tecnología es el vehículo de una cultura de dominación, entonces estamos condenados o a seguir su avance hacia la distopía o a regresar a un modo de vida más primitivo. En ningún caso podemos cambiarlo: en ambas teorías, la tecnología es el destino. La razón, en su forma tecnológica, está más allá de la intervención y arreglo humano.
Este es el motivo por el cual muchas propuestas de reforma de la tecnología buscan sólo establecer sus límites, pero no transformarla (Feenberg, 1991: 8).

La posibilidad de transformar la tecnología, entonces, exige superar estas actitudes extremas. De hecho, hay autores que no necesariamente se ubican en estos polos de la discusión y, por tanto, consideramos apropiado introducir la distinción realizada por Gustavo Giuliano, inspirada en categorías de la filosofía de la ciencia, entre optimismos y pesimismos ingenuos, y optimismos y pesimismos sofisticados. “Llamaremos ‘optimismo ingenuo’ a aquel que sostiene que la tecnología sigue una línea de progreso autónoma y autorreferenciada que determina inevitablemente el camino de la evolución humana” (Giuliano, 2017: 28). Así, aunque algunos autores aceptan las consecuencias negativas de los desarrollos tecnológicos, sostienen un optimismo ingenuo cuando consideran que la innovación y el desarrollo suplirán tales deficiencias. El pesimismo ingenuo, por el contrario, atribuye valores negativos al sistema tecnológico llegando al extremo de afirmar que “sólo un Dios podrá salvarnos de la catástrofe tecno-cultural” y en su ausencia, solo queda el arte.

Las posiciones sofisticadas son aquellas que admiten la posibilidad de transformación tecnológica, esto es, que no adhieren a la tesis determinista o autónoma. Mientras el optimismo sofisticado considera que es posible encontrar modos de vincular la tecnología con objetivos sociales, el pesimismo sofisticado sostiene que dicha relación solo es posible por grandes transformaciones culturales. La primera posición es defendida por autores como Feenberg, Habermas, Jonas, Hansson y, en general, por aquellos que plantean soluciones éticas y políticas a los problemas generados por la tecnología. Por otra parte, el pesimismo sofisticado ha sido defendido por autores decrecentistas, como Gorz (1973), Medows (1972), Illich (2012) y Latouche (2009).

Clasificaciones de las corrientes en filosofía de la tecnología

Si bien no existe una clasificación estandarizada o canónica para ordenar las corrientes y teorías filosóficas de la tecnología, hay algunos criterios o distinciones que suelen referirse para sistematizar la variedad de aportes. Aquí presento, al menos, tres de sus versiones para ofrecer una nueva posibilidad.

Así, en primer lugar, Carl Mitcham escinde las posiciones, a partir de la modernidad, entre las reflexiones ingenieriles, desarrolladas principalmente por técnicos e ingenieros, como Robert Boyle (1772), Thimothy Walker (1832), Andrew Ure (1835) y Ernst Kapp (2018); y humanistas, como las de Lewis Mumford (1997), José Ortega y Gasset (1982), Martin Heidegger (1954 y 1959) y Jacques Ellul (1954). Para Mitcham, los pensadores del enfoque ingenieril asumen una posición instrumentalista y examinan cuestiones epistémicas, analíticas e inherentes al desarrollo de las técnicas; mientras que los humanistas desarrollan una actitud crítica hacia el sistema técnico y ponderan las consecuencias sociales, éticas y culturales de los avances en la producción. Esta es una de las obras pioneras en dar un panorama sistemático de la filosofía de la tecnología (Mitcham, 1989). Sugiere un punto interesante: una visión común o compartida entre los profesionales de ingeniería y los de humanidades, pero apoya el eje de polarización justamente en la profesión de quienes discuten el asunto, y me interesa aquí exponer una organización que nos presente con más detalle esas oposiciones.

Por eso, otro criterio que considero aquí es el de Franssen, Lokhorst y van de Poel, escrito para la Enciclopedia de Filosofía de Stanford. En este caso, es bastante próximo a Mitcham, pero explicita el tipo de enfoque o manera de aproximarse al fenómeno tecnológico sugerido en esa primera versión. Los autores clasifican las reflexiones en analíticas, que se ocupan de las cuestiones epistemológicas, las relaciones entre tecnología y ciencia, la condición ontológica de los artefactos −y a la que los autores dedican buena parte de su artículo− y las éticas y sociales, orientadas a las relaciones de la ciencia y la tecnología en su contexto social (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2018). En esta segunda línea, se ubican las reflexiones culturales, políticas y éticas, con primacía de las últimas.

Sin embargo, así planteadas, parece que la diferencia separa aquellas de corte analítico y las que se ocupan “del resto”: lo social, lo cultural, lo político. Entonces sobre este segundo campo es necesario explorar para delimitar terrenos de discusión; no es lo mismo el planteo ético que uno de corte político, y el debate cultural tampoco coincide exactamente con el político, aunque estén superpuestos. Por estas razones, creo que la distinción elaborada por Andrew Feenberg puede aportar más detalle porque divide a las teorías según la manera en la que comprenden la tecnología: como instrumento, como una sustancia, como un proceso histórico-social (1991: 7).

En la concepción instrumental, la tecnología como herramienta o medio es considerada como un dispositivo o proceso “puro”, es decir, libre de cualquier carga ideológica, política, ética, económica, puesto que su valor dependerá del fin externo que se le destine. Como lo señala León Olivé (2000), esta concepción tradicional sostiene que la tecnología −y también la ciencia− no tiene valor ético por sí misma, no es ni buena ni mala. Estas teorías suponen el determinismo tecnológico y el imperativo de la innovación permanente, puesto que la neutralidad valorativa induce a explorar nuevas aplicaciones y desarrollos porque no representan un peligro social, medioambiental o cultural por sí mismos, sino en su utilización o aplicación.

La segunda perspectiva, la sustancialista,[1] como la de Ellul (1954) y Heidegger (1954, 1959), comprende la tecnología como un sistema con rasgos esenciales que configura una organización y estructuración social de control y dominio. Mientras que las perspectivas instrumentalistas suelen defender la neutralidad valorativa de la tecnología pero conservan solapadamente cierto optimismo respecto de sus potencialidades y beneficios, las sustancialistas rechazan abiertamente cualquier esperanza depositada en ella y militan un profundo pesimismo sobre el futuro de un sistema que muestra su cara más atroz en la explotación de los recursos naturales y la alienación y sometimiento de los seres humanos.

Un tercer conjunto de teorías, las críticas, vinculadas a la Escuela de Frankfurt y, particularmente, a Herbert Marcuse, enfatizan el carácter histórico-social de la tecnología. El mismo Feenberg se ubica dentro de esta corriente, que aspira a abandonar las pretensiones esencialistas para conservar el espíritu crítico sin caer en el pesimismo extremo, terreno bastante fangoso sobre el que maniobra a lo largo de todas sus obras.

Sobre el criterio, como en toda clasificación, algunos autores del campo de la filosofía de la tecnología presentan claramente los rasgos señalados y otros se explican como combinación de categorías –como ocurre en el caso de Habermas–; de todos modos, los criterios proporcionan herramientas conceptuales para identificar tendencias, problemas centrales y posicionamientos; así como también permiten detectar contradicciones en la defensa de un enfoque sobre la tecnología, como puede ser la inconsistencia entre las nociones instrumentales de la tecnología y el posicionamiento crítico.

De momento, considero apropiada la clasificación de Feenberg para la sistematización de las teorías en combinación con la distinción entre los aspectos conceptuales y los metodológicos de cada posición. Desde el punto de vista conceptual, las categorías se relacionan con la naturaleza o condición que se atribuye a la tecnología y, entonces, se identifican las perspectivas que analizan la tecnología como instrumento, como sustancia y como sistema histórico-político. Desde el punto de vista metodológico, en conexión con la comprensión conceptual de la noción, el criterio remite al tipo de estudios que se realiza, en qué aspectos se enfocan, qué herramientas hermenéuticas se estilan, etc. Entonces hay que reconocer también las corrientes por el tipo de estudio que ofrecen sobre la tecnología, y así entonces habría una posición analítica, centrada en estudiar la tecnología per se a partir del análisis de datos empíricos, de la rigurosidad conceptual y de la relación entre ciencia y tecnología; una posición metafísica, pero cuya especificidad es considerar la tecnología como esencia o sustancia, más allá de los datos empíricos; una posición sociológica, que examina los comportamientos y actitudes hacia la tecnología, sin abordar en detalle los rasgos propios de la tecnología; y una posición históricopolítica, que analiza casos y ejemplos, buscando mostrar el carácter social concreto y las relaciones de poder, conflictos y organizaciones de las prácticas tecnológicas, enlazando el nivel de producción y diseño con el sociocultural determinado que lo configura.

Perspectivas analíticas e instrumentales

A menudo se confunden las perspectivas analíticas de la tecnología con las neutrales o instrumentales por el solapamiento, como señalamos anteriormente, de planos semánticos y metodológicos, y la adopción de ambas posturas por parte de algunos autores, pero no están unidas necesariamente. Como lo señala Marten Franssen, la filosofía analítica de la tecnología es más bien un estilo filosófico que rechaza la especulación y defiende la claridad conceptual, la delimitación de los problemas, la rigurosidad en las definiciones y el lenguaje empleado, la formalización y la relevancia de los datos empíricos (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2018). Hay, en estos estudios, una clara intención de comprender lo que sucede en el proceso de diseño y producción desde su propia lógica, atendiendo a lo que efectivamente es y puede ser definido de manera rigurosa, en detrimento del análisis de lo social y lo cultural. Esta corriente se origina en la misma tradición que la concepción analítica de la ciencia, pero los estudios en tecnología son recientes y no han sido todavía desarrollados al mismo nivel que la primera.

Asimismo, al enfocarse en la práctica tecnológica, la filosofía analítica de la tecnología, a diferencia de la filosofía de la ciencia, podría pensarse más bien como filosofía de la ingeniería (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2018), cuyos problemas principales son la conceptualización de ciencia, técnica y tecnología y sus relaciones; el estudio del diseño y de la acción, la ontología de los artefactos técnicos, entre otros referidos a los sistemas tecnológicos atendiendo a sus rasgos inherentes. De allí que uno de los tópicos centrales de esta corriente es la cuestión de la delimitación y relación entre ciencia y tecnología, presente con más fuerza en sus inicios. Si bien la posición predominante del análisis epistemológico impidió un examen especializado de la tecnología, concebida como mera ciencia aplicada, durante la década del sesenta, autores como Henryk Skolimowski (1966) y Herbert Simon (1969) establecieron las distinciones entre ambos campos, destacando la importancia de la tecnología como espacio de reflexión con criterios y conflictos específicos. Así, Skolimowski y Simon señalan que mientras que la ciencia se ocupa de lo que es, la tecnología se ocupa de lo que debería ser (1966). Por su parte, Ian Jarvie (1966), siguiendo los aportes de Gilbert Ryle (1949) y Michael Polanyi (1958) para establecer fronteras epistemológicas entre ambos tipos de conocimiento, introdujo nociones como el saber qué y el saber cómo, claves para disociar los conflictos de terreno.

Sin embargo, hay que aclarar que algunas posiciones identifican ciencia y tecnología y continúan vigentes en las líneas de corte lógico empiristas que los conciben como sistemas proposicionales, por lo cual no habría diferencias sustanciales en el tratamiento de estas cuestiones. Mario Bunge (1966) es uno de los autores que defiende esta tesis, aunque señala las diferencias existentes en ambas prácticas. Bunge destaca que la tecnología sí se refiere a la acción, pero guiada por la teoría, como lo señalamos anteriormente.

Otro de los tópicos de la filosofía analítica enfocada en la ingeniería es el diseño. Así, por ejemplo, Walter Vicenti analiza en su obra Lo que saben los ingenieros y cómo lo saben (1990) el proceso de diseño a través de las siguientes categorizaciones: conceptos de diseño fundamentales, los criterios y especificaciones, las herramientas teóricas, los datos cuantitativos, las consideraciones prácticas y los instrumentales del diseño. En este tipo de consideraciones, la operatividad de los principios se torna fundamental para determinar los cursos de acciones; las últimas se analizan en términos de racionalidad práctica, de instrumentalidad y de la relación de medios a fines (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2015).

La filosofía analítica también ha dado importancia al análisis de la ontología de los aparatos y los sistemas técnicos, el estatus de los seres técnicos y su naturaleza. Dentro de esta cuestión, uno de los puntos más conflictivos es el cómo dar cuenta de la naturaleza del objeto técnico entramado con la intencionalidad humana que lo distingue de otros objetos. La satisfacción de intenciones en las invenciones técnicas cumple un rol preponderante en el estatus ontológico del artefacto. A este tema se han dedicado autores como Hilpinen (1992), que distingue los objetos técnicos de los naturales porque son considerados por los agentes como medios para un fin práctico; Randall Dipert, que caracteriza los artefactos como objetos empleados como medios, pero amplía la definición de la instrumentalidad, esto es, por sus cualidades o propiedades pensadas como medios para un propósito particular y que por ello han sido intencionalmente empleadas (1993: 17). Asimismo, la teoría de la naturaleza doble de los artefactos de Kroes and Meijers (2006) sostiene que el artefacto se estructura no solo por sus componentes físicos, sino también por las funciones, que serían las que se refieren a las intenciones humanas. La teoría de las funciones ha sido desarrollada además por Vermaas and Houkes (2003).

La ausencia o la falta de énfasis de los valores y significados sociales, culturales y políticos en el análisis de los artefactos y sistemas técnicos puede llevar a considerar que la perspectiva analítica es siempre una visión puramente instrumental del objeto técnico. Sin embargo, aunque hay autores, como Mario Bunge, en quienes la teoría instrumental coincide con un modo analítico de filosofía, hay otros autores que niegan el carácter instrumental de la tecnología y creen necesario un análisis detallado, una clarificación conceptual y una ontología bien delimitada de los sistemas y artefactos técnicos, como de la relación con la sociedad y los valores que intervienen en los procesos. Así sucede con Gilbert Simondon, quien analiza la ontología y el linaje de los objetos técnicos en sus rasgos inherentes, estableciendo distinciones de niveles elementales, individuales y de conjunto, sosteniendo al mismo tiempo el vínculo íntimo de los objetos técnicos con la sociedad y la cultura (2007).

Para mayor precisión, las teorías instrumentales son aquellas posturas que sostienen que la tecnología no tiene una función cualitativamente diferente a la de cualquier otra herramienta, análoga a un bolígrafo o un martillo. Todas las teorías instrumentales son axiológicamente neutrales y su vínculo con los valores e intenciones humanos se efectúa solo en el nivel de la aplicación, más no en el del diseño y producción.

Como señala Quintanilla, la concepción instrumentalista tiene dos facetas: por un lado, el campo de lo tecnológico se reduce a lo puramente artefactual y, por otro, se trata de un tipo de racionalidad calculadora de medios y fines. Pero siempre la atribución de valores a la tecnología y su vínculo con las intencionalidades humanas depende de la relación de medios y fines. En cualquiera de las dos caras, la ponderación del valor y de los propósitos queda fuera del ámbito tecnológico porque se la sitúa en un plano distinto, como el político, por ejemplo (Quintanilla, 2017).

Además de la neutralidad axiológica, Feenberg introduce otros tres rasgos propios de la perspectiva instrumental: uno, la indiferencia con respecto a la política y el contexto social, de tal manera que una tecnología es transferible de un contexto a otro, gracias a su neutralidad; el segundo, la “racionalidad” y “universalidad”, por la que son independientes de cualquier ideología o política; y, finalmente, la universalidad de la eficacia de la tecnología en cualquier sociedad o contexto, que nos indica que su éxito es, una vez más, independiente de la situación en la que se aplica (Feenberg, 1991: 6).

Estos rasgos caracterizan la visión instrumental de manera sistémica, amplia y compleja, por lo que es importante no confundir el epíteto “instrumental” con “artefactual”. Tomemos en cuenta el uso instrumental de ciertos sistemas tecnológicos, que no son puramente materiales, como los sistemas de comunicación, por ejemplo. Podemos advertir que, para la difusión de mensajes cargados políticamente, las redes sociales, las publicidades gráficas, los horarios de difusión y mayor audiencia televisiva, la simultaneidad de la emisión en distintos canales audiovisuales se presentan como instrumentos independientes de los usuarios y de sus intenciones. Están allí para ser empleados como sistemas que se muestran axiológicamente neutrales, con sus propias dinámicas técnicas. Por ello, lo importante y la característica distintiva de una teoría instrumental es este tipo de lógica o de razonamiento en términos de medios y fines, en la cual la tecnología queda reducida a su capacidad peculiar de prolongar facultades y capacidades humanas; por lo tanto, los problemas y las dificultades filosóficas que plantean no están en la esfera de lo tecnológico, sino en el “entre”, en su vinculación con otros ámbitos, sea el natural o el humano.

Esta característica marca una forma de concebir la tecnología bastante cercana al sentido común. Si observamos la difusión global de las computadoras o de la telefonía celular, tendemos a pensar que, efectivamente, pueden aplicarse neutralmente en cualquier entorno político y social, sin relación con los fines a los que están destinados, y que la simple posesión de estas herramientas constituye un avance en cualquier contexto geográfico, social o político. Desde la filosofía, esta concepción tiene sustento en la tradición antropológica que concibe al hombre como homo faber, un animal que emplea herramientas. De modo que la utilización de la tecnología es una forma sofisticada y avanzada del empleo de herramientas, tan antiguo como el uso de piedras y artefactos rústicos, más próxima a la noción antigua de techné.

Esta es la posición, por ejemplo, de los autores que Mitcham agrupa bajo la tradición de la “filosofía de la tecnología ingenieril”, como Ernst Kapp, Max Eyth, Alard du Bois-Reymond, Alfred Espinas, entre otros. Aunque preocupados por cuestiones epistemológicas u ontológicas, recurren a la idea de que los medios tecnológicos sirven como herramientas para la obtención de ciertos fines. En el caso de Ernst Kapp, a pesar de que analiza con mayor detención las cuestiones cognoscitivas, concibe que la plenitud humana se puede lograr con la tecnología, pero no es un fin que le pertenece de suyo, porque para él la tecnología es una extensión de los órganos del hombre, por medio de la cual busca realizarse a sí mismo (Mitcham, 1989: 25). Mario Bunge, por su parte, no se dedica exclusivamente a problemas puramente epistémicos, sino también a la ética y la praxiología, pero estas últimas no son inherentes al desarrollo tecnológico, sino que se relacionan con el contexto que responde a intereses y preocupaciones externas. Su interés por el conocimiento y la práctica tecnológica está siempre asociado a la ciencia, como sucede en los enfoques de tipo analítico y, cuando se refiere a la actividad tecnológica, Bunge solo utiliza términos como operaciones, ejecuciones, acciones en un sentido rígido, es decir, solo remite a lo relacionado con ejecuciones técnicas efectivas de ciertas acciones en vistas a un determinado fin, como las perspectivas instrumentales (Bunge, 1997).

En resumen, la visión analítica tiene que ver con el estilo de indagar acerca de la práctica tecnológica, con el tipo de problemas que aborda y el enfoque centrado en los procesos de diseño; mientras que las visiones instrumentalistas se refieren a una concepción de la tecnología que se reduce a la búsqueda de la efectividad de los medios con respecto a determinados fines, ajenos a la tecnología misma. Como medio o instrumento, la tecnología es neutral, puesto que no comporta ni valores ni metas, estos se deciden en el uso que se haga de sus productos. Con frecuencia estas tendencias coinciden en los autores, pero en otros casos puede persistir la adhesión metodológica sin la presunción de neutralidad instrumental.

Perspectivas metafísicas sustancialistas

Frente al predominio de perspectivas instrumentales de la tecnología, surgieron a mediados del siglo XX numerosas voces en contra de la concepción neutral y optimista de la tecnología, signadas por las catástrofes de las guerras mundiales. Aparecieron entonces visiones apocalípticas sobre el uso de la técnica, de las máquinas, la automatización, la creciente industrialización, en comunión con las críticas románticas a la Ilustración. Frente al optimismo ilustrado, se opusieron las visiones más reacias a las bondades atribiudas a la tecnología que intentan mostrar su carácter cultural y su dinámica de expansión y dominio en todos los ámbitos del obrar humano.

Estas concepciones se denominan sustancialistas porque conciben que la tecnología, como un sistema cultural, posee características esenciales, como el control y el dominio sobre el mundo social (Feenberg, 1991). La técnica no es simplemente algo allí disponible para su uso, es la configuración de modos de vida que imponen servidumbre y devastación. La diferencia radical de estas visiones con respecto a las instrumentales es que atribuyen una “sustancia” a la tecnología, entendida no en el sentido tradicional como cosa u objeto, sino como una lógica interna propia con ciertos rasgos y cualidades específicos, que el hombre tiene que aceptar o rechazar porque, al ser inherentes, no se pueden modificar. Las visiones sustancialistas presentan una noción absolutizada de la técnica, que se desprende de lo meramente técnico y adquiere cierto grado de independencia de la acción humana.

Dos de las visiones sustancialistas más fuertes son desarrolladas por Martin Heidegger y Jacques Ellul. En La pregunta por la técnica, Heidegger expresa su oposición a las visiones instrumentales de la tecnología, porque se reducen a lo técnico, lo artefactual (Heidegger, 1994). Heidegger no recurre ni a la producción ni a la innovación tecnológica para dar cuenta de la esencia de la técnica, sino a una explicación metafísica de la técnica. Lo propio de la técnica moderna, a diferencia de la antigua, es que esta se caracteriza por emplazar a la naturaleza a suministrar energía:

Con todo, el hacer salir lo oculto que domina por completo la técnica moderna, no se despliega ahora en un traer-ahí-delante […] El hacer salir lo oculto que prevalece en la técnica moderna es una provocación que pone ante la Naturaleza la exigencia de suministrar energía que, como tal, pueda ser extraída y almacenada (Heidegger, 1994).

La técnica moderna constriñe a la naturaleza a la eficacia y sus estándares de medición, a la permanente disponibilidad y utilidad. Esto es lo que Heidegger llama Gestell, una estructura de emplazamiento que exige a la naturaleza develar lo oculto, y Bestand, la condición de las existencias de estar siempre disponibles (Heidegger, 1994).

En Serenidad, Heidegger da una visión de la tecnología más encarnada, más mundana, por medio del concepto de “serenidad” o Gelassenheit (1959). Allí argumenta a favor de la reflexión meditativa, el pensar en profundidad que busca el sentido de lo que sucede en la era técnica. No pretende suplantar el pensar calculador, que reconoce como necesario aunque también superficial y peligroso si corre a gran distancia de la reflexión. Pues bien, cuando operamos solo por un pensar calculador “sin darnos cuenta, sin embargo, nos encontramos tan atados a los objetos técnicos, que caemos en relación de servidumbre con ellos” (Heidegger, 2002: 38). Por ello la reflexión meditativa puede evitar que, a ciegas, nos entreguemos como meras existencias al desarrollo tecnológico y a sus consecuencias:

Podemos decir “sí” al inevitable uso de los objetos técnicos y podemos a la vez decirles “no” en la medida en que rehusamos que nos requieran de modo tan exclusivo, que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra existencia […]
Dejamos entrar a los objetos técnicos en nuestro mundo cotidiano y, al mismo tiempo, los mantenemos fuera, o sea, los dejamos descansar en sí mismos como cosas que no son algo en absoluto, sino que dependen ellas mismas de algo superior. Quisiera denominar esta actitud que dice simultáneamente “sí” y “no” al mundo técnico con una antigua palabra: la Serenidad (Gelassenheit) para con las cosas (Heidegger, 2002: 28).

La noción de serenidad o Gelassenheit no significa una actitud pasiva con respecto a las cosas, sino una apertura al sentido oculto que tiene la técnica, al misterio del que hablaba en La pregunta por la técnica; se trata de una actitud hacia la tecnología que implica reconocernos como seres reflexivos, evitando caer en la pura instrumentalidad y cálculo. La serenidad con la tecnología es la capacidad de poder desprendernos de la servidumbre ciega y entablar una relación más genuina, que no atente contra la condición meditativa. Aunque esta visión aporta una salida más concreta que la de La pregunta por la técnica, la forma en la que Heidegger presenta la noción de serenidad hace percibir la tecnología como algo independiente del hombre y ante lo cual no puede sino responder “sí” o “no”.

Como Heidegger, Jacques Ellul tampoco acepta las visiones instrumentales de la tecnología porque describen una relación de dominio del hombre con respecto a la técnica; mientras que advierte que en realidad ocurre lo contrario, el dominio de la técnica sobre los hombres. Por ello, no se refiere a las “acciones técnicas”, que se desenvuelven al nivel de utilizaciones concretas de ciertos procedimientos tecnológicos, y que podríamos identificar como aquellas experiencias en las que hay un aparente control humano, sino al “fenómeno técnico” relacionado con el modo en que la técnica se desenvuelve hoy, frente al cual se hace patente esta vinculación de dominio sobre los hombres (Ellul, 1960).

Ellul introduce la idea de sistema técnico como un nuevo ambiente o entorno en el que habita el hombre, que se caracteriza principalmente por su racionalidad, artificialidad, autonomía, automatismo, autocrecimiento, indivisibilidad y universalismo (Ellul, 1960: 112). Todas estas características hacen del sistema técnico un sistema independiente, que se desenvuelve autónomamente, como si fuera un entorno natural. Por tanto, la técnica no es una nueva forma de abordar la naturaleza dominándola, sino la sustitución del hábitat natural.

Esto no representaría problema alguno si la técnica ofreciera el mejor entorno para el avance hacia mejores condiciones sociales. Sin embargo, Ellul enfatiza el peligro que representa el sistema técnico para las sociedades por tres motivos. En primer lugar, porque una civilización se caracteriza por la búsqueda de la perfección humana, una meta que tiene carácter cualitativo. Sin embargo, la técnica apunta a los objetos materiales y, con ellos, a metas de carácter cuantitativos: busca siempre la mayor cantidad de productos, funciones, aplicaciones. Por tanto, la técnica no puede más que reducir a la civilización a lo cuantitativo y tiene que contentar al hombre con las metas que ofrece, a menudo promete una mejor calidad de vida, pero solo ofrece mayor cantidad de productos y servicios. En segundo lugar, la técnica conduce a un incremento del poder por el poder mismo. Cuando se instituye de esta manera no hay valor que se le oponga o la frene. Por tanto, no puede dirigirse a ninguna meta, ni orientar la civilización a la consecución de ningún fin. En último lugar, la incorporación creciente de procedimientos técnicos en las sociedades actuales va reduciendo el margen de libertad y autonomía humanas; en tanto que los mecanismos tecnológicos imponen, de suyo, acciones reiterativas y reguladas, siempre cíclicas y necesarias, engendran una especie de “necesidad perpetuamente exagerada” (Ellul, 1960: 121).

Ellul aspira a una visión crítica de la técnica, que no caiga en la mistificación o “teologización”. La técnica se caracteriza por ser ambigua: cada avance técnico supone un costo, una renuncia a ciertas prácticas, usos, valores. Pero ese costo ni siquiera puede asegurarnos la superación completa de los problemas que pretende solucionar puesto que, a la par que va resolviendo, va generando nuevos conflictos. Aun así, no podemos optar por la técnica solo por sus consecuencias favorables, porque estas son inseparables de sus efectos negativos, muchos de los cuales son imprevisibles. Por ello hay que generar un cierto distanciamiento de la técnica, porque solo así se puede tomar conciencia de la relación servil que se mantiene con ella.

Aunque no presenta explícitamente un determinismo técnico, Ellul no es optimista con respecto a la capacidad del hombre de reorientar el avance tecnológico hacia metas diferentes; si bien el hombre puede hacer algo para reorganizar y redirigir la técnica, sus acciones no son suficientes para lograr un cambio efectivo en el sistema técnico. La autonomía humana, en la propuesta de Ellul, se opone a la autonomía de la técnica. La libertad del hombre se encuentra condicionada por su inserción en la técnica, de manera que no hay plena libertad.

Así como Heidegger proponía la Gelassenheit contra la dependencia ciega y absoluta respecto a la técnica, Ellul proporciona la idea del no-poder:

Una ética del no poder −la raíz del problema−, es evidentemente que los seres humanos acepten no hacer todo lo que son capaces. O no habrá más […] leyes divinas que oponer, desde fuera, a la técnica. Esto hace necesario examinar la técnica desde dentro y reconocer la imposibilidad de vivir con ella, en realidad, sólo de vivir, si no se practica una ética del no-poder. Esta es la opción fundamental… debemos buscar sistemática y voluntariamente el no-poder que, bien entendido no significa aceptar la impotencia […], el destino, la pasividad, etc. (Ellul, citado por Mitcham, 1989: 87).

Aunque la idea del no-poder iría a favor de la limitación del imperativo tecnológico, como la idea de Heidegger, está también referida solo al ámbito del uso y la aplicación tecnológica y no al ámbito de desarrollo y producción.

Perspectivas sociológicas y éticas

Así como hubo una continuidad de la línea analítica de la filosofía de la ciencia en la reflexión sobre la práctica tecnológica, podríamos decir lo mismo de la perspectiva sociológica, sobre todo con los estudios sociales de la ciencia y la tecnología a partir de 1980 (Barnes, 1974; Bloor, 1991; Woolgar, 1991; Pinch y Biker, 1987), que cuestionan la instrumentalización de la tecnología y enfocan las tecnologías, histórica y empíricamente, como una construcción social y no como una entidad con un desarrollo lineal, abstracto y autónomo.

Uno de los enfoques más importantes es el del constructivismo social de la tecnología (SCOT) que, como señalamos en el apartado sobre el criterio de clasificación, se refiere tanto al punto de vista metodológico (el estudio social de los procesos tecnológicos) como al ontológico (define la tecnología como prácticas construidas socialmente). Este programa se funda en las obras del movimiento CTS, la sociología del conocimiento científico y la historia de la tecnología (Bijker, 2009). Asimismo, toma aportes y herramientas heurísticas del Empirical Programme of Relativism (EPOR), cuyos propósitos principales eran el estudio empírico de las prácticas científicas y los procesos por los cuales estas se vinculan con el contexto social más amplio, principalmente de las ciencias “duras”, mostrando el carácter socialmente construido de las teorías científicas a partir de nociones como “flexibilidad interpretativa” y “cierre” (Bikjer y Pinch, 1993).

A partir de los análisis de la ciencia del EPOR, el Programa SCOT elaboró una agenda propia, conceptos básicos y unidades de análisis propios, fundamentalmente para cuestionar la tesis del determinismo tecnológico, mostrando que todo curso tecnológico no es sino la concreción de una línea entre las múltiples posibilidades. La crítica al determinismo tecnológico apunta a derribar dos de sus tesis fundamentales que obstaculizan una comprensión de la dimensión política de la tecnología: “(1) la tecnología se desarrolla autónomamente, y (2) la tecnología determina en una proporción importante el desarrollo social” (Bijker, 2009: 8).

Para el constructivismo social de la tecnología estas tesis son debilitantes políticamente porque impiden ver los procesos de tomas de decisiones que, efectivamente, suceden al interior de las prácticas tecnológicas; razón por la cual se propone mostrar cómo los procesos técnicos se construyen a partir de una dinámica social específica abordada con nociones como “grupos socialmente relevantes”, “flexibilidad interpretativa, “cierre y estabilización” y “marcos tecnológicos”, algunas provenientes del EPOR, pero redefinidas en este nuevo programa. Estas nociones operan como herramientas heurísticas de análisis para deconstruir y develar el carácter socialmente construido de la tecnología en un esquema de tres pasos:

  1. Los grupos socialmente relevantes y la flexibilidad interpretativa: “Los grupos sociales son relevantes para describir un artefacto cuando explícitamente atribuyen un significado a ese artefacto. Así, los grupos relevantes pueden identificarse buscando los actores que mencionan los artefactos en la misma manera” (Bijker, 2009: 90). Es decir, un artefacto puede ser definido y reinterpretado por los diferentes grupos sociales, de acuerdo con sus intereses e ideologías, de ahí que deba hablarse de una flexibilidad interpretativa que redefine constantemente y, además, simultáneamente los objetos técnicos.
  2. En el proceso de cierre, la flexibilidad interpretativa disminuye y algunos significados dominantes se imponen sobre el resto y terminan definiendo el artefacto. Este cierre se logra a través de un proceso de “estabilización”, por el cual se va construyendo un significado socialmente dominante hasta alcanzar un grado máximo de estabilidad, punto en el que hablamos de cierre. Las cargas simbólicas pujantes dan lugar a una que será el punto final de la proliferación de los diversos significados atribuidos por los distintos grupos sociales, cuando se logra una definición socialmente aceptada del artefacto. Cabe aclarar que una vez que se produce, esta fase es irreversible.
  3. En el tercer paso, los procesos anteriores son analizados en un marco teórico más amplio, el “marco tecnológico”. “Un marco tecnológico estructura las interacciones entre los miembros de un grupo social relevante, y configura su pensamiento y acción” (Bijker, 2009: 92). Cuando nos referimos a los marcos tecnológicos, hablamos no solo de las condiciones externas, limitaciones y posibilidades que se abren para la acción humana, sino también a que estos producen subjetividades y nuevos modos de relaciones intersubjetivas. En este sentido, no se considera un entorno extraño o externo a los sujetos, sino el ambiente que permea la vida individual y social.

Como lo señala Bijker, este análisis en tres pasos permite la deconstrucción sociológica de un artefacto para mostrar la flexibilidad interpretativa, la descripción de su construcción social y la explicación de este proceso dentro de los marcos tecnológicos de los grupos socialmente relevantes.

La agenda del Programa SCOT incluye la revisión de diferentes desarrollos tecnológicos, analiza la relación entre ciencia y tecnología empíricamente, esto es, a partir de los sentidos que le atribuyen los actores involucrados en dichas prácticas, y los problemas éticos y políticos de determinado desarrollo tecnológico, enfocados, sobre todo, en la dinámica de los grupos socialmente relevantes y en los procesos de tomas de decisiones (Pinch y Bijker, 1987; Bijker, 2009).

Otro desarrollo importante en la perspectiva constructivista es el de Thomas Hughes. Con la noción de sistemas tecnológicos, explica no solo los períodos de cierre y estabilización, sino también los procesos de innovación. Para Hughes, la tecnología es un sistema complejo que abarca desde los artefactos y recursos naturales hasta las organizaciones y legislaciones que la regulan, interconectados de tal modo que un cambio en uno de los elementos implica una alteración en el resto (Hughes, 1993). Uno de los problemas fundamentales en los sistemas es el control, ya que, a medida en que se complejizan, su organización se vuelve conflictiva. Sin embargo, Hughes considera que esta complejización no es errática, sino que tiene ciertos cursos de evolución. Sin caer en el determinismo o en el constructivismo radical de los sistemas tecnológicos, Hughes combina las nociones de “momento”, “saliente inverso” y “estilo tecnológico” para dar cuenta de cómo la innovación se complementa con determinadas evoluciones, aunque no se den de manera secuenciada o lineal. El momento −concepto apropiado de la Física− es la propensión de un desarrollo tecnológico a continuar su evolución y va configurando el sistema de manera relativamente independiente al contexto social; mientras que las contrasalientes o salientes inversos −noción tomada de las estrategias bélicas− son aquellas zonas del sistema donde se produce un desequilibrio por el crecimiento desigual, y se caracterizan por ser irregulares e impredecibles. Así, el desarrollo de los sistemas técnicos sigue su evolución, y a veces retrocede en las siguientes fases, que solo tienen una función explicativa: invención, desarrollo, innovación, transferencia, crecimiento, competencia y consolidación. Al inicio de su implementación, los sistemas tecnológicos se caracterizan por su flexibilidad; sin embargo, a medida que se desarrollan y alcanzan la madurez van adquiriendo rasgos cada vez más rígidos (Hughes, 1993: 56 y ss.).

Finalmente, la propuesta de Michael Callon se enmarca en la teoría del actor-red, junto a las de Bruno Latour (1988 y 1992) y John Law (1984), que surgen en los estudios sociales de la ciencia vinculados al Programa Fuerte de Bloor y la Escuela de Edimburgo (Bloor, 1991), y las sociologías clásicas de la ciencia (Merton, 1973). La teoría del actor-red (TAR) se distingue por intentar demoler las dicotomías tradicionales de los análisis sociológicos y psicosociales: naturaleza-sociedad, sujeto-objeto, macro-micro, humano-no humano, etc. En lugar de ellas, aborda totalidades en las que se diluyen las fronteras entre el dominio social y el físico, y los actores humanos se relacionan con objetos y agentes no humanos.

Así, Callon propone invertir la preocupación de los estudios en tecnología, en tanto los investigadores “no han advertido que el estudio de la tecnología en sí mismo puede transformarse en una herramienta sociológica de análisis” (Callon, 1993: 83). Para mostrar la capacidad de los ingenieros como sociólogos − que, a diferencia del sociólogo puro, unen las consideraciones técnicas y las sociológicas−, toma el caso del VEL (vehículo eléctrico) en Francia a comienzo de los 70, en el cual confluyen tanto la disponibilidad de materiales, las políticas estatales, la empresa Renault, los intereses de los consumidores, activistas, etc. Este ejemplo muestra que el vehículo eléctrico fue posible tanto por las condiciones materiales como por las políticas, con lo cual el caso también es a favor de la aplicación del principio de simetría del programa fuerte de Bloor, según el cual todos los agentes de la red son relevantes, sin importar su condición humana o no.

Con una cierta proximidad en el modo de abordaje que propone el análisis sociológico, las perspectivas éticas analizan los problemas morales, como los de la responsabilidad y la autonomía, los riesgos, los principios éticos en sociedades cuyas características han variado las condiciones de análisis de la acción moral. Así, por ejemplo, la ética de la ingeniería se ocupa de “las acciones y decisiones tomadas por las personas, individuales y colectivas, que pertenecen a la Ingeniería” (Baum, 1980: 1). Los problemas están pues vinculados a las obligaciones morales de los ingenieros, la relación con los administradores, empresas, la preocupación por la seguridad y el conflicto de intereses (Davis, 1998, 2005; Martin y Schinzinger, 2005; Harris, Pritchard y Rabins, 2008).

Estos análisis explican el surgimiento de éticas que abordan disciplinas específicas, como la informática, la biotecnología, la bioética, entre otras. En estas éticas, los autores proponen principios normativos que regulan las prácticas tecnológicas a partir de la responsabilidad individual y colectiva, y la reflexión moral sobre los límites de la acción humana en contextos tecnológicos. Suelen ser propuestas específicas de ciertos campos disciplinares y ligadas a prácticas tecnológicas concretas. Por ejemplo, Beauchamp y Childress (2001) proponen una teoría de cuatro principios para la bioética: beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia, que rigen las conductas en el ámbito profesional de la salud.

Otro principio importante es el de responsabilidad, elaborado por Hans Jonas (1995). A diferencia de las sociedades en el pasado, la nuestra se expone a una situación de vulnerabilidad e incertidumbre porque nuestra acción avanza más allá del saber previo necesario para la determinación de la voluntad, de modo que, para poder orientarnos, debemos tener precaución por el futuro. El principio de responsabilidad es un imperativo al estilo kantiano que se adecúa a las características de las sociedades contemporáneas: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra” u “Obra de tal modo que los efectos de tu acción no sean destructivos para la futura posibilidad de esa vida” (Jonas, 1995: 40). Este imperativo además se deriva en una serie de deberes concretos. Enfocado en una perspectiva de los riesgos, propone una “heurística del temor”, según la cual antes de la acción es un deber procurar la representación de efectos remotos y la apelación a un sentimiento de apropiado a lo representado, esto es, la aversión a la posibilidad de generar un daño con la acción. Este temor, no obstante, está unido a la esperanza propia de la responsabilidad. “Responsabilidad es el cuidado, reconocido como deber, por otro ser, cuidado que, dada la amenaza de su vulnerabilidad, se convierte en ‘preocupación’” (Jonas, 1995: 357). Siendo tanto el temor como la esperanza parte de la responsabilidad, movilizan justamente a preocuparse por mantener para las generaciones futuras la imagen fiel de una humanidad intacta o, al menos, no degradada.

El análisis de los riesgos tecnológicos es otro de los temas centrales en esta perspectiva. La reducción de los riesgos al mínimo, sobre todo a raíz de la condición contemporánea de incertidumbre de los sistemas tecnológicos, es un objetivo central de las propuestas éticas y códigos deontológicos en ingeniería. El proceso de análisis del riesgo tiene tres niveles: asesoramiento, evaluación y administración del riesgo, siendo este éticamente relevante, a pesar de que en las otras esferas intervienen también los valores (Franssen, Lokhorst y van de Poel, 2018). Aquí se presenta el problema de cuándo la evidencia es suficiente para determinar un riesgo y la posibilidad del error, razón por la cual algunos autores destacan la preeminencia o importancia del asesoramiento previo (Cranor 1990; Shrader-Frechette, 1991).

La evaluación del riesgo puede darse de tres modos. El primero consiste en juzgar el grado de aceptación de un daño posible comparándolo con otros similares o con ciertos criterios; el segundo, en la evaluación costo-beneficio (Kneese, Ben-David y Schulze, 1983) y el tercero, en ponderar el riesgo sobre la base del consentimiento de las personas que lo sufrirán luego de ser informadas.

En estas evaluaciones de daños y riesgos tecnológicos, el “principio de precaución” ha ganado peso en las discusiones actuales por su implementación en legislaciones medioambientales, por ejemplo, y por lograr una importante injerencia práctica en la toma de medidas precautorias de daños potenciales. La importancia de este principio se debe a que toma en cuenta la incertidumbre de las consecuencias de los sistemas tecnológicos y la gestión y regulación de medidas protectoras incluso en contextos inciertos (Sandin, 1999; Sunstein, 2005; Gardiner, 2006, entre otros).

Perspectivas histórico-políticas

Con mayor énfasis en los análisis histórico-políticos, esta línea de investigación examina los procesos de producción tecnológica con la clara intención de proponer, posteriormente, algunas líneas o proyectos de transformación de los sistemas tecnológicos y, con ellos, diferentes formas de vida y subjetividades. A diferencia de las propuestas sociológicas que, en cierto modo, tienden a describir y a explicar los cambios sociales como “consecuencias” o “efectos” de las innovaciones y modificaciones tecnológicas, las perspectivas políticas exploran las condiciones de inequidad y disputas sociales que ocurren en la producción y funcionamiento de los sistemas sociotécnicos.

Algunas de estas ideas se inician con los pensadores de la Escuela de Frankfurt, quienes denuncian el industrialismo moderno y su lógica de dominio de la naturaleza y de los hombres (Adorno y Horkheimer, 2007; Marcuse, 1981 y 1984; Habermas, 1997 y 1999). La primera generación de la Escuela de Frankfurt concibe la tecnología como la manifestación acabada de la racionalidad instrumental nacida en Occidente. Esta racionalidad instrumental y su despliegue es, para estos pensadores, el núcleo problemático de las relaciones entre tecnología, ciencia y sociedad, que determina la tecnología como instrumento de dominación política y económica. Tal como lo señalaba Marcuse, la tecnología es un modo de organización política (Marcuse, 1981 y 1984). A pesar de que sus denuncias son ineludibles en los análisis de la tecnología, la primera generación frankfurtiana −sobre todo Adorno y Horkheimer− no logra proporcionar respuestas concretas de transformación de la lógica instrumental, puesto que su pesimismo extremo respecto de las posibilidades históricas de transformación social les impedía encontrar una vía de salida.

Jürgen Habermas elabora una postura que intenta superar el pesimismo de los primeros pensadores y propone una limitación ética del sistema tecnológico para evitar su invasión sobre el mundo de vida, sin modificar la lógica instrumental que rige al primero (Habermas, 1997). De la vertiente habermasiana, el curso de la discusión vira hacia el terreno de los análisis éticos. Por ello, surge una nueva corriente, representada por autores como Langdon Winner y Andrew Feenberg, que pretende instalar nuevamente la discusión en términos políticos en el marco de teorías que se reconocen manifiestamente críticas y que buscan los recursos heurísticos para dar una propuesta teórica de transformación tecnológica y, por ende, social o cultural.

Así pues, Langdon Winner introduce la noción de “formas de vida”, tomada de la obra wittgensteiniana e influida asimismo por las ideas de Marx:

La construcción de un sistema tecnológico que involucra seres humanos como partes operantes conlleva una reconstrucción de los roles sociales y de las relaciones. A menudo este es resultado de los requerimientos del nuevo sistema: simplemente no funciona si la conducta humana no se ajusta a su forma y proceso. Por tanto, el mismo acto de usar determinado tipo de máquinas, técnicas y sistemas disponibles genera patrones de actividades y expectativas que pronto se transformarán en “segunda naturaleza” (Winner, 1986: 11).

Es decir, un sistema tecnológico no solo se refiere a la pura instrumentalidad, sino que, al mismo tiempo, genera nuevos modos de relacionarnos, de comportarnos, de ser en el mundo. Los cambios y transformaciones sociales no son meros efectos de la producción tecnológica; en el mismo proceso de producción, como lo sugería Marx, el hombre crea sus condiciones materiales, transforma la naturaleza y a sí mismo. Y, sin embargo, a pesar de ser el sistema tecnológico el modo en el que definimos la humanidad y la mundanidad, no hay para Winner todavía una reflexión seria y comprometida respecto del modo en que estamos configurando nuestras formas de vida. De allí la referencia que mencionamos antes sobre una especie de sonambulismo tecnológico.

Por ello, propone el autor una teoría crítica que aborde la pregunta fundamental: mientras hacemos que las cosas funcionen, ¿qué mundo estamos creando?

En la medida en que la imaginación política confronte las tecnologías como formas de vida, debería ser posible decir algo sobre las decisiones (implícitas o explicitas) que tomamos en el curso de la innovación tecnológica y las razones para realizar esas elecciones más sabiamente (Winner, 1986: 18).

Por su parte, Andrew Feenberg cuestiona la concepción instrumental y las tesis deterministas que impiden la modificación y el cambio cultural al interior del sistema tecnológico. Desde su enfoque, el proceso de diseño se muestra como eminentemente político y permeable a la transformación, en el cual pueden intervenir tanto los agentes técnicos como los usuarios, según las estrategias de posicionamiento político que asuman (Feenberg, 2002: 105). Su teoría crítica de la tecnología afirma que el modelo tecnológico actual es solo uno de los tantos posibles y que, justamente para proponer transformaciones viables, es necesario abandonar las posiciones neutrales y deterministas para revisar los sistemas tecnológicos como sistemas culturales e históricos (ergo, contingentes) que involucran múltiples valores, además de los económicos y técnicos (como los éticos, los estéticos, los políticos).

Su propuesta inicial aborda una transformación específica referida a los aspectos inherentes de la producción tecnológica y, posteriormente, enmarca esta transformación dentro de una propuesta más amplia de transición del modelo capitalista a un modelo socialista. La primera se encuentra en Teoría crítica de la tecnología (1991), donde propone la categoría de “código técnico”, “la realización de un interés bajo la forma de una solución técnicamente coherente a un problema” (Feenberg, 2002: 20), esto es, la concretización de los valores sociales en un sistema o producto técnico que los torna en un aparente producto objetivo y neutral. Feenberg comprende que el código técnico capitalista otorga amplio margen de autonomía operacional a grupos privilegiados, mientras que relega al resto un reducido “margen de maniobra” tecnológico.

Asimismo, allí presenta una teoría de la instrumentalización, cuyos dos momentos o niveles analíticos son el primario y el secundario (Feenberg, 1999: 202-208). El primero tiene que ver con los procesos eminentemente técnicos de concretización del aparato, dispositivo o sistema, mientras que el segundo tiene que ver con su contextualización e interrelación con otros valores culturales.

Ahora bien, los procesos de instrumentalización secundaria que carga de nuevos valores otrora relegados como marginales al diseño tecnológico (Feenberg, 1999 y 2002) le permiten proponer entonces transformaciones sustanciales en los modos de diseño, producción y aplicación tecnológica.

El marco más general de esta propuesta, que se denomina democratización de la tecnología, se encuentra esbozado en Transformar la tecnología: una nueva visita a la teoría crítica (2002), donde plantea la necesidad de transición civilizatoria a modelos socialistas de relaciones y de producción tecnológica, y afirma que no se trata solo de una transformación política sino civilizatoria que rompa con los patrones capitalistas que se imponen al desarrollo de las naciones y democratice los procesos de innovación y producción tecnológica. “El socialismo democrático supone un proceso civilizatorio más complejo que cualquier cosa que podamos considerar bajo el título de política” (Feenberg, 2014: 215). Pero esto requiere, en oposición al “progreso tecnológico capitalista”, una concepción de la tecnología más amplia que la instrumental y determinista. No la comprende como la herramienta por la cual se llevan a cabo las revoluciones y transformaciones sociales, sino que los cambios culturales favorecen un entorno social para que emerjan nuevas producciones técnicas regidas por otros valores y criterios y, al mismo tiempo, las nuevas relaciones técnicas fomentan cambios en los modos de relación social. Desde la perspectiva de Feenberg, el proceso de socialización buscaría la ampliación del papel del conocimiento, las calificaciones laborales y la participación democrática, en lugar de solo el control estatal de la industria (Feenberg, 2014: 235).

En el capítulo siguiente, muestro con más detalle la posición del autor. De momento hago explícita la preferencia por su interpretación, en el marco de esta breve sistematización de los enfoques contemporáneos de la tecnología, por los siguientes motivos:

  1. Su posicionamiento crítico permite abordar la noción de praxis tecnológica desde una perspectiva que no la reduce a resultado o producto acabado (como en el caso de las perspectivas analíticas), ni tampoco a las cuestiones puramente sociológicas del Programa SCOT, que se limitan a describir las dinámicas sociales al interior de la práctica, y así debilitan su capacidad crítica.
  2. Permite abordar problemas reales y acuciantes de las sociedades tecnológicas contemporáneas y no solo disputas epistemológicas o analíticas, problemas tales como la autonomía, la neutralidad valorativa, y la posibilidad de un proyecto de transformación tecnológica que supere los extremos pesimistas y optimistas ingenuos.
  3. Al introducir la reflexión histórica y cultural contextualizada de la práctica tecnológica, evita los esencialismos y abstracciones sustancialistas que consideran la tecnología en bloque e impiden examinar sus fluctuaciones y transformaciones concretas. Asimismo, permite una crítica importante al determinismo tecnológico, que desvirtúa la condición histórica, social y cultural de las innovaciones y desarrollos técnicos.
  4. A diferencia de las posiciones éticas, el proyecto de transformación se vincula a relaciones de poder, a sujetos institucionales y estatales en situación de conflicto y tensión, cuya regulación excede los ámbitos de la voluntad, conciencia y responsabilidad individual. Las perspectivas éticas dejan librada la reflexión sobre las limitaciones, excesos y abusos en la tecnología, la colonización ideológica de pueblos enteros, a la responsabilidad colectiva o individual, a la buena voluntad de quienes operan en los sistemas tecnológicos. Como solución, proponen principios de precaución en la investigación tecnológica o comités éticos de evaluación de tecnología que son insuficientes para plantear posibilidades de regular, legislar, administrar. Son insuficientes e ineficaces para debatir políticamente las prácticas tecnológicas que posicionan a los sujetos en situaciones de pobreza, subdesarrollo, marginalidad frente a grupos privilegiados, desarrollados y dominantes (Medina, 2015).
  5. Al ubicarse en una posición optimista sofisticada, la propuesta de Feenberg permite pensar proyectos de transformación tecnológica posibles, que puedan ser posteriormente elaborados y esbozados en marcos normativos o criterios orientativos para la práctica tecnológica que nos permita cargar de una función operativa a los conceptos teóricos críticos usualmente relegados al plano puramente especulativo.

  1. Algunos traductores se remiten a esta corriente con la expresión “sustantivista” y “sustantivismo”, pero considero más transparente la remisión a sustancialismo y sustancialista en la medida en que en español estos términos sí reflejan la tendencia a identificar una o más sustancias; aunque, en rigor, lo que Feenberg destaca de estas corrientes es la búsqueda de una esencia de la tecnología y quizás sería apropiado traducir por esencialismo. Para no alejarnos mucho de la propuesta inicial, propongo la adjetivación “sustancialista”.


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