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3 Teoría crítica de la tecnología

Antes de dar paso al desarrollo de los principales conceptos y tesis de la teoría crítica de la tecnología, presento algunos datos relevantes sobre el autor de la propuesta. Andrew Feenberg (Nueva York, 1943) es un investigador especializado en filosofía de la tecnología en la Universidad Simon Fraser (Canadá), donde también dirigió el Laboratorio de Comunicación y Tecnología Aplicada. Ha sido profesor en el área de filosofía en universidades de diversos países (Estados Unidos, Francia, Japón y Brasil). Desarrolló gran parte de su investigación en las Universidades de San Diego y Duke, luego en las siguientes universidades: Estatal de Nueva York en Buffalo, de California, San Diego e Irvine, la Sorbona, París-Dauphine, la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, y las Universidades de Tokio y de Brasilia. Estudió filosofía con Herbert Marcuse en la Universidad de California en San Diego, donde obtuvo su doctorado en 1972. Durante este período, fue miembro de New Left, donde fundó una revista titulada Alternativas, y participó en los eventos de mayo del 1968 en Francia. Como resultado de esa vivencia creó el archivo “Los eventos del Mayo francés”[1] en la biblioteca de la Universidad Simon Fraser.

Entre sus principales obras, destacamos las vinculadas a la teoría crítica de la tecnología (TCT): Teoría crítica de la tecnología (1991), Modernidad alternativa (1995), Cuestionar la tecnología (1999), Transformar la tecnología: una nueva visita a la teoría crítica (2002), Entre la razón y la experiencia: ensayos sobre tecnología y modernidad (2010) y Tecnosistema: la vida social de la razón (2017); y sus estudios especializados de la obra de Marx, Lukács, Marcuse, Habermas y Heidegger, en Lukács, Marx y las fuentes de la teoría crítica (1986); Heidegger y Marcuse: la catástrofe y la redención de la historia (2005); La filosofía de la praxis: Marx, Lukács y la Escuela de Frankfurt (2014). Asimismo, otra parte de su trabajo se enfoca en el análisis de casos en el marco de la TCT en libros coeditados: Cuando la poesía reinó las calles: Los eventos del Mayo francés de 1968 (2001); Modernidad y tecnología (2003); La comunidad en la era digital (2004); y (Re)inventando Internet: estudio crítico de casos (2012), además de numerosos artículos referidos a comunicación, informática y educación.[2] De estas obras, la única traducción al español que utilizo es la de Transformar la tecnología, el resto de las referencias se traducen directamente aquí al español.

Además de su trabajo sobre la teoría crítica y la filosofía de la tecnología, el Dr. Feenberg también es reconocido como un innovador en el campo de la educación en línea, un campo que ayudó a crear en 1982. Dirigió el Proyecto TextWeaver para mejorar el software para foros de discusión en línea con una subvención del Fondo para el Mejoramiento de la Educación Post-secundaria del Departamento de Educación de los Estados Unidos.[3] Esta experiencia es relevante porque, desde su punto de vista, buscó cómo mejorar el aprendizaje en línea en un entorno académico tradicional, en lugar de implementar solo un piso tecnológico. También participó en el equipo del Centro de Estudios Neurológicos, en la investigación de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) a finales de los setenta para la elaboración de un protocolo de diagnóstico y tratamiento que diera una participación más activa y protagónica a los pacientes durante el proceso.

Inicialmente destaco algunos rasgos generales de la obra de Feenberg y los aportes que considera en su propuesta, para luego dar paso a una explicación más detallada de los conceptos centrales de la teoría. Esta sección es el resultado de un esfuerzo de sistematización de la obra de Feenberg, por lo que empleo recursos de clasificación, esquematización y secuenciación para poder rastrear la continuidad o interrupción de algunas líneas de interpretación. En este sentido, advierto la rigidez y sintetización de discusiones que, en la fuente, llevan extensas y complejas argumentaciones con los antecedentes; costo que considero apropiado en pos de seguir los rastros teóricos que conducen más rápidamente al terreno de la discusión sobre la posibilidad de transformar la tecnología.

A diferencia de los filósofos anteriores, como Heidegger, Ellul, Marcuse, Habermas, cuya reflexión sobre la praxis tecnológica se dispersa en temáticas e intereses antropológicos, sociopolíticos o metafísicos más globales, Feenberg se posiciona en una disciplina ya constituida como tal, con un recorrido incipiente, pero con un claro recorte del objeto de estudio. Este punto de partida posibilita una heurística detallada, minuciosa y precisa y, además, le habilita la posibilidad de clasificar, a cierta distancia, el corpus filosófico precedente, encontrando incluso él mismo un lugar de referencia en las corrientes designadas, esto es, en la perspectiva crítica.[4]

Esta referencia de Feenberg a una tradición crítica se percibe en los antecedentes que toma como base filosófica para elaborar una teoría crítica de la tecnología (TCT): Karl Marx, György Lukács y, especialmente, la Escuela de Frankfurt, sobre todo las obras de Herbert Marcuse y algunos aportes de Jürgen Habermas. Al circunscribirse en esta corriente, su análisis está centrado en la dimensión social y política de la tecnología y, como es propio de las perspectivas críticas, el reconocimiento de que dichos valores posicionan a los sujetos políticos en relaciones de inequidad y sometimiento respecto de los intereses de ciertos grupos dominantes.

Ahora bien, la relación de Feenberg con la tradición crítica no implica una adhesión incondicional. A lo largo de sus trabajos, acompaña la exégesis, especialmente de Marcuse y Habermas, con permanentes revisiones y revisitas a las fuentes, profundizando cada vez más en las potencialidades y las debilidades de sus análisis respecto del objetivo de la transformación socialista de la tecnología. Dentro de esta línea, la singularidad del Feenberg es su propuesta concreta de transformación de la tecnología, con la introducción de nuevas categorías de análisis que posibilitan llevar el campo de batalla ideológica y política al interior de la industria y la administración, a las fases del diseño y la planificación tecnológica, todos ellos ámbitos anteriormente relegados a pequeños grupos privilegiados en la toma de decisiones.

Metodológicamente, afín al estilo ecléctico frankfurtiano, este pensador crítico combina además otras influencias filosóficas contemporáneas de diversas corrientes y disciplinas. Las más próximas a las lecturas críticas son las de Michel Foucault y Martin Heidegger, a quienes pone en diálogo constante con Marcuse para potenciar sus interpretaciones críticas en clave práctica. Al primero, por su cuestionamiento a las estructuras ideológicas construidas tecnológicamente y sus análisis históricos y biopolíticos; al segundo, por su cuestionamiento a la visión instrumental de la tecnología y la exploración de las dimensiones calculadoras y meditativas en una racionalidad tecnológica comprendida como un sistema de valores que esclaviza al hombre y lo pone a su servicio.

La crítica a la modernidad y la racionalidad occidental lo lleva a considerar también la posibilidad de una modernidad alternativa multicultural, para lo cual analiza la concepción de Kitarō Nishida, filósofo japonés del siglo XX. Nishida explica e integra la singularidad del pensamiento oriental en el recorrido intelectual ya iniciado por Occidente. Feenberg retoma esta línea de interpretación y muestra cómo es posible que la misma concepción de racionalidad se cargue de nuevos significados y recorridos para complejizar la racionalidad totalizada de Occidente.

Del ámbito de la filosofía de la tecnología, concierta algunas reflexiones en sintonía con Langdon Winner, pero no quedan reconocidas de manera explícita; mientras que sí hay un reconocimiento de Gilbert Simondon, cuya noción de “concretización” es clave para poder elaborar algunos conceptos específicos inherentes al proceso productivo tecnológico.[5]

Por la cercanía de las posiciones críticas con las lecturas sociales de la ciencia y la tecnología, Feenberg sí reconoce y se apoya constantemente en las nociones introducidas por el constructivismo social de la ciencia y la tecnología, tomando como referencia a Wiebe Bijker, Trevor Pinch y Thomas Hughes. Para especificar aún más cómo comprende la teoría de la acción, se remite a Bruno Latour y Michel de Certeau. De estos autores toma la interpretación de la tecnología como producción social para criticar al instrumentalismo, al determinismo y al sustancialismo tecnológico.

En las páginas siguientes, detallo cada uno de los puntos señalados considerando, en primer lugar, que la propuesta de Andrew Feenberg se conoce como “teoría crítica de la tecnología, o constructivismo crítico de la tecnología −categoría propuesta en Cuestionar la tecnología (1999) y confirmada en Tecnosistema (2017)−, con la clara intención de avanzar sobre los aportes de la primera generación de pensadores frankfurtianos, especialmente de Marcuse, para superar las concepciones sustancialistas e instrumentalistas que obstaculizan los procesos de reflexión y transformación de la praxis tecnológica. La primera versión de la teoría se publica en 1991 y es actualizada en las obras posteriores −1995, 1999, 2002 y 2017−, que constituyen el corpus central de sus escritos sobre tecnología.

El objetivo de su teoría crítica no es cuestionar la tecnología o el progreso tecnológico per se, sino

la variedad de posibles tecnologías y caminos de progreso entre los cuales optamos. La tecnología moderna no es más neutral que las catedrales medievales, o la Gran Muralla China; encarna los valores de una civilización industrial particular, especialmente los de las élites que apoyan sus pretensiones de hegemonía en el dominio técnico. Debemos articular y juzgar estos valores en una crítica cultural de la tecnología. Al hacerlo, podemos comenzar a asir los esbozos de otra posible civilización industrial basada en otros valores (Feenberg, 1991: iii).

Fiel a sus orígenes críticos, no solo denuncia los errores y contradicciones del sistema capitalista avanzado, sino que también propone otro posible desarrollo tecnológico y cultural orientado por los valores de la participación social, la democracia, la equidad y el respeto a la diversidad social y medioambiental. De hecho, uno de los aspectos más importantes de su obra es la vinculación entre la transformación social y la tecnológica.

A pesar de circunscribirse en la línea crítica frankfurtiana, Feenberg es muy cauteloso en su red conceptual. Evita los extremos utopistas y distópicos porque

con la notable excepción de Marcuse, estas críticas marxistas [la de Lukács, Adorno, Horkheimer, Habermas] se quedan cortas al explicar efectivamente la nueva relación con la naturaleza implicada en sus programas, y ninguno de ellos se aproxima a satisfacer la demanda que su trabajo provoca de una concepción concreta de la “nueva tecnología” que invocan (Feenberg, 1991: 13).

En general, las preocupaciones centrales de la teoría crítica son tres: cuestionar la “objetividad”, neutralidad e imparcialidad del conocimiento, que se perciben como opuestos a los saberes intersubjetivamente informados, social e históricamente contingentes; la aplicación práctica de sus investigaciones teóricas que permitan la posibilidad de transformación de la sociedad; y la desnaturalización o develamiento de los intereses ocultos detrás de la fachada científica o de abstracción universal, que contribuya a generar conciencia de clase para una ulterior revolución contra los opresores. A estos tres ejes, Feenberg agrega un cuarto, la tecnología; esto es, analizar la dinámica dialéctica de la tecnología, considerándola como un espacio en disputa para lograr un proyecto de transformación cultural en las sociedades industriales avanzadas (Sassower, 2017: 244-246).

Así pues, identifico en su obra dos dimensiones a explorar: por un lado, la crítica al sistema actual desde un enfoque político y filosófico de la tecnología y, por otro, una propuesta de transformación social. Por supuesto, ambos aspectos están interconectados y se potencian mutuamente, pero considero relevante distinguirlos porque no siempre las perspectivas críticas logran explicitar tan clara y directamente una alternativa o propuesta de salida. Estas líneas están presentes a lo largo de las obras que reseño a continuación.

Teoría crítica de la tecnología, de 1991, expresa la versión original del proyecto de Feenberg, presentada al modo de un estado de la cuestión en el cual distingue las diversas posiciones sobre la tecnología (sustancialistas, instrumentalistas y críticas) para posicionar la suya, destacando los aportes de Marcuse y Foucault en su pensamiento. Aquí examina las fuentes marxistas que sirven de marco a su interpretación, sus contradicciones, potencialidades y límites. También aquí presenta las primeras versiones de la noción de “código técnico”, “ambivalencia”, “democratización” e “instrumentalización”.

Los tres grandes temas de esta obra, en palabras de Feenberg, son:

(1) El diseño tecnológico es socialmente relativo, contrario a los argumentos deterministas o las teorías de la neutralidad técnica; (2) la distribución desigual de la influencia social sobre el diseño tecnológico contribuye a la injusticia social; y (3) hay al menos algunas instancias en las cuales la injerencia pública en los diseños de dispositivos y sistemas produjo un cambio importante (Feenberg, 1995: 3).

La obra Modernidad alternativa. El giro técnico en filosofía y teoría social, de 1995, explora la aplicación de los conceptos propuestos al análisis de casos, incluyendo discusiones con los trabajos de Lyotard y de Kitarō Nishida. En analogía con el reconocido giro lingüístico que Rorty instala en la discusión filosófica, Feenberg propone un “giro técnico” por la importancia de la técnica y la tecnología para las sociedades contemporáneas (Kellner, 2017: 267). En cada uno de los capítulos de esta obra presenta un ensayo sobre un filósofo y luego el análisis de alguna práctica cultural que ilustra los conceptos que toma de cada autor, por ejemplo, la ciencia ficción de posguerra, la modificación de protocolos de atención a pacientes con HIV, el Minitel de Francia, y algunos ejemplos de los procesos de modernización en la cultura japonesa entre los que analiza la novela de Kawabata, El Maestro de Go (1981).

La obra tiene como objetivo mostrar mediante casos concretos que cualquier toma de posición dicotómica de la tecnología es insuficiente y pone de relieve la pluralidad de valores, prácticas culturales, estrategias y tácticas políticas concretas que implican los procesos de diseño y de implementación tecnológica. El estudio de casos históricos apunta, por un lado, a romper la ilusión de que la tecnología persigue criterios exclusivamente formales, despojados de los significados sociales y las prácticas políticas en las que se configuran y, por otro, a mostrar la participación real de los ciudadanos en la toma de decisiones cuando los movimientos sociales pudieron aprovechar los “puntos ciegos” del sistema productivo. Así, Modernidad alternativa “sostiene que la tecnología moderna no es ni salvadora ni una caja de hierro inflexible; sino un nuevo tipo de marco cultural, problemático pero sujeto a la transformación desde dentro” (Feenberg, 1995: 2).

Cuestionar la tecnología (1999) enfoca las raíces políticas del antiesencialismo, buscando desarticular y superar las tesis sustancialistas y deterministas y las posiciones de limitación ética de la tecnología, como las de Heidegger y Habermas, a través de la politización y reflexión del diseño tecnológico. Para ello, analiza los movimientos del Mayo francés y de los ambientalistas; luego examina la propuesta de una racionalización democrática abordando directamente el problema de la agencia política y la posibilidad de una democratización tecnológica. Finaliza la obra con la propuesta de su teoría crítica de la tecnología, realizando algunas modificaciones ampliatorias a la teoría de la instrumentalización de 1991.

La cuarta obra, Transformar la tecnología, de 2002, es una reformulación de la teoría crítica de 1991. La revisión se debe, según el autor, al cambio del contexto en esa década:

Aquella propuesta tenía un contexto histórico favorable en el momento en que el libro fue concebido. Era más fácil entonces imaginar un discurso político utópico probado en la práctica en la agitación de la desintegración del comunismo. Ahora ese contexto ha desaparecido, y es necesario repensar la razón fundamental para seguir discutiendo ideas políticas utópicas (Feenberg, 2002: vi).

En 1991 era fácil proponer cambios radicales, mientras que en 2000 se hace más difícil por la derrota del comunismo y el crecimiento económico posterior que desacreditaron la crítica social. Esto, para Feenberg, llevó, a comienzos de siglo XXI, al escepticismo respecto de los cambios sociales y no parece haber aspiraciones positivas que respondan a los problemas. De manera que las posiciones teóricas en este clima recaen, por una parte, en las críticas extremas y no propositivas y, por otra, en reformismos políticos que defienden los Estados de bienestar contra las corporaciones. La conjunción del conformismo, la complacencia intelectual y la desilusión sobre los grandes ideales generó un ambiente propicio para el abandono de posibles proyectos radicales de transformación. Por ello, ubica su teoría crítica entre la resignación y la utopía.

En consecuencia, Feenberg se propone lograr una crítica social imaginativa que esté disponible una vez que el boom económico recaiga en un nuevo período de crisis y decadencia. Ahora bien, su teoría no propone como modelo económico a la experiencia soviética, que dio lugar a este período de escepticismo. Particularmente, considera que el error de las interpretaciones marxistas que apoyan ese comunismo es haber asumido que el capitalismo se agotaría y caería por sus propias contradicciones y limitaciones. Por el contrario, él piensa que los problemas del capitalismo no están ligados al crecimiento o límite de su desarrollo, sino a la naturaleza de la tecnología y de la administración que lo sostiene y reproduce (Feenberg, 2002: vii). De modo que sus modelos de referencia son los movimientos comunistas de Europa Oriental, suprimidos por el avance soviético: por ejemplo, los consejos de trabajadores de Hungría en 1965, la autogestión yugoslava, los gremios independientes polacos y las reformas propugnadas por la Primavera de Praga de 1968. La revisión de estos movimientos enfatiza aún más los aspectos potenciales de desarrollos tecnológicos con otro estilo de gestión, radicalmente ajeno al control del capitalismo y del comunismo soviético. Además, entre los casos analizados en esta obra, hay un capítulo sobre la educación online que muestra las diferencias posibles en un modelo que prioriza una lógica dialógica por encima de la automatización y estandarización de los modelos educativos guiados por el mercado laboral.

En 2010, Feenberg publica una serie de ensayos sobre tecnología y modernidad llamada Entre la razón y la experiencia, que introduce referencias teóricas que son insumo de Tecnosistema (2017). Esta obra articula una serie de análisis de casos −narración crítica de las peripecias socioculturales del Minitel, internet, tratamientos médicos− y nuevas exégesis conceptuales a la luz del constructivismo social de la tecnología. De esta línea toma los aportes metodológicos, aunque con reserva, pues estos estudios asumen con frecuencia ciertas regresiones antimodernas o solipsismos posmodernos poco deseables para su propuesta de transición política (Feenberg, 2010: xii). En este escrito aparece la expresión “constructivismo crítico de la tecnología”, que resalta el valor de la documentación e historización de desarrollos tecnológicos alternativos, que justifican la factibilidad de una transformación de la tecnología, pero también la persistencia de una racionalidad tecnológica moderna que estructura los dispositivos y procesos técnicos.

La última obra, publicada en 2017, Tecnosistema, es un nuevo llamado a la crítica social habiéndose cumplido la caída predicha en 2002:

El consenso académico liberal que coexistió, más o menos pacíficamente, con la economía y la política neoliberal desde la década de 1990 hasta la crisis de 2008 ahora se ha roto. Ya nadie puede ser complaciente respecto a las amenazas al progreso en dominios tales como las relaciones de género y raza y el ambientalismo. Estas amenazas han tomado poder en los Estados Unidos. Las victorias que pensábamos que eran irreversibles ahora se cuestionan una vez más. Las luchas tendrán que librarse sobre la base de la racionalidad, tal como la interpretan de manera diferente las fuerzas políticas reaccionarias y progresistas (Feenberg, 2017: x).

De modo que ahora las luchas apuntan a la función de la racionalidad y la tecnología en las sociedades contemporáneas. Por ello, reformula las tesis presentadas en obras anteriores con el concepto de “tecnosistema”, compuesto por las tecnologías, los mercados y la administración −se trata de diferencias analíticas en un sistema dialéctico e integrado−. Con este giro teórico, Feenberg deja por un momento el análisis de la modernidad y encara el estudio de las estructuras y praxis sociales que moldean las experiencias comunitarias cotidianas. Lo novedoso de este libro quizás sea la redefinición de la teoría crítica de la tecnología como la “concreción de los aportes de Simondon con los del constructivismo social de la tecnología”. Omite el nombre de “teoría crítica de la tecnología”, para llamar a su teoría “constructivismo crítico de la tecnología”. Aunque sigue teniendo como referencia conceptual los aportes neomarxistas, afirma que

Argumenté que la crítica temprana de la razón instrumental podría salvarse de la acusación de antimodernismo si fuera presentada en términos más concretos y empíricos mediante la aplicación de los métodos de los estudios constructivistas de ciencia y tecnología. Hoy parece apropiado llamar a la teoría que desarrollé “constructivismo crítico” dada la importancia de los métodos constructivistas para mi formulación actual (Feenberg, 2017a: 44).

A diferencia de Winner, que rechaza los estudios CTS por carecer de contenidos políticos, Feenberg valora sus contribuciones metodológicas para el abordaje histórico concreto de la tecnología, aunque reconoce que el posterior auge de los estudios de casos termina diluyendo y fragmentando cualquier descripción general o global. Justamente, la ausencia de una explicación general les impide criticar la racionalidad instrumental dominante y, en consecuencia, desplazan los problemas políticos a cuestiones particulares o locales, a veces, más cercanas a la ética. De todos modos, Feenberg fusiona la crítica frankfurtiana a la dominación y la racionalidad con los métodos de los estudios CTS.

Tecnosistema merece párrafo aparte por privilegiar este giro metodológico, que caracteriza con los siguientes rasgos:[6]

  1. Un enfoque dialéctico, que consiste en el análisis de la interconexión de las variables y los posicionamientos de los sujetos en las relaciones de poder, que constituyen el campo de estudio de la política del tecnosistema.
  2. Simetría y asimetría, que implica revisar qué casos son pasibles de examinarse con métodos simétricos −controversias entre pares− y cuáles deben enfocarse asimétricamente como la crítica ideológica o los conflictos entre empresas y usuarios.
  3. El análisis por capas de significado, que van desde la ideología hasta las especificaciones técnicas concretas.
  4. Doble aspecto de la racionalidad, que plantea que la racionalidad sociotécnica trasciende la supuesta oposición entre ser y deber ser, porque los principios racionales de la construcción técnica son también la base para reivindicaciones normativas. Por tanto, esta sugerencia metodológica que mina el imperio de la razón instrumental, el cálculo, la dominación y la neutralidad axiológica, mostrando que es posible cargarla de otros sentidos, implica seguir “las razones de los actores” (Feenberg, 2017a: 63-64).

Estas sugerencias metodológicas orientan el análisis de casos y cobran peculiar significación en la redefinición de la teoría crítica, en cuanto intenta resolver algunas de las acusaciones de regresión tecnocrática o distopismo velado por su base frankfurtiana (Sassower y Kirkpatrick, 2017), para resaltar la potencialidad histórica de su proyecto de transformación.

En los siguientes capítulos propongo algunos conceptos articuladores o nodales que pueden rastrearse como continuidades a través de las diversas actualizaciones y aportes bibliográficos que se van sedimentando sobre la propuesta original. Para esta sistematización, tomé como referencia el artículo de Fernando Tula Molina y Gustavo Giuliano: “La teoría crítica de la tecnología: revisión de conceptos” (2015). Los autores examinan la obra de Feenberg a partir de sus conceptos principales divididos en críticos, propositivos, ideológicos, teóricos y actitudinales. Los críticos remiten al cuestionamiento del código técnico capitalista y a cómo su modificación puede dar lugar a modos de organización socialista. Los propositivos se relacionan con la democratización de la tecnología y cómo puede dar lugar a un reordenamiento de los posicionamientos y espacios que amplían el margen de maniobra de los sujetos y limitan la autonomía operacional mediante luchas contra los códigos técnicos. Los ideológicos se vinculan a su concepción de socialismo que, según Tula Molina y Giuliano, se basa en una comprensión del poder de abajo hacia arriba, el reposicionamiento de los sujetos mediante la autogestión y el control del capital. Para ellos, la crítica debería dirigirse no tanto al capitalismo sino más bien al consumismo porque

no caemos en un esquema “nosotros y ellos”, sino que todos, independientemente de nuestra ideología −e incluso de si somos trabajadores o gerentes−, compartimos prácticas y circuitos habituales de consumo, con lo cual “alimentamos” el tipo de sociedad industrial que la crítica social busca superar (Tula Molina y Giuliano, 2015: 182).

Los conceptos teóricos son las innovaciones conceptuales, tales como autonomía operacional, margen de maniobra, ambivalencia, código técnico, intereses participantes y la tesis de la instrumentalización; que los intérpretes consideran como la promesa de una “crítica social imaginativa para repensar las sociedades avanzadas”. Finalmente, los actitudinales tienen que ver con el rechazo a la tecnofobia, por un lado, y a la pretensión de ambiciosos cambios totales, por otro, que impiden cualquier modificación en las prácticas sociales. “Es aquí donde reside el mayor problema para su propuesta de democratización radical, ya que supone un aumento de responsabilidad y poder que los ciudadanos no desean” (Tula Molina y Giuliano, 2015: 184). Este aumento de responsabilidad se vincula a la participación táctica que deben asumir los sujetos para avanzar en los procesos de democratización tecnológica.

El trabajo de Tula Molina y Giuliano es un modelo de tratamiento sistemático de algunos conceptos centrales de Feenberg, que utilicé como guía para la elaboración de una red conceptual propia tomando toda la obra de Feenberg sobre la tecnología. El criterio de selección y ordenamiento categorial es la vinculación de la teoría crítica con el aporte de Feenberg. Al inscribir su propia teoría en la tradición crítica neomarxista de la Escuela de Frankfurt, Feenberg hereda y continúa el estilo de reflexión político de crítica general del capitalismo y un consecuente programa de transformación o transición al socialismo.

Considerando su estrecha adhesión crítica con la teoría crítica, propongo la exploración de sus escritos rastreando dos ejes centrales: uno general, que continúa la interpretación del legado crítico acerca de la lógica unidimensional y reificadora capitalista; y otro específico, el aporte heurístico del autor al pensamiento frankfurtiano, esto es, una teoría crítica de la tecnología que enfoca el proceso de diseño tecnológico como praxis política. Estos ejes sirven de hilo conductor para escudriñar algunas de sus categorías de análisis a través del examen de los aportes de diversas tradiciones y campos disciplinares.

A diferencia de otros enfoques, como los sustancialistas o los instrumentalistas, el de Feenberg no trata la tecnología como un sistema de dispositivos o servicios técnicos, como el producto del quehacer del sistema productivo técnico, sino como praxis tecnológica. De hecho, él mismo se enmarca en la “filosofía de la praxis”, que amplía la discusión del campo de lo económico al de las relaciones sociales; por ello, invito a recorrer estos andamios por los cuales acceder a la descripción de la dialéctica tecnológica, especialmente en el ámbito del diseño.


  1. Esta obra es un interesante trabajo de documentación que contiene material escaneado de las movilizaciones francesas: panfletos, artículos cortos, pósteres. El archivo se puede consultar online en la página https://bit.ly/3Pj5vc3.
  2. Títulos originales en inglés: Sobre filosofía de la tecnología: Critical Theory of Technology (1991), Alternative Modernity (1995), Questioning Technology (1999), Transforming Technology: A Critical Theory Revisited (2002), Between Reason and Experience. Essays in Technology and Modernity (2010), Technosystem: the social life of Reason (2017). Estudios especializados: Lukács, Marx, and the sources of Critical Theory (1986), Heidegger and Marcuse: The Catastrophe and Redemption of History (2005), The Philosophy of Praxis: Marx, Lukács, and The Frankfurt School (2014). Estudios de casos: When Poetry Ruled the Streets: The May Events of 1968 (2001), Modernity and Technology (2003), Community in the Digital Age (2004), (Re)inventing the Internet. Critical case Studies (2012).
  3. Se puede consultar la última versión de este software en la página http://webmarginalia.net/.
  4. Esta es la clasificación referida en el capítulo anterior de las corrientes de filosofía de la tecnología en instrumentales, sustancialistas y críticas (Feenberg, 1991, 1995, 1999).
  5. Cabe destacar que en su obra más reciente, Tecnosistema (2017), Feenberg explicita su reconocimiento de los aportes tomados de Simondon y propone su teoría como una sintetización de Simondon y el constructivismo social de la tecnología.
  6. En la obra, Feenberg las denomina “sugerencias” metodológicas para quitarles cualquier carga programática o estructura rígida y secuenciada, fiel a su estilo ensayístico y flexible.


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