Ambivalencia de la tecnología
En oposición a las tesis del determinismo y la neutralidad tecnológica, Feenberg concibe la tecnología como un proceso ambivalente, es decir que tiene la potencialidad de dar lugar a varios cursos de acción. Más que un destino inexorable o un despliegue necesario de potencialidades obligadas, se trata de un espacio de lucha, de praxis política, en la cual se enfrentan diversos intereses y objetivos sociales en condiciones de inequidad.
Más aún, la tesis de la ambivalencia de la tecnología no se limita a los usos posibles de los diversos servicios y dispositivos, como la tesis de la neutralidad, sino que abarca las consecuencias de determinados desarrollos técnicos sobre el conjunto social, ya sean intencionales o inesperadas. Pensar que los sistemas tecnológicos son neutrales y que su carga valorativa depende de los fines asignados por agentes externos es desconocer la compleja interacción entre tecnología, relaciones sociales y ambientales que, de hecho, tiene lugar en la experiencia diaria. De allí que Feenberg enfatice la discusión política de los desarrollos tecnológicos, pues comportan una serie de consecuencias sociales, directas e indirectas, que no son ni necesarias ni inevitables. Hay una variedad de potencialidades que deben ser discutidas.
Se llama “ambivalencia” a la diversidad de desarrollos alternativos posibles porque pueden agruparse en dos principios:
1. Conservación de la jerarquía: los sistemas tecnológicos reproducen y sostienen la jerarquía social gracias a las estrategias tecnocráticas por las cuales presentan como “modernización” la introducción de innovaciones que refuerzan las posiciones jerárquicas.
2. Racionalización democrática: las nuevas tecnologías también pueden emplearse para derribar la jerarquía social existente o, al menos, forzarla a introducir necesidades de los grupos sociales que había ignorado (Feenberg, 1999: 76).
Ahora bien, la ambivalencia no significa que la jerarquía tecnocrática y la democratización tecnológica estén en igualdad de condiciones, sino más bien en igualdad de posibilidad o potencialidad, aunque reconozcamos que la primera es la dominante. A pesar de ello y de que la administración ejerce innumerables oposiciones y estrategias de sofocación a la distribución del control y el poder, hay que reconocer cierta permeabilidad a la transformación civilizatoria que abre las puertas a una discusión política en el ámbito del diseño para la configuración de nuevas relaciones sociales a partir de las funciones e innovaciones técnicas; de allí que el segundo principio, a juicio de Feenberg, completa o explicita la sugerencia foucaultiana y marcuseana de la resistencia al sistema dominante.
Algunos autores, como Graeme Kirkpatrick (2017) y, hasta cierto punto, Douglas Kellner (2017), consideran que Feenberg, con estos dos principios, reduce binariamente la complejidad de opciones. Sin embargo, el mismo Feenberg corrigió la noción de ambivalencia remitiéndola a la apertura de la técnica a múltiples cursos de acción, aunque el código técnico capitalista oscurece su maleabilidad (Feenberg, 2017a). Quizás la elección del concepto no sea la más transparente, pero cumple con su función primordial de batallar contra las concepciones neutralistas.
Feenberg explica la vigencia de la tesis de la neutralidad axiológica, que sedujo al mismo Habermas, por los prejuicios modernos y la obstinada búsqueda de objetividad y neutralidad del ideal de ciencia y tecnologías “puras”, y agrega que
la Ilustración nos enseñó a identificar los sesgos cuando los prejuicios, emociones, y pseudohechos influyen en juicios que deberían basarse en criterios racionales. Llamo a estos “sesgos subjetivos” porque se sostienen en contenidos de creencias como, por ejemplo, la idea de que algunas razas poseen una inteligencia inferior (Feenberg, 2017: 22).
La eliminación de los sesgos subjetivos, la neutralidad de los juicios emitidos, es garantía de “objetividad” bajo esta perspectiva moderna. Por tanto, según la concepción ilustrada, un sistema como el técnico opera según criterios exclusivamente técnicos y racionales y es neutral cuando excluye los sesgos subjetivos de sus configuraciones y diseños específicos.
Feenberg sostiene que también hay en los desarrollos tecnológicos sesgos que son “formales”, que a diferencia de los subjetivos, aparentan ser racionales porque justifican determinadas funciones y operaciones técnicas por la eficiencia o algún principio abstracto; esto es, a un “contenido” social se le opone un principio formal. Por ejemplo, un sesgo formal en el ámbito jurídico estipula la igualdad ante la ley de todas las personas sin distinción. A pesar de la aparente justicia y racionalidad de este principio, la inequidad se manifiesta al considerar el contenido concreto social, pues hay sujetos que no tienen acceso a una asistencia y asesoramiento legal mientras que otros sí lo tienen. Por tanto, aunque el principio formalmente parezca justo y racional, esconde una preferencia o posicionamiento favorable de determinados grupos.
El sistema tecnológico está cargado de sesgos formales que no se perciben en el nivel de los elementos técnicos, sino en la configuración general que adquieren al integrarse en una línea de desarrollo. Por ello, criticar este tipo de sesgos es más complejo, ya que no basta con la denuncia de algún juicio o acción particular que atente contra determinados grupos sociales, sino que requiere redefinir cuáles son los criterios relevantes para juzgar una acción o institución. Así, por ejemplo, si analizamos elementos técnicos aislados como una aguja o una máquina hiladora, no hay polémica sobre qué sesgos pueden presentar sus diseños; pero si consideramos estos elementos en el contexto de la producción de máquinas de hilado con tamaños especiales para niños que trabajan en talleres clandestinos, la discusión toma otro rumbo. Desde un punto de vista abstracto, no habría ninguna objeción per se al tamaño o a las adaptaciones particulares del diseño de un dispositivo; pero considerando el contexto material y social, es justamente dicho diseño el que habilita técnicamente el trabajo infantil.
Por ello, el concepto de ambivalencia instala el análisis crítico de los sesgos tanto subjetivos como formales cargados en los desarrollos tecnológicos, para pensar en qué medida favorecen o no la distribución democrática del poder y el acceso de distintos intereses participantes en los procesos de diseño.
Código técnico
Considerando entonces que la tecnología es ambivalente, cabe preguntarnos por qué predomina el principio de la conservación de la jerarquía en vez del de la racionalización democrática. Para comprender esto, es necesario introducir el concepto de “código técnico” (1991, 1995, 1999, 2002) o “código de diseño” (2017), noción que tiene una base simondoniana.[1]
Dado que no todas las potencialidades de la tecnología se desarrollan materialmente, porque de hecho el sistema productivo selecciona, de entre la diversidad de opciones técnicas, algunas que permiten conservar la jerarquía social, Feenberg propone “… el término ‘código técnico’ para describir aquellas características de las tecnologías que reflejan las creencias y los valores hegemónicos que prevalecen en el proceso de diseño” (Feenberg, 1995: 4). Un código técnico opera como criterio de decisión entre una multitud de alternativas posibles, que claramente favorecen el posicionamiento inequitativo de diferentes sectores sociales tanto en la toma de decisiones como en la consideración de sus intereses.
El código técnico va imponiendo ciertas prácticas y pautas cargadas de valores en la vida cotidiana de una manera tan sutil que, como los sesgos formales, se presentan a veces como un avance en eficacia técnica, y así estimulan la aceptación y naturalización de la innovación propuesta. La selección de configuraciones técnicas política y culturalmente significativas se oculta tras el velo de la practicidad y pronto se vuelve imperceptible como producto y práctica cultural: el uso del teléfono, internet, la informatización de los sistemas de atención y consulta ciudadana, los sistemas de transporte público, el diseño de viviendas y de las planificaciones urbanas.
El constructivismo sostiene que este proceso de cierre y ocultamiento de los orígenes históricos culturales de las prácticas tecnológicas encierra los códigos en una “caja negra” que bloquea el cuestionamiento y la reflexión crítica sobre qué tipo de delegaciones y normativas sociales imponen con las estructuras y procesos tecnológicos.
En línea con el enfoque político de Winner, Feenberg señala que los códigos técnicos encierran intereses sociales particulares, pero moldean las formas de vida de todos porque
Deciden dónde y cuándo vivimos, qué tipo de alimentos comemos, cómo nos comunicamos, nos entretenemos, curamos y así sucesivamente. A medida que la tecnología deviene central para cada vez más aspectos de nuestras vidas, su autoridad legislativa se incrementa. Pero si la tecnología es tan poderosa, entonces seguramente debería ser medida, como otras instituciones políticas, con los mismos estándares democráticos (Feenberg, 1995: 5).
Sin embargo, no hay aún una discusión política en el seno del diseño, y la administración y la planificación siguen concentradas en manos de empresarios, corporaciones, instituciones militares y económicas.
En las sociedades capitalistas, el código técnico prioriza la centralización y la jerarquía para la conservación del statu quo, excluyendo a los trabajadores de la administración y confinándolos a las líneas de ensamblaje. Dos ejemplos paradigmáticos muestran la prevalencia tecnocrática de ciertos intereses: la automatización y la descalificación de la mano de obra. La primera intenta sustituir las habilidades y la fuerza de trabajo de los obreros; la segunda reduce las iniciativas y la creatividad de los trabajadores para introducir cambios o intereses en los diseños y procesos de gestión y control del sistema productivo (Feenberg, 1995: 87). El código técnico materializa las estructuras en las que se disputan la autonomía operacional de la administración y el margen de maniobra de los sectores dominados. En el capitalismo, los códigos técnicos tienden a reducir cada vez más el margen de maniobra de los trabajadores, especialmente en los espacios donde se planifican los diseños y se escogen las soluciones técnicas para determinados problemas prácticos.
Sin embargo, como hemos señalado, la tecnología es ambivalente y, a pesar de la creciente presión de los grupos sociales dominantes para ampliar su autonomía operacional, la potencialidad de la democratización sigue latente. El problema es que la resistencia y la lucha por revertir la tendencia a la centralización y la jerarquización suele apuntar a soluciones políticas sin un plan o táctica tecnológica que implique transformaciones operativas en el código técnico.
En ocasiones, algunos movimientos logran que sus reivindicaciones sean codificadas en respuestas procesales o en los protocolos de ejecución, por ejemplo, la implementación de las leyes de parto humanizado con sus respectivos protocolos de atención obstétrica y ginecológica. En estos casos, las demandas sociales de los sectores implicados logran quebrar la vara de aparente tecnicidad para ampliar los criterios con los que son evaluadas y estandarizadas las normas de práctica médica. Sin embargo, Feenberg insiste en que, una vez instaladas en el sistema, sus orígenes sociales se pierden y los cambios se experimentan como una consecuencia necesaria del avance técnico (Feenberg, 1995: 105).
Por otra parte, Feenberg afirma que efectivamente el código se construye sobre una base tecnológica e ideológica. Los intereses de los grupos dominantes se van especificando en procedimientos y pautas técnicas que conservan su posición privilegiada. Luego, dichos procedimientos se presentan como neutrales y universales:
Los valores de un sistema social específico y los intereses de sus clases dominantes se instalan en el diseño mismo de los procedimientos y máquinas racionales, incluso antes de que se les asignen objetivos específicos. La forma dominante de la racionalidad tecnológica no es una ideología (una expresión discursiva del interés de clase) ni un reflejo neutral de las leyes naturales. Más bien, se encuentra en la intersección entre ideología y técnica, donde los dos se unen para controlar a los seres humanos y los recursos de conformidad con lo que llamaré “códigos técnicos”. La teoría crítica muestra cómo estos códigos invisiblemente sedimentan valores e intereses en reglas y procedimientos, dispositivos y artefactos que vuelven rutinaria la búsqueda de poder y beneficio de una hegemonía dominante (Feenberg, 1991 y 2002: 14-15).
El término “código” es metafórico y remite a tres ideas: la primera es que genera una rutina en la práctica de diseño que organiza las actividades y refuerza las estructuras de poder; la segunda es que, además de los fines que persiguen, los sistemas técnicos comunican sus funciones a otros agentes sociales y los vinculan en actividades; finalmente, la tercera idea es que el código instaura un discurso, un “régimen de verdad”, en el sentido foucaultiano, que excede los localismos y se sitúa en dominios sociales más amplios (Kirkpatrick, 2017: 123).
Bajo la influencia frankfurtiana, Feenberg propone develar los contenidos ideológicos, los posicionamientos políticos y la racionalidad tecnológica que se ocultan, detrás de una aparente obviedad, en los códigos técnicos. La teoría crítica de la tecnología consiste entonces en mostrar cómo un proceso técnico está configurado políticamente y con qué recursos y estrategias se ha naturalizado su condición ideológica.
El régimen de verdad dominante y la hegemonía efectiva de un código técnico se sostiene evitando la lucha, impidiendo que los agentes cobren conciencia de sus intereses, mediante la naturalización, la reificación y la universalización de los intereses dominantes que aparecen como obvios, objetivos y deseables. Feenberg enfatiza reiteradamente la importancia neurálgica del código técnico en la preservación del orden establecido, pero también como campo de batalla por la instauración efectiva de transformaciones y demandas tácticamente instaladas por los movimientos sociales.
En su dimensión social, el código técnico tiene dos significados: (1) regla que estipula las actividades permitidas o prohibidas y (2) asociación de las reglas con ciertos significados o propósitos (Feenberg, 1991 y 2002). Recurriendo a la metáfora wittgensteiniana de juegos del lenguaje, podemos decir que el código técnico constituye la regla general que organiza y dispone el espacio social, físico y temporal en el que los sujetos se ubican en posiciones desiguales (Feenberg, 2002: 83).
Así pues, los significados sociales se condensan y materializan en reglas del orden técnico que transmiten no solo pautas de acción, sino también significados socialmente relevantes. Por ejemplo, la instalación del diseño universal o accesible en diversos dispositivos, construcciones arquitectónicas y espacios urbanos marca una serie de conductas, disposiciones e instrucciones técnicas; pero también implica, con un peso proporcionalmente mayor al de una regla simbólica, un significado social: la inclusión de todos los sujetos en las actividades cotidianas.
La nueva política del tecnosistema puede entenderse como una lucha por los códigos de diseño. Por ejemplo, internet ha sido moldeado en gran medida por hackers y usuarios que lo han convertido en un medio de comunicación libre y abierta. Continuamente perturban los patrones emergentes y evitan la naturalización de la tecnología (Feenberg, 2017: 34).
Lo mismo puede decirse de los movimientos ambientales que están instalando la discusión de diseños sustentables en una incesante pugna por redefinir los códigos técnicos, o los movimientos de derechos de los pacientes que desde 1970 vienen conquistando, a través de pequeñas victorias protocolares y legislativas, el territorio minado por el paternalismo médico. En síntesis, los diseños tecnológicos se constituyen por concatenaciones de capas de significación e intereses sociales, más o menos integradas, más o menos en pugna.
Feenberg sostiene que
Los códigos de diseño traducen las visiones del mundo y los intereses entre el lenguaje cotidiano de los actores sociales y los lenguajes técnicos de los ingenieros o gerentes. La traducción oculta el significado social de los códigos detrás de un velo de necesidad técnica. Los códigos que logran una autoridad incuestionable constituyen una cultura técnica (Feenberg, 2017: 57).
La tarea de la teoría crítica consiste en quitarles el velo de neutralidad, racionalidad y justificación en pos del progreso tecnocrático, para mostrar sus orígenes ocultos en las cajas negras.
Raphael Sassower y Graeme Kirkpatrick objetan que la descripción de la racionalidad tecnológica recae en los argumentos tecnocráticos porque el código técnico hegemónico, tal como lo describe Feenberg, avasalla las posibilidades democráticas y no se comprende cómo un sistema (que preserva agresivamente sus alcances) deja espacio para la intervención democrática (Sassower y Kirkpatrick, 2017). Para Kirkpatrick la idea de una racionalidad tecnológica hegemónica se acerca demasiado a la idea de tecnocracia aun cuando Feenberg afirme la posibilidad de los sujetos de influir en los desarrollos tecnológicos. Esta crítica apunta a un aspecto que ya era problemático para la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, a saber, su descripción del dominio de la racionalidad tecnológica es tan cerrada que parece imposible una salida alternativa o la transformación del sistema.
Para Kirkpatrick, el concepto de código debería construirse en términos de articulación de lógicas sociales y no ontológicos,[2] como afirma Feenberg. Aun así, considera que el término “código técnico” es un avance en el marco del constructivismo que no distingue agentes intencionales de artefactos, porque enmarca las actividades sociales dentro de una dinámica general en la que las relaciones se inscriben en condiciones de desigualdad (Kirkpatrick, 2017: 132).
Al destacar la centralidad del código técnico, el núcleo de las reflexiones críticas apunta al ámbito del diseño y no solo al del uso o aplicación. De hecho, la mayor parte de los escritos del autor muestra las disputas de sentidos, de definiciones técnicas y de implementación de diversas funciones en dispositivos o procesos por parte de distintos movimientos sociales.
Cualquier cambio o transformación política que se desee efectuar en el sistema técnico debe lograrse “desde adentro”, en el ámbito del diseño en el que se pueden seleccionar las potencialidades y soluciones alternativas, antes de la implementación y posterior difusión masiva (Feenberg, 2002: 64). El problema de las sociedades contemporáneas es que, a pesar de su carácter eminentemente tecnológico, el espacio de la toma de decisiones todavía está vedado para una amplia mayoría de grupos sociales (Feenberg, 1991 y 2002). Por ello es menester insistir en la condición táctica de la intervención sobre el diseño, dado que muchas de las concepciones fatalistas y distópicas de la tecnología, al ser deterministas, niegan la posibilidad del cambio, justamente porque están ancladas en el punto de vista del usuario, es decir, en la fase de implementación. Una vez diseminado por todo el sistema tecnológico, es irrisorio intentar fijar límites éticos o regulaciones morales e incluso políticas en el uso o aplicación. En contraste, cualquier modificación en las prácticas de diseño puede traducirse, a gran escala, en transformaciones hacia todo el conjunto social.
De hecho, muchas demandas sociales, consideradas externas al desarrollo tecnológico, deberían ser incorporadas, por derecho, en el código técnico; tales como la demanda de tratamientos humanizados en el ámbito de la medicina, la de tecnologías sustentables o la de dispositivos accesibles a cualquier sujeto con discapacidad. Feenberg afirma que en realidad no hay principios lógicos o técnicos para optar por un diseño en lugar de otro, excepto, por supuesto, el límite técnico material incuestionable de que, cualquiera sea la solución técnica, debe funcionar. La cuestión es que hay varias alternativas de procesos y dispositivos que sí funcionan y la elección de uno de ellos no es técnica. En este sentido, hay una indeterminación del progreso en los desarrollos tecnológicos; el curso de acción que siga una innovación depende de la condensación de los intereses de un grupo social o de varios −a veces con disputa y resistencia, a veces con aceitada imposición del sector dominante que controla la totalidad de la administración− (Feenberg, 1995: 4).
El modo en el que los sectores sociales excluidos pueden ingresar en los procesos de diseño siempre es táctico, puesto que la estrategia general tiende a sostener y perpetuar la autonomía operacional de la administración. Por tanto, se trata de advertir y tomar ventaja política de los “puntos ciegos” que se presentan en el proceso de diseño. Así, por ejemplo, los movimientos ambientalistas han logrado introducir e instalar la discusión de diseños “sustentables” en el ámbito de la producción tecnológica (Feenberg, 1995).
Entre las sociedades premodernas y las modernas la modificación de los procesos de diseño es sustancial. En las premodernas, los dispositivos eran relativamente simples e independientes entre sí; y, además, eran incorporados a prácticas culturales que completaban su integración simbólica en las actividades cotidianas de la comunidad −técnicas de caza y recolección, o dispositivos de comunicación−. Feenberg denomina a este tipo de diseños simbólicamente expresivos, porque el sistema cultural de una sociedad determinada expresa sus contenidos simbólicos a través de sus artefactos. En contraposición, las sociedades modernas disocian los productos técnicos y los significados culturales. Los dispositivos técnicos individuales o artefactos se perciben neutros valorativamente y adquieren su significado en congruencia con el sistema general. Pero si los consideramos desde el punto de vista del diseño, las funciones que van codificando en sus procesos son además de técnicas, socialmente configuradas. A este modo de diseño, Feenberg lo denomina diseño congruente con el sistema.
La propuesta de indagar en el diseño tecnológico intenta complementar los aportes de la primera generación frankfurtiana, para lograr el corte con el pesimismo sustancialista heideggeriano, mediante la identificación de los elementos concretos y las estrategias ideológicas materializadas en los procesos técnicos. También los constructivistas destacan la importancia del proceso de diseño porque es el espacio en el que materia y significado se unen, por ello Feenberg decide enfocarse en este terreno. Es el campo en el que los diversos actores cristalizan sus intereses y valores, en función de cómo interpreten los problemas y las soluciones técnicas (Feenberg, 2017: 32)
Ahora bien, la insistencia en la apertura del diseño a la participación de más actores y grupos sociales cuestiona el lugar del experto técnico en la producción tecnológica. Si bien los tecnólogos producen a partir de un saber particular y un dominio del conocimiento y habilidades técnicas específicas, los ciudadanos participan desde su experiencia de la vida cotidiana y, aunque desde un punto de vista dogmático, parecen posiciones irreconciliables, lo cierto es que el diálogo entre ambos es frecuente a lo largo de la historia de los desarrollos tecnológicos. El caso es que esta interconexión aún no es reconocida en términos de protocolos y procesos específicos y es en este punto donde intenta intervenir la teoría crítica de la tecnología.
De la teoría de la instrumentalización a la teoría de la funcionalización
En el intento de comprender el proceso de diseño, dada su importancia para las tácticas de transformación tecnológica, Feenberg propone la teoría de la instrumentalización, que caracteriza la dialéctica del proceso tecnológico con dos momentos o instancias analíticas: la instrumentalización primaria y la instrumentalización secundaria. Si bien esta teoría se mantiene constante a lo largo de la obra de Feenberg, podemos reconocer dos actualizaciones de la versión original de 1991 en Cuestionar la tecnología (1999) y, la más reciente, en Tecnosistema (2017). Presentaremos a continuación la versión inicial y sus modificaciones posteriores, considerando que estas no cambian sustancialmente los conceptos básicos, sino que amplían o ajustan determinadas características a la luz de nuevas consideraciones u objeciones.
En Teoría crítica de la tecnología, Feenberg reconoce la influencia de Marcuse en su noción de “instrumentalización primaria” y afirma que
La instrumentalización primaria caracteriza las relaciones técnicas en todas las sociedades, aunque su énfasis, rango de aplicación y significado social, varían mucho de una sociedad a otra. Pero el capitalismo tiene una relación única con este aspecto de la técnica. Debido a que su hegemonía se basa en los sesgos formales, tiende a identificar la técnica como un todo con estos momentos primarios de descontextualización, cálculo y control. La definición de técnica es reducida para incluir sólo la instrumentalización primaria y otros aspectos de la técnica son ignorados o tratados como no técnicos (Feenberg, 1991: 182).
En este primer momento dialéctico, los objetos y materiales son descontextualizados de su nicho físico y sociocultural para ser pensados, manipulados y organizados de tal manera que solo sean relevantes sus dimensiones técnicas al estilo en que Marcuse describe la lógica unidimensional.
Para Feenberg, el capitalismo enfatiza esta descontextualización porque pone a disposición de la administración todos los recursos en forma de elementos técnicos manipulables, al liberar los dispositivos y procesos de sus posibles interconexiones sociales y culturales que podrían limitar el avance de la centralización de la gestión o el control.
La instrumentalización primaria se subdivide en cuatro momentos reificadores:
- Descontextualización
- Reducción
- Autonomización
- Posicionamiento
1. El primer momento es la separación de los objetos o materiales de su contexto despojándolos de cualquier carga simbólica cultural que no remita a las condiciones de eficacia y funcionalidad técnica. Una vez que se logra esto, todos los elementos son juzgados en función de su utilidad práctica. Un ejemplo de este momento es la línea de ensamblaje en la que los trabajadores son despojados de su comunidad y de las prácticas culturales que entraman los oficios, para estar disponibles como fuerza de trabajo de una secuencia en la que no solo cada trabajador cumple una tarea específica, sino que, además, fragmenta hasta el último movimiento para controlar todo el proceso. Los mismos trabajadores son desmembrados analíticamente en brazos, espaldas, manos, que son ponderados en términos de utilidad (Feenberg, 1991: 185).
2. La reducción consiste en separar las cualidades primarias de las secundarias, es el momento de la abstracción que “depura” cualquier rastro de las comunidades y ambientes naturales de origen, liberando aquellas cualidades que permiten el ejercicio del control de los administradores. Estas serían las cualidades primarias. Mientras que las culturales son secundarias y percibidas como limitaciones o errores que hay que superar para avanzar en aras de la tecnicidad. Por ejemplo, un valle es despojado de su flora y fauna para la construcción de una ruta. En este caso, el terreno, su resistencia y permeabilidad serán considerados como cualidades primarias en interés del objetivo técnico, y quedarán relegados los aspectos medioambientales o culturales como secundarios. En los tratamientos médicos sucede lo mismo: se consideran los elementos orgánicos relevantes para la detección y cura eficaz de determinada patología, pero se desprecian otras consideraciones biológicas (como los efectos en la totalidad del organismo) y, más aún, otras cualidades espirituales y culturales. Por ejemplo, el caso de los testigos de Jehová, constantemente expuestos a críticas y polémicas por la creencia que les impide recibir trasfusiones de sangre o donación de órganos, habiendo, no obstante, otros procedimientos tecnológicos para su efectivo tratamiento como el rescate celular −la extracción y limpieza de la sangre del mismo paciente−.
3. La autonomización consiste en la liberación relativa del sujeto del proceso tecnológico a través de la disipación o retardo de la retroalimentación del objeto sobre el sujeto. Para explicar este aspecto, Feenberg recurre a la tercera ley de Newton: “Para cada acción, hay una reacción igual y opuesta”, a toda acción le corresponde una reacción de iguales características. Pero en el caso de la técnica, esa reacción se pierde o se amortiza a partir de diversas funciones técnicas, por ejemplo, al conducir un auto, el sujeto no experimenta la misma reacción que produce al incrementar la velocidad, sino a lo sumo un leve traqueteo en la marcha. Tampoco advierte la polución que crea el vehículo en el ambiente.
Esta misma lógica se utiliza para disminuir el efecto de los trabajadores en las empresas o fábricas. La fragmentación del trabajo y la distancia entre administradores y obreros opera justamente para evadir la retroalimentación de estos últimos. También aquí el código técnico capitalista enfatiza este momento para lograr un control “desde arriba”, que implementa mecanismos y canales de comunicación y gestión que logran diferir o diluir la retroalimentación de los trabajadores sujetos a la administración, de tal manera que la acción que se ejerce de “arriba hacia abajo” no reciba (ni pueda recibir) una reacción opuesta de abajo hacia arriba.
4. El posicionamiento describe la dinámica de la tecnología como las reglas de un juego o las de navegación. Hay ciertas pautas que cumplir, marcadas por la tecnicidad de los procesos; pero el ritmo, el flujo, la dirección y la configuración del juego o viaje se definen por la posición que adopte el sujeto en el campo. La ubicación estratégica de los sujetos define la autonomía de sus acciones. En el capitalismo, la hegemonía la tienen los propietarios de los medios de producción; esto quiere decir que la desigualdad social no es externa o ajena al diseño tecnológico, sino que, desde sus orígenes, los procesos e innovaciones definen, a través de los códigos técnicos, el posicionamiento favorable de un sector social y el sometimiento de otro.
Ahora bien, el segundo momento dialéctico, la instrumentalización secundaria, complementa pero se mueve en sentido opuesto a la instrumentalización primaria porque
Trabaja con dimensiones del objeto denegadas en el nivel primario. La instrumentalización secundaria implica una práctica reflexiva metatécnica que trata los objetos técnicos terminados y la relación técnica en sí misma como materia prima para formas más complejas de intervención técnica (Feenberg, 1991: 182-183).
Este proceso es inherente al desarrollo tecnológico y reintegra las tecnologías en sus contextos nuevamente, pero el capitalismo tiende a obstaculizar este segundo proceso, en tanto impide el control y la conservación efectiva de la jerarquía. Esta fase se compone, a su vez, de cuatro momentos que se corresponden con los cuatro de la instrumentalización primaria:
- Concretización
- Investidura estética
- Vocación
- Colegialidad
1. La concretización, tal como la describe Simondon, consiste en la integración de los elementos descontextualizados “… es el descubrimiento de las sinergias entre las tecnologías y sus múltiples ambientes” (Feenberg, 1991: 189). Esto implica la reincorporación de las habilidades de los trabajadores y los límites ambientales en las estructuras tecnológicas.
2. La investidura estética compensa la distinción entre cualidades primarias y secundarias a través de la inclusión de los valores culturales estéticos que enriquecen al objeto técnico nuevamente. Todas las sociedades ornamentan los objetos técnicos que producen; sin embargo, en las sociedades modernas la estética suele pensarse disociada de la producción, como el packaging o el decorado externo del producto tecnológico.
3. La vocación subsana la autonomía que genera la separación entre sujeto y proceso técnico. Feenberg señala la importancia de la adquisición de un oficio o vocación porque recupera la relación entre acción y reacción. En la vocación, el sujeto ejerce una acción sobre el objeto, pero este, a su vez, lo transforma, porque en el oficio no hay una acción contemplativa o fragmentada, sino que hay un compromiso integral del sujeto con la actividad. En las sociedades actuales, apunta Feenberg, la vocación suele referirse a prácticas, como las de los médicos, que todavía conservan algunos rasgos de oficio, pero constituyen prácticas tecnológicas locales y concretas. Incluso podemos ver que hay intentos de reflotar el tradicional trabajo artesanal, por ejemplo, la producción de cervezas genera toda una serie de prácticas culturales y comunidades de consumo no necesariamente ligadas a sus aspectos técnicos (tipo de música, estéticas de los locales o exhibición de las maquinarias y comunicación dialogada sobre los procesos técnicos con los clientes, etc.).
4. La colegialidad contrapesa el posicionamiento desigual de la administración y los trabajadores en los procesos de diseño y producción a través de la cooperación voluntaria y la coordinación de los esfuerzos. Feenberg la denomina colegialidad porque “los individuos participan en ella en tanto comparten responsabilidades en una institución” (Feenberg, 1991: 190). El modelo de cooperación que está considerando es el de la colegialidad profesional, como los colegios de ingenieros, médicos, profesores, que operan con criterios de autoridad diferentes a los de la administración centralizada, y así favorecen procesos de horizontalidad democrática entre miembros con una misma formación profesional. El proceso de instrumentalización secundaria es el que produce la transición de la reificación a la reintegración.
| Instrumentalización primaria | Instrumentalización secundaria |
| 1. Descontextualización 2. Reducción 3. Autonomización 4. Posicionamiento | 1. Concretización 2. Investidura estética 3. Vocación 4. Colegialidad |
Primera formulación de la teoría de la instrumentalización (1991).
La reinterpretación de la teoría de la instrumentalización en Cuestionar la tecnología se realiza mediante el análisis del significado, integrando los aportes de la hermenéutica de los sustancialistas, como Heidegger, y el análisis funcional de los constructivistas. Se mantiene la distinción realizada en Teoría crítica de la tecnología, pero se agrega que la instrumentalización primaria es el proceso de funcionalización técnica, mientras que la secundaria sería el proceso de realización. A su vez, en cada uno de ellos describe qué momentos corresponden a la constitución de los objetos, a saber: la descontextualización y la reducción; y de los sujetos técnicos, a saber: la autonomización y el posicionamiento (Feenberg, 1999: 203).
La instrumentalización secundaria, o realización, se compone, a su vez, de dos momentos de constitución objetiva: la sistematización y la mediación; y dos de constitución subjetiva: la vocación y la iniciativa. Aunque no cambia esencialmente la definición ni la función del proceso, actualiza las instancias de concretización, investidura estética y colegialidad en Teoría crítica de la tecnología (1991) por sistematización, mediación e iniciativa, respectivamente. Estos cambios amplían las definiciones originales abarcando otros aspectos o dimensiones.
La noción de sistematización ya no alude a la concretización simondoniana −vinculada a la especificación y ligadura estrecha del individuo técnico con el medio asociado−, sino que toma los aportes de Latour, de modo que la compensación de la descontextualización es un proceso dinámico de combinación e interconexión de los objetos en el marco de una red (Latour, 1992). Esto permite explicar la integración de elementos entre sí que no están unidos necesariamente, como la producción tecnológica con materiales ecológicamente inocuos. Así, más que a la concreción del individuo técnico, remite a la incorporación de materiales que pueden no afectar la relación con el medio asociado.
En cuanto al concepto de mediación, no se modifica la descripción anterior −integración de las cualidades primarias y secundarias−, sino que se amplía para incorporar, además de la dimensión estética, la ética y enriquecer las abstracciones producidas por la funcionalización en su momento reduccionista.
Finalmente, respecto de la iniciativa, Feenberg resalta el carácter táctico del margen de maniobra que tienen los trabajadores en el sistema productivo tecnológico, es decir, cualquier integración que hacen los sujetos marginados por la administración se presenta como iniciativa pues la administración no facilita espacios para la incorporación de otros agentes en las estructuras funcionales. Cualquier aporte se da entonces bajo la modalidad autogestora y colectiva. Otra diferencia aquí es que el modelo de acción colectiva contra el posicionamiento ya no es la colegialidad, sino que se ampliaría a otros sectores sociales, no necesariamente profesionales.
| Dimensiones | Funcionalización | Realización |
| Objetivación | Decontextualización Reducción | Sistematización Mediación |
| Subjetivación | Autonomización Posicionamiento | Vocación Iniciativa |
Versión de la instrumentalización en Cuestionar la tecnología (1999).
Las primeras elaboraciones de la teoría de la instrumentalización recibieron críticas referidas a su estructura secuencial. Así, Kellner le objeta que la teoría es una abstracción que universaliza condiciones propias de la técnica moderna. Para él, la TCT debería enfocarse en el análisis histórico de la tecnología en épocas particulares, en lugar de pretender identificar rasgos generales para cualquier tecnología en cualquier sociedad (Kellner, 2017: 277). Aunque fuera posible encontrar rasgos comunes para interpretar la técnica en diferentes eras, el término instrumentalización no sería el más apropiado porque remite específicamente a la experiencia moderna. Por otra parte, las denominaciones de “primaria” y “secundaria” parecen separar entre aspectos centrales −los instrumentales− y marginales −los estéticos y éticos−, lo cual es poco feliz para una teoría que está justamente intentando ampliar la racionalidad tecnológica moderna.
Por su parte, Kirkpatrick piensa que la teoría de la instrumentalización es ontológica y la violencia del momento primario es compensada por la integración de un momento secundario (Kirkpatrick, 2017). Si el proceso de instrumentalización fuera la descripción de un proceso ontológico, no explicaría cómo se produce efectivamente el diseño, ya que en la práctica los momentos de la instrumentalización primaria y secundaria no se dan separados o secuencialmente. En la práctica del diseño tecnológico, como Feenberg muestra en sus escritos, los diseños son sometidos a distintas instancias de ambos procesos sin seguir un orden ni tener prioridad uno de ellos.
Feenberg responde a esta objeción marcando que su distinción solo pretende ser analítica y no ontológica, dado que reconoce que su descripción no responde a las distintas fases de un proceso secuencial, sino a una práctica compleja que integra dialécticamente distintas instancias de cada uno de los procesos, con diferentes configuraciones en cada caso concreto.
Por otra parte, en relación con la objeción de Kellner, efectivamente la visión instrumental corresponde al dominio de la técnica moderna, pero Feenberg también considera los rasgos propios de la tecnología premoderna cuando describe el proceso de diseño simbólicamente cargado. “La teoría de la instrumentalización intenta describir los rasgos estructurales generales que se particularizan culturalmente y esbozar las relaciones entre el pensamiento técnico y las contextualizaciones culturales” (Feenberg, 2017a: 302).
No obstante, ante ambas objeciones (la de Kirkpatrick y la de Kellner), reconoce que la denominación de “instrumentalización primaria y secundaria” obstaculiza la comprensión de su noción dialéctica de la tecnología, por ello la modifica en Tecnosistema (Feenberg, 2017).
Entonces en esta última versión ya no divide los procesos en primarios y secundarios, ni tampoco en funcionalización y realización, porque en todo el proceso hay asignaciones y condensaciones de funciones técnicas. Ahora distingue entre funciones causales y funciones culturales, y ambos tipos pueden darse en la fase de diseño de manera alternada.
Feenberg denomina funcionalización causal a la construcción de objetos y sujetos como naturaleza, nuevamente en un sentido práctico. La funcionalización cultural se refiere a los significados que adquieren los artefactos en el mundo de la vida (Feenberg, 2017: 155). Estos significados no solo operan en el nivel de la aplicación, sino que también orientan los procesos de elección por los cuales se abstraen y descontextualizan ciertos elementos o cualidades de los objetos.
Asimismo, cada instancia de funcionalización conserva los procesos de la instrumentalización: la causal conserva los procesos de la primaria, y la cultural, los de la secundaria. Y se agregan dos a cada uno, a saber, la asociación y el diseño en la funcionalización causal; y la interpretación y la anticipación en la funcionalización cultural. En esta última modifica la denominación de vocación por la de identidad, con la misma lógica de las actualizaciones de la obra de 1999. Estos cambios pueden observarse en el cuadro de la versión 2017.
Las dimensiones causales y culturales son categorizaciones analíticas, y no dos niveles ontológicos diferentes, cuya función es describir dos perspectivas diferentes de un mismo proceso. Las distinciones entre los aspectos objetivos y subjetivos responden a un sentido fenomenológico de objeto y sujeto: “En el lenguaje fenomenológico de Husserl y Heidegger, diríamos que el ‘objeto se revela como…’ y el ‘sujeto se constituye como…’” (Feenberg, 2017: 155). Esto quiere decir que los objetos son considerados desde su aspecto técnico, mientras que los sujetos se posicionan en una actitud técnica hacia el mundo.
Según la revisión de 2017, la funcionalización causal (antes instrumentalización primaria) se desenvuelve en seis momentos: tres objetivos, en sentido fenomenológico, a saber, descontextualización, reducción y asociación; y tres subjetivos, la autonomización, el posicionamiento y el diseño.
Respecto de los tres primeros explica: “El potencial técnico se descubre aislando al objeto de su contexto natural, reduciéndolo a sus cualidades utilizables y asociándolo a otros objetos” (Feenberg, 2017: 155-6). Esta descripción se relaciona con las estructuras heideggerianas de emplazamiento y disponibilidad del objeto técnico como Bestand.
Respecto a la actitud técnica que va constituyendo la subjetividad, Feenberg reconoce las funciones causales de autonomización, posicionamiento y diseño. Las dos primeras, ya descriptas en 1991 y 1999, describen la independencia del sujeto respecto de la retroalimentación causal de los productos tecnológicos, y la ubicación estratégica para garantizar la manipulación y control de la producción. El nuevo aspecto que se suma es el diseño, que “… va más allá del mero posicionamiento en innovaciones de nuevas configuraciones de los recursos que prescriben nuevos patrones de acción” (Feenberg, 2017: 157), esto significa un agregado importante a las versiones anteriores en las que el sujeto cumplía más bien una función de integración de intereses; ahora lo ubica en un lugar más creativo, porque tiene la posibilidad de generar nuevos patrones de acción.
Ahora bien, en referencia a la funcionalización cultural, las dimensiones objetivas son la interpretación, la mediación y la sistematización; mientras que las subjetivas son la identidad, la iniciativa y la anticipación del futuro.
La realización de un diseño tecnológico supone que las descontextualizaciones, reducciones y asociaciones efectuadas sean guiadas por las operaciones de interpretación, mediación y sistematización; todas las cuales devuelven a la estructura despojada sus relaciones contextuales, la carga interpretativa, simbólica y socialmente relevante, así reintegran el objeto en las prácticas sociales.
En las funciones culturales subjetivas, la sustitución del término vocación por el de identidad amplía la constitución subjetiva que produce el objeto técnico que, además del vocacional, abarca otros aspectos tales como los vinculares, los de consumo, los de tiempo libre, los educativos, etc. “El sujeto técnico adquiere una identidad a través de sus prácticas. Por ejemplo, se puede describir como un tipo particular de usuario, como cuando decimos que las personas involucradas en la conducción son conductores” (Feenberg, 2017a: 157).
Ahora bien, la relevancia de la profesión aparece en la iniciativa y anticipación: en todos los casos, pero sobre todo en la actividad profesional, el sujeto técnico ejerce cierta libertad o iniciativa, guiada por la anticipación del futuro, en el descubrimiento de los potenciales de sus materiales. Así, esta relativa libertad para el diseño y producción de patrones, que pueden ir más allá de lo esperado, constituye la puerta para la reapropiación o reinvención de las tecnologías. Y este proceso se configura en una relación del sujeto con el tiempo en la modalidad de proyección hacia el futuro, más que de reformulación del pasado.
Todas estas modificaciones amplían algunas definiciones anteriores y, en definitiva, describen una dialéctica de instrumentalización más compleja, más integrada, abandonando la estructurada en secuencias ordinales de las presentaciones anteriores.
| Dimensiones | Funcionalización causal | Funcionalización cultural |
Objetivación | Descontextualización Reducción Asociación | Interpretación Mediación Sistematización |
Subjetivación | Autonomización Posicionamiento Diseño | Identidad Iniciativa Anticipación |
Última versión de la teoría de la instrumentalización (2017).
- Recordemos que la adaptación del concepto de concretización de Simondon es puesta en un contexto tan distinto del autor francés que podríamos decir propiamente que Feenberg se inspira en El modo de existencia de los objetos técnicos (Simondon, 1958), y no que redefine o adapta sus ideas. ↵
- Aquí Kirkpatrick critica también la referencia al trabajo de Simondon, afirmando que el estudio de la ontología del artefacto técnico es revelador solo en el marco general de una teoría política de la tecnología. De lo contrario, solo refuerza la perspectiva de los grupos dominantes.↵









