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Consenso y polarización

¿Una nueva centralidad estatal? ¿La pandemia borra las grietas? ¿Una nueva política para una nueva normalidad?

Pablo Touzón

Consideramos pertinente comenzar con una pequeña historización para entender no solo lo que es la grieta a nivel nacional –ya que muchas veces se suele sobreargentinizar fenómenos que son más globales–, sino también cómo es la política que llega a esta pandemia tanto en el mundo como en Argentina.

Primeramente, cabe describir qué es lo que llamamos “polarización” y “grieta” en nuestra época, porque se podría decir que tanto en Argentina como en el mundo, el conflicto político es constitutivo, existe desde siempre. Esto es particular de lo que llamamos Occidente, porque a veces cuando se habla de la crisis de los partidos y demás cuestiones se tiende a universalizar algunos fenómenos que son más bien de una parte del mundo.

Una hipótesis es que este nuevo fenómeno de la polarización en la política occidental empieza con la crisis financiera de 2008 y la elección de Obama, que también fue importante por lo que provocó en EE.UU. La guerra fría había prohijado en Occidente un gran consenso partidario basado en un enemigo superior que era la Unión Soviética y los partidos comunistas. Esto se da en EE.UU., Italia, Francia, etcétera, en donde se constituye un nuevo centro político fundado, por un lado, en esta alteridad con el mundo comunista, y, por el otro, en el nuevo consenso del Estado de bienestar de la posguerra, que consistía en una vasta clase media trabajadora sobre la cual se sustentaba. Su faceta más de izquierda era la socialdemocracia y su faceta más de derecha, el socialcristianismo o sus versiones. Este mundo fue cambiando hacia fines de los 70 y los 80, y termina de cambiar en los 90. Pero, a pesar de todos los cambios que se producen –como la caída de las dictaduras en América Latina, la caída de los regímenes comunistas y los nuevos partidos políticos en todos esos lugares–, vemos que los mismos protagonistas generan nuevos consensos en torno al nuevo paradigma del Consenso de Washington, básicamente neoliberal. Dicho paradigma se perpetúa hasta entrar en la década de los 2000. En América Latina tiene otras variantes, pero en 2008 encuentra, sobre todo en los países centrales, su ruptura más definitiva. Un consenso que se venía tal vez desgajando, pero siempre las crisis económicas mundiales funcionan como aceleradores de procesos, es decir que existían cuestiones que se venían dando para el fin de ese consenso intrapartidario, por lo que la crisis lo aceleró. Es importante destacar esto porque en 2020 también se aceleró la crisis que ya existía.

Por un lado, tenemos alrededor del mundo la crisis explícita o implícita, dependiendo el lugar del mundo, de los partidos que habían sido como los reyes del consenso de posguerra primero y después, en alguna medida, de la tercera vía de los 90.

En términos políticos, la crisis de 2008 impactó sobre todo en los partidos de centroizquierda, o sea, impactó más que en los partidos de centroderecha, tal vez porque lo que hizo dicha crisis fue profundizar algunos fenómenos de crisis de la clase media occidental, lo que atacó directamente a la base más estructural de esos partidos. Son fenómenos que, normalmente, se van con los años, pero hubo partidos que supieron ser importantes, como el Partido Socialista francés, que ya casi desaparecieron.

Por otro lado, la Primavera Árabe y la Guerra Civil Siria como dos grandes fenómenos no estrictamente occidentales en el sentido occidental-cristiano impactaron en la política europea ya que estos recibieron a los refugiados y porque fueron fenómenos mundiales.

En casi todos los países centrales se dio luego la radicalización y expansión de las derechas, en plural porque tienen muchas variantes y, si bien entre algunas parece que hay un abismo de diferencia, comparten cuestiones que las hacen pertenecer al mismo universo político.

El Tea Party fue un fenómeno nacido a posteriori de la elección de Obama, en donde se visualizó la radicalización del Partido Republicano como consecuencia de la confluencia entre la elección de Obama y la crisis financiera. Esto aceleró la pérdida del centro del Partido Republicano, que se volvió cada vez más rehén de su primera minoría intensa tanto a nivel regional como a nivel sociológico. Lo que empezó popular, en el sentido de que no fue organizado por el partido en sentido estricto, luego llegó al poder, y culminó con la elección de Trump.

La crisis de 2008 pone en evidencia el agotamiento de un modelo que más que político es existencial, basado en la expansión de las clases medias occidentales. Resaltamos el factor occidental porque la crisis de esta zona no fue lo mismo que ocurrió en China, por ejemplo, donde la clase media creció en dicho período. Entonces, se puede decir que dejó de ser un fenómeno global ya que del otro lado del mundo no se vieron las crisis políticas, la polarización y la desaparición del centro político, que fueron en acompañamiento de la crisis de las clases medias en Occidente y sus aparatos políticos más tradicionales. Lo que se vio fue una expansión creciente de China a todo el mundo en la década posterior a 2008. Esta fue la época de la consolidación política de un partido que ya había superado algunos de los desafíos primigenios de la modernización y de la caída del muro de Berlín con autoconfianza, y que más allá del dato económico, el crecimiento y la expansión a tasas chinas, pasó a una expansión política. De hecho, Argentina creció apalancada en ese crecimiento económico chino. Pero lo que se ve en la década posterior a 2008, además de la expansión china en África, Europa y América Latina, y de que se volvió Estado acreedor de varios Estados, fue que pasó de la expansión económica a una expansión más política. Previamente, el ascenso chino estaba apalancado en la idea del crecimiento económico con un crecimiento político en cuotas, pero después de 2008 comenzó a ser más importante el crecimiento de la expansión política, que después de 2016 también dio otro salto.

Putin, presidente de Rusia, se benefició mucho en los años 2000 del boom de las materias primas, al igual que Argentina, pero en esos años lo que se vio fue, por un lado, el mundo más clásicamente occidental en un escenario más de retracción y crisis, y por otro lado, un escenario un poco más expansivo y, sobre todo, de solidez política.

El fenómeno no es igual en todos lados. En América Latina en esta década se dio el comienzo de la “crisis del giro a la izquierda” que es el nombre que se les dio a los gobiernos que llegaron al poder en la década de 2000, en general, gobiernos progresistas, afines entre sí y con dinero, que aprovecharon para crear sus políticas sociales de inclusión social con el boom de las commodities de los años 2000. En 2008 empezó la parte fácil del crecimiento latinoamericano y, en algunos casos, directamente comenzó la crisis de los gobiernos de esa época.

El proceso de Brasil fue complejo ya que unos años después de la caída del Partido de los Trabajadores se dio la caída de la élite brasileña, ese famoso gobierno de élites de cuya crisis con el Lava Jato y demás es Bolsonaro hoy la expresión más clara.

La década de la polarización en América Latina tiene como expresión la caída de la crisis de los sistemas políticos más ligados a la izquierda, lo que significa que la era de la polarización perjudicó más a este tipo de gobierno.

En Argentina, después de 2008, ocurrió el conflicto con el campo que fue, en cierta medida, el origen de la grieta actual. En relación con el tema de la grieta, se puede retomar una grieta metafísica histórica de unitarios y federales. Sin embargo, en este apartado decidimos trabajar el concepto de grieta actual, que creemos que nace en 2008 porque el kirchnerismo, desde 2003 hasta la crisis del campo, buscaba ocupar toda la cancha. No solo no se replegaba sobre la primera minoría –que era con la que había llegado al 22% de los votos–, sino que en sus diferentes mecanismos de concertación política –básicamente la transversalidad y la concertación plural–, buscaba ampliar el marco de sustentación de su proyecto en términos políticos. El conflicto con el campo empezó a romper definitivamente ese paradigma y, en una transición cuyo hito se ubica luego de la muerte de Néstor Kirchner, lo que se dio fue la transición del kirchnerismo al cristinismo. En la década que sigue a 2008 se dio, primeramente, la creación de una nueva forma del kirchnerismo, con Néstor Kirchner todavía vivo en aquellos años 2009-2010, y luego la consolidación de un modelo más ligado a lo que más adelante vendría a ser el cristinismo como lo conocemos hoy.

Como vimos, la década posterior a 2008 deja entrever en América Latina una crisis de los modelos políticos del giro a la izquierda, y esto también pasó en Argentina: el 54% de los votos con los que ganó Cristina Fernández las elecciones de 2011 funcionan como una especie de espejismo porque, si bien es real y con muchos motivos desde el punto de vista económico y, sobre todo, del armado opositor, después de eso el peronismo no ganó más. 2013, 2015 y 2017 fueron tres derrotas electorales que marcaron un sendero de descomposición no solo de la unidad del peronismo como tal, sino incluso del mismo bloque, del mismo kirchnerismo. Ese fue el sendero argentino en donde vemos que sí hay una réplica de algunas cuestiones latinoamericanas en el sentido de que esta época polarizadora y de fin del centro político lo que hace en Argentina es también fomentar la unión del mundo de la centroderecha.

A la vez, se dio la unidad del “no peronismo”. En 2015 Cambiemos (partido político) no solo se consolida en alteridad con el cristinismo, sino que es la unidad de todo el espectro no peronista. Antes de Cambiemos estuvo el FAUNEN, donde el radicalismo trabajaba una hipótesis de alianzas más ligadas al progresismo. La consolidación de Cambiemos en 2015 fue lo que posibilitó el triunfo de Macri, y quedó la duda –porque la era de la polarización fue la era de los outsiders– de si Macri tuvo un poco de outsider en su triunfo.

Recorriendo este sendero vemos que Argentina no es tan excepcional en algunas cosas, tal vez el argentinocentrismo tiende a pensar que algunas cuestiones ligadas a la grieta, la polarización y la ruptura de los acuerdos políticos son argentinas, pero son más bien globales. En 2015 ganó Macri, en 2016 ganó Trump y después ganó Bolsonaro, entonces lo que vemos es que esa crisis de los sectores laboristas propicia la llegada al poder de nuevos proyectos que van de la centroderecha a la derecha abierta en muchos lugares del mundo.

2016 es el año terrible de la globalización, recordemos que se dio también el Brexit, es decir, se tenía el fenómeno de crisis concurrente que encontró su concreción en 2016. Vemos entonces que la era de la polarización, en términos generales e históricos, recorrió todo Occidente, que tiene factores profundos y que efectivamente carcomió gran parte de los sistemas políticos en el mundo. El triunfo de Trump realmente no es menor ya que, básicamente, el sistema político americano está hecho para evitar los outsiders, los checks and balances institucionales sumados a muchas de las cuestiones ligadas a cómo funciona la política americana, en buena medida, para evitar la llegada de alguien como Trump. Lo que vemos es que las instituciones norteamericanas no cambiaron, y que cuando cambia la cultura política que las sustentaba esto es una cierta idea común entre el Partido Demócrata y el Republicano de qué es lo central de los valores norteamericanos–, entran en jaque, como podría pasar en un país como Argentina. Es decir, había alguna resiliencia dada por sentada que dependía mucho más de factores culturales que de factores institucionales. En todo caso, EE.UU. es interesante porque es la primera potencia mundial y es donde la radicalización política hoy llega hasta su mayor extremo. No estamos hablando del fenómeno lateral, estamos hablando de fenómenos que se dan en el centro del dispositivo mundial y lo vemos con Trump en 2020.

Hacia este momento estábamos llegando hasta 2019 antes del coronavirus. Volviendo al caso argentino, consideramos pertinente hablar del paradigma del Frente de Todos (partido político) porque, en términos de lo que es el rearmado después de la crisis de los partidos políticos del centro hacia la izquierda en el mundo y en Argentina, se ve una estrategia que encuentra en la despolarización tal vez un principio de salida, y hablamos de principio de salida porque no está claro que vaya a funcionar en el futuro, pero al menos en términos electorales y de armado de gobierno funcionó.

Al preguntarnos si, como efectivamente la polarización tendió a favorecer a las derechas y es normal que las izquierdas intenten encontrar otro mecanismo para volver al poder, lo que tenemos es un fenómeno que empezó antes del coronavirus, entonces el nuevo consenso no es solamente por la pandemia. Fue un proceso largo, de crisis y derrotas que fue cimentando la idea de que hay que construir una especie de nueva mayoría en los partidos de izquierda o, al menos, no liberales o no de centroderecha. Cuando llegamos al coronavirus esto ya estaba sucediendo, no es que el Covid precipitó la conformación de nuevas alianzas, sino que, en todo caso, tal vez las potencie. Cuando llegó el coronavirus se debatió mucho la reacción de los Estados frente a la crisis sanitaria y económica, y lo que se tiende a ver es que, efectivamente, los gobiernos originados en esta especie de extrema polarización hacia la derecha, como en el caso Brasil o de EE.UU., y en menor medida el caso Inglaterra, fueron los menos eficientes en Occidente en la contención del virus.

Hay quienes sostienen que la grieta era más un epifenómeno de una crisis de un modelo social económico que sirve para ganar elecciones, pero no permite gobernar. Esto podría explicar en buena medida lo que estamos viendo en Brasil y en EE.UU., donde entraron en crisis los modelos que nacieron de la crisis, que están frente a su propia grieta en algún punto porque no es posible controlar la crisis del coronavirus, que es nacional, no es partidaria ni identitaria, es de todos. A los partidos o los modelos políticos basados en minorías intensas les cuesta encontrar hasta discurso para esto, y así también se da en Argentina, es decir que el coronavirus no es para kirchneristas o macristas, no es para republicanos o demócratas, etcétera, es universal, entonces este tipo de esquema político no le encuentra una resolución.

A la vez, es un tema de debate si los modelos autoritarios son más eficaces para la contención del virus porque hablamos de nuevo consenso o nueva centralidad estatal. En las guerras y demás situaciones por el estilo, siempre el Estado se expande, y si esto deviene en un modelo político social es otro tema, si es que existe una economía que permita sostener eso en el tiempo. El Estado se expande mecánicamente en estos casos porque asume funciones que el mercado no puede asumir. El mercado no funciona bien en la excepción, pero el Estado sí, para eso está. En el caso chino, específicamente, la idea de que China por tener un régimen político particular pudo agarrarle la mano al virus es real hasta cierto punto, porque luego se observa que en Corea del Sur o en otros países orientales, incluso en otros países como Nueva Zelanda, también se pudo enfrentar al virus más rápidamente. Lo que tienen en común estos países es que, efectivamente, no basan su sistema político en una polarización extrema de minorías intensas, sino que se basan en algún grado de consenso o de unanimismo, que puede ser el caso del Partido Comunista directamente no democrático, pero también en otros casos democráticos con la unanimidad como valor. Cuando empezó la cuarentena en Argentina estaba la famosa foto en la que están Alberto Fernández, Larreta, Kicillof, Perotti y el gobernador Morales, a partir de la cual se empezó a hablar del unanimismo en Argentina.

Hay algo en la resolución de las crisis de los países a los que mejor les está yendo que es un sistema político más sólido, incluso el alemán, entonces ahí vemos cómo un sistema político sólido y resiliente es un factor para el triunfo en la pandemia del coronavirus. Los sistemas que tuvieron dificultades con la aparición de los outsiders, las crisis de sus élites y demás hoy no pueden dar respuesta a la crisis global que se está dando.

A modo de cierre, cabe preguntarnos si en el caso argentino no hay una casuística histórica en este sentido donde efectivamente las crisis, muerto el Partido Militar o cuando todavía estaba semivivo, sean de esta manera también, y si hay una solución argentina frente a las crisis. Es interesante también el caso de Alfonsín, quien fue el factor ordenador al asumir su rol sistémico dentro de la política argentina, en donde tuvimos dos grandes crisis, la de 1989 y la de 2002, y estamos llegando tal vez a otra. 2008 fue una crisis también, pero no fue tan estructural en términos económicos. En 1989 teníamos esta situación de la transición en donde se observó a la clase política contra el Partido Militar, y fue cuando se decidió que efectivamente los militares no iban a terciar más; se estaba haciendo una nueva clase política de la democracia, con las concesiones que conocemos y demás, pero dispuesta a existir y a no transigir con los militares, por lo menos en el hecho de que no sean poder. Esto culminó con la represión de Menem a los carapintadas apenas asumió. Fue un proceso de vastos sectores de la política argentina, no fue un proceso que hizo solo Alfonsín o Menem. La desaparición del Partido Militar como factor político es algo que hicieron en un esquema de un nuevo consenso, pero también había un consenso porque había un objetivo estratégico, que se puede considerar malo o bueno, pero había uno.

Luego se dio el fin de la convertibilidad. Recordamos la crisis política argentina con el Congreso prendido fuego y la economía también. Frente a eso, la solución que se encontró fue el pacto radical-peronista, o lo que quedaba de ellos, ejemplificado en Duhalde y Alfonsín. Después, incluso Duhalde confesó que su gobierno de 2002 fue un acuerdo con Alfonsín. Lo interesante de esto es que Argentina hasta 1983 solucionaba sus crisis con golpes militares y desde 1983, en general, las soluciona un grado de acuerdo político de sus élites.

Cabe preguntarse si hoy nos encontramos explícita o implícitamente en la misma lógica, la misma casuística histórica. Estamos ante otra forma, obviamente, actualmente es más complejo porque ni el Frente de Todos ni Cambiemos son 100% hegemónicos, tal vez como podrían haberlo sido en otro momento los distintos factores intervinientes. Pero la pregunta es si en una situación de crisis sanitaria y económica, de recesión, se puede evitar el 2001 político. En 2001 se tenía un elemento económico, un elemento social y un elemento político, y actualmente no está pasando la crisis política. Si creemos que la política puede generar escenarios y no solo ser representación de lo que hay, el desafío es darle a Argentina, en un mundo en cambio y transición, esa resiliencia y esa estabilidad al sistema político que le permita ser un factor que sume.

Actualmente, Argentina tiene una economía bastante destrozada y no tiene la resiliencia liberiana del Estado alemán, del Partido Comunista chino o de la economía norteamericana. Entonces, es importante que el sistema político funcione porque es casi lo único que puede funcionar como primer motor, y esto es un gran signo de interrogación. Entre el inicio de la cuarentena y la actualidad, basado en la llegada al poder de Alberto Fernández como un factor modelador del peronismo, en el entrenamiento de Rodríguez Larreta como un factor modelador de Cambiemos y en la cuarentena sanitaria, se logró un poco ese acuerdo, así como también evitar las situaciones del estilo brasileño. Desde este punto, si se puede construir una agenda a futuro, tanto en el caso argentino como en el resto del mundo, es un gran signo de interrogación.



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