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6 La conversión de las disposiciones políticas

A partir de los primeros años de la década del noventa, el rendimiento electoral del radicalismo comenzó a mermar de forma cada vez más pronunciada, dando muestras de que la tradicional base de apoyo del partido tendía a desvanecerse. En este capítulo, caracterizaremos algunas de las transformaciones centrales del electorado radical, para comprender la pérdida de votos del partido. A diferencia del capítulo anterior, ahora nos abocaremos a aquellos electores que, si bien apoyaron al partido en la década del ochenta, o incluso con anterioridad, tendieron a retirarle su apoyo a partir de 1990. Teniendo en cuenta la totalidad de los exvotantes, buscamos establecer regularidades entre los cambios que tuvieron lugar en las disposiciones políticas, manteniendo como punto de comparación las características de los votantes detalladas anteriormente. La pregunta central que recorre este capítulo es: ¿cómo afectaron las transformaciones sociales relevadas en la primera parte las disposiciones del electorado fiel de la UCR? La respuesta a la que llegamos fue la siguiente: un conjunto de creencias, que aparecían como componentes centrales de los esquemas interpretativos de los votantes de la UCR se debilitaron, dando lugar a nuevos esquemas de percepción y evaluación del mundo social y político. Destacaremos sólo algunos de los cambios que se dieron en las disposiciones, en particular aquéllos que consideramos más importantes: el debilitamiento de la creencia en el progreso y su vinculación con el partido, la pérdida de legitimidad estatal y la declinación del antiperonismo. A lo largo de las entrevistas realizadas, estos componentes comunes generalmente articulaban la identificación partidaria; la desorganización de estas disposiciones promovió un creciente distanciamiento con respecto al partido centenario.

6.1 Debilitamiento de las expectativas de progreso y desconfianza partidaria

La creencia en el progreso y el ascenso social ha sido uno de los atributos más destacados de las clases medias. Como vimos anteriormente, los votantes radicales reivindicaban la búsqueda de la igualdad y el progreso social como uno de los principios de la UCR. Sin duda, el vínculo entre el ascenso social y el partido centenario estuvo condicionado por el propio trabajo de legitimación de la UCR que, a lo largo de su historia, proclamó el ascenso social, en particular ligado a la educación, como uno de sus pilares. Como sostuvo Torre (2004) cierta búsqueda de equidad social fue uno de los valores históricos proclamados por el partido. Incluso, en el retorno democrático, Alfonsín acentuará particularmente el vínculo entre el mejoramiento de la vida social y la política partidaria. “Alfonsín no sólo vinculó la democracia con la necesidad de recrear el orden político, sino que también la relacionó con el progreso colectivo e individual” (Catterberg, 1989). Cuando caracterizamos los modos de pensar la política partidaria por parte de electores fieles, éstos reconocían, aunque con diferentes matices y claves, un vínculo entre mejoramiento de las condiciones de vida y política partidaria. De manera directa, en algunos casos, el progreso social se ligaba a la defensa de la educación pública y formas de intervención estatal, en otros casos, el vínculo entre condiciones de vida estaba centrado más en la calidad institucional o el resguardo de derechos políticos para encontrar condiciones de desarrollo individual, por último, algunos electores también reconocían una ligazón entre mejoramiento social y la defensa de la libertad y de la autonomía. Uno de los cambios centrales que encontramos en los electores radicales que abandonaron la tradición radical es la ruptura entre política partidaria y expectativas de mejoramiento social relacionada con ella y, por lo tanto, del reconocimiento que el partido puede influir en el progreso social de los electores.

Ahora bien, para comprender el cambio en las disposiciones y las expectativas de progreso en relación con la política partidaria, es necesario volver a enfocarse en las transformaciones estructurales que sufrieron las clases medias a lo largo de la década del noventa. Los cambios morfológicos tendieron a redefinir las expectativas de ascenso; no sólo las de aquellos sectores de las clases medias que, como sucedió en el caso de los pequeños industriales y comerciantes, tendieron a reducirse considerablemente durante los años noventa, sino también las de los jóvenes profesionales que se incorporaban a un mercado laboral flexible, con altos grados de inseguridad laboral (desocupación, contratos flexibles, salario variable). Se podría afirmar que todo proceso de cambio y transformación social que implica el ocaso de ciertos grupos sociales y el desarrollo de otros tiende a alterar la relación entre las expectativas y las posibilidades. Sin embargo, el cambio por sí mismo no explica la mutación de las expectativas; es necesario caracterizar el tipo de cambio. La novedad del cambio estructural consistió en la aparición de una mayor incertidumbre respecto al futuro que fue generada por las nuevas condiciones de trabajo: desocupación, pérdida de control de las condiciones de trabajo y debilitamiento institucional (Castel, 2010). Ambos aspectos aparecen entremezclados en las referencias de los entrevistados, evidenciando una percepción de crisis y de incertidumbre con respecto al futuro.

“Las instituciones que había antes a uno lo hacían sentir protegido. Vos tenías un trabajo antes y vos decías: ‘bueno, si yo soy cuidadoso con mi trabajo, soy prolijo, voy a tener un ascenso dentro de mi trabajo porque además yo voy a estar protegido por la empresa’, ¿mm? Había gente que pasaba 20, 30 años de su vida trabajando en el mismo lugar y se jubilaba en ese lugar” (Carlos 45, empleado).

“¿Cuál es la línea que separa al dueño de una empresa o al dueño de un negocio de hoy que es esclavo de un negocio? Cuando yo salgo a caminar por Cabildo un domingo a la tarde y veo los dueños de todas las mueblerías trabajando, ¿por qué?… no trabajan para hacerse ricos, trabajan para pagar el alquiler. Es muy difícil tener fe en medio de todo esto. Hoy, si vos no tenés laburo, te caíste del mapa, ¿qué margen? ¡Estás afuera del sistema! Y además quedás afuera del sistema, aunque vos no hayas hecho las cosas mal. Hay gente que tiene 30, 40 años de laburo más, que llega a los 50 años, lo despidieron, ¡chau!! Ese tipo no se jubila más. Porque no consigue más un trabajo en blanco. ¿Y? ¿Qué hacemos?” (José, 65 años, contador y exempleado bancario, 2007).

La manera en que el empobrecimiento y la desocupación afectaron las expectativas de ascenso y la identidad social de las clases medias ha sido ampliamente documentada entre otros autores por Minujin y Kessler (1995), Kessler (2000) y Lvovivh (2000). En este sentido, Kessler y Di Virgilio sostienen que la transformación estructural trajo aparejada una redefinición de la identidad social. “Esta coacción al cambio produce una creciente complejidad en la vida cotidiana. Se realizan permanentes esfuerzos para estabilizarla; necesidad tanto más acuciante porque desde el punto de vista de los individuos existe no sólo una dislocación de la situación personal, sino también del mundo lindante. La pauperización se experimenta simultáneamente como una dislocación personal y como una desorganización del mundo social que los rodea” (Kessler y Di Virgilio, 2003:15).

Cuando interrogábamos a diferentes afiliados y adherentes que habían dejado de votar a la UCR, la mayoría señalaba la incapacidad del partido para mejorar sus condiciones de vida. Si bien muchos manifestaban la esperanza de una “salvación individual”, daban por descontado la falta de capacidad e interés de los dirigentes del partido por mejorar su vida. La idea de que “los radicales no pueden hacer mucho por sus votantes” o de que “no les interesa” atraviesa la mayoría de los relatos de los exadherentes radicales. La creciente distancia y desconfianza con respecto al partido y a la política en general está relacionada con la percepción de una separación entre las condiciones de vida y la actividad política partidaria. Los exvotantes afirman que pueden progresar y mejorar en base a su esfuerzo individual, pero no como producto de la política del partido. En este sentido, progreso social y política partidaria se separan en el imaginario radical.

“Es que el partido se equivocó mucho en esa época (mediados de los noventa). Le dieron todo a Menem y encima después te lo ponen a De la Rúa. Yo creo que el partido se equivocó, se separó de la gente o le dejó de importar. Por eso yo no participé más y no los voté más. No sacaron uno bueno. A Alfonsín yo lo respeto pero… y Angeloz, y De la Rúa, unos impresentables. Bueno, Massaccesi ni hablar. En el 95 todo se iba al diablo, nadie tenía un peso y repartían manzanas…” (Raúl, 55 años, comerciante, 2003)

Quienes sufrieron un descenso social más marcado, producto del desempleo o de la disminución progresiva de sus ingresos, critican al partido su falta de interés o su incapacidad para mejorar sus condiciones de vida de manera más nítida, hablan de una “traición del partido”. Pero la pérdida de confianza en el partido para mejorar la vida de los electores no sólo se da en los que vivenciaron una caída, sino también en los que se mantuvieron o, incluso, pudieron subir. En algunos de estos casos, más que la idea de traición del partido lo que emerge es una sensación de abandono y desinterés por parte de la dirigencia radical.

“Son todos un desastre: los radicales, los peronistas, todos. ¿Vos pensás que a Alfonsín, a los Nosiglia, a todos esos les importa la gente? No. ¡Que se mueran! Si no los vota nadie que se jodan. No se preocuparon por nada. Nunca les interesó nada más que juntar más plata. Ellos comieron y vivieron con la democracia, la gente no. […] Vos te quedaste sin laburo o no encontrás trabajo, no tenés plata. ¿Dónde estuvieron los radicales? Ellos abandonaron a la gente y si ahora no pueden salir a la calle, que se aguanten” (Enrique, 51 años, comerciante, 2003).

Ahora bien, los cambios en las condiciones de vida ligados a la desocupación y a la disminución de los ingresos afectaron a un conjunto mucho mayor que excede a los electores radicales. Posiblemente, estos cambios también motivaron una desconfianza frente a los dirigentes políticos en general. Lo que caracteriza a los electores radicales es, sin duda, la idea de traición, abandono o desinterés por parte del partido, que previamente era reconocido como promotor del progreso social y asociado a su propia condición de clases medias.

El cambio en la ligazón entre condiciones de vida y partido no se refiere al agotamiento de un tipo particular de votantes, sino a la manera en que el cambio social afectó las disposiciones de los votantes de la UCR y alteró la conducta electoral. Una de las condiciones del vínculo entre el partido y sus electores estaba dada por la creencia compartida de que el partido podía mejorar las condiciones de vida de los electores. Y si bien no se reconocía la defensa de un conjunto de intereses específicos, la mayoría de los electores asociaba a la UCR con la lucha por el progreso y la defensa de sus derechos y garantías. Como mencionamos antes, al privilegiar el ascenso social y la educación como principal instrumento, la UCR reproducía las creencias y expectativas de los mismos electores. Dos fenómenos pudieron afectar las expectativas de progreso y motivaron la separación entre mejoramiento de las condiciones de vida y partido. En primer lugar, el ocaso de un conjunto de categorías tradicionales de clases medias, que se vieron disueltas por los procesos de cambio estructural; y, en segundo lugar, los cambios que tuvieron lugar en la organización del trabajo y en las protecciones laborales, que contribuyeron a aumentar el riesgo y la incertidumbre.

6.2 El desdibujamiento del rol acordado al Estado

Es necesario destacar ahora los cambios que se dieron en el imaginario radical en relación con el Estado. Como vimos anteriormente, parte de los valores asociados al partido y sus políticas estaban relacionados con la defensa de la intervención estatal y el rol acordado al Estado como promotor del progreso y la igualdad social. En este sentido, la “escuela pública”, las “universidades de excelencia”, “la calidad de los hospitales” aparecían como logros de las administraciones radicales, particularmente de Illia y Frondizi, pero también como ideales programáticos del partido, reconocidos y valorados por los adherentes. Incluso, los electores caracterizaban a los gobiernos peronistas como administradores deficientes y hostiles a la universidad y a la educación pública.

Este vínculo más o menos difuso entre Estado y partido, y entre intervención estatal y política partidaria, es producto no sólo a la interpelación del partido a sus adherentes, que proclamó esos valores a lo largo de toda su historia, sino también a la cultura propia de las clases medias que reconocían en el Estado, y particularmente en la educación pública, un motor de ascenso social. En este sentido, los sectores medios encontraban en el discurso de la UCR una defensa de la intervención estatal acorde a sus aspiraciones.

Ahora bien, como mencionamos al inicio, la relación entre las clases medias y el Estado comienza a transformarse en la década de los noventa, cuando una parte considerable de las clases medias se desplaza al sector privado para la obtención y cobertura de servicios educativos y de salud, entre otros. Así, se debilita la ligazón entre las clases medias y el Estado, que, tal como lo destacó Germani, tenía como protagonista a sectores medios en ascenso y, como una de sus condiciones esenciales, el aumento de la burocracia pública. Como afirma Del Cueto para el caso educativo, “se trata de un proceso más general en el cual los sectores medios han abandonado la escuela pública, que en sus orígenes funcionó como un instrumento de su promoción social” (Del Cueto, 2007:82).

Esta relación entre clases medias y Estado no fue particular de la Argentina, sino que estuvo presente en otros países de la región. Como sostienen Franco, Hopenhayn y León:

“la expansión de la clase media en la región se produjo merced a la expansión del Estado y el aumento del empleo público. Dicho sector medio sería además portador de una cultura que habría dado soporte al imaginario de toda la ‘clase’, basado en la preocupación por la educación y en determinado estilo de vida” (Franco, Hopenhayn y León, 2011:9).

Las reformas estructurales de la década del noventa tendieron a socavar este vínculo en diversas regiones de América Latina, como pusieron en evidencias los trabajos de Klein y Tokman (2000) y Torche (2006).

Para comprender la relación entre los cambios que afectaron al Estado y al comportamiento político, conviene partir de las visiones y percepciones del Estado. Una característica que se repite en aquéllos que se desvincularon electoralmente del partido a lo largo de los noventa es que la importancia acordada al Estado como generador de mejora social se desvaneció. Más allá de lo complejo de la relación entre los sectores sociales y el Estado, lo que es necesario destacar es el proceso de desdibujamiento del componente estatal que se dio en el imaginario de los votantes. En este sentido, no sólo aparece una creciente crítica a las burocracias estatales asociadas a la corrupción y a la deficiente calidad de su gestión, sino que también se desvanece la idea del Estado como promotor de igualdad y progreso social.

“Yo creo que la escuela pública es muy importante porque se junta el chico del vecino de al lado con el otro, y el del otro y el otro. Y este… creo que la escuela pública tiene un rol importante, pero también eso se fue deteriorando. Los chicos que antes iban a la escuela privada era porque, de pronto, no podían rendir el ritmo que tenían… el ritmo de enseñanza de una escuela pública. Creo que eso ahora también cambió. Y hoy la mujer trabaja, el hombre trabaja, entonces no es fácil. Entonces, hay más escuelas privadas de doble escolaridad que escuelas públicas. Obviamente que hay un montón de cosas. El maestro gana mal. Con los edificios se mandaron también grandes negociados, los que no son viejos los construyeron y fueron un negocio también. Creo que en la época del Proceso hicieron un montón de escuelas, pero todas mal hechas que hoy hay muchas que se están cayendo” (Celia, 60 años, empleada administrativa, 2007).

“Mirá, la cuestión del Estado es una lástima, una verdadera lástima, toda la decadencia, la desazón que te da. Vos tenías en Capital Federal las mejores escuelas, los mejores hospitales, las universidades…y todo se vino abajo. Y fueron todos, los radicales, los peronistas, todos. Ahora nadie quiere pasar por el Estado, pero te digo que ahí hay gente muy buena, muy capacitada, en los hospitales, en las escuelas, pero está lleno de gente, no hay recursos y, por si fuera poco, por ahí se te cae un techo o una pared encima. Entonces, ¿qué hacés?, ponés plata, pagás la escuela, pagás la prepaga y no confías más en los políticos” (Esteban, 47 años, comerciante, 2009).

Algunos electores radicales reflexionan en torno a las tensiones ideológicas que se producen entre los nuevos vínculos con las instituciones educativas privadas y las viejas tradiciones políticas que defendía la educación pública.

“Mirá, el tema de la escuela es una cuestión complicada que siempre debatimos con mi mujer, el tema de dónde mandamos a los chicos, es un problema, no sé, un problema ideológico, moral. Nosotros crecimos en el barrio (Caballito) y siempre fuimos a las escuelas públicas del barrio, y siempre defendimos la escuela pública y la cosa igualadora de la escuela y también formativa. Como ‘buen radical’, como te contaba hace un rato, nunca estuve a favor de la educación religiosa y privada. Al más grande lo mandamos un tiempo a la escuela pública, pero bueno, ya no era la escuela pública a la que nosotros fuimos, ahora se nivela para abajo y la escuela se transformó en un aguantadero de chicos y los maestros en unos ‘administradores’ que no enseñan nada. Y terminamos haciendo un poco lo que hace todo el mundo, lo pasamos a la escuela privada. No fue fácil y no lo es, pero no nos quedó otra” (Carlos, 45 años, abogado 2003).

La pérdida de legitimidad de las prestaciones estatales y del rol igualatorio asociado anteriormente al Estado afectó sin dudas el interés por la política y el vínculo partidario. El desdibujamiento del componente estatal en el imaginario de los exvotantes radicales puede ser entendido como una consecuencia del creciente distanciamiento con respecto a las prestaciones estatales. Como analizamos en el Capítulo 2, una de las características de los cambios en los modos de vida de las clases medias estuvo dada por el alejamiento de las burocracias estatales (escuelas, hospitales, universidades), y el viraje hacia los servicios privados de cobertura. Como consecuencia, la vida cotidiana de las familias de clase media de la Ciudad de Buenos Aires fue perdiendo al Estado y sus aparatos como referencia inmediata de sus preocupaciones y apuestas. De esta manera, se debilitó un vínculo con el partido que estaba sustentado en un conjunto de disposiciones de las clases medias que situaban al Estado como promotor del progreso y al partido como defensor de políticas de intervención y mejoramiento de la actividad estatal.

6.3 La declinación de la oposición peronismo-radicalismo

En lo que respecta a los cambios en la percepción y evaluación del peronismo, tres transformaciones resultan centrales en relación a la identificación radical construida anteriormente. En primer lugar, desaparece la visión del peronismo como movimiento autoritario que llevó a la decadencia del país. En segundo lugar, las oposiciones entre radicalismo-peronismo y los atributos ligados a los partidos se debilitan. Por último, se diluye la creencia en los partidos como organizaciones portadoras de propuestas e ideologías.

La primera cuestión está ligada a la transformación de la visión que responsabilizaba a Perón y a los peronistas de la decadencia o de la falta de desarrollo del país. Las ideas que conjeturaban que las crisis y el retroceso de la sociedad argentina eran responsabilidad de Perón y los peronistas perdieron la fuerza que solían tener antaño. En general, las crisis o la falta de desarrollo se atribuyen ahora a los políticos en su totalidad.

“Este país se vino abajo y la verdad es que todos los políticos son los culpables, ya no es éste o aquél, ya no se puede decir: ‘esto lo hicieron los peronistas o, en todo caso, los radicales’. Yo vengo de tradición radical, en mi familia siempre se votó al radicalismo, pero ya no más. Como te digo, todos los partidos te defraudan, y creo que todos son responsables de la falta de trabajo, de seguridad, de que las cosas funcionen mal” (Julio, 54 años, comerciante, 2003).

Por otro lado, la asociación entre dirigentes peronistas, sindicalistas y trabajadores se desvanece. Pocos exvotantes reconocen el poder de los sindicatos para movilizar a los trabajadores o la capacidad de los dirigentes peronistas para manejar a los sindicatos.

¿La gente cree en el gobierno de Néstor Kirchner?

Y, uno en algo tiene que creer, porque si no: “vamos todos a tirarnos abajo del tren”, yo creo que el gobierno en sí está haciendo las cosas bien, tratando de ser equitativo con todos los sectores. Fijate vos por ejemplo los partidos, no existen más, yo antes era afiliada a la UCR, pero después me desafilié porque no me representa. En el 83 era importante estar afiliada al partido, hoy por hoy es casi motivo de risa, y eso te da la pauta de que los partidos se perdieron del mapa. Ya no generan esa cosa, viste vos, de la pertenencia o adhesión de la gente. Ya no tienen el poder de antes, al igual que los sindicatos. Ah, pero con los sindicatos es peor, porque esos sí que estaban mal acostumbrados a que la gente les obedezca, y hoy la CGT… ¿qué es la CGT? Son un montón de sinvergüenzas… (Patricia, 44 años, empresaria, 2003).

Además, las oposiciones entre radicales y peronistas que se basaban en atributos positivos y negativos dejan de articular la visión sobre el campo político. En este sentido, los dirigentes radicales pueden ser tan corruptos y deficientes administradores como los peronistas. Los valores de honestidad, responsabilidad y preparación asociados al radicalismo pierden fuerza a medida que cambian las clasificaciones sobre los dirigentes peronistas y sobre los mismos dirigentes radicales. Es decir, todo el sistema de coordenadas que utilizaban los electores radicales tradicionales para pensar el espacio político se desfigura.

“Es que, como te digo, te cambia la mentalidad. Yo no creo ya que los radicales sean muy diferentes a los peronistas, tal vez antes puede ser. Pero ahora creo que no. Me parece que la mayoría de los políticos se parecen, dicen cosas parecidas, son todos medios delincuentes. […] Seguro encontrás gente que dice ‘éstos son peores’ o ‘éstos son así’, pero bueno, creo que no. Me parece que esa gente piensa como antes, digamos, que si vienen unos, que si vienen otros. Pero las cosas ya no son así. Hay buenos y malos políticos en todos los partidos, no es que hay un partido que sea el mejor y otro lo peor de lo peor. Me parece que tenemos que acostumbrarnos a elegir los mejores candidatos de cada partido y no votar siempre a los radicales o a los peronistas o a quien sea” (Mario, 58 años, odontólogo, 2009).

Por último, se transforma la visión organizada que tenían los electores del campo político y de la existencia de partidos. Los mismos electores ven en la falta de convocatoria y de movilización de las organizaciones partidarias, y en la imposibilidad de reconocer propuestas y programas específicos, muestras de la transformación sufrida por los partidos, que a su vez debilitan las creencias y los supuestos de la propia tradición partidaria.

“Con respecto a cómo veo a los partidos políticos hoy. Bueno… pienso que los partidos políticos prácticamente perdieron todo sentido. Antes uno era radical y se sentía hasta orgulloso inclusive, o peronista en otros casos, antes se juntaban multitudes por el solo hecho de que el candidato a presidente o a gobernador o ambos iban por los barrios. Anteriormente o antiguamente, cada partido defendía su ideología, defendía su postura, tenía representante en el radicalismo, el justicialismo, encabezado por Perón, por ejemplo, el radicalismo que se asentó con Alfonsín. Hoy en día, los partidos no persiguen una ideología, ya no tienen una ideología en común, no levantan una bandera cada uno, sino que cada cual tira para el lado que más le convenga. Por eso surgió la Alianza, para poder luchar contra Menem, así también ganó Kirchner con el apoyo de todos los que no lo votaron a Menem” (Miguel, 45 años, Comerciante, 2005).

Se puede afirmar que, durante los años noventa, la tradición partidaria perdió peso en las visiones y percepciones que tenían los exvotantes radicales acerca del campo político y social. Los mitos de Perón, los obreros y los “abuelos presos” por los peronistas dejaron de ser significativos a la hora de promover el voto y la identificación partidaria. Esas representaciones comunes, que sin duda actuaban orientando parte de las visiones sobre el espacio político y cohesionando al electorado radical, tendieron a debilitarse, promoviendo un mayor distanciamiento del partido centenario.

Ahora bien, ¿cómo se relaciona el debilitamiento de la oposición peronismo-radicalismo con el cambio social? Para reflexionar sobre la declinación de los tipos ideales de votantes radicales es necesario recuperar algunos de los argumentos expuestos anteriormente. El cambio social desarticuló los referentes y las relaciones que mantenían las disposiciones del antiperonismo. En primer lugar, se agota la referencia política del peronismo a la clase obrera y merma el poderío de las organizaciones sindicales. Con los nuevos cambios sociales, aflora la cuestión de la pobreza, la desocupación y los nuevos movimientos sociales, lo que motoriza también cambios en el propio peronismo de los noventa, como sostienen Martuccelli y Svampa (1997). Así, se debilitaron las condiciones de posibilidad del antiperonismo: clase obrera–movimiento sindical–Partido Justicialista. En segundo lugar, el antiperonismo era también una tradición que suponía una serie de mitos y creencias, que los mismos afiliados entendían como parte de una tradición familiar. Al transformarse las condiciones sociales y políticas que sustentaban esta tradición, un conjunto de creencias dadas por supuesto comenzaron a perder el carácter evidente de antaño y a transformase. Este proceso debe enmarcarse en un contexto de cambios en los modos de vida, en el cual las clases medias modernizaron sus formas de vida, organización familiar y consumo.

6.4 Cambios interpretativos y debilitamiento de la lealtad partidaria

El vínculo de los adherentes y votantes con la UCR se sustentaba en un conjunto de creencias, disposiciones y actitudes que mantenían una identificación con el partido centenario. Como vimos anteriormente, los esquemas interpretativos del electorado radical tendieron a fragmentarse a medida que la morfología social se transformaba y se alteraban los modos de vida de los electores.

El debilitamiento de las expectativas de progreso social como fruto de la gestión del partido, el mayor desinterés por la política estatal y la declinación del antiperonismo promovieron una creciente desvinculación partidaria. Estas transformaciones actuaron desgastando y minando la lealtad electoral. Los esquemas interpretativos funcionaban, como sostuvo Torre (2003), promoviendo “explicaciones” y “justificaciones” a las crisis de gobierno y al mal desempeño de los dirigentes. Al debilitarse estos esquemas tradicionales, la lealtad partidaria comenzó a decaer. En la visión de los antiguos adherentes, la “decadencia” partidaria comienza con el Pacto de Olivos o la formación de la Alianza. Sin embargo, es posible invertir la explicación: lo que entra en decadencia a mediados de los noventa es la identificación partidaria y, con esto, la lealtad partidaria.

Podemos interpretar la visión negativa y crítica de los afiliados como producto de las transformaciones que se dieron en los esquemas interpretativos de los mismos electores que anteriormente ordenaban las visiones sobre los dirigentes y las políticas de gobierno. En este sentido, estos esquemas compartidos por el electorado radical cumplían no sólo una función aglutinadora, sino también defensiva, en la medida en que “filtraban” parte de las apreciaciones negativas sobre partido, promoviendo juicios y evaluaciones solidarias con el desempeño partidario. A medida que los atributos positivos del partido y sus dirigentes (y negativos de los demás partidos) dejaron de darse por supuestos, aumentaron las miradas críticas y la desconfianza frente a la conducta de los dirigentes y las acciones de gobierno. Si a finales de la década del ochenta el “golpe de mercado”, “los saqueos peronistas” y “las trabas al gobierno en el Congreso” funcionaban como explicaciones del mal desempeño partidario, para mediados de los noventa las justificaciones de los dirigentes al Pacto de Olivos y el apoyo a la reelección de Menem resultaron mucho menos creíbles a los electores. En el caso de la crisis del gobierno de la Alianza, directamente ya no aparecen ni la oposición peronista ni las dificultades económicas o los impedimentos del FMI como justificativos del “mal gobierno”. En este sentido, los electores radicales vivenciaron un cambio análogo a ese proceso que, en sociología de la religión, se denomina conversión, y que supone el retiro de la fe y el cambio de las creencias ligadas a una organización religiosa (Berger, 1997). La conversión política supone la transformación de los marcos de referencia tradicionales de los votantes y produce una mayor autonomía para definir y evaluar a los partidos y a los dirigentes por fuera de las narraciones y justificaciones de los dirigentes y las burocracias partidarias. Esto supone un tipo de elector más desconfiado de las burocracias partidarias y con menos capacidad de lealtad electoral a una organización política.

6.5 Conclusión: la conversión de los fieles

El conjunto de creencias y actitudes características del sistema interpretativo radical sufrió un proceso de conversión. Por un lado, la confianza depositada en al partido como agente promotor del progreso y como defensor de ciertos valores comenzó a debilitarse. La certeza de que el partido poco podía hacer por modificar las condiciones de vida de sus electores contribuyó a aumentar el desinterés por la política partidaria de adherentes y afiliados. Tampoco faltaron acusaciones de traición y abandono al partido por parte de votantes que sufrieron un distanciamiento de sus representantes. Por otro lado, la desvinculación estatal de una parte considerable de las clases medias y de los electores radicales desdibujó del imaginario radical la importancia anteriormente acordada al Estado como promotor de la igualdad y progreso social. Al obtener ahora distintos servicios sociales del mercado y no del Estado, muchos adherentes radicales pasaron a representarse la política estatal como un fenómeno ajeno a ellos. Por último, el antiperonismo, que ocupaba un lugar central en el imaginario radical, tendió a fragmentarse. La identificación radical se había constituido en oposición al peronismo, y el sistema de valores y principios defendidos por los electores radicales adquirían sentido en función de esa oposición. Al desdibujarse los atributos positivos del partido frente al peronismo, parte del sistema de referencia radical se desvaneció. Con esto, la evaluación del campo político y del desempeño partidario perdió el condicionamiento propio de las identificaciones y tradiciones políticas partidarias, y el accionar del partido y sus dirigentes quedó al descubierto de las miradas y evaluaciones más críticas de sus electores.

El proceso de conversión de los votantes fieles a la UCR puede comprenderse mejor estableciendo relaciones entre la alteración de las disposiciones y el cambio social. En primer lugar, se rompe la asociación entre mejoramiento en las condiciones de vida y política partidaria. Esta ruptura es, en gran parte, una consecuencia de los procesos de globalización, que, al generar una declinación de categorías tradicionales de las clases medias y al promover una mayor incertidumbre en las condiciones de empleo, debilitaron la creencia en el progreso. En segundo lugar, como producto del mayor distanciamiento estatal se desdibujaron las disposiciones que situaban al Estado como generador del progreso y al partido como defensor de políticas de proposición para la clase media. Como una consecuencia indirecta, el alejamiento del Estado redundó en un alejamiento de la política partidaria. Una parte del interés y del compromiso con la política de las clases medias radicales se anclaba en sus relaciones y expectativas frente al accionar estatal. Al redefinirse las mismas frente al mercado, la política partidaria perdió interés y capacidad de cohesión. Por último, el cambio social afectó las relaciones y referentes que sustentaban el antiperonismo. Si parte del ethos antiperonista tenía un arraigo clasista fundado en una oposición de clases, el debilitamiento de la clase obrera organizada y su representación sindical desarticularon sus referentes, contribuyendo a que la oposición radicalismo-peronismo perdiera la fuerza de antaño. Como sostuvieron Escolar y Calvo, las bases electorales de estos partidos, a su vez, no han sido inmunes a los recientes cambios políticos. Los descamisados de Evita han dejado de ser columnas de trabajadores, privados de beneficios sociales y organizados por sus centrales obreras, para constituirse en columnas de desocupados, parcialmente subsidiados por los ejecutivos nacionales o provinciales, y en estado de movilización permanente. En un contexto de nuevo pragmatismo económico, la agenda distributiva del peronismo ha perdido gran parte de sus ropajes desarrollistas al tiempo que el radicalismo ha perdido gran parte de su vehemencia antiperonista (Escolar y Calvo, 2005:20).



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