El problema central que organizó esta investigación puede definirse como el proceso de desvinculación electoral de las clases medias de la Unión Cívica Radical en la Capital Federal entre 1989 y 2003. La investigación estuvo orientada a comprender el cambio de conducta electoral, relacionando las transformaciones que se dieron en las disposiciones, creencias y actitudes de los votantes tradicionales del partido con las posiciones sociales y la organización partidaria. De esta manera, se buscaba lograr una interpretación compleja del fenómeno que relacione los distintos elementos del problema: clase social, electores fieles y partido político.
A partir de la definición de estas relaciones, la primer parte de la investigación se concentró en los cambios de la composición, los estilos de vida y el comportamiento político de las clases medias. Luego de identificar algunas transformaciones estructurales, en los capítulos centrales abordamos las creencias y actitudes políticas de los electores de la UCR y su transformación a lo largo del período de estudio. En las partes finales, describimos los cambios que tuvieron lugar en la organización interna de la UCR y sus posiciones en el espacio político.
La hipótesis teórica que organizó la indagación supuso que el voto recurrente de los electores de clases medias a la UCR estaba orientado por un conjunto de esquemas interpretativos que estructuraban las prácticas electorales y las percepciones políticas, manteniendo la identificación con el partido radical. A lo largo del libro, los diferentes capítulos fueron aportando distintos elementos para formular una interpretación al problema. El argumento central puede sintetizarse a partir de un conjunto de relaciones. Los cambios estructurales de las clases medias contribuyeron a modificar las disposiciones y creencias de los electores radicales y, por esta vía, a disolver parte de la base social de votantes tradicionales de la UCR en la Ciudad. La conversión de los electores fieles se produjo en una coyuntura en la cual el partido se encontraba dividido internamente y realizaba una interpelación contradictoria a sus votantes. La convergencia del cambio social y la crisis partidaria produjo un creciente desfasaje entre el partido y sus electores que potenció la desvinculación de los electores fieles.
1. Las transformaciones de las clases medias
Los procesos de globalización iniciados en los primeros años de la década del noventa le imprimieron un nuevo perfil socioeconómico a la Ciudad de Buenos Aires. La ampliación del comercio internacional, la modernización tecnológica, el crecimiento de las inversiones de empresas transnacionales y la tercerización de las actividades, entre otros fenómenos ligados a la interconexión global, tendieron a producir una reconfiguración del espacio social que alteró la morfología de las clases medias de la Ciudad. El cambio morfológico puede definirse como un doble proceso que supuso la desaparición de ciertas categorías socioprofesionales y el desarrollo de nuevas capas acordes al cambio global. Así, en lo que respecta a la pequeña industria, se contrajeron notablemente los sectores tradicionales volcados al mercado interno y florecieron los productores de bienes culturales íntimamente conectados con el mercado global. En lo que respecta al comercio, desaparecieron una parte considerable de pequeños comerciantes barriales sustentados en el trabajo familiar como consecuencia de la instalación de grandes cadenas de supermercados, muchas de ellas de origen extranjero. Por otra parte, la tercerización de actividades de las grandes firmas comerciales y de las empresas privatizadas contribuyó al desarrollo de nuevas capas profesionales orientadas a las actividades de servicios. El extraordinario crecimiento del sector de servicios en la Ciudad produjo el crecimiento extraordinario de un campo de especialistas situados entre la producción y la comercialización de bienes, en su mayoría provenientes de nuevas carreras dictadas en institutos y universidades privadas.
El cambio morfológico de las clases medias trajo aparejado una transformación en los modos de vida de las mismas, al tiempo que aceleró procesos de más larga data. En términos generales, la transformación de los modos de vida de las clases medias puede definirse como una modernización, en la medida en que un conjunto de pautas de acción tradicionales comenzaron a redefinirse. En primer lugar, como consecuencia de la incorporación de la mujer al mercado laboral y su acceso a los niveles más altos de educación superior, se alteraron las pautas de organización familiar, particularmente la postergación del matrimonio, el aumento de la unión consensual y la disminución del número de hijos. En segundo lugar, y en paralelo al desarrollo extraordinario de los servicios en la Ciudad, una parte considerable de las clases medias redefinió sus vínculos con el Estado y se volcó hacia la cobertura de servicios privados de educación, salud y jubilaciones. Por último, la entrada de nuevos productos culturales globales y la implementación de nuevas tecnologías contribuyeron a diversificar el consumo cultural de las clases medias de la Ciudad.
Los cambios morfológicos y las transformaciones en los modos de vida impactaron en la cultura política de las clases medias, y en los valores y demandas de los afiliados de la UCR, particularmente en las generaciones más jóvenes, que eran las que motorizaban los cambios sociales. En lo que respecta a sus valores y preferencias, una parte considerable de los afiliados radicales modificaron sus posturas frente a la intervención estatal y acordaron mayor legitimidad a las privatizaciones y la reforma del Estado, aunque reclamaban un mayor control público. Por otra parte, surgieron un conjunto de demandas modernas asociadas a una mayor libertad sexual, a derechos de género, a la lucha contra la discriminación y a las problemáticas referidas al medioambiente y calidad de vida. En términos generales, definimos a estos valores y preferencias como el desarrollo de una nueva cultura política, con demandas diferentes a las de la década del ochenta.
2. Los votantes radicales y el cambio social
El sistema de percepción y evaluación de los votantes tradicionales operaba a través del reconocimiento de un conjunto de valores asociados al partido, como las virtudes cívicas de sus dirigentes, la defensa de la ley y la constitución, la intervención estatal en ciertas áreas como, por ejemplo, la educativa, y la búsqueda del progreso social. Por otro lado, gran parte de los atributos positivos de la UCR adquirían sentido a partir los valores negativos asociados al peronismo, como la corrupción, al autoritarismo y a la falta de respeto por las leyes y las instituciones. Por último, en el imaginario radical los votantes peronistas aparecían con cierta incapacidad y falta de preparación para votar. Los sistemas interpretativos de los adherentes funcionaban promoviendo explicaciones y justificaciones de los fracasos o las crisis de los gobiernos. En este sentido, son capaces de ofrecer respuestas más o menos coherentes ante las imputaciones. Más allá de los posibles desacuerdos con tal o cual medida de gobierno o posición del partido, las categorías utilizadas por los votantes para pensar la política eran capaces de mantener la adhesión partidaria con cierta independencia del desempeño partidario. La capacidad explicativa y la adaptabilidad de los esquemas interpretativos permiten comprender los mecanismos que promueven la lealtad partidaria en tanto vínculo de compromiso e identificación más o menos perdurable con una tradición política.
Al interior del electorado fiel a la UCR es posible reconocer diferentes tipos sociales de votantes, ya que las diferentes condiciones sociales relacionadas con la posición social y la trayectoria familiar daban lugar a distintas sensibilidades políticas. En primer lugar, se puede reconocer un típico votante radical ligado al comercio o al pequeño taller, que era portador de un antiperonismo conservador que impugnaba algunos derechos laborales y que, en general, asociaba al partido con la defensa del orden y la ley. En segundo lugar, un votante más progresista que reconocía en el partido una tradición popular, en algunos aspectos cercana al peronismo, y reivindicaba la defensa de los derechos políticos y la intervención estatal.
Las transformaciones estructurales mencionadas al inicio generaron una declinación de estos tipos sociales de votantes radicales. Los procesos de globalización y los consiguientes cambios que se dieron en los estilos de vida alteraron la reproducción de los tipos sociales, en la medida en que las categorías sociales en las que la UCR concentraba sus apoyos tradicionales comenzaron a desvanecerse. De esta manera, la desaparición de ciertos estratos socioprofesionales produjo la disolución de la base social de votantes de la UCR a lo largo de la década del noventa. Con la modernización del comercio y de la industria fue desapareciendo un tipo social de votante radical portador de una mentalidad más o menos reaccionaria que había basado su identificación partidaria en un antiperonismo recalcitrante. Por otro lado, también se redujo el número de profesionales de despacho de mentalidad progresista y defensores de la educación pública y la igualdad social. A medida que se diversificaba el estrato profesional, fueron apareciendo nuevos profesionales que brindaban servicios a empresas e intermediarios culturales, cuyos consumos y actividades profesionales estaban más globalizados y que carecían de vínculo con la universidad pública.
3. La conversión de los votantes fieles
Cuando indagamos a un conjunto de votantes radicales que se habían desvinculado electoralmente de la UCR en la década del noventa, encontramos que parte de las creencias que aparecían como componentes centrales de la identificación radical se habían debilitado, dando lugar a nuevos esquemas de percepción y evaluación del mundo social y político. Dichos componentes eran la creencia en el progreso y su vinculación con el partido, la pérdida de legitimidad estatal y la declinación del antiperonismo. Para lograr una interpretación más profunda del fenómeno, es necesario relacionar la conversión de estas disposiciones y creencias de los electores con el cambio social.
Una de las condiciones del vínculo entre el partido y sus electores estaba dada por la creencia compartida de que el partido podía mejorar las condiciones de vida de los electores. Aunque el partido no había realizado una interpelación específica a los intereses económicos de las clases medias, la mayoría de los electores asociaba la UCR a la lucha por el progreso y la defensa de sus derechos y garantías. Sin duda, los discursos y proclamas partidarias actuaban sobre un conjunto de disposiciones de los sectores medios y los transformaba en demandas. Dos fenómenos afectaron las expectativas de progreso de las clases medias y motivaron una creciente separación entre mejoramiento de las condiciones de vida y la política partidaria. En primer lugar, el ocaso de un conjunto de categorías tradicionales de las clases medias, que se vieron disueltas por los procesos de cambio estructural; en segundo lugar, los cambios que se dieron en la organización del trabajo y en las protecciones en el empleo, que tendieron a aumentar el riesgo y la incertidumbre. Así, el cambio social tendió a producir una mayor desconfianza de los electores sobre la capacidad del partido y de sus dirigentes para mejorar sus condiciones de vida.
Por otro lado, el cambio de los estilos de vida tendió a desdibujar la importancia acordada al Estado. Los electores radicales reconocían a la UCR como un partido promotor de la intervención estatal y defensor de ciertas políticas de Estado que priorizaban la educación y la salud. Nuevamente, aquí se pueden encontrar unas afinidades entre las disposiciones de las clases medias tradicionales y la interpelación partidaria. Las proclamas partidarias actuaban politizando un conjunto de intereses y expectativas de estos sectores. El viraje hacia el mercado privado de servicios que realizaron las clases medias porteñas a principios de la década del noventa supuso un cambio respecto a su relación con el Estado, que afectó el vínculo con el partido. Como un efecto más o menos inmediato de la creciente cobertura a través del mundo privado, las familias de clase media fueron perdiendo parte del interés en las condiciones de las escuelas, universidades, hospitales y demás tipos de prestaciones públicas. El distanciamiento con lo público trajo como consecuencia un mayor distanciamiento frente a la política partidaria.
Por último, el cambio social desarticuló los referentes y las relaciones que sustentaban las disposiciones del antiperonismo. El desarrollo de una economía de servicios globalizada supuso un cambio en la configuración de las clases y su antagonismo. En primer lugar, se agota el movimiento obrero como base del partido justicialista y aparece la nueva cuestión social centrada en la pobreza. En segundo lugar, decae la importancia de las organizaciones sindicales, al tiempo que emergen nuevos conflictos sociales. Con estos cambios, se debilitaron los componentes que le daban existencia al antiperonismo: clase obrera-movimiento sindical-Partido Justicialista. Por otra parte, las nuevas capas modernas de las clases medias no son portadoras de disposiciones políticas estructuradas en los conflictos de clase, como era el caso de los comerciantes y pequeños empresarios socializados por el balbinismo. Al transformarse los referentes y conflictos sociopolíticos a partir de los cuales se estructuraba el antiperonismo, se debilitó el sistema de relaciones que operaba en el imaginario radical, estableciendo atributos positivos y negativos entre ambos partidos. Sin los referentes y relaciones que lo sustentaban, el antiperonismo, como tradición política, perdió parte de la evidencia y efectividad de antaño a medida que se iban modernizando los modos de vida y los valores de las clases medias.
El debilitamiento de las expectativas que suponían que el partido beneficiaba a sus electores alentando el progreso social, el mayor desinterés por la política estatal que pregonaba el partido y la declinación del antiperonismo tendieron a desorganizar el funcionamiento de los esquemas interpretativos de los votantes y a erosionar la identificación partidaria. Como consecuencia directa de estos cambios, comenzó a desvanecerse la lealtad partidaria, y los electores se volvieron mucho más críticos de los dirigentes partidarios, en la medida en que la identificación política pesaba menos sobre la evaluación de los mismos. En lo que respecta a los principios republicanos, que eran propios de la tradición radical, una parte de los electores los siguió reconociendo como valores importantes, pero dejaron de asociarlos a la UCR.
El proceso de desvinculación electoral puede constatarse en los resultados de las elecciones de la primera parte de la década del noventa en la Capital Federal. La UCR perdió las elecciones legislativas de 1993, la elección de convencionales de 1994 y las presidenciales de 1995. En este período, la oferta electoral del Frepaso y del peronismo actuó sobre las identificaciones radicales debilitadas, alentando el cambio de voto. Sobre el final de la década, la Alianza logró conquistar un apoyo extraordinario en las clases medias. Pero dichos votos se sustentaban más en la confianza en los candidatos de la coalición que en las identificaciones partidarias previas, como se evidenció en 2001.
4. Las transformaciones internas de la UCR y la desvinculación de votantes
A partir del triunfo de Menem en 1989, comenzó una dura disputa interna entre Raúl Alfonsín y Eduardo Angeloz por la conducción de UCR. El primero mantuvo la conducción formal del partido en los primeros años, mientras que el segundo ejerció un liderazgo basado en los apoyos que logró conquistar con su candidatura presidencial y sus reiterados triunfos electorales en Córdoba. Ambos dirigentes serán los portavoces de la UCR durante los primeros años del menemismo y competirán internamente por la estructura partidaria. En la Capital Federal, los distintos dirigentes que comandaban líneas internas como F. De la Rúa, J. Rodríguez y M. Stubrin se plegaron a algunos de los sectores en disputa. Solamente De la Rúa pudo posicionarse en 1992 como un dirigente de peso ajeno a la rencilla de la cúpula.
La situación de doble liderazgo de partido ejercida por Angeloz y Alfonsín, y la dinámica que adquirió la lucha sobre el campo partidario y frente al gobierno impidió que el partido tuviese una posición unificada y coherente frente al gobierno y pudiera realizar un trabajo de representación consistente en las elecciones de 1991 y 1993. Efectivamente, el apoyo y rechazo conjunto a las medidas de gobierno (privatizaciones, reforma del Estado, plan de convertibilidad, presupuesto, etc.) y la incapacidad de enunciar un conjunto de medidas consensuadas llevó a que el partido no pudiera posicionarse como oposición ni como alternativa de gobierno ni como alternativa de gobierno. La creciente inconsistencia de las posturas políticas y las tomas de posición de los distintos referentes pueden caracterizarse como un avance constante de la lucha interna sobre el campo externo. Es decir, un traslado (más o menos directo) de los enfrentamientos del subcampo partidario al campo de competencia frente al gobierno y los demás partidos.
Es en esta coyuntura del campo partidario que los electores fieles comienzan a desvincularse electoralmente de la UCR. Y, si bien, la inconsistencia partidaria y el enfrentamiento de la cúpula sin dudas alentó el alejamiento de votantes, la dinámica interna y la conversión de los votantes pueden considerarse como procesos relativamente autónomos que convergen en la coyuntura, aunque posteriormente se interrelacionen.
Uno de los primeros efectos de la desvinculación electoral sobre la dinámica interna estuvo dado por la caída de la participación en las elecciones internas a partir de 1993, que trajo como consecuencia un creciente vaciamiento de las agrupaciones al interior el partido y una mayor fragmentación de las líneas internas. Así, el partido se fue disgregando desde su base hasta las cúpulas. Por otro lado, el cambio social de los electores operó debilitando el aparato de comités, poco preparado para mantener la participación de votantes más autónomos y reflexivos.
Entre 1993 y 1995, la UCR, en tanto campo de fuerzas y organización, evidenció un importante proceso de disolución expresado en la disminución de la capacidad de convocatoria de afiliados, en la creciente indisciplina partidaria, en la disgregación de los grupos internos, en la salida de dirigentes y en la pérdida de clivajes ideológicos. Esta disolución fue producto del entrelazamiento y la convergencia de fenómenos que tenían origen en la dinámica propia del funcionamiento partidario con otros vinculados directamente con la pérdida de su base social de votantes. Por un lado, las principales disputas del campo perdieron los matices ideológicos anteriores, producto del cambio en las posiciones internas. Por otro lado, la disminución de los apoyos electorales en la Capital y en el resto del país en las elecciones de 1993 y 1994 y la pérdida de capacidad de movilización de los afiliados contribuyó a la exacerbación de la lucha interna, que llevó a los dirigentes a actuar en el vacío, por fuera de las disputas que planteaba el menemismo. El resultado de la elección presidencial de 1995, en la cual la UCR se ubicó tercera, generó un recambio en la cúpula partidaria y llevó a la formación de la Alianza.
El éxito electoral de la coalición ocultó, en parte, las diferencias ideológicas de los dirigentes de los distintos partidos. Por otro lado, tampoco se lograron establecer mecanismos de integración y de resolución de conflictos internos hacia el interior del espacio. A poco de asumir, el gobierno de la Alianza comenzó a desintegrarse en plena gestión, a medida que aumentaban las disputas internas. En las elecciones de octubre 2001, una parte del grupo de dirigentes que había asumido dos años antes se encontraba en la oposición al gobierno y realizaba duras impugnaciones a la gestión económica.
La Alianza había logrado un vínculo con sus electores basado en la confianza depositada en sus principales dirigentes, que comenzó a diluirse a poco de comenzar el gobierno. Los reiterados ajustes, la suba de impuestos y los distintos escándalos de corrupción terminaron diluyendo la confianza previa y gestando un rechazo masivo a todos los dirigentes de la Alianza. Con la división de la UCR, se formaron nuevos partidos como ARI y Recrear, que reivindicaron algunos de los principios del partido centenario, contribuyendo a disolver la unidad simbólica del radicalismo. Como consecuencia de la pérdida del monopolio de un conjunto de valores éticos y republicanos que el partido supo reivindicar en el campo político y de la transformación de su base social de votantes fieles, se agota una relación entre la UCR y las clases medias porteñas que había signado la historia política del distrito desde de la década del 50.








