Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

10 El ascenso de De la Rúa, la Alianza y la división partidaria (1998-2001)

¿Qué tipo de vínculo se estableció entre la Alianza y sus votantes? ¿Cómo se modificó el mismo a lo largo de la gestión? ¿Qué tipo de consecuencias tuvo la crisis del gobierno de la coalición en los electores de la UCR? Este conjunto de interrogantes organiza el capítulo final del libro. Antes de comenzar el análisis, es necesario destacar que la marca política “Alianza” esconde, en realidad, distintos tipos de coaliciones que se formaron entre 1998 y 2001. Si se define la coalición no como una cosa, sino como una configuración de individuos interdependientes entre sí, que se ven enfrentados por la distribución del poder de decisión y el acceso a puestos, es posible observar distintas configuraciones en función de las relaciones establecidas entre los miembros y el estado de distribución de poder en un momento dado.

Desde su formación en 1997, hasta su desarticulación a mediados de 2000, la Alianza entre la UCR y el Frepaso adquirió varias configuraciones internas. En diciembre de 2001, cuando renunció el presidente De la Rúa producto de las manifestaciones populares, la coalición estaba disuelta y sólo unos pocos de los miembros fundadores formaban parte del gobierno. Para entonces, la legitimidad de la coalición y el apoyo a la UCR en la Capital Federal se habían agotado. El distrito fue el escenario de uno de los índices más altos de votos impugnados, primero, y luego de fuertes movilizaciones que terminaron con una veintena de muertos. El “derrumbe político” de la Alianza fue un proceso complejo que tiene diversas aristas. Para Novaro, son varios elementos los que interactúan. En primer lugar, el desacople entre la crisis de las economías emergentes y la instalación del gobierno que imposibilitó un diagnóstico correcto de los problemas económicos. En segundo lugar, el bajo poder institucional que logró conquistar, ya que no alcanzó mayoría parlamentaria y sólo gobernó en unas pocas provincias. En tercer lugar, la coalición tampoco contó con una fuerte cohesión interna y un liderazgo fuerte y aglutinador, lo que impidió definir las tomas de decisiones y orientaciones de forma consensuada (Novaro, 2002:17). Nos concentraremos particularmente en este tercer aspecto.

Para caracterizar el nacimiento de la Alianza y los vínculos que la coalición estableció con los electores de la Ciudad, comenzaremos con el ascenso de De la Rúa. Como se verá posteriormente, el crecimiento político del expresidente estuvo asociado al cambio de identificación partidaria de los votantes radicales y al apoyo del electorado de la Capital, que fueron los que lo catapultaron a la candidatura a presidente.

En primer lugar, se aborda el crecimiento de la figura de De la Rúa. En segundo lugar, se describen los cambios en la configuración de la Alianza desde su formación hasta su llegada al gobierno, destacando los límites propios de esa asociación política. En tercer lugar, se detallan algunas de las medidas y acciones de gobierno que motivaron el retiro del apoyo electoral y la impugnación masiva de votos en 2001 en el distrito. Por último, se detalla la división de la UCR en el ARI y Recrear como consecuencias del bajo rendimiento partidario.

10.1 De la Rúa y su capital político de notoriedad

  • “No se puede opinar, por todos lados hay corrupción. Además, para mí no hay políticos honestos, sospecho de todos” (Walter, 23 años, empleado).
  • “Puedo contar con los dedos de las manos los que se salvan de ser corruptos. Todavía hay algunos políticos que son honestos, como De la Rúa, La Porta y Beliz, de Domínguez prefiero no hablar” (David, 80 años, jubilado).
  • “Realmente no creo en la honestidad de los políticos, con excepción de De la Rúa” (Olate, 42 años, agente de seguros).
  • “La corrupción en la Argentina es difícil de probar como todo lo que se hace bajo cuerda. Hoy dudo de la integridad de los políticos” (Omar, 80 años, jubilado).

Fuente: Entrevistas provenientes del Informe del diario La Nación, “La corrupción preocupa cada vez más al ciudadano” (9/6/96).

El triunfo de Fernando de la Rúa como intendente de la Ciudad de Buenos Aires en 1996 representa un interesante problema, en la medida en que pareciera contradecir algunos de los análisis presentados en este trabajo. Efectivamente, ¿cómo entender el crecimiento político de De la Rúa y sus triunfos reiterados luego de la desvinculación electoral de la UCR y la desmovilización general del partido? Sin embargo, sólo a primera vista la victoria en las urnas del exintendente contradiría las interpretaciones ofrecidas; por el contrario, el crecimiento político de De la Rúa debe enmarcarse en el contexto de la crisis del campo partidario, y en la apuesta propia de una estrategia de crecimiento personal a expensas de las estructuras partidarias y de las tradiciones de los votantes. Según los análisis electorales de Burdman, el radicalismo de la Capital Federal tiene su base de apoyo en circunscripciones donde predominan los sectores medios. Sin embargo, el voto a la UCR adquiere cierta particularidad cuando De la Rúa es candidato (1989, 1992, 1996). En estos casos, el radicalismo logra más votos en las circunscripciones de zona norte de la Cuidad y además obtiene un apoyo más homogéneo en todos los barrios, lo que convierte al candidato en un poderoso político multiclasista (Burdman, 1998:68). Esta particularidad del dirigente radical debe comprenderse a partir de un capital político propio relativamente independiente de la estructura partidaria de la UCR.

En junio de 1996, durante la campaña para intendente de la Ciudad, distintos analistas y periodistas políticos debatieron el hecho de que la imagen política De la Rúa no se viera afectada por el procesamiento y desafuero de Eduardo Angeloz, que ocurría en el último tramo de la carrera electoral (La Nación 9/6/96, 10/6/96, 11/6/96, 16/6/96). El hecho resultaba particularmente llamativo, no sólo porque el debate principal de los candidatos había girado en torno a la honestidad y la lucha contra la corrupción, sino también porque, generalmente, las denuncias de corrupción que pesan sobre los dirigentes debilitan la imagen de los otros referentes, como ocurría con el presidente Menem frente a las acusaciones de Cavallo. Sin embargo, pese a las sospechas que recaían sobre algunos referentes partidarios, la consideración social de De la Rúa como candidato honesto no se vio afectada, evidenciando que la legitimidad del candidato se asentaba sobre bases en parte distintas a las del partido.

El halo de honestidad que recubría la imagen de De la Rúa y lo situaba por fuera de los escándalos de corrupción del aparato radical puede ser pensado y caracterizado como un tipo de capital político de notoriedad basado en el reconocimiento público de las virtudes personales de honestidad, mesura y respeto institucional. Es decir: una forma de legitimación política personal que funcionaba y resultaba efectiva en la medida en que operaba sobre las creencias y formas de clasificación de los electores. Esta manera de interpretar los apoyos a De la Rúa pone en primer lugar el problema de la construcción política del reconocimiento público, dejando de lado las características personales o subjetivas de los dirigentes. El capital político que detentaba De la Rúa a mediados de 1996 puede ser explicado a partir de un lento, pero constante trabajo de acumulación dentro de las mismas estructuras del partido. Los triunfos internos del dirigente y de sus aliados en la Capital fueron producto de la movilización de los afiliados más independientes del aparato en la Ciudad, y no de la conquista de los adherentes más politizados de la UCR (que veían con recelo a De la Rúa). Desde su candidatura a diputado en 1991, el exintendente fue construyendo una imagen pública basada en su honestidad y prudencia, ajena a las disputas propias de la política partidaria. En sus campañas internas denunció constantemente a los aparatos partidarios y posibles pactos espurios, solicitando una y otra vez el apoyo de los afiliados “independientes” para “cambiar y renovar” el partido. En su campaña para senador de 1992, propuso como electores a reconocidos artistas y famosos que, si bien estaban afiliados a la UCR, no participaban activamente en política. Los presidentes de River Plate y Boca Juniors, cantantes, actores y escritores fueron convocados para formar la lista de electores. Esta estrategia tuvo la virtud de posicionar al candidato radical como un dirigente externo y ajeno a las rencillas del aparato. Su crecimiento como figura política, primero en la Capital y posteriormente a nivel nacional, es simultáneo a la división del partido en la Capital y a la fragmentación de la cúpula partidaria. En este sentido, la acumulación del capital político de reconocimiento público de De la Rúa se produce a partir de la división y la crisis partidaria. La imagen de político prudente y correcto del expresidente se puede entender a partir de la estrategia política de posicionarse en el centro de la disputa entre Angeloz y Alfonsín, como en un lugar propio, intermedio, y a partir de su estrategia de lucha interna basada en la denuncia de los aparatos y en supuestos pactos ilegítimos, lo que sin duda promovía una imagen antipolítica del candidato. Con este tipo de construcción de legitimidad personal, De la Rúa contribuía y actuaba sobre la conversión política de los electores de la UCR, ya que favorecía el debilitamiento de la identificación partidaria al tiempo que afirmaba un lazo personal y directo con sus electores.

En el cuadro siguiente se reconstruyen las luchas internas en las cuales participó De la Rúa y las principales claves discursivas utilizadas para conquistar las candidaturas internas y externas.

La construcción del capital político de De la Rúa

Fecha

Tipo de elección cargos

Definición de los opositores internos, llamamiento a los afiliados, propuestas.

7 de mayo 1990

(El Cronista 7/5/90)

——

De la Rúa afirma la intención de construir una línea interna propia en el distrito, independiente de los lineamientos nacionales. El sector se denomina “Movimiento de Participación”. Declara que el objetivo principal es derrotar al aparato de la Coordinadora y devolver la participación a los afiliados.

4 de mayo de 1991

(Clarín 4/5/91)

Interna, presidentes de parroquias y delegados a Comité Capital

De la Rúa realiza una campaña denunciando un supuesto pacto entre J. Rodríguez y M. Stubrin para apoderarse del Comité Capital. Según la denuncia, los excoordinadores se unirían después de las elecciones para mantener el control del Comité Capital. De la Rúa pide el apoyo de los afiliados para que la Coordinadora no se apodere el partido.

31 de marzo de 1992

Interna para Senadores Nacionales

Siendo diputado, De la Rúa se lanza como candidato a senador. Propone como electores a conocidos escritores, cantantes y músicos, empresarios y los presidentes de Boca Juniors y River Plate. Acentúa la estrategia de presentarse como externo al aparato radical, pese a conducir la UCR porteña.

10 de mayo de 1993

Clarín 10/05/93, Página/12 11/05/93

Internas para Diputados Nacionales.

El delarruismo gana la interna proponiendo a Martha Mercader. Durante la campaña, el senador solicitó el apoyo de los afiliados independientes para “pasar por arriba a los aparatos del partido”. En octubre, la UCR pierde en el distrito por primera vez desde 1952.

18 de febrero de 1994

Clarín 18/02/94

Interna para Convencionales Constituyentes

De la Rúa se propone como candidato y afirma la necesidad de consultar a los afiliados sobre el Pacto de Olivos. Debido a que el partido frena su candidatura, se declara proscrito por el partido. La UCR pierde nuevamente las elecciones en la Capital.

La construcción de una imagen pública basada en un conjunto de virtudes por parte de un candidato no asegura su triunfo electoral. Como puede observarse en el caso de De la Rúa, su presentación como opositor a los aparatos y los pactos, como portador de una postura intransigente ajena a los acuerdos internos, tuvo su apogeo entre 1990 y 1993. Sin embargo, es a partir del Pacto de Olivos que la figura de De la Rúa comienza a crecer nuevamente hacia dentro y fuera del partido. Parte del éxito electoral del capital político está condicionado por un conjunto de condiciones ligadas al campo partidario y político en general, así como también a las expectativas y demandas de los electores en un momento dado. La primera condición de posibilidad de acumulación y valorización de capital político de De la Rúa estuvo fundada en las características del propio partido. Las virtudes de honestidad, intransigencia, mesura y respeto institucional, a partir de las cuales De la Rúa fundó su reconocimiento público, son, en realidad, valores defendidos históricamente por el partido y asociados a diversos dirigentes (Illia, Balbín, Alfonsín). Sin duda, sería más difícil que un candidato del peronismo reivindicara con éxito esos valores como estrategia de crecimiento interno. En segundo lugar, la eficacia del discurso de De la Rúa estuvo ligada a la división y desmovilización del partido en los primeros años de la década del noventa. Con las denuncias de pactos secretos entre dirigentes, de la existencia de aparatos y de intereses propios de los políticos, De la Rúa les devolvía a los electores descreídos del partido la misma imagen desencantada del partido que los propios electores manifestaban, un tipo de estrategia antipartidaria que redundaba en una legitimación del candidato a expensas del partido. El Pacto de Olivos y las denuncias de corrupción ligadas al menemismo operaron como una cuarta condición de posibilidad para el crecimiento de la figura de De la Rúa a partir de 1995. A mediados de 1996 y en vistas a la elección de intendente porteño, el reconocimiento de De la Rúa logró su máximo esplendor en la medida en que políticos, periodistas y agentes internacionales demandaban mayor honestidad por parte de los representantes políticos, como consecuencia de los nuevos escándalos del gobierno nacional y la denuncia de mafias de Cavallo. En un contexto en el cual la campaña giraba en torno del problema de la corrupción nacional y la honestidad de los candidatos porteños, y en el que los informes de Transparency Internacional provocaban debate entre periodistas y políticos (La Nación 6/6/1996), el capital político acumulado por el candidato radical encontró unas condiciones extraordinarias para volverse efectivo. En las elecciones a intendente y estatuyentes de 1996, De la Rúa obtuvo el 39,8% de los votos, mientras que los candidatos partidarios a estatuyentes sólo cosecharon el 27,2 %, resultando vencedor el Frepaso con el 34,7%. Con un lenguaje propio, los militantes de la Juventud Radical caracterizan el triunfo a la intendencia y la derrota de estatuyentes: “Gana De la Rúa y pierde el partido (La Nación 27/6/96). La fórmula expresaba la disociación entre la legitimidad del partido y la del candidato. Como sostiene Novaro (2002:49), esta divergencia entre liderazgo público y partidaria se volverá un fuerte elemento de tensión al interior de la misma coalición.

10.2 Las distintas configuraciones de la ALIANZA en el período electoral

La Alianza entre la UCR y el Frepaso se formalizó el 2 de agosto de 1997. El grupo que le dio forma a la coalición y que tomará las principales decisiones de poder en la primera etapa de formación fue el llamado Grupo de los Cinco, integrado por De la Rúa, Alfonsín y Terragno, por parte de la UCR, y Meijide y Álvarez por el Frepaso. Este grupo inicial representó la integración entre ambas fuerzas políticas; fuera de este núcleo, las relaciones entre los partidos no llegaron a institucionalizarse. Es decir que fue casi el único espacio de interrelación entre los miembros. En lo que respecta a su conformación, el mismo estaba integrado por posibles candidatos a presidente; los medios lo denominaban el grupo de “los cinco presidenciables” (Clarín 8/9/97). Como resulta evidente, la competencia y la lucha más o menos encubierta entre los integrantes estuvieron presentes desde el inicio de la formación. Al interior del grupo las relaciones eran más o menos horizontales, ya que ninguno de los miembros respondía a otro, y verticales respecto a los partidos que componían la coalición, porque sus dirigentes principales conformaban el núcleo central de cada partido. La Alianza fue un acuerdo de cúpula situado por fuera y por arriba de las dos fuerzas, lo que sin duda dotó de cierta autonomía a los distintos referentes de la coalición frente a los demás dirigentes de cada una de las agrupaciones. Esto generó una constante tensión entre los precandidatos y los referentes partidarios, ya que los primeros buscaron aislarse de las presiones partidistas y presentarse como garantes de la coalición, lo que terminó afectando la integración y consolidación de la nueva fuerza política (Novaro, 2002:58).

Entre agosto y octubre de 1997, la naciente coalición atravesó su periodo formativo, superando conflictos internos y externos. Las disputas internas giraban principalmente en torno a la definición de las candidaturas, y las externas, sobre la manera de presentar a la Alianza como una fuerza opositora capaz de derrotar al PJ y gobernar el país. Las primeras definiciones del gobierno frente a la coalición fueron, justamente, la supuesta falta de programas y de capacidad para gobernar. Menem afirmó que con la Alianza hacía peligrar la estabilidad, y que los dirigentes eran incapaces de gobernar (Clarín, 6/9/97, 10/9/97, 20/9/97). Como respuesta a los desafíos planteados por el oficialismo, los líderes de la coalición respaldaron públicamente la convertibilidad, negaron un cambio del modelo económico si llegaban al gobierno y solicitaron a Alfonsín que modere sus críticas al plan económico. Por otro lado, la discusión sobre las candidaturas se aplacó hasta las elecciones. El triunfo del 28 de octubre en la Capital Federal y la Provincia de Buenos Aires ratificó y selló la alianza entre ambas fuerzas, una vez probada la efectividad de la estrategia.

Pasadas las elecciones de octubre, el espacio político que compartía el grupo de los cinco comenzó a reorganizarse. El primer cambio estuvo relacionado con la finalización del mandato de Terragno al frente del Comité Nacional de la UCR, cargo que disputarían Rozas y Moreau. Era en calidad de Jefe partidario que Terragno participaba del grupo, y terminado su mandato no se sabía qué lugar ocuparía dentro de la mesa de conducción, aunque él mismo se postulaba como un candidato presidenciable (Clarín 11/11/97).

En lo que respecta al comando partidario, Alfonsín propone como candidato a presidente del partido a De la Rúa, quien acepta el cargo[1]. Con la consagración, el intendente capitalino mejoraba sus chances de ser el candidato radical de la coalición. Para fines de 1997, De la Rúa y Meijide aparecían como los principales candidatos de la coalición para competir por la presidencia y vicepresidencia de la nación, y el resto de las candidaturas se habían ya desdibujado. La salida de Terragno y la presidencia del partido le permitieron a De la Rúa ganar posiciones internas y externas, asegurando su postulación como candidato para la interna con el Frepaso.

Durante los primeros de meses de 1998, el conflicto entre ambas agrupaciones se fue agudizando, a medida que se iban plasmando las candidaturas presidenciales, lo que llevó a que el Grupo de Cinco perdiese el carácter organizador de la coalición. A lo largo de 1998, serán principalmente Álvarez y a Alfonsín los que coordinarán acciones y acercarán posiciones en momentos de tensión, con motivo de las internas. En términos generales, la disputa entre De la Rúa y Meijide giró en torno a la representación de los valores éticos de la coalición, la capacidad de mantener unida la Alianza y de gobernar. Con el apoyo del aparato partidario, De la Rúa triunfó en los distritos del interior el país, mientras que Meijide cosechó sus principales apoyos en la Capital Federal, donde obtuvo la mayoría en las 28 circunscripciones. El Frepaso triunfó por amplio margen en los barrios tradicionales de clase media donde el radicalismo solía conseguir anteriormente sus apoyos tradicionales, mientras que, tanto en las zonas del norte como del sur, la ventaja sobre De la Rúa fue menor (Clarín 31/11/98)[2].

El 8 de diciembre de 1998 se proclamó la fórmula De la Rúa-Álvarez. A partir del lanzamiento, las decisiones respecto a la coordinación de la Alianza y la orientación de la campaña electoral comenzaron a tomarse centralmente por los candidatos. El resto de los dirigentes con los que anteriormente compartían cuotas de poder comenzaron a perder posición. Así, los liderazgos de Terragno, Alfonsín y Meijide comenzaron a desvanecerse, al tiempo que crecía el protagonismo de la fórmula presidencial. Una consecuencia inmediata del reacomodamiento del espacio fue la renuncia de Alfonsín como coordinador del IPA (Instituto Programático de la Alianza), lugar que ocuparía posteriormente Terragno. Por su parte, De la Rúa se había rodeado de un grupo propio que comenzaba a planificar las acciones de gobierno, por lo que el IPA perdió el sentido que le había dado origen. Sin dudas, De la Rúa consideraba que si los miembros del Instituto coordinado por Alfonsín planificaban las medidas gobierno, esto suponía un mayor poder de Alfonsín en la toma de decisiones e, indefectiblemente, una pérdida del suyo.

Como parte de la reorganización de las posiciones en el espacio de la Alianza, De la Rúa y Álvarez propusieron la creación de una Mesa Federal que remplazara al Grupo de los Cinco. La misma sería coordinada por los candidatos y estaría integrada por dirigentes de las provincias. Si bien dicha organización nunca llegó a funcionar, la propuesta de los candidatos ratificaba su decisión de cerrar el juego y monopolizar la toma de decisiones al interior de la coalición.

La campaña presidencial de la Alianza giró en torno a distintos aspectos. En primer lugar, los candidatos a presidente y vicepresidente se presentaban como garantes de valores éticos y republicanos frente a la corrupción y avasallamiento institucional del menemismo. En segundo lugar, el discurso económico de la Alianza estuvo basado en la defensa de la convertibilidad y la estabilidad. En lo que respecta a demandas sociales, los ejes estuvieron puestos en combatir el desempleo y la pobreza. Todos estos manifiestos eran, en realidad, declaraciones de principios más que programas consistentes de gobierno. El programa de la Alianza, redactado por el IPA, no tuvo el carácter unificador de ideas y propuestas que esperaba Alfonsín ni acompañó la campaña electoral[3].

A partir de la asunción del gobierno, la Alianza tomó una nueva forma. De la Rúa y Álvarez se rodearon de un grupo de ministros y colaboradores y decidieron las primeras medidas de gobierno. La suba de impuestos, la Ley de Reforma Laboral y el ajuste fiscal del mes de junio, que recortaba las jubilaciones y salarios a empleados públicos, fueron las principales medidas de gobierno en los primeros meses. Si bien el ajuste generó algunas críticas de diputados aliancistas, no hubo fisuras en la cima de la Alianza.

La configuración de la Alianza en este período puede caracterizarse como una configuración de relaciones poco institucionalizadas. El grupo formativo de la coalición no estableció ni fijó ningún tipo de objetivos claros ni tampoco formas de resolver los conflictos o diferencias (Ollier 2001). En realidad, la organización del grupo y sus relaciones de poder interno fueron variando en función de las candidaturas y la dinámica electoral. Por otro lado, la autonomía de los líderes respecto a sus partidos les permitió tomar decisiones de forma cerrada y corporativa, justificándolas por la necesidad de convivencia con el otro sector. En la medida en que la pertenencia a la cúpula situaba a los jefes por fuera de los cuestionamientos y las luchas de las agrupaciones, no se orientó ninguna forma de integración más amplia. Si la Alianza pudiera graficarse, la misma tendría la forma de dos pirámides que sólo se superponen y se relacionan en la cima. Está integración deficitaria de los partidos posiblemente se debió más a la necesidad de los jefes de resguardar sus posiciones que a diferencias culturales e ideológicas entre los partidos. En la medida en que la integración se realizó sólo en la cúpula, la agrupación de ambos partidos no resistió la separación de los dirigentes. Esta configuración de vínculos débiles, poco institucionalizada y signada por el enfrentamiento interno no pudo enunciar más que una serie de principios generales de gobierno.

10.3 La Alianza contra sus votantes

Sin duda, pocos ejemplos hay en la historia nacional de un gobierno que haya tomado un conjunto de medidas y de acciones que fueran tan directamente en contra de los intereses, valores y demandas de sus votantes como lo hizo la Alianza. Votantes, además, con ciertas particularidades. El voto a la Alianza en la Capital Federal provino, centralmente, de un conjunto de electores de clases medias con vínculos débiles con los partidos de la coalición, cuyos votos no respondían a identificaciones partidarias fuertes y no guardaban grados importantes de lealtad a los líderes políticos. Este tipo de elector es proclive a retirar los apoyos dados anteriormente. Si bien pensar el intercambio entre gobierno y electores como una pura relación de “oferta y demanda” de bienes políticos resulta siempre limitado, dado que existen tradiciones e identificaciones políticas que influyen en esa relación, la Alianza encontró, sin embargo, condiciones en la cuales esa relación pura se acercaba al tipo ideal, debido a las particularidades del electorado porteño: un electorado con demandas individuales, sin una tradición de cultura política-partidaria, y reflexivo a la hora de emitir su voto.

El gobierno inauguró su gestión con un fuerte recorte de gastos y un aumento de los impuestos, que impactaron principalmente en las clases medias y contribuyeron a disminuir sus ingresos y aumentar sus gastos. En primer lugar, gran parte del recorte del gasto pasó por el sistema previsional y representó una poda a las jubilaciones de más de 3.100 pesos (Clarín 17/12/99). En segundo lugar, se aprobó una suba y extensión del impuesto a las ganancias a partir de sueldos mayores a 1.300 pesos, y un aumento del IVA a vinos, gaseosas, artículos de tocador y telefonía celular (Clarín 10/12/99). Pese a las dimensiones de la suba de impuestos, toda la cúpula de la Alianza y la mayoría de sus diputados defendieron las medidas, arguyendo que eran la única alternativa posible para lograr el crecimiento (Clarín 3/12/99).

En mayo de 2000, y a sólo cinco meses del recorte anterior, el gobierno impuso un nuevo paquete de medidas basadas en un recorte sobre el gasto público cercano a los 600 millones de pesos, con el fin de cumplir con los compromisos de la deuda externa para el resto del año. El recorte supuso una rebaja salarial a los empleados públicos del 12%, la anulación de contratos de personal del Estado y un plan de retiro voluntario. A diferencia del recorte anterior, que había sido apoyado por la totalidad del espectro político de la Alianza, este segundo ajuste fue rechazado públicamente por diputados del Frepaso y la UCR, entre los que se contaban Alicia Castro, Alfredo Bravo y Elisa Carrió. Estos diputados apoyaron la marcha de repudio al FMI y las movilizaciones de los gremios estatales (Clarín, 04/06/00). Si bien la UCR y el Frepaso apoyaron las medias en el Congreso, Carlos Álvarez y algunos dirigentes radicales, como Jesús Rodríguez, habían manifestado la necesidad de realizar un ajuste más equitativo.

Si las medias económicas del gobierno generaban un creciente malestar y rechazo que se evidenciaba en el aumento del conflicto social expresado mediante cortes de ruta y movilizaciones sindicales, la Alianza tampoco logró satisfacer las expectativas ligadas al mejoramiento de la transparencia y la lucha contra la corrupción. El escándalo de los supuestos sobornos pagados por el gobierno para que los senadores votaran la reforma laboral desilusionó a los electores que habían sido movilizados por la promesa de una mayor ética pública. La posterior renuncia del vicepresidente y la desarticulación de la Alianza terminaron diluyendo la legitimidad del gobierno. La cuestión de las coimas en el Senado no fue un hecho más en la suma de tropiezos que cometió la Alianza, sino que contribuyó a minar la confianza depositada en los líderes, que habían construido su reconocimiento sobre la base de la transparencia de la gestión de gobierno. Tanto el capital político de Álvarez como el de De la Rúa consistían en ser símbolos de la lucha contra la corrupción.

En marzo de 2001, y luego de la renuncia de Ministro de Economía José L. Machinea, De la Rúa dio un fuerte respaldo al nuevo ajuste de las cuentas fiscales anunciadas por el nuevo ministro R. López Murphy. El paquete de medidas incluía fuertes recortes al presupuesto educativo, lo que motivó las renuncias del Ministro de Educación H. Juri, del Interior F. Storani y de Desarrollo Social M. Makón. Estas renuncias determinaron el fin de la Alianza como oficialismo; gran parte de los dirigentes que habían formado la coalición pasarán a ser parte de la oposición al gobierno, como Storani, Terragno y Fernández Meijide. Por otro lado, las medidas anunciadas generaron amplias movilizaciones de los gremios docentes y de estudiantes universitarios, que terminaron generando la renuncia del ministro, pese al fuerte respaldo del FMI y de los empresarios argentinos (Clarín 6/3/01). Luego de la llegada de Cavallo, se profundizaron las críticas de la UCR y el Frepaso a las medidas económicas del gobierno. El proceso de desintegración de la Alianza culminó con una oposición franca de los candidatos del espacio a De la Rúa y Cavallo en la campaña para las elecciones legislativas de octubre de 2001.

En resumen, un conjunto de medidas económicas y acciones políticas de la Alianza tendieron a minar la confianza activa de sus electores. Las medidas de ajuste y suba de impuestos primero y el congelamiento de los ahorros después fueron contra los intereses económicos de las clases medias, mientras los escándalos y denuncias de corrupción tendieron a impactar en los valores de los electores que habían motivado parte del apoyo de la coalición. Por otro lado, la desorganización del espacio político de la Alianza y su fragmentación tendieron a aumentar la desconfianza en el gobierno ya que buena parte de sus principales referentes se constituían como parte de la oposición.

10.4 Octubre de 2001. La negación de la delegación política

En octubre de 2001, el gobierno debió enfrentarse a la coyuntura electoral sin haber cumplido los objetivos propuestos e, incluso, contradiciendo algunos de los principios fundacionales de la Alianza, como el de llevar adelante una administración sin escándalos de corrupción. En este marco, los sondeos anteriores a los comicios comenzaron a registrar una creciente cantidad de votantes que declaraban que no asistirían a votar o que lo harían en blanco. La tendencia fue ampliada y publicitada por los medios de comunicación, y generó debates periodísticos y televisivos. En particular, el diario Clarín publicó distintas notas referidas al fenómeno al que el mismo diario bautizó como “voto bronca” y del cual comenzaron a tratar diversos columnistas[4]. Así, una parte del fenómeno fue definido antes de su aparición, condición que, sin duda, contribuyó a darle forma. Una vez registrado el posible aumento de votos blancos y nulos, la publicitación y presentación del mismo como una tendencia tuvieron un efecto performativo. Al mismo tiempo, y en particular al nominarlo como “bronca”, el diario Clarín impuso una definición del voto basada en el rechazo y enojo contra la clase política (Clarín 3/9/2001, 7/10/2001, 14/10/2001). Como respuesta al posible voto bronca y la abstención, los diferentes candidatos salieron públicamente a criticar esas manifestaciones, calificándolas como perniciosas para la democracia (Clarín 8/10/2001, 9/10/2001). Esto también contribuyó sin dudas a generar aquello que se quería evitar. Claramente, este fue con contexto en el cual las profecías autocumplidas que propone Merton tendieron a funcionar.

En el marco del descontento general frente al gobierno de la Alianza y de publicitación por parte de periodistas, encuestadores y políticos de un rechazo generalizado a la clase política, los candidatos aliancistas optaron por una estrategia opositora, que generó más confusión. En las internas de agosto, Terragno había ganado como candidato a diputado en la Ciudad y Moreau, en Buenos Aires, apoyado por el exministro Storani, ahora como presidente del partido en la Provincia. Los candidatos de la Alianza en la Ciudad y la Provincia se presentaban con un discurso opositor a las medidas del De la Rúa y a la política económica de Cavallo. Durante la campaña, las principales críticas de los candidatos Aliancistas se dirigieron al ministro Cavallo y a las medidas de ajuste aplicadas. Por su parte, las listas cavallistas de la Ciudad fueron en alianza con el menemismo, reivindicando la política oficial y postulando a Horacio Liendo como diputado. En la oferta del campo, los roles se habían invertido: los partidos de gobierno actuaban como oposición y algunos partidos de “oposición” defendían la gestión de gobierno.

Las demandas insatisfechas que la propia coalición había contribuido a crear, la publicitación del voto bronca como castigo a la “clase política” y la oferta contradictoria del campo contribuyeron en distinta medida al voto nulo, la mayoría de los cuales se registraron en la Capital Federal y en algunas capitales de provincia. Como sostuvieron diversos autores, en el área metropolitana el voto nulo provino centralmente del traspaso de votos de la Alianza y en menor medida del peronismo (Escolar; Calvo; Calcagno; Minvielle, 2002:16).

Como expresión del voto nulo, se utilizaron numerosas boletas con personajes de historietas como Clemente, incapaz de robar, ya que no posee brazos, próceres como San Martín y Belgrano e, incluso, Bin Laden. El voto anulado da a entender que el elector decidió participar de los comicios, dejar en claro su decisión de no votar por ninguna de las ofertas partidarias y, además, mostrar una expresión de descontento y rechazo. Estos elementos diferencian el voto nulo de la simple abstención y del voto en blanco. Así, el voto nulo fue una forma de evitar la abstención, que supone una forma de renuncia a la participación, y también el voto en blanco, ligado a una falta decisión y expresión. En este sentido, el voto nulo puede ser definido como una forma activa de no-elección y, por lo tanto, un rechazo y negación de cualquier forma de delegación para representar y hablar en nombre de los electores. Es un tipo de acción política que niega más o menos conscientemente la posibilidad de representación partidaria, invalidando así que un sector del campo político lo reivindique como apoyo propio. Sin dudas, resulta una forma de acción paradojal, en la medida en que utiliza el voto (acto por excelencia de la representación) como expresión política para negar la delegación. En este sentido, el voto nulo puede ser definido como una impugnación, no tanto a la democracia o a las elecciones como al monopolio de la representación de los políticos y de los partidos en una coyuntura dada. Ahora bien: si, como afirmamos antes, la insatisfacción frente al gobierno, la publicitación de los diarios y la oferta política contradictoria contribuyeron al voto bronca, el mismo debe comprenderse a partir del debilitamiento de las identificaciones partidarias que promovían un votante reflexivo que sopesaba diversas alternativas como la abstención y el voto en blanco.

10.5 El ARI: un partido de Cámara

El 27 de diciembre de 2000, se conforma el movimiento ARI (Argentinos por una República de Iguales), integrado por los diputados aliancistas disidentes Elisa Carrió, Héctor Polino, Alfredo Bravo, Jorge Rivas y Osvaldo Álvarez Guerrero (Clarín 26/12/2000). En el primer comunicado del movimiento llamaron a “terminar con el Estado mafioso, que ha penetrado en todas las estructuras de la administración, y devolver al mismo su función de gestión del interés general de la Nación” (Clarín 27/12/00). Los diputados socialistas y radicales no tenían un conjunto de propuestas detalladas para presentar en la Cámara y sólo los unificaba el rechazo al oficialismo y las políticas de ajuste. En abril de 2001, el grupo conforma un bloque propio en la Cámara, al que se suma el diputado por el peronismo de Entre Ríos J. D. Zacarias. En la conferencia, Carrió realizó críticas a Cavallo y declaró su intención de seguir en la UCR (La Nación 18/04/01). La primera formación del ARI se produce en un contexto de crecientes disidencias internas en el oficialismo y de disgregación del conjunto de diputados aliancistas. Para mediados de año, el bloque ARI se convierte en la tercera fuerza en la Cámara, superando al partido de Cavallo, producto de la suma de diputados disconformes con la política de la Alianza. En sus inicios, la coalición entre los socialistas y Carrió puede ser definida como un “Partido de Cámara”, organizado y compuesto por diputados, cuya principal actividad política consiste en discursos y manifestaciones de los diputados.

En vistas de las elecciones de octubre, se producen los primeros conflictos entre el Socialismo Democrático y Carrió en torno a la incorporación de peronistas y frepasistas a las listas del ARI. Mientras los primeros proponían una estrategia más cerrada y purista, la diputada bregaba por incorporar la mayor cantidad de peronistas y radicales disidentes, siempre que no pesaran sobre ellos denuncias por corrupción. En parte, estas posiciones pueden comprenderse a partir de la relación de fuerzas al interior del movimiento, donde conviven un partido completo con estructura nacional (Socialismo Democrático) y un conjunto de radicales, peronistas y frepasistas que rodean a Carrió. Así, los primeros prefieren un cierre que no ponga en riesgo sus candidaturas, mientras que los otros luchan por la apertura, para ganar espacios al interior del movimiento ARI. El creciente protagonismo de Carrió en la Comisión de Lavado de Dinero en la Cámara y sus reiteradas denuncias y enfrentamientos con políticos acusados de corrupción fueron posicionándola como una de las dirigentes con mejor imagen positiva en las encuestas, lo que contribuyó a mejorar su capital en las disputas internas con el socialismo (La Nación 9/09/01). En las elecciones de octubre, el ARI logró el segundo lugar en diputados y el tercero en senadores en la Capital, y a nivel nacional quedó ubicado como el tercer partido más votado.

A lo largo de 2002, Carrió ensaya distintas estrategias de coalición con otros sectores. Primero, lanza la propuesta para la renovación de todos los mandatos en las elecciones de 2003 junto a N. Kirchner y A. Ibarra. Este frente, sin embargo, se dividiría al poco tiempo (Clarín 14/7/02). Luego, en agosto, el ARI convocó a diversas movilizaciones para exigir la caducidad de todos los mandatos junto a la CTA, Autodeterminación y Libertad y sectores de izquierda como el Partido Obrero, bajo la consigna “para que se vayan todos”. Sin embargo, la convocatoria no dio resultado y los miembros convocantes se dividieron (Clarín 20/09/02). Así, a lo largo del año Carrió intentó diversos frentes, otorgándoles distintos perfiles políticos del movimiento. Recién a fin de año, y en pleno conflicto con los socialistas[5], el ARI relanzó a la diputada como candidata a presidente, presentó unas bases programáticas, y logró constituirse como partido nacional (Clarín 10/11/02). A principios de 2003, se completó fórmula con R. Gutiérrez, proveniente del Partido Conservador Demócrata de Mendoza. Aunque el partido mendocino acompañaba a L. Murphy, la alianza con Gutiérrez buscaba captar los votantes moderados y conservadores del interior, ya que se esperaba que la candidata cosechara los apoyos de centroizquierda en la Capital.

En las elecciones de 2003, el ARI se ubicó segundo en la Capital Federal con el 19% de los votos, por detrás de L. Murphy, quien logró poco más del 25%. Una parte considerable de los apoyos a Carrió provino de los electores que, como vimos, habían votado a la UCR y al Frepaso en elecciones anteriores. Pero esos apoyos no pueden ser caracterizados como provenientes de votantes radicales descontentos, o de una parte del electorado radical. En realidad, dicho electorado había dejado de tener consistencia y de existir como tal en octubre de 2001. En este sentido, más que dividir el voto radical, el ARI contribuyó a desmonopolizar los atributos del partido, en la medida en que utilizaba algunos de los valores y demandas históricas de la UCR contra el partido. Si, en un primer momento, las principales críticas y denuncias de Carrió se centraron en Menem y los funcionarios menemistas, a medida que el ARI se fue afianzando como partido competitivo, las mismas se extendieron a la UCR y a los principales candidatos, como Alfonsín y Moreau. El ARI se conformó como un partido de Cámara, basado en la denuncia y la acusación pública, y mantuvo esos rasgos a lo largo de sus primeros años. A partir de 2003, el espacio liderado por Carrió perderá protagonismo político. En el ARI se irían agudizando dos tendencias que confluirían en una crisis del espacio: el desdibujamiento del perfil de centroizquierda y la divergencia entre el liderazgo de Elisa Carrió y los sectores más institucionalizados del armado en la Ciudad. La incorporación de Olivera, el posicionamiento en el Juicio Político y en ciertas sesiones en la Cámara de Diputados y, como broche de oro, la desafiliación de la propia líder del partido para conformar una coalición con otras fuerzas políticas y sociales confluyeron en volver difusas las certidumbres básicas respecto de cuál es el lugar de Elisa Carrió en el juego de fuerzas de la Ciudad, lo que llevó a una profunda sangría de referentes del partido (Mauro, 2007:13).

10.6 Recrear: una asociación de pequeños partidos

En mayo de 2002, Ricardo López Murphy lanza su candidatura presidencial con vistas a los comicios del año siguiente. A diferencia de Carrió, el exministro de la Alianza comienza desde el llano, ya que no ocupaba cargos públicos y tampoco se había formalizado en torno a él un partido o una coalición de partidos. En sus primeras declaraciones como candidato, L. Murphy manifestó la necesidad de establecer reglas claras, generar previsibilidad, cumplir la ley y construir una opción política contra el populismo (Clarín 13/5/02). Recrear Argentina, la coalición de partidos que terminará llevando al exministro como candidato, mantendrá esas claves discursivas. Por un lado, un conjunto de propuestas basadas en la necesidad de orden y previsibilidad, y, por otro, una clara oposición al peronismo. El líder de Recrear intentará posicionarse como la única opción no peronista en las elecciones de 2003.

En términos organizativos, Recrear se conformó como movimiento federal en coalición con diversos partidos provinciales que le otorgaron una amplia base territorial, tales como el Movimiento Popular Fueguino, Demócratas de la Capital, Renovadores de Salta y Demócratas de Mendoza (Clarín 28/07/02, 29/07/02, 29/09/02). Además, sumó diversos dirigentes provenientes de partidos, básicamente, conservadores y de la UCR. Por otra parte, L. Murphy buscó posicionarse como una opción cercana al radicalismo, para captar tanto a dirigentes disconformes con el rendimiento partidario como a votantes tradicionales de la UCR. Como estrategia, respaldaba a candidatos de la UCR como si fueran de su propio partido. Por otro lado, algunos intendentes de la UCR apoyaron al candidato de Recrear como presidente, pero mantenían la boleta radical en los cargos provinciales (Clarín 28/01/03). A diferencia del ARI, Recrear no incorporó a peronistas disidentes, ni reconoció en la tradición peronista un conjunto de valores importantes como sí lo había hecho Carrió. En la medida en que trataba de buscar apoyo electoral sustentado en el antiperonismo del interior, Recrear fue una coalición más tradicional y menos innovadora discursivamente que el ARI.

En las elecciones presidenciales de abril, Recrear obtuvo el tercer lugar a nivel nacional. Diferentes analistas destacaron la importancia del nuevo espacio político de centro-derecha construido por L. Murphy. En la Capital Federal, el candidato de Recrear obtuvo el primer lugar con el 25% de los votos, un triunfo considerable que lo posicionaba como un dirigente exitoso. Pese a haber logrado un crecimiento abrupto en las encuestas en las semanas anteriores a la elección, y conquistado un espacio político con representación nacional, el partido y la figura del exministro sufrieron un retroceso luego de la elección. En las elecciones para intendente en la Capital y para diputados en la provincia de Buenos Aires, L. Murphy decidió no ser candidato para dedicarse a conformar un partido organizado a nivel nacional. Las derrotas de P. Bullrich en la Ciudad y de H. Lombardi en Buenos Aires eclipsaron el crecimiento del espacio. Los resultados pusieron en evidencia la fluidez del electorado de la Capital que, si bien se había manifestado a favor de L. Murphy, no apoyaba a los candidatos del partido. Además, en la Capital se había deteriorado el antiperonismo de los electores, lo que limitaba el arraigo de Recrear en la Ciudad.

Por otro lado, posiblemente una parte de la desintegración de Recrear deba buscarse en la organización misma del espacio, conformada con pequeños partidos provinciales que luego de la elección buscaron nuevos alineamientos. A diferencia del ARI, que se conformó con dirigentes cuyo costo de salida resultaba más alto en la medida en que no encontraban un nuevo espacio político, los dirigentes provinciales que rodearon a L. Murphy no dependían de Recrear para lograr ganar elecciones en sus territorios o de la cercanía de su líder para obtener reconocimiento.

10.7 Conclusión: el fin de un partido con sustento en las clases medias

El campo partidario de la UCR estaba disuelto antes de la formación de la Alianza. En 1997 ya no existían tendencias internas más o menos articuladas en función de la lucha política para acceder al monopolio del partido, ni consensos mínimos sobre lo que era y a quien representaba la UCR. El grupo de dirigentes que apoyó la alianza con el Frepaso terminó de afianzarse como producto de la misma coalición y mantuvo bastante autonomía respecto del resto del partido a lo largo de la carrera por las elecciones presidenciales. Luego del triunfo en las legislativas de 1997, la UCR aceita sus mecanismos como aparato electoral, pero no resuelve sus falencias partidarias. Incluso la estrategia misma de la Alianza no se impone a nivel nacional y ni siquiera los gobernadores radicales se integran con el Frepaso. El éxito electoral de la coalición veló en parte las diferencias ideológicas al interior de la coalición y de los mismos dirigentes de la UCR. A poco de andar, el gobierno de la Alianza mostró las debilidades internas del grupo de gobierno que comenzó a desintegrarse en plena gestión. Antes de las elecciones de octubre 2001, una parte del oficialismo, que había asumido en 1999, se encontraba ya en la oposición al gobierno.

La Alianza había logrado un vínculo con sus electores basado en la confianza, que comenzó a diluirse con las primeras medidas. Dicha confianza estaba depositada en los principales referentes como De la Rúa y Álvarez más que en las organizaciones políticas de la coalición. El gobierno que comenzó en 1999 no sólo faltó a las pocas promesas que había realizado a sus votantes, sino que fue directamente contra los intereses económicos y demandas políticas de los mismos cuando afectó sus ingresos, gravó sus consumos, generó uno de los escándalos de corrupción más importantes, y terminó aliándose con el menemismo y congelando los ahorros de la clase media. Si, como mencionamos, la mayoría de los electores tradicionales de la UCR se había desvinculado del partido a fines de la década del noventa, la gestión de la Alianza terminó gestando un rechazo masivo a la cúpula partidaria y a toda la dirigencia política en general. A partir de estas acciones de gobierno y de las condiciones de confianza previa puede comprenderse, en parte, la negación expresa de los votantes a delegar la representación en 2001 y el posterior retiro de los apoyos a la UCR en la Capital Federal. En las elecciones de 2003, la UCR obtuvo el 0,8% de los votos, la cifra más baja de su historia en el distrito y, si bien durante la primera década pudo elevarse algunos puntos más, dejó de ser un partido competitivo para ganar elecciones en el distrito.

Los desprendimientos de la UCR como ARI y Recrear tomaron algunos de los núcleos discursivos del partido centenario, como la lucha contra la corrupción, la defensa de la ética y los valores democráticos, así como también la defensa del orden y la ley. En la medida en que estos partidos reivindicaron algunos valores políticos tradicionales de la UCR, pero por fuera de la estructura partidaria, contribuyeron a disolver la unidad simbólica de la marca Unión Cívica Radical. De esta forma, el partido perdió el monopolio simbólico de la representación de ciertos valores que lo habían caracterizado, y formaban parte de su razón de ser como organización, como sostuvo Malamud (1994:3). Luego del fracaso rotundo en las elecciones presidenciales de 2003, la UCR ensayó diversas alianzas electorales a nivel nacional y en las provincias, pero no logró reconstituirse en la Capital Federal, donde el voto de las nuevas clases medias se dispersó hacia varias opciones electorales. Con la división del partido y la disgregación de su base electoral se diluyó el vínculo partido-clase social que había caracterizado a la UCR de la Capital Federal desde mediados del siglo XX.


  1. L. Moreau acusó a Alfonsín de frenar un proceso de renovación del partido. Según el dirigente de Buenos Aires, Alfonsín vislumbró una pérdida de poder interno debido al recambio generacional que implicaba su candidatura a la presidencia del partido y optó por “poner a De la Rúa” (17/11/97).
  2. Un militante del Frepaso comentaba irónicamente que el traspaso de votos de la UCR al Frepaso era tan lento fuera de la Capital que en el 2011 recién ganarían en Chaco (Clarín 30/11/98).
  3. Si bien la redacción del programa estuvo coordinada por Alfonsín, el mismo fue realizado por intelectuales más o menos desconectados de la campaña y por fuera de la toma de decisiones de la fuerza. Programa y acciones marcharon más o menos separados. En general, las ideas más provocativas fueron sacadas del programa, debido a la presión de los candidatos, por lo que para los propios redactores terminó resultando un programa bastante conservador y de poca audacia política (Clarín 25/5/99).
  4. Para un análisis de las elecciones de 2001 a nivel nacional, véase Vilas (2001); Basset (2003) y Perissé (2011).
  5. Los socialistas, como posteriormente la rama peronista que conducía D. Gullo, se alejaron del partido acusando a Carrió de autoritaria. Más allá del carácter de la líder, el ARI no logró establecer mecanismos de resolución interna de los conflictos, en particular en el reparto de las candidaturas, lo que terminaba provocando la salida de aquéllos que no eran elegidos para ocupar los lugares.


Deja un comentario