Las preferencias políticas de las clases medias de la Capital Federal estuvieron ligadas históricamente a la Unión Cívica Radical. Desde mediados del siglo XX, la UCR logró movilizar electoralmente a estos sectores con un discurso acorde a sus expectativas y aspiraciones. Sin embargo, entre 1989 y 2003, los electores de clases medias que tradicionalmente habían mostrado una afinidad con el partido centenario gradualmente le retiraron su apoyo. A partir de los comienzos de la década de los noventa, una porción cada vez mayor del electorado típico de la UCR comenzó a volcarse hacia nuevas opciones electorales, tales como el Frente Grande y el Frepaso, e incluso a favor del propio peronismo; al mismo tiempo, la participación y movilización interna de los afiliados radicales fue haciéndose cada vez menor. Estos cambios de conducta electoral pueden interpretarse como el correlato del cambio en la configuración social de las clases medias y de las trasformaciones que atravesaba la organización partidaria en ese mismo período, pero para ello resulta necesario vincular estos fenómenos.
El objetivo principal de esta investigación es analizar el proceso de desvinculación del electorado de clase media de la UCR en la Capital Federal. Para ello, se estudiará, por un lado, la manera en que los votantes del radicalismo vieron transformarse su identificación partidaria y, en segunda instancia, la relación entre estas transformaciones y los cambios que tuvieron lugar en la organización partidaria y la composición de las clases medias de la Ciudad de Buenos Aires durante ese mismo período.
Dado que toma como objeto de análisis el comportamiento electoral y sus relaciones con las transformaciones sociales y políticas, este trabajo se inserta en un variado campo de estudios que, desde diferentes perspectivas, ha aportado en las últimas décadas nuevos conocimientos e interpretaciones sobre los cambios que han tenido lugar en la organización de los partidos, en la metamorfosis sufrida por los formatos representativos y las transformaciones que han afectado a las identidades políticas. El objetivo de esta investigación es contribuir a este campo de conocimiento, mediante el análisis de algunos importantes aspectos que han sido relegados en estudios anteriores, pero, principalmente, a partir de la construcción de un esquema de análisis que establezca relaciones entre el cambio estructural, el comportamiento electoral y la dinámica partidaria.
En lo que se refiere a los estudios centrados en las transformaciones de los partidos, este trabajo busca saldar dos cuestiones que hasta ahora han sido soslayadas. En primer lugar: contribuir a una interpretación de los cambios de la Unión Cívica Radical. A diferencia del Partido Justicialista, el radicalismo recibió mucha menos atención en las ciencias sociales. En segundo lugar: el análisis de las bases partidarias. Por lo general, las investigaciones sobre los partidos se han centrado en el estudio de los cambios atravesados por las élites dirigentes, en los discursos electorales y las medidas de gobierno, pero han sido poco relevadas las transformaciones experimentadas por los electores y el impacto que éstas han tenido en la dinámica interna de los partidos. En este sentido, buscaremos establecer relaciones entre el cambio partidario y la base social de votantes.
Partiendo de un esquema conceptual que vincula el comportamiento electoral y las disposiciones de los votantes con sus posiciones sociales y la interpelación partidaria, esta investigación combinará métodos cualitativos, datos cuantitativos y análisis de archivos. Valiéndonos de los datos obtenidos del material empírico y su reconceptualización a partir de las categorías conceptuales, buscaremos generar interpretaciones del fenómeno de la desvinculación electoral de los votantes radicales.
Adelantando en parte las conclusiones y resultados, la desvinculación de los electores fieles de la UCR en la Capital Federal puede comprenderse a partir de un conjunto de relaciones. Los cambios estructurales de las clases medias contribuyeron a modificar las disposiciones y creencias de los electores radicales y, por esta vía, a trasformar la base social de votantes tradicionales de la UCR en la Ciudad. La conversión de los electores fieles se produjo en una coyuntura en la cual el partido se encontraba dividido internamente y realizaba una interpelación contradictoria a sus votantes. La convergencia del cambio social y la reestructuración partidaria produjo un creciente desfasaje entre el partido y sus electores que potenció la desvinculación de los votantes fieles. Ésta es nuestra interpretación principal.
Es necesario hacer una serie de aclaraciones sobre estas interpretaciones que podrán guiar mejor al lector y prevenir algunos malentendidos. En primer lugar, esta interpretación surge, como en toda investigación, de aplicar un modelo conceptual que privilegia una serie de elementos para observar, indagar y relacionar. De más está decir que la aplicación de otros modelos analíticos que partan de consideraciones diferentes sobre estos fenómenos obtendrá resultados distintos a los propuestos en este estudio. En segundo lugar, es una interpretación organizada y sustentada en distintos niveles de análisis. Por un lado, niveles macro como los que refieren a los cambios en la configuración de las clases medias y del campo partidario, como de niveles micro que privilegian las trayectorias electorales y los modos de pensar la política por parte de un conjunto de electores. Ninguno de estos niveles tiene prioridad sobre el otro y su vinculación sirve principalmente para controlar las imputaciones. En tercer lugar, la interpretación se compone principalmente de una serie de relaciones entre fenómenos, de los cuales ninguno tiene una superioridad causal sobre el otro. La desvinculación de los votantes fieles de la UCR en la Ciudad de Buenos Aires se entiende a partir del cambio de una relación entre el partido y sus electores, producto de la convergencia de transformaciones sociales y políticas.
1. Definición del objeto de investigación: la desvinculación electoral de la Unión Cívica Radical en la Capital Federal entre 1989 y 2003
Dos años después de la renuncia de De la Rúa, la Unión Cívica Radical obtuvo el 0.84% de los votos en elecciones presidenciales de 2003, lo que constituyó la peor elección de su historia en la Capital Federal. Esta cifra contrasta con la elección de 1989, en la que, a pesar de la crisis que aquejó al país durante los últimos meses del gobierno radical de Alfonsín, Angeloz logró conquistar el 36.3% de los votos. Si bien las coyunturas eran diferentes, la comparación de los resultados evidencia un hecho central: durante ese lapso la UCR perdió gran parte de su electorado fiel que, aun en condiciones electorales desfavorables, posibilitaban que el partido siguiera siendo competitivo y que sus dirigentes pudieran acceder a los puestos centrales de gobierno. El objetivo general de este trabajo es analizar el proceso de desvinculación de los electores que tradicionalmente habían brindado su voto al partido radical en la Capital Federal.
El período de estudio considerado evidencia particularmente el cambio en la conducta electoral de los votantes radicales y supone una redefinición de sus vínculos con el partido. Como puede verse en el cuadro siguiente, en 1983 la UCR logró conquistar una cifra extraordinaria de votos, producto del apoyo brindado tanto por los nuevos votantes que se incorporaban a la vida democrática como por electores provenientes de otras tradiciones partidarias. Sin embargo, el partido no pudo mantener ese rendimiento electoral a largo plazo; luego de la crisis alfonsinista, la UCR obtuvo en la Capital el 36% de los votos, una cifra similar a la obtenida en 1973 y cercana a su promedio histórico.
Porcentaje de votos obtenidos por la UCR en la Capital Federal en elecciones presidenciales 1973/2003
1973 |
1983 |
1989 |
1995 |
1999 |
2003 |
32% |
64% |
36% |
10% |
54% |
0.8 |
En los primeros años de la década del noventa, la UCR fue perdiendo una parte considerable de su caudal electoral a manos de nuevos partidos como el Frente Grande y el Frepaso, como también del menemismo. Con el triunfo del Frepaso en las elecciones constituyentes de 1994 y en las presidenciales de 1995 en la Capital Federal, la UCR quedó relegada al tercer lugar, detrás del peronismo. Si bien hacia el final de la década, a través de la alianza con el partido de Carlos Álvarez, la UCR logró llegar nuevamente al gobierno conquistando una amplia mayoría de votos, esto no supuso una recomposición de su caudal electoral ni un realineamiento de sus viejos votantes, así como tampoco significó la llegada de una nueva base electoral. Efectivamente, los amplios apoyos conquistados por la Alianza se desvanecieron rápidamente. Luego del estrepitoso final del gobierno de De la Rúa, la UCR dejó de ser un partido competitivo en el distrito federal y ya no volvería a serlo durante toda la primera década del nuevo siglo.
Si bien el deterioro de las identificaciones políticas partidistas es un fenómeno ampliamente reconocido en las sociedades occidentales desde hace varias décadas, y ampliamente trabajado por la literatura de las ciencias sociales, es necesario remarcar dos cuestiones. En primer lugar, es arriesgado traspasar directamente las hipótesis sobre estos cambios originadas en otras latitudes, básicamente debido a la distinta configuración de los partidos, al tipo de movilización electoral que lograron y a la configuración estructural de los grupos de votantes. En segundo lugar, la disminución de los apoyos electorales a la UCR no se dio en todos los distritos del país. Efectivamente, incluso con posterioridad a la renuncia de De la Rúa, el partido centenario logró contener parte de la fuga de votos en Santa Fe, Entre Ríos y Mendoza y mantiene un número considerable de intendencias en el interior del país. La estrepitosa caída de votos en la Capital Federal es, en cierto sentido, una particularidad. Aunque en este estudio no se realicen comparaciones sistemáticas con otros distritos, sus resultados sin duda orientan posibles respuestas al interrogante de bajo qué condiciones la UCR continuó siendo un partido competitivo en ciertas capitales de provincia y otros distritos del interior.
Como dijimos antes, el objeto de investigación del presente trabajo puede definirse como el proceso de desvinculación de los electores de clases medias de la Unión Cívica Radical entre 1989 y 2003 en la Capital Federal. La desvinculación electoral debe entenderse, en primer lugar, como un proceso ya que no existe un corte preciso, un momento particular en el que pueda situarse la ruptura entre el partido y su electorado. La disolución del vínculo sólo es evidenciable a lo largo de un período más o menos extenso. Ni las trayectorias electorales ni la percepción de los votantes permiten establecer un momento preciso de la ruptura de una tradición política. Por esa misma razón, es imposible adjudicar la desvinculación de los electores a una política partidaria particular, a una línea interna o a un dirigente. Así y todo, el proceso de desvinculación no deja de ser evidente en nuestro caso: entre 1989 y 2003 la UCR perdió cerca del 90% de su electorado en la Capital Federal.
En segundo lugar, es necesario aclarar qué se entiende por desvinculación y qué sectores atraviesan ese proceso. Por ser operativa, la definición se refiere principalmente al retiro de los apoyos electorales: desvincularse de un partido implica, antes que nada, dejar de votarlo. Lo que interesa aquí es, entonces, un tipo particular de electores: aquéllos que mostraban un apoyo electoral continuo a la UCR; es decir: electores leales al partido. De manera tal que la definición no comprende a los votantes ocasionales, aquéllos que, en determinada coyuntura, hubieran optado por candidatos radicales, pero que no tuvieran una tradición electoral definida. Como se verá a lo largo de la trabajo, el voto regular a la UCR no era sólo una conducta repetitiva, sino que suponía un tipo de filiación ideológica y afectiva con el partido, que los teóricos de los estudios electorales denominaron identificación partidaria (Campell, 1960). El voto sostenido a la UCR era, en este sentido, producto de una identificación política, sustentada en un conjunto de representaciones (ideas, creencias y categorías de pensamiento) compartidas por los electores. Las mismas cumplían una función interpretativa del espacio político que orientaba la acción. Esto permite definir la desvinculación electoral como un proceso de disolución de la identificación partidaria que supuso un cambio en las representaciones, creencias y actitudes de los electores y, por lo tanto, en su conducta electoral.
En tercer lugar, el proceso de desvinculación se relaciona con un conjunto de electores socialmente situados y posicionados: son electores de clases medias de la Ciudad de Buenos Aires. El primer aspecto que cabe resaltar es el hecho de que, históricamente, la base social de votantes de la UCR estuvo compuesta principalmente por miembros de clase media, particularmente desde el ascenso del peronismo. Esto no implica negar el apoyo de sectores populares y altos, sino, simplemente que el partido cosechaba un considerable caudal de votos en las clases medias, como pusieron en evidencia distintos estudios sobre tema (Germani, 1980; Little, 1973; Schoultz, 1977; Cantón y Jorrat, 2007; Lupu y Stokes, 2009). Un segundo aspecto importante que hay que tener en cuenta es el hecho de que no son las clases sociales las que votan, sino, más bien, los individuos pertenecientes a las mismas. Por esto, no se puede personalizar a las clases sociales y dotarlas de intención utilizando expresiones como “la clase media votó” o “la clase media decidió”, etc. Pero a pesar de que, tal como lo enunció tempranamente Weber, las clases no son entidades, lo cierto es que la pertenencia de los individuos a las mismas puede ejercer en determinadas condiciones una notable influencia en la acción política, particularmente en el voto. La relación entre la UCR y los electores de clase media supuso un conjunto de afinidades entre la representación partidaria y las posiciones sociales que, desde finales de la década de los cuarenta, se materializó en un conjunto de tradiciones, creencias y actitudes que siguió reproduciéndose hasta mediados de la década del noventa. Esta investigación abordará las identificaciones partidarias ya constituidas y el proceso de disolución de las mismas, dejando de lado su proceso de constitución. Sí se analizará, en cambio, cómo fue que este conjunto de visiones y divisiones del mundo social ligadas a una posición de clase promovió un tipo de posicionamiento político de los electores, así como las distintas relaciones que se establecieron entre la situación de clase y las elecciones políticas. También se dará cuenta de los cambios en la composición de las clases sociales y en las posiciones de los individuos que afectaron la participación partidaria.
2. Clases sociales, partidos y comportamiento electoral
La relación entre los grupos sociales –en particular entre las clases y los partidos políticos– ha sido extensamente abordada por las ciencias sociales. Las diferentes teorías sobre los vínculos entre los partidos y las clases orientaron innumerables trabajos empíricos sobre las distintas realidades nacionales, generando un cuerpo de estudios extenso y complejo sobre el tema.
En términos generales, gran parte de las controversias en torno a la especificidad de la relación entre las clases y los partidos se centró en la cuestión del condicionamiento de la estructura de clases sobre la organización y composición los partidos políticos, y el rol de los mismos frente a los intereses de clase. En unos de sus trabajos pioneros sobre el tema, Lipset afirmaba que los partidos representaban “la manifestación democrática de la lucha de clase” (Lipset, 1987:191[1959]). Desde esta perspectiva teórica, muy cercana al marxismo[1], los partidos representaban los intereses de las clases sociales de manera tal que las luchas dentro del sistema político entre partidos reproducían la lucha de clases. El caso particular del voto de sectores obreros a los partidos de izquierda se explicaba por una representación de los intereses de clase (mejoras salariales, seguridad en el trabajo, reconocimiento de estatus, etc.). Estos estudios le otorgaban a las clases sociales una intencionalidad política, soslayando el trabajo de construcción de grupos que realizan los propios partidos, estableciendo así una relación más o menos mecánica entre los sectores sociales y movilización política. Si bien amplió las líneas divisorias sobre las que se estructuran los procesos políticos, la teoría posterior de Lipset y Rokkan (1992 [1967]) sobre los clivajes continuó ofreciendo un esquema simple y unidimensional sobre los grupos sociales y su apoyo a los partidos.
Fueron los trabajos pioneros de Lazarsfeld, Berelson y Gaudet (1994 [1944]) los que plantearon, por primera vez, una relación menos mecánica entre las posiciones sociales y las elecciones políticas. Los trabajos de la llamada Escuela de Columbia dieron cuenta de los distintos procesos de activación, refuerzo y conversión de las identidades políticas y de su relación con el trabajo de movilización de los partidos. Aunque mantenía el supuesto del condicionamiento social por sobre las preferencias electorales, la investigación de Lazarsfeld distinguió, por un lado, las predisposiciones políticas externas (posición socioeconómica, creencias religiosas, tradición familiar) y las predisposiciones internas (esquemas de ideas y valores, lealtades y sentimientos) que condicionaban el apoyo político. De manera que el cuadro de relaciones para caracterizar el vínculo entre un grupo y un partido se complejizó, dando lugar a reflexiones menos mecánicas y multidimensionales. Por otro lado, se prestó más atención al trabajo de activación que realizaban los partidos sobre las clases sociales o los grupos de pertenencia. En este sentido, el estudio señalaba que la propaganda partidaria (publicidad, discurso, plataformas) tendía a activar, reforzar y moldear las predisposiciones internas y actitudes políticas. El estudio de Lazarsfeld también fue pionero en indagar las condiciones de un electorado cambiante en sus preferencias partidarias. En este sentido, el estudio evidenció que los electores que cambiaban su voto y abandonaban su pertenencia partidaria mostraban, generalmente, un marcado desinterés por la propaganda política partidaria, que prestaban poca atención a los medios masivos de comunicación y que estaban sujetos a presiones contradictorias de distintos grupos sociales, lo que los condicionaba a tener ideas más “inconsistentes” sobre los procesos políticos.
Los estudios posteriores basados en la identificación partidaria y cultura política propusieron interpretaciones más complejas sobre las relaciones entre los grupos y las organizaciones políticas. Los modelos de identificación partidaria interpretaron las conductas electorales en función de la socialización familiar, la pertenencia a ciertos grupos y las percepciones sobre los candidatos. La investigación clásica de Campbell, Converse, Miller y Stokes: The American Voter de 1960 tomó ciertos elementos de las interpretaciones de los clivajes, pero las vinculó con las actitudes políticas de los electores. Para estos autores, las percepciones y evaluaciones de los votantes respecto a los actores políticos resultan determinantes a la hora de definir su voto. En este sentido, pusieron en evidencia el rol de los “mapas cognitivos” que los electores utilizan para ubicarse en las coyunturas electorales. Los mapas cognitivos promueven percepciones y evaluaciones que orientan la conducta electoral (Campbell et al., 1960:42). A partir de los trabajos de la escuela de Michigan, distintos estudios comenzaron a destacar la importancia de las ideas y representaciones que tienen los votantes sobre el sistema político.
Desde una perspectiva que privilegiaba más los aspectos simbólicos que las posiciones estructurales, los estudios sobre “cultura política” dieron cuenta de la influencia que ejercen las “estructuras subjetivas de significación” sobre las conductas y los comportamientos políticos. Aldmond y Verba (1965) construyeron distintas tipologías de cultura política, teniendo en cuenta las orientaciones individuales frente al sistema político. Sin embargo, tal como sostuvieron Dowse y Hughes (1975), el enfoque basado en la cultura política de Almond subestima la importancia de las posiciones sociales en la configuración de la cultura política.
En Francia, los estudios de Michelat y Simon incorporaron la dimensión simbólica de los grupos, para comprender la relación entre las condiciones de clase y el apoyo político. Los trabajos de estos autores pusieron en evidencia el rol de las representaciones ligadas a ciertas condiciones de clase en el apoyo electoral y la movilización política de los grupos (Michelat y Simon, 1985). Estos primeros aportes de Michelat y Simon fueron posteriormente complementados por los trabajos de Bourdieu, Gaxie y Offerlé sobre la participación electoral.
En este trabajo utilizaremos los conceptos y modelos explicativos propuestos por Michelat y Simon, así como los aportes posteriores de Bourdieu (1998), Gaxie (1987) y Offerlé (2004), entre otros. Hemos elegido estas referencias teóricas por varias razones. En primer lugar, al plantear la existencia de sistemas simbólicos que actúan como “mediadores” de las posiciones de clase y las tomas de posición política, estos trabajos superaron las visiones más mecanicistas de la teoría de los clivajes. En segundo lugar, a diferencia de los estudios de cultura política, la teoría de los sistemas simbólicos no rechaza la noción de “clase social” como variable importante del comportamiento político, sino que incorpora las estructuras subjetivas como elementos principales, para comprender una determinada relación histórica entre un partido y un grupo de referencia. Por último, estos trabajos otorgaron un lugar central a los partidos políticos como constructores de representaciones comunes, incluidas las representaciones sobre las clases sociales.
2.1 Sistemas simbólicos, clase social y partido político
Según Michelat y Simon, los sistemas simbólicos pueden definirse como un sistema organizado de representaciones, de actitudes, normas y valoraciones (Michelat y Simon, 1985:32). Estas organizaciones simbólicas incluyen ciertas percepciones del universo político en sentido restringido (partidos, dirigentes, otros votantes, etc.), pero no se reducen a este ámbito. De hecho, suponen también un sistema relativamente estructurado de representaciones “del campo social, de convicciones y sentimientos relativos a lo legítimo e ilegítimo, a lo pensable y a lo impensable, a lo real y lo ilusorio e incluso a los problemas de destino y de existencia” (Michelat y Simon, 1985:32). Para los autores, las estructuras simbólicas, en gran medida implícitas, organizan percepciones, valoraciones, conductas y actitudes no sólo en la esfera doméstica, sino también sobre cuestiones entendidas como políticas en un momento dado.
Como se mencionó anteriormente, las teorías del comportamiento electoral y político que toman en cuenta la existencia de sistemas simbólicos sostienen que no es posible establecer una relación directa entre la pertenencia a una clase social y determinado apoyo político. En los casos en que, efectivamente, puede encontrarse una fuerte correlación entre la posición social y la filiación política, esto se explica, ante todo, por la mediación de las organizaciones simbólicas en la estructuración de las relaciones entre la condición objetiva y el comportamiento político. Por lo tanto, los elementos objetivos como la posición social “no intervienen en la determinación del comportamiento político más que cuando son percibidos y reinterpretados en función de los códigos simbólicos de origen sociocultural” (Michelat; Simon, 1985:35). Como sostiene Lagroye, el aspecto de estos trabajos que debe remarcarse es la idea de que la determinación no se ejerce de manera mecánica, ni siquiera cuando parece ser particularmente fuerte y explicativa (Lagroye, 1994:352).
Al situar los sistemas simbólicos como mediadores entre las posiciones sociales y las “elecciones” políticas, estos estudios otorgaron cierta autonomía relativa a las representaciones sociales con respecto a situaciones objetivas como la posición social y la representación partidaria. Es decir que los cambios en el espacio social no repercuten directamente en la transformación de los esquemas interpretativos, de manera tal que las organizaciones simbólicas mantienen cierta independencia respecto a la movilidad social. Esto puede llegar a explicar, sin duda, la persistencia de los apoyos políticos a partidos u organizaciones más allá del cambio en la situación clase. Por otro lado, las creencias y percepciones sobre un partido o sus dirigentes pueden mantenerse y resistir (relativamente) los cambios de programa o de posturas políticas llevados a cabo por las organizaciones partidarias. No hay, por lo tanto, una relación directa entre oferta y demanda de bienes políticos.
En necesario remarcar que los sistemas simbólicos tienen una génesis sociohistórica. La configuración de determinados esquemas de interpretación está ligada a la acción constante de organizaciones, redes, agentes colectivos (entre ellos los partidos) que mantienen y difunden discursos, teorías e interpretaciones sobre el mundo social y su composición. En este sentido, las diferentes luchas en el campo político dan origen a visiones y divisiones en el mundo social.[2] Los partidos políticos tienen, por lo tanto, un rol fundamental en la construcción de las categorías de percepción de los grupos.[3] Por otro lado, esos discursos sobre el mundo social son reelaborados, completados y transformados por los individuos concretos, que están situados en posiciones particulares dentro del espacio social y que tienen capacidades y recursos diversos. Los sistemas de percepción del mundo social y político de los grupos o de las clases son, por lo tanto, producto tanto de la lucha en el campo político y del trabajo de legitimación de las organizaciones partidarias como de los condicionamientos propios, ligados a una posición social y una experiencia individual.
Los estudios de Bourdieu sobre los modos de producción de las opiniones políticas completaron la teoría de los sistemas simbólicos de Michelat y Simon, dando cuenta de la dualidad de las organizaciones simbólicas.[4] Según Bourdieu, las organizaciones simbólicas que promueven tanto las elecciones políticas como las opiniones respecto a las problemáticas en un momento dado tienen su origen en el ethos de clase y en una axiomática política ligada a un partido o a una tradición política particular (Bourdieu, 1998:429). Es decir que las disposiciones políticas funcionan bajo un doble principio: están ligadas, por un lado, a un conjunto de representaciones relacionadas con la posición social y, por otro lado, a un conjunto de principios explícitamente políticos. En tanto categorías de evaluación, los sistemas simbólicos motorizan juicios sobre el campo político y sus integrantes en base a representaciones de clase (no necesariamente acordes a las posiciones objetivas) y a principios propiamente políticos partidarios, ligados al campo político y a las relaciones establecidas entre los partidos y sus bases de apoyo. Ethos de clase y axiomática política conforman los componentes centrales de los sistemas simbólicos mediante los cuales los agentes realizan sus elecciones, evaluaciones y articulan sus acciones sobre el mundo político. Según Bourdieu, las relaciones entre el ethos de clase y la axiomática política dependen de las condiciones particulares en que se desarrolla la vinculación entre un partido y su clientela. En algunos electorados es, básicamente, el ethos de clase lo que promueve y mantiene las adhesiones a un partido, mientras que, en otros casos, la cohesión se sostiene en un conjunto de valores y principios políticos comunes. En base al tipo de politización que realiza el partido y a las características de su base social podrán establecerse los distintos perfiles políticos de los electores (Bourdieu, 1998:444).
En síntesis, más que plantear una relación directa entre las posiciones sociales y el campo político, el conjunto de conceptos propuestos promueve la construcción de relaciones históricamente situadas e invita a indagar sobre las particularidades de los sistemas simbólicos en cada sociedad particular. En este sentido, el modelo teórico orienta y estructura la indagación empírica sin proponer resultados de antemano.
2.2 Campo político y axiomática política
Al igual que todo campo, el campo político también es un espacio de luchas, relativamente autónomo, donde los agentes compiten por la definición misma del campo. Los principales agentes del campo político son los partidos, que, por el hecho de ser organizaciones, también pueden ser entendidos como un subcampo con reglas propias, donde los dirigentes luchan por la definición misma del partido y por los puestos que provee, ya sean internos o externos. Como sostiene Bourdieu, “la lucha en el campo político es una lucha por la conservación o transformación de la visión y los principios de división del mundo social” (Bourdieu, 2001:76). Definir el campo político y sus agentes como un espacio de lucha implica otorgar a los profesionales políticos cierta autonomía respecto a los agentes exteriores al campo, en particular a las clases y los grupos. Las tomas de posición políticas por parte de los partidos y de sus dirigentes en un momento dado serán comprendidas en relación con sus competidores (internos o externos) más que como producto de las presiones externas al campo. En este sentido, el concepto de campo acentúa el aspecto relacional de la lucha política, de manera tal que las tomas de posición de los diferentes partidos estarán en gran parte determinadas por los posicionamientos del conjunto, y por toda la historia anterior de posicionamientos y de luchas mediante las cuales los partidos conquistaron ciertos lugares asociados a determinados valores y tradiciones. Sin duda, la historia de luchas anteriores está inscripta en toda la estructura del campo donde los partidos, en particular los más antiguos, se constituyeron como defensores de determinadas consignas, a las no pueden renunciar sin correr el riesgo de perder la clientela ligada a esa tradición particular.
Los partidos políticos, agentes principales del campo político, deben su fuerza al apoyo electoral que logran movilizar en su favor. Dicha movilización depende de la “eficacia simbólica” de los discursos que producen. En el campo político se producen “bienes políticos” para un conjunto de grupos e individuos ya estratificados socialmente. Los bienes políticos son productos simbólicos, ideas-fuerza, como dice Bourdieu, que se objetivan en programas, discursos, plataformas de gobierno etc., y que tienen como función principal operar como instrumentos de movilización de los grupos o de las clases que ya existen en estado objetivado. En este sentido, las bases sociales de los partidos sólo pueden mantener un apoyo duradero a la organización en la medida en que los sistemas simbólicos constituidos históricamente mantengan cierta afinidad con la oferta partidaria.
Los partidos que han tenido un largo desarrollo histórico y que, en términos de LaPalombara y Weiner, sobreviven a sus dirigentes, han ido constituyendo a lo largo de su existencia un conjunto de “fórmulas políticas”, no necesariamente articuladas, a las que los líderes suelen recurrir para legitimarse. La reivindicación sucesiva de determinados valores y proclamas consolida un cuerpo de tradiciones y conforma una axiomática política en tanto conjunto de máximas y principios. Esos productos partidarios, a su vez, son incorporados, reformulados y reinterpretados por los grupos a los que están dirigidos. Si bien Offerlé (2004:116) advierte sobre los “usos” diversos que los adherentes pueden hacer de los productos partidarios, las clientelas duraderas como las que nos interesan aquí posiblemente manifiesten cierta homogeneidad respecto a los principios políticos que comparten.
Ahora bien, la constitución de una “axiomática política”, entendida como un conjunto de valores y principios compartidos por un grupo, supone un trabajo de construcción de colectivos por parte de los partidos, una labor de socialización en el sentido weberiano que opera sobre las categorías de pensamiento y acción individual. Sin embargo, como mencionamos anteriormente, la oferta política de un partido está, a su vez, condicionada por las posiciones de sus competidores en el campo. En este sentido, la socialización política de una base social es una construcción basada, en parte, en las diferencias, distinciones y oposiciones que se establecen entre un partido y sus principales opositores. Mostrarse reiteradamente como opositores a ciertas organizaciones políticas y atribuir a esas organizaciones ciertas clasificaciones contrarias a las suyas propias es la manera en que los partidos construyen indirectamente su propia clientela. El discurso político tiene una particularidad: está dirigido tanto a los competidores como a los agentes que busca movilizar. Es de esta manera que las organizaciones políticas se van forjando un lugar de reconocimiento ligado a ciertas consignas y valores reconocidos tanto por los otros partidos como por sus bases de apoyo. La propia competencia es la que refuerza los lugares de reconocimiento, porque, al ser confrontados y clasificados por otros partidos, los dirigentes y adherentes de una organización pueden, en definitiva, reconocerse como una unidad. El riesgo que implican las alianzas, los acuerdos y los acercamientos para los partidos es el peligro de que las bases dejen de reconocerse en la nueva imagen que promueve la organización; en otras palabras: el riesgo de perder el “crédito político” conquistado con anterioridad.
La noción de “campo político” acentúa entonces el aspecto relacional de la lucha política y la manera en que los partidos conquistan ciertas posiciones ligadas a una axiomática política particular. Las bases de apoyo duradero son producto, en parte, de un proceso de socialización política basado en la imposición de esquemas comunes de evaluación del mundo político. Cualquier cambio de las posiciones políticas en el campo político, así como en los valores y los grupos reivindicados por los partidos eventualmente puede hacer que la clientela se desvincule o se desmovilice.
2.3 Clases sociales, ethos y política
Bourdieu define el espacio social como un espacio de relaciones en donde los agentes y grupos se posicionan en base a los distintos recursos que poseen, que son, básicamente, el capital económico y el capital cultural. Sobre la base de este espacio, vamos a definir a las clases como un conjunto de agentes que ocupan posiciones semejantes y que, por lo tanto, tienen probabilidades de tener disposiciones e intereses semejantes. La clase social es, en este sentido, una clase teórica; es decir: una construcción analítica, aunque, como afirma Bourdieu, fundada en la realidad de un espacio en donde los recursos están desigualmente distribuidos y dotan a sus poseedores de posibilidades de acción también desiguales (Bourdieu, 2000:100).
Las posiciones ocupadas en el espacio social y los efectos propios de las trayectorias confieren a los agentes unos conjuntos de visiones y apreciaciones del mundo social similares. En tanto disposiciones adquiridas producto de los condicionamientos ligados a una posición, los habitus funcionan como guías para la acción y como elementos decodificadores del mundo social. Lo que, siguiendo a Bourdieu, podemos denominar habitus de clase supone un conjunto de disposiciones relativamente homogéneas, susceptibles de generar comportamientos comunes, directamente supeditados a la posición y a la trayectoria social. Si bien la génesis o conformación del habitus de clase está ligada a la incorporación de estructuras sociales, y dado que el cambio de las posiciones supone una transformación de los esquemas interpretativos, el habitus cumple más que un mero rol reproductivo: el habitus de clase conforma, a su vez, un ethos particular, un sistema más o menos coherente de disposiciones que funcionan como condicionantes de prácticas, visiones y representaciones del mundo social. Como señala Bourdieu, los agentes desigualmente situados en el espacio social realizan constantemente un “trabajo de apropiación” del mundo social y de sus productos, que supone una labor de desciframiento de los discursos y los bienes que circulan, entre ellos los políticos (Bourdieu, 1998:98).
La relación más o menos directa entre las condiciones de clase y el apoyo político recurrente a un partido se establece por medio del ethos de clase, que, en tanto sistemas de representaciones producto de la experiencia social ligada a una posición y a la trayectoria, funciona como mediador entre la “oferta política” y las condiciones objetivas de existencia. La interdependencia del ethos de clase permite entender, tal como afirma Bourdieu, las afinidades entre las posiciones económicas y las disposiciones políticas. El ethos de clase puede ser definido como “un conjunto sistemático de disposiciones con dimensión ética”, es decir ligado a determinados valores, que orienta las prácticas y promueve determinados juicios sobre personas, bienes, acciones y situaciones (Bourdieu, 1990:154). Ahora bien, los cambios en las posiciones ocupadas en el espacio social pueden operar reformulando el ethos de clase y, por lo tanto, motivar un cambio en las disposiciones y evaluaciones del mundo social y político. En este sentido, la reformulación del ethos de clase puede traer aparejado una desvinculación de las organizaciones políticas, en la medida en que la oferta partidaria queda desfasada con respecto a las nuevas disposiciones.
El ethos de clase es, en el sentido de Michelat y Simon, un sistema simbólico que promueve las prácticas y las evaluaciones sobre el campo político, y que guarda una relativa independencia con respecto a las posiciones económicas objetivas. Al promover percepciones sobre los dirigentes y partidos, el ethos establece afinidades entre la oferta política y las posiciones en el espacio social. Los partidos operan unificando ideológicamente esas representaciones y promoviendo acciones comunes. La solidez y unidad de la base social de apoyo dependerá tanto del trabajo de interpelación partidaria como de las afinidades propias establecidas por el ethos de clase. Ahora bien, debe remarcarse el hecho de que esas afinidades y relaciones entre el ethos de clase y la oferta política tienen particular importancia en las coyunturas formativas de los partidos y sus clientelas. En el caso de partidos organizados con apoyos estables, las relaciones se establecen más por un conjunto de tradiciones, valores y sentimientos de identificación que por las afinidades entre el ethos de clase y los intereses asociados a un partido.
3. Principales contribuciones contemporáneas a la desvinculación de las clases de los partidos
La desarticulación de las bases de apoyo de los partidos tradicionales no es un fenómeno exclusivo de la Argentina. En diversos países de Europa, la desvinculación de las clases sociales de los partidos ha suscitado intensos debates académicos y políticos. La clasificación de Evans (2003:405-406) permite caracterizar las diferentes explicaciones que dieron cuenta del desalineamiento de los clivajes sociales.
La primera causa del desalineamiento de las clases y los partidos suele buscarse en la movilidad social. En este sentido, suele sostenerse que el ascenso o el descenso social debilitaron las identidades de clase. Este argumento ha sido abordado en las investigaciones que dan cuenta del cambio electoral de los sectores obreros que ascendieron socialmente, abandonado su previo apoyo a los partidos de izquierda (Goldthorpe et al., 1968; Clark y Lipset, 1991).
En segundo lugar, la desvinculación suele explicarse por los procesos de fragmentación y diferenciación social, producto de los cambios en la organización del trabajo. Según esta perspectiva, las organizaciones políticas y sindicales se han mostrado incapaces de conservar a sus antiguas colectividades y de responder al número creciente de sus demandas. En este sentido, se sostiene que la segmentación de los mercados de trabajo, la inestabilidad laboral y la desocupación tornaron mucho más heterogéneos a los grupos sociales y debilitaron las estructuras de clase (Clark y Navarro, 2007; Clark y Lipset, 1991; Clark, Lipset y Rempel, 1993).
Otros estudios se han enfocado en la creciente importancia que fueron cobrando los valores postmaterialistas dentro del electorado, y en el surgimiento de nuevos partidos que promueven políticas tales como la defensa del medio ambiente o el reconocimiento de minorías, no basadas en los conflictos distributivos clásicos (Inglehart, 1998). Por su parte, Waal, Achterberg, Houtman (2007) propusieron que el cambio en el comportamiento electoral de las clases se debe menos a la “desaparición de las clases” que al creciente peso de las variables culturales, atribuyendo particular importancia a la distribución del capital cultural en la decisión electoral. Esta nueva línea de trabajos retoma un conjunto de estudios clásicos que sostenía que, debido al aumento de los niveles educativos y de la cantidad de información disponible, los electores comienzan a tomar decisiones de forma cada vez más independiente respecto de sus posiciones de clase (Nie, 1976). Por último, un conjunto de estudios sostienen que las sociedades modernas se organizan a través de una multiplicidad de identidades, tales como las basadas en las orientaciones sexuales y en nuevos estilos de vida ligados al consumo, etnia, religión, etc. En este sentido, advierten que la identidad fundada en la clase social compite en la actualidad con otras formas de identificaciones que tienden a debilitar la anterior unidad política de las clases (Beck, 1997; Weakliem, 2001; Manza y Brooks, 2003).
En cuarto lugar, se ha señalado a la disminución de la clase obrera y la adaptación de los programas de los partidos de izquierda a las demandas e intereses de las clases medias como responsables de este desalineamiento partidario. Siguiendo un razonamiento similar, Przeworski y Sprague sostienen que los partidos tradicionales dejaron de interpelar a sectores sociales definidos, en busca de ampliar sus bases de apoyo electoral (Przeworski y Sprague, 1986).
Como puede observarse a partir del acotado resumen anterior, si bien el desalineamiento de las clases de los partidos y la pérdida de bases electorales fieles es un fenómeno reconocido en los principales países desarrollados, las explicaciones difieren bastante en lo que respecta al origen y desarrollo de ese proceso. Posiblemente, más que buscar una respuesta única y más o menos universal a estos cambios, deberíamos partir de que las explicaciones anteriores resultan más o menos adecuadas a cada tipo de sociedad e interrogarnos sobre qué transformaciones operaron en el caso de la UCR y sus votantes fieles de clases medias. Pero, antes de plantear esos interrogantes, es necesario retomar algunos antecedentes sobre los cambios de los partidos.
En lo que respecta a la transformación organizativa de los partidos, la mayoría de los especialistas coincide en que el ocaso de los partidos de masas (Duverger, 1957) y el surgimiento de partidos catch all (Kirchheimer, 1974) o profesionales electorales (Panebianco, 1982) han sido algunos de los principales cambios que han tenido lugar en el siglo XX. El paso del partido de masas al catch all supuso la aparición de algunas tendencias que es necesario retomar. Por un lado, los programas y discursos partidarios perdieron matices ideológicos y se volcaron al “centro”; las interpelaciones a la etnia, la religión o la clase pasaron a ser menos importantes; se rompieron los vínculos fuertes de los partidos con los afiliados y simpatizantes; y, por último, se debilitó la “representación de intereses”. Los nuevos partidos profesionales pasaron a adoptar estrategias de “mercado”, en la esperanza de aumentar su caudal de votos y de lograr identificaciones a corto plazo. Los temas políticos pasan a ser considerados como mercancía a la venta y la manera en que se los presenta es tan o más importante que su contenido en sí. Las campañas a su vez se profesionalizan y se concentran en mejorar la credibilidad y la imagen de los candidatos, lo que permite hablar de una “personalización” de los partidos. Los partidos adoptan posiciones más de centro, más moderadas, y más parecidas entre sí (Puhle, 2007:84). Por otro lado, los partidos de comienzos del siglo XXI abandonan algunas funciones de profesionales electorales para convertirse en agencias profesionales débilmente cohesionadas, más profesionalizadas, con un papel más centralizador de las elites, tal como lo sugiere Puhle (2007:95). Katz y Mair (1995) han propuesto un nuevo modelo, el partido cartel. La hipótesis de Katz y Mair es que las organizaciones partidarias han dejado de mediar las relaciones entre sociedad y Estado, para convertirse en parte misma del Estado.
En el caso de la Argentina, diferentes estudios dieron cuenta de cambios análogos en el sistema de partidos y en los sectores sociales durante la década del noventa. Sin embargo, todavía no se han realizado estudios sobre el cambio particular que se ha dado en la relación entre la UCR y las clases medias. Si bien existe una importante literatura que vincula el apoyo de estos sectores al radicalismo, pocos trabajos se han interesado en los cambios que se han operado en la relación entre el partido y sus bases de apoyo. A diferencia de los vínculos entre los sectores populares y el peronismo, las relaciones entre las clases medias y el radicalismo prácticamente no fueron abordadas por la literatura académica.
En lo que respecta a los cambios de los sectores medios, diversos autores señalaron un proceso empobrecimiento y diferenciación (Minujin-Kessler, 1994; Kessler, 2000; Beccaria, 2002; Minujin-Anguita, 2004). El conjunto de estos trabajos afirma que los sectores medios sufrieron un proceso de polarización, producto de la aplicación de las políticas neoliberales durante el menemismo. Mientras que una pequeña parte pudo mejorar sus ingresos por medio del ejercicio de ocupaciones sumamente calificadas, la mayoría sufrió un importante empobrecimiento. La disminución de los ingresos y la desocupación fueron dos de los factores que más favorecieron la caída de los sectores medios en la pobreza. Por otro lado, las transformaciones operadas en el mundo profesional contribuyeron a redefinir los estilos de vida y las formas de sociabilidad de las clases medias (Svampa, 2001; Arizaga, 2005). Desde otra óptica, algunos trabajos destacaron los cambios en las identidades culturales, el consumo y las formas de percepción de los sectores medios (Sautu, 2001; Wortman, 2003, 2007). Sin embargo, todavía no se ha analizado el impacto que han tenido estas transformaciones en las prácticas políticas de las clases medias. En este trabajo se buscará relacionar algunas de estas transformaciones con la desvinculación de las clases medias de la UCR.
En lo referente a los cambios en la representación del sistema de partidos en la Argentina, un conjunto de estudios destacó las mutaciones ideológicas del peronismo (Yannuzzi, 1995) y los nuevos estilos de representación (Novaro, 1994; Palermo y Novaro, 1996). En lo que respecta a la representación política, Novaro (2000) sostuvo que las democracias contemporáneas asisten a un cambio en el formato representativo, en el cual la constitución de identidades se realiza por escenificación y es canalizada por líderes personalistas (Novaro, 2000:79). Continuando el debate sobre la crisis o metamorfosis de la representación política, algunos trabajos destacaron la “crisis de representatividad” que supone la pérdida de legitimidad del lazo representativo (Rinesi y Vommaro, 2007) y la conformación de nuevos formatos representativos a partir del debilitamiento de las identidades partidarias y el desarrollo de una nueva ciudadanía que se expresa en los sondeos de opinión y en las urnas (Cheresky y Blanquer, 2003; Pousadela, 2004). En este estudio no se aborda centralmente el problema de la representación política, pero sí un rasgo particular de la misma: la identificación política partidaria con el radicalismo y su transformación. Se buscará contribuir a esta línea de investigación a partir del estudio de caso y aportar nuevos datos y análisis a los estudios sobre representación política. El escenario político de la Ciudad de Buenos Aires ha sido descripto como uno de los más modernos y fluctuantes del país, en el cual las identidades políticas se “descongelaron” y donde la ciudadanía manifiesta un comportamiento electoral variable (Novaro, 1998; Mauro, 2007, 2011). Nuestra indagación sobre el cambio electoral de los votantes fieles a la UCR sin dudas representa la antesala de este proceso de cambio general de la ciudadanía porteña y de la mutación del formato representativo.
Por otro lado, desde una perspectiva sociológica, Sidicaro (2003, 2008) analizó la pérdida de legitimidad de los partidos políticos y de las burocracias estatales desde la recuperación democrática. La matriz explicativa propuesta sostiene que la legitimidad de los partidos se vio deteriorada por el debilitamiento de los tejidos sociales y la creciente diferenciación social ligada a los procesos de globalización. Recuperamos particularmente esta propuesta en el primer capítulo, adaptando la interpretación al caso de las clases medias y la UCR.
En lo que respecta a las identidades políticas, Aboy Carlés (2001) analizó las transformaciones del peronismo y del radicalismo, aunque no abordó directamente la relación entre la transformación de las identidades y el voto. En este sentido, si bien recuperamos el concepto sobre las condiciones y características de la identificación partidaria, este trabajo relaciona las particularidades propias de los electores y los cambios en sus prácticas políticas en relación con la pertenencia a la clase social.
En el caso de la UCR, diferentes estudios señalaron la crisis interna y la pérdida de representatividad del partido, dando cuenta de la concentración del poder interno, y la toma de decisiones de forma corporativa (Malamud, 1994, 1997; Acuña, 1998; Pucciarelli, 2002). Retomaremos estos elementos señalados para comprender las transformaciones de la conducta electoral de los votantes fieles a la UCR, particularmente la idea de desfasaje que propone Malamud (1994). En este sentido, el autor sostiene que la crisis de la UCR debe comprenderse a partir de “una deficiente adaptación operativa” a los cambios sociales que tuvieron lugar en la década de los noventa. La propuesta de Malamud lleva entonces a relacionar los cambios sociales y las transformaciones organizativas del partido. Seguiremos particularmente esta línea de indagación.
4. Aclaraciones epistemológicas y metodológicas
Antes de describir las distintas operaciones empíricas (relevamiento de datos estadísticos, trabajo con archivos periódicos, entrevistas y encuestas) llevadas adelante y los tipos de constructos realizados a partir de los datos relevados (cuadros, tablas, descripciones y relatos seleccionados), resulta necesario reflexionar brevemente sobre la relación establecida entre los conceptos, las descripciones y la interpretación; es decir: sobre los puntos de partida epistemológicos que guiaron el trabajo de indagación.
La construcción de todas las descripciones realizadas en este trabajo –desde la guía de entrevistas hasta la selección de indicadores de clase– estuvo guiada teóricamente. En ese sentido, se partió del supuesto weberiano de la imposibilidad, e incluso del sinsentido, de una descripción o selección de datos sin presupuestos teórico-conceptuales (Weber, 2001:67). Ahora bien, el cuadro conceptual detallado anteriormente no sólo operó como guía de indagación empírica, sino también como exclusión de otros abordajes teórico-empíricos, limitando el análisis. En este trabajo de investigación se ha dejado de lado una cantidad considerable de temas asociados a los cambios de la “política” en las últimas décadas, como, por ejemplo, los relacionados con la “videopolítica”, los medios de comunicación y los cambios en la ciudadanía en general. Se ha optado por un abordaje sistemático y acotado a una serie de elementos que resultan significativos en el sentido weberiano, a partir del conocimiento teórico y empírico disponible.
¿Cuál es la relación establecida entre los conceptos teóricos, la descripción de los datos, el conocimiento producido y la interpretación sociológica? En primer lugar, los conceptos detallados orientaron la búsqueda de diversos tipos de información sobre el mundo empírico, tales como las características de las categorías socioprofesionales asociadas a la clase social, las opiniones sobre los partidos de un conjunto de electores de la UCR y los discursos partidarios en campañas electorales. En términos generales, esta información, que opera como enunciados de base, resulta verificable y responde a los parámetros lógicos de enunciados descriptivos. En segundo lugar, ese conjunto de información produce distintos tipos de conocimiento a partir de su reprocesamiento conceptual, en la medida en que esos enunciados descriptivos se operacionalizan teóricamente. Por ejemplo: cuando, a partir de los cambios en el conjunto de categorías profesionales, se infiere una transformación en la situación de las clases medias de la Ciudad de Buenos Aires. En tercer lugar, el conjunto de conocimientos logrados a partir de las informaciones y reconceptualizaciones de las mismas habilita distintos niveles de interpretaciones.[5] A los largo de los capítulos y de cada uno de los apartados se reproduce esta dialéctica entre los conceptos guía, la información empírica, el procesamiento conceptual y la interpretación sociológica. Esta investigación busca interpretar conceptualmente los cambios en el comportamiento electoral de los votantes radicales a partir de un conocimiento fundado empíricamente.
4.1 El abordaje de la clase
Recuperando la noción de “morfología social” de Halbwachs (1944, 1964) y Bourdieu (1998), nos concentraremos en las partes constitutivas de las clases medias, sus características y su transformación. El concepto de morfología tiene la virtud de resaltar la idea de partes y componentes de los grupos, así como la extensión y la conformación que adquieren. En su primera acepción durkheimiana, el estudio de la morfología social hacía referencia al sustrato material de los grupos, a su homogeneidad y cohesión.[6] En las investigaciones contemporáneas, el concepto se refiere a la composición y extensión de los grupos o fracciones que componen una clase.[7]. En este sentido, es particularmente útil para aprehender el cambio social a lo largo de un período determinado, en la medida en que señala la reconfiguración de los sectores que componen una clase construida teóricamente[8] Para definir a las clases medias pertiremos de la noción de “espacio social”, a partir del cual pueden recortarse las clases, sin que esto implique la existencia de clases actuantes o movilizadas. El espacio social es definido como un espacio de relaciones donde los agentes y grupos se posicionan en base a los distintos recursos que poseen, principalmente el capital económico y el capital cultural (Bourdieu, 1998). Sobre la base de este espacio, definiremos a las clases medias como un conjunto de agentes que ocupan posiciones semejantes y, por lo tanto, tienen probabilidades de tener disposiciones e intereses semejantes, en base a los recursos económicos y culturales de que disponen. El conjunto de indicadores que tomaremos para establecer el tipo y volumen de recursos (capitales) de las clases medias serán, principalmente, la ocupación, los títulos educativos y los ingresos. Siguiendo a Bourdieu (1998:119), definimos a las clases medias a partir de una estructura en quiasma, compuesta por técnicos y profesionales poseedores básicamente de capital cultural (diplomas, conocimientos adquiridos, saberes especializados), y por pequeños patrones de la industria y el comercio, en tanto poseedores de capital económico (talleres, locales, bienes de capital). Así, el análisis se concentrará en tres fracciones de las clases medias: comerciantes, pequeños industriales, y profesionales, particularmente del sector de servicios.[9]
El espacio económico de la Ciudad de Buenos Aires tiene ciertas particularidades que favorecen este recorte. En primer lugar, en tanto centro comercial del país, tiene una importante concentración de bocas de expendio comercial, entre las que se destacan las pertenecientes al comercio minorista. En segundo lugar, la restricción espacial favorece el desarrollo de la pequeña industria, ya que la mayoría de los grandes establecimientos industriales están ubicados en los partidos aledaños a la Capital Federal. En tercer lugar, los sectores de servicios tienen un peso extraordinario en la estructura económica de la Ciudad y es el ámbito principal donde se desempeñan los profesionales universitarios.
En este trabajo se utilizan, principalmente, datos secundarios provenientes de la Dirección General de Estadística y Censos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (DGEyC). Dichos datos se originaron en diversos relevamientos realizados por la DGEyC, conjuntamente con el INDEC y la CEPAL. Los relevamientos más importantes, y de los cuales se ha extraído diversa información, son: Censos Nacionales, Encuesta Anual de Hogares (EAH), Encuesta Permanente de Hogares (EPH), Encuesta de Indicadores Laborales (EIL), Encuesta Industrial Anual (EIA) y Encuesta de Consumo Cultural (ECC). La información estadística proveniente de estas mediciones se materializa en un conjunto diverso de publicaciones de la DGEyC, disponibles tanto en soporte escrito como electrónico. Las principales publicaciones utilizadas fueron: Anuario Estadístico de la Ciudad de Buenos Aires, Revista Población de la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires, Cuadernos de Trabajo del CEDEM, Revista Coyuntura Económica, Informes de Resultados de EPH y EAH.
Para caracterizar el cambio en la morfología de las clases medias se ha seleccionado una serie de categorías estadísticas: Condición de Actividad, Ocupación y Rama de Actividad. Si bien la utilización de este tipo de información es usual en investigaciones de ciencias sociales, particularmente en aquéllas centradas en análisis de estructura social, resulta necesario reflexionar sobre dos aspectos centrales de la utilización de información estadística para describir cambios en la estructura social: por un lado, la adecuación entre las categorías estadísticas y, por otro, los conceptos utilizados, y las características y límites de la información.
En lo que se refiere a la adecuación conceptual, las mediciones utilizadas se ajustan a la noción morfológica de las clases medias. Como se mencionó anteriormente, este concepto hace referencia a las partes constitutivas de grupos abstractos construidos teóricamente y tiene, básicamente, una propiedad descriptiva. De esta manera, no señala directamente relaciones con otros grupos o clases, ni establece comportamientos o acciones (de clase). Como indicadores de morfología de las clases medias se utilizan algunas ramas de actividad (Industria, Comercio, Servicios de diverso tipo, etc.). Estas clasificaciones comprenden los principales sectores de la economía, y las diferentes mediciones tienden a reflejar su evolución en un período de tiempo seleccionado. En este sentido, dichas mediciones captan directamente un conjunto de características de las actividades productivas de los individuos. Reconvertir la información sobre la evolución de las ramas de actividad en indicadores de morfología implica operar en dos sentidos. Por un lado, se seleccionan ciertas actividades en función de la conceptualización teórica; en este caso: sectores industriales, comerciantes y profesionales empleados en los servicios, dejando de lado otros sectores no incluidos en la definición. Por otro lado, se produce necesariamente una inferencia que liga la información estadística al esquema conceptual. En este sentido, si bien las variaciones por rama de actividad no agotan los cambios en las clases, sí ofrecen un importante indicio de su transformación morfológica.
Respecto a la validez de inferencia, la misma está dada por las características y los límites propios de las mediciones utilizadas. La clasificación de actividades de los relevamientos de la DGEyC se corresponde en el Clasificador de Actividades Económicas (ClaNAE) que está basado en el Clasificador Industrial Internacional Uniforme (CIIU), recomendado por Naciones Unidas. La clasificación no se basa en la ocupación ni en el tipo de producto, sino en la actividad. Las unidades de clasificación son los establecimientos, que pueden ser fábricas, talleres, comercios, oficinas, etc. A su vez, la clasificación de cada establecimiento se realiza en función del tipo de producto que se fabrica, se comercia, o del servicio que se presta. Cuando la clasificación por Rama de Actividad expresa el Producto Bruto Geográfico (PBG)[10], así como la cantidad de empleo generado por las distintas subramas en un período considerado, accedemos a una importante información sobre la riqueza producida, el tamaño de los establecimientos y el desarrollo o retracción de distintos sectores. Como sostiene Torrado, la clasificación de actividades “posee el mérito indiscutible de permitir una buena descripción de los sectores más significativos de la estructura productiva y, por lo tanto, permite demarcar ciertas diferencias internas de clases sociales (por ejemplo, en términos de fracciones de clase, del tipo burguesía agraria, industrial, comercial, etc.)” (Torrado, 2006:178). En este trabajo se utilizan estas mediciones sólo como descripciones aproximativas de los cambios operados en los sectores internos de las clases medias definidas anteriormente. Como también ha manifestado Torrado (2006: 200), los límites de las mediciones basadas en la clasificación de actividades están dados por la falta de información de los empleadores y por la dificultad de acceder a datos con mayor nivel de desagregación. En ese sentido, no se establecen inferencias sobre la concentración de la riqueza o la propiedad, tan importantes para los análisis de clases, debido a la falta de información sobre los individuos. Por otro lado, se intenta presentar las mediciones con el mayor nivel de desglose posible, en base a la información disponible. Para cubrir las limitaciones propias de datos tan descriptivos se han utilizado otros indicadores (ingresos, ocupación, lugar de residencia, género, nivel educativo, consumos de diverso tipo, usos del tiempo libre, etc.), como también datos y análisis de otras investigaciones. Así, a lo largo de la exposición se busca tanto desagregar la información como cruzarla con otras fuentes, para captar el cambio social de las clases medias en toda su complejidad.
Sin duda, estas fuentes resultan insuficientes para un análisis cabal de clase. Lo más pertinente hubiera sido realizar una encuesta a partir de la cual se hubieran podido realizar correspondencias. La restricción principal estuvo dada por los costos de una medición aplicada a la Ciudad, y también por los límites propios de tal medición, particularmente en lo referente a cambios a largo plazo en la situación de clase, apreciables directamente en las mediciones por Actividades, ya que las mismas se realizan anualmente. Por otro lado, fueron muy pocos los datos de consultoría de mercado a los que pudimos acceder, y éstos son sumamente parcelarios como para realizar alguna inferencia. Una última opción descartada fue la de realizar una síntesis teórico-empírica sobre los cambios en las clases durante las últimas décadas, a partir de la extensa bibliografía nacional e internacional sobre el fenómeno, que hubiera supuesto una imputación más o menos directa sobre los cambios en la Ciudad. En este caso, se decidió trabajar con datos empíricos y realizar las imputaciones fundadas en los mismos, pese a sus límites.
4.2 La caracterización de los votantes y los sistemas interpretativos
La noción de esquemas interpretativos hace referencia a un conjunto de categorías de percepciones, disposiciones y creencias de los votantes respecto a los partidos. El presupuesto teórico del que partimos supone que la acción social del voto está orientada por los esquemas interpretativos que los votantes ponen en juego a la hora de evaluar y decodificar el espacio político. Para describir y caracterizar los sistemas interpretativos de los votantes radicales, seleccionamos un conjunto particular de individuos, cuyas características principales son haber apoyado electoralmente a la UCR de forma recurrente y pertenecer a las clases medias. Una primera forma de selección fue el voto reiterado a la UCR en todas las elecciones presidenciales entre 1983 y 1999. Este criterio también posibilitó incorporar votantes que apoyaron al partido en 1973 y en 2003. De esta forma, el grupo de individuos considerados se caracteriza por ser electores fieles al partido. Algunos de estos electores están afiliados al partido y participaron en elecciones internas, pero no tienen otro compromiso más que la afiliación. El vínculo con el partido que se buscó privilegiar es únicamente el relacionado con el apoyo electoral continuo. En este sentido, se ha excluido de la muestra a dirigentes partidarios, militantes o afiliados con cargos en comités. Es decir que no se consideraron individuos que participen o hayan participado activamente en alguna instancia partidaria. En lo que respecta a sus características socioprofesionales, los entrevistados son, en su mayoría, comerciantes, pequeños empresarios, profesionales y técnicos. Para caracterizar los cambios en los sistemas interpretativos de los votantes radicales, consideramos a un segundo grupo de votantes que, si bien votaron al partido en la década de los ochenta, o antes, comenzaron a retirarle su apoyo a partir de 1989 y hasta 2003. Los criterios de selección política y social fueron los mismos que se aplicaron al primer grupo, pero en este caso seleccionamos individuos que se hayan desvinculado electoralmente del partido a partir de 1989. Gran parte de las interpretaciones sobre el cambio en los sistemas interpretativos y la conducta electoral de los votantes se desprenden de una comparación sistemática de ambos grupos.
En términos generales, la mayoría de los entrevistados se mostraron dispuestos a hablar de sus trayectorias electorales, de la identificación política de su familia y a dar cuenta de sus opiniones sobre dirigentes y partidos. Gran parte del entusiasmo de los entrevistados tenía que ver con el gran interés que manifestaban por los temas políticos, y con el hecho de estar convencidos de que sus opiniones eran importantes y de que tenían algo significativo para decir. Sin duda, el interés por los temas políticos y la predisposición a opinar sobre la política de los entrevistados están ligados a su posición social y a sus niveles educativos. Incluso los más disconformes con el rendimiento partidario de la UCR y los más críticos respecto a los dirigentes se mostraron, de todas formas, interesados en los temas políticos. Por otro lado, la mayoría de los entrevistados no tuvo problemas a la hora de recordar su trayectoria electoral en elecciones presidenciales o rememorar la vivencia de hechos políticos importantes. Posiblemente, el interés manifiesto por las cuestiones políticas partidarias y la predisposición a opinar y hablar de política en general expliquen la buena memoria de los votantes. Las pocas imprecisiones a la hora de recordar la trayectoria electoral surgieron a la hora de evocar los períodos de convulsión política como 2001-2003.
La primera tarea metodológica efectuada a partir de los resultados de las entrevistas, fue una caracterización ideal-típica de las categorías, ideas y creencias de los electores radicales. Para cumplir este objetivo se sistematizaron los valores e ideas asociados al partido y a sus dirigentes, las caracterizaciones del peronismo y sus votantes, la identificación política familiar y las evaluaciones sobre algunos hechos históricos considerados trascendentes, tales como el 17 de octubre, el ascenso del peronismo, los derechos laborales conquistados a partir de 1945, la recuperación democrática, el triunfo de Alfonsín, el juicio a la juntas militares, la hiperinflación de 1989 y las privatizaciones y reformas del Estado implementadas por el menemismo, entre otros. Luego de construir una caracterización general de los electores radicales, procedimos a efectuar diferenciaciones según la posición social, la edad y la identificación política familiar. La segunda tarea metodológica fue una comparación sistemática de los electores fieles con aquéllos que abandonaron la tradición partidaria. En este sentido, se buscó captar los cambios en las ideas y categorías de quienes, por diferentes razones, dejaron de votar al partido. En la mayoría de los casos, el cambio de la conducta electoral estuvo asociado a transformaciones en los esquemas de percepción y evaluación de la política y de los partidos. Al mismo tiempo que las ideas y valores asociados a la UCR, y las visiones y creencias sobre el peronismo y sus votantes se iban transformando, la lealtad y la identificación partidaria de los votantes radicales se fue desvaneciendo.
Sólo una parte minoritaria (5 entrevistados) confesaba una pérdida considerable de identificación con el partido, aunque, de todas formas, continuaba apoyando a la UCR (votaron al partido hasta el 2003 y, posteriormente, 4 de ellos votaron al peronismo en las elecciones legislativas de 2005). En general, este grupo mostró una divergencia entre el cambio de percepción y la conducta electoral, que tendió a acomodarse con el tiempo. Es decir que se trató de un proceso de desvinculación retrasado. Posiblemente, este tipo de caso debe comprenderse a partir de la coyuntura electoral de 2003, y en función de las coyunturas electorales en general. Parte de la divergencia se explica por la consideración que tenían los votantes sobre la totalidad de la oferta de partidos. Cuando la oferta de nuevos partidos no logra atraer a electores desencantados, una parte opta por seguir votando por su tradición pese a estar disconforme. Otro conjunto de entrevistados (9 en total) mostraron una característica inversa: se reconocían como radicales, pero habían dejado de votar al partido desde 1995, en general, debido a su desacuerdo con los candidatos o con las políticas implementadas. Contra la propia definición de los votantes, los mismos han sido caracterizados como desvinculados de la UCR. La quita de apoyo electoral al partido y la evaluación crítica de sus dirigentes se consideraron elementos más importantes que la definición que hacían de sí mismos. Al igual que en la fábula de Molière, estos votantes perdieron afinidad con el partido, aunque continuaban autodefiniéndose como radicales.
En términos cuantitativos, se utilizaron 70 entrevistas a adherentes y afiliados de la UCR, concretadas en 2003, 2006 y 2009. Una base de 45 entrevistas fue realizada en el 2003, en la Capital Federal, por alumnos de la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Las 25 entrevistas restantes se realizaron en 2006 y 2009. La muestra de entrevistas se realizó al azar y por contactos de los mismos entrevistados (bola de nieve). Del total de entrevistas, 30 corresponden a electores fieles y 40, a electores desvinculados. En lo que respecta al género, 32 son mujeres y 38 varones. En el caso de la edad, 15 de los entrevistados eran mayores de 60 años en 2003, 33 tenían entre 59 y 45 años y 22 tenían menos de 45 años. En lo que respecta a los niveles educativos, 23 entrevistados tenían nivel universitario completo, 8 incompleto, 20 eran técnicos, profesores de nivel medio y maestros en su mayoría, mientras que 19 solamente tenían nivel medio completo. En términos socioprofesionales, 7 eran profesionales autónomos, 6 estaban en relación de dependencia (estatal o privada), 10 actuaban en ambas condiciones a la vez, 10 eran empleados (en su mayoría administrativos), 5 amas de casa, 17 eran comerciantes o pequeños empresarios, 13 eran jubilados y 2 estaban desempleados al momento de la entrevista.
Además de las entrevistas, se utilizaron otras fuentes, tales como las encuestas realizadas por dirigentes del partido a sus afiliados y encuestas publicadas en los periódicos en las coyunturas electorales.
Algunas de las limitaciones del método de entrevistas tienen que ver con la capacidad de memoria de los entrevistados. Sin embargo, esto no significó un gran escollo en el caso de los adherentes al partido, porque la mayoría recodaba minuciosamente tanto su trayectoria electoral como sus formas de participación en determinadas coyunturas. Las restricciones de la memoria sí fueron más evidentes en el caso de los “desvinculados”, ya que muchos de ellos dejaron de interesarse por las cuestiones de política a medida en que iban perdiendo su identificación partidaria. Aquí, la hipótesis de Halbwachs (2004) sobre la memoria y la pertenencia a grupos se cumple perfectamente: a mayor desvinculación partidaria, menor capacidad de memoria sobre la trayectoria política-electoral. Esta restricción, propia de los individuos, hizo más difícil la tarea de encontrar posibles exvotantes que recordaran y tuvieran capacidad discursiva[11] suficiente para reflexionar sobre su comportamiento político. Teniendo en cuenta las condiciones propias del método, se decidió caracterizar a los electores radicales a partir de sus categorías de pensamiento, mediante la construcción de tipos ideales, en lugar de trabajar imputando identificaciones.
4.3 La caracterización de la Unión Cívica Radical y del campo político
A partir de la noción de campo político y subcampo partidario, se analizan las luchas y disputas internas en el seno de la UCR y los posicionamientos del partido frente a sus competidores directos. Utilizar la noción de campo partidario o subcampo implica privilegiar las luchas y las disputas internas en función de los posicionamientos de los distintos dirigentes, y también caracterizar los acuerdos establecidos sobre lo que se debate en la lucha política. En el caso de los dirigentes, se utiliza la noción de trayectoria política y capital político, para dar cuenta de los recorridos institucionales y de las formas de reconocimiento que los mismos ponen en juego a la hora de luchar internamente frente a otros. Respecto a la lucha entre los diversos grupos internos del partido, se analizan específicamente el conjunto de bienes políticos (discursos, plataformas, interpelaciones) ofrecidos a los afiliados con el objeto de movilizarlos internamente. Por otro lado, para describir las posiciones de la UCR en el campo político se consideran los discursos opositores y diferenciadores que los principales dirigentes y las autoridades partidarias enunciaron en las coyunturas electorales relevadas.
Para caracterizar la lucha partidaria y los posicionamientos externos frente a los demás partidos, se utilizan principalmente archivos periodísticos de las coyunturas electorales internas y generales del período 1989-2003 en la Capital Federal. Luego de una búsqueda sistemática sobre los períodos eleccionarios, se seleccionaron cerca de 500 notas periodísticas sobre el partido y sus dirigentes. A este corpus se sumaron fuentes complementarias como archivos partidarios, libros de historia del partido y biografías de los dirigentes más importantes.
La primera tarea metodológica consistió en ordenar el material en función de los aspectos centrales seleccionados para el análisis: dinámica interna y externa. Este ordenamiento dio lugar a una amplia cronología de las disputas internas del período y de las elecciones generales. Posteriormente, se relacionaron las tomas de posición internas con las luchas externas, prestando atención a los intereses ligados a la defensa de los puestos en el partido y a la competencia por los mismos. A partir de este nuevo corpus, se identificaron cambios en los ordenamientos y en la dinámica partidaria, que dieron lugar a los capítulos 9, 10 y 11. A lo largo de los capítulos, la desvinculación de los votantes es analizada en relación a los cambios que tuvieron lugar en la organización interna y en los posicionamientos externos, teniendo en cuenta los resultados obtenidos a partir de las transformaciones morfológicas encontradas y el estado de los esquemas interpretativos de los votantes.
La restricción propia del método está dada, principalmente, por la incapacidad de acceder a hechos políticos sobre los que no se haya escrito en los periódicos, y a la subjetividad de las interpretaciones que realizan los medios de comunicación. En lo que se refiere al primer aspecto, una parte de la política argentina (acuerdos, deciciones, disputas, etc.) es secreta, opera en la oscuridad, y no hay un método para sortear este problema. El campo político es, sin duda, uno de los menos transparentes. Sin embargo, en gran parte de las coyunturas de luchas internas, las posiciones quedan explicitadas y los dirigentes se encargan de que así sea, ya que esto les permite poner en evidencia la opción de sus adversarios. En lo que respecta a las deformaciones propias de los medios, se buscó realizar un control indirecto, trabajando con distintos medios con el objeto de contrarrestar posibles recortes sobre los hechos políticos. De todas formas, lo que se caracteriza en este trabajo son, principalmente, las posiciones de los distintos referentes partidarios en las distintas coyunturas electorales, muchas de ellas bastantes evidentes, tales como el apoyo de Angeloz a Menem entre 1990 y 1993, o la disputa entre Alfonsín y De la Rúa a lo largo de casi toda la década del noventa.
- Lipset calificó sus posturas teóricas como un “marxismo apolítico” (Lipset, 1987:373).↵
- Retomaremos este punto en la definición del campo político. ↵
- Michel Offerlé indagó particularmente esta cuestión en la construcción histórica del electorado del Partido Socialista en Francia. Véase M. Offerlé (1988).↵
- Véase particularmente el capítulo 8 de La Distinción sobre Cultura y Política, Bourdieu (1998).↵
- Para el conjunto de estos puntos de partida epistemológicos nos basamos en Passeron (2011).↵
- Para analizar la evolución de concepto de morfología social, véase Martínez y López (2002). ↵
- Seguimos particularmente la utilización del concepto de “morfología” que realiza Bourdieu en el Capítulo 2 de La Distinción. Si bien, comúnmente, se destaca el acento en la reproducción social en la obra de Bourdieu, es necesario remarcar la caracterización del cambio de las clases que realiza el autor, particularmente a través de la noción de morfología social. ↵
- Seguimos la definición de “clase teórica” propuesta por Bourdieu (2000). ↵
- Es necesario aclarar que “pequeños comerciantes”, “industriales medios” y “técnicos y profesionales” son las categorías generales que comúnmente reconocen los estudios de estratificación como los componentes centrales de las clases medias en sociedades diferenciadas. Las diferencias entre los investigadores se sitúan en las maneras de reconfigurar estas categorías; por ejemplo, según su autonomía (independientes-dependientes), los sectores de pertenencia (público-privado), el lugar de desarrollo (campo-ciudad), formas de producción (tradicionales-modernas), y en las maneras de desagregar las distintas categorías.↵
- La estimación del Producto Bruto Interno (PBI) se realiza mediante la suma de los valores agregados por las diferentes unidades productivas en el país. El Producto Bruto Geográfico es una medición acotada a una región particular que toma el valor agregado por establecimiento o locales y no por empresas. Posteriormente se desagregan los distintos valores en base a la actividad económica.↵
- Otro de los aspectos que dificultaron el trabajo cualitativo estuvo dado por la capacidad discursiva de los propios entrevistados. En muchos casos, tanto de afiliados como desvinculados, los entrevistados enunciaban un discurso totalmente inconsistente tanto en lo referente a su trayectoria como a otros aspectos vinculados al mundo político.↵








