
La misma lengua que antes me hirió, tiñendo de rubor mis mejillas, me aplicó en seguida el remedio: Así he oído contar que la lanza de Aquiles y de su padre solía ocasionar primero un disfavor, y luego un buen regalo. Volvimos la espalda a aquel desventurado valle, andando, sin decir una palabra, por encima del margen que lo rodea. Allí no era de día ni de noche, de modo que mi vista alcanzaba poco delante de mí: pero oí resonar una gran trompa, tan fuertemente, que habría impuesto silencio a cualquier trueno; por lo cual mis ojos, siguiendo la dirección que aquel ruido traía, se fijaron totalmente en un solo punto. No hizo sonar tan terriblemente su trompa Orlando, después de la dolorosa derrota en que Carlo Magno perdió el fruto de su santa empresa. A poco de haber vuelto hacia aquel lado la cabeza, me pareció ver muchas torres elevadas, por lo que dije:
—Maestro, ¿qué tierra es ésta?
Me respondió:
—Como miras a lo lejos a través de las tinieblas, te equivocas en lo que te imaginas. Ya verás, cuando hayas llegado allí, cuánto engaña a la vista la distancia: así pues, aprieta el paso.
Después me cogió afectuosamente de la mano, y me dijo:
—Antes que pasemos más adelante, y a fin de que el caso no te cause tanta extrañeza, sabe que eso no son torres, sino gigantes; todos los cuales están metidos hasta el ombligo en el pozo alrededor de sus muros.
Así como la vista, cuando se disipa la niebla, reconoce poco a poco las cosas ocultas por el vapor en que estaba envuelto el aire, de igual modo, y a medida que la mía atravesaba aquella atmósfera densa y obscura, conforme nos íbamos acercando hacia el borde del pozo, mi error se disipaba y crecía mi miedo. Lo mismo que Montereggione corona de torres su recinto amurallado, así, por el borde que rodea el pozo, se elevaban como torres y hasta la mitad del cuerpo los horribles gigantes, a quienes amenaza todavía Júpiter desde el cielo, cuando truena. Yo podía distinguir ya el rostro, los hombros y el pecho de uno de ellos, y gran parte de su vientre, y sus dos brazos a lo largo de los costados. En verdad que hizo bien la Naturaleza cuando abandonó el arte de crear semejantes animales, para quitar pronto a Marte tales ejecutores; y si ella no se arrepiente de producir elefantes y ballenas, quien lo repare sutilmente, verá en esto mismo su justicia y su discreción; porque donde la fuerza del ingenio se une a la malevolencia y al vigor, no hay resistencia posible para los hombres.
Su cabeza me parecía tan larga y gruesa como la piña de San Pedro en Roma[1], guardando la misma proporción los demás huesos; de suerte que, aun cuando el ribazo le ocultaba de medio cuerpo abajo, se veía lo bastante para que tres frisones no hubieran podido alabarse de alcanzar a su cabellera; porque yo calculaba que tendría treinta grandes palmos desde el borde del pozo hasta el sitio donde el hombre se abrocha la capa.
“Raphel mai amech isabi almi”[2], empezó a gritar la fiera boca, en la cual no estarían bien otras voces más suaves; y mi Guía le dijo:
—Alma insensata, sigue entreteniéndote con la trompa, y desahógate con ella, cuando te agite la cólera u otra pasión. Busca por tu cuello y encontrarás la soga que la sujeta, ¡oh alma turbada!; mírala cómo ciñe tu enorme pecho.
Después me dijo:
El mismo se acusa: ese es Nemrod, por cuyo audaz pensamiento se ve obligado el mundo a usar más de una lengua. Dejémosle estar, y no lancemos nuestras palabras al viento; pues ni él comprende el lenguaje de los demás, ni nadie conoce el suyo.
Continuamos, pues, nuestro viaje, siguiendo hacia la izquierda; y a un tiro de ballesta de aquel punto encontramos otro gigante mucho más grande y fiero. No podré decir quién fué capaz de sujetarle; pero sí que tenía ligado el brazo izquierdo por delante y el otro por detrás con una cadena, la cual le rodeaba del cuello abajo, dándole cinco vueltas en la parte del cuerpo que salía fuera del pozo.
—Ese soberbio quiso ensayar su poder contra el sumo Júpiter—dijo mi Guía—, por lo cual tiene la pena que ha merecido. Llámase Efialto, y dió muestras de audacia cuando los gigantes causaron miedo a los Dioses: los brazos que tanto movió entonces, no los moverá ya jamás.
Y yo le dije:
—Si fuese posible, quisiera que mis ojos tuviesen una idea de lo que es el desmesurado Briareo.
A lo que contestó:
—Verás cerca de aquí a Anteo, que habla y anda suelto, el cual nos conducirá al fondo del Infierno. El que tú quieres ver está atado mucho más lejos, y es lo mismo que éste, sólo que su rostro parece más feroz.
El más impetuoso terremoto no sacudió nunca una torre con tal violencia como se agitó repentinamente Efialto. Entonces temí la muerte más que nunca, y a no haber visto que el gigante estaba bien atado, bastara para ello el miedo que me poseía. Seguimos avanzando, y llegamos adonde estaba Anteo, que, sin contar la cabeza, salía fuera del abismo lo menos cinco alas.[3]
—¡Oh tú, que en el afortunado valle donde Escipión heredó tanta gloria, cuando Aníbal y los suyos volvieron las espaldas, recogiste mil leones por presa, y que, si hubieras asistido a la gran guerra de tus hermanos, aún hay quien crea que habrías asegurado la victoria a los hijos de la Tierra! Si no lo llevas a mal, condúcenos al fondo en donde el frío endurece al Cocito. No hagas que me dirija a Ticio ni a Tifeo: este que ves puede dar lo que aquí se desea: por tanto, inclínate y no tuerzas la boca. Todavía puede renovar tu fama en el mundo; pues vive, y espera gozar aún de larga vida, si la gracia no lo llama a sí antes de tiempo.
Así le dijo el Maestro; y el gigante, apresurándose a extender aquellas manos que tan rudamente oprimieron a Hércules, cogió a mi Guía. Cuando Virgilio se sintió agarrar, me dijo: “Acércate para que yo te tome.” Y en seguida me abrazó de modo, que los dos juntos formábamos un solo fardo.
Como al mirar la Carisenda[4] por el lado a que está inclinada, cuando pasa una nube por encima de ella en sentido contrario, parece próxima a derrumbarse, tal me pareció Anteo cuando le vi inclinarse; y fué para mí tan terrible aquel momento, que habría querido ir por otro camino. Pero él nos condujo suavemente al fondo del abismo que devora a Lucifer y a Judas; y sin demora cesó su inclinación, volviendo a erguirse como el mástil de un navío.
- Piña de bronce que primero estuvo sobre la Mole Adriana; en tiempo de Dante estaba en la plaza de la antigua basílica de San Pedro en el Vaticano, y ahora en la sala del gran nicho de Bramante en el jardín que rodean los Museos, llamado por esto “giardin della pigna.” Su altura actualmente es de diez palmos, pero en tiempo de Dante, antes de truncada su parte superior, medía unos quince.↵
- Según Fraticelli, cada una de estas cinco extrañas palabras pertenece a diferente lengua; la primera al hebreo, y las otras a cuatro de los principales dialectos derivados de aquélla. Esta opinión parece confirmarla Dante, cuando dice más abajo: “El mismo se acusa: este es Nemrod, etc.;” el que por haber querido construir la torre de Babel, produjo la confusión e hizo que en el mundo no se hable una sola lengua. En tal supuesto, y admitiendo la versión del abate José Venturi (aunque éste dice que las palabras son siriacas), significarían ¡Poder de Dios! ¿Por qué estoy en esta profundidad? Vuelve atrás: escóndete: pero perteneciendo a varias lenguas, sería como si traducidas en español, latín, alemán, francés e italiano, dijésemos: ¡Pardiez!—cur ego—hier—Va-t-en:—fascondi.↵
- Antigua medida inglesa, equivalente a un metro ciento sesenta y ocho milímetros. Cinco alas equivalen, pues, a unos treinta palmos.↵
- Torre inclinada de Bolonia, llamada así del nombre de sus constructores, Felipe y Odón de Garisendi (año de 1110), y que hoy se llama la Torre Mozza por haberla mandado truncar en 1355 el tirano Juan Visconti de Oleggio. Tiene 130 pies de elevación. Al que se coloca al pie de ella en el lado a que se inclina, mirando arriba cuando pasa una nube en sentido contrario a su inclinación, le parece que la torre va a caerse.↵






