Graciela Castro
Lea la historia, María Teresa: es lo más edificante. Cada vez que se gana una guerra, lo que sigue es la persecución de los últimos focos de resistencia del que perdió. Francotiradores, piquetes perdidos, los desesperados. Más se parece a una limpieza que a una batalla; ¡pero cuidado! Todavía forma parte de la guerra.
Martín Kohan, Ciencias morales (2007)
Introducción
Cada vez que intentaba bucear en algún análisis, rápidamente advertía que, de manera irremediable, se entrecruzaban las mismas palabras: “pobreza”, “desempleo”, “aumento en los servicios públicos y privados”, “crisis social”, “crisis en la salud”, “crisis en la educación”, “crisis en la práctica política”, “inseguridad ciudadana”, “incertidumbre”, solo por mencionar algunos espacios de manera muy general.
Tal vez, por la formación disciplinar, podía identificar de manera más evidente señales propias de las emociones, a diferencia de otros análisis con formaciones diferentes que relegaban ese aspecto en las observaciones. No obstante, su formación académica le aportaba contar con herramientas analíticas para adentrarse en los senderos de la construcción de la subjetividad social. Entonces, se detenía en los miedos, el humor social, la bronca, la tristeza, los dolores sociales y personales y también en observar la violencia con sus diversos ropajes.
Así se presentaba Argentina en los primeros meses de 2024. ¿Castigo divino o resultado de decisiones determinadas por elecciones institucionales libres? Recordó imágenes de pocos años anteriores: encierro, miedos, soledades y también violencias domésticas y angustias. Así habían sido los años, no solo en Argentina, sino globales, por la pandemia de COVID-19. Aunque el virus se hubiese asomado de manera inesperada, no era posible obviar la incidencia que en su transmisión tuviese la alteración del medio ambiente a partir de comportamientos humanos.
Trató de imaginar cómo se presentaría el futuro cercano en el país: sociedad fragmentada, aumento de la violencia institucional, desencanto con la praxis política, la vida cotidiana hecha trizas y las emociones entremezclándose en cada acción y quizá mostrando peligrosas señales personales y sociales.
Sin lugar para festejos
En el transcurrir temporal de 2023, millones de argentinas y argentinos presagiaban festejar un hecho relevante para la vida institucional del país: 40 años ininterrumpidos de vida en democracia. Con ese mensaje quedarían atrás, en el tiempo y en la memoria social, años de violencias institucionales, torturas, muertes, desapariciones, censuras, exilios externos e internos, miedos y desconfianzas interpersonales.
La icónica frase pronunciada en 1985 en el Juicio a las Juntas Militares de la dictadura parecía haberse incorporado capilarmente en la vida de los y las argentinos y argentinas. Luces y sombras habían acompañado las cuatro décadas. Para muchos y muchas, aunque era posible y deseable aguardar modificaciones sociales, no era imaginable un retroceso en los derechos adquiridos en ese tiempo.
Mientras tanto, en el mismo año en que se festejaría el regreso a la vida en democracia, durante el mes de octubre se anunciaron elecciones presidenciales, y las campañas políticas se sucedían con promesas de cambios en medio de un clima de descontento social y dificultades económicas. Sin embargo, rodeados de sinsabores y dudas por el futuro electoral, los 40 años de recuperación de la democracia permanecían como una ilusión inalterable. Tras una primera vuelta electoral que insufló expectativas en amplios sectores de la ciudadanía, en la segunda vuelta, luego de los primeros cómputos, la desazón se extendió velozmente en muchos, mientras que –de acuerdo a dichos cómputos– una mayoría electoral había decidido legalmente iniciar otro tiempo político.
Si bien a pocos días de asumir la nueva gestión presidencial, la vida cotidiana de la mayoría de las y los ciudadanos comenzó a sentir profundos y severos cambios en sus modos de vida, desde el reciente entorno presidencial se expresaba que solo se cumplía con los anuncios de la campaña electoral, sin que dicha afirmación diese espacio para considerar si tales medidas afectaban la vida de las personas, más allá de su elección. Desde el poder político, casi exhibiendo un goce en la crueldad discursiva, respondían socarronamente que ello implicaba cumplir con lo anunciado. En las calles citadinas, mientras tanto, se acrecentaban los reclamos, a los cuales –desde las autoridades de seguridad propias del Estado– se enfrentaba con dureza en sus manifestaciones. El mismo Estado, que hasta unos meses atrás –con lentitud en ciertos momentos– había tratado de respetar los derechos sociales y políticos, en la nueva etapa institucional pasaba a ser definido como “organización criminal” por el propio presidente de la nación. Mientras, las y los ciudadanos de a pie, enfrentando vicisitudes, aguardaban con incertidumbre la entrega de medicamentos para enfermedades graves, otros temiendo el anunciado despido laboral, la no continuidad de programas sociales, salarios a la baja, universidades públicas con crisis financieras, falta de alimentos en los comedores, entre otras situaciones. La otra cara de la nueva situación había colocado en el centro el papel de las redes sociales como medio de información, en especial de las prácticas comunicacionales del presidente.
Y así fue llegando al final el primer semestre de un nuevo gobierno nacional. El panorama social cada vez más sombrío; modos de percibir la realidad diametralmente opuestos entre la gran mayoría social y las instancias del poder gubernamental y financiero. En el centro de la crisis social, los millones de argentinos y argentinas buscando respuestas ante sus necesidades. Ante tales situaciones, desde las ciencias sociales, se torna urgente intentar algunos análisis que aporten a la comprensión de la nueva situación.
Una hoja de ruta posible se inicia por detenernos en la vida cotidiana como la categoría central del recorrido. Y allá iniciamos.
¿Hay algo más allá de la costumbre?
Cuando lo habitual comienza a mostrar sus aristas y lo que parecía carecer de importancia se revela como fundamental en las actividades diarias, aquella expresión tan reiterada casi como un hábito sin mayor significación, es el momento de detenerse en su análisis y comenzar a recorrer sus características, ámbitos de observación y consecuencias en cada persona. Eso sucede con la vida cotidiana. “Banal”, “costumbre”, “doméstica” y otros calificativos similares muestran los modos en que –desde el habla diaria– se refiere al significado que ella tendría. Sin embargo, desde el rigor científico, no solo profundizar en el estudio de la vida cotidiana implica enfrentar nuevos conocimientos, sino que dicho análisis puede ser la vía regia para adentrarse en otros aspectos que condicionan la subjetividad.
Como ya hemos señalado en otros textos, partimos de entender la vida cotidiana como una categoría que cuenta con su basamento teórico, y desde allí la referencia central parte de los aportes de Ágnes Heller. La filósofa húngara afirma que aquella categoría es la verdadera “esencia de la sustancia social” y está en el “centro del acaecer histórico” (Heller, 1985, 42). En otro de sus textos, la filósofa agrega que “en toda sociedad hay, pues, una vida cotidiana: sin ella no hay sociedad”, y en adelante concluye: “Lo que nos obliga, al mismo tiempo, a subrayar conclusivamente que todo hombre –cualquiera sea el lugar que ocupe en la división social del trabajo– tiene una vida cotidiana” (Heller, 1994, 9).
Ahora bien, ¿en qué radica esa manera de comprender la categoría que nos ocupa? Vamos a detenernos en tres aspectos de los ya explicitados. La razón por la cual Heller afirma que la vida cotidiana está en el centro del acontecer histórico, en primer lugar. Ello nos conduce a los primeros desarrollos teóricos de la autora acerca del tema, en los cuales el contexto histórico y político adquiere suma importancia. Al respecto la filósofa afirma: “Toda gran hazaña histórica concreta se hace particular e histórica precisamente por su posterior efecto en la cotidianidad” (Heller, 1985, 42).
Esta expresión se vuelve a encontrar en otro de los textos de Heller, en el cual relaciona la vida cotidiana con la teoría marxista de la revolución y el fin de la Segunda Guerra Mundial. En aquel momento en que el capitalismo, que parecía colocarse como un tiempo de ilusiones que se asomaba tras la derrota del fascismo, no trajo consigo –como señala Heller– “la esperada nueva Europa de izquierda” (Heller, 1994, 7). Las consecuencias de aquellos tiempos históricos se objetivaron en la vida cotidiana de las personas, produciendo profundas modificaciones en cada una de ellas. Esta referencia es a los fines de que se pueda ir comprendiendo el significado de la categoría que ya supera la acepción común como algo doméstico y banal. Si partimos de comprender el dinamismo y la complejidad de los hechos históricos y políticos, todos ellos influyen en las relaciones sociales e interpersonales; más allá de sus implicancias macrosociales, también se manifiestan a nivel microsocial. Y es aquí donde la vida cotidiana adquiere su dimensión. De allí a comprender otra de las aseveraciones hellerianas, cuando dice que todo hombre tiene su vida cotidiana, la cual será única e irrepetible pues ella muestra las particularidades del entorno social y cultural que cada persona construye “de acuerdo al lugar que ocupa en la división social del trabajo” (Heller, 1994, 9). Ahora bien, queda otro aspecto que considerar en este análisis de manera de poder clarificar la razón de colocar a la categoría como central en él: ¿cómo define Heller la vida cotidiana?
Es el conjunto de las actividades que caracterizan las reproducciones particulares creadoras de la posibilidad global y permanente de la reproducción social (Heller, 1994, 9).
Un primer ítem es comprender que se habla de “un conjunto de actividades”; por lo tanto, ello conduce a uno de los elementos que integran la estructura de la vida cotidiana, el cual es la heterogeneidad. Desde la perspectiva teórica a la cual estamos haciendo referencia, tal elemento implica considerar “el contenido, la significación e importancia de nuestros tipos de actividad”, afirma Heller para continuar de esta manera: “Son partes orgánicas de la vida cotidiana la organización del trabajo y la vida privada, las distracciones y el descanso, la actividad social sistematizada” (Heller, 1985, 40).
Detengámonos un instante en este punto: vinculación con el contexto histórico y político que incluye lo macrosocial, luego, conjunto de actividades que permiten la reproducción social –ergo, supera el espacio personal–, y ese “conjunto” muestra que la vida cotidiana no está reducida al espacio doméstico y posee un significado de importancia para la reproducción social.
Si tomamos en cuenta la influencia del contexto histórico y político en años no lejanos de la historia reciente en Argentina y otros países de Latinoamérica, podemos recordar la incidencia de las dictaduras y sus consecuencias no solo a nivel político, sino en la vida cotidiana de las personas con sus secuelas de muertes, desapariciones, exilios externos e internos, persecuciones, pérdidas de derechos, entre otros aspectos. Este tiempo y su vinculación con las consecuencias en la vida cotidiana pueden ser estudiados a través de los aportes de Norbert Lechner junto a los de otras investigaciones que se fueron sucediendo. De Lechner y el análisis de la sociedad latinoamericana en tiempos de dictaduras, traemos la siguiente expresión: “La vida cotidiana se ha vuelto hoy visible como consecuencia de las rupturas que sufre la sociedad latinoamericana a raíz del autoritarismo”. Y continúa: “Lo que –precisamente por cotidiano– no llamaba la atención ahora deviene problemático” (Lechner, 1990, 42).
Si continuamos avanzando en el recorrido histórico y político de Argentina, en especial ya en tiempos de democracia, hallamos otro momento durante la década de 1990, con la plena vigencia de un gobierno nacional caracterizado por privatizaciones de empresas públicas, desocupación y precarización laboral, aumento de la pobreza y crisis sociales. En 2001, a aquellas situaciones se sumó el desprestigio de la política y sus actores, lo cual hizo eclosión en los recordados días del mes de diciembre que concluyeron con el pueblo adueñándose de las calles citadinas mientras desde organismos del Estado se lo enfrentaba con graves violencias institucionales. Tras esos conflictos, se sucedieron en pocos días cinco presidentes. Estas situaciones integran los recuerdos dolorosos de muchos memoriosos que fueron testigos de cada momento. Con posterioridad, lentamente se lograron derechos sociales, bienestar en la ciudadanía, confianza en la vida política, aunque siempre acechando las dificultades económicas de un país con una gravosa deuda externa.
Sin embargo, emulando el recorrido de un carrusel, la sociedad vuelve a enfrentar su circularidad, no ya intentando ganar la sortija, sino tratando de evitar daños en todos los ámbitos de su vida cotidiana. El devenir histórico y político siempre atraviesa un actor: las personas y sus condiciones de vida. Entonces, si viajamos velozmente a la actualidad, la realidad social vuelve a mostrar crisis sociales, aumento de la pobreza, destrucción de organismos de ciencia y tecnología junto a la educación, falta de insumos para la salud y crecimiento de las dificultades en la salud mental de la población, aumento de la desocupación, caída en la producción industrial, inseguridad, aumento de las desigualdades, solo por nombrar algunas situaciones vivenciadas en el día a día. En el centro de todo ello, una vez más la desestructuración de la vida cotidiana. Entonces, ella deja de estar reducida al ámbito doméstico y adquiere otro significado que, desde las ciencias sociales, convoca a analizar.
Unas consideraciones finales para este apartado. En el año 2000, en un artículo que publicamos relativo a la vida cotidiana y la cultura política (Castro, 2000), realizamos una propuesta tendiente a aportar al análisis de la categoría que nos ocupa desde una perspectiva psicosocial, partiendo del enfoque teórico helleriano. Así fue como describimos una manera de analizar la estructura de la vida cotidiana, centralizando la idea en la heterogeneidad y la jerarquía. En ese sentido, identificamos como ámbitos los diversos espacios posibles de inserción social. Ellos son los siguientes:
- laboral;
- familiar;
- cultural;
- sociedad civil;
- personal.
Cada uno de estos ámbitos se interrelaciona entre sí, de modo tal que una alteración o modificación en alguno de ellos impactará en la organización y el desarrollo de los otros. Si acudimos a esta propuesta para adentrarnos en la situación argentina en la actualidad, sin duda alguna, más allá de las esperables diferencias individuales, podemos advertir que todos esos ámbitos se han visto alterados frente a las actuales políticas del gobierno nacional. Dado que, en nuestras prácticas investigativas, desde el año 2000 venimos dedicándonos al estudio de las culturas juveniles en la provincia de San Luis (Argentina), a fin de poder contar con información empírica, acudimos a encuestas realizadas desde el proyecto de investigación[1].
Vale mencionar que, durante los años 2020 y 2021, atravesados por la crisis ocasionada por el COVID-19, apelamos al uso de encuestas virtuales con la finalidad de conocer las características que presentaba la vida cotidiana de las juventudes en ese particular momento social. Tras el regreso a la presencialidad, junto a otras estrategias de recolección de información, continuamos apelando a la modalidad virtual para así conocer los modos de ser percibidas y sentidas por las juventudes las situaciones del contexto y la incidencia de ellas en sus vidas. En esta ocasión apelaremos a dos encuestas realizadas durante 2023 y 2024, tan solo en dos ejes que se relacionan con los problemas que procuramos analizar en este texto.
En la primera realizada, les consultamos acerca de las situaciones que les preocupaban. A tal fin, separamos las respuestas en dos modalidades: a) personales y b) colectivas. Un primer análisis nos permitió observar que las preocupaciones –salvo una sola respuesta– describían preocupaciones colectivas. En estas últimas propusimos ejes relativos a economía, género, medio ambiente, juventudes, salud mental y derechos sociales. Ninguna respuesta colocó la atención en un solo tema; por el contrario, la mayoría de ellas ubicaron las preocupaciones en la situación social, cultural, económica y política de Argentina. Es importante señalar que esta encuesta se propuso en el mes de marzo de 2023, año en el cual ya estaba previsto el calendario electoral que finalizaría en octubre de dicho año (Castro, 2024). Una primera reflexión nos muestra el papel del contexto en la construcción de la cotidianidad y junto a ella la necesidad de entender el papel de la politicidad que ella tiene. Solo a modo de ejemplo, citaremos algunas respuestas de las juventudes con referencia a sus preocupaciones:
- La falta de trabajo. El precio de los alimentos y vestimenta. La situación actual del país. Las personas que no cuentan con recursos.
- El aumento de los casos de maltrato a la mujer.
- Contaminación, medio ambiente, maltrato animal.
- La falta de oportunidades para las juventudes, la desigualdad social.
- La falta de conocimiento sobre salud mental.
- Desempleo, el avance de la derecha, la inflación, la baja en la calidad de vida política.
En el mes de marzo de 2024, volvimos a subir a las redes de los integrantes del equipo de investigación otra encuesta tendiente a conocer las expectativas que tenían ante el nuevo gobierno, si ellas se habían mantenido o disminuido y cuáles aspectos habían sido afectados ante las políticas del nuevo gobierno nacional. Con relación a este último ítem, el 52 % respondió que se habían visto afectados ámbitos de su vida, el 14 % opinó que ninguna y un 9 %, que solo algunas. A modo de ejemplo, se transcriben algunas respuestas:
- Ámbitos afectados
- Se incrementaron notablemente los gastos mensuales de alimentos y servicios, la vestimenta es cada vez más difícil (compro en cuotas y solo lo necesario para el frío/calor).
- La situación económica es alarmante y con este gobierno se espera la pérdida de derechos adquiridos (sobre todo desde una perspectiva social), que nos afectan a todxs como conjunto social.
- Antes compraba con mi pareja la mercadería para el mes y bolsón de carne, pañales y de más para mi nena, y ahora apenas llegamos justo.
- Ninguna afectación
- Mejorará con la eliminación de la inflación, solo hay que ser pacientes.
- Me parece apresurado decir que algún aspecto de mi vida fue afectado directamente por alguna política aplicada por este gobierno, que aún no ha tenido tiempo de desplegarse completamente y aplicar su plan de gobierno.
- Podemos vivir mejor, la economía se va a establecer.
Cuando les consultamos con relación a las propuestas del gobierno nacional, el 34 % señaló que no estaba de acuerdo, el 22 %, de acuerdo, y el 13 %, que solo con algunas, mientras que el 2 % no respondió.
Con la finalidad de que podamos ir avanzando en el estudio, valen algunos ejes que continuaremos profundizando en los apartados siguientes: la confianza en las políticas gubernamentales, la influencia de las emociones en la construcción de la subjetividad social y la politicidad de la vida cotidiana.
Cuéntame quién eres
En la construcción de las relaciones interpersonales, deviene importante contar con información acerca de quién es ese otro u otra con quien se establece algún vínculo. Así, desde el desarrollo psicosocial, la filosofía y hasta la política, tener esa información, ya sea a través de actitudes, señales o contactos personales, posibilita elaborar un piso básico que favorecerá el vínculo. Erik Erikson, en el desarrollo de su propuesta teórica sobre el desarrollo psicosocial, planteaba a la confianza como un sentimiento básico para el desarrollo de la autonomía. Tanto ese sentimiento como su contracara, la desconfianza, dependen de los comportamientos externos al sujeto; de modo tal que la primera muestra la influencia del contexto –en especial familiar desde esa perspectiva teórica– con actitudes de afecto y cuidado, mientras que la segunda, por el contrario, reflejará actitudes opuestas en cuanto a los afectos que reciben las infancias. Ágnes Heller, por su parte, en el análisis de la estructura de la vida cotidiana, presenta una diferencia entre la fe y la confianza. Acerca de ambas, afirma que tanto una como la otra desempeñan una función muy importante en la vida cotidiana y señala que “la fe religiosa suele ser más intensa y más incondicional, y la confianza tiene significación más intensa y emocionalmente más grande en la ética o en la actividad política” (Heller, 1985, 59).
Desde el análisis político, acudimos a Norbert Lechner, quien, al estudiar los procesos políticos, en particular en Latinoamérica, aseveraba que “la confianza es fundamentalmente una relación intersubjetiva que se desarrolla en la interacción social a través de una secuencia temporal (la confianza es ofrecida, aceptada y devuelta, probada y confirmada” (Lechner, 1987, 64). Asimismo, en otro de los textos del mismo autor (Lechner, 1990), agregará que, si bien “la confianza no elimina la incertidumbre, permite tolerar un grado mayor de inseguridad” (79).
Regresemos a algunas de las respuestas brindadas por las juventudes en la encuesta de nuestro proyecto de investigación propuesta en marzo de 2024, cuando se les consultó si, tras la asunción del gobierno libertario, se había afectado su modo de vida. Entre quienes respondieron negativamente, hallamos respuestas como las siguientes:
- Mejorará con la eliminación de la inflación, solo hay que ser pacientes.
- Tengo mucha fe en que la situación va a mejorar, cuesta creerlo a veces, pero me siento positiva al pensar que va a mejorar.
- Podemos vivir mejor, la economía se va a establecer.
Las tres respuestas que mostramos intentan mostrar la necesidad de no soslayar el papel de los sentimientos en las opiniones, reacciones y actitudes que lxs sujetos manifiestan con relación a la política y sus prácticas. En este sentido, acudimos a Chantal Mouffe, quien afirma lo siguiente: “La adhesión a la democracia es una cuestión de identificación con los valores democráticos, y esto constituye un proceso complejo donde los afectos juegan un rol central” (Mouffe, 2023, 36).
Colocar a los afectos en el estudio del comportamiento político muestra un camino de suma importancia para intentar comprender las actitudes y elecciones políticas en los últimos años. Frente al auge de movimientos de derecha a nivel mundial, quizá tendríamos que atender si, en las elecciones políticas que conducen a gobiernos de ese perfil ideológico, hay algún atravesamiento de ciertas emociones. En las respuestas, como las descriptas en párrafos anteriores, se advierte fácilmente la apelación a la fe y a creencias personales por sobre razonamientos con argumentos racionales. No obstante, sería erróneo desdeñar las emociones en los análisis de los comportamientos de las personas frente a la política, ubicándolas como irracionales sin incidencia en sus elecciones políticas.
Ahora bien, ¿cómo se definen las emociones? Desde la psicología se suelen asemejar los afectos a las emociones. Whittaker (1970, 177) afirma que ellas se manifiestan en el comportamiento como en la experiencia subjetiva de la persona. Este análisis nos va mostrando que, aunque en ocasiones se lleguen a banalizar las categorías propias de las ciencias sociales, cada una de ellas cuenta con su rigurosidad teórica, y andar ese camino nos conduce a comprender de un modo apropiado el real significado y comprensión de cada concepto.
Una breve reflexión antes de continuar. Si acordamos que en las emociones “intervienen procesos cognoscitivos”, ya advertimos que no son maneras irracionales de responder; hay en ellas un compromiso fisiológico y psicológico que se manifiesta como una respuesta ante estímulos externos que perturban o alteran al sujeto. Van algunos ejemplos de respuestas a la encuesta desarrollada por nuestro proyecto de investigación que estamos referenciando en este texto:
- Con relación a su vida personal tras las elecciones:
- El gobierno anterior nos dejó un montón de deuda, ni hablar de la deuda de Kicillof con YPF.
- Acuerdo con las propuestas del nuevo gobierno nacional:
- No estoy de acuerdo en que los extranjeros estudien gratis a base de los impuestos que pagamos nosotros para que ni siquiera aporten a nuestra sociedad.
- Estoy de acuerdo con absolutamente todas las políticas impuestas, son necesarias, basta de corruptos y de vividores del Estado.
- Estoy de acuerdo que les saque a los peronistas todo lo que nos quitaron y que ponga más ley, que haya más seguridad.
En cada una de las respuestas anteriores, se puede observar la clara diferencia entre “nosotros” y “ellos”: el gobierno anterior, los extranjeros, los peronistas, tan solo por mencionar a quienes se alude en cada una de ellas. Tal diferenciación separa entre quienes serían los responsables de la crítica situación que vive el país y, por el otro lado, quienes se presentan como aquellos que vienen a resolverla. Dado que en la encuesta no se solicitaba fundamentar la respuesta, solo nos quedaría espacio para inferir acerca del basamento cognoscitivo de esta, aunque es evidente que las emociones que advertimos en las respuestas son consecuencia de situaciones que, de alguna manera, cada sujeto piensa que han afectado su situación personal. Y esa inferencia nos conduce a otra de las preguntas de la encuesta, que preguntaba a través de qué medios accedían a las informaciones. Vamos a profundizar ese punto en otros apartados de este texto.
No obstante, y como un modo de ir adelantando conclusiones parciales en cada tema, entendemos que apelar a las emociones no resulta banal por cuanto –tal como se señaló– en ellas intervienen elementos cognoscitivos que pueden ser incorporados a través de diversos medios externos al sujeto, esto es, por ejemplo, los medios por los cuales se informa. Pero ello nos dejaría solamente en el plano de la individualidad, y, como nos interesa intentar una mirada colectiva, nos detuvimos en las pasiones y allí advertimos de qué manera las identificaciones colectivas atraviesan las actitudes y los comportamientos sociales, marcando una clara posición entre “nosotros” y “ellos”.
Del yo al otro
Si partimos de la concepción schutziana en la cual el mundo de la vida cotidiana no es un mundo privado, sino compartido con otros, podemos acercarnos a comprender dicha categoría desde otra mirada. En su momento (1997), propusimos que en dicha esfera el sujeto va conformando la subjetividad y la identidad social. De ello se desprende que una de sus características esenciales se refiere al dinamismo en su construcción y a la influencia que en ella tienen aspectos que provienen de condiciones externas al individuo, tales como los referidos a factores socioeconómicos, políticos y culturales. La identidad social, por su parte, se entenderá como la fuente de sentido construida a partir de las instituciones dominantes que el individuo incorpora como propia actuando en consecuencia; de ellas incorporará modos de comportarse y maneras de actuar. Solo a manera de orientación para continuar el análisis, podemos identificar entre dichas instituciones:
- familia;
- educación;
- religión; y
- sociedad civil.
Esta última es la que va mostrando diversas aristas en su representación y mayor diversidad en su anclaje. De manera tal que en ella consideramos a los partidos políticos y demás organizaciones de la sociedad civil en las cuales el sujeto puede referenciarse, como así también los medios de comunicación. De dichas instituciones dominantes, el sujeto no solo irá incorporando actitudes y valores, sino también elementos para construir la identidad social a través de la cual se relacione socialmente. A diferencia de la identidad personal, acá nos acercamos a incorporar el papel de la intersubjetividad, de manera que se supera la autopercepción y se considera la incidencia del grupo en su conformación, donde es fundamental la socialización del sujeto. Desde esta perspectiva, acordamos con la afirmación de Chantal Mouffe cuando asevera que “toda identidad se construye a través de una diversidad de identificaciones con objetos socialmente disponibles como imágenes y significantes” (2023, 53), y en ese proceso es preciso reflexionar sobre los afectos.
El otro elemento que señalamos se funda en la esfera de la cotidianidad, y es la subjetividad social, que tiende a la elaboración de un proyecto social. Partimos de la afirmación de González Rey al definir el concepto de “subjetividad social” como “la forma en que se integran sentidos subjetivos y configuraciones subjetivas de diferentes espacios sociales” (2008, 234).
Una vez más se nos presenta la necesidad de considerar la otredad que está en la base de la subjetividad política. En este sentido, coincidimos con Bonvillani cuando afirma desde su análisis teórico que tal concepto es
una fabricación colectiva que se trama en el encuentro con el otro cuando se llega a la convicción –más o menos consciente, en orden a que se trata de un sentido práctico construido en la lógica de la acción– de que se comparten los mismos sufrimientos y, también, los mismos sueños de transformación de la opresión (Bonvillani, 2009, 200).
A partir de lo señalado hasta acá, la reflexión puede mostrar bifurcaciones diversas: ¿qué sueños se comparten?; ¿quiénes serían los responsables de cumplir dichos sueños?, en definitiva, ¿qué esperan las y los ciudadanos de quienes los representan en los espacios públicos de la política? Podríamos señalar de manera muy breve que aguardan contar con las herramientas y respuestas para cubrir sus necesidades sociales, en especial, aquellas cuya responsabilidad radica en las instituciones políticas.
Regresamos, una vez más, a los trabajos de nuestra investigación acerca de culturas juveniles. Primero apelaremos a las respuestas que nos brindaron en una encuesta originada desde el proyecto en 2023. En ella, les consultamos sobre cuáles eran los temas que les preocupaban a las juventudes en ese tiempo, previo a las elecciones nacionales.
En primer lugar, advertimos que, con excepción de una sola respuesta, la mayoría de ellas ubicaba las preocupaciones en lo colectivo, por ej.:
- La brecha cada vez mayor de desigualdad y pobreza.
- La falta de oportunidades para las juventudes, la desigualdad social.
- DD. HH., violencia de género, vulnerabilidad en el acceso a derechos.
- La economía, la inseguridad, la pobreza, el destrato a los jubilados y el aumento de los casos de maltrato a la mujer.
En los primeros meses de 2024, a través de una nueva encuesta, les consultamos a las juventudes si, tras la asunción del nuevo gobierno nacional, se había visto afectada su vida; algunas respuestas fueron las siguientes:
- Aumento de precios y peligro de privatización de la educación y la salud. Quita de subsidios. Aumento de la desigualdad.
- El ámbito económico principalmente, que desencadena en perder hábitos como la terapia, actividades de ocio, y un deterioro de la salud mental.
- La fuerte devaluación, caída de los salarios y consumo.
Entonces, ¿qué podríamos reflexionar a partir de las anteriores respuestas? En primer lugar, una circunstancia que ya habíamos mencionado en otro texto (2024) respecto a entender la politicidad de la vida cotidiana como un eje de análisis, por cuanto, como ya se ha explicitado en párrafos anteriores, la vida cotidiana está atravesada tanto por elementos personales como del contexto, y todo ello pone en evidencia que su construcción está mediada por las circunstancias históricas que enfrenta el sujeto; no es un solo ámbito de su vida el afectado, sino diverso, y además que la responsabilidad por no obtener respuestas radica en actores externos a su espacio, en este caso, el contexto sociopolítico.
En un segundo aspecto, las respuestas revelan por dónde transitan las preocupaciones y –en términos generales– es posible agrupar esas preocupaciones en ejes comunes: la situación económica y la manera como ella afecta modos de vida de las personas; incertidumbre ante la posibilidad de pérdida de derechos sociales conquistados; violencias de género, salud mental y falta de proyectos hacia las juventudes. Todas esas necesidades en riesgo hacen prever aumentos en las brechas de desigualdades en la población. Si bien las primeras respuestas corresponden a una encuesta realizada durante un gobierno nacional de signo político diferente al que asumió después, advertimos que las demandas se dirigen en un mismo sentido en cuanto a las necesidades vulneradas. En consecuencia, en dos momentos temporales, observamos que los reclamos no difieren sustancialmente y, más allá de las diferencias políticas entre los gobiernos nacionales, permanecen sin resolución favorable para la sociedad. Estamos allí frente a la responsabilidad de quienes tienen que dar esas respuestas: los actores políticos.
Entonces, regresamos al papel de la subjetividad política. Ella implica la noción de “nosotros” y, por consiguiente, la posibilidad de construir sentidos y significados acerca de lo público; allí la dimensión afectiva moviliza esa tensión entre los proyectos personales y los colectivos. Ahora bien, en esa construcción se asoman aspectos tales como la confianza hacia los representantes políticos, pero también las relaciones sociales y los involucramientos de los sujetos. En la encuesta 2024 de nuestro proyecto de investigación, consultamos a las juventudes sobre su manera de entender la política y sus actores. Las respuestas fueron que el 52 % los consideraba “alejados/as de las preocupaciones de los ciudadanos”, el 15 %, como “grupos cerrados que no se renuevan”, y el 33 %, como “necesarios y preocupados por la realidad”.
En este ida y vuelta por el recorrido que venimos haciendo de distintas categorías en este texto, nos parece apropiado regresar a la confianza, como un aspecto sustancial en las relaciones interpersonales y sociales. De modo que la representación de las juventudes hacia la política y sus actores muestra que un 67 % entiende que, al no dar respuestas a las necesidades de las y los ciudadanos, están poniendo en cuestión la confianza en actores que el sistema político coloca como responsables de tal acción. ¿Qué se demanda a los actores políticos? Nada más y nada menos que hacer realidad promesas de campaña que permitan afrontar las necesidades vitales de cada persona. Ese sentimiento resulta valioso en las representaciones sociales y actitudes de las y los ciudadanos hacia los actores políticos, en tanto y en cuanto, al obturarse la confianza, se acrecienta el nivel de incertidumbre hacia las políticas que se plantean desde los espacios de gobierno, y ello podría conducir a la búsqueda de salidas mágicas o rupturas del modo de vida democrático en su formato más crítico. Dejamos por ahora el interrogante acerca de posibles motivos que condujeron a la elección de un gobierno libertario en las últimas elecciones en Argentina, para continuar buceando en otros aspectos analíticos.
El otro y las pantallas
A partir de marzo del 2020, en Argentina, al igual que en todo el planeta, se comenzó a transitar un hecho sin precedentes en la humanidad contemporánea: la presencia de una pandemia ocasionada por un virus que se había anunciado en un lugar que la mayoría en el país desconocía hasta entonces. De una ciudad china llamada Wuhan, se comunicaba al mundo que un virus empezaba a trastocar la vida de todas las personas, fuese cual fuese el lugar en que habitaran. En Argentina, a partir de aquel momento, se inició un prolongado tiempo en que la incertidumbre –no solo relacionada con la extensión de la pandemia, sino con la manera de enfrentar al virus– resultaba con muchas preguntas sin respuestas por entonces. Como un modo de protección social, la mayoría de los gobiernos en el mundo solicitaron a sus habitantes recluirse en sus hogares como una manera de autoprotegerse hasta tanto se obtuvieran las vacunas apropiadas para enfrentar al virus. A partir de ese momento, todas las actividades debieron alejarse de la presencialidad. Si bien, en otros textos (Castro, 2020; 2021), procuramos hacer un recorrido por las circunstancias personales y sociales que atravesaron la pandemia ocasionando una inesperada desestructuración de la vida cotidiana, tan solo traemos a colación ese momento de la humanidad para vincularlo con un actor que, si bien para muchas y muchos ya se había incorporado en las habituales formas de vida, los años de reclusión en los espacios domésticos –por razones de autoprotección– acrecentaron su presencia de manera generalizada y se transformaron en actores fundamentales para mantener los vínculos personales, sociales y laborales. Las pantallas se fueron convirtiendo en las únicas ventanas hacia el mundo y la vida que continuaba su recorrido. Así fue como “los otros” pasaron a ser imágenes que se acercaban a través de ellas. De manera tal que las corporalidades quedaron relegadas y, si bien los dispositivos favorecían la continuidad de los vínculos, el individualismo iba ganando su espacio como consecuencia de la soledad que imponía la pandemia, y un modo de enfrentar temores, angustias e incertidumbres fueron las pantallas. El retorno a la presencialidad, aunque pareciese que hubiese sido casi como dar vuelta una página en muchas actividades y reencontrar un nuevo equilibrio en la vida cotidiana, no sería sencillo, más aún porque la humanidad ya no era la misma de antes, pues, previamente a la pandemia, soterradamente para la gran mayoría, el mundo ya venía mostrando sus dificultades. Así lo afirma Berardi cuando señala: “La sociedad global no entró en una situación comprometida a causa de la explosión de la epidemia de coronavirus. Ya estaba al borde del colapso” (2022, 26).
Las brechas de desigualdad ya estaban presentes en el mundo; así lo aseveraba el informe de Oxfam publicado en 2021:
Estas desigualdades son consecuencia de un sistema económico fallido que hunde sus raíces en la economía neoliberal y el secuestro democrático por parte de las élites, y que explota y exacerba sistemas profundamente cimentados sobre la desigualdad y la opresión, como el patriarcado y el racismo estructural, impregnados de supremacismo blanco (2021, 11).
La pandemia por el COVID-19 solo acrecentó las dificultades y fue el tiempo propicio para el protagonismo de otros actores sociales que, a poco de andar en la presencialidad, fueron perfeccionando y extendiendo su representación en la vida cotidiana de la humanidad: las pantallas y las redes sociales. Si bien la amplitud de sus usos mostró resultados favorables en la continuidad de la vida, también evidenció de manera cada vez más creciente su protagonismo en todos los ámbitos de la cotidianidad. Es sabido que los dispositivos electrónicos son herramientas informáticas cuyos usos y modos de utilizar dependen de la actitud de cada persona. Como el personaje de la novela de Arthur Clarke, podríamos afirmar lo siguiente:
Era real, o […] bien una quimera de los sentidos, pero tan bien ideada, que no había medio alguno de distinguirla de la realidad. Quizá se trataba de alguna especie de prueba; de ser así, no sólo su destino, sino el de la raza humana podría depender de sus acciones en los próximos minutos (1998, 224).
Durante el tiempo de la pandemia, los contactos personales solo se habilitaron por cuestiones de salud o emergencia, pero la mayor parte de las actividades continuaron sus desarrollos de manera virtual. Las pantallas acercaban lo que sucedía en el mundo, pero también eran mediadoras de las emociones, un elemento no menor en la construcción de la subjetividad que parecía quedar reducido a la intimidad. Sin embargo, la alteración en el tiempo y el espacio –ya fuese en lo familiar, laboral y social–, las nuevas condiciones de la supervivencia humana hallaron en las pantallas un medio apropiado para expresar los sentimientos: tristezas, miedos, angustias y, con menores exposiciones, también algunas alegrías. Aunque, sin dudas, las primeras emociones predominaron pues la novedad ante los cambios que ocasionaba la presencia de un virus desconocido traía consigo alteraciones en los comportamientos sociales para los cuales no se contaba con una planificación. La única vía de comunicación interpersonal parecían ser las pantallas –a través de distintos dispositivos–, las cuales, de modo predominante en los espacios urbanos, ya estaban formando parte de los hábitos y usos de la mayoría de la población.
Junto a aquellos sentimientos que señalábamos en líneas anteriores, se hicieron presentes dos situaciones, las que, si bien preexistían al tiempo de pandemia, fueron visibilizadas y acrecentadas por ella; nos referimos a las violencias intrafamiliares y la soledad. ¿Con quién compartir esas situaciones y obtener alguna ayuda para enfrentarlas? De tal manera, las pantallas acercaron sesiones de terapia psicológica, entrenamientos físicos y también encuentros amorosos. Con excepción de actividades formales e institucionales, el anonimato entre los interlocutores podía ser habitual, quienes disponían de sus propios tiempos para realizar la acción y elegir su duración: si no resultaba placentera, se finalizaba.
Si a ello le agregamos que la reclusión en el espacio doméstico y privado no había sido consecuencia de decisiones personales, sino institucionales, externas a cada persona, y tampoco la extensión de esa situación contaba con una fecha determinada en el calendario, eran esperables reacciones de desaliento, bronca y mal humor. La presencia del COVID-19 se adueñó de la vida de toda la humanidad, y la incertidumbre por el futuro fue la constante.
Entonces, las pantallas se volvieron de manera predominante la compañía apropiada para acompañar la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo. Y regresamos al último párrafo de la novela de Arthur Clarke y reflexionamos:
Luego esperó, poniendo en orden sus pensamientos y cavilando sobre sus poderes aún no probados. Pues, aunque era el amo del mundo, no estaba muy seguro de qué hacer a continuación (1998, 237).
Tras la pandemia, las redes sociales se transformaron en protagonistas casi absolutas de las prácticas humanas, en especial de las juventudes. En la encuesta que propusimos desde nuestro proyecto de investigación en los primeros meses de 2024, les consultamos a través de cuáles medios se informaban. Las respuestas fueron las siguientes: a) redes sociales: 69 %; b) radio y televisión convencional: 17 %; c) lecturas personales: 14 %. Tales respuestas de ninguna manera sorprenden, pues, en anteriores encuestas que realizamos durante 2020, fueron similares en cuanto a los medios a través de los cuales se informaban; sin embargo, nos permiten adentrarnos en algunos comentarios sobre el significado emocional en los usuarios y usuarias de los dispositivos, en especial, ¿qué permitía esa comunicación interpersonal mediada por pantallas? Sin dudas, superaba un entretenimiento; algo más importante para un análisis psicosocial tenía que mostrar. Apelamos a Eric Sadin, quien señala:
… en dos décadas hemos pasado de la era del acceso a la era del exceso. Y esto ocurre porque particularmente practicamos, de modo regular, la enunciación pública de las propias opiniones a través de una pantalla que suministra la oportunidad de liberar la propia rabia, de denunciar día y noche –aunque bastante inútilmente– un cierto orden de cosas (2022, 31).
La pregunta consecuente es cuál es la importancia que le dan los sujetos a exponer públicamente sus opiniones. Podríamos inferir que hay un interés en superar el anonimato, dejar de ser solo uno más en la multitud y así mostrar a otros que es posible enunciar opiniones propias. Este razonamiento nos conduce a otros senderos que cada vez pueden ir bifurcándose más. En cuanto a dejar de ser parte de la multitud, podríamos inferir que responde a que no se sienten representados por los dirigentes políticos o sociales en las actitudes de ellos; también, que expresar las opiniones propias no requiere necesariamente contener certeza en el mensaje ni un minucioso análisis que supere algunos pocos caracteres.
A ello, podemos agregar que tampoco es condición fundamental demostrar la verdadera identidad. Volvemos a Sadin cuando afirma que el uso de una pantalla también abre la ventana de “liberar la propia rabia”. ¿Qué contiene esa rabia? Podemos considerar que esa emoción que refiere Sadin es el resultado de no hallar respuestas a las necesidades propias de cada sujeto como ciudadana o ciudadano de un país. Por consiguiente, ¿qué hallamos hasta acá en nuestro recorrido del análisis? En las sociedades organizadas, las y los dirigentes políticos y sociales representan a las y los ciudadanos. Ellas y ellos son responsables, por su función, de brindar respuestas a las necesidades de quienes les otorgan la representación pública; si estos no cumplen tal cometido y los medios para acercarse a tales dirigentes no son los adecuados –para las personas comunes– o no son suficientes frente al reclamo, las redes sociales se presentan como el medio apropiado no solo para el reclamo, sino también para la crítica y el enojo. A través de esos mensajes, no se procura proponer soluciones, predomina el reclamo pues no es responsabilidad del ciudadano buscar tales soluciones.
En ese camino de reflexiones, podríamos agregar dos elementos más para tratar de comprender el protagonismo que ofrecen los mensajes mediados por las pantallas: el tiempo que implica redactar el mensaje y enviarlo, unos pocos minutos y el mensaje puede llegar a un auditorio más amplio que el grupo de allegados; y el otro elemento es manifestar la propia voz y con ello cierta espectacularidad. Acudimos a Guy Debord, quien expresa: “El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes” (1995, 9). Y más adelante agrega: “El espectáculo no quiere llegar a ninguna otra cosa que a sí mismo” (1995, 12).
Por consiguiente, las comunicaciones mediadas por las pantallas se tornan la manera más oportuna para expresar las propias opiniones y manifestar las emociones. Allí concluye el objetivo del mensaje.
Más allá de lo que venimos proponiendo en párrafos anteriores, al igual que las monedas, nos falta atender la otra cara de la relación entre las y los ciudadanos y sus representantes y dirigentes políticos y sociales. En los últimos años, y también aquellos que comprendieron la pandemia por COVID-19, se fue tornando cada vez más habitual que algunos políticos apelaran a discursos violentos para dirigirse a sus opositores. De aquellos momentos, todas y todos recordaremos a los grupos antivacunas o quienes se oponían al encierro en los hogares ocupar las calles citadinas con marchas y expresiones de rechazo beligerantes ante las medidas gubernamentales.
Pero también ya desde antes habíamos comenzado a observar comportamientos con una fuerte carga de violencia dirigida a dirigentes políticos del oficialismo de entonces –lo que se acrecentó tras la pandemia–, que mostró su punto de máxima violencia con el atentado a la por entonces vicepresidenta de Argentina, Cristina Fernández, el cual fue visto por millones de personas a través de las pantallas de televisión, en el mismo instante en que el atacante gatillaba a pocos centímetros de la cabeza de la dirigente política. Ese intento de femimagnicidio hacia una lideresa política ocurrido el jueves 1 de septiembre de 2022 a las 20:52, en el barrio de Recoleta, Buenos Aires (Argentina), marcó un clivaje en los acuerdos democráticos en el país que, de manera tácita y comprometida, se habían establecido desde el regreso a la democracia en 1983. En un texto urgente escrito en 2022, a pocos días de aquel hecho, proponíamos detenernos a pensar en los comportamientos violentos que se venían sucediendo en Latinoamérica dirigidos hacia líderes y lideresas políticos que tenían que apelar a fuertes medidas de seguridad para proteger sus vidas en tiempos de campañas electorales; ninguno de ellos con la cercanía y ferocidad del atentado a la exvicepresidenta y con antelación dos veces presidenta de Argentina. Ya en meses previos a ese hecho, las pantallas habían mostrado grupos de personas exaltadas que se agrupaban frente a lugares de trabajo de la propia Cristina Fernández y ante las rejas de la Casa Rosada –sede del gobierno nacional– con pancartas, marchas de antorchas, imágenes de guillotinas y bolsas mortuorias con los rostros y nombres de la mencionada Fernández, el presidente del país y organismos de derechos humanos. La velocidad en el envío de mensajes e imágenes que permiten las pantallas convencionales junto a las redes sociales amplificó la difusión en cualquier espacio geográfico en que se hallaran las personas de todos aquellos acontecimientos.
Junto a estas situaciones, también se posicionaron los comunicadores sociales, a la par de las redes sociales, cuyas características ya hemos señalado en párrafos anteriores. En la programación televisiva, se hicieron habituales programas en los cuales el modo de comunicarse era a través de frases altisonantes y violentas y gritos, sin que interese la veracidad del mensaje; modalidades que en las redes sociales ya eran comunes. Daba la impresión de que cada grito violento aumentaba el rating de la programación. Tras el paso de los años recientes, nada mejoró, por el contrario, continúa exacerbándose ese estilo. Por otro lado, algunos comunicadores se posicionaron como líderes de la opinión ciudadana, y, aunque el estilo de comunicación no incluyera gritos, el mensaje y las opiniones que transmiten no necesariamente cuentan con certeza, y colocan la responsabilidad de los males sociales en determinados grupos y personas. En esas comunicaciones siempre “el otro” es responsable de los males que aquejan a quienes emiten el mensaje, pero también apelan a males colectivos. Entre los grupos destinatarios en Argentina de tales mensajes violentos, figuran las mujeres, las diversidades de género, las juventudes, las lideresas políticas y otros dirigentes opositores a la derecha y los libertarios. Esos “otros” también pueden ser inmigrantes –acentuado si son de países no desarrollados–, a quienes se los responsabiliza de usar la salud, la educación y otros derechos sociales en desmedro de lo que “debería” quedar solamente a quienes nacieron en el país. Desde esa perspectiva, a esos “otros” solo les cabe la destrucción o la muerte. Aquellos que, en términos de Judith Butler, constituyen esas vidas no duelables y cuya desaparición nadie lamentará. Sin embargo, vale otro comentario: ¿quién decide esa actitud ya que ninguna persona debería ser diferente a otra, al menos en sus derechos? Esas relaciones asimétricas están mostrando el resultado de las desigualdades en la vida en sociedad. La justicia, sus actores y sus prácticas también pueden trasuntar en muchas de sus decisiones, comportamientos que reflejan el desinterés por determinadas personas o colectivos sociales.
Otro elemento que es preciso tener en cuenta en nuestro intento de análisis son las palabras. En un discurso de Julio Cortázar (1981) con motivo del quinto aniversario de la dictadura en Argentina, señalaba: “Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor”, y apelaba allí a reconocer que las palabras pueden ir perdiendo su vitalidad a fuerza de ser repetidas y maltratadas. Más adelante, en el mismo texto, afirma:
Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración, es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manera de servirse de los mismos conceptos que estamos utilizando aquí esta noche para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consigna de su ideología.
El maltrato y menosprecio por el cuidado de las palabras se observa rápidamente viendo cualquier programa de televisión donde predomina el lenguaje chabacano, burdo, además de violento, siempre apelando a las emociones del espectador. Las redes sociales le agregaron otros aspectos de envergadura para la autopercepción de los sujetos: mostrarse ante una vasta audiencia, apelar a expresiones grandilocuentes y exasperadas y sentirse protagonista por unos momentos. Junto a las palabras, orales y a través de unos pocos caracteres e hilos de mensajes, se asomó hacer pública la intimidad y, en un aquelarre auditivo y visual, dejar de ser una voz anónima y solo atender a cuántos seguidores se logra o cuántos likes ubican al sujeto como una persona valiosa en el microcosmos tecnológico de soledades humanas buscando atención. Otro punto a considerar en cuanto al uso de las palabras, tal como afirmaba Cortázar, es tener en cuenta que, desde movimientos no democráticos, o como en el caso actual de las derechas en Argentina, se apropian tales grupos de palabras como “libertad”, otorgándole un significado afín a su ideología y alejado de la comprensión primigenia de la palabra.
Con estos recorridos analíticos que venimos proponiendo, ¿qué características presenta la vida cotidiana en la contemporaneidad y cómo afecta la construcción de las identidades sociales y la subjetividad política?
Bailando en la cornisa cotidiana
En este apartado vamos a colocar el acento en los dos elementos que –desde nuestra perspectiva– se construyen en la esfera de la vida cotidiana, tal como lo propusimos al comienzo del texto. Del recorrido teórico realizado en apartados anteriores, iremos retomando esas ideas para reflexionar respecto a las características que muestran tanto las subjetividades sociales como las identidades sociales. Entonces, si, tal como aseveraba Heller, la vida cotidiana está en el centro de la historia, si ella no es inmutable, por el contrario, con un dinamismo no exento de conflictos, si cada sujeto cuenta con su propia vida cotidiana, su configuración va a depender de las situaciones que ofrezca el contexto social y político en el cual realiza las actividades, las que van a poner en evidencia dificultades y posibilidades que ese tiempo social le permita; por consiguiente, todo ello se pondrá de manifiesto en la heterogeneidad de cada sujeto. Tenemos allí un primer aspecto que nos conduce a proponer la politicidad de la vida cotidiana, otorgándole una relevancia que el sentido común le desconoce. Tal manera de comprenderla nos abre la perspectiva para acercarnos de modo particular a los dos ejes que se construyen en esa esfera y, de tal forma, ir acercándonos a una reflexión más afín al tema que nos interesa tratar en este texto: la vida cotidiana en la contemporaneidad.
Partimos entonces de la subjetividad social y sobre ella señalamos que conduciría a poder conformar un proyecto social, integrando sentidos y configuraciones subjetivos. De allí llegamos a la subjetividad política que nos aporta incorporar los vínculos intersubjetivos y arribar a esa noción de “nosotros”, y es en ese espacio donde los sentimientos cobran su dimensión. Acordamos con la afirmación de Chantal Mouffe al diferenciar entre las emociones y las pasiones, en tanto y en cuanto las primeras –que cuentan en su raíz con elementos cognoscitivos– están ligadas a las individualidades, mientras que las segundas –y en el marco político concretamente– nos acercan a un aspecto sustancial, que son las identidades colectivas, por cuanto diferenciarán entre el “nosotros” y “ellos”. Tales identidades son centrales para el pensamiento favorable hacia la democracia. Sin embargo, en esos sentimientos, ya sean dirigidos a vínculos interpersonales o a colectivos, la confianza cobra su importancia. Tener cierta certeza de que “el otro” o “los otros”, léase en la vida política a sus representantes y sus prácticas, no defraudarán sus promesas y sus necesidades sociales no mostrarán dificultades puede ser el ideal. No obstante, el contexto político y económico de cada país también cuenta con su complejidad, que favorecerá o no dar las respuestas a las demandas. En ese marco, desde las individualidades se manifiestan las emociones: de enojo, de ira, de alegría, de satisfacción. Entonces, resulta apropiado compartirlas y hallar otras voces que compartan esos sentimientos, superando los espacios personales.
Allí vienen en auxilio las redes sociales y su posibilidad de dejar esos espacios íntimos, exponer las propias ideas y que ellas se repliquen velozmente a una audiencia mucho más amplia. Con dedicación y los likes reforzando la autopercepción, ya resulta posible canalizar las emociones y hasta convocar a actos callejeros. Otros realizarán las mismas prácticas, y la comunidad de ideas se va construyendo a favor o en contra de quien se intente. De ninguna manera estamos señalando que todo ese proceso está basado únicamente en emociones, pues las propias redes sociales y medios tradicionales de comunicación, por su parte, también aportan informaciones que se alojan en el componente cognoscitivo de esas actitudes.
El punto que hay que tener en cuenta es qué, quiénes y de qué manera difunden esas informaciones. Quien cuente con ellas contará con poder en la construcción social, real o imaginaria, pero está presente y puede expresarlo a otros. Si los actores políticos habituales en el sistema democrático no brindan respuestas a los reclamos ciudadanos, otros encontrarán allí la ocasión propicia para mostrarse en la vidriera pública proponiendo salidas disruptivas, aunque cargadas de violencias. Es el momento apropiado para señalar causantes de la falta de respuestas a las necesidades de los sujetos, y allí estarán identificados personas, colectivos sociales o militantes y simpatizantes de partidos políticos que hasta allí no han brindado soluciones. Son tiempos en los que aquellos pactos democráticos se rompen, los derechos conquistados van perdiendo su consideración, y el mundo sigue su derrotero acrecentando las desigualdades sin advertir la manera y el momento de detener la caída.
Si bien el recorrido analítico que propusimos comprende a la sociedad toda, es necesario destinar un último párrafo a la manera en que se presenta la cotidianidad en las juventudes, de modo especial a dos ejes que la constituyen: el espacio y el tiempo. Ese colectivo sociogeneracional atravesó los años de la pandemia de manera particular. En un texto surgido a partir de investigaciones de nuestro proyecto, en 2022 señalábamos que en ese tiempo se obstaculizaron las posibilidades de construir vínculos afectivos, como también de intentar su acceso al mundo laboral (Castro, 2022, 33). En esos años los ejes centrales de la vida cotidiana se alteraron, y pasaron a ser comprendidos y vivenciados de manera diferente a la cronológica y la geográfica que hasta días previos había organizado la vida. Y las pantallas permitieron la continuidad de los vínculos y las prácticas de cada persona, aunque no exentos de las dificultades sociales, económicas y personales propias de cada persona. En 2021 el director regional de OIT, Vinícius Pinheiro, detallaba:
La población joven está entre las que padecen con mayor intensidad las consecuencias sociales y económicas de la pandemia en la región, y harán frente a los efectos de la misma en los próximos años de su vida laboral, corriendo el riesgo de pasar a constituir una “generación del confinamiento” (2021, agosto).
¿Qué hallaron tras el regreso a la presencialidad? Un informe del INDEC detalla que en 2024
la tasa de desempleo es aproximadamente tres veces mayor entre los jóvenes y las jóvenes de 18 a 24 años (19,5%) en comparación con el promedio de la población (7%), llegando al 21,5% para las mujeres. Además, entre los jóvenes que tienen trabajo asalariado, la informalidad alcanza el 63%, casi el doble del promedio general (36%) [dato difundido por Manuel Mera, de CIPPEC].
Sin embargo, la pregunta consecuente es acerca del tipo de trabajo que realizan. En nuestra encuesta realizada en 2024, solo el 37 % respondió que únicamente estudiaba, mientras que el 27 % respondió hacer esa actividad y trabajar, y el resto, que solo trabajaba, lo hacía en trabajos formales e informales. Vale preguntarnos qué características otorgan al tipo de trabajo al que aspiran las juventudes. Aunque, en nuestro proyecto de investigación, aún no hemos profundizado en ese punto, tan solo por inferencias de conversaciones informales, podríamos señalar que ya no predomina el interés por aquellos trabajos que deseaban generaciones anteriores en cuanto a la permanencia en determinado lugar y con las condiciones legales que los caracterizaban. Pareciese interesar que los ingresos de tal trabajo les posibiliten enfrentar las necesidades del presente y de manera rápida, sin atender a la precariedad que se pueda hallar en él. En ese marco de la época, ya no predominaría desarrollar proyectos y planes a largo plazo, lo que muestra así las urgencias del presente para la construcción de su cotidianidad. Vale entonces preguntarnos si las instituciones dominantes, en particular la política y la educación, están brindando respuestas para esas demandas.
En ese marco, las pantallas adquieren relevancia, en especial las redes sociales. Ellas cuentan con la inmediatez en el mensaje, la posibilidad de expresar las propias opiniones a una amplia audiencia, adquirir protagonismo, obtener respuestas rápidas de sus líderes y hasta posibilidades de convocatorias. El mundo, sus instituciones y sus representantes, tal como se presentan en la actualidad, parecen no responder de la manera que las juventudes requieren. Entonces allí pueden hallar espacio las propuestas disruptivas, violentas, aunque propongan salidas mágicas, pero lo viejo no brindó las soluciones.
Tal vez sea el momento de repensar las identidades colectivas con nuevos actores y propuestas que, sin desdeñar lo ya construido, avanzan con las herramientas que aporta el conocimiento y valoran las sensibilidades que expresan los sentimientos. De comprender que las soluciones mágicas y violentas solo acrecentarán las desigualdades cada día más angustiantes y dolorosas. Por consiguiente, al referirnos al conocimiento, se incorpora tanto el científico como el respeto al medio ambiente, a las culturas de pueblos originarios, a la formación educativa y a los derechos conquistados, así como los deberes de cada ciudadana y ciudadano, para que todas y todos puedan desarrollar su vida de manera digna y justa.
El desarrollo del conocimiento crítico y comprometido con la sociedad puede ser una manera de aportar a mejorar aspectos que favorezcan el desarrollo de las sociedades y el bienestar humano; pero ello requiere políticas públicas que vayan en ese sentido y sociedades solidarias.
La vida cotidiana en la contemporaneidad está fragmentada, y urge su reconstrucción colectiva. Tal como afirmaba Héctor Tizón:
Nuestra generación no puede dar lecciones a los jóvenes, pero puesto que tampoco podemos darnos el lujo de apostar a lo peor, debemos tratar de hacer algo, al menos, para que las ilusiones no se nos mueran del todo (2004, 113).
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