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Post scriptum acerca de las juventudes

Graciela Castro

Hija del desconcierto y la penumbra,

avanzo a duras penas con mi carta de construcciones

y naufragios.

   

Olga Orozco, “El revés de la trama”,

Mutaciones de la realidad, 1979

El sentido del post scriptum

A lxs pacientes lectores que arribaron a estas páginas tras recorrer las anteriores, fue innecesario advertirles que no había ninguna intención de nuestra parte de proponer un recorrido que, de manera infantil y desconsiderada, invitara a una lectura cercana a la maravillosa Rayuela cortazariana. Ello hubiese sido una imperdonable soberbia por parte de alguien que, desde sus primeras lecturas adolescentes, halló en Julio Cortázar no solo un magnífico escritor, sino quien, junto a sus cronopios y famas, nos permitió adentrarnos en tantas historias que no únicamente nos acercaron a personajes entrañables junto a historias particulares, sino que también nos permitieron aprender y disfrutar el significado de las palabras adecuadas. Los lectores pueden leer Rayuela del modo que les resulte apropiado: ya sea de manera secuencial o alternando capítulos. Pero acá no estamos en un texto literario, aunque las eternas búsquedas personales no marquen fronteras entre la vida académica y la literatura: encontrándose ambas constantemente al escudriñar las palabras necesarias.

Cada uno de los textos precedentes, aunque podrían haber sido escritos en un mismo tiempo cronológico por recurrir a dimensiones teóricas similares y agregar ejes que aportaron a análisis anteriores, fue redactado en los meses de 2024 y 2025; no se modificó la población de estudio, aunque variaron las personas que siempre coincidieron en el territorio reafirmando la posición de ser investigaciones situadas. Asimismo, continuamos analizando en la investigación los involucramientos juveniles y la construcción de la politicidad cotidiana. Lo que fue cambiando es el contexto histórico, político, económico y social, tanto en nuestro objeto de estudio como en quienes investigamos; ambos continuamos siendo actores de ese tiempo, tanto a nivel local y nacional como global. Sin embargo, las sucesiones de circunstancias acrecentaron desigualdades sociales al mismo tiempo que el desencanto en el papel del Estado y colocaron, de tal manera, en zona de peligro el significado de la democracia como sistema de vida en sociedad. En las respuestas de las juventudes que estudiamos, encontramos que los posibles responsables de esa animadversión hacia la política –como símbolo de lo instituido– son quienes ejercen la función de políticos. Por consiguiente, si quienes la representan son percibidos como corruptos y alejados de la realidad y las necesidades de lxs ciudadanos, el símbolo es teñido en su representación por las acciones de los significantes.

Si regresamos a la analogía del inicio, cuya única pretensión es acudir a lecturas fundantes de nuestra recurrencia literaria, no serán los textos precedentes una invitación a apelar a aquellas Instrucciones para subir una escalera, donde, si una las respeta, llegará al último peldaño que indica el final y “se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso” (Cortázar, 1962, 26). En nuestros textos nada es lineal y con final predecible; por el contrario, se asemeja a un camino plagado de dificultades, con luces y sombras, incertidumbres, pero también apuestas a no sucumbir al desencanto.

El sentido de apelar a un post scriptum no surge de autopercepciones distorsionadas de supuesta relevancia en los análisis que realizamos. Ello fue la consecuencia de hallarnos frente a todo el material, escrito como ya expresamos en distintos momentos en los dos últimos años, y encontrarnos con la continuidad de dificultades en las juventudes en especial, frente a un contexto en el cual la crueldad se va instalando como un goce para algunos mientras se acrecientan las desigualdades sociales, la violencia y cierta desazón por un futuro que pareciese no tener asidero en las juventudes. Así fue que nos encontramos en una situación política reciente en Argentina que desde ciertas observaciones se anunciaba con un resultado que presagiaba la posibilidad de modificaciones en el estilo del gobierno nacional cuyas decisiones afectan de modo desfavorable a amplios sectores sociales en los ámbitos de salud, educación, empleo, desarrollo científico y tecnológico, derechos humanos, economías regionales, por nombrar algunos. Sin embargo, los resultados electorales mostraron que, sin contar con los porcentajes que habían ubicado como ganador al actual gobierno nacional en octubre de 2023, las elecciones legislativas de medio término volvían a colocarlo con mayor cantidad de votos. Y regresamos a nuestra recurrente costumbre de releer análisis anteriores tras la búsqueda de explicaciones que nos acerquen a comprender algunas razones de los resultados electorales desde una perspectiva psicosocial y el vínculo con las juventudes.

Primera parada

La primera inexorable estación teórica, como ya es habitual en nuestras investigaciones, nos lleva a concentrar la atención en la vida cotidiana de las personas y las características del contexto. La razón de ello vale reiterarla tantas veces como sea preciso: acordamos totalmente que dicha categoría está en el centro de la historia, y esta va revelando las consecuencias de hechos y situaciones que suceden a lo largo del tiempo; por consiguiente, las personas, sea el lugar que habiten y las vinculaciones que establezcan con la sociedad, ven reflejada en su cotidianidad dichas circunstancias, de manera favorable o desfavorable en cada caso en particular. Nos ubicamos en los años que enmarcan las investigaciones: 2023-2024 y 2025, que corresponden a dos gestiones de gobiernos nacionales diferentes; el primero, cercano a un perfil con tintes progresistas, y el segundo, marcadamente de ultraderecha. El primero, iniciado con amplias expectativas en la ciudadanía, pero que, a pocos meses de su inicio, debió transitar casi dos años bajo la presencia de una pandemia ocasionada por un virus desconocido para la humanidad global que implicó acudir a medidas de aislamiento con fines de cuidados para la población ante la ausencia de una vacuna que permitiera enfrentar el virus. Hacer referencia a la pandemia no resulta anecdótico pues, tras las campañas de vacunación, todas las actividades regresaron a la presencialidad, pero las consecuencias del aislamiento quedaron latentes, muchas de ellas sin resolver, y, con el transcurrir de los años, ciertas dificultades se agudizaron. Entre las áreas afectadas de manera negativa, se hallan la salud mental y el rendimiento en la calidad educativa. Sería inadecuado señalar que la pandemia ocasionó esas dificultades pues sin dudas preexistían, pero el contexto fue el marco apropiado para que se acrecentaran. En el área de la salud mental, ciertos grupos sociales como las mujeres, infancias, diversidades sexo-genéricas, juventudes y vejeces tuvieron que enfrentar condiciones de mucha vulnerabilidad social y emocional, siendo propicia tal situación para expresar sentimientos de ansiedad, angustia y depresión, entre otros, que trajeron como consecuencia comportamientos de violencia y daños personales. Estas dificultades las advertimos en nuestras investigaciones cuando durante el 2020 las juventudes que respondían a nuestras encuestas señalaban que los sentimientos que predominaban eran los mencionados anteriormente. No obstante, en el mismo tiempo, afirmaban que recurrían ampliamente al uso de comunicaciones a través de dispositivos electrónicos para la continuidad de todas sus actividades, fuesen personales, laborales o educativas. Era ese el mismo medio que también sería el espacio para expresar conductas de enojo y violencia. Como todxs recordaremos, el retorno a la presencialidad no disminuyó tales comportamientos, sino que, por el contrario, se acrecentaron.

Nos surge una primera reflexión que no es de ninguna manera original, pero vale recordarla: las comunicaciones mediadas por computadoras pueden ser una herramienta de importancia, y, de hecho, la incorporación de la inteligencia artificial lo viene demostrando en la actualidad. Sin embargo –y solo desde una mirada psicológica–, tales herramientas requieren cautela en sus usos. Desde las últimas décadas del siglo XX, cuando la sociedad informacional comenzaba a extenderse hacia todas las actividades humanas, se advertía que, a la par de ofrecer alternativas para responder a nuevos modos en las relaciones sociales y económicas, quedaban aspectos de esas relaciones que precisarían el contacto humano. La pandemia mostró empíricamente la importancia de esos vínculos que no quedaban reducidos a un contacto físico, sino a su significado. En definitiva, ello estaba mostrando la importancia de la otredad no como un mero discurso o eslogan publicitario, sino como una necesidad humana. Aquí se pueden bifurcar otras miradas en la construcción de la subjetividad: la presencialidad no es meramente una retórica; ella brinda la posibilidad del encuentro con el otro: son cuerpos, gestos, voces y silencios los que conforman ese vínculo. Allí se demanda la confianza interpersonal, necesaria para las escuchas y los debates; pero también comprender las diferencias, las discrepancias y las razones de acuerdos. Esto remite a la noción de comunidad, al nosotros que favorecerá construir la subjetividad política. El reconocimiento de la otredad es un aspecto necesario para comprender los límites entre lo propio y lo ajeno. La virtualidad no necesariamente puede permitir esa diferencia. Varían el entorno, los tiempos y los sentimientos. Desde ya, la presencialidad no es una garantía de que se articulen tales elementos, pero ello nos conduce a otra situación que nos permita reflexionar más adelante. Por ahora, y solo frente al “encantamiento tecnológico”, recordamos aquella frase que leímos en el prólogo del editor del texto La cibernética (cerebro y máquinas), cuyo autor es Wladislaw Sluckin.

Una vez, un monje inventó una máquina que podía demostrar la existencia de Dios. Cosa inteligente para una máquina. Sin embargo, el monje era más inteligente que cualquier máquina inventada hasta la fecha; pues hasta la fecha no ha habido máquina alguna que inventara un monje el cual pudiese demostrar cosa alguna (Sluckin, 1971, 9).

En los párrafos anteriores, dejamos entreabierta otra reflexión relacionada con la otredad, la apelación a las redes sociales y los sentimientos. No vamos a reiterar aquello ya expresado en cuanto a quienes decidieron el aislamiento de la población durante la pandemia y el protagonismo en ese tiempo de las redes sociales. Pues entendemos que, más allá de los sentimientos personales, se ocultaba un desencanto hacia un sistema de vida y sus representantes políticxs, que no respondían de manera adecuada a las necesidades de la población.

Segunda parada

En nuestros avances de investigación, también con el tiempo enmarcado en la pandemia, nos vimos compelidos a modificar los modos de acercarnos a las juventudes de nuestro territorio. Aquellas prácticas habituales que realizábamos, ya fuese a través de entrevistas, observaciones en terreno de las actividades que organizaban o grupos focales, se convirtieron en reuniones y encuestas virtuales. Entendimos –desde el proyecto– que lo particular de la situación nos requería apelar a estrategias que nos permitiesen continuar con nuestro trabajo investigativo y atender con la necesaria rigurosidad científica los modos de comportarse de las juventudes. Así fue que durante el 2020 apelamos a las estrategias virtuales y en cada una de las encuestas que propusimos, como así también en las entrevistas, fuimos conociendo las preocupaciones y dificultades que cruzaban la vida cotidiana de lxs jóvenes. A través de sus testimonios, conocimos aspectos de sus modos de vida personales, por ejemplo, con quiénes vivían y cuántas personas compartían el espacio personal, si realizaban tareas de cuidado, cómo eran sus formas de comunicarse con sus familiares y amigos, su disponibilidad de contar con dispositivos tecnológicos para uso personal y las maneras de afrontar la continuidad de sus actividades, ya fuesen laborales o educativas. Del mismo modo nos interesó conocer sus emociones en ese tiempo tan particular y las expectativas que les surgían tras superar las medidas de aislamiento. Al regreso a la forma de vida anterior, aunque retomamos las modalidades presenciales en la investigación, nos pareció apropiado no desdeñar la virtualidad, aunque los ejes de análisis fueron colocando otros elementos, entre ellos focalizar en los involucramientos sociales, en particular respecto a la participación política, sus actores y la incidencia en la construcción de las identidades y las subjetividades políticas. También –en el retorno–, las prácticas políticas y sociales en Argentina mostraban ciertas turbulencias que afectaban –con sus modalidades– a la población en general. Comenzamos a hacer foco en aspectos más vinculados a las preocupaciones que afectaban a lxs jóvenes, el interés por incorporarse en actividades de grupos sociales, políticos o estudiantiles, como así también sobre el papel de la educación y el uso de las redes sociales, acerca de las cuales ya habíamos advertido la recurrencia en otros momentos. En esos primeros testimonios, se reiteraba el temor hacia la violencia en los comportamientos sociales, colocando el tema con mucha preocupación en el atentado a la vicepresidenta de la nación, el cual fue visto de manera directa por millones de personas a través de las pantallas de televisión, pero también casos de feminicidios en las provincias. Con relación a las preocupaciones, la mayoría se centraba en cuestiones económicas que entorpecían las actividades propias y de su entorno familiar. Tales dificultades se originaban en medidas tomadas desde los espacios políticos institucionales. A medida que se acercaba el momento de las elecciones nacionales, también la situación socioeconómica se tornaba muy compleja. Grupos que se habían opuesto a las medidas de aislamiento decididas por el gobierno nacional, junto a otros con actitudes antivacunas, fueron ocupando espacios en las calles con comportamientos violentos. A nivel global tampoco el mundo transitaba momentos de calma. Los oficialismos no resultaban elegidos en las elecciones que se sucedían, y los grupos de extrema derecha ganaban día a día más espacios. En las respuestas que brindaban a nuestra encuesta, un importante porcentaje de jóvenes expresaba su interés para que quien ganara las elecciones presidenciales no dejara de lado los avances en los derechos logrados en años anteriores, atendiera al medio ambiente y propusiera políticas sociales destinadas al bienestar de las juventudes. En los meses previos a las elecciones en 2023, las actividades de los candidatos se fueron acrecentando. El oficialismo de entonces enfrentaba serias dificultades: por un lado, en cuanto a las políticas económicas que afectaban negativamente a la población, y, por otro, por las discrepancias internas en el frente político propio. En ese contexto comenzó a tener cada vez más presencia mediática un candidato cuyo perfil, si bien por entonces ya era diputado nacional, lo colocaba como outsider surgido de polémicos programas de televisión, que recurría a comportamientos disruptivos y bizarros, alejado de condiciones que facilitaran diálogos, apelando fundamentalmente a las redes sociales para la difusión de sus propuestas mientras colocaba como elemento identificador de estas el uso de una motosierra.

Frente a estas expresiones, los testimonios de algunxs jóvenes que respondían a nuestra encuesta manifestaban preocupación por perder derechos logrados en años anteriores, en particular en áreas de género. Transcurridos cuatro meses del gobierno que se autoidentificaba como anarco-libertario, propusimos una nueva encuesta, y, mientras que algunas respuestas expresaban que ya en los pocos meses del nuevo gobierno la situación económica afectaba muy fuerte su vida cotidiana, otras mostraban esperanzas de que mejorara la crítica situación en el país y reproducían expresiones del candidato ganador señalando como responsables de ella a representantes del partido opositor, quienes, a su vez, llevaban el rótulo de “corruptos”. Al cumplirse un año de la gestión libertaria, propusimos una nueva encuesta, centralizada en estudiantes universitarios con la premisa de que, por tal condición, quizá contaban con la posibilidad de acceso a informaciones que superaban las que leían a través de las redes sociales.

Como en el apartado siguiente nos detendremos en la educación, por ahora abordamos aspectos psicosociológicos para intentar reflexionar a partir de las respuestas de las juventudes a quienes consultamos. De tal manera nos centramos, en primer lugar, en los ejes relativos a las representaciones hacia la política y sus actores y, en un segundo momento, al papel de la democracia. No tiene sentido reiterar análisis que sobre el tema ya realizamos en otro texto. Acá nos interesa considerar qué sucede con la representación de aquellos elementos que mencionamos tras haber transcurrido dos años del gobierno libertario y luego de los resultados de las elecciones legislativas en 2025, en particular en las juventudes. Ciertas encuestas continúan ubicando a dicho colectivo sociogeneracional con mayores seguidores en la actual gestión nacional. Nos detenemos un instante en este punto pues, cuando se lxs consulta por las razones de esa elección, las respuestas mayoritariamente no se dirigen a fundamentos certeros o lógicos, sino que están atravesadas por comentarios sin razonamientos o que reproducen eslóganes de campaña. Pero regresemos a las respuestas dadas ante la última encuesta que propusimos desde el proyecto de investigación destinada a estudiantes universitarios. Rayando con la totalidad, las representaciones ubicaban a la política y sus actorxs como corruptxs, alejadxs de las necesidades de la población. Si recordamos ciertos discursos en la campaña electoral del actual gobierno nacional –que se mantienen–, era recurrente identificar con sentido despreciativo a lxs actorxs políticxs como “casta” que solo tenían como finalidad lograr el propio beneficio y no atender las demandas de lxs ciudadanxs. La pregunta consecuente sería qué sucedió con quienes ocuparon espacios institucionales en la política antes de la actual gestión para conducir a lxs votantes a colocarlos como personas no confiables y corruptas. Un primer aspecto nos invita a considerar –como propusimos en los textos anteriores que vivimos en un mundo en el cual la intersubjetividad es importante: la presencia de otro es necesaria para ello, lo cual se vincula con el papel de la confianza interpersonal. De tal manera que el otro colabora en la construcción de la realidad, esto es, el entorno que brinda marco a esa relación. Por consiguiente, y recordando el clásico texto de Berger y Luckmann, la realidad se construye a través de una relación dialéctica donde las personas, a través de las interacciones, crean los significados que se incorporan a su propia realidad y son percibidos como tales.

La realidad social de la vida cotidiana es pues aprehendida en un contínuum de tipificaciones que se vuelven progresivamente anónimas a medida que se alejan del “aquí y ahora” de la situación “cara a cara” (Berger y Luckmann, 1983, 49).

Más adelante, en el mismo texto, agregan:

Mi conocimiento de la vida cotidiana se estructura en términos de relevancias, algunas de las cuales se determinan por mis propios intereses pragmáticos inmediatos, y otras por mi situación general dentro de la sociedad (Berger y Luckmann, 1983, 62).

Entonces, ¿qué afecta la relación entre la política, sus actorxs y las juventudes? Los intereses de estos últimos no son satisfechos por lxs políticxs, y, como consecuencia de la representación que surge de tales dirigentes, la política como símbolo también es construida de manera negativa. Este proceso, que puede parecer muy sencillo, es el resultado de las relaciones intersubjetivas que se asocian a los propios intereses. En dicho proceso el lenguaje y las imágenes aportan a su construcción y, como también lo expresamos en los textos anteriores, quienes cuentan con el acceso a la información también disponen de la capacidad de ejercer cierto poder en las relaciones sociales.

Los individuos ya no pueden procesar conscientemente la inmensa y siempre creciente masa de información que ingresa en sus computadoras, teléfonos y pantallas de TV, en los periódicos online y en sus cabezas. Y sin embargo, resulta indispensable seguir, reconocer, evaluar y procesar toda esta información si desea ser competitivo y eficiente y triunfar (Berardi, citado por Fisher, 2016, 133).

Por otro lado, las juventudes actuales nacieron y crecieron durante la democracia. Cuando, en una de las encuestas, les preguntamos por los hechos sociales que rescataban en la historia contemporánea del país, sus recuerdos se extendían a lo sumo pocos años antes de la pandemia. Para muchxs adultos –por el contrario–, las evocaciones incluyen hechos tales como la dictadura, el regreso a la democracia, el tiempo de políticas neoliberales durante la década de 1990, la crisis del 2001, la sucesión de cinco presidentes en diez días, los años de gobiernos progresistas; todos ellos forman parte sustancial de sus memorias sociales, pues fueron testigos de todos esos momentos históricos. Para la mayoría de lxs jóvenes, son hechos del pasado y, por lógica consecuencia, carecen de la resonancia emocional que pueden manifestar lxs adultxs. El presente tiene otras urgencias vinculadas a la vivienda, el trabajo o las maneras de relacionarse afectivamente. Solo por detenernos en un punto como es el laboral: las características actuales son totalmente diferentes a las de otros años. Lo que para generaciones anteriores implicaba precariedad, en el presente puede ser lo habitual sin que genere mayores conflictos.

En ese contexto se asoman otras demandas y nuevos actores. Pero al mismo tiempo se modifica la intersubjetividad: el otro ya no es alguien con quien se pueda articular acciones en conjunto; ese otro puede adquirir el papel de adversario, alguien que se está apropiando o pretende hacerlo de algo que también la otra persona desea o ha logrado. Entonces, se puede hacer visible la acción de destruir a ese otro que cuenta con lo que la otra persona desea. Apelamos a la afirmación de Marta Lamas (2025) en su estudio acerca de la ideología de género para coincidir en que en esa relación subyace la desigualdad en las maneras de percibir el género y las explicaciones que nos ayudan a entender los comportamientos antagónicos y los límites entre lo propio y lo ajeno. Por consiguiente, en ese marco, devienen las expresiones de violencia hacia el otro. En la esfera política, los grupos de ultraderecha vienen apelando sin tapujos a dichos comportamientos destructivos, en especial hacia las mujeres, las diversidades sexo-genéricas y los derechos logrados en los últimos años. Pero, de igual modo, la violencia en esos discursos se extiende a todo aquel que no acuerde con las ideas de los representantes de la ultraderecha. En las encuestas propuestas a los jóvenes de nuestra investigación, hallamos respuestas que mostraban afinidad con el gobierno libertario y le requerían –a dicho gobierno– medidas tales como las siguientes:

  • Muerte a los K.
  • Eliminar los subsidios.
  • Dejar de financiar en temas de cultura, quitar los planes de personas que no realizan ninguna actividad.
  • Los extranjeros vienen a estudiar gratis a base de los impuestos que pagamos, y ellos ni siquiera aportan a nuestra sociedad (algunas respuestas de jóvenes en la encuesta del proyecto de investigación).

Frente a tales respuestas –que también se observan en adultos–, nos planteamos los modos de construir las relaciones interpersonales. La destrucción del otro, la apelación a denigrar al otro, a responsabilizarlo de crisis o dificultades, se vuelven recurrentes en discursos y hasta en los modos de reaccionar. Acá la recurrencia a las redes sociales se asoma como espacio propicio para expresar la ira y la crueldad ya sea porque algunxs apelan al anonimato o porque otrxs, sin ocultar sus identidades personales, se atribuyen poder de disciplinamiento con quienes no comparten sus ideas. Apelando al uso de la libertad, los sectores de la ultraderecha y ciudadanxs de a pie se apropian de ese valor y lo vacían de significación. Entonces, las manifestaciones que no acuerden con sus ideas merecen ser destruidas, y quienes las expresen, censurados o desacreditados. He aquí otra expresión de la desigualdad: el otro tiene que ser destruido, y la política como símbolo de la práctica ciudadana se muestra con adjetivos negativos que se trasladan a sus actorxs, quienes con sus actitudes muestran la influencia de esa construcción social. Frente a tales expresiones, acordamos con la propuesta de Patricia Hill Collins: “¿Por qué meterse en política si uno no tiene esperanza de que las cosas puedan ser diferentes y mejores?” (Hill Collins, 2025, 75).

En un tiempo en que el futuro se muestra plagado de incertidumbres, proyectar en los otros la responsabilidad de cambios pareciese haberse vuelto la constante, y nos preguntamos, apelando a Fisher (2016), “¿qué ocurre cuando los jóvenes ya no son capaces de producir sorpresas?” (24). Los gobiernos acuden a la moda del emprendedurismo como respuesta a las necesidades de la población y de tal manera depositan en cada sujeto la responsabilidad por su bienestar. Ya no se precisa al Estado como organizador de las políticas públicas ni hay elementos que aporten a la construcción de la subjetividad política.

Tercera parada

En el ámbito educativo, junto a no resolver la situación económica en las universidades, haber tenido que mudar de un día para otro las actividades a la virtualidad sin contar la mayoría de sus actorxs –tanto docentes como estudiantes– con experiencias previas en el uso de la modalidad virtual, sumándole las dificultades en la conectividad, dispositivos en condiciones de uso por muchos usuarios en cada hogar donde se concentraban todas las actividades del grupo familiar, demandó esfuerzos por parte de todxs. Así fue como ingresantes a la universidad transcurrieron un año solo recurriendo a los contactos virtuales para el aprendizaje, y, a pesar de que algunxs docentes apelaran a la creatividad, el agotamiento frente a las pantallas también se reflejó en la salud mental. Las urgencias por el retorno a la presencialidad parecieron no dar lugar para reflexionar acerca de las implicancias psicosociales ocasionadas por la pandemia. Atrás quedaba el tiempo dedicado a cada contenido, reducido por la realidad frente a las pantallas, que también había afectado los necesarios diálogos y debates que se producen en la presencialidad en el aula. Ese regreso fue diferente para todxs, y cada unx lo enfrentó con sus particularidades. En el ámbito laboral, también se tornó recurrente apelar a la modalidad remota, acentuada durante la pandemia, pues eso reducía los costos de la actividad. En ese encuadre adquirieron mayor protagonismo las comunicaciones mediadas por computadoras y las redes sociales en especial. En los comportamientos sociales citadinos, se asomaron grupos antivacunas que también apelaron a la virtualidad para expresarse, y la violencia fue una marca constante en sus modos de comportarse. A esas expresiones se agregaron grupos políticos marginales pero que apelaron sin tapujos a manifestaciones violentas, no solo a través de las redes sociales, sino a través de actitudes en la vía pública, y cuya acción más violenta fue el intento de femimagnicidio a la expresidenta Cristina Fernández.

Dediquemos un primer tramo a las redes sociales. Su uso ya se había ido extendiendo a amplios sectores de la sociedad; muchos de sus usuarios lo hacían por cuestiones profesionales o laborales, otros por diversión. Pero la situación de aislamiento que produjo la pandemia las ubicó en un lugar relevante. En ese tiempo, junto a las comunicaciones a través de las pantallas, las redes sociales se ubicaron como los espacios apropiados para mantener los vínculos con otros. Los días pasaban a través de las imágenes que aportaban las pantallas. El encierro decidido por otras personas como un mecanismo de cuidado, pero que había alterado velozmente el ritmo y las actividades habituales, con el transcurrir de los meses, se tornó aversivo para las personas, y el espacio personal, en la mayoría de los casos compartido, fue vistiéndose de hostilidad y violencia. Informes posteriores mostraron cuántas vidas se habían protegido a través del aislamiento, pero quedaron las huellas de la incidencia en la salud mental y las prácticas sociales y laborales. Sería un error pensar que la pandemia ocasionó las desigualdades y la violencia en los comportamientos, pues tampoco los virus surgieron de manera imprevista ni de modo azaroso. Así se refería Claudio Katz al tema:

El coronavirus es una calamidad natural potenciada por el capitalismo. Desde hace muchos años se esperaba un cataclismo semejante como consecuencia del cambio climático, el calentamiento global, las inundaciones o las sequías. Pero la catástrofe irrumpió a través de una pandemia, en un sistema económico-social que deteriora la naturaleza, corroe la salud y desprotege a los vulnerables (Katz, 2020, 2).

En un mundo y un tiempo histórico en que la vida se resquebrajaba, tanto a nivel humano como en el medio ambiente, un aparente desequilibrio producido por el capitalismo solo iba a agravar la precariedad y la vulnerabilidad de la mayor parte del planeta, mientras que la riqueza de los milmillonarios se acrecentaba. La segunda década del siglo XXI ya no era aquella de 1960 cuando se produjo un fuerte impulso en la tecnología en EE. UU. en el marco de la denominada por entonces Guerra Fría. Fue en este tiempo que el Departamento de Defensa de ese país se propuso desarrollar un sistema electrónico similar al que utilizaban las guerrillas maoístas y así construir defensas en caso de una guerra nuclear. Las décadas posteriores mostraron que los desarrollos tecnológicos superaban o, mejor, ocultaban su interés en focalizarse en guerras, y la sociedad informacional se extendió hasta los espacios personales. Las generaciones que nacieron en esas décadas fueron testigos del modo en que la tecnología se incorporaba en la vida cotidiana, y llegó el momento en que las pantallas se transformaron en la alternativa para sobrevivir al encierro que devino por una crisis sanitaria. Sin embargo, los dispositivos o las redes tampoco fueron los responsables del uso que se les otorgó en esos días. Las consecuencias del capitalismo y la falta de respuesta a las necesidades de las poblaciones acrecentaban la desazón, la violencia y el desencanto por un sistema de vida en democracia. La pandemia por el COVID-19 solo potenció su protagonismo.

Regresamos al punto de esta parada, la educación, y, acerca de la actitud hacia ella, consultamos a lxs jóvenes desde las tareas del proyecto de investigación. Observamos acuerdos en reconocer la importancia de dicha institución:

La educación es fundamental en la creación de nuevos actores sociales, en la actualidad la educación pública se ha visto deteriorada, fruto de políticas de ajuste estatal [respuesta de un estudiante].

Como reflexionamos en el texto específico sobre el papel y la importancia del conocimiento en las sociedades contemporáneas, aunque el financiamiento en las universidades públicas, al igual que en los organismos científico-tecnológicos, atravesaba momentos complejos, a partir de la gestión libertaria, el problema empeoró. Recordemos que, tal como lo explicitamos en el texto dedicado a la educación, las universidades públicas se financian básicamente con transferencias del Tesoro Nacional, cuyo porcentaje mayor se destina al pago de salarios de sus trabajadores. Como consecuencia de tales dificultades, durante 2024 y 2025 se sucedieron medidas de lucha que incluyeron paros de las actividades docentes, marchas por las calles de todas las ciudades del país donde hubiese una universidad, clases públicas y toma de edificios. A punto de finalizar 2025, la situación no se ha resuelto. A pesar de que, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores nacionales, se votó mayoritariamente para cumplir con los reclamos de la comunidad universitaria, desde el Poder Ejecutivo nacional se mantiene la negativa. En dichas medidas de lucha, las juventudes tuvieron amplia participación, evidenciándose mayor involucramiento en algunos grupos. Esa actitud se hizo evidente –en nuestro campus universitario– durante la toma del edificio que mostró enfrentamientos entre quienes estaban a favor y quienes se oponían.

El propio desinterés de los estudiantes y la comunidad en general en no hacer política, llevó a ese enfrentamiento (respuesta de estudiante que integraba el centro).

Cuando propusimos la última encuesta y el focus group desde el proyecto de investigación, decidimos destinarla únicamente a estudiantes universitarios pues inferíamos que tal condición les brindaba la posibilidad de acceder a informaciones que superaran las opiniones que circulan a través de las redes en las cuales predominan las emociones por sobre la racionalidad. Las respuestas que obtuvimos mostraron lo erróneo de la hipótesis: en términos generales –lo que se advirtió también en otras medidas de lucha–, quienes se comprometen con la vida institucional de la universidad representan una cantidad más reducida.

Después de la toma nosotros dijimos: tenemos que volver también todos, mañana acá… el enfrentamiento de ayer no va a ser una razón para no seguir estando en la universidad y para no seguir haciendo todas estas otras cosas que también hace el centro de estudiantes [respuesta de estudiante que integraba el centro].

El tema del involucramiento de lxs estudiantes en las agrupaciones lo hemos considerado a lo largo del tiempo institucional del proyecto de investigación (desde 2000). Ese seguimiento investigativo nos permitió conocer las peculiaridades de las agrupaciones, cuyas maneras de comportarse se alejaban totalmente de los principios que habían sido centrales en sus orígenes, reduciendo sus actividades a dar respuestas instrumentales, pero dejando de lado la formación que había caracterizado a su agrupación hasta rechazar que su accionar implicaba una militancia. En los últimos años, se fue conformando otro grupo que no se identifica con ningún partido político, pero que presenta diferencias con relación a las anteriores: no solo muestran atención en resolver las situaciones específicamente relativas a las actividades estudiantiles, sino que también se involucran en las funciones institucionales de la gestión según corresponda y al mismo tiempo incorporan acciones que los acercan a movimientos sociales y barriales.

Somos un grupo de estudiantes y entonces sabemos lo que implica estudiar, preparar un parcial o un final y nos bancamos en eso: si tenés un parcial, yo me ocupo de esa actividad en el centro o juntémonos a estudiar [respuesta de estudiante que integraba el centro].

Si la vinculación de las juventudes con los partidos políticos ha ido cambiando a través de los años, es esperable que lo mismo suceda en las agrupaciones estudiantiles. Entendemos que nadie puede acercarse a lo que desconoce, y la política como símbolo de la vida en sociedad requiere contar con información. He ahí donde la universidad como organización instituida no puede quedar relegada a responder demandas del mercado, como señalan algunas voces.

González Casanova advierte:

… tomar como referente la demanda potencial y futura del mercado de trabajo es condenar a la política educativa y las universidades a tareas mínimas que probablemente beneficien a menos de la quinta parte de la población y en muchas regiones a menos del 5 y hasta el 1% de la población (2013, 128).

Entonces, cuando en las actividades docentes nos hallamos frente a estudiantes que desconocen situaciones de la realidad social o escuchamos a través de los medios masivos respuestas de jóvenes que carecen de argumentos sólidos para explicar la situación del país y el sentido de sus elecciones, quizá sería oportuno detenerse en el papel de las instituciones y quienes las integran. ¿Qué información se ofrece a través de los medios masivos de comunicación? Los contenidos de las asignaturas en las carreras universitarias, ¿responden a las necesidades de la actualidad? Y podríamos agregar otro tema: ¿los docentes articulan con sus prácticas la referencia a aspectos económicos, culturales, políticos y sociales con los contenidos de las asignaturas? De modo lamentable, se ha ido extendiendo en el habla cotidiana que vincular los contenidos de las asignaturas con conocimiento teórico del contexto es “adoctrinar” a las juventudes. El conocimiento requiere la transdisciplinariedad, y el aprendizaje no puede quedar reducido a un área temática en particular.

Ya lo demandaba González Casanova al expresar: “La educación tiene que comprender al hombre como creador de alternativas humanas” (2013, 135). De allí su apelación a “aprender a aprender”. Y afirmaba:

Si no se enseñan las matemáticas ligadas a la lógica, la lengua ligada a la literatura, la historia ligada a las teorías y métodos de sistemas y estructuras, la ciencia vinculada a las teorías y a los métodos experimentales y paraexperimentales, entonces no se está enseñando cómo aprender a aprender (2013, 139).

¿Quo vadis, futuro?

El calendario va anunciando el final de otro año. Tradiciones y costumbres se asoman en propagandas, tal vez reiterando ritos habituales. No obstante, aunque no esté presente en el habla cotidiana, ciertos fantasmas revolotean. La noticia lamentable es que no podremos acudir a las instrucciones para subir una escalera, tal como nos indicaba Cortázar. Y ello responde a que el último peldaño en la contemporaneidad no está visible. ¿Una escalera sin final? O ¿el final está construyéndose?

Regresamos a nuestra categoría fundamental: la vida cotidiana. En un texto que escribimos en 2021, señalamos:

De un día para el otro los ejes de la vida cotidiana mutaron sus parámetros habituales; el tiempo y el espacio se tornaron aversivos, vistiéndose con significados que traían consigo otras emociones construidas en ese nuevo tiempo: angustia, miedos, soledad. Esa pléyade de emociones se adueñaba de la vida cotidiana que adquiría, a partir de entonces, una construcción diferente: el encierro y la soledad pasaron a ser temas habituales en el pensamiento y la vida de millones de personas (Castro, 2021, 228).

El sentimiento que predominaba por entonces era la incertidumbre. El tiempo cronológico no se detenía, pero el personal y el social respondían a lógicas diferentes. El otro eje es el espacio que perdía la intimidad para muchxs a consecuencia de sus actividades profesionales o laborales y también, en demasiados casos, se vestía de violencia. La pregunta por la finitud de la vida dejaba de ser tema filosófico pues las noticias que circulaban a través de los medios de comunicación mostraban a diario tales consecuencias. No era un aislamiento voluntario, sino decisiones de otros que tenían una función en la vida política de todos los países. Quienes se resistían o se rebelaban ante la medida se enfrentaban a riesgos que, a su vez, traían consecuencia en otros. Tras masivas campañas de vacunación, el mundo pareció volver a ponerse en marcha. Pero ese regreso no halló al mundo –como algunos imaginaban– con mayor solidaridad y tolerancia. Los fantasmas estaban al acecho y allí continúan.

Buscar respuestas al hoy puede ser un desafío o una arrogancia. Con un encuadre geopolítico diferente al de la pandemia, un sentimiento permanece: la incertidumbre. Apelamos al análisis de García Linera (2022), quien afirma que estamos frente a un tiempo liminal. En ese tiempo de crisis donde el autor articula tres ejes, acumulación, legitimación, subjetivación o interpelación, la incertidumbre vuelve a presentarse. Nos detenemos en nuestra área de formación disciplinar, las ciencias sociales, y en nuestro tema de estudio, las juventudes. Identificar a la política y a sus representantes con adjetivos negativos no resulta consecuencia de una moda. Aunque con objetivos diferentes, nuevamente son otros –representantes políticos– quienes deciden prioridades para la sociedad sin detenerse en las necesidades de la población. Aunque en Argentina el voto es obligatorio para todos los ciudadanos de entre 18 y 70 años, el ausentismo en cada elección es un aspecto que no se debe descuidar. ¿Se volvió un acto instrumental sin el significado de otros tiempos? O ¿las propuestas de los partidos políticos carecen de relevancia para lxs votantes? Regresamos al análisis de García Linera para tratar de comprender el comportamiento de la sociedad y el concepto de “tiempo liminal”.

No hay un norte que se vuelva atractivo, irradiante; imaginado, pero que nos ayude a ubicarnos hacia un destino. Es momento de un tiempo suspendido.

Los discursos que hasta poco tiempo convocaban a multitudes parecen haberse vestido de eslóganes sin resonancia emocional para las nuevas generaciones, quienes nacieron cuando ya llevábamos décadas en democracia, y hasta apelar a los años de gobiernos progresistas puede tornarse distante. Entonces volvemos a nuestra categoría central de análisis y sus ejes constitutivos: el espacio y el tiempo. El primero pasó a mostrarse a través de pantallas; con pocos caracteres, muy veloces en su difusión; con predominio de imágenes, sin apelar a certezas lógicas en su presentación y entrecruzado con desacreditación y violencia discursiva. En cuanto al tiempo: el pasado es reciente; el presente, con desigualdades, abundancia de información, urgencias, desinterés; y el futuro, plagado de incertidumbres. El autor al que estamos haciendo referencia en el párrafo anterior, en la conferencia de cierre del Coloquio Internacional Louis Althusser, se refiere a la “crisis del liberalismo decimonónico”, tanto a nivel económico como político, en el marco de su análisis sobre el tiempo histórico actual. La sucesión de crisis económicas fue poniendo en debate el modelo de acumulación. A ello se agregaron alternativas políticas que acentuaban el protagonismo del Estado para resolver crisis financieras. Parecía que a cada crisis era posible que le sucediese una propuesta de futuro que ahora no acertamos a definir por dónde estará. Los discursos políticos y sus representantes ya no interpelan a la sociedad y mucho menos a las juventudes. Mientras, las familias angustiadas para cubrir sus necesidades básicas; el acceso a la vivienda complejo por los costos; el trabajo precarizado; la educación reproduciendo contenidos que no permiten analizar las situaciones que muestra la actual realidad; el protagonismo de los denominados influencers; el desprestigio hacia el conocimiento científico; y los representantes políticos sospechados de hechos de corrupción, discrepancias internas y sin plantear políticas que resuelvan las necesidades de la población conforman el escenario que se advierte en la realidad argentina de hoy.

Tal como asevera Nancy Fraser:

El famoso “déficit democrático” es en realidad parte constitutiva de la crisis generalizada del capitalismo financiarizado. Y como toda crisis generalizada, comporta una dimensión hegemónica (2024).

Allí ni los populismos de derecha, que prometen a sus votantes recuperar aquello que la casta política les había negado, ni las izquierdas, más allá de sus avances en la lucha por derechos y enfrentamientos hacia los milmillonarios, han logrado plantear alternativas frente a problemas que relacionan la economía y la política. Regresamos a Nancy Fraser:

Hemos entrado en una nueva fase: de un “simple” agregado de impases sistémicos, hemos pasado a una verdadera crisis de hegemonía, impulsada por un conflicto abierto sobre la frontera actual entre economía y gobernanza (2024).

No serán soluciones mágicas ni actitudes meramente voluntaristas las que permitan acercarse a un futuro diferente porque las complicaciones son profundas. Si bien, a partir de las respuestas que obtuvimos en nuestra encuesta, las juventudes tienen una actitud favorable hacia la democracia, al mismo tiempo no sucede lo mismo hacia la política y sus actores, y, si a ello se le agrega la disminución de participación en las elecciones nacionales y provinciales, algo está sucediendo en la vía social que requiere su atención. Las derechas a nivel global y nacional se posicionaron como espacios capaces de dar vuelta las medidas de los partidos tradicionales que no habían dado respuesta a los reclamos sociales. Sin embargo, sus medidas y los modos de comportarse solo exacerban el hastío de una población que no logra avizorar un futuro sin tantas incertidumbres. La subjetividad política se halla fragilizada pues no se logra vislumbrar un proyecto colectivo y la incertidumbre frente al futuro se adueña de la vida cotidiana. Urge hallar un horizonte que pueda brindar alguna certeza sin fantasías. La educación y el desarrollo del pensamiento crítico tienen un espacio fundamental para aportar a una sociedad con dignidad y justicia para todas y todos.

Cuando reconocemos que nos necesitamos los unos a los otros, estamos reconociendo también los principios básicos que conforman las condiciones sociales, democráticas, de una vida vivible (Butler, 2022, 30).

Antes de arribar al final de este texto, entendemos necesario referirnos a un tema que, aunque no estuvo presente en las últimas encuestas realizadas desde el proyecto de investigación de manera directa en los años que consideramos para los análisis incluidos en esta ocasión, fue parte de otros momentos del trabajo investigativo. Está referido a las memorias sociales que fueron abordadas en dos artículos (Castro, “Un lugar para la memoria”, 2023; Castro, “El futuro entre la tragedia y la esperanza”, 2024). La atención al tema no respondió a una preocupación circunstancial, sino a la convicción de que su tratamiento no queda delimitado por tiempos cronológicos. Por ello entendemos que, si bien no lo incluimos como tema específico en estos últimos análisis, las decisiones del actual gobierno nacional con relación a él nos conducen a no dejarlo de lado al momento de proponer un último análisis. Como señalamos en párrafos anteriores, cuando les consultamos a los jóvenes de nuestra muestra por los temas que consideraban relevantes en la historia reciente del país, advertimos que sus referencias no incluían hechos ocurridos durante la dictadura en Argentina ni el regreso a la democracia. Por la vinculación de quienes integramos el equipo de investigación con organismos de derechos humanos y convicciones personales, durante la vigencia del proyecto, hemos participado activamente de acciones y actividades relativas al tema y, a través de los años, siempre fue un punto central en todo el proyecto. De allí que advertimos con asombro que, en aquel momento, ninguna respuesta incluyera alguna referencia a hechos ocurridos en el país durante las décadas de 1970-1980.

La asunción del gobierno libertario en Argentina y las actitudes de este frente a los derechos humanos en el país, que tienden a modificar de plano las políticas de Memoria, Verdad y Justicia instaladas como políticas de Estado por parte de anteriores gobiernos nacionales, nos llevan a incluirlo en esta última reflexión. Desde el gobierno libertario, se apela a una memoria completa recordando peligrosamente a la que en los años iniciales de la democracia se pretendió instalar como la teoría de los dos demonios, buscando con ello colocar en un mismo plano a la violencia del Estado y la de grupos guerrilleros, dejando de lado que el primero jamás puede recurrir a la violencia –con sus acciones– como había sido durante la dictadura para atacar a la población. El trabajo constante que los organismos de derechos humanos, en especial Madres y Abuelas, realizaron desde aquellos años y continúan en el presente permitió que gobiernos democráticos –con sus matices propios– llevaran adelante políticas de Estado que favorecieron instalar el tema institucionalmente, y, con la incorporación de los trabajos provenientes del Banco Nacional de Datos Genéticos, el Equipo Argentino de Antropología Forense, los Juicios por la Verdad, entre otros, se lograron avances en la memoria social. Luego de la asunción del gobierno libertario, todos esos progresos han retrocedido por su actitud negacionista, con desprecio hacia los organismos de derechos humanos, el cierre de espacios dedicados a la memoria y la reivindicación de responsables de delitos de lesa humanidad que cumplen prisiones decididas por la Justicia en años anteriores. Estas actitudes colocan en grave riesgo los consensos logrados en Argentina tras la reapertura democrática. Las preguntas que podrían surgir en este momento son estas: ¿cuál es el sentido de apelar a la memoria social cuando ya han transcurrido casi 50 años desde la dictadura?, ¿en qué medida afectan esas actitudes negacionistas a las juventudes?

Abordar la memoria involucra referirse a recuerdos y olvidos, narrativas y actos, silencios y gestos. Hay en juego saberes, pero también hay emociones. Y hay también huecos y fracturas (Jelin, 2020, 419).

En nuestras actividades de docencia, como también en diálogos compartidos con otrxs investigadorxs, expresamos la preocupación por el abordaje de las memorias sociales en las juventudes contemporáneas. Es comprensible que, con excepción de quienes tuvieron familiares que padecieron dolorosas situaciones o pérdidas ocasionadas por la dictadura cívico-militar, no guarden una resonancia emocional con hechos sucedidos en aquellos años. He ahí entonces la importancia del aporte de las instituciones dominantes para que la memoria no quede como hecho inmovilizado en el pasado. Tal como afirma Jelin (2020), “la contracara del olvido es el silencio”, y la memoria social tiene un significado que excede un tiempo determinado y precisa su vigencia más allá de las personas que fueron testigos y protagonistas. Luego de la reapertura democrática, se fueron construyendo consensos básicos orientados al pluralismo y respeto a los derechos. De tal manera, la consigna que se expresó al finalizar el Juicio a las Juntas Militares en 1985, “Nunca más”, quedó incorporada en la vida institucional del país. No se trata de una consigna vacía de significación, sino de la necesaria apelación a reencontrar la memoria como construcción colectiva con sentido de futuro para las generaciones que continúan.

La importancia de historizar las memorias, de mirar la historia de las memorias a lo largo del tiempo y no las memorias tomadas como sentidos cristalizados (Jelin, 2020, 521).

En el marco de las políticas decididas por la actual gestión de gobierno nacional, es preciso evitar el olvido de aquellos consensos básicos que se lograron luego del retorno a la democracia que convocaban a tiempos políticos de respeto y diálogos colectivos. Contribuir desde las instituciones, en especial la educación, a esa forma de vida ayudará a que no se retroceda en los derechos y también será un aporte para reducir las incertidumbres que ensombrecen el futuro y el sistema de vida en democracia.

Bibliografía

Berger, Peter L. y Luckmann, Thomas (1983). La construcción social de la realidad. Amorrortu Editores. Buenos Aires.

Butler, Judith (2022). Sin miedo. Formas de resistencia a la violencia de hoy. Editorial Taurus. Argentina.

Castro, G. (2023). Un lugar para la memoria. Kairós, Revista de Temas Sociales. En revistakairos.org/un-lugar-para-la-memoria.

Castro, G. (2024). El futuro entre la tragedia y la esperanza. Inédito.

Castro, G. (2021). La visita inesperada. Escenas de pandemia. Editorial Teseo. Buenos Aires.

Cortázar, Julio (1989). Historias de Cronopios y de Famas. Editorial Sudamericana/ Planeta. Buenos Aires.

Davis, Angela; Hill Collins, Patricia; Federici, Silvia (2025). ¿Democracia para quién? Ensayos de resistencia. Eterna Cadencia Editora. Argentina.

Fraser, Nancy (2024). Hablar de crisis y eludir las fallas del sistema. La imposible democracia de mercado. En mondiplo.com/la-imposible-democracia-de-mercado.

Fisher, Mark (2016). Realismo capitalista. ¿No hay alternativa? Caja Negra Editora. Buenos Aires.

García Linera, Álvaro (2022). Tiempo liminal, temporalidad plural. Conferencia de cierre del Coloquio Internacional Louis Althusser “Herencias y porvenir en un mundo incierto”.

González Casanova, Pablo (2013). La universidad necesaria en el siglo XXI. Ediciones Era. Cuarta reimpresión. México.

Jelin, Elizabeth (2020). Las tramas del tiempo: Familia, género, memorias, derechos y movimientos sociales. Compilado por Ludmila da Silva Catela, Marcela Cerrutti y Sebastián Pereyra. CLACSO. Buenos Aires.

Katz, Claudio (04/2020). La pandemia que estremece al capitalismo. Revista Posición. Editorial de la Universidad Nacional de Luján.

Lamas, Marta (2025). ¿Ideología de género? Disputas políticas sobre la diferencia sexual. Penguin Random House Grupo Editorial. Ciudad de México.

Sluckin, Wladislaw (1971). La cibernética (cerebro y máquinas). Ediciones Nueva Visión. Argentina.



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