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Crítica y crisis

Presente y futuro de la democracia a partir de Cristina Lafont y Nancy Fraser

Gonzalo Scivoletto[1]

1. Introducción

El presente trabajo se enmarca en un proyecto de investigación[2] cuyos objetivos son: por un lado, revisar y actualizar el alcance crítico de la filosofía discursiva de Habermas y Apel en el estado actual del campo de la teoría crítica (Scivoletto, 2023a) y, por otro lado, vislumbrar dentro de ese campo cuáles son las alternativas posibles para la acción política comprometida con la democracia y la justicia social. Nancy Fraser y Cristina Lafont son dos autoras en las que convergen ambos intereses: incorporan el programa habermasiano –aunque en diferente grado y aspectos, como veremos– y ofrecen posibles líneas de acción política, y no solo diagnósticos del malestar en las democracias actuales.

El punto de partida es la siguiente hipótesis: en el campo de la teoría crítica actual podemos encontrar dos grandes tendencias en la representación de la crisis de la democracia –que parten de o incorporan elementos de la filosofía discursiva[3]–: la tendencia a representar la crisis de la democracia como una determinación de las contradicciones del capitalismo en general, y su etapa financiera global en particular (crisis de legitimación); y la tendencia a representar la crisis de la democracia en términos de las derivas autoritarias, tecnocráticas u “oligopólicas” (crisis política y de motivación). Ambas expresiones coinciden en la necesidad de “profundizar” la democracia, sin embargo, el sentido de esa profundidad difiere, así como difiere el sentido de la praxis política para la superación de tal crisis. Si, por un lado, la crisis de la democracia es indisociable del capitalismo y sus contradicciones inherentes, entonces la orientación de la acción política irá en línea con una praxis anticapitalista, y la discusión en la coyuntura será de índole sistémica. Si, por otro lado, la crisis de la democracia es, ante todo, una crisis política, entonces la orientación de la praxis irá en línea con la profundización de la participación democrática, de la calidad del debate democrático y del control ciudadano de las políticas públicas mediante el fortalecimiento de las instituciones de la sociedad civil, el parlamento y la justicia. Mientras que la primera estrategia supone atacar el problema desde diferentes frentes simultáneamente, la segunda supone hacerlo progresivamente y también en la medida que los aspectos puntuales aparecen. Entiendo que estas alternativas se encuentran representadas de manera paradigmática en las dos filósofas mencionadas. Pero, además, creo que hay un clivaje central que hasta ahora no ha sido analizado con detenimiento en el marco de ambas propuestas, y es el papel que desempeña el populismo. Mientras que Fraser ve en el populismo una oportunidad o un camino para la emancipación, como etapa de transición al socialismo, Lafont entiende el populismo como obstáculo o un atajo ilegítimo para un proyecto de democracia radical.

El trabajo se divide en tres momentos: en primer lugar, se propone una descripción general de lo que se entiende hoy por crisis de la democracia, sus causas y posibles soluciones; luego se plantea una consideración crítica de cómo se puede leer esta crisis desde las perspectivas de Lafont y Fraser; y finalmente se proponen algunas conclusiones generales, que están planteadas en términos de contribuciones a un debate político actual. A lo largo del texto se podrán observar dos cuestiones que funcionan como trasfondo: la filosofía política y la ética discursiva de Habermas, y el interés explícito por pensar la crisis de la democracia desde el contexto de la realidad política, económica y cultural argentina y latinoamericana.

2. Crisis de la democracia

La convergencia entre la fase neoliberal del capitalismo y la actual crisis de la democracia evidentemente no es casual. Así como en la fase socialdemócrata la democracia ofrecía la fuerza motivacional y las expectativas de progreso de manera articulada con un capitalismo administrado por el Estado ‒aun con críticas‒ (Habermas, 1999), desde hace unas décadas la liberación y transnacionalización de los mercados coincide con la desconfianza en las posibilidades transformadoras y legitimadoras de cambios de la democracia. La última resistencia y expectativa la ha representado la democracia deliberativa[4], pero hoy la apuesta por la deliberación y la paridad participativa como ideales regulativos parece ser vista como una respuesta más bien ingenua, poco realista o impotente frente al “poder real” de las corporaciones y los flujos de capital globales, que a su vez se transmiten al sistema político a través de movimientos, paradójicamente, “antipolíticos”[5]. Lejos del fervor democratizador de otrora, la actualidad política es representada en términos de un malestar, e incluso de un retroceso. Términos como desconsolidación, erosión, desdemocratización, regresión, entre otros, son expresiones que, con diferentes matices y enfoques, apuntan a que la democracia se encuentra en una especie de estado de decadencia –o incluso en estado terminal–. Se trata de una “sensación” que atraviesa las diferentes tradiciones teóricas y la militancia política. Por otro lado, las tendencias de izquierda democratizadora más radicales se muestran permeables o simplemente a favor de procesos populistas y, como decía anteriormente, encuentran los modelos deliberativos o socialdemócratas clásicos, como es el caso de Habermas, demasiado liberales y por lo tanto cómplices del “consenso neoliberal” o impotentes frente a él[6].

Marcelo Sevaybricker (2020) reconstruye y sistematiza las grandes narrativas y propuestas de solución a tal crisis. El primer punto que se debe señalar es la novedad de esta crisis de la democracia con respecto a otros momentos de la historia política contemporánea. El punto central es que ahora la crisis democrática no tiene que ver con una crisis de representatividad clásica o con una ruptura o interrupción directa del Estado de derecho –por medio de las Fuerzas Armadas–, sino con una especie de erosión interna, esto es, desde dentro del propio sistema político. Desde esta perspectiva, las instituciones fundamentales del Estado como el parlamento o la Corte Suprema relativamente funcionan, del mismo modo que no se instala la censura directa o la proscripción de partidos políticos, pero tales instituciones son “tensionadas” desde adentro, sometidas a un estrés tal que se afecta su independencia (por ejemplo, en el caso de la Corte Suprema mediante designación de miembros afines políticamente, o en el caso de la prensa mediante el financiamiento o desfinanciamiento a través de la pauta publicitaria oficial). Si bien tampoco este es un fenómeno nuevo, pues ya se ha discutido en relación con el populismo histórico, en la actualidad las “alertas” se han disparado sobre todo desde el ascenso de Trump en 2016. Otros referentes empíricos –que no podemos analizar ni comparar aquí– son Hungría, Brasil, Italia o más recientemente Argentina con el nuevo gobierno de La Libertad Avanza.

El trabajo de Sevaybricker se dedica a analizar sobre todo la narrativa principal[7] en la literatura política actual, que gira alrededor de la descripción en el párrafo anterior. Sin embargo, deja abierta la cuestión a una segunda narrativa sobre la crisis, centrada en autores de izquierda o democracia radical, como son los casos de Wolfgang Streeck y la propia Nancy Fraser. Pero veamos con más detalle la primera narrativa de la crisis de la democracia.

El punto en común en este enfoque es que la democracia liberal está en riesgo y deben tomarse decisiones que apunten a fortalecerla y “restaurar” la normalidad. Esta perspectiva es sobre todo la predominante en aquellos enfoques que o parten o tienen como referencia central la democracia norteamericana y europea. Aunque los países sudamericanos tampoco estarían exentos de este análisis en la medida que se toma como criterio el modelo del Norte[8]. Es importante este punto porque la crisis de la democracia es vista como una degradación, de un mayor a menor, lo que también indican los conceptos de desconsolidación o regresión. Se trata de un retroceso respecto de un punto ya alcanzado. Con lo cual, los estándares no están en cuestionamiento, lo que está en cuestión es el alejamiento respecto de esos estándares. Algunos indicadores de este retroceso democrático serían: la baja participación, por ejemplo, mayor ausentismo electoral y menor afiliación partidaria, y la desconfianza en las instituciones y en los políticos profesionales. De acuerdo con Castells esta crisis de representación no sería todavía una crisis de legitimidad en la medida que se sigue confiando en el ideal democrático en cuanto tal, aun cuando las instituciones específicas del modelo liberal ya no satisfagan del todo (Sevaybricker, 2020, p. 21). Una de las causas del descrédito de estas instituciones sería la corrupción sistémica y la “política del escándalo”, según la cual la construcción política se produce por medio de denuncias mediáticas y, justamente, escándalos televisivos y en redes sociales. Este sería el caldo de cultivo para la aparición de outsiders políticos, por ejemplo, empresarios, humoristas o personajes mediáticos. El ascenso de tales personalidades se explicaría también por la posibilidad de restablecer el vínculo entre la clase política y la ciudadanía común, esto es, mediante algún tipo de proceso de identificación, y la eficacia en el uso de redes y tecnología de la información para crear burbujas de sentido y difusión de fake news por fuera de los grandes sistemas de medios tradicionales. Este es un punto importante porque la democratización de la producción y circulación de información y opiniones escapa a los filtros de control de las cadenas de noticias tradicionales –un tema del que Habermas se ha ocupado en uno de sus últimos textos (Habermas 2023a)–.

Podría decirse que en esta línea interpretativa el acento está puesto en las tensiones a las que se ve enfrentada la democracia liberal, la cual es amenazada desde lados opuestos: por un lado, desde una tendencia a la democracia sin liberalismo (entiendo que en este punto se encontrarían los populismos) o al liberalismo sin democracia. En este último caso, se menciona como ejemplo paradigmático la crisis griega (a la cual también hará referencia Lafont), donde las élites políticas y económicas resolvieron por medio de mecanismos legales, pero de espalda a la ciudadanía. En cambio, las salidas populistas, que pretenden suplir ese puenteo a la voluntad popular, se vuelven problemáticas en la medida que tensionan los órganos contramayoritarios de control del Poder Ejecutivo, y también se presentan como “laxas” en la defensa de los derechos individuales, sobre todo los de propiedad e incluso de participación (por ejemplo, a través del control de la opinión pública por medios afines). Esto nos enfrenta a la paradoja de que aquellos sistemas que pretenden dar curso a la voluntad popular, y con ello –al menos– a una recomposición económica y mejora en las expectativas de vida de la población, aparentemente solo pueden lograrlo mediante algún tipo de tensión con las instituciones liberales del Estado de derecho. El intento de preservar el núcleo esencial del Estado de derecho redundaría en un obstáculo para la transformación de las condiciones materiales de vida que son las que, en última instancia, provocan el descontento y la desconexión inicial de la ciudadanía que ve excluidas sus demandas e intereses de la discusión pública, y que cuando se los incluye se lo hace a modo de una fachada, porque las decisiones finalmente se toman en los centros de poder por “técnicos” que, por ejemplo, deben escuchar la “voz de los mercados”. Sin embargo, para esta primera narrativa ese núcleo normativo liberal no es negociable, y aun reconociendo las dificultades económicas, la exclusión, la ausencia de garantías mínimas de una vida decente y la conflictividad que todo esto conlleva, es necesario realizar algún tipo de esfuerzo o de propuesta dentro de este marco.

Las salidas a la paradoja mencionada ‒donde encontramos algún tipo de propuesta más allá del diagnóstico‒, siguiendo el análisis de Sevaybricker, pueden dividirse en dos tipos. La primera apuntaría a un “salvacionismo elitista”, esto es, a una restructuración y fortalecimiento del sistema político y corporativo que debe unirse en defensa del Estado de derecho. La segunda a un “catecismo cívico”, a través del cual las masas deben ilustrarse y empoderarse en la defensa de los verdaderos valores democráticos contra los supuestos encantos de líderes autoritarios y personalistas. Esta especie de renovación de la fe cívica ‒sea de las élites o sea de las masas‒ debería ir acompañada de contundentes posicionamientos antagónicos a los populismos autoritarios: por ejemplo, frente al nacionalismo exclusivista o xenofóbico, debería contraponerse la dimensión inclusiva de los derechos liberales. En otras palabras, esta línea se vuelve “conservadora” en un punto: es necesario “volver” al núcleo moral y político del Estado social de derecho. Pero justamente ese es el punto de partida del problema de la crisis: el desfase entre las expectativas ‒de progreso e igualdad generadas por el ideario socialdemócrata‒ y los resultados alcanzados. Entonces, si es que la crisis política no termina resolviéndose en una reafirmación nostálgica por lo perdido, tal vez debe radicalizarse el punto de vista para ir más allá de un mero ideario y sus respectivas instituciones. Esto es precisamente lo que proponen, en términos generales, las salidas democrático-radicales, socialistas o incluso populistas de izquierda.

3. La democracia sin atajos, o cómo volver más democrática a la democracia

El libro de Cristina Lafont, Democracia sin atajos, publicado en 2020, ha ocupado desde entonces un lugar central en los debates sobre teoría democrática y en especial dentro de los círculos deliberativistas. El libro parte de un diagnóstico muy duro sobre el estado actual de nuestras democracias occidentales y entra en discusión con aquellas posturas que argumentan a favor de resolver o mejorar ese estado por medio de lo que la autora llama “atajos”. Es decir, en lugar de apelar a profundizar la democracia potenciando sus mecanismos participativos-deliberativos, esto es, haciendo más democrática la democracia acortando la “distancia” entre el sistema político y la ciudadanía para que esta realmente forme parte del proceso político[9], algunas de las propuestas más innovadoras de reformas institucionales terminan saltándose este paso. Entre las posiciones que analiza Lafont se encuentran las pluralistas radicales (deep pluralists), las epistocráticas y lotocráticas. No es interés de este trabajo abordar el análisis y las críticas de Lafont sobre estas posiciones ‒que en términos generales más bien comparto‒. Me interesa destacar un aspecto lateral, o incluso no abordado en el libro, que tiene que ver con las causas que dan origen al déficit democrático, y con el camino que Lafont sugiere en torno a la mejora de tal déficit.

La primera página del libro Democracia sin atajos comienza con la siguiente afirmación: “Según estudios empíricos recientes, Estados Unidos ya no es una democracia. Técnicamente es una oligarquía” (Lafont, 2020, p. 1.)[10]. Afirmar esto del país que se presenta como cuna y faro de la democracia global –más allá de las razones a favor o en contra de ello– sorprende por su contundencia, aun cuando se escude en la “investigación empírica”. Pero incluso Lafont va más allá: “Hay razones para temer que el mismo diagnóstico aplica a muchos otros países ostensiblemente democráticos” (Lafont, 2020, p. 1). Entre los casos paradigmáticos que menciona la filósofa española están la crisis griega y el Brexit, que sirven de muestra para observar cómo la ciudadanía se encuentra en cierto punto abandonada y no representada por las instituciones políticas. Pero, además, este descontento creciente sería el motor que impulsa la aparición de los populismos (Lafont, 2020, p. 2). Sin embargo, el desarrollo de esta obra no está dedicado a analizar las causas de esta desconsolidación democrática, sino a analizar respuestas posibles desde un punto de vista normativo e institucional. Destaco este aspecto institucional porque Lafont no pretende solamente determinar qué se debería hacer, sino también señalar caminos ya recorridos o ejemplos vigentes que estén en línea aproximada con el ideal normativo deliberativo. En este sentido, no solo se plantea la legitimidad de determinados arreglos institucionales sino también su efectividad. El reparo que salta a la vista aquí es que, si no se tiene claridad en las causas del deterioro democrático, y se toma como un mero hecho, entonces difícilmente se puedan ofrecer soluciones satisfactorias también en el plano de los hechos.

En un Simposio reciente en torno al libro de Roberto Gargarella: El derecho como conversación entre iguales (2021), se evidencia la respuesta inmanentista a la crisis de la democracia, esto es, la idea de que la crisis de la democracia es un problema de institucionalización del ideal o de una cuestión de arreglos institucionales. Como reconoce Lafont, en cuanto al ideal deliberativo hay acuerdo entre ella y Gargarella, pero yo agregaría algo más, no solo en cuanto al ideal, sino también en cuanto al marco de análisis de la crisis: un modelo de análisis institucionalista. Esto significa que el problema de la democracia es su diseño institucional y su solución yace en reformas institucionales, esto es, en el marco del sistema político que se expresa de manera programática en la Constitución. Veamos cómo reconstruye Lafont el diagnóstico sobre la crisis de la democracia de Gargarella:

(…) la tesis principal es que los déficits democráticos que producen el descontento y la apatía de la ciudadanía que observamos actualmente no se deben a rasgos coyunturales de esta o aquella sociedad (como la elección de líderes ineptos o peligrosos) que podrían superarse mediante ajustes puntuales dejando el sistema político intacto. Al contrario, dichos déficits son mucho más profundos y estructurales. Están vinculados a defectos de diseño de instituciones concebidas hace más de doscientos años para sociedades radicalmente diferentes a las nuestras y bajo supuestos elitistas y anti-democráticos. Los déficits democráticos actuales se deben, por tanto, a un desajuste entre los rasgos antidemocráticos de las instituciones que hemos heredado y las expectativas democráticas de la ciudadanía que tales instituciones no pueden en modo alguno satisfacer (Lafont, 2023, p. 343).

Es interesante la cita anterior porque nos permite extraer algunos elementos claves para los objetivos de este trabajo. En primer lugar, Lafont otorga un valor relevante a la calidad democrática de los líderes y los movimientos políticos, y por eso cree que el populismo ocupa un lugar relevante en la crisis de la democracia. No queda claro, al menos hasta donde he podido observar, cuál es la cuota de responsabilidad, si es que tal cosa es posible de cuantificar, pero está claro que este aspecto es muy relevante. Especialmente en lo que la filósofa entiende como el “ataque a la independencia del Poder Judicial”, Lafont advierte que esto no puede soslayarse –como, según entiendo, haría Gargarella, según Lafont– (Lafont, 2023, p. 344, nota 3). Este desmarque de Lafont respecto de Gargarella, y la defensa de las instituciones contramayoritarias –como el control de constitucionalidad– se encuentra ligado a las expectativas de efectividad –insisto, no solo normativas– que la autora deposita en el poder judicial como vehículo de las reformas institucionales orientadas a alcanzar el ideal deliberativo. En segundo lugar, si bien la mirada sobre la crisis de la democracia en el caso de Gargarella es “institucionalista” –a falta de un mejor concepto–, la radicalidad de la reforma propuesta del sistema político reconoce en algún punto el cambio de las condiciones estructurales de las sociedades en las que tales sistemas se despliegan. Pero Lafont, en cambio, parece más apegada al sistema político-constitucional de las democracias liberales. Esto no es de suyo algo “malo”, dado que no es nuestro interés analizar aquí el papel que desempeña el Poder Judicial y la interpretación que realiza Lafont sobre su importancia para garantizar el derecho a la contestación de los ciudadanos, sino que nuestro interés está orientado por el análisis de la crisis de la democracia en términos de una crisis mayor, una crisis de legitimidad. En otras palabras, la discusión aquí es sobre el encuadre de la crisis. Si bien Lafont achaca a Gargarella una presunta ausencia de la relación entre capitalismo y democracia en su análisis, también podemos preguntarnos en qué medida Lafont asume eso que cuestiona. Pues el encuadre de Lafont está orientado en la vía del derecho, esto es, en cómo los derechos humanos económicos y sociales pueden responder al proceso de globalización capitalista, pero sin cuestionar ese proceso, sino, en todo caso, algunos de sus efectos.

En un artículo de 2018, Lafont parece indicar que su blanco de crítica no es el capitalismo per se, sino cierta forma de capitalismo neoliberal o libertario –como señala explícitamente (Lafont, 2018, p. 6)–. Visto de esta manera, un mismo sistema o formación social se ve enfrentado por dos interpretaciones posibles de los límites y alcances del derecho en general, y de los derechos sociales en particular. En esta línea, según Lafont, la agenda neoliberal ha perdido dos grandes batallas: una referida al carácter sistemático, indivisible e interdependiente de todos los derechos humanos, y a las obligaciones respectivas de respetar, proteger y cumplirlos; la otra referida a que los derechos económicos sí son justiciables, en contra de lo que sostiene la agenda neoliberal. Independientemente de la precisión de este diagnóstico, de nuevo, lo que me interesa señalar es el encuadre. Lo que podría ser una de las principales causantes de la crisis de la democracia, esto es, un capitalismo salvaje, librado a sí mismo, no es cuestionado en su núcleo duro, sino en las consecuencias o efectos medidos en términos de afectación de derechos individuales. Con ello no se quiere señalar algo “erróneo” –quiero insistir en este punto– sino mostrar cuáles son las posibilidades transformadoras y emancipadoras coherentes con el diagnóstico desde el cual se parte. En este sentido, la propuesta de Lafont orientada desde una perspectiva de internacionalización de los derechos económicos y sociales, parece un camino que, a pesar de su apariencia de optimismo institucionalista, podría conducir a mitigar al menos el avance de la economía global sobre la capacidad de decidir de los Estados, y de cumplir su triple rol de respeto por los derechos humanos. La sonrisa irónica de quienes ven en este tipo de encuadres poco realismo acerca de cómo funciona efectivamente el capitalismo global, las compañías trasnacionales y los organismos multilaterales de crédito, etc., tampoco parecen ofrecer una alternativa más “realista”. Por el contrario, Lafont menciona en sus trabajos ejemplos muy convincentes de logros por vía del derecho, y en última instancia por la fuerza racional de los argumentos de la opinión pública mundial. En todo caso, las relaciones de poder en este sentido no funcionan de forma unidireccional o vertical.

Quisiera mencionar un último punto que es bastante marginal en los textos de Lafont, pero muy importante para el propósito de este trabajo, y como puente con la teoría crítica anticapitalista de Nancy Fraser. Me refiero al papel que desempeña el populismo. En su libro Democracia sin atajos, el populismo aparece mencionado solo un puñado de veces como síntoma de la erosión democrática (Lafont, 2020, pp. 2 y ss.) y como amenaza de las instituciones democráticas como el Poder Judicial (Lafont, 2020, pp. 241 y ss.). Pero en ningún momento es caracterizado siquiera en sus rasgos más generales, no se apela a la enorme y controversial literatura al respecto, tampoco se distinguen matices, ni casos concretos. Lafont da por entendido que todos sabemos qué es el populismo, y que es algo malo per se. Lo más cercano a una “caracterización” lo podemos encontrar en un texto sobre los minipúblicos deliberativos (Lafont, 2022), donde retoma y amplía un poco una referencia ya planteada en Democracia sin atajos (Lafont, 2020, p. 121, nota 51). Allí, Lafont aborda el problema de la representación en las democracias contemporáneas, vinculando las propuestas lotocráticas con el populismo, en la medida que en ambos subyacería un mismo concepto de representación política como “encarnación” (embodiment). Como es esperable, Lafont cuestiona el carácter no mediado de la representación del líder popular: “Y es precisamente esta relación directa entre el líder y su pueblo la que hace ‘sospechosos’ a actores intermediarios como los partidos, los medios de comunicación independientes, las normas institucionales, la burocracia, los organismos de control, etc.” (Lafont, 2022, p. 14).

Ahora bien, sin necesidad de entrar en la cuestión de fondo, podemos destacar dos cuestiones, que alguno podrá juzgar como subjetivas –y lo son–. En primer lugar, es notable el grado de rigor y de trabajo erudito de Lafont cuando analiza las distintas concepciones de la democracia, pero cuando “analiza” el populismo o no profundiza o da por supuesto lo que se dice en los medios de comunicación y la “opinión pública”. En segundo lugar, me pregunto dónde está finalmente, para Lafont, la causa del déficit democrático. Sus análisis están orientados a mostrar qué cambios o reformas institucionales serían las más adecuadas para robustecer la democracia. Bajo ese horizonte, Lafont apuesta por la vía larga de la deliberación pública. Sin embargo, no se abordan las causas que llevan a la desconexión o el malestar entre la sociedad civil y el sistema político. En mi opinión, creo que Lafont cree que la causa de la desconsolidación democrática es, en gran medida, el propio sistema político y los líderes inescrupulosos o “populistas”. Con lo cual se confirmaría el sesgo moralizante que algunos intelectuales tienen respecto de la política en general, que ven en el sistema político (sobre todo el Estado, y dentro del Estado el Poder Ejecutivo, y los partidos políticos) lo “malo” que debe ser corregido por la “buena” sociedad civil.

4. Democracia o capitalismo

Una visión más favorable al populismo y que al mismo tiempo incorpora el legado crítico de Habermas la encontramos en Nancy Fraser (2019, 2021). Si bien es cierto que en términos cuantitativos no son tantos los trabajos en los que Fraser se ocupa de Habermas[11], su impronta es incuestionable. En una entrevista reciente, la filósofa norteamericana se refiere al alcance y los límites de tal legado. A continuación, me gustaría citar un pasaje de dicha entrevista, el cual permite trazar un puente con el análisis del punto anterior, en relación con la perspectiva demócrata-deliberativa de Cristina Lafont.

Probablemente debería decir en este punto que mi libro menos favorito de Habermas es Facticidad y validez. Ese libro ha sido recibido precisamente como una teoría de la democracia deliberativa, en la que la crítica de la sociedad capitalista queda fuera de juego. El libro en sí no ignora del todo ese marco social más amplio, pero lo atenúa, y en ese sentido probablemente tenga cierta responsabilidad por su recepción “politizada”. “Politicismo”, por cierto, es un término que acuñé como análogo a economicismo o culturalismo: es la idea de que lo político es autónomo, capaz de ser entendido en sus propios términos, desconectado de la sociedad en general, que puede reformarse o democratizarse por sí sola, sin una transformación más amplia de la sociedad (Fraser, 2023a).

Aquí tenemos varios puntos para destacar. En primer lugar, si bien Fraser no usa esta expresión, implícitamente adhiere a una lectura según la cual Habermas habría dado hacia fines de los años 1980, en especial con la caída del muro, un “giro liberal” a la teoría crítica. A mi juicio, creo que el trabajo de Matthew Specter (2013) sobre la biografía intelectual en el contexto de los debates jurídico-políticos en Alemania echa por tierra esta mirada. En este sentido, es importante destacar que una lectura correcta del posicionamiento político de Habermas lo ubica en una tradición socialdemócrata que otorga al derecho y a la Constitución un papel central en el despliegue del poder comunicativo proveniente de la sociedad civil. De tal modo que, a mi juicio, no es correcto separar la teoría de la democracia deliberativa de Habermas de un supuesto momento “más crítico”. La crítica de la sociedad capitalista no queda fuera de juego, sino que ocupa un lugar que no es el que Fraser cree que debería ocupar. En segundo lugar, la acusación de politicismo realizada al Habermas de Facticidad y validez bien podría trasladarse a Lafont y en general a los demócratas deliberativistas en sentido amplio. Pero el reparo que podría plantearse a Fraser es que, si bien efectivamente reconocemos que las crisis políticas no son solo políticas, sino por ejemplo también económicas y culturales, tanto el diagnóstico como las salidas, soluciones o reformas necesarias, deben discutirse en la esfera público-política. ¿De qué otra manera se puede pensar en un proceso de democratización o fortalecimiento de la democracia si no es a través de la esfera política? Con lo cual resulta desconcertante la afirmación de “politicismo” para una autora que ha hecho de la esfera pública un punto central de sus indagaciones, incluso cuando advierte que “la teoría de la esfera pública como teoría institucional sobre el capitalismo” es una de las “tres principales contribuciones” de Habermas a la teoría crítica (Fraser 2023a). A mi juicio, que Facticidad y validez no se ocupe explícitamente del capitalismo no quiere decir que no forme parte de la cuestión. En la última intervención de Habermas sobre el concepto, también se puede ver claramente la interrelación entre esfera pública, democracia constitucional y capitalismo (Habermas, 2023a). Pero demos un paso más allá de Habermas y la interpretación de su posicionamiento.

Me interesa destacar en este punto que Fraser rechaza la prioridad de la política sobre el capitalismo, es decir, entiende que, dado que no hay tal preeminencia, la crisis de la democracia es una crisis de todo el orden social, que se compone de elementos políticos, económicos y culturales. En una controversia con Harmut Rosa y otros académicos respecto de la crisis de la democracia, Fraser sostiene lo siguiente:

Él [Harmut Rosa] dice que la democracia es más básica que el capitalismo. Él da una definición normativa de democracia, refiriéndola al bien común, y luego critica al capitalismo por no atender a ese bien común. Por eso, creo que es una concepción ideal, que primero alega un “deber” ético para luego condenar lo que “es”. Yo sigo otro planteamiento: un planteamiento propio del hegelianismo de izquierdas. Yo comienzo con un diagnóstico de aquella época en la que el capitalismo y la democracia se juntaron en una coyuntura histórica específica, en una constelación que los implicados perciben como problemática y como potencialmente transformable (…) afirmo que la democracia sí está hoy en crisis, pero no de manera aislada, sino como parte de una mayor crisis general de la sociedad actual (…). Al mismo tiempo, la dimensión política de la crisis se traduce en una crisis de gobernanza (los Estados ya no pueden regular con éxito los mercados, proteger los ámbitos vitales, estabilizar la reproducción social ni controlar las fronteras) y en una crisis de hegemonía (los partidos políticos ya no pueden ganar más electores, hacer promesas creíbles ni ofrecer soluciones plausibles) (Fraser, 2023b, pp. 157-158).

No puedo ocuparme aquí de la cuestión metodológica ‒esto es, de su caracterización de la metodología de izquierda hegeliana frente a la normativa ideal‒, aunque bien valdría preguntarse por qué los implicados perciben como problemática esta coyuntura histórica, y cuáles son las razones que sostienen la legitimidad de esos reclamos. Si planteamos esa pregunta aquí y ahora y nos concebimos no como observadores “imparciales” sino también como implicados, encontraríamos que hay razones que sostienen esa demanda que apunta a una estructura “ideal”, por ejemplo, en términos de “paridad participativa”. El desinterés de Fraser por la fundamentación normativa, su actitud pragmático-política, puede ser entendible en esos términos, justamente, pero no son argumentos a favor de una metodología de “izquierda hegeliana”. Pero más allá de este punto, lo importante ahora es analizar el marco conceptual bajo el cual se comprende la crisis de la democracia, no como una crisis exclusivamente política, sino como una crisis de legitimación de todo el orden social. En este marco, entonces, la salida de la crisis supone una ruptura con el orden social capitalista y el advenimiento de un nuevo orden social “socialista”. Dado que en el capitalismo per se encontramos contradicciones internas, que en cada etapa del capitalismo adopta una forma específica (Fraser, 2015), la tendencia a la crisis es irremediable. Solo queda analizar cuáles son los recursos que los propios actores tienen para abordar la crisis: esta es la dimensión de la lucha política en un sentido amplio. Eso no significa que en el futuro no se alcancen formas capitalistas trasnacionales “socialdemócratas”, es decir, formas “más humanas” de capitalismo posglobalización, pero Fraser se muestra escéptica frente a esta posibilidad y por eso opta y defiende una salida anticapitalista.

En su último gran libro, Capitalismo caníbal, Fraser señala las líneas generales de este programa. Las principales tareas son (Fraser, 2022, pp. 151 y ss.):

  • Inventar un nuevo orden social que supere la dominación de clase y todas las asimetrías de género, sexo, étnicas o raciales y políticas.
  • Desinstitucionalizar las tendencias a la crisis, además de las económicas y financieras, las socio-reproductivas, ecológicas y políticas.
  • Ampliar el marco de la democracia, esto es, democratizando la propia zona de demarcación de “lo político”.

Todo esto supone, tanto para intelectuales como militantes –si cabe la distinción–, “reimaginar las relaciones de producción y reproducción, sociedad y naturaleza, lo económico y lo político” (Fraser, 2022, p. 152). En otras palabras, se trata de imaginar un sistema totalmente nuevo, alternativo al capitalismo. No puedo entrar aquí en lo que esto significa para cada una de las esferas señaladas, pero basta como muestra de la magnitud de la empresa y el nivel de voluntarismo y utopismo que, a mi juicio, supone. Es decir, está implícita la idea de que el sistema es algo que no obedece a una lógica propia ‒estructural y funcional‒ y que puede ser cambiado si existe la disposición política para hacerlo, y que si esto no sucede es porque el propio sistema ‒mediante mecanismos ideológicos‒ “persuade” a los actores sociales de no hacerlo. En este sentido, la voluntad política se ve enfrentada con los resultados que arroja la realidad de la evolución de las sociedades modernas, desde una perspectiva sistémico-funcional. Este conflicto o tensión ha estado siempre presente en la obra de Habermas, no es simplemente un giro que se habría dado con Facticidad y validez. En su última y monumental gran obra También una historia de la filosofía, se confirma este diagnóstico, que a muchos genera indignación por su supuesta falta de “crítica”:

Tras el último impulso de globalización del sistema económico en el último cuarto del siglo XX, ya no existe, según parece, ninguna opción de escapar al ámbito de influencia del capitalismo. Más bien, en todas las regiones del mundo se desarrollan la misma infraestructura económica y estatal, la misma cultura de expertos, unas formas de vida racionalizadas de manera parecida ‒las mismas formas de habitación y redes de tráfico urbanizadas‒, unos sistemas de administración, salud y educación organizados de forma parecida, los mismos medios de comunicación de masas, etc. (Habermas, 2023b, pp. 96-97).

El concepto de “infraestructura” es bien interesante porque permite delimitar la diferencia entre los dos modelos de teoría crítica de la democracia que venimos analizando: o buscamos los recursos ‒para esa crítica de las condiciones de vida en las sociedades actuales‒ en la infraestructura de la sociedad global capitalista, o los buscamos en alguna “sociedad imaginada”.

5. A modo de conclusión

Este trabajo no puede ofrecer conclusiones en un sentido estricto, esto es, referido al problema mismo de la crisis de la democracia. No puede señalar caminos correctos. Tan solo, en todo caso, ofrecer una mirada personal sobre este asunto. Lo que se ha intentado es mostrar dos modelos posibles de la teoría crítica hoy, a través de Lafont y Fraser, tomando como punto de partida la actual crisis de la democracia. Esto supone también aclarar que sin duda hay una gran cantidad de elementos de las obras de ambas autoras que no se han tenido en cuenta. El tono del trabajo es polémico e “injusto” en la medida que muchos de esos elementos son sacrificados desde una mirada totalizante. Con todo, espero con ello contribuir a la discusión de posicionamientos sobre los fenómenos que nos preocupan.

Esta discusión es clave en nuestro contexto latinoamericano en la medida que los proyectos de transformación social, política y económica han estado –en mayor o menor medida– atravesados por un componente populista. Los sistemas políticos han tenido serias dificultades para implementar soluciones duraderas y a largo plazo, en términos del ideal deliberativo de autogobierno. Por ejemplo, las instituciones contramayoritarias e incluso el Parlamento mismo han expresado muchas veces posiciones más bien conservadoras, tanto en lo político como en lo cultural, e indudablemente en la estructura económica, que más que ser canales para la institucionalización de la deliberación han sido su impedimento. El interés por poner en diálogo a Lafont y Fraser proviene de que representan dos formas típico-ideales de posicionarse críticamente frente a las derechas actuales. Por un lado, una forma socialdemócrata deliberativo-participativa, en la línea del Habermas de fines de los años 1980 en adelante. Por otro lado, una forma socialista anticapitalista en el espíritu marxista que toma elementos del Habermas de los años 1970 y comienzos de 1980[12].

En otras palabras, frente a la pregunta acerca de qué debemos hacer hoy si queremos cambiar las condiciones de desigualdad e injusticia, una respuesta posible es más democracia, en el sentido de que las sociedades a través de la participación política inclusiva y deliberativa tengan en sus propias manos la capacidad de autogobernarse y de poner límites o realizar determinados derechos fundamentales, incluidos los derechos sociales y económicos, en una constelación posnacional. En este caso, el derecho ocupa un lugar central, no como “aparato” de dominación –como en la visión marxista clásica– sino como dispositivo de realización de la autonomía pública. Por otro lado, la otra visión posible: más democracia, pero en el sentido de una transformación radical del sistema capitalista que lleve a una reconfiguración total de nuestra formación social en términos de un orden “socialista”. Pero el punto de diferencia no se encuentra solo en las expectativas de transformación a largo plazo, sino en el “mientras tanto”, no solo en un sentido temporal, sino también fundamentalmente estratégico. Por eso el momento populista es, a mi juicio, uno de los núcleos del debate para la teoría crítica hoy.

La conclusión provisional a la que arribo en este trabajo es entonces la siguiente. El diagnóstico de la crisis de la democracia que podemos encontrar en Lafont es limitado, pues no va más allá de la mirada liberal o progresista de un retroceso a causa del propio sistema político, y no hay un abordaje más preciso de las condiciones materiales de reproducción de la vida. Esta dimensión del análisis se encuentra mucho más desarrollada en los trabajos de Fraser, donde se profundiza en las contradicciones internas del capitalismo per se y en sus diferentes etapas de realización histórica: capitalismo liberal, capitalismo administrado por el Estado y capitalismo financiero. Ahora bien, si es momento de ir a las soluciones o posibles salidas a la crisis, la perspectiva de Fraser nos inunda de un utopismo y voluntarismo que, en lo inmediato, debe resignarse con lo posible, y por lo tanto asumir una cuota de frustración permanente; mientras que el enfoque de Lafont, al adoptar una estrategia institucionalista, nos ofrece caminos o “buenos” atajos para la realización del ideal de autogobierno. Es cierto que se pueden discutir los atajos específicos, por ejemplo, sobre el papel que tienen los tribunales constitucionales o la factibilidad real de la internacionalización de los derechos económico-sociales, pero son puntos de discusión concretos y realistas a partir de los cuales se puede orientar la militancia política. En relación con el momento populista, ambas autoras expresan tendencias unilaterales opuestas: mientras que Fraser termina acercándose demasiado a posiciones antagonistas –y con ello pone en serias dificultades el punto de partida ético-discursivo–, Lafont asume una interpretación demasiado sesgada del populismo y no reconoce su núcleo normativo o su dimensión táctica para la inclusión de todos los afectados.

Referencias bibliográficas

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  1. Universidad Nacional de Cuyo, Argentina.
    Contacto: scivolettog@gmail.com.
  2. Este trabajo forma parte del proyecto de investigación “La esfera económica en el campo de la Filosofía Social y Política: la teoría crítica contemporánea en el horizonte de las crisis” (Secretaría de Investigación, Internacionales y Posgrado, Universidad Nacional de Cuyo). He tenido oportunidad de discutir los aspectos de la fundamentación metodológica de la teoría crítica y del papel de los populismos en la filosofía política actual durante una estancia en la Universidad Federal de Minas Gerais en febrero de 2023, gracias a la ayuda de una beca de la SIIP-UNCuyo. Algunas conjeturas relativas a la crisis de la democracia y las nuevas-viejas derechas han sido formuladas en las XIII Jornadas Nacionales de Antropología Filosófica (Mendoza, 2024). Por último, la base del trabajo, relativa a la comparación entre Fraser y Lafont, la abordé en el seminario de posgrado “Pensar con Habermas contra Habermas: debates para la reactualización de un legado de la teoría crítica” (FFyL, UNCuyo, 2024). Agradezco a las instituciones, organizadores y participantes de estas actividades.
  3. Esta es la diferencia específica con otros modelos de filosofía política actual, por ejemplo, en línea con filosofías postestructuralistas o posfundacionalistas, e incluso dentro de algunos de los representantes de la teoría crítica actual.
  4. En un breve ensayo publicado en un número de homenaje a los 40 años de democracia en Argentina he planteado esta idea (Scivoletto, 2023b), de forma muy sucinta, por medio del caso del gobierno del presidente Raúl Alfonsín (1983-1989) como una forma aproximada de institucionalización de la democracia deliberativa. También el ensayo quiere enfatizar el contraste de ese ideal deliberativo con el presente.
  5. El caso actual del gobierno argentino es paradigmático en este sentido. Construido sobre una estrategia política de derecha populista apunta a la destrucción del Estado desde adentro del Estado. En este nuevo orden sin Estado, la organización social es el producto de decisiones individuales que se equilibran no a través de la discusión pública sino de decisiones estratégicas individuales autointeresadas. El modelo de la sociedad de mercado deja de representar una “utopía” (Rosanvallon, 2006) y por lo tanto una instancia de evaluación crítica del Estado para convertirse en una realidad como sistema de organización social. La deliberación –por medio de la cual se determina la voluntad común– deja el lugar a la negociación de intereses no generalizables.
  6. Una expresión paradigmática de esta tendencia podemos encontrarla en Chantal Mouffe (2018), quien interpreta nuestro presente en términos de una disputa de hegemonías, ambas populistas.
  7. El autor analiza cinco grandes best sellers: On Tyranny de Timothy Snyder, Ruptura. La crisis de la democracia liberal de Manuel Castells, How Democracies Die de Levitsky y Ziblatt, How Democracy Ends de David Runciman y The People vs. Democracy de Yascha Mounk. En este trabajo no me ocuparé en detalle de estas obras, sino que me interesa más la reconstrucción general planteada por Sevaybricker.
  8. Esta narrativa se encuentra en línea con la interpretación clásica del populismo latinoamericano como un proceso de democratización incompleta o patológica, en comparación con los saludables procesos de democratización de los países europeos.
  9. Lafont propone ir más allá del principio de la igualdad política para defender también la importancia del control democrático: “Political equality is necessary but not sufficient for democracy. Some form of democratic control over political decision-making by the citizenry is essential to the democratic ideal” (Lafont, 2020, p. 7). Esto supone que si bien es necesario en una democracia de masas delegar (to defer) algunas decisiones, eso no quiere decir que esto deba realizarse ciegamente (blindly defer). La ciudadanía debe mantener el control de lo que se decide si es que, por principio, se espera que no sea solo objeto de las políticas públicas sino también sujeto de ellas. El ideal de autogobierno, de ciudadanía que se da a sí misma sus propias normas, es el que orienta el sentido mismo de la democracia y las reformas institucionales que sean necesarias.
  10. Todas las citas textuales de trabajos en otro idioma han sido traducidas por el autor.
  11. Fundamentalmente, cuatro grandes trabajos: “What’s Critical About Critical Theory? The Case of Habermas and Gender” (1985), “Rethinking the Public Sphere: A Contribution to the Critique of Actually Existing Democracy” (1991), “Transnationalizing the Public Sphere: On the Legitimacy and Efficacy of Public Opinion in a Postwestphalian World” (2009), “Legitimation Crisis? On the Contradictions of Financialized Capitalism” (2015). En este trabajo, todo el interés está puesto en el último texto (Fraser, 2015).
  12. Esta doble posibilidad se basa en las interpretaciones alternativas sobre la expresión política de la teoría discursiva de Habermas, es decir, en qué medida o qué forma político-social debería adoptar el principio del discurso. López de Lizaga (2012) entiende que hay una relación directa entre el distanciamiento de Habermas de una interpretación política maximalista de la ética del discurso (esto es, en términos de una democracia radical ¿anticapitalista?) y la aceptación de los imperativos funcionales de la economía de mercado y el Estado moderno. De acuerdo con este autor, “Habermas asume en esta época una tesis sociológica defendida en su día por Max Weber, y actualizada después por la teoría de sistemas del sociólogo alemán Niklas Luhmann: la tesis de que la economía de mercado y la administración del Estado no pueden someterse a un control democrático más allá de ciertos límites relativamente estrechos sin provocar efectos disfuncionales. En pocas palabras: en sociedades complejas, funcionalmente diferenciadas, un Estado excesivamente democratizado sería incapaz de gestionar sus tareas administrativas, y una economía excesivamente controlada por el poder político sería una economía ruinosa. Esto último es lo que habría demostrado el fracasado intento soviético, pero Habermas asume además que las cosas no serían muy distintas aun cuando el control del sistema económico, a diferencia de lo sucedido en la URSS, quedase en manos de un poder político democrático” (López de Lizaga, 2012, p. 153). Sin embargo, esta caracterización creo que debe ser matizada. No creo que haya en Habermas una especie de “giro” en términos de resignación o claudicación frente al capitalismo, por medio de una adopción de postulados estructuralista-funcionalistas. Si bien es innegable la influencia del debate con Luhmann también es necesario decir que Habermas jamás ha mantenido una posición política “marxista” clásica, que apunte a la “superación” del Estado (como aparato ideológico) y del mercado. Por lo tanto, el alejamiento de una traducción política fuerte de los postulados de la ética del discurso no obedece de manera directa a un cambio de posicionamiento político o teórico. Creo que esta atenuación obedece más a cuestiones metaéticas, en concreto a cómo concibe la teoría moral discursiva en términos puramente formales (Scivoletto, 2023a).


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