Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

4 Conclusiones finales

La presente investigación se interrogó por la concepción de lo político de las aproximaciones histórico-conceptuales de Otto Brunner, Reinhart Koselleck y la denominada Escuela de Padua (Italia). Se buscó mostrar que tales concepciones perfilaban el objeto, las preguntas y el alcance de la labor histórico-conceptual propugnada por cada una de estas perspectivas, así como los posicionamientos teórico-políticos de sus autores, configurando en consecuencia modos diferentes de hacer historia conceptual. Es momento ahora de intentar condensar de manera crítica, y a modo de balance, estas concepciones de lo político, demostrando su respectiva articulación con los encuadres teóricos de cada perspectiva, a efectos de corroborar la fuerza de nuestra hipótesis. Para ello, procedemos en dos pasos. En primer lugar, efectuamos un rodeo por el pensamiento de Carl Schmitt, autor de incontestable importancia para la historia conceptual, para mostrar que sus tesis fundamentales impregnan la mirada de lo político de nuestros casos de estudio. Este rodeo nos permite tomar distancia de la reconstrucción cercana efectuada en cada capítulo e inquirir lo político desde una ojeada de conjunto, que acaso faculta a enfocar desde otro ángulo, más panorámico, el irregular paisaje en que tal cuestión se dispuso, y a cuyo registro nos dedicamos. En segundo lugar, formulamos a continuación tres proposiciones sobre lo político (una para cada perspectiva), que desplegaremos y analizaremos a partir de una recapitulación orientada. A este respecto, nos interesa subrayar cómo en los tres casos lo político adquiere finalmente un sentido reflexivo que reenvía hacia problemas permanentes, y asimismo cómo la relación entre historia y tiempo presente (problema epistemológico que los tres enfoques identificaron con conciencia crítica) permite ganar claridad sobre el lugar de enunciación de el/la investigador/a y de su discurso académico.

1. Un rodeo schmittiano

En distintos momentos de este recorrido, se señaló la relevancia de la obra de Carl Schmitt para iluminar aspectos puntuales del pensamiento de Brunner, de Koselleck y del grupo paduano. Tales referencias circunstanciales acaso no lleguen a dar cabal cuenta de la profunda importancia del jurista alemán para el conjunto de la historia conceptual, así como para las concepciones de lo político estudiadas en cada capítulo. En este sentido, es menester indicar ahora la reminiscencia schmittiana de algunos tópicos centrales abordados a lo largo del trabajo. Tal indicación permitirá también mostrar ciertas coincidencias de fondo en estos autores, explicables ante todo por una común huella schmittiana en su lectura de la Modernidad, y subsistentes aun cuando a primera vista la mirada conservadora de Brunner y Koselleck contraste con aquella más progresista del grupo paduano.

De un modo u otro, la interpretación que Schmitt hace de la Modernidad es certificada por las tres perspectivas. El jurista alemán expone los puntos cardinales de tal interpretación de manera disímil según la obra que se considere, en la medida en que subraya aristas diferentes del problema o reformula tesis previas; del mismo modo, el propio carácter polémico de la biografía y obra del autor hace que difícilmente pueda pintarse un cuadro unitario de su pensamiento (Nosetto, 2014; Aguirre, 2014). Con todo, es posible señalar una serie de hipótesis que en su pluma constituyen una marca de lectura de la evolución histórica moderna, y del modo en que lo político se expresa en ella. Formulemos una breve explicación de tales hipótesis, a efectos de mostrar su pervivencia en la historia conceptual. Elegimos un hilo de Ariadna para comenzar esta efímera empresa sin perdernos en el laberinto schmittiano: la lógica politización-despolitización, abecé para comprender su mirada sobre lo político.

Un punto de inicio marca para Schmitt la emergencia de la Modernidad en el siglo XVI: el fin de la unidad cristiana y la emergencia de las guerras de religión. Tal crisis trajo a la postre una respuesta política novedosa: la doctrina de la soberanía y el nacimiento del Estado, que lograron una neutralización del conflicto interno o despolitización (Schmitt, 2001, 2002, 2006b). La centralización de recursos de poder y el ofrecimiento de una respuesta formal a las pugnas valorativas a través del establecimiento de un orden legal, válido para todos, hicieron que el Estado pudiera detentar el monopolio de lo político y construir en reflejo suyo la imagen de una sociedad homogénea a su interior en cuanto conjunto de súbditos (o de ciudadanos tras los acontecimientos revolucionarios). La progresiva disolución del orden estamental y la concomitante formación de la imagen dual de Estado y sociedad se terminan de consumar en los siglos siguientes.

Que apenas hecha la referencia a la politización hiciera aparición el concepto de Estado no resulta casual: Schmitt considera que esa Modernidad que va de los siglos XVI al XX es legible diacrónicamente como la era de la estatalidad. El Estado va a ser la magnitud política que se hallará en el centro de la lógica de politización y despolitización.

El pensamiento de Thomas Hobbes será decisivo para la interpretación schmittiana del sentido de este proceso, que es el del progresivo declive de la estatalidad, hasta su muerte en el siglo XX (Schmitt, 2002, 2006a). Esto no supone que Schmitt plantee una identidad entre lo estatal y lo político. Todo lo contrario: el declive de la forma política estatal en el siglo XX permite al jurista alemán efectuar una reflexión sobre la politicidad que va hacia una raíz más profunda, hacia los presupuestos mismos que definen el vivir en conjunto, que en su caso adquieren un carácter existencial a partir de la relación amigo-enemigo (Schmitt, 2006a).

El Estado moderno, creación política que por dos siglos logró neutralizar el conflicto interno y demarcar al enemigo externo, acotando la intensidad del enfrentamiento con el mismo (Schmitt, 2003a), estuvo acompañado por un concepto espejo de hondo arraigo terminológico desde el siglo XIX, la sociedad como ámbito de la vida civil, cultural y económica, esto es, no-política. Esta dualidad entra en crisis en el siglo XX con la interpenetración entre Estado y sociedad. El Estado se vuelve un arma de los partidos y poderes indirectos y, más que servir a la neutralización del conflicto interno, pasa a ser parte del mismo, deviene botín de la lucha política (Laleff Ilieff, 2015; Ricci Cernadas, 2014). En suma, el Estado como forma política tiene un inicio y una historia (Schmitt, 2003b), y el código para su lectura reside en la relación entre politización y despolitización.

Desde este punto de vista, es posible tirar de los hilos schmittianos para poner en movimiento las teorías estudiadas. Basta con recordar por ejemplo la querella de Otto Brunner contra la historiografía constitucional liberal, que universalizaba el dúo Estado-sociedad como prisma de intelección de toda realidad histórica, e impedía de este modo comprender la profunda ruptura conceptual que supuso la entrada en la Modernidad. En este sentido, la mirada sobre tal ruptura también es leída con alusión a la estatalidad: la disolución paulatina del orden estamental fue centralizando funciones en el Estado soberano y privando de su sentido político a la lógica del señorío. Así, el reconocimiento de la historicidad del Estado como forma política permite comprender de manera más genuina la alteridad de los ordenamientos previos, así como ganar conciencia crítica sobre la situación del tiempo presente en perspectiva histórica. En ambos aspectos, Otto Brunner se muestra sin duda deudor de Carl Schmitt.

Alcanza asimismo con invocar los planteos tempranos de Reinhart Koselleck en Crítica y crisis (originalmente su tesis doctoral, dirigida informalmente por Schmitt merced a su expulsión de la vida académica a partir de la posguerra), para identificar allí una lectura semejante de la Modernidad. De modo categórico, Koselleck sostenía en ese texto que el Estado absolutista había nacido como superación de una guerra civil, la religiosa, y había muerto como consecuencia de otra, la Revolución Francesa. Aunque de las luchas teológicas a las revoluciones dieciochescas hay una distancia inconmensurable, en virtud de la secularización e inmanentización de las pugnas valorativas, lo cierto es que la clave de la politización y la despolitización permite indicar una analogía formal y comprender cómo el autor lee este proceso. Del mismo modo, la hipótesis del Sattelzeit viene a mostrar la penetración social de esta repolitización, que en un horizonte secularizado redefinió el vocabulario político y la dinámica de la lucha política para los siglos sucesivos. Aunque en una disposición diferente, la pervivencia de la herencia schmittiana también se encuentra en su Histórica. No sólo porque ciertas categorías formales como la de amigo-enemigo o la de interno-externo reenvían explícitamente a su maestro, sino porque el conjunto del gesto antropológico de Koselleck apunta a mostrar la insuperabilidad del horizonte de lo político. Hay un carácter problemático de la vida en común que reenvía a la propia condición humana; una comprensión de tal problema permanente va de la mano con una crítica a las imágenes utópicas, que creen poder superarlo o disolverlo en acuerdos racionales.

El gesto paduano también certifica, aunque a contrapelo, las intuiciones del jurista alemán. En este caso, la neutralización del conflicto efectuada por la máquina estatal moderna no es un logro que haya que celebrar sino una trampa de la que hay que escapar. Aunque Giuseppe Duso, un intérprete atento de Carl Schmitt, se distanciará críticamente de ciertos aspectos clave de su obra (en particular, de su concepto de representación, cuyo corolario de búsqueda de orden y de neutralización del conflicto por vía de la reducción a la unidad va a contramano de las intenciones del italiano), su concepción de lo político viene finalmente a repolitizar aquello que a su juicio fue despolitizado por el dispositivo estatal moderno. Así, la tensión entre conflicto y orden, entre politización y despolitización, resultan centrales para comprender la apuesta de Duso, y se pueden reenviar sin duda a su diálogo con Schmitt.

En suma, es indudable que la huella schmittiana impregna la concepción de lo político de las perspectivas estudiadas. Este rodeo schmittiano nos allana también el terreno para que intentemos ahora ordenar y clarificar el sentido de la indagación que propusimos en este trabajo. La pregunta, a fin de cuentas, es qué importancia tiene haberse preguntado por lo político en la historia conceptual. Creemos posible ofrecer dos respuestas al respecto.

En primer lugar, haber corroborado que lo político es una premisa que orienta la indagación histórico-conceptual de estos autores permite mostrar el propio carácter contingente de sus formulaciones, nacidas de una serie de preocupaciones políticas y de contextos de enunciación que dieron forma a un discurso teórico peculiar. Desde este punto de vista, lo político resulta historizable como objeto al hallarse inscripto en el discurso teórico de la historia conceptual, y tanto más cuanto actúa como una premisa del mismo.

En segundo lugar, si bien es plausible la susodicha historización de la historia conceptual como discurso políticamente situado, no puede dejar de reconocerse coetáneamente que estas aproximaciones nos reenvían hacia la consideración de lo político como problema permanente. Así, más que una relativización del discurso de la historia conceptual, se trataría en este segundo caso de extraer una enseñanza sobre los problemas perennes que ella identifica. Desde la conciencia de la historicidad de los conceptos políticos, estas prácticas histórico-conceptuales registran la pervivencia de desafíos coextensivos a nuestra condición humana, como intentamos mostrar elucidando la concepción de lo político de cada caso.

De este modo, lo político presenta una doble cara en relación con la historia: es una premisa historizable y contingente del discurso teórico, pero a la vez su propia consideración reflexiva reenvía a la identificación de problemas permanentes. La perspectiva de la historia conceptual muestra y engarza estas dos dimensiones de manera reveladora, y sus autores expresan una conciencia crítica de su tensión recíproca. En lo que sigue, formulamos tres proposiciones sobre lo político correspondientes a cada perspectiva estudiada. Ellas pueden considerarse una premisa de cada aproximación, pero también un punto de llegada de nuestro estudio, pues permiten poner en primer plano el carácter reflexivo que adquiere lo político. Cada proposición será analizada poniendo en movimiento estas dos dimensiones de lo político recién mencionadas: de qué modo lo político embebe cada perfil histórico-conceptual llevándolo hacia interrogantes permanentes, y de qué modo la tensión entre historia y tiempo presente conduce a ganar claridad crítica sobre el lugar de enunciación de el/la investigador/a y su discurso académico.

2. Tres proposiciones sobre lo político

1. La concepción de lo político de Brunner alude a la forma de vida de una comunidad, en particular a la estructura interna que organiza la convivencia de sus miembros y a partir de la cual ellos se autocomprenden en su vínculo mutuo.

Para Brunner, lo político es en sentido auténtico la pregunta por las diferentes formas de autoafirmación de los seres humanos, su lucha por la existencia y la organización de su vida colectiva. Los seres humanos actúan «políticamente» por vía de tales esfuerzos, conformando relaciones de dominación y estructuras de orden, que son a su vez condición de posibilidad de la propia acción política. Es el conocimiento de tal estructura interna, que remite a la configuración de lo político en un tiempo histórico, lo que se asume como pregunta central de la labor histórica. La pregunta por lo político desde la aproximación histórico-conceptual propugnada por Brunner no remite entonces a un ámbito acotado de conocimientos, sino a un sentido acaso cercano al de la «forma» política: a las precondiciones, a la estructura interna, a la disposición de los órdenes concretos en que los seres humanos organizaron (y organizan) el problema decisivo de la vida en común en cada tiempo histórico. Asimismo, tales órdenes concretos no aluden sólo a la organización in actu de un agrupamiento humano en un tiempo dado, sino también a la representación de sí mismo y del mundo que éste puso en juego. Esto último sólo puede ser adecuadamente comprendido desde una atenta restitución del lenguaje de las fuentes, a efectos de evitar la traslación de nuestro propio horizonte conceptual al pasado.

El afán por pensar la politicidad más allá de la dualidad liberal-burguesa de Estado y sociedad llevó al autor hacia una concepción para él «integral» de lo político, vinculada con la tradición clásica y medieval, y proclive a poner de relieve que hay distintas formas políticas, identificables en su historicidad y no reducibles a aquella aludida dualidad moderna. A la vez, tal interrogación despliega un componente gnoseológico: frente a la compartimentación de la realidad efectuada por la ciencia moderna, Brunner recupera en el horizonte precedente a la Modernidad un modo diferente de organizar la experiencia del mundo y ordenarlo conceptualmente. De allí surge la posibilidad de preguntarse por lo político en un sentido más amplio. Ahora bien, esto finalmente lleva al autor hacia una convicción antropológica de fondo: hay una cuestión permanente sobre la cual reposa la historia, que no es otra cosa que el problema de la convivencia humana y de su organización. De este modo, la preocupación por lo político, en una clave antropológica, aparece como trasfondo de las reflexiones historiográficas de Brunner.

Aun cuando el autor termina por vehiculizar una mirada sobre lo político que remite a cuestiones permanentes de la vida en común, concomitantemente un nudo epistemológico es reconocido explícitamente: la relación entre aproximación histórica y tiempo presente. La historia concebida por Brunner busca elucidar los «presupuestos» históricos de nuestra propia existencia, para así comprender «nuestra situación respectiva» en el presente. El nudo reside en que si bien «sólo la relación con el presente crea una historia que despierta vivo interés» al mismo tiempo tal relación «conduce no pocas veces a la traslación de categorías desde el presente al pasado, sin ser propias de éste» (Brunner, 1987, p. 15). Así, si bien toda historia se conecta con el presente, se debe evitar la traslación de categorías de nuestro presente al pasado, es decir, el anacronismo.

La conexión con el presente permite engarzar la aproximación histórica con las preocupaciones políticas del autor. El hecho de que la pregunta por lo político termine siendo una premisa no historizada de la propia aproximación orienta las preguntas predilectas del enfoque, mostrando sus alcances y sus límites. En este sentido, la concepción de lo político de Brunner va de la mano con su conservadurismo político y su mirada nostálgica, donde la imagen de la historia por él construida asocia la forma política con la armonía, la revolución con la caída de la forma, y la Modernidad con su vaciamiento. Aun cuando tal crítica de la forma política moderna desde una mirada nostálgica y conservadora sea un gesto característico de Brunner, su obra no se reduce tan sólo a ello, pues brinda pautas para reconstruir críticamente un objeto, la forma política en su historicidad, y para vehiculizar la pregunta sobre la condicionalidad histórica de nuestro presente, esto es, sobre los presupuestos histórico-conceptuales de nuestro orden concreto.

2. La concepción de lo político de Koselleck remite a una serie de problemas permanentes, de carácter antropológico, que marcan indeleblemente nuestra condición humana y se ponen en juego en cada historia concreta sin llegar a ser nunca resueltos.

En el caso de Koselleck, creemos que la mirada antropológica de su Histórica constituye un centro neurálgico desde el cual pudimos ganar claridad sobre la concepción de lo político del autor, así como iluminar el conjunto de su aproximación histórico-conceptual identificando un gesto teórico-político común. Es que, si bien el programa de la Histórica parece dirigirse hacia horizontes más amplios que aquellos contenidos en la hipótesis del Sattelzeit y su apego a la Modernidad, consideramos que en el fondo lo que se sigue vehiculizando es una respuesta a esta Modernidad acelerada por vía de una postura antiutópica, que entiende que hay problemas políticos permanentes, que descree de la identidad entre lenguaje y mundo, y que considera que la historia tiene algo de repetible.

En el modo alternativo de considerar el tiempo histórico se configura un modo distinto de considerar lo político. Frente a la idea de un sentido y dirección en la historia, frente a un horizonte de expectativa marcado por la irrupción de utopías sobre un futuro reconciliado, Koselleck expone la insuperabilidad y, en el fondo, el sinsentido de los dilemas antropológicos del ser humano, frente a los cuales éste ofrece respuestas continuamente frágiles que, en busca de dar sentido a la existencia finita, reproducen el escenario de lo político. Frente a la aceleración del tiempo histórico, que puede leerse como una secularización de las viejas profecías escatológicas, Koselleck parece oponer un gesto de retardación: un gesto katejóntico, que diluye esa experiencia moderna de la aceleración a la luz de lo que permanece. La profundidad histórica, que asoma en la pervivencia de las estructuras de repetición, permite construir una mirada diferente sobre la temporalidad que da a la historia conceptual koselleckiana una idiosincrasia propia y que es, ella misma, una postura teórico-política que embebe su práctica de investigación.

El quehacer de Koselleck vehiculiza paralelamente una ganancia de conciencia sobre el carácter situado de la investigación histórica, que exige dar cuenta del presente desde el cual se habla. Su idea de una «anticipación teórica» apunta a un problema estructural: sólo es posible hacer legibles las fuentes bajo ciertas preguntas, las cuales hacen que justamente la historia (como narración) sea algo diferente a lo que dicen las fuentes mismas, que sea algo más y fundamentalmente una reescritura desde un presente situado. Para Koselleck «[e]scribir la historia de un período significa hacer enunciados que no pudieron ser hechos nunca en ese período» (Koselleck, 1997, p. 92). La suma de las fuentes concretas no puede probar de por sí la existencia de estructuras a largo plazo. Para «hacerlas hablar» se necesita un trabajo teórico previo, que pueda detectar y articular relaciones y precondiciones respecto de las cuales «las personas implicadas en ese momento no podían ser conscientes» (Koselleck, 2012b, p. 22). Es sólo mediante esta anticipación teórica que el/la investigador/a puede determinar la duración y el cambio en la historia y decir algo significativo para nuestro presente. Koselleck muestra así la inevitabilidad de vehiculizar una teoría y una traducción del pasado al presente que doten de inteligibilidad y significatividad al trabajo histórico. Así como en el quehacer historiográfico es menester efectuar esta retraducción del pasado al presente, la misma necesidad estructural aparece cuando la teoría política se ve interpelada a reflexionar prospectivamente. En este caso, las preocupaciones políticas del tiempo presente marcan el modo en que se va a indagar la profundidad histórica y extraer de ella enseñanzas orientadas a prever y actuar en relación con el futuro. Como indica Oncina Coves, la historia conceptual de Koselleck puede ser «prospectiva por ser retrospectiva, proyecta porque rememora» (2003, p. 32).

3. La concepción paduana de lo político remite a la manifestación de la cuestión de la justicia como conflicto entre gobernados y gobernantes, en el marco de relaciones de gobierno que organizan políticamente toda convivencia humana.

En el caso de la reflexión paduana, creemos posible derivar una serie de afirmaciones en torno a su reflexión sobre lo político. En primer lugar, es dable indicar que para esta perspectiva hay un problema político fundamental que es por tanto excedente respecto de cualquier época histórica: el de la justicia como cuestión originaria, surgida de la relación de gobierno que articula la vida en común. La problemática de la justicia se halla, así, como trasfondo y horizonte de la relación política entre los seres humanos. Por ello puede indicarse que la historia conceptual paduana, en su insistencia profunda sobre la problematización e historización de los conceptos, encuentra sin embargo una concepción de lo político permanente entendido bajo la forma de una perpetua tramitación de la idea de justicia, la cual puede expresarse en el presente bajo la forma programática de una repolitización de los gobernados.

De esta consideración puede extraerse un primer comentario específico respecto de la Modernidad. La historia conceptual paduana interpreta que el movimiento fundamental de la Modernidad reside en el ocultamiento del problema originario de la justicia. La red conceptual de la Modernidad —Estado, soberanía, representación, individuo, libertad, igualdad, derecho— se articula bajo una racionalidad formal que neutraliza el problema político de la justicia, lo oculta bajo la idea de un orden legítimo y despolitiza con esto a las personas.

En segundo lugar, podemos extraer un comentario sobre la relación entre historia y tiempo presente. Aunque el trabajo de esta perspectiva subraya de manera fundamental la necesidad de evitar que nuestro modo de precomprensión de lo político, estructurado por la red semántica de la estatalidad moderna, se hipostasie como criterio de intelección de toda realidad histórica (esto es: hay que evitar el anacronismo desde una conciencia crítica de la parcialidad de nuestro lugar de enunciación y de la necesidad de problematizarlo), esa no es la meta final del programa de investigación paduano. No se trata de demostrar la alteridad histórica y lograr con eso la evitación exquisita del anacronismo. Para la perspectiva paduana, la crítica al dispositivo conceptual de la Modernidad es un primer paso necesario aunque insuficiente (por ser una crítica negativa, una delimitación de esa conceptualidad) para pensar y actuar políticamente en el presente. Un paso ulterior, positivo, lleva a los paduanos a —como ellos mismos dicen— introducirse en el riesgo de una serie de reflexiones y propuestas que carecen de la seguridad demostrativa que la crítica negativa posee. En este punto, ir más allá de la crítica de los conceptos modernos tiene una mira fundamental: romper la jaula de hierro de la conceptualidad propia de la estatalidad y el constitucionalismo modernos, con vistas a pensar nuevas formas de imaginación de lo político hoy. Hacer emerger el problema del gobierno y desencadenar la cuestión de la justicia en tanto problema político constitutivo de la coexistencia humana es el paso que los paduanos ofrecen en esa dirección. En ese gesto, en el que la práctica teórica se conmuta en posicionamiento político ante un presente, se encuentra sin embargo algo que acomuna a los paduanos con el pensamiento histórico-conceptual de Brunner y Koselleck: la perennidad de lo político, cuya plausible historización sólo alude a las respuestas parciales y plurales dadas por los agrupamientos humanos a lo largo del tiempo, pero cuyo carácter permanente remite a la insistente resurrección de sus preguntas fundamentales para cada generación, y por ende para el presente desde el cual ahora escribimos.

Expuestas nuestras proposiciones y su desenvolvimiento en cada caso, queremos deslizar ahora una conjetura que vuelve fugazmente sobre nuestro rodeo schmittiano. Es posible advertir que estas concepciones de lo político subrayan o acentúan dimensiones que resultan legibles en la obra homónima de Schmitt (2006a). En primer lugar, el convencimiento brunneriano de que lo político constituye un dominio «integral» que atraviesa todos los ámbitos que hacen a la forma de vida de una comunidad (y no una esfera parcial en coexistencia con otras) presenta una familiaridad manifiesta con la identificación schmittiana de lo político como sostén último de las diferentes esferas de la acción humana (Schmitt, 2006a, pp. 56-58, 67-68). En segundo lugar, la certidumbre koselleckiana respecto de la insuperabilidad del conflicto como característica inherente a nuestra condición humana remite a la idea schmittiana de que toda concepción de lo político en sentido auténtico debe presuponer el carácter antropológicamente problemático del ser humano, así como advertir concomitantemente que las aserciones de una reconciliación universal, o superación definitiva de todo conflicto, no hacen más que encubrir lo político (Schmitt, 2006a, p. 90). En tercer lugar, la propuesta paduana de identificar en lo político un aspecto eidético, vinculado a la cuestión de la justicia, encuentra un parangón en el hallazgo schmittiano de que lo político implica una apertura a una idea trascendente de bien, esto es, de que no hay política sin la dimensión de la idea (Schmitt, 2006a, pp. 150-152)[1].

En este último caso, el reconocimiento compartido de la apertura de lo político a una idea de bien se da sobre el trasfondo de un profundo desacuerdo entre Schmitt y el grupo paduano respecto del intérprete adecuado de la misma. Más allá de las razones específicas que explican tal diferendo, este hecho es indicio de que en realidad no hay un contenido predefinido de la idea ni tampoco está previsto quién debe realizarla. En ello reside propiamente la politicidad del asunto, así como su carácter de cuestión teórico-política abierta al debate.

Es en este sentido que, para finalizar, nos gustaría volver sobre la propuesta del grupo paduano en relación con el presente y, reconociendo ese valioso gesto del «riesgo» por ellos adoptado (y que exige de nosotros no analizarlo solamente desde una posición de mera crítica negativa), asumir al menos el intento de un gesto análogo. Se puede arriesgar, a modo de bosquejo, un giro importante en relación con las propuestas políticas concretas del grupo paduano, sin por ello invalidar —sino, por el contrario, manteniendo un espíritu similar— el gesto de problematización teórica e histórica de nuestros conceptos políticos. El punto de objeción, que no se deduce del planteo programático de los paduanos, es cuál es la justificación de la necesidad de ir más allá de los conceptos de la estatalidad y el constitucionalismo.

La prolijidad del desplazamiento y su sutileza podría llevar a obviar un aspecto problemático en la transición de la crítica histórico-conceptual a la afirmación propositiva en relación con el presente. El deslizamiento reside en sostener que, en la medida en que el Estado supondría una neutralización de la pregunta por la justicia, una rehabilitación política de la justicia no podría contar de ninguna manera con el Estado. Dicho de otro modo, la rearticulación entre ética y política —que permite volver a poner en el centro el problema político de la justicia— no sólo parece presuponer que no es posible pensar en una ética del Estado, sino que el Estado indefectiblemente consuma y reproduce la separación entre lo ético y lo político en la Modernidad merced a la racionalidad formal con que configura el lazo político.

Lo que queremos indicar, a modo de esbozo, es que el gesto valioso de arriesgar una propuesta, invita por su parte a poder arriesgar también propuestas alternativas: ¿no es posible desplegar una mirada sobre lo político inherente a la propia estatalidad, que la asuma como una configuración política más compleja que el cuadro de despolitización presentado por el grupo paduano? ¿Es verdaderamente cierto que no se puede pensar lo político ni una presencia política de los gobernados en los Estados realmente existentes? Más que sostener que hay que superar e ir más allá de los conceptos modernos, se podría insistir en las transformaciones y resignificaciones que la estatalidad ha tenido a lo largo del tiempo y que han repercutido también en nuevas maneras de pensar el lazo político. Por caso, más que pensar en el Estado como el carcelero de la justicia, puede verse en él un actor central para la realización y el afianzamiento de la misma, o para la garantía de nuevos derechos.

Como el propio Duso indica, la lógica de la autorización no ha podido exorcizar (a pesar de su esfuerzo) la cuestión de la justicia, que vuelve a reaparecer aporéticamente aunque no pueda ser adecuadamente expresada por el dispositivo conceptual de la moderna estatalidad. Ahora bien, ¿no es esto indicio de que la reducción de lo político a la revolución conceptual hobbesiana —tal el modo según el cual para Duso se piensa lo político en la Modernidad— es a su vez una lectura en cierto modo reduccionista y esquemática de la Modernidad misma? ¿Fue la Modernidad tan sólo el intento aporético de despolitización de las pugnas valorativas? En otras palabras: ¿hay un único modo de pensar la política en la Modernidad?

Puede indicarse a este respecto que la única superación de las aporías que tal lógica encierra no es necesariamente la propugnada por la paduana en su recuperación de la politización de los grupos subalternos. La pregunta que surge entonces es por qué es esa la propuesta planteada. La respuesta: hay una concepción de lo político propio de la perspectiva paduana que informa su programa de investigación, su crítica histórico-conceptual y también su mirada política concreta en relación con el presente, articulando una coherencia de fondo con los objetivos que desvelaban al grupo desde sus inicios: examinar críticamente el Estado y el constitucionalismo modernos a efectos de pensar la política desde otra perspectiva.

Se concluye sugiriendo que, a la luz de la indagación por lo político en las teorías de la historia conceptual, resulta factible pensar que los profundos aportes teóricos y metodológicos que estas perspectivas brindan a la hora de historizar los conceptos (ayudándonos a hacer frente a los riesgos inmediatos del anacronismo y el partidismo), puede complementarse a través de la pregunta por los problemas políticos permanentes, cuya presencia hemos intentado subrayar como una preocupación común a las tres perspectivas. En este punto, la relación entre la teoría política y la historia conceptual puede pensarse desde un enriquecimiento mutuo, que permite reflexionar teóricamente sobre problemas políticos de largo aliento a la vez que desplegar un trabajo crítico que, en clave histórico-conceptual, no haga caso omiso de la profundidad histórica que todo concepto expresa.


  1. A través de esta conjetura, sólo buscamos certificar relaciones de familiaridad temática: no se sugiere que Schmitt sea el fundamento último de estas perspectivas (como si ellas fueran tan sólo derivaciones y ampliaciones de las ideas del primero), así como tampoco se pretende una formulación discreta y exhaustiva, como si a cada concepción de lo político le correspondiera únicamente aquella dimensión mentada en cada caso, con exclusión de otras posibles aristas del asunto.


Deja un comentario