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Género, generación e historia oral

Un análisis socio-antropológico sobre la conflictividad sindical durante el gobierno de Alfonsín

Lautaro Emiliano Gallardo[1]

Introducción

La transición democrática en Argentina, una vez más en la historia nacional, puso de manifiesto la importancia del sindicalismo en la vida política del país: el movimiento sindical tuvo un papel fundamental en la resistencia y la caída de la dictadura cívico-militar. Frente a tesis derrotistas que postulan una desmovilización del movimiento obrero y sindical coincidimos con Pozzi (1988) en que hubo experiencias de resistencia de trabajadores y trabajadoras. Atesoradas en la memoria colectiva, se rearticularon ante un nuevo contexto y eclosionaron ante la posibilidad de expresarse, manifestarse y sindicalizarse sin temor a las represalias del terrorismo de estado, en una década que estuvo marcada por la abierta confrontación entre los sindicatos y el gobierno radical. En los siguientes apartados veremos cómo se explica esta tensión y qué críticas pueden realizarse a estas interpretaciones.

El aporte de la antropología sociocultural: otras causalidades

Un aspecto importante en torno a la discusión sobre el sindicalismo durante la década de 1980, es que las causales de la creciente conflictividad se explican por variables políticas (pujas entre ubaldinistas, grupo de los 15, miguelismo, comisión de los 25 o 62 organizaciones (Fernandez, 1988; Gargarella et al., 2010; Gaudio y Thompson, 1990; Villanueva et al., 1994); disputas hacia adentro del justicialismo (Levitsky, 2004), o a nivel nacional entre radicales y peronistas), por motivos económicos (salariales) o laborales (sobre todo por mayor estabilidad). La dimensión simbólica o cultural en relación a tradiciones de luchas pasadas o tramas de desigualdad con anclaje en el género no resultan explicaciones generalizadas (a excepción de los aportes mencionados anteriormente).

Si bien se rescata el aporte de datos estadísticos y miradas globales –como las de César Bonanotte, Norberto Zeller, Arturo Fernandez, Victoria Murillo, y Pablo Belardinelli– cabe preguntarse si las explicaciones sobre la causalidad de la conflictividad obrera en la década del 1980 no superan lo salarial, político y económico. Las dimensiones de generación y género puestas en diálogo en este análisis dejaron en evidencia que el intercambio generacional y la incorporación de mujeres al empleo industrial mercedino incidieron directamente en el grado de confrontación. En este sentido, sería lícito cuestionar el solapamiento que se realiza cuando las causales se circunscriben directamente sobre lo salarial o lo político (Fernández, 1988). [2]

Generación: encuentro generacional

Para este análisis utilizaremos la categoría “generación”, entendida desde un punto de vista relacional, la misma:

alude a las condiciones históricas, políticas, sociales, tecnológicas y culturales de la época en que una nueva cohorte se incorpora a la sociedad. Cada generación se socializa en la época en que le toca nacer y vivir: internaliza los códigos de su tiempo y da cuenta del momento social y cultural en que cada cohorte ingresa a un sector social determinado (Margulis, 2001:46).

El encuentro generacional que tuvo lugar en la transición democrática fue uno de los aspectos esenciales de los conflictos durante este periodo. Siguiendo a Agustín Prospitti, Pablo Pozzi y Alejandro Schneider, este encuentro generacional puso en juego experiencias disímiles de relacionamiento con el mundo sindical (Prospitti, 2015; Pozzi y Schneider, 1994). Se articularon nuevas experiencias propias de nuevos contextos políticos y sociales con saberes que habían permanecido de manera subterránea durante los años de dictadura, y con prácticas que permitieron hacerle frente a la represión del terrorismo de estado sin poner en evidencia a sus gestores como parte del movimiento obrero de base.

En este sentido, Pozzi y Schneider (1994), señalan que

la conflictividad aumentó entre 1983 y 1987. Esto responde por un lado al hecho de que en distintos gremios surgieron nuevas direcciones y por el otro a la apertura democrática que dio pie al accionar de los activistas forjados durante la dictadura anterior. Es notable también (…) una tendencia hacia la mayor participación de la base (Pozzi y Schneider, 1994:90).

Los contactos previos con el mundo sindical y con otras formas de trabajo determinaron una experiencia que se capitalizó hacia principios y mediados de 1980. Se debe señalar que gran parte de este recorrido se realizó en condiciones desfavorables, bajo represión de dictaduras como la autodenominada Revolución Argentina (1966-1973) y la dictadura cívico-militar del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) y en un contexto social de alta politización de la clase obrera (sobre todo, en etapas previas y posteriores al Cordobazo). Este fue un factor fundamental que quedó demostrado en la articulación de saberes “subterráneos” sobre estrategias de lucha obrera y sindical, y en el aprovechamiento de los marcos legales que otorgó el nuevo contexto democrático: el ejercicio de la libre sindicalización, derecho a huelga, decisión por asamblea democrática. Siguiendo a Blanco y Vommaro (2018):

Los primeros años de la década de 1980 están marcados por varios elementos. Por un lado, un clima micropolítico de recomposición de las formas de organización, participación y formación. Por el otro, la reactivación de espacios de militancia juvenil que se asientan tanto sobre tradiciones políticas y familiares anteriores, como así también sobre la reelaboración de experiencias previas, lenguajes y formas de apropiación del pasado reciente a partir de lo que aparece como lo novedoso: la valorización la democracia como causa movilizadora de las prácticas cotidianas (Blanco y Vommaro 2018: 844).

Este nuevo significante “democracia” –estructurador de las prácticas y los repertorios de acción– fue la principal disociación entre la vieja generación que había sido socializada en la vida política en contextos dictatoriales con breves y escuetos períodos democráticos, y esta nueva generación democrática.

Género: la participación femenina

Sin lugar a dudas, la variable generación aislada no resulta del todo explicativa a los fines de entender el grado de conflictividad alcanzado entre los años 1983-1989. Uno de los aspectos que dialogan e intersecan la cuestión generacional y el contexto sociopolítico de vuelta a la democracia es la dimensión de género.[3]

El género como categoría analítica en historiografía,[4] siguiendo a Joan Wallach Scott (2008)

denota unas determinadas “construcciones culturales”, toda la creación social de las ideas acerca de los roles apropiados para las mujeres y para los hombres. Es una forma de referirse exclusivamente a los orígenes sociales de las identidades subjetivas de hombres y mujeres. Según esta definición, el género es una categoría social impuesta a un cuerpo sexuado […]. El empleo de genero hace hincapié en todo un sistema de relaciones que puede incluir el sexo, pero que no está directamente determinado por este ni tampoco es directamente determinante de la sexualidad (Wallach Scott, 2008:53).

Según María Di Liscia (2008) la variable generación es también aplicable a las trabajadoras, y resulta explicativa de la falta de experiencia y del clima de participación femenino:

Actuando desde las sombras en los regímenes militares, o desde la inexperiencia de no haber participado ni tener demasiados elementos por su socialización de género, a partir de las acciones del movimiento de mujeres, comienza a vislumbrarse […] una ‘recalificación de la democracia’, que extiende el ejercicio de la ciudadanía a las prácticas cotidianas, a las relaciones familiares y de pareja, al ejercicio de la sexualidad, el tiempo libre y los roles laborales. Por estos años la acción política de las mujeres no se centra en los espacios ni en los mecanismos de la política formal […] en Argentina el movimiento de mujeres se nutrió de varias corrientes –movimientos populares autónomos, militantes partidarios y sindicales y organismos específicamente feministas– que integraban diferentes capas sociales y desarrollos políticos. Partidos políticos y sindicatos representaron lugares difíciles de ocupar y sostener, pero a la par que se luchaba dentro de ellos, las mujeres fueron construyendo y mostrando otras modalidades de participar, de gestionar, de demandar y de presionar (Di Liscia, 2008:159-160).

En el mismo sentido, Francisco Longa (2016) hace uso de la categoría generación para diferenciar la irrupción y participación política de las mujeres en las décadas de 1970, 1980, y 1990:

Surge con claridad entonces que la década del `80 y los principios de los años `90 fueron años de visibilización y consolidación de la actividad política que las mujeres venían ejerciendo desde tiempo atrás. Esta visibilización se dio principalmente a partir de espacios institucionales (secretarías y organismos) en el campo del activismo sindical y también del movimiento de derechos humanos. […] este escenario, que caracterizamos como de visibilización e institucionalización de la cuestión de género en la generación política ochentista, debe ser matizado por otra parte a partir del surgimiento –años más tarde – de nuevas organizaciones sociales donde se comenzará a re configurar una vez más el vínculo entre mujer y política (Longa, 2016:65).

En el ámbito sindical, la década de 1980 trajo un clima de apertura hacia ciertas problemáticas de género (Longa, 2016; Di Liscia, 2008; Chejter y Laudano, 2002; Bilbao, 2013). Según Silvia Chejter y Claudia Laudano (2002):

En los años ochenta, en Argentina, se crearon los departamentos o secretarías que comenzaron a plantear la cuestión de la discriminación, mostrando el sexismo en las prácticas sindicales y también en la vida cotidiana de trabajadores y trabajadoras. En algunos sindicatos, donde hubo activistas feministas, el marco de las reivindicaciones incluyo la visibilidad de las distintas formas de violencia hacia las mujeres, fundamentalmente el acoso sexual y la violencia laboral, así como la discriminación salarial (Chejter y Laudano, 2002:151).

En la misma sintonía, Nelida Bonaccorsi y Marta Carrario (2012), señalan que

desde la apertura democrática hasta la actualidad, los avatares del sindicalismo y la inserción de las mujeres en el mundo laboral asalariado y con ello su sindicalización, ha pasado por diversas instancias que respondieron fundamentalmente al modelo económico instaurado desde 1983 y el aumento de su participación en el mercado de trabajo (Bonaccorsi y Carrario, 2012:132).

Estas autoras resaltan que esa inserción, no estuvo exenta de sufrir “mayor precariedad laboral en la ocupación y la persistencia de inequidades de género” (Bonaccorsi y Carrario, 2012). Sin embargo, esa participación se materializaba en reclamos y tensiones que se hacían oír –con mayor o menor intensidad– hacia adentro del sindicalismo masculino (Gaudio y Thompson, 1990).

Pozzi y Schneider (1994), a partir de la categoría “compañero” aplicado a las mujeres trabajadoras, señalan que se puede entender la contradicción entre machismo y algún grado de aceptación durante la época abordada (década de 1980):

el trato hacia las compañeras también es contradictorio […]. El machismo y la opresión de la mujer en la sociedad argentina ubica a las trabajadoras en un papel subordinado al hombre, pero al mismo tiempo tanto la noción del “compañerismo” como la propia combatividad de las compañeras les ha permitido ganar un lugar de respeto entre los trabajadores (Pozzi y Schneider, 1994:178).

Asimismo, se debe destacar el aporte que las fuentes orales brindan para visibilizar estos aspectos, puesto que permite borrar las sombras proyectadas sobre la esfera femenina en entornos (hiper) masculinizados como el sindicalismo (Díaz Sánchez, 2018). Paula Lenguita (2018) señala que

el sesgo historiográfico se evidencia no sólo por el ocultamiento del protagonismo femenino en el movimiento huelguístico. Más aún, es una narrativa hegemonizada por un relato heroico y masculino, donde la lucha no se representa por mujeres. La narrativa patriarcal en los estudios de fábricas, en todos los tiempos, excluye en el lenguaje y las diversas formas de representación del rol femenino en estas historias (Lenguita, 2018:7).

Desde la misma óptica Pilar Díaz Sánchez (2018) demuestra la dificultad de acceder a estos testimonios a partir de los métodos tradicionales, puesto que

los estudios sobre las mujeres carecen de fuentes convencionales, ya que están infrarrepresentadas en los documentos oficiales y en los archivos en los que trabaja tradicionalmente la comunidad científica, de ahí que dichos estudios se organicen de forma paralela a la renovación de las fuentes históricas, siendo la fuente oral una de las que más riqueza muestra para cubrir los estudios más recientes (Díaz Sánchez, 2018:188-189).

Historia oral y antropología

En otros trabajos (Gallardo, 2021a; 2021b; 2021c; 2022a; 2022b) he reivindicado la historia oral para dar cuenta de este tipo de experiencias, atendiendo a la dificultad de acceder a estas a través de las fuentes tradicionales. Este diálogo entre Antropología e Historia Oral, se basa en la capacidad de la segunda para acceder a testimonios o fuentes orales que revelan un pasado poco conocido o invisibilizado. La Antropología aporta una metodología particular (trabajo de campo etnográfico y sus técnicas), una caja de herramientas capaz de interpretar las voces de los actores que en su narrativa sobre el pasado lo articulan en el presente de la investigación. El análisis de estos testimonios nos brinda la posibilidad de acceder al mundo socio-cultural y simbólico de los y las protagonistas, complejizando el relato histórico sobre hechos del pasado reciente. Este diálogo, refuerza la búsqueda por una mirada subalterna en las narrativas históricas, atendiendo a la construcción del poder en este tipo de discursos sociales (Trouillot, 1995).

En el caso del conflicto de Alimentaria San Luis y otros conflictos sindicales que tuvieron lugar en la década de 1980 las voces de trabajadores y trabajadoras muestran una realidad que está lejos de ser representada en el grueso de producciones académicas sobre el sindicalismo en este periodo. Esta capacidad explicativa aplicada a las problemáticas relacionadas con género y generación se puede ampliar hacia otras esferas de la vida social.

A modo de conclusión

A lo largo de este trabajo, se intentó dar cuenta de las principales posiciones en torno a la conflictividad sindical durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en el contexto de retorno democrático. El aporte de una mirada antropológica sobre el accionar sindical, a partir simplemente de dos variables o dimensiones –género y generación–, permitió complejizar la interpretación introduciendo nuevos aspectos en torno a esta temática.

Esta breve exposición demuestra que existió un plano subterráneo de experiencias que eclosionó durante la década de 1980 y que se corre el riesgo de subsumirlo bajo causales netamente económicas o políticas. Al mismo tiempo, la participación de las mujeres durante este periodo fue activa y trascendente. En este sentido, es importante reafirmar la utilización de fuentes orales, puesto que permiten sacar a la luz esferas que permanecen ocultas y construir las categorías de mayor densidad analítica. El diálogo con la antropología permite construir puentes para un abordaje amplio que complejizan la mirada en torno al pasado reciente.

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  1. Universidad Nacional de San Luis Correo electrónico: gallardolautaroe@gmail.com.
  2. Un análisis con explicaciones salariales y políticas lo realizan: Cesar Bonanotte y Norberto Zeller, y Pablo Belardinelli. Este último autor señala que “A partir del año 1986 adquiere relevancia la reivindicación por aumentos salariales, acompañada por las declaraciones de carácter político partidario (…) en el año 1986.” (Belardinelli, 1994: 145).
  3. Ambas son categorías relacionales. Para una articulación entre generación y género véase: Alanen (2009) y Margulis (2001; 2009).
  4. Para un análisis completo sobre la temática ver Scott (2008); Conway, Bourque y Scott (1987); Martin Casares (2006).


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