Claudia Stefanetti Kojrowicz[1]
En el año 1997 la ciudad de Apóstoles, en el sur misionero celebró el Centenario de la llegada de los colonos polacos y ucranianos. En ese momento comenzó mi relación con la colectividad polaca del lugar. Fui por una fiesta y desde entonces no dejé de trabajar con sus historias, vidas y costumbres. Nos fuimos conquistando mutuamente y pasado larguísimas horas de conversaciones formales e informales entre mate y mate.
Indudablemente para ganarse la confianza uno debe ser creíble y respetuoso de la idiosincrasia del lugar. El estar apurado es una cuestión de la gran ciudad que no tiene ninguna relación con el ritmo de las colonias. Y ni hablar de querer ir a un café, pero si uno se aviene a la costumbre de comer alguna factura casera mientras se habla de lo que hicieron los mayores, seguramente las entrevistas serán las mejores.
Si somos capaces de hacerle saber a quien entrevistamos por qué su testimonio es importante para nuestro trabajo, lo más seguro es que allí comience una larga sucesión sugerencias sobre otras cuestiones desconocidas para nosotros o sobre posibles informantes. Las mujeres mayores que entrevisté para escribir sobre los inicios de la colonización eslava en la región me respondían muy amablemente a todas las preguntas que les fui haciendo, pero en varias oportunidades fueron más allá. Me contaron sus historias secretas, guardadas, silenciadas. Olvidaban que había un grabador encendido y abrían sus corazones a la extraña que las escuchaba sin juzgar. Son momentos en los que toda nuestra ética tiene estar en juego y saber que hay límites que uno no debe sobrepasar al momento de escribir y publicar.
Dora Schwarsztein afirmaba que si a las fuentes escritas habituales para producir conocimiento histórico, los autores además le añaden la utilización e interpretación de esos testimonios se pueden producir textos de una manera mucho más sofisticada incorporando las cuestiones relativas a la memoria, subjetividad y la conciencia como parte indisoluble de la fuente y por lo tanto, materia prima del historiador (Schwarzstein, 1994:197)
¿Sería moralmente válido crear un archivo oral cuyos testimonios pudieran lastimar a terceros o incluso al mismo informante que envuelto en la confianza del momento se liberó y contó más de lo que hubiese hecho en otra circunstancia?
Las comunidades pequeñas suelen guardar grandes secretos o, por lo menos, conservan una cantidad de temas de los que no se habla públicamente aunque todos los vecinos los conozcan.
Algunas de estas señoras encontraron en las entrevistas la oportunidad para contarle a alguien sus viejas vivencias, quizás simples pero guardadas, ocultadas por todos los mandatos culturales de su tiempo, de su pueblo. Mis preguntas giraban en torno a los inicios de la presencia de los eslavos en el sur misionero y de pronto vi cómo ellas me fueron mostrando un camino muy diferente que me condujo a preguntas que necesitaban que ellas mismas fueran muy abiertas y francas para responder. ¿Qué pasó con las mujeres? ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿Estudiaban? ¿Con quiénes se casaban?
Algunas respuestas se daban en voz bien alta, otras casi en silencio o en la convicción de que nadie más conocería lo dicho.
Hasta hace poco tiempo, cuando se hablaba de la llegada de las primeras familias eslavas todos los historiadores hacían referencia a la única fuente disponible, un libro publicado en 1922 por Federico Vogt, un sacerdote que había trabajado en la región: “La colonización polaca en Misiones, homenaje a la Colonia de Apóstoles en el 25 aniversario de su fundación”.
El mismo título del libro introdujo el primer problema de interpretación y aceptación de lo afirmado en todo su trabajo. ¿Fue efectivamente una colonización “polaca”? ¿Las primeras catorce familias eran realmente polacas o quizás eran rutenas? ¿Todos eran católicos apostólicos romanos? Las memorias familiares dicen que no. Hoy quizás ya no se hable de “rutenos”, pero sí de ucranianos de rito bizantino. Los historiadores locales han confeccionado variados listados con nombres y orígenes nacionales de las familias de las que hablaba Vogt. Cada autor fue cambiando los apellidos y las nacionalidades, siempre respetando el número de catorce familias y la presencia de un italiano, el resto se fue modificando de texto en texto, según la procedencia de cada uno. Algunos sostenían que la mayoría de las familias eran ucranianas, otros decían que los más numerosos eran los polacos y quienes no querían entrar en estas discusiones optaban por hablar de familias galitzianas o eslavas.
Un verano de hace unos quince años atrás, inesperadamente una de mis entrevistadas me avisó que me estaba esperando un polaco para mostrarme los documentos que tenían los nombres de los primeros colonos. Mi primera reacción fue preguntarme si podía ser verdad que de la nada apareciera esa documentación. Es cierto que un entrevistado puede ser el eslabón de una larguísima cadena de otros informantes que nos abren sus casas para brindar información, contar anécdotas familiares, mostrar las fotos de sus antepasados o algún pasaporte que pudiera decir cuál es el origen del abuelo que llegó en los tiempos de Francisco José. Mil sensaciones y preguntas me hicieron olvidar los casi 40 grados del mediodía apostoleño. De pronto vinieron a mi mente los recuerdos de todos los archivos visitados y entonces no parecía lógico que después de años de visitar la región, de participar de los festejos por el Centenario de la llegada de los inmigrantes y de las actividades de otros investigadores, de pronto esos documentos buscados por décadas, las claves del pasado, estaban allí, en manos de un hombre simple y alejado de todo estudio histórico. Con todas las dudas y desconfianzas concurrí a la cita. Lo que siguió es una historia muy extensa que concluyó felizmente con la entrega de los documentos a las autoridades municipales. Ahora podemos saber cómo estuvo conformado ese primer grupo de acuerdo a las actas de la Dirección de Tierras y Colonias. Sí se puede confirmar que este grupo estaba formado por 59 personas, 24 adultos y 35 menores, todos anotados como austro-húngaros. No hay ninguna mención a las mujeres, forman parte de la categoría “adultos”. Podemos ver que hay 24 adultos, entre ellos 14 jefes de familia, pero no sabemos si los otros 10 son sus esposas o sus madres o suegras o padres de avanzada edad o alguna otra relación posible (Stefanetti, 2017: 137-157).
Según la ortografía criolla ellos fueron Elías y Alejandro Dutka, Juan Maximovich, Teodoro Koslowski, Honorato Kucha, Miguel Opihanek, Tomás Muzcci, Teodoro Pichmeni, Tomás Wiwik, José Supchezeu, Juan Stefanecki, Nicolás Wlisli, Maciel Bednarz, Woyzeh Szerisni. A este grupo austro-húngaro se le había unido por el camino un italiano, Hector Birareli (Stefanetti, 2017:147).
Los apellidos de esas mujeres están realmente perdidos. También sus nombres de pila. Ni registro de cementerio nos ha quedado. Ellas simplemente ya no están. A tal punto era el tema del nombre de las mujeres que una vez creí estar confundida y le pregunté a mi entrevistada si se llamaba Bárbara o Isabel y me respondió:
Es lo mismo. Hasta mis 40 yo creía que me llamaba Bárbara, porque todos me llamaban Bárbara. Hice el colegio, me casé y tuve hijos. Siempre fui Bárbara. Pero un día me llegó la Libreta Cívica para ir a votar a Perón y ahí decía que me llamaba Isabel. Le pregunté a mi mamá, que me dijo que era así, que me había cambiado el nombre el párroco. El cura decía que había demasiadas Isabel en el pueblo y cuando me bautizó, me bautizó como Bárbara. Así que soy la dos, usted me puede llamar como más le guste.[2]
Tener los apellidos de los hombres tampoco era una clave para acceder a la pertenencia étnica. Al hablar con mis entrevistadas me respondieron en voz baja que “nosotras generalmente tomábamos la religión de nuestros maridos”.[3] Y así es como encontramos familias que comparten el apellido, pero no la iglesia.
Maridos. El gran tema de las señoras mayores que parecen querer contar sus pequeñas grandes historias. Algunas de estas historias son simpáticas, otras nos dan la idea de lo duro que fue ese tiempo de trabajo en las chacras, sin servicios, sin médicos y sin idioma para comunicarse fuera de la comunidad de origen.
En una oportunidad le pregunté a Juanita (94 años) si había tenido algún problema con el idioma en la escuela. Para mi sorpresa me respondió que “jamás tuve problemas por el castellano. Los maestros eran muy buenos. Tenían mucha paciencia. Pero una vez sí se enojó mucho el maestro. Yo quise ir a jugar con su hijo, porque era un chico muy lindo. Me retó mucho. Yo ya estaba terminando la escuela y no lo iba a ver más. Pero en esos tiempos los hijos de los funcionarios, todos argentinos, no se mezclaban con los polacos de las chacras.”[4] Lo más interesante de ese relato fue que su hija estaba cerca escuchando lo que decía su madre y no lo podía creer. Juanita se había casado muy joven, nunca había contado que alguna vez soñó con alguien que no fuera el padre de sus hijos. Una anécdota que puede parecernos simple, casi insignificante pero que para ella era un gran recuerdo que había cuidado en silencio durante los más de 70 años que llevaba casada. Su hija se preguntaba por qué Juanita elegía compartir esos momentos de juventud con una investigadora porteña y no con la familia. Quizás porque los silencios son lo más corriente en las poblaciones pequeñas y, muchas veces, los extraños provocamos cierta confianza liberadora. Louise White afirma que los secretos se negocian, las decisiones sobre a quién contar, cuánto contar y a quién no contar describen los mundos sociales y la forma y el peso de las interacciones en ellos. Todo esto hace que las mentiras y los secretos sean fuentes históricas extraordinariamente ricas. Puede que no veamos la verdad distorsionada por una mentira o la verdad escondida por un secreto, pero vemos las ideas e imaginaciones por las cuales las personas revelan lo que no debe hacerse público, y cómo deben llevar a cabo el ocultamiento de una narrativa con otra. (White, 2000: 11)
La colonia creció al ritmo del maíz que les dio el primer pan fresco, ganancias y esperanzas. Se construyeron molinos y la vida económica comenzó a organizarse. No solo había inmigrantes europeos, también llegaron algunos japoneses que dominaban el arte de cultivar el arroz, un saber que transmitieron a los otros pobladores.
Con el tiempo, polacos y ucranianos aprendieron a plantar y elaborar la yerba mate. Algunas de aquellas familias yerbateras se transformaron en grandes empresarios en cuyas manos está la mayor parte de la producción nacional e hicieron de Apóstoles la Capital Nacional de la Yerba Mate.
Se habla de algunos pioneros yerbateros con gran respeto y admiración por todo lo conseguido, pero nada se dice de sus esposas. Mujeres que necesariamente tuvieron que trabajar a la par de ellos, sin medios, sin infraestructura alguna que las acompañara, sin médicos ni parteras, sin idioma para comunicarse fuera del grupo de origen. Hasta el presente, los descendientes varones de esas familias suelen hablar con más naturalidad de los tiempos en los que eran pobres; las mujeres tienden a “olvidar” que no había dinero y que tuvieron una infancia casi sin escuela y sin juguetes. Algunas de ellas no supieron leer y escribir hasta que sus propios hijos fueron al colegio y, mientras intentaban ayudarlos con las tareas, aprendieron a la par de los chicos. Las hijas se quedaban en la casa ayudando en la cocina familiar y en el comedor de los obreros de los molinos. Los hijos varones sí iban a la escuela y, cuando los negocios florecieron, continuaron sus estudios en la Universidad. No debe sorprendernos que aquellas niñas cuando se convirtieron en adultas mayores con una muy buena posición económica decidieran construir escuelas para los adultos de la región. Esas mujeres trabajaron en silencio en la chacra, en el yerbal, en la empresa y en cumplir sus propósitos. Fueron niñas obedientes y mujeres mayores que supieron ser independientes sin que el pueblo lo notara.
En una oportunidad fui a Apóstoles con fotografías antiguas en las que, entre otras cuestiones, se podían ver ranchos y un taller en el que había un triciclo. Las mujeres solían comentar “pobre gente que mal que vivía”, cuando ellas mismas fueron habitantes de esos ranchos. Sin embargo, los hombres se expresaban casi como pensando en voz alta sin reparar en mi presencia, las frases eran comentarios como “pensar que vivíamos ahí” o “ese taller no es el nuestro, en casa no había chiches de ninguna clase, mucho menos un triciclo”.[5]
En el transcurso de una entrevista sobre una de las yerbateras importantes, le pregunté a una de estas mujeres por sus padres, sobre cuál había sido el trabajo de cada uno. No hubo ninguna sorpresa en el relato masculino, confirmó todos los motivos por los cuales el jefe de la familia es un hombre admirado hasta hoy, 60 años después de su muerte. En cambio, su mamá había desarrollado un rol mucho menos amable y no por eso menos importante para el futuro de la empresa: ella organizaba los matrimonios según las necesidades de la yerbatera. ¿Cómo contar los detalles? María, llamémosla así para respetar sus recuerdos, se sintió feliz de contarme todos los pormenores de los amores de su vida, de esos de los que nunca se habló en la casa. Se había enamorado perdidamente de un joven japonés que había ido a enseñarles a cultivar arroz, pero su madre ya le había prometido su mano al inspector del Instituto de la Yerba Mate, un hombre que la doblaba en edad, dueño de una avioneta y de la firma de todas las autorizaciones necesarias para la comercialización de lo producido en la chacra. María se casó “con el padre de mis hijos”, en toda la entrevista nunca lo llamó por su nombre, alguna vez pronunció su apellido. El joven japonés estuvo en su boda, ella lloró y lloró, sintió que su madre nunca la había entendido. Ni entendió que su madre estaba organizando su futuro en un marco de seguridad económica. María pronto quedó viuda y, efectivamente, en una buena posición. Para casarse por segunda vez, ya no pidió permiso y cuando hablaba de él decía “mi marido” o “el amor de mi vida”. Toda la historia es muy rica en detalles que explican la vida y la organización social de la época, pero considero que la ética debe anteponerse y pensar que aunque la protagonista haya confiado en nosotros, no se trata de desnudar la vida privada, de saber detalles íntimos, destapando secretos ajenos que pueden provocar dolor en personas cercanas. Lo más importante de su relato es que nos permite entender cuáles eran los diferentes roles de las mujeres, incluso en las empresas que parecen solo manejadas por hombres.[6]
Para finalizar quiero volver a la idea de que ellas fueron guiando mi camino de investigaciones en la región. Mi labor más intensa y rica fue la que ellas me pidieron que realizara. Durante los muchos años de trabajar juntas en diferentes proyectos, una y otra vez me insistían en que debía escribir sobre el primer médico polaco de la colonia. Era una tarea que no me seducía, nada me provocaba interés. ¿Qué podía tener de interesante que un hombre como tantos hubiese ido a trabajar a un pueblo como tantos? Finalmente, Susana, la más interesada de las señoras mayores comenzó a despertar mi curiosidad y se inició así una aventura totalmente inesperada. Mis informantes fueron todas señoras mayores de 80 años, todas guardaban historias, versiones, datos concretos de aquel médico llamado Julio Jurkowski, nombre que quizás no nos dice nada especial. Sin embargo, si digo que fue el primer suegro de Horacio Quiroga, tal vez ya nos provoque algún interés y si además, recordamos que fundó la Facultad de Medicina de Montevideo seguramente ya nos preguntaremos por qué fue a morir a Misiones. Y quienes leímos el libro de María Esther de Miguel, El general, el pintor y la dama nos sorprenderemos mucho más si nos cuentan que el médico fue el esposo de “la dama”. Después de todos estos datos ya no había salida, había que ayudar a estas señoras a rearmar la vida de Jurkowski. Pero aún faltaba que me confesaran lo que realmente estaban buscando: ellas no solo querían que recompusiera su historia antes de los 100 años de su fallecimiento[7], querían que encontrara sus restos. Como ya sabemos, los archivos y registros no suelen ser lo más completo en nuestro país. El Cementerio de Apóstoles no fue la excepción. No había registro de su entierro. Solo muchas historias contadas en el pueblo que nos hacían reflexionar sobre las enseñanzas de Portelli sobre la subjetividad de los testimonios orales y de su potencialidad como recurso. ¿Qué era lo que realmente había acontecido? ¿Qué era lo que se quería contar o callar?
Julio Jurkowski nació el 18 de enero de 1843 en la ciudad de Varsovia, que por aquellos tiempos estaba bajo dominación rusa. Allí comenzó sus estudios de medicina, pero luego de su participación en el fracasado Levantamiento de 1863, contra el gobierno zarista, se exilió en Francia donde continuó estudiando hasta que en 1867 se instaló en Montevideo. Trabajó como médico en el Lazareto de la Isla de Flores y en las ciudades de Rocha y Minas. Se casó con la hija de un importante médico de la élite uruguaya, de apellido Piquet.
En 1876, año en que se instalaron las primeras cátedras de la Facultad de Medicina, Jurkowski obtuvo la cátedra de Anatomía. Fue el primer Decano electo y segundo en ejercicio de la nueva Facultad, a su vez que vicerrector de la Universidad. Renunció en 1884. Era un médico realmente prestigioso. Los autores uruguayos suelen resumir el resto de su vida afirmando que Jurkowski perdió todo su prestigio y su dinero por una desdichada aventura personal que lo llevó a la ciudad de Salto y de allí a morir en un pequeño pueblo de Misiones.
Como vimos, Julio Jurkowski y Horacio Quiroga, dos hombres que hacen a la vida y la cultura de Misiones, se relacionaron aunque no hayan estado al mismo tiempo en la provincia. Para entender sus coincidencias, podemos comenzar nuestra historia en la ciudad de Salto, Uruguay, en medio de las flores y serpentinas del carnaval de 1898, donde los jóvenes jugaban a conquistarse bajo la mirada atenta de los padres y tías que todo lo ven y controlan. Dos carruajes se cruzaron en medio del corso, él iba con sus amigos, ella estaba acompañada por su padre y su madrastra. Cada uno fue su primer amor.
La niña de unos catorce años era María Esther, la hija del médico polaco. Su madrastra era Carlota Ferreira una mujer de muchos amores, famosa por integrar el trío que María Esther de Miguel nos hizo conocer en su novela. Uno de sus amantes la inmortalizó vestida y desnuda: Juan Manuel Blanes, el pintor, su suegro. En 1886 se había casado con Nicanor, el hijo menor de Blanes, pero unos meses más tarde su matrimonio fue anulado y se unió a su último marido, Julio Jurkowski con quien, en 1895, se mudó a Salto donde el médico abrió una clínica psiquiátrica. Lo llamaron el “doctor del agua” porque fue el primero en aplicar la hidroterapia como método curativo.
María Esther Jurkowski y Horacio Quiroga tuvieron una relación apasionada en un ambiente pueblerino. Murmuraciones, chismes, desencuentros se unieron para desunir a la pareja. En algún momento la madre de él se opuso a la relación, a continuación la familia de ella. El resultado fue que la enviaron a Buenos Aires para alejarlos, pero el amor de Horacio lo llevó a la otra orilla una y otra vez. En uno de esos viajes de encuentros furtivos con María Esther, Quiroga conoció a Leopoldo Lugones con quien tiempo después iría a Misiones como fotógrafo.
Horacio Quiroga contó la historia de su primer amor en Una estación de amor, el relato en el que se basó también, su obra de teatro Las sacrificadas. Drama de amor en el que la morfina aparece como elemento patético del deterioro familiar. La primera parte de la serie Una estación de amor: Primavera y Verano son el relato de un romance entre los jóvenes que se interrumpe por la intromisión de los mayores. La segunda parte: Otoño e Invierno describe el reencuentro de los novios en febrero de 1905. El escritor se suicidó en 1937, al poco tiempo, ella también.
Se sabe que después del primer encuentro romántico entre Esther y Horacio, Jurkowski abandonó Uruguay y fue a Cosquín con otro médico polaco, Miguel Laudanski. Allí abrieron una clínica para tuberculosos. La empresa fracasó, el socio se suicidó, Jurkowski perdió toda su fortuna y quedó totalmente atrapado por la morfina. Nada se sabe de Carlota después de la venta de la propiedad de Salto. No sabemos si fue a Córdoba. Solo sabemos que Julio Jurkowski llegó a Apóstoles 1902 como el primer médico y farmacéutico que tuvo el hospital de Apóstoles. Trabajó incansablemente entre los polacos que se sentían felices por comenzar a tener atención médica y en su idioma. En Uruguay había integrado los cuadros de la Logia Sol Oriental de la cual fue su Venerable, quizás eso explica que haya elegido ir a la colonia de Apóstoles ya que esta estaba dirigida por otro miembro de la Masonería, Francisco José Bialotocki. Murió el 22 de diciembre de 1913, víctima de una sobredosis de morfina.
Hasta aquí tenemos una historia formal, con datos confirmados a través de distintas fuentes. Pero esa no es la historia importante que circula en Apóstoles. Allí se cuenta que Julio Jurkowski era un gran hombre, muy comprometido con todas las causas polacas, quien ayudaba siempre que se alguna institución lo necesitaba para escribir alguna nota, peticionar ante las autoridades o realizar trámites formales. Hasta hoy se habla de lo importante que fue “para nuestros abuelos” que llegara un médico que les hablara en su idioma en un ambiente tan diferente de aquel en el que habían crecido en Europa. En todas las familias se conservan memorias de lo difícil que era tener hijos vivos o sobrellevar ciertas enfermedades locales. Jurkowski y su enfermera aparecen en todos los espacios familiares como esas personas con las que se está en deuda. Y aquí aparece otro personaje local del que no hay ningún dato concreto y, sin embargo, atraviesa todos los relatos: Pani Rozalia[8], la enfermera. Hay una historia compartida, una memoria colectiva que nos cuenta que era su asistente y que el día de la muerte del doctor, ella estaba en otro pueblo atendiendo un parto. Al llegar a su casa en Apóstoles le avisaron no sólo que había muerto, sino que ya habían enterrado a Jurkowski. Pani Rozalia lo hizo desenterrar, vio sus restos y enloqueció porque, a su entender, había tenido catalepsia y lo habían enterrado vivo. Desde entonces, vagó por las calles del pueblo, seguida por perros, siempre mirando hacia atrás por si Jurkowski la pudiera estar llamando. Nada de esta historia pudo corroborarse.
No se pudo precisar cuál fue su apellido ni cuando murió, Pero sí, con los testimonios de las señoras pudimos establecer que Pani Rozalia vivió por lo menos hasta fines de los años 50, porque todos recuerdan que durante la epidemia de poliomielitis que sufrió nuestro país fue la masajista de buena parte de los niños. Esos niños, ya mayores la recuerdan con cariño y agradecimiento, en voz baja agregan que sus padres siempre le daban dinero por los masajes y una copa de vino. Aparentemente después de la muerte de su empleador, el doctor, ella se siguió viviendo sola y se volvió alcohólica.[9]
El tiempo pasaba y nada nos acercaba a los restos de Julio Jurkowski. Solo teníamos relatos parecidos a la Dama de las Camelias e historias románticas y trágicas. Quizás viendo que ya estaba empezando a desanimarme, una de las informantes organizó una excursión al cementerio con algunas de las señoras mayores, miembros de las familias más importantes. Una de ellas, me llevó hasta una tumba que tenía una pequeña pared frontal y del lado posterior se podía ver una pequeña puerta de hierro y vidrio que resguardaba una urna de madera. La señora siempre había sabido que allí estaba enterrado el médico, pero era un secreto de familia.[10] Un romance oculto. Jurkowski verdaderamente había muerto por una sobredosis de morfina en su casa, es decir, en la habitación que le alquilaba a una señora y la historia de Pani Rozalia era una buena distracción.
Ahora el problema era otro. ¿Cómo abrir la tumba, establecer de quién eran los restos que estaban en aquella urna? El administrador del cementerio dio las autorizaciones necesarias, se abrió la puerta y en la urna se conservaba un certificado que decía que lo habían trasladado allí en el año 1944, cuando la colectividad polaca había recordado los 100 años de su nacimiento. Y así, gracias a la ayuda de las señoras mayores se pudo dar con sus restos y el 27 de agosto de 2014 se realizó un acto para recordar los 114 años de la llegada de los colonos y se inauguró una nueva tumba que sacó del olvido al primer médico de los polacos.
Me pidieron que ese mismo día tuviera encuentros con alumnos de los diferentes niveles educativos de Apóstoles. Me preguntaba cómo iba a hacer para hablar con los más chicos, no podía imaginar cómo sería ese encuentro. Fue el mejor: ellos hicieron muchas preguntas sobre cómo, cuándo, por qué se busca información. Lo más importante llegó cuando vieron que sus abuelas eran las personas que habían sido mis ayudantes, las personas indispensables para que la investigadora pudiera llegar a la meta propuesta. Uno de los chicos me dijo: “Ah, mi abuela es Watson y usted es Sherlock Holmes”. Y así, con los más chicos comenzamos a hablar de la importancia de la memoria, de los mayores, del respeto y de todo lo que los más grandes tienen para darnos. Por eso en esta ponencia no quise hablar de abuelas, porque para esos chicos la abuela es la que nos hace algo rico o nos teje algún abrigo, y, de alguna manera, es una señora que ya no puede hacer nada interesante y valioso. Ver la expresión de esos chicos viendo a sus abuelas como los personajes fundamentales para recuperar una historia fue lo más importante de mi aventura con el doctor Jurkowski.
Después aparecen otras batallas. Los “historiadores” locales y sus versiones “literarias”, creativas y nada rigurosas que se sienten atacados por los nuevos datos. Cuando uno hace historia oral tiene que saber que sus entrevistas regresarán a sus informantes en forma de escritos que pueden afectar de diferente manera a quienes los lean. Por eso, el respeto y la verdad son esenciales.
Bibliografía
Bartolomé, L. (1982). Colonias y colonizadores en Misiones. Posadas: Instituto de Investigación, Facultad de Humanidades, Posadas: UNaM.
Portelli, A. (1991). “Lo que hace diferente a la historia Oral”. En: La historia oral, W. Moss, A. Portelli, R. Fraser y otros. Introducción y selección de textos. Dora Schwarsztein (comp.) Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, pp 36-51.
Prutsch, U. y Stefanetti Kojrowicz, C. (2003) “Apóstoles y Azara: dos colonias polaco-rutenas en Argentina, visto por las autoridades argentinas y austro-húngaras”. En: Josef Opatrny (ed.), Emigración Centroeuropea a América Latina. Praga: Editorial Karolinum, pp. 147-160.
Schwarzstein, D. (2002). Fuentes orales en los archivos: desafíos y problemas. En: Historia, Antropología y Fuentes Orales, 27, 167–177. http://www.jstor.org/stable/27753102
—- (2001) Historia Oral, memoria e historias traumáticas. En: História Oral, Vol.4. Dossiê – Narrativa e narradores. ABHO, pp. 73-83
—- (1995). La historia oral en América Latina. Historia y Fuente Oral, 14, 39–50. http://www.jstor.org/stable/27753484
Stefanetti Kojrowicz, C. (2001). Don Juan Szychowski, un pionero polaco, un nuevo modelo de trabajo para la Argentina. En: Josef OPATRNY (Ed.), Emigración Centroeuropea a América Latina. Praga: Editorial Karolinum, pp 253-266
Stefanetti Kojrowicz, C. (2017) Campesinos austro-húngaros en el sur de Misiones (Argentina). El hallazgo de documentos originales echa luz sobre las incertidumbres de sus comienzos. En: PRUTSCH, Ursula et al. (Coords.), Aventureros, utopistas, emigrantes del Imperio Habsburgo a las Américas. Estudios AHILA de Historia Latinoamericana. Madrid: Iberoamericana Editorial Vervuert, pp.137-157
Vogt, F. (1922) La colonización polaca en Misiones, 1897-1922. Buenos Aires: Tipografía “El Semanario”
White, L. (2000). Telling More: Lies, Secrets, and History. History and Theory, 39(4), 11–22. http://www.jstor.org/stable/2678047
Las entrevistas fueron realizadas en la ciudad de Apóstoles, Misiones, en diferentes oportunidades a partir de 1997 hasta el presente.
- Facultad de Ciencias Sociales, UBA. Correo electrónico: claudiask@gmail.com.↵
- Entrevista en Apóstoles, enero 2015.↵
- Entrevista en Pascuas 2010, Apóstoles.↵
- Entrevista en Azara, julio 2012.↵
- Entrevistas julio 2012, Apóstoles.↵
- Entrevistas realizadas en Apóstoles, Pascuas 2010.↵
- Julio Jurkowski murió en Apóstoles el 22 de diciembre de 1913.↵
- La señora Rosalía, en polaco.↵
- En cada viaje realizado desde 1997 he hablado con personas atendidas por Pani Rozalia y todos los recuerdos son coincidentes.↵
- La visita al cementerio de Apóstoles se realizó en enero de 2011.↵






