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“… pasé varios meses clandestina, pero [cuando] la situación se hizo insoportable fue necesario recurrir a la embajada”[1]

Visibilizar el papel de las mujeres en la práctica de asilo diplomático en la embajada mexicana en Chile

Araceli Leal Castillo[2]

Nuevas preguntas

El olvido colectivo que pretende desechar la memoria de la violación de los derechos humanos tiene que ser contrarrestado con la recopilación de los testimonios de los sujetos afectados para que contribuyan a “[…] recordar el pasado para comprender [el presente]” (Garay y Aceves, 2017: 8). Los testimonios son producto de la incorporación de las diferentes memorias que las personas reúnen individual o colectivamente. Esta última, la colectiva, es el “[…] conjunto de recuerdos, conscientes o no, de una experiencia vivida y/o mitificada por una colectividad viva, de cuya identidad forma parte integrante el sentimiento del pasado” (Coraza y Dutrénit, 2020: 13). Portelli, afirma que la memoria es una reelaboración de lo que “realmente ocurrió”, no es estrictamente “la voz del pasado”, es decir, la memoria, como interpretación del suceso del pasado está mezclada con silencios, errores y contradicciones (Schwarzstein, 2002: 13).

En este trabajo haremos desde el presente nuevas preguntas a un conjunto de fuentes orales creadas con un propósito definido[3] con el objetivo de reflexionar desde otra perspectiva el estudio del asilo diplomático en la embajada mexicana en Chile, que por décadas se ha identificado como un fenómeno vinculado a las historias de los altos funcionarios del gobierno derrocado. Empero, si enfocamos el estudio a un caso más concreto –el de las mujeres– seguramente encontraremos variables tan complejas y profundas como las arrojadas por los relatos monumentales que casi siempre son masculinos. Para ello examinaremos las memorias –experiencias, el entorno, la trama– de las mujeres asiladas en la representación mexicana en el país conosureño; intentaremos ir más allá del análisis de la cotidianidad, de las estrategias de supervivencia, para ponderar el papel de las mujeres que hasta el momento se ha invisibilizado al percibirlas como simples acompañantes y no como perseguidas por la dictadura.

“El asilo es una cosa de las que más me ha marcado en la vida” (Faivovich, 1997)

El 10 de diciembre de 1948 la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, determinó que “en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país” (ONU, 1948). La institución de asilo simboliza la protección que un Estado acuerda a un individuo que busca refugio en su territorio –asilo territorial– o en un lugar fuera del mismo –asilo diplomático. Este último es el que se “otorga temporalmente, en los locales de la misión diplomática, a personas –de otras naciones–, que acuden a ellos en situaciones de urgencia al ser perseguidos por motivos políticos o ideológicos” (Ramírez, 2012: 85).

Como afirma Isabel Allende: “[…] sin lugar a dudas México [es] una tierra de asilo sumamente generosa” (1997). En efecto, por más de un siglo, el asilo diplomático se ha consolidado como un precepto esencial de la política exterior mexicana, brindando protección a miles de perseguidos políticos durante la guerra civil española; refugio a disidentes del régimen estalinista; amparo a cientos de opositores de autoritarismos, dictaduras y conflictos armados que prevalecieron en América Latina, a lo largo del siglo xx.

La dictadura chilena

El 11 de septiembre de 1973, Augusto Pinochet encabezó el golpe de Estado en contra del presidente Salvador Allende, desde ese momento los militares se proclamaron ungidos de la misión de “reparar los males atribuidos a la acción del marxismo, indicada como contraria a los intereses nacionales, y definía la situación del momento como constitutiva de un estado de guerra interna librada contra sus agentes.” Los enemigos internos, no sólo eran los partidarios del gobierno derrocado, o los militantes de los partidos políticos de la izquierda, sino que “ciudadanos corrientes, padres y madres de familia [también] fueron […] califica[dos] como extremistas, como delincuentes subversivos, como un peligro para la sociedad.” Esa clasificación provocó que decenas de personas fueran arrestadas y recluidas, bajo cargos que iban desde “delitos escasamente comprobables hasta la amplificación de supuestas conspiraciones” (Comisión, 2004: 161, 163 y 494). En ese escenario, las mujeres pasaron a ser un grupo denominado “peligroso” pues su accionar amenazaban el orden público y, por ende, la jerarquía masculina que el nuevo orden imponía.[4] Las primeras señales en términos de control y dominación por su sola condición de género, estuvieron dadas por el ejercicio de la represión sobre las mujeres por su militancia política (Bunster, 1996: 48; Zamora, 2008: 29-36). El testimonio de Danuta Rajs nos confirma la existencia de esta “categoría” de búsqueda:

Después del golpe de Estado […] me hicieron un sumario, me expulsaron de la Universidad. Me buscaban [porque] era dirigente sindical en la Universidad de Chile, además de ser académica. Era una persona muy peligrosa. Por suerte, un capitán de la Fuerza Aérea, encargado de buscarme sabiendo que estaba embarazada le dijo a mi papá: “[…] la voy a buscar después que tenga el parto.” Y efectivamente, –tuve el parto el 19 de diciembre del año 73. A partir de enero del 74 empezaron a haber allanamientos en casa de mis familiares, buscándome, no me encontraron porque tuve bastante cuidado de estar en partes donde nadie sabía que yo estaba y [porque decidí] desprenderme de la niñita, y eso era muy terrible (1997).

Del mismo modo, la persecución institucionalizada, se enfocó a un segmento de mujeres “que no ostenta[ban] una identidad pública propiamente reconocida, pero desde la perspectiva del Estado obt[uvieron] su identidad de su relación con un hombre” (Bunster, 1996: 47). Fue así que esas mujeres fueron seleccionadas por la militancia de un esposo, de un hijo, un padre o un hermano. Esas mujeres eran advertidas como una extensión de un hombre, que a su vez era considerado, el enemigo en una guerra interna. La experiencia de una niña de entonces, sin activismo político pero que sus relaciones familiares la convertían en una subversiva más, evidencia que la persecución, le significó un sufrimiento implacable, porque tempranamente se da cuenta que su futuro está a merced del régimen militar.

Al momento del golpe yo tenía 12 años […] debido a que mi papá [era] muy cercano a Allende, el día del golpe [nos] dice: “váyanse a donde puedan esconderse porque yo voy a ver qué hago de mi vida” y cada uno salió por su lado. Con mi mamá, nos fuimos a esconder a casa de unos amigos, luego a un rancho metido en la cordillera. Teníamos mucho miedo. No puedes decir ni tu apellido, mi mamá escondió sus papeles de casada y pasó a ser soltera y decía que era mi hermana, todo un cuento tremendo para no decir nunca mi apellido (Faivovich, 1997).

El Estado militar se percib[ía] a sí mismo como funcionando para perpetuar y extender los valores de las fuerzas armadas, masculinidad, poder y autoridad pública […] Ello fundado en la suposición de que las mujeres y las nociones de lo ‘femenino’ son herramientas para ser utilizadas por hombres; simultáneamente, el militarismo […] sost[enía] que las mujeres constituyen una seria y temible amenaza del orden público y la jerarquía masculina definida y controlada por los hombres […] es por ello que las mujeres fueron ‘metódicamente rastreadas y encarceladas’ (Bunster, 1996: 48).

Mirtha Abraham rememora como fue acosada:

Bueno, en ese momento me andaban buscando por participar en el gobierno de Allende, habían ido a la casa de mis padres a buscarme, habían allanado la casa de mis padres, habían allanado el departamento donde yo vivía, de manera que era evidente que había una búsqueda, que había persecución. Yo pasé varios meses clandestina, pero hubo un momento que la situación se hizo insoportable (1997).

Las perseguidas, que cada vez se enfrentaban a situaciones más precarias, paulatinamente, reconocieron que, para salvar sus vidas, la mejor opción era salir de su país, recurriendo al instrumento interamericano e internacional de protección de los derechos humanos: el asilo diplomático, en este caso, en la embajada mexicana en Chile. El testimonio de una exdirigente sindical narra las circunstancias que la orillaron a solicitar asilo en la embajada mexicana en Chile:

Yo en realidad elegí entre comillas la embajada de México porque en el momento en que decidí que ya mi situación personal era insostenible como estaba, las únicas dos embajadas que estaban dando asilo eran Finlandia y México, eso ha de haber sido en abril de 1974. Y obviamente, yo quería estar en América Latina. Por eso yo pedí México (Rajs, 1997).

El ingreso de las “enemigas” a la embajada de México en Chile

En general la experiencia del desplazamiento forzado y del asilo representa una vivencia individual y, a la vez, colectiva de terror enmarcada por la ruptura de los referentes de orden, localidad y sentido a los que los sujetos están habituados. Como relatan las entrevistadas, el primer paso para obtener la protección del instrumento de asilo, es llegar a un país seguro y salir del propio. Lo que significa peregrinar y sobrevivir barreras militarizadas; trámites discriminatorios y engorroso con el fin de ganarle una partida a la política represiva de los militares “destinada a impedir que las personas puedan salir de sus países de origen. Y si salen, a que se queden en el tránsito y si llegan, a que sean devueltas” (Smith, 2013: 13). Las palabras de una asediada nos muestran que el ingreso a la embajada mexicana era una práctica complicada y arriesgada.

Para entrar a la embajada mexicana uno tenía que primero ir al consulado y entrevistarse con un funcionario [quien] Me preguntó, a qué partido pertenecía, qué cargo ocupaba, sobre la militancia, por qué me andaban buscando, qué peligro sentía. Si él consideraba que las razones eran fundadas, le decía a uno que tenía derecho a asilarse. [Con] la autorización, uno tenía que buscar las formas de entrar a la embajada que quedaba en otra casa. El consulado era un lugar público […] pero la embajada estaba resguardada, por policías o militares. Entre el consulado y la embajada deben de haber pasado más de una semana. [En ese lapso] se pudo detectar cuál era la dinámica que se daba alrededor de la embajada […] indaga[mos] que de madrugada había menos vigilancia y ese era el momento en que uno podía ingresar. [Cuando] ingresamos a la casa era muy temprano, eran cerca de las 6 de la mañana (Abraham, 1997).

Las perseguidas coinciden en que los funcionarios de la embajada mexicana hicieron todo lo posible por resguardar sus vidas, además de recibirlas afectuosamente. Desde el momento mismo del golpe, el embajador Gonzalo Martínez Corbalá, con el caso de la familia Allende, había definido la actitud que los representantes mexicanos debían seguir. La hija del presidente derrocado rememora esos momentos:

Cuando llamo a la embajada, Gonzalo actuó como si nos hubiéramos puesto de acuerdo mucho antes: “¿dónde estás? Para ir a buscarte.” Y poco rato después aparece [con un] salvoconducto, porque está prohibido circular. Entonces le dije: “Gonzalo, no estoy sola, tengo dos personas conmigo.” No dudó ni un segundo: “adelante, no hay problema.” Y efectivamente, Frida, Nancy y yo, llegamos a la embajada de México. Entonces, Gonzalo me propone inmediatamente: “vamos a buscar a Tencha.” [Pero Hortensia Bussi de Allende] decía que por ningún motivo iba a dejar Chile. Gonzalo [con] una capacidad persuasiva, le dice: “yo creo que para que a la gente le sea más útil, es importante que venga a la embajada. Le propongo que venga como invitada.” Finalmente regresamos con Tencha (Allende, 1997).

La vida cotidiana de las mujeres en el lugar de refugio

Según el Informe sobre la situación de los Derechos Humanos en Chile de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, entre el 11 de septiembre de 1973 y noviembre de 1974, la embajada mexicana en Santiago asiló a 805 personas, entre hombres, mujeres y niños (Smith, 2013: 12-13). Aunque la convivencia no fue simultánea, el relato de una perseguida del régimen, evidencia que una casa destinada a albergar a una familia, de un momento a otro tuvo que convertirse en el refugio de decenas y/o centenas de personas: “…imagínate una casa para 20 gentes, había más de 300 personas” (Cruz Ulloa, 1997).

“La vida cotidiana como categoría de análisis, se puede conceptualizar como un espacio de construcción donde hombres y mujeres van conformando la subjetividad y la identidad social. Una de sus características esenciales, es el dinamismo de su desarrollo y la influencia que ejercen los aspectos que provienen de condiciones externas al individuo, tales como los factores sociales, económicos y políticos dentro de un ámbito cultural determinado […] gestados en espacios y tiempos determinados con pluralidad de sentidos y simbolismos” (Uribe, 2014: 101). Lucy Baltiansky reflexiona que a pesar del ambiente abrumador y doloroso que imperaba entre la “nueva comunidad”, se fueron organizando para la sobrevivencia:

Llegaban familias y entraban con niños, eran gente que venía muy presionada, muy angustiada. Pero se fue organizando la vida adentro, lógico, teníamos que organizarnos. Todo lo que era organización de adentro estaba a cargo de nosotros, es decir, nosotros mismos nos organizamos [en] una casa de cuatro recámaras y un comedor y un jardín (1997).

La representación mexicana se convirtió en el espacio de refugio, en dónde una compleja vida cotidiana con sus “partes orgánicas […] la organización del trabajo y de la vida privada, las distracciones y el descanso, la actividad social sistematizada, el tráfico y la purificación” (Heller, 1985: 40) se fueron retomando. Un par de voces trasmite el quid de cómo fue la coordinación de la alimentación de decenas de personas en un espacio tan limitado.

El primer día, no había comida, no había agua, no había nada. Los niños lloraban de hambre. Para la tarde, ya empezamos a cocinar. Lo primero que cocinamos fue un caldo de pollo, a cada uno le dimos una lata de leche condensada y en la lata tomabas caldo [después] ya nos organizamos. Llegó Cristina Fraquia que tenía experiencia en cocina porque tenía la peña “Chile ríe y canta”. Gonzalo Martínez, el embajador mexicano en Chile, conversó con ella [y] trajeron unas ollotas gigantes, llegaron cucharas, platos y había con qué comer, Se cocinaba comida para cerca de 400 gentes (Cruz Ulloa, 1997). Estábamos organizados por turnos de comida, una semana le tocaba a un grupo, entonces nos tocaba toda la semana hacer de comer, poner la mesa, hacer de desayunar y de cenar. Y luego la otra semana a otros y así nos íbamos turnando (Faivovich, 1997).

Si bien, en el contexto de la dictadura prevalecía la invisibilización social del trabajo doméstico de las mujeres y la división entre la esfera privada (lo doméstico) como lugar de las mujeres y la esfera pública como lugar de los hombres, como recuerdan las protegidas, al interior de la embajada esos postulados prontamente fueron rotos ya que “el trabajo doméstico implica[ba] la realización de una serie de actividades vinculadas al mantenimiento y reproducción de los miembros de [la nueva e insólita] “unidad doméstica” en la que coexistían (Zapata y Schütze, 2022) sin distinción de sexo, jerarquía o edad.

Lavábamos la ropa nosotros, yo jamás en la vida había lavado un calzón porque yo tenía una nana que me hacía todo. En esos momentos, mi mamá me lavaba algunas cosas, pero mi mamá era tan o más inútil que yo, así que yo me acercaba con mis amigos que me enseñaran a usar la lavadora o a ver cómo le hacía para lavar un pantalón y, sí, empezó a cambiar mi vida (Faivovich, 1997). Tu veías a gente conocida jabonando los puños de las camisas y el cuello, lavándose su ropa. (Cruz Ulloa, 1997).

Como menciona Uribe “[…] la vida cotidiana es el conjunto de vivencias que acontecen entre los individuos con deseos, capacidades, posibilidades y emociones” (Uribe, 2014: 106). Podemos asentar que, casi naturalmente, en una comunidad como la que se conformó en el refugio diplomático, los sentimientos, las emociones y las necesidades afloraron. Y aunque poco se menciona en los testimonios, algunos refugiados reorganizaron sus relaciones afectivas:

[…] mis amigos, la mayoría tenían a las esposas afuera pero adentro había muchas mujeres, y empezaron a formar parejas. [Algunas veces] Llegaba la mujer, entonces fulanito arreglaba las cosas para que, no se notara mucho que él tenía una novia. Era una promiscuidad impresionante. Las parejas dormían todos con todos. De repente habilitaban un cuarto en donde dormían varias parejas, lo cual, un poco calmaba el asunto. Yo de no tener la mínima idea del sexo, me enteré de todo. Yo había tenido [hasta ese momento] una educación muy tradicional, pero en la embajada, me rompieron todos los esquemas del mundo (Faivovich, 1997).

De entre los 3 197 desaparecidos (Corporación, 1996: 535) durante el régimen militar chileno, sobresalen los casos de “nueve mujeres que se encontraban embarazadas al momento de ser detenidas por parte de los servicios de seguridad […] Nada se sabe de ellas ni de los bebés” (Francino, 2013: 19; Comité, 1990). La protección diplomática evitó que por lo menos tres niños –dos nacieron en la embajada y otro en un hospital militar– sus madres y alrededor de nueve mujeres embarazadas, afrontaran ese atroz destino (Martínez, 1998: 199). Una asilada rememora el sobresalto, la alegría y la perplejidad que significó el arribo de estos nuevos seres, protegidos, aunque no asilados.[5]

Entró una parejita, ella venía embarazada –casi para parir. De repente empiezan las contracciones, mi mamá entraba y salía: “que necesitan esto, que necesitan lo otro.” Se metieron a uno de los baños de la embajada, ahí habilitaron como una camilla, en la embajada había un ginecólogo y el pediatra. El problema, era que el bebé viniera bien. Había la posibilidad de sacarla a algún hospital, porque [a] otra señora la sacaron al hospital militar a parir. A esta no, todo salió muy bien (Faivovich, 1997).

En la embajada eran las emociones personales y profundas más que las polémicas ideológicas las que separaban, pero sobre todo unían a las personas. Sin embargo, no faltaron choques entre grupos o las disputas por acontecimientos previos al asilo. Una protagonista nos introduce a ese ambiente:

Estuvimos tres meses, fueron tan terribles. Se conoce a la gente mucho más de lo que tú te puedes imaginar, porque no solamente le conoces el lado bonito, sino que el lado egoísta también. [Se producían] peleas por cualquier cosa, por una cama, por una cajetilla de cigarros, o porque le traían comida a alguien. Realmente las peleas eran por tonterías, por cosas materiales. Cosa que, jamás, ninguno de los que se pelearon lo hubieran hecho en condiciones normales. Pero cuando estás 24 horas, permanentemente durante mucho tiempo, con la misma gente, te sale todo el egoísmo (Baltiansky, 1997).

Los militares consiguieron aplicar a las asiladas una forma peculiar de tortura, que, si bien no era física, –aunque habría que preguntarnos ¿qué tanto el hacinamiento es una forma de tortura? – sino tortura mental (Bunster, 1996: 48). El siguiente relato nos ayuda a conocer algunos aspectos de ese sombrío ambiente:

[Cuando] entré a la embajada, fue un poco terrible, porque era estar en Santiago y no estar en Santiago. [Aunque] estábamos la familia era la sensación terrible de estar y de no poder salir. Una sensación de encierro, bastante angustiosa. A medida que iba pasando el tiempo, iban entrando muchos más asilados. La convivencia desde la mañana a la noche, es peor que estar en una cárcel, porque en la cárcel están mujeres con mujeres y estás luchando por algo. Esto no era de que te torturaran [físicamente] era otra forma: era el convivir hombres, mujeres y niños, en una sola parte: Era tremenda la convivencia, a pesar de que tratamos de que no fuera así; pero cuando estás adentro, sientes que es toda una vida, se te hace eterna (Baltiansky, 1997).

Pese a las condiciones que padecían, los testimonios reflejan que las refugiadas implementaron rutinas de resistencia en coexistencia con el ocio; desarrollaron actividades recreativas, culturales, sociales y educativas. Estos fragmentos recapitulan esas acciones:

Había gente que se aislaba por la depresión. [Pero] la mayoría hacía su vida bastante normal, incluso, buscaba formas de entretenerse, de tener actividades. Me acuerdo, que un profesor daba clases de inglés, había otro que daba clases de economía y se organizaban subgrupos de discusión de distintas cosas. En algunas ocasiones asistí a [esas] clases (Abraham, 1997). [Salíamos] al jardín, que para los niños, era un entretenimiento. Había otro compañero que trataba de entretener a los niños disfrazándose, haciéndoles algo, tratábamos de organizarles cosas a los niños (Baltiansky, 1997).

Como mencionan Maren y Marcelo Viñar, el asilo ha hecho referencia siempre al destierro como forma terrible de castigo, de venganza, de agresión; es la expresión de la violencia que ejerce una parte de la sociedad contra otra (1993: 10). Por ende, la aprobación de los salvoconductos, fue usada por el régimen militar como otra forma de represión.[6] Los testimonios mencionan que, si bien la incertidumbre fue larga y angustiosa, cuando las asiladas eran incluidas en las listas que autorizaba su salida, sentimientos de toda especie las embargaban: alegría, nostalgia, miedo, dolor:

No supe cómo fue el trámite para mi salvoconducto. Sencillamente nos avisaban: “llegó una lista y aquí vienen las personas que tienen que salir tal día, y se preparan para salir.” Los que aparecían en las listas, al principio muy contentos, pero después, era el despegarse, partir, ¡dejabas Chile! Era muy doloroso, la gente lloraba. Las despedidas eran terribles. Cuántos dejaban a sus mujeres, a sus hijos y, ni siquiera los dejaban acercarse para que les dijeran adiós, los metían a unos camiones militares y, ahí, directo al aeropuerto. Mientras estaba en la embajada, estaba en Chile, estaba en lo conocido, me iba a lo desconocido. ¡Era una sensación terrible, angustiosa y espantosa! que me duró durante mucho tiempo (Baltiansky, 1997).

El arribo a México fue para todas, un desafío que cada una enfrentó con las herramientas que portaban y las que fueron construyendo en el país de exilio.

La gente mexicana [fue] de una solidaridad y de una generosidad increíble. [No obstante] Nuestra vida en México fue difícil, económicamente tuvimos dificultades para sobrevivir. No siempre coincidió que mi esposo y yo teníamos trabajo. [Estuve] 15 años en México, fue muy importante para toda mi vida profesional y mi crecimiento personal. Yo creo que aprendimos a disfrutar más de la vida, a relacionarnos mejor con las personas, aprendimos el valor del ser humano de la generosidad. Tengo dos hijos mexicanos y eso para mí es una cosa preciosa. Hicimos mucha vida social y política con el grupo del partido y el resto de los chilenos. Yo diría que fue un exilio, muy positivo en general: Me costó tomar la decisión de volver, es un país que te atrapa y en mi caso con mi hijo mayor que vive allá y que es mexicano (Abraham, 1997).

A modo de salida

Desde el 11 de septiembre de 1973, los militares golpistas tenían como objetivo: “[…] restaurar la chilenidad, la justicia y la institucionalidad quebrantada”, (Junta, 1973) por ello las mujeres, tempranamente pasaron a ser un sector peligroso ya que su actuar impugnaba la subordinación masculina que el nuevo orden exigía.

Las fuentes orales evidenciaron que las perseguidas, –que enfrentaban situaciones límite– para salvar sus vidas recurrieron al instrumento de protección de los derechos humanos: el asilo diplomático en la embajada mexicana en Chile. Para cada asilada, la experiencia del desplazamiento forzado y del asilo representó una vivencia individual y, a la vez, colectiva de tribulación enmarcada por la ruptura de los referentes de orden, localidad y sentido a los que estaba habituada, traía consigo “su propio drama, el de sus últimas peripecias, angustias y terrores, sus desgarros y sus pérdidas, sus preocupaciones más conscientes, [en la embajada se encontró] con muchos otros seres en situaciones similares [y paulatinamente, fueron] creando con el aporte de cada uno, una nueva pertenencia inédita en es[a] coyuntura vital inesperada” (Lamonaca y Viñar, 1999, 90-91).

Finalmente, el análisis de los testimonios nos permitió constatar que, si bien las asiladas no eran un grupo homogéneo, prevalecían las diferencias de clase, militancia, profesión, cultura, las unía una idea fundamental: la de sentirse perseguidas. Condición que les permitió, librarse –en alguna medida– de “las consecuencias de su rol femenino, que tiene un estatus inferior al del hombre en la estructura social [acentuadas todavía más por el régimen militar]” (Bunster y Rodriguez, 1996: 8). En esa nueva cotidianeidad los postulados patriarcales que mantienen la subordinación e invisibilización de las mujeres, de lo femenino y de todo aquello que desafía la autoridad masculina, fueron desarmados.

Bibliografía

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Bunster, X. y Rodriguez, R. (1996). Introducción. En X. Bunster y R. Rodriguez, La mujer ausente. Derechos humanos en el mundo (pp. 7-10). Chile: Isis Internacional.

Bunster, X. (1996). Sobreviviendo más allá del miedo. En X. Bunster y R. Rodriguez, La mujer ausente. Derechos humanos en el mundo (pp. 41-62). Chile: Isis Internacional.

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Coraza, E. y Dutrénit, S. (2020). Estudio Introductorio. En E. Coraza y S. Dutrénit (Eds.), Historia reciente de América Latina: hechos, procesos y actores (pp. 19-44). Ciudad de México: Instituto Mora.

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Lamonaca, J. C. y Viñar, M. (1999). Asilo político: perspectivas desde la subjetividad. En S. Dutrénit y G. Rodríguez (Coords.), Asilo diplomático mexicano en el Cono Sur (pp. 84-104). México: Instituto Mora/Secretaría de Relaciones Exteriores.

Martínez Corbalá, G. (1998). Instantes de decisión. Chile 1972-1973. México: Grijalbo.

Francino, R. (29 de septiembre de 2013). Embarazadas y desaparecidas en dictadura chilena. Diario de Los Andes. https://bit.ly/3EsEg9E

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Ramírez, J. M. (julio-diciembre 2012). El asilo diplomático: connotaciones actuales de un atavismo internacional. Revista Misión Jurídica, 5(5), 85-119. https://doi.org/10.25058/1794600X.50

Schwarzstein, D. (2002). El lugar de las fuentes orales en los archivos: una cuestión en debate. Estudios Sociales. Revista Universitaria Semestral, (22-23), 11-22.

Smith, Y. E. (2013). Una perspectiva institucional del proceso de asilo para los refugiados y perseguidos políticos en Chile después del Golpe de Estado. Santiago: Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

Uribe, M. L. (2014). La vida cotidiana como espacio de construcción social. Procesos Históricos, (25), 100-113. https://bit.ly/3PvnxJi

Viñar, M. y Viñar, M. (1993). Fracturas de la memoria. Crónicas para una memoria por venir. Montevideo: Ediciones Trilce.

Zamora, A. (2008). La mujer como sujeto de la violencia de género durante la dictadura militar chilena: apuntes para una reflexión. Nuevo Mundo Mundos Nuevos, 2008. https://bit.ly/44HEJj0

Zapata, M. y Schütze, S. (2022). Proyecto Mujeres y Género en América Latina. https://bit.ly/3EOw1VP

Entrevistas orales

Abraham, M. Entrevista realizada por Gaspar Gabriel, Santiago de Chile, el día 5 de abril de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO 14/7.

Allende, I. Entrevista realizada por Gaspar Gabriel, Santiago de Chile, el día 27 de mayo de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO 14/8

Baltiansky, L. Entrevista realizada por Dutrénit Silvia y Rodríguez Guadalupe, ciudad de México, 19 de marzo de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO 14/9.

Faivovich, K. Entrevista realizada por Dutrénit Silvia y Rodriguez Guadalupe, ciudad de México, 18 de febrero de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO14/14.

Rajs, D. Entrevista realizada por Gaspar Gabriel, Santiago de Chile, el día 7 de abril de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO14/16.

Cruz Ulloa, C. Entrevista realizada por Rodríguez Guadalupe, ciudad de México, el día 25 de octubre de 1997. Proyecto: Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur. PHO14/11.


  1. Abraham, 1997.
  2. Instituto Mora, México.
  3. Las fuentes orales usadas en este trabajo son producto del proyecto “Asilo Diplomático Mexicano en el Cono Sur” (PHO14), coordinado por Silvia Dutrénit y Guadalupe Rodríguez, México, Instituto Mora.
  4. “Esta Comisión recibió el testimonio de 3.399 mujeres, correspondiendo al 12,5 % de los declarantes. Más de la mitad de ellas estuvieron detenidas durante 1973. Casi todas las mujeres dijeron haber sido objeto de violencia sexual sin distinción de edades y 316 dijeron haber sido violadas” (Comisión, 2004: 291).
  5. El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados en la Convención de 1951 y el Protocolo de 1967 considera a los niños “como parte pasiva de una unidad familiar, y no como individuo que tiene sus propios derechos e intereses” (ACNUR, 2009: 3). Sobre el tema ver (Dutrénit y Leal, 2021).
  6. Cuando los militares autorizaban la salida del país de los asilados, la mayoría recibía un salvoconducto “normal” o de “cortesía” (otorgados a los familiares de los protegidos). Pero en algunos casos –sobre todo a los/las asilados/das que habían tenido algún puesto en el gobierno derrocado o que tenían una trayectoria militante, “[…] les dieron salvoconductos ‘diferidos’ que significó que las personas aún no podían salir del país. La explicación del gobierno […] fue que necesitaban tiempo para investigar y preparar casos de extradiciones de varios de los asilados.” (Smith, 2013: 21).


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