Victoria Bona[1]
Introducción
El trabajo propone reflexionar sobre una experiencia de investigación reciente en la que las fuentes orales ocuparon un lugar destacado. Se trata de, por un lado, explicitar algunas consideraciones en torno a la construcción de entrevistas con militantes y ex militantes comunistas que tuvieron diversas formas, derivas y resultados. Por otro lado, de recuperar la importancia que los testimonios tuvieron para investigar en torno a la historia del comunismo argentino en los años ochenta.
El trabajo se divide en dos partes. En la primera, reflexiona sobre los diferentes resultados que tuvo producción de entrevistas desde la propuesta de las trayectorias militantes imbricadas en sus respectivas historias de vida. Allí se enfatiza en que los lazos previos y las relaciones que se establecieron en las entrevistas construyeron lugares de enunciación primero e interpretación después que obligaron a asumir la propia voz en el proceso de escritura final, como lo había propuesto Grele (1991).
Además, se considera que el reconocimiento mutuo como camaradas entre la entrevistadora y las y los entrevistados apareció recurrentemente en las fuentes una vez construidas como tales; esto puso de relieve la “trascendencia más allá de lo académico” y permitió compartir ciertas “coordenadas” (Pozzi, 2020:202) que enriquecieron el proceso de elaboración de fuentes, no sin dificultades.[2] Además, se evalúa que el rebasamiento de la relación entrevistadora-entrevistado/a requirió una serie de recaudos y reflexiones en tono a las subjetividades que, tal como lo determinó Portelli, constituye el premio y la maldición de la Historia Oral (HO).
La segunda parte reflexiona sobre el uso de esas entrevistas en la investigación. Allí se da cuenta de que, pese a las dificultades, obstáculos y desaciertos en el proceso de construcción de entrevistas, subsistieron las potencialidades de la historia oral como metodología (Fraser, 1993) para hacer historia. En ese punto, se sostiene que estudiar la historia de un partido político requiere de múltiples anclajes y de una perspectiva sociocultural de la política que permita observar distintas dimensiones. Para esto, es indispensable atender tanto a las líneas políticas como a las prácticas militantes y a la agenda propia de un partido nutrido de personas cuya acción condicionó su desarrollo.
Por lo tanto, se consideró importante reconocer a los actores que le dieron vida al partido con sus expectativas, voluntad y convicciones como factor explicativo de la historia. En definitiva, lo que allí se propone es, por un lado, recuperar cómo la consideración de las memorias militantes permite un acercamiento más sagaz a las fuentes escritas en un partido cuyos documentos públicos suelen tener un carácter cerrado y autocomplaciente. Por otro lado, se insiste en cómo esa metodología permitió acercarnos a una parte fundamental del pasado del comunismo: el de la experiencia de las y los militantes.
Por último, este trabajo procura no recuperar grandes fragmentos de entrevistas ni analizarlas una a una debido al limitado espacio con el que se cuenta. En cambio, propone realizar balances de conjunto haciendo uso de pocas muestras para ilustrar la reflexión. Esta, se basa en una investigación más ambiciosa en curso sobre la historia del PCA en los ochenta que comenzó unos seis años atrás, cuando asistía como estudiante a un curso sobre HO.[3] En este breve, pero intenso tiempo de estudio aparecieron una serie de problemas que compartí con diferentes colegas y compañeras y sobre los que juzgué importante reflexionar en un lugar propicio para ello: el Encuentro Nacional de Historia Oral.
“De camarada a camarada”. Sobre la construcción de fuentes a partir de entrevistas de historia oral a militantes comunistas
Así como la politicidad del campo de la Historia Reciente se presenta como condición “explícita y asumida” (Viano, 2018:42), las entrevistas de historia oral resultan construcciones complejas en las que intervienen voluntades concurrentes (Pozzi, 2020; Viano, 2012) a la vez que intereses diferentes y a veces contradictorios. Así como lo político es constitutivo de los procesos sociales, de las disciplinas que los estudian, de las metodologías que se ponen en juego para ello y de las fuentes que se construyen para el análisis, lo emocional también asume una importancia condicionante cuando se trata de indagar en los procesos sociales y más enfáticamente en aquellos en que la actividad militante reviste principal interés y sus protagonistas son entrevistados/as para la construcción de fuentes.
Sucede entonces que cuando entrevistamos militantes, al igual que cuando hacemos historia reciente, se evidencian proyectos que suelen tener intencionalidades de diverso tipo, más o menos contrapuestas o complementarias entre las y los actores involucrados y que pueden responder a propósitos políticos, sociales o académicos que tienen también una carga emocional diversa.
Por otro lado, cuando nuestro problema de investigación está intrincado con nuestra propia experiencia personal, familiar y social, es posible que en las entrevistas el abordaje de eso que aparece como cosa común (en este caso, el partido) no sólo haga trascender lo académico, sino que también lo ponga en riesgo. Con esto, no quiero decir que la política y la academia funcionen de manera autónoma, si bien el neoliberalismo ha avanzado en difundir el mito de la apoliticidad de la vida humana, desde el punto de vista que aquí se asume, esa relación está abigarrada y la política resulta constitutiva de la historia de cualquier grupo social.[4] Sin embargo, el peligro latente es que, en la medida en que se trascienda lo que podemos llamar marco académico, se construya no una fuente, sino una conversación nostálgica, una clase de política internacional o un panfleto que se oriente a justificar acciones del pasado que pueden ser tendencias de las entrevistas a militantes en general. Esas actividades “no académicas”, aunque sí valiosas, necesarias e interesantes, no persiguen los mismos objetivos ni se fundan en los mismos propósitos del análisis social crítico sobre el pasado producido por la historiografía del ámbito profesional.
El caso que aquí se aborda es el de la elaboración de entrevistas a militantes que conocí por haber compartido una experiencia común material o imaginaria: en algunas oportunidades, entrevistadora y entrevistado/a habíamos sido, aun con distancia etaria, militantes del PCA en el mismo momento. En otras ocasiones habíamos participado de acciones conjuntas que, si bien no constituían mi tema de estudio, se daba allí una transmisión de la historia, la tradición y la cultura partidaria (Browarnik, 2009) que sí tenía un lugar importante en mi investigación. En otros casos, los y las militantes o ex militantes habían compartido una experiencia común con algún miembro de mi familia por línea paterna y, si no me conocían, mi apellido, el de mi papá o mi abuelo. Por último, hubo entrevistas en las que con el o la entrevistada no habíamos militado en el mismo momento, ni tampoco recordaban mi apellido, ni a mi familia; eran, en apariencia, entrevistas entre dos extraños/as.
En los tres casos tipo citados (aunque una clasificación podría extenderse) es perceptible una característica subyacente: el reconocimiento mutuo de haber tenido una experiencia común. Mi propia militancia en los años dos mil fue, seguramente muy distinta que la de otras personas que participaron de las movilizaciones contra el Onganiato, ayudaron a compañeros y compañeras a evadir los operativos de la última dictadura, fueron blanco de las razzias de los primeros ochenta, o cantaron “Vicente, Zamora, la burguesía llora”.[5] Sin embargo, la cosa en común no era sólo el interés (académico, político o emocional) por el partido, era el mutuo reconocimiento mediante el cual sobreentendíamos de qué hablábamos. Compartíamos con las personas entrevistadas el prejuicio y el presupuesto de la experiencia común de que haber participado en “El” partido traía consigo una formación implícita y explícita sobre cierta forma de conducta que a veces resultó difícil poner en palabras.
En las entrevistas mano a mano la relación de confianza y complicidad desdibujaba la relación y se desplazaba en ocasiones a un balance compartido sobre un período en el que yo no había participado y ni siquiera había nacido. Aun cuando me mantenía en silencio, el reconocimiento entre camaradas permitía una disponibilidad emocional común. Por otro lado, la distancia de, en general, más de 30 años entre la entrevistadora y el/la entrevistada reconocían lo que yo “no me podía ni imaginar”: un partido robusto muy distinto en sus dimensiones y posibilidades políticas de la estructura raquítica y “reformista” actual. El recuerdo nostálgico y la sobre dimensión de una línea que percibían como más radical evidenciaba que un análisis hermenéutico para la indagación en las subjetividades militantes sería más apropiado que concebir las entrevistas como repositorio de “la verdad”.
En otras palabras, durante las entrevistas individuales, mi lugar de ex militante que, además había vivido una época “reformista” del PCA y no una “revolucionaria” como habían creído experimentar las/los entrevistados, impactaba en la construcción de sus relatos. A veces, los varones, asumían una actitud paternalista y a la vez los balances comunes pretendían involucrarme en una catarsis conjunta. El hecho de que la historia del PCA en los ochenta se haya mitificado como un gran momento, ciertamente me conmovía. Si bien muchas veces eso constituyó posibilidades de acceder a recuerdos más íntimos, también y, fundamentalmente durante las primeras entrevistas, fue una importante limitación.
La primera entrevista, en el año 2018, fue dificultosa. Pese a haber estudiado prolijamente una estrategia, conocer el período y haberme tomado la tarea de leer la bibliografía más sugerente, di un paso equivocado tras otro. No conocía a mi entrevistada, pero ella recordaba a mi papá, quien en una de las tantas charlas, me la había nombrado y me había sugerido que sería útil que pudiera hablar con ella. Se trataba de un cuadro intermedio que no se jactaba de su posición en el partido y solía más bien subestimar su lugar; se consideraba una militante de base que eventualmente había asumido algunas responsabilidades más o menos importantes. Cuando la contacté por una red social, su respuesta fue sumamente animosa, empática y amorosa. Me involucré emocionalmente en el instante en el que leí su respuesta, la cual, compartí con mi papá. Allí, yo sentí que trasladaba el cariño a mi padre y al pasado hacia mí y supuse que todo sería muy fácil. Pero la HO no es soplar y hacer botellas y allí estaba yo: en la puerta de la casa de una extraña con un budín para compartir mientras nos escuchábamos mutuamente hablar de la vida, del pasado, la política, la familia y los amigos y amigas. Mientras no podía esbozar una sola pregunta de las que había anotado en mi cuaderno, comenzaba a notar cierta inquietud de la entrevistada por el resultado que avizoraba ese encuentro si se esperaba de él un testimonio sobre su experiencia. Allí creí aprender que debía tomar el control, no sólo por el resultado de la entrevista y su utilidad para la construcción de una fuente, sino también por respeto a la persona entrevistada, cuya trayectoria militante quedó desvalorizada en el primer encuentro.
Otro tipo de experiencia poco fructífera fue la primera vez que entrevisté a un “dirigente”. Desde mi lugar de “camarada” fue imposible evitar asistir a una lección sobre política internacional, nacional, desde los setenta hasta la actualidad. El dirigente se jactaba de ello, tenía una importante trayectoria en el partido y cierto reconocimiento entre los sectores progresistas y de izquierda de la ciudad de Rosario. Luego de la primera experiencia, me había autoimpuse ciertos pasos a seguir que en mi expectativa serían implacables, pero fracasé rotundamente en lograr hacerme escuchar. Había preparado preguntas duras que me permitieran extraer nociones políticas importantes y sortear esa carga subjetiva que creía que había arruinado la primera entrevista. Al no lograr que el entrevistado enlace el pasado político con el personal más que ocasionalmente para dar algún ejemplo sobre lo que estaba explicando, asistí a una sesión de formación política a las que mi entrevistado (convertido accidentalmente en mi profesor de historia y política) me alentaba.
Lo que sucedía era que estaba haciendo las preguntas equivocadas, que no sabía cómo manejar la relación que nos mediaba a las/los entrevistados y a mí. Las siguientes experiencias fueron cada vez menos frustradas, pero de las que sólo esperaba extraer datos o confirmarlos, sustentar hipótesis o, aun intercambiar opiniones con viejos militantes. Me volqué a la prensa, las declaraciones y los volantes y fue en esos documentos escritos donde encontré una nueva forma de leer las entrevistas. La tónica monolítica y autocomplaciente de los documentos del PCA en los que desacuerdos y discusiones brillaban por su ausencia, podían leerse entre líneas cuando repasaba las entrevistas. A partir de entonces, volví a contactar militantes y ex militantes. Busqué realizar entrevistas sobre historias de vida, para luego apuntar a acontecimientos partidarios o políticas que de algún modo se habían mitificado. Allí, en “la memoria y el mito”, “la fantasía y el deseo” encontré lo que Raphael Samuel llama “el pasado atemporal de la ‘tradición’” (1994:12) que efectivamente me permitía repensar los problemas a estudiar.
Los resultados del diálogo entre fuentes orales y escritas fue fructífero en tanto no sólo supuso una “triangulación”. Se apuntó a la comprensión de que las preguntas a diferentes tipos de fuentes debían ser profundamente distintas (así como la necesidad de encarar a militantes de dirección o de base de forma diferente). Ello me animó a concertar entrevistas individuales y colectivas a cuadros de dirección, intermedios o militantes de base. Mientras para los primeros me centré en desestructurar su discurso orgánico con preguntas sobre su entorno y sobre la dimensión personal de la memoria, a los demás hice preguntas que les permitieran estructurar sus recuerdos en el orden de lo político o lo colectivo: aquello que yo ya había leído en Portelli (1989) pero no había comprendido hasta atravesar la experiencia de entrevistar.
Por su parte, las entrevistas colectivas me aportaron la posibilidad de fructificar mi involucramiento en el tema. Si bien a veces la grupalidad me desplazó de la escena por la confianza de los y las entrevistadas entre sí, también me permitió asistir a momentos en que la operación de recordar, que yo intentaba estructurar con preguntas, transitaba carriles más o menos inesperados, evidenciaba emociones rememoradas que se exteriorizaban en el entusiasmo de una conversación íntima entre pares que recordaban juntos. Esas entrevistas permitieron, en ocasiones, reconstruir escenarios del pasado mediante expresiones al unísono, cánticos y anécdotas con sus efectos de verdad (James, 2004). Además, las repreguntas o los replanteos vinieron de las propias voces entrevistadas que entre sí lograban poner en cuestión sus propias afirmaciones.
Haber viajado a realizar entrevistas y que mis interlocutores e interlocutoras se nieguen a que me aloje en otro lugar que no sea sus habitaciones libres o sus sillones (decorados con cuadros del Che Guevara, Violeta Parra, y visitados por sus mascotas llamadas Rosa o Stalin) me obligó a poner en cuestión una y otra vez las posibilidades de construir fuentes, pero, como pretendo mostrar a continuación, la construcción de entrevistas “de camarada a camarada” enriqueció sustancialmente la investigación.
“Te estabas afiliando a la historia”. Sobre el uso de fuentes orales en la investigación del PCA en los años ochenta
El PCA en 1986 celebró su XVI Congreso donde sintetizó una serie de discusiones que comenzó a dar a principios de esa década. Ello supuso un cambio de línea, una nueva política de alianzas y los desplazamientos en las subjetividades militantes. Las caracterizaciones sobre esos cambios que realizan las y los militantes integran la memoria, el mito y la expectativa en su testimonio. En ellos conviven una fuerte crítica sobre las posiciones partido. Esa crítica fue parte una elaboración colectiva y evaluada como una necesidad reconocida colectivamente. Lo que pasó en el XVI Congreso y, sobre todo, cómo debía interpretarse ese viraje, es la fuente de apelación de sectores del partido más reformistas y también de los más radicales. Mientras para algunos luego del viraje hubo una desviación, para otros el problema resultó en el hecho de que este no se profundizó. En esas memorias colectivas, el uso de los símbolos aspiró a la sacralización de una experiencia y re-construyó un relato identitario fiel a las necesidades del partido: el de una autocrítica que permitiría la democratización interna y la revisión de la línea política.[6] En otros términos, si bien todos y todas hoy acuerdan con que “algo debía cambiar” y sostienen que eso pensaban en el pasado, también recuerdan que no todos están de acuerdo con los alcances y métodos de esa transformación. A partir de las entrevistas, pudimos conocer dimensiones del pasado ocluidas en documentos escritos partidarios y, al mismo tiempo, reinterpretar estos reconociendo expectativas, puntos de vista y cuestionamientos de militantes a partir de la reflexión en torno a una memoria colectiva con su dimensión simbólica, psicológica y formal (Portelli, 1989: 25).
En el plano del recuerdo personal, pero de modo reiterado en todas las entrevistas, la temporalidad sobre la que indagamos se presenta como un momento feliz. Pozzi (2020) señala que el recuerdo sobre la militancia suele tener esta característica amén de los golpes, el desencanto o las múltiples dificultades. El entusiasmo sobrevive como emoción en la militancia aun en los peores contextos y el recuerdo de ese entusiasmo constituye una parte fundamental de esa memoria en las entrevistas en general: siempre indagamos en un momento en que las personas llevaron adelante acciones que creyeron que iban a torcer el destino de la sociedad en una dirección más justa, más igualitaria, más feliz. Más allá de la particularidad o no, la alegría con la que se recuerda haber vivido los ochenta tiene sus anclajes emocionales específicos.
La posdictadura se recuerda como un momento de revitalización: las entrevistas aluden a un reencantamiento con la participación, la militancia y la vida en general. Se trata de un momento fuertemente condicionado por lo que aparece como un pasado oscurecido tanto al interior del partido como en la vida pública donde el refugio es el mundo privado. En ocasión de entrevistarnos con Lucía y Claudia más de treinta años después, hemos podido indagar sobre este tópico. Las entrevistadas están sin dudas bajo el amplio paraguas del feminismo. Son militantes populares, son mujeres, son independientes económicamente y se cuestionan sus relaciones en los más diversos ámbitos en clave de género. No obstante, frente a la pregunta en relación a las lógicas de dominación patriarcal en el ámbito militante arriba inicialmente un profundo sentimiento y recuerdo de libertad e igualdad que se articula con una juventud idealizada en el marco de las posibilidades que el contexto habilitaba: la militancia, la mística festiva, los volantes impresos en colores, las diferentes parejas, las posibilidades de estudiar: “el recuerdo que tengo más machista de la militancia es en los asados hacer las ensaladas. Los compañeros hacen el asado, las compañeras las ensaladas, ese es el recuerdo más machista que tengo.” Sin embargo, cuando reparan en las lógicas de participación, una sostiene que “ahora, es cierto que uno podría hacer un análisis más profundo, de la conducción y la dirección de La Fede y del Partido y ahí te vas a encontrar con un techo de cristal. Claramente. En las conducciones, ¿cuántas mujeres?” a lo que la otra agrega con énfasis “¡Muuuuuy pocas! A lo largo de la historia…” y la primera concluye “aun en las mejores… en las épocas del viraje…”. La oportunidad de participar de una entrevista en la que ellas establecen un diálogo propio, nos permite recuperar una idea retrospectiva: “yo pienso en el regional sur y veo todas barbas, todos varones”.[7]
Con la recuperación de la institucionalidad y el ascenso de la militancia, las y los comunistas recuerdan haber visto sus locales llenos de personas, llenos de jóvenes. Recuerdan que “todos querían militar”. Recuerdan un clima de época en el que la participación era un valor positivo y que el cómo y el para qué se estaban delineando en un debate en el que se otorgan un lugar vanguardista. Así mismo, Gustavo nos cuenta que
Otro aspecto era que habíamos generado una muy importante movida en torno a la formación de los cuadros jóvenes, con todo lo que implicó recuperar la línea de la unidad de la izquierda, la línea revolucionaria, la línea santuchista y guevarista y demás, no en una repetición, en una reedición actualizada pero habilitando las lecturas prohibidas históricamente al interior del Partido, y esto formó verdaderamente una militancia muy importante, eso fue fundamental, y eso se retroalimentaba, internamente, con el propio movimiento de masas, porque en la posdictadura la efervescencia social de la imagen del Che, de la juventud latinoamericana y demás, del movimiento de juventudes políticas que fue clave en el enfrentamiento a la dictadura para la recuperación de la democracia, era fundamental de todo ese proceso.[8]
Si bien es cierto que el PCA creció en relación al momento inmediatamente posterior, ese crecimiento fue efímero y relativo a los tiempos de clandestinidad inmediatamente anteriores. Cuando el fin de la veda política convocó a los partidos políticos a perseguir la legalidad el PCA orientó a su militancia a la recolección de fichas experimentando un crecimiento muy rápido que no se tradujo en participación orgánica y que fue considerado por la dirección uno de los problemas sobre los cuales se asentaría la autocrítica. De este modo, si bien en la memoria de las y los militantes la reestructuración de la agenda partidaria y la autocrítica señalaban un aburguesamiento ideológico de más largo aliento, la dirección, también reparó en los nuevos signos de lo que consideró desviaciones que necesitaba reorientar.
Para algunos ex militantes como Gustavo, la revisión en la posdictadura era un triunfo de la militancia, mientras que en el discurso de un actual dirigente del PCA, puede leerse el acento puesto en la dirección. Según otro testimonio, las ideas que desarrolló Echegaray fueron rápidamente apropiadas por las bases, pero la relación entre los cambios ideológicos y los que competen a la forma organizativa no se dieron a la par.
Patricio [Echegaray] dice, ‘primer acto de los comunistas orgánicamente desde el comité central para abajo: homenaje al Che, en Rosario’. No había habido de ninguna otra fuerza, ¡eh!… ¡miles! Teníamos el local en calle San Juan, casi Paraguay y me acuerdo que inclusive, yo estaba en ese momento en el Secretariado del Comité Central de la Fede y por ahí vengo y digo ‘che, pará que todavía no estamos listos’ y agarra un compañero y me dice ‘listos ¿para qué, pelotudo? ¡Mirá! Estamos todos acá, ¡quieren salir a marchar! ¡Vamos a la plaza!’. Yo venía con esto de pará, organicemos y en realidad tenían razón y con eso Patricio plantea y bueno, y Nicaragua estaba allí, y si querés, si lo analizas, fue un golpe de efecto, dijo ‘¡a cortar café!’.[9]
La democratización de la organización fue planteada como necesidad, más allá de sus efectivos alcances. De esa necesidad da cuenta Eber, cuando se entusiasma con la referencia al homenaje al Che.
¡Fo! me diste en la tecla, el acto del Che en el 84 fue una movida audaz, inteligente, políticamente oportuna y genial diría yo, que viene de la mano de Patricio Echegaray y que la nueva dirección de la provincia de Santa Fe y que el Partido adhirió de un modo total y absoluto. Por fin… Pareciera ser que todos nos dimos cuenta: ¡¡¡Pero cómo no lo hicimos antes!!! Cómo desconocimos la imagen del Che… En realidad nosotros teníamos por el Che admiración y lo considerábamos un Revolucionario pero decíamos, era un revolucionario pero no era un revolucionario marxista, grave error, grave error, entonces, reivindicar en su totalidad la figura del Che, no sólo como figura mítica eeeh, revolucionaria, sino como un ideólogo marxista es lo que hizo el 84.[10]
Si bien la actividad militante se sostuvo durante la dictadura, el momento de democratización se identifica como momento en el que se “retoman” las actividades y los proyectos. En las entrevistas, la operación asume una contracción de los tiempos individuales y colectivos. Ese proceso democratizador que se recuerda como explosión de esperanza, de reconciliación con la propia vida, coincide con una reestructuración de la agenda partidaria. Para los entrevistados y entrevistadas “los ochenta” funcionan como un momento compacto, el momento del viraje en el plano colectivo.
Marcelo: Yo también fui a tocar la puerta del Partido, fui a Callao y le dije “quiero militar ¿a dónde tengo que ir?” y me dijeron “andá a Portela 487” y golpeé la puerta 3, 4 veces hasta que fui un día y estaban, un sábado.
VB: ¿Y por qué querías militar en La Fede?
Marcelo: Toda una historia porque mi viejo también militó en La Fede cuando yo era pibe. Porque queríamos cambiar el… o sea queríamos cambiar el mundo. Queríamos el socialismo, yo particularmente admiraba todo lo que era la Revolución Cubana. En fin, que yo hasta me sentí medio cuestionado cuando hablaba del Che.
Alejandro: A mí me estuvieron por expulsar una vez.
VB: ¿Por qué?
Alejandro: Y del Che no se podía hablar, el Che no era una figura reivindicable. Nosotros salimos a hacer una pintada con la Castagnino en la esquina de Suipacha con Diagonal Norte había todo un baldío e hicimos una… había unos pibes que dibujaban hermoso. Pero aparte íbamos con la brigada Castagnino a ayudar, el que no sabía pintar llevaba los tachos y si no te decían “pintá acá de rojo”, “llená una brocha gorda que la parte fina la hacemos nosotros” y cuando nos fuimos enfrente había la cara del Che gigante con la bandera argentina atrás, la bandera roja. Y nos llamaron a los diez de La Fede de Barrio Centro que participamos de eso y nos querían echar.
Marcelo: A nosotros nos sancionaron porque teníamos un cuadro de La Fede en Flores también
VB: ¿Esto en qué año?
Marcelo: Antes del XVI Congreso[11]
Asimismo, la autocrítica mediante la cual se sintetizó la reconversión partidaria, no se desarrolló oficialmente sino hasta el año 1986, cuando se lanzó el XVI Congreso. Si nos atenemos a los documentos escritos es muy difícil evidenciar una transformación antes de 1986. En la prensa como en los documentos de la dirección, las transformaciones y las revisiones aparecen solapadas, disimuladas. Sin embargo, aparecen: son primero pequeños desplazamientos en el medio de un evidente cambio estético que en la memoria de las y los militantes se presenta como un cambio radical. Las entrevistas sugieren que las transformaciones ya eran parte de su cotidianeidad, de sus opciones ideológicas frente a una dirección a la que le resultaba dificultoso aceptar esas transformaciones.
La figura del Che resulta un caso paradigmático. La puesta en circulación del ícono del guerrillero heroico que acompañó la rehabilitación del Che como héroe del comunismo argentino es un fenómeno congresal. Hasta entonces, la prensa, en ocasión de su natalicio o de su muerte, solía hacer una semblanza para nada central. Desde 1984 con el primer homenaje al Che, su rostro fue poblando la vida del comunismo. El discurso a cargo de Echegaray rehabilitaba esa figura en pos del humanismo, el latinoamericanismo y el antiimperialismo y constituyó, junto con las ferifiestas y las brigadas, un evidente cambio en el partido.
Transmisión e historia oral: lo que aprendí sobre el comunismo
Como metodología para el estudio del comunismo, la HO me apotró en primer término reconocer que la adscripción a un ismo implica grupalidad y colectividad. Los y las entrevistadas conforman un colectivo; no son meramente un conjunto de individuos. Sus tensiones, disputas y asociación tienen como punto de partida una aspiración más o menos común. El horizonte imaginado (con sus bases científicas o sin ellas) es construido colectiva e históricamente con referencias internacionales y pretéritas que son interpretadas de diversos modos y en función de diferentes experiencias que lo conmueven y transforman. Para alcanzar ese horizonte, el o la militante inserta en la colectividad debe realizar una serie de prácticas que se espera que tengan impacto (y cree que lo tendrán) en el momento inmediato o en el largo plazo. En el comunismo, la disciplina y la organicidad son constitutivas de esas prácticas, son las intenciones madre de las prácticas. La creencia y confianza en que una dirección política expresaba el resultado de “la inteligencia colectiva” y constituía, por lo tanto, una fuerza mayor fue un factor clave de la militancia. La organicidad apareció como el elemento ideológico (Williams, 2003: 173) condicionó las prácticas.
Militar fue muchas veces estrictamente dar cuenta de un compromiso indeclinable y ostentar una disciplina férrea: obediencia a la dirección o a los mandatos, participación y presentismo, resignación de lo individual, compromiso con la propia formación, entrega al partido. Tales prerrogativas, sin embargo, no fueron experimentadas como elementos de opresión ni prácticas internalizadas, sino como responsabilidades asumidas racionalmente, cuyo cumplimiento era motivo de orgullo. Según las entrevistas que realicé y según mi propio punto de vista, en ocasiones, militar fue ser un soldado de un partido cuyas directrices eran, por esa misma definición de la práctica, difíciles de cuestionar. Pero militar fue también alinearse a una expectativa compartida, fue creer que se contribuía como un solo puño a empujar al mundo en su justa dirección. Fue considerado “afiliarse a la historia” y confiar en el conocimiento de otros y otras que sabían algo que a los y las demás les estaba oculto. Militantes de base, cuadros intermedios y dirección participaron de este entendimiento racional y emocional. Militar, desde esta perspectiva, nunca fue ser manipulado por un puñado de dos o tres dirigentes que apelaron a la emoción de un colectivo, aun para los y las entrevistadas más enojadas. Más allá de que la manipulación de la información haya sido una práctica frecuente, en las entrevistas me encontré con militantes portadores/as de estas convicciones racionales y emocionales a lo largo y ancho del partido: en su dirección y en sus bases.
La adhesión al comunismo tiene una dimensión racional y voluntaria de los y las militantes y también una emocional; ello configura convicciones que no están taxativamente separadas en la experiencia histórica. La fisura o erosión de la cosmovisión arraigada produjo, en general, rupturas definitivas con una fuerte carga emocional. En el comunismo, el factor orgánico –la modalidad organizativa que representa los modos de comportamiento implícito y explícito– es fundamental para la cohesión y contención de transformaciones profundas o desplazamientos políticos. Cuando hubo momentos críticos, lo que se cuestionó, lo que se rompió y también lo que se reclamó, habitualmente fueron los principios orgánicos. Cuando, grabador mediante, esa experiencia era compartida, ese reconocimiento estaba presente y era el telón de fondo del intercambio.
Bibliografía
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Bona, V. (2023). El Partido Comunista de la Argentina en la transición a la democracia. Militancia, autocrítica y reconversión. [Tesis de maestría]. Maestría en Historia Social Argentina y Latinoamericana. Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario.
Browarnik, G. (2009). Sangre Roja. Un estudio acerca de la transmisión de la tradición del Partido Comunista argentino durante la dictadura y la posdictadura. Revista Testimonios (1).
Grele, R. (1985). Envelopes of Sound: The Art of Oral History. Presedent.
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Pozzi, P. (2020). Sobre entrevistar militantes y activistas. En: Pozzi, Pablo (et al.). Haciendo historia: Herramientas para la investigación histórica. CLACSO.
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Viano, C. (2018). ¿Historia Reciente para qué? En el Panel Inaugural de las IX Jornadas de Trabajo sobre Historia Reciente en la Universidad Nacional de Córdoba.
Viano, C. (2012). Historia Reciente: desarrollos, tramas y desafíos. En: Cristina, Viano (edit.) Miradas sobre la historia. Fragmentos de un recorrido. Prohistoria Ediciones.
Williams, R. (2003). Palabras clave. Un vocabulario de la cultura y la sociedad. Nueva Visión
- UNR-CLIHOS-CONICET/AHORA Correo electrónico: vickibonahistoria@gmail.com. ↵
- Si bien su uso no se circunscribe ni a la militancia de izquierda ni al PCA, en este trabajo, cuando nos referimos a camaradas señalamos una forma de reconocimiento y mutua complicidad entre los y las militantes comunistas que se extiende también a aquellas y aquellos ex militantes que no adscriben a otra colectividad política. Ello quiere decir que son camaradas la mayoría de quienes ya no militan en el PCA, pero su tránsito por el partido ha sido constitutivo y reconocen una filiación identitaria, tal como es mi caso.↵
- El mismo fue organizado por la Escuela de Historia (UNR) y el CLIHOS y dictado por la Dra. Cristina Viano y la Dra. Laura Luciani.↵
- Tal como sostuvo Howard Zinn el pedido de que una investigación académica sea imparcial es “ingenuo, porque ya hay poderosos intereses en funcionamiento dentro del ámbito académico, con variados niveles de conciencia” (2020: 20), incluso puede decirse que no es algo deseable.↵
- Me refiero al cántico de la campaña presidencial de 1989, cuando el PCA y el MAS llevaron adelante la alianza electoral Izquierda Unida que postuló a Néstor Vicente y Luis Zamora para el ejecutivo nacional.↵
- Sobre este asunto puede consultarse Bona 2018 y la Tesis de Maestría a la que hago referencia, Bona 2023.↵
- Viale, Lucía y Claudia Cesaroni. Entrevista realizada por Victoria Bona en la ciudad de Rosario el 12 de febrero de 2018.↵
- Brufman, Gustavo. Entrevista realizada por Victoria Bona, en la ciudad de Rosario el 20 de febrero de 2018. Rosario.↵
- Schilman, Sergio. Entrevista realizada por Victoria Bona en la ciudad de Rosario el 02 de octubre de 2018.↵
- Molina, Eber. Entrevista realizada por Victoria Bona en la ciudad de Rosario el 16 de febrero de 2018.
↵ - Lomlomdjian, Adrián, Alejandro Szwarcman, Gerardo Viera Vila y Marcelo Glielmi. Entrevista realizada por Victoria Bona en la ciudad de Buenos Aires el 9 de octubre de 2021.↵






