Historias desde la subalternidad
Anna-Lena Diesselmann y Andreas Hetzer
1. Introducción
La Comuna 20 de Cali, popularmente conocida como Siloé[1], comenzó a conformarse alrededor del año 1900. Gran parte de esta comuna es resultado de ocupaciones de tierra y procesos de autoconstrucción. Actualmente, cuenta con más de 90.000 habitantes. Entre sus callejones y montañas, Siloé guarda una historia intensa y diversa que, sin embargo, hasta la fecha ha sido poco reconocida en los estudios académicos y urbanos[2]. A pesar de ser uno de los sectores más antiguos de la ciudad, Siloé y sus pobladores han sufrido estigmatización, siendo frecuentemente asociados con la violencia y el narcotráfico.
Este barrio ha sido duramente impactado por el conflicto armado en Colombia. Su población, proveniente de distintas regiones del país y del Valle del Cauca, llegó en su mayoría como resultado del desplazamiento forzado generado por las dinámicas de violencia política y económica, que han provocado varias oleadas migratorias. El abandono estatal sistemático ha convertido esta zona en un espacio de alta vulnerabilidad. Los niveles de pobreza y marginalidad en Siloé son alarmantes y laceran la conciencia de la humanidad.
Las cifras oficiales de la administración pública no logran ocultar la difícil realidad que enfrentan los habitantes de la Comuna 20. Según la Alcaldía de Cali (2023, p. 191), el estrato socioeconómico predominante es el 1, que concentra el 78,2 % de las viviendas; niveles superiores apenas representan un porcentaje minoritario. El índice de pobreza alcanza el 23 %, uno de los más altos del país. La insuficiencia de recursos, el desempleo, la estigmatización social y la carencia de oportunidades educativas y laborales han contribuido a que muchos jóvenes y adolescentes sean reclutados por grupos delincuenciales que disputan el control de territorios con fronteras invisibles. El número de homicidios en la Comuna 20 es preocupante: en 2022 se reportaron 66 homicidios, lo que equivale al 7 % del total de la ciudad (op. cit., p. 176). En 2023, se reportaron 92 homicidios, lo que representó un aumento del 70 % frente a 2020, cuando se registraron 54 homicidios en el mismo sector. Esta información refleja que la Comuna 20 es una de las zonas con mayores tasas de homicidio en Cali.
No obstante, estos datos no reflejan la totalidad de la realidad vivida en el territorio. En el corazón de Siloé, el Museo Popular ha emergido como un símbolo de resistencia y una valiosa memoria histórica de la comuna (ver figura 1). A través de sus objetos, se narra la historia de Siloé, para que lo negativo no se repita y para que lo positivo se mantenga. Los objetos expuestos representan testimonios tangibles de vida, que dignifican la memoria colectiva. Al igual que los objetos, la memoria tampoco tiene una sola dimensión, sino que cada recuerdo individual nutre la memoria colectiva. Cada persona absorbe la historia del espacio y la adecua a su pensamiento, sus experiencias y convicciones. En ese sentido, el Museo Popular es un recolector de recuerdos inscritos en objetos que la gente suele tirar, pero que no merecen morir ni ser olvidados.
El Museo Popular, con más de dos décadas de existencia, se ha consolidado como un espacio comunitario en constante movimiento que desafía las percepciones convencionales, construyendo una narrativa alternativa de Siloé desde la perspectiva de sus habitantes y visitantes. David Gómez, comunicador popular y guía en las caminatas de memoria, desempeña un papel fundamental en esta labor. Sus travesías por las calles de Siloé y sus noticias de la “montaña mágica” han dejado un testimonio audiovisual único en YouTube, con más de 110.000 videos[3] que capturan la vida cotidiana y la lucha por el reconocimiento y la justicia social en Siloé.
La concepción del museo no convencional considera a los barrios de la Comuna 20 como una extensión del museo hacia el territorio mismo, entendiendo que el museo no es solo un espacio físico, sino el ambiente peculiar de los barrios que se debe caminar, oler, ver, oír y sentir, y que alberga miles de acontecimientos y relatos. Sin caminar el territorio, no es posible acercarse a la memoria de la ladera (ver figura 2). Este recorrido por las empinadas calles, callejones y gradas de Siloé ha sido crucial para germinar un proceso de memoria visual colectiva. Si bien el acervo de objetos es amplio, las representaciones visuales eran escasas hasta que las conversaciones con personas mayores revelaron tesoros ocultos en cada hogar: sus álbumes familiares.

Figura 1: fachada del Museo Popular de Siloé, barrio Cortijo, en 2018. En 2023 se amplió el museo a dos pisos.

Figura 2: caminata con estudiantes de sociología de la Universidad del Valle en febrero de 2019.
Fuente: banco de información del Museo Popular de Siloé.
En muchos casos encontrábamos álbumes empolvados, fotos en un cajón de la cocina, sobres de papel o bolsas plásticas debajo de una cama, cajas de fotografías resguardadas con esmero, algunas fotografías desgastadas por el tiempo, mojadas y en partes dañadas. Sin embargo, cada imagen alberga una historia, un fragmento de vida que se resiste a desaparecer en el olvido; un archivo fotográfico surgió, así como una herramienta fundamental para conservar la memoria visual de un barrio marcado por la exclusión social.
La metodología principal utilizada en esta investigación combina el diseño documental con el trabajo etnográfico. Por un lado, el acervo fotográfico se formó a partir de la colaboración activa de los habitantes del barrio, quienes donaron fotografías que reflejan las experiencias de aquellos que han participado en la autoconstrucción del territorio. Por otro lado, se utilizaron fuentes primarias y secundarias que documentan los hechos de coyuntura política y social del barrio.
Nuestro acervo fotográfico (estado: junio de 2024) contiene 3.956 fotografías en blanco y negro y color, digitalizadas y con metadatos. Por razones prácticas, limitamos nuestra búsqueda a imágenes tomadas antes del año 2000, debido a que la introducción de tecnologías digitales y celulares incrementó exponencialmente el registro visual en el barrio. La mayoría de las fotografías se encuentran en soporte papel, en menor medida en negativos, digitalizadas y en publicaciones impresas. En total, participaron 58 familias en la donación, contextualización y publicación de fotografías provenientes de los 11 barrios que conforman la Comuna 20. Además, se consultaron tres instituciones del barrio, lo que resulta en que el 57 % del acervo tiene origen comunitario, el 27 % procede de periódicos y revistas, el 10 % de publicaciones y proyectos académicos y el 6 % de archivos fotográficos institucionales.
Esta iniciativa trascendió la mera recopilación de imágenes como evidencia o ilustración de una investigación histórica tradicional basada en fuentes escritas. Se convirtió en un proceso de descubrimiento y conexión con las historias resguardadas en fotografías arrugadas y amarillentas. Cada imagen desenterró narrativas olvidadas durante décadas. En este proceso, la comunidad no solo compartió recuerdos, sino que se involucró activamente en la construcción de su propia historia, desafiando la idea de que la sistematización y recopilación de información deben ser exclusivamente tarea de académicos.
El equipo del Museo y de esta investigación está compuesto tanto por personas con arraigo local y larga pertenencia comunitaria como por externos que aportan experiencias de memoria en otros contextos, lo que enriquece la diversidad de perspectivas. Este capítulo, siguiendo la lógica orgánica y dinámica del proceso, busca compartir reflexiones y desafíos encontrados en la construcción y preservación de la memoria de un barrio históricamente ignorado por la historiografía académica[4]. Desde el Museo Popular hasta la creación del archivo fotográfico comunitario, este trabajo trasciende los marcos convencionales de la investigación, presentando reflexiones que mezclan preocupaciones teóricas con experiencias vividas.
Este capítulo aborda siete reflexiones continuas y preguntas perentorias surgidas del proceso mismo. No sigue una lógica académica tradicional de teoría, metodología, objetivos y resultados lineales, sino que refleja la naturaleza orgánica de la investigación popular. Esto implica una presencia constante en el barrio, obedece a temporalidades diferentes, es circular y produce múltiples verdades paralelas sin generar respuestas definitivas. El trabajo no se somete a autoridades académicas ni carteles de citación, tampoco cuenta con financiamiento estatal, lo que garantiza su independencia. Al mismo tiempo, toma posición en defensa de las personas empobrecidas y subalternas, con el objetivo de transformar su realidad social.
Por lo tanto, este texto invita al lector a sumergirse en la complejidad y vitalidad de la construcción de memoria[5] en Siloé, explorando la intersección entre historia oral, etnografía visual y fotografía como agentes activos en la preservación de la identidad comunitaria.
La exploración no solo construye y salvaguarda la historia de Siloé, sino que también discute el papel de la fotografía en la conservación de la memoria colectiva, aportando observaciones valiosas para el uso de imágenes en ciencias sociales. El trabajo desarrollado en el Museo Popular ha evolucionado hacia dimensiones significativas en lo comunitario y político, incluyendo la creación del Tribunal Popular de Siloé desde 2021, tras el Estallido Social, para denunciar ejecuciones extrajudiciales y violaciones de derechos humanos cometidas por agentes del Estado colombiano contra una población en resistencia. Este tribunal, con impacto internacional, ha cuestionado y desafiado instituciones al exponer la violencia desde la investigación y el relato popular. Así, el trabajo de memoria se ha ampliado y actualmente posee dimensiones que trascienden la comunidad para abarcar lo político y la justicia social.
Por consiguiente, este artículo se configura como una autorreflexión y sistematización de experiencias empíricas realizadas en el territorio de Siloé. Las preguntas que estructuran el texto emergieron del propio proceso investigativo y no pretenden ofrecer respuestas definitivas, sino sugerir pistas para su reflexión y abrir debates en torno a la investigación popular de memoria visual. Esta modalidad investigativa reconoce el valor epistemológico y político de las narrativas comunitarias, y concibe la memoria como un fenómeno dinámico, colectivo y plural, inscrito en prácticas sociales y culturales específicas.
2. ¿Es posible que la subalternidad hable a través de la imagen?
La primera observación que nos preocupó profundamente fue el debate sobre la fotografía como un lenguaje propio y una práctica de significación. Identificamos una distinción marcada entre las imágenes que circulan desde fuentes externas sobre Siloé y aquellas que emanan del propio barrio. Se configura así una poderosa forma de autorrepresentación a través de la imagen, la cual difiere significativamente de las representaciones provenientes de fuentes externas, como la prensa, proyectos de intervención social o archivos oficiales.
Resulta fascinante explorar los significados internos, que podemos definir como un lenguaje desde la subalternidad (Spivak, 2009)[6]. Dentro de Siloé, las fotografías actúan como representaciones visuales de narrativas que escapan a los estereotipos y etiquetas impuestos desde afuera. Este lenguaje interno desafía las representaciones convencionales y se erige como un dispositivo para la autenticidad y la autodeterminación comunitaria. Observar las fotografías desde esta perspectiva subalterna implica sumergirse en un universo visual donde las narrativas son tejidas por quienes han sido históricamente marginados. En este sentido, constituye un acto de resistencia y respuesta contra las narrativas dominantes que, con frecuencia, simplifican la realidad social de Siloé (ver figura 11). Este enfoque no solo redefine nuestra manera de interpretar las imágenes, sino que también nos invita a cuestionar y reconstruir las narrativas predominantes sobre comunidades marginadas.
Asimismo, a diferencia del lenguaje verbal, “la comunicación visual sigue una lógica propia, no argumentativamente racional, presentativa y holística” (Müller y Geise, 2015, p. 37). Esto facilita un acercamiento a narrativas del barrio que no necesariamente siguen un orden cronológico, permite el reconocimiento directo de elementos visuales para la elaboración de analogías y vincula la representación visual con el conocimiento previo y la memoria existente. Es imprescindible aprovechar el potencial de la comunicación visual para la construcción de imaginarios colectivos e identidad cultural desde la subalternidad.
La diversidad es patente en Siloé: sus primeros habitantes fueron indígenas Yanacona; posteriormente llegaron comunidades negras procedentes de África esclavizadas en la hacienda Cañaveralejo; en el siglo XX arribaron mineros de Marmato, Caldas, expertos en la excavación de minerales; durante las décadas de violencia en los años 1950 y 1960 llegaron campesinos desplazados principalmente del Cauca y Nariño (ver figuras 3 y 4). Estos recuerdos se entretejen en torno a las fotografías. Como campesinos, temían las inundaciones y preferían establecerse en la ladera, donde se sentían más seguros, en contraste con el plan, como relata David Gómez en las caminatas de memoria.

Figura 3: canastero Oscar Alfonso Molina frente a su casa en el sector San Francisco en Siloé proveniente de Nariño. Hasta hoy vive de la producción de canasteros que vende en la galería Alameda. Fuente: álbum familiar.

Figura 4: José Almeiro Pardo Troches, “Lomerito”, de ocho años, que vivió en el barrio Lleras Camargo hasta su fallecimiento en 2025. Su familia, de orientación liberal, fue desplazada en 1958 de su finca ubicada en Caloto, Cauca, debido a la violencia que azotaba la región. Fuente: álbum familiar.
Un aspecto crucial del enfoque teórico es el llamado de la teoría de la subalternidad a cuestionar las formas en que se construyen las representaciones, y a considerar las complejidades de agencia y resistencia dentro de contextos subalternos. La subalternidad se convierte así en un concepto fundamental para analizar las dinámicas de poder, resistencia y representación en el marco de la colonización, la opresión, la marginalización y la segregación urbana.
3. ¿Cómo se puede descolonizar el archivo y la memoria a través de la imagen?
Partimos del postulado de Román Gubern (1992, p. 1), quien afirma que “el ser humano es fundamentalmente un animal visual, que recibe gran parte de la información del mundo circundante por vía óptica”. En este sentido, la fotografía constituye una fuente documental e informacional que permite fortalecer la historia social y cultural de Siloé, difundiendo su patrimonio fotográfico. Por ello, resulta imprescindible recuperar, recopilar, organizar y sistematizar el material de la memoria visual.
Nuestra investigación funciona como un intermediario entre el archivo y la memoria, entre la salvaguardia del material visual y la cuestión de la construcción de un lenguaje visual decolonial. Investigar la representación visual de Siloé, especialmente a través de álbumes familiares, nos conduce a reflexionar sobre la función de las imágenes en un contexto poscolonial, donde pueden desempeñar un papel significativo al romper estigmas asociados a la raza, el género, la clase y el territorio. Al menos, contribuyen a resignificar y contrastar miradas estéticas y composiciones occidentales.

Figura 5: salón en el Museo Popular de Siloé.

Figura 6: Germán “Matraca” Gómez, fotógrafo popular nacido en el barrio El Cortijo, en su moto y con su propia cámara, 1987.
Fuente: banco de información del Museo Popular de Siloé.
Descolonizar en nuestro contexto implica distintos niveles de construcción colectiva: emplear fuentes alternativas de fotógrafos del barrio (ver figura 6), utilizar métodos distintos de archivado y almacenamiento, tal como lo realizan el Museo Popular y los archivos privados locales, así como adoptar otras formas de recopilación, presentación y comparación del material. De esta manera, se concibe el archivo como un proceso vivo y abierto en permanente transformación.
En consecuencia, destacamos la importancia de un registro de memoria visual comunitaria no solo con la participación activa de los habitantes, sino también dirigido y organizado por ellos. En nuestro caso, este registro tiene lugar en el Museo Popular de Siloé, considerado posiblemente el precursor de un archivo decolonial (ver figura 5). Sin duda, la memoria construida y resguardada en este espacio es un acto de rebeldía y dignificación frente a la narrativa hegemónica y excluyente.
Como ejemplo de la descolonización de la historia, destacamos que desde la década de 1980 se comenzaron a realizar las olimpiadas deportivas gestadas por iniciativa de los propios habitantes del barrio. Esta peculiar competencia involucraba a recicladores, quienes, con sus carretas, debían sortear recorridos que incluían desafíos como subir la loma y manejar hábilmente sus dispositivos de trabajo (ver figura 7). Esta práctica es parte de la memoria viva de las personas que habitan en la ladera.

Figura 7: carrera de carretilleros en las olimpiadas deportivas de la Comuna 20, inicios de los años 1990. Fuente: álbum de Martha Inés Gómez Bernal, comité deportivo de la Comuna 20.
El fenómeno de las olimpiadas ejemplifica la importancia de comprender los movimientos internos del barrio, una comprensión que solo es posible al permitir que las voces locales hablen y se escuche lo que sucede en la ladera. En este caso, miembros del comité deportivo y fotógrafos locales aportaron su registro visual de las olimpiadas, un acontecimiento que rara vez lograba cobertura en la prensa local.
Otro descubrimiento significativo en el proceso de autorretrato del barrio son los trabajos comunitarios mediante los cuales la comunidad construyó su entorno: postes de energía, pozos y tuberías de agua natural, calles, escaleras, alcantarillado y espacios públicos, entre otros (ver figura 8). Este fenómeno representa un proceso colectivo llevado a cabo gracias a la capacidad organizativa de los habitantes del sector. Los domingos se convocaban las “mingas” con olla comunitaria, donde, según los relatos de los moradores, cada hogar aportaba materiales de construcción y todas las generaciones y géneros participaban activamente en las obras.

Figura 8: autoconstrucción en la parte alta del barrio Belén, a inicios de los años 1980. Fuente: álbum familiar de Ary Marino Navia Bravo.
Estas historias, intrínsecas al barrio, rara vez son escuchadas desde fuera, debido a su naturaleza interna y propia de la comunidad que allí reside. Sin embargo, constituyen elementos fundamentales para la construcción de narrativas alternativas. Pocos artículos en la prensa de la época, así como publicaciones de ONG, partidos políticos o investigaciones, hicieron referencia a la autoconstrucción en Siloé. En este contexto, la fotografía adquiere un papel preeminente, pues no solo ilustra sino que narra los proyectos y procesos de sujetos subalternizados.
Más allá de su función meramente representativa, la fotografía se erige como un medio y fuente poderosa que abre puertas a comprensiones más profundas construidas desde una perspectiva distinta a la investigación histórica tradicional, basada mayoritariamente en fuentes escritas de carácter colonial. En la investigación popular, los habitantes de Siloé han tenido la posibilidad y capacidad de autorrepresentarse, y sus fotografías trascienden la mera ilustración de hechos pasados, permitiendo contrastar relatos hegemónicos y nutrir la historia subalterna de Cali.
Así, en nuestro trabajo “descolonizar” se entiende como un proceso crítico y reflexivo que busca desmantelar las estructuras y prácticas coloniales que suelen ignorar el poder popular y su capacidad de liberación y transformación social. Descifrar las propias narrativas y confrontar la mirada hegemónica sobre la ladera es parte esencial de este proceso de generación de nuevos conocimientos sobre y desde la subalternidad, o, como señala Spivak, de “hablar y ser escuchado” a través de las imágenes.
En consecuencia, consideramos que la fotografía posee un potencial significativamente mayor al asignado en la mayoría de los estudios históricos convencionales, pues permite no solo ilustrar, sino contar y explorar nuevas perspectivas y narrativas mediante un lenguaje visual intrínsecamente propio y revelador.
4. ¿Cómo puede la imagen facilitar el proceso de la autoinvestigación?
Un elemento de gran relevancia que nos proporciona la fotografía es la posibilidad de emplear la fotoelicitación como técnica cualitativa de investigación visual y como mecanismo de autoinvestigación, puesto que utiliza imágenes como estímulos para evocar recuerdos, emociones y narrativas que facilitan el diálogo y la reflexión compartida. Este método enriquece el conocimiento sobre las experiencias y perspectivas de la comunidad, permitiendo una investigación más profunda y participativa.
Observamos que al exhibir fotografías en el Museo Popular de Siloé y en espacios públicos del barrio (ver figura 9), los habitantes se acercan y la comunidad comienza a cuestionarse. La imagen actúa como puente que rompe el hielo y conecta con el pasado. Surgen interrogantes sobre las personas que aparecen, los lugares representados, las prácticas sociales y culturales, y sobre cómo las circunstancias han cambiado o permanecen similares.

Figura 9: exposición callejera de imágenes en la parte baja de Siloé, 2019.

Figura 10: encuentro de memoria con abuelas y abuelos en el barrio Tierra Blanca, 2019.
Fuente: banco de información del Museo Popular de Siloé.
Con preguntas aparentemente simples, como “¿Dónde era eso?” o “¿Esta señora no es la abuela del que tenía la tiendita?”, se inicia un recorrido profundo por memorias individuales y familiares. El proceso de contextualizar las imágenes permite reconectar con la historia tanto individual como colectiva. Esto implica una descripción densa (Geertz, 1986) y la aplicación de una hermenéutica visual (Panofsky, 1978), que se funde con la tradición oral popular.
La fotografía, por lo tanto, se erige como un medio que facilita el redescubrimiento y la reflexión interna. Al compartir imágenes, no solo se documentan momentos significativos, sino que también se fomenta un diálogo comunitario que despierta recuerdos, relatos y una reconstrucción colectiva de la historia local, tal como ocurre en talleres con adultos mayores (ver figura 10). Este proceso de autoinvestigación mediante la fotografía se convierte en un instrumento valioso para preservar y apreciar la riqueza de nuestra identidad y comunidad.
Destacamos dos obras fundamentales que inspiraron nuestra autoindagación a partir de imágenes. En primer lugar, Bonilla y Findji (1986) proponen la metodología de los mapas parlantes, empleada en las luchas indígenas del suroccidente colombiano y aplicable a otros sectores populares que enfrentan problemáticas similares, como la defensa o recuperación de territorios y recursos. Este método recupera la memoria colectiva y la pone al servicio de las resistencias de las y los subalternos, posicionándolos como protagonistas de su historia con fines de movilización política.
En segundo lugar, Silvia Rivera Cusicanqui (2010), socióloga boliviana, introduce una metodología innovadora de sociología de la imagen para desenmascarar matices del colonialismo contemporáneo. El Taller de Historia Oral Andina constituye una práctica de autoexploración de la historia visual aymara en Bolivia, utilizando imágenes como herramienta fundamental para estudiar y narrar su propia historia e identidad a partir de representaciones visuales. Cusicanqui cuestiona el predominio textual en las disciplinas académicas occidentalizadas, que marginan las culturas visuales que permiten revelar relatos bloqueados y olvidados por la lengua oficial y el discurso colonial. En este sentido, presenta ilustraciones aymaras de la época colonial que los colonizadores nunca lograron comprender plenamente.
Estas dos obras dialogan con la teoría de Gayatri Spivak, miembro del Colectivo de Estudios Subalternos fundado por Ranajit Guha en India, aunque cada una con metodologías distintas. Mientras estos investigadores pretendían reconstruir el papel de campesinos y subalternos en la lucha por la independencia a partir de archivos coloniales, en Bolivia y Colombia se trabaja con imágenes y representaciones de los mismos pueblos originarios para acercarse a sus propios orígenes y raíces.
En nuestro caso, esta dinámica se reproduce en el trabajo con álbumes familiares. Al comparar numerosos álbumes, se revelan paralelismos y repeticiones: fotografías de cumpleaños infantiles, primeras comuniones, instantáneas escolares, excursiones a los ríos de la ladera, eventos deportivos y culturales, y particularmente las mingas comunitarias. En este contexto, la memoria visual emerge como una herramienta que rescata experiencias recurrentes de autogestión, procesos comunitarios y construcción popular.
La memoria de los grupos subalternizados no constituye solo un acto de recuerdo, sino una autorreflexión activa sobre sus vivencias en el territorio. La memoria es un medio de disputa por los derechos colectivos y la planificación urbana, que permite interpretar eventos sociohistóricos específicos de la ladera. La utilización de imágenes se convierte en un vehículo poderoso para rescatar y comprender la historia negada de la comunidad[7].
5. ¿La imagen tiene potencial para construir identidades desde el margen?
Según Zaida Lobato (2003, p. 27), la fotografía “no requiere de un capital cultural muy alto para coleccionar, seleccionar y ordenar esos artefactos asignándoles un sentido particular”. Por ello, “frente a otras artes más ‘nobles’ y elitistas, la fotografía sería el ‘arte’ más asequible para todos” (Ortiz García, 2005, p. 191), lo cual resulta sumamente relevante en un contexto popular con poder adquisitivo limitado. Por lo tanto, consideramos las fotografías como una forma de arte y expresión popular que, además, permite identificar significados de gran importancia para la comunidad.
Las fotografías “abarcan todas las situaciones juzgadas significativas por la misma gente ordinaria o común que aparece retratada, en sus actividades cotidianas o rituales” (op. cit., p. 208). Así, facilitan el acceso a las representaciones culturales y percepciones tipificadas de la “gente común”, en las que está documentado el orden simbólico de la realidad social. “En este caso, las fotos como artefactos históricos tienen la capacidad para invocar otros bienes que simbolizan identidad” (Lobato, 2003, p. 27).
No nos interesa debatir el valor artístico ni oponer la “estética pura” a la “estética popular” de la fotografía (Bourdieu, 2003, p. 142); por el contrario, aprovechamos las diferentes perspectivas para favorecer un diálogo productivo entre ellas, especialmente en cuanto al desarrollo y la transformación de la identidad de la comunidad de Siloé. Valoramos la propia estética, las convenciones sociales, los gustos y los habitus materializados en cada fotografía de los álbumes familiares, un verdadero tesoro para revelar el ethos del grupo social (op. cit., p. 166). Es importante recordar que, en varios de estos álbumes familiares, hasta aproximadamente los años 1980, las fotografías eran producto del trabajo de fotógrafos profesionales, y que solo después las familias comenzaron a tomar sus propias fotografías.
La fotografía es una práctica de significado, de dar sentido al mundo, y tiene la capacidad de construir memoria e identidad a través del registro visual. En su compleja configuración visual, la fotografía es un fenómeno social que permite derivar cómo se registran eventos, personas y circunstancias, y evidencia qué momentos de la vida cotidiana merecen ser capturados para su posterior recuerdo. Por consiguiente, el vínculo entre fotografía y “memoria colectiva” (Halbwachs, 2004) no se limita al valor artístico ni a las expresiones culturales materializadas en un soporte sensible a la luz, sino que se expresa también en la capacidad del registro visual para construir sentido de pertenencia a un territorio determinado.
En otras palabras, la fotografía actúa como un “suplemento mnemotécnico” que posibilita recordar, narrar e indagar sobre nuestros orígenes, nuestra pertenencia y nuestro destino. Así, las imágenes forman parte de procesos de configuración de la memoria colectiva, constituyen una expresión política y son instrumento de denuncia o reivindicación, más allá de ser meros registros o depósitos de recuerdos. “A la fotografía se le otorga un carácter y un uso político, estructurado en un compromiso social, de crítica, y por qué no, de resistencia” (Ramos Delgado, 2016, p. 124). La construcción de identidad desde el margen es un acto que contrarresta el discurso hegemónico.
En este proceso, resulta imprescindible contextualizar cada fotografía, pues en sí misma “está imposibilitada de narrar y, a diferencia de la memoria, no conserva en sí misma significado alguno” (Lobato, 2003, p. 27). Para ello, planteamos dos estrategias: en primer lugar, consultar a los autores o propietarios de las fotografías; en segundo, registrar testimonios de familias que aportaron sus imágenes, o bien organizar talleres de memoria con diferentes generaciones para contrastar y verificar versiones, estableciendo así “un puente entre la logosfera y la videosfera” (Roca, 1999, p. 132) y recuperando la memoria viva de los habitantes del barrio.
Mientras que en la prensa prevalecen los artículos que asocian a Siloé con hambre, desnudez, pobreza, escándalo y violencia, en los álbumes familiares se descubre una realidad distinta. La diferencia en los retratos infantiles resulta particularmente elocuente en este contexto. Tal disparidad no implica la existencia de una versión verdadera y una falsa, sino que evidencia la coexistencia de múltiples formas diversas de narrar la historia del barrio. No se trata de negar las problemáticas existentes, sino de orientar la atención hacia la manera en que la comunidad experimenta su realidad y las soluciones que implementa frente a los desafíos cotidianos.
Resulta esencial reconocer la subjetividad en la percepción de la realidad y aceptar que cada perspectiva contribuye a la comprensión de la complejidad de la vida barrial. Al explorar y confrontar las diversas narrativas visuales y relatos, se obtiene una representación más rica y matizada de la comunidad, que supera las simplificaciones y estereotipos predominantes. Este esfuerzo por construir una versión propia de la realidad refleja la pluralidad de experiencias y la multiplicidad de voces presentes.

Figura 11: Apolinar Garrido Escobar de Siloé con otros trabajadores en la construcción de la tribuna del estadio Pascual Guerrero. Fuente: álbum familiar.
Un ejemplo revelador es la fotografía que muestra a habitantes de Siloé comprometidos en la construcción del estadio Pascual Guerrero (ver figura 11). Esta imagen destaca la significativa aportación de la comunidad en la construcción urbana de la ciudad y subraya el rol decisivo de Siloé como proveedora de fuerza laboral que ha configurado la expansión urbana, un hecho que suele ser omitido en los discursos oficiales. El contraste entre esta contribución tangible y la falta de reconocimiento actual pone de manifiesto la importancia de cuestionar y reinterpretar la historia desde la experiencia propia de los barrios marginados.
Al capturar estos procesos, las imágenes se convierten en instrumentos de reflexión y reconocimiento que otorgan voz a la comunidad y desafían percepciones erróneas o desinformadas presentes en múltiples discursos. Reconocer el protagonismo de las comunidades populares en el desarrollo urbano contribuye a su inclusión en las narrativas identitarias. Así, el aprecio y la valoración mutuos modifican la percepción tanto de los sectores marginados como de las élites urbanas. La recurrente expresión “voy a la ciudad”, que emerge en las conversaciones de memoria en Siloé, testimonia la existencia de exclusiones históricas que establecen fronteras invisibles y generan problemáticas sociales persistentes.
6. ¿Es posible la dignificación a través de la imagen?
Desde la autoinvestigación y la construcción de identidades, se destaca un aspecto fundamental que ofrece la imagen: la dignificación. En la Comuna 20, al igual que en otros barrios populares, se presenta el fenómeno de la autoestigmatización. Sus habitantes se identifican a sí mismos con etiquetas como “pobres”, “violentos”, “menos cultos” o “atrasados”. Richy Sánchez, miembro del Museo Popular de Siloé, guía turístico del barrio y organizador de eventos relevantes como la Trepatón, señala que, antes de participar en procesos de memoria, muchos residentes de Siloé sentían vergüenza al revelar públicamente su lugar de residencia. Esta situación está relacionada con experiencias estigmatizantes, como el rechazo en entrevistas de trabajo al momento de mencionar su lugar de residencia.
No obstante, actualmente, tanto él como numerosos habitantes expresan orgullosamente su origen en Siloé. Durante diversas conversaciones recuperamos manifestaciones como esta: “A pesar de los problemas que tenemos acá, me encanta vivir en el barrio, la brisa en la tarde, la vista, los vecinos. Jamás en mi vida cambiaría mi casa en Siloé para irme a otro lado”. Un ejemplo emblemático de esta transformación simbólica es el grafiti con letras gigantes “Yo amo a Siloé. ¿Y usted?”, ubicado en el muro del mirador (ver figura 13). Pintado por primera vez en febrero de 1998 tras un derrumbe, este mensaje constituye una intervención discursiva significativa, especialmente en una de las décadas más violentas de Cali.
Esta consigna ha sido incorporada en múltiples discursos, aparece en camisetas, circula en redes sociales y se mantiene en la misma pared, aunque ha sido repintada varias veces. Un lema similar, “Siloé no es como lo pintan, sino como lo pintamos”, es utilizado en distintas rutas turísticas y manifestaciones artísticas en las paredes del barrio. Los murales representan un claro ejemplo de cómo los habitantes y colectivos locales construyen una imagen alternativa de Siloé y otros espacios urbanos. Asimismo, el reconocimiento del barrio desde el exterior contribuye a fortalecer la autoestima de sus habitantes, como lo evidenció el rodaje de la película Dr. Alemán, que contó con la participación de actores naturales y equipo de apoyo provenientes de Siloé (ver figura 12).

Figura 12: despedida del equipo de rodaje de la película Dr. Alemán, 2007.

Figura 13: mirador “Yo amo a Siloé”, 2021.
Fuente: banco de información del Museo Popular de Siloé.
En este contexto, la imagen desempeña un papel fundamental. A través de ella es posible generar conciencia sobre la propia historia y, a partir de esta conciencia, resignificar y dignificar a las personas y comunidades. La investigación popular ha tenido un impacto contundente al dignificar la historia y la identidad de Siloé, permitiendo a la comunidad reconocer las causas subyacentes que han configurado la realidad actual del barrio y la ciudad. La toma de conciencia sobre las múltiples formas de resistencia y la construcción colectiva ha provocado un cambio en la percepción interna, desafiando estigmatizaciones previas y resaltando la riqueza y fortaleza comunitaria. Asimismo, la imagen contribuye a visibilizar esta conciencia hacia el exterior del barrio –este aspecto será abordado más adelante–.
El elemento de dignificación a través de la investigación popular resulta quizás el más relevante en el marco del Tribunal Popular en Siloé. Este surgió tras el Estallido Social de 2021[8], ocurrido después de la pandemia y que dejó un saldo trágico: la muerte de 13 jóvenes en Siloé y más de 150 víctimas de intento de homicidio, violencia de género, tortura, lesiones graves, pérdida de visión y personas aún desaparecidas. Todas estas agresiones fueron perpetradas por la fuerza pública. La versión oficial los presenta como vándalos involucrados en conflictos internos de pandillas, cuya muerte resultaría de enfrentamientos entre ellos o de la intervención estatal para proteger a la población civil.
Con el fin de contrastar y evidenciar otra versión de los hechos, realizamos una investigación exhaustiva directamente en el barrio, en colaboración con la comunidad, para esclarecer la verdad. Uno de los propósitos centrales es desafiar la versión oficial y narrar la historia real a través de videos, fotografías tomadas con celulares y testimonios directos. Por un lado, se busca romper con la clasificación reduccionista de víctimas y la violencia simbólica ejercida por las instituciones estatales mediante el lenguaje de cifras y casos. En lugar de centrarse en las atroces muertes y referirse a los jóvenes como “sin nombre”, se intenta, mediante fotografías de sus familias y amigos, dar rostro a la memoria de su vida y sus sueños.
Por otro lado, se hace evidente la necesidad de superar el estigma asociado a “ser víctima”. En este sentido, las imágenes resultan herramientas clave para reivindicar que las víctimas, más allá de haber sido agredidas, poseen una historia de vida y han dejado huella en el barrio. Por consiguiente, las familias no participan únicamente desde la condición de víctimas, sino también aportando sus saberes y habilidades. Para ellas, un aspecto crucial no reside únicamente en la búsqueda de justicia, sino en dignificar a las víctimas, poder relatar lo que realmente sucedió y desmontar la imagen peyorativa que se tenía de sus seres queridos. En cada acto público predomina el uso de las imágenes de las víctimas, y en múltiples ocasiones las conmemoraciones se acompañan de la realización de grafitis y murales que retratan los rostros de los jóvenes asesinados.
Este cambio de percepción trasciende la lucha por la justicia para proponer una reinterpretación de la historia, que reconoce a estos jóvenes como víctimas de un “genocidio continuado contra la juventud” (Tribunal Popular de Siloé, 2023, p. 65) y de un ataque estatal contra un barrio popular y organizado en resistencia. La narrativa resultante aspira no solo a revelar la verdad, sino también a contribuir a la dignificación de aquellos cuyas historias fueron distorsionadas, aportando una perspectiva más compasiva y comprensiva sobre los acontecimientos ocurridos en Siloé. En este proceso, las imágenes son fundamentales para explorar nuevos lenguajes más humanistas, personalizados desde la perspectiva de los oprimidos que sufren una vulneración estructural de sus derechos.
7. ¿Constituye la fotografía una evidencia válida para la generación de conocimiento popular ausente en las narrativas de la historia hegemónica?
Según nuestra experiencia, pocas investigaciones académicas valoran adecuadamente tanto el potencial de la investigación popular como las prácticas y saberes artesanales, junto con su legado histórico almacenado en las prácticas de la “vida ordinaria”, por ejemplo, en la manera de habitar el territorio y en el arte de la supervivencia en contextos complejos (de Certeau, 1979). No es un secreto que la cientifización y la institucionalización de las disciplinas han relegado las fuentes orales. La incorporación de la historia oral en las carreras de historia aún enfrenta resistencia y críticas más severas que otras fuentes documentales.
El Museo Popular de Siloé constituye un ejemplo emblemático de almacenamiento de historias de vida a través de objetos y de reconstrucción del pasado como un rompecabezas que se recompone con cada nueva información proporcionada por los habitantes del territorio. Durante los últimos 25 años, se ha desarrollado una línea de tiempo con hitos históricos que ha facilitado la consulta de diversas fuentes, más allá de los álbumes familiares, incluyendo periódicos, revistas, archivos institucionales como los de la Universidad del Valle, el Banco de la República y la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC), así como archivos fotográficos institucionales y de reporteros gráficos, hasta llegar a publicaciones académicas. Se ha constatado que muchos de estos archivos presentan deficiencias en cuanto a registro, organización, sistematización y financiamiento.
Con los resultados del trabajo comunitario en el barrio, nuestro objetivo es alimentar y complementar la historia oficial de Cali. Realizamos una labor historiográfica que cuestiona aspectos específicos, especialmente aquellos registrados en los archivos institucionales. En lugar de depender exclusivamente de documentos escritos, utilizamos la fotografía como fuente palpable de evidencia empírica. Mientras que la historia hegemónica de la ciudad privilegia documentos escritos, como certificados de compra y venta de lotes territoriales, nosotros contamos a través de imágenes una historia vivida en el barrio. Más que sacar conclusiones a partir de antiguos títulos de propiedad sobre quién poseía qué tierra, nuestro interés reside en demostrar que esta historia oficial es, en última instancia, una narrativa de robo de tierras.
Por ello, adoptamos una postura crítica frente a aquellos trabajos que utilizan fuentes archivísticas históricas de manera afirmativa, presentándolas como hechos. Un ejemplo es la interpretación de escrituras para identificar propietarios que vendieron tierras, a menudo de forma ilegal, a refugiados desposeídos y desplazados. A partir de testimonios e imágenes de ocupaciones territoriales en la ladera, podemos relatar otra versión: los títulos de propiedad, al inicio del siglo XX, estaban en manos de hacendados, producto de la privatización de ejidos y tierras colectivas por parte de colonizadores bajo el ius privatum romano, desconocido para los pueblos originarios. Por ello, en Siloé no hablamos de “invasiones” sino de “(re-)tomas de tierra” o “recuperaciones de territorio” cuando los subalternos ocupan predios públicos o privatizados para construir sus viviendas.
Este debate, sin embargo, excede el alcance de este capítulo y debería formar parte de una crítica profunda de las fuentes en las ciencias sociales y humanas en países colonizados, que implique una reinterpretación histórica. En el Museo Popular, lo que más nos interesa y podemos probar es la historia de desplazados en Siloé, uno de los barrios más antiguos de la ladera. La historia de Siloé puede leerse como una historia de subalternidad, empleando métodos de análisis del material visual para recordar su trayectoria marcada por resistencias, estrategias de apropiación y adaptación.
Un ejemplo ilustrativo es el origen del nombre “Siloé”. Hasta nuestra investigación existían diversas hipótesis sobre su procedencia, tal como se expone en Ruiz López (2016, p. 86). Consultando el álbum familiar de Rodolfo Müller, nieto del inmigrante alemán Rudolf Müller, encontramos evidencia documental que confirma que el nombre del barrio proviene de una finca homónima (ver figura 14). Según escritura fechada el 14 de abril de 1931, la “finca rural llamada Siloé” pasó por diversas familias alemanas (Lüllermann, Wenzel, Müller, entre otras), es decir, ya portaba este nombre antes de 1930. La tradición oral sostiene que las cascadas y riachuelos encontrados recordaban a los colonos alemanes las fuentes hídricas sagradas mencionadas en la Biblia, motivo por el cual bautizaron la finca “Siloé”, que en hebreo significa “El enviado”.
Además, casualmente hallamos fotografías aún más antiguas del barrio, que documentan la presencia de la familia Barth[9], cuyos descendientes poseen un acervo fotográfico familiar donde se encuentran imágenes de la finca y la cascada de Siloé datadas en 1936. Esto demuestra que los Barth visitaban a los Müller y contaban con recursos para la fotografía en esa época. En resumen, a partir de la fotografía, contamos con evidencia histórica sobre el origen del nombre Siloé. Estas imágenes no forman parte de los archivos institucionales de la ciudad debido a que, en ese periodo, nadie se interesaba en este sector popular, situado fuera del perímetro urbano y poblado progresivamente por mineros de carbón provenientes de Marmato, Caldas.

Figura 14: Ana Polonia, esposa de Rudolf Müller, con niños frente a la finca rural con nombre de Siloé en el fondo en la pared, finales de 1930. Fuente: álbum familiar de Rodolfo Müller (tercera generación).
Otro caso relevante de investigación visual desarrollado por el Museo Popular tiene implicaciones significativas para la historia de la violencia en Colombia, concretamente en relación con los falsos positivos. El primer caso registrado en la base de datos del Centro de Investigación y Educación Popular (CINEP) como “falso positivo” corresponde a la captura, tortura y posterior asesinato de Luis Fernando Lalinde por parte de la patrulla de infantería N.° 22 del Batallón Ayacucho del Ejército Nacional (Rodríguez Gómez, 2020, p. 33). En Siloé, se documenta probablemente el primer caso de falso positivo de un menor de edad, ocurrido un año después del caso registrado por CINEP, el 1 de octubre de 1985. El joven Jorge Eliécer Ramírez González, arriero de Siloé de apenas 14 años, fue asesinado por el ejército durante enfrentamientos con la guerrilla M-19 en el sector de La Estrella.
Cuando el reportero gráfico de El País Jorge Hernán Sánchez llegó al lugar de los hechos y tomó la fotografía, encontró al adolescente portando un fusil M-1 (El País, 02.10.1985). Sin embargo, nuestra investigación muestra que el joven fue retratado sin arma, en una zanja, por un reportero gráfico del diario El Pueblo el mismo día (02.10.1985). El escándalo alcanzó la opinión pública y el periódico El Caleño tituló al día siguiente: “Menor no era guerrillero”. La manipulación resultó tan evidente que, días después, el propio ejército se vio obligado a reconocerla.
Estos dos casos evidencian que el trabajo de memoria histórica revela hechos nuevos y versiones alternativas desde el barrio que cuestionan las metodologías establecidas. Esto implica un trabajo prolongado, persistente y frecuente en el territorio, que demanda una profunda confianza para establecer relaciones auténticas y honestas con la comunidad. Este proceso no responde a intereses proselitistas ni a términos de proyectos académicos o institucionales, sino que constituye una investigación militante basada en la observación, la escucha activa y la recolección de objetos de memoria. Su valor radica en que estos objetos pueden adquirir significados inesperados en el futuro.
8. ¿Cuáles son las estrategias para socializar la perspectiva y narrativa visual propia?
Según González Cueto y Vidal Ortega (2005, p. 8), “en Colombia el interés por las fotografías y su preservación como testimonio histórico y documental es muy reciente, no más de veintitantos años”. En Cali, gracias al Archivo del Patrimonio Fotográfico y Fílmico del Valle del Cauca, a las colecciones fotográficas del Centro de Documentación del Banco de la República y, finalmente, al Archivo Fotográfico y de Memoria Histórica, ha sido posible, en cierta medida, otorgar relevancia a la recolección de fotografías a nivel regional. Sin embargo, “en la creación y organización de los archivos fotográficos en Colombia se ha avanzado muy poco” (op. cit., p. 10), y las representaciones visuales periféricas rara vez llaman la atención u ocupan un lugar central en las agendas institucionales y académicas.
En nuestro caso particular, observamos que el material visual existente sobre Siloé en los medios de comunicación es escaso debido, por una parte, al enfoque predominante de los reporteros gráficos en los barrios del centro de la ciudad y, por otra, a que las pocas fotografías de Siloé tienden a retratar aspectos negativos y sensacionalistas, esto es, la miseria, la pobreza, la violencia. Por esta razón, resulta fundamental visibilizar las diversas memorias de Siloé para enriquecer la historia de la diversidad cultural y los distintos procesos de autogestión que han quedado registrados en los álbumes familiares, así como en otros tipos de archivos.
Con el propósito de visibilizar este archivo, realizamos múltiples actividades tanto dentro del barrio como hacia el exterior. Las exposiciones en el Museo Popular de Siloé siempre incluyen una amplia recopilación de material visual que enriquece la colección de objetos. Hace 25 años, David Gómez inició las caminatas de memoria, que suelen atraer a más visitantes externos que locales. Estas caminatas generan una sensibilización notable tanto en visitantes como en habitantes acerca de sus propias memorias. Además, han ampliado el registro fotográfico de Siloé, ya que al atraer a habitantes de Cali y turistas, estos producen y difunden en redes sociales imágenes que muestran aspectos valiosos del barrio y espacios poco reconocidos, como La Estrella, el monumento contra la opresión del maestro Alape o el Carnaval de los Diablos, entre otros. Gracias a este proceso, dichos espacios se han convertido en iconos de la ciudad.
Para dar a conocer la vida en la ladera, organizamos exposiciones temporales en el Museo de Arte Contemporáneo La Tertulia de Cali en 2018, en el espacio Odeón de Bogotá en 2021/2022 y en el Museo de la Universidad de Antioquia en Medellín en 2023. Participamos en numerosas conferencias, charlas, encuentros fotográficos y archivísticos, talleres, y fuimos reconocidos con varios estímulos. En 2023, recibimos el Premio de Memoria de la Universidad de Antioquia y el reconocimiento como museo comunitario por parte del Ministerio de Cultura. Publicamos artículos en revistas y periódicos, y dictamos seminarios de sociología visual con material de la Comuna 20 en la Universidad del Valle. Mantenemos intercambio de experiencias con otros museos comunitarios y colectivos barriales a nivel nacional e internacional. En síntesis, participamos activamente en encuentros tanto populares como académicos para superar las fronteras disciplinarias y sociales.
Como se mencionó anteriormente, la investigación de memoria y la generación o adquisición de material fotográfico para nuestro museo superan los 20 años. Sin embargo, el registro de metadatos, la digitalización y la investigación sistemática de nuevas fuentes durante los últimos ocho años han elevado el acervo fotográfico a un nivel cualitativo y cuantitativo superior. Una selección de 600 fotografías fue publicada en el libro Siloé resiste a través del tiempo. Memoria visual (Hetzer et al., 2021), el cual ha tenido un impacto notable en espacios archivísticos, fotográficos, artísticos y académicos. Se destaca que este libro tuvo gran repercusión dentro del barrio, gracias a la metodología empleada y a la inclusión activa de las familias y personajes del sector en la investigación y publicación.
De forma general, el trabajo comenzó con un acercamiento a personas de confianza en diferentes sectores, quienes nos presentaron a familias y fotógrafos del barrio. Posteriormente, se realizaron visitas domiciliarias para digitalizar o tomar en préstamo las fotografías. En otra ocasión, regresamos para grabar testimonios y tomar notas del contexto de cada imagen. La priorización de momentos emblemáticos en la vida familiar y en la evolución del barrio fue resultado de estas conversaciones, siempre sustentadas en el conocimiento previo adquirido en el Museo Popular. Durante un extenso proceso de encuentros de memoria en grupos pequeños, se seleccionaron fotografías según criterios de calidad, importancia histórica y valor estético. Con la colaboración de una diagramadora se elaboró un primer diseño, que fue consultado con cada familia e institución del barrio, verificando cuidadosamente la redacción de textos y relatos que acompañaron algunas fotografías. Después de realizar ajustes, se llegó al producto final[10]. Esta labor de investigación popular llevó varios años, pero permitió socializar y difundir simultáneamente el proceso, beneficiándose de la autonomía respecto a proyectos externos y sus limitaciones temporales.
El libro constituye una de varias estrategias de difusión y representa uno de los resultados de un prolongado proceso de construcción de un archivo popular de memoria oral y visual. Se llevaron a cabo diversos lanzamientos acompañados de estampados de camisetas, música y exposiciones fotográficas en Cali y Bogotá (ver figuras 15 y 16). Además, exposiciones callejeras de fotografías y carteles facilitaron el intercambio de ideas sobre diferentes formas de construir y mantener la memoria en comunidades populares.

Figura 15: lanzamiento del libro en el Parque de la Horqueta, Siloé, Cali, junio 2021.

Figura 16: presentación del libro en Casa Jauría, Bogotá, julio 2021.
Fuente: banco de información del Museo Popular de Siloé.
Más allá de la publicación fotográfica, existen procesos relevantes en el barrio, como el museo y el tribunal, que generan registros fotográficos que enriquecen el archivo, plantean nuevos desafíos para la preservación de imágenes digitales y promueven perspectivas innovadoras. Estos acontecimientos nos conmueven y nos comprometen a mantener viva la memoria, tal como ocurre con el Tribunal Popular en Siloé, que ha desarrollado un notable potencial movilizador. Este tribunal suscita un fuerte sentido de denuncia y organización política entre las familias de las personas asesinadas y heridas, y ha obtenido apoyo de otros procesos tanto dentro como fuera del barrio.
Cabe destacar la experiencia vivida en Bogotá en 2023 con el lanzamiento de la sentencia del tribunal, impresa con la colaboración de la Fundación Heinrich Böll[11]. Un grupo de veinte personas viajó a la capital para participar en actividades de incidencia política, un espacio significativo para el proceso de memoria, que resalta la diversidad de momentos en los cuales se puede aprovechar el potencial de estas actividades. Para el Tribunal, el uso de la memoria es clave para comprender la historia de resistencia del barrio. Como señala una consigna popular: “Solo muere quien se olvida”.
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- Es necesario aclarar que, aunque Siloé es solo uno de los once barrios que conforman la Comuna 20 —junto con Lleras Camargo, Brisas de Mayo, Tierra Blanca, El Cortijo, Belén, Urbanización Cañaveralejo, Belisario Caicedo, Parcelación Mónaco, La Sultana y Cañaveralejo—, en la memoria colectiva caleña el término “Siloé” suele emplearse para denominar a toda la ladera de la Comuna 20. Por esta razón, se optó por utilizar este nombre en la investigación, facilitando así la localización del territorio objeto del estudio.↵
- Entre las pocas investigaciones dedicadas específicamente a Siloé, es importante mencionar a Ruiz López (2016), así como la serie titulada “Historia de los barrios de Cali” (1984), que incluye tomos dedicados a tres barrios de la Comuna 20: Siloé, Cortijo y Lleras Camargo. En relación con proyectos participativos que emplean la fotografía comunitaria con distintos métodos, destacan las obras de Gómez y Vannini (2016) y Ojo Rojo (2005). Asimismo, se consideran las publicaciones realizadas por el equipo del Museo Popular de Siloé, entre ellas Diesselmann (2014), Diesselmann y Hetzer (2020), Albán (2021) y Hetzer et al. (2021).↵
- El Canal @siloécity tv existe desde mayo de 2012. Cuenta con 95.400 suscriptores y 48 millones de vistas (última revisión: octubre de 2025).↵
- La historia escrita por “profesionales académicos” no constituye la única vía para reconstruir la historia. En el marco de este estudio, no nos interesa principalmente que la historia académica valide o legitime otras formas de narrar la historia de Siloé. Más bien, la narrativa originada por sus habitantes representa una alternativa contrahegemónica con un potente potencial para cambiar perspectivas y promover movilización social.↵
- El concepto que manejamos bajo el término “memoria” comparte numerosos aspectos con la memoria colectiva conceptualizada por Maurice Halbwachs (2004) y se presenta como incompatible con la historia en sentido estricto. Mientras que la historia se caracteriza por su aspiración a la igualación e imparcialidad en la presentación de datos y acontecimientos, la memoria se marca por fisuras, ambigüedades e incluso contradicciones. La memoria tiene portadores específicos: grupos sociales delimitados temporal y espacialmente —en nuestro caso, la Comuna 20 de Cali— que recuerdan de manera jerárquica y parcial. Esta memoria no es un mero reflejo fiel y objetivo de eventos históricos sino una construcción que asegura la continuidad del tiempo y los proyectos compartidos por ese grupo, en constante actualización y reinterpretación. La función principal de la memoria radica en la construcción identitaria. Se rememora aquello que es coherente con la experiencia y los intereses de los habitantes de Siloé, aunque, de forma simultánea, múltiples intereses convergen en este proceso. Lo interesante y desafiante del estudio de la memoria es reconocer y dar vida a esta diversidad, expresada tanto en relatos orales como visuales. ↵
- La noción de “subalternidad” tiene sus raíces en los estudios postcoloniales de la India y está particularmente vinculada a la teoría desarrollada por Gayatri Chakravorty Spivak (2009). La teoría de la subalternidad se enfoca en los grupos subalternos, como comunidades campesinas, mujeres y clases sociales cuyas experiencias y perspectivas han sido sistemáticamente excluidas de las narrativas hegemónicas. Spivak utiliza el término “subalterno” para designar a quienes ocupan una posición social y política subordinada, y señala que estas voces suelen ser eclipsadas y representadas de manera distorsionada por las estructuras de poder discursivo dentro de un contexto (post)colonial y patriarcal. Spivak aborda la subalternidad en dos sentidos: por un lado, sostiene que no existe un lugar de enunciación propio para las y los subalternos; por otro, responde a las críticas señalando que, aunque estas personas son capaces de hablar, no son realmente escuchadas, lo que representa una línea roja para estos sujetos. Destaca la importancia de escuchar, acercarse y comprender las experiencias de las y los subalternos directamente, en lugar de mediarlas a través de las lentes de discursos dominantes. La posición ética y política propuesta no es “hablar por” ellos, sino “hablar con” ellos y “permitir que hablen y sean escuchados”.↵
- Unas anécdotas significativas que surgieron durante el proceso de investigación con la comunidad se fundamentan en el hecho de que dos miembros del equipo son alemanes. Durante la reconstrucción de la historia del barrio, identificamos en varias ocasiones la presencia de alemanes en diferentes roles. Este hecho nos llevó a una profunda reflexión sobre nuestros propios privilegios, las percepciones entre el “sur global” y el “norte global” y viceversa, así como sobre el internacionalismo, la solidaridad y sus obstáculos. En suma, se abrió un debate autorreflexivo en torno a la colonialidad del poder y del saber. Este hallazgo resultó especialmente revelador, ya que nos condujo a examinar críticamente nuestro papel en el barrio y en la investigación. La capacidad de la fotografía para capturar distintas perspectivas y experiencias enriqueció nuestra comprensión y nos impulsó a reflexionar sobre cómo estábamos contribuyendo a la narrativa colectiva de Siloé. De esta manera, la imagen se constituyó en un instrumento poderoso no solo para documentar, sino también para fomentar una reflexión profunda sobre el impacto y la responsabilidad de nuestra presencia dentro de este contexto de investigación comunitaria.↵
- Fue un amplio movimiento de protestas y movilizaciones sociales que comenzó el 28 de abril de 2021, inicialmente como rechazo a una propuesta de reforma tributaria presentada por el gobierno en un contexto de crisis económica agravada por la pandemia de COVID-19. Sin embargo, pronto se convirtió en una expresión nacional de múltiples demandas sociales acumuladas históricamente, incluyendo problemas estructurales como la desigualdad, el desempleo juvenil, la violencia policial y la falta de oportunidades. Las protestas se extendieron a más de 860 municipios del país y duraron dos meses.↵
- Un miembro del equipo del Museo Popular colaboró en el documental Cuatro hermanos alemanes. La historia de los hermanos Barth en Colombia. Para más información sobre el documental, ver: http://www.cuatrohermanosalemanes.com.↵
- Se encuentra en varias bibliotecas en Cali y Bogotá. Quien desee adquirir su ejemplar personal, puede contactar al museopopulardesiloe@gmail.com o nuestro sitio web https://museopopularsiloe.org.↵
- Los resultados de la investigación y las actividades del Tribunal se pueden consultar en la publicación “Tribunal Popular en Siloé: conmemorar, dignificar y resistir” (2023), disponible en línea: https://acortar.link/zvYnf4. ↵









