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El regionalismo latinoamericano del siglo XXI en clave discursiva

Auge y caída del bolivarianismo y el sudamericanismo neodesarrollista

Diego Hernández Nilson

Resumen

El inicio del siglo XXI estuvo marcado en América Latina por amplias perspectivas de cambio, sintetizadas en las categorías de “giro a la izquierda latinoamericano” y “regionalismo poshegemónico”. El objetivo de este artículo es interpretar el auge y caída del regionalismo poshegemónico. A partir de un enfoque de la hegemonía sustentado en la teoría del discurso de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, se plantea que este nuevo tipo de regionalismo surge como una búsqueda de articular posicionalidades y fortalecer liderazgos emergentes en el escenario regional, en desafío a la histórica hegemonía panamericana. El artículo identifica y caracteriza tres discursos que interactúan en el espacio social latinoamericano a comienzos del siglo XXI: el panamericanismo, liderado por EE. UU., que intenta mantenerse como la más poderosa fuente de sentido de la experiencia internacional latinoamericana, a pesar de la desaparición de las amenazas extracontinentales sobre cuyo temor se constituyó; el bolivarianismo, liderado por Venezuela, que desafía abiertamente al anterior, articulando las tradiciones socialistas y populistas con base en el antagonismo imperialismo/soberanía; y, por último, el sudamericanismo neodesarrollista, liderado por Brasil, el cual, sin confrontar con el primero, plantea un proyecto alternativo y autonomista para la región a partir del antagonismo dependencia/autonomía. Sobre este marco general, el artículo analiza las intervenciones de mandatarios en las cumbres presidenciales de las organizaciones regionales a través de las cuales el bolivarianismo y el sudamericanismo intentan proyectarse como universales a toda la región: la Alba y la Unasur.

Palabras clave

Regionalismo poshegemónico; bolivarianismo; neodesarrollismo; panamericanismo; Ernesto Laclau.

I. Introducción

A comienzos del siglo XXI, Latinoamérica parece verse desbordada por diversos procesos transformadores. Algunos de ellos pueden parecer menores o puntuales, pero en conjunto delinean un panorama social muy diferente del que caracterizó al siglo XX.

A nivel de política doméstica, la izquierda triunfa en muchos países, lo que da lugar al llamado “giro a la izquierda latinoamericano” (Castañeda, 2006; Cameron, 2009). El fenómeno es inédito: líderes y partidos de izquierda ganan elecciones nacionales, obtienen mayorías parlamentarias y consiguen finalizar sus mandatos. Bajo el paraguas conceptual de esta categoría, acontecen diversos cambios de consideración. Hay así una pacificación de la disputa política en América Latina, sin perjuicio de rupturas puntuales del Estado de derecho. Son electos gobernantes provenientes de sectores subalternos (mujeres, indígenas, mestizos, campesinos y obreros), en contraste con el histórico predominio de hombres blancos aristócratas (Lagos, 2006). Por otra parte, varios de estos líderes son reelectos para varios mandatos consecutivos. Estas reelecciones suelen suceder tras reformas constitucionales, respetando así al Estado de derecho como pocas veces aconteció en el pasado. Se promueve, además, la exploración de nuevas modalidades de democracia, “comunal” o “participativa”, que introducen variantes sobre la democracia “procedimental”, “representativa” o “burguesa” (Romero y Cardozo, 2002; Arditi, 2008; Panizza, 2008, 2009). Reelecciones, reformas constitucionales y democracia participativa son prácticas que remiten a la democracia plebiscitaria y al cesarismo, formas legales y racionalizadas de dominación carismática, noción a su vez asociada a la reflexión sobre la organización política que permita establecer un interés nacional fuerte para que sociedades en transición avancen aceleradamente hacia el desarrollo (Weber, 1980, 1982, 1994), reinterpretada para América Latina en términos de neobismarkismo (Jaguaribe, 1973). De esta forma, al mismo tiempo que se alcanzan importantes niveles de gobernabilidad y estabilidad políticas, infrecuentes en la historia latinoamericana, se genera una disputa sobre los modelos de democracia.

A nivel de política internacional, el periodo se caracteriza por una mayor autonomía con relación a los Estados Unidos, que se expresa en diversas formas y niveles (Briceño Ruiz y Simonoff, 2014; Riggirozzi y Tussie, 2012). A nivel mundial, hay un distanciamiento de la potencia en posicionamientos de política mundial, por ejemplo, con relación a Medio Oriente o China. A nivel doméstico, hay un rechazo a las habituales injerencias de la potencia. A nivel regional, la búsqueda de autonomía se evidencia en diversas formas, como, por ejemplo, la búsqueda de alternativas a las soluciones que Estados Unidos (EE. UU.) propone para los problemas de la región (p. ej. guerra a las drogas), la resistencia concertada a la presencia militar estadounidense (p. ej. la instalación de bases militares en Colombia), o el rechazo a nuevas organizaciones hemisféricas propuestas por la potencia (p. ej. el ALCA). En especial, se destaca el surgimiento de organizaciones regionales que excluyen a EE. UU. de su membrecía y evitan el hemisferio como horizonte de agrupación y concertación regional (p. ej. la Unasur, la ALBA y la CELAC). Este fenómeno regional es denominado “regionalismo poshegemónico” (Riggirozzi y Tussie, 2012).

En la dimensión social, entre 2003 y 2015 hay en varios países una evolución positiva de los indicadores de pobreza y, en menor medida, de desigualdad, particularmente en aquellos que formaron parte del giro a la izquierda. Ello se apoya en el aumento del empleo y la formalización laboral, así como en nuevas políticas sociales, con una renovación de los programas de cobertura estatal y una expansión de los derechos de los ciudadanos. Además de estas políticas universales, también se implementan políticas específicas para sectores vulnerables: de igualdad de género, de reconocimiento, y de respeto a la diversidad étnico-cultural y de género. En algunos casos, la cuestión étnica alcanza la disputa en torno a puntos de vista hegemónicos, como la incorporación de las categorías de Pacha Mama y Buen Vivir a las constituciones de Bolivia y Ecuador.

Por último, en la esfera económica, muchas de las reformas estructurales de finales del siglo XX son desmontadas, incluyendo la regulación de sectores que habían sido liberalizados y el retorno de la participación del Estado en sectores estratégicos (Leiva, 2008). Hay una expansión del crédito, del gasto y de la inversión pública, y un fortalecimiento de empresas públicas y del Estado en general, que suponen un cambio con relación al periodo neoliberal (French-Davis, 2006). También hay una mejora sostenida de los niveles y la calidad del empleo. Además, hay una exploración de alternativas en la organización de las relaciones de producción, apostando al trabajo autoorganizado en fábricas recuperadas.

Tales cambios acontecen en una década de sostenido crecimiento económico, en parte posibilitado por el bum de las commodities. Justamente, en el plano de la economía internacional, hay una diversificación del comercio y las inversiones. Esto permite disminuir la tradicional dependencia de la región respecto al mercado estadounidense y los organismos de crédito dirigidos por esta potencia (Kuwayama y Rosales, 2012). También en esta esfera hay un aumento de la autonomía. Varios países saldan sus deudas con organismos de crédito y, cuando generan nuevos compromisos, emiten deuda en monedas nacionales, minimizando la vulnerabilidad y dependencia. Además, se avanza (lentamente) en la integración regional con mecanismos financieros para el comercio intrarregional (fidecomisos, comercio en monedas propias, fondos regionales de inversión pública, etc.). Por último, hay una preocupación por el desarrollo allende el crecimiento económico, que combina el auge exportador con medidas de mercado internistas de industrialización y expansión del consumo, asociada a la revitalización del Estado, teorizada como neodesarrollismo (Bresser-Pereira, 2007) o neoestructuralsimo (Leiva, 2008).

La sumatoria de estos cambios conforma un panorama único en la historia de la región. Cada uno de ellos, considerados separadamente, supone en sí mismo un objeto de estudio de interés. Sin embargo, el dato de su simultaneidad hace necesario considerar la relación entre ellos y el sentido de conjunto que de allí surge. Asimismo, la simultaneidad debería instar a no reducir su abordaje a una perspectiva comparada, enfocándolos como parte de un proceso regional.

¿Cómo es posible dar cuenta de ellos en términos de conjunto? El objetivo del trabajo es proponer una interpretación del conjunto de cambios considerándolos como una totalidad, sin desconocer su heterogeneidad. Para ello se apela a una concepción discursiva de la hegemonía:

¿Cómo se estructura una formación social? Si va a ser una totalidad dotada de sentido y no una heteróclita adición de elementos, alguna reconceptualización de los vínculos internos entre estos últimos tiene que ser ofrecida, puesto que los vínculos tienen prioridad ontológica sobre los elementos vinculados. Fue en este punto del argumento en que me resultó progresivamente claro que la noción gramsciana de hegemonía tenía todo el potencial para encarar las cuestiones relativas a la naturaleza de este papel articulador (Laclau, 2014, p. 17).

El conjunto de cambios mencionados es así interpretado como parte de una disputa hegemónica, planteada como una “guerra de posiciones” regional frente a la histórica hegemonía hemisférica panamericana, liderada por Estados Unidos.[1] El periodo es interpretado como una transición entre el panamericanismo como hegemonía regional en crisis y la emergencia de dos nuevos discursos con pretensiones hegemónicas: el bolivarianismo, liderado por Venezuela y sustentado por la ALBA; y el neodesarrollismo sudamericanista, liderado por Brasil y sustentado por la Unasur y el Mercosur.

II. Hegemonía discursiva y hegemonía regional

El conjunto de transformaciones descrito es abordado como una disputa hegemónica. Es posible hacer un paralelo con la Revolución rusa cuando debió articular los intereses de obreros, soldados, mujeres y siervos liberados, o con Antonio Gramsci cuando reflexionó sobre cómo combinar los intereses de los obreros del norte de Italia con los de los campesinos del sur. Gramsci apuesta por la articulación, primero a través de una alianza de clases y, luego, teorizando una “voluntad colectiva” como subjetividad capaz de desafiar ideológicamente al bloque histórico hegemónico (Gramsci, 1973).

En nuestro caso, los discursos bolivariano y sudamericanista son interpretados como articulaciones de demandas y posicionalidades históricamente dispersas en el espacio social latinoamericano, procurando conformar una nueva voluntad colectiva o subjetividad política regional. El trabajo apela a una comprensión discursiva de la disputa, apelando a la teoría del discurso (Laclau y Mouffe, 1987; Laclau, 2010, 2014) y, complementariamente, a teorizaciones sobre la hegemonía internacional y el rol de las instituciones en ella (Cox, 2014), especialmente a nivel regional (Nolte, 2010; Nabers, 2003, 2008).

Laclau y Mouffe reelaboran en términos discursivos la noción de hegemonía con un enfoque posestructuralista, superando el sustantivismo clasista para comprender la hegemonía como la articulación de una heterogeneidad de demandas sociales en una nueva formación político-discursiva que da lugar a nuevas subjetividades políticas (esto es, nuevos puntos de vista desde los cuales objetivar la realidad). Perry Anderson destaca cómo la concepción de hegemonía de Laclau define al sujeto transformador como “una voluntad colectiva políticamente construida, una fuerza capaz de sintetizar demandas heteróclitas, que no tenían ninguna conexión necesaria entre sí y que podían tomar direcciones muy diferentes” (Anderson, 2016, p. 89). El desafío hegemónico consiste en generar un discurso capaz de interpelar, articular y representar simbólicamente a estas demandas. Estas, debido a su identidad relacional, pasarán así a identificarse con aquel como totalidad mayor y constitutiva, cediendo en el aspecto particularístico de sus identidades. En una perspectiva discursiva, las demandas (unidades discursivas menores) asumen el rol que las clases sociales ocupaban en Gramsci.

Con base en este corpus conceptual, el trabajo interpreta los cambios listados en la introducción de este libro como demandas sociales insatisfechas, históricamente dispersas en el espacio social latinoamericano (superación de la pobreza, industrialización, igualdad de género, respeto a la diversidad, etc.), tradicionalmente asociadas a diversas posicionalidades (indígenas, afro, femeninas, obreras, intelectuales, nacional-burguesas, nacional-populares, socialistas, marginales, etc.).

En el siglo XXI, la crisis del panamericanismo y el auge neoliberal profundiza la insatisfacción de estas demandas, lo que da lugar a una serie de cambios políticos que permiten su articulación y atención parcial a través de su inscripción en los discursos bolivarianos y sudamericanistas. Ambos emergen como interpeladores de posicionalidades subalternas y constructores de sentidos, con crecientes pretensiones hegemónicas. De esta forma, el panamericanismo, por un lado, y el bolivarianismo y neodesarrollismo sudamericanista, por el otro, son los tres discursos estructurantes de las prácticas políticas latinoamericanas a comienzos del siglo XXI, performando la identidad latinoamericana y dando sentido a la existencia internacional de la región.

La concepción performativa de la teoría del discurso permite enfocarnos en los efectos de sentido que estos tres discursos generan en el espacio social latinoamericano, más que en la adecuación a la realidad de la imagen que proyectan de la región. En otros términos, “solidaridad hemisférica”, “soberanía económica” o “zona de paz” no son categorías objetivas que pretendan dar cuenta de la realidad continental, sino objetos discursivos que deben interpelar a los actores sociales. “Una estructura discursiva no es una entidad meramente ‘cognoscitiva’ o ‘contemplativa’; es una práctica articulatoria que constituye y organiza a las relaciones sociales” (Laclau y Mouffe, 1987, p. 109).

Complementariamente, las teorizaciones neogramscianas de Cox (2014) trasladan del ámbito doméstico al espacio internacional la idea de hegemonía, entendiendo la hegemonía internacional como un consenso entre países y clases sociales (trasnacionalmente consideradas) que da lugar a un orden mundial, sustentado en la combinación de recursos de poder materiales e ideacionales: capacidades productivas, ideas e instituciones. Interesa especialmente destacar el papel que Cox asigna a estas últimas: “Las instituciones pueden convertirse en el ancla para este tipo de estrategia hegemónica dado que permiten la representación de intereses diversos y la universalización de políticas” (Cox, 2014, p. 143), idea trasladada a la construcción de hegemonías regionales: “Regional powers might exploit or depend on regional governance structures as part of their strategy for achieving regional hegemony” (Nolte, 2010, p. 884).

Con base en estas nociones teóricas sobre la hegemonía internacional, se aborda a conitinuación cómo los discursos bolivariano y neodesarrollista sudamericanista son construidos a través de la Unasur y la ALBA en cuanto ámbitos institucionales privilegiados para la generación de consensos, alineamientos y nuevos puntos de vista desde los cuales objetivar la realidad internacional, esto es, nuevas subjetividades internacionales.[2]

III. La crisis hegemónica del panamericanismo y el establecimiento de nuevos antagonismos

El establecimiento de un desafío hegemónico requiere entonces, en primer lugar, de una crisis hegemónica en la cual la creciente insatisfacción de demandas sociales devenga en una situación de descontento popular generalizado. Volviendo a los ejemplos clásicos, en la Revolución rusa la articulación entre diversos sectores sociales, con diversos problemas e intereses, se explica por la incapacidad del régimen zarista de satisfacer sus demandas particulares. Soldados, siervos, obreros y mujeres no tienen nada en común, más que su antagonismo frente al insensible poder del zar (Laclau y Mouffe, 1987).

La eficacia de un discurso para articular demandas se asienta en su capacidad para atribuir eficazmente la insatisfacción de estas a un mismo actor poderoso e insensible, esto es, el establecimiento de un antagonismo. Puesto que son demandas particulares y heterogéneas, que no tienen entre ellas ninguna relación de necesidad, su vínculo no es intrínseco. Por el contrario, el único elemento en común que puede vincularlas es su insatisfacción. Se denomina a esto una relación “de equivalencia”, basada en que son demandas equivalentes en sus respectivas relaciones con el actor antagónico. El resultado de su vínculo es una “cadena equivalencial”.

Igualmente, a partir de la teoría del discurso, los movimientos nacional-populares latinoamericanos de mediados del siglo XX son interpretados como una articulación de obreros, campesinos, indígenas y burócratas. Tales populismos basan su discurso en el establecimiento de un antagonismo entre dichos sectores y un bloque hegemónico de clases terratenientes y rentistas-financieras, ante la incapacidad de las repúblicas oligárquicas de satisfacer las demandas de las masas populares y de ofrecer un marco de sentido para su existencia:

La falta, como hemos visto, está vinculada a una demanda no satisfecha. Pero esto implica introducir en el cuadro la instancia que no ha satisfecho la demanda. (…). Por lo cual nos enfrentamos desde el comienzo con una división dicotómica entre demandas sociales insatisfechas, por un lado, y un poder insensible a ellas, por el otro (Laclau, 2010, p. 113).

En relación con nuestro caso, los cambios mencionados en la introducción refieren a demandas históricas cuya articulación se basa en una insatisfacción atribuida a un mismo actor poderoso sobre el cual se establece un antagonismo: los países desarrollados, el imperialismo, EE. UU.

En primer lugar, algunas de las transformaciones mencionadas remiten a demandas cuya insatisfacción se asocia a la propia naturaleza que asumen las sociedades latinoamericanas desde la época colonial hasta las tempranas repúblicas oligárquicas dependientes de la hegemonía mundial británica: demandas por respeto a la diversidad étnica, demandas por soberanía, demandas por acceso a crédito. En especial, se destaca la demanda por la unión latinoamericana, siendo la ausencia de esta el principal sentimiento de falta sobre el que abreva el bolivarianismo, y siendo su insatisfacción atribuida al sabotaje de los imperialismos, desde la época del Congreso Anfictiónico de Panamá. Otros cambios se ligan a demandas características del siglo XX, asociadas a la estructura que asume el sistema internacional durante la Pax Americana y el sistema interamericano: demandas por desarrollo, industrialización, condiciones laborales justas, respeto a los derechos humanos, democracia, fortalecimiento estatal, etc.

Pero el panamericanismo, como formación político-discursiva hegemónica regional, recién entra en crisis en los 90, coincidiendo con el auge neoliberal, cuando nuevas demandas tensionan la situación social y el descontento popular. En términos discursivos, las soluciones que la hegemonía panamericana ofreció a lo largo del siglo XX para los problemas de la región (solidaridad hemisférica, asistencia recíproca y defensa colectiva, Doctrina de la Seguridad Nacional, protección de los derechos humanos de primera generación, préstamos condicionados, etc.) dejan de generar sentido y hacen colapsar el consenso regional. Ello se expresa en las diferentes dimensiones de los cambios del siglo XXI mencionadas en la introducción.

A nivel económico, las soluciones neoliberales (apertura, ajustes y reformas estructurales) no logran atender eficazmente las demandas por crecimiento y desarrollo (Ffrench-Davis, 2006). El descontento se extiende entre sectores campesinos, obreros, remanentes de burguesías nacionales e, incluso, parte de las oligarquías rurales. El ajuste afecta tanto a poblaciones humildes, que sufren los recortes en la cobertura pública, como a empresarios, que sufren del debilitamiento del mercado interno y los cuellos de botella para la exportación por falta de inversión pública y la privatización de la infraestructura.

A nivel político, la democracia representativa postulada por el panamericanismo falla sistemáticamente en generar gobernabilidad. En los 90 hay un sistemático rechazo social hacia gobiernos legítimamente electos: el Caracazo, el “que se vayan todos” de Argentina, los récords en derrocamiento de presidentes en Bolivia y Ecuador (Arditi, 2008).

En política internacional, el consenso panamericanista pierde sentido y los gobiernos latinoamericanos rechazan las soluciones que EE. UU. propone para los problemas de la región. La guerra de las Malvinas, el Consenso de Cartagena y el proceso de Contadora evidencian el rompimiento del consenso hemisférico construido luego de la posguerra (Dellanegra Pedraza, 1994; Farer, 1985; Tussie, 1988). Deviene así una declinación de la capacidad hegemónica de EE. UU., esto es, de su capacidad para generar consensos y alinear a la región, aunque mantenga su poderío material (Lowenthal, 2006).

Durante el periodo 1990-2002, el descontento popular generalizado deriva en el surgimiento de movimientos sociales contestatarios, horizontales, ajenos tanto a las formas estatocéntricas de representación política, como a la lucha armada. El Movimiento Sin Tierra (MST), el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y los piqueteros argentinos son ejemplos de las limitaciones de la formación político-discursiva hegemónica para absorber las demandas sociales (Arditi, 2008). Pero una década después, el descontento deja la sociedad civil para pasar a ser hegemonizado por liderazgos políticos electorales, readmitiendo formas estatocéntricas de representación política.

Estos liderazgos llegan al gobierno e inician un ciclo transformador, denominado en términos de política comparada el “giro a la izquierda latinoamericano” (Castañeda, 2006; Cameron, 2009). Paulatinamente, estos liderazgos hegemonizan a nivel nacional el descontento popular, impulsando desde el Estado las transformaciones listadas en la introducción, articulando a nivel doméstico las demandas insatisfechas.

Desde un enfoque de regionalismo, estos ciclos transformadores se proyectan internacionalmente, para lo cual complementan el tradicional antagonismo antioligárquico de los populismos del siglo XX con un antagonismo frente a los poderes exteriores con los cuales se asocian estas oligarquías, en especial el imperialismo estadounidense. Al conjunto de demandas del espacio doméstico, se agrega así la demanda por integración regional. Complementariamente, esta internacionalización hace más sostenible el proceso, al obtener el apoyo de los vecinos frente a los embates imperialistas. Esta es una ventaja en relación con los populismos tradicionales: “While many of the populist regimes sought to maintain a more autonomous stance vis-a-vis the U.S. domestically, there was little in the sense of a more autonomous regional political agenda” (Chodor y McCarthy-Jones, 2013, p. 213).

El momento bisagra en este proceso es el rechazo del ALCA en la V Cumbre de las Américas en 2005, último intento estadounidense por mantener el orden panamericano de alineación hemisférica en torno a su liderazgo. En términos de la teoría del discurso, el antagonismo que los discursos bolivariano y sudamericano establecen en relación con EE. UU. permite dicotomizar el espacio social y establecer una frontera simbólica “por la cual los actores se ven a sí mismos como partícipes de uno u otro de los dos campos enfrentados” (Laclau, 2006, p. 56).

De allí se desdoblan otras dos relaciones que permiten a estos discursos avanzar en sus pretensiones de desafío hegemónico: articulación y exclusión. La primera refiere a la conformación de una cadena equivalencial a partir de la articulación de las demandas insatisfechas, que pasan a identificarse como integrantes de un mismo campo popular. La segunda refiere a la exclusión sistemática del actor poderoso señalado como responsable de la situación de carencia, que así ya no forma parte de la comunidad.

En relación con la articulación, el rechazo al ALCA coincide con el inicio del proceso de adhesión de Venezuela al Mercosur, esto es, la articulación entre la Argentina kirchnerista, el Brasil del Partido de los Trabajadores y la Venezuela bolivariana, los tres procesos políticos más importantes de la región. Con respecto a las relaciones de exclusión, este proceso coincide con la paulatina exclusión de EE. UU. del espacio regional a partir de la creación de la ALBA (2004) y la Unasur (2008), dos organizaciones que excluyen a la potencia de su membrecía y que se conforman para generar nuevos consensos regionales.

Sobre estos antecedentes, veamos a continuación cómo los discursos bolivariano y sudamericanista avanzan en la estructuración de relatos de la región que incorporan estas tres relaciones de antagonismo, articulación y exclusión, proponiendo así nuevos relatos de la región desde el espacio de las nuevas organizaciones regionales.

IV. El bolivarianismo

El discurso bolivariano, liderado por Venezuela, reserva un lugar central al antagonismo al ser “un modelo político que se sustenta en la construcción de una visión del mundo en donde predomina el enfoque ‘amigo-enemigo’ de la política” (Romero, 2010, p. 118). En su dimensión internacional, el antagonismo del bolivarianismo se expresa en el término soberanía/imperialismo, con “una visión del regionalismo sudamericano en función de su contraposición o confrontación con la hegemonía estadounidense en la región” (Serbin, 2011, p. 219). Este antagonismo antiimperialista asume una gran capacidad articuladora transnacional:

Chávez interpreta muy bien a la elite latinoamericana que proviene de los viejos movimientos revolucionarios de los 60. Ha tenido la osadía de oponerse abiertamente a EE. UU., lo que le ha ganado la simpatía de todas las elites cansadas de la arrogancia de ese país (Lagos, 2006, p. 96).

Efectivamente, en las oratorias de las cumbres de mandatarios de la ALBA los problemas de la región son atribuidos al imperialismo estadounidense, descrito como la mayor amenaza al continente: “Éramos colonia. ¿De quién?, de las transnacionales comandadas por el imperio. (…). Nosotros hemos roto viejos contratos con las transnacionales que los gobiernos anteriores habían firmado en Venezuela, para explotar el gas y llevárselo” (Chávez, V Cumbre de la ALBA, 29-iv-2007). Chávez también acusa a EE. UU. de ser una fuerza desestabilizadora en otros países, articulando así equivalencialmente posicionalidades particulares de diversos países sudamericanos, que comparten la amenaza imperialista:

Estados Unidos financia, con millones y millones de dólares, los movimientos separatistas de Bolivia. Allá fueron a reunirse, a Washington, como los de aquí también van allá a reunirse. Los golpistas y los fascistas de aquí son financiados por Estados Unidos, por el Gobierno imperialista de los Estados Unidos” (Chávez, 2008, pp. 30-31, VI Cumbre del ALBA, 26-i- 2008).

El antagonismo frente a EE. UU. permite articular, por un lado, las demandas por soberanía y estabilidad democrática, atribuyendo las amenazas golpistas a un “exterior constitutivo” (esto es, excluyendo a golpistas y al imperialismo de la naciente comunidad que postula), y, por otro lado, articulando las posicionalidades de Bolivia y Venezuela (esto es, creando una nueva comunidad regional). Esta doble articulación de demandas sociales del espacio social continental y de posicionalidades nacionales específicas es una dinámica constante del discurso bolivariano. Esta también performa la articulación de posicionalidades más allá de la ALBA, hacia otros países de la región con los que comparte el antagonismo:

Lo que quieren es partir a Bolivia siguiendo indicaciones, y siguiendo y jugando su papel en el nefasto plan imperialista. (…), es el imperio desesperado buscando retomar el control (…), ha llegado Evo y nacionalizó la actividad energética en Bolivia como nosotros aquí en Venezuela. Yo le he comentado a unos buenos amigos en Suramérica, al presidente Lula por ejemplo (…) “Nadie va a creer que si el imperio desestabiliza a Bolivia también es un plan contra Brasil”, el imperio quiere frenar la integración de Suramérica y ha escogido como blanco ahora a Bolivia, golpear a Bolivia es golpear al corazón geopolítico de Suramérica, no quieren que nazca esta gran patria, América Latina y el Caribe. Yo estoy seguro de que si Bolivia fuese desestabilizada y ocurriese lo que Fidel –alertándonos a todos– llama una tragedia, el gas que fluye desde allí, (…) y que sostiene gigantescas industrias del complejo industrial brasileño, lo más seguro es que ese gas se detenga y entraría en crisis Brasil, (…) el gas de Bolivia está sosteniendo con grandes dificultades el ritmo de crecimiento de Brasil, de Argentina y de Chile en parte. Así es que, si el imperio golpea a Bolivia y la desestabiliza, estaría desestabilizando al Cono Sur completo (Brasil, Argentina, Chile) (Chávez, I Cumbre Extraordinaria de la ALBA, 23-iv-2008).

Como ejemplo extremo, solamente en este pasaje, son articulados seis países, que a su vez están significando demandas específicas: demanda por la nacionalización de los recursos energéticos (Bolivia, Venezuela); demanda contra las acciones desestabilizadoras de las potencias extranjeras (Bolivia, Cuba); y demandas por industrialización y desarrollo (Brasil, Argentina, Chile). En conjunto, también significan la demanda por la integración latinoamericana.

Esta conjunción de demandas diversas evidencia el carácter contingente de la articulación por sobre cualquier relación lógica necesaria que haya entre ellas. El fundamento del vínculo es el antagonismo frente al imperialismo estadounidense, al que se le imputan diversas problemáticas de cada país, colocando las demandas en un plano de “universalidad latinoamericana”. De lo contrario, estas permanecerían aisladas en cada espacio nacional. El antagonismo permite así articular demandas que no solo estaban conceptualmente aisladas (desarrollo, nacionalización de hidrocarburos, integración latinoamericana y soberanía política), sino también geográficamente separadas: nacionalización en Bolivia y Venezuela; injerencia en Bolivia y Cuba; y desarrollo industrial en Argentina, Brasil y Chile.

Efectivamente, el grado de contingencia en la articulación de demandas que el bolivarianismo logra a partir de este antagonismo antiimperialista llama la atención de algunos analistas, que observan cómo este permite combinar la oposición al libre comercio y a la democracia formal.

En la Cumbre de las Américas celebrada en Québec en 2001, Chávez rechazó aprobar la resolución que llamaba a condicionar a la democracia electoral la membresía a la zona de libre comercio. Lo que estas acciones tienen en común es la resistencia a la dominación unipolar del mundo por los EE. UU. “(…) Chávez, tanto como Bolívar y Martí antes que él, y que Castro hoy, percibe a los Estados Unidos como una amenaza para una América Latina libre y unida” (Hellinger, 2006, p. 327).

Como parte de la instauración del antagonismo, el espacio social continental sobre el que se constituyó la hegemonía panamericanista es dicotomizado, dividido en dos campos. El discurso bolivariano traza una frontera que separa al campo hegemónico, liderado por EE. UU., y al campo popular, integrado por los pueblos latinoamericanos. El antagonismo entre imperialismo y soberanía excluye a Estados Unidos del campo popular emergente y, paralelamente, cuestiona la pertinencia de un espacio hemisférico. Esta frontera performa la autopercepción de muchos actores sociales que integran el campo popular:

¿Hasta qué punto tiene sentido estar integrado a la Organización de Estados Americanos (OEA), donde realmente no somos nosotros los latinoamericanos ahí reunidos como sí lo están los pueblos africanos en la Organización de la Unidad Africana? Ahí no hay países que antes colonizaron los pueblos africanos, en cambio tenemos en la OEA a la potencia que empezó por despojar de territorio al pueblo mexicano y ocupar después territorios centroamericanos y caribeños, y después llenar bases militares y luego llenar de dictaduras todo nuestro continente (Daniel Ortega, VIII Cumbre de la ALBA, 14-xii-2009).

La expresión territorial del campo popular que emerge de esta dicotomización es la unión latinoamericana y caribeña, con la necesaria exclusión de EE. UU. Trazar esta frontera permite establecer criterios identitarios: “Quiénes son los miembros legítimos del demos (…) y cuál es el afuera constitutivo del nuevo orden” (Panizza, 2008, p. 86). La Patria Grande del bolivarianismo es el resultado de la exclusión de EE. UU. y, a la vez, el reverso del panamericanismo: “Como la plenitud de la comunidad es precisamente el reverso imaginario de una situación vivida como ser deficiente, aquellos responsables de esta situación no pueden ser una parte legítima de la comunidad; la brecha con ellos es insalvable” (Laclau, 2010, p. 113). La idea del reverso del panamericanismo está presente en toda la institucionalidad bolivariana, desde la ALBA como reverso del ALCA, al proyecto de empresas grannacionales (asociaciones de empresas estatales) como reverso de las multinacionales capitalistas.

De este modo, la confrontación del discurso bolivariano con EE. UU. en el campo internacional no debe ser entendida como una fijación paranoica, sino que cumple un rol performativo de alinear a los países de la región. El tono confrontativo del bolivarianismo explica a la vez sus virtudes y defectos. Por un lado, le permite tejer estrechos vínculos entre los miembros de la ALBA, que se comprometen mutuamente en foros regionales, así como con potencias extrahemisféricas, que los valoran como aliados en la región. Sin embargo, por otro lado, este factor parece condenarlo a un escaso alcance regional, cuando otros países del giro a la izquierda ven en la retórica bolivariana una fuente de inestabilidad y desconfianza (Argentina, Uruguay, Chile y Brasil).

V. El sudamericanismo neodesarrollista

El sudamericanismo neodesarrollista, liderado por Brasil, es el otro relato considerado, de tono más moderado y conciliador. El antagonismo dependencia/autonomía que postula es menos confrontativo que el antagonismo imperialismo/soberanía del bolivarianismo. Asimismo, su horizonte de construcción sudamericano evita la intromisión en el Caribe y Mesoamérica, histórico hinterland estadounidense, así como la competencia con México, mayor potencia regional alineada con EE. UU.

Esto permite generar mayores consensos en la región, a partir del compromiso histórico brasileño con el desarrollo, la autonomía y la superación de la dependencia. Ello es destacado por Lula en la creación de la Comunidad Sudamericana de Naciones (antecedente de la Unasur): “Estamos reaprendendo as lições visionárias do saudoso Celso Furtado: ‘para superar a dependência, devemos buscar respostas próprias para o desafio do desenvolvimento’” (Lula, III Cumbre Sudamericana, 08-xii-2004).

Esta resignificación de la herencia cepalina en el antagonismo del sudamericanismo es además proyectado hacia el conjunto de los países desarrollados (no solo hacia EE. UU.), cuyas políticas económicas atentan contra el desarrollo y generan dependencia. Este antagonismo difuso, así como su moderación (al no atribuir una intencionalidad deliberada al antagonista), permiten generar mayores consensos, aunque más débiles:

Finalmente, el desarrollo y la igualdad están de regreso a la agenda de la región. No podemos aceptar que ciclos externos adversos y extravagancias del sistema financiero internacional hagan retroceder nuestros avances. Cepalinos como Raúl Prebisch, Celso Furtado, Aníbal Pinto, Fernando Fajnzylber, Barros de Castro y mi querida profesora Maria da Conceição Tavares nos alertaron sobre esas trampas y nos mostraron alternativas (Dilma Rousseff, 34.° periodo de sesiones de la Cepal, 31-viii-2012).

Las diferencias del antagonismo del sudamericanismo con relación al bolivarianismo reflejan las diferencias del lulismo brasileño como movimiento político nacional con relación al chavismo venezolano. Mientras que este es en general considerado como un ejemplo prototípico de populismo (Laclau, 2006), el carácter partidario y moderado del primero hacen que se lo defina más bien como un tipo de socialdemocracia (Castañeda, 2006) o un movimiento reformista y gradualista (Singer, 2012).

En términos de la teoría del discurso, el discurso sudamericanista tal vez sea más un agonismo que un antagonismo. Esto es, una modalidad política específica que adopta el antagonismo como disputa entre diferentes proyectos hegemónicos, en el contexto de prácticas institucionalizadas “donde los oponentes no sean enemigos, pero adversarios entre los cuales exista un consenso conflictual” (Mouffe, 2013, p. 16). De este modo, “los adversarios luchan entre sí porque quieren que su interpretación de los principios se torne hegemónica, pero no se pone en cuestión la legitimidad del derecho de sus oponentes a luchar por la victoria en su postura” (Mouffe, 2013, p. 26).

Sin embargo, en las oratorias de los mandatarios brasileños igual se observa una contraposición al proyecto estadounidense para la región, que actúa como sustento para la articulación de demandas:

A América do Sul é hoje uma região de paz, onde floresce a democracia. Todos os seus governantes foram eleitos em pleitos democráticos e com ampla participação popular. A instabilidade que alguns pretendem ver em nosso continente é sinal de vida, especialmente de vida política. Não há democracia sem povo nas ruas, sem confronto de ideias e de propostas. Tampouco há democracias sem regras e sem diálogo. Esses progressos nos campos econômico e sociopolítico nos conferem crescente projeção num novo mundo multipolar que se está constituindo. Por meio do exercício permanente do entendimento, afiançaremos a estabilidade regional e o desenvolvimento em bases solidárias (Lula, Reunión Extraordinaria de la Unasur, 23-v-2008).

El sudamericanismo inscribe así en su relato sobre la región las demandas por “paz”, “democracia”, “estabilidad” y “desarrollo”, articuladas a partir de su antagonismo con el proyecto “dependiente” e injerencista que las potencias históricamente impulsan para la región. Es especialmente interesante la idea de “democracia popular” con “el pueblo en las calles”, inscrita en el discurso sudamericanista a partir justamente de su contraposición a la democracia meramente procedimental que defiende el panamericanismo (aludida tangencialmente como “la inestabilidad que algunos pretenden ver en nuestro continente”). Pero la referencia a las reglas de juego igualmente remite al carácter agonista del sudamericanismo, distante del rupturismo populista bolivariano.

De todos modos, como surge de la formulación del antagonismo dependencia/autonomía, el sudamericanismo pone el énfasis en el desarrollo, que envuelve demandas por industrialización, soberanía energética, crecimiento económico, articuladas por ser equivalentes en su antagonismo frente a la amenaza proteccionista de los países desarrollados.

Quando a escassez de alimentos ameaça a paz social em muitas partes do mundo, é em nossa região que muitos vêm buscar propostas. Temos consciência de nossas responsabilidades globais, mas não abrimos mão de exercê-las de forma totalmente soberana. Não nos deixamos iludir, tampouco, pelos argumentos daqueles que, por interesses protecionistas ou motivações geopolíticas, se sentem incomodados com o crescimento de nossa indústria e de nossa agricultura e com a realização do nosso potencial energético. Uma América do Sul unida mexerá com o tabuleiro do poder no mundo, não em benefício de um ou de outro dos nossos países, mas em benefício de todos (Lula, Reunión Extraordinaria de la Unasur, 23-v-2008).

Con el PT, el liderazgo internacional brasileño denuncia las asimetrías del sistema internacional, integradas al discurso sobre el desarrollo, a diferencia de lo que sucedía en los anteriores gobiernos:

Cardoso, especially in his first term, focused on strengthening alliances with developed countries rather than on questioning the international statu quo. Lula took a different approach, however, highlighting how asymmetric international structures were impeding development (Dauvergne y Farias, 2012, p. 907).

Por otra parte, la moderación del antagonismo en el discurso sudamericanista, interpretada en términos de agonismo, hace que la relación de exclusión frente a EE. UU. se reduzca a la pretensión de un espacio autónomo donde construir un proyecto hegemónico alternativo:

Quem sabe fosse o caso de pensarmos, em uma reunião convocada pela Unasul, a gente convocar o Obama para discutir essa questão dos Estados Unidos e América Latina, porque as informações que nós temos é que ainda existem embaixadores que se metem em eleições de outros países. Essa quarta frota nos preocupa profundamente, por conta do pré-sal. E eu acho que nós deveríamos discutir esse compromisso nosso diretamente com o governo americano, diretamente com eles. (…). A mim, como presidente do Brasil, incomoda esse clima de inquietação no nosso continente, me incomoda (Lula, III Reunión del Consejo de Jefes de Estado y Gobierno de la Unasur, 10-viii-2009).

Así, la autonomía, definida a partir del agonismo frente a EE. UU., permite articular en el espacio sudamericano las demandas por paz, soberanía sobre los recursos y no injerencia en asuntos internos, alcanzando a la totalidad de los países de la región. La consigna de Sudamérica como “zona de paz”, impulsada por Brasil en la Unasur, es una de las reivindicaciones que logra mayor consenso en la organización, alcanzando a países como Perú o Chile, que están alineados con EE. UU. en otros aspectos y que no adhieren al neodesarrollismo.

El discurso sudamericanismo neodesarrollista también tiene virtudes y defectos, frecuentemente atribuidos al liderazgo regional brasileño. Por un lado, debido a que es menos confrontativo, genera consensos, asignando un lugar central a las demandas por paz, desarrollo y autonomía, sobre las que existe un relativo acuerdo regional. Por otro lado, la moderación en su confrontación con el panamericanismo, aún hegemónico, es un fiel reflejo del tibio liderazgo brasileño, que no avanza lo necesario en aportar soluciones a los problemas de la región.

VI. Conclusiones y perspectivas

Observamos cómo el bolivarianismo y el sudamericanismo neodesarrollista irrumpen a comienzos del siglo XXI como discursos que intentan hegemonizar el descontento popular generalizado de los 90. Para ello, se proyectan regionalmente a partir de su antagonismo frente a EE. UU., articulando demandas insatisfechas presentes en el espacio social regional y proponiendo dar un nuevo sentido a la identidad internacional latinoamericana.

Ambos son originales en cuanto a los desafíos a la histórica hegemonía panamericana en el plano regional, a diferencia de otras tentativas rupturistas del siglo XX, restringidas a los ámbitos domésticos, sin mayor proyección regional. En tal sentido, la teoría del discurso parece ser un marco pertinente para mostrar la lógica estructural a través de la cual se configura un discurso, se elabora un relato alternativo, que intenta desafiar al orden hegemónico en crisis. Asimismo, siguiendo a la literatura sobre hegemonía mundial y regional, las organizaciones internacionales son una herramienta importante en esta disputa hegemónica.

Sin embargo, como fue matizado en el análisis de ambos discursos, hay limitaciones que acaban limitando u obturando sus capacidades hegemónicas efectivas, ya sea por un déficit de extensión –porque muchos actores regionales no acaban de identificarse con su relato, en el caso del bolivarianismo–, o por un déficit de intensidad –cuando los consensos no generan compromisos fuertes de largo plazo con el proyecto, en el caso del sudamericanismo–.

De todos modos, el fracaso parcial de estos discursos en su disputa hegemónica con el panamericanismo no debe impedir valorar aprendizajes de ambas experiencias. Por un lado, los avances en derechos dejan a una comunidad latinoamericana a la que no será sencillo retrotraer a situaciones históricas de vulnerabilidad y exclusión. Por otro lado, la articulación entre diversas situaciones nacionales supone aprendizajes irreversibles en torno a la construcción de autonomía. Ambos aspectos deben ser incorporados si se espera que la región logre una inserción virtuosa en un nuevo sistema internacional.

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  1. El panamericanismo es definido considerado en sentido amplio como el discurso sobre el cual se sustenta la hegemonía hemisférica estadounidense iniciada con la Doctrina Monroe (1823), formalizada con la Primera Conferencia Panamericana (1889-1890) e institucionalizada con el advenimiento del interamericanismo (1948). Se evita así diferenciar el panamericanismo del interamericanismo, considerando a este apenas una institucionalización de aquel.
  2. El Mercosur es desestimado en favor de la Unasur como institucionalidad sudamericana debido a su menor alcance y estructura institucional anterior al periodo en cuestión.


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