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5 Habitar el amor

“Al corazón no le importa/ la letra chiquita/ de las transacciones”[1]

En este apartado me propongo ingresar en la dimensión de la vida familiar, para observar allí las escenas rememoradas y las lecturas que surgen de ese recorte memorial que asciende a la superficie del relato, como sucede en las narrativas que se exploran en este trabajo. De esta dimensión procuro explorar las construcciones singulares en torno a los modos posibles de habitar el amor filial. Estos modos de colocarse en el vínculo filial hacen parte de los rasgos que se asocian a la experiencia de la infancia exilar (y sus dimensiones cotidianas) y son, así, constitutivos de las narrativas biográficas.

Intentaré indagar en estas construcciones desde dos miradas en torno a las memorias evocadas. La primera mirada parte de los recuerdos mínimos sobre la vida familiar cotidiana, en particular de los tiempos de movilidad que enlazaron los días de entonces. De ellos, me interesa considerar los modos en que la experiencia del exilio ofrece, en sus pequeños tiempos diarios, algunas escenas que permiten ubicar allí una narrativa singular en torno a los vínculos de intimidad y cuidado. La segunda mirada se posa en los afectos que brotan de los recuerdos sobre los diálogos durante la adultez. De ellos, atiendo a las reflexiones en torno a las posiciones de sus padres y madres, que comprenden tanto la vida familiar como la política. Procuro aquí brindar una lectura que considere la espesura que moviliza el afecto como “flecha” lanzada desde el pasado. Una sagitaria búsqueda abocada a construir un lugar, a veces incómodo, para el amor.

Las familias se reorganizan

Quienes abordan los tránsitos del desplazamiento forzado señalan la separación familiar como un aspecto clave en el proceso migratorio (Rousseau, Mekki-Berrada y Moreau, 2001). Estas separaciones son diferentes de aquellas que han experimentado quienes han migrado de forma regular, por su naturaleza precipitada, muchas veces involuntaria y muchas veces traumática o con compromiso vital (Franco, 2008). La cuestión de las separaciones familiares supone comprender las fragmentaciones que sucedieron en el interior de las familias (fundamentalmente entre padres e hijos, hermanos y parejas), como también las separaciones causadas por la dispersión geográfica de los miembros de las familias. Estas tuvieron lugar no solo al momento de la partida, sino a través de los diferentes tránsitos que también formaron parte de la experiencia. Para algunas familias se trató de un solo destino, pero para otras integró múltiples rumbos y decisiones para cada miembro en cada tramo. La dispersión es un rasgo que relatan muchos y muchas entrevistadas sobre sus familias, cuyos miembros han nacido, han transitado y residen actualmente en diferentes lugares. Las concepciones rígidas en torno a la idea de familia se ven desbordadas, por la variedad de “familias” que se reconocen y porque estas no caben en su acepción en tanto “unidades”, lo cual supone considerar diversos arreglos familiares además del “nuclear-estándar”. En un esfuerzo por intentar clasificar o dar forma a estos lazos, Arsenault (2009) se pregunta si es posible establecer ciertos bordes o definiciones, como el número de miembros que viven en el extranjero o la frecuencia de contacto entre sus miembros, o incluso por la fuerza de sus vínculos. Parece ser un enredo intentar establecer definiciones precisas, aunque los autores intentan destacar de sus lecturas dos elementos comunes: la dispersión geográfica entre varios territorios nacionales y la conservación de contactos cercanos entre ciertos miembros de la misma familia entre varios territorios.

Así, la reflexión sobre la fragmentación de los vínculos y afectos devenida de los tránsitos provocados por el exilio puede apoyarse en algunas propuestas de los estudios migratorios para quienes el “hogar” continúa siendo una figura que aglomera a quienes, aún separados por enormes distancias, se encuentran vinculados por lazos afectivos y, algunas veces, también económicos[2]. Pero, por otra parte, los vínculos afectivos que continúan “haciendo” el hogar no solo se constituyen a partir de los lazos familiares de consanguinidad, sino también de aquellos que el propio afecto determina. En este sentido, las familias extendidas –abuelos, abuelas– han jugado diferentes papeles respecto al exilio: han sostenido, contenido, participado de las salidas, de los tránsitos, han alojado y cuidado de niños y niñas, y han acompañado de diversas maneras la experiencia del exilio, la infancia en el exilio y las biografías singulares en sus diferentes etapas. En otros casos también han dificultado o se han abstenido de acompañar o colaborar con quienes debieron partir al exilio[3].

Nuevos roles y separaciones

Me gustaría considerar, por la relevancia que asume en las narrativas, el lugar particular que han tenido las mujeres en los relatos de los niños y niñas de entonces, y su experiencia del exilio. Esta mirada, que profundiza en la dimensión de la vida cotidiana, permite contemplar no solamente las formas disponibles de “hacer” familia, sino también los modos posibles de organización de los tiempos domésticos de los niños y niñas de entonces, tanto en las estrategias destacadas para mantener los vínculos familiares a través de las distancias, como también en las experiencias de los entonces niños y niñas en torno a los tiempos domésticos, de cuidados, disponibles, que son recordados. Tal como señala Franco, si bien las experiencias de quienes atravesaron el exilio no distan de las de todos los migrantes (sean económicos o políticos), para el caso de los migrantes políticos el proceso de reasentamiento y elaboración se desarrolla en un contexto de mayor profundidad emocional, e incluso de rechazo tanto al entorno como a la nueva situación en la que se encuentran (Franco, 2008: 131). En este marco, también se desplegaron dificultades y prolongaciones que modularon los procesos de reasentamiento debido a las políticas legales y administrativas de cada uno de los lugares de acogida. Las mujeres de las familias tuvieron a su cargo mayores responsabilidades, tanto estructurales, de sustento, de organización de la vida diaria, como también emocionales. Las familias contuvieron en sí la contradicción de ser al mismo tiempo espacios de contención, de apoyo en donde procesar las heridas y pérdidas causadas por las doctrinas represivas, y ser el lugar donde se pusieron en juego las agresiones, las afectaciones hondas y capilares de la violencia (Viñar, 1993). Las familias, en estos contextos complejos, se proponen como “anclas”: “para la emoción y la identidad en el exilio, donde las víctimas de tortura a menudo se sienten exaltadas y alienadas” (Rousseau, Mekki-Berrada y Moreau, 2001:57). Pero, tal como señala Franco, estos cambios, resoluciones y soportes que suponía la vida práctica diaria quedaron fundamentalmente a cargo de las mujeres de las familias. Esto fue así por razones de hecho y de reversión de las funciones al interior de las familias. Muchas mujeres partieron solas o con sus hijos, ya que sus compañeros quedaron presos en sus países de origen o habían sido desaparecidos o asesinados. Es por ello que los nuevos contextos obligaron a desarrollar nuevas estrategias de supervivencia, muchas veces sin redes ni apoyos familiares.

Al mismo tiempo, la separación de los padres y madres es una experiencia resaltada en muchos relatos. En diferentes momentos de sus infancias, o de las biografías familiares, muchos padres y/o madres se separaron y reorganizaron familias ensambladas, o establecieron otras parejas, que a veces brindaban nuevos hermanos y hermanas. Esta modalidad fue parte de las dinámicas familiares insertas en un marco y contexto en el cual era posible tomar estas decisiones. En particular entre quienes vivieron el exilio en países en cuya estructura de género las condiciones de las mujeres eran diferentes que en los países latinoamericanos. Por ejemplo, en países europeos, como es el caso de Francia, señalado por Franco (2008:136), las diferencias entre las relaciones entre sexos, los roles de género, se encontraban en pleno cuestionamiento en medio del impulso del movimiento feminista, y por ello se proponían otras perspectivas posibles para concebir la vida cotidiana. Se puede identificar estos aspectos en varios de los relatos de las experiencias de quienes fueron entonces niños y niñas.

Respecto a las separaciones, para el caso uruguayo, la mayoría de las familias partieron al exilio de forma separada (Romero, 2006: 475); las madres junto con sus hijos, y pese a la buena relación con sus parejas al momento de la partida, el estudio destaca las separaciones que tuvieron lugar en la nueva vida que supuso el exilio. Mientras Romero señala los nuevos desafíos del exilio y los cambios que movilizaron a las parejas (nacimientos, separaciones, nuevas uniones y fallecimientos), Franco destaca las particularidades y diferencias con las que hombres y mujeres atravesaron la experiencia del exilio, tanto en las representaciones sobre los mundos de ambos, como también en las funciones asignadas y asumidas (Franco, 2008:131).

Las separaciones también fueron producto de los nuevos roles que señala Franco. Por un lado, para los varones, la pérdida de aquellos “espacios de legitimidad” en los que fundaban la “propia masculinidad”, como podrían ser el ámbito laboral, profesional, la posición en el hogar como sostén o proveedor, el lugar en el espacio público que también otorgaba la práctica política. El exilio modificó las posiciones, los espacios, los modos de reconocimiento acostumbrados; en definitiva, aquello de las identidades que debía reconfigurarse. Fracturó y reorganizó los roles de género, las representaciones y las funciones de hombres y mujeres (Franco, 2008:131). Estas últimas tuvieron muchas veces a su cargo la resolución de la vida diaria y tomaron, de acuerdo a Franco, otras posiciones con respecto a los cambios que se imponían. Entre ellos, la mayor predisposición y menores resistencias a las nuevas situaciones, sean estas las de realizar tareas descalificadas (empleos que muchas veces implicaban una descalificación laboral), como de menores resistencias y mayor disposición a integrarse en los nuevos espacios (Franco, 2008:132). Así, las mujeres tomaron lugares más “protagónicos” y sus compañeros varones estuvieron en mayor medida embebidos por el sentido de la “derrota”, tanto política como personal (Franco, 2008:133), cuestión que pudo incidir en las dinámicas de pareja y en la necesidad de redefinir los roles dentro de la misma. Estos procesos se desarrollaron en simultáneo con los trabajos de adaptación e integración en los nuevos espacios; de ahí, que las separaciones fueron un “hecho corriente y constante”, tanto por los desfasajes en el interior de los vínculos –con relación a los nuevos contextos–, como también resultante de situaciones aplazadas por las dificultades de las rupturas, fuera por las situaciones de emergencia por las violencias o por las concepciones familiares que discurrían en la década del setenta (Vásquez y Araújo, en Franco, 2008:134). También podemos agregar que los retornos fueron instancias de redefinición familiar y conyugal. La decisión del retorno, como se verá en otra parte, trajo aparejadas las disyuntivas y contradicciones también en los vínculos de pareja en torno a la posibilidad de volver. Las vueltas también fueron instancias de crisis, de reorganizaciones, que, tal como expresan los relatos biográficos, supusieron separaciones en el interior de las parejas de las familias.

Los árboles que no dan flores dan nidos

Las formas de los nidos se parecen mucho a las flores, “un nido es una flor con pétalos de pluma” dice Fernán Silva Valdés[4]. Así, se pueden pensar las diferentes nuevas familias, las “inventadas”, que sin ser sanguíneas “hacen” familia a partir de la protección, el calor y el afecto de sus nidos. A través de los relatos, se despliegan diversas formas y estrategias de hacer familia que labraron las experiencias y recuerdos de infancia de los niños y niñas de entonces. Por un lado, están las nostalgias relativas a los rituales familiares: las pérdidas que trajo el exilio respecto a las familias de origen y las escenas que la distancia impuso como anhelo. Por otro, la “otra” familia, constituida por amigos uruguayos/argentinos exiliados, que se articula a partir de la apertura democrática y las decisiones de retornar o de quedarse. Alina refiere a estas particulares ideas de familia que se van fraguando en sus recuerdos:

Creo que la cuestión de criarte lejos de la red de contención que es la familia ampliada, los abuelos, los tíos, los primos toda esa gente incondicional con la que un pequeño grupo familiar como padre, madre hijo puede contar, o en el caso de los que estaban lejos no… te da otra relación con la idea de familia.

Fernando también recuerda a toda la “otra” familia que fue su familia extendida durante el exilio en Francia:

O sea, la falta y el desarraigo lo suplí porque había otra familia ahí esperándome… justamente los franceses, los moros, gente con la que todavía estoy en contacto, compañeros de escuela, ahí había una familia también. Obviamente no tuve el lado de Uruguay ni la cultura del Uruguay, ni mis abuelos, pero tenía todo esto y estaba ahí… cuidado, digamos, y protegido ahí. Y yo te digo, yo tenía los dos faros que estaban ahí. Mi vieja y mi viejo estaban.

También Miguel recuerda en su infancia en Francia una “familia inventada” conformada por otros argentinos que participaron de la vida doméstica y cotidiana de su propia familia materna. En casa de ellos, Miguel incorporó no solamente costumbres argentinas, hábitos como el mate, espacios para hablar no solamente español y sus modalidades más populares, sino también los temas que hacen a los intereses y a la identidad de Miguel en aquel momento. Eran otros vínculos familiares propios, en los que desarrolló una particular complicidad, “distinta” a lo que podían suceder con sus padres. Estas familias “inventadas” conforman lo que señala Massey como “cadenas migratorias”, aquellos grupos de vínculos interpersonales que “conectan a migrantes, migrantes antiguos y no migrantes en su área de origen y de destino a través de lazos de parentesco, de amistad y comunidad compartida” (Godoy, 2007:46). Estas redes tienen un lugar crucial para comprender tanto los tránsitos migratorios como, en algunos casos cuando fue posible, las razones de elección de los lugares de acogida. Las “comunidades de acogida” que señala Godoy (Godoy, 2007:47) amortiguaron muchas situaciones de crisis internas de las familias y movilizaron, en muchos casos, oportunidades en cuanto a la realización personal.

Las nuevas familias no solamente estaban integradas por la comunidad argentina, uruguaya o sudamericana, sino que, muchas veces, los “tíos” eran locales: Tamara recuerda el momento previo a la “vuelta” al Uruguay desde su México natal:

Nos fuimos a la casa de un tío del corazón porque no había ningún familiar directo. Eran todos amigos de mi papá y de mi mamá que son como hermanos de ellos. Y nos quedamos, creo que nos quedamos esa noche, ahí en casa de ellos, recuerdo que yo tenía muchas cositas que me había llevado que para mí eran importantes, quedaron en esa casa.

Estos “tíos del corazón” formaron parte de la experiencia cotidiana de Tamara hasta sus seis años. Tamara, como gran parte de los entrevistados, lamenta haber perdido contacto con sus vecinos del edificio, personas cercanas, amigos del barrio. Los “tíos” fueron entonces una figura importante en las familias de los niños y niñas de entonces. Eran los miembros de aquellas redes de familia que integraban tanto los entornos vinculados con la militancia política como los no vinculados, tal como señala Tamara. La figura de los “tíos” supone una forma de nombrar, de dar lugar en la estructura familiar a quienes configuran las familias, sean o no sanguíneas.

Por otra parte, existían también otras redes, que desplegaron otras formas de “hacer” familia, que fueron desarrolladas y afianzadas por los propios niños y niñas de entonces. Muchos y muchas no solamente desarrollaban lazos a partir de los adultos y de sus entornos, vínculos e intereses, sino que también, en algunos casos, fueron esos niños y niñas quienes construyeron vínculos de padrinazgos, de amparos con otros adultos, por fuera del entorno de sus familias como “hilos conductores” de su infancia. Como ejemplo, el recuerdo de Eduardo sobre su club de fútbol, a donde viajaba desde cualquier punto de la ciudad para asistir a las prácticas: esa determinación era motivada no solamente por la actividad deportiva, sino porque allí encontró un espacio familiar de pertenencia.

Los pequeños tiempos

El foco en la dimensión temporal de la cotidianeidad supone también una atención a su espacialidad ya que ambas dimensiones se presentan como “constitutivas y fundamentales de la vida cotidiana” (Reguillo, 2000:85). Organizan cuándo y dónde tiene lugar la producción del cotidiano, y sus prácticas “desde donde se ve al otro, desde donde se configura una forma particular de ver el mundo, claro, se trata del mundo a mi alcance” (Lindón, 2000:11). Aunque atenta a esta doble dimensión, la experiencia de la temporalidad, para Lindón, hace énfasis en las prácticas que se desarrollan entre tiempos solapados, exteriores e interiores, en un espacio particular. Así, en esta sección procuro explorar la relación entre la experiencia cotidiana rememorada, la dimensión tempo-espacial y los vínculos intergeneracionales que son rememorados.

Por un lado, me interesa posarme en esta dimensión porque se trata de las zonas donde se espesan los relatos, tanto por su persistencia como por la intensidad emocional que proponen al ser relatados. Los filamentos del tiempo dan cuenta del apego a las rutinas, a los hábitos; se encuentran influidos, como señala Das (2010), por la experiencia del cotidiano también como lugar de “trance, de ilusión y de peligro”. Como nervaduras de la vida cotidiana, los tiempos recordados permiten amplificar la dimensión íntima de la experiencia exiliar.

Por otro lado, atiendo a las labores desarrolladas en dichos tiempos para sostener una cotidianeidad. Así, el carácter de lo cotidiano se define también por su “ensombrecimiento”, de manera que, para Das, “lejos de ser algo que daríamos por sentado”, poder asegurar lo cotidiano constituye un logro (Das, 2010:376). En el contexto del exilio, la cotidianeidad también requirió de esfuerzo para ser sostenida. El exilio grabó diferentes experiencias con respecto a las disponibilidades de los vínculos entre adultos y niños que han inscrito una marca singular en los modos de construir un lugar, un modo donde habitar los vínculos. Los adultos, y también los niños y niñas de entonces, fueron atravesados por la experiencia de la violencia, de la muerte, del desgarro, de la prisión, de la soledad, la búsqueda de recursos para hacer sostenible la vida en nuevos y extraños lugares.

De este modo, la mirada sobre las temporalidades propias del cotidiano familiar permite atender a las relaciones que allí se establecen (Gillis, 1996)[5], a los sentidos comunes en torno a la temporalidad familiar: horarios y espacios comunes y compartidos entre niños y adultos, y aquellos que se desarrollaban por separado[6] (p.2105). Así, en los tiempos recordados sobre las infancias en el exilio se solapan tiempos suaves y tiempos ásperos, donde el cuidado y sus abrigos imprimen recuerdos hondos y singulares. A través de las escenas recordadas sobre los tiempos de la vida diaria procuro explorar los vínculos con padres, madres y cuidadores, y los afectos involucrados, las experiencias recordadas e interpretadas en torno a la disponibilidad, a los tiempos y estrategias de cuidado posibles en aquel entonces.

Paisajes de cuidado

Con la idea de los “paisajes de cuidado” Bowlby (2012), pese a su metáfora espacial, también reflexiona sobre la dimensión del tiempo en los recuerdos. La memoria sobre los cuidados incide en las formas esperadas sobre quién debe cuidar/preocuparse por quién, cuándo, dónde y cómo, configurando “culturas de cuidado” que también van fluctuando y modificándose[7]. En suma, propone que el tiempo, al igual que el espacio, es una clave de lectura en torno a la desigualdad, mientras subraya los modos en que afecta los intercambios y encuentros afectivos (Bowlby,2012). Esta noción propone un acercamiento a la vida familiar, ya no bajo la lente de modelos normativos, sino desde los espacios y tiempos cotidianos, “aquellos que producen y reproducen las identidades” (Phoenix, 2013); aquellos donde también se friccionan los tiempos rituales de rutina y los tiempos de juego en los márgenes (Agamben, 2007). Los tiempos de movilidad (como los viajes de ida y vuelta a la escuela) también permiten considerar las experiencias recordadas entre las disponibilidades del entorno y las expectativas, sentidos y juicios morales construidos en torno a los modos de crianza (Schwanen y de Jong 2008, en Bowlby, 2012) que fueron posibles en aquel entonces.

Los tiempos y espacios cotidianos compartidos se proponen, así, como entradas para indagar sobre las relaciones que allí se establecen (Massey, 2005, 2005b). En tanto vínculos de cuidado, pueden ser tiempos en donde se afianzan vínculos muy estrechos y formas de intimidad, porque suponen una construcción de confianza que surge a través de la relación y las interacciones (Zelizer, 2009:183). De ellas se desprenden tanto conocimientos específicos (como secretos en común, rituales interpersonales, conciencia de la vulnerabilidad personal, recuerdos de situaciones vergonzosas, entre otros) como también prácticas particulares[8] e íntimas (como las expresiones de cariño, corporales, apoyo afectivo, entre otros) (Zelizer, 2009). Asimismo, la mirada atenta a las prácticas de cuidado abarca una amplia gama de habilidades, actos, sentimientos, y conjuga los afectos, el cuerpo, los vínculos. El cuidado está implicado en la conducta y en la experiencia de la vida cotidiana y es un componente de la cooperación y la solidaridad en las relaciones sociales (Morgan en Bophal et al., 2000:2). Desde la mirada feminista se reconoce al cuidado también como una forma de trabajo y de amor[9]. De este modo, atender a los tiempos ceñidos que organizaron los días de los entonces niños y niñas, supone ingresar en los recuerdos sobre las múltiples prácticas de cuidado desarrolladas en el hogar y la gestión de los tiempos entre los espacios que conformaron la vida diaria: el hogar, la escuela, actividades, los tránsitos, los tiempos de esperas. Me interesa, en lo que sigue, considerar los paisajes, los tiempos y los cuidados que las escenas recordadas conforman, ilustrando así un vínculo y una disponibilidad particular entre adultos y niños y niñas.

Tiempos intermedios

Los tiempos “entre” se proponen como tiempos de acuerdo y de ajustes. Tiempos en que los entonces niños y niñas negociaron, se desenvolvieron, reflexionaron sobre sus deseos y expectativas en torno a las tensiones entre la dependencia y autonomía, en torno a la disponibilidad de los adultos. Desde esta reflexión me interesa recuperar la dimensión activa y agente que es reconstruida en la labor biográfica: las estrategias recordadas, las reflexiones de entonces, los sentidos que han guardado tanto las escenas como las relecturas desde la adultez. Los tiempos de movilidad son, así, tiempos protagónicos y constantes en la vida cotidiana: tiempos intermedios entre las regulaciones del hogar y las de otros espacios sociales (Murray y Mand, 2013), que expresan los modos en que cada “microcosmos” familiar propuso y dispuso de diferentes soportes para cuidar. En ellos también se observa una gradualidad entre la independencia y la autonomía de los niños y niñas de entonces, y las consideraciones sobre las necesidades de acompañamiento adulto en estos trayectos. Allí intervienen los recursos temporales, materiales, la mirada respecto a los riesgos y las experiencias de violencia en el espacio público como factores para la negociación sobre los viajes de movilidad. En lo que sigue, integro algunos relatos sobre las formas experimentadas en torno a estos tiempos, también tiempos de cuidado. En ellos es posible considerar los sentidos que asumieron las diferentes disponibilidades asociadas a los efectos diversos que imprimió la partida al exilio en cada familia. Asimismo, las escenas permiten exponer algunos encuadres normativos en torno a los tiempos familiares, y algunas valoraciones que también integran sus propias experiencias no solo como niños y niñas, sino ya desde el lugar de enunciación de padres y madres.

Carla: tiempos de responsabilidad

Carla comienza su relato sobre su exilio en Buenos Aires, contando su primer día de escuela. En el nuevo país debía impregnarse de un barrio, de palabras, de la escuela nueva, de otros amigos y de las nuevas formas que tenía el camino desde la escuela a la casa:

Ese primer día que llegué, que mi madre me fue a buscar a la escuela, la farmacia donde había conseguido trabajo era como a diez cuadras de ahí, y me dice: ‘bueno’, –ella es así, siempre fue así con nosotros–, “bueno, hoy te vengo a buscar. Aprendete el camino, prestá atención, porque mañana te volvés sola” [risas]. Yo después, cuando iba viendo las etapas de vida de mi hijo, cómo lo cuidaba yo en cada momento de la vida y cómo no me cuidó ella a mí, a mis hermanos, claro, como que más te vas quedando impresionada. Y hay mil explicaciones –que tienen que ver con su vida y lo que ella valoraba en ese momento– para que ella se moviera de esa manera. En fin, hizo lo que pudo… y ta.

El tiempo entre la casa y la escuela, según recuerda Carla, estaba signado por la responsabilidad de memorizar el camino, que recorrería con su madre en una sola oportunidad. Aprender esta ruta supuso reconocer un espacio, tomar los caminos adecuados y desenvolverse de forma autónoma en un lugar desconocido. De ahí que Carla conserva aún las palabras de su madre y relee su experiencia de ser cuidada de niña a partir de su mirada como madre. Una mirada “impresionada”, tal vez, entre la comprensión y el desconcierto, que propone un marco para interpretar la disponibilidad, las decisiones, y considerar en su experiencia las valoraciones[10] que asumen las prácticas de cuidado en la vida cotidiana (lo que se debe hacer) (Finch en Bowlby, 2012).

Carla cuenta que, durante el tiempo de estar en casa, aún en Buenos Aires, también tenía responsabilidades: además de cuidar de sí, debía cuidar de sus hermanos. Cuando Carla se exilia junto a su madre en Buenos Aires, se separa de su hermano, quien queda junto a su padre en Montevideo: “o sea que quedé yo sola con mi madre, allá”. Su madre forma una nueva pareja y concibe un hijo: “que es mi hermano que tiene nueve años menos que yo”. Carla recuerda con mucha intensidad la responsabilidad que le asignaron respecto al cuidado de su hermano pequeño y otras tareas de la casa: “una cosa que pasó mucho, mucho, mucho es que me hicieron muchiiiiiiiiiiisimo cargo de mi hermano, como parte de la vida también: bueno, cuidarlo, ocuparme, cambiarlo”.

De esta relación impuesta de cuidado con su hermano, recuerda que, por un lado, “lo tomaba como algo natural” por la diferencia de edad. Por otra parte, implicó para ella muchos conflictos: “generaba conflictos con mi madre y con el marido de mi madre y yo los mandaba a la mierda y ellos me decían que tenía que colaborar y yo lo hacía, pero lalala… cocinaba, hacía muchas cosas en mi casa…” Así, varios de los niños y niñas de entonces, además del cuidado personal debieron integrar, en sus tiempos extraescolares, otras responsabilidades respecto a sus hermanos, respecto a las tareas domésticas. Para Belle (1999), los niños y niñas de familias de bajos ingresos y familias monoparentales son quienes mayormente tienden a ser “hermanos cuidadores”, y sus responsabilidades aumentan cuando se dan las dos condiciones. Sobre ellos recae un “principio” acerca del grado en que se espera que los hijos e hijas sean responsables e independientes de los adultos asociado a su carga de trabajo[11]. En ello, algunos niños y niñas pueden resentir las limitaciones que estas responsabilidades imponen en sus vidas cotidianas, mientras que otros, a partir de estas, desarrollan relaciones más cercanas y de apoyo. Los recuerdos de algunos niños y niñas de entonces dan cuenta de las tensiones y las situaciones irritantes que se desplegaron ante las exigencias de ser cuidadores en el hogar (Belle, 1999:485).

Este recuerdo invita a Carla a reflexionar sobre las formas de cuidado de su madre durante su infancia y las convicciones que podrían motivar esas formas del vínculo. Carla repiensa el contexto en el que fue posible maternar y las tensiones de entonces con respecto a los roles de las mujeres y de las mujeres madres, como factores que le permiten explicar(se) su historia:

Creo que otras madres fueron como menos… no sé. Yo creo que a mi madre se le fue un poco la moto, pero había una concepción distinta. Fue como una generación de madres, de mujeres que capaz… como que fue, no sé si la primera generación de mujeres que se liberaron un poco del machismo ¿no? Entonces, como que me parece que en algún punto estaba mal visto, no sé, ocuparse de los hijos, de la casa ¿no? Como que no era un tema primordial. Yo creo que mi vieja particularmente no supo mucho nunca cómo hacerlo y que ta, que tiene un tema que también, capaz que tuvo hijos, y yo un día se lo dije y capaz ella quedó muy mal, que le dije eso, pero yo creo que ella tuvo tres hijos porque el mandato social decía que había que ser madre, casarse y tener hijos. Pero no era lo que verdaderamente quería hacer con su vida. Y como que le cuesta, le costó, no le salió natural. Y bueno, hizo lo que pudo, como hacemos todos… no te mandás las mismas cagadas que se mandaron tus padres pero te mandás otras.

Así, Carla coloca su experiencia en un contexto atravesado por determinadas concepciones contrapuestas entre las ideas feministas y los mandatos sociales, también en el marco de la militancia política. De esta reflexión deviene también una pregunta sobre el deseo de maternar de su madre y su propia concepción[12]; sobre el carácter primordial de su lugar de hija para su madre. Esta pregunta acerca de la disponibilidad interna y auténtica de sus madres y padres respecto a ellos mismos en tanto hijos e hijas, resulta relevante, reiterada y revisitada en las reflexiones que se entretejen en los recuerdos relatados.

Felipe, Adriana y Darío: tiempos de independencia y compañías

Al norte del hemisferio norte, en Canadá, creció Felipe. Mientras cuenta sobre un típico día suyo en esta ciudad, recupera los tiempos de viaje entre la casa y la escuela. En tercer año comenzó a moverse solo en autobús por la ciudad para ir a la escuela, que quedaba lejos:

También era otra época, había otra tranquilidad y otro cuidado también ¿no? Yo recuerdo que toda la gente con la cual tenías que interactuar en el metro, ¿viste? los empleados, los funcionarios, todos, la gente era muy amable, en particular con los niños, era común ver niños de diez años moverse por el metro solos. Y yo tenía a mi hermana que tenía tres años menos que yo, entonces nos movíamos juntos y lo hicimos varios años. Nos tomábamos primero el autobús, después el metro, y tengo muchos recuerdos de esos 45 minutos que eran, desde que salíamos de casa hasta que llegábamos ahí, porque en ese trayecto nos íbamos encontrando con muchos amigos y a veces íbamos los dos pegados. A veces, cuando estábamos enojados, uno iba caminando a media cuadra del otro.

En el recuerdo de Felipe, el viaje de la casa a la escuela se propone como un tiempo de independencia, de encuentro amable con los otros: tanto con los adultos que formaron parte del espacio público, como con los otros-pares, con su hermana y amigos. Este tiempo compartido guarda sentidos lúdicos y de encuentro con niños y adultos. Se presenta como una aventura amable y cuidada, distante de posibles riesgos, en donde las distancias mínimas expresaban (más o menos “pegados”) también el vínculo con su hermana, a quien también cuidaba. Así, los tiempos de movilidad proponen figuras temporales discontinuas, granulares, que suponen un entrelazamiento de varias historias individuales, operaciones técnicas, posibles conflictos, negociaciones, interacciones varias (Dhal en Le clerc Olive, 2015: 45). La posibilidad de “jugar” en estos tránsitos ofreció a los niños y niñas una oportunidad para la cooperación, para aprender y negociar con otros (Asrun, Said, y Rusli, 2020). Es a partir del movimiento y la locomoción, que niños y niñas recopilan información sobre su entorno. Desde esta mirada, son recordadas algunas estrategias, habilidades y astucias de estos momentos de independencia que impregnaron los interregnos entre las casas y la escuela.

Adriana recuerda los tiempos del camino a la escuela y las tácticas de su hermano para demorarse e ir más lento, de manera de llegar tarde y –porque en la escuela cerraban la puerta– tener que volver a su casa, “porque a propósito él iba lento y no quería entrar y volvíamos a casa”. Adriana recuerda las tretas de su hermano y la estrategia respecto al límite que proponía el horario de la escuela. Entre la estructura y el juego, estas escenas recuperan el margen y las destrezas de aquellos niños y niñas en los tiempos pequeños de la vida cotidiana.

Por su parte, Darío recuerda el viaje de ida a la escuela en Venezuela, acompañado por Nancy, la señora del transporte que los pasaba a buscar a él y a sus hermanos. Nancy vive ahora en Miami y, pese al tiempo transcurrido, aún mantiene vínculo con Darío. Nancy era de Maracaibo, “maracucha, donde está el lago de Maracaibo y los pozos petroleros”, y sabía mucho de música: “de salsa, guaracha, merengue, paso doble, mosaico, y escuchaba todo el tiempo. Y me enseñó a distinguir una cosa de la otra”. Darío recuerda que durante el viaje “sonaba la radio y yo le decía: ‘eso es un danzón’, ‘¡muy bien! ¡muy bien!’.” En Nancy, Darío resume a todo un entorno en su infancia en Venezuela en el cual se sentía cuidado: “había mucha gente cuidando, yo siempre fui bien tratado ahí, realmente considero de todas las cosas que podían pasarme, me pasaron las mejores.” En estos encuentros con los otros-adultos que también participaron en los márgenes que proponen los tiempos de tránsito, se entretejen vínculos afectuosos, lazos que permanecen y que han permitido integrar, a partir del cariño, las nuevas músicas que trajo el exilio. La fineza de la escucha, la destreza en diferenciar los géneros, constituye también una forma de integrar las sutiles diferencias de lo diferente como parte de lo semejante.

Darío cuenta con gusto sobre el tiempo de camino a casa que compartía con su padre. En el paso entre la casa y su colegio estaba “el club Parque Miranda”, que tenía pileta:

La pileta tenía la forma del estado [Miranda], era una cosa rara porque era una pileta muy grande. En el caribe, como las piletas son al aire libre, no hay tanto trámite como acá para ir a una pileta cubierta, que te tienen que mirar los dedos, las axilas, la cosa, la otra cosa, usar antiparras, que si tenés el pelo largo, que el carné de pileta y el olor a cloro… y… media hora, ducharse antes… En Venezuela vos te sacás la ropa y te tirás al agua. Apoyás en una reposera y ¡plum!; entonces muchas veces, al mediodía, mi viejo me iba a buscar turno simple, a la mañana, y antes de llegar a casa a almorzar, parábamos en el club Parque Miranda, nadábamos quince, veinte minutos, nos secábamos al sol, nos volvíamos a vestir –sin pasar por el vestuario–, auto –Volskwagen amarillo, el escarabajo con el que aprendí a manejar– y ahí sí, ir al almorzar con todas las ventanas abiertas, los helechos colgando del techo, muchas plantas distintas, del caribe… horarios de hemisferio norte, irse a dormir más temprano.

En este “entre tiempo”, ir a la piscina, tirarse al agua, nadar, secarse al sol, vestirse sin preámbulos para ir a comer luego, fueron parte de las actividades de una secuencia compartida cálida y espontánea. La escena de este intervalo permite acercarnos a la espesura tropical del afecto de los tiempos compartidos entre Darío y su padre. Es ese pequeño tiempo cotidiano, entre la escuela y la casa, que es preservado en la memoria de Darío como un tiempo amoroso, un tiempo de construir un modo de vínculo filial. En estas escenas que proponen Felipe, Adriana y Darío se iluminan instancias de negociación, de autonomía y de acompañamiento. Al mismo tiempo, son tiempos recordados que subrayan la construcción de nuevos vínculos con niños y adultos en un nuevo entorno en el cual sumergirse.

Daniela y Patricia: tiempos de mudanzas

“Me acuerdo”, dice Patricia, que su madre le preparaba el desayuno: “me dejaba el desayuno hecho en un termito, tipo la cocoa”, aunque no recuerda con claridad si ella iba sola a la escuela, si la mamá la pasaba a buscar. Sobre esto me cuenta que le preguntó a su madre: “no hace tanto esto, porque claro, cuando sos madre después te cuestionás mucho más todo lo que pasó, sí, eso es un capítulo aparte”. Aunque no recuerda lo que le contestó, sí recuerda que le dijo que:

debió haber sido una sola vez que no podía estar cuando te ibas a la escuela y entonces te dejé el desayuno pronto con una cartita”, pero eso no era así, por eso no me acuerdo. Tengo muchas cosas bloqueadas ¿viste?

En la borrosa imagen de los días de su infancia en París, rememora la sensación:

de estar como sola ¿viste? Más solitaria. Pero no sé si es real, capaz que es más como un sentimiento, como una sensación, que algo cotidiano. Debe haber de las dos cosas. Por algo yo me iba en un avión sola ¿no?.

En el discurrir de su reflexión, Patricia intenta poner un adjetivo para explicarme cómo era su madre:

Era muy… ¿permisiva? ¿permeable? ¿desprendida?… ¿no tenía opciones, capaz? Estaba criando a una hija sola: no tenía pareja, tuvo un novio sí, pero ese novio no se hacía cargo de nada. Yo qué sé, es difícil el recuerdo así… mucha inestabilidad… capaz que cuando tenés la rutina armada…

Patricia compara su vivencia con la de su pareja, quien también creció en el exilio, y destaca de su experiencia el hecho de ser “más rutinaria”: había “un padre y una madre, todo el tiempo voy a la escuela, va y vuelve, va y vuelve, es normal, todo el día es normal, es la vida que trato de darle a mis hijos”.

Las mudanzas de retorno fueron también eventos evocados, relacionados con estancias no decididas, no comprendidas y nada sencillas para muchos niños y niñas de entonces. Es el caso de Patricia, quien narra que para la mudanza al Uruguay primero vino ella sola a la casa de sus abuelos, “mientras ellos armaban la mudanza grande allá”. Patricia llegó al término de las vacaciones de julio, para integrarse a las clases. En ese lapso: “estuve unos meses sola con mis abuelos tipo como para no perder la escuela, no sé. Nunca entendí bien por qué hizo eso, son decisiones de ella, yo no las haría”. Sobre esta decisión no volvió a preguntarle a su madre. Más bien comparte su hipótesis:

Supongo que le simplificaba, no sé… para mí que yo era muy tranqui igual ¿eh? [risa] yo creo que mucho no molestaba, pero se ve que evaluó y dijo “Bueno la mando antes para que no pierda clases”… no sé…

Al relatar esta experiencia de cierto desabrigo e incomprensión, Patricia reflexiona sobre su propio papel y personalidad, intentando, tal vez, encontrar razones en su propia forma de ser –o en los tramos escolares– que explicaran la decisión de su madre.

El momento de la mudanza fue también un tiempo de espera resaltado por Daniela. Hace muy poco, de grande, comenzó preguntar acerca de cómo se fueron, cómo fue el retorno, cómo fue la decisión. Luego de resolver mudarse a la Argentina y vender la casa en Paraguay, a ella y sus hermanas las “dejan en la casa de mi abuela materna de Santa Fé. Que vos imaginate que, como te dije antes, mi familia de sangre nos es una familia con la que yo me crie y con la que compartí cotidianeidad”. Aunque no eran “extrañas”, cuenta Daniela que no había entre ellas “un vínculo cercano ni profundo ni que se hubiera alimentado a lo largo de los años entre nosotras”. Entonces, tanto para ella como para sus hermanos:

fue fatal. Un mes sin mi mamá ni mi papá, en una circunstancia en la cual nos estaban arrancando de nuestra vida, sabíamos que era Argentina pero no sabíamos más nada de eso. Pero además “¿Por qué nos dejan acá? ¿Por qué se van un mes?” Porque mis hermanas siempre recuerdan que yo fui como una madre casi para ellas, teniendo doce años en esa circunstancia.

La experiencia de ser “arrancados” de sus vidas cotidianas deslizó, al mismo tiempo, otros roles para Daniela. Estas escenas guardan sentidos para ella, que me cuenta que, meses antes de la entrevista, pudo sentarse con sus dos padres: “O sea, les dije: ‘para nosotras fue muy difícil, fue casi traumática esa situación’. Y mi mamá lo mira a mi papá y le dice: ‘Toto, ¿cómo nosotros nunca pensamos en la posibilidad de dejarlas en otro lado?’” Para Daniela como para Patricia, la pregunta por el tiempo de espera que conllevaba la mudanza del retorno trae nuevos cuestionamientos sobre las decisiones de sus padre y madre en aquel entonces. Las condiciones y vínculos que consideraron como continentes en el tiempo de espera tuvieron otros sentidos en sus experiencias. En el complejo momento del desarraigo, del retorno a un país de origen pero no propio aún, esta separación se cristalizó en la memoria, ceñida por la opacidad de las respuestas disponibles. La incertidumbre sobre la decisión en torno a los tiempos de espera, en la latencia de las reorganizaciones de las condiciones que hicieran posible la vida cotidiana, propone algunas claves relativas a las formas de intimidad y de cuidado de entonces. En este sentido, la pregunta por los tiempos de espera, de ausencias, proponen un clima anguloso, punzante, que vuelve a ser habitado con la pregunta. Quizás porque ponen en palabras los efectos de las decisiones de los adultos sobre los niños y niñas de entonces, quizás por convocar revisiones de las arenas de la intimidad, quizás por ser experiencias en las que se articula un modo de sufrimiento subjetivo[13].

Estas memorias sobre la vida familiar remiten a la intimidad de los vínculos cotidianos, desde el desayuno hasta las decisiones de los tiempos de espera. Los vínculos de intimidad incluyen “relaciones de cuidado y crianza, vínculos recíprocos entre padres e hijos” (Kaufman 2006: 48). En este sentido, las marcas que ofrecen las narrativas (y los secretos que entrañan) son “materiales de una memoria e historia política interpelada por la intimidad y los afectos” (Llanos, 2012). Son, para Llanos, los espacios de la intimidad, aquellos que exponen los efectos de las posiciones políticas e ideales que orientaron la vida cotidiana. Así, la lente en los tiempos pequeños permite considerar las finas hebras que tejen la intimidad: las experiencias evocadas de la infancia, y en ellas los tonos afectivos (Arfuch, 2002) con que se habitan los vínculos.

Eduardo: tiempos de resiliencia

Más cerca de su país de origen pero con escalas diferentes, Eduardo recuerda su experiencia de perderse en Buenos Aires, en el camino entre el club de fútbol y su casa. En aquel momento, la madre de Eduardo consiguió trabajo como encargada de una pensión en el microcentro porteño y ese fue su nuevo domicilio, entre varios hogares donde se alojaron “con todas nuestras cosas en una pieza”. Eduardo recuerda las rutas y trayectos que realizaba desde cada una de sus casas hasta el club donde jugaba al fútbol en Flores:

Y una vez me perdí, a los once años me perdí [risas] Iba a practicar… me perdí no, me tomé el bondi después del entrenamiento. Era un niño pero iba a Flores dos veces por semana a entrenar y me tomé un bondi a medianoche y yo andaba con las monedas contadas para el centro y en realidad, era el mismo color pero otro número. Y lo corrí de atrás, y me subo y al rato digo “¿Dónde estoy?” Y estaba, no sé, en Chacarita. Entonces le dije al tipo “Che, ¿para ir para el centro?”, “Ah, tenés que bajarte acá a dos cuadras. Y me bajé a dos cuadras y no había nada. ¡Me cagó el tipo! [risas] ¡Me cagó! Y caminé dos cuadras y no había nada, era una avenida que no había ni parada de ómnibus y ta… y era verano, como diez y media de la noche. Empecé a caminar y una pareja que se sentaba en una casa, digo “Me podrían decir para ir para el centro, ¿qué tomo?” “Pero ¿de acá? Te conviene ir a Chacarita y en Chacarita… en subte ¿te manejás?” “Sí, sí, me viene bien Corrientes, ta, está bien.” “¿Y tenés plata?” “No” “¿Y qué te pasó?” “No, me bajé mal.” “Bo, pasá, venite a tomar algo…” Me dieron un jugo de naranja y plata para el bondi y subte y ta. Y me fui, coso, bolsito, Corrientes, Medrano, y llegué, y mi vieja, cuando llegué a las once de la noche, estaba cosiendo ¡ni cuenta de la hora que era!

En esos viajes participan otros adultos extraños, con los que intenta encontrar respuestas o ayudas para retornar a su casa. Mientras el chofer se mofó de él, los segundos “personajes” adultos que participan en el camino de Eduardo le ofrecen su ayuda, refresco, dinero para el boleto y la ruta para llegar a casa. Tal como propone Mayall (1994) los niños y niñas son también agentes de encuentros interactivos y participan de la creación de vínculos con otros adultos y otros niños, además del entorno familiar. En este tiempo de intervalo desorientado, Eduardo encontró sus modos propios para establecer lazos que, aunque temporales, también cuidaron de él. Cuando le pregunto si en aquel momento le contó a su madre toda esa travesía, reflexiona sobre cómo se sintió. Me cuenta, bien bajito, que recuerda haber esperado encontrarse con su madre preocupada por su llegada tan tarde: “Y bueno, ta. Tenía diez años. Y otra vez, mirá que son pelotudeces. Yo no me enojé ni lo tomé como algo… ¡ohh que mal criado que estoy! No. Es mi vida… ta.”

En el terreno de la memoria, las temporalidades asumen duraciones diferentes, no solamente de acuerdo al tiempo cronológico, sino fundamentalmente al tiempo experimentado por los sujetos. Tal es así, que los acontecimientos o escenas pueden resguardar temporalidades más o menos prolongadas, más o menos fugaces, según la intensidad de la experiencia subjetiva.

Asociada a la escena anterior, Eduardo recuerda otra: un domingo en que esperó a su familia en el aeropuerto de Buenos Aires, cuando volvía de visitar Montevideo. Allí, cada quien comenzó a irse “con uno, y el otro con otro y otro con otro” hasta que ya no había nadie. Una compañera de asiento le preguntó “‘¿y vos? ¿No te vienen a buscar?’ ‘Y no, pero ya van a venir, me imagino…’ ‘¿Y si no vienen?’ ‘Pero van a venir…’ ‘¿Vos sabés dónde vivís?’”, para después ofrecerse a alcanzarlo a la casa, en una ambulancia que manejaba el marido de la señora:

Tocamos timbre: estaban de asado. Pensaban que llegaba al otro día, que llegaba el lunes. Entonces llegué y dijeron “Eduardo, ¿qué hacés acá?” “Acabo de venir…” “Pero ¿no venías mañana?” “Yo qué sé, estoy acá.” “No, señora, lo trajimos…” “Ahh muchas gracias” “Por favor”. O sea, resiliencia de esas cosas hay… y ta

En esta escena, nuevamente, Eduardo se recuerda en un pequeño lapso a la deriva. Aparecen también diferentes adultos que se preocupan por él, porque llegue a su casa. Pareciera reiterarse una secuencia de abandono/rescate en la que Eduardo logra construir lazos cariñosos y modos de cuidado con otros adultos que participan de ese tiempo de espera y lo amparan. En este caso, es singular haber arribado en una ambulancia: ¿casi como una alarma del desabrigo? Eduardo experimenta la tensión entre asumir el “error” de su imprevista llegada y la fragilidad de estar en el umbral entre el desamparo y la protección del hogar. Estas escenas responden a lo que él propone como formas de “resiliencia”. Quizás, modos que encontró para elaborar estrategias de contacto y encuentro con otros, para proponer una construcción del vínculo filial cuyos sentidos se posan también en la resiliencia.

Según Milmaniene (2005), durante la espera se modela una singular relación con el tiempo. La espera de una persona amada y ausente no está exenta de angustia, es un tiempo de intervalo que para el autor “separa la ausencia transitoria de la definitiva”. En ese hiato que señala, surge el sujeto “en toda su autenticidad” como forma de respuesta a la posible desaparición de los otros significativos, en amor y protección (Milmaniene, 2005: 57). En este sentido, el relato de Eduardo –como sucede en muchos cuentos infantiles– integra el tópico del extravío o del abandono. Siguiendo a Bettelheim (1977), en estos cuentos algunos de los personajes niños son obligados a marcharse por voluntad propia, otros son abandonados e incapaces de encontrar el camino de vuelta. En estas historias, sostiene el autor, se expresa tanto el miedo de los niños al abandono como también la angustia por los retornos (p.120). En su lectura, este acontecer responde, por un lado, a un deseo inconsciente de un hijo de separarse de sus padres o su “convencimiento de que éste quiere deshacerse de él”. Lanzar un niño al mundo o abandonarlo en el bosque simboliza, para Bettleheim, tanto el deseo de los padres de que el niño se independice como el anhelo y la angustia del niño por conseguir la independencia. La angustia que señala sobre las historias de abandono de los niños tiene que ver con la idea que se instala previa a la pubertad: “si no soy un chico bueno y obediente, si hago enojar a mis padres, no querrán cuidarme más e, incluso, puede que me abandonen”[14] (Bettleheim, 1977:121). Así, en varios de los relatos de los entrevistados, se ponen en debate los sentidos que guardan algunos tiempos en soledad, en algunos casos amarrados a un sentido de mayor autonomía/independencia; en otros, asociados a una experiencia de desamparo. Al mismo tiempo, el señalamiento que ofrece Bettleheim convoca a considerar aquellos esfuerzos que han realizado los entonces niños y niñas para construir estrategias de adaptación, para evitar tensiones en el hogar o para aliviar la carga en las tareas domésticas. Eduardo recuerda el suceso del aeropuerto de forma comprensiva, explicado por la confusión de las fechas, sin “animosidad” ninguna y por ello, despojado de enojo alguno. “Yo fui un tipo muy querido siempre”, agrega al final de la escena, como parte, quizás, de un modo de construir en su narrativa un lugar para el amor, desprovisto de intemperies.

Alina y Sofía: tiempos de desabrigo

De esta manera, los recuerdos sobre las rutinas cotidianas también integran tiempos de espera, más o menos intensos según cada experiencia singular. La espera como escena recordada (Pecheny y Palumbo, 2017) guarda un tiempo de suspenso pleno de sentidos. Las esperas que participan de los recuerdos dan cuenta de los modos de gestionar los tiempos y los afectos que guardan. La espera es, para Barthes (2010:139), aquello que define la identidad de quien ama. ¿Cómo se conjugan el cuidado esperado, el amor y los tiempos posibles? ¿Cómo se leen desde el presente los vínculos entre las emociones y la política, con relación a las rutas que han decidido los padres? La tarea que supone revisitar la vida cotidiana del pasado parece convocar también el contradictorio ejercicio de la interpelación en torno a los sentidos construidos sobre las esperas, los aguardos de amor y la experiencia del cuidado. En este sentido, Rearti (2015) propone una aguda reflexión en torno a esta articulación. Por un lado, la certeza del cariño de los padres, señala, se entreteje con las dudas (unas veces inconscientes, otras manifiestas) sobre las prioridades de los padres y madres en torno a cuidar y proteger a sus hijos e hijas. La espera no es solamente en torno a los tiempos, sino también en torno a las expectativas que los niños y niñas tienen sobre la disponibilidad de cuidado de sus padres y madres. Veamos aquí el relato de Alina, quien evoca vívidamente los efectos y heridas subjetivas que implicó la decisión de sus padres de “haberla dejado” en el período previo a instalarse en Buenos Aires.

Los padres de Alina debieron huir de Uruguay cuando les avisaron que buscaban a gente muy cercana. Aunque no fue “una situación de vida o muerte, como otros exilios, pero sí fue de una precaución que estuvo bien porque no lo puso en ninguna situación de riesgo”. Primero cruzó a Buenos Aires su padre, y un par de semanas después, su madre, con idea de conseguir casa y trabajo. En ese lapso de tiempo, cuenta Alina, “me dejaron al cuidado de mi abuela materna en Soriano[15]. Yo tenía ocho meses y me dejaron un par de meses ahí y después mi mamá me fue a buscar y me trajeron y ya se instalaron acá [en Buenos Aires]”. En el transcurso de la entrevista Alina describe diferentes efectos que ella refiere que tuvo para sí este tiempo en su experiencia del exilio. Entre ellos, me cuenta que alrededor de los veinte años tuvo “un desorden alimenticio del horror” que no la dejaba “ni comer ni hablar”, pese a que los médicos decían que estaba bien. En determinado momento –“muy en contra de mis padres”– decidió ir a terapia, motivada por una amiga:

Y empecé a hacer terapia y… no pasó mucho tiempo antes de que sin ninguna dirección, no es que mi psicóloga me dijo “Deberías hablar de esto con tu mamá”. […] Me acuerdo de encontrarme un día a hablar de algo con mi mamá, no me acuerdo de qué, y salió el tema de la terapia. Mi mamá me dijo “A mí me gustaría ir a hablar con tu psicóloga porque yo creo que ella necesita una versión como un poco objetiva de cómo fueron todos los primeros años”. Mi vieja estaba aterrorizada con la idea de que en terapia, no sé, ellos se convirtieran en monstruos. A mí me reveló muchísimo que me dijera “¿como objetiva? ¿objetiva de qué?” Tu verdad no es más cierta que la mía y en todo caso, la mía la tengo que encontrar. Y fue una discusión que fue subiendo de tono y fue la única vez en la vida que yo le pude decir a mi vieja que estaba muy muy enojada porque ella me había dejado. O sea, porque cuando ellos tuvieron que tomar la decisión de venirse, mi papá se vino y mi mamá lo siguió y me dejaron. O sea, no me trajeron y yo estuve un tiempo viviendo en la casa de mi abuela materna en Soriano, en el pueblo.

Tal como propone Auge, la espera siempre guarda alguna relación con determinadas formas de alteridad (Auge, 2003:76). Esto convoca otra pregunta respecto al tiempo de ausencia experimentado por Alina: ¿Quién era yo para ellos? La espera aloja en su lapso el abandono como posibilidad. Estos sentidos acompañaron a Alina desde muy pequeña: entre el amor y el desamor, entre la política y los afectos, entre la supervivencia y el cuidado, la “verdad propia” no está despojada de conflictos, de interpelaciones a los vínculos paternos. ¿Qué sucede con ese rastro doloroso que encontró diversos canales corporales, temores, hasta volverse palabra? ¿Es posible para padres/madres reconocer un daño cuando ellos mismos también han sido dañados?

En este sentido, revisitar los pequeños tiempos de la cotidianeidad infantil del exilio no solo supone evocar las rutinas y las formas posibles de organizar los tiempos, sino que también transporta un conjunto de valoraciones e interpelaciones que, en cada instancia de elaboración, pueblan también los vínculos de intimidad intergeneracionales. Entre la resistencia y el perdón, la experiencia de abandono no supone necesariamente un abandono en el sentido estricto, tal como apunta Rearti (2015), sino una huella sobre lo que pudo ser posible.

Mientras Alina me muestra “una foto hermosa” en la que está ella de bebe “con las dos abuelas rodeándome”, relata con acaloro: “¡a este bebé mi mamá lo pudo dejar! ¡e irse!” y busca algún dato para compartirme sobre cuánto tiempo fue “porque ahí también cada vez que hablamos me tiran una cantidad… una vez son dos semanas, y otra vez son tres meses… ¡Qué sé yo!”. En la foto también aparece Pelusa, la perra que la cuidaba:

Todo el mundo cuenta cómo la perra se acostaba como rodeando el moisés donde me hacían dormir y no dejaba que nadie se me acercara, se convertía en una fiera la perra más buena del mundo, de esas de mostrar los dientes así, y a la única que la dejaba sacarme del moisés era a mi abuela.

Como los relatos folklóricos, Rómulo y Remo, o el propio Tarzán, los animales protegen, proporcionan alimento y educación a los niños abandonados en el bosque (Propp, 1998)[16]. Para Alina hubo una “única vez” en la que pudo hablar con su madre sobre este tiempo experimentado como abandono:

Fue la única que vez que yo le pude decir a mi vieja “¡Te odio! pero te odio por haberme dejado”. Ahí como que… estaba pudiendo reconocer, en mí, heridas y dolores y cosas y traumas y mierdas que porque no se me contaron a tiempo, se transformaron en un bicho que vivía adentro mío y que me comía y ¡yo no entendía qué podía estar pasando!

¿Qué descubre el odio que pudo expresar Alina y que comparte en su recuerdo? Esta emoción asume aquí, tal vez, un carácter ambivalente. Ahmed propone que el odio, en tanto afecto, se adhiere, se “pega” a los cuerpos particulares muchas veces a través de la violencia, la fuerza, el daño. Esta adherencia supone también –y en la singularidad que proponen las experiencias que aquí se analizan– un modo de ligadura con el amor. El amor es, para Ahmed, una condición previa para el odio, y este solo brota a condición de que haya existido alguna frustración o decepción durante un tiempo considerable. Este odio que menciona Alina podría ser leído como una demanda de amor, y esta demanda de amor es, de algún modo, una demanda de presencia. La frustración ante el fracaso de esta demanda tiene expresión en ese odio. El rasgo ambivalente del amor/odio supone que se encuentran “íntimamente ligados, en la intensidad de la negociación entre deseo y pérdida, presencia y ausencia” (Ahmed, 2001 :352). Hasta cierto punto, apunta Ahmed, el odio es “un afecto/efecto de la imposibilidad del amor”, la imposibilidad del sujeto para encontrarse satisfecho[17] ante la demanda de presencia.

El desamparo como parte de la experiencia que narra Alina (y muchos entrevistados), tiene en sí una diferencia con respecto a otras experiencias de desamparo que no fueron motivadas por razones de violencia política y riesgos vitales. Ahora bien, ¿hay un rasgo particular en esta “demanda de presencia” para quienes experimentaron el exilio durante sus infancias? Resulta clave aquí la pregunta de Rearti (2015), para quien, aunque es evidente que en el caso de los niños y niñas víctimas del terrorismo de Estado los motivos de “abandono” son radicalmente diferentes de otras razones posibles, cabe preguntarse “si desde el punto de vista de la subjetividad temprana importa que dicho ‘abandono’ haya sido intencional o producto de un acto criminal del Estado” (Rearti, 2015:5). En los tiempos de espera recordados también se pone de manifiesto esta tensión entre la incondicionalidad del amor filial y la herida de los “sentimientos abandónicos”. En este movimiento, Alina entrelaza razones relativas a la persecución e inseguridad vital provocada por la dictadura uruguaya y también razones particulares, privadas, de la historia de su madre, relacionadas con la seguridad de preservar la familia.

En la conversación referida arriba, recuerda Alina que su madre le dijo:

“perdón, tenés razón, yo era muy chica, tenía miedo de perder a tu papá”. O sea que tenía miedo que mi viejo no solo se viniera sino que medio que se enfiestara y se fuera toda esa familiiita que había armado, a la mierda.

Esa fue la única vez, dice Alina, que su madre “bajó la guardia, admitió un montón de cosas, pidió perdón. Nunca pude volver a esa conversación con más amor y un poco de comprensión y otra edad”. El diálogo que Alina reconstruye permite encontrar algunos motivos que, tal vez, la acercan a elaborar un modo de comprensión sobre las decisiones de sus padres. La experiencia latente de abandono retorna, quizás, en busca de una elaboración posible. Y en este movimiento se mixturan las temporalidades disponibles y la puesta en diálogo permite asomar nuevos sentidos a la experiencia, tanto de Alina como de su madre: los motivos íntimos y privados que sostuvieron tiempos de espera, semillas de emociones condensadas, como el “bicho” de Alina que se instaló en Soriano y creció en ella, hasta volverse palabra.

Hay un vínculo entre el abandono y el amor, que señala Rodríguez Marciel (2014) a partir de la teoría de Nancy, que propone otro revés respecto a la experiencia. Quien se encuentra abandonado, como en las figuras de Moisés o de Edipo, se ubica como expuesto a una ley cuyos rigores permiten “medir” las necesidades que tienen lugar en ese exterior. Para la autora, el abandono contiene en sí una dimensión amorosa (en el caso de Moisés podemos pensar en su supervivencia, a partir de su abandono en un cesto en el Nilo). Así, la autora nos señala que mientras que el “destino de amor está atado al abandono” es posible de considerar que “no hay amor sino a condición de abandono” (Rodríguez Marciel 2014:54). También piensa en la figura de Cristo, a quien dios ha abandonado “dejado a la derelicción”, sin posibilidad de “quedarse” para una tarea, sufrimiento o espera (Nancy en Rodríguez Marciel 2014:55). Esto supone que solo el amor abandona: “Lo que no es amor puede arrojar, descuidar, olvidar, despedir, cesar, pero solo el amor puede abandonar y es por la posibilidad del abandono como se conoce la del amor” (Nancy en Rodríguez Marciel 2014:55). Así, mientras piensa juntos al amor y al abandono, también lo hace con el exilio y el asilo, ambas en tanto “condición doble”: solo se conoce un asilo a condición de un exilio, solo se conoce la posibilidad del amor a condición del abandono.

Volviendo a las figuras de los relatos, Propp menciona una interesante figura sobre la función de los niños que quedan, en los cuentos folklóricos, a merced de alguna amenaza. Las acciones que tienen a niños como protagonistas pueden asumir como valor aquel en que los adultos “facilitan” su separación. Esto refiere a las responsabilidades de los adultos encargados de sus cuidados, al momento de su separación, que supone un pasaje de un estado de dependencia (y la necesidad de cuidado) a otro de indefensión (al abandono, exposición al riesgo) (Romero, 2018). En este sentido, los relatos sobre la vida cotidiana también parecen integrar (entre muchos otros) el eje de análisis que propone Romero sobre amparo/desamparo; aquel que expone un modo afectivo de inscribirse en el vínculo filial que encuentra en la experiencia del exilio en la infancia un lugar donde articular esta afectividad[18].

Por su parte, también Sofía narra su experiencia de espera, en Buenos Aires, tiempo antes de la partida a Venezuela. En ella reconoce a sus padres inmersos en “otra vida”, en otras preocupaciones. De ahí que recuerda esperar a su madre y a su padre, que la recibirían pronto en Caracas. Aunque no recuerda haber pensado sobre “lo que estaban haciendo” sus padres, sí tiene un recuerdo “seguro” sobre una vez que, no sabe por qué,

Me puse a llorar y me dije “voy a llorar y llorar y llorar y llorar hasta que venga mi mamá para que me vea llorando” y ¡no llegaba! [risas] y yo ya no tenía más llanto. Ya no podía llorar más porque ¿viste?, uno llora ¡hasta un punto! [imita un llanto compungido] y yo sí sentía que no estaban mucho mis padres, estaban en otra.

A partir de esa espera que recuerda, Sofía cuenta que su madre estaba estudiando su segunda carrera: “supongo que para ella lo importante era su estudio y sus cosas”. Aunque reconoce su relato más pegado a la mirada de su padre, coincide “con una sensación que yo recuerdo”:

Coincide con mi recuerdo de extrañarlo mucho a mi papá, mucho. De sentirlo desgarradoramente, su ausencia y eso es algo que me marcó de salud, porque esto que yo tengo acá es una manera de la psoriasis, muy leve, muy leve porque viste que hay gente que tiene… son cositas, como gotitas es… y eso está relacionado aparentemente con una sensación de abandono…de haber sido abandonada, digamos.

Para Sofía, la experiencia rememorada de su infancia sobre los tiempos cotidianos de espera ofrece algunas marcas subjetivas que han permanecido. Evoca la espera doble, dos presencias que el llanto pareció no devolver: su madre, tal vez por “estar en otra”, y su padre, por tener que partir de forma inmediata a Venezuela. Estas esperas las lleva en la piel, como “gotitas” tatuadas de aquella sensación de abandono. En el relato de Sofía, como en algunas otras escenas de las entrevistas, prima una sensación de intemperie, como aquella que recuerda Gabriela respecto a que sus padres la dejaban “tirando de la puerta” de su casa en medio de un ciclón, mientras salían a realizar trabajo voluntario en Cuba. Una sensación que es sensiblemente apuntada por Saiegh et al. (2019) cuando señala la “soledad particular” que es experimentada en la infancia: “No se trata de la soledad inherente a toda existencia humana. No, es más honda, más densa, y, a veces, devastadora. Tal vez no debería llamarla soledad sino desamparo” (p.9). En los relatos, algunos de los niños y niñas de entonces intentan aún hoy encontrar sentidos a la ausencia de sus padres y madres, mientras se encuentran con intentos incómodos alrededor de sus prioridades políticas y privadas.

Otros elencos de cuidado

En los tiempos “entre”, algunos niños y niñas de entonces recuerdan haber tenido la posibilidad de perfeccionar sus habilidades en música –como relataba Miguel–, deportes, artes plásticas o idiomas. Algunos recuerdan haber preferido realizar actividades más físicas y otros pasar su tiempo leyendo tranquilamente o mirando la televisión. Otros refieren haber participado en actividades del hogar, como también en eventos de militancia, políticos, comunitarios, junto a sus padres y/o madres. Otros también colaboraron en las actividades económicas de sus familias, en los trabajos de sus padres, como las ventas en ferias, o en la calle, tal como refieren Carla, Camila o José.

Entre los “elencos” de cuidado en esos tiempos, algunos refieren a la escuela, como Macarena, como lugar “adorado” en que participaba en diversas actividades artísticas, hasta el momento en que su madre volvía de trabajar. Para otros, como Fernando o Diana, el barrio y los vecinos también fueron actores en ese elenco. Diana recuerda el trabajo arduo de sus padres y la exigencia de ese tiempo laboral que dejaba poco tiempo disponible para sus hijas y los cuidados que hacían al aseo y a la tarea amorosa del peinado: “me acuerdo por ejemplo que mi mamá no tenía tiempo para lavarnos la cabeza a todas y bueno, nos cortaba el pelo cortito –que odiábamos– porque no quería que nos llenáramos de piojos, así que nunca tuvimos piojos”. También cuenta que las “mandaba al lado” a la peluquería de “Mimí y Coca” donde cuenta encantada el despliegue de las “joyas”; sus formas, colores y brillos. También menciona a su tía Marta, “la tía solterona”, quien migró desde Montevideo para “cuidarlas”.

Otros recuerdos sobre esos elencos giran en torno a las personas que trabajaban y cuidaban de ellos y ellas en sus casas. Con las nuevas integrantes de gran parte del tiempo del hogar, se creaban nuevos lazos de intercambio, de afectos. Entre ellos, está el recuerdo de Julieta sobre Teresita, una chica del pueblo de Oaxaca que trabajaba en su casa “porque mi mamá trabajó desde siempre”. O en casa de Daniela, quien recuerda a su cuidadora como parte de su familia: “nos criamos a mandioca, pastel de mandioca, como una empanada que en vez de masa tenía mandioca y adentro carne, sopa paraguaya, bori bori”. También Elisa recuerda sus tiempos en Nicaragua junto a Lidia en la casa que los alojó. A raíz, tal vez, de sus propias experiencias y cultura, cuidar implicaba para ella preparar para una adultez fuerte: “Ella decía que a los niños no había que mimarlos, que la vida era muy dura y así nos hacíamos mujeres y hombres fuertes”. Desde este sentido, es posible leer algunas diferencias en torno a las prácticas de cuidado. Algunas de ellas quizás hayan tenido relación con aquellas prácticas que formaron parte de las estrategias de supervivencia entre quienes formaban parte de las agrupaciones políticas. Dentro de ellas también estaban las que debían aprender y poder realizar solos (como en el ejemplo de Carla, recordar de una sola vez el camino a casa). Estas modalidades son diferentes de aquellas escenas recordadas sobre los olvidos o confusiones respecto a los tiempos de espera[19].

Volviendo a los elencos de cuidado, para Damián, el recuerdo sobre el cuidado no solamente involucraba a su padre o a su madre, sino también a los “tíos” y “tías” que formaban parte de la organización:

Los otros niños exiliados tienen el recuerdo familiar de su tierna infancia como mamá en casa, papá trabajando o qué sé yo, o no, pero la verdad que el recuerdo que tengo es más colectivo. Como que podía haber tu vieja con una tía o un tío, te cuidaban y eso no generaba ninguna contradicción ni ningún sentimiento de ausencia de amor paterno, por decírtelo, o de amor paternal, por decírtelo. En ese punto no siento un reproche, la verdad que no. Sí me doy cuenta que yo con mis hijas estoy mucho más presente, que yo con mis hijas tengo un vínculo mucho más fuerte, mucho más presente y cotidiano y hago un montón de cosas que no las tuve yo.

Damián se distancia de otras narrativas de niños y niñas que experimentaron el exilio, para destacar la particularidad de su experiencia en el seno de un hogar de la organización en la que militaban sus padres. En ella los cuidados, así como los referentes adultos, eran colectivos. Esta modalidad de organización cotidiana que señala supone una modalidad alternativa a la figura de la familia tradicional y su división de trabajos[20]. Pese a que, para Damián, no implicó una experiencia de ausencia afectiva, de amor de su padre y madre, su lectura actual, desde su lugar como padre, propone una nueva reflexión con respecto a los tiempos que comparte con sus hijas.

Reflexiones hasta aquí

Los pequeños tiempos cotidianos del exilio –también tiempos de cuidados– se ofrecen como terrenos de la vida cotidiana rememorada en donde hospedar un rasgo singular de esta experiencia biográfica. La vida familiar que es recordada, los modos de cuidado posibles, alojan una reflexión honda en torno a los modos en que les ha sido posible hacer del amor un lugar de encuentro intergeneracional. Por un lado, los relatos parecen cuestionar algunos supuestos normalizados en torno a la vida familiar: la incondicionalidad, las formas familiares[21], los modos de cuidado y sus disponibilidades, la participación de los niños en el cuidado, así como los modos esperables que asumen las dinámicas cotidianas familiares y el lugar de los niños en ellas. En este sentido, las reglas cotidianas que rigen sobre el hacer “lo correcto” e incluso su dimensión moral como compromiso con los otros (Finch en Bophal, 2000: 4) invitan también a reflexionar en términos de qué, cómo, cuando, y a quiénes se debe cuidar (Butler en Puar, 2012) y en qué circunstancias particulares se toman estas decisiones (Finch en Bophal, 2000: 4). No hay, así, consensos normativos, y es por ello que la vida cotidiana es un terreno de negociación constante de los vínculos, de las exigencias tanto morales como sociales que muchas veces compiten entre sí (Bophal, 2000).

Intenté aquí explorar las diversas formas de resignificar los tiempos de cuidado, las esperas, las ausencias, los tiempos de movilidad, los tiempos en soledad. Para algunos, como Felipe o Darío, los interregnos de tiempos y espacios son recordados como tiempos de encuentro, instancias para integrar el mapa del entorno, sus culturas, paisajes y códigos. Bhaba (en Sibley, 1995) señala que la identidad cultural también se produce en estos espacios y tiempos “entre”, que ofrecen sus arenas para la elaboración de estrategias individuales, singulares y también comunitarias. Estas abren nuevos signos de identidad y se proponen como “sitios de innovación” de colaboración y afirmaciones. Algunos sentidos construidos sobre estos tiempos los realzan como lugar de autonomía, de encuentros. Para otros fueron tiempos de resiliencia, para algunos tiempos de responsabilidades, para otros se trató de tiempos envueltos en temores de abandono.

La tensión entre la dependencia y la autonomía (que no es privativa de la experiencia exiliar, claro está) estuvo emplazada en contextos, posibilidades y trasvasamientos de violencias –que también acomodaron a sus premisas– la cotidianeidad. En este marco, entra la pregunta por las lecturas, las interpretaciones posibles y los sentidos alrededor de los tiempos de intervalo en una experiencia atravesada por situaciones de violencia efectiva o potencial: ¿qué otros sentidos guardaban los tiempos de esperas en este contexto? Estas soledades o sentimientos de abandono temporarios, por más pequeños lapsos que hayan sido desde la temporalidad histórica, para algunos han sido profundos en cuanto al tiempo subjetivo y singular. El trauma del exilio, entendido como trauma social (y para algunos también acontecimiento traumático) parecería alojar –y tal vez potenciar– la experiencia de soledad, de intemperie.

Así, los tiempos de cuidado y sus actividades también pueden comprenderse como parte de una “actividad sensible”: aquella que se preocupa por alguien, que está atenta a las necesidades de los demás (Mason en Bophal, 2000: 165). Las actividades sensibles pueden convertirse también en “sensibilidades activas” en las cuales las personas se comprometen y responsabilizan con otros. Niños y niñas de entonces también participaron de estas actividades sensibles identificando, comprendiendo los sentimientos y necesidades de los adultos, para que puedan “responder a ellos y ellas de manera adecuada”. Así, en la memoria sobre los pequeños tiempos cotidianos también aflora la sensibilidad activa, en percepciones, reflexiones, que perduran afectivamente como reminiscencias. En este sentido, las tareas cotidianas y domésticas no están exentas de sentido sino que están “profundamente imbricadas en la esfera emocional y psicológica de las personas que comparten esas vivencias vinculantes” (Izquierdo en Goia, 2016:71)[22]. Estas puntualizaciones sobre la imbricación entre los cuidados y la afectividad permiten considerar la hondura de los sentidos que suscitan los tiempos rememorados de la experiencia infantil atravesada por el exilio. Además de provocar efectos, esta experiencia quizás también provea de paisajes en los cuales los sujetos colocan conflictos de los que brotan formas particulares de vínculo intergeneracional.

Narrar con “lo chiquito” de la intimidad: entre las emociones incómodas y la comprensión.

La emoción como saber

Un día lluvioso nos encontramos con Gabriela, en un bar al borde de la Ciudad Vieja de Montevideo. Ella me propone algunas preguntas para integrar en las entrevistas, que a la vez responde:

Tal vez, una pregunta que deberías hacer es: “¿Tenés rencor hacia tus padres?” Porque yo no. Pero creo que mi hermano sí. Yo después de muchos años hice un proceso terapéutico. Antes de tener a mi hijo y antes de ser mamá, viajé a Cuba con mi expareja y antes viví un proceso terapéutico para poder trabajar y reconciliarme con un montón de cosas. Porque yo me pongo a pensar y yo no… juzgar a mis padres sería como tremendo, porque yo me pongo a pensar que si yo quisiera cambiar el mundo en un momento como era ese, que aún me gustaría cambiar, aunque sea otro momento, yo también capaz que agarraría a mi hija y también… entonces yo quería procesarlo y entenderlo y no tener la rabia que tenía mi hermano que hasta el día de hoy la tiene. Y eso no me parece justo. Creo que mis padres lo han sufrido mucho, creo que es un tema que vos deberías ahondar, si tenemos rabia ¿no? Hace poco tuve una discusión con mi padre y hasta tres meses que decidí no hablarle en un momento de pelea. Y él en un momento me dijo algo que me hirió y yo dije “¡Guau! me estás diciendo algo que tiene que ver con que tú me llevaste a Cuba”. Entonces yo creo que el exilio es zarpado, zarpado, zarpado… los recuerdos que tengo, tal vez, son los que me hacen ser quien soy.

Entre el rencor, la rabia, la identificación alrededor de los ideales políticos, la comprensión del sufrimiento de los padres ¿cómo conciliar aquello que se comprende y contextualiza con las huellas de la emoción? Para ello, Gabriela, menciona la necesidad de un proceso, de un trabajo de reconciliación (tal vez con las decisiones de los padres). Los afectos, las heridas actuales, también son eco de heridas dolientes que se transportan desde la infancia y que vuelven a ella modificadas. Y allí se ponen de manifiesto no solamente las ambigüedades afectivas que enredan identificaciones, angustias, sentimientos amorosos, comprensión, compasión, rencor, sino también los contoneos de los afectos en el tiempo. Se trata entonces de distintos afectos surgidos de los relatos que pueden incluso resultar contradictorios u opuestos. Intentaré aquí señalar la multivocidad de las emociones que se deslizan entre los recuerdos.

En esta línea, las emociones se tornan, quizás, también modos de saber, entendiendo que la dimensión cognitiva no es la única capaz de movilizar un relato sobre la propia historia. Tal como propone Llobet (2018):

Las dimensiones éticas, emocionales y subjetivas de la experiencia muchas veces tienen un peso determinante en el des/conocimiento, pero sobre todo en virtud de las relaciones intergeneracionales en las que se traman. (p.165)

Entre el desconocimiento y un modo de (re)conocer desde otras fibras, los afectos se proponen quizás como saberes incómodos en torno a los vínculos entre los adultos y los niños y niñas de entonces.

Asimismo, el relato de Gabriela expone las tensiones entre la comprensión y los afectos “negativos” colocados en la experiencia infantil del exilio, que retornan bajo diferentes formas. Las emociones “negativas” –que también constituyen el trabajo memorial– no son repeticiones que aparecen, sino que son revividas en su intensidad: la posibilidad de narrar puede incluso traer de vuelta el momento del nacimiento del afecto (Flately en Saporisi, 2018: 34). Son, tal vez, emergencias de un “conocimiento envenenado” (Das, 2008)[23] que desconoce temporalidades y que busca caminos posibles de reconocimiento y elaboración de la experiencia. En el relato también se propone una revisión de la historia, una valoración envuelta en una cierta infelicidad, en el sentido que propone Ahmed, como “punto afectivo del desacuerdo” (Ahmed, 2010:213). Pareciera ser que algunos afectos ponen de manifiesto una demanda sobre lo vivido que no es tanto del orden de lo colectivo o social, sino que se aloja en la intimidad de los vínculos filiales. Tal como ilumina Llobet (2018), las narrativas resaltan los vínculos íntimos, intergeneracionales, “paterno-filiales”, que ponen de relieve el “tono afectivo y el valor identitario de las interpretaciones políticas y éticas sobre el pasado” (p.165). En esta tarea, señala, se diluyen los bordes entre lo político y la intimidad de los vínculos.

Las preguntas, con su temporalidad singular, retornantes, han abierto espacios para elaborar comprensiones –y evaluaciones, principalmente– sobre las posiciones de los padres y madres que han orientado los tránsitos del exilio. En este sentido, comprender las experiencias de los otros, fundamentalmente para quienes nacieron después de los acontecimientos traumáticos, implica “un esfuerzo de comprensión que va más allá de lo cognitivo y que se establece en el terreno afectivo” (LaCapra en Colmenero, 2020: 104). A su vez, esta tarea supone comprender los efectos emocionales para quienes experimentaron en primera persona las atrocidades de los régimenes dictatoriales. Sobre esto, LaCapra (2009) reflexiona, a partir de Laplanche y Pontalis, acerca de la elaboración no solo como un proceso intelectual: para los autores requiere, además, de un trabajo que involucra lo afectivo y, junto con ello, a toda la personalidad (p.214).

En cuanto a las emociones, estas dicen mucho sobre el tiempo y son su “carne” misma (Ahmed, 2015: 304). A través de ellas, dice Ahmed, el pasado persiste en las superficies de los cuerpos y se mantienen vivas las historias (incluso cuando no son recordadas de forma consciente). De este modo, sugiere otra forma de comprender la temporalidad a partir de la emoción, entendiendo que el tiempo de la emoción no se refiere siempre al pasado y a cómo este se queda pegado: “las emociones también abren futuros, por las maneras en que implican diferentes orientaciones hacia los otros” (p.304). Es por ello que se requiere de tiempo, de elaboración, para saber su potencialidad, aquello que podemos “hacer” con la emoción. El enojo, el rencor al que refieren Gabriela y otros entrevistados proponen un saber y también un modo de acción, como el deseo de entender, de procesar, de preguntar sobre este saber que es sentido.

Según Das (2008), las experiencias traumáticas despliegan una temporalidad particular, porque reaparecen. El acontecimiento emerge en cada recuerdo a partir de las condiciones posibles en el presente. La violencia puede también formar parte de un “pasado continuo” o ser una emergencia repentina e irrefrenable “que congela las palabras y las sustrae del uso cotidiano” (p.34). De este modo, tanto la identificación, la adhesión a las decisiones familiares, a los ideales políticos que movilizaron a sus madres y padres, a sus “ideas de cambiar el mundo”, como también los reproches, tienen una dinámica retroactiva: “tocan” el pasado desde el presente para volver a este tiempo orientado al futuro, tal como propone la mirada queer sobre la temporalidad. Algo de la palabra suspendida en el pasado, que no tuvo carnadura en el tiempo de los padres, es recogido y retorna con los afectos adheridos al presente de los niños y niñas de entonces. Me pregunto aquí cuáles son las modalidades posibles para desandar el reproche: ¿es posible reparar esa emoción persistente? ¿es posible “pegarse” y “despegarse” al mismo tiempo, de los padres y de la historia en la que han estado involucrados? En este proceso que articula la identidad y la historia, los modos de “identificación retrospectiva” son para Scott (2001) como un “eco fantaseado o fantasía repetida” (p.287). Pueden asumir sentidos de continuidades, semejanzas y distancias entre los actores del presente y los del pasado (o quienes fueron en el pasado). Las formas de saber y el esfuerzo por contar la propia historia suponen echar mano a múltiples reservas de experiencias recordadas, de saberes construidos, de saberes transmitidos, y a través de ellos es posible trazar tanto las identificaciones como los cuestionamientos, que también son modos de hacer eco de la historia.

El reproche como amor

Los diálogos intergeneracionales no solo abren oportunidades de conocer la experiencia de padres y madres, sino que también habilitan la palabra, las valoraciones y la posibilidad de traslucir los afectos, como efectos subjetivos que guarda la memoria. Recupero aquí el interesante acercamiento de Saporisi, quien aborda la experiencia del amor como vector de búsqueda de hijos e hijas, y como clave de lectura del pasado y de los vínculos intergeneracionales (Saporisi, 2018).

Cuando Clara relata las conversaciones con sus padres sobre la historia de su exilio, oscila entre el reproche y la identificación:

Pila de veces recriminé ¿no? Les recriminé a los dos: a mi padre y a mi madre… digo, un poco la historia ¿no? ¡Qué locura de haber querido tener hijos siendo tan, estando tan comprometidos y arriesgándose! ¿No? Y… pero bueno… en definitiva capaz que yo también lo hubiese hecho si hubiese sido joven en aquel momento. Mi madre me dice “No, si es que si yo me pongo a pensar ahora en todo lo que hice, ¡es una locura! ¡es una locura!” Pero bueno, en aquel momento era como que fue una energía de jóvenes, como algo que te llevaba. Y bueno, digo, yo eso como que lo re entiendo, que era como el contexto cultural particular. Y ta, digo que me parece también impresionante ¿no? Por otro lado, todo lo que hicieron… Pero bueno. O sea, lo que sí siento es esas ganas de querer cambiar el mundo, que en realidad yo lo tengo un poco, esa utopía [risas] la tengo también dentro de mis objetivos profesionales, ¿viste?

En este fragmento, Clara señala una herencia en torno a las “utopías” que asume como una modalidad singular y propia. Entre la comprensión, la identificación, la recriminación por los riesgos a los que fueron expuestos muchos niños y niñas de entonces, se va actualizando un relato que asume sentidos móviles. La pregunta que abre Clara se interroga por los deseos y riesgos de su propia concepción (al igual que Alina al comienzo del capítulo). En su relato, la pregunta permite el diálogo y las nuevas lecturas, la mirada de su madre respecto al contexto político, la militancia de aquel entonces y las fricciones entre la vida familiar y la vida revolucionaria que resultan leídas desde el presente. Recupero aquí una pregunta planteada por Hassoun: “¿acaso cuando un niño plantea la cuestión de sus orígenes, no es también para intentar saber en qué deseo está inscripto?” (Hassoun, 1996:26). ¿Entre qué deseos se inscribieron los niños y niñas de entonces? ¿Entre los filiales? ¿Entre los revolucionarios? ¿Entre ambos?

Tal como propone Ahmed, los afectos que pueden considerarse como negativos “no son tan solo reactivos; más bien son respuestas creativas a unas historias inconclusas (Ahmed, 2010: 125). Las emociones desagradables, feas, “ugly feelings” que señala Ngai, como pueden ser la rabia, la culpa, la vergüenza o el resentimiento, surgen en las narrativas y llaman la atención en “una experiencia social real y una verdad histórica” (Ngai, 2005). Estas emociones permiten exponer la dimensión diacrónica de las memorias infantiles y a la vez, su fuerza performativa: son afectos que hacen. Así, Rocío cuenta su historia de forma ágil y enérgica, mientras diferencia las posiciones entre sus padres y el carácter activo de su reproche, en tanto emoción incómoda:

La cuestión es que mi padre decide irse a Río de Janeiro y quedarse ahí hasta que se pueda volver a Uruguay. Él quería volverse a Uruguay. No se sabía bien qué iba a pasar pero él quería estar más cerca. Y bueno, mi madre le dice que no, que de ninguna manera porque yo era chica y si me pasaba algo a mí… íbamos a estar ilegales e iba a ser muy peligroso y bueno, ta. Entonces claro, ahí siento siempre que mi madre me sobreprotegió y me cuidó siempre, yo estuve en primer lugar para mi madre, para mi padre no. En primer lugar estaba la militancia, ni mi hermana ni yo, la militancia. Eso es algo que le reproché durante mucho tiempo obviamente, y lo trabajé en terapia también. Pero bueno, es su forma de ser y de pensar y ta, no lo va a cambiar nadie. Yo solamente lo que hice fue decírselo, que obviamente es algo que me parece que se equivocó como padre, pero bueno.

Rocío destaca aquello que se encontraba en “primer lugar” para su madre y no para su padre. La política, la militancia, los ideales son/fueron, para algunos de los niños y niñas de entonces, algo que ha rivalizado con su lugar filial. Como una competencia con un hermano enaltecido, fruto de otro amor. Rocío propone nuevas lecturas de su propia historia desde la adultez, desde su lugar como madre y los diferentes desafíos afectivos que transita. En su recuerdo se asoman los roles recordados y esperados en torno a la mater-paternidad en las familias de aquel entonces y de la actualidad[24].

Por su parte, Diego me cuenta de su paso por la agrupación Hijas e Hijos del Exilio, y que le “vino bien” el nombre de la agrupación. Agrega, además, que quizás: “si yo tuviera que reprochar diría más con énfasis hijo de exiliados [risas] ¡son ellos los que me mandaron todo y me generaron este quilombo en la cabeza!”. Así, el gesto de ponderar y asignar saldos a sus padres respecto al pasado del exilio, con los ropajes del reproche, le permite a Diego construir su lugar en la historia y en su una narrativa biográfica. Quizás la infancia exilar, singular, “mandada”, decidida por los padres, se proponga como una superficie en la cual alojar los reproches y los “quilombos en la cabeza” y, por qué no, también los del corazón. Tal vez se trate de conflictos que han permanecido “dentro de sí”, como ilustra la metáfora de Das sobre el “conocimiento envenenado”, sobre la mujer “que bebía veneno y lo mantenía dentro de sí”. Los saberes sobre lo que ocurrió, sobre los roles de padres, madres, de la vida íntima en ese momento, se manifiestan, como relatan Gabriela, Rocío o Diego en formas de recriminaciones, de resentimientos más o menos sutiles que van estructurando de manera silenciosa el mapa de las relaciones (Das, 2008: 46).

Aún más: Das propone un brillante análisis respecto al reproche como forma de afecto, que permite interpretar aquello que aún late “dentro de sí” pero que al mismo tiempo se coloca en una superficie de contacto, como es el relato. El reproche es estudiado por Das (2018) a través de los intercambios en una situación del ámbito familiar. A partir del análisis de los usos de las personas gramaticales en las expresiones, propone observar cuáles son los modos elegidos, los mensajes que se infieren y a qué personas se dirigen las palabras de los sujetos que explora. Es en este contexto que llama a este tipo de intercambios la “estética del parentesco”. Allí descubre los entrelineados de la comunicación familiar: qué es lo “otro” que se dice además de lo que efectivamente se está diciendo. La dinámica de la estética de parentesco, para Das, “mantiene la ecuanimidad de una aceptación voluntaria de la vida cotidiana al mismo tiempo que muerde las bisagras sobre las que se mueve” (Das, 2018: 539). Lo que me resulta interesante para abordar los relatos de este apartado es aquello que la autora recupera de la propia expresión utilizada para dar cuenta del reproche. El nombre en lengua punjabi referido a estas emociones expresa una combinación de dolor, sentimientos de negligencia y el género de queja. Este modo es conocido con el nombre de gila y Das lo traduce como reproche. Este término, junto con otros dos en lengua urdu –shikwa (reproche) y shikayat (queja)– marca diferentes círculos de intimidad. Es así como, explica, se puede “expresar gila y shikwa contra sus parientes cercanos, amante y, en ocasiones, contra su propio corazón” (p. 539), mientras que shikayat tiene un uso más formal. Estas emociones, su exposición y espacios sociales de uso suponen un particular “ritmo de la intimidad” en donde expresar amor. El reproche es para Das “un momento particular en el dar y recibir del amor” (p. 539). Y en su etnografía refiere a la instancia de reconocimiento de este reproche en tanto necesidad de ser reconocido como una expresión de “decepción amorosa”, no como una queja impersonal u originada en la enemistad.

Esta mirada sensible permite comprender en los relatos aquello que moviliza una emoción que, a priori, puede considerarse como negativa o incómoda, y que es, en definitiva, una demanda amorosa. Primero, por el entorno de intimidad en el que esta emoción tiene lugar, y segundo, por ser el amor el fundamento que la motoriza. En un último punto, resulta bien interesante integrar la instancia del reconocimiento como parte de la dinámica íntima del reproche, esto es: la interpretación de quien lo recibe como parte de una desilusión amorosa.

También Diana refiere a la idea del reproche vinculado con las pérdidas de posibilidad de acceso a bienes. Pérdidas ocasionadas por la necesidad de reinventarse en el exilio en Buenos Aires:

[mi viejo] decía que sino se venía lo chupaban […] Decidió venirse primero él y después se vino mi mamá con nosotras dos, y Carmela, ya te digo, se quedó. Y sí, posiblemente lo hubieran chupado si no, no sé. No creo que haya sido algo impulsivo, era cierto. Y bueno, fue como muy difícil la vida acá, siempre la tuvieron que remar, siempre alquilando, nunca… Digamos eso como que le reprochamos: uy, no nos dejaron nada. Después bueno, de grandes dijimos, bueno qué sé yo, también es difícil para uno también, es lo que pudieron…

En este fragmento Diana propone otra cara del prisma, vinculada con los legados no solamente políticos, culturales, nacionales, sino también con aquellos que posibilitan construir lo propio a partir de los cimientos que han edificado las familias. También existe una dimensión material del exilio político que, en muchos casos, da cuenta de enormes dificultades, de pérdidas en cuanto al bienestar, a los accesos a empleos, vivienda, salud, alimentación. Las carencias también formaron parte de las experiencias de muchas familias que debieron reconstruir su cotidiano, rehacer una dinámica hogareña con escasos soportes e historias maltrechas a cuestas. En el relato, Diana realza los valores de sus padres, su atención, el haber “siempre estado ahí” disponibles y el afecto puesto en los trabajos hogareños de su madre para ella y sus hermanas.

Acerca del reproche como emoción que puede asociarse al resentimiento, hay una distinción que realiza Fassin (2013) entre el ressentiment como emoción que parte desde diferentes experiencias –tanto de víctimas de genocidios o persecuciones– y el resentment, como reacción en torno a una posición social (Quintana, 2019). En el relato de Diana se entrelazan estos dos dominios involucrados en muchas de las historias y en la experiencia del reproche mismo: ser víctimas de la persecución política y (como efecto) encontrarse en una posición social con carencias mayores que las que se (imagina/supone) hubieran experimentado de no haber sido por la necesidad del destierro. Fassin señala, así, el modo en que emociones como la indignación o la ira no se encuentran separadas de lo que se experimenta o imagina como injusto y aquellos supuestos morales que moviliza. En este sentido, y lejos de posibles acciones sustentadas en una estrategia o cálculo[25], el reproche como posible acepción del resentimiento se propone como una emoción que interpela, a través de los recuerdos de la infancia en el exilio, los vínculos íntimos con padres y madres. Se trata de los padecimientos íntimos que tuvieron lugar en un contexto demarcado por la violencia represiva pero que refieren a los modos posibles en que tuvo lugar la vida familiar de entonces. Al igual que Ahmed con respecto al odio[26], Quintana subraya la ambivalencia afectiva del resentimiento o reproche como parte de emociones reactivas: “el hogar de la justicia debe ser buscado en los sentimientos reactivos” (Solomon en Quintana, 2019: 182).

No solamente desde las emociones más dolorosas o incómodas, como la rabia o el reproche, es que podemos considerar aquí la dimensión afectiva. La mirada amorosa, como proponen Sedgwick (2003) y también Das (2018), habilita una lectura del pasado al margen de las formas idílicas de los vínculos sociales y las formas “tradicionales”, esperadas, de construir un vínculo amoroso entre padres e hijos. La experiencia afectiva del pasado supone también superposiciones y ambigüedades: al mismo tiempo que recuerda una experiencia amorosa, también surgen otras formas de afectividad (Saporisi, 2018 35). La mirada sobre la dimensión afectiva propone, así, recuperar los diversos sentidos que poseen las emociones, sus contradicciones, sus ambigüedades, sus coexistencias, que se ponen en juego en las narrativas. Los contactos con el pasado pueden “tocar” diversas emociones como la melancolía, la vergüenza, el dolor y el placer, entre otros. Así es como en los relatos, la experiencia del reproche, de la rabia, del odio, no surgen deslindados de una búsqueda amorosa por habitar el amor en los vínculos con padres y madres.

La comprensión como elaboración

Un aspecto que insiste en los relatos es la referencia a lo justo, a la justicia, en cuanto a las valoraciones sobre las decisiones de los padres y madres. La justicia y sus formas de acción se desarrollan tanto en el ámbito de lo social como también en el ámbito familiar e íntimo. En este punto se hace necesario descubrir y reconocer determinados acontecimientos y sujetos involucrados que pueden demandar o buscar algún modo de reparación. Sobre este aspecto, Ahmed (2015) explora las formas en que se ligan las emociones con las historias de in/justicia. También sobre los efectos que “muestran” las emociones en torno a lo que puede ser juzgable. En ello considera a las heridas, en su posibilidad de dar lugar a la restauración y recuperación. Este vínculo entre las emociones y los juicios o valoraciones puede, tal vez, apoyarse en la idea de Fassin (2016) respecto al “sentimiento moral” comprendiendo las valoraciones morales, en torno a lo bueno, lo malo, lo deseable, como constitutivos de la vida social y de las prácticas políticas. Tal como se vio anteriormente, las emociones no están escindidas de lo que se concibe como in/justo o de las expectativas en torno a la vida familiar que interpelan. Veamos aquí algunas escenas en torno a esta consideración.

Otro día lluvioso, en un bar de una esquina del centro montevideano, muy cerca de la Intendencia, comparto un café con Gonzalo. Gonzalo me cuenta que, para él, siempre fueron claras las razones del exilio y las decisiones de sus padres. En su reflexión valora las elecciones de sus padres, pese a los costos:

Siempre estuvo bastante claro. Mi madre era muy de explicar todo: ‘bueno, ahora vamos a hacer esto porque tal cosa’, entonces como que ta. Y yo no… nunca se me pasó por la cabeza, nunca sentí la necesidad de interpelarlos. Ellos, bueno, la opción que tomaron fue esa y a mí no me genera ningún problema eso. Más allá de que nos hayamos tenido que ir y que yo tenga ahora esta cosa de que una parte mía está allá y otra parte mía está acá. No me parece mal lo que hicieron. Al contrario, me parece bien, y que ta, le trajo muchos problemas a mi familia y ha dejado cicatrices y traumas, es verdad, pero por otra parte, el balance es más positivo que negativo porque por un lado, ellos hicieron un aporte, mal o bien, equivocado, yo no lo veo así. No veo que hayan hecho un aporte equivocado porque aparte para la sociedad uruguaya, para que sea más equitativa. […] en parte es por lo que hicieron mis padres. Y eso a mí me enorgullece.

Aunque para él “costó sangre, costó exilio, costó traumas, costó familias separadas, nostalgias, melancolía, todo eso” menciona una diversidad de “logros” recientes en políticas y derechos que se desprenden de la actividad de militancia, de la que fueron parte sus padres. Por eso, me dice que “nunca se me ocurriría echarle en cara nada a mis padres porque ‘¡ah, bueno! Ustedes nos llevaron a otro país’” al mismo tiempo que destaca que se “la jugaron” por un proyecto político del cual valora la lucha por mejorar la situación de los más humildes: “A mí me parece que eso desde el punto de vista político y moral es lo correcto.”

En su relato, Gonzalo comprende las motivaciones e ideales de sus padres que los condujeron al destierro en Suecia. Destaca aspectos que valora (de su experiencia, de las decisiones políticas de sus padres) y también refiere a las cicatrices. En esta tarea, que promueve la memoria, reconoce no haber sentido necesidad de interpelar o de juzgar las opciones de sus padres. Sobre esto, Arfuch (2020) se pregunta si puede, el exilio de los hijos, interrogar al tiempo de los padres: ¿puede? O más bien, pregunto: ¿debe? Gonzalo refiere al orgullo como la emoción que hace coincidir su comprensión con su sentir. Se identifica y hace prevalecer en su relato el entendimiento y la evaluación valorada de los factores políticos, ideológicos, ideales que convocaron a sus padres y que encuentra en la llegada de la izquierda al gobierno uruguayo un tiempo de concreción.

Según cuenta Fernando, él se encuentra “bastante en paz con lo que ellos hicieron porque ellos lo hicieron por nosotros, ellos querían cambiar el mundo para nosotros” y con esa premisa agrega que “nos tuvieron con ese amor, también”. Asociada a esta reflexión, Fernando convoca en su relato otra voz que enuncia aquello que cuestiona el lugar y las condiciones en las cuales los niños y niñas fueron concebidos:

Porque vos decís “Tuvieron hijos en esa situación, ¿cómo se van a poner a tener hijos si están en la clandestinidad?, fabricando bombas y no sé qué y ¿te ponés a traer hijos?”, y porque justamente… esa era la idea […] Había amor.

Mientras Fernando subraya el acto amoroso implicado en la concepción de los niños de entonces y la finalidad última de luchar por un mundo mejor en el cual crecer, también, como Gonzalo, sopesa en su valoración, tanto política como moral, el aporte histórico de sus padres.

En muchas escenas que integran los relatos biográficos, parece alternar un modo de identificación que, como señala Ahmed (2015), no debe considerarse de manera lineal desde el amor a la identificación (nos identificamos con aquellos que amamos) sino que la identificación supone “una forma de amor; es una manera activa de amar, que lleva o jala al sujeto hacia otra persona.” (p.197). Esto trae aparejado el “deseo de acercarse a los otros volviéndose como ellos”, premisa que, tal vez, permite comprender los diferentes modos en los que quienes participan de este trabajo han subrayado las formas de involucramiento político por las cuales refieren que transitan o han transitado (partidario, sindical, pedagógico, derechos humanos, artísticos, intelectual, etc.). Así, muchas de las narrativas parecen estar atravesadas por la tensión entre la comprensión racional y la emoción subjetiva, para contactarse con el sustrato político de las decisiones de sus padres y madres. Entre la comprensión y el afecto se debate la experiencia narrada sobre el pasado y los modos de identificarse (o no) con las decisiones de sus padres y madres, también como un modo amoroso de acercarse a ellos y ellas. Sobre este punto, comprender no solo supone conocer, reconocerse y entender las motivaciones políticas, los ideales políticos y sociales que sustentaron sus decisiones.

Cuenta Agustín que al reencontrarse y conversar luego de muchos años con su padre, comprender le implicó también contactar con las dificultades y los sufrimientos de sus padres, que fueron efecto de los derroteros seguidos:

Yo no le pregunté nada. Pero después con la vida en común […] haciendo cosas juntos siempre salió el tema ¿eh? […] me ha contado también lo difícil que ha sido para él estar lejos de sus hijos y no poder volver a su país a ver a sus hijos porque era peligroso para sus hijos y para él también ¿entendés? Así que eso a él lo traumatizó bastante también. Digamos que vivió mi viejo sus años de viejo, de grande, con un gran sentimiento de culpabilidad pero bueno, por suerte lo hemos podido conversar y antes que falleciera que fue como más sereno con respecto a eso porque tampoco nuestra relación padre-hijo no fue tan espontánea ni muy natural ¿no? A veces teníamos encontronazos o dificultades para comunicarnos, pero bueno… a veces bastaba un par de vasos de vino de más […] Pero ya te digo, Fira, es como tan natural y que así fue que tampoco era muy necesario volver a remover el tema, fue así. Y por ahí salen cosas ahí sí mirá, pero… es lo que nos tocó vivir digamos, sin más…

La posibilidad de volver al diálogo, ya en la adultez, no solamente le permitió a Agustín reconstruir las razones de los itinerarios de su padre, de sus decisiones, de los tiempos de ausencia, de exponer sus lecturas. También le permitió comprender la experiencia dolorosa de su padre, los efectos subjetivos (los sufrimientos, la culpa, las pérdidas) que le causó el destierro y la violencia del régimen de entonces. Así, la palabra posible permitió, en algunos casos, como señala Agustín, “pegarse” y “despegarse” “naturalmente” de la historia. Y en este movimiento se configura un ritmo propio que habilita a comprender, con las distancias y el momento en sus biografías, tanto los fundamentos como las emociones que intentan colmar los porqués. En este sentido, Rearti (2015) reflexiona con agudeza en torno a un testimonio que, atravesado por el resentimiento como efecto del abandono materno, encuentra la cita del 18 Brumario: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado” (p. 5). Esto es, apunta el autor, “no somos dueños de nuestras propias vidas, sino que hacemos lo que se nos permite en un momento histórico dado”. La protagonista comprende así que no solamente se trata de “arreglar cuentas” con su madre y padre sino también con la época en que fueron posibles los acontecimientos. Me pregunto si son posibles los saltos inmediatos y simultáneos entre la comprensión del contexto histórico en que se produjeron los derroteros familiares, las razones políticas de los padres y madres que los llevaron a tomar determinadas decisiones y la dimensión afectiva que se moviliza con ellas. En este vaivén parecen organizarse los relatos que se van constituyendo con las improntas de cada momento de la vida, entre el entendimiento del mapa histórico-político y la emoción íntima, del vínculo filial que, en muchos casos, aún busca su sitio para el amor.

Algunas ideas para un cierre abierto

En este proceso memorial las cronologías asumen formas propias y los afectos se ofrecen para navegar hasta las costas de un pasado que no cesa. Así, el trabajo de rememoración se presenta como un proceso activo, de contacto y de encuentro. Lejos de ser escenas contempladas como paisajes exteriores, producen emocionalidades, formas de acción, modificaciones y vínculos de afecto para sí y para los otros en relación. Las preguntas que retornan e insisten atravesando temporalidades tienen como gesta la de ordenar un relato, historizar los fragmentos dispersos y construir sentidos sobre las historias dolorosas. Y en ello intervienen comprensiones racionales, aunque no son modos únicos. Se cuelan también formas emocionales que envuelven la rememoración, que retornan e insisten (¿en ser aliviadas, tal vez?).

La mirada sobre los afectos que convoca la temporalidad queer habilita un acercamiento que diluye las posibles dicotomías entre emociones activas y pasivas que han sido adjudicadas. Tal como se destaca en las escenas narradas, las emociones dolientes no implican una pasividad (Abramowski, 2017), y lo que puede resultar doloroso no implica un exclusivo ensimismamiento del sujeto. Los afectos poseen una capacidad performativa, también actúan. Sobre este punto, Das (2008) retoma de Nussbaum la idea de la emoción como forma de saber porque, dice, “el sufrimiento es el reconocimiento adecuado de cómo es la vida humana, en estos casos. Y en general: captar un amor o una tragedia por el intelecto no es suficiente para tener un conocimiento humano real de él” (p.244). Y este conocimiento, el conocimiento envenenado, para Das, no se hace evidente al momento de la violencia sino a posteriori, a partir de las elaboraciones y reparaciones posibles. Es un “trabajo paciente” de convivir con un conocimiento que se hace real no solo a nivel intelectual, señala Das, sino también a través de las pasiones. Los afectos se proponen entonces como otro modo de saber, con temporalidades singulares como las de la memoria. Así refiere Carla a la relación con su madre y el modo en que tramitó su enojo y al mismo tiempo, logró “verla como ser humano, con toda su fragilidad”: “Porque como una cosa es como que entender acá [señala la cabeza] y otra cosa es abrir acá [señala el corazón] ¿no?”.

En este sentido, muchos y muchas de los entrevistados reflexionan sobre el hecho de comprender los contextos políticos, históricos, sociales en los que se encontraban inmersos y que motivaron las decisiones de sus padres y madres. Muchos se muestran afines y se identifican con las ideas políticas y valores o las actividades de militancia de sus padres y madres. Incluso algunos consideran que, de haber estado en sus lugares, hubieran tomado las mismas opciones. Sea por la vía de la identificación o por los ecos afectivos “negativos” que guardan la memoria y su relato, quizás haya allí una suerte de búsqueda, de construcción sobre un modo posible de habitar los vínculos intergeneracionales. Se proponen así diferentes modos de procesar aquello que sucedió, en los que conviven (a veces en contraposición, a veces acopladas) lo emocional y las comprensiones. En ellas, la dimensión histórica también supone un modo sustantivo para comprender dichas articulaciones[27].

En las narrativas de los niños y niñas de entonces oscilan los afectos –a veces incómodos– con las comprensiones –a veces fracturadas u osificadas–. Es un relato que puede interpelar e inquietar otras versiones de la historia, otras verdades. Me interesó aquí recuperar los reveses de las emociones o sentimientos “negativos” para encontrar en ellos algunas claves que las descubren como otras formas de amor o de anhelos de amor. El odio, los reproches, resentimientos, el abandono, también portan las costuras amorosas que confeccionan una demanda: de tiempo, de disponibilidad, de prioridad, de reconocimiento. Así también los modos diversos de identificación con los ideales, decisiones de los padres y madres, los modos de aceptación de sus decisiones. Intenté aquí recuperar diversas significaciones que guardan las emociones y diferentes modos de conectar con la historia del exilio, que pueden también transformarse o guardar contradicciones. Esto desliza también una pregunta acerca de los porqués de dichas diferencias y modulaciones, que, como plantea Cosse, van cambiando a lo largo de las biografías personales[28]. Al mismo tiempo, también se atreven a movilizar una pregunta con respecto a los orígenes y al tiempo de la concepción. En la tensión entre la comprensión y las emociones, discurren modos posibles y cambiantes de elaborar el pasado y las tramas de los vínculos.

En la diversidad de relatos sobre los tiempos de cuidado y los afectos, que surgen de los diálogos recordados, discurren diferentes sentidos, como efectos singulares en torno a un rasgo que atraviesa gran parte de estas narrativas: el de la construcción de un lugar en el vínculo intergeneracional. Para algunos, los tiempos “entre” de la vida cotidiana guardaron sentidos asociados con la independencia, un lugar agente en cuanto a los modos de desenvolverse en los tiempos de movilidad sin la supervisión adulta o creando encuentros. Para otros, se trató de un tiempo de desprotección, de exigencia de cuidado sobre otros. Hay quienes transcurrieron los tiempos acompañados y quienes se gestionaron compañías. Para quienes el tiempo de espera significó un modo de resiliencia y para quienes ese tiempo quedó marcado como un tiempo de abandono. Asimismo, parecería que las lecturas y valoraciones sobre estos tiempos también descubren una marca de género. Las percepciones y reflexiones sobre dichos tiempos y prácticas oscilan entre ser concebidas mayormente como “descuido” entre las mujeres entrevistadas y como situaciones que no revelan mayor importancia entre los varones entrevistados[29]. Más allá del carácter verdadero de las circunstancias o de las duraciones que tuvieron efectivamente estos tiempos, resultan relevantes por el lugar con que se acomodan en la memoria. Son, así, diferentes modos de resignificar los tiempos y los diálogos que vinieron con en el tiempo biográfico en torno a los vínculos posibles entre los adultos y los niños y niñas de entonces.

La memoria de la infancia marcada por el exilio se propone, de este modo, como un terreno en donde colocar, asociar determinados rasgos que modulan las experiencias biográficas. En este apartado intenté resaltar aquello que podría configurarse como un rasgo: la búsqueda de un modo de habitar el vínculo intergeneracional. Entre las emociones incómodas y las comprensiones, se articulan en la narrativa sobre el exilio en la infancia modos de habitar los vínculos con padres y madres, de proponer, como adultos, “la reconstrucción del lazo filiatorio” (Llobet, 2018: 163).

Las narrativas biográficas de los entonces niños y niñas proponen, así, otros márgenes desde donde contemplar los tiempos del exilio y los afectos implicados, fundamentalmente, en la trama íntima de la vida familiar. En este tono, Sabrina abre su encuentro conmigo contando un recuerdo sobre el momento previo al exilio y recupera el diálogo con su madre alrededor del mismo:

Y ahí, mamá me dice “Pero vos te acordás mal” y le dije “Pero es lo que yo recuerdo… mi recuerdo no puede estar mal. Es lo que yo viví en ese momento, te guste o no te guste”.

Las memorias sobre las experiencias de la infancia colocan, como la de Sabrina, su propia lectura y su lugar también como protagonista de la historia y portadora de recuerdos propios. Son relatos que interpelan, que proponen otras versiones alrededor de los aspectos más íntimos que también fueron efecto de la experiencia de la ferocidad de la dictadura, de los modos de militancia política, del exilio como alternativa urgida. Se trata, como señala Llobet (2018), de un “esfuerzo político”, también por su capacidad performativa y conmovedora, que no parece apuntar tanto a los virajes de las grandes narrativas sobre el pasado, sino a aquellos relatos de la intimidad del afecto que inquietan por ser a la vez familiares y extraordinarios. Los recuerdos de Sabrina, de Alina, de todos quienes ofrecen su palabra, proponen una memoria sobre “lo que hay”, su versión “verdadera”; con huecos, preguntas, comprensiones y afectos incómodos. Como sugiere Kamenszain (2016) [30], lo que hay es la verdad. La verdad es lo que hay, “Y eso permite las micropolíticas. Porque las micropolíticas se hacen con lo que hay, con lo chiquito, con lo inmediato, con lo inofensivo. Y, finalmente, hacer política con lo que hay puede ofender”.


  1. Negroni, María (2006). Exilum, Vaso Roto.
  2. Para el caso de los exilios económicos.
  3. Por razones de extensión este punto no será desarrollado aquí, pero es de relevancia el lugar de abuelos y abuelas en los relatos biográficos.
  4. Silva Valdez, Fernán (1930). El Nido. Poesías y Leyendas para los niños. Montevideo: Impresora uruguaya, Palacio del Libro.
  5. Asimismo, el tiempo familiar en la modernidad es uno de los medios a partir de los cuales los adultos se conectan con los niños y también con la infancia misma (Gillis, 1996). Gran parte de los tiempos que organizan la vida cotidiana familiar tienen un origen histórico (las etapas iniciales de la revolución industrial) en el cual se desplegaron nuevas relaciones con el tiempo y el espacio.
  6. En ese sentido, para Gillis (1996) el tiempo compartido con los niños en la actualidad es un tiempo más organizado, más ritualizado: el “tiempo familiar” como momento diferente a otros. Entre el tiempo común doméstico y el de acontecimientos excepcionales se compone el flujo del tiempo ordinario.
  7. Las prácticas familiares incluso perduran más allá de los momentos específicos en que se desarrollan, ya que se encuentran también integradas a la historia y a la cultura (señalan Phoenix y Brannen,2013).
  8. Que no son accesibles de modo abierto a terceros.
  9. El trabajo de Brannen, Heptinstall y Bophal (2000) refiere a numerosas autoras como Finch, entre otras.
  10. Dimensiones morales.
  11. Fundamentalmente de las mujeres.
  12. Como embarazo.
  13. Valeria Llobet, comunicación personal.
  14. Luego de ella la angustia se aplaca, crece la seguridad de poder cuidar de sí mismo, y disminuye la angustia frente al abandono.
  15. Departamento de Uruguay, limítrofe con Argentina.
  16. Menciona además las referencias de la loba para Rómulo y Remo o de las Leyendas de Ciro.
  17. El odio, entonces, está ligado a la falta que oculta la presencia y se revela en la demanda de presencia (Ahmed, 2001:352).
  18. Valeria Llobet, comunicación personal.
  19. Valeria Llobet, comunicación personal.
  20. Cabe aquí considerar, para contextualizar, las formas y estrategias colectivas de cuidados y pedagógicas que han formado parte los modos en que los ideales y valores políticos han articulado propuestas consonantes. Peller (2014) menciona en su trabajo las propuestas de las vanguardias obreras anarquistas y socialistas (barrancos, en Peller) y señala que el PRT-ERP no parece haber tenido una propuesta formalizada, aunque los modos de crianza promovidos por la agrupación preveían atender las necesidades de la infancia desde una ética basada en la vida colectiva. Para el caso de Montoneros, por ejemplo, sí existieron propuestas más formales. Como ejemplo de ello señala a la Agrupación Evita, que realizaba tareas vinculadas al cuidado de la niñez y de la familia, programas de salud, actividades de recreación y educación infantiles, entre otros, y también refiere a la fundación de un jardín de infantes en la actual Villa de Retiro (Karin Grammático, en Peller). Otra iniciativa relevante de Montoneros es la guardería para niños en Cuba (Argento, 2013; Cosse en Calas y conferencia IDAES). Estas iniciativas de crianza, tal como narra Damián, estaban sustentadas en la idea de una forma de “vida comunitaria”. Sin embargo, destaca Peller que aunque se intentó abrir hacia una colectivización de la crianza, “prácticamente en el mismo acto enunciativo se reenvía esta tarea hacia la figura de la madre” (Peller, 2014; Felleti, 2016). Estas tensiones en el interior de las agrupaciones políticas también involucraron tensiones en los vínculos, en los roles de género dentro de las familias, en las concepciones de la maternidad y paternidad que mientras buscaban desnaturalizar los modelos de crianza y de roles, al mismo tiempo recuperaban los modelos que intentaban relegar (Cosse, 2010).
  21. Como se menciona en la sección sobre las tramas familiares en aquel entonces.
  22. A su vez, el cuidado no es un proceso de una sola dirección, sino que usualmente implica una reciprocidad entre quien cuida y quien es cuidado, que no siempre es inmediata sino, que deviene en intercambios a lo largo del tiempo y de diferentes formas (Bowlby, 2012).
  23. Jara (2016) trabaja también esta noción para analizar las memorias de las segundas generaciones. Sin embargo, lo hace desde otra perspectiva, considerando como “conocimiento envenenado” al terror transmitido de padres y madres a niños y niñas como producto de la salvaje represión dictatorial.
  24. Esta escena también da cuenta de una reiterada división de tareas al interior de los hogares que es relatada en las entrevistas. Por un lado, el cuidado de los hijos e hijas como un trabajo de las madres, y por el otro, la actividad política, el trabajo sobre los ideales ligado a las actividades de los padres (en mayor medida).
  25. Fassin en Pacífico, 2016: 76.
  26. Como se menciona en el apartado anterior.
  27. Comentario de Isabella Cosse, comunicación personal.
  28. Agradezco a Isabella Cosse sus comentarios sobre este apartado y la referencia a esta dimensión del cambio.
  29. Agradezco a Valeria Llobet la observación sobre este punto.
  30. Tenembaum, T. (24 de julio de 2016). Tamara Kamenszain. “Si un producto artístico no inspira escritura o crítica, no va a quedar”. La Nación. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/tamara-kamenszain-si-un-producto-artistico-no-inspira-escritura-o-critica-no-va-a-quedar-nid1920586/


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