“Cuando comprendí que el exilio era mi casa, abrí la puerta y me instalé. Me instalé cómodamente. Con todo tipo de subterfugios, alternancias, pretextos, soledades, elecciones, fidelidades, anarquías, mis libros favoritos, mi peculiar manera de escribir, mi gata prodigiosa, muchas hojas de papel, plantas en el balcón, un comedero para los colibríes y otro para los petirrojos, mi florido huerto de amor, el aire, la memoria, las comas, los espacios en blanco y los dos puntos.”[1]
Esta tesis trata sobre algunos de los modos posibles de hacer del exilio una casa. Las casas que asoman en la memoria de la infancia exilar se ofrecen más o menos cómodas, más o menos heridas, más o menos frágiles o robustas. Todas ellas portan indicios que permiten desplegar algunos rasgos salientes de una subjetividad singular. En la miscelánea de entrañables y pequeñas pertenencias, Muñiz-Huberman también agrega el espacio en blanco y los dos puntos. Como una puerta abierta, los dos puntos son un umbral, una pausa, una invitación. Un minúsculo misterio que se luce entre el antecedente y la anticipación. Son los misterios que la memoria infantil guarda sobre el exilio –y las huellas que de ella permanecen– los que han impulsado este proyecto. Más que resolver estos misterios, intentaré comprender algunos de sus artilugios, sentidos y movimientos, que el tiempo y la palabra descubren sobre las experiencias biográficas atravesadas por la violencia del exilio.
La experiencia del exilio, por lo general, es mirada y estudiada desde una idea sobreentendida de la adultez de sus sujetos (Dutrenit, 2015). Si bien fueron los adultos quienes orientaron las rutas del exilio también fueron parte de esa experiencia muchos y muchas niñas y niños. En este sentido, explorar las memorias de quienes han atravesado la experiencia del exilio durante sus infancias nos permite adentrarnos en las maneras en que niños y niñas de entonces han sido también protagonistas de un proceso histórico y político. A partir de las memorias de infancia exilar, procuro explorar los modos en que se inscribe subjetivamente dicha experiencia y los rasgos que ha trazado en las narrativas biográficas. De este modo, no solo intentaré aquí observar cómo el exilio en la infancia provocó efectos singulares, sino cómo quienes atravesaron esta experiencia colocan en ella determinados rasgos subjetivos. Se trata de memorias del exilio que, como casas[2], alojan las huellas de una subjetividad singular. En este sentido, a lo largo del trabajo me apoyaré en el tropo de la casa porque permite considerar, desde sus múltiples aristas (metafórica, simbólica, material, identitaria) y acepciones (morada, hogar, vivienda, patria), algunos rasgos de la experiencia biográfica de quienes transitaron el exilio en la infancia.
El trabajo se organiza en cuatro grandes capítulos. El primero de ellos, “Todas las casas, una sola”, se centra en los hogares del exilio. A través de ellas intentaré destejer aquellos ingredientes que componen un modo particular de “sentirse en casa” que es movilizado por el exilio en la infancia y sus múltiples desplazamientos. Me pregunto cómo se construye la narrativa biográfica del desarraigo, a partir de la memoria del exilio en la infancia. En el segundo capítulo, “Una casa para alojar la historia”, procuro ahondar en los modos recordados en que ha sido (y aún es) posible alojarse en una narrativa acerca del pasado y los hechos que dieron lugar al exilio. Me preocupo por los modos en que estas búsquedas por crear un hogar narrativo articulan modos de saber, política y afectos; búsquedas que configuran un lugar de encuentro intergeneracional entre las palabras y los silencios. En el tercer capítulo, “La casa interior”, intento indagar en los recuerdos de infancia que alojan un modo de componer una experiencia biográfica en torno a la diferencia. La pregunta por los modos en que se construyeron y regularon las diferencias, su gestión cotidiana, propone también un interrogante sobre el lugar social y político que experimentaron los entonces niños y niñas, atravesados por las dinámicas del exilio. Me intereso aquí por el trabajo singular de construir pertenencias como sitios, casas, en donde tiene lugar la labor de “ser parte” en una cotidianeidad signada por el rasgo perentorio del exilio. En el cuarto capítulo: “Habitar el amor” me propongo ingresar en la dimensión de la vida familiar y los vínculos intergeneracionales. Desde esta dimensión procuro explorar las construcciones singulares en torno a los modos posibles de habitar el amor filial. Estos modos de colocarse en el vínculo filial son parte de los rasgos que son asociados por los entrevistados a la experiencia de la infancia exilar (y sus dimensiones cotidianas) y son así constitutivos de las narrativas biográficas. Estos cuatro capítulos condensan sendos rasgos que se desprenden del análisis de los relatos biográficos. En el último apartado ofrezco algunas reflexiones de cierre.
¿Por qué la memoria infantil?
En el marco de los estudios sobre la perspectiva generacional del campo memorial este trabajo procura explorar en las memorias los modos en que niños y niñas experimentaron el exilio. Mi interés se desprende de una mirada investigativa que intenta articular infancia y política a partir de las memorias de quienes atravesaron dicha compleja experiencia, fruto de la represión de los gobiernos autoritarios. En este sentido, procuro atender a la mirada infantil de entonces para comprender la amplitud de efectos que tuvo (y tiene) el exilio en sus tramas cotidianas, íntimas, vinculares, afectivas, en la búsqueda de pertenencias, en los sentidos que guardan los recuerdos. Busco comprender cómo el exilio, en tanto proceso social y político, fue vivenciado y es recordado, configurando una categoría y una experiencia. Así, y desde un abordaje biográfico, exploro en las experiencias recordadas que afloran en el trabajo de rememoración, para considerar las escenas evocadas y las lecturas que los adultos de hoy ofrecen sobre su pasado exilar. Desde este punto de partida, el objeto a explorar son las memorias de infancia evocadas en el relato que surge de las entrevistas[3]. La tesis que aquí presento concibe la experiencia exiliar infantil como un lugar significativo que aloja marcas subjetivas en las narrativas biográficas. Pretendo así comprender los efectos de ese relato singular que sitúa en la experiencia infantil del exilio un nudo subjetivo. Siguiendo a Ahmed (2019: 22), a partir del qué de la experiencia (el exilio en la infancia) me interesa saber qué hace esa experiencia en quienes la han atravesado. Exploraré algunos posibles rasgos en las narrativas biográficas que se construyen a partir de la memoria de infancia del exilio, que son asociados a ellas. Así, en este trabajo, procuro atender a la labor biográfica, a la memoria recuperada, a las lecturas y reflexiones convocadas y a los posibles vestigios comunes que esta experiencia ha labrado en las biografías singulares.
Particularidades de la memoria infantil
Tanto la infancia como construcción social y dinámica como las memorias de infancia convocan el enigma de un objeto que es complejo de asir por la temporalidad mutable que lo constituye. Considero así las particularidades que descubre dicha memoria: las percepciones, las escenas sensibles y su dimensión creativa. La memoria infantil integra otras características, como los recuerdos encubridores, la falta de exactitud de una memoria siempre distorsionada o el aspecto onírico (Freud en Carli,2011 p.25)[4]. Lejos de intentar reponer una suerte de “fidelidad histórica”, las memorias de infancia deben atender a la presencia de la fantasía que puebla el recuerdo infantil (Carli,2011:26). Es en este sentido que atiendo a los saberes, comprensiones y modos afectivos que surgen con relación a las experiencias atravesadas y los vínculos con los demás. De este modo, la experiencia de infancia, como señala Maynes (2008), no solo funciona cuando ocurre en tiempo real. Por su propia dinámica, en la que intervienen temporalidades cruzadas y el desarrollo continuo de la personalidad, es una experiencia constantemente revisada y por ende “histórica”: relevante por la actividad de la agencia en el presente (p.120). Se trata de experiencias diversas y múltiples, a las cuales, lejos de intentar homogeneizar o generalizar, intentaré atender en su pluralidad considerando aspectos que son resaltados y recurrentes, como nudos que se enlazan y “casas” donde confluyen los recuerdos singulares. Como apunta Sosenski (2008) “experiencias infantiles hubo como tantos niños y niñas hubo en el exilio” y son numerosas las variables que pueden configurar la singularidad de las mismas.
Asimismo, la mirada infantil permite considerar otros planos de los acontecimientos políticos e históricos, usualmente narrados desde una mirada adulta. Esta perspectiva, que ilumina la vida cotidiana, las dinámicas familiares y las tramas afectivas, coloca el foco en los bordes entre la vida privada y la vida social. La mirada infantil recordada abre así otras representaciones sobre los eventos y otros ángulos para examinarlos. En este sentido, los acontecimientos sociales se politizan de un modo particular en la infancia y en su entorno cotidiano (Moss, 2013). Mientras esta mirada desliza cuestionamientos sobre algunas nociones cristalizadas[5], también pone de relieve tensiones del orden de los afectos, de la cotidianeidad, e incluso desafía los propios sentidos atribuidos a la infancia. Propone una mirada “desfamiliarizada” (ostranie), extrañada, que profana algunas construcciones sobre la infancia, sobre los acontecimientos, sobre los mitos que emergen de ellos (Lebel, 2018). De ahí el alcance político y la potencia que ofrece para comprender los fenómenos sociales. Como señala con agudeza Llobet (2018), el trabajo memorial supone también un “esfuerzo político” que debe hacer frente a los rastros y productos de la agencia política de los niños entonces (p.158). Esta afronta se reanuda y relee en diferentes instancias biográficas y es por ello que, para Llobet, la narrativa biográfica da cuenta de su “densidad política”. Los modos de tramitar las experiencias infantiles suponen un “sujeto crítico que las haya inscripto en primer lugar”, y su rasgo político, apunta Llobet (2018), puede comprenderse en el hecho de asignarles un valor “a esos recuerdos menores” que pese a no abarcar todos sus sentidos, son recuperados en la construcción de un lugar de enunciación del sujeto, ya adulto” (p.165). Para profundizar en ello, retomo la noción de agencia infantil en los recuerdos adultos de los niños y niñas de entonces. Siguiendo a Maynes (2008), intento iluminar las lecturas y reflexiones sobre la propia agencia de los sujetos “como actores centrales en sus propias historias de vida y, por lo tanto, en la historia” (p.123) que es posible interpretar a partir de las narrativas biográficas. Para esta labor, los relatos permiten explorar las marcas que constituyen rasgos de la experiencia biográfica. Aunque el relato biográfico como objeto puede ser abordado desde diferentes enfoques[6] –como dispositivos discursivos o literarios– y desde diferentes disciplinas, las memorias infantiles son aquí el objeto y el tiempo que organiza este trabajo. Procuro explorar en ellas integrando reflexiones y lecturas evocadas en la rememoración. No obstante, esta mirada requiere de la hibridez disciplinar para poder encontrar modos de acceso o posibles interpretaciones. De este modo, la perspectiva biográfica habilita a explorar en las memorias la propia experiencia subjetiva. En ellas procuro ofrecer una lectura atenta a las imperfecciones, al rasgo inacabado, quebrado, evanescente, indicial e incluso trunco de estos relatos que se proponen contar las memorias de la infancia.
La infancia en aquel entonces
La infancia rememorada ha tenido lugar en el contexto histórico y político de las dictaduras en el Cono Sur. En dicho contexto, los gobiernos dictatoriales participaron activamente de la disputa por significar a la infancia. Se organizaron en torno a una Doctrina de Seguridad Nacional común, que promovió la centralidad de la figura de la “familia tradicional”. Durante este periodo la familia nuclear (conformada por padre, madre e hijos) se constituye como eje de la ideología familista (Jelin, 1994), en la cual se naturalizaban los roles y valores en los que la sociedad se organizaba (Jelin, 2009). La figura universalizada y homogénea de la familia, supuso además una concepción de la norma familiar que implicó el reconocimiento de “desvíos” o de familias “sospechosas”.
Los gobiernos desplegaron una matriz en la cual se instalaron prácticas de vigilancia y control en el ámbito del hogar, entendiendo el espacio familiar como aquella “unidad moral indisoluble”. Mediante políticas educativas (Tedesco, Braslavsky, Carciofi en Schindel, Kauffman; Doval y Tiramonti en Schindel, 2005; Kaufmann, 2013) y matrices culturales (Pineau, 2014; Guitelman,2018; Lvovich y Rodríguez, 2011, Aita, 2019, Pesclevi, 2011) intentaron configurar un modelo de niño coherente con los principios que sostenían[7]. Es por ello que el terrorismo estatal tuvo como parte de sus objetivos principales recomponer las relaciones con la autoridad tanto en lo estatal como en las dinámicas cotidianas (O’Donnell en Osuna, 2017). Se produjo así una politización del ámbito privado que al mismo tiempo que modulaba las subjetividades, naturalizaba las formas de autoritarismo y criminalidad (Lvovich, 2017). Así, según Lvovich, surgen las dificultades para disociar las categorías de lo público y de lo privado, particularmente en el contexto dictatorial. Es allí donde el foco en las infancias permite revelar las dificultades implicadas en las dimensiones privado-público. El espacio privado y la familia fueron, en aquel entonces, el lugar privilegiado para sentirse seguros y para la formación de futuros adultos acordes a la moral y a la “esencia nacional” pregonada por las dictaduras. De este modo, las prácticas íntimas, del espacio privado, pasaron a politizarse y a ser controladas por el Estado, convirtiendo “lo privado en político y lo político en privado” (Filc en Lvovich, 2017). Tal como propone Filc, este proceso implicó una reconfiguración de los espacios públicos y privados en aquél entonces. Recuperar los vínculos familiares fue una premisa del régimen y a la vez, invocando dichos lazos, fueron las organizaciones de familiares de desaparecidos quienes se posicionaron como una resistencia fundamental al régimen. Niños y niñas eran asociados con el “futuro” como un terreno incierto que por ello era clave controlar. Tal como propone Osuna (2017) había que evitar el ingreso de ideas “disolventes”, “subversivas”, “foráneas” y por ello se debía controlar a los más pequeños y débiles de las familias. La vida familiar de entonces se desarrolló dentro de la “célula” del hogar, y sus paredes más “frágiles” (niños y jóvenes) eran quienes merecían particular control (Filc en Osuna, 2017). Entre posibles receptores del “virus subversivo” y futuros continuadores de la patria, niños y niñas se encontraron dentro de un régimen que buscó controlar la sociedad a partir de múltiples dispositivos y medidas que exponen una pretensión totalizante en la vigilancia de la sociedad por parte de los Estados autoritarios. Así, niños y niñas fueron víctimas no solo por ser hijos de padres y madres detenidos, torturados o asesinados, sino también por ser objeto de las políticas de vigilancia centradas en la moral familiar.
En este marco de exaltación de los valores familiares, los niños y niñas también fueron víctimas directas e indirectas de la planificación criminal llevada a cabo por el régimen dictatorial. Tal como propone Schindel, la destrucción de los lazos familiares, las irrupciones violentas –a veces nocturnas– en la intimidad del hogar fueron parte del terror como práctica represiva que tuvo como eje la vida familiar. La represión fue orientada también a la recuperación y reinserción social de la niñez y la juventud en riesgo de ser contaminadas por la subversión, a partir de prácticas perversas y de impensable crueldad. Entre ellas, aquellas vinculadas a la apropiación y secuestro de bebés, niños y niñas, la falsificación y cambios en las identidades; niños y niñas que fueron torturados, testigos de la captura de sus padres (Schindel, 2005; Villalta, 2012, 2009; Urosevich, 2015, 2018; Regueiro, 2013, 2015; Rico, 2008), niños nacidos en cautiverio, niños que vivieron y experimentaron el control y las sanciones de la prisión (Jorge, 2010; D’antonio, 2014); estas y otras prácticas sostuvieron una estrategia atroz orientada específicamente a este tramo de edad.
Al mismo tiempo, muchos niños y niñas de entonces también se encontraron inmersos en las dinámicas de organizaciones de izquierda, partidos políticos o movimientos revolucionarios, que proponían determinadas concepciones sobre la infancia. Algunas de ellas impulsadas por las posiciones políticas, por las concepciones pedagógicas y psicosociales que se desarrollaban en aquél entonces[8]. La retórica militante sobre la infancia en aquel momento estaba impregnada, tal como señala Basile (2017), en el proceso de edificación de un “niño nuevo”. Transformar la sociedad implicaba una nueva concepción política, ideológica, de costumbres y educativa que ubicaba a los hijos e hijas en una posición particular. La inauguración del “nuevo mundo” libre del dominio de las costumbres burguesas y el imperialismo estadounidense, supuso una dinámica particular dentro del núcleo familiar: la lucha no solamente era armada, sino también cultural. En esta línea, los niños y niñas serían el futuro de los logros y el futuro revolucionario[9]. Así, el lugar de la niñez en los movimientos revolucionarios resultó en algunos casos una combinación (o una confusión) entre la dimensión “real” y la metafórica, idealizada en tanto ícono del futuro revolucionario (Kirschenbaum, 2001). Me interesa resaltar estas figuras de infancia en aquél entonces para contextualizar el escenario histórico y político en el que tuvo lugar el exilio. No intento aquí generalizar, ni tampoco plantear una equivalencia entre exilio y militancia, sino proponer, a modo de pincelada, las representaciones sobre la infancia que se solaparon en aquel entonces. A continuación, intentaré ahondar en la pregunta sobre el exilio y sus características en ambos países para poder enmarcar las memorias de los niños y niñas de entonces.
¿Por qué el exilio?
Las memorias, como ventanas, permiten profundizar en los múltiples efectos capilares del terrorismo de estado, las heridas íntimas e insistentes que convoca la memoria del destierro. En este sentido, el trabajo retoma las inquietudes que reúne el campo de estudios del exilio político en la historia reciente[10] de Argentina y Uruguay. Desde allí pretendo comprender el contexto social, político e histórico en que se produjo la experiencia infantil de exilio en tanto trauma social (Das, 2008). Tal como propone Yankelevich (2016) el trabajo con la memoria es fundamental para reconstruir el exilio en tanto experiencia vital. Como dispositivo de “disciplinamiento social”, el exilio fue utilizado como una forma de “erradicación del enemigo subversivo” y un mecanismo de eliminación geográfica de aquellos que corroían el “cuerpo social” tanto en Argentina como en Uruguay (Franco, 2008). El exilio se propone como una forma específica de migración que puede definirse como un “mecanismo de exclusión institucionalizado de la política latinoamericana” que tiene por objetivo excluir “de la comunidad política y de las esferas públicas a ciudadanos opositores del régimen” (Sznajder y Roniger, 2013). Este mecanismo supone “situaciones de violencia política generalizada o dirigidas a grupos sociales específicos” y un tiempo de refugio en otros Estados cuya duración resulta “imprevisible” (Bolzman, 2012)[11]. Esta estrategia se llevó a cabo mediante diversas modalidades, como la expulsión directa y la aplicación del derecho de opción a los presos políticos a través de amenazas, persecuciones y la muerte de personas cercanas (Franco, 2006). Así́, las migraciones forzadas representan un tipo particular de movimiento poblacional ya que están asociadas a la violencia directa o potencial (Coraza, 2014). Junto a los peligros sobre la integridad física, moral, o los medios de vida, Coraza señala la inmediatez como otra particularidad del exilio, relacionada a la urgencia de la salida de los países. En este sentido, la salida al exilio limitó la posibilidad de elaboración de un proyecto migratorio, además de las heridas y desgarros causados por la represión estatal y el rasgo transitorio de esta experiencia exiliar (Lastra, 2013) con las tensiones que implicó el retorno.
Abordar el exilio en tanto concepto “polisémico” (Franco, 2008), “poliédrico y móvil” (Jensen, 2011), de bordes difusos, supone considerar diversas facetas que lo constituyen: los contextos de origen, los espacios de llegada, los retornos o no retornos. A su vez, la dimensión histórica y subjetiva, la dualidad que supera las geografías y la coexistencia de dos tiempos políticos, existenciales y simbólicos implica considerar su carácter interdisciplinario y su complejidad en tanto condición paradojal: el exilio genera tensiones entre la pérdida, la condena, el castigo y la fractura, con la salvación y la libertad (Jensen, 2011:3).
Supone no solo una categoría de estudio, sino que se trata de una categoría nativa, (Franco, 2008:36) que coloca en su nombre una experiencia identitaria. Pero las experiencias parecen desbordar las categorías que intentan contenerlas: proponer bordes para delimitar la experiencia exilar constituye una tarea compleja y frágil, aún más al contemplar las experiencias de quienes experimentaron el exilio siendo niños y niñas. Las categorías son también móviles, cambiantes, como las identidades de los sujetos, por lo que también deben ser comprendidas en la temporalidad en la que se inscriben. A modo de contorno posible de las memorias que son aquí recuperadas, en este trabajo referiré a las memorias de niños y niñas en tanto sujetos y actores de la vida social. Me centro en la infancia como categoría y en los niños y niñas como actores sociales e históricos. Al mismo tiempo, recupero la categoría de generación, por un lado, entendiendo el exilio de las últimas dictaduras como una experiencia relevante compartida por una cohorte; por el otro, porque ofrece una mirada relacional respecto a la generación de los adultos de entonces que permite atender a las diferencias generacionales para comprender la infancia, su construcción en un contexto histórico concreto y las modulaciones en las relaciones con el mundo adulto. Más adelante ahondaré sobre esta noción y los diferentes debates que suscita.
En cuanto al exilio uruguayo y argentino, pueden reconocerse algunos rasgos compartidos para ambos países: la gran cantidad de exiliados, la extensión temporal de los exilios, el impacto en diferentes sectores sociales[12], el impacto en diversas organizaciones de izquierda y militancia social, sindical, profesional, barrial y la dispersión de argentinos y uruguayos por diferentes lugares del mundo. Y a la vez, características diferentes: el peso demográfico, la duración de los exilios, las formas que toman las transiciones democráticas, las condiciones de los retornos, la revisión del pasado y las políticas de memoria y justicia en ambos países[13] (Lastra, 2014). Sin embargo, según Allier (2007), pese a la importancia cuantitativa y cualitativa el exilio político, los debates memoriales no lo han colocado en el centro del debate en el espacio público. Por ello, la autora se pregunta sobre los porqués de la ausencia del exilio en la memoria pública, de la no constitución de una memoria en torno al exilio uruguayo. También en la Argentina se observa un relativo olvido del fenómeno del exilio dentro de las representaciones sobre el pasado reciente (Franco en Allier, 2007).
El exilio conjugó diversos sentidos sociales que condujeron a sus memorias a un lugar relegado dentro de la historia reciente. La relativa ausencia del fenómeno supone diversos motivos que aduce la bibliografía. Entre ellos, las construcciones alrededor de la figura del exiliado suponían lecturas estigmatizadoras, tales como el exilio “dorado”, el exilio “privilegiado”, los exilios “culpables” que debían rendir cuentas de “buena conducta” para alcanzar una “relegitimación social” (Jensen, 2004:424). Entre estas miradas también están aquellas que apuntaban a los que “se salvaron”, a los que “no les fue tan mal”, a los que “conocieron y disfrutaron en el exterior” (Coraza, 2007: 3). Incluso como “traidores” o debiendo afrontar las sospechas por no ser detenidos y recluidos o las culpas “generadas en quienes se fueron por haberse ido, por sentirse menos víctimas que quienes quedaron presos o clandestinos, por haber sobrevivido” (Dutrenit, 2006:6). Tanto en dictadura como en democracia las lecturas sobre el exilio atenuaron o incluso borraron su rasgo político y su lugar en tanto parte de las estrategias que formaron parte de la represión. Quienes retornaron debieron muchas veces afrontar un desafío doble: singular, en la elaboración de las heridas de esta experiencia y a la vez, social por el débil (o ausente) relato que ofrece la sociedad para integrarlo a la reconstrucción del pasado reciente (Schelotto, 2015). Para el caso uruguayo, estos olvidos estuvieron además “consagrados” por la aprobación de las leyes de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado que hizo caducar la posibilidad de llevar a juicio a los militares que cometieron delitos de lesa humanidad durante la dictadura[14] (Lessa, 2014; Fried y Lessa, 2011; Buriano y Dutrenit, 2017). En el caso argentino algunos virajes de la justicia transicional también incidieron en estos procesos, como las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que propusieron el cierre de la revisión judicial del pasado –y con ella la impunidad– que fue cimiento para un clima político de alzamientos militares durante el gobierno alfonsinista (Lastra, 2019)[15]. Pese a ello, durante la última década se identifica un aumento de producciones e investigaciones preocupadas por diversas aristas del exilio (Jensen, 2018). Los exiliados y exiliadas han comenzado a presentarse “tímidamente” (Levin, 2003) como un nuevo sujeto de interés tanto para la academia, como para producciones artísticas, en un contexto en el que han quedado relativamente desdibujados entre quienes han sido dañados por las dictaduras.
El proyecto que dio origen a esta investigación tuvo como eje la clave comparada Argentina-Uruguay. La pregunta inicial se centró en indagar en los aspectos comunes y diferentes entre las memorias de quienes tienen sus orígenes o partieron desde Argentina o Uruguay. Esto permitió considerar algunas insistencias ancladas en los modos en que cada “comunidad de memoria” (Fried, 2016) ha tramitado dicho fenómeno y periodo. Entre los puntos en común que permiten la comparación, está la pertenencia de esta cohorte en el contexto del exilio de las últimas dictaduras enmarcadas en la Doctrina de Seguridad Nacional[16], que impuso una política represiva, violatoria de los derechos humanos, civiles y políticos, además de algunas similitudes respecto a los exilios. Sin embargo, esta clave de análisis no fue lo suficientemente contundente como para que la mirada comparativa estructure toda la investigación. Si bien hay lecturas en torno a los efectos singulares y los modos en que cada país ha elaborado los traumas sociales –el exilio, en particular[17]–, los rasgos centrales, nodales, de la experiencia biográfica hacen “casa” en la memoria infantil exilar, en la vida cotidiana, en los vínculos, en la trama afectiva que aflora con el recuerdo. La profundidad que toma la experiencia infantil en los recuerdos ofrece una clave mucho más sustanciosa, en términos de explorar en la dimensión subjetiva, afectiva, vincular y de las trazas que modulan las biografías de los adultos del presente. Esto supone el desafío de considerar las continuidades de la experiencia infantil y preguntar por los matices y singularidades que guardan las memorias de esta experiencia durante las infancias.
Un marco histórico y político para las memorias de infancia
Me interesa aquí enmarcar el objeto de estudio en el proceso histórico en el que tiene lugar: el exilio en las últimas dictaduras, los procesos de retorno y las políticas de memoria y justicia desplegadas en cada país. Para ello propongo algunas claves para caracterizar el exilio en ambos países[18]. En primer lugar, los perfiles demográficos y socio profesionales del exilio y el impacto que tuvo para ambos países. En este sentido, señala Lastra (2016) un impacto mayor para el caso uruguayo que para el argentino porque se trataba de sectores calificados y, a la vez, porque profundizaba la propia estructura demográfica uruguaya, de pirámide invertida. Para la Argentina el impacto tuvo lugar, no tanto por la cantidad de argentinos que salieron del país, sino porque formaban parte de sectores calificados. Para ambos casos resulta difícil de cuantificar, tanto por el tipo de fuentes disponibles, como por las dificultades de esas fuentes para identificar el motivo político que motivó la emigración (Yankelevich, 2009 p.24)[19].De este modo, las salidas de argentinos y uruguayos en los años setenta fueron importantes y visibles para ambas sociedades. Se trataba de una población joven (entre los 20 y 39 años) que generalmente provenía de sectores de clase media, de los centros urbanos y, sobre todo, de regiones que fueron seriamente afectadas por la represión estatal. Se destacaba su nivel de calificación profesional y técnica; en el caso uruguayo también se destacó el rubro de obreros fabriles por la presencia en el exterior de líderes sindicales (Lastra, 2016:42). Por su parte, y con respecto a los perfiles políticos[20] de quienes debieron exilarse, el exilio uruguayo contó con una fuerte presencia de integrantes de los partidos políticos y figuras relevantes, no así el argentino. El exilio argentino fue militante, pero no fue representativo de los sectores de la dirigencia política en la etapa previa al golpe.
Un segundo aspecto clave es el lugar que tuvo el exilio en las matrices represivas de cada país. En Uruguay la sistematicidad de la prisión prolongada, los encierros y procesamientos por la justicia militar y la aplicación de la libertad vigilada fueron mecanismos de control y dominación masivos (Lastra, 2016:50). En la Argentina la desaparición forzada de personas fue el mecanismo central de control y aniquilación del “enemigo” (aunque este método represivo también se aplicó en Uruguay, en comparación, señala Lastra, el régimen militar argentino lo desarrolló con mayor alcance en magnitud y sistematicidad (Lastra, 2016:51)). Este aspecto ha incidido al momento de los retornos. Para la Argentina la matriz represiva principal fue la desaparición de personas. El informe “Nunca Más” y el Juicio a las Juntas hicieron emerger este tema como el “el efecto represivo capaz de ocluir a los otros daños que provinieron del Estado” (Lastra, 2016:266). Así, la preocupación de las organizaciones sociales estaba enfocada en la recuperación de los desaparecidos y en conocer la verdad sobre lo que les había sucedido. Por ello, el exilio tuvo un lugar marginal en la agenda. En Uruguay la prisión política y la tortura fueron masivas y el exilio fue también “un efecto central sobre el control de la población“ (Lastra, 2016:50).
Un tercer aspecto a considerar tiene que ver con la duración de ambos exilios. Para el caso uruguayo, se calcula entre doce y quince años, contemplando las modalidades específicas de las aperturas democráticas. En Uruguay, la Ley de Amnistía (1985) permitió el ingreso al país “de todos los uruguayos que desearan hacerlo” (Lastra, 2016:46). Para el caso argentino, se estiman como máximo entre siete o nueve años de exilio. Las experiencias de retorno argentino fueron también postergadas por cuestiones legales, al menos hasta los años noventa, cuando la aprobación de los indultos por parte del presidente Menem canceló esos impedimentos.
Un cuarto aspecto a ser contemplado se vincula con las modalidades de salida y los destinos de acogida. Ambos exilios presentaron distintas modalidades de salida del país: algunos con formatos de expulsión legal como el uso de la “opción” o la obtención de asilo diplomático en embajadas, mientras que la mayoría de las salidas fueron silenciosas, por goteo, disfrazadas de “turismo”, entre otros subterfugios. Algunos salieron de manera legal y otros de forma clandestina. Se trata, como señala Yankelevich (2009) de entender el exilio como un proceso colectivo pero desarrollado a través de una suma de acciones individuales; fueron salidas preparadas y decididas de manera individual (p.24). En los países de la región fue recurrente la apelación al refugio del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados (ACNUR). Otros procuraron protección diplomática invocando el derecho de asilo. Al mismo tiempo, los exilios contaron con diferentes países de acogida. Las rutas y elecciones de los países de recepción de los exiliados tuvieron relación no solo con las condicionantes que presionaron para la salida del país, sino también con la existencia de redes partidarias, grupales, profesionales, de amistades, familiares intentando muchas veces regresar a la tierra de padres o abuelos (ver en anexo 3 los posibles motivos y lugares de acogida).
En este proceso, el regreso comenzó a gestarse fundamentalmente a partir de las transiciones democráticas. Para la Argentina fue clave la derrota militar de la guerra de Malvinas que dio comienzo al “colapso” de la dictadura. Esto aceleró la retirada de los militares con una convocatoria a elecciones –que ganaría Raúl Alfonsín (UCR[21])–. En ese contexto, mientras se profundizaban los reclamos de la sociedad civil en contra de la dictadura y las denuncias sobre violaciones de los derechos humanos (Lastra, 2016: 19), también muchas experiencias de retorno fueron postergadas por cuestiones legales, al menos hasta los años noventa, a partir de que Menem aprobara los indultos que cancelaron dichos impedimentos. Por su parte, para el Uruguay la salida a la democracia fue un proceso lento y gradual, “marcado por marchas y contramarchas” en las negociaciones entre partidos políticos y militares (Lastra, 2016: 19). El punto de inicio hacia la democracia fue en 1980, con la victoria del “No” en el plebiscito por la reforma constitucional. En 1984 tiene lugar el Pacto del Club Naval, en el que se pacta el llamado a elecciones y el lugar de las FFAA en el gobierno democrático[22]. Así, la transición sucedió con dirigentes presos y proscriptos, y acciones represivas sobre la sociedad civil[23]. De este modo, y como señala Lastra, (2016) el retorno del exilio fue un problema político al cual cada sociedad pudo responder de acuerdo a las tensiones particulares de cada contexto de transición democrática. Desde estos contextos de transformaciones y disputas políticas fue que se consideró a los exiliados, sus regresos y asistencias [24]. A diferencia de la Argentina, la dictadura en Uruguay fue interpretada como una “excepcionalidad” en la historia del país. La nueva democracia se apoyó en algunas ideas que también modelaron los modos de recepción a quienes se exiliaron, entre ellas, las ideas de “reconciliación”, el “reencuentro de los uruguayos”. Para el caso uruguayo fue central el viaje de los niños. El viaje de los niños del exilio (diciembre de 1983) fue el acontecimiento que al mismo tiempo “catapultó al retorno como tema de agenda para el Uruguay posdictadura” (Lastra, 2016:69) y también colocó a la infancia como objeto de preocupación[25]. El viaje fue realizado por 154 niños y niñas que partieron desde España hacia Montevideo a pasar la Navidad con sus familiares, mientras sus padres en el exilio aún no podían volver. Fue el resultado de la coordinación entre organismos europeos, comunidades de exiliados en España y organizaciones sociales en Uruguay. El viaje dio una enorme visibilidad al tema del exilio e instaló en la prensa y en organizaciones políticas y sociales del país el problema del retorno en clave del “reencuentro de todos los uruguayos” (Lastra, 2016: 69). Así, se propuso como una estrategia por su carácter político y por la inclusión del tema del retorno a partir de la figura de los niños. Los niños fueron considerados los protagonistas y representantes del exilio y de la problemática que implicaba el retorno[26].
Las representaciones del exilio para el caso argentino configuraron, sobre todo, una imagen negativa de los exiliados (Lastra, 2016:61), como fue señalado más arriba. Los medios de comunicación colocaron el tema del exilio y la imagen de los exiliados como violentos, construyendo una doble mirada “demonizadora y despolitizada”. Se puso el énfasis en su figura como “potencial generador de la violencia política“ y “subversión”. Al mismo tiempo se instaló un doble debate entre los que “los que se fueron (acusados de cobardes) y los que se quedaron (catalogados de colaboracionistas) calificaciones que derivaron en la opción por el silencio de la experiencia exiliar (Canelo, 2004:66). A la vez que el retorno tuvo pocas representaciones en figuras partidarias, se configuró un escenario de criminalización y judicialización del retorno político. Para el caso uruguayo, el intento por crear una imagen “subversiva” pierde fuerza pública a causa de el pase de la organización MLN-T[27] a la legalidad. Los discursos se centraron en el “reencuentro”, noción que condensó el ideal de una sociedad integrada reuniendo tres sectores sumergidos por los efectos de la dictadura: la cárcel, el insilio y el exilio. Esta categoría implicó un proceso de amalgamiento que se desarrolló no sin complejidades (Amilivia, 1986).
Otro de los aspectos relevantes y que aún sigue en revisión y debate tiene que ver con las políticas de verdad y justicia que cada país ha orientado en torno a los daños del pasado. En cuanto a las políticas de verdad en Argentina, con Alfonsín se comenzó a investigar los crímenes cometidos durante el pasado dictatorial. Se crea la CONADEP[28] y con ello el informe del “Nunca más” (1984). En Uruguay la apertura democrática vino con la Ley de amnistía (1985) que incluía recibir a quienes se exiliaron. Se crearon dos comisiones de investigación[29], que tuvieron un alcance relativo, y el SERPAJ[30] llevó adelante un informe “Nunca más” como el argentino. Respecto a las políticas de justicia en Argentina, se dirigieron a condenar “todo tipo de violencia del pasado”, ejercida por militares pero que también incluía a los miembros de las organizaciones armadas (Lastra, 2016:21)[31]. Se establecieron restricciones a la liberación de presos políticos. En 1985 tiene lugar el Juicio a las Juntas Militares[32], proceso atravesado por fuertes tensiones entre gobierno, organismos de DDHH y la corporación militar (Lastra, 2016:21). En 1986 se establecen la Ley de Punto Final y la de Obediencia Debida. Como se mencionó antes, ambas propusieron tanto un límite de tiempo para los juicios, como también la jerarquía de responsabilidades que impide juzgar a quienes cumplieron órdenes. Por su parte, en Uruguay la transición negociada obstruyó las posibilidades de revisión judicial. Al mismo tiempo, la Ley de Caducidad[33] clausuró las posibilidades de rever los crímenes del pasado y condenar a sus responsables[34]. Aunque la ley fue muy resistida y convocó la creación de una Comisión[35] para revocarla, el referéndum de 1989 aseguró su vigencia. Tampoco se logró reformar en un nuevo plebiscito en 2009. Lastra apunta con agudeza que en este escenario el gobierno de entonces propuso políticas activas en cuanto a los modos de reparación y una presencia importante del exilio como tema, al mismo tiempo que se cerraba la posibilidad de revisar los crímenes del pasado a través de la Ley de Caducidad, permitiendo el triunfo de la impunidad. Para la Argentina esto tuvo, como señala Lastra, una dinámica “inversa”: el gobierno desde el comienzo fue activo e impulsó la condena judicial y el enfrentamiento a quienes fueron responsables de los crímenes estatales, además de revisar las actuaciones en cuanto a los DDHH. Sin embargo, el tema del exilio y los soportes a sus regresos fueron más frágiles: los exiliados no fueron reconocidos como víctimas e incluso, apunta Lastra, fueron condenados públicamente y llevados al ámbito penal, a veces con nuevas detenciones (Lastra, 2016: 277). Inicialmente, el exilio no fue contemplado en las leyes argentinas de reparación económica, pero una decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Nación del año 2004 resolvió extender los beneficios económicos de la ley de indemnización a las personas privadas ilegítimamente de su libertad. Varios casos constituyeron precedentes para esta consideración de la justicia (Vocos, 2014)[36]. Niños y niñas de entonces han sido contemplados en diferentes leyes que prevén reparaciones e indemnizaciones (ver en Anexo 4). En el caso uruguayo las leyes han reconocido –lenta y espaciadamente– los derechos a quienes debieron exiliarse (Coraza, 2007). En el año 2009 la ley de reparación a las víctimas de la actuación ilegítima del estado dispone la reparación integral a las víctimas del terrorismo de Estado. En ella se reconoce, además, a niños y niñas damnificados y se menciona al exilio como práctica del terrorismo estatal (ver en Anexo 4).
¿Por qué ahora?
Intento, en este trabajo, poner de relieve el carácter diverso de la memoria sobre los exilios, y la reflexión por lo generacional como parte de un “estado de memoria” que habilite nuevas narrativas generacionales. Mientras que anteriormente se articulaban en torno a las búsquedas e historias de sus padres, las que surgen en este “tiempo de los hijos” (Arfuch, 2018) ponen de relieve el lugar de los hijos e hijas también como protagonistas de la historia. Se trata de una temporalidad, en palabras de Arfuch, “quizá sintomática”, investida de nuevos sentidos que da cuenta de un tiempo y una madurez para poder “hablar de sí” (Arfuch, 2016). Reconocer este tiempo supone además un contexto que ofrece una escucha a veces coincidente, a veces contraria, a veces desafiante de las memorias de los adultos, padres, madres. Un signo de ello han sido las numerosas producciones artísticas de los niños y niñas de entonces quienes han sido dañados gravemente por las múltiples formas que adoptó la ferocidad dictatorial. En particular, la emergencia tardía de narrativas centradas en el exilio, en comparación a relatos centrados en la desaparición, la prisión política, la clandestinidad[37]. Estas producciones han ocupado espacios en tanto narrativas sociales disponibles para la elaboración y la escucha social[38]. Por otra parte, es un tiempo de consolidación de agrupaciones que nuclean a quienes atravesaron el exilio durante sus infancias –como “Hijas e Hijos del exilio” (año 2006)[39] para el caso argentino y “Memorias en Libertad”[40] (año 2008) que, entre otras actividades, congrega experiencias exilares para el caso uruguayo[41]–. En este contexto emergen también narrativas de segundas generaciones que proponen nuevas tensiones éticas y políticas como las de los hijos e hijas de genocidas de la última dictadura en Argentina y el surgimiento del colectivo “Historias desobedientes” (Scocco, 2017; Arfuch, 2017; Gugliemucci, 2020; Peller, 2021). Se trata de heridas sociales aún no cerradas que retornan y vuelven a ser puestas en debate, que provocan tensiones y que siguen siendo terrenos de decisiones políticas en ambos países[42].
Para pensar en los contextos temporales en los que tiene lugar la emergencia de las memorias de las segundas generaciones, retomo aquí las reflexiones de Cosse[43], quien subraya, por un lado y para el caso argentino, el lugar otorgado a la voz de los niños y niñas de entonces dentro de los juicios de la contraofensiva. En dicho proceso, se han habilitado las voces y memorias de los entonces niños y niñas legitimando su propia manera de recordar. Para la autora esto permitió dar visibilidad a los niños y niñas también como protagonistas de aquella tragedia; a la vez, habilitó a contar públicamente dichas historias y la presencia de niños y niñas en ellas. Por otro lado, Cosse[44] plantea también la atención al momento en el ciclo vital en el que tiene lugar la emergencia de dichas memorias. Se trata de diferentes momentos de las biografías que permiten diferentes posiciones, diferentes conexiones con la historia del exilio[45], diferentes comprensiones sobre los vínculos, sobre las acciones que tuvieron lugar en el pasado, ahora desde una lectura adulta[46]. En esta línea también es relevante la visibilidad que tuvo, en Uruguay, la presentación que realizó el colectivo Memoria en Libertad (2019) de la Resolución 751/2019 en el Paraninfo de la Universidad de la República donde el INDDHH[47] recomendó al Estado realizar un acto público de reconocimiento de responsabilidad del Estado frente a quienes siendo niñas, niños y adolescentes sufrieron graves vulneraciones de los derechos humanos[48].
Finalmente, este trabajo también se emplaza en un contexto actual y global en el que tienen lugar migraciones forzadas, desplazamientos y circulación de niños y niñas. Cada cual con sus particularidades y contextos históricos y políticos determinados, todas suponen algún punto de contacto con los exilios en la infancia (Arfuch, 2018). Me refiero aquí a diversos fenómenos migratorios contemporáneos tanto a escala global como a las migraciones latinoaméricanas (Gaitán, Díaz, Sandoval, Unda, Granda y Llanos, 2008; Milanich, Cosse y Glockner, 2021)[49]. Entre ellos, las migraciones ilegales en las fronteras de Estados Unidos (Álvarez y Glockner, 2018; Glockner, 2012, 2009), el lugar de los niños en los desplazamientos desde Siria, los desplazamientos forzados en Colombia (Alvarado, Ospina, Patiño y Arroyo, 2018; Vanegas López et al., 2011) y en la región andina (Pavez Soto Iskra, 2019, 2018, 2012; Padawer y Diez, 2015), solo por hacer mención a algunos fenómenos de migración infantil[50] que son relevantes en el contexto contemporáneo y a cuyos debates esta tesis puede aportar. Es posible, así, notar coincidencias con otros exilios de niños y niñas de otros países y épocas, “tal vez porque la vivencia del destierro a edades tempranas sobrepasa por mucho las fronteras geográficas y los límites históricos del tiempo” (Norandi, 2015: 335)
Las preguntas antecedentes
“nos hemos metido a hacer preguntas, y sin preguntas ya nunca más podremos salir de hacer preguntas”[51]
La pregunta sobre la cuestión generacional ha sido abordada por diversos investigadores e investigadoras y desde diversas perspectivas. En lo que sigue intento desglosar algunas de las preguntas que han orientado los trabajos antecedentes en torno a la dimensión generacional de la memoria. No pretendo aquí ser exhaustiva, sino mencionar algunas líneas de investigación que han propuesto vías para explorar la dimensión generacional en el campo de la memoria sobre los acontecimientos de la historia reciente.
La pregunta en torno a la experiencia[52].
Algunas perspectivas se interrogan por el orden de la experiencia o el carácter de la experiencia de las segundas generaciones con relación a una experiencia “originaria”. Un trabajo fundante sobre esta perspectiva es el de Hirsch (2008, 2012), quien introduce la noción de “posmemoria” a partir de la perspectiva de los estudios culturales. La misma intenta explicar la estructura de transmisión y los recuerdos de aquellos niños y niñas que prosiguieron a los sobrevivientes del Holocausto. A diferencia de lo que sucede con la memoria, la posmemoria refiere a una distancia generacional que implica un “trabajo” de reconstrucción a partir de diferentes fuentes memoriales. Las nuevas generaciones se encuentran involucradas en esta memoria más allá de que estos recuerdos o afectaciones no hayan sido propios, físicos e incluso a pesar de la ausencia de las familias que la sostienen[53]. Lo posmemorial para Hirsch, en realidad, no supone una noción específica ni un método, sino que se presenta como una estructura sobre la transmisión inter/trans generacional del conocimiento y de la experiencia traumática (Hirsch, 2008:106)[54]. Apunta a comprender los sentidos que llevan a la persistencia de una “conexión viva” a través de las generaciones. En particular, esta propuesta apunta a una memoria mediada, que comprende tanto la experiencia indirecta de las experiencias de horror que vivieron los padres, como el recuerdo elaborado a partir de diferentes dispositivos, especialmente la fotografía. La condición de mediada es la que hace a esta perspectiva abocarse, principalmente, al estudio de producciones culturales y mediaciones simbólicas de la memoria. Así, la mirada posmemorial retoma producciones autobiográficas (literatura, artes plásticas, audiovisuales, etc.) de la segunda generación y se circunscribe a recuperar las experiencias que se presentan organizadas simbólicamente, elaboradas mediante un lenguaje artístico. Desde el mismo contexto histórico del que partió Hirsch en su trabajo, Suleiman (2002) propone la noción de “generación 1.5”. En un intento por atrapar un espacio “intermedio” de la experiencia, formula esta categoría que comprende a quienes vivieron hechos traumáticos, aunque sin una plena consciencia de los alcances de los mismos. Son los niños y niñas que han sobrevivido a la Shoá pero que fueron demasiado jóvenes como para comprender, en modo adulto, lo que estaba ocurriendo y al mismo tiempo, tuvieron la suficiente edad como para estar allí durante el horror generado por el régimen nazi[55]. Entre los trabajos que intentan comprender la memoria generacional, se retoma la noción de posmemoria pensando en el Cono Sur (Ros, 2012; Serpente, 2011; 2015; Kaiser,2003)[56]. Kaiser propone la noción de “generación posdictadura” para indagar sobre las formas en que los jóvenes de la posdictadura reconstruyen el pasado. Se pregunta por las diferentes representaciones que tienen los jóvenes sobre la dictadura y da cuenta de los diversos modos de transmisión de los recuerdos de las dictaduras[57]. Ros ubica a la segunda generación como parte de una generación posdictadura e integra el término “generación pos dictatorial” recuperando el prefijo “pos” en referencia a aquellos que crecieron en regímenes dictatoriales, afectados por el contexto político. La autora se interroga por las maneras en que las generaciones posteriores a la dictadura han moldeado las memorias colectivas sobre el régimen y sobre los proyectos revolucionarios[58]. Por su parte, Serpente propone extender la noción de posmemoria hacia una “posgeneración” diaspórica. Se detiene en la “generación posdictadura” para indagar también sobre los espacios “intermedios” que son creados desde diferentes memorias culturales, tomando como caso las diásporas chilena y argentina en el Reino Unido. Serpente atiende, entonces, a las transmisiones intergeneracionales de la memoria que tienen origen no solamente en el espacio familiar sino también, a partir de otras conexiones que proponen diversas redes sociales, ampliando la noción de posmemoria a una perspectiva “multidireccional” dentro de los estudios de memoria. En esta línea, Levey (2014) observa las memorias de hijos e hijas en tanto memorias “1.5” o “intermedias” y cuestiona así el supuesto de que la segunda generación se encuentra alejada de la experiencia de las víctimas y testigos de atrocidades históricas. Apunta a las memorias que surgen de una “superposición generacional”, en una “zona gris” que considera apropiada para ahondar en la posdictadura en el Cono Sur. Si nos detenemos en las propuestas que realizan los estudios generacionales dentro de la perspectiva migratoria (Rumbaut, 2008; Benyamin, 2018, entre otros), vemos que también integran el término “generación 1.5” para distinguir entre aquellos que inmigran durante sus infancias, en tanto “primera” generación de inmigrantes, de quienes nacen en el extranjero, como parte de una “segunda” generación. Al ahondar en esta línea de estudios, el “extranjero original” resulta ser la medida de segmentación, incluso considerando fracciones experienciales de medidas más pequeñas[59].
De este debate sobre la experiencia y la noción de posmemoria, se desprenden diversos contrapuntos que iluminan sus alcances, límites y las posibilidades de retomar/adaptar dicha concepción a otro contexto histórico y social como la historia reciente en el Cono Sur. El cuestionamiento más contundente sobre la noción de posmemoria es el de Sarlo (2005), quien discute la especificidad fragmentaria, mediada y subjetiva de la noción, entendiendo que son aspectos que hacen a las características de la memoria como tal[60]. Asimismo, sostiene que más que la dimensión generacional, son otros los aspectos que modifican las formas de interpretar el pasado, como, por ejemplo, la pertenencia a determinados grupos sociales o las relaciones familiares en las que se inscribe el sujeto, como la militancia política. Según Sarlo, lo que distingue el prefijo “pos” no es la instancia posterior sino su posición subjetiva en cuanto a los eventos que son relatados[61]. Argumenta que este abordaje, por circunscribirse a los estudios culturales sobre el Holocausto, no puede ser trasladado al revisar otras memorias de otros periodos. Para quienes sí la emplean, la crítica no invalida su uso para analizar acontecimientos del pasado en los cuales generaciones enteras fueron damnificadas por la tortura, el asesinato, las desapariciones forzadas, la prisión y el exilio. La consideran una mirada potente para cuestionar los relatos dominantes en la opinión pública en cada contexto político y cultural (Quilez,2014). Si bien, como propone Levey (2014), tanto Sarlo como Hirsch identifican el terreno de la subjetividad como clave para pensar en las memorias de las generaciones, para Hirsch lo que prima frente a la distancia generacional es la “conexión personal profunda”, sus identificaciones, los lazos filiatorios. Otra posición crítica es la de Ciancio (2015), quien debate este concepto y su aplicación para pensar en las situaciones del Cono Sur. Señala la dificultad implicada en distinguir entre quienes son testigos directos y quienes son testigos indirectos. Este problema implicaría considerar la vivencia de los hijos como totalmente al margen de la experiencia de los padres y una herencia de recuerdos cuyo origen es básicamente mediado. En esa línea, destaca los recuerdos propios de aquellos niños y niñas, y cuestiona la estructura de transmisión propuesta por Hirsch. También Forcinto (2006) considera que los relatos de infancia, si bien no pueden considerarse como relatos posmemoriales (en la medida en que no narran eventos ocurridos previos a su nacimiento), se pueden ubicar en una “zona de pasaje hacia la posmemoria”. A la vez que comparte su característica mediada o “narracional” que modela el recuerdo, se distancia de la propuesta de Hirsch por presentar experiencias-testigo en forma directa (Forcinto, 2006: 206).
Asimismo, Llobet (2014, 2015, 2016) realiza una crítica al abordaje en términos “posmemoriales” y sobre la caracterización de “generación posdictadura”. Señala que esta noción se configura sobre una idea del “concernimiento legítimo” a brindar testimonio y tiene como consecuencia la configuración de una “segunda generación testimoniante”. A la vez, circula en ella una idea sobre la jerarquía de la experiencia, sobre quiénes son los principales actores de un fenómeno histórico. Sin embargo, para Llobet, los niños y niñas de entonces fueron un objetivo central de las políticas culturales y educativas de los gobiernos dictatoriales. Las políticas que estos llevaron adelante intentaron modelar a los nuevos ciudadanos distanciándose de los supuestos “enemigos” de la nación. Esto implica, para la autora, rever los supuestos de la mediación adulta acerca de la experiencia de lo político en la infancia (reparando en la dimensión cotidiana e íntima de dicha experiencia) y con ello reconsiderar las arraigadas consideraciones que separan de manera taxativa el mundo infantil del adulto.
De este modo, considero que las nociones que subrayan el prefijo “pos” destacan un cierto orden de la experiencia, en el que la noción de orden puede, tal vez, redundar en “jerarquía”, más que en “diferencia”. Lo “pos” arrastra el recuerdo y su relato, y en la orilla, nos encontramos ante la dificultad de visibilizar los conflictos de esa configuración singular y social, íntima y pública[62]. Al mismo tiempo, complejiza la posibilidad de explorar una participación, experiencia y rememoración propia al pensar en los niños y niñas que vivenciaron la feroz represión en el Cono Sur. La partición “pos” de la experiencia supone un antes y un después respecto de un acontecimiento, un quiebre en la temporalidad de lo experimentable. Además de organizar las distancias respecto de una experiencia, esta mirada no parece ajustarse a las dinámicas propias de la rememoración. Parecen frágiles las posibilidades de establecer un momento puntual que habilita el ingreso a la generación “pos”: ¿es la distancia temporal (¿acontecimientos previos al nacimiento?) la que establece las fronteras generacionales de la experiencia? ¿no son todas las generaciones que suceden al período, partes de lo “pos”? ¿dónde termina la postmemoria? ¿se trata únicamente de quienes crecieron en el momento previo a la democracia o de quienes portan una forma particular de recuerdo? Quizás esta mirada se centre en la transmisión como modo primordial para la construcción de un relato biográfico y para este trabajo interesa enfatizar el lugar de los niños y niñas como actores con recuerdos, interpretaciones y participaciones propias en los acontecimientos. En este afán por determinar los bordes generacionales de la experiencia, ¿es deseable o incluso posible distinguir lo propio de lo heredado? A la vez, las memorias se deslizan entre las elaboraciones posibles, tanto sociales como familiares, lo que implica que del tiempo que deviene, no siempre resulta una nueva “pos” escucha.
De este modo, la pregunta centrada en la experiencia supone diferentes conceptualizaciones y acentos. Aborda además las tensiones que organizan un modo de acercamiento sobre la memoria. Para este trabajo recupero la perspectiva que es deudora del giro experiencial (LaCapra, 2006) y del subjetivo (Arfuch, 2002; Sarlo, 2005), que propone Salomone (2009) para articular las dimensiones de memoria y experiencia. El primero, el experiencial, es un movimiento que invita a considerar la experiencia como una noción central para ahondar en los modos en que los sujetos disputan y construyen su identidad como una “constelación conflictiva o una configuración más o menos cambiante de posiciones subordinadas” (LaCapra, 2006: 20), siendo estas posiciones no necesariamente “fijas o complacientes”. Este giro ha impulsado el interés sobre la historia oral y su rol, fundamentalmente entre quienes pertenecen a grupos no dominantes, aquellos que han quedado al margen de los relatos e historias oficiales. Asimismo, esta mirada sobre la experiencia promueve la atención a y la relevancia de las historias “traumáticas” y de aquello que ocurre con quienes han vivido dichos acontecimientos extremos (p.17). También aborda el problema del testimonio, no solo como transmisor de información sobre los acontecimientos, sino también como testigo de los mismos.
Por su parte, el giro subjetivo ha puesto el acento en el relato en primera persona. Ha revalorizado al sujeto, a la noción de subjetividad, a la intimidad experimentada y narrada por el sujeto (Arfuch, 2018). Este movimiento puede comprenderse también como parte de las estrategias de recuperación de las memorias individuales, de reconocimiento de las identidades y “minorías”, como señala Arfuch, donde “lo testimonial y autobiográfico tiene un papel determinante” (Arfuch,2015:299). Con ello también reconoce el lugar de la experiencia y del lenguaje (teniendo como sombra a otro giro, el lingüístico, como señala Sarlo). Se trata así de un punto de vista que atiende a los sujetos, no solo a quienes se distinguen por “anomalías”[63] y por trasgredir el orden social, sino también por quienes son sujetos “normales”, señala Sarlo (2005:18), en los que es posible reconocer (en sus itinerarios socialmente trazados) también los modos en que protagonizan negociaciones y variantes (Sarlo,2005:18). Así, se trata de una mirada atenta a las “historias de la vida cotidiana” en donde el pasado vuelve “como cuadro de costumbres donde se valoran los detalles” (p.29). Este enfoque sobre la sociedad del pasado y sus actores tiene lugar en la década del sesenta y setenta, donde (al igual que lo que ocurre con la sociología de la cultura y estudios culturales) la identidad de los sujetos ha vuelto a tener un lugar problemático[64] (Sarlo, 2005: 22). El trabajo que sigue, procura inscribirse dentro del campo de estudios sobre la memoria y los debates que desde allí se articulan en torno a las nociones de subjetividad y experiencia que suscita la mirada sobre las memorias de infancia de quienes atravesaron el exilio. Intentaré entonces, comprender, más que explicar, para poder hacer de esta exploración un espacio de interrogación y de diálogo (Bajtín en Sisto, 2008) en torno a la labor de las memorias de infancia sobre el exilio y los sentidos que han guardado para los sujetos.
En cuanto a los diversos modos de denominar la experiencia generacional de los procesos memoriales considero al exilio de las últimas dictaduras como una experiencia relevante compartida por una cohorte. Desde esta mirada entiendo a la segunda generación, en términos de Dutrenit (2015)[65], quien dentro del debate sobre esta noción parte de la consideración “de que a sus integrantes los identifica la trayectoria exiliar de la familia”. Entiendo a la segunda generación[66], en tanto generación diferente de la de sus padres, no como parte de un ordenamiento en torno a una experiencia originaria, sino subrayando la perspectiva particular de quienes fueron niños y niñas durante los tránsitos que impuso el exilio. De este modo, en este trabajo me intereso por explorar las memorias de la infancia en tiempos de dictadura, atravesada por el exilio, atendiendo a su condición de niños y niñas[67]. Me propongo considerar el lugar de los niños y niñas de entonces como agentes históricos y sociales, con saberes particulares sobre la vida social (Llobet, 2017). Por ello, y para explorar en los sentidos subjetivos que han marcado las narrativas biográficas, resulta clave atender a los diversos haces de la miniatura cotidiana que configura la experiencia infantil. En esta línea, es relevante distinguir el abordaje de la segunda generación en tanto hijos e hijas de padres y madres exiliados, de la mirada que intenta recuperar la experiencia infantil de los niños y niñas de entonces y sus relaciones intergeneracionales. Diversos trabajos y actores denominan esta experiencia de acuerdo a diferentes énfasis: “hijos del exilio”, “hijos de exiliados”, el “exilio de los hijos”. En torno a este debate, Alberione (2016) recupera la noción de Lojo (2010) de “exiliadxs hijxs” para denominarlos en tanto colectivo y diferencia esta noción de la de “hijxs de exiliadxs”. A partir de la preocupación por la vulneración de los derechos de aquellos niños y niñas, también víctimas del exilio, señala que la primera denominación refiere a quienes partieron de sus lugares de origen siendo niñas y niños, y la segunda alude a quienes han nacido en los lugares de acogida de sus padres. Si bien los entonces niños y niñas son además hijos e hijas, considero que este sutil desplazamiento da cuenta de una atención diferente sobre las narrativas biográficas[68]. Las denominaciones sugeridas respecto a las posiciones o figuras filiales nos proponen, además, pensar en los lugares en que se coloca la condición filial en el fenómeno represivo[69]. La condición filial está necesariamente presente en las memorias y da cuenta de una mirada particular sobre los vínculos entre las decisiones políticas familiares, los afectos y las marcas subjetivas propias que son asociadas a estos tránsitos. Abordar las segundas generaciones en tanto “hijos e hijas” desliza otras preguntas y debates vinculados a la condición filial, a las denominaciones que posicionan a los sujetos con relación a las experiencias propias y a las de sus padres, al rasgo amarrado al lugar permanente de hijo o hija como modo de apelar a la identidad, entre otros posibles aspectos. Viart (2010), desde la literatura, identifica un rasgo particular en los “relatos de filiación”, que reemplaza la pregunta en torno a la interioridad por la búsqueda de una anterioridad familiar (p.96).
Cuando el objeto es la producción cultural, ¿cómo se narra la experiencia?
Numerosos estudios retoman y analizan producciones artísticas (literarias, fílmicas, plásticas, fotográficas, performáticas, etc.) creadas por quienes fueron niños y niñas en familias impactadas por la violencia de los regímenes autoritarios. Esta perspectiva que profundiza sobre las narrativas de hijos e hijas o segundas generaciones[70] nos propone una extensa producción al respecto[71] que tiene por objeto de estudio dichas producciones artísticas. Entre estos abordajes se hilvana una concepción sobre la condición de hijos e hijas en tanto autores de una modalidad narrativa propia. En esta línea, Arfuch (2018, 2016) trabaja sobre las relaciones entre arte, subjetividad y política, y se pregunta por las formas y el tiempo particular[72]. A partir de las producciones culturales de “hijos e hijas”, Arfuch reflexiona sobre las nuevas propuestas para concebir lo autobiográfico, lo autoficcional, sus límites e hibridaciones. Se interesa por el carácter narrativo de la experiencia a través del análisis de producciones artísticas. En este sentido, preocupada por los límites o los espacios “entre” de los géneros discursivos, integra entre las narrativas que analiza aquellas relacionadas con la experiencia del exilio durante la infancia[73] (Arfuch, 2018). A partir de aquí, surgen otras preguntas relacionadas con los formatos narrativos que inscriben las memorias, las maneras en que las formas se articulan con las identidades, y las novedades que presentan (genéricas, estéticas, temáticas) en el espacio colectivo memorial. Nace también la posibilidad de indagar acerca de las formas que asume la narración de la experiencia y las maneras en las cuales el sujeto se posiciona en ellas, en permanente cambio y negociación con los otros co-presentes en el relato[74].
Por su parte, en el entramado entre literatura, política y memoria reciente, Basile (2019, 2018, 2017, 2016) atiende tanto a la condición filial como política (H.I.J.O.S[75]) y se centra en la relación entre el campo cultural y el de los derechos humanos, principalmente en las producciones culturales de los H.I.J.O.S e HIJOS, sus narrativas, diversidad de experiencias bajo el terrorismo de Estado y figuras de infancia en dichas obras de diversos formatos artísticos. También Daona (2017, 2016, 2015, 2014) analiza diversas producciones de hijos e hijas como género literario, estableciendo series que vinculan narradores y actores sociales. Entre ellas, señala la relación que se establece entre las estéticas filiatorias que presentan estas obras con el movimiento de derechos humanos en Argentina. Asimismo, Saporisi (2018) propone un interesante análisis de las producciones de las segundas generaciones a partir de la potencia de los afectos. En particular, atiende a la experiencia del amor como orientadora de la búsqueda y de la configuración identitaria en estas producciones. Otra línea de estudios sobre las narrativas de las segundas generaciones contempla las miradas de las hijas sobre los acontecimientos de los que formaron parte. Llanos (2016, 2012) profundiza sobre el cine documental de la segunda generación y destaca el afecto como ámbito en el que se resuelven las distancias generacionales e indaga acerca de sus efectos sobre las experiencias e identidades de las hijas. La autora señala la pertenencia de estas producciones a la noción de la denominada “generación posmemoria” y resulta interesante profundizar en el anclaje que hace sobre la no elección: a pesar de no elegir la militancia de sus padres, han vivido sus consecuencias. Asimismo, Peller (2016, 2016b, 2014) reflexiona sobre producciones de hijas de desaparecidos, centrándose en el género de la autoficción y considerando el tropos de la maternidad como eje de indagación.
Entre la nutrida producción de análisis centrados en la producción cultural de las segundas generaciones, también están aquellos trabajos enfocados en la experiencia del exilio. Entre ellos, los trabajos de Alberione (2018, 2016) se centran en las producciones de mujeres artistas exiliadas hijas. También Basso (2019) integra la pregunta por el vínculo entre el arte y la memoria, específicamente en las prácticas artísticas de quienes vivenciaron el exilio en México y encuentra allí las marcas de una identidad singular como la “argenmex”. Ambas autoras reúnen un corpus de obras que desde diferentes soportes han simbolizado la experiencia del destierro. Ahora bien, ¿señalan estos trabajos algún rasgo común que caracteriza a las producciones de las segundas generaciones? Según Quilez (2014) un rasgo común es su punto de vista subjetivo, en el que se despliega un trabajo de duelo “de un sector de la población marcado por la orfandad, el trauma familiar y la falta de respuestas” (p.72). Varios autores reconsideran la reformulación de los lenguajes o géneros expresivos que a su vez dan cuenta de un cambio de perspectivas memoriales sobre el pasado (en Vivanco y Johansson, 2019). Otro rasgo supone que la infancia, en estos casos, no aparece solo como una fuente de recuerdos sino que es una modalidad enunciativa que permite solapar tiempos (infantiles y adultos) y “explorar estéticamente las posibilidades que ofrece el anacronismo” (González, 2018). Así, las preguntas que se desprendan de esta perspectiva pueden estar más relacionadas con la elección de la voz de la infancia como recurso de la narrativa, con los rasgos de los géneros retomados, las representaciones o la dimensión simbólica de las obras, que con la memoria como materia. En todo caso, pone en tensión la pregunta sobre la materialidad de la memoria: ¿es simbólica? ¿es un relato autobiográfico? ¿una fotografía? ¿una representación de un recuerdo? ¿son todas ellas juntas? La visión memorial parece cimentarse aquí en una noción representacional de la memoria. Esta mirada puede abordarse desde la perspectiva de Rousso, para quien el carácter colectivo de la memoria se configura a partir de un conjunto de manifestaciones que hacen ver, leer, pensar la presencia del pasado, que también tienen como función la estructuración de la identidad de un grupo o de la nación. Estas manifestaciones abarcan tanto conmemoraciones como monumentos, escritos, films, que en tanto “vectores de memoria” orientan una forma (explicita o implícita) de concebir los acontecimientos del pasado (Rousso, 1991). Son “indicadores” que dan cuenta de determinadas representaciones de la memoria, que permiten hacer inteligible el pasado y organizan su representación. Así, esta perspectiva, que aborda las narrativas de la segunda generación dentro del campo cultural, supone algunas complejidades a ser pensadas. En primer lugar, el movimiento pendular entre concebir los relatos como representaciones o como testimonios, los bordes e hibridaciones de dicha narrativa y las dificultades que se presentan en la posibilidad de dar respuesta desde el campo literario a preguntas del campo memorial: ¿es posible preguntar aspectos del orden de lo biográfico a obras o narrativas literarias? ¿qué recaudos son necesarios? Promueve así la yuxtaposición entre lo simbólico, lo testimonial, la ficción y la verdad histórica con que se piensan las “vidas narradas” y las memorias biográficas. Si bien el relato biográfico también puede considerarse del orden de la representación de la experiencia en un momento dado (¿cómo dar cuenta de la vivencia de otro modo?) la obra encuentra una búsqueda estética, escénica, retórica, una exposición, un efecto político de un orden diferente al relato biográfico surgido del diálogo[76].
Me interesa iluminar estas complejidades y aspectos particulares de abordaje porque permiten considerar las cercanías pero también las distancias que guardan los actores y las producciones en tanto diferentes objetos de investigación sobre la dimensión generacional de la memoria. Dichas diferencias se observan tanto en las perspectivas memoriales que sustentan las orientaciones, la mirada metodológica, el lugar de la infancia en ellas y las tensiones que presentan respecto a sus alcances. Entre ellas, tanto la organización de las obras y la ordenación temática, como la clasificación de sus figuras, vínculos y series, suponen el riesgo de asimilar las representaciones a las memorias y trasponer las tipologías encontradas en las producciones artísticas a las biografías singulares o a la experiencia generacional. Las posibilidades de elaborar artísticamente las experiencias dolorosas de la infancia, supone no solamente la elección de la materialidad artística como medio de elaboración, sino también, la disponibilidad de diversos recursos, disposiciones y posibilidades artísticas para llevarlos a cabo. Podríamos preguntarnos aquí por cómo recuperar las experiencias de quienes no disponen o no recurren al lenguaje artístico para narrarla[77]. En segundo lugar, implica atender a las posibilidades contextuales que dan emergencia a determinadas “vectorizaciones” que asumen las narrativas de memoria, junto con las dinámicas particulares del campo cultural. Estas emergencias dan cuenta de un medio cultural que permite la escucha, la publicación, la palabra de la memoria generacional y destinatarios interesados en su escucha.
La pregunta por los niños y niñas como actores sociales
Desde la perspectiva sociohistórica, el trabajo de Dutrenit Bielous (2015, 2013) se interesa por experiencia generacional como otra faceta del “mosaico exiliar” conosureño en México. Esta búsqueda por recuperar la singularidad de la experiencia de “aquellos” niños[78] está orientada también por el interés de reflexionar sobre los múltiples efectos y afectos movilizados por las dictaduras. Testigos, actores principales, los entonces niños y niñas proponen, para la autora, un relato propio en la narración histórica sobre el exilio, atendiendo a la vivencia sincrónica de la situación represiva de diversas generaciones.
A partir de las entrevistas busca además recuperar, como material historiográfico, los testimonios orales, y de esta manera tender un puente entre la perspectiva de memoria y la historiográfica. Apunta, entre otros aspectos, a reconocer las formas en que “aquellos niños y niñas” se reconocen con respecto al exilio familiar. También desde México y atendiendo a la historia de las infancias, Sosenki (2008) ha trabajado con testimonios de quienes han sido exiliados durante sus infancias en ese país. Preocupada por recuperar la voz infantil, Sosenki estudia a los niños y niñas del pasado para pensar los vínculos entre las familias y el cambio social, la infancia como terreno de valores sociales que son transmitidos generacionalmente, y la niñez misma como actor social. La historiadora se interroga por la vivencia infantil, su adaptación, su oscilación entre dos culturas, los esfuerzos de pertenencia entre otras vivencias del “exilio infantil”. Por su parte, Porta (2006; 2004) se pregunta por las modalidades en que los “hijos de exiliados” ingresan a la vivencia del exilio forzoso. A partir de entrevistas atiende a los modos en que se identifican con los adultos, los miedos transmitidos y percibidos, la inestabilidad, las operaciones selectivas de la memoria, lo pasible de ser dicho en un contexto que aún no ha saldado su historia. Busca comprender la conservación de la identidad, el impacto del retorno a la tierra de origen de sus padres y las dificultades que esto implicó. Hay una mirada retrospectiva con relación a los trayectos de sus padres, los cuestionamientos, los silencios. Prima aquí una mirada de los hijos con respecto a sus padres, no así con referencia a la vivencia infantil del exilio: sus vidas cotidianas, el punto de vista recordado sobre la niñez de entonces.
Asimismo, Cosse (2021, 2021b) estudia la infancia en el marco de la insurgencia y la contrainsurgencia en América Latina. Analiza, a partir de la guardería creada por Montoneros en Cuba, los modos en que niños y niñas atravesaron experiencias límites. Para ello realiza entrevistas, recupera testimonios judiciales y publicaciones en prensa. Así, Cosse ahonda en cuatro fronteras que encuentra en su análisis: la frontera de la crueldad tolerable, la frontera entre las relaciones amorosas, familiares y políticas, la frontera entre la soberanía de los Estados y las alianzas del comunismo y socialismo, y como última frontera, la que separa a niños y adultos en el cuidado y el sufrimiento. En este análisis retoma de la narrativa de la tragedia y sus antecedentes griegos, elementos que le permiten comprender dicha historia y proceso histórico.
Al mismo tiempo, otros abordajes se preguntan por los rasgos del retorno de las segundas generaciones (Aruj, 2008) o los sentidos del no retorno (Norandi, 2020, 2017, 2015, 2012). Los primeros se centran en observar los efectos específicos del retorno de las familias y especialmente de los hijos en la vuelta al país de sus padres (o del que partieron siendo muy pequeños). A partir de un enfoque fundamentalmente cuantitativo, exploran las maneras en que las segundas generaciones se han incorporado, a partir del retorno, a la Argentina. Se centran en explorar la nueva migración que significó el retorno para los hijos e hijas y sus problemáticas específicas: las dificultades de integración y modos de incorporación, sus identificaciones, las frustraciones. Por su parte, los trabajos de Norandi se centran en indagar sobre la experiencia del “no retorno” en tanto categoría de la identidad de la segunda generación no retornada del exilio uruguayo en España. A partir de entrevistas y de su propia experiencia, problematiza la experiencia y la categoría del no retorno.
De este modo, la pregunta por los niños y niñas como actores sociales, desde una perspectiva memorial, permite considerar las experiencias que han sido “menores” para los grandes relatos de memoria. Tal como señala Carli (2011) esta pregunta permite contemplar los posicionamientos de los niños y niñas en los núcleos familiares, las instituciones y la vida pública, las dinámicas de la vida cotidiana en distintos contextos. Asimismo, la pregunta por la infancia supone explorar las formas de reproducción de una sociedad y las maneras en que la educación y la política “intervienen en la construcción de formas de filiación entre las generaciones” (p.10). Así, y lejos de intentar homogeneizar la experiencia infantil de entonces, pretendo aquí recobrar los sentidos; abrir, como propone Carli, “un espectro de escenarios y significados sobre la vida infantil, muchos de ellos desconocidos” (p.15). En esta línea, evocar los recuerdos de infancia supone recobrar y hacer brotar nuevas preguntas, reflexiones sobre la subjetividad y también sobre los modos de agencia infantil, considerando también a la infancia como una dimensión de agencia, experiencia y motivación a lo largo de la vida (Maynes, 2008). Los niños y niñas no son usualmente visibilizados como actores que también participan de la vida pública y “hacen” la historia. No es esto solamente una característica del exilio, sino que puede pensarse como una memoria “menor” de los fenómenos históricos en general. Ahora bien, ¿cómo se integra la memoria de niños y niñas en la construcción colectiva de la memoria? O más precisamente, ¿cuáles son las razones por las que se ha soslayado a la infancia del campo de la historia? (Bjerg, 2012). Acceder a la experiencia de la migración infantil, en este caso la migración forzada del exilio en las últimas dictaduras, implica preguntarse qué significó para ellos y ellas esa experiencia. En este sentido, y en línea con Maynes (2008), intento indagar acerca de cómo los sujetos entienden su propia agencia en tanto actores centrales de sus propias historias de vida y de la Historia. De este modo, y a largo plazo, la memoria personal construye “un compromiso entre el pasado y el presente y un lazo entre las narrativas privadas y los discursos públicos en el que la familia fue la principal mediadora” (Bjerg, 2012:141). Para pensar en la infancia en tanto categoría problemática, en este trabajo retomo la perspectiva crítica de los nuevos estudios de infancia[79]. En ella la infancia se sitúa como una noción abstracta que se diferencia de los niños y niñas que son los sujetos históricos que encarnan el espacio social de la infancia de modo singular: al mismo tiempo que lo reproducen, también contribuyen a transformar su estructura. La infancia es entonces una construcción cultural, histórica, políticamente contingente. Así, son las memorias sobre la experiencia de los niños y niñas de entonces, sus reflexiones, prácticas, modos de participar en la vida cotidiana y los vínculos familiares, en las que haré foco. La exploración crítica sobre la experiencia infantil permite desvanecer los supuestos en torno a la “mediación adulta respecto de la experiencia política infantil” y sobre las distancias rígidas entre el mundo infantil y el adulto (Llobet, 2015:49). Además de los modos hacer y puntos de vista propios de niños y niñas sobre la vida social, también han sido contemporáneos en la experiencia de un mismo acontecimiento histórico como el exilio. Para ello, la mirada desde la agencia infantil permite problematizar estos bordes sobre lo político entre la vida pública y la privada, entre los mundos “adultos” y los “infantiles”.
La migración en la niñez: pequeña arqueología del recuerdo.
En el trabajo de Bjerg (2012), la pregunta por los niños y niñas ahonda sobre las modalidades íntimas que adoptan las migraciones. El enfoque sobre las experiencias de quienes fueron niños y niñas al momento de migrar integra aquí la dimensión afectiva, los tránsitos y las dificultades cotidianas inscriptas en la vivencia migratoria. Al incorporar la perspectiva de la infancia, Bjerg da visibilidad al mundo íntimo de la inmigración, a las individualidades que componen los movimientos migratorios (recuperados de entre los “grandes” datos; por ejemplo, los datos estadísticos). Comprende que la infancia constituye un terreno muy poco explorado para la historia en general, y para los estudios migratorios en particular. Así, focalizar en la infancia se propone como un modo para examinar las subjetividades y los sentidos que asume la historia. Desde esta perspectiva, se instalan nuevas preguntas acerca de la migración como una experiencia generacional. Bjerg (2019) propone también revisar la cultura material, los objetos que formaron parte de los itinerarios de estos niños y niñas. Se enfoca en el cruce entre la trama emocional, la dimensión material de la cultura, la “biografía socio-cultural de los objetos” y las trayectorias de vida de los niños inmigrantes. La preocupación por la dimensión material de la experiencia infantil también es central en el trabajo de Castillo (2019, 2019b, 2018, 2015), quien desde Chile se pregunta por las proyecciones en tiempo presente de esos objetos en tanto “ruinas” de la infancia. Este abordaje recupera los objetos personales producidos por niños y niñas en contexto dictatorial, y se utilizan como estímulo para evocar el recuerdo. La mirada arqueológica orienta la reconstrucción sobre la vida privada de los niños y niñas de entonces, y su papel protagónico en la historia en los tiempos de la represión.
La verdad histórica como problema
Sobre este punto, Vezzetti (1996) se interroga sobre el lugar de las segundas generaciones en la construcción de un nuevo “régimen de memoria” que emerge a partir de la democracia. A partir de allí, examina las características de verdad histórica o juridicidad que asumen los relatos de los “hijos e hijas”. Interesado en los aportes de los colectivos en este nuevo “pacto”, señala el solapamiento de las dimensiones privadas (referidas a las acciones de los familiares de víctimas del terrorismo de Estado) y la dimensión pública[80]. Mientras destaca el papel político fundamental de los colectivos de familiares[81], la agrupación H.I.J.O.S como modalidad de intervención social, también se interroga por los alcances, logros y límites de este protagonismo. El aspecto generacional del trabajo memorial no se orienta, según el autor, a la búsqueda de la verdad como parte de una investigación, sino que remite a una búsqueda del plano de lo personal y familiar[82]. No se trataría de saber “lo que pasó en general”, de una investigación acerca de la “verdad” sino de “una trabajosa elaboración de una memoria personal y familiar y a la restitución siempre insuficiente de lazos primarios que rearman una matriz identificatoria” (p.2)[83]. Desde esta perspectiva, hace hincapié en las formas jurídicas, la investigación y la prueba que configuran la memoria colectiva[84].
En relación al enfoque que aborda esta pregunta acerca de los hechos históricos, la mirada que recorre esta tesis considera que el trabajo memorial involucra no solamente la reconstrucción de los “hechos” en tanto verdaderos accesos al pasado: la subjetividad también está implicada en la comprensión de los procesos históricos y políticos. Sobre esto, Portelli recuerda que “la subjetividad es asunto de la historia tanto como lo son los “hechos” más visibles o que creen los informantes es en verdad un hecho histórico (es decir, el hecho de que ellos lo crean) tanto como lo que realmente sucedió” (1991:42). En este sentido, procuro realizar un aporte a la comprensión del exilio en tanto acontecimiento de la historia reciente[85], tomando como materia las experiencias subjetivas de un actor colocado al borde del protagonismo, como los entonces niños y niñas. Para ello, la noción de subjetividad ofrece un camino posible para explorar las memorias. Asimismo habilita a comprender los procesos, no solamente desde las elaboraciones singulares, sino también apoyándose en la articulación entre lo individual y lo social, entre lo íntimo y lo colectivo. Esto permite no solamente considerar las marcas y las tramitaciones singulares de los acontecimientos, sino también subrayar el rasgo social, histórico y político en el que se produjeron y tuvieron lugar el exilio y su elaboración. Me interesa señalar dos aspectos claves para ahondar en la idea de sujeto que aquí se retoma[86] para explorar en la trama subjetiva de los relatos biográficos. El primero refiere a la lengua como fundamento de la subjetividad (Benveniste, 2011)[87], un sujeto que se constituye por medio del lenguaje[88]. Los relatos biográficos ofrecen –por su constitución, por su carnadura en la palabra–, un modo excepcional de acceso al sujeto y sus posiciones. El segundo punto de vista sobre el sujeto tiene que ver con su carácter “constitutivamente incompleto” y su existencia “dialógica, abierta a (y construida por) Otro” (Arfuch, 2018: 61), heredera de la concepción dialógica de Bajtín. Se trata entonces de una referencia a la subjetividad que trae implicada a la intersubjetividad. También Puget (2002) propone una noción de subjetividad que trata “no solo la conciencia de sí mismo sino la conciencia de habitar un espacio con otro, o sea, conciencia de producción vincular” (p.480). Así, la experiencia biográfica está íntimamente vinculada a los “otros”: mientras se asocia al sujeto con el mundo social, también subraya la singularidad radical del otro, quien más allá de compartir un mismo lugar social, interpreta y siente desde su propia singularidad. La mirada dialógica se detiene en la construcción de la experiencia subjetiva en un “umbral”, en la frontera de encuentro con el otro[89]. Así, el terreno de la subjetividad permite explorar en las labores de la memoria, por su vínculo con la palabra y por su rasgo articulador entre los procesos singulares y los colectivos, arista en la que se intenta posar este trabajo.
¿Cuándo una pregunta deviene ética?
En este sentido, Llobet (2015, 2016, 2018) se interroga por las minucias que conformaron las vidas cotidianas de los niños y niñas de un pueblo de una provincia de Argentina cuyas familias no tuvieron un protagonismo (ni militante ni militar) en aquél entonces. Así, en el cruce entre infancia, subjetividad y poder, indaga sobre las formas en que la “historización personal”, a partir de la memoria de la infancia, propone nuevas preguntas. Los nuevos interrogantes interpelan el lugar de los adultos con respecto al pasado, los diálogos entre las posiciones adultas y las modalidades propias de la represión dictatorial. En estas arenas se cultiva la pregunta ética que trae la revisión de las biografías personales. Son los nuevos sentidos del pasado los que convocan nuevas preguntas relacionadas con la vivencia infantil y las formas en que se reinterpreta la historia de la propia infancia. Así, atender a las vivencias infantiles implica iluminar la dimensión afectiva de los vínculos intergeneracionales, familiares, filiales, junto a las formas que asumen las identificaciones (políticas y éticas) sobre el pasado. Las preguntas emergentes ponen en cuestión las dicotomías a partir de las cuales se piensa la experiencia, como lo público y lo privado, como los límites entre el mundo adulto y el mundo infantil. De esta propuesta se derivan diversas preguntas relacionadas con la agencia infantil en aquellas instancias y las formas en las que son recordadas desde el presente[90]. Otros trabajos (Lazzara, 2020, 2019; Gugliemucci, 2020, Arfuch, 2017) han abordado la pregunta por la dimensión ética y las tensiones que proponen las memorias generacionales también en cuanto a sus tomas de posición respecto a los crímenes de la historia reciente. En particular al contemplar las configuraciones subjetivas de aquellos que pertenecen a las segundas generaciones de familias de torturadores o perpetradores del terrorismo estatal. Las reflexiones que se proponen desde “Historias desobedientes”[91] y las preguntas sobre el pasado que allí circulan, no solamente tensionan los vínculos familiares, además cuestionan y provocan una toma de posición política y afectiva sobre ello. Lazzara se interesa por esta dimensión ética y atiende a las formas en que expresan sus disposiciones y posiciones respecto de las participaciones de sus familiares. Analiza así narrativas de “sujetos implicados” contemplando no solamente las posiciones de víctima y victimario, sino también las zonas grises que las exceden. El autor atiende a las respuestas narrativas frente a sus propias implicaciones: los lugares de enunciación que posibilitan la expresión pública, los lenguajes que dan cuenta de sí mismos. Por su parte Gugliemucci (2020) analiza tanto las acciones personales y colectivas de estos actores para desvincularse de sus progenitores como los debates que han surgido a partir de su aparición en la escena pública. A diferencia de las narraciones que recupera Llobet, la tensión ética se propone también en términos políticos y judiciales. En este sentido, la pregunta por la infancia en dictadura determina no solo una pregunta ética en cuanto al lugar de los padres en ese entonces; implica e impele además un acto, un movimiento político, jurídico, judicial, identitario, actual y público. Todo esto con el afecto íntimo implicado y con las tramas filiales desbordadas por la historia.
Entre verdades y éticas
Amado (2009) propone una mirada crítica respecto a la perspectiva de Vezzetti y señala que las memorias de los hijos son retomadas por el autor como un legado romántico de las figuras revolucionarias, cuyo riesgo es la continuidad de un “guión de la epopeya”. Así, la mirada mitificada y heroica de la militancia de los padres es pensada como una “operación simétrica” que borra las huellas del pasado por ubicarse de manera tan plena en el presente que impide así la posibilidad de la rememoración. Con relación a esta posición, Amado propone que los relatos de la segunda generación participan de la construcción de sentidos sobre el pasado, y sus lecturas no se derivan de una simple reconstrucción ideológica de la generación de los padres. Esta relectura generacional implica una apropiación y un rescate de los legados, en los que se seleccionan los continentes y los contenidos de esa reactualización presente (Amado, 2009:161). De este modo, enfatiza la singularidad de las perspectivas de los hijos e hijas; las nuevas subjetividades que configuran, que se encuentran definidas por el “corte violento de la continuidad identitaria de las herencias (históricas, culturales, familiares, íntimas), se sitúan a una distancia cultural y generacional determinantes de la primera versión de los relatos” (Amado, 2009: 160). La lectura de Vezzetti subraya el trabajo de memoria en su carácter jurídico, en los perímetros del al ámbito del derecho, sin atender a las identidades políticas, personales de las víctimas[92]. Así, surgen otras tensiones desde esta mirada sobre la dimensión generacional en los sentidos memoriales. Entre ellas, las que se desprenden de la búsqueda de la verdad histórica y de las formas jurídicas que adoptan los relatos testimoniales. Desde este enfoque se pone en tensión la posibilidad de la memoria generacional en la construcción de un nuevo “pacto” social-memorial, por las características propias de las memorias de los hijos e hijas y sus alcances jurídicos y colectivos. Asimismo, la atención y la relevancia en torno al “saber” (¿que deviene en verdad?) propone otras preguntas: ¿los recuerdos de infancia son una modalidad del saber? ¿qué puede considerarse como información válida para la reconstrucción memorial? Considerando la perspectiva de Vezzetti en cuanto la búsqueda de la verdad, sustentada por un saber y por una construcción ética, podemos preguntarnos si esta pregunta ética también contempla una búsqueda sobre alguna verdad filial, vincular, sobre el lugar de los integrantes de las familias en el contexto represivo. Este ángulo de reflexión deviene de comprender las implicancias y las consecuencias comprometidas en el relato testimonial. Este aspecto, señala Llobet, no es considerado por Sarlo en su crítica acerca de la posmemoria. Llobet (2015) distingue los sentidos que vehiculiza el testimonio de la segunda generación: por una parte, en el ámbito público se presenta el testimonio en tanto “ofrenda intergeneracional que busca justicia y memoria” (p.49); por otra, los relatos sobre el pasado, que también se constituyen intergeneracionalmente, no implican necesariamente una búsqueda de justicia o un acto para su consecución. Esta distinción se instala también en diálogo con la percepción de Vezzetti acerca de la validez del aporte de las segundas generaciones en la conformación de una verdad histórica. Por su parte, Llobet propone abordar los relatos también en tanto testimonios en su “sentido subjetivo”. Así, la finalidad última de esta dimensión ética de la rememoración de los niñas y niñas de entonces, no se inscribe en la orientación (¿o un deber memorial?) de recomponer una verdad histórica de modo excluyente, sino sobre todo en recuperar la vivencia subjetiva (o de recobrar la “verdad” en otro orden de acento).
¿De qué modos se transmite la experiencia?
Para ingresar en esta pregunta propongo aquí algunos debates que se desprenden de la noción de experiencia[93]. De entre ellos, recupero aquí tres que son centrales, que surgen de la propuesta de Benjamin (Staroselsky, 2015) y que resultan productivos para la exploración que aquí me propongo. En primer lugar, el acceso a la experiencia por medio del lenguaje y la narración. Desde la perspectiva de Benjamin, la experiencia está ligada a la lengua: esta es el medio que la hace posible. Se trata no solo de un acontecimiento que resulta memorable sino de su puesta en relato, de su materia narrativa. En las narrativas biográficas se despliegan las memorias, en particular aquellas relacionadas con experiencias dolientes “que no siempre adquieren la forma canónica del testimonio” (Arfuch, 2013:306). La narrativa es así un modo de recuperación de la experiencia del pasado. Asimismo, me interesa integrar aquí el énfasis que hace LaCapra (2006) respecto a la dimensión afectiva que constituye la propia definición de la experiencia[94]. Desde esta perspectiva, tanto la transmisión como las experiencias propias y sus modos de entendimiento labran una narración posible que habilita el acceso a la comprensión de los acontecimientos, a su alcance y a los efectos de la experiencia (Ricoeur, 2006). La trama narrativa presume un modo de ordenación y, a la vez, una “significación de los acontecimientos” y de las acciones que son narradas para construir una historia (Ricoeur en Bonet, 2005). Desde esta perspectiva, experiencia y relato se vuelven indiscernibles: la experiencia es la sustancia del relato[95] y, al mismo tiempo, el relato es la sustancia de la experiencia (Ricoeur, 2006: 19). El carácter huidizo de la experiencia del pasado, sin embargo, ofrece “puntos de referencia que situamos con exactitud en una escala reconocida por todos y a lo que ligamos nuestro pasado inmediato o lejano” (Benveniste, 2011:73).
El segundo debate tiene que ver con el rasgo intersubjetivo de la experiencia. En este sentido, se trata de un vínculo con los otros que habilitan tanto la transmisión como la comunicación. Para Benjamin la experiencia es transmitida también intergeneracionalmente y su narración es lo que hace posible la transmisión. Se trata de la existencia de un sentido compartido entre las generaciones que abre la circulación de los relatos. De hecho, Staroselsky (2015) señala que la experiencia se realiza en colectivo y es ese rasgo el que le permite indicar que la crisis de la experiencia que afirma Benjamin se encuentra en aquello que resulta en lo comunicable[96], no así en la experiencia en tanto vivencia. También es interesante retomar aquí la referencia de LaCapra, quien atiende al rasgo no totalizante de la narración, a aquellos “remanentes” de lo pasible de ser narrado. En este sentido, además del problema sobre la “verdad” de la experiencia, Link (2009) (a partir del relato de Benjamin sobre el tesoro y la viña[97]) subraya el carácter de verdad del enunciado[98] y a la vez, el de la experiencia como acto de discurso, diferente a su concepción como vivencia previa al acto de alocución. Así, destaca el rasgo performativo de la experiencia, su modo de “hacer”: la experiencia, entonces, no supone ni un tesoro escondido ni algo a alcanzar sino que “existe en el proceso mismo de la producción de sentido” (p.106). Así, la experiencia no se “tiene” sino que se “hace”.
En esta línea, la pregunta por la transmisión de las experiencias es también una preocupación en este mapa de abordajes sobre la dimensión generacional de la memoria. Son claves los trabajos en torno a las modalidades de transmisión intergeneracional de la memoria y las dinámicas familiares íntimas que adopta. Ejemplo de ello es el trabajo de Fried (2000; 2011; 2016) quien se centra en la transmisión intrafamiliar y propone la noción de “comunidades de memoria”, que hace referencia a las formas de transmisión al interior de las comunidades que han logrado sostener los recuerdos a pesar de situarse al margen de las memorias oficiales. Dentro de los espacios íntimos de las familias y comunidades, en la capa íntima, han mantenido los recuerdos, lo que Fried denomina el “nivel intersubjetivo formativo de la memoria. También ahonda en las “pedagogías” que han hecho o no posible la transmisión de un relato.
La investigación de Achugar (2016) propone una mirada sobre la intergeneracionalidad de la memoria, desde una perspectiva del análisis del discurso. Se concentra en indagar las formas en que las generaciones más jóvenes que no experimentaron la dictadura, estudian sobre ellas durante sus adolescencias. Bajo esta premisa, considera que el grupo de la “tercera generación” encuentra diferentes lazos con el pasado a partir de las diferentes historias familiares de las que forman parte. Se pregunta por las maneras en que construyen significados sobre el pasado dictatorial y sobre aquello que los más jóvenes aprenden del pasado tanto en el espacio público como en el ámbito íntimo. La tercera generación y sus formas de elaboración y transmisión también es trabajada por Ulloa (2018), quien se detiene en comprender, desde la mirada etnográfica, qué sucede con las familias exiliadas de origen chileno en Bélgica.
En esta línea de investigación acerca de los legados familiares y el trabajo memorial, también se inscribe el trabajo de Jelin y Kaufman (2006) quienes se preguntan por la transmisión de memorias dentro del ámbito familiar. Desde una perspectiva que privilegia la dimensión de la subjetividad, respaldadas por una mirada psicoanalítica, subrayan la relevancia del diálogo intergeneracional, se desentienden de una transmisión mecánica para pensar en las elaboraciones posibles entre las generaciones más nuevas. Reflexionan sobre las maneras en que las generaciones se inscriben en las memorias de las familias partícipes de hechos traumáticos y atienden a las modalidades y continuidades que adquiere esa transmisión: la dimensión de la temporalidad, los silencios y los efectos que asume para las generaciones. Desde el ámbito psicosocial, han sido muchos los trabajos que abordan la perspectiva generacional de la elaboración de los traumas sociales[99]. Desde la investigación/acción el trabajo coordinado por Sapriza (2012, 2008) propone una interesante pregunta por los procesos en los cuales se configuran relatos compartidos sobre el pasado y las formas en que nuevas voces proponen nuevas narraciones, como las de las segundas generaciones. El vínculo entre la academia y el proyecto de extensión “Memoria y Libertad” en Uruguay se propuso recuperar de la incomprensión y del silencio las voces de quienes fueron niños y niñas durante la dictadura. En este sentido, el trabajo impacta sobre el carácter colectivo de las memorias (relegadas al espacio privado) para establecer dinámicas que permitan una elaboración y anclaje colectivo de las mismas. Por su parte, el trabajo de Irrazábal (2018) se enfoca en las dinámicas de intervención en encuentros con integrantes de HIJOS en Uruguay y también el trabajo de Mosquera (2014, 2019) sobre la construcción de identidades de hijos de padres uruguayos apropiados por los agentes dictatoriales.
Más preguntas que se desprenden de las preguntas
Algunas líneas se pueden proponer como transversales a las preguntas que orientan las investigaciones. Entre ellas, la dimensión de la veracidad, tanto en lo que tiene que ver con la experiencia directa, su verdad relativa o potencialidad testimonial, como en tanto memoria de la infancia. Otra línea posible tensiona el orden biográfico y las elaboraciones simbólicas. Se posan allí las complejidades de los relatos generacionales que hibridan lo biográfico, lo simbólico, la representación, lo testimonial, la búsqueda estética y la política. Tal vez estas preguntas atienden en mayor medida a la mediación como objeto (tanto como dispositivo cultural como a la memoria antecedente), más que a la experiencia propia de los sujetos (¿es esta accesible?). Ambas orientaciones tensionan, a la vez, la relación entre memoria e imaginación y con ella, los bordes entre fidelidad y ficción sobre el pasado. La noción de posmemoria, para Estay (2020) recupera el rastro pero recuerda “una experiencia a la que nunca se tuvo acceso”. Esta recuperación moviliza el vínculo entre memoria e imaginación que tensa, según Ricoeur (en Estay, 2020) el “estatuto veridictorio de la memoria”. Su cercanía con la “verdad”, con aquello que sucedió, es lo que las distingue. Esto es: “sabemos que “algo” pasó, “algo” que nos involucró como agentes, como pacientes, como testigos” (Ricoeur en Estay, 2020). Para la posmemoria, según Estay, es casi imposible identificar ese “algo” que ocurrió y esto complejiza la posibilidad de comprender la memoria sobre las experiencias directas y propias de los niños y niñas de entonces. Por su parte, para Arfuch (2014), las propuestas artísticas se deslindan de la verdad referencial, probatoria, siendo así trabajos del “arte de la memoria”. Muchos de ellos se ubican en “alguna región del espacio biográfico” que desborda los géneros canónicos. Así, para la autora, estas producciones amplían, más allá de los hechos (de ese “algo”) los alcances de la percepción y de la comprensión, tal como lo hace la metáfora. En esta línea, las preguntas vinculadas a los estudios culturales, como señala Estay, han merecido reservas ante la tentación de considerar las producciones culturales “no como signos sino como experiencias inmediatas de la realidad y de la subjetividad” (p.40)[100]. Por su parte, tanto para Bjerg como para Dutrenit, resulta relevante colocar en el escenario historiográfico el lugar de los niños y niñas en las experiencias de exilio y migración. En este sentido, la dimensión ética o la pesquisa sobre la verdad histórica no aparecen en primer plano. Asimismo, la búsqueda restitucional de una verdad que cimente la memoria colectiva asociada a la justicia (en términos de Vezzetti) no participa de estos enfoques.
La mirada se instala, en el caso de Bjerg y también en el de Llobet, en las posibilidades del relato para comprender las filigranas de la cotidianeidad, de los afectos, de las ambigüedades y convergencias identitarias que hacen a las memorias de infancia. En esta línea, intentaré ubicar el trabajo que aquí presento poniendo el foco en los actores sociales y su experiencia. Procuro así explorar la memoria infantil para ahondar en las experiencias subjetivas subrayando el lugar de los niños y niñas en tanto agentes históricos y actores sociales también protagonistas del exilio. Por ello, no intentaré aquí rastrear o contrastar dimensiones como veracidad o ficción que portan los recuerdos (¿es esto posible?), sino atender a la experiencia de “eso” que ocurrió allí que y permanece en la memoria. Más que intentar atribuir la cualidad de verdadera (o no) de las experiencias rememoradas, me interesa abordarlas –en términos de Schütz (2003)– como puntos de vista que significan la experiencia, como acentos que configuran eventos “reales” para sus experimentantes, signos de la atención sobre determinadas vivencias que han perdurado en la memoria. Vivencias directas, pobladas de inventarios mínimos, cargadas de metáforas, de afectos que arborecen.
Asimismo, me interesa integrar en este recorrido la articulación entre las nociones de identidad y memoria a través de la idea de “identidad narrativa” (Ricoeur,1999:215) porque acentúa la puesta en relato de la experiencia y habilita la configuración de una identidad múltiple, oscilante e incompleta. Esta noción permite indagar en el debate respecto a las posiciones esencialistas sobre la identidad. Al mismo tiempo, acude para responder a la pregunta sobre la articulación entre aquellos aspectos de la identidad que debe conservar la memoria para seguir siendo uno mismo a través del tiempo, y los cambios y modulaciones que son inherentes a la actividad biográfica. De este modo, me pregunto por aquellos rasgos que son ubicados en la infancia y que han sido preservados en la memoria como llaves para la organización de una narrativa sobre sí. Entre la continuidad y los cambios, ¿qué rasgos son resaltados en estas narrativas biográficas? ¿cómo han sido modulados? ¿qué continuidades persisten? Desde esta perspectiva, la noción de “identidad narrativa” de Ricoeur permite ahondar, por un lado, en el carácter narrativo de la propia vida y por el otro, atender a la mencionada tensión entre la estabilidad y el cambio de las identidades en permanente configuración. Se trata de “aquella identidad que el sujeto humano alcanza mediante la función narrativa” (Ricoeur, 1999: 215)[101], una narración escrita u oral que una persona hace de sí misma y para sí misma (Ricoeur en Robin, 1996). A su vez, Robin vincula la idea de la narratividad para pensar la identidad, entendiendo que esta operación supone también una marca ficcional[102]. A través de estos debates procuro explorar en los modos en que las experiencias de quienes atravesaron el exilio durante sus infancias, interpelan algunas categorías normalizadas para confeccionar una narrativa biográfica. La noción de “identidad narrativa” permitirá atender, en los relatos biográficos, a los posibles rasgos asociados a la experiencia de la infancia en el exilio y a sus continuidades y modulaciones, que confeccionan un modo de devenir[103].
Los focos para explorar las memorias de infancia
Para abordar la memoria como dimensión –y sus trabajos–, me interesa destacar el lugar de la imaginación y el vínculo entre imagen y memoria como aspectos relevantes, tanto por el problema en torno al carácter de “verdad” de los relatos rememorados y sus tensiones sobre los hechos históricos, como por la estrategia metodológica que se desprende de dichas características. Asimismo, resalto aquí el foco en la dimensión cotidiana como escala y escenario privilegiado para abordar las memorias de infancia. Es en sus jurisdicciones en donde exploro las escenas mínimas que preserva la memoria de quienes fueron niños y niñas entonces. Por último, añado una breve reflexión respecto de la noción de “trauma” para desprender de allí un modo de acercamiento posible a las memorias que son aquí recuperadas.
La imaginación sale de visita
Para Conde (1994), la imaginación también forma parte del trabajo memorial. Cuando alguien regresa a la infancia por medio del recuerdo, a pesar de imaginarla retrospectivamente, también está recordando las huellas básicas que se han mantenido. A la vez, señala Conde el carácter doble de la imagen-recuerdo que es convocada por mediación de una memoria activada. Activada porque es solicitada: “porque está funcionalmente orientada como recurso emocional y cognitivo susceptible de volver a servir a la acción” (Conde,1994:61). Es por ello que también recurro a las escenas (como se profundiza más adelante) como recurso para abordar los relatos biográficos, por su vínculo con la memoria y la imagen. La asociación entre imagen y memoria es subrayada por Ricoeur (2000), para quien existe un vínculo íntimo entre ambas, entendiendo que evocar una implica evocar la otra. El pasado, según el autor, se presenta de forma visual y retorna en un “devenir-imagen” que “afecta además a la fidelidad de la función veritativa de la memoria” (p.22). La “huella” se propone para Sócrates como la figura que ilustra el procedimiento por el cual se imprimen, tal como sucede en un trozo de cera, las afecciones en el alma[104] (Ricoeur, 2000). En esta línea, es evocadora la noción que nos propone Arfuch, a través de Nancy, sobre la memoria y las posibilidades de “dibujar en el fondo de la palabra”. Toda imagen, sostiene, tiene un fondo que se nos escapa[105]. Por un lado, la dimensión icónica de la palabra como pantalla “proyectiva de nuestra imaginación” y por el otro, el rasgo narrativo de la imagen, que supone una forma de transmisión memorial o de respuesta (p.67)[106]. En este sentido es que Camilo señala en la entrevista su memoria como “la película propia” en la que intervienen tanto la creación como la imaginación, la memoria, la historia y sus modos de transmisión. Así, la memoria se reconstruye en ese fondo imagético donde interviene la imaginación[107]. Así,[108] y hasta en las más simples y comunes imágenes se expresan valores y se expone la intensidad de los valores de la intimidad (Bachelard citado en Lapoujade, 2007:103)[109]. Por su parte, Sarlo convoca a Arendt para reflexionar sobre el rasgo externo de la imaginación respecto a su relato: “pensar con una mente abierta significa entrenar a la imaginación para que salga de visita” (Arendt en Sarlo, 2005:53). Al contar una historia, aunque sea la propia experiencia, se pone en juego el carácter incomprensible o banal de esa materialidad que nos es familiar. Para Arendt, sin imaginación la experiencia pierde su “decibilidad” y se esfuma entre las vivencias y hábitos repetidos (Alves en Sarlo, 2005: 53). Los sentidos surgen cuando “la imaginación cumple su trabajo de externalización y distancia”[110]. De este modo, la narración ofrece una instancia para reinventar tanto el ayer como el mañana, enredando memoria e imaginación (Bruner, 2013:130)[111]. Así, no se trata entonces de acceder a verdades sino a las memorias sobre los acontecimientos, compuestos también por sentidos e invenciones imaginarias. Como señala Robin (1996) “uno se inventa una historia que tiene que ver a veces con hechos reales, a veces no, pero luego uno pasa a ser realmente su propia historia” (53). Se trata así de “fijaciones identitarias imaginarias” a través de las cuales uno se inventa una identidad. Y este rasgo imaginario no comprende a la “búsqueda de la identidad” sino al “encuentro de una identidad y la creencia por la cual uno finalmente cree que la ha encontrado” (Robin, 1996: 59).
Vida cotidiana y memoria
La memoria no solamente se instala desde una cualidad crítica, como lugar de reflexión histórica, sino que es en “su práctica cotidiana donde se funda su historicidad” (Cassigoli, 2010:28). Las prácticas cotidianas son así el escenario de las memorias de infancia y es en sus escenas en donde emergen los sentidos que constituyen trazas subjetivas. De este modo, el trabajo que presento atiende a la memoria como parte de la vida cotidiana tal como sugiere Pollak (2006: 53) (a partir de la noción de “habitus” de Bourdieu). Este enfoque permite atender a las grandes pequeñeces que ofrecen las rutinas y comprender los sentidos de sus “quiebres inesperados”. Jelin (2002) refiere al trabajo implicado en la actividad memorial y también a la ruptura de las “memorias habituales”, de las rutinas esperadas y la forma en que éstas involucran a los sujetos. Estas formas integran afectos y sentimientos que pueden “empujar” a una búsqueda de sentidos: “es este compromiso afectivo lo que transforma esos momentos y los hace ‘memorables’ ” (Bal en Jelin, 2002: 27). La vida cotidiana se propone como la esfera que, mientras atiende a la reproductividad de las condiciones estructurales de lo cotidiano, la alienación y la repetición (Lefevre, en Lindón, 2004), también se presenta en su “capacidad liberadora” (De Certeau, 1996), transformadora del cotidiano. Entre las rutinas que aseguran la existencia de los sujetos, se revelan las “tácticas”, la “actividad agentiva”. Así, De Certeau parte del cotidiano en tanto “arte del hacer”, dándole centralidad a la agencia, la espontaneidad, incluso como lugar de resistencia. La vida ordinaria asume entonces una forma de “poética” en su capacidad inventiva. En esta línea, el trabajo intenta recuperar los recuerdos sobre la vida cotidiana en el tiempo de la infancia. En ellos observo las escenas que dan cuenta de las rutinas y a la vez, las acciones mínimas que dan cuenta de las formas recordadas de agencia infantil. Así, la cotidianeidad se ofrece como el terreno privilegiado para comprender la trama afectiva, la vivencia propia de la violencia dictatorial, las complejidades imbricadas es la experiencia exiliar.
Apostillas sobre la memoria traumática
La noción de trauma está implícita en los análisis de las experiencias límite y de los traumas sociales. La idea de la temporalidad queer puede emparentarse a la vez con los rasgos repetitivos de las memorias traumáticas, su persistencia, sus reemergencias presentes, la hibridez con que discurren en la temporalidad (LaCapra, 2005). Recupero aquí las consideraciones de Levín (2020) respecto a las controversias que asume la categoría “trauma”, tanto por la confusión entre su valor heurístico y descriptivo (colocando el peso en el primer aspecto), como también por los deslizamientos en los que se extrapola ipso facto el concepto psicoanalítico de trauma a la historiografía (con todas las complejidades que de esto se derivan y que reconoce Levín en profundidad). En este sentido, la idea de trauma apunta aquí a su nivel descriptivo, y en particular, a la descripción de los acontecimientos de los que participaron los sujetos de este trabajo y no a la caracterización (igualadora) de una experiencia. Para ello, retomo también las consideraciones de Bleichmar (2010), para quien por un lado, el carácter de una catástrofe es definido por los modos en que la misma abarca a sectores importantes de una población pero, señala, “el traumatismo determina el modo por el cual estas catástrofes padecidas en común atacan la subjetividad o impactan la subjetividad de manera diferente en aquellos que la padecen” (p.14). En lugar de poner el foco en la dimensión psíquica, se trata aquí de atender a los aspectos comunes que son resaltados en las narraciones, como efectos asociados a dicha experiencia. Así, los efectos producidos por las catástrofes sociales pueden ser tramitados, elaborados de manera diferente por cada sujeto. En esta línea, Bleichmar señala que, a partir de Freud, tres elementos definen al traumatismo: el estímulo, la experiencia vivida y la excitación que desencadena en el interior del aparato psíquico (p.16). Para Bleichmar “el efecto traumático no es producto directo del estímulo externo, sino que es producto de la relación existente entre el impacto y el aflujo de excitación desencadenada” (p.17). En ella es importante subrayar el rasgo “impreparado” como elemento fundamental sobre aquello vivido y para lo cual el sujeto no estaba preparado (p.18). Así, un mismo acontecimiento puede ser experimentado como traumatizante o no por diferentes sujetos. Los modos de resignificar la historia algunas veces asumen formas elaborativas que enriquecen el psiquismo y otras veces guardan un carácter más traumático, una marca indeleble[112]. Por ello la complejidad de asumir el rasgo traumático como un aspecto inherente a todas las experiencias que han atravesado traumas sociales. Así, destaco aquí el carácter traumático de los acontecimientos, la dimensión catastrófica que significó el accionar del aparato represivo, aunque me propongo no categorizar como traumáticas las experiencias singulares. Se trata de una calificación que, por un lado, excede mis posibilidades de análisis, al adentrarse en territorio psicoanalítico. Por el otro, intenta ser respetuosa de aquello que consideran los entrevistados sobre sus propias experiencias, algunas veces señaladas como traumáticas y otras veces no[113]. En este sentido, y atendiendo a estas consideraciones sobre los múltiples significados que guardan las experiencias y las emociones que suscitan, es que procuro incluir la dimensión afectiva puesta en juego en el trabajo biográfico. En ella intentaré explorar en los diversos significados que guardan los afectos y las diferentes reflexiones que transportan. Así, otro de los focos para explorar la memoria de las infancias en el exilio, será precisamente la dimensión afectiva y los modos en que a través de ella se configura una experiencia sobre la temporalidad.
Infancia, temporalidad y afectos
Los sujetos protagonistas de este trabajo movilizan y ponen en jaque algunas de las categorías a las que echamos mano al intentar categorizar las identidades. Una de ellas es el espacio. La otra es el tiempo. De esta dimensión es posible problematizar diversos aspectos, como ser: las particularidades del trabajo memorial en cuanto a su actualización a lo largo del tiempo, las complejas inscripciones generacionales de la experiencia, las dificultades para delimitar temporalmente los acontecimientos del pasado que fueron experimentados (¿cuándo termina el exilio?) e incluso los complejos movimientos afectivos, evocados en el presente pero que tienen su origen en un pasado infantil. En torno a ello, la noción de la temporalidad, desde los estudios queer, permite problematizar el vínculo entre el tiempo y los afectos. Me interesa acercarme a comprender los modos particulares con que la memoria de la experiencia infantil transita entre los tiempos, a través de los afectos como vectores de contacto. En esta dinámica que asume la elaboración de las historias se convoca a la dimensión afectiva como acceso sensible, además de las comprensiones más racionales o informadas. En este punto, la perspectiva queer viene a responder al problema que ofrecen las memorias vívidas sobre la infancia: la persistencia de las preguntas a través del tiempo y de los afectos implicados en la experiencia que vuelven una y otra vez, y con su emergencia proponen nuevas lecturas en el presente. Este abordaje presenta su potencia para pensar en los modos en que se pone de manifiesto la hibridez de la temporalidad en las memorias de quienes fueron niños y niñas durante el exilio y la insistencia por asir, elaborar, transformar la materia afectiva a partir del esfuerzo memorial. No se trata de suplantar aquí la noción de queer por la de infancia, sino que me interesa retomar los modos en que esta teoría se permite desarticular y concebir de otro modo la temporalidad, la historia y la forma en que se encuentran comprendidos los afectos en esa reformulación. Integro esta mirada sobre el tiempo y los afectos porque permite comprender al sujeto en su experiencia biográfica.
Por un lado, sortea la separación entre la “voz infantil” y la “voz adulta”, en tanto pasado/presente. Distinguir ambos tiempos cercando ambas voces implica ubicar a la infancia como por fuera de la voz de quien relata su propio pasado[114]. Así, a través de esta perspectiva es posible comprender aquello que está en juego en la narrativa biográfica sin segmentar ni las voces de un mismo sujeto, ni los tiempos que asume este devenir. La experiencia pasada resulta entonces indisociable de la presente, y por ello, se trata más de atender a la voz propia actualizada en el hoy, que de restaurar una experiencia pasada. Por otro lado, la perspectiva queer permite ahondar en las nociones naturalizadas sobre la infancia (la infancia como estado incompleto, cándido, ingenuo, nostálgico y romantizado) que sustentan los modos que asume la memoria infantil, y las formas en que la agencia infantil ha sido considerada por la historia. Según Dinshaw la mirada queer[115] abre nuevas visiones sobre cómo el pasado conecta con el presente a partir de diferentes tradiciones discursivas y a la vez, a partir de “tocar” el pasado, de “colapsar el tiempo a través del contacto afectivo” (Dinshaw et. al, 2007:178). Este punto de partida permite desnaturalizar la temporalidad de los procesos de memoria (en tanto pasado/presente/futuro) como temporalidades disociadas o dicotomías (presente/pasado). Algunos abordajes de la historia queer comprenden los contactos y las conexiones entre los sujetos de hoy y de ayer, considerando las distancias temporales pero por fuera de marcos esencialistas (p.47). Para ello, recuperan la dimensión afectiva, en lugar de las continuidades “objetivas o esenciales” que movilizan desde el presente a quienes intentan recontactar con el pasado. Se preguntan por el “despliegue afectivo” que surge entre quien realiza un trabajo subjetivo con el pasado y las acciones que intenta comunicar. Los interrogantes giran en torno a los trabajos subjetivos sobre el pasado, derribando entonces dicotomías más clásicas como la distinción entre pasiones y razones, o entre cuerpo y mente, y los afectos “son entendidos tanto como acciones determinadas por causas internas, como en términos de pasiones determinadas por causas externas”(Macon y Solana, 2015:15). Así, este abordaje resulta útil para iluminar los modos en que la memoria presente retorna al pasado, sin considerar este movimiento como un intento por recuperar ruinas intactas sino por encontrar la “fuerza del pasado en un presente temporalmente híbrido, habitado por fantasmas y anacronismos” (Macon y Solana, 2015:24). La mirada queer sobre la temporalidad abre la posibilidad de abordar el trabajo memorial como movimiento inacabado. Desafía además a considerar la dimensión afectiva puesta en juego en los relatos biográficos y su rasgo performativo y, por ende, reformador: su posibilidad de modificar las propias maneras de estar involucrado con la historia, con los otros que la pueblan y con nosotros mismos. De ahí su potencialidad política. De este modo, la perspectiva mencionada integra además versiones sobre la historia que se ubican en los márgenes y que discurren de formas que irrumpen en la mirada secuencial[116]. En tal sentido, permite acercarnos a comprender la particularidad temporal de las experiencias de infancia y cómo estás insisten, aunque modificadas, en diferentes momentos de las biografías singulares. Acepta romper con un patrón temporal en donde la dimensión afectiva involucrada en la experiencia infantil permanece estática, lacrada y emplazada en un pasado detenido.[117]
De este modo, la mirada queer ofrece una alternativa para comprender los problemas que son propios de la historia, tanto por sus formas de aproximación al pasado como por el reto implicado en comprender el papel de las emociones “encarnadas en las acciones del pasado” (Macón, 2020:21). En lugar de la distancia histórica, subraya un movimiento contrario, de cercanía, de conectarse con el objeto de estudio. Es por ello que esta orientación habilita a comprender el pasado reconociendo su alteridad: las memorias de infancia, como países extraños, exponen un modo singular de encuentro con el pasado. Prueba de ello es la dificultad en los relatos (e incluso en mi propia escritura) para establecer una continuidad en la elección de los tiempos verbales: ¿se trata de un relato que se agota en el pasado o se extiende y pervive en el presente? Comprendo, por su complejidad, que en las memoria de infancia no hay experiencias exclusivas del pasado, ni tampoco del presente. Allí están en juego los modos en que se contienen, retroalimentan y continúan siendo elaboradas dichas memorias. Por ello, considerar las “historias afectivas” desde este abordaje, conlleva hablar de temporalidades queer en tanto “formas de organizar el tiempo que se evaden de la cronología tanto del historicismo como de las grandes narrativas progresistas” (Macón y Solana, 2015:25).
Con respecto a la temporalidad, si bien no se integra dentro de la teoría queer, es interesante considerar también la mirada de Das (2007), quien, en línea con las concepciones arriba desarrolladas, se interroga acerca de cuál es el trabajo que hace el tiempo en la creación del sujeto (p.95). La autora integra la idea del movimiento y la traducción para pensar en las posibilidades que abre el trabajo de memoria[118]. La primera noción es que el pasado no se recuerda como una sucesión de “ahoras”, señala Das, sino que “está dado de una vez y es posible de actualizarse de forma contraída” (p.100). La segunda noción refiere a la traducción implicada en los modos de actualizar el pasado, un ejercicio “que permite el movimiento en su totalidad para encontrar la experiencia” (Das, 2007: 99). También sucede el movimiento de rotación en el cual más allá de la voluntad singular hay regiones del pasado que se actualizan “y llegan a definir cualidades afectivas del momento presente” (Das, 2007:100). Das interpreta el trabajo de la traducción comprendiendo la posibilidad que supone esta nueva versión, ya no como una trascendencia o un modo de esperanza o escape hacia un futuro diferente. Observa aquí una oportunidad para poder “descender a lo ordinario” y es por ello que la nombra como una “temporalidad de segundas oportunidades”[119]. Esta idea sobre la temporalidad abre la posibilidad que ofrecen las memorias de re-ingresar a la vida cotidiana del pasado, promueve la idea de volver a “habitar el mismo espacio de devastación” y poder así construir una “morada con los escombros rotos” orientada a darle a la vida cotidiana la calidad de lo que puede ser recuperado (Das, 2007:101)[120].
Los afectos en la memoria infantil (y su potencia política)
A raíz de lo revisado en torno a la temporalidad, surge también la dimensión afectiva como vector vibrante de contacto con el pasado, como modo de acceso a un saber retrospectivo. Los afectos, de acuerdo con Ahmed, son articuladores de la experiencia, son aquello que “fija, lo que sostiene o preserva la conexión entre ideas, valores y objetos” (Ahmed, 2015:29). Más que poner el foco en definirlas, Ahmed se pregunta acerca de lo que las emociones hacen, y desde allí comprende cómo las mismas se entraman y los sentidos que provocan. Las emociones se encuentran así al borde entre lo íntimo y lo social. Se trata, señala, no tanto de un estado psicológico interior sino también de prácticas sociales y culturales. Ahmed comprende que las emociones no están ni en los individuos ni en lo social sino que se realizan en la “superficie y los límites que permiten que lo individual y lo social sea delineado” (Ahmed, 2015: 34). De este modo, los afectos pueden concebirse también como constitutivos de una lógica que expresa el lazo social. Entre la comprensión y el sentimiento se trata de considerar las modos de afectar, de ser afectado, las disposiciones (también corporales), para actuar, enlazar y conectar (p.22). Este borde es muy interesante para pensar en la dimensión emocional que compromete tanto al trabajo memorial, y es por ello que la dimensión afectiva se propone como otra entrada para conocer e interpretar el pasado. Poner el foco en los afectos, a los efectos de este trabajo, implica atender al afecto como modo de contacto con el pasado, como materia liminar entre lo íntimo y lo social, como fuerza performativa y también como modalidad de saber. Este abordaje involucra tanto a la mente como al cuerpo, a las pasiones como a las acciones, subrayando la centralidad de su carácter performativo. Al mismo tiempo que ofrecen información sobre el pasado, los sujetos se constituyen como agentes, (también como víctimas), plausibles de transformar los modos en que se procesa el pasado (Macon, 2015)[121]. En este sentido, las marcas afectivas permiten retornar al pasado, contemplar aquello que afecta buscando interpretarlo, considerar sus cualidades y ubicarlo en “nuevas cadenas de sentido posibles” (Saporisi, 2018: 46). De allí que Love propone la idea de “backwards turn” (giro retrospectivo) como modalidad en donde aproximarse al pasado no es solo mirar para atrás, sino adoptar una actitud crítica y afectiva sobre el tiempo y discutir el orden temporal y las posibilidades de actuar (Love en Saporisi, 2018:46). La posibilidad de historizar la propia experiencia supone así no solamente comprender los regímenes de la Historia con mayúscula y los motivos de la historia familiar; implica además contactar con los afectos propios que perduran, para poder encontrar en ellos respuestas y más preguntas que permitan así construir un modo de comprensión. La mirada sobre los afectos logra así superar algunas miradas dicotómicas en cuanto a la agentividad, la reflexividad de los sujetos, la pasividad respecto a determinadas emotividades o sensibilidades. Según Macon la agencia no es ya pensada como mera lógica de medios y fines. Los sufrimientos, los daños, dejan de considerarse como pasividad que devienen de un “exclusivo ensimismamiento del ego” (Macon y Solana, 2015 :17). En esta orientación, se ilumina el sentido del tacto, ya que el mismo diluye todo acercamiento dualista entre la agencia y la pasividad: “tocar es siempre ser alcanzado, acariciar, elevar, conectar, envolver, y también entender a otras personas o fuerzas naturales involucradas en el mismo proceso” (Sedgwick en Macon y Solana, 2015: 17). Esta mirada reconvierte la posición sobre la capacidad agentiva de los afectos y este punto es el que interesa destacar para pensar en las experiencias subjetivas de las infancias que han experimentado el exilio. Los afectos que involucran esta experiencia también pueden ser contemplados como “actos” performativos que pueden modificar determinadas situaciones y vínculos, tanto familiares como públicas[122].
La mirada biográfica
Como el trabajo que sigue se aboca a explorar la dimensión subjetiva de las experiencias, la perspectiva biográfica ofrece instrumentos tanto teóricos como metodológicos que habilitan el ingreso al terreno de la experiencia subjetiva y a la dinámica entre lo social y lo singular. La perspectiva biográfica se centra en comprender la vida experienciada de una persona (Denzin en Arguello, 2014) y consiste en el “despliegue de sucesos de vida (cursos de vida) y experiencias (historias de vida) a lo largo del tiempo, articulados con el contexto inmediato y vinculados al curso o a historias de vida de otros” (Sautu y Bechis, 2004 :22). Así, esta mirada se enfoca en comprender la relación singular que el individuo mantiene, en su actividad biográfica, con el mundo histórico y social, atendiendo además a las formas construidas de su experiencia (Delory Momberger, 2012). El enfoque intenta, entonces, captar la “singularidad de los sujetos, pero no de modo solipsista sino una singularidad atravesada por el sentido social que la enmarca” (Delory Momberger, 2012:524).
Para Meccia (2019) uno de los caminos que conduce a la centralidad de lo biográfico (en el contexto actual) tiene que ver con un “denso conjunto” de demandas vinculadas a la identidad, al reconocimiento y a la justicia, allí donde se realza la dimensión política de aquello que se reservaba al plano individual. Pensando en clave de géneros y sexualidades, subraya el lugar de lo biográfico en la constitución de políticas basadas en derechos humanos. Las mismas se apoyan en nuevos “marcos cognitivos” que, a partir de los relatos de vida de personas comunes, hacen posible considerar los modos en que los problemas sociales afectan las biografías singulares (Meccia, 2019:12). Es por todo ello que la perspectiva biográfica resulta adecuada para abordar las memorias de quienes fueron niños y niñas durante el exilio de las últimas dictaduras. A la vez, profundizar en las narrativas personales, sostiene Maynes (2008), permite descubrir “historias de formación de la identidad, que datan y hacen referencia a una infancia reconstruida, procesos de formación de la identidad y nociones de agencia que emergen solo a través de este tipo de narrativa retrospectiva” (p.122). En la exploración de esas historias se requiere recuperar diversos materiales que den cuenta de la vida de los sujetos (Sautu, 2004), como pueden ser relatos pero también diarios íntimos, biografías, autobiografías, historias y relatos de vida, cartas, etc.; todos aquellos documentos que forman parte del “espacio biográfico” (Arfuch, 2006).
En cuanto al análisis, Bertaux (1999) distingue dos niveles en el acercamiento biográfico: el socio-estructural y el socio-simbólico. El socio-estructural refiere a objetos que dan cuenta de los modos de vida y recurren a otros datos “exteriores” (estadísticas, archivos) que colaboran en comprender un fenómeno socio-estructural. El socio-simbólico aborda objetos que atienden a aquello vivido, a las actitudes y representaciones de los sujetos y atiende fundamentalmente a sus voces para comprender los significados que configuran su experiencia. Es por ello que retomo esta última línea para el trabajo, sin perder de vista el énfasis que propone el autor respecto a considerar en simultáneo ambos niveles de análisis. Asimismo, utilizo como instrumento las “entrevistas biográficas”[123], pues tienen como finalidad recolectar y atender, en su singularidad, la voz de una persona en un momento de su existencia y de su experiencia (Conde,1994)[124]. La experiencia que es puesta en relato está, para Conde, atravesada por la historia, por el contexto social y político, por las creencias colectivas[125].
La mirada biográfica integra así diversas herramientas a considerar: la historia de vida, la historia oral y el relato de vida, entre otras. En este caso atiendo a los relatos de vida porque suponen una especial atención a las experiencias subjetivas de los individuos. A diferencia de lo que se concibe como “historia de vida”[126] el “relato de vida” aborda los relatos personales para, a partir de ellos, proponer una reflexión sobre lo social. Es la narración que una persona realiza de su vida o de fragmentos de esta (Legrand en Sautu, 2004; Mallimaci y Giménez Béliveau, 2006) lo que nos conduce a asociar la identidad de los sujetos con una construcción narrativa, con una configuración identitaria vinculada a su historia (Ricoeur, 2006). Los relatos de vida son herramientas privilegiadas desde donde poder indagar en los matices significativos de la agencia, incluidas, tal como señala Maynes (2008), las formas culturales en que se entiende esa agencia y las dinámicas históricas que las enmarcan. Retomo también aquí la perspectiva de Robin, para quien el lugar de los relatos de vida en el paradigma biográfico es central, ya que en ellos se articula “el relato individual, los hábitos, los moldes narrativos, los diversos estereotipos y los diferentes tipos de memoria que he evocado” (Robin,1989:80). Los silencios, los olvidos, también son constitutivos del relato, así como también los son los aspectos transmitidos, que “ponen de manifiesto el encuadramiento del que es objeto y los diferentes modelos identificatorios que lo constituyen” (Robin,1989:80). A la vez, según Arfuch (2002) trabajar con relatos de vida no supone considerarlos como “materia inerte” en la que buscar “contenidos” relacionados con las preguntas de investigación para “entrecomillar”. Por el contrario, lo señala como un “acontecimiento de palabra que convoca una complejidad dialógica y existencial” (p.190).
En esta tarea de análisis hago propia la observación de LeClerc Olive (2009) sobre su trabajo, el cual “no consiste tanto en construir tipologías como de sacar a la luz los procesos aunque sean estos siempre singulares, permitan posteriormente comprender otras biografías, también singulares”(p.8). Y a la vez, la idea de recurrir a la entrevista para explorar los “hilos temáticos narrativos transversales” (Schutze en Da Conceiçao, 2011) que pueden pensarse condensados en escenas. Las escenas son el recurso que retomo para organizar y analizar los relatos. Este abordaje considera los contextos, los escenarios culturales y sociales que cargan de sentido las experiencias y que proponen determinados papeles/guiones compartidos socialmente. Como propone Bjerg (2012) las narraciones personales no solo revelan las motivaciones, las emociones y los imaginarios de quienes relatan sino también el contexto en el cual los narradores configuraron su experiencia (p.14). En este sentido, la mirada de Paiva (2006, 2012, 2018) comprende las escenas dentro de un escenario cultural y material: los sentidos, interacciones, y memorias (en este caso) no se encuentran aislados del contexto o escenario que los encuadra. Así, el recurso de las escenas se detiene en las descripciones densas, los sentidos que configuran la experiencia puesta en relato. Supone que los entrevistados no solo relatan situaciones (como si guionaran su película autobiográfica), escenas de la vida cotidiana que permiten conocer las creencias, opiniones y valoraciones que poseen, sino que además enfatizan en el relato los sentidos, las sensaciones que configuran la experiencia[127]. De este modo, el foco en la escena atiende a la riqueza de los detalles, a las interacciones, a la intersubjetividad que se despliega en el relato[128]. En esta línea, y con la intención de “tocar” los fragmentos de la memoria, la noción de escena parece ser útil para organizar las modalidades que asume el recuerdo de la infancia, y también por su particularidad imagética.
En términos de la dinámica en la entrevista sigo a Paiva, quien propone que durante las mismas los sujetos hablen libremente, y el investigador, intentando no interrumpir el flujo de la conversación, proponga algunas preguntas para estimular el relato. Se puede invitar a ampliar detalles o a conversar sobre otras dimensiones. En esta línea, la particularidad de abordar experiencias sensibles e íntimas implica también atender a los bordes y los límites de las preguntas y, a su vez, a la gestualidad y sensibilidad que cobran esencial relevancia. Por abordar un relato fragmentado, como el memorial, y más aún por abordar el relato sobre la infancia, donde se intercalan imágenes, ensoñaciones, relatos truncos, diálogos, olvidos, epifanías, el recurso de la escena resulta potente para atender a la característica no lineal ni cronológica del recuerdo. Permite, al mismo tiempo, considerar la singularidad de las experiencias y los aspectos comunes, donde se congregan las tramas de las narrativas. A la vez, permite contemplar en los detalles los modos reconstruidos de agencia de los niños y niñas como actores sociales.
Sobre mi posición
El trabajo de investigación considera también una atención reflexiva y una vigilancia epistemológica (Giddens en Muñiz, Frassa y Bidauri, 2018) en todas las instancias que lo componen. En primer lugar, la atención al lugar implicado y activo durante las entrevistas (Muñiz, Frassa y Bidauri, 2018:124). De ella se desprenden los cuidados en la escucha y modos de atención que modularon también los encuentros, la interacción y el propio transcurrir del relato, considerando que mi presencia, palabras, gestos, mirada, también pueden incidir en la interacción, en el otro y en el relato pasible de brotar del encuentro (p.124)[129]. Tal como señalan Sharim y Ropert (2020) la investigación sobre la dimensión subjetiva transporta, en el desarrollo metodológico, algunas dificultades y temores que son experimentados (tanto por quien entrevista como por quien es entrevistado) para sostener el espacio de encuentro, en “donde sea posible un vínculo de intimidad” (p.63)[130]. Por este motivo el registro de la escucha[131] desde ambas partes del diálogo es considerado como “una dimensión sustantiva del proceso de descubrimiento y comprensión de las dimensiones subjetivas del otro.” (p.63). Por la propia trama emocional y afectiva que supone revisitar las memorias de infancia signadas por los acontecimientos de la historia reciente, como es el exilio, he intentado situarme en un lugar cuidadoso, respetuoso, atento a la finura de los límites, de los tiempos, de las posibilidades de la palabra[132].
En segundo lugar, se instala la cuestión respecto a la posición de enunciación del investigador en temáticas vinculadas a la historia reciente (Sharim y Ropert, 2020). La inclusión de la subjetividad y la explicitación de los lugares desde donde se enuncian las investigaciones supone, para algunos abordajes, destacar la implicación de los investigadores como actores de los hechos sociohistóricos y como objeto de estudio. Por una parte, el hecho de que el investigador “haga consciente su propia posición respecto al objeto de estudio” favorece que su experiencia se proponga como “contrapunto” tanto para interrogar como para comprender, para escuchar “no solo al sujeto investigado, sino también al objeto de estudio que se va constituyendo en el proceso investigativo (Cruz, Reyes y Cornejo, 2012:267). Por otra parte, advertir sobre la posición de enunciación del investigador con respecto al objeto de estudio –en particular respecto a la historia reciente– desliza algunos escollos respecto a las posibles lecturas de las investigaciones a través de la lente de la propia experiencia biográfica del investigador. Quien se encuentra por “dentro” de la historia que estudia debe establecer los cuidados y atenciones que le representa trabajar con la propia historia. Asimismo, quien se encuentra por “fuera” de su objeto de estudio, en este campo, quizás sea solicitado a argumentar o evidenciar su vínculo personal con dicha historia (de modo diferente de lo que sucedería con otros acontecimientos históricos más lejanos en el tiempo). Se trata de un “pasado cercano” (Franco y Levin, 2007) que posee tanto sensibilidades particulares, una espesura política específica, como también características propias para modular los distanciamientos posibles. Entre ellos, el “lugar común” o “bien público” de estas memorias sobre el pasado donde son plausibles de deslizarse diferentes objeciones por “pertenecer a todos, pero a la vez a ninguno en particular” (Reyes en Cruz, Reyes y Cornejo, 2012: 265)[133]. La contemporaneidad de quien investiga con los actores del pasado trasluce también una tensión relevante respecto a aquello que podrán leer los actores del trabajo realizado y las posibles posiciones complacientes de las interpretaciones (Franco y Levin, 2007:16).
En esta línea, se propone otra distancia difícil de ser modulada, relativa a la “empatía” con las víctimas, con el dolor del otro, para construir una mirada distanciada (Franco y Levin, 2007:16). Las distancias oscilan también entre los objetos de conocimiento, la actividad de conocimiento y la búsqueda de “objetivos éticos” (Franco y Lvovich, 2017:192) que, como modo de compromiso o empatía respecto a los actores que son parte del estudio, algunas veces derivan en convertir “el saber en una intervención social”. Allí se opaca “el gesto crítico” y las posibilidades de distanciamiento (Franco y Lvovich, 2017:192).
Abordar experiencias que no han sido parte de mi propia experiencia biográfica instala algunas reservas con respecto a mi lugar como “traductora” de las mismas, en términos de Geertz (2001:12)[134]. Por un lado, la posible distancia que significa no haber sido heredera directa de dicha historia puede, en cierto sentido, sortear algunos de las complejos aspectos mencionados anteriormente. Pero, por otra parte, constituye una gran responsabilidad construir una exploración que, aunque los atienda, no se instale en los diques de la distancia, en la ajenidad o en la identificación. En este proceso, me acompañaron algunas preguntas que expresaron con justeza dos autoras y que hago aquí propias: “quienes, además de sus vidas, me han ofrecido su amistad: ¿qué van a pensar de lo que escribo, cómo los van a afectar mis afirmaciones?” (Allier, 2018:107) y a su vez, con respecto a las historias de los años setenta: “¿yo tengo derecho a meterme en esto?” (Dimópulos, 2020)[135]. Se trata de la historia de dos sociedades y de sus heridas constitutivas que aún perseveran y de las que también, de algún modo, soy parte. Pero también se trata de historias íntimas cuya escucha significó para mí un enorme compromiso y cuidado por sus bordes, fragilidades, por los efectos que reverberan a partir de esta convocatoria[136], por el tratamiento de lo compartido y por hacer de este un trabajo respetuoso de sus voces que permita comprender, en un registro pequeño y al parecer trivial, la contundencia que portan las huellas de estas experiencias de infancia en las biografías singulares.
- Angelina Muñiz-Huberman (2003: 97) Muñiz-Humerman, Angelina (2003) El canto del peregrino. Hacia una poética del exilio, UNAM. Epílogo. La puerta del exilio p.97. Disponible en: https://biblioteca.org.ar/libros/89251.pdf↵
- La ilustración de comienzo es de de mi autoría, inspirada en la obra La casa giratoria de Paul Klee (1921), Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid.↵
- Si bien me nutro de producciones culturales (literarias, fílmicas, plásticas, etc.) y los análisis que las han abordado, las mismas no integran el corpus a explorar.↵
- La memoria de la infancia se liga al tiempo presente en la medida en que “el niño mira más a la reconstrucción de una biografía y al sentido de la historia que al inventario de lo que vivió” (Le Pulichet en Carli, 2011:27).↵
- Congeladas, como se señala en (Lebel, 2018:111)↵
- (Discursivo, narratológico, actancial, entre otros.)↵
- Durante el “Proceso de Reorganización Nacional” se convocó a las familias a “cuidar el hogar”, conservar la seguridad y evitar ideas subversivas implantadas en las mentes jóvenes. Será desde el hogar y desde las escuelas que se defiendan esta seguridad y la paz social (Filc en Jelin, 1994).↵
- El énfasis en el carácter grupal y comunitario de los procesos y en la mutua metamorfosis para la transformación de la sociedad configuró una propuesta psicológica en un determinado contexto latinoamericano, en el que surgieron movimientos de liberación y de pensamiento crítico. Como parte de estos procesos de crítica a los órdenes culturales, económicos, sociales y a los modelos para pensar la subjetividad, aparecieron nuevas orientaciones que acompañaron las nuevas necesidades de liberación y emancipación; en esta línea, también puede señalarse a Ignacio Martín-Baró en El Salvador, a José Luis Rebellato y Juan Carlos Carrasco en Uruguay (Viera) en (Chmiel, 2021c).↵
- Cosse (2018) indaga sobre el papel de niños y niñas a partir de las portadas de prensa, como forma de ingreso a la comprensión del lugar de la infancia en las intervenciones de Montoneros. Ahonda en los modos en que el proceso histórico tuvo incidencia sobre la infancia y atiende a la presencia de niños y niñas en las estrategias políticas de la agrupación. Niños y niñas estuvieron también implicados en campañas e identificaciones políticas. Para el caso uruguayo es sobresaliente el lugar de la infancia en lo que fue “el viaje de los niños” (Collazo, Passeggi, Fein, Sosa, 2014).↵
- Para ahondar en los sentidos y complejidades de este término ver: Levín (2014).↵
- Lo cual supone que al desaparecer las causas políticas que lo impulsaron, también se desvanece el exilio.↵
- Aunque con pesos diferentes según el sector social.↵
- Para profundizar en la dimensión comparada de ambos exilios y retornos, ver los trabajos de Soledad Lastra.↵
- “Su artículo 4to. posibilitaba investigar y judicializar algunas violaciones en ciertos casos, como niños secuestrados, legisladores asesinados y personas desaparecidas fuera de las fronteras. Era, por supuesto, inconstitucional, pues violaba la separación de poderes ya que sometía el Poder Judicial a la decisión del Ejecutivo a fin de que éste le autorizara tramitar las denuncias o las amparara en la ley” (Buriano y Dutrenit, 2017:354).↵
- Por su parte, el ámbito de la salud mental colaboró en la visibilización de la dimensión colectiva del daño del exilio (Lastra, 2019). Los abordajes terapéuticos propiciaron espacios para que se pudiera comenzar a hablar de la experiencia exiliar transitada junto al “reconocimiento de la dimensión política del exilio como trauma”. Así, procuraron colocar una voz grupal al exilio silenciado, un “lugar para ser narrado” (Lastra, 2019).↵
- La Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense, en su aplicación en América Latina, consiste en incrementar el papel político de las fuerzas armadas, a fin de asegurar el control de la subversión o de la agitación social en cada país del continente y garantizar la estabilidad política interna” (Tapia en Rojas, 2017).↵
- Respecto a las políticas de memoria, a las leyes reparatorias, a los juicios, a los gobiernos que promovieron (o no) los juicios y los accesos a la verdad. De los diversos modos que asumió la justicia transicional (castigo a los culpables de las violaciones, búsqueda de la verdad, reparaciones a las víctimas y reformas institucionales como garantía de no repetición) que son las formas con las que un gobierno “institucionaliza la memoria de un conflicto, olvidando o dejando de lado voluntariamente otra posible forma de memoria, supone una forma de poder sobre el tratamiento de ese pasado reciente.” (Schelotto, 2015)↵
- En base al trabajo de Lastra (2016)↵
- Fue durante los años ochenta que resultó urgente conocer quiénes y cuántos eran los argentinos en el exterior. Se hablaba de una comunidad formada por más de dos millones de personas (Yankelevich y Jensen en Lastra, 2016: 44). Para profundizar en los datos y registros que es posibles consultar para considerar el número de exiliados en Argentina, ver el trabajo de Yankelevich (2009). Se estima para el caso argentino, un número calculado en aproximadamente 350 000 (Lastra, 2016 :45). Tampoco para el caso uruguayo existieron consensos respecto a las cifras. Entre las más aceptadas por los estudios académicos, se estima que por lo menos se trató de entre 250 000 y 300 000 exiliados uruguayos que partieron entre 1968 y 1985 (Dutrénit Bielous, et al. en Lastra, 2016:45).↵
- Retomo aquí las consideraciones de Lastra respecto a que “lo político de las salidas al exilio no está dado per se, por haber pertenecido a tal o cual partido o por haber formado parte de las organizaciones de izquierda armada en cualquiera de los dos países, sino que lo político de los exilios aquí resulta tan amplio como tipos de militancias hubo (sociales, estudiantiles, barriales, religiosas, entre otras)” (Lastra, 2016:52).↵
- Unión Cívica Radical↵
- Pese a que no aparece documentado, se habría acordado entonces la no revisión del pasado en materia de derechos humanos (Lastra, 2016: 20).↵
- El proceso fue en dos etapas: “dictadura transicional” (1980-1984) y “transición democrática”(1985-1989) con la presidencia de Julio María Sanguinetti (Lastra, 2016:20).↵
- El proceso de retorno presentó en ambos países diferentes perfiles y formas de organización. El retorno en Argentina contó con menor organización y además existieron inquietudes y rechazos generados por las sospechas sobre el retorno de militantes Montoneros. Los regresos fueron individuales, por goteo, poco coordinados y sin repercusión pública. Por su parte, el retorno uruguayo contó con mayor organización, en la que intervinieron los partidos y organizaciones políticas de izquierda en el exilio, en distintas partes del mundo. Desde el exilio se crearon organizaciones específicas para coordinar la vuelta y contaron también con la presencia de partidos políticos como el FA y el PVP. El MNL-T mantuvo su estructura en el exilio a pesar de divisiones y su vuelta vino con el pasaje a la legalidad y por lo tanto el abandono de la lucha armada (1984). En cuanto a las ayudas al retorno, Argentina contó con escasos programas y reinserción selectiva (hubo un acento en científicos y técnicos). Existieron barreras judiciales para el retorno de muchos exiliados. A la vez, las acciones de múltiples agrupaciones de derechos humanos abordaron la defensa de los derechos violados por la dictadura, centrados, al momento de la apertura, en la situación de los desaparecidos y en el juicio a los responsables del terrorismo estatal (Lastra, 2016:265). Las organizaciones sociales (OSEA) se ocuparon de los regresos y de la asistencia a quienes eran considerados sospechosos o fueron ignorados. Para el Uruguay la Ley de Amnistía estableció la creación de la Comisión Nacional de Repatriación, que funcionaría en el Ministerio de Cultura, para facilitar y apoyar el regreso de los uruguayos que deseen retornar. En un escenario de fuertes reclamos sociales y de naciente representación de partidos políticos (Lastra, 2016:267), también participaron organizaciones vinculadas a los DDHH. Dichas organizaciones tuvieron presencia en comisiones específicas (sindicales, partidarias, cooperativas, o colectivos multisectoriales). Los programas de asistencia en ambos países no solo fueron en clave nacional (en particular en Uruguay) sino también con la participación de organismos internacionales (como ACNUR). De igual modo se instaló el dilema por los posibles “privilegios” sobre la asistencia a quienes retornaban.↵
- Tanto en lo que respecta a la necesidad de contención terapéutica, como también la posición de los niños y niñas como sujetos de la “resistencia” política (Chmiel, 2021c).↵
- De este modo, la figura de la infancia significó, para quienes recibían a esos niños, un símbolo de la persistencia de la militancia por fuera de las fronteras del Uruguay y un llamamiento al proyecto futuro que vendría con la democracia en ciernes. Funcionaron entonces como una “llave” política, “una excusa tanto en lo que respecta a la lucha por la democracia como también a la interna de la Comisión conformada para el reencuentro” (Rodríguez Villamil,1990) que tensionó en diferentes niveles: social-político, familiar, individual. Como acontecimiento, el viaje implicó también desempolvar las dinámicas de organización de la sociedad civil, reubicar los roles, las ansiedades de participación. Movilizó aspectos ideológicos, vinculares, profesionales, políticos y familiares y puso en cuestión las posiciones individuales y colectivas que no pudieron ser indiferentes (Chmiel, 2021c).↵
- Movimiento de Liberación Nacional – Tupamaros↵
- Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas↵
- Una que apuntaba a los asesinatos de Michelini y Gutiérrez Ruiz y la otra, dedicada a reunir información sobre desaparecidos.↵
- Servicio de Paz y Justicia↵
- Decretos Nº 157 y Nº 158↵
- El juicio a las Juntas Militares (1985) “se convirtió en el símbolo de una democracia que se “refundaba” sobre la base de la justicia” y a la vez, como “acto” que cerraría la larga historia de golpes militares en la argentina, junto a una cultura política marcada por la violencia y la transgresión a las instituciones estatales” (Lastra, 2016:25).↵
- Surgida de un proyecto impulsado por los partidos tradicionales.↵
- Algunas grietas en esta Ley permitirán luego a los familiares y organismos de derechos humanos, continuar con las investigaciones. Por ejemplo, el artículo 4to que permitía que los jueces pudieran continuar con las investigaciones en caso de que el poder Ejecutivo así lo dispusiera.↵
- Comisión Nacional Pro Referendum↵
- En particular la causa Yofre de Vaca Narvaja.↵
- Arfuch (2020). Entre ellos: Verónica Gerber Bicceci, con Conjunto vacío (2014); Transterradas (2019) un libro de Marisa González de Oleaga, Carolina Meloni González y Carola Saiegh Dorín; Laura Alcoba, El azul de las abejas (2014); Macarena Aguiló, El edificio de los chilenos (2010) y Virginia Croatto, con La guardería (2016), la muestra Exilios, en 2017 (estos son mencionados y analizados por Arfuch). Añado aquí otras producciones como Tus padres volverán (2015) de Pablo Martínez Pessi; Una familia bajo la nieve de Mónica Szwaig (2021).↵
- Estas profusas producciones tuvieron lugar fundamentalmente en la Argentina.↵
- http://hijasehijosdelexilio.com.ar/↵
- https://memoriaenlibertad.uy/↵
- Sino que se trata de niños, niñas y adolescentes que han sufrido múltiples acciones directas de la crueldad represiva. Estas agrupaciones surgen después de las agrupaciones de H.I.J.OS en Argentina y en Uruguay.↵
- Como muestra de ello, basta recordar, en Argentina, el fallo de la Corte Suprema por el “2×1” que intentó interpretar un antecedente para reducir la pena de los detenidos por delitos de lesa humanidad, o la destitución de Manini Ríos en Uruguay por sus declaraciones contra la justicia por fallos relacionados con la dictadura militar, o la destitución de la cúpula de defensa y del comandante del ejercito (en 2018) a raíz de las declaraciones en prensa sobre asesinatos perpetrados en dictadura, entre otros acontecimientos. Sus intermitentes declaraciones en torno a los crímenes de la dictadura y las defensas de los integrantes de su partido (Cabildo Abierto, hoy parte de la coalición oficialista) a los represores. Asimismo, cabe destacar las declaraciones en medios de prensa de voceros o funcionarios de partidos asociados a la derecha y las discusiones que niegan los crímenes del pasado. Sumado a los debates sobre las políticas de justicia y la permanencia de militares vinculados a la dictadura en espacios de gobierno democrático, otro ejemplo de la vigencia de estas experiencias traumáticas se observa en la Argentina, con la ratificación del derecho de ser indemnizados como víctimas del terrorismo de Estado para las personas nacidas en el exterior tras el exilio de sus padres durante la última dictadura. Disponible en: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-277868-2015-07-25.htm↵
- En conferencia del IDAES sobre La Guardería. Cosse, I. (1 de julio de 2021) “La ‘guardería’ Montonera en Cuba: Niñez, afectos y política en la coyuntura caliente de la Guerra Fría” en Taller internacional: “Infancias, violencia y terrorismo de Estado. Voces, miradas, agencia de niñxs sobrevivientes”, CALAS, UNSAM; Cosse, I. (23 de agosto de 2021) Entre el amor, la política y la violencia: la guardería de Montoneros en Cuba, Escuela IDAES, Buenos Aires.↵
- Cosse en conferencias y Seminario de Posgrado “Lecturas historiográficas: Política y Familia durante la Guerra Fría” en IDAES (2020).↵
- Agradezco a Isabella Cosse los comentarios al trabajo final presentado para dicho seminario de posgrado.↵
- 6Muchos de ellos y ellas siendo también padres o madres, muchos y muchas haciendo referencia a la edad avanzada o a la salud frágil o a la pérdida de padres o madres.↵
- Institución Nacional de Derechos Humanos.↵
- “por el accionar ilegítimo de agentes del Estado, reconociéndose, asimismo, que son víctimas directas del Terrorismo de Estado”.↵
- https://nacla.org/news/refugiados-infancia-migracion-americas↵
- De estos fenómenos de circulación han surgido figuras de niños que han perecido en la precariedad de dichos movimientos, como el niño sirio (Llobet, 2016), o la historia de Elián, el “niño balserito” que sobrevivió y fue al mismo tiempo una especie de botín político en pugna.↵
- Handke, Peter (2010), El juego de preguntas, Madrid, Alfaguara.↵
- Un avance de este capítulo fue publicado como artículo en la revista Nuevo Mundo Mundos Nuevos: Fira Chmiel, « Dos preguntas para un recuerdo: interrogantes para abordar las memorias de infancia durante las últimas dictaduras en Argentina y Uruguay », Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Images, mémoires et sons, mis en ligne le 24 juin 2021, consulté le 28 novembre2022. URL : http://journals.openedition.org/nuevomundo/84798 ; DOI : https://doi.org/10.4000/nuevomundo.84798↵
- Hirsch subraya la importancia de la familia en lo que respecta a la transmisión, ya sea verbal, corporal, sintomática. La familia está inmersa en imaginarios sociales, generacionales, memorias colectivas que inciden en las modalidades de transmisión del recuerdo. A partir de allí propone una distinción entre la posmemoria familiar (aquella que circula en dicho ámbito) y la afiliativa (que surge de los vínculos con los contemporáneos de la segunda generación).↵
- Al mismo tiempo, lo “pos”, puede asociarse a otras nociones como el colonialismo y poscolonialismo. El prefijo refiere no solo al legado del “colonialismo” sobre un periodo posterior sino que además considera las características que comparten ambos periodos. Es algo así como una atención particular a la “oscilación incómoda” que mixtura continuidad y ruptura (Hirsch, 2012: 9). De esta manera, el foco en lo “pos” da cuenta de las relaciones bidireccionales y el intercambio permanente entre el pasado y el presente.↵
- La experiencia que comparten adquiere un carácter fundamentalmente “prematuro”, entendiendo que la vivencia aconteció antes de una “formación de la identidad estable” asociada con la edad adulta (Suleiman, 2002: 277).↵
- Otro de los riesgos que presentan algunos de estos trabajos se relaciona con desconsiderar el contexto político e histórico en el cual se inscriben y que hace (o no) posibles determinadas formas de recuerdo. Algunas investigaciones trasladan los hallazgos para interpretar diversos contextos, en particular aquellos trabajos centrados en las reconstrucciones de significado de las nuevas generaciones acerca de la historia reciente. También, entre los estudios que abordan esta línea se presentan dificultades relacionadas a la selección de aquellos que participan de una misma generación de hijos de padres migrantes, sin distinción de la razón que empujó a esa migración. En este sentido, resulta sensible atender a las particularidades implicadas en las diferentes migraciones (o diferentes exilios) como pueden ser el político y el económico y con ello, las diferencias en cuanto al vínculo y los sentidos atribuidos al pasado reciente. La particularidad de la presencia del riesgo de muerte, con las urgencias, alertas, terrores y estrategias de supervivencia implicadas, repercute en las posibilidades de evocar recuerdos, en sus características, en el vínculo familiar con los países y con la cultura.↵
- Para ello retoma tres fuentes principales desde las cuales se construyen significados sobre el pasado: los diálogos intergeneracionales, los medios de comunicación y el ámbito educativo.↵
- Para su estudio son relevantes las diferentes formas de activismo y las producciones artísticas, que son fuentes, no tanto para describir dinámicas sociales, sino para pensar la experiencia del pasado en los nuevos tiempos.↵
- Entre la primera y la segunda generación se encuentran aquellos de una generación 1.75 y de una generación 1.25, de acuerdo a su cercanía o lejanía al nacimiento o a la adultez al momento de la inmigración.↵
- Sarlo sostiene que en lugar de posmemoria (en singular) lo que existen son: “formas de la memoria que no pueden ser atribuidas directamente a una división sencilla entre memoria de quienes vivieron los hechos y memoria de quienes son sus hijos” (Sarlo, 2005:31).↵
- La tensión entre la memoria vicaria y la construcción de memoria en el presente, puede también ser pensada con relación a las construcciones memoriales de los investigadores, historiadores y a las memorias de aquellos que fueron víctimas, sobrevivientes, familiares directos que han vivido la violencia dictatorial (Sarlo, 2005).↵
- Esta reflexión cabe también para otras nociones como la del “pos” exilio que señala Nouss (2015)↵
- El loco, el criminal, la ilusa, la posesa, la bruja (p.18).↵
- Lugar que antes había sido concebido desde una mirada marxista como “ideología” o “falsa consciencia” (Sarlo, 2005: 22).↵
- Mientras Dutrenit propone la denominación “aquellos” niños, en este trabajo prefiero no utilizar dicha expresión porque supone una distancia entre las voces de la infancia y de la adultez. Propone las memorias de la infancia por fuera de la voz que reconstruye su propio pasado. De tal modo, no se estaría reponiendo la experiencia de “aquellos” sino la propia, cuyo pasado es indisociable (Comentarios de Leonor Arfuch, en comunicación personal).↵
- Esta noción es deudora de los trabajos de Mannheim, quien señala que aquellos nacidos (o ubicados) en un mismo periodo de tiempo social e histórico dentro de una sociedad están expuestos a una variedad de eventos e ideas sociales, históricas, políticas y culturales comunes; pueden también ofrecer perspectivas comunes, una modalidad específica de vivencia y pensamiento y de “encajamiento en el proceso histórico” (Mannheim, 1993: 209). Algunos pueden construir “vínculos concretos”, proyectos u objetivos compartidos. Tal como señala Mayall, la noción de generación puede ayudar a comprender las relaciones de los niños con los adultos (Qvortup, en Mayall,2000 :251), así como el género lo hace con las relaciones entre mujeres y hombres (Mayall, 2000:251). Para su abordaje, recupero las reflexiones de Llobet (2017) respecto a la noción de generación “en tanto señalamiento de una (posible) experiencia histórica compartida por una cohorte” más que como un comportamiento adherido a un grupo de edad particular.↵
- Esta noción la retomo de las reflexiones que presentó Mariana Eva Pérez en taller internacional: “Infancias, violencia y terrorismo de Estado. Voces, miradas, agencia de niñxs sobrevivientes” (CALAS Tándem Transatlántico, UNSAM, 30 de junio al 2 de julio de 2021).↵
- De aquí surgen alguna preguntas respecto a la temporalidad de la condición filial (¿es posible dejar de ser hijo?) y por la posición identitaria que se elabora desde esa experiencia. Atender a la condición filial implica considerar el vínculo dentro de la familia que puede coincidir o no con el periodo de infancia. Asimismo, si se trata de una condición filial, es posible preguntarnos por los momentos o circunstancias en los que ha sido posible (o no) que el exilio se convierta en un exilio propio, y si se trata de una elección, de una opción singular en los modos de denominarse y situarse dentro de una experiencia y dentro de un vínculo filial.↵
- ¿Es una condición sustantiva (exiliados hijos)? ¿Es adjetiva (hijos de exiliados)? Cada una ilumina aspectos diferentes de la experiencia: hijos en exilio supone una temporalidad (¿permanente?), hijos del exilio / de exiliados ¿una propiedad del fenómeno o en relación a sus padres? ¿Qué sucede con las posibles denominaciones entre quienes han experimentado múltiples violencias ejercidas a sus padres: hijos de desaparecidos, hijos de presos políticos, hijos de exiliados, hijos de sobrevivientes? ¿Qué condiciones son asumidas por cada sujeto? ¿Hay una condición que se imponga primero? Las experiencias singulares, otra vez, parecen exceder las categorías disponibles para comprender las memorias de las infancias.↵
- Según la posición teórica que configura la definición de cada uno.↵
- Menciono aquí solo algunos autores y trabajos, por razones de espacio: Aguilar, G. (2015) “Infancia clandestine ou a vontade da fé”, Alea, vol.17, n.2, p.246-263.; Blejmar, J. (2011) “La imagen re(s)puesta. Arte, filiación y experiencia”, en Cámara et al. (comps.) Cuerpo y subjetividades: nuevas reflexiones Literatura argentina y brasileña del presente; Falcón, A. (2014) “El lugar de la “segunda generación”, en la investigación sobre exilio político: Notas en torno al documental Argenmex, exiliados hijos”, Aletheia, vol. 5, no 9.; Fandiño, L. (2016) Acomodar la vida sobre esa arena tan movediza: las memorias de los hijos en la literatura de Argentina y Chile, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba, Libro digital ; Forcinito, A. (2006) “Narración, testimonio y memorias sobrevivientes: Hacia la posmemoria en la posdictadura uruguaya”, Letras femeninas, vol. 32, no 2, p. 197-217.; Fortuny, N. (2014) Memorias fotográficas: imagen y dictadura en la fotografía argentina contemporánea, Buenos Aires, La Luminosa ; González, C. (2018) “La historia en modo menor en la producción de la «generación de los Hijos» en Argentina”, Líneas : Revue Interdisciplinaire d’Études Hispaniques, Université de Pau et des Pays de l’Adour ; Jeftanovic, A. (2016)“Archivo, infancia y memorias corales en Kínder de Francisca Bernardi y Ana Harcha y El año en que nací de Lola Arias”, Nuestra América, no 10, p. 179-192.; Logie, I., & Willem, B. (2016) “Narrativas de la postmemoria en Argentina y Chile: la casa revisitada”. Alter/nativas,, no 5, p. 1-25.; Mildenberger, J. C. (2018) Memoria y autoficción: la figura del desaparecido en la obra de hijos de militantes políticos en Argentina, Thèse présentée en vue de l’obtention du grade de doctorat en littérature option études hispaniquesm,; Triquell, X. (2017) “Infancia y dictadura: los niños ante el terrorismo de Estado en el cine argentino”. Universidad Nacional del Litoral; Culturas, 9; 1-2017; 15-28; Punte, Ma. J. (2014) “Miradas que hablan : infancia y experiencia en la narrativa argentina reciente”, Cuadernos LIRICO. Revista de la red interuniversitaria de estudios sobre las literaturas rioplatenses contemporáneas en Francia, no 11.; Reati, F. O. (2015) “Entre el amor y el reclamo: la literatura de los hijos de militantes en la posdictadura argentina”. Alter/nativas, Latin American Cultural Studies Journal, no. 5; Zylberman, L. (2017) “Infancia y memoria: Lo recordable a través del tiempo”; Institut Valencià de Cinematografía Ricardo Muñoz Suay; Archivos de la Filmoteca; 73; p.107-122.↵
- “El tiempo de los hijos” (Arfuch, 2018b) en el que emergen las voces de la segunda generación.↵
- Una noción interesante para integrar dentro de esta reflexión es la de “relatos de filiación” de Viart (2019), quien atiende al relato en el cual un individuo desarrolla la toma de conciencia de ser hijo o hija de alguien. En esta gesta literaria, los hijos e hijas estructuran la escena narrativa de la memoria, se posicionan como narradores y a la vez, como personajes secundarios del relato. Aquí se yuxtaponen fragmentos autobiográficos con las biografías paternas y maternas, proponiendo otra modalidad genérica.↵
- Con relación a esta idea de un tiempo filial, Amado señala que las obras de estos hijos e hijas pueden abordarse como gestos que subsumen al mismo tiempo dependencia y autonomía. La primera se manifiesta en la presencia de los orígenes, de los ausentes; y la segunda, a partir de la emergencia de un enunciador en primera persona y un narrador-personaje (Amado, 2009: 165).↵
- Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio.↵
- Sobre este punto, Lindón (1999) señala que la motivación estética que orienta el relato, genera necesariamente una modificación de la experiencia narrada de acuerdo a los rasgos estéticos que cada narrador selecciona.↵
- La mirada biográfica parecer ser una vía posible para ello, y esto supuso también un estímulo para la elección de la perspectiva biográfica para este trabajo.↵
- Distanciándose de la nominación de hijos perteneciente a una matriz genealógica memorial, como refiere Arfuch.↵
- “Desde esta perspectiva, “la infancia” es más bien una noción abstracta, diferente de “los niños”, que corresponde a los sujetos históricos que habitan el espacio social de la infancia de manera particular, reproduciéndolo, pero también contribuyendo a su trasformación estructural” (Vergara, 2015:57). Los niños son así actores y agentes sociales y se constituyen tempranamente como sujetos plenamente sociales y políticos (p.56).↵
- Así, atiende a las características de las movilizaciones públicas relativas a derechos humanos que han sido casi exclusivamente motivadas por familiares (madres, abuelas, hijos).↵
- Las denuncias, la instalación del problema de las víctimas de la represión como nudo en la reconstrucción democrática, la “reparación ética y política” que habilitan luego las instancias del “Nunca Más” y el Juicio a las juntas.↵
- Como una dimensión de la memoria, entre otras, este itinerario de búsqueda de verdad refiere para Vezzetti más al “correlato de una movilización y una recuperación subjetiva que al acceso a una información disponible para todos” (Vezzetti, 1996:2).↵
- La verdad, en tanto demanda, se constituye, para Vezzetti, en un motor para el trabajo de la memoria social. Vezzetti considera la “verdad” al mismo tiempo como “una dimensión del saber y una construcción ética” (Vezzetti, 1996:2).↵
- A partir del ejemplo de la CONADEP, Vezzetti subraya los planteos memoriales que involucran a la sociedad entera y que integran la reconstrucción de los hechos como una “toma de posición moral”. En este sentido, prevalece la atención al nuevo “pacto social” en las arenas de la justicia en la reflexión sobre sobre las posibilidades de la instauración de un nuevo “régimen de memoria”. Tal es así que la conformación de la CONADEP y del informe “Nunca más” implicó, para el autor, un “acto fundacional que era a la vez memoria y proyecto” p.5. Desde esta óptica, Vezzetti considera la eficacia de la “función performativa” del “Nunca más” en la memoria colectiva, las posibilidades de dar forma a los imaginarios y relaciones con el pasado (Vezzetti en Levin, 1998). En su trabajo indaga sobre la historia de esas “formaciones de memoria” que a partir de la apertura democrática –y junto con la condena consensuada sobre las violaciones a los derechos humanos– configura un nuevo “régimen de memoria”: la relación y acción pública sobre el pasado.↵
- Para profundizar en las conceptualizaciones sobre la historia reciente, sus especificidades y complejidades ver los trabajos de Florencia Levin (2017, 2016).↵
- Parto de la mirada sobre de la noción de sujeto que propone Arfuch (2002), en la que confluyen diferentes aportes disciplinares tanto de las ciencias sociales como de las ciencias del lenguaje y el psicoanálisis.↵
- “el fundamento de la subjetividad está en el ejercicio de la lengua. Por poco que se piense se advertirá que no hay otro testimonio objetivo de la identidad del sujeto que el que así da él mismo sobre sí mismo” (Benveniste, 2011:183).↵
- Alejado de una mirada instrumental sobre el lenguaje en tanto artefacto o herramienta de comunicación, subraya su rasgo intrínsecamente subjetivo y constitutivo del carácter humano: “el lenguaje enseña la definición misma del hombre” (Benveniste,2011:180). y considera que “en y por el lenguaje es como el hombre se constituye como sujeto”. La subjetividad entonces, es la capacidad del locutor de plantearse como “sujeto” y lo define no por el sentimiento que cada quien experimenta de ser él mismo, sino como la unidad psíquica que trasciende a la totalidad de las experiencias vividas que reúne y que asegura la permanencia de la conciencia (Benveniste,2011:180).↵
- “cada quehacer nuestro tendrá el carácter de encuentro con el otro basado en una responsabilidad especifica que el otro genera: debido a mi posición única e irrepetible en el espacio y en el tiempo, Yo soy la única persona capaz de realizar mis actos concretos, que repercuten de una manera concluyente en el otro, pero, antes que nada, que están hechos “para el otro”, buscando su mirada y su sanción” (Bajtín: 2002:17). Incluso, desde una mirada humilde, Bajtín le concede al otro una posición protagonista: “ser significa ser para otro y a través del otro, para sí mismo” y esta posición se encuentra en la frontera: “al mirar en su interior, mira a los ojos de otro, o bien a través de los ojos de otro” (Bajtín, 2002:162).↵
- ¿Qué formas adquiere el recuerdo de la infancia en dictadura en el contexto presente? ¿Qué aspectos del recuerdo son puestos de relieve por quienes recuerdan? ¿Cómo se imbrican los (des)conocimientos sobre las formas dictatoriales cotidianas con los afectos y vínculos familiares? ¿En qué entramados circulaban dichos conocimientos? La dimensión memorial atiende aquí a la dimensión dinámica de estas miradas retrospectivas, y en intermitente retorno y relectura, sobre la vivencia infantil.↵
- Agrupación conformada por hijas, hijos y familiares de las fuerzas armadas, responsables de los crímenes de lesa humanidad perpetrados en dictadura. Se crea en el año 2017.↵
- Que incluso, para el autor, podrían ofrecer argumentos que perjudicaran las causas.↵
- Para LaCapra (2006) el concepto de experiencia plantea también el problema de la memoria y el vínculo entre historia y memoria. Lo que denomina como “experiencia” se trata, para el autor, del “recuerdo de la experiencia” (p.96).↵
- La experiencia, para LaCapra (2006), es un “proceso que implicaría una respuesta afectiva –y no sólo acotadamente cognitiva– donde la afectividad estaría significativamente relacionada con el intento […] de comprender al otro” (p.67). Asimismo, el autor intentar definir la idea de experiencia, retoma y desglosa las definiciones que ofrece el diccionario y discute cada punto. En este sentido subraya el rasgo de “algo” que ha acontecido: no solo se trata de quien ha sido “testigo presencial” de dicho acontecimiento, sino de quienes se identifican o empatizan con ello. LaCapra señala el proceso de “pasar por algo” como aspecto crucial para cualquier definición de experiencia (p.67). En torno a esta reflexión me interesa añadir las consideraciones de Braunstein, para quien un individuo es quien es por haber atravesado por dicho “algo”. La memoria de esas experiencias es la que modula quien uno es: “Yo” soy aquél al que alguna vez le pasó “eso” y si no fuera por “eso” no sería quien soy; sería otro. Soy tan solo un bloque de recuerdos (y de olvidos) que presumo “me” pertenecen. Soy la consecuencia de ciertas reminiscencias (Braunstein, 2008:9)”.↵
- “la experiencia constituye una verdadera demanda del relato” (Ricoeur, 2006:19). Para Ricoeur ambas se entrelazan derribando la idea de que pertenecen a dos dominios separados.↵
- Con relación a la imposibilidad de narrar la experiencia entre quienes retornaron de la guerra. “no se trata de una crisis en nuestra percepción sino en la capacidad de articular los acontecimientos que meramente registramos” (Staroselsky,2015).↵
- La fábula: “un anciano que en su lecho de muerte hace saber a sus hijos que en su viña hay un tesoro escondido. Solo tienen que cavar. Cavaron, pero ni rastro del tesoro. Sin embargo, cuando llega el otoño, la viña aporta como ninguna otra en la región. Entonces se dan cuenta de que el padre les legó una experiencia: la bendición no está en el oro, sino en la laboriosidad. Mientras crecíamos nos predicaban experiencias semejantes que son de amenaza o para sosegarnos” (Benjamin en Link, 2009:105).↵
- “No hay verdad en la experiencia, pero no porque se declare no verdadera sino porque la experiencia se construye en el lugar de indecibilidad de lo verdadero y lo falso. De la experiencia ni siquiera se puede decir que sea, sino que la hay (o no) en determinadas circunstancias” (Link, 2009).↵
- Hay diversos trabajos e investigaciones fundantes desde el ámbito psicosocial que abordan la perspectiva generacional de los traumas sociales. Entre ellos la investigación la investigación elaborada por EATIP, GTNM/RJ, CINTRAS, SERSOC (2009) que aborda el daño transgeneracional producido por la represión en el Cono Sur; Kordon, Diana; Edelman, Lucila (1986). Efectos psicológicos de la represión política. Buenos Aires: Sudamericana, 1986. ; Kordon, D. R., Edelman, L. I., Lagos, D., Kersner, D. (2011). Sur, dictadura y después…: elaboración psicosocial y clínica de los traumas colectivos. Psicolibro Ediciones. Viñar, M. (1993). Fracturas de memoria: crónicas para una memoria por venir. Ediciones Trilce; Leis, M. C. (2015). Exilio uruguayo en México: una aproximación a la construcción subjetiva de personas nacidas en el exilio de sus padres; Giudice, A. L. (Ed.). (2008). Centro de atención por el derecho a la identidad de Abuelas de Plaza de Mayo: psicoanálisis: identidad y transmisión. Abuelas de Plaza de Mayo; Irrazábal, E., Montealegre, N., Peirano, A., Sapriza, G. (2008). En torno al objeto-testimonio: diálogos entre investigación y extensión en el proceso de recordar de la “Segunda generación”; Irrazábal Juanicotenea, E. (2018). La producción de subjetividad de la segunda generación afectada por el terrorismo de estado, al concluir la década del 1990. Desde una perspectiva 33 años después de finalizada la útlima dictadura en Uruguay (1973-1985).↵
- Un avance sobre estas reflexiones y otras que que integran el apartado 4.a y 4.b se presentan en los artículos Chmiel (2021b) y Chmiel (2019).↵
- Ricoeur utiliza la metáfora del “vástago” para aludir por primera vez al problema: “El frágil vástago, fruto de la unión de la historia y de la ficción, es la asignación a un individuo o a una comunidad de una identidad específica que podemos llamar su identidad narrativa.” (Ricoeur en Néspolo 1995: 997).↵
- Según Robin, no como una oposición a la verdad sino entendida como sinceridad: sin mentirse a sí mismo.↵
- Más que de ser, tal como señala Arfuch (2013) a través de Hall.↵
- “un pintor que viene después del escribano y dibuja en el alma las imágenes que corresponden a las palabras” (Ricoeur, 2000:31).↵
- Además de aludir a la falta constitutiva (aquello que no aparece, lo que no está en la imagen), refiere a “esa sombra perturbadora que la temporalidad arroja sobre ella recordándonos la mortalidad: el retrato, la fotografía, la pintura, la impresión grabada en la retina, dan cuenta de ello” (Arfuch, 2013: 67).↵
- Atender al “fondo de la palabra” implica, entonces, reconocer la dimensión icónica del lenguaje, la cualidad intrínseca de la palabra como signo (imagen acústica + concepto) como propone Arfuch convocando a Saussure.↵
- La imaginación que, según Lapoujade (2007), “avizora una trama compleja y directa de posibles relaciones con y en lo real, porque se regocija en la intimidad de una relación poética con lo que aparece” (p.96).↵
- Las imágenes configuran aquello que es vivido imaginariamente “El mundo imaginado es anterior al mundo real, que primero es vivido imaginariamente, en y como imágenes. Esta acción imaginante corresponde al hombre en el mundo, al hombre poblando el mundo, en la inmediatez, como la piedra, la flor, el pájaro. Es una forma muy delicada de sustitución como inversión: primero la imagen, luego el precepto” (Bachelard en Lapoujade, 2007).↵
- Todos los acontecimientos que forman parte de las biografías se impregnan del registro imaginario y se solapan los órdenes de lo universal y lo particular, lo exterior y lo interior, configurando una creación singular (Lindon, 1999).↵
- Esta salida se propone como una cualidad doble: tanto del historiador como del escucha: “rompen con aquello que la constituye en proximidad y se aleja para capturar reflexivamente la diferencia”. De esta manera la imaginación “sale” a visitar posiciones inexploradas y crea un sentido a partir de “experiencias desordenadas, contradictorias” que no se someten a asumirlas como comprendidas solamente por haberlas atravesado (Sarlo, 2005:54).↵
- Asimismo, es relevante señalar la función reparadora de toda empresa autobiográfica (Lejeune en Lagos, 2012).↵
- Agradezco los comentarios de Vivián Rimano sobre la noción de trauma para el psicoanálisis.↵
- Podría leerse también en términos de Bjerg (2012), quien aborda la memoria de infancia que ha atravesado traumas sociales como parte de las “memorias heridas”. La dimensión generacional permite contemplar, según Bjerg, una forma de memoria subterránea, una “memoria herida” que forma parte de la memoria histórica.↵
- Agradezco los comentarios de Leonor Arfuch sobre el plan de tesis.↵
- Los trabajos de Macón y Solana (2015) profundizan sobre las particularidades de cada orientación y en los rasgos que brinda la teoría queer para, entre otras posibilidades, pensar en el vínculo entre el pasado y el presente. Desde allí los afectos se proponen como formas de aproximación al pasado.↵
- Como sugiere Dinshaw, “pensar por fuera de la narrativa histórica requiere re-trabajar la temporalidad lineal” además de un esfuerzo por significar la historia como algo que toca el tiempo pasado, que no es necesariamente ni una narrativa ni una secuencia causal (Dinshaw et. al, 2007: 185).↵
- Incluso ofrece otro modo de ordenar y dar valor al tiempo y, tal como señala Solana (2017), amplía hasta en los términos posibles para pensar esta turbulencia: asincronía, anacronismos, retrasos, vestigios, fantasmas, demoras, flashbacks, etc.↵
- Así, comprende la temporalidad en los procesos subjetivos y retoma las concepciones de Bergson (a través de Deleuze) respecto a los movimientos simultáneos con que se expresa y convive la memoria del pasado en el presente.↵
- Para el caso de la experiencia exilar, las exigencias de reinserción suponen una temporalidad particular, señala Cornejo (2008), en la cual no hay un “aquí y ahora” sino “un antes o un después”. Por ello, subraya el punto de vista privilegiado de estas experiencias migratorias para entender los rasgos identitarios que deben modularse para afrontar los cambios.↵
- En esta dinámica Das (2007) reconoce, por un lado, un gesto que asume un modo de esperanza (siendo esta siempre una esperanza frente a la evidencia; en caso contrario se pregunta si sería una expectativa). Por otro lado, la posibilidad de los posibles fracasos de esta modalidad cuando se encuentran obstáculos en ese “descenso” hacia lo ordinario (p.100).↵
- Los juicios en el caso observado en dicha instancia por Macon.↵
- Por su parte, Freccero, con la noción de la espectralidad queer, propone una relación fantasmática con la historicidad que podría mostrar la fuerza afectiva del pasado en el presente “de un deseo que surge de otro tiempo, y que impone una demanda al presente en la forma de un imperativo ético” (Freccero en Dinshaw et al., 2007: 184). El fantasma se propone así como figura de la hauntología, como pasado traumático particular y parcialmente imaginado, como aproximación espectral a una situación histórica y ética. En este sentido, Freccero enfatiza este aspecto híbrido de la temporalidad, entendiendo los modos inquietantes en los que el pasado tiene lugar en el hoy. Esta mirada sobre la espectralidad es relevante porque propone una “relación más ética con el pasado” y con el proyecto historiográfico (Freccero en Dinshaw et al., 2007:195). Tal es así que el rasgo fantasmático invita a revisitar las experiencias pasadas, encarnadas en diversos discursos sociales disponibles en diversas etapas históricas; discursividades que cuestionan las diversas escalas de la historia, tanto en soportes culturales, como políticos, jurídicos y colectivos. Se trata de una experiencia inacabada y aún sintiente que en cada contacto propone modificaciones, restauraciones, demandas íntimas y sociales. De ahí también su potencia política.↵
- Comprendo aquí la idea de “entrevista biográfica” no como un cuestionario ni como un intento por clasificar o formalizar la palabra que brota del encuentro, sino que pretendo simple y delicadamente abrir la escucha a aquello que emerge de esa experiencia exiliar (Comentarios de Leonor Arfuch en comunicación personal).↵
- En los anexos despliego las consideraciones y decisiones que he tomado respecto a las múltiples variables para seleccionar a los entrevistados y entrevistadas.↵
- Tal es así que: “o fato de ser uma fala de sua época e de sua sociedade é plenamente reconhocido pela pesquisa biográfica que vai mais além: faz de la uma dimensao constitutiva da individualidade.” (Conde, 1994:). A su vez, la autora propone una serie de preguntas interesantes respecto de las posiciones en diálogo: ¿quién es el verdadero interrogador en una entrevista biográfica? ¿aquel que habla y da cuenta sobre sí o aquel que oye y recibe? ¿a qué otro va destinado el relato?↵
- Según Malimacci (2006), la historia de vida se interroga acerca de un individuo determinado y el investigador integra otros documentos que complementan la comprensión de su objeto. El individuo es parte, testigo, de algún hecho significativo.↵
- Las escenas en el relato surgen a partir de un estímulo, una pregunta que moviliza la imaginación activa de los entrevistados. Así, se pretende que el relato recupere la espontaneidad de lo vivido, estableciendo un trabajo memorial sobre el pasado.↵
- Las escenas son también un recurso propuesto desde la teoría literaria. La escena es uno de los movimientos que, según Genette (en Klein, 2008), regulan el ritmo narrativo. En los relatos de vida la duración es una dimensión temporal “más ligada a la subjetividad, ya que el tiempo se vive como tal” (Klein, 2008:160). Entre aquellos movimientos que regulan el ritmo narrativo, recupera de Genette el “resumen” y las escenas, para analizar los relatos de vida. A partir de ellos observa la decisión (consciente o no) del narrador sobre la velocidad que quiere imprimirle al relato. Algunos fragmentos se aceleran (resumen) y otros se ralentizan (escenas). Esto genera un efecto diferente: una mayor distancia o una mayor proximidad en la relación con el otro (que se encuentra en el dialogo, en nuestro caso). Esta proximidad propone al otro (al lector, para Genette) involucrarse de manera más directa con la acción que es relatada, como si estuviera en el lugar del protagonista (Klein, 2008:161). Esta noción también es retomada por Saporisi (2018) en su tesis, quien propone abordar la memoria en tanto “escena de contacto” como un acercamiento afectivo y sensible al pasado. Toma como base para ello, la propuesta de Ahmed del modelo de archivo como “zona de contacto”(p.28).↵
- Los relatos de vida que son narrados no solo versan sobre las historias autobiográficas, señala Sharim y Ropert, sino que también dan cuenta de lo que la situación de interacción les permita “como modos de ser sujeto en esa relación de intersubjetividad”.↵
- Es clave aquí considerar que la entrevista convoca un tratamiento sensible y delicado por tratarse siempre de una “intrusión en la privacidad” (Arfuch, interioridad pública), incluso más cuando se trata de temáticas dolientes cuyas heridas aún permanecen abiertas.↵
- Tal como señala Carli existen puntos de contacto entre las fronteras de la historia oral y las sesiones psicoanalíticas (Jamesen Carli, 2011:31). El uso de la entrevista, en ambas posiciones presenta un “delicado equilibrio” entre aquello que pregunta el entrevistador y la “memoria fugaz” del entrevistado (p.31). Esto implica que, a la hora de la entrevista que ahonda en la memoria infantil, deban también contemplarse los silencios, las asociaciones libres (sin forzar los recuerdos), aspectos que pueden ser asociados a la dinámica de una sesión psicoanalítica. Sin embargo, señala Carli a partir de Fraser, que mientras que la escucha psicoanalítica “se caracteriza por la ‘atención a la suspensión libre’, la del historiador oral es la ‘escucha plenamente alerta’” (Fraser en Carli, 2011: 31).↵
- El espacio de la entrevista es un lugar en donde el investigador también puede trabajar sobre los ecos que tienen para sí mismo las palabras y actitudes del entrevistado (Legrand, 1999). Legrand propone una lectura interesante respecto a la idea de la “la contra-transferencia del investigador” para considerar las implicaciones del investigador respecto a su “objeto de estudio”. La posibilidad de explicitar la subjetividad del observador se propone como una suerte de garantía o vía hacia una (imposible) objetividad. Es por ello que Legrand propone ahondar también en los modos en que lo estudiado influye (cognitiva y afectivamente) en la experiencia personal del investigador. Si bien no lo desarrollo aquí, durante todo el proceso de investigación consideré este aspecto personal (mi propia historia, afectos, sensibilidad). Así, la reflexividad ofrece sus huellas en los relatos, en las lecturas, interpretaciones o preguntas de los entrevistados tanto sobre sí mismos como sobre mi lugar. Por mencionar algún aspecto, mi condición fronteriza uruguaya-residente argentina convocó espontáneamente a muchos entrevistados a detenerse y reponer informaciones, datos o debates nacionales, culturales, por suponer que tal vez no estuviera al tanto de ellos (y, de hecho, a veces no lo estaba), o las preguntas o reflexiones asociadas a mi propia historia relacionada con el exilio.↵
- Esto también se plantea en las categorías que se utilizan, que son, a la vez, de uso común de los actores estudiados, por el rasgo cercano y próximo (temporalmente) entre los actores y los investigadores (Franco, Levin, 2007).↵
- No se trata de traducir (en el sentido de convertir los modos de los otros a través del modo del investigador), sino de “la exposición, mediante nuestras locuciones, de la lógica de sus modos de disposición […] más próxima a lo que hace un crítico para arrojar luz sobre un poema que a lo que hace un astrónomo para tomar nota de una nueva estrella” (Geertz en García Amilburu, 2000). Intentar comprender la experiencia de los otros no supone, así, una “simple” empatía sino que la experiencia debe ser considerada en el propio marco de ideas que configuran la conciencia de sí (Geertz, 2001).↵
- Entrevista a Mariana Dimópulos por Hinde Pomeraniec en el programa Vidas Prestadas, Radio Nacional (21/09/2020) Link de acceso: https://www.radionacional.com.ar/tuve-la-duda-moral-de-si-tenia-derecho-a-meterme-con-los-70/↵
- En muchos casos la instancia de la entrevista ha movilizado los diálogos dentro de las familias o el anhelo por preguntar. Para los encuentros, también consulté si era posible compartir algunos objetos significativos de sus infancias; esta solicitud condujo también a una preparación previa y a un ejercicio de memoria de las familias. Por razones de espacio no pude integrar aquí los análisis relativos a los objetos (fotografías, juguetes, recuerdos, etc.) que han compartido. Esta consigna también motivó, tal como han contado varios entrevistados, las preguntas y las búsquedas de objetos e historias al interior de las familias. Asimismo, para algunos el encuentro, implicó reflexionar sobre algunas “lagunas” u olvidos respecto a sus historias, o proponer lecturas en voz alta por primera vez.↵







