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Estados Unidos en el espacio

Historia, trayectoria y perspectivas

Brian Zini

Resumen

Estados Unidos ha sido el motor de numerosos avances tecnológicos que han transformado profundamente el mundo, siendo Internet el más revolucionario de todos. Este sistema global de comunicación depende en gran medida de los satélites en órbita terrestre, que facilitan las interacciones modernas. Sin embargo, el desarrollo de Internet tal como lo conocemos hoy no habría sido posible sin el contexto geopolítico de la Guerra Fría, que impulsó una intensa carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La exploración espacial no solo sentó las bases para el mundo digital actual, sino que también redefinió las dinámicas del trabajo y el ocio. Este ensayo explora en profundidad los esfuerzos de Estados Unidos en la exploración espacial, estructurados en tres etapas clave: la carrera espacial inicial (antes de 1975), un período de cooperación y expansión (1975-2000), y la era contemporánea marcada por la seguridad nacional y la participación de empresas privadas (desde la década de 2000 hasta la actualidad).

Palabras clave

Relaciones internacionales, Estados Unidos, geopolítica, espacio exterior, futuro.

Abstract

The United States has been at the forefront of numerous technological advancements that have profoundly shaped the modern world, with the Internet being the most revolutionary. This global communication system relies heavily on satellites orbiting the Earth, which enable seamless connectivity. However, the development of the Internet as we know it today would not have been possible without the geopolitical context of the Cold War, which fueled a competitive space race between the United States and the Soviet Union. Space exploration not only laid the groundwork for today’s digital world but also redefined the dynamics of work and leisure. This essay delves into the United States’ efforts in space exploration, divided into three key stages: the initial space race (before 1975), a period of cooperation and expansion (1975-2000), and the contemporary era characterized by national security concerns and the rise of private companies (since the 2000s).

Keywords

International affairs, United States, geopolitics, outer space, future.

Etapa 1. Carrera espacial (previo a 1975)

El caso de Estados Unidos (EE. UU.) y su construcción como nación es particular, fundado en la idea del excepcionalismo. Los padres fundadores pensaron en la Constitución norteamericana como un vehículo para transmitir a la humanidad toda los valores de igualdad, separación de poderes y Estado de derecho, entre otros.

Posteriormente, a medida que EE. UU. se consolidaba, surgió la idea del destino manifiesto donde la transmisión de sus valores de civilización estaba guiada por Dios. Al respecto Oueslati (2014) sostiene:

… el destino manifiesto de los Estados Unidos era que se extendería por todo el continente designado por la Providencia para el desarrollo en libertad de los millones de habitantes que se multiplican anualmente […] dándole la Providencia a los EE. UU. la misión de expandir lo más posible la democracia republicana (Oueslati, 2014: 472).

Bajo estos principios EE. UU. recorría el camino hacia su conversión en superpotencia mundial, siendo la Doctrina Monroe el punto fundacional en el cual determinó su zona de influencia regional, dando su primer paso hacia la dominación global. Posteriormente, se destacarían los presidentes Theodore Roosevelt y Woodrow Wilson, quienes sumarían los enfoques realista y liberal, en línea con el excepcionalismo y el destino manifiesto.

Un evento crucial para la consolidación de EE. UU. como superpotencia sería la Segunda Guerra Mundial, como magistralmente describe Herring (2008):

La guerra […] produjo que el mundo dominante eurocéntrico llegue a su fin a través de un proceso de autodestrucción. Un nuevo sistema bipolar lo reemplazó. Primero Estados Unidos y luego la Unión Soviética emergieron de la guerra capaces de ejercer influencia significativa más allá de sus fronteras (Herring, 2008: 596).

Al finalizar esta guerra, fue el presidente Harry Truman quien construiría un sugestivo blend entre estos conceptos para describir la posición norteamericana al inicio de la Guerra Fría:

Suscribiendo a convicciones internacionalistas que mezclaban el moralismo civilizacional universal con […] una creencia en la justa necesidad de la fuerza militar –y potencialmente la fuerza física– en defensa del Derecho […] el mundo estaba dividido entre dos formas de vida, una basada en la voluntad de la mayoría, y distinguida por instituciones libres, gobierno representativo, elecciones libres, garantías de las libertades individuales, libertad de expresión y religión […]. El segundo estaba basado en la voluntad de una minoría impuesta a la fuerza por la mayoría. Se basa en el terror y la opresión, una prensa y una radio controladas, elecciones fijas y la supresión de las libertades personales. El primer modo de vida libre lo encarna el sistema estadounidense, el segundo la Unión Soviética (Oueslati, 2014: 474).

De esta manera, quedaba claro que la competencia con la Unión Soviética (URSS) no se limitaba únicamente a una disputa por el liderazgo global, sino que además encarnaba la defensa de un sistema de vida considerado superior y por ello debía ser defendido y extendido lo más posible frente al peligro del paradigma comunista.

En la Guerra Fría, no era posible un enfrentamiento directo entre ambas superpotencias (ya que, como ambas tenían armas nucleares, de producirse se generaría la destrucción mutua asegurada o Mutual Assured Destruction-MAD). En cambio, compitieron en las llamadas proxy wars, y en planos no militares como la cultura, los Juegos Olímpicos y, por supuesto, en los avances científicos.

Como sostiene Jordan Johnson (2017) refiriéndose a esta competencia:

Más que una pelea abierta, entre ambos bandos se apresuraron a encontrar formas para demostrar superioridad sobre el otro […] esto llevó a rápidos avances en ingeniería y tecnología con proyectos que abrieron nuevas fronteras de innovación […] uno de los capítulos más destacados en esta era de competencia fue sin dudas la era espacial (Johnson, 2017: 8).

En los primeros años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. lideró el avance científico en cuanto a la exploración espacial, llevando al primer mamífero al espacio en 1949, y al primer cohete en la exosfera, la capa más externa de la atmósfera terrestre, superando los 1000 kilómetros de altura en el año 1956.

No obstante, después de 1957 y por varios años, la Unión Soviética recuperó la iniciativa, con logros impresionantes, incluyendo el primer satélite en orbitar la Tierra exitosamente (Sputnik en 1957), el primer hombre en orbitar la Tierra (Yuri Gagarin, 1961), así como la primera mujer en conseguirlo (Valentina Tereshkova, 1963).

El lanzamiento del Sputnik no solo representaba una humillación en la carrera espacial para EE. UU., sino que además generó preocupaciones en el plano militar debido a que el cohete soviético propulsor fue el primer misil balístico intercontinental del mundo (llamado R-7), lo que representaba una grave amenaza a la seguridad nacional de EE. UU.

Esta extrema preocupación se extendió en Occidente, llevando a la percepción en EE. UU. de que la exploración espacial debía ser un asunto prioritario para reducir la brecha tecnológica con los soviéticos. Este período en 1957 fue acuñado con el término “crisis del Sputnik”. Sin embargo, generó el definitivo inicio de la carrera espacial:

Los soviéticos lanzaron el misil continental R-7 llevando al primer satélite artificial del mundo […] el Sputnik era muy simple: apenas una esfera brillante y pequeña de aluminio, de unos 56 centímetros de diámetro […] pero por su rol histórico, Sputnik fue enorme. Marcó el inicio de la era espacial (Mieczkowski, 2013: 12).

Ante el temor ocasionado por el lanzamiento del Sputnik, la administración de Dwight Eisenhower reaccionó de manera calma, pese a que los titulares de los diarios elevaban la alarma cuestionando incluso la superioridad del capitalismo frente al comunismo:

Eisenhower manejó la crisis del Sputnik con admirable tranquilidad […]. El presidente sabía –aunque no podía divulgarlo públicamente– que si bien el Kremlin había asegurado una enorme victoria propagandística de corto plazo, sus misiles no podían llegar a los Estados Unidos […] Einsenhower limitó las críticas tomando medidas modestas, como un pequeño incremento en el gasto en defensa para calmar la opinión pública y la creación de la NASA para promover la exploración espacial (Herring, 2008: 692).

Así, en sus inicios, la exploración espacial y la formación de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) tuvo una estrecha relación con la presión de la opinión pública. Como muchas veces ocurrió en la historia de EE. UU., su política exterior tuvo como factor decisivo la influencia del votante:

Los historiadores llevan mucho tiempo reconociendo y evaluando la influencia de la opinión pública en la elaboración de la política exterior estadounidense […]. El historiador Melvin Small […] ha argumentado que “no se puede entender la historia diplomática estadounidense sin comprender el papel central de la opinión pública en esa historia” (Johnstone & Laville, 2010: 11).

En 1958 el Congreso de EE. UU. aprobó la creación de la NASA, unificándola con otros organismos preexistentes como el Consejo Nacional de Aeronáutica. La NASA aumentaría su presupuesto aún más bajo la presidencia de su sucesor, John F. Kennedy. La exploración espacial se transformó en una política de Estado.

El presidente Kennedy, luego de una investigación exhaustiva del Consejo Espacial liderado por el vicepresidente Lyndon Johnson, decidió

aumentar los esfuerzos en la exploración espacial para mantener una imagen positiva de liderazgo global. En esa época, la NASA era una agencia poco experimentada con tres años de antigüedad y dificultades para crear un programa espacial nacional con fondos limitados. El Comité de Transición presidencial liderado por el científico Jerome Wiesner había advertido a Kennedy sobre los riesgos militares y desventajas para Occidente si el liderazgo espacial de la Unión Soviética no era enfrentado. Intrínseco a esta amenaza era el temor de que otros países asumieran que dicho liderazgo en el espacio implicaba también un liderazgo en misiles (Koman, 1994: 42).

La administración Kennedy fue consciente de que la década de 1960 se inscribía en los momentos decisivos en la Guerra Fría. Por ello, fijó como uno de sus máximos objetivos llevar al hombre a la Luna para recuperar el liderazgo en la carrera espacial.

En este sentido, la NASA jugó un rol central para mantener el interés de la opinión pública en la exploración espacial y justificar su creciente presupuesto: alcanzó un récord en 1967 de USD 7 billones, en la previa del alunizaje, y nunca más volvió a estar cerca de dichos valores ajustados por inflación (Domitrovick y Broadwater, 2017). Este presupuesto en su mayor proporción fue la base para el lanzamiento del programa Apolo, que terminaría con la famosa misión del Apolo 11, la que consiguió exitosamente llegar a la Luna.

Sin embargo, no fue la NASA la única agencia del Estado en participar activamente: el Departamento de Defensa proveyó material clave como mapas de la superficie lunar y construyó el Complejo Espacial en Cabo Cañaveral desde donde se lanzó el Apolo 11, asistiendo en la construcción del artefacto que llevó la nave, sistemas de propulsión sólida, y planeadores orbitales tripulados que luego se utilizarían para misiones espaciales.

De esta manera, con el objetivo cumplido, EE. UU. finalizó la década recuperando la iniciativa frente a la URSS. Sin embargo, la carrera espacial había agotado los recursos de ambas superpotencias, y en relaciones internacionales comenzó a gestarse la Détente, término acuñado al cambio de política exterior de ambas superpotencias desde fines de los 60 para apaciguar tensiones y cooperar en un amplio y creciente rango de áreas.

En este contexto, se firmó en el marco de las Naciones Unidas el llamado Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre. Entrando en vigor en el año 1967, hasta la fecha ha sido ratificado por más de 110 naciones. Entre sus puntos principales, prohíbe emplazar armas de destrucción masiva, y resalta que la exploración del espacio debe ser en beneficio de la humanidad toda, impidiendo el reclamo de soberanía de cualquier cuerpo celeste. Esta primera etapa finalizó con este legado de cooperación, que continúa siendo el marco jurídico principal que rige las relaciones entre países en el espacio.

Etapa 2. Cooperación y expansión (1975-2000)

En el contexto de la Détente, sumado a una crisis económica global desde 1973, y crecientes tensiones sociales en su interior, en EE. UU. la exploración espacial quedó relegada a un segundo plano en esta etapa, a diferencia de las dos décadas previas. Esto fomentó la búsqueda de proyectos en colaboración con otros países, tendiendo a misiones no tripuladas y reduciendo el presupuesto de la NASA.

Luego del alunizaje exitoso, la NASA se encontró en una encrucijada sobre los siguientes pasos de exploración espacial. La caída de fondos se hacía notar: la NASA pasó de alcanzar un pico de 4,41 % del total del gasto nacional medido en términos del PBI en 1966 a un magro 0,98 % apenas nueve años después.

No obstante, el Programa Apolo continuó: la misión 12 llevaría a otros tres astronautas a la Luna, con una duración de la misión más prolongada, así como una gran cantidad de muestras recogidas de la superficie. Sin embargo, la crisis del Apolo 13 en 1970, si bien demostró la capacidad de la NASA para evitar la muerte de los tripulantes, y generó un renovado interés en la exploración espacial, produjo una nueva caída del presupuesto asignado en años subsiguientes.

La Unión Soviética también alcanzaría ambiciosos objetivos: creó las primeras estaciones espaciales exitosas en el marco del programa Salyut, en 1971, creando las bases para la futura Estación Espacial Internacional. Asimismo, con éxito llevó a los Lunojod a la Luna desde 1970, siendo los primeros robots manejados a distancia en un cuerpo celeste. Por último, consiguió, con la misión Mars 3 en 1971, el primer descenso controlado en Marte.

Sin embargo, a nivel propagandístico la llegada del hombre a la Luna por parte de EE. UU. en 1969 generó un gran impacto que superó el logro soviético del Sputnik. Pese a que había superado a su rival temporariamente, en EE. UU. no había perspectivas de continuar con una carrera espacial agotadora en términos de recursos.

Por este motivo, a nivel histórico y geopolítico, sin dudas el proyecto Apolo-Soyuz fue el más significativo. En 1975, EE. UU. y la URSS coordinaron una misión conjunta para que naves de ambos países se acoplaran en el espacio, testeando la compatibilidad de los sistemas de encuentro y acoplamiento, haciendo real la posibilidad de un rescate espacial internacional.

En este proyecto binacional, tuvo éxito la viabilidad técnica, y se generó el esperado efecto político: los astronautas de ambas naciones compartiendo momentos en el espacio juntos marcaron el inicio de una etapa colaborativa y más ambiciosa en la exploración del cosmos. De esta manera, representó el fin de la carrera espacial para la mayoría de los estudiosos y el inicio de una nueva era.

Pese a su decaimiento relativo, la URSS consiguió en 1988 el testeo exitoso de naves espaciales reutilizables con el lanzamiento del Buran; la primera estación espacial modular en ser ensamblada en el espacio, Mir (operativa entre 1986 y 2001); y las sondas Vega 1 y Vega 2 (1986), que exploraron el planeta Venus y el cometa Halley, donde los soviéticos colaboraron estrechamente con el bloque europeo para guiar a la sonda Giotto, signando el espíritu colaborativo de esta nueva etapa en la exploración espacial.

Del lado norteamericano, se lanzó la estación espacial Skylab, solo operativa entre 1973 y 1974 por falta de fondos, sentando las bases para la futura y permanente Estación Espacial Internacional. En 1977 las sondas Voyager partieron hacia los gigantes gaseosos Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno y sus satélites. Su éxito rotundo generó extensiones de sus misiones, y muchos de sus instrumentales científicos, contra todo pronóstico, siguen operativos en 2024. Hoy son los objetos más lejanos hechos por el hombre, ubicándose fuera del sistema solar en el espacio interestelar, a más de 20 billones de kilómetros del Sol.

En 1981 inició el revolucionario programa Space Shuttle, que se extendería por tres décadas. Su objetivo fue conseguir que se pueda reutilizar el equipamiento necesario para llevar astronautas en diferentes misiones al espacio. Luego de alcanzar con éxito la órbita baja de la Tierra, la nave volvía al planeta. El programa completó 135 misiones, llevando a 355 astronautas de 16 países hasta 2011. Permitió reducir los costos, para generar que el transporte de pasajeros y carga fuera más rutinario.

Sin embargo, tuvo dos resonantes fracasos, el más reciente en 2003; pero el más famoso por su impacto en la exploración espacial fue el del Challenger en 1986, que dejó siete personas fallecidas. No se analizarán aquí las razones técnicas de esta tragedia. Sin embargo, expertos consideraron que, mientras que las misiones Apolo tuvieron suficiente presupuesto, el Space Shuttle fue desfinanciado desde el principio, en un contexto de reducción del gasto estatal (Trudy y Esch, 2016). De hecho, en 1985, año previo a la tragedia, la NASA tuvo un presupuesto de USD 15.960 millones, uno de los menores desde su creación. En 1987, luego de la tragedia, los fondos asignados serían elevados a USD 22.030 millones (Our World in Data Team, 2022).

La Oficina de Administración y Presupuesto (OMB) del Gobierno Federal inicialmente fue escéptica de la viabilidad del proyecto. Sin embargo, la NASA brindó una explicación análoga al bajísimo riesgo del transporte aerocomercial. Como las dudas persistían, la OMB recomendó que se contratara a alguien externo para comparar este proyecto con otros sistemas, siendo el primero en ser sujeto a este proceso.

La NASA aprendería del desastre del Challenger, cambiando su cultura organizacional y aceptando los límites de un proyecto de esa magnitud. Se concentraría entonces en el desarrollo de artefactos que orbitarían la Tierra, como el Telescopio Hubble (lanzado en conjunto con la agencia europea en 1990) que revivió el interés popular en la astronomía y permitió descubrimientos de estrellas y galaxias; y la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS), espacio permanente en el cosmos habitado desde 1998, en colaboración con las agencias espaciales de Europa, Rusia, Japón y Canadá.

Etapa 3. Seguridad nacional junto a privados (2000-actualidad)

Como se ha explicitado, las dos etapas previas se caracterizaron por un dominio casi absoluto por parte de los Estados nacionales de la exploración espacial, tanto en la cuna del capitalismo, como en la nave insignia del socialismo.

En contraste, hacia el siglo xxi, se generó un rotundo cambio de paradigma tendiente a la fuerte incorporación del sector privado. Esto comenzó en EE. UU., donde empresas privadas pasaron a intervenir crecientemente en la industria espacial, para reducir el costo estatal de la exploración espacial, fomentar la innovación, y brindar un enfoque comercial del uso del espacio, con foco en la posible explotación de materiales raros en cuerpos celestes, y el uso comercial de la órbita baja de la Tierra con viajes de turismo en el mediano plazo.

No sin ironía, se ha caracterizado esta nueva etapa como la era espacial comercial. Es menester destacar que la infraestructura espacial vital que comenzaron a proveer estas compañías en colaboración con agencias gubernamentales contribuyen crecientemente a los intereses de seguridad nacional y defensa.

En otro punto clave, EE. UU. declaró la exploración del cosmos como un asunto de seguridad nacional mediante la creación de una Fuerza Espacial. Sin embargo, su historia viene de varias décadas atrás, debido al creciente rol del espacio como espacio de competencia con la otrora superpotencia, la Unión Soviética.

En el año 1954, se creó el Comando de Defensa del Aire (CONAD) con potestad para defender a EE. UU. de posibles ataques soviéticos provenientes del espacio. En 1982, la Fuerza Aérea creó su propio Comando Espacial. Treinta años después, luego de los atentados del 11-S, el Departamento de Defensa dividió el Comando en dos ramas y le asignó a cada una un rol crucial en la llamada “guerra contra el terrorismo”.

En 2017 se presentó la propuesta formal para la creación de la USSF (Fuerza Espacial de los EE. UU.) con respaldo de ambos partidos políticos mayoritarios. En junio de 2018, el presidente Donald Trump oficialmente ordenó al Departamento de Defensa que fuera establecida como una rama independiente dentro de las FF. AA. El Pentágono en 2019 dictó las primeras medidas administrativas, y en diciembre Trump firmó oficialmente la ley.

Sin embargo, fuera del efecto propagandístico, su presupuesto asignado es muy bajo: USD 15 billones en 2021, apenas una tercera parte de lo asignado a los marines (USD 46 billones) (Farley, 2020). La Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC 2019) estimó, en contraste, costos únicos entre USD 1.000 y 3.000 millones, con incrementos anuales de entre USD 840 y 1.300 millones de dólares.

Expertos advierten que la USSF posee escaso poder de negociación para mejorar su presupuesto a futuro. A diferencia de otras ramas de las FFFA, su lobby es débil y tiene escasa injerencia en el Congreso, al no contar con veteranos y tener una burocracia poco especializada. Así, su permanencia dependerá en gran medida del apoyo de la opinión pública.

Al analizar la opinión pública, se observa que, para un 61 % de los encuestados, es vital mantener la USSF operativa, cifra notoriamente inferior a otras ramas de las FF. AA. (Sabin, 2021). La encuesta muestra que tampoco existe un respaldo mayoritario para profundizar la colonización espacial. En cambio, un 63 % sostiene que es vital monitorear elementos clave del sistema climático de la Tierra.

Se estima que la NASA representa menos del 0.05 % del presupuesto. El Congreso aprobó casi todo el financiamiento requerido por la agencia en 2021, lo que permitiría llevar una persona a la Luna a fines de 2024, tal como se había planificado.

Volviendo a los privados, las compañías más destacadas son SpaceX (de Elon Musk), pionera en llegar a la ISS y siendo su sistema de tripulación certificado oficialmente por la NASA; y Blue Origin, fundada por Jeff Bezos, creadora del cohete New Shepard para turismo espacial. Virgin Galactic (de Richard Branson) es otra empresa clave que está participando en vuelos suborbitales. En tanto la aerocomercial Boeing busca probar con éxito su sistema en un vuelo de prueba con tripulación para obtener la certificación oficial de la NASA.

Iniciativas como el COTS (Commercial Orbital Transportation Services) han permitido que compañías como SpaceX y Orbital Sciences transportaran astronautas y carga a la ISS. El éxito de esta colaboración público-privada construiría el cimiento de la exploración espacial liderada por privados años después, que se sostiene hasta la actualidad.

Otro ejemplo característico: el Commercial Crew Program fue lanzado por la NASA en 2011, y sigue operativo en la actualidad. Mediante contratos con las compañías Boeing y SpaceX, la NASA consiguió transportar equipamiento y astronautas con costos más convenientes, con lo que logró misiones en la ISS más prolongadas.

La NASA pasó de centrarse en el transporte de carga y astronautas (delegada en contratos con privados) para pasar al diseño de naves destinadas a las regiones más recónditas del espacio, en colaboración con países aliados. En este sentido, inició el programa New Frontiers, con tres misiones actualmente activas: New Horizons, desde 2006, que pasó por Plutón y Arrokoth, el objeto celeste más distante de la Tierra jamás visitado; Juno, lanzada en 2011, que llegó a Júpiter en 2016 y ha descubierto aspectos de ese planeta que echaron por tierra viejas teorías; y OSIRIS, lanzado en 2016.

Esta última misión retornó en septiembre de 2023 con muestras del asteroide Bennu. Este asteroide orbita cerca de la Tierra y, al tener una antigüedad de 4.5 billones de años, cercana a la datación de la formación del planeta, promete brindar datos sobre el origen de la vida. Se anunció preliminarmente que las muestras contienen un elevado contenido de agua y carbono, materiales de interés que seguirán siendo estudiados (Fox et al., 2023).

En los últimos años, la NASA se focalizó en la misión Artemis, que planea llevar al ser humano a la Luna después de medio siglo y construir una base permanente en la Luna. Asimismo, mediante acuerdos con 32 países, incluida la Argentina, busca ser el punto de partida para una cooperación multilateral en la exploración del espacio. El objetivo es sentar las bases para llevar al ser humano al planeta Marte en el mediano plazo.

Otro caso destacado es el telescopio Webb, operativo desde 2021 y mucho más potente que el Hubble, en colaboración con 14 naciones. Fue lanzado desde la Guayana Francesa, utilizado tradicionalmente para los lanzamientos por la Agencia Espacial Europea, demostrando la sólida cooperación entre EE. UU. y el bloque del Viejo Continente.

Respecto a Internet, se ha generado una revolución en su velocidad con la irrupción de Starlink, servicio de Internet de banda ancha brindado por SpaceX. Se utilizan satélites propios de la empresa, que circundan la Tierra en una órbita mucho más cercana al planeta, reduciendo el tiempo de latencia y aumentando significativamente la velocidad de Internet (Delgado, 2020). Sin el capital privado fluyendo en esta nueva etapa de la exploración espacial, es altamente probable que este nuevo servicio de Internet no esté disponible aún.

Se podría continuar describiendo casos, pero, por razones de espacio, se han descripto brevemente solo los más significativos. Para el Estado norteamericano, resulta beneficioso incorporar capital privado a la exploración espacial, por lo que es de esperar que esta tendencia siga in crescendo en el futuro.

Próximas décadas y conceptos finales

¿Qué pasará en el futuro con la exploración espacial? La realidad es que, si bien hay pistas, sigue siendo un misterio su alcance y línea temporal, aunque será un escenario clave para la disputa geopolítica en próximas décadas. El autor Tim Marshall (2023) esboza algunos trazos: en principio, visualiza una situación simultánea de competencia y cooperación, ya que cada vez más países están lanzando misiones al espacio al disminuir los costos.

Asimismo, Marshall sostiene que, si no surgen reglas más estrictas para la exploración del cosmos, inevitablemente se generarán esferas de influencia y relaciones conflictivas entre bloques de países. La nación que logre ser la primera en colonizar la Luna tendrá una ventaja inmensa en la geopolítica y en lo económico. Por ejemplo, se estima que en la Luna existen al menos un millón de toneladas de helio-3, un extraño elemento con escasa presencia en la Tierra que tiene un rol vital en la producción de energía.

En términos financieros, Morgan Stanley (2020) estima que la economía espacial generará USD 1 trillón en ganancias en 2040, principalmente de la mano de la inversión privada, muy por encima de los USD 400 billones de la actualidad. Esta previsión de crecimiento se espera que continúe atrayendo capital privado y fomentando proyectos más ambiciosos.

En las próximas décadas, la exploración espacial estará enmarcada en la innovación y la colaboración entre naciones y con privados. Estados Unidos buscará volver a la Luna, llegar a Marte y seguir explorando el cosmos. Proyectos conjuntos con otras naciones y empresas privadas, sumados a tecnología de punta, prometen que Internet será aún más veloz, y que el turismo espacial y hasta la colonización de otros cuerpos celestes sean una realidad en el mediano plazo.

Referencias bibliográficas

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