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Las raíces de los Estados Unidos

Teorizando a través de la práctica

Julia Tonelli

Resumen

El presente ensayo se propone explorar en profundidad los orígenes de las primeras 13 colonias americanas, analizando el contexto histórico y los factores que llevaron a su separación de Gran Bretaña. Se busca examinar los lemas y principios de independencia que impulsaron la creación de una nueva nación con una identidad propia, destacando cómo estos principios sentaron las bases para la formación de Estados Unidos. A través de este análisis, se busca proporcionar una comprensión integral del proceso que llevó a la independencia. Al resaltar las presiones impositivas de la Corona británica, las tensiones económicas y el papel unificador del comercio y la circulación de folletos, se pretende iluminar cómo estas fuerzas contribuyeron a la emancipación y la unificación de las colonias, en pos de la creación de una nueva nación.

Palabras clave

Colonias, nativos, Inglaterra, Norteamérica, independencia, revolución, Parlamento, Congreso, representación, federalistas, antifederalistas.

Abstract

This essay aims to explore in depth the origins of the first 13 American colonies, analyzing the historical context and factors that led to their separation from Great Britain. It seeks to examine the independence statements and principles that drove the creation of a new nation with its own identity, highlighting how these principles laid the foundation for the formation of the United States. Through this analysis, the essay aims to provide a comprehensive understanding of the process that led to independence. By emphasizing the tax pressures imposed by the British crown, economic tensions, and the unifying role of trade and the circulation of pamphlets, it seeks to illuminate how these forces contributed to the emancipation and unification of the colonies, in pursuit of the creation of a new nation.

Keywords

Colonies, natives, England, North America, independence, revolution, Parliament, Congress, representation, federalist, antifederalist.

Introducción

El presente ensayo tiene como objetivo adentrarse en los orígenes independentistas de Estados Unidos, al igual que poner de manifiesto las fuentes del surgimiento del liberalismo norteamericano y profundizar acerca de los cimientos sobre los cuales se construyó su sistema político.

La inspiración de este trabajo se encuentra en los emblemáticos y poéticos lemas de independencia, al igual que los mitos y relatos que engloban a la sociedad norteamericana. Por otra parte, y como lo indica el título del ensayo, el principal movilizador de este artículo se trata del concepto de “teorización a través de la práctica” que ha caracterizado a los pensadores detrás de la organización política norteamericana. Los orígenes de dicha teorización, llevada a la práctica principalmente por las colonias recientemente independizadas, al igual que con los primeros presidentes de su historia (que a su vez son reconocidos como héroes de independencia), deben comprenderse desde la concepción de las ideas surgidas en el contexto de la emancipación de las colonias del poder imperial.

Ocupación del territorio

Para analizar las ideas políticas que dan origen al sistema político norteamericano, es preciso comenzar por el encuentro entre tres mundos: europeo, nativo-americano y africano. Los primeros asentamientos, según los describe Bender (2011), respondían a la búsqueda europea de riqueza y poder, sin de ninguna manera imaginar el surgimiento de una nueva nación en América del Norte. Durante los siglos xvi y xvii, nadie podía imaginar una única organización política formada en ese enorme espacio continental. Por otro lado, casi siempre fueron los pueblos nativos quienes fijaron el rumbo de las primeras interacciones con los ingleses que llegaron a la costa nordeste: fueron ellos quienes aceptaron la llegada de los ingleses y los ayudaron a sobrevivir en el Nuevo Mundo que conocían bien.

La relación entre los colonos y nativos estuvo marcada por las pautas de un comercio que interesaba a ambas partes, pero también por desencuentros culturales y violencia. Grant (2012) menciona como ejemplo de los esfuerzos por pactar los términos de una convivencia respetuosa los del capitán John Smith, que estuvo al frente de la colonia en Virginia entre 1608 y 1609. Smith no solo aseguró la supervivencia de la colonia, sino que también proporcionó a América una de sus legendarias figuras fundadoras más inolvidables: el rescate de Smith por la hija de Powhatan, Pocahontas, aportó uno de los primeros símbolos de las posibilidades multirraciales o de mestizaje de América, al casarse después Pocahontas con otro de los colonos de Jamestown.

Sobre esta relación entre colonos y nativos, cabe mencionar una importante leyenda que luego pasaría a ser fiesta nacional: el Día de Acción de Gracias (marcado por una ayuda recíproca entre colonos y nativos). El verdadero origen de la festividad estadounidense comenzó con un pueblo conocido como los “peregrinos”, una rama de los “puritanos”, concepto que a menudo se malinterpreta. Durante la guerra civil inglesa del siglo xvii (conocida como la Revolución Puritana), los puritanos eran fundamentalistas protestantes que deseaban “purificar” la Iglesia de Inglaterra; creían que el Parlamento, y no el rey, debía tener la última palabra y que la guía moral para todas las decisiones legales debía provenir de la Biblia judía. Algunos puritanos, conocidos como separatistas, formaron su propia iglesia, y en 1620 navegaron hacia América en el Mayflower. Se llamaron a sí mismos “peregrinos” debido a sus peregrinaciones en búsqueda de libertad religiosa. Su barco partió de Inglaterra el 6 de septiembre con 102 pasajeros, y, luego de un largo y turbulento viaje, el 9 de noviembre vieron tierra por primera vez. Fue en Plymouth donde los peregrinos decidieron establecerse. Sin embargo, sus desafíos, lejos de agotarse en un intenso viaje, recién empezaban: una enfermedad parecida a la gripe se extendió por la colonia recién nacida, y dos o tres morían diariamente durante lo peor de la epidemia; el primer invierno fue devastador, y menos de la mitad de los peregrinos sobrevivieron; la mayor preocupación de los peregrinos era el ataque de los indios nativos americanos locales.

En 1621 se dio el primer contacto de los recién llegados peregrinos con los indios nativos, cuando un valiente indio entró en el asentamiento de Plymouth: era un indio abnaki y jefe de los algonquinos, que había aprendido inglés de los capitanes de los barcos pesqueros que habían navegado frente a la costa. Pronto se sumó al encuentro otro indio llamado Squanto, que hablaba mejor inglés que el primero. La importancia de Squanto para los peregrinos fue enorme, y se puede decir que no habrían sobrevivido sin su ayuda: les enseñó a extraer savia de los arces, les mostró qué plantas eran venenosas y cuáles tenían poderes medicinales, les enseñó a plantar maíz indio y otros cultivos. Luego, los peregrinos se encontraron con Massasoit, jefe de los Wapanoags, con quien los líderes peregrinos hicieron un acuerdo de paz, acordando tratarse unos a otros con honor, no robarse ni causarse daño y ayudarse mutuamente si eran atacados. El acuerdo duró 50 años. En este clima de amistad con los indios, la cosecha de octubre de 1621 fue muy exitosa, por lo que los peregrinos tenían motivos para celebrar: habían sobrevivido contra todo pronóstico, habían construido casas en el desierto, habían cosechado suficientes cultivos para mantenerse vivos durante el largo invierno que se avecinaba, y estaban en paz con sus vecinos indígenas. El gobernador peregrino Bradford proclamó un día de acción de gracias para ser compartido por todos los colonos e indios vecinos. No se sabe con certeza cuándo se celebró exactamente el festival, pero se cree que tuvo lugar a mediados de octubre. Sin embargo, la fecha para festejar el Día de Acción de Gracias (29 de noviembre) se estableció a partir de un milagro: luego de un periodo de larga sequía que con seguridad condenaría a los peregrinos a una oscura suerte por falta de alimentos, estos comenzaron a orar pidiendo por una lluvia que los salvara, la cual llegó y duró por catorce días. La costumbre de celebrar anualmente un día de acción de gracias después de la cosecha se prolongó a lo largo de los años. Durante la Revolución estadounidense, el Congreso Continental sugirió un Día de Acción de Gracias nacional, y en 1777 declaró el primer Día Nacional de Acción de Gracias tras la victoria providencial en Saratoga sobre los británicos. En 1789, el recién formado Congreso de los Estados Unidos aprobó una resolución que solicitaba “un Día de Acción de Gracias”, proclamación firmada por George Washington, quien declaró el jueves 26 de noviembre de 1789 como el primer Día de Acción de Gracias nacional (Chodesh Report, 2015).

Aunque los fantásticos mitos sobre la conquista norteamericana son capaces de vislumbrar un lado poético de la llegada de los británicos a las costas, lo cierto es que detrás de ellos se asoma una realidad mucho más violenta y cruenta. La subordinación de los nativos americanos fue un drama prolongado de conquista. En lugar de una ocupación pacífica, el encuentro entre colonos y nativos incluye la brutal esclavitud y las masacres indiscriminadas, que generó un clima vicioso de intolerancia hacia los rivales por la tierra. Al primer contacto con los europeos, los indígenas fueron devastados por enfermedades traídas por estos recién llegados, siendo la viruela el peor asesino. El contacto directo trajo más muerte y sufrimiento ante la absoluta desventaja de los nativos frente a la tecnología militar europea.

Por otro lado, los primeros asentamientos británicos que se aferraban a la costa de Nueva Inglaterra, Virginia y las Carolinas luchaban contra enfermedades, hambre y la hostilidad de los nativos americanos, aunque esto no impidió su contundente avance: en 1700, los pueblos nativos constituían tres cuartas partes de la población dentro de los límites de lo que se convertiría en los Estados Unidos; para 1820, los europeos eran casi 8 millones de un total de casi 10 millones de habitantes.

El dominio demográfico a su vez dio lugar a un rápido crecimiento territorial, con los Estados Unidos cuadruplicando su tamaño durante sus primeros cincuenta años de ocupación. Los términos de la paz establecieron el control hasta el río Misisipi, y luego la compra de Luisiana de 1803 agregó una vasta extensión al oeste de este río. Finalmente, y al costo total de tres guerras y el pago de varios tratados, la sucesión de adquisiciones entre 1845 y 1867 completó la base continental.

El autor destaca que la victoria de Gran Bretaña en la carrera demográfica en América del Norte se debió en buena medida a su gran reserva de posibles migrantes al Nuevo Mundo en contraste con el resto de las potencias europeas, cuyas clases campesinas se encontraban más aferradas a sus tierras natales. Una vez pobladas, las áreas de asentamiento británico prosperaron no solo gracias a los ricos recursos disponibles, sino también a su conexión con un próspero imperio comercial británico y a la explotación de mano de obra esclava. La producción colonial aumentó a un ritmo impresionante, y para 1770 el ingreso per cápita colonial había superado al de la isla madre, y los bajos impuestos en América del Norte acentuaron aún más la diferencia en el nivel de vida.

Generaciones sucesivas de colonos fronterizos vieron a los indígenas no solo como un impedimento para adquirir nuevas tierras a bajo costo, sino también como bárbaros peligrosos, que debían ser segregados para una mejor supervisión o completamente removidos fuera del rango de contacto. Un puño de hierro y una disposición para usar métodos coercitivos, si no brutales, eran esenciales para mantenerlos bajo control (Hunt, 2007).

La Gran Bretaña de mediados del siglo xviii había extendido su actividad económica por todo el orbe gracias a una eficaz estructura comercial y al crecimiento de su potencia naval. Barcos de la Marina británica defendían a los mercantes en alta mar, haciendo con ello prosperar el comercio entre la metrópoli y las colonias. El Gobierno ayudaba a esta sinergia entre la actividad comercial y el crecimiento de la Armada con políticas basadas en la teoría del mercantilismo, que se fundamentaba en el principio de que las naciones fuertes tenían la oportunidad de erigir una economía mundial usando el poder militar para asegurarse mercados y fuentes de materias primas. En el sistema mercantilista, las naciones poderosas eran las que lograban colocar ventajosamente sus exportaciones en el mercado, obteniendo con ello un balance comercial positivo. Para hacer viable este modelo, era preciso captar los recursos de las colonias y poseer una flota mercante capaz de mover las mercancías. Y esto era precisamente lo que hacía Gran Bretaña, expandiéndose territorialmente y usando la potencia económica de sus colonias. Una de las claves en el funcionamiento del sistema mercantil fue, desde luego, el comercio y la trata de esclavos procedentes de África para las explotaciones agrarias de las colonias. El sistema mercantil británico en las Indias Occidentales se edificó sobre el comercio triangular: manufacturas inglesas intercambiadas por esclavos africanos que eran llevados a Angloamérica para producir las materias primas que alimentaban los mercados de Europa. En el Nuevo Mundo, la intensificación de una agricultura escasamente mecanizada demandaba mano de obra abundante para las cosechas. De manera que las compañías comerciales y las autoridades encontraron en los esclavos africanos la solución al problema. Una vez capturados en África, mujeres y hombres perdían la libertad y quedaban expuestos a una suerte cruel e incierta.

Sin el desarrollo del mercantilismo, no hubiera sido posible el inicio de la primera Revolución Industrial en Gran Bretaña. El germen de la industria moderna exigía más trabajadores, más disponibilidad de materias primas y combustibles y también más consumo, movimiento de mercancías y de personas. Así, las colonias norteamericanas jugaron un papel indispensable en el proceso al proporcionar recursos naturales y seguir acogiendo a la población que no encontraba acomodo en las sociedades cambiantes de Gran Bretaña y del resto de Europa.

En el siglo xvii, durante la Restauración, Gran Bretaña no había dejado de observar cuán beneficiosas podían ser aquellas tierras para las necesidades de la Corona, y dedicó atención y recursos a obtener de ellas los rendimientos que podían situarla por delante del resto de las potencias rivales de la época (Holanda o Francia principalmente). Tras el Acta o Ley de Navegación de 1651, el Parlamento aprobó la llamada Acta Esencial, que restringía el acceso a las colonias de importaciones no británicas, incrementando su dependencia a los designios de Inglaterra, y estableciendo que cualquier producto extranjero que hubiese de llegar a las colonias debiera hacerlo por la vía británica. De esta manera, los intereses de los colonos quedaron relegados a un segundo plano, y ellos, por su parte, se saltaban las leyes restrictivas y practicaban el contrabando.

A pesar de todo lo expuesto, la cultura del mercantilismo beneficiaba a muchos, tanto en Inglaterra como en las colonias. Cada cual encontraba en la actividad económica una fuente de beneficio, y, en el siglo xviii, el nivel de vida de los colonos era envidiable para no pocos británicos y europeos. El comercio introdujo pautas de consumo que contribuyeron a homogeneizar el aspecto de la vida entre las diferentes colonias. La oferta ambulante difundía también los conocimientos y las experiencias de unas regiones en las otras, poniendo la base del inglés local y de la autopercepción de los habitantes como parte de una misma unidad administrativa, algo que se reveló fundamental en el comienzo de la Revolución (Huguet, 2017).

Aunque lejos estaba de contarse entre las intenciones iniciales de sus impulsores, la esclavitud iba a constituirse en uno de los rasgos fundamentales de las colonias. En este contexto, en la utopía imaginada en el siglo xvi, la libertad era la alternativa deseable a la esclavitud. Sin embargo, se conoce como “paradoja norteamericana” a la estrecha relación entre estos análogos conceptos: cómo la libertad de los blancos estuvo basada y se dio a costa del sometimiento de los negros (Bender, 2011).

Camino hacia la Independencia norteamericana

Como explica la autora Erika Pani (1969), la colonización británica del Nuevo Mundo tuvo lugar durante uno de los periodos más turbulentos de la historia inglesa: el gobierno republicano del Commonwealth, la dictadura de Oliver Cromwell y su hijo (1649-1660), la restauración de los Estuardo (1660) y la Revolución Gloriosa (1688). Fue esta efervescencia la que alimentó entusiasmos religiosos, visiones utópicas y proyectos políticos radicales. Sin embargo, una vez superadas las dificultades de los primeros años, el Nuevo Mundo se convirtió en una tierra de oportunidades. Los ingleses, portadores de una tradición institucional y de una cultura política compartidas, se diferenciaron del Viejo Mundo al construir una sociedad sin rígidas jerarquías sociales y regímenes políticos excepcionalmente participativos:

Los constructores del Imperio británico en América se erigieron en defensores de las “libertades inglesas” y del gobierno “mixto” –por representar en el seno del poder a los distintos elementos que componían la sociedad y evitar así la tiranía–, que distinguía la isla de una Europa en la que se afianzaba el absolutismo. Así, en todas las colonias se estableció un gobierno representativo, compuesto por una asamblea –muchas veces dividida en dos cámaras– y un gobernador. El juicio por jurado se erigió también como derecho irrenunciable de los colonos británicos (Pani, 1969: 173).

El siglo xviii resquebrajaría la concepción amable de la relación colonial. En 1688, el derrocamiento de Jacobo II arrastraría a Inglaterra a una serie de conflictos cuyos orígenes nacionales estaban en Europa, pero que no conocían fronteras, y donde las posesiones coloniales americanas adquirieron una importancia cada vez mayor. Entre 1689 y 1763, las colonias norteamericanas participaron hasta en cuatro guerras libradas entre Gran Bretaña y Francia: la guerra de los Nueve Años, la guerra de sucesión española, la guerra de sucesión austriaca y, por último, y la más decisiva desde la perspectiva colonial, la guerra de los Siete Años, que concluyó con el Tratado de París de 1763 y la eliminación de la amenaza francesa a las ambiciones coloniales británicas en América (Grant, 2012).

La Revolución estadounidense se trató de una triple competencia: fue parte de una guerra global entre las grandes potencias europeas, una lucha por la independencia norteamericana y un conflicto social dentro de las colonias. El prolongado ciclo de guerras entre Inglaterra y Francia por la hegemonía en Europa se desarrolló en una escala global. En este tiempo, las colonias británicas de Norteamérica se mantuvieron prácticamente al margen del conflicto europeo, pero cosecharon algunos beneficios de ese conflicto, y el más valioso fue su independencia. Terminada la guerra de sucesión española en 1713, la relativa paz entre Francia y Gran Bretaña se prolongó hasta 1744, y la ausencia de guerra fue lo que permitió a las colonias expandir su población, como asimismo lo hicieron la economía y el comercio, y su nivel de vida se elevó a un alto estándar, cuyo derecho a mantener reivindicarían en 1776. Las instituciones políticas coloniales también desarrollaron notablemente las asambleas representativas o cámaras de los comunes de las legislaturas coloniales, que llegaron a ser focos sociales y políticos de las nuevas elites. No es casual que dieciséis de las diecisiete demandas contra Inglaterra, enumeradas en la Declaración de la Independencia, se refirieran a medidas políticas o acciones que ponían en peligro el poder de esos cuerpos legislativos (Bender, 2011).

Particularmente la guerra de los Siete Años transformó profundamente la geopolítica de América del Norte: los nuevos retos estratégicos y económicos de la victoria británica obligaron a Londres a replantear su relación con las colonias de América continental, lo cual desembocó en la llamada “era de revoluciones”. Esa guerra fue la primera experiencia militar de los norteamericanos y difundió entre ellos un nuevo sentimiento de nacionalismo (Pani, 1969).

En las negociaciones de paz que dieron por terminada la guerra de los Siete Años, el ministro de Relaciones Exteriores francés hizo notar que la expulsión de los franceses de Norteamérica podría traer como consecuencia que los británicos debieran abandonar el continente en el futuro. Y estaba en lo cierto. La transferencia de territorio de Francia a Gran Bretaña en América del Norte fue vasta: Acadia, Cape Bretón, Canadá, las islas del golfo de St. Lawrence (salvo St. Pierre y Miquelon) y todo el territorio situado al este del río Misisipi, excepto Nueva Orleans (que hacia el oeste había sido secretamente cedida a España en 1762). La tarea de organizar este territorio marcó el comienzo de un nuevo activismo administrativo, en el que el gobierno británico decidió impartir una serie de iniciativas dirigidas a sus colonias norteamericanas, que apuntaban a reformar la administración colonial y a aumentar los ingresos de la Corona. Estas reformas fueron novedosas y provocativas para los colonos: por un lado, en 1763 una proclama estableció que en todo el territorio rigiera la ley inglesa y organizó el “país indio” como parte de “Québec”, a lo que le correspondió una rebelión por parte de los colonos (la rebelión de Pontiac); cuando las autoridades británicas organizaron formalmente el territorio y el gobierno de Canadá, incluyeron las tierras del valle de Ohio reclamadas por las colonias de Massachusetts, Connecticut y Virginia; el Parlamento inglés estableció en Québec una administración colonial con un alto grado de centralización, al estilo francés; el gobierno británico reconoció los derechos de los católicos franceses de Canadá que inquietaban a los protestantes de las trece colonias, dejándoles en claro que Gran Bretaña se había convertido en la guardiana de una sociedad católica a la que ellos habían derrotado en la guerra que acababa de terminar (Bender, 2011).

A lo largo de poco más de diez años, Londres promulgó una serie de medidas (como establecer una presencia militar permanente en América, cuyo costo debían cubrir las colonias; extender las facultades de la armada para abordar y revisar embarcaciones americanas; prohibir la emisión de papel moneda en las colonias; la Ley de Timbre, que obligaba a los consumidores a pagar una contribución sobre casi todo el papel que utilizaban) que representaron para los colonos de la América continental actos de agresión y expoliación que terminaron por declarar “intolerables”, y conformaron así un frente unido en contra de estas supuestas injusticias. La última de las medidas, que terminó por colapsar este clima de creciente tensión, fue el decreto del Parlamento en 1767 de impuestos al consumo de productos importados, como el vidrio, la pintura, el papel y el té. La regulación de la venta de este último producto, cuyo consumo había adquirido un importante valor simbólico, resultó particularmente polémica (Pani, 1969).

La política de no importación de los colonos, que promovió la actividad intercolonial, contribuyó a fomentar un sentimiento de separación, identidad y unidad coloniales en tanto que las protestas continuaban educando a los colonos en cuestiones de teoría política. En un contexto de inquietud persistente en las colonias, las que dependían del comercio marítimo padecían un creciente empobrecimiento, tensiones y conflictos sociales. Ninguna sufría más que Boston, que se convirtió en el semillero de la resistencia. La ciudad reaccionó en forma dramática al impuesto al té de 1773: en el motín conocido como Boston Tea Party, los rebeldes, vestidos como indios mohawk, abordaron un barco de la Compañía de las Indias Orientales y lanzaron a las aguas del puerto de Boston trescientos cuarenta y dos cajones de té. En la primavera de 1774, Londres, determinado a poner orden en las colonias, había promulgado una serie de leyes, conocidas con el nombre de Leyes Coercitivas, dirigidas especialmente a Boston: se cerró su puerto, el gobierno de Massachusetts fue suspendido, y la Ley de Administración de Justicia otorgó nuevos poderes y protección legal a los funcionarios coloniales para que aplicaran mano dura ante cualquier desafío a la autoridad imperial (Bender, 2011).

Todas estas reformas fiscales que resultaron confiscatorias por parte de la Corona derivaron en reflexiones políticas por parte de los americanos, quienes alegaron que, dado que no estaban representados en el Parlamento británico, toda imposición a las colonias se hacía sin el consentimiento de los contribuyentes, lo cual equivalía a un robo. De allí surgieron lemas poéticos, siendo el más emblemático “No taxation without representation”. Los colonos establecían que, para ser legítima, la representación política tenía que ser real: los diputados debían ser electos directamente, de forma regular y por periodos lo más cortos posible, y obedecer el mandato de sus electores, independientemente de sus intereses e incluso de su mejor opinión (Pani, 1969).

En un panfleto que sorprendió y molestó a los norteamericanos, Thomas Whately, secretario de la Oficina del Tesoro británico, sostuvo que el Parlamento podía gravar a los colonos porque ellos estaban representados allí, apelando al concepto de “representación virtual”. Esto empujó a los colonos a la afirmación del carácter local de sujetos de la representación. La respuesta de los colonos fue clara: “Si no somos sus votantes, no son nuestros representantes”. Esto implicaba que una asamblea representativa debía ser, como describió John Adams, un retrato en miniatura de la gente en general. Por otro lado, los colonos no deseaban estar representados en el Parlamento: no podían estarlo precisamente porque sus circunstancias locales lo impedían, y la distancia destruía el objetivo y significado de la representación. Al rechazar la extensión de la representación virtual más allá de las costas de Gran Bretaña, sin darse cuenta estaban afirmando que las colonias norteamericanas eran comunidades nacionales diferentes de las que estaban representadas en el Parlamento (Morgan, 2006).

Luego de la Fiesta del Té, los gobiernos coloniales dieron una respuesta colectiva: la convocatoria de un Congreso Continental, compuesto por representantes de casi todas las colonias (solo Georgia se mantuvo al margen), que se reunió en Filadelfia en septiembre de 1774. Varios líderes coloniales, entre ellos James Wilson de Filadelfia, John Adams de Massachusetts y Thomas Jefferson de Virginia, habían desarrollado la idea de que, si bien las colonias debían adhesión al rey, no estaban sometidas a la autoridad del Parlamento de la metrópoli. Aun proclamándose “las colonias de Su Majestad”, este cuerpo representativo promulgó un acuerdo intercolonial de no importación y no consumo, que provocó la caída del valor de las importaciones británicas.

Luego de intentos fallidos de conciliación, estallaría la guerra. En mayo de 1776, el Congreso Continental tomó un paso del que difícilmente podría haber dado marcha atrás: ordenó a las colonias establecer gobiernos independientes, “bajo la autoridad del pueblo”, y el 4 de julio promulgó la declaración que debía legitimar las acciones de los insurgentes americanos, transformando las colonias rebeldes en estados libres e independientes. La guerra que dio a luz a Estados Unidos duró ocho años y fue larga, sangrienta y costosa, y fue una guerra en la que triunfó quien, en apariencia, era el contendiente más débil (Pani, 1969).

En 1777, antes de que las colonias sellaran lo que sería una fundamental alianza con Francia, algunos norteamericanos se preguntaban si era razonable, y hasta moralmente justo, arrastrar a Francia a un conflicto que con seguridad se extendería hasta transformarse en una guerra entre potencias europeas. Sin embargo, y como bien sabía Madison, Francia tenía sus razones: vengarse de la victoria inglesa en la guerra de los Siete Años fue un motivo decisivo; pero los franceses también temían que, si los ingleses y los estadounidenses zanjaban sus diferencias, planearan un ataque conjunto a las posesiones francesas en las Indias Occidentales. La derrota británica en Saratoga en octubre de 1777, cuando las armadas francesa y española se habían recuperado por completo y estaban dispuestas para la lucha, bastó para que Benjamin Franklin (representante del Congreso Continental en París) persuadiera a los franceses de la conveniencia de aliarse con los norteamericanos en contra de Gran Bretaña. El apoyo francés fue contundente: el rey Luis XVI acordó en secreto entregar un millón de libras francesas a los norteamericanos, y los españoles aportaron casi la misma suma. La tropa más numerosa que Washington tuvo a su cargo fueron seiscientos soldados en Yorktown, la mitad de los cuales eran franceses. Esta generosa provisión de materiales, tropas y, sobre todo, poderío naval por parte de Francia fue decisiva para que los norteamericanos alcanzaran la victoria (Bender, 2011)

Finalmente, con la capitulación de Yorktown, se anunció el principio del fin: Gran Bretaña, consciente de su vulnerabilidad en un conflicto que la exponía a la enemistad de todas las potencias europeas, comprendió que más valía abandonar su proyecto de reconquista.

En 1783 los «Estados Unidos de América» firmaron en París un tratado en el que la antigua metrópoli reconocía la independencia de las que habían sido sus colonias. Así, tras casi 20 años de lucha anticolonial la recién nacida confederación emprendía, sin brújula confiable, un camino azaroso para fundar un nuevo sistema de gobierno (Pani, 1969: 69-70).

La guerra de Independencia fue la culminación de dos siglos de dominio británico sobre las colonias norteamericanas que pasaron a conformar el origen de los Estados Unidos de América. La sola génesis de dos documentos de impacto universal, la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos, da la medida de la amplia renovación ideológica y social que protagonizaron las sociedades americanas de aquel tiempo. La guerra de Independencia había surgido en el seno de la disputa económica entre los colonos americanos y la Corona británica, pero expresaba el desacuerdo en cuestiones más esenciales, con relación al ejercicio inglés de la política sobre sus colonias y del deseo de autogobierno defraudado de algunas comunidades de ingleses americanos (Huguet, 2017).

Conclusión

Habiendo realizado una recapitulación exhaustiva de los orígenes independentistas de los Estados Unidos, se puede concluir en que resulta esencial vislumbrar los efectos de las presiones impositivas por parte de la Corona británica a sus colonias, y cómo las cuestiones económicas fueron capaces de poner de manifiesto profundas diferencias políticas, las cuales significaron el principal movilizador de lo que resultaría el principio de emancipación de las trece colonias unificadas contra un gobierno tiránico y que no las representaba.

A su vez, el efecto unificador del comercio, tanto con la metrópoli como de manera intercolonial, resultó crucial para la divulgación de las ideas más influyentes para la declaración de independencia. En esta misma línea, la circulación de folletos que predicaban el descontento generalizado se trató de un recurso esencial que, sin lugar a duda, hizo a la causa de la emancipación una cuestión transversal a todas las colonias, determinando así el origen de los Estados Unidos.

Referencias bibliográficas

Bender, T. (2011). Historia de los Estados Unidos. Buenos Aires: Siglo xxi Editores.

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Epstein, D. F. (1984). La teoría política de “El Federalista”. Chicago: Grupo Editor Latinoamericano.

Grant, S. (2012). Historia de los Estados Unidos de América. Madrid: Akal.

Huguet, M. (2017). Breve historia de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. Ediciones Nowtilus.

Hunt, M. (2007). The American Ascendancy. Carolina del Norte: Chapel Hill.

Morgan, E. (2006). La invención del pueblo: El surgimiento de la soberanía popular en Inglaterra y Estados Unidos. Buenos Aires: Siglo xxi Editores.

Pani, E. (1969). Historia mínima de Estados Unidos de América. Ciudad de México: El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos.

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Wood, G. S. (1972). The Creation of the American Republic 1776-1787. North Carolina: W.W. Norton & Company.



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