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A modo de introducción

Reflexiones sobre el “acá y allá”:
personas, relatos y movilidades

María Dolores Linares[1]

Este es un libro que cuenta historias. Historias de vida de migrantes de principios del siglo XX y del presente, historias que se están desarrollando en este momento, frente a nuestros ojos. Y este libro también es una obra colectiva, que surge en el ámbito del trabajo conjunto, realizado en dos institutos de investigación de una universidad nacional: el Instituto de Estudios Socio-Históricos (IESH) de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de La Pampa (UNLPam) y el Instituto de Estudios Históricos y Sociales de La Pampa (IEHSOLP), de doble dependencia entre la UNLPam y el CONICET. En torno al proyecto “Desarrollo y capacidades estatales: actores, instituciones y políticas públicas en La Pampa (Siglos XX y XXI)”, un grupo de docentes nos propusimos, entonces, indagar y analizar las trayectorias residenciales y laborales de personas que representen a los distintos colectivos migratorios que se asentaron en el territorio de la actual provincia de La Pampa. Agradecemos entonces a este proyecto de investigación, dirigido por la Dra. Andrea Lluch, y al subsidio recibido en el marco de la Convocatoria “Ayuda a publicaciones del Programa de Fortalecimiento CyT” de la UNLPam por financiar este trabajo conjunto. También a las instituciones nombradas que, junto con la Dra. Ana María Rodríguez, directora de la Colección Memoria y Sociedad, fomentan y acompañan estos espacios de encuentros.

El primer paso fueron los intercambios en diferentes eventos científicos y la recuperación de trabajos anteriores sobre este mismo espacio (Maluendres, 1994, 1995; Maluendres et al., 1995; Lluch, 2009; Di Liscia y Lluch, 2014; Di Liscia, Salomón Tarquini y Cornelis, 2011; Annecchini, 2016) y sobre otros, pero que tuvieran el mismo objetivo, como, por ejemplo, la gran obra de Celeste Castiglione sobre relatos de migrantes en José C. Paz (Castiglione, 2019). A partir de esas lecturas, surgió la iniciativa de aportar al campo de estudio de las migraciones internacionales desde una perspectiva microanalítica que, a su vez, nos permitiera dar cuenta de diferentes dimensiones o ejes interpretativos.

Por esa razón, nuestro objetivo se centró en recuperar las experiencias migratorias de personas que tuvieron como destino (definitivo o no) este espacio geográfico a lo largo de más de un siglo (XX y XXI). El acercamiento a estas experiencias –a partir de diversas fuentes, como veremos más adelante– nos llevó a indagar sobre las motivaciones de las personas migrantes, las redes sociales migratorias que fueron tejiendo y las idas y vueltas de sus trayectorias laborales; es decir, se prestó atención a las dimensiones clásicas de los estudios migratorios. Pero también abrimos las puertas a otras pesquisas que, a partir de enfoques como la sociología de las emociones, nos acercaron a las formas de vivenciar los desarraigos, los cuestionamientos sobre el género o el dolor de la persecución religiosa o de la migración forzada, entre otros.

En conjunto, esta obra nos propone un recorrido por historias de vida multisituadas, que unen puntos tan diversos como España –y el País Vasco–, Italia, Ucrania o Venezuela con el territorio en el que se sitúa actualmente la provincia de La Pampa, a lo largo de más de un siglo. En la recuperación de los relatos, se esperan desentrañar los nudos en común que tienen las vidas de esos sujetos tan disímiles entre sí y que, en un período de tiempo tan extenso, se entrelazaron en el espacio de La Pampa como punto nodal de la diversidad migratoria. Este libro es, entonces, el primer resultado de esa propuesta inicial, inconclusa, que nos ha permitido avanzar en algunas pistas de análisis y plantear aún más interrogantes a futuro.

¿Por qué y cómo recuperar la voz de los y las migrantes? ¿Qué tipo de historias se contarán en estas páginas? Existe una abundante literatura especializada en el campo de los estudios migratorios y específicamente desde la historiografía que han ahondado en la importancia de recurrir al relato de las personas migrantes para comprender las complejas interrelaciones entre territorios, motivaciones, Estados y políticas migratorias que hacen a las movilidades espaciales (Jelín, 2004, 2017; Pozzi, 2011; Baeza et al., 2016). Comenzar por las palabras de los y las protagonistas implica, indefectiblemente, un posicionamiento epistemológico sobre cómo abordar las migraciones internacionales y con qué motivo. Y, aquí, vale la pena aclarar algunas precisiones con relación a la tensión entre los “hechos” (¿la realidad?, ¿la verdad?) y la memoria. Ya desde la Historia Oral, en tanto técnica de investigación (Fraser, 1993), diversos autores nos alertaron sobre los objetos de investigación que construimos cuando se abordan a partir de una metodología cualitativa como la entrevista en profundidad. En ese campo de estudio, la atención no se pone en el acontecimiento en sí mismo, sino en cómo sus formas materiales y simbólicas se anclan en los procesos subjetivos de la rememoración. Hay dos cuestiones que no debemos olvidar en relación con las fuentes orales: el rol del entrevistador o de la entrevistadora y que las historias contadas se refieren al pasado, pero son contadas desde la perspectiva del presente, atravesadas, por lo tanto, por la memoria y el tiempo (Portelli, 1991; Schwarzstein, 2001).

Sobre la persona que entrevista, hay que aclarar que no está buscando información, sino la creación de nuevo conocimiento. Y ese conocimiento no será otra cosa que el producto del encuentro entre la persona que hace las preguntas y la persona que relata su vida. Por eso, no es el relato la fuente en sí, sino esa conversación, donde la persona que entrevista lo hace en función de un marco teórico, de preguntas de investigación, de un proyecto específico (García-Nieto París, 1989). La relación no es unidireccional, si bien la persona entrevistadora guía y abre los temas, se busca la intersubjetividad y una autorreflexión sobre las experiencias personales y familiares pasadas. Por eso, el presente atraviesa los relatos: el ejercicio de rememoración se hace frente a una persona –y no otra– en un lugar determinado, en un momento específico de la vida. Y esa fuente, con sus recuerdos y sus olvidos, con sus palabras y sus silencios, con su gestualidad, va a formar parte del corpus de conocimiento. Los testimonios de las personas protagonistas, en ese cruce entre historia y memoria, nos permiten indagar en fracturas, hiatos y diversas narrativas que se van tejiendo alrededor de un acontecimiento (Jelin, 2002).

Entonces, quienes escribimos este libro nos preguntamos, en un principio, por el lugar que ocupó La Pampa en las trayectorias migratorias en el presente y en el pasado: ¿por qué las personas decidían migrar y, sobre todo, por qué y cómo llegaban al territorio que hoy ocupa La Pampa? Hasta ahí, se trataba de preguntas clásicas de los estudios migratorios que se abordaban a través de las tradicionales categorías de lugar de origen, lugar de destino y motivaciones. Se esperaba también conocer sobre variables como factores de expulsión y factores de atracción, por ejemplo. Sin embargo, si bien los interrogantes son parecidos a los realizados en otros momentos, no somos los mismos sujetos quienes preguntamos ahora. Cada generación se pregunta sobre su sociedad, sobre sus raíces, de manera diferente a la anterior, tensionando las respuestas sobre el pasado mirando la comunidad del hoy. Pese a los relatos incrustados en el sentido común sobre el “crisol de razas” y el país de puertas abiertas (Segato, 1998), observamos la distinción entre nacionales y no-nacionales como el resultado de procesos sociales que evidencian disputas con lógicas diversas: espaciales, de nacionalidad y de derechos, entre otras. Mientras el término extranjero o extranjera denota un estatuto jurídico o político, la condición migrante fue y es también una categoría social, acechada por la exclusión y la ilegitimidad (Sayad, 2010).

Por esta razón, el trabajo en equipo significó revisar los modelos teóricos que pretenden explicar las migraciones internacionales, retomando categorías clásicas de los estudios migratorios, pero sumando enfoques renovados para examinar los principales ejes interpretativos que fueron surgiendo en los casos seleccionados. Sin ánimos de repetir cuestiones ya planteadas por personas expertas, en el próximo apartado, sintetizaremos este derrotero que nos llevó, finalmente, a la selección de nuestras perspectivas explicativas, de nuestras fuentes y de los ejes que nos permitieron analizar, sincrónica y diacrónicamente, los casos estudiados.

Modelos explicativos y desafíos metodológicos

El concepto de migración remite, en sus fundamentos, al cambio de residencia –a una distancia “significativa”– por un período de tiempo que se pretende permanente (o con voluntad de permanencia, como expresa Tapia Ladino [2020]). En un intento por ampliar el objeto de estudio, se produjo el denominado “giro hacia la movilidad”, para poder dar cuenta de aquellas trayectorias que no tenían como fin último un establecimiento definitivo en un “lugar de destino”. Ahora bien, es indudable que la migración, como fenómeno social, articula en formas diversas los factores sujeto/espacio/tiempo; en realidad, siempre lo ha hecho. Por esta razón, las migraciones internacionales tienen un carácter multidimensional y poliforme, que ha dificultado la admisión de un modelo explicativo general (Arango, 2003). Sin embargo, esto no implica la inexistencia de una tradición interdisciplinaria que se ha esforzado por comprender conceptualmente este tipo de fenómeno social.

Desde escalas de análisis macro, se intentó argumentar que la migración se originaba a causa de las diferencias salariales entre los países (modelo neoclásico económico), o por la estructura del sistema capitalista global (sistema mundo) (Massey et al., 1993). El abordaje del modelo neoclásico microeconómico se enfocó, luego, en los sujetos migrantes, en tanto actores que toman la decisión de migrar en función de una evaluación costo-beneficio relacionada a sus expectativas monetarias. Desde una perspectiva histórica estructural, otras conceptualizaciones teóricas intentaron explicar no solo cómo comienzan los flujos migratorios, sino también por qué se perpetúan. Dentro de esa línea, encontramos abordajes macro, como los de acumulación causal o de los sistemas migratorios, y abordajes mezzo, como la de la nueva teoría económica de la migración (que recupera, esta vez, a los grupos familiares y no solo a los y las migrantes como actores que toman decisiones) y el de las redes migratorias internacionales.

El enfoque de las redes migratorias tiene una larga trayectoria, como veremos en los capítulos de esta obra, en la historiografía argentina. Este modelo analítico intenta explicar las decisiones individuales de los y las migrantes enmarcadas en el conjunto de las condiciones –y condicionantes– externas, es decir, como partícipes de una realidad social mucho más compleja. En ese marco, se pone acento en el rastreo de las redes sociales, como estructuras de carácter transnacional que involucran a todas aquellas personas e instituciones vinculadas al proceso migratorio: políticas públicas (en país de origen y de destino), migrantes, empleadores, informantes, intermediarios e intermediarias y asociaciones culturales, políticas, sociales y religiosas, en tanto redes sociales migratorias (Pedone, 2010). Esta perspectiva focaliza en los y las sujetos migrantes y en sus grupos familiares como agentes productores y reproductores de lazos e información necesaria para la movilidad espacial. Además, se trata de una mirada que permite un planteo relacional, transitando en el intermedio entre el plano micro de la adopción de decisiones individuales y el plano macro de los determinantes estructurales (Faist, 1997, en Aruj, 2015).

Los estudios migratorios –desde abordajes históricos, geográficos y sociológicos– sostienen que el análisis de las redes o cadenas ayuda a comprender la migración como un hecho social (Ramella, 1995), vehiculizada en virtud de las relaciones humanas de diferentes tipos. Pueden ser tanto directas como indirectas –definidas por parentesco, amistad, afinidad o vínculos clientelares– y permiten el acceso a información, contactos para la inserción laboral, alojamiento en el lugar de destino; todos elementos que coadyuvarán en la inserción dentro de la sociedad de destino y a la reproducción de los flujos migratorios (Garduño, 2003).

En los últimos años, las grandes transformaciones en los mecanismos de control sobre las migraciones y las fronteras, los avances en las comunicaciones y transportes y en la circulación de flujos financieros y remesas pusieron en cuestión la validez de las nociones rígidas sobre las causas/motivaciones, los lazos, la temporalidad y espacialidad (origen y destino) de las movilidades, que eran las variables clásicas en los estudios sobre migraciones internacionales hasta entonces. Por esta razón, otros modelos explicativos más recientes, como el transnacional y el de la autonomía de las migraciones, han reposicionado a los y las investigadoras frente a los desafíos metodológicos que un objeto tan cambiante supone.

De esta manera, la perspectiva transnacional –afianzada a inicios del siglo XXI– comenzó a observar cómo los y las migrantes-actores construían su existencia entre múltiples países. Esto no significa que permanecieran físicamente en todos ellos ni que todos los y las migrantes de un mismo origen participan de estas lógicas, sino que algunas dinámicas daban origen a espacios sociales transnacionales (Pries, 1997) y a transmigraciones o comunidades migratorias transnacionales (Portes, 2005). Estas últimas serían entidades sociales (no espaciales) caracterizadas por lazos, interacciones, flujos, todos mecanismos con permanencia estructural entre los orígenes y los destinos, como estrategias para mantener los lazos culturales. Por otro lado, en tanto espacio socioterritorial, el espacio social transnacional se va configurando a partir de movimientos personales, de remesas monetarias y sociales, comunicaciones, vinculaciones entre asociaciones de connacionales y el accionar de los Estados, que se manifiestan tanto a nivel físico como virtual. La vida de los y las migrantes se nutre de un capital social y de un capital espacial (que engloban relaciones, imágenes, saberes y desplazamientos) que inciden en las prácticas sociales, influyendo directamente en reconfiguraciones identitarias (Sassone, 2002).

Mientras tanto, los países centrales, reunidos en diferentes conferencias sobre seguridad internacional, han llegado a un consenso sobre la irrupción de nuevas amenazas transnacionales que paulatinamente van formando parte de las agendas políticas de los todos los Estados. El terrorismo constituye la primera amenaza en la lista, pero también se encuentran el crimen organizado y el narcotráfico, los riesgos ambientales, la proliferación de armas de destrucción masiva y las migraciones, entre otros (Cardinale, 2018). Esto ha llevado a la concepción securitista de las migraciones y a la externalización de los controles fronterizos que, como veremos en las páginas de este libro, no se tratan de fenómenos novedosos, sino actualizaciones de viejas prácticas de selección y control migratorio por parte de los Estados.

Frente a este panorama, la perspectiva de la autonomía de las migraciones surgió como alternativa a los enfoques convencionales que focalizaban en la migración como algo que se debía regular, ordenar, direccionar y, al fin y al cabo, controlar. En especial, las condiciones del sistema fronterizo y migratorio europeo en la década del 90 del siglo XX, de características restrictivas y securitistas, llevaron a investigadores e investigadoras a preguntarse por los límites explicativos de las teorías micro y macro de las migraciones internacionales. Tampoco consideraban que los modelos intermedios, como el de las redes sociales, fuesen suficientes para dar cuenta de las múltiples dimensiones entrecruzadas en la migración en tanto movimiento social. No se preocupan, como aquellas perspectivas, por explicar las causas de las migraciones, las cuales abordan como un fenómeno “normal”. Proponen abandonar la visión del “nativo” y descartar las nociones de “integración” o control de los flujos migratorios.

Quienes piensan desde este modelo (Mezzadra, 2012; De Genova y Tazzioli, 2016; Balibar, 2009), siguiendo una perspectiva foucaultiana del poder, conciben a la migración como una fuerza creativa que interactúa con las estructuras políticas –las acatan, las desafían, pero nunca les son totalmente indiferentes– que no puede pensarse solamente como la suma de decisiones individuales. La migración nos propone reflexionar, según estos y estas autoras, más allá del fenómeno en sí para desafiar los conceptos de ciudadanía, límites, derechos, etnias y comunidades. Nos invita a pensar críticamente, sobre todo, la noción de frontera como barrera y todas las políticas que así la modelan –o intentan hacerlo–, focalizando en los migrantes como sujetos autónomos y protagonistas de la acción social.

Así como surgieron nuevas maneras de analizar el fenómeno migratorio, también hubo un giro notable en torno a las estrategias metodológicas, hacia una mayor complementariedad de técnicas y fuentes y a un aumento en la producción de fuentes primarias de tipo cualitativas. En las últimas décadas, de la mano de diseños metodológicos cualitativos, las visiones generalistas fueron revisadas para dar cuenta de los diferentes niveles implicados en la migración internacional (Colectivo OIE, 1996; Sayad, 2010) y para que no se limiten a explicar solo sus causas.

La perspectiva cualitativa propone poner el foco en los y las migrantes, lo que no significa, como establece Revel (2015), oponer un “arriba” sobre un “abajo”, sino reconocer –y utilizar como herramienta heurística– que “una realidad social no es la misma según el nivel de análisis o […] la escala de observación en la que decidamos ubicarnos” (Revel, 2015, p. 15). Estos tipos de abordajes, como, por ejemplo, el de la interseccionalidad, el transnacionalismo o la autonomía de las migraciones, no solo han aportado al estudio de las migraciones internacionales dando voz a los y las protagonistas, sino que han discutido las generalizaciones realizadas en torno a las trayectorias a partir de la reflexión sobre sus posicionalidades múltiples (Guzmán Ordaz, 2009; Magliano, 2015; Viveros Vigoya, 2016).

Para sintetizar, los capítulos de esta obra se acercan a los estudios migratorios a partir de un puñado de preguntas realizadas a un conjunto de fuentes diversas, donde la entrevista en profundidad es la prioritaria, pero que también está compuesta por memorias publicadas, secciones de la prensa escrita, imágenes, entre otros. En algunos capítulos, la entrevista no fue una opción posible y, en esos casos, se recurrió a otras fuentes primarias, como cartas y fotografías, o secundarias, como memorias, entrevistas realizadas por terceros y editoriales de obituarios, por ejemplo. Las fuentes fueron trianguladas e interrogadas a partir de las preguntas colectivas que originaron este proyecto. Si bien se comprendieron las limitaciones que tuvieron estas reconstrucciones de historias de vida, en cada caso estudiado, se intentó reunir un corpus heterogéneo analizado a partir de un enfoque microanalítico que indagó en la construcción identitaria migrante en el espacio pampeano y que, a su vez, nos situó en un espacio y tiempo determinado, con sus reglamentaciones y normas, en donde transcurre la vida de los y las migrantes.

A lo largo de los capítulos, veremos, entonces, cómo algunas de esas normas –sociales y jurídicas, nacionales e internacionales– han incidido en los cuerpos enfermos de los y las migrantes, en los roles de género diferenciados entre los países de origen y destino, en la inserción laboral, en la experiencia de la guerra, la persecución y la xenofobia y en cómo fueron vivenciadas y recordadas por las personas migrantes y sus descendientes. Porque, de hecho, algunos de los capítulos se basan en registros de participantes directos en los movimientos migratorios, mientras que otros corresponden a informantes de segunda o tercera generación. Y aquí retomamos lo expresado más arriba y que será explicitado en algunos capítulos más adelante: más allá de las limitaciones y alcances de este abordaje, las historias “micros” siempre se enlazan con momentos históricos macrosociales que, a través de los relatos, se resignifican.

Comprendemos los obstáculos interpretativos que presenta el recuerdo de una mujer que migró cuando era una niña de casi tres años, ya que no se trata de sus propias memorias, sino de las experiencias que le contaron sobre su trayectoria. Lo mismo sucede con un niño migrante que nos cuenta hoy, casi 80 años después, cómo era el barco con el que llegó a la Argentina cuando tenía siete años. Mucho menos podemos analizar los hechos relatados por los hijos de los migrantes sobre las circunstancias de su arribo. Pero son estas memorias las que nos interesan, que son producto de un entramado de historias familiares, comunitarias, más grandes, que se pasan de generación en generación, y que se anclan en los momentos en que fueron relatadas. Por eso, finalmente, el foco no se encuentra en los acontecimientos, sino en los mismos relatos: las marcas, las construcciones que dotan de sentido a esas experiencias migratorias para justificar no solo el pasado familiar, sino su presente y su futuro.

Desde esa misma perspectiva, seleccionamos la imagen que ilustra la tapa del libro, generosamente compartida por la artista Mariana Telleria. Invitada por Bienalsur en el año 2017, la artista realizó una obra titulada “Dios es inmigrante” para ser instalada en el Hotel de Inmigrantes. Este edificio, construido a orillas del Río de la Plata, tuvo un rol protagónico en el ingreso de inmigrantes al país y, actualmente, funciona como el Centro de Arte Contemporáneo (MUNTREF) y el Museo de la Inmigración. La pieza también fue seleccionada para ser exhibida en la 60° edición de la Bienal de Venecia de 2024, edición que se llamó “Stranieri Ovunque” (extranjeros en todos lados). En la obra de Telleria, se pueden apreciar enormes mástiles de veleros que nacen desde el suelo. Sin embargo, en la fotografía que la artista sacó, no se puede observar su obra en todo su esplendor, sino solo una parte de ella, como si la mirada cambiara el foco. Se trata de una fotografía casual, espontánea, tomada rápidamente con el teléfono celular para capturar el momento en que pasaba un avión. Se trata de un recorte que, al sumar ese cielo atravesado por el avión, le da otra dimensión a la movilidad, al espacio, en fin, permite otras interpretaciones. Las historias de vida que leeremos en estas páginas también son recortes, partes de un todo que no se puede abordar de forma integral, retazos de biografías atravesados por nuestras miradas.

Argentina como destino: Estados, políticas y migraciones. Algunas generalidades

En el apartado anterior, hubo un actor casi ausente en el recorrido sintético por los modelos explicativos de las migraciones internacionales: el Estado y sus políticas migratorias. Si bien las leyes resultantes de la política migratoria no modifican necesariamente los flujos migratorios internacionales –donde inciden en mayor medida las políticas fronterizas y las políticas económicas/monetarias y de empleo–, sí determinan la manera en que los migrantes vivirán en nuestro país y el modelo social que el Estado ejecutará a través de sus instituciones. En tanto problema o cuestión social problematizada, la migración internacional es definida y regulada por los Estados y por los organismos internacionales gubernamentales, según un entramado de divisiones y clasificaciones: extranjeros, nacionales, migrantes, refugiados, etc.

La línea de investigación que problematiza la relación del Estado argentino con los extranjeros ha dado como resultado una abundante literatura centrada en el análisis de los cambios y continuidades entre diferentes instrumentos normativos de política migratoria, evidenciando una diferenciación y basculación entre la restricción y la selectividad (Ceriani Cernadas, 2016; Ceriani Cernadas y Morales, 2011; Courtis y Pacecca, 2008; Domenech, 2009; Le Gall y Sassone, 2007; Nejamkis, 2016; Novick, 2008, 2012; Sassone, 2004), las tensiones entre las normas y las prácticas administrativas (Biernat, 2007; Devoto, 2001) o entre estas y los recursos humanos (Di Liscia, 2017), por ejemplo.

Es que, la “cuestión” de las migraciones internacionales ha sido central en las políticas de desarrollo de la República Argentina (Novick, 2008, 2012; Domenech, 2007) y, aunque los procesos y mecanismos de selección de población extranjera han sido más explícitos en algunos períodos de la historia argentina que en otros (Mármora, 2002; Devoto, 2004), las discusiones académicas sobre las representaciones y prácticas que ayudan a construir las diferencias entre migrantes deseables e indeseables han estado en vigencia desde hace mucho tiempo (Domenech y Pereira, 2017).

El Estado argentino se ocupó muy tempranamente en gestionar su política de población: ya en 1812, Feliciano Chiclana, Juan Martín de Pueyrredón, Bernardino Rivadavia y Nicolás Herrera firmaron el “primer Decreto del Gobierno Argentino sobre fomento de la inmigración”. También en la Constitución nacional de 1853 se definieron los lineamientos generales de la atracción de inmigrantes (Fernández, 2018). Pero fue especialmente a través de la Ley Nº 817 de Inmigración y Colonización, sancionada en 1876 bajo la presidencia de Nicolás Avellaneda (1874-1880), que se puede hablar de una política migratoria. La Ley de Inmigración y Colonización Nº 817 –conocida como Ley Avellaneda– respondió a un contexto de expansión de expectativas que se abría con el proceso de inserción en el mercado internacional, a través de la exportación de materias primas y en el marco de un capitalismo dependiente, donde subyacía la idea de progreso que traería bienestar a los inmigrantes y a sus familias (Novick, 2012).

Con el objetivo de atraer la inmigración proveniente de Europa, se dispusieron de otros instrumentos de políticas públicas específicas para acompañar la ley, que tuvieron diferentes niveles de éxito: a) dispositivos de gestión, como la creación o promoción de empresas privadas y públicas de colonización, facilitación de alojamiento temporario a los recién llegados y b) recursos humanos (burocracia especializada en la recepción de los inmigrantes) y financieros (para la compra o financiamiento de pasajes transoceánicos). Entre 1887 y 1890, por ejemplo, el Estado argentino subsidió el arribo de inmigrantes mediante la compra de más de 130.000 pasajes y la creación de oficinas de información y propaganda en algunos países de Europa (Bjerg, 2010; Fernández, 2018). En el marco de la Ley Avellaneda, se creó la Dirección General de Inmigración (actual Dirección Nacional de Migraciones que, en adelante, llamaremos DNM), como unidad del Estado encargada de velar por el cumplimiento de la legislación y de ejecutar la gestión migratoria, para lo cual preveía contar con delegaciones en el interior del país y en el extranjero (Pacecca, 2000).

Todas estas medidas implicaron serios debates parlamentarios donde se empezaron a cristalizar las dos imágenes que, a principios del siglo XX, convivirían en la figura del inmigrante: el de agente que trae consigo el progreso, que responde a los fundamentos de la Ley Avellaneda, y el de subversivo, por las ideas políticas –anarquistas o socialistas– que los migrantes traían desde Europa (Novick, 2012). En virtud de esta segunda imagen, se sancionan dos leyes: la Ley de Residencia de Extranjeros (1902) y la Ley de Defensa Social (1910), que comenzaban a delinear una política migratoria más restrictiva. Esta tendencia se observó luego con la reglamentación de la Ley Avellaneda (Decreto del 31 de diciembre de 1923), en la que se establecieron nuevos criterios de selectividad para evitar la “inmigración ociosa o inútil” (Pacecca, 2000). Se fueron definiendo ciertos criterios que transformaban a algunas personas migrantes en “deseables” o “indeseables”. Estos criterios de selección de migrantes estuvieron vinculados, en la Argentina, a la capacidad laboral (agricultores a fines de los siglos XIX y principios del XX y obreros/técnicos industriales a mediados del siglo XX) y al origen étnico (migrantes que se “integren” con facilidad a la cultura argentina).

Otro rasgo de las políticas selectivas en la Argentina fue el criterio de encauzamiento, que suponía la realización de un aporte inmediato a la necesidad económica del país mediante el direccionamiento de los migrantes a determinadas áreas productivas (Devoto, 2001). Sobre los criterios de exclusión, la Ley Avellaneda especificaba, en su artículo 32, que no podrían ingresar enfermos de males contagiosos o personas con discapacidades, dementes, mendigos o presidiarios ni mayores de 60 años. La particular inquietud sobre las enfermedades y discapacidades llevó al Estado a fortalecer las instancias administrativas de control médico en las embarcaciones que llegaban a Buenos Aires (Di Liscia, 2017). A principios del siglo XX, un nuevo criterio definió las políticas selectivas: el ideológico, que implicaba impedir el arribo de todo migrante que, aunque cumpla con los otros criterios de selección, sea asociado a ideas comunistas (Biernat, 2007).

A partir de 1930, la migración proveniente de ultramar dejó de ser masiva, mermando luego de la Segunda Guerra Mundial. Esta disminución visibilizó otro flujo migratorio: el proveniente de los países limítrofes. Pero esto no implica que haya sustituido a la primera. La población proveniente de Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia y Chile fue estable durante más de un siglo, manteniéndose entre un 2 % o 3 % de la población total del país, según los censos desde 1895 hasta 2010. Pese a este comportamiento constante a nivel de la población total, el peso relativo de la migración limítrofe aumentó, dado que, mientras representaban cifras inferiores al 20 % de los extranjeros en Argentina entre 1895 y 1960 (Pacecca, 2000), pasaron a constituir más del 60 % a partir del 2001.

Durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983), la política migratoria obtuvo un tratamiento prioritario. En 1981, se sancionó la Ley Nº 22.439 del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), llamada Ley General de Migraciones y de Fomento de la Inmigración, conocida como la Ley Videla. El espíritu de la ley fue principalmente restrictivo, evidenciando una política de exclusión del migrante dentro de la sociedad argentina. Definió categorías de ingreso al país (residentes permanentes, temporarios y transitorios) y estableció la ilegalidad por ingreso o por permanencia (Pacecca, 2000): aquel migrante que ingresara al país por un paso no habilitado o que no tuviera la documentación requerida para permanecer en el país sería considerado “ilegal”, sujeto a la detención y expulsión por acción directa de la DNM y sin posibilidad de representación legal ante la justicia. La Ley habilitó a la DNM a realizar inspecciones y allanamientos, sin orden judicial, en domicilios donde sospecharan que residían inmigrantes en situación irregular (Pacecca, 2000; Novik, 2008). Se impusieron restricciones al trabajo de los residentes transitorios y temporarios e impidió a los inmigrantes indocumentados el acceso a los servicios de salud, educación y justicia, obligando a los funcionarios responsables en cada ámbito público o privado a denunciar la situación ante las autoridades (Courtis y Pacecca, 2008; Novick, 2008).

La Ley de Migraciones Nº 25.871 del año 2004 incorporó dos novedades destacables que funcionan como una ruptura con la normativa anterior: contempla la perspectiva de los derechos humanos y el enfoque migratorio regionalista (Le Gall y Sassone, 2007) al aplicar el criterio de nacionalidad para la residencia temporaria (Arts. 23 y 28), que beneficia a los ciudadanos del Mercosur y asociados. Esta Ley tiene un espíritu inclusivo que reconoce a la migración como un derecho humano fundamental, que el Estado debe garantizar. Además, determina que los migrantes tienen derecho al acceso libre a los servicios de salud, justicia y educación, sin perjuicio de su condición migratoria. Que esta ley sea inclusiva no quiere decir que sea irrestricta o masiva: subsisten las categorías migratorias que fragmentan los derechos de los migrantes (determinando, asimismo, los criterios de expulsión de inmigrantes) (Chausovsky, 2006, en Nejamkis, 2012), sigue un modelo de integración de los migrantes de características asimilacionista (Domenech, 2009) y no reconoce los derechos políticos, una deuda que algunos investigadores y actores sociales consideran como una cuenta pendiente de esta normativa (Ceriani Cernadas y Morales, 2011; Penchaszadeh, 2012).

Hasta la reglamentación de la ley por medio del Decreto Nº 616 del 2010, existieron inconsistencias y contradicciones entre la política y gestión migratoria argentina (Courtis y Pacecca, 2008), razón por la cual Eduardo Domenech (2013) propuso la noción de “políticas de control con rostro humano”, que ilustró la manera en que el modelo de gobernabilidad migratoria articuló la idea de la protección a los derechos humanos con el control, el desaliento e incluso la restricción.

Ahora bien, la basculación constante entre control, criminalización y la inclusión de las personas migrantes tuvo un último capítulo a partir de 2015, cuando se comenzaron a promover modificaciones en la aplicación de la política migratoria, que reforzaron la idea de control en detrimento del servicio en el ámbito de la DNM (Canelo, Gavazzo y Nejamkis, 2018; García y Nejamkis, 2018)[2]. A principios de 2017, se generó la reformulación más importante del giro restrictivo en la política migratoria: la firma del Decreto de Necesidad y Urgencia N° 70/2017. Este decreto –sin debate parlamentario– vinculó directamente a la migración con la criminalidad, utilizando términos como narcocriminalidad, seguridad pública, fraude a la ley migratoria o situación crítica, y dejó en claro que los extranjeros que cometieran delitos (con o sin condena) eran amenazas reales y potenciales que debían ser eliminadas. El decreto permitió la expulsión con trámite sumarísimo (en tres días), y sin actuación del poder judicial, de aquellos extranjeros que hubieran cometido delitos dentro o fuera del país, y limitó el derecho de reunificación familiar (Penchaszadeh y García, 2018). El DNU 70/2017 fue derogado en marzo de 2021.

Para finalizar, diremos que las historias contadas en los capítulos de este libro no son ajenas a las políticas del Estado argentino, ni a su pueblo en tanto sociedad receptora. Más allá de las motivaciones que haya tenido cada migrante o cada familia para abandonar sus naciones de origen, arriban a un país que los recibe según sus normas y las percepciones sociales de la época.

Llegar a La Pampa: tierra de oportunidades y movilidades

Como se verá en los capítulos que siguen, el espacio que hoy ocupa La Pampa participó activamente en la recepción de migrantes internacionales, por lo menos hasta la década de 1930. Geográficamente, se ubica al centro de la República Argentina, cuenta con una superficie total de 143.440 Km2 y una población de 361.859 habitantes, según el último Censo Nacional de 2022. La migración, tanto la interna como la internacional, constituyó un elemento de suma importancia dentro del desarrollo demográfico y económico de La Pampa y tuvo características específicas que la destacaron del resto de las provincias argentinas entre los años 1880 y 1899. La primera oleada migratoria comenzó recién a partir de 1880, luego de la campaña militar mal llamada “Conquista del Desierto”, y estuvo compuesta por migrantes extrarregionales provenientes de otras provincias, especialmente de Buenos Aires y Santa Fe. Estos migrantes criollos se asentaron en el territorio y comenzaron la producción ganadera en la región, en la cual también participaron los pobladores indígenas. Durante este período, surgieron los primeros asentamientos “urbanos”, localizados en su mayoría en la zona este, es decir, en el espacio agropecuario comercial (Maluendres, 1995; Maluendres et al., 1995; Covas, 1998; Comerci, 2014).

Después de esta primera oleada migratoria, predominantemente interna, se abrió un período de transición entre 1892 y 1899 que sentaría las bases para el poblamiento de la provincia. Se tendieron las primeras líneas férreas que reforzarían la estructura de la actividad ganadera, atrayendo a un nuevo flujo migratorio. La composición de esta nueva ola migratoria fue mayoritariamente extranjera y particularmente transoceánica, pero, por su origen, se diferenció de las corrientes que arribaron al resto del país. Mientras que, a nivel nacional, predominó la migración italiana, quedando la española en segundo lugar y, en el tercero, la francesa (Bjerg, 2010), según Aráoz (1991), entre 1892 y 1899 en el Territorio Nacional de La Pampa, el 42,2 % de este flujo migratorio fue español, el 18,7 % francés, el 13,2 % italiano, el 12,2 % chileno y el 6,2 % uruguayo.

La segunda oleada migratoria se desarrolló entre 1900 y 1914, cuando el entonces Territorio Nacional de La Pampa recibió las corrientes migratorias transoceánicas masivas que caracterizaron el crecimiento poblacional de la Argentina hasta mediados del siglo XX (Di Liscia, Salomón Tarquini y Cornelis, 2011). Como sucedía en casi todo el país, en 1914, un gran porcentaje de las personas que habitaban el Territorio Nacional de La Pampa habían nacido en el extranjero, llegando a representar el 36,4 % de la población total, superando al 29,9 % del registro nacional. Hacia 1915, la población pampeana se había quintuplicado y se estabilizaría hacia 1933. Este crecimiento demográfico estuvo vinculado a la época de oro del desarrollo agrario y del surgimiento de numerosos pueblos gracias al ferrocarril, que conectaba el espacio productivo con los puntos de consumo o exportación. De nuevo, cabe remarcar que, para 1920, el 90 % de los aproximadamente 120.000 habitantes y el 96 % de los migrantes transoceánicos llegados a La Pampa residían en el área oriental de la provincia (Maluendres et al., 1995).

A partir de 1930, hubo un retroceso demográfico significativo (Aráoz, 1991) producto de la crisis económica y la larga sequía: mientras que, en 1935, la población alcanzaba los 175.077 habitantes, en 1942, el Censo General del Territorio Nacional de La Pampa indica que había descendido a 167.352. El descenso comenzó en 1935 y la evolución demográfica fue, desde entonces, poco satisfactoria, hasta llegar a solo 158.764 personas en el Censo de 1960. Esto significa que el número de emigrantes de la provincia superaba ampliamente al crecimiento vegetativo y al número de inmigrantes. La tendencia recesiva comenzó a revertirse recién en la década de 1980.

Cuadro N° 1: Evolución de la población extranjera en la provincia de La Pampa (1895-2010) según los censos nacionales

Censo/año

Población total
La Pampa
 
ArgentinosExtranjeros% extranjeros/ pob. total 

1895 

25.914 21.3634.55117,56 % 

1914

101.338 64.28737.05136,56 % 

1947

169.440 146.83522.60513,34 % 

1960

158.746 146.35912.3877,80 % 

1970

172.029 163.4288.6014,99% 

1980

208.260 202.0136.2472,99% 

1991

259.996 255.6494.347 1,67 % 

2001

299.294 295.8513.4431,15 % 

2010

318.951 315.5043.4471,08 % 

2022

359.193355.6923.5011 %

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Dirección de Estadísticas y Censos de la Provincia de La Pampa, Sala de Situación de Salud, y del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022. 

Además de un crecimiento demográfico poco satisfactorio durante más de tres décadas, es evidente el descenso de la proporción de extranjeros dentro de la población total de la provincia. En 1914, los extranjeros representaban el 36 % de la población pampeana y, un siglo después, solo alcanza al 1,08 %. La provincia de La Pampa cuenta con 3.447 habitantes que han nacido en el extranjero según el Censo Nacional de 2010, cifra que la ubica dentro de las provincias argentinas con menor recepción migratoria, como Santiago del Estero (0,38 %), La Rioja (0,96 %) o Santa Fe (1,17 %), y muy por debajo de la media nacional, que asciende al 4,5 %. Pese a este aparente estancamiento, está comenzando a participar de una progresiva recepción de migrantes latinoamericanos y limítrofes, así como africanos y asiáticos. Sobre el total de latinoamericanos, es importante destacar que la más numerosa es la migración limítrofe, es decir, de este 1,08 % de extranjeros, un 63 % proviene de los países limítrofes y Perú, mientras que apenas un 17 % lo hace de Europa. La mayoría de los europeos tienen más de 65 años y han llegado al país antes de 1991. El grueso de la población de los países limítrofes y Perú corresponde a la Población Económicamente Activa (PEA), es decir, tienen entre 15 y 64 años.

Una mención especial merecen los casos de la migración asiática (especialmente coreana y china), africana (de Senegal) y venezolana reciente. Como establecen Di Liscia, Salomón Tarquini y Cornelis (2011), las migraciones internacionales a partir de 1980 no lograron configurar un nuevo perfil demográfico en La Pampa, tal como sucedió a fines del siglo XIX, pero, en algunos casos, diversificaron en parte la “homogeneidad original” de la población (Di Liscia, Salomón Tarquini y Cornelis, 2011). Este fue el caso, según las autoras, de los coreanos en las principales ciudades de la provincia y de las familias pertenecientes a la comunidad menonita, provenientes de Bolivia y México, que se asentaron en 10.000 ha aledañas a la localidad de Guatraché. Entre 2001 y 2010, observamos que la diversidad es aportada por los flujos migratorios provenientes de China y de Senegal, fenómeno que también sucede en otras ciudades argentinas. Y, como veremos en el último capítulo del libro, a partir de 2015, la migración venezolana creció por encima de los colectivos migratorios regionales tradicionales, como el paraguayo o el boliviano.

A lo largo de estas páginas, podremos conocer sobre algunas de esas personas que, en determinado momento del siglo XX o XXI, eligieron a La Pampa como espacio para desarrollar sus vidas. A partir de fuentes diversas, nos acercaremos a experiencias personalísimas que son, a su vez, reconocibles: hablamos de tránsitos, trayectorias, expectativas, miedos y sueños de personas que han migrado. A manera de columna vertebral, todos los capítulos indagan sobre tres ejes analíticos: los motivos de la migración o factores de expulsión, los motivos de la llegada a la Argentina y a La Pampa (factores de atracción) y la inserción laboral en origen, en tránsito y en destino. Pero, como veremos, según cada historia de vida reconstruida, se han ido agregando capas analíticas que complejizan los análisis: traumas, roles de género, reunificación familiar, entre otros.

El primer capítulo, escrito por Lisette Paradiso, nos invita a conocer la experiencia de éxodo a partir de dos familias judías que migraron a La Pampa, específicamente al sureste, durante la primera mitad del siglo XX. Estas historias fueron reconstruidas mediante la realización de entrevistas en profundidad y al cruce de historias familiares de inmigrantes judíos que alguna vez se instalaron en el espacio pampeano. Acompañada por un andamiaje conceptual e histórico, la autora intenta dar cuenta de las marcas del trauma, de la violencia, a través de la interpretación de la palabra, así como de los silencios, de lo no dicho, para traernos, finalmente, a un presente que no puede, aún, escapar de la guerra.

Emanuel Labatte escribe el segundo capítulo, donde otra guerra resuena en la voz de una migrante italiana que rememora su llegada y la vida de sus padres en La Pampa después de la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Luego de relatar las labores que realizaban sus padres, que caracterizaban la vida en el campo de Italia, explica los cambios en su inserción laboral en Santa Rosa, causados por el giro rural/urbano que se produjo como consecuencia de la migración. También encuentran escollos en el acceso a la vivienda en Santa Rosa que se resolverán, como muestra el capítulo, gracias a las redes sociales étnicas. Por otro lado, este relato nos ilustra la travesía marítima, la angustia de los controles en los puertos, la experiencia de la enfermedad y la ansiedad por la reunificación familiar.

En el tercer capítulo, a partir de documentos como la prensa de casas comerciales y memorias escritas entre 1930 y 1945, Selva Olmos nos presenta las historias de vida de migrantes españoles llegados a General Acha. La autora revisita las trayectorias exitosas de estos migrantes para dar cuenta, mediante un trabajo minucioso, del tejido de relaciones sociales, étnicas, de parentesco y laborales que habilitaron dicho crecimiento económico y, en algunas ocasiones, político.

Stella Cornelis y Mariana Funkner indagan, en el cuarto capítulo, sobre la migración vasca en La Pampa, fundamentalmente a partir de historias de vida de migrantes que arribaron a Macachín en la década de 1950. En estos relatos, se advertirá la fuerza de las redes migratorias transnacionales compuestas por lazos familiares que facilitaron el arribo al territorio y, una vez llegados, la necesidad del asociacionismo. A partir de la sociología de las emociones, las autoras analizan este asociacionismo no solamente en términos de afirmación identitaria o acceso a servicios de salud, sino también como antídoto a la nostalgia causada por la migración.

En el quinto capítulo, Enzo Martínez se acerca a la experiencia de un niño italiano que relata, casi 80 años después, su llegada al país junto a sus padres al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Además de los posicionamientos que fueron fisurando los vínculos familiares frente a la guerra y la decisión de migrar una vez caído el gobierno de Mussolini, el relato nos lleva a repensar los roles de género a uno y a otro lado del Atlántico. La trayectoria laboral descendente de la madre del protagonista, marcada por el desclasamiento, se contrapone al racconto de la movilidad social ascendente experimentada por el hijo años después, que lo llevaron a mudarse a La Pampa como un profesional.

Finalmente, María Dolores Linares retoma, en el sexto capítulo, algunas cuestiones vinculadas a la reunificación familiar y a la perspectiva de género para narrar las historias de dos mujeres migrantes venezolanas arribadas a la provincia en la década de 2010. Otra vez, a partir de los relatos de experiencias vitales personales –en este caso, de mujeres con hijos–, se intenta comprender, en parte, las características de un fenómeno migratorio que ha impactado en todos los países sudamericanos. Sus motivaciones, sus miedos y expectativas son una muestra de la magnitud de la diáspora venezolana reciente.

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  1. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) – IEHSOLP.
  2. Particularmente, se suspendió el Programa de Abordaje Territorial de la DNM (que recorría el país brindando información y asesoramiento a migrantes); aumentaron de los operativos de control de permanencia en un 37 % con respecto al 2015 (que había sido particularmente alto por ser año de elecciones, como explicamos); las disposiciones de expulsión crecieron en un 70 % (de 1.908 en 2015 a 3.258 en 2016); se creó un Área de Prevención de Delitos Migratorios en la DNM y se duplicó del costo de las tasas migratorias. También se anunció, en 2016, de la creación de un Centro de Detención para infractores de la Ley de Migraciones en la Ciudad de Buenos Aires, mediante un convenio firmado por la ministra de Seguridad Nacional Patricia Bullrich, su par de la CABA, Fernando Ocampo, y el director de la DNM. Dicho centro no se concretó.


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