Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

En búsqueda de una teoría
posrealista de las relaciones internacionales para el proceso de transición intersistémico

Gonzalo Salimena

Introducción: la constante confrontación entre realismo e idealismo 

Como bien señalan muchos autores del realismo político, entre los que se destacan Hans Morgenthau y John Herz, el pensamiento político en general se bifurca en dos grandes construcciones ideales de extensa trayectoria. Las confrontaciones inevitables entre estas dos corrientes de pensamiento siguen marcando el compás de unos cuantiosos escritos teóricos y académicos, y así proyectan una visión antitética de la realidad. 

El realismo político y sus vertientes se sustentan sobre un conjunto de constructos teóricos de larga tradición que incluyen (desde la Antigüedad hasta nuestros días) a pensadores tales como Kautilya, Sun Tzu, Tucídides, Tito Livio, Maquiavelo, Hobbes, Clausewitz, Hegel, entre los clásicos, y más contemporáneamente, a Edward Carr, Hans Morgenthau, Raymond Aron, John Herz y Kenneth Waltz. Recientemente, entre las figuras más destacadas de esta corriente, podemos incorporar a John Mearsheimer, Stephen Walt, Glaser y Rose como aquellas célebres del pensamiento político realista, que han realizado contribuciones significativas e imprescindibles teorizando sobre la naturaleza humana, el poder, el Estado, la estructura, la seguridad y el equilibrio de poder en un entorno internacional cada vez más caracterizado por la anarquía y la descentralización

Por su parte, el idealismo político encuentra sus raíces en la corriente iluminista y en el racionalismo del siglo XVII en Europa, a través de los escritos de Kant, Locke y Rousseau, entre los más destacados. Los orígenes de este pensamiento podemos rastrearlos también a través de la discusión que ambas corrientes sostuvieron alrededor de la abstracción filosófica denominada “estado de naturaleza”. La presente corriente de corte liberal proyecta la maleabilidad de los individuos y sus conductas, es decir que el hombre puede cambiar y mejorar. El realismo, en cambio, sostiene una postura antagónica, que el hombre es malo por naturaleza y que bajo esa condición preestablecida, no puede haber cambios, ya que por naturaleza el hombre es “egoísta”. Los inicios del siglo XX trajeron una revitalización de esta corriente de pensamiento, que supo ilustrarse en las ideas wilsonianas que pregonaban por un rol activo de los organismos internacionales para reducir la problemática de la guerra, y en el derecho internacional como sustrato y herramienta adecuada para vivir en una comunidad internacional más armoniosa. Dicho de otra forma, que los organismos y las normas pueden moldear y moderar la conducta de los Estados. Si bien estas antítesis entre las enunciadas corrientes parecen nuclear la confrontación de ideas, esta supone una arista adicional, que John Herz expone con mucha sobriedad en su libro Realismo político e idealismo político (1960): 

Por lo común, el término “realismo político” ha sido empleado en relación con las teorías que sostienen estar interesadas en la observación y el análisis de los “hechos” políticos, del frecuentemente grave e inflexible “lo que es” de la historia y la política, mientras que el “idealismo político”, en este uso, se ha referido a aquellas teorías que se ha ocupado de los ideales de un mundo “mejor”, de un estado “mejor”, de una política “mejor” etc.; en suma, del frecuentemente utópico “lo que debería ser” de la historia y de la política (Herz, 1960: 30).

La distancia, por lo tanto, que separa ambas corrientes es considerable y se respalda en el registro, observación e interpretación de los hechos y datos recibidos tal cual son, buscando un análisis de todo aquello que es en detrimento del deber ser, del idealismo (lo normativo) en sus múltiples facetas. Ahora, si bien es cierto que el realismo y el idealismo toman caminos distintos en relación con “lo teórico”, nuestra explicación quedaría trunca de sustentarse solo en estos puntos descritos. En este sentido, en la misma obra Herz realiza una contribución sustanciosa que nutre y separa aún más el debate entre ambas corrientes, y lo conduce sobre el punto neurálgico en el cual nos situaremos para referenciarlo como clave en el presente capítulo, cuando sostiene: “El realismo reconoce y toma en consideración las implicaciones que tienen para la vida política aquellos factores de seguridad y de poder, que son inherentes a la sociedad humana” (Herz, 1960: 31).

Este es el centro de la disputa entre ambas vertientes. Mientras que el realismo acepta que estas variables permanecen con cierto grado de inmutabilidad e imperfección y que debemos trabajar con ellas, no negarlas como sostenía Morgenthau en Política entre naciones (1986), el idealismo político no reflexiona que el poder y la seguridad ocupan un lugar destacado en la sociedad y si en algún momento aborda estas problemáticas, lo hace con una liviandad propia de cierta ingenuidad y de la supremacía de los deseos por sobre el análisis de los hechos.[1]

Karl Marx, reconocido filósofo alemán, estaba convencido de que la historia era “la lucha de clases”, y presentaba al conflicto como algo constante y central en las diversas sociedades a lo largo de su evolución histórica. Hans Morgenthau, en la obra citada, presenta su teoría realista en el primer apartado como la confrontación o el conflicto entre dos grandes corrientes de pensamiento: 

La historia del pensamiento político moderno es la historia de la confrontación entre dos escuelas que en lo substancial difieren en sus concepciones sobre la naturaleza del hombre, de la sociedad y de la política. Uno piensa que puede realizarse aquí y ahora un orden político, moral y racional derivado de principios abstractos y universalmente aceptados. Supone la bondad esencial y la infinita maleabilidad de la naturaleza humana y sostiene que la razón por la cual el orden social no llega a estar a la altura de los patrones racionales reside en la falta de conocimientos o de comprensión, en la obsolescencia de las instituciones sociales o en la perversión de ciertos individuos y grupos aislados. Confía en la educación, en la reforma y en el ocasional uso de la fuerza para remediar esos defectos. La otra escuela afirma que el mundo, imperfecto desde el punto de vista racional, es el resultado de fuerzas inherentes a la naturaleza humana. Para mejorar el mundo, se debe trabajar con esas fuerzas y no contra ellas. Al ser un mundo de intereses opuestos y conflictivos, los principios morales nunca pueden realizarse plenamente. Pero al menos podemos acercarnos a ellos mediante el siempre temporario equilibrio de intereses y la siempre conciliación de los conflictos (Morgenthau, 1986: 11-12).

Al igual que John Herz, el padre del realismo político clásico discurre en su obra contra el idealismo político y lo acusa y responsabiliza de su liviandad para el abordaje de ciertas problemáticas de la política internacional, resaltando que lo propio de este ecosistema es el conflicto y los intereses contrapuestos, no la armonía y la maleabilidad. Esto le sirve como una primera instancia para diferenciarse del idealismo y presentar su teoría de la política internacional, elaborada sobre un centro duro de seis supuestos teóricos.

A continuación, presentamos un cuadro que sintetiza a grandes rasgos ambas corrientes.

Dimensiones

Realismo

Idealismo

Unidad de análisisObservación y análisis de los hechos políticosAnálisis de los ideales y consideraciones éticas
Realidad/UtopíaLo que “es”Lo que “debería ser”
Aspectos en los que se focalizaPoder y seguridadInstituciones – Derecho Internacional
Concepción del mundo y los interesesMundo conflictivo imperfecto – intereses opuestosIntereses y conflictos reconciliables
Organismos internacionales No tienen existencia propia más allá de los EstadosTienen existencia propia y son claves en el desarrollo del proceso político internacional

Fuente: Elaboración propia con base en información recolectada de las obras de John Herz, Realismo político e idealismo político (1960), Hans Morgenthau, Política entre naciones (1986) y James Dougherty y Robert Pfaltzgrafdf (1993), Teorías en pugna en las relaciones internacionales.

Lo desarrollado hasta aquí nos ayudó para exponer brevemente la antítesis entre las dos vertientes y el peso que tuvo y tiene para la construcción teórica de las relaciones internacionales, pero sobre todo para poner en evidencia que el presente capítulo pretende exponer una teoría de la política internacional de inclinación realista. El mundo actual no puede ser pensado sin los constructos teóricos del realismo, que nos conducen a focalizarnos sobre los factores del poder y la seguridad, y de lo que procede de ello. Esta presunción supone tomar algunos de los supuestos claves que constituyen el centro duro teórico del realismo político y examinar otros constructos más con detenimiento a través de una actitud crítica, en búsqueda de una orientación teórica que, si bien puede no cumplir estrictamente con el precepto de lo distintivo, esperamos no sea una mera síntesis, sino que nos brinde mayor capacidad explicativa y nos proporcione una especie de blindaje a manera de hipótesis auxiliares. También debe reconocerse que nunca una teoría es enteramente realista, es decir, las construcciones suelen contener algún elemento normativo. Así lo sostenían Edward Carr, Hans Morgenthau o Raymond Aron cuando recurrió a su cuarto nivel de análisis para las relaciones internacionales, denominado “praxeología”, para establecer cómo los Estados “deberían” comportarse.

Sin embargo, antes de llegar a abordar este punto, considero que tenemos que pasar muy resumidamente por la denominada edificación epistemológica de la teoría que buscamos presentar. Este punto no es un tema menor en la discusión, y ocupó un lugar destacado en el debate entre los clásicos de la teoría de las relaciones internacionales. Por ejemplo, Hans Morgenthau plantea, a partir de su crítica al idealismo, una teoría empírica que se apoya sobre lo que es, sustentada en la historia, como la que nos brinda la sabiduría de las leyes universales. A partir de este axioma, el pensador alemán sostiene que “el realismo político supone que la política al igual que toda la sociedad, obedece a leyes objetivas que arraigan en la naturaleza humana” (Morgenthau, 1986: 12), lo cual conlleva una búsqueda de esta objetividad y factibilidad. De allí se desprende su ley objetiva: “Como toda política, la política internacional implica una lucha por el poder. No importa cuáles sean los fines últimos de la política internacional: el poder siempre será el objetivo inmediato” (Morgenthau, 1986: 41).

Este enunciado lo complementa sosteniendo que “la lucha por el poder es universal en tiempo y espacio y surge como un dato innegable de la experiencia” (Morgenthau, 1986: 48). Para Kenneth Waltz, en su libro Teoría de la política internacional (1979), tenemos que diferenciar entre leyes y teorías, comenzando por “el cuestionamiento de que las teorías son meros conjuntos de leyes interconectadas” (Salimena, 2021: 116). De esta manera, para el autor, “una teoría es un cuadro mental de un reino o dominio de actividad limitado” (Waltz, 1988: 19), “que debe ser juzgada por su utilidad, o sea, por la capacidad para solucionar problemas y por su poder explicativo y predictivo” (Salimena, 2021: 116-117). La finalidad de discriminar entre teorías reduccionistas y sistémicas no se remite solo a la insuficiencia de ambas de dar cuenta de un elemento sistémico (la estructura), sino a que en el universo de las primeras podríamos encasillar al realismo político de Morgenthau, ya que intenta explicar el funcionamiento del sistema (el todo) internacional a partir del comportamiento de los Estados (una parte del todo).

Estos ejemplos nos ayudan a situarnos en relación con el lugar que debe ocupar la construcción epistemológica para la teoría. Robert Keohane en su libro Instituciones internacionales y poder estatal (1993), al presentar su teoría, que apelaba a cierto sincretismo entre neorrealismo y el institucionalismo neoliberal (en su capítulo III), pretendió evaluar el realismo político utilizando el concepto desarrollado por Imre Lakatos en su obra La metodología de los programas de investigación científica (1970), como contraposición al término de paradigma desarrollado por Thomas Kuhn. Tomaremos este debate de ideas entre Kuhn y Lakatos como un punto de partida fructífero para la construcción y el desarrollo de nuestra teoría, presentando a continuación las condiciones iniciales para la construcción teórica, para luego pasar a enunciar lo que consideramos un actual “centro duro” (los supuestos) del realismo político que se adapten a la realidad de nuestros días y que ayuden a la interpretación y comprensión de los fenómenos de la política internacional.

Lo cierto es que cuando la realidad sufre transformaciones o cambios, ello debería tener su correlación en el plano teórico de las relaciones internacionales, y lo “antiguo” debería dar paso a lo “nuevo”, a lo que podría ser la construcción de lo accidental. Así sucedió a principios de la década del setenta y del noventa, con el surgimiento de nuevas visiones de las relaciones internacionales, algunas desde el mainstream, otras críticas fuera de él. Si en la actualidad estamos en un proceso de transición de un sistema a otro, ello debería manifestarse en el plano paradigmático de las relaciones internacionales a través de perspectivas innovadoras que nos brinden nuevas lecturas de la realidad. En palabras de Morgenthau, “la novedad no es necesariamente una virtud en el campo de la teoría política, del mismo modo que la antigüedad tampoco es un defecto” (Morgenthau, 1986: 12). Con esto queremos evidenciar que lo antiguo y lo nuevo tienen sus puntos vulnerables, pero ello no implica que lo antiguo no responda a la realidad (Morgenthau, 1986) o no sea adaptable. ¿En este proceso de transformación intersistémico se puede visibilizar lo nuevo con claridad o quizás se refuerzan aquellas visiones tradicionales?

El momento que transita la política internacional hace evidente que lo antiguo continúa teniendo un peso destacado para explicar gran parte de lo que acontece. En otras palabras, parece que hasta el momento a lo nuevo le cuesta nacer y a lo viejo morir, lo que significa en términos teóricos que el realismo continúa siendo la teoría dominante de las relaciones internacionales, pero la complejidad conlleva la incorporación de condiciones iniciales y de factores necesarios para explicar los accidentes. De esta manera, lo “viejo” y lo nuevo pueden coexistir y combinarse en pos de una nueva mirada superadora.

La búsqueda que aquí se propone es algo similar a aquello que sucede cuando se intenta “integrar” aspectos de una teoría con otra, para proporcionar una mayor capacidad explicativa. Algo análogo a lo que propusiera Robert Keohane en su mencionada obra. La combinación que se busca es fundamentalmente entre algunas visiones hacia el interior del realismo político, con algunos elementos de otras corrientes del mainstream, como el neoliberalismo. Por tal razón, la exploración que llevaremos a cabo tiene como objetivo un sincretismo hacia dentro del realismo, pero a la vez una posible integración con algún elemento de otras visiones, con la finalidad de concretar una visión más abarcativa, que denominaremos posrealismo en relaciones internacionales.

En búsqueda de una teoría realista de la política internacional

Condiciones iniciales 

Anarquía y bajo grado de institucionalización de la política internacional

Parece que lo que ha caracterizado a las relaciones internacionales a lo largo de su historia ha sido este principio ordenador que, tal cual lo definió Kenneth Waltz en relación con el componente inicial de la estructura, desde la antigua Grecia, pasando por la conformación del sistema de unidades políticas europeas con la Paz de Westfalia en 1648 hasta nuestros días, condujo el compás de los vínculos entre las naciones. La descentralización, falta de una organización formal que se presente como una especie de gobierno mundial y el bajo grado de institucionalización de la política internacional conllevan que “ninguno tiene derecho a mandar; a ninguno se le exige que obedezca” (Waltz, 1979: 88), que las normas y las reglas sean poco respetadas, así como que se presenten problemáticas diversas y complejas que se profundizan, para las que se carece el poder de resolverse en el ambiente institucional de los organismos internacionales o en la bilateralidad. Por lo tanto, si bien los realistas en sus diferentes vertientes hablan de orden mundial, la característica distintiva parece ser el desorden, aunque quizás dentro de este pueda pensarse un pequeño orden relativo. Saldando las distancias, algo similar sostenía la filosofía griega antigua cuando se refería al ser y su origen, sosteniendo que “existió siempre como Khaos o como Kosmos” (Etchegaray & García, 2001: 24), siendo el primero entendido como aquello “que carece de forma y orden” (Etchegaray & García, 2001: 24) pero que a la vez origina el Kosmos, ya que este representa la forma y al orden. Por lo tanto, del Khaos se originaría el Kosmos jerarquizado y ordenado. ¿Es posible en la política internacional pensar en un Kosmos que dé forma y ordene las relaciones entre las naciones? Si la filosofía griega antigua creía que el Kosmos era un orden dinámico sometido a modificaciones y perturbaciones, y ello es posible porque dentro de él había fuerzas contrapuestas que interactuaban (dikehybris), ¿podríamos pasar de un estado de Khaos a un Kosmos en la política internacional, en el cual interactúen las fuerzas contrapuestas de la paz y la guerra pero que el sistema se reordene hacia un estado armónico?

Los pueblos griegos gozaban de una concepción cíclica del tiempo cuando afirmaban que el ser era “eterno” y que su existencia se asoció con el Khaos o el Kosmos (Etchegaray & García, 2001). La política internacional a lo largo de las centurias parecería demostrar que la anarquía es el determinante de la conducta de los Estados y que ello no se modificará en el corto plazo, como si continuáramos con una filosofía recurrente que se corrobora en distintas épocas. La anarquía es a las relaciones internacionales lo que la justicia al letrado.

El poder y las capacidades económicas y militares

Si lo que caracteriza a la política internacional es la anarquía como principio ordenador del sistema, las relaciones que se generan entre las unidades políticas a partir de ese ordenamiento son asimétricas, sustentadas sobre el poder y las capacidades de los actores. Por lo tanto, el poder constituye un elemento esencial e indispensable que marca el ritmo de los vínculos entre los Estados en la política internacional. Morgenthau lo graficó con mucha claridad cuando dijo que “la relación de las naciones con la política internacional tiene una cualidad dinámica. Cambia junto a las vicisitudes del poder” (Morgenthau, 1986: 42). Si el entorno es hostil y conflictivo, como bien sostenía Maquiavelo, “el partido más seguro es ser temido antes que amado” (Maquiavelo, 1994: 105) y estar preparados para el peor caso que pueda generarse. Mearsheimer sostiene lo mismo cuando dice que “international politics has always been a ruthless and dangerous business, and it is likely to remain that way” (Mearsheimer, 2001: 17). Por lo tanto, los Estados pueden pensar en el interés definido en términos de poder, como bien decía Hans Morgenthau, es decir que “el poder sea el interés del Estado” (Salimena, 2022: 101) continúa siendo el determinante de la conducta de las unidades políticas en el sistema internacional, transcurriendo todo en un contexto en el cual, en lo inmediato, requerimos de este recurso para garantizar nuestra supervivencia en términos de seguridad. 

Pero cuando hablamos de grandes jugadores del sistema y la política internacional es de números chicos, pero muy poderosos, como decía Kenneth Waltz, estos quizás no ven amenazada su supervivencia, y de ahí que el poder se transforme en algo más que un fin en sí mismo útil para garantizar esa supervivencia, en principio. Y si a esto le agregamos ciertas características actuales de la estructura internacional, tales como heterogeneidad e interdependencia, el poder oscila entre una diarquía que nos habla del poder como fin en sí mismo y el poder como un medio que ayuda a la consecución de objetivos de política exterior. O quizás sea ambas cosas. El poder económico y militar son factores decisivos en el actual escenario conflictivo y turbulento. Aunque quizás nunca dejaron de serlo.

Incertidumbre / imprevisibilidad / indeterminación

En un entorno caracterizado por la anarquía, y en donde el poder y las capacidades se tornan elementos esenciales para la supervivencia de los Estados y la elaboración de metas de política exterior, la tercera condición inicial está dada por la incertidumbre. Esta nos remite a un contexto en el cual no se puede establecer con precisión la conducta de los principales actores, que buscan el poder para garantizarse, como mínimo, su supervivencia en el marco del sistema internacional y como máximo, el dominio sobre el resto. Esta conducta genera cierto temor en los actores que, al no sentirse seguros, buscan actuar preventivamente incrementando su poder y capacidades, o estableciendo alianzas defensivas.

En términos del reconocido teórico de las RR.II. John Mearsheimer, “states can never be certain about other states’ intentions. Specifically, no state can be sure that another state will not use its offensive military capability to attack the first state” (Mearsheimer, 2001: 40). Por lo tanto, como bien sostenía Hans Morgenthau, la incertidumbre de establecer con precisión los recursos de poder de los otros actores nos conduce a una irrealidad sabiendo que “lo máximo a lo que puede aspirar es a incrementar mis recursos, y de esta manera intentar mantener un mínimo de seguridad y un mínimo de error” (Salimena, 2022: 105). “Nunca se eliminará la incertidumbre que surge de la imprevisibilidad de las reacciones humanas, del secreto que rodea a los Estados y de la imposibilidad de saberlo todo antes de comprometerse con la acción” (Aron, 1963: 36), sostenía el gran creador de la disciplina en Francia Raymond Aron, lo cual conlleva pensar que “la conducta diplomático-estratégica no estará nunca determinada racionalmente” (Aron, 1963: 44) bajo este contexto.

La indeterminación a la cual estamos sujetos según Aron, y de la cual el ilustrado francés era consciente, converge, salvando las distancias, con el diagnóstico brindado por la interdependencia compleja, que sostenía la dificultad de establecer de manera más o menos precisa el resultado de los procesos políticos internacionales (en la década del 70) llevados a cabo en un mundo interdependiente. Algo similar nos decía Ángel Tello cuando en el contexto convulsionado post 11-S, nos proponía el concepto de incertidumbre estratégica: “no estamos en condiciones de determinar con exactitud cuáles son estas amenazas y si existe una principal y otras secundarias. Debemos pensar estratégicamente sin enemigo designado” (2002: 4), por lo tanto, esta reflexión nos induce a pensar en materia de seguridad que “la ausencia de enemigo se transforma así en elemento de doctrina y debemos pensar un futuro abierto a todas las hipótesis de conflicto” (Tello, 2002: 4). Para algunos estas amenazas serán convencionales, para otros emanan de otros actores no tradicionales y, por último quizás, haya actores que deben enfrentar una heterogeneidad de amenazas que incluye a las anteriores.

En un contexto crecientemente complejo, la supervivencia individual y colectiva no está definida de una vez y para siempre, y a su vez, las relaciones entre los Estados continúan en un estado de naturaleza. De esta manera, no se puede determinar una conducta racional en los actores, lo cual contribuye a la incertidumbre y a la indeterminación de los procesos políticos domésticos e internacionales, donde la interdependencia incrementa el número de variables que interaccionan entre sí, lo que aporta una mayor complejidad al proceso.

Transnacionalidad e interdependencia

Estos conceptos no son nuevos en las relaciones internacionales, pero sí han logrado un moderno alcance con la profundización de la globalización. Fueron Keohane y Nye, a principios de la década del setenta, quienes referenciaron el término transnacionalidad y lo definieron como “movimiento de elementos tangibles e intangibles a través de las fronteras estatales, en el cual al menos uno de los actores involucrados no pertenece a gobierno u organismo internacional alguno” (Keohane & Nye, 1971: 332). De esta manera, si bien lo que se destaca son “otros” actores amén del Estado, este continúa jugando un papel gravitante en las relaciones internacionales de los setenta y en la actualidad. Los mismos académicos se encargaron de definir la connotación y el alcance del término interdependencia al señalar que en el lenguaje común haríamos referencia a “dependencia mutua”, pero que en la política mundial interdependencia se refiere a “situaciones caracterizadas por efectos recíprocos entre países o actores en diferentes países” (Keohane & Nye, 1988: 22). Por lo tanto, la interdependencia existe y subsistirá en la medida en que haya “efectos de costos recíprocos”, aunque no debería caracterizarse por la simetría sino por la asimetría de los costos que se proyectan sobre diversos niveles de dependencia. Es decir que en un mundo interdependiente en lo económico, “la asimetría en la dependencia proporciona fuentes de influencia a los actores en su manejo con los demás” (Keohane & Nye, 1988: 24).

Para exponerlo con claridad, aquellos actores que se tornen menos dependientes y menos simétricos pueden proyectar la interdependencia como una “fuente de poder” contra otros actores, es decir, pueden usar o manipular las sensibilidades o las vulnerabilidades de sus enemigos a su favor. Este es el meollo de la cuestión en el mundo actual. Saber cómo usar o manipular la interdependencia que otros tienen en relación con nosotros como una ventaja que permita un posible reposicionamiento en la estructura de poder internacional o regional (si es que soy un actor importante en el sistema internacional) y en relación directa con nuestras amenazas a la seguridad. 

Ahora bien, la interdependencia económica no es la única que podemos encontrar en el entorno actual. La interdependencia militar juega un papel clave en los sistemas de seguridad colectivos, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), donde la interoperatividad es uno de los elementos claves y distintivos que brindan una colaboración estrecha en lo estratégico, la inteligencia y el equipamiento, entre otras cuestiones. La sensibilidad y la vulnerabilidad, dimensiones del poder y la interdependencia económica, se podrían extender al ámbito de la interdependencia militar proyectando una dependencia de aquellas unidades políticas más vulnerables de las alianzas que requieren de los más fuertes para reducir su sensibilidad y vulnerabilidades militares. Puedo proporcionar seguridad mediante un acercamiento hacia aquellos Estados que hoy son “amigos” otorgando una interdependencia militar, pero el día de mañana puedo quitársela en función del vínculo que tenga, aprovechando sus vulnerabilidades y explotándolas como una “fuente de poder” a mi favor. Es así como la interdependencia militar también puede ser usada para “manipular”. La incertidumbre y la indeterminación de la política internacional nos puede llevar a considerar que los aliados de hoy pueden ser las amenazas del mañana. De esta manera, la interdependencia económica y militar son dos componentes claves del sistema internacional actual que pueden ser empleados para brindar ayuda económica y de seguridad, pero a su vez para tener más poder e influencia en los demás y vulnerarlos y afectarlos más de lo que ellos pueden hacerlo con nosotros.

La centralidad de la tecnología

Volvamos al punto 2, con relación a que el poder económico y militar son llaves que abren a pensar la trascendencia que siempre tuvo la innovación, la capacidad de inventar y adaptar tecnologías en las confrontaciones por el poder mundial. Aquí, al igual que hoy en día, no hay nada nuevo. Allí en la coyuntura de la inmediata segunda posguerra, el estratega de aquel momento George Kennan sostenía que, en pleno auge de la conflictividad, “el acceso de los centros de poder industrial, a las fuentes de materias primas y a los puntos defensivos cruciales de todo el mundo” (Gaddis, 1989: 45) eran los elementos claves a seguir. 

Lo que evidentemente manifestaba el gran visionario en los primeros años de la Guerra Fría era “que, de todas las variedades de poder existente dentro de la escena internacional, el poder industrial militar era el más peligroso y por lo tanto era necesario poner un énfasis primario en el hecho de mantenerlo bajo control” (Gaddis, 1989: 45). El análisis lo llevaba a considerar que había regiones que tenían prioridad sobre otras, y ello estaba dado por la escasez de recursos. Había que establecer que “como las capacidades eran limitadas, debían especificarse prioridades del interés” (Gaddis, 1989: 45). Aquí es cuando se hace necesario para Estados Unidos distinguir lo vital de aquello que no lo era, desplazando el concepto de perímetro defensivo por la defensa de puntos fuertes. Uno de los lugares en donde estas ideas encontraron un ancla importante fue Europa occidental y la necesidad de conformar un monobloque regional que fuera como una “contención” frente al avance ruso sobre Europa central, y de esta manera preservar las zonas de ocupación ricas en industrias como eran las zonas alemanas, francesas y británicas. El poder industrial militar y el desarrollo de la tecnología se encuentran asociados no solo al denominado poder duro sino también al poder blando. 

La transformación tecnológica y su inclusión e impacto en una amplia agenda de política internacional, que incluye una gran diversidad de ejes temáticos tales como soberanía energética, soberanía industrial y soberanía militar, entre otros temas, conllevan pensar que

la tecnología ha pasado de considerarse un mero instrumento operativo facilitador del desarrollo y uso de productos y servicios avanzados requeridos para el funcionamiento de la sociedad a constituirse en un elemento clave para el posicionamiento de los países en el contexto internacional formando parte intrínseca de la batalla geopolítica mundial (León Serrano & Da Ponte: 2023 17).

Esta transformación se está acelerando en el actual proceso de transición intersistémico, producto de la creciente rivalidad económica entre China y Estados Unidos, siendo la innovación y la capacidad de inventar y adaptar tecnologías los elementos claves que definirán la batalla tecnológica. La rivalidad tomará la forma de una bifurcación que delinee distintas geopolíticas tecnológicas. Si bien es cierto, como decía el gran teórico de las relaciones internacionales Hans Morgenthau, que el concepto de interés entendido como poder nos permite definir la conducta del Estado en el sistema internacional, “hoy el interés del Estado es la capacidad de innovar y el poder debe ser definido en términos tecnológicos” (Salimena, 2023: 2).

De esta manera, el punto 2 debería ser complementado con una visión más dinámica que incluya la tecnología, la industria militar y los aspectos económicos como elementos esenciales en la actual definición de poder. Sin embargo, la ampliación de la connotación de poder debe evitar que este se diluya de manera de incluir numerosas cuestiones que hagan perder el verdadero significado del término. Estas condiciones iniciales que sintetizamos en los cinco ítems son el punto de partida para la construcción de un centro duro teórico en los términos que plantea Imre Lakatos, necesarios para una teoría posrealista de las relaciones internacionales. Si bien quizás para muchos los puntos descritos no se diferencien demasiado de otros condicionantes teóricos propuestos por los clásicos del realismo político o de la corriente neoliberal de las relaciones internacionales, lo cierto es que se torna difícil poder encontrarlos todos ellos asignados a una misma construcción, ya que pertenecen a diferentes puntos de vista teóricos y momentos históricos. 

Centro duro de la teoría / supuestos teóricos 

En este apartado, a partir de las condiciones iniciales, planteamos un conjunto de constructos teóricos interrelacionados que, pensamos, responden al escenario internacional actual. Algunos de estos supuestos teóricos, si bien corresponden a una corriente clásica del realismo y fueron definidos como “leyes”, aún pueden ser explicados, en parte, bajo estos principios rectores: 

1. Los Estados son los actores claves y “la política internacional implica una lucha por poder” (Morgenthau, 1986: 41) entre los Estados más poderosos, que ocupan una posición clave en la estructura y por ende en el sistema internacional regido bajo el principio ordenador de la anarquía, la descentralización y por el marcado descenso del grado de institucionalización de las organizaciones internacionales.

El Estado es el actor más importante de la política internacional. Desde la configuración de la Paz de Westfalia hasta los procesos de reducción a la unidad, pasando por las guerras mundiales, la Guerra Fría y más actualmente la guerra de Ucrania, las rivalidades geopolíticas y económicas tecnológicas nos muestran que el Estado continúa estando en el epicentro, como el agente clave de la política internacional. Sin duda, no puede negarse la existencia de otros actores que gozan de influencia en los procesos políticos y el espectro económico, pero en el contexto actual pospandémico ninguno de ellos puede quitarle la centralidad al Estado. Que la política internacional implique una confrontación por el poder supone que “la lucha por el poder es universal en tiempo y espacio y surge como un dato innegable de la experiencia” (Morgenthau, 1986: 48). Como bien sostiene uno de los grandes teóricos del realismo de los últimos años, “Power is the currency of great-power politics, and states compete for it among themselves. What money is to economics, power is to international relations” (Mearsheimer, 2001: 25). Estas ideas manifiestan una tradición de pensamiento muy longeva que pasamos a detallar a continuación. “Hay una concepción antropológica pesimista de la naturaleza del hombre, como sostenían los clásicos del realismo, suponiendo que la naturaleza del hombre es egoísta en un mundo signado por la anarquía” (Salimena, 2022: 101), es este el principio ordenador del sistema, donde los actores tienden a la autoconservación y a un estado de guerra generalizado por los recursos escasos y los intereses opuestos. 

De aquí se desprende para esta corriente de pensamiento que “el sistema internacional se encuentra en un estado de naturaleza hobbesiano donde la seguridad es la principal preocupación y cada Estado depende de sí mismo para garantizar su seguridad” (Salimena, 2022: 101), es decir, estamos ante lo que se conoce como un “sistema de autoayuda”. Volviendo sobre el constructo teórico que planteamos al inicio, para el realismo clásico de Morgenthau, que la política internacional sea una lucha por el poder se transforma en una “ley objetiva que arraiga en la naturaleza humana” (Morgenthau, 1986: 12), lo cual supone la objetividad y la factibilidad de elaboración de una teoría de la política internacional a partir de la enunciación de esta ley. Algo que Kenneth Waltz criticará más adelante. Lo cierto es que para el realismo clásico esto aparece como una verdad revelada incuestionable, ya que la naturaleza humana es inmutable y ha permanecido así a lo largo de la historia. Detrás de esta idea se esconde otro punto interesante que acompaña a esta corriente de pensamiento: la concepción estática de la historia. Esta noción se puede encontrar incluso previamente a Maquiavelo, en ideas de Tito Livio que impactan en el florentino y en los pensadores teóricos de las relaciones internacionales del siglo XX. Al diplomático florentino “no le interesaban los rasgos particulares de una época histórica determinada, sino que buscaba los rasgos recurrentes, esas cosas que son iguales en todo tiempo” (Casirrer, 1947: 149), es decir que para Maquiavelo “la historia se repite” (Casirrer, 1947: 149). Esto encierra otro punto interesante para mirar este constructo del realismo político y la concepción de Maquiavelo.

Esta visión inmutable de la historia supone que los acontecimientos son “intercambiables”, por lo tanto “su significación y su carácter permanecen invariables” (Casirrer, 1947: 150). Que la política internacional implica una lucha por el poder y que esta es moneda corriente parece ser el axioma sobre el cual se sustentan las relaciones internacionales. Sin embargo, hay diferentes miradas dentro del realismo que sitúan esta confrontación como producto de la naturaleza humana (en el caso de Morgenthau), así como aquellos que la posicionan más sobre el rol de la anarquía en el sistema internacional y la conducta que de ella toman los Estados (Mearsheimer).

They believe that the international system forces great powers to maximize their relative power because that is the optimal way to maximize their security. In other words, survival mandates aggressive behavior. Great powers behave aggressively not because they want to or because they possess some inner drive to dominate, but because they have to seek more power if they want to maximize their odds of survival (Mearsheimer, 2001: 33). 

De esta manera, la concepción estática de la historia y la ley objetiva que se plantea al principio el pensador alemán, sumado el rol que ocupa la anarquía como principio ordenador para la conducta de los Estados con Mearsheimer, nos llevan a sostener un cierto determinismo en la política internacional que acompaña a lo largo de la historia a las relaciones internacionales y que son factores claves para entender lo que sucede en el mundo. Más allá de las causas que alegan los teóricos realistas de la disciplina para situar la problemática de la conflictividad, actualmente la expansión de las fronteras de la OTAN, la confrontación entre esta y Rusia y la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China (entre otras cuestiones) parecerían asemejarse a esta ley objetiva, lo que nos permite reforzar este constructo teórico y exponer que la política internacional de nuestros días continúa siendo una lucha por el poder y que este (en principio) es el objetivo inmediato de los Estados. La política internacional nuestra de cada día se aproxima más a la que pensaron los realistas como Maquiavelo o Hobbes, que al idealismo de Kant.

2. En un mundo esencialmente conflictivo, el poder y la seguridad son los dos factores más importantes que determinan la conducta de los Estados en el sistema internacional y ello tiene impacto en las relaciones entre las unidades políticas. Por tanto, en un contexto de confrontación política, económica y tecnológica, el interés definido como poder al igual que la seguridad deben redefinirse e incluir la tecnología, como un componente esencial del poder y la seguridad.

El ecosistema internacional en el cual se desenvuelven las relaciones entre los Estados está caracterizado, como sostiene John Mearsheimer, por un entorno en donde “international politics has always been a ruthless and dangerous business, and it is likely to remain that way” (Mearsheimer, 2001: 17). Algo similar nos dice Raymond Aron cuando sostiene que “Los Estados no han salido aún, en sus relaciones mutuas del estado de naturaleza. Si lo hubiesen conseguido no habría ya teoría de las relaciones internacionales” (Aron, 1963: 32). Kenneth Waltz nos lleva a pensar que en un mundo donde el principio ordenador es la anarquía,

los Estados pueden utilizar la fuerza en cualquier momento, todos los Estados deben estar preparados para hacer lo mismo. Entre los Estados el estado natural es de guerra. No decimos esto en el sentido que la guerra sea constante, sino en el sentido de que, si cada Estado puede decidir por sí mismo cuándo usar la fuerza, la guerra puede estallar en cualquier momento (Waltz, 1988: 151).

Así, la fuerza es un instrumento del poder, como nos decía Clausewitz.

En un contexto inseguro y tendiente a una constante conflictividad, las unidades políticas tienen claro que la manera de subsistir y alcanzar ciertos niveles de seguridad y objetivos diversos que los Estados se proponen es mediante el poder. Por esta razón, retomando el planteo de John Herz en Realismo político e idealismo político (1960), “el realismo político reconoce y toma en consideración las implicaciones para la vida política de aquellos factores de seguridad y de poder que son inherentes a la sociedad humana” (p. 31). Es decir, hay una relación intrínseca entre ambos que el autor sabe exponer muy bien cuando complementa lo anterior y nos dice que

el realismo político siempre se centra en torno del dilema básico que surge del propio hecho de la competencia humana por la seguridad, es decir, por el vicioso círculo de competencia que jamás alcanzará la seguridad completa, pero que, al tratar de alcanzarla, acrecienta la necesidad de acumular poder como medio de obtener mayor seguridad (Herz, 1960: 36). 

Este vínculo entre seguridad y poder, que para algunos autores más recientes como John Mearhseimer o Stephen Walt es clave en el debate hacia el interior del realismo, define tendencias o lecturas diversas en corrientes posteriores a la finalización de la Guerra Fría. Tal como lo señala Leire Moure Peñin (2017) en su capítulo titulado “El realismo en la teoría de las relaciones internacionales: génesis, evolución y aportaciones generales”, “Herz desarrolla un pensamiento teórico sofisticado sobre la necesidad de lograr seguridad en el contexto internacional del momento que entendía que el proceso de acumulación de poder constituía un fin en sí mismo” (Peñin, 2017: 71), tal como lo planteó Hans Morgenthau situándose sobre una concepción antropológica pesimista de la naturaleza del hombre. De esta manera, el poder era el interés del Estado en la medida que la supervivencia se constituía en el objetivo vital de la unidad política. El factor clave para Herz no reside sobre la unidad de análisis antropológica que proyectaba Morgenthau, sino en el factor de la incertidumbre que debemos afrontar bajo un principio ordenador anárquico.

Si la situación que define a las relaciones entre las unidades políticas es la incertidumbre y por ende esto conlleva a que los Estados proyecten el cálculo sobre el peor caso posible, la falta de confianza estimula a incrementar el “poder” para garantizar su “seguridad” (Peñin, 2017: 72). 

“El poder constituye únicamente el medio para alcanzarla” (Peñin, 2017: 72). 

En síntesis, si el mundo actual continúa siendo el de la conflictividad, los intereses opuestos y la escasez de recursos, la seguridad y el poder se transforman en los dos elementos prioritarios que definen y condicionan la conducta de los Estados en el sistema internacional. Sin embargo, si bien el poder es el elemento esencial en las relaciones internacionales y su importancia para la conservación de la supervivencia es clave, hoy en día no somos poderosos solo en la medida que podemos garantizar nuestra existencia. Los Estados desean alcanzar una amplia variedad de intereses que pueden ir desde el dominio, la proyección de poder hacia otras áreas geográficas, la obtención de recursos vitales para la producción de nuevas tecnologías claves para el desarrollo, el control de los pasos interoceánicos y quizás en el mejor de los casos, la integración o la cooperación en materia económica, social y política. Desde este punto de vista y por la pluralidad de intereses que las unidades políticas proyectan, pero que muchas veces no son de público conocimiento ni accesibles, el poder parecería proyectarse más como un medio que como un fin en sí mismo. En este sentido, si tomamos en cuenta esta consideración deberíamos sostener “que el poder es un medio y su uso es necesariamente incierto” (Waltz, 1988: 281) en el actual contexto, lo cual puede sin dudas ser contemplado en esos términos observando la configuración del actual sistema internacional y el papel que juega la falta de previsión de los resultados de los procesos políticos internacionales como una de sus condiciones iniciales.

Detrás de esta concepción se esconden, por un lado, la idea de que “la fuerza militar de los grandes poderes ha perdido gran parte de su usabilidad” (Waltz, 1988: 272) y que “resulta evidente el error de considerar el poder con control” (Waltz, 1988: 275). Este término más matizado de poder que desarrolla el neorrealismo en la década de los setenta está sujeto a un contexto internacional en donde el poder toma otra acepción distinta a la tradicional del realismo clásico, en la cual la Guerra de Vietnam marca los límites del uso de la fuerza, así como una línea divisoria entre aquellos que remarcaban que el poder supone control y otros que cuestionaban este punto. Por tal razón Waltz proyecta que “en los casos como los de Vietnam no vemos la debilidad de una gran poder militar en un mundo nuclear, sino una clara ilustración de los límites de la fuerza militar” (Waltz, 1988: 277), como también que “el poder militar ya no comporta control político. Conquistar y gobernar son procesos diferentes (Waltz, 1988: 279). La interdependencia compleja se suma a este debate cuando para la misma década nos plantea un término de poder relacionado con “la habilidad de un actor para conseguir que otros hagan algo que de otro modo no harían. El poder también puede concebirse en términos de control sobre los resultados” (Keohane & Nye, 1988: 25), tomándose el poder real más que el potencial, como en el caso del realismo clásico.  

¿Qué sucede hoy en día en un contexto de conflictividad donde la seguridad y el poder cumplen un lugar destacado en la conducta de los Estados? ¿Podemos considerar al poder un fin en sí mismo, un medio o quizás ambas cosas a la vez con algunos matices? ¿Supone la capacidad de afectar más a terceros de lo que otros nos pueden afectar a nosotros? Es complejo responder a estos cuestionamientos en la actualidad. Pero intentaremos proyectar una respuesta siendo coherentes con las condiciones iniciales y el centro duro de la teoría planteada hasta ahora.

Muchos descartan el poder como control a partir de su erosión paradigmática de fines de la década del sesenta y principios del setenta, que lo asemeja a un fin en sí mismo. Volviendo sobre la primera pregunta, es claro que en la realidad conflictiva de hoy el control es un factor importante del poder, pensemos, por ejemplo, en el caso de Ucrania, que al ser agredida e invadida (en una parte de su territorio) por parte de Rusia, aún no logró expulsar a su agresor, el cual mantiene una parte del control sobre el territorio y restringe así su soberanía. Es evidente que hasta el momento Ucrania no pudo cumplir con el principio del realismo clásico que nos habla de un sistema internacional, el cual se caracteriza por la principal preocupación de la seguridad: cada Estado debe poder garantizar su propia seguridad, lo que se denomina “sistema de autoayuda”. De no haber intervenido la OTAN, Ucrania podría haber visto amenazada más seriamente su integridad y control territorial. Al no ser un Estado “poderoso”, no pudo garantizar por sí misma su seguridad y su supervivencia dado que no logró expulsar aún la agresión y establecer un control total sobre su territorio. En este sentido, queda claro que “el poder” como un fin en sí mismo sigue siendo elemental en un sistema internacional hobbesiano.

Sin embargo, no todos los Estados piensan en términos de supervivencia, pero sí en las ventajas de tener más poder, y esto suele ser así “because the international system creates powerful incentives for states to look for opportunities to gain power at the expense of rivals, and to take advantage of those situations when the benefits outweigh the costs” (Mearheimer, 2001: 32). Tal es el caso de los actores que gozan de mayor peso en la distribución de las capacidades materiales en la estructura de poder mundial, como Estados Unidos, China, Rusia, los países de Europa occidental (aquellos que pertenecen a la OTAN) e India, entre otros. Los últimos indicadores aportados por SIPRI (Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo) con relación al gasto militar mundial nos muestran que se incrementó en un máximo histórico de 2,44 billones de dólares. Por primera vez desde 2009, el gasto militar aumentó en las cinco regiones geográficas definidas por SIPRI, con incrementos especialmente importantes en Europa, Asia y Oceanía y Oriente Medio (SIPRI, 2024). Sobre la base de los datos aportados para el año 2023, el gasto militar de EE. UU. aumentó un 2,3 % hasta alcanzar los 916.000 millones de dólares en 2023, lo que representó el 68 % del gasto militar total de la OTAN y lo continúa colocando como el principal país en materia de gasto militar. China se encuentra en segundo lugar, unos 296.000 millones de dólares a esa partida, lo que supone un aumento del 6 % respecto a 2022 con un dato que no es menor, y se refiere a que su gasto militar representa la mitad del gasto total de la región de Asia y Oceanía (SIPRI, 2024).

Estos datos duros nos exponen el papel que todavía juegan las capacidades militares en la estructura de poder, así como el rol determinante de la seguridad y el poder en las relaciones internacionales. Los Estados más poderosos buscan hacerse del poder para incrementar su seguridad porque el ecosistema internacional anárquico, donde lo incierto juega un papel clave, los conduce a desconfiar de los otros, a hacer el cálculo del peor caso y a comportarse de manera agresiva para sacar “tajadas” sobre los otros. Es claro que el poder como fin en sí mismo y como medio aún ocupa el epicentro en las relaciones internacionales. Aunque este dato surge como innegable de la experiencia que atravesamos, estaríamos siendo un poco reduccionistas si no proyectamos el impacto que tuvo y tiene la globalización, la interdependencia y la transnacionalidad. En este sentido, aquellos actores que puedan mantener la asimetría en su favor, y por ende sostener una menor dependencia, lograrán que la interdependencia económica y militar se transformen en factores claves como fuente de poder, lo cual puede alterar las dimensiones donde afectar e impactar al “otro”. En una confrontación o posible rivalidad, el poder afectar y manipular más al “otro” de lo que él puede a nosotros sin dudas es un elemento diferenciador para un posicionamiento clave y que puede ser usado para garantizar nuestra seguridad y obtener ventajas comparativas, incrementando el poder.

3. Como consecuencia de la lucha por el poder en un entono anárquico y la búsqueda de poder y la seguridad como determinantes de la conducta de los Estados, la agenda de política internacional que se deriva de este supuesto se caracteriza por una marcada prevalencia de los asuntos de seguridad internacional, donde la alta política se ve mezclada con una baja política, lo cual acentúa la heterogeneidad y la multidimensionalidad.

En síntesis, el poder en la actualidad quizás no se encuentre tan difuso como en otros momentos para poder ser redefinido. Por esta razón, la concepción clásica y neorrealista pueden interactuar y nutrirse entre sí para presentarnos un poder duro y una alta política que aún forman parte de una política internacional hobbesiana, pero que sin lugar a dudas deben integrarse con una visión más moderna que incluya la interdependencia y su impacto sobre los resultados de los procesos políticos internacionales, y por ende con un poder blando y una baja política que se integren con lo más tradicional de la política internacional. El lugar que ocupan las rivalidades y las confrontaciones por el poder y la seguridad hace que la tecnología ocupe un lugar destacado, brindando no solo un desarrollo sino un posicionamiento y “prestigio”, como toda política de poder. Por lo tanto, “hoy el interés del Estado también pasa por la capacidad de innovación y el poder debe ser definido en términos tecnológicos”[2] (Salimena, 2023), así como en materia de seguridad. Quién goce de ello posee una ventaja en el posicionamiento en la estructura de poder por sobre el resto de las unidades.

En relación con el constructo anterior, la seguridad internacional ocupa un lugar de primer orden en la agenda, a través de la incorporación de múltiples temas que pueden ser redefinidos respecto de la seguridad y que acentúan la importancia determinante que tiene este factor en el sistema internacional. Nos encontramos con elementos de la alta política, que van desde las relaciones diplomático-estratégicas hasta una baja política, y que incluyen cuestiones económicas, políticas, sociales, ecológicas y tecnológicas. El paso de una agenda de alta política a otra de baja política estuvo enmarcado en las grandes transformaciones de la década del sesenta y de fines de los setenta, a través del impacto de la globalización y la interdependencia sobre la visión clásica de las relaciones internacionales, lo que puso en jaque su centro duro. Las repercusiones acentuaron el surgimiento de nuevas teorizaciones sobre la seguridad internacional, según las cuales la interdependencia compleja aporta elementos en la erosión del concepto de seguridad nacional clásico desarrollado hasta ese momento. Este nuevo diagnóstico de la política internacional, que conducía a darle un nuevo prisma a la seguridad, incorporó la idea de que “la agenda de las relaciones interestatales consiste en múltiples temas que no están colocados en una jerarquía clara o sólida”. Esta ausencia de jerarquía en los temas significa, entre otras cosas, que “la seguridad militar no domina la agenda”. “Muchos temas surgen de lo que se acostumbraba considerar como política interna, con lo que la diferenciación entre temas internos y externos se vuelve borrosa” (Keohane & Nye: 1988: 41).

El aporte realizado por estos autores abrió la puerta y las condiciones para una heterogeneidad de interpretaciones acerca de lo que ambos quisieron manifestar, aunque en principio “lo que pierde centralidad en la agenda es la ‘alta política’” (relaciones diplomático-estratégicas), que ocupaba un lugar prioritario para el realismo, pero sufrió una caída en términos de relevancia al no encontrar un terreno consolidado en la agenda. “Hay un ascenso progresivo con la interdependencia de la ‘baja política’ (cuestiones económicas, culturales, medioambientales y energéticas, entre otras)” (Salimena, 2022: 113). Es decir, si en el contexto de la década del sesenta y setenta, la distinción entre lo interno y externo se diluye, eso se traduce en un flujo de temas que muchas veces cruza el ámbito de lo estatal y transnacional para convertirse en internacional o, en el mejor de los casos global, si goza de consenso en cuanto a lo que representa. Esta falta de indivisibilidad trae aparejado un crecimiento de los ejes temáticos que se pueden incluir en la agenda de política internacional, pero no se habla de “nuevos” actores en materia de seguridad.

Esta agenda más amplia se profundiza con los trabajos de Lester Brown (1977), Redefining National Security, y Richard Ullman (1983), Redefining Security, quienes piensan la ampliación del término “seguridad nacional” hasta la inclusión de los ejes temáticos propuestos. Sin embargo, no se habla de nuevos “actores” en materia de seguridad internacional sino hasta la llegada de la década del noventa y del movimiento constructivista que, a partir de la inclusión de la teoría de la estructuración sociológica de Giddens, busca “una instancia intermedia superadora en la cual la explicación de los fenómenos sociales no recaiga sobre lo estructural o lo individual. Esta explicación alternativa supone la construcción de una idea que integre lo estructural y lo individual” (Salimena, 2022: 123). Esto supone que los individuos son sujetos importantes que actúan y, con estas acciones, constituyen una estructura social que condiciona su propio comportamiento. Hasta la década del noventa, “el Estado era el principal actor en la política internacional, y la seguridad era definida, ejecutada y planificada en torno a él” (Salimena, 2022: 126). Con el advenimiento del constructivismo,

ya no solo existe seguridad desde la perspectiva del Estado o sus grupos agregados, sino también desde la perspectiva de los individuos, quienes se ven expuestos a mayores desafíos que amenazan la subsistencia tanto de la comunidad política organizada como así también la propia existencia como individuos (Battaleme, 2012: 136).

Ello abre la puerta para considerar a otros actores en materia de seguridad internacional (individuos o grupos de individuos), como el terrorismo, el crimen organizado y el narcotráfico, por mencionar algunos, que poseen ideas, identidades e intereses.

4. En un mundo de recursos escasos, intereses contrapuestos, conflictividad, interdependencia y transnacionalidad, la política exterior debe estar orientada a evitar el espíritu de cruzada, a la defensa de los puntos vitales y a la custodia de un equilibrio de poder defensivo que garantice la estabilidad y la integración del sistema internacional de la diversidad sin destruir el elemento distintivo que lo compone: su heterogeneidad.

Hechas estas aclaraciones teóricas conceptuales, hoy en día la agenda de política internacional tiene una marcada supremacía de los temas de seguridad, de modo que aparenta un resurgir de la alta política con fuerte presencia en la agenda de política internacional, que coexiste conjuntamente con la baja política, pero con una existencia cada vez más pronunciada de las amenazas transnacionales, como el terrorismo y el crimen organizado. La rivalidad entre Estados Unidos y China, la guerra de Ucrania, las tensiones por Taiwán, el conflicto entre Irán e Israel, el gasto militar creciente que bate récords históricos a nivel mundial, la necesidad de competir por recursos estratégicos tecnológicos, la falta de acceso de los alimentos, el cambio climático, la erosión de los suelos y el ataque terrorista de Hamás a Israel son algunos de los temas que componen la heterogeneidad de la agenda de seguridad internacional. Sin embargo, el dato aportado por SIPRI según el cual todas las regiones vieron incrementados sus gastos militares nos hace reforzar el constructo de un sensible reposicionamiento de la alta política. Ello no implica la pérdida de heterogeneidad y multidimensionalidad, que están presentes, sino un cambio de ubicación y presencia en la agenda.

Morgenthau en su obra Política entre naciones menciona como una de sus reglas fundamentales que la diplomacia “debe despojarse de su espíritu de cruzada”. A este espíritu también lo podemos denominar política principista, que se refiere a cuando un Estado quiere imponer su principio moral o político a otra sociedad. Este punto se deriva del análisis que hace el autor del quinto principio, en el cual sostiene que

el realismo político se niega a identificar las aspiraciones morales de una nación en particular con los preceptos morales que gobiernan el universo. Del mismo modo que establece la diferencia entre verdad y opinión, también discierne entre verdad e idolatría. Todas las naciones se sienten tentadas de encubrir sus propios actos y aspiraciones con los propósitos morales universales. Una cosa es saber que las naciones están sujetas a la ley moral y otra muy distinta pretender saber qué es el bien y el mal en las relaciones entre las naciones (Morgenthau, 1986: 22).

Las comunidades políticas tienen diversas culturas que generan diferentes derechos (leyes), por esta razón los principios de una sociedad no se pueden aplicar como preceptos morales universales. Claramente cualquier política principista será enemiga directa de una política exterior racional, y la política de nuestros días debe ser lo más racional posible, dado el entorno de inseguridad internacional, con una gran proliferación de amenazas, evitando que la guía de la política exterior sean los principios morales.

En un mundo donde debemos despojarnos del espíritu de cruzada, la conflictividad se proyecta como un rasgo creciente al punto de que un conflicto puede estallar en cualquier momento. En este sentido, se vuelve clave la “defensa de los puntos vitales”. Este término fue acuñado por George Kennan en detrimento de lo que se conoce como “perímetro defensivo”. Este joven diplomático audaz, que ganó prestigio y posicionamiento fugazmente en la estructura decisoria, fue convocado por Washington, con lo cual dejó atrás cierto anonimato y asumió un rol protagónico, sobre todo luego de su publicación en Foreign Affairs titulada “Las fuentes de la conducta soviética”. Allí aparece por primera vez el término “contención”. El análisis de Kennan parte de un supuesto clave para entender ese mundo de segunda posguerra y el contexto actual: “jamás se logrará una seguridad completa ni la perfección del entorno” (Gaddis, 1989: 41). Desde esta premisa, el diplomático norteamericano nos plantea un diagnóstico que se sustenta sobre dos grandes enfoques llamados universalista y particularizado. El primero de ellos suponía volver sobre la construcción de una política internacional fundada sobre estructuras supraestatales en las cuales se construyera un consenso y acercamiento entre las potencias en materia de seguridad internacional. Así, ponía el foco sobre cierto idealismo que había fracasado con la Sociedad de Naciones. El estallido de la Guerra Fría y el salto de Estados Unidos a gran superpotencia económica y militar implicaba cierta complejidad para canalizar el conflicto a través de la Organización, sumado a la falta de experiencia de la dirigencia norteamericana en política exterior debido a su aislacionismo, lo que dificultaba aún más adoptar un enfoque universalista. La respuesta había que buscarla en otro extremo del espectro.

El enfoque particularizado partía del supuesto de que la política internacional era un ecosistema donde el poder continuaba alimentando en gran parte el accionar de los Estados y, por tal razón, su comportamiento debía estar orientado a la construcción de un orden en el cual prevaleciera el equilibrio de poder. Consistía en asumir que el entorno internacional nunca iba a ser perfecto, pero que la seguridad podía alcanzarse aun en un contexto donde la armonía mostrara claras ausencias. El desplazamiento del concepto de perímetro defensivo por el de puntos vitales tuvo su anclaje en un diagnóstico que se posicionó sobre la escasez de recursos económicos y financieros. La recuperación económica de Europa era una pieza clave del mundo de posguerra, y Estados Unidos era consciente de ello, por eso el miedo psicológico de que parte del territorio pudiera caer bajo dominio soviético activó la recuperación económica planificada a través del Plan Marshall, al tiempo que su presencia en distintos escenarios implicaba costos altos. El segundo elemento que Estados Unidos analizó para desplazarse de una estrategia a otra fue que “podía elegir el terreno más favorable para enfrentar a los rusos” (Gaddis, 1989: 74), conjuntamente con un elemento más, a saber: seleccionar hábilmente “estos instrumentos”.

Una de las ideas más persistentes del pensamiento norteamericano sobre los asuntos internacionales en el siglo XX ha sido la de utilizar “recursos económicos y tecnológicos, pero no poder humano para mantener el equilibrio transatlántico” (Gaddis, 1989: 76). Por estas razones, la presencia norteamericana debía ser selectiva sobre Europa y Asia, dos áreas vitales que encerraban tras de sí un pensamiento de la época ya proyectado en las ideas de Hartford Makinder, quien avizoraba “una íntima relación entre la geografía y la tecnología” (Dougherty & Pfaltzgraff, 1993: 72). Para el autor, la creciente conflictividad por el poder en las primeras décadas del siglo XX entre Alemania y Rusia suponía “el control de las tierras de importancia decisiva y las zonas adyacentes de la masa territorial euroasiática” (Dougherty & Pfaltzgraff, 1993: 73). Por eso era de crucial importancia que ningún Estado fuera capaz de establecer un control hegemónico sobre la zona de “Eurasia”, ya que quien fuera lo suficientemente hábil para proyectar un poder efectivo sobre esta zona, podría dominar otras áreas del mundo. Este era el análisis correcto para la administración norteamericana en la segunda posguerra, que reflotaba las ideas de Makinder, al ver poco viable que “ninguna de las ‘tierras bordes’ podía estar segura si la ‘tierra central de Eurasia’ se hallaba bajo un único poder hostil” (Gaddis,1989: 72). “La inmediata consecuencia de esta hipotetización, fue la elaboración del NSC 20/4 que concebía la dominación de Eurasia por parte de Rusia como inadmisible” (Gaddis, 1989).

Los puntos vitales se vinculaban a la concepción de que los recursos eran escasos, a la selección del terreno para la lucha y a los instrumentos más aptos. Quizás ese enfoque sea el que Estados Unidos eligió para retirarse de Afganistán y volver su mirada hacia Europa, fortalecer la OTAN con el ingreso de nuevos Estados y su reposicionamiento en otras áreas geográficas, extendiendo sus fronteras. Ello no implica que la región euroasiática deje de ser una zona de vital importancia, todo lo contrario, continúa siendo clave para los actores más poderosos del sistema internacional, que buscan bloquear que sea dominada por Rusia o China al igual que sucedió en otros momentos históricos. Detrás de la vocal “o” se esconde el supuesto teórico de que Rusia no permitirá que China domine la Heartland, proyectando una relación estratégica de alianzas en algunos temas de agenda, pero en otros una rivalidad competitiva. De esta manera, si el escenario internacional está marcado por la lucha por el poder y la seguridad, y esto determina la conducta de las unidades políticas –como bien ya decían algunos teóricos de la política internacional–, la manera de matizar o limitar esa historia recurrente es mediante una configuración de poder defensiva.

Volviendo sobre los clásicos del realismo, el primero que nos conduce en esta línea es Hans Morgenthau cuando nos sumerge en este universo recordándonos que el propósito del equilibrio de poder “es mantener la estabilidad del sistema sin destruir la multiplicidad de elementos que lo componen” (Morgenthau, 1986: 211); de esta manera, “se debe evitar que ninguno cobre ascendencia por sobre los demás” (Morgenthau, 1986: 211). Un sistema así no busca necesariamente el quiebre o la implosión, sino tal vez alcanzar un cierto statu quo que se redireccione u oriente sobre una nueva configuración de la estructura o del sistema donde no prevalezca una hegemonía. Este punto podría asemejarse al sistema multipolar homogéneo, que según Raymond Aron se modela luego de 1648 y que tuvo una duración hasta el siglo XX. “En un sistema homogéneo los Estados pertenecen a un mismo tipo y al mismo concepto de la política” (Aron, 1963: 142) y “los líderes políticos están de acuerdo acerca de los objetivos que se deben perseguir; el conflicto se produce dentro del sistema, pero la existencia constante del sistema mismo no está en juego” (Dougherty & Pfaltzgraff, 1993: 127-128).

Diversa fue la distribución de poder luego de la segunda posguerra, cuando de una multipolaridad homogénea se pasó a una bipolaridad heterogénea, que cuestionaba de raíz los principios y valores sobre los que se pretendía edificar un nuevo orden internacional, lo que produjo una fisura que cuestionaba la existencia misma del sistema y potenciaba la diversidad como fuente de conflicto. “La violencia de las guerras crea la heterogeneidad del sistema o, muy por el contrario, esta heterogeneidad es si no la causa, al menos el marco histórico para las grandes guerras” (Aron, 1963: 141).

El pensador alemán no habla de heterogeneidad estrictamente en los mismos términos que Aron, pero podríamos sostener que hay una idea aproximada cuando se refiere a “sin destruir la multiplicidad de elementos que lo componen”, donde podríamos teorizar y hacer un estiramiento conceptual sabiendo que allí habría una diversidad que es necesario preservar. Es decir, si se busca la estabilidad y la preservación de los elementos del sistema, como se menciona en la teoría del equilibrio de poder de Morgenthau, a la vez que la búsqueda de “aliados”, como se manifiesta en la de Stephen Walt, podemos hablar de la noción “balancing” como enfoque defensivo, contraposición a lo ofensivo, conocido con el nombre de “bandwagoning”. Ello es promovido por Stephen Walt en su libro The origins of the Alliance (1987), cuando postula como eje central de su obra: “How states respond to threats. Do states seek allies in order to balance a threating power, or are they more likely to bandwagon with the most threatening state?” (Walt, 1987: 3). De aquí se desprende que las hipótesis que el autor desarrolla se asocian con “balancing is far more common than bandwagoning” (Walt, 1987: 5) y que a su vez “states ally to balance against threats rather tan against power alone” (Walt, 1987: 5). En síntesis, ello implica que balacing se asocia con “allying” y bandwagoning con “alignment” (Walt, 1987), lo que dentro de esta corriente algunos realistas denominaron “realismo defensivo”.

El mundo actual, que categorizamos anteriormente en las condiciones iniciales de anárquico, interdependiente e incierto (entre otras cuestiones), requiere de la configuración de un equilibrio de poder defensivo. Kissinger en su obra Orden mundial (2017) sostiene algo similar, aunque sin categorizarlo en esos términos, cuando dice que “se impone realizar una reevaluación del concepto de equilibrio de poder. En teoría, el equilibrio de poder debería ser totalmente calculable; en la práctica ha resultado extremadamente difícil armonizar los cálculos de un país con los de otros Estados” (Kissinger, 2017: 428), lo que no dista mucho de la primera característica que planteaba Morgenthau cuando nos decía que el equilibrio de poder es incierto, refiriéndose “a la posibilidad o no de saber los recursos de poder del otro actor, ya que, para plantear un equilibrio de poder, es necesario que el poder pueda calcularse. Es difícil calcular el poder de un Estado” (Salimena, 2022: 105).

La similitud muestra la proximidad del pensamiento entre estos teóricos realistas de las relaciones internacionales, pese a la distancia en la cual desarrollaron sus obras. Volviendo sobre la necesidad de un equilibrio, se hace notar que las relaciones internacionales de nuestros días requieren de un equilibrio de poder defensivo, ya que este se construye sobre un reconocimiento del “otro” y su correspondiente heterogeneidad, sin necesidad del exterminio del otro. De ser así y de encontrarnos con un actor que pudiese ser lo suficientemente poderoso, se allanarían los caminos hacia una hegemonía que erosiona y corrompe hasta la destrucción de lo “distinto” o “diferente”, pero que goza de algo que Karl Clausewitz denominó como “no traspasar los límites de la victoria”.

Quizás dos ejemplos nos ayuden más a visualizarlo en detenimiento. Me refiero a la humillación de Versalles y a la extensión del poder y la influencia occidental en la década del noventa sobre Europa oriental y Rusia. La deshonra, la destrucción más allá de los límites permitidos, la posible humillación que puede proyectarse sobre los vencidos y la expansión del poder sobre zonas de influencia de otros actores pueden acarrear consecuencias incalculables, como el surgimiento de nacionalismos extremos, carreras armamentísticas y enfrentamientos geopolíticos. En el caso alemán, fue determinante la humillación sufrida en Versalles y en las reparaciones demandadas por parte de los aliados después de la guerra, que condujeron al auge de movimientos extremistas que gozaron de apoyo popular para llegar al poder. En el caso de Rusia, podría decirse que la intención de expandir el poder y la influencia por parte de Occidente y la OTAN sobre zonas tradicionales que pertenecieron a aquel país dieron como resultado la búsqueda de reparaciones a las humillaciones, que fueron encontradas en sectores más conservadores, que debían restablecer el “prestigio” y las áreas vitales perdidas. De esta manera, traspasar los límites de la victoria puede provocar daños incalculables. El establecimiento de un equilibrio de poder defensivo no tiene por finalidad ir más allá de los límites, por el contrario, debe preservar y contener tendencias que quieran transformarse en fuerzas hegemónicas, evitando traspasar los límites de la victoria y respetando la heterogeneidad

Reflexiones finales

El mundo que transcurre no puede ser pensado y analizado sin el realismo político. Aunque parece que esta corriente es capaz de subsistir a través de diversas épocas y contextos históricos por su capacidad explicativa de los sucesos que acontecen en el mundo y la conflictividad, el paradigma tradicional debe incorporar algunas adaptaciones en forma de condiciones iniciales y constructos teóricos que nos ayuden en su adaptación, pero sin dejar su esencia, es decir, la distintividad que lo caracteriza en cuanto a su centro duro. Este intento tuvo algunos antecedentes, quizás el más relevante fue llevado a cabo por Robert Keohane.

El mundo sigue siendo peligroso, inseguro y conflictivo, por esta razón quizás aún el realismo continúe siendo una corriente teórica vigente, que más allá de matices entre sus principales exponentes continúa gozando de homogeneidad y capacidad explicativa, pero sobre todo porque la realidad actual puede ser pensada y proyectada en los términos en que gran parte de los clásicos la interpretaron. La visión de la anarquía y su efecto sobre el comportamiento de la unidad política, el rol determinante de la naturaleza humana, el rol central del poder en las relaciones internacionales, la lucha por el poder y la seguridad, con el consecuente requerimiento de instauración de un equilibrio de poder, así como la incorporación de nuevas variables domésticas e internacionales proyectan ser elementos complementarios más que sustitutos unos de otros. Una visión amplia del realismo debería incluir aquellas variables explicativas en su conjunto combinadas con una interdependencia económico-militar y con una visión transnacional.

Más allá de lo expuesto, el primer condicionante sin lugar a dudas es la anarquía. Como principio ordenador, en el marco del desorden mundial, la anarquía es sinónimo de falta de gobierno central y descentralización, de ella se desprende el ecosistema en el cual se insertan los Estados y sus conductas. En las relaciones internacionales de hoy, así como a lo largo de gran parte de la historia, el poder también fue un factor determinante de la conducta de las unidades políticas. No por casualidad, Morgenthau sostenía que “la relación de las naciones con la política internacional tenía una cualidad dinámica. Cambia junto a las vicisitudes del poder” (Morgenthau, 1986: 42). El poder es el núcleo central a través del cual se relacionan los Estados, y ello es así porque el poder, ya sea como un fin en sí mismo o como un medio, otorga cuestiones de mínima (como la supervivencia) y de máxima (el posible domino sobre los otros), que son factores indispensables para transitar el ecosistema de las relaciones internacionales.

Poder y seguridad no pueden pensarse por separado porque suponen una intrínseca correlación de proximidad entre ambos, y en el entorno internacional en el cual vivimos siempre “es preferible ser temido que ser amado”. Por lo tanto, el análisis del poder y la seguridad que aporta el realismo sigue siendo el elemento duro que no puede dejar de considerarse, así como la condición de anarquía. No se pueden establecer con precisión las conductas de los principales actores, la irrealidad conduce a la falta de precisión sobre los recursos del resto de los actores, lo cual guía hacia una incertidumbre que conlleva imprevisibilidad de las acciones humanas, el no saberlo todo a la hora de comprometerse con el accionar.

La indeterminación de la política internacional y sus procesos políticos acentúa más los temores y las inseguridades, lo que conduce a los actores a llevar a cabo acciones sin un conocimiento acabado de las circunstancias en las cuales transcurren. Esto nos envuelve en materia de seguridad internacional en una incertidumbre estratégica, lo cual significa pensar sin un enemigo designado posibles hipótesis de conflicto, donde los riesgos del hoy pueden ser las amenazas del mañana.

La interdependencia ayuda a potenciar el contexto al aportar mayores asimetrías y, de esta manera, cuanto menor sea la dependencia mayor será el poder que puedo tener sobre el otro. Esta manipulación no solo se da en la esfera económica, sino también en la militar, ya que la incertidumbre y la indeterminación con tales que podemos pensar que los aliados de hoy son los enemigos del mañana. Por lo tanto, todo el conocimiento que se pueda tener sobre ese actor se puede usar como un arma para vulnerar más a los otros de lo que puedan vulnerarnos a nosotros.

La tecnología puede ser esa herramienta que nos brinde desarrollo, pero sobre todo posicionamiento en este contexto de bifurcación geoeconómica y tecnológica, aportando un elemento esencial que puede torcer la rivalidad entre Oriente y Occidente. Dependerá de la capacidad de innovar más rápida y a un bajo costo. El poder y la seguridad en el siglo XXI están atados a la capacidad de innovación tecnológica.

Estas condiciones iniciales del realismo político y del neoliberalismo nos proyectan un centro duro que conserva aquellos constructos que se encuentran aún vigentes y que son útiles para la lectura actual, y nos permiten introducir pequeñas modificaciones. Los Estados continúan siendo los actores más importantes, y aquello que aún define a la política internacional es la lucha por el poder en un entorno anárquico con bajo grado de institucionalización. Esto tiene sus condicionantes. El determinismo que se encuentra presente en esta corriente de pensamiento lo continuamos valorando como un factor elemental, ya que la lucha por el poder es una constante en la política internacional y no una contingencia, y las tendencias de hoy en lo internacional todavía gozan de capacidad explicativa con base en esta ley. Los factores recurrentes son importantes, pero también las contingencias, que deben ser observadas y estudiadas en detenimiento, ya que son más complejas. Por lo tanto, la indeterminación y la incertidumbre no son incompatibles con el determinismo. Pueden coexistir y alimentarse mutuamente, de hecho, fue Raymond Aron quien primero, en la década del sesenta, nos habló de indeterminación desde una visión realista, y luego de interdependencia compleja, desde otra construcción diferente. La lucha por el poder y por alcanzar más seguridad no solo determinan la conducta de los Estados, sino que plantean un escenario donde el poder es necesario para garantizar la supervivencia y un mínimo de seguridad, así como para proyectar objetivos de política exterior, pero donde a la vez ser poderoso y más seguro requiere de una centralidad de la innovación del proceso tecnológico. Por tal razón, el poder, al igual que la seguridad, debe redefinirse e incluir la tecnología, y la tecnología debe ser el interés del Estado.

Se desprende, entonces, que la agenda de política internacional incluye la seguridad internacional, en la cual coexiste una alta política y una baja política, aunque en los datos aportados recientemente se observa un aumento generalizado en las distintas regiones del gasto militar, lo que ayuda a reforzar el constructo de un sensible reposicionamiento de la alta política. Ello no implica la pérdida de heterogeneidad y multidimensionalidad, las cuales están presentes, sino un cambio de ubicación y presencia en la agenda. En el entorno internacional, donde la seguridad internacional es clave, la política exterior debe evitar el espíritu de cruzada, defender los puntos vitales y la custodia de un equilibrio de poder defensivo que garantice la estabilidad y la integración del sistema internacional de la diversidad sin destruir el elemento distintivo que lo compone: su heterogeneidad. Los Estados deben evitar una política principista tendiente a imponer una visión moral o política a otra sociedad. El gran teórico alemán de las relaciones internacionales lo planteó bien cuando se cuestionó: “¿Quién puede saber qué es el bien o el mal en las relaciones entre las naciones? (Morgenthau, 1986: 22). ¿Qué autoridad superior puede erigirse con mandato moral para marcar qué es lo bueno y qué es lo malo? Evitar esas políticas tampoco ha llevado a una moralidad consensuada en el sistema internacional. De hecho, su carencia proyecta diversas concepciones sobre el valor de la paz y la importancia de la estabilidad del sistema, que continúan percudiendo el alcance del consenso. Aún estamos lejos de una moralidad que represente el sendero hacia una idea de sociedad internacional.

Dejando de lado el espíritu de cruzada, el reconocimiento por parte de los Estados de la conflictividad los debe llevar a un enfoque particularizado que tenga en cuenta el rol de poder y por ende la necesidad de un equilibrio de poder. Dentro de esta perspectiva, la defensa de puntos fuertes se plantea como una estrategia apropiada que prioriza áreas y posibles conflictos por sobre otros y acorde con una concepción de escasez, donde la presencia y la defensa de estos intereses no pueden ser universales en tiempo y espacio, requieren un proceso de selección por parte de la elite política tomadora de decisiones. La estrategia permite no solo “elegir el terreno más favorable” sino a la vez “seleccionar los instrumentos”, como decía John Gaddis. Esta posible “elección del terreno” y la “selección de los instrumentos” brinda más flexibilidad a los actores en el ecosistema de hoy, conscientes de la escasez de recursos y de la imposibilidad de brindarse una seguridad completa. No puede pensarse en la idea de puntos vitales sin una de equilibrio de poder detrás que acompañe, ya que ambas tienen por finalidad evitar la configuración hegemónica. La lucha por el poder requiere ser contenida a través de un constante equilibrio de poder con orientación defensiva, ya que como bien nos decía Kenneth Waltz, “los equilibrios de poderes se constituyen de manera recurrente” (1988: 189). No hay un único equilibrio de poder que brinde estabilidad sostenida en el tiempo, sino varios equilibrios que se forman a lo largo del tiempo, que son distintos unos de otros por las circunstancias de su configuración, así como por los actores involucrados en relación con el poder que ostentan y el papel que juegan en la estructura. Es clave la estabilidad del “balancing” porque supone un reconocimiento del “otro” y su correspondiente heterogeneidad, sin necesidad de la humillación y la destrucción del otro, evitando “traspasar los límites de la victoria” y sosteniendo la heterogeneidad en lo político, moral y cultural.

En síntesis, lo que nos propusimos aquí es presentar una visión que denominamos posrealista de las relaciones internacionales, que integre elementos de diversas corrientes del realismo con otras variables introducidas por vertientes fuera de la visión tradicional, que nos ayuden a observar e interpretar mejor lo que transcurre en el mundo de hoy, que es semejante para muchos al que pensaron “otros clásicos del realismo”, pero que también posee contingencias que deben ser estudiadas en detenimiento para su mayor conocimiento. El mundo es la combinación de regularidades y accidentes.

Referencias bibliográficas

Aron, Raymond (1985). Paz y guerra entre las naciones. Teoría y sociología. Madrid. Editorial Alianza. Versión española de Luis Cuervo.

Brown, Lester (1977). Redefining National Security. Worldwatch Institute, paper 14.

Da Ponte, A.; León Serrano, G. & Álvarez, I. (2023). Technological sovereignty of the EU in advanced 5G mobile communications: An empirical approach. Telecommunications Policy, 47 (7), 102459. October. https://doi.org/10.1016/j.telpol.2022.102459

Dougherty, James & Pfaltzgraff, Robert (1993). Teorías en pugna en las Relaciones Internacionales. Buenos Aires. Editorial Grupo Editor Latinoamericano (GEL).

Gaddis, John (1989). Estrategias de la contención. Buenos Aires. Editorial Grupo Editor Latinoamericano.

Hertz, John (1960). Realismo político e idealismo político. Madrid. Editorial Ágora.

Keohane, Robert & Nye, Joseph (1998). Poder e interdependencia. La política mundial en transición. Buenos Aires. Grupo Editor Latinoamericano (GEL).

Kissinger, Henry (2017). Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia. Editorial Debate.

Mearsheimer, John (2001). The Tragedy of the great powers. New York. Norton & Company.

Morgenthau, Hans (1986). Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz. Buenos Aires. Grupo Editor Latinoamericano (GEL).

Salimena, Gonzalo (2022). Repensar las relaciones internacionales. Buenos Aires. Editorial Teseo.

Sipri Yearbook (2024). Disponible en https://shorturl.at/G78AT.

Tello, Ángel (2002). La nueva visión estratégica. Primer Congreso de Relaciones Internacionales.

Ullman, Richard (1983). Redefining Security. International Security, vol. 8, N.º 1.

Walt, Stephen (1987). The origins of the Alliances. Cornell University Press.

Waltz, Kenneth (1988). Teoría de la política internacional. Buenos Aires. Grupo Editor Latinoamericano (GEL).


  1. Así lo sostenía el reconocido historiador inglés Edward Carr cuando analizaba el surgimiento de la disciplina de las relaciones internacionales a través de la confrontación entre el idealismo y el realismo.
  2. Para más información ver nota del Diario Perfil: https://www.perfil.com/noticias/opinion/la-tecnologia-en-el-mundo-arma-o-via-para-el-desarrollo.phtml.


Deja un comentario