¿Una tecnología dual que cambia
las reglas del juego?
Aureliano da Ponte
Introducción
A fines de los años ochenta, un artículo publicado por la influyente revista Foreign Affairs titulado “Tecnología y soberanía” afirmaba que cuando las grandes olas de cambio arrasan el mundo, las estructuras de poder rechazan casi inevitablemente la idea de que el mundo realmente está cambiando, y se aferran a sus viejas creencias. Cuando todavía el orden internacional se regía por la lógica de la Guerra Fría, ese escrito ya advertía respecto al conjunto de transformaciones de magnitud que se sucedían a un ritmo vertiginoso respecto de la ciencia, la tecnología, la economía y la política, lo que generaba movimientos profundos sobre las dinámicas de la soberanía nacional y sobre el poder (Wriston, 1988).
Siguiendo el mismo razonamiento, transcurridas poco más de dos décadas de iniciado el siglo XXI se advierte un nuevo movimiento tectónico que subyace bajo la superficie, a la vez que un conjunto de acontecimientos contingentes pero disruptivos de alto impacto. Esta convergencia indica que el sistema internacional enfrenta crecientes dificultades en la articulación de los intereses y el posicionamiento consecuente de nuevos actores que han expandido su participación en la política y la economía global. Atrás quedó la ilusión de que la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001, considerada por algunos analistas occidentales como un punto culminante de la Pax Americana (Witt, 2019), traería aparejado el avance de la internacionalización económica y un cambio en el sistema de gobierno del país asiático. Veinte años después, el entorno de las relaciones entre Estados Unidos y China es bastante diferente. El vínculo atravesó distintas etapas (del compromiso a la competencia y de ahí a la rivalidad por la supremacía en la próxima generación de dominio militar, económico y de información/datos) (Mori, 2019).
En este contexto, los indicios de un “orden mundial bifurcado” (Petricevic y Teece, 2019) o una “fractura de la economía global” (Buckley, 2022) pueden identificarse de forma creciente como resultado de los movimientos realizados por ambas potencias.[1] La caracterización de las tendencias no es unívoca, porque la magnitud de los cambios de las últimas décadas en el sentido de la “globalización” es muchas veces descripta como un proceso irreversible. De todos modos, nadie parece tener dudas de que las transformaciones en curso son irremediables. Cuando el foco se coloca a nivel sistémico, la evolución del contexto global parece seguir una lógica donde, al menos por ahora, la inmediatez no es el factor predominante. Al mismo tiempo, la emergencia de eventos disruptivos tales como la invasión de Rusia a Ucrania y los enfrentamientos entre Israel y Hamas a partir de octubre de 2023 sugieren la posibilidad de que el escenario escale repentinamente.
Frente a ello, la noción de “desacoplamiento” (Bateman, 2022) ha ocupado cierta centralidad en los últimos años, pero resulta poco adecuado porque se trata de un concepto que los economistas han tomado prestado de la ingeniería y es lo contrario del acoplamiento estrecho, por lo cual implica una acción repentina de separación (García Herrero, 2023). Esto significa que plantear un pasaje inminente de la situación actual a un escenario de quiebre sistémico absoluto y homogéneo es poco razonable. En todo caso, no son pocas las señales que revelan un itinerario lento pero constante que parece conducir tanto a la fragmentación geográfica de las tecnologías y sus estándares asociados (García Herrero, 2023; Timmers, 2020)[2] como a la configuración de bloques geopolíticos.
Identificar y evaluar estas transformaciones es un desafío en sí mismo, toda vez que se desconoce el desenlace y las configuraciones resultantes. De igual modo, el aspecto más complejo no es la falta de un destino predefinido sino las características de gradualidad y heterogeneidad que exigen una evaluación permanente y objetiva. Este punto de partida es especialmente notable cuando se profundiza en el análisis más allá de las declaraciones altisonantes, y se detecta un desarrollo heterogéneo y complejo que responde más a una idea de bifurcación. García Herrero (2023) plantea que las decisiones de Estados Unidos respecto al acceso y disponibilidad de ciertas tecnologías clave por parte de China implican una divergencia hacia dos ecosistemas tecnológicos. Al mismo tiempo advierte que si bien actualmente esta dinámica afecta a un conjunto delimitado de tecnologías, la dificultad para detener la creación de alianzas una vez iniciado el proceso aumenta exponencialmente.
Ese “conjunto delimitado” encuentra en el caso de los semiconductores un ejemplo de la complejidad de contexto ya que consiste en una tecnología fundacional esencial para la carrera por la transformación digital y la industria armamentística. Los semiconductores y los circuitos integrados son el insumo estratégico que está en el centro de los intereses geopolíticos de las principales economías que buscan asegurar su abastecimiento en los chips más avanzados con importantes inversiones, ya que esto condiciona cada vez más su capacidad de actuar económica, industrial y militarmente (Duchâtel, 2022; SWD, 2022). De hecho, tanto los datos como ciertas clases de semiconductores son esenciales para la cadena de valor de la IA, por lo que disponer de ambos activos será crítico para la estabilidad del sistema internacional (Wang, 2023).
A lo anterior cabe agregar que no resulta apropiado restringir el análisis a una lógica estatal en la cual se asuma que las compañías tecnológicas son soldados de infantería en un conflicto entre países hostiles (Bremmer, 2021). Las denominadas gigantes tecnológicas, como Amazon, Apple, Meta, Google, Microsoft, X (ex Twitter) por parte de Estados Unidos; o Alibaba, ByteDance y Tenecent por parte de China, tienen sus propios intereses, cuyo alineamiento no necesariamente coincide con los del gobierno donde se ubica la casa matriz. Su influencia en las tecnologías y servicios que continúan extendiéndose en la economía internacional incide sobre la proyección económica, militar y social. En la medida en que las tecnologías digitales amplíen su omnipresencia a lo largo de las próximas décadas, el poder de estos actores aumentará. Por eso, cuando se trata de multinacionales, para condicionar el comportamiento empresarial de estos jugadores, los gobiernos deberán desplegar una acción gubernamental mucho más consistente que una mera instrucción o sugerencia que probablemente tenga efectos poco prácticos.
Explorar el tema permite considerar analítica y empíricamente la naturaleza de la tecnología como variable fundamental de la dinámica estratégica al mismo tiempo que ámbito de competencia entre países. La tecnología no solo ha transformado las economías y las sociedades, sino que también ha sido un importante redistribuidor de poder y una fuerza significativa que ha configurado y remodelado las relaciones internacionales (Franke y Torreblanca, 2021). Las capacidades científico-tecnológicas repercuten en la economía, las fuerzas armadas y el posicionamiento mundial de países y grandes empresas. Como revela el caso de la inteligencia artificial (IA), ello coloca la problemática de la soberanía tecnológica sobre la mesa en lo que se refiere a las fuentes de provisión, ya sea de sus componentes básicos, de productos o servicios basados en ella, de conocimiento ligado a intangibles (p. ej. patentes, registros de software y licencias, know-why y know-how), y la disponibilidad de recursos humanos especializados.
El objetivo de este capítulo es indagar la lógica y características que ha adquirido la pugna entre Estados Unidos y China, donde la dimensión tecnológica es fundamental. Estudiar el tema se justifica porque se trata de una cuestión central que condicionará de forma creciente la política internacional a lo largo de la década. Para ello se apelará a un herramental analítico que articula las relaciones internacionales, la geopolítica y la economía de la innovación. No obstante, caben algunas aclaraciones iniciales. Primero, el trabajo lejos de agotar el tema propone un abordaje que apenas abre una línea de investigación que requiere un esfuerzo más amplio y detallado. Segundo, no profundiza en los complejos aspectos tecnológicos que subyacen a la IA, ni tampoco avanza sobre otros campos de tecnología o sistemas tecnológicos vinculados. Tercero, no constituye un escrito teórico, sino que a partir de proponer un marco conceptual procura explorar el tópico en una aproximación más empírica. En todo caso, el análisis panorámico que se plantea pretende evidenciar que las dinámicas de la realidad contemporánea y su proyección en la próxima década exigen comprender que, por las imbricaciones entre la economía, la tecnología y la geopolítica, cada vez resulta menos adecuada la diferenciación taxativa entre ellas para comprender la política internacional.
¿Por qué analizar la inteligencia artificial es relevante?
La definición de IA es objeto de muchas discusiones incluso entre los especialistas. La IA consta de varias áreas principales de investigación y desarrollo que han dado lugar a diversas tecnologías (JCR-AI Watch, 2022: 13-16). Dado el enfoque de este escrito, no resulta pertinente extenderse en el debate sobre la conceptualización más adecuada. Esto no significa que el asunto no revista importancia. En todo caso, algunos de los denominadores comunes que se identifican apuntan que los sistemas de IA son programas informáticos desarrollados con una o varias técnicas y enfoques que pueden, para un conjunto dado de objetivos definidos, generar resultados tales como contenidos, predicciones, recomendaciones o decisiones que influyan en los entornos con los que interactúan (JCR-AI Watch, 2021). En otras palabras, la IA no es una única pieza de hardware o software, sino más bien una constelación de tecnologías que dependen de elementos interrelacionados.[3] La carrera por la supremacía no es como la carrera espacial hacia la Luna. La IA ni siquiera es comparable a una tecnología de uso general como la electricidad.[4] Estas afirmaciones inician el informe de la Comisión Nacional de Seguridad sobre Inteligencia Artificial (NSCAI) de Estados Unidos publicado en 2021. El documento asume dos puntos de partida que evidencian la importancia que reviste el asunto, sirviendo a la vez como motivación de este escrito:
En primer lugar, la rápida mejora de la capacidad de los sistemas informáticos para resolver problemas y realizar tareas está alterando el mundo. Las tecnologías de IA son las herramientas más potentes de las últimas generaciones. La IA es también la tecnología de “doble uso” por excelencia. La capacidad de una máquina para percibir, evaluar y actuar con mayor rapidez y precisión que un ser humano representa una ventaja competitiva en cualquier ámbito, civil o militar. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, el predominio tecnológico de Estados Unidos –la columna vertebral de su poder económico y militar– está amenazado. China posee el poder, el talento y ambición para superar a Estados Unidos como líder mundial en IA en la próxima década si no cambian las tendencias actuales (NSCAI, 2021: 7).
Las preguntas que se desprenden de la cita son las siguientes: ¿es la IA una tecnología que cambia las reglas del juego? ¿Podemos evitar una carrera armamentística de IA? En 2015, una carta abierta difundida por investigadores en este campo y en el de la robótica alertaba que “si una gran potencia militar sigue adelante con el desarrollo de armas de IA, una carrera armamentística mundial es prácticamente inevitable” (Moore Geist, 2016). Además de plantear un enfoque inapropiado, la realidad ha dejado obsoleta a la advertencia. En el Parlamento británico se ha discutido respecto a que los futuros conflictos, tanto físicos como virtuales, estarán basados en la IA. La OTAN la está probando en ámbitos tan diversos como la ciberdefensa, el cambio climático y el análisis de imágenes. Los sistemas de IA de vanguardia anuncian ventajas estratégicas significativas como “facilitadores finales” en una nueva era de competencia global de alta tecnología y rivalidad geopolítica (Csernatoni, 2023).
Rishi Iyengar formula el siguiente interrogante: ¿quién gana la carrera de la inteligencia artificial? Su respuesta breve es “No es tan sencillo” (Foreign Policy, 27/03/2023). En su argumento sostiene que aplicar el marco de la “carrera armamentística” al desarrollo de la IA no capta la dinámica global en torno a esta tecnología. Por un lado, el papel del sector privado al frente del desarrollo de nuevas capacidades constituye una diferencia con lo sucedido respecto a los misiles y a la tecnología nuclear. En particular, las barreras de entrada y el cuasimonopolio estatal no aplican ahora. Por el otro, plantea que, aunque algunas métricas sitúan a Estados Unidos a la cabeza, China lo sigue muy cerca y va ganando terreno rápidamente. En todo caso, la cuestión es mucho más compleja, por lo cual exige un estudio riguroso y desagregado.
El impacto de la tecnología de IA en el ámbito de las relaciones internacionales ha sido estudiado desde fines de los años ochenta en la literatura anglosajona (Hudson, 1991; Din, 1988; Cimbala, 1987). Sin embargo, los esfuerzos preliminares no obtuvieron demasiada atención debido al nivel de desarrollo de esta tecnología en aquella época. Recién en la segunda década del siglo XXI, la IA ha entrado en un periodo de rápida aceleración. Asimismo, Shuai (2019) reseña que el tema ha ganado terreno en el mundo académico chino, que durante la última década ha analizado su impacto (Qingling, 2015 y 2017; You y Dingding, 2018; Yu y Dingding, 2018).
Hasta qué punto las aseveraciones forman parte de un imaginario más bien asociado a la ciencia ficción es materia de discusión. Lo cierto es que numerosos estudios coinciden en sostener que provocará una mejora de la eficiencia general de la industria, la agricultura y el transporte. Además, que abrirá nuevas oportunidades para la ciencia, reorganizará los mercados laborales (Milanez, 2023) y forzará un replanteamiento fundamental de los enfoques de seguridad nacional modificando incluso hasta la arquitectura de los ejércitos modernos (Fernandez Montesinos, 2019). Al respecto, los análisis parecen coincidir en imputar a la IA una relevancia que modificará las relaciones entre el hombre y la tecnología, condicionando factores clave del sistema internacional tales como los actores, la estructura, la lógica y las reglas operativas, interpelando las aproximaciones teóricas tradicionales (Shoui, 2019; Schmidt, 2023). Más allá de que las potencialidades que se le atribuyen se vuelvan realidad o no dentro de las próximas décadas, de hecho, las aplicaciones existentes y probadas pueden crear valor para las economías y sociedades de todo el mundo; innovaciones, como la asistencia sanitaria predictiva, la educación adaptativa y la respuesta optimizada a las crisis (Mc Kinsey, 2022).
El capítulo se organiza en esta introducción, dos secciones y las conclusiones. La primera sección presenta los conceptos de poder de innovación y soberanía tecnológica como piedras angulares que permiten analizar la política internacional pero además las estrategias que siguen Estados Unidos y China en diversos campos tecnológicos, entre ellos el de la inteligencia artificial. La segunda aplica el herramental analítico a la competencia estratégica entre ambas potencias. Finalmente, se presentan las principales conclusiones.
Soberanía tecnológica y poder de innovación
El poder de innovación es una nueva y fundamental fuerza de la política internacional (Schmidt, 2023). El concepto remite a la capacidad de inventar, adoptar y adaptar nuevas tecnologías, lo cual contribuye tanto al poder duro (militar) como al poder blando (económico y cultural) de un país. En primer lugar, el dominio tecnológico en ámbitos cruciales refuerza la capacidad de un país para hacer la guerra y, por tanto, su capacidad de disuasión. Pero la innovación también determina el poder económico, ya que otorga a los Estados influencia sobre las cadenas de suministro y la capacidad de establecer las reglas para los demás. Los países que dependen de los recursos naturales o del comercio, especialmente los que deben importar bienes raros o fundamentales, se enfrentan a vulnerabilidades que otros no tienen. Por cierto, reflexionar sobre el futuro de los conflictos en un mundo de redes económicas y de información globales constituye un desafío.
En virtud de sus características, la IA ocupará un lugar central, por ejemplo, a través de la identificación de patrones (de consumo, de comportamientos sociales) y de modelos predictivos. Un aspecto esencial de este “poder” se relaciona con el acceso a tecnologías y su disponibilidad vis a vis la gestión de dependencias estratégicas de terceros, en particular respecto a las capacidades de investigación y desarrollo (I+D), pero también de producción en los segmentos fundamentales que le permiten a un país (e incluso en ciertos casos a algunas grandes empresas) afrontar escenarios donde las dependencias tecnológicas son utilizadas como instrumentos políticos. En este punto se presenta un dilema entre la nueva realidad geopolítica y los marcos conceptuales predominantes de la economía de la innovación.
En los países occidentales desarrollados, especialmente en Europa pero también en Estados Unidos, la deslocalización de la producción respondió a la búsqueda de reducción de costos. Otros aspectos se incluyen en la lógica, como el acceso a recursos y mercados, pero el motivo más relevante es fabricar a valores más baratos. Ello generó una racionalidad en la cual las economías industrializadas se concentraron en ciertas etapas del proceso.
Más recientemente, los cambios en el tablero geoestratégico han llevado a muchos gobiernos a alejarse del énfasis habitual en los beneficios comerciales que obtienen las economías al especializarse en las fases de producción en las que tienen una ventaja comparativa, para reorientarse nuevamente en la necesidad de que las economías controlen una gama más amplia de actividades estratégicas a través de las cadenas de valor mundiales a escala nacional y supranacional (Coveri y Zanfei, 2023). El papel de las políticas gubernamentales y las estrategias empresariales a la hora de canalizar sus inversiones tecnológicas y configurar sus cadenas de suministro en beneficio propio o de sus aliados vuelve a estar en el centro del debate. Además, el impacto de la externalización y deslocalización de la producción ha hecho resurgir una serie de debates sobre la innovación y las capacidades productivas “nacionales” como vectores de desarrollo y crecimiento económico en el siglo XXI.[5]
En este punto es donde la noción de soberanía tecnológica (ST) adquiere su valor estratégico, lo cual permite comprender por qué está recibiendo en los últimos años una renovada centralidad.[6] Conceptualmente la ST se define como la capacidad relativa interna y externa de un actor para decidir y poner en práctica sus decisiones respecto a la generación, absorción o explotación de una tecnología en función de sus objetivos, tanto en condiciones favorables como hostiles (da Ponte et al., 2022). La noción de soberanía remite a una atribución que implica decidir un curso de acción, pero también disponer de los recursos y medios para ejecutar las actividades que permiten cumplir el propósito previsto. La capacidad relativa se refiere al poder de agencia de un actor para alcanzar los objetivos que se propone. Las capacidades internas se refieren a la dinámica de los procesos de desarrollo tecnológico e innovación al interior del territorio de un país (o bloque de países), donde están involucrados empresas, universidades, organizaciones de investigación tecnológica, así como el gobierno. Comprende los recursos propios y las competencias necesarias para identificar, evaluar, desarrollar, acceder, producir, utilizar e incorporar recursos físicos e intangibles relacionados con un ámbito de la tecnología o sistema tecnológico complejo. La ST se ha convertido de facto en una cuestión transversal con implicaciones para las políticas de innovación, económica, industrial, de educación, exterior y de seguridad (Edler et al., 2023). Los Estados consideran cada vez más el acceso a tecnologías nuevas y críticas como una necesidad para asegurar su soberanía, tanto en el espacio físico como en el digital. Los avances en las nuevas tecnologías –y quienes las controlan– configurarán sin duda el futuro orden mundial (Arco Escriche, 2022).
Situando el desarrollo de competencias tecnológicas básicas en el centro de la definición, la soberanía tecnológica permite cooperar, asociarse, competir, posicionarse e influir en las reglas del juego (crearlas cuando se dispone de suficiente poder, modelarlas cuando se dispone de una fuerza moderada). La soberanía tecnológica no solo se refiere a las dependencias externas, sino también a las propias competencias y activos para decidir, absorber e innovar conocimiento tecnológico. La figura 1 expone visualmente el marco analítico desarrollado.
Figura 1. Poder de innovación y soberanía tecnológica

Fuente: elaboración propia.
Inteligencia artificial y competencia estratégica
Empresas e investigadores chinos y estadounidenses han trabajado durante la última década en el desarrollo de la IA, y así contribuyeron a importantes avances, tanto en el ámbito universitario como en el industrial. Compañías como Baidu establecieron laboratorios en Silicon Valley durante la década de 2010. Lo mismo ocurrió con el Microsoft Research Asia (MSRA), con sede en Beijing, que también ha desempeñado un papel crucial en la formación de talentos chinos que luego se incorporaron a las gigantes tecnológicas (Brooking, 2023). El Informe del Índice de IA 2023 elaborado por la Universidad de Standford revela que las colaboraciones entre investigadores de ambos países se multiplicaron aproximadamente por cuatro desde 2010, tendencia de aumento interanual que se revirtió recién entre 2020-2021. Es decir, la aparición de la brecha es reciente y está transitando sus primeros años.
En el marco del aumento de la pugnacidad entre los dos países, el “capítulo” referido al quiebre en la cadena de suministro de los semiconductores, insumos fundamentales para el desarrollo de la IA, es central.[7] En los últimos años, Estados Unidos ha endurecido los controles a la exportación de chips de alta gama y otros componentes a Chinas (CSET, 2020). Los objetivos perseguidos pueden sintetizarse en los siguientes: a) estrangular las industrias de IA y supercomputación imposibilitando el acceso a chips de alta gama; b) impedir que diseñe chips de IA a nivel nacional y manufacture circuitos integrados de alta gama; e c) imposibilitar que desarrolle sus propios equipos de fabricación de semiconductores. Para eso, los norteamericanos buscan bloquear el acceso al software de diseño (donde ejercen un claro liderazgo), pero también a los equipos de fabricación y a los componentes producidos en Estados Unidos.
El gobierno presiona a empresas como NVIDIA y AMD, jugadores centrales tanto a nivel global como para China en la provisión de sus productos, pero las firmas han señalado que abandonar ese mercado tendrá graves consecuencias para sus ventas mundiales de semiconductores (Brookings, 2023). Por cierto, el peso de China en los ingresos de esas firmas es muy significativo. En todo caso, el impacto negativo en el corto plazo ha afectado a ambos (compañías norteamericanas y a China), pero sus efectos tienden a reducirse para el segundo en función de la aceleración de la ejecución de los planes relacionados, por ejemplo, “Made in China 2025”, entre otros. El objetivo de China de desarrollar una industria local no dependiente del extranjero puede rastrearse varios años hacia atrás. En 2014 se creó el Fondo Nacional de Inversión en la Industria de Circuitos Integrados para convertirse en líder mundial en todos los segmentos para 2030.
Hasta qué punto restringir el acceso no ha generado los incentivos para que los chinos apresuren sus esfuerzos es motivo de debate. En todo caso, a esta altura son varias las grandes economías que han elevado el estatus de los semiconductores de componente electrónico ordinario a una prioridad de seguridad nacional (Larsen, 2022). En la tabla 1 se detallan las inversiones públicas que han establecido algunas de las principales economías o bloques en relación con la IA y los semiconductores para los próximos años. Estos valores, aunque permiten dimensionar la preeminencia asignada, no incluyen todos los recursos que serán invertidos por Estados Unidos y China en ambos sectores.[8]
Tabla 1. Inversiones públicas principales economías mundiales
| Semiconductores | Inteligencia artificial | |
| Estados Unidos | 104,9 billones de dólares | 111,2 billones de dólares (2023-2027) |
| China | 136,2 billones de dólares | 150 billones de dólares |
| Unión Europea | 42,2 billones de dólares | 331 billones de dólares |
| Japón | 47 billones de dólares | 3,6 billones de dólares |
| Corea del Sur | 65 billones de dólares 240 billones de dólares | 5 billones de dólares |
Fuentes: -EE. UU.: Chips y Ley de Ciencia (2022). -China: Gran Fondo 2015-2025 (Made in China 2025), 14.° Plan quinquenal (2021-2025), Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial de nueva generación para 2030 (2017). -Unión Europea: Ley sobre chips europeos (2022), Europa Digital y Horizonte Europa (2020), Fondo de Resiliencia y Recuperación (2020). -Japón: Subsidios para construcción de plantas de semiconductores (2021), Ley de Seguridad Económica (2022). -Corea del Sur: Plan Coreano para el Cinturón de Semiconductores (2021), Estrategia Superpotencia de Semiconductores (2022), Estrategia I+D en Inteligencia Artificial (2018), Estrategia Nacional de IA (2020). | ||
La Ley de Chips y Ciencia apunta a reforzar a Estados Unidos en el campo de los semiconductores, fomentar la investigación y el desarrollo y crear centros regionales de alta tecnología. La norma aprobada en 2022 con un amplio consenso de los Partidos Demócrata y Republicano destina 280.000 millones de dólares a la financiación de I+D científica durante los próximos diez años. En cuanto a China, documentos oficiales definen a la IA como una tecnología clave de sus planes de desarrollo económico a largo plazo, así como para su transformación militar. El gobierno ha invertido mucho en I+D, y también ha puesto en marcha políticas para fomentar el despliegue de tecnologías de IA en diversas industrias.
Gráfico 1. Inversión anual privada en inteligencia artificial

*Incluye empresas con inversiones superiores a 1,5 millones de dólares. Datos expresados en USD constantes de 2021. Los ajustes por inflación están basados en el Índice de Precios del Consumidor de EE. UU.
Fuente: NetBase Quid vía AI Index Report (2023).
En términos de inversión privada, el gráfico 1 expone claramente que las empresas norteamericanas han destinado más recursos en los años previos. Tanto el sector de software como de hardware de Estados Unidos es muy fuerte, por la cantidad y por las capacidades de las firmas que los componen. En cambio, China ha canalizado históricamente los gastos en I+D a través de universidades e instituciones de investigación tales como la Universidad de Ciencia y Tecnología Electrónica de China, la Universidad de Zhejiang, la Universidad de Tsinghua o el Instituto de Tecnología de Beijing, entre otras. Más recientemente la situación está cambiando hacia un nuevo enfoque apoyado en una suerte de alianza estratégica que consiste en apuntalar la innovación en las empresas punteras tanto públicas como privadas, en lugar de distribuir las subvenciones entre los gobiernos locales y los laboratorios estatales (DIIS, 2023). El gobierno central ha decidido empoderar a sus empresas de chips, facilitando el acceso a subvenciones y un mayor control sobre la investigación pública.[9] Como ejemplo, Yangtze Memory Technologies Corp (YMTC), el mayor fabricante de chips del mundo, que ha recibido ayudas por 7.000 millones de dólares en 2022. A esto se agrega que los tres gigantes tecnológicos están gastando 15.000 millones de dólares en proyectos de IA solo en 2023, lo que representa casi un incremento del 50 % en los últimos dos años.
Gráfico 2. Principales propietarios de patentes en aprendizaje automático e inteligencia artificial en todo el mundo de 2013 a 2022, por número de familias de patentes activas

Fuente: Statista (2023).
La investigación, el desarrollo y el despliegue de la IA se han identificado a nivel mundial como uno de los desarrollos tecnológicos militares más críticos del siglo XXI. Si bien a menudo se considera un concepto nuevo que surgió en la última década, la IA en diversas formas ha existido en aplicaciones militares desde finales de la década de 1970, cuando las naciones buscaban aumentar las capacidades de procesamiento, la capacidad de supervivencia y los tiempos de reacción en la era del combate con misiles. De hecho, hasta la última década, el uso a gran escala de la IA en aplicaciones militares seguía siendo competencia de las principales potencias militares. Esto ha cambiado parcialmente desde 2010 en la medida en que el acceso y disponibilidad de herramientas de IA se ha extendido.
La gama de amenazas que plantea el uso de la IA con fines militares es muy amplia (ciberataques, riesgos de fuga de datos y tecnología al extranjero, desinformación y manipulación de la información). Sin embargo, el principal problema complejo surge de la perspectiva de que productos de inteligencia artificial estándar para el espionaje lleguen a los mercados locales. Justamente este punto es el que puede afectar especialmente las dinámicas de colaboración internacional pero centralmente las denominadas redes de producción global sobre la base de la desconfianza entre los países.
En cuanto al desarrollo de la IA militar, es posible identificar cuatro tendencias tecnológicas principales: sistemas de enjambre, sistemas producidos en masa, IA autónoma y procesamiento masivo de datos. Respecto a la primera, aunque existe una capacidad de enjambre en el uso de sistemas aéreos no tripulados (UAS), así como en el despliegue de satélites en enjambre, todavía es limitada ya que el desarrollo de la IA no está lo suficientemente avanzado como para permitir tal enjambre a gran escala. En cuanto a la segunda, todavía se limita a productos relativamente básicos, ya que la IA de vanguardia requiere grandes supercomputadoras. Esto implica que actualmente gran parte de la I+D se centre en la miniaturización de las capacidades de la IA, lo cual no solo eventualmente va a permitir la producción en masa, sino que también sería un paso crucial hacia un enjambre completamente conectado en red. La tercera tendencia está condicionada por limitaciones tanto tecnológicas cuanto éticas, por lo que los desarrollos en curso se orientan hacia sistemas asistidos por IA con capacidad de autonomía limitada. Esto no quiere decir, por cierto, que no existan proyectos donde esas autolimitaciones sean desatendidas. En lo concerniente al procesamiento de datos, su importancia reside en examinar grandes conjuntos de datos para inteligencia geoespacial, inteligencia de señales, datos de vigilancia e información logística, entre otros. Dado que este es uno de los segmentos más maduros de la tecnología de IA actualmente en uso, las aplicaciones militares suelen basarse en sistemas comerciales que son “militarizados”. Las soluciones de procesamiento comercial han generado que la IA sea más accesible tanto en las esferas civil como militar, mientras que el proceso de miniaturización ha permitido que la IA en esta capacidad se implemente más ampliamente. La inteligencia de señales y el criptoanálisis siguen siendo los pilares de la I+D, tanto en términos de cifrado como de aspectos de ruptura del cifrado.
Según el Servicio de Investigación del Congreso norteamericano, las tecnologías de aplicación militar basadas en sistemas de IA pueden dividirse en siete grandes grupos: (1) inteligencia, vigilancia y reconocimiento; (2) logística; (3) ciberoperaciones; (4) desinformación (profunda); (5) mando y control; (6) vehículos autónomos y semiautónomos; y (7) sistemas de armas letales autónomas (citado en Olier y Corchado, 2022: 18). Estas aplicaciones tienen el potencial de remodelar los dominios estratégico y táctico por igual (HIR, 2023). Estas tecnologías de IA aplicadas al campo militar son un desafío enorme para aquellos países que no dispongan de ellas. Igualmente, aunque las aplicaciones de IA en el dominio militar aportan ventajas, también importantes riesgos. Como señalan Olier y Corchado (2022), existe “la posibilidad de que países contrarios aprovechen sus mejores potencialidades para convertir la IA en un arma de doble filo, volviéndose en contra…” (p. 24).
Los actuales avances en aprendizaje automático están transformando aspectos de la guerra que van desde las cadenas de suministro de la industria de defensa hasta las dinámicas entre civiles y militares en I+D, la toma de decisiones, las operaciones, la formación y la logística (Goldfarb y Lindsay, 2022). Todavía con un alcance mayor, cabe pensar en los sistemas de aprendizaje profundo por su capacidad para filtrar cantidades masivas de datos procedentes de todas las fuentes, la detección de información crítica, la traducción de idiomas, la fusión de conjuntos de datos de distintos dominios y la identificación de correlaciones y conexiones.
China ve la IA como la vía para contrarrestar la superioridad militar convencional norteamericana mediante el “salto” a una nueva generación de tecnología. Los líderes militares chinos hablan abiertamente de utilizar sistemas de IA para “reconocimiento, contramedidas electromagnéticas y ataques coordinados de potencia de fuego”. El país está probando y entrenando algoritmos de IA en juegos militares diseñados en torno a escenarios del mundo real. El Ejército Popular de Liberación (EPL) se ha unido en torno a un nuevo concepto organizativo sobre cómo cree que las tecnologías avanzadas afectarán a la guerra en este siglo. Expresiones como “inteligentización” representan la visión china de una nueva revolución en los asuntos militares. Este nuevo concepto, poco conocido, está impulsando los esfuerzos de modernización del EPL (Bassler y Noon, 2022). La IA es fundamental para la modernización del sistema de defensa chino en general y sus fuerzas armadas en particular. La inteligentización es el tercero de los objetivos oficiales del EPL en la secuencia de modernización. Los estrategas dicen que se centra en el “espacio cognitivo” en el que la toma de decisiones eficaz y el pensamiento complejo proporcionan la ventaja decisiva.
En línea con el argumento que plantea este capítulo, Olier y Corchado (2022) destacan que los desarrollos más avanzados ocurren tanto en las empresas como en las universidades, por lo cual analizar las capacidades existentes en esos ámbitos es relevante para conocer si las Fuerzas Armadas de un país tienen bases en las cuales apoyarse.
Conclusiones
El liderazgo en IA ofrece ventajas tanto en competitividad económica como en poderío militar, por lo cual las principales potencias con Estados Unidos y China a la cabeza se apresuran a acceder, disponer o desarrollar sistemas avanzados de IA. Frente a un orden internacional en transición y al margen de la incertidumbre inherente al desenlace del escenario, lo que puede identificarse con certeza es que dentro de la complejidad y multiplicidad de aristas que se desprenden, la lógica autonomía estratégica/soberanía tecnológica vuelve, nuevamente, a revalorizarse. Disponer o no de las capacidades requeridas con relación a una tecnología puntual tendrá distintos efectos que variarán según el contexto y el ámbito en el cual se originen. En la esfera económica y de la innovación podrían reflejarse en la pérdida de competitividad, en la reducción de rentabilidad, o en menores tasas de crecimiento del PBI, apenas tres posibilidades entre muchas. En cuanto a la política internacional y la geopolítica, pueden provocar vulnerabilidades cuyo grado de afectación y orden de magnitud sea sistémico.
A medida que las capacidades de defensa experimentan una transformación digital, el software se ha convertido en un factor esencial en todos los aspectos del combate. Esto incluye la detección de objetivos (software de sensores), la toma de decisiones (agregación y análisis), la focalización (sistema de guía de armas) y la evaluación de daños en batalla. Dado que las plataformas informáticas avanzadas y los algoritmos de IA desempeñan cada vez más funciones que antes realizaban los humanos, la ventaja del software será aún más crítica a la hora de determinar los resultados del combate.
Las limitaciones de este trabajo en función de los tópicos relevantes que no fueron abordados son muchas. Por mencionar apenas un ejemplo, durante los últimos diez años, China ha concentrado notables esfuerzos de inversión en IA en el extranjero principalmente en Estados Unidos, superando la suma de fondos transferidos a empresas de IA en Estados Unidos frente a cualquier otro destino en el mundo (Luong y Konaev, 2023). Ello implica una huella relevante en la trayectoria de esas empresas, pero además en sus perspectivas a futuro en el marco de las sanciones actuales. Asimismo, podemos mencionar la vinculación con otros campos tecnológicos. Sin embargo, el recorrido panorámico que ofrece este escrito sugiere las siguientes consideraciones.
La IA es una tecnología dual por naturaleza que supone beneficios, pero innumerables riesgos que exigen repensar cómo un país prepara su defensa nacional. En efecto, la IA va a impactar sobre los sistemas de armas, pero también sobre estrategias no bélicas se están extendiendo y sofisticando de forma acelerada en los últimos años. China ha colocado el centro de su estrategia en la inteligencia artificial y otros ámbitos de alta tecnología para superar a Estados Unidos. De esta forma busca compensar el camino más largo que le demandaría enfocarse principalmente en avances incrementales en capacidades convencionales para alcanzar la paridad. Esto se verifica en la prioridad asignada tanto en los documentos estratégicos como en la financiación del desarrollo tecnológico de aplicaciones, pero también de ciencia básica relacionada con la IA. En la medida que esta competencia estratégica avance, la naturaleza de la IA le confiere un potencial disruptivo capaz de modificar las reglas de juego.
La geopolitización de las interdependencias va a condicionar las dinámicas de acceso a insumos, componentes, subsistemas y sistemas tecnológicos. Ello obliga a reflexionar sobre las bases y gobernanza del sistema global de innovación en el cual la dimensión geopolítica siempre ha sido una dimensión central. A partir de la configuración del escenario, es posible sostener que el posicionamiento de los actores dependerá del desarrollo de capacidades tecnológicas soberanas.
El Poder de Innovación va a ser el factor decisivo en la rivalidad entre Estados Unidos y China. Esta racionalidad impactará en los avances tecnológicos, pilares de ese poder. Al menos hasta 2035 las pugnas se agudizarán, acentuando la bifurcación económica y delineando los bloques geopolíticos que se van perfilando. Al analizar cómo cada uno de estos actores persiguen su Poder de Innovación lo que se advierte, según el caso, es un fuerte énfasis en la reconstrucción o en el reforzamiento de la soberanía tecnológica de cada uno para lograr su cometido. Ello ineludiblemente va a reconfigurar la “globalización”, el comercio y las relaciones económicas y las alianzas geopolíticas.
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- La Iniciativa de la Franja y la Ruta, el plan “Made in China 2025” y también la estrategia de “doble circulación” representan esfuerzos hacia una creciente autonomía de los intereses chinos y, en última instancia, congruentes con una perspectiva de disociación (Mira Godinho y Simões, 2023). En EE. UU., la administración Trump provocó una grieta en la asociación entre este país y la Unión Europea, sobre todo en relación con el rechazo de elementos del sistema comercial multilateral y de la Organización Mundial del Comercio (OMC) (Burwell y Propp, 2020). En la administración Biden, la Ley de Reducción de la Inflación destina unos 369.000 millones de dólares en subvenciones, préstamos y créditos fiscales al despliegue de energías renovables y tecnologías limpias. En muchos sectores, las empresas domésticas serán recompensadas por fabricar equipos en el país o por abastecerse de componentes y minerales esenciales en Estados Unidos o en países con los que tiene un acuerdo de libre comercio. Esta normativa fue cuestionada por priorizar a los proveedores nacionales por sobre los extranjeros, abandonando ciertas reglas del libre comercio que guiaron las relaciones económicas globales desde los años noventa. ↵
- La inclusión de entidades y empresas chinas en la denominada “Lista de Entidades” por parte de la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de Comercio les impide hacer negocios con empresas estadounidenses. Por ejemplo, Google dejó de proporcionar acceso a su sistema operativo Android a Huawei después de que la empresa fuera incluida, lo cual derivó en que esta última desarrollara un sistema propio llamado HarmonyOS (Larsen, 2022). ↵
- Una determinada tecnología se define como la suma de técnicas, habilidades, métodos y procesos utilizados en la resolución de problemas concretos (Crabb, 1823, citado en JCR-AI Watch, 2022: 13). Definir la tecnología así constituye un término genérico que engloba cualquier tipo de conocimiento (científico) que permite diseñar y crear bienes o servicios. La forma más simple de tecnología es el desarrollo y uso de herramientas básicas, ya sea en forma de conocimientos sobre técnicas, procesos o integradas en sistemas tecnológicos (JCR-AI Watch, 2022).↵
- Bresnahan y Trajtenberg (1995) introdujeron el concepto de tecnologías de uso general (GPT en inglés), que identifican por tres características. Las GPT (1) son omnipresentes, es decir, de uso generalizado; (2) son capaces de una mejora técnica continua; y (3) permiten innovaciones complementarias en sectores de aplicación. En otras palabras, las GPT tienen efectos en toda la economía, mejoran aún más con el tiempo y generan otras innovaciones porque la invención en un área desencadena descubrimientos y crea oportunidades en otros sectores.↵
- El redescubrimiento del papel clave de la “producción en la economía de la innovación” viene adquiriendo notoriedad en las economías industriales maduras que se enfrentan a la desindustrialización, el deterioro de los bienes comunes industriales, la disminución de la productividad y el bloqueo tecnológico (Pisano y Shih, 2012; Berger, 2013; Andreoni y Chang, 2019).↵
- Mientras que el epicentro de la discusión respecto a la conceptualización e implicancias prácticas parece transcurrir en la Unión Europea, la racionalidad asociada a la ST orientada a reforzar las bases del posicionamiento de un actor puede identificarse en el discurso e iniciativas de una creciente mayoría de países desarrollados.↵
- Esto incluye microprocesadores, chips gráficos y procesadores lógicos programables. Estos son chips especializados muy potentes, eficientes y optimizados para algoritmos avanzados de aprendizaje automático, reconocimiento de imágenes, motores de recomendación, Procesamiento del Lenguaje Natural (PLN) y vehículos autónomos, entre otros múltiples usos. Asimismo, demandan ancho de banda de memoria debido al pasaje de datos a miles de núcleos a través de las capas dentro de las redes neuronales.↵
- La mayor parte, 200.000 millones, se destina a I+D científica y comercialización. Unos 52.700 millones se destinan a la fabricación de semiconductores, I+D y desarrollo de mano de obra, con otros 24.000 millones en créditos fiscales para la producción de chips. Hay 3.000 millones destinados a programas de tecnología punta y cadenas de suministro inalámbricas. Esto incluye incentivos a la fabricación, a actividades internacionales de seguridad de las tecnologías de la información y la comunicación y de la cadena de suministro de semiconductores. También prevé un crédito fiscal a la inversión del 25 % para gastos de capital destinados a la fabricación de semiconductores y equipos relacionados.↵
- Las beneficiadas son principalmente Semiconductor Manufacturing International (SMIC), Hua Hong Semiconductores y Huawei, así como los proveedores de equipos Naura y Equipos Avanzados de Microfabricación. Para completar el panorama de la competencia en este campo y de la forma en que podría evolucionar, es interesante señalar que hoy en día se pueden enumerar al menos 30 empresas chinas de chips que desarrollan chips o conjuntos de chips para la IA.↵








