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Estudio preliminar

Importancia del estudio de las alucinaciones hipnagógicas y de los fenómenos funcionales en los desarrollos teóricos y clínicos de Freud

Lionel F. Klimkiewicz

Silberer es un hombre sutil con una inclinación marcada por el ocultismo, ha encontrado en su camino al psicoanálisis, y lo utiliza ahora para sus preferencias. Como persona no está del todo integrado al grupo vienés. Es plenamente cristiano, su padre es un diputado conservador deportista y aviador.

    

Carta de Freud del 14/4/1912 a Binswanger[1]

Introducción

En julio de 1880, según nos cuenta Breuer, Anna estaba junto al lecho de su padre enfermo, con el brazo derecho en el respaldo de la silla, cuando cayó en un estado de sueño despierto (Wachträumen) y vio cómo desde la pared se acercaba una serpiente negra.

Quiso espantar al animal, pero estaba como paralizada; el brazo derecho, pendiente sobre el respaldo, se le había «dormido», volviéndosele anestésico y patético, y cuando lo observó, los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rematadas en calaveras (las uñas). Probablemente hizo intentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha paralizada, y por esa vía su anestesia y parálisis entró en asociación con la alucinación de la serpiente.[2]

Así se nos informa en Estudio sobre la Histeria que comienza “la incubación y patogénesis de la histeria”[3] de Anna O. De más está decir, entonces, que las alucinaciones hipnagógicas, o lo que podemos llamar “fenómenos de umbral”, tienen un lugar importante en la historia de los desarrollos teóricos de Freud y en la historia del psicoanálisis.

En el año 1900, Sigmund Freud publica el que será uno de los textos canónicos del psicoanálisis: La interpretación de los sueños. Un texto, además, que cambió en Occidente la forma de concebir la subjetividad. Este trabajo de Freud, que no solo es un texto pionero, sino también un manual de metodología respecto a la interpretación de los sueños, nos presenta un primer modo en que él concibió el funcionamiento del aparato psíquico, en lo que dio a llamar su primera tópica; tuvo varias ediciones durante la vida del autor, y en cada una de ellas fueron agregadas diversas notas y párrafos que dan cuenta de los avatares de la exploración psicoanalítica.

Ya en la primera edición, recopilando la bibliografía científica sobre el problema de los sueños, Freud hace referencia a trabajos anteriores dedicados al problema de las alucinaciones hipnagógicas: el de Johannes Miller (1826), el de Maury y el de T. Ladd (1892), para indagar la “excitación sensorial interior” y su papel en la formación del sueño, fundamentalmente en lo que se refiere a la transformación del símbolo en imagen.

Para Freud, siempre fue importante el estudio del sueño, no solo porque lo consideraba la vía regia de acceso al inconsciente, sino también porque le permitía pensar la diferencia entre el sueño, la fantasía, la realidad y la alucinación. Por otro lado, el lugar y funcionamiento de la representación y la percepción dentro del aparato psíquico implicaban el problema de explicar las condiciones de representatividad del aparato.

En 1909, H. Silberer, filósofo vienés, escribió y publicó un artículo en el Jahrbuch, donde informaba que había adquirido el dominio de los sueños, en su búsqueda de aislar el proceso en donde el pensamiento se transforma en imagen. Silberer parte del trabajo de Maury[4] ya citado por Freud en la primera edición de La interpretación de los sueños.

El escrito de Silberer tiene dos efectos inmediatos dentro del ámbito del psicoanálisis de esa época: la problematización de una teoría del símbolo que sirvió para agudizar la disputa de Freud con su discípulo C. Jung, y, por otro lado, que, a partir de ese momento, Freud incluyera en ediciones posteriores de su texto canónico los estudios sobre los llamados “fenómenos funcionales”, a los que Silberer se refería, ya que Freud consideraba a esas investigaciones como uno de los aportes más originales que se habían hecho a la doctrina de los sueños. Así por ejemplo lo afirma en 1914, en su texto Introducción del narcisismo:

Sin duda será importante para nosotros poder discernir también en otros ámbitos los indicios de la actividad de esta instancia de observación crítica que se aguza en la conciencia moral y en la introspección filosófica. Aduzco aquí lo que Herbert Silberer ha descrito como el «fenómeno funcional» una de las pocas adiciones de indiscutible valor que se han hecho a la doctrina del sueño. Como es sabido, Silberer mostró que en estados intermedios entre el dormir y la vigilia es posible observar directamente la trasposición de pensamientos en imágenes visuales, pero que en esas condiciones no suele sobrevenir una figuración del contenido conceptual sino del estado (de buena predisposición, fatiga, etc.) en que se encuentra la persona que pugna por no dormirse. Análogamente, ha mostrado que muchas claves de los sueños y segmentos del contenido de estos no significan otra cosa que la autopercepción del dormir y el despertar. Ha puesto en descubierto, por tanto, la contribución de la observación de sí –en el sentido del delirio paranoico de observación– a la formación del sueño. Esta contribución es inconstante; probablemente yo la descuidé por el hecho de que en mis sueños no desempeña un gran papel; en personas dotadas para la filosofía, habituadas a la introspección, quizá sea muy nítida.[5]

El problema también atañe a la interpretación del sueño, que se va modificando a medida que la investigación sobre los procesos oníricos avanzaba: en 1917 Freud se ocupa de opinar sobre la idea de que los sueños admiten dos interpretaciones. En El complemento metapsicológico a la teoría de los sueños, en una nota al pie, lo dejará claro, pero volveremos sobre eso más adelante.[6]

No es difícil inferir que no solo el problema era la interpretación, sino también el lugar y función del símbolo en la teoría, lo que traería largas discusiones de Freud con varios de sus discípulos y fundamentalmente traería como consecuencia su ruptura con Jung y el alejamiento de este del círculo psicoanalítico.

El tema preocupará a Freud los siguientes años. Basta recordar que años más tarde, en su Conferencia XXIX escrita en 1932, ya elaborada su segunda tópica, Freud necesitará volver sobre los ejemplos de Silberer para retomar la discusión sobre el simbolismo:

H. Silberer [ 1909 y 1912] ha demostrado, en una serie de experimentos muy interesantes, que es posible sorprender al trabajo del sueño in fraganti, por así decir, cuando traspone pensamientos abstractos a imágenes visuales. Cuando en estados de fatiga y somnolencia quería forzarse a realizar un trabajo intelectual, a menudo el pensamiento se le escapaba, aflorando en su lugar una visión que evidentemente era su sustituto.

¿Qué son esos fenómenos funcionales y esas alucinaciones hipnagógicas, siendo fenómenos que se producen entre el sueño y la vigilia? ¿En qué momentos de su obra Freud se detuvo en ellos? ¿Qué influencia tuvieron en su obra los trabajos de Silberer sobre el tema?

El problema de los fenómenos funcionales no ha sido tratado en profundidad en el psicoanálisis después de Freud por ser un fenómeno que se suele considerar poco frecuente y de escaso valor clínico. Sin embargo, se deja de lado la función subjetiva que pueden cumplir y el valor indicativo del funcionamiento del aparato psíquico que su indagación nos aporta.

Antecedentes

El antecedente más importante que tenemos sobre el tema es el trabajo Le sommeil et les rêves de Alfred Maury de 1861, al que Freud remite en varias oportunidades en La interpretación de los sueños por motivos diversos. En el cuarto capítulo de su trabajo, que publicamos en esta edición, donde Maury despliega toda su indagación sobre las alucinaciones hipnagógicas, nos explica:

[1] Se trata de un fenómeno experimentado por un gran número de personas, del cual yo mismo soy sujeto, y que me parece capaz de arrojar luz sobre el modo de producción de los sueños; Me refiero a las alucinaciones que van precedidas del sueño o que acompañan el despertar. Estas imágenes, estas sensaciones fantásticas se producen en el momento en que nos gana el sueño o cuando todavía estamos imperfectamente despiertos. Constituyen un tipo distinto de alucinaciones a las que se les da el epíteto hipnagógico derivado de las dos palabras griegas ὕπνος, sueño, ἀγωγεύς, que trae, conductor; cuya unión indica el momento en que suele manifestarse la alucinación. Varios fisiólogos alemanes se han ocupado ya de este extraño fenómeno: J. Müller, Purkinje, Gruthuisen, Brandis, Burdach y un alienista francés, a quien debemos un excelente trabajo sobre las alucinaciones, el Sr. Baillarger, lo convirtió en tema de una Memoria especial; pero estos autores están lejos de haber agotado el material y, sobre todo, de haber comprendido suficientemente, en mi opinión, el vínculo que une las alucinaciones hipnagógicas con los sueños, por una parte, y con las alucinaciones de la locura, por otra. Para colmar este vacío, emprendí durante mucho tiempo una serie de observaciones sobre mí mismo, y completé estas observaciones con la ayuda de comunicaciones que tuvieron la amabilidad de proporcionarme personas expuestas al mismo fenómeno.[7]

Freud cita dos textos de Maury: Nouvelles observations sur les analogies des phénoménes du réve et de l’aliénation mentale [1853] y Le sommeil et les rêves [1878] en la Interpretación de los sueños [1900]. No me detendré en ellos ya que en el texto de Andrés Vargas que se encuentra en esta edición el lector encontrará detalles relevantes sobre el tema.[8]

Otra referencia importante, aunque Freud no la nombre en su obra publicada, es la del texto La inteligencia de Hippolyte Taine (1828-1893), publicado en 1870. En la carta del 13 de febrero de 1996, le dice a su amigo Fliess: “El libro de Taine L´intelligence me viene extraordinariamente bien. Las ideas más antiguas son justamente las más aprovechables”.[9]

H. Taine parte de una interesante premisa que seguramente influyó mucho en Freud, y que Lacan también retomará más tarde. Para él,

nuestra percepción exterior es un ensueño del interior que se halla en armonía con las cosas exteriores; y en vez de decir que la alucinación es una percepción exterior falsa, hay que decir que la percepción externa es una alucinación verdadera.[10]

Este filósofo francés toma los ejemplos de Maury para indagar el proceso por el cual una imagen se proyecta en el exterior, ya que dice que Maury ha sido el primero en mostrar el parentesco entre la sensación, el recuerdo, la imagen y la alucinación, porque nos dice que en ellos vemos

no sólo la imagen que se ha convertido en alucinación, sino que la vemos en camino de convertirse en tal. Podemos asistir a la retirada progresiva de la sensación que la contradecía, a la supresión de la rectificación que la declaraba interior y al aumento de la ilusión que nos hacía tomar el fantasma por un objeto real.[11]

A aquello que muestra Maury con sus ejemplos, H. Taine intenta encontrarle una explicación, y, en varias de sus ideas, Freud halló inspiración y confirmación de lo que venía pensando en torno a los procesos psíquicos en juego en el aparato psíquico tal como los iba entendiendo en sus investigaciones previas a la Interpretación de los sueños.

No puede separarse la investigación que hace Freud sobre los sueños de la que realiza sobre la alucinación, la fantasía y la realidad. Pero, fundamentalmente, vamos a encontrar una referencia a la alucinación cada vez que hable del sueño. En 1915, por ejemplo, dirá: “Por tanto, un sueño es también una proyección, una exteriorización de un proceso interior”,[12] idea que tiene la misma base que lo planteado por H. Taine[13], y que todavía conserva, en la época de la metapsicología, la propuesta de la proyección como mecanismo, que a Freud no terminaba de convencer (recordemos que iba a escribir un texto sobre el tema en esa época, que finalmente no se publicó, y ni siquiera sabemos si llegó a escribirlo). Freud necesita, entre otras cuestiones, resolver de qué se trata esa transformación de pensamientos a imagen, esa puesta en otro lugar propio del fenómeno, qué significa lo interno y lo externo respecto del aparato psíquico, pero también cómo es que existen símbolos habituales en los sueños, ya que es un problema inherente a la interpretación misma. Recordemos que el sueño le dio la base para el armado de su primera tópica, por lo que es preciso pensar si estos problemas determinarán, y si es así de qué modo y forma, el planteo de su segunda tópica, ligado a lo propuesto respecto a los sueños traumáticos y el peligro exterior en Más allá del principio de placer. El tema no es fácil, porque ¿qué implica que en la alucinación hipnagógica se figure no un pensamiento, o una representación reprimida, sino un proceso del aparato psíquico? Si tenemos en cuenta que en la Traumdeutung la interpretación debe apoyarse en la parte oscura del sueño, si además recordamos que Freud nos habla del ombligo del sueño, y que en su recorrido de investigación va en camino de plantearnos le existencia de un material inconsciente, no reconocido e imposible de reconocer[14] (en 1923), la pregunta es ineludible: ¿qué implicancias tiene esto para los fenómenos hipnagógicos? Por otro lado, podemos agregar otra pregunta: ¿qué tipo de estímulo está en juego en una alucinación hipnagógica?

Entre la vigilia y el sueño, entre el sueño y la vigilia, en esa franja, en ese umbral, en ese litoral, algo sin duda despierta, y Freud no podía desentenderse del problema. Además, porque ya sabía que, como diría Macedonio Fernández, no toda es vigilia la de los ojos abiertos…

En Freud antes de Silberer

Si bien Freud, antes de la publicación del texto de Silberer, no se ocupó del tema de las alucinaciones hipnagógicas en su obra publicada, podemos abordar el problema de encontrar algún antecedente tomando, por lo menos, un fragmento del asunto en cuestión. Tomaremos, entonces, un fragmento específico, ya que obviamente el tema podría ser abordado, por ejemplo, desde el estudio del sueño, las alucinaciones o la realidad.

EL 11 de abril de 1911, Freud le escribe una carta a Jung donde, haciendo referencia al texto de Silberer, le dice:

He leído ahora el trabajo de Silberer. No sé lo que ha sacado a Bleuler de sus casillas. Es una pieza fina y sensible de miniatura psicológica, por el estilo de anteriores trabajos que ya conocemos, tan modesto y lúcido como pueda serlo un trabajo sobre un tema de esta índole. He de decir que el fenómeno funcional me parece que está ahora demostrado con certeza y lo tendré en cuenta en adelante en la interpretación de los sueños. Esencialmente no es otra cosa que mi percepción endopsíquica. Soy decididamente partidario de la inclusión del trabajo.[15]

Freud y Jung discutían sobre la publicación de Simbolismo del despertar y simbolismo de umbral en general (1911). Pero lo que nos interesa es el comentario de Freud, que repetirá luego en otros lugares: el fenómeno refiere a una percepción endopsíquica. Veamos entonces qué decía Freud al respecto los años anteriores.

La primera referencia que podemos traer, no solo por la fecha, sino por lo sugerente, es la de la carta a Fliess del 12 de diciembre de 1897, donde le dice:

¿Puedes imaginarte lo que son «mitos endopsíquicos»? El más reciente engendro de mi trabajo de pensamiento. La oscura percepción interna del propio aparato psíquico incita a ilusiones de pensamiento que naturalmente son proyectadas hacia afuera y, de manera característica, al futuro y a un más allá. La inmortalidad, recompensa, todo el más allá son representaciones de nuestro interior psíquico. ¿Chifladuras? Psico-mitología.[16]

Claro que no eran chifladuras… Como dijimos antes, Freud desde antes del 1900 lleva la idea de pensamientos que se proyectan hacia afuera. Tenemos aquí el núcleo de las ideas que serán trabajadas los siguientes años, y tendrán un punto culminante en Tótem y Tabú, donde, al inicio del capítulo 3, dice:

La primera cosmovisión a que los hombres arribaron, la del animismo, era psicológica, no necesitaba de ciencia alguna como fundamento, pues la ciencia sólo nace cuando uno ha inteligido que no conoce al mundo y por eso tiene que buscar caminos para tomar conocimiento de él. Ahora bien, el animismo era para el hombre primitivo algo natural y evidente por sí [selbstgewiss]; sabía cómo son las cosas del mundo: son como el hombre se siente a sí mismo. Por eso estamos preparados para descubrir que el hombre primitivo trasladara al mundo exterior constelaciones estructurales de su propia psique, [Discernidas mediante una llamada «percepción endopsíquica] y por otra parte ello nos autoriza a intentar el retraslado al alma humana de aquello que el animismo enseña acerca de la naturaleza de las cosas.

A esto hay que sumarle el modo en que pensará los mitos y el lugar de esas representaciones (Darstellung) que son un símbolo de un contenido psíquico.

Las mismas ideas son desarrolladas en varias oportunidades, como por ejemplo en el capítulo 12 de Psicopatología de la vida cotidiana, en el Historial del Hombre de las Ratas, y en Los dos principios del funcionamiento psíquico.

Esta formulación de Freud es importante porque, como dejamos entrever cuando hablamos de H. Taine, no hay percepción pura, aunque sea endopsíquica. Freud lo formaliza mejor en el texto Lo Inconsciente, pero ya estaba desplegado en el Proyecto de psicología para neurólogos, tal como también lo lee Lacan en la cuarta clase de su Seminario 7, cuando afirma que lo que llega a la consciencia es retroactivamente percibido por medio de la representación-palabra.

Pero, para cuando escribe Totem y Tabú y Lo Inconsciente, la ruptura con Jung ya estaba en juego, es decir que son textos que Freud escribe también para dejar en claro su postura sobre la discusión respecto al simbolismo y las transformaciones de la libido.[17]

Para terminar, solo bastará recordarle al lector que este tema tendrá un lugar fundamental en el capítulo 2 de El yo y el ello[18], desde su inicio hasta la presentación de su famoso gráfico de la segunda tópica y el nacimiento del yo. La percepción endopsíquica, el narcisismo, el yo, el dolor, la idea de sí mismo, y el problema de la figurabilidad (o “representatividad”) son conceptos cuyo desarrollo en la obra de Freud tienen mucha complejidad, y que por supuesto merecen un estudio aparte. Solo queremos aquí plantear que dicho estudio no puede dejar de lado ese recorrido de lectura.

Por último, no podemos olvidar aquí una nota de trabajo de Freud, sin fecha precisa, pero posiblemente anterior al texto de Silberer, donde hace alusión a las alucinaciones hipnagógicas:

En Fanny alucin[aciones] hipnag[ógicas] en los últimos años de niña antes de dormirse: pequeñas manos infantiles que se volvían cada vez más grandes, cada falange en ellas tan gruesa, con el característico ruido que después reconoce como el que proviene de rechinar los dientes al dormir.[19]

Las notas de trabajo son aquellas que Freud realizaba y recopilaba, y que muchas veces introducía luego en su obra publicada. Aunque esta vez no encontramos en sus publicaciones alusión a ella, no deja de ser un signo de su interés por el tema.

Silberer

Herbert Silberer nació un 28 de febrero de 1882 en Viena; en sus años de juventud, presidió el Aeroclub vienés, siguiendo los pasos de su padre, quien fue considerado el fundador de la navegación aérea austríaca. A los 17 años, ya realizaba sus primeros viajes en globo, lo que lo llevó a escribir un libro sobre el tema.[20] Años después, se interesó por el psicoanálisis y comenzó a participar de las reuniones de los miércoles en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. En 1909 publicó en el Jahrbuch für Psychoanalytische und Psychopathologische Forschungen[21] su escrito “Informe sobre un método para provocar y observar ciertos fenómenos de alucinaciones simbólicas”, que tuvo una buena recepción por parte de Freud, así como su segundo escrito “Simbolismo del despertar y simbolismo de umbral en general”[22] de 1911, publicado en la misma revista.

Sobre su vida no hay mucha información, pero se sabe que tuvo un par de matrimonios desafortunados, y varias desavenencias con su padre por no continuar con lo que él había realizado. En enero de 1923, se suicida colgándose en el estudio de su casa paterna.

Es importante recordar que, a partir de 1914, se dedica a escribir sobre temas vinculados al simbolismo, la alquimia, el misticismo, lo que llevó a Freud a cortar relaciones con él, a lo que contribuyó además su acercamiento al grupo de Stekel, quien ya se había separado del grupo de Viena un tiempo antes.

EL 17 de abril de 1922, ante una solicitud de Siberer de visitarlo, Freud le responde por carta[23]:

Estimado señor:

   

Le ruego no realizar la visita a mí por usted pretendida. A consecuencia de las observaciones e impresiones de los últimos años, no conservo inclinación alguna en mantener una conversación personal con usted. Atentamente. Freud.

El lector no podrá dejar de preguntarse cómo pasó Freud de considerar interesantes los trabajos de Silberer, de los que llegó a decir que fueron la única contribución al estudio de los sueños desde que él había publicado la Traumdeutung, a escribir después esa categórica carta de respuesta en el año 1922.

Silberer, que pasa de elevarse por los aires con los globos en el aeroclub de Viena siguiendo los pasos de su padre a elevarse a la trascendencia de símbolos de validez universal para desentrañar el significado de los sueños, se termina suicidando algunos meses después de recibir la carta de Freud, colgándose de una ventana en la casa paterna.

Llegados hasta aquí, el lector se preguntará de qué trata el texto de Silberer. Dejemos que nos lo cuente Freud…

Las opiniones de Freud

El ya clásico texto La interpretación de los sueños, publicado en el inicio del siglo xx, tuvo varias reediciones estando en vida Freud, ya que, a medida que continuaba su investigación sobre el sueño, iba añadiendo material para completarlo.

En una nota agregada en 1911 al primer capítulo, nos dice que Silberer ha demostrado con bellos ejemplos cómo, en estado de somnolencia, los pensamientos se transmutan en imágenes que pretenden expresar lo mismo. Pero, en el capítulo 6, donde trabaja la consideración por la figurabilidad (o representatividad), se toma el trabajo de explayarse sobre el texto que Silberer publica en 1909. Recordemos que, como dijimos anteriormente, para Freud era una de las pocas contribuciones originales que se habían hecho sobre el tema desde su publicación en 1900.

Explica Freud:

Herbert Silberer (1909) indicó un buen camino para observar directamente esa trasposición de los pensamientos en imágenes que se produce durante la formación del sueño y, así, para estudiar aislado este aspecto particular del trabajo del sueño. En estado de fatiga y somnolencia, Silberer se imponía un esfuerzo intelectual; solía suceder entonces que el pensamiento se le escapaba y en su lugar aparecía una imagen en que podía individualizar el sustituto de aquel. Silberer llama a este sustituto, no del todo adecuadamente, «autosimbólico». Reproduzco aquí algunos ejemplos del trabajo de Silberer, que volveré a considerar en otro lugar a causa de ciertas propiedades que presentan los fenómenos por él observados:

«”Ejemplo nº 1: Pienso en que me dedico a mejorar, en un ensayo, un pasaje complicado.

»”Símbolo: Me veo cepillando un trozo de madera”.

»”Ejemplo nº 5: Procuro hacerme presente el fin de ciertos estudios metafísicos que ahora me propongo realizar. Ese fin consiste, según entonces pienso, en alcanzar trabajosamente, a la busca de los fundamentos de la existencia, formas de conciencia o estratos existenciales cada vez más elevados.

»”Símbolo: Introduzco un largo cuchillo debajo de una tarta, como si quisiese tomar un trozo.

»”Interpretación: Mi movimiento con el cuchillo significa el `alcanzar trabajosamente’ en cuestión. […]. He aquí la explicación del fundamento de ese símbolo: algunas veces me toca, estando a la mesa, dividir y servir una tarta, tarea para la cual utilizo un cuchillo grande y largo, lo cual exige alguna precaución. En particular, retirar limpiamente de la tarta los trozos ya contados ofrece ciertas dificultades: el cuchillo debe deslizarse cuidadosamente debajo de los trozos correspondientes (el largo ‘alcanzar trabajosamente’ para llegar a los fundamentos). Pero la imagen contiene otros simbolismos. La tarta del símbolo era hojaldrada, y por lo tanto el cuchillo debía atravesar diferentes estratos para cortarla (los estratos de la conciencia y del pensamiento)”.

»”Ejemplo nº 9: Pierdo el hilo de mis pensamientos. Me esfuerzo por reencontrarlo, pero debo reconocer que se me ha escapado por completo.

»”Símbolo: Un trozo de composición tipográfica cuyas últimas líneas faltan”».[24]

Freud reconoce que Silberer descubre que puede, con sus experiencias hipnagógicas, mostrar que el sueño puede reproducir no solo los pensamientos oníricos latentes (base fundamental del descubrimiento freudiano), sino también los procesos psíquicos que se producen durante la formación del sueño, y que nombró como “fenómenos funcionales”.

Así entonces continúa en el punto I del mismo capítulo 6, donde Freud trata sobre la elaboración secundaria:

Luego de esta apreciación de la elaboración secundaria, pasaré a considerar un nuevo elemento que contribuye al trabajo del sueño, señalado por las finas observaciones de H. Silberer. Como ya mencioné en otro lugar (cf. págs. 350-1), Silberer ha sorprendido por así decir en flagrante la trasposición de los pensamientos en imágenes, forzándose a desarrollar una actividad mental en estados de fatiga y somnolencia. En tales circunstancias ese pensamiento así elaborado se le escapaba, y en su lugar se instalaba una visión que resultaba ser el sustituto de ese pensamiento las más de las veces abstracto. (Véanse los ejemplos de las páginas citadas.) Ahora bien, en estos experimentos sucedía que la imagen emergente, equiparable a un elemento onírico, figuraba algo diverso del pensamiento en espera de elaboración, a saber: la fatiga misma, la dificultad o el displacer frente a ese trabajo; por tanto, el estado subjetivo y el modo de funcionamiento de la persona que se afana, en lugar del objeto de su empeño. Silberer llamó a este caso, que a él le sobrevenía con mucha frecuencia, el «fenómeno funcional», por contraste con el «fenómeno material» que sería de esperar. Por ejemplo:
«Después de almorzar estoy echado, en extremo somnoliento, en mi sofá, pero me fuerzo a reflexionar sobre un problema filosófico. Procuro comparar las opiniones de Kant acerca del tiempo con las de Schopenhauer. No logro, por mi estado de somnolencia, retener una junto a la otra las dos líneas de pensamiento, lo cual es indispensable para la comparación. Después de muchos intentos vanos, me grabo otra vez con toda la fuerza de mi voluntad la deducción de Kant, a fin de aplicarla después al planteo de Schopenhauer. Acto seguido dirijo toda mi atención a este último; y ahora, cuando quiero volver a Kant, encuentro que se me ha escapado de nuevo, y en vano me empeño por recobrarlo. Este vano empeño por reencontrar ahora los legajos de Kant, traspapelados en algún lugar de mi mente, me es figurado de pronto, teniendo yo cerrados los ojos, como símbolo plástico-intuible, semejante a una imagen onírica: Pido una información a un secretario gruñón que, inclinado sobre un escritorio, hace oídos sordos a mi insistencia. Incorporándose a medias, me mira enfadado y me la rehúsa» (Silberer, 1909).[25]

Lo interesante es que esta referencia que Freud hace de los textos de Silberer ya data de 1914, mismo año en que, en otro párrafo del capítulo 5, Freud advertía que Silberer no se daba cuenta de que los procesos psíquicos que se producen durante la formación del sueño son un material como cualquier otro. Es importante la aclaración, porque algo ya había cambiado respecto a la valoración de Freud, que, si bien ya sabía que se trataba de percepciones endopsíquicas, se percataba de que el problema dentro de la teoría y el movimiento psicoanalítico se tornaba más complejo. Por eso, continúa diciendo en esas mismas páginas sobre la elaboración secundaria en 1914:

El «fenómeno funcional», la «figuración del mundo de los estados en vez del mundo de las cosas», fue observado por Silberer en lo esencial bajo las dos condiciones del adormecerse y del recobrar el sentido. Es fácil comprender que respecto de la interpretación de los sueños sólo interesa el segundo caso: Silberer ha mostrado con buenos ejemplos que los fragmentos finales del contenido manifiesto de muchos sueños a los que sigue inmediatamente el despertar no figuran sino el designio o el proceso del despertar mismo. Sirven a este propósito: atravesar un umbral («simbolismo del umbral»), abandonar una habitación para entrar en otra partir, volver a casa, separarse de un acompañante, zambullirse en el agua, etc. En todo caso, no puedo dejar de observar que en mis propios sueños y en los de las personas analizadas por mí he hallado elementos referibles al simbolismo del umbral con frecuencia muchísimo menor que la esperable según las comunicaciones de Silberer.

En modo alguno es inconcebible o inverosímil que este simbolismo del umbral pueda tener valor esclarecedor respecto de muchos elementos en medio de la trama de un sueño, por ejemplo en lugares en que están en juego oscilaciones en la profundidad del dormir y la tendencia a interrumpir el sueño. Empero, todavía no se han aportado ejemplos ciertos de este hecho. Con mayor frecuencia parece presentarse el caso de la sobredeterminación, a saber, que un pasaje del sueño que recibe su contenido material de la ensambladura de los pensamientos oníricos sea usado además para figurar algo atinente al estado de la actividad anímica.

El muy interesante fenómeno funcional de Silberer ha dado lugar a muchos abusos (aunque de esto no tiene la culpa su descubridor), pues la vieja tendencia a la interpretación simbólica y abstracta de los sueños halló apuntalamiento en él. La primacía otorgada a la «categoría funcional” llega en muchos tan lejos, que hablan de fenómeno funcional dondequiera que en el contenido de los pensamientos oníricos aparezcan actividades intelectuales o procesos afectivos, cuando en verdad este material no tiene ni más ni menos derecho que otros a entrar en el sueño en calidad de resto diurno.

Admitimos que los fenómenos de Silberer configuran una segunda contribución a la formación del sueño de parte del pensamiento de vigilia, si bien menos constante y menos importante que la primera, introducida bajo el nombre de «elaboración secundaria». Había quedado demostrado que una parte de la atención activa durante el día permanece volcada también al sueño en el estado del dormir, lo controla, lo critica y se reserva el poder de interrumpirlo. Ello nos sugirió reconocer en esa instancia anímica que se mantiene despierta desde la vigilia al censor, que ejerce una influencia restrictiva tan fuerte sobre la plasmación del sueño. Lo que agregan las observaciones de Silberer es el hecho de que en ciertas circunstancias está activa también una suerte de observación de sí que brinda su contribución al contenido del sueño. Acerca de las relaciones probables entre esta instancia de observación de sí, quizá particularmente activa en mentes filosóficas, y la percepción endopsíquica, el delirio de ser notado, la conciencia moral y el censor del sueño convendrá ocuparse en otro sitio.[26]

Freud se refiere aquí a ambos textos de Silberer, y plantea dos cuestiones a tener en cuenta. Por un lado, lo referente a las consecuencias dentro del universo psicoanalítico, donde se produjeron abusos respecto al uso de las interpretaciones simbólicas. Por otro lado, una sutil convalidación del fenómeno funcional, pero dejándolo del lado de la elaboración secundaria.

Comencemos por esto último. Freud “admite” que el fenómeno funcional es una contribución a la formación del sueño de parte del pensamiento de vigilia, o más específicamente, de la elaboración secundaria. Ya había demostrado, agrega, que una parte de la atención (habla del mecanismo de atención) se vuelca al sueño en el estado de dormir. Este no es un dato menor, porque el mecanismo de atención está ligado a la percepción. ¿Qué es la elaboración secundaria? En principio, es el cuarto de los factores formativos del sueño[27], que busca configurar, con el material que se le ofrece, “algo semejante a un sueño diurno”[28]. La elaboración secundaria está ligada a la instancia censuradora, donde no solo restringe y busca omitir elementos del sueño, sino que también permite intercalaciones y acrecentamientos de este, incluso es aquella que, llegado el caso, permite decir “Esto no es más que un sueño”. Es una función psíquica que sirve al enlace de los fragmentos del sueño, les pretende dar coherencia y armarles una fachada comprensible. Se empeña en que el sueño pierda su carácter absurdo e incoherente para aproximarlo a una vivencia comprensible. Freud no deja de comparar ese trabajo al de los filósofos: con retazos y harapos se tapan las lagunas en la construcción del sueño.

Freud lo resume con claridad:

Esta función psíquica que emprende la llamada elaboración secundaría del contenido onírico parece idéntica al pensamiento de vigilia. Es lo que resulta, con mucha probabilidad, de la siguiente consideración: Nuestro pensamiento despierto (preconsciente) se comporta hacia un material perceptivo cualquiera de idéntico modo que lo hace esta función hacia el contenido onírico. Le compete, desde luego, poner orden en ese material, establecer relaciones y adecuarlo a la expectativa de una trama inteligible. Más bien nos excedemos en ello; los trucos del prestidigitador nos engañan porque se apoyan en este hábito intelectual nuestro. En el afán de componer de manera inteligible las impresiones sensoriales que se nos ofrecen, a menudo incurrimos en los más extraños errores o aun falseamos la verdad del material que nos es presentado.[29]

Aquí es donde entra en juego aquella función del yo, que, como un prestidigitador, intenta imponer un sentido sobre aquello que se presenta en modo fragmentario. Recordemos que Freud, en 1914, está escribiendo sobre el narcisismo, aunque todavía le cuesta encontrar el lugar y la función del yo dentro del psiquismo, y será recién en El yo y el ello donde podrá replantear qué es el Yo. El sueño, nos recuerda Freud, es egoísta, y todo sueño trata sobre la persona que sueña; los personajes del sueño siempre tienen algo en común con el soñante, algo común oculto que debe desentrañarse, pero, al mismo tiempo que el yo aparezca en un sueño varias veces, nos habla fundamentalmente de su fragmentación originaria, aquella que la elaboración secundaria intenta componer, unir, aunque esa siempre sea, en definitiva, una tarea imposible. Con la elaboración secundaria, siempre se busca alcanzar un nuevo sentido, tal como lo puede mostrar el delirio, porque siempre de fondo, al acecho, se encuentran los desgarrones en las ensambladuras y en los intentos de coherencia e inteligibilidad. Lo explica bien Lacan, cuando afirma:

Y no hay que equivocarse aquí. La importancia concedida por Freud al fenómeno funcional lo es a título de la elaboración secundaria del sueño, lo cual para nosotros es como decirlo todo, puesto que la define expresamente por el emborronamiento de la cifra del sueño operado por medio de un camuflaje no menos expresamente designado como imaginario.[30]

Freud nos agrega, además, en el párrafo antes citado del punto I de La Interpretación de los sueños, que lo que también está en juego es una instancia crítica y controladora, tal como lo expone en Introducción al narcisismo, cuando dice que Silberer ha puesto en descubierto la contribución de la observación de sí –en el sentido del delirio paranoico de observación– a la formación del sueño, y que continúa en su texto de 1919 Pegan a un niño:

¿De dónde viene la conciencia de culpa misma? Tampoco aquí los análisis nos dan respuesta alguna. Pareciera que la nueva fase en que ingresa el niño la llevara consigo y, toda vez que perdura a partir de ese momento, correspondiera a una formación cicatricial como lo es el sentimiento de inferioridad. Según la todavía incierta orientación que hemos logrado hasta ahora respecto de la estructura del yo, la atribuiríamos a aquella instancia que se contrapone al resto del yo como conciencia moral crítica, que en el sueño produce el fenómeno funcional de Silberer [1910] y se desase del yo en el delirio de ser notado.[31]

Freud está en los albores del planteamiento de su segunda tópica y la introducción del superyó en la teoría, y aquí tenemos uno de sus gérmenes. Por eso siempre es importante estar atentos a saber en qué momentos se producen los planteos de Freud, para entender el momento en que está su elaboración teórica. A Freud todavía le hace falta investigar más sobre las identificaciones, el complejo de Edipo y la castración, y rever el dualismo pulsional para plantear la función del superyó, pero, justamente respecto de esa función misma, la percepción endopsíquica, el delirio de observación, la paranoia, y el sentimiento de culpa le dan la orientación.

Vayamos ahora al otro punto en cuestión que dejamos en suspenso, el de los abusos en la interpretación de los que Freud nos alerta.

El problema es claro: si se podían figurar procesos psíquicos, los sueños podían tener otra interpretación. Es necesario volver a citar entonces la nota al pie de ese extraordinario texto de 1917 que es Complemento metapsicológico a la teoría de los sueños, donde dijimos que Freud plantea:

Al miramiento por la figurabilidad adscribo también el hecho, destacado por Silberer [1914] y quizá sobrestimado por él, de que muchos sueños admiten dos interpretaciones simultáneamente válidas y, no obstante, de diferente naturaleza. Silberer llama a la una analítica y a la otra anagógica. En todos los casos se trata de pensamientos de índole muy abstracta, que por fuerza ofrecieron grandes dificultades para su figuración en el sueño. A modo de comparación, considérese la tarea que importaría sustituir el artículo editorial de una gaceta política por ilustraciones. En tales circunstancias, el trabajo del sueño tiene que sustituir primero el texto de pensamientos abstractos por uno más concreto, enlazado con aquel de algún modo por comparación, simbolismo, alusión alegórica y, en el mejor de los casos, genéticamente. Sólo después puede usar este último, en remplazo de aquel, como material del trabajo del sueño. Los pensamientos abstractos producen la interpretación llamada anagógica, que en el trabajo interpretativo colegimos con mayor facilidad que la genuinamente analítica. Según una acertada observación de Otto Rank, ciertos «sueños sobre la cura» de pacientes bajo tratamiento analítico son los mejores modelos para entender esos sueños de interpretación múltiple.[32]

La propuesta que se realiza en esos convulsionados años de que exista otro modo de interpretación posible de los sueños se enmarca también en la discusión que Freud tiene con Jung y la ruptura que se produce con la escuela suiza y con Stekel, quien era uno de los discípulos que más se ocupaba del problema del simbolismo en el sueño y encuentra en Silberer un apoyo a su forma de interpretar utilizando el simbolismo.

Jung intentaba por esos años, a partir de sus estudios sobre la demencia precoz,

sustituir el concepto descriptivo de libido por otro genético, el cual comprende, aparte de la libido sexual actual, aquellas otras formas de libido que están destacadas de antiguo en funciones firmemente organizadas. Aquí resulta inevitable una pequeña dosis de biología.[33]

Esto llevaría a un conflicto con Freud, ya que ampliaba el concepto de “libido” hacia fronteras alejadas de lo sexual, y modificaba su lectura de la función del incesto y del Edipo y de la etiología de la neurosis. Pero también respecto a la teoría de los sueños, tal como el mismo Jung se lo hace saber a Freud en una carta de 1913, cuando le dice que la teoría del sueño como cumplimiento de un deseo le parece aceptable pero superficial, y que él pretende ir más allá de esa teoría.[34]

Silberer se sentía cada vez más cómodo con las ideas de Stekel y Jung que con las de Freud. Esas interpretaciones exigían conducir al paciente a supuestos grados superiores de síntesis en el hojaldre[35] de su personalidad. Ahora bien, como ya dijimos, y es necesario repetir, esto deja escapar le estructura misma de la subjetividad, en el punto en donde se borra la desgarradura originaria del sujeto. Pero, además, con la interpretación anagógica, se produce un corrimiento desde lo sexual hacia lo metafísico que para Freud es inaceptable. En definitiva, este es realmente el fondo de la cuestión, ya que nunca en torno al tema de las alucinaciones hipnagógicas el problema se plantea en términos de psicopatología, enfermedad o como si fuera un fenómeno clínico referido a la psicosis. En una nota agregada en 1919 a la Interpretación de los sueños, lo aclara:

Por otra parte, no puedo refrendar la tesis que H. Silberer fue el primero en sostener, según la cual todo sueño –o al menos muchos sueños y ciertos grupos de ellos– reclama dos interpretaciones diferentes, que incluso mantendrían entre sí una relación fija. Una de estas interpretaciones, la que Silberer llama psicoanalítica, atribuye al sueño un sentido cualquiera, la mayoría de las veces infantil-sexual; la otra, más importante y que él llama anagógica, enseña los pensamientos más serios, a menudo profundos, que el trabajo del sueño tomó como material. Silberer no demostró esta tesis comunicando una serie de sueños que él hubiera analizado en esas dos direcciones. Debo replicar que no hay tal hecho. Es que la mayoría de los sueños no demandan sobreinterpretación y, en particular, son insusceptibles de interpretación anagógica. En la teoría de Silberer, no menos que en otros empeños teóricos de años recientes, hay una inequívoca tendencia a velar las condiciones básicas de la formación del sueño y a desviar el interés de sus raíces pulsionales. Para una cantidad de casos pude corroborar las indicaciones de Silberer; el análisis me mostró entonces que el trabajo del sueño había emprendido la tarea de mudar en un sueño, tomándolos de la vida de vigilia, una serie de pensamientos muy abstractos e insusceptibles de figuración directa, y procuró solucionar esa tarea apoderándose de algún otro material de pensamiento que mantenía una relación laxa (que a menudo ha de llamarse alegórica) con aquel pensamiento abstracto, y que ofrecía menores dificultades a la figuración. La interpretación abstracta de un sueño así nacido es dada directamente por el soñante; la interpretación correcta del material deslizado debajo tiene que buscarse con los medios técnicos que nos son conocidos.[36]

Freud sabía que el psicoanálisis estaba en un momento álgido, los años pasaban y el número de discípulos que querían marcar discrepancias crecía, al mismo tiempo que todavía quedaba mucho por pensar de la clínica y la teoría. Sin embargo, Freud nunca dejó de publicar sus opiniones cada vez que el tema lo ameritaba. Así, ya en 1914, en el texto Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, se expresa en forma muy drástica sobre estas circunstancias:

Quiero establecer un símil y suponer que en cierta sociedad vive un advenedizo que dice pertenecer a una familia de antiguo abolengo, pero de otras tierras, y se alaba de su linaje. Le demuestran que sus padres viven en algún lugar de la vecindad y son gentes muy modestas. Ahora le queda todavía un subterfugio, y echa mano de el. Ya no puede desmentir su origen, pero asevera que sus padres son de encumbrada nobleza, sólo que venida a menos, y hace que algún funcionario condescendiente les extienda el título de su alcurnia. Pienso que de manera semejante se vieron obligados a comportarse los suizos. Si no era permitido sexualizar la ética y la religión, sino qué ellas desde el comienzo eran algo «más elevado», pero al mismo tiempo parecía incontrastable que sus representaciones provenían del complejo familiar y del complejo de Edipo, no quedaba sino una sola explicación: estos complejos a su vez, desde el comienzo, no podían significar lo que parecían enunciar; poseían ese otro sentido «anagógico» (según la terminología de Silberer), más elevado, gracias al cual admitieron que se los aplicara a las ilaciones de pensamientos abstractos de la ética y de la mística religiosa.[37]

Freud no se equivocaba, en el año 1914, Silberer publicaba, por ejemplo, dos libros titulados Probleme der Mystik und ihrer Symbolik (Problemas del misticismo y su simbolismo) y Mystik und Okkultismus (Mistica y ocultismo). Los títulos lo dicen todo, para Freud no quedaba más camino que el apartamiento y la defensa de sus ideas. En su opinión, su descubrimiento respecto a los sueños había arrancado a este de las tierras de la superstición y la mística, y no estaba dispuesto a una regresión teórica. Lo anagógico refiere a una hermenéutica de sentido místico, que implica una lectura moral y religiosa, lo que está en las antípodas de lo que pretendía Freud. Como él mismo afirma en El malestar en la cultura, son caminos que muchas veces persigue el yo para escapar del peligro de las exigencias del mundo exterior.

Pero lo más importante es que ese modo de lectura anagógico de los sueños tiene otra consecuencia respecto a la orientación clínica, ya que esa orientación, a la que burlonamente Freud adscribe a los filósofos, deja de lado al cuerpo. Lo deja de lado, en principio, cuando resta importancia a la sexualidad infantil y desexualiza la libido. Pero también por algo mucho más sutil, que Freud se encarga de aclarar en 1914, en medio de estas disputas y desvíos. En ese año, en su texto Totem y tabú, en el capítulo “Animismo, magia y omnipotencia del pensamiento”, le dedica unos renglones al problema de la acción simbólica y la alucinación. Dijimos antes que la investigación de Freud sobre los sueños siempre va a la par de la que realiza con respecto a la alucinación, la fantasía y la realidad. Dijimos también que no pueden pensarse unas sin las otras. Freud en ese texto vuelve con su antigua hipótesis: al comienzo el niño satisface sus deseos por vía de la alucinación, estableciendo la situación satisfactoria mediante sus órganos sensoriales. Luego será el juego el que tome el relevo de la satisfacción alucinatoria, sensorial. Y el deseo se va desplazando hacia la acción motriz. Recordemos que en el sueño el polo motor, lógicamente, está inhibido. Pero el sujeto hablante requiere que la acción motriz, o, más específicamente, la acción simbólica, venga al lugar de aquel modo de satisfacción primordial, aunque luego el recurso a la alucinación sea reemplazado por la fantasía. Cuando Freud nos habla de la acción motriz, nos habla del cuerpo. Dejar de lado este detalle le permite a Silberer orientar el camino hacia la búsqueda de la elaboración de sistemas cada vez “más elevados espiritualmente” construidos de símbolos que el analista interpreta. Sistemas de pensamiento cada vez más alejados del cuerpo sexuado, y de todo aquello que lo perturbe y altere. La lógica de Freud es muy estricta, esos sistemas llevan a la omnipotencia del pensamiento y al predominio de las acciones mágicas como modo de solución ante lo perturbador que puede ser el deseo.

Tampoco hay que olvidar que el problema de los símbolos en los sueños ocupó a Freud desde La interpretación de los sueños, cuando abordó los sueños típicos. Justamente en el año 1914, agrega a la edición de la Traumdeutung los párrafos dedicados a la representación por medio de símbolos de los que el sueño se sirve para disfrazar los pensamientos latentes. Freud se encontraba con la dificultad de que esos sueños requerían una técnica combinada en donde, por un lado, se pedía asociaciones al paciente y, por otro, se requería la comprensión por parte del analista de ciertos símbolos en juego. Siempre eso pone en juego el recaudo de no caer en la arbitrariedad por parte del intérprete, por lo que este debe estudiar cuidadosamente símbolos típicos que aparecen en los soñantes. El riesgo, Freud se daba cuenta, era la regresión teórica, es decir, volver a la sugestión, dejando el saber del lado del analista, quien sería así el que decodifica el símbolo, revelando una verdad que solo él conoce y puede transmitir, figura de un Otro consistente semejante a la de un Dios. Además, como afirma Lacan, el otro riesgo es encaminarse a reducir al psicoanálisis a una hermenéutica[38], lo que en esa época, y en todas, resulta muy secutor.

Este es un simbolismo, aclara Freud, que no pertenece al sueño, sino al representar inconsciente, y lo hallamos en el folclore, los mitos, las sagas, los giros idiomáticos, en la sabiduría popular y en los chistes. Freud lo ligará a un modo de expresión antiguo, lo que llama la “herencia arcaica”,[39] que el sujeto trae consigo y que constituye el núcleo del inconsciente, según afirma Freud en esa época. En la X Conferencia (1917) dedicada al tema, llamará “simbólica” a la relación entre un elemento onírico y su traducción, y al elemento onírico mismo, un símbolo del pensamiento onírico inconsciente. Y concluirá que, en definitiva, el simbolismo es, junto a la censura onírica, un segundo factor de la desfiguración del sueño, pero un factor autónomo. Además, lo lleva a considerar que el psicoanálisis había reconocido tendencias inconscientes (unbewuβte Strebungen), pero ahora también debe contemplar algo más: conocimientos, conexiones conceptuales, comparaciones. Freud no elude el problema que la clínica le plantea: si existe una “traducción constante”, ¿qué nos dice eso sobre lo inconsciente? Freud no elude el tema porque la misma lógica ya la había utilizado en su texto “Lo inconsciente”, cuando se preguntaba si el estudio de la psicosis le permitirá discernir lo enigmático del inconsciente.

Varios años después explica bien su parecer en Análisis finito e infinito:

Cuando hablamos de «herencia arcaica», solemos pensar únicamente en el ello y al parecer suponemos que un yo no está todavía presente al comienzo de la vida singular. Pero no descuidemos que ello y yo originariamente son uno, y no significa ninguna sobrestimación mística de la herencia considerar verosímil que el yo todavía no existente tenga ya establecidas las orientaciones del desarrollo, las tendencias y reacciones que sacara a la luz más tarde. Las particularidades psicológicas de familias, razas y naciones, incluso en su conducta frente al análisis, no admiten ninguna otra explicación. Más aún: la experiencia analítica nos ha impuesto la convicción de que incluso ciertos contenidos psíquicos como el simbolismo no poseen otra fuente que la trasferencia heredada, y diversas indagaciones de la psicología de los pueblos nos sugieren presuponer en la herencia arcaica todavía otros precipitados igualmente especializados, del desarrollo de la humanidad temprana.[40]

Por supuesto que también estaba la discusión sobre la ontogénesis del simbolismo, tema del cual Sandor Ferenczi nos dejó un interesante trabajo en el año 1913.[41] Este analista, uno de los más importantes discípulos de Freud, planteará en su texto que la principal condición para la formación de símbolos reales no es de carácter intelectual, sino afectivo, lo que permite distinguir al símbolo de otros productos psíquicos como la metáfora, la comparación, la alegoría, etc. El símbolo, según plantea Ferenczi, requiere que una de las partes que lo constituyen esté reprimida. Por ejemplo: en su origen, el pene y el árbol eran iguales conscientemente, pero sólo por la represión del interés por el pene, el árbol es investido de un interés aparentemente inexplicable, y se convierte en símbolo del órgano sexual.

Freud también reconocerá la importancia del estudio de O. Rank y H. Sachs llamado La importancia del psicoanálisis para las ciencias del espíritu (1913) y el de Ernest Jones titulado Sobre la teoría del simbolismo (1916), del cual Lacan realizará varios comentarios en su obra. Uno de esos comentarios el psicoanalista francés lo formula en su escrito En memoria de Ernest Jones: sobre la teoría del simbolismo, y nos brinda un excelente ejemplo del problema en cuestión. Dice Lacan, tomando un ejemplo de Jones, que la serpiente no es un símbolo de la libido, sino del falo. Desarrollando esta lógica, dice Lacan, es como Jones se aleja del misticismo. El símbolo se desplaza de una idea más concreta a una más abstracta, con la que se relaciona secundariamente. Lacan lo ejemplifica con Anna O.: esa serpiente es símbolo del falo, y eso es más fácil de determinar que a quién pertenece ese falo….

El símbolo de la serpiente lo sugerimos de entrada en la modulación misma de la frase en que evocamos el fantasma por el que Anna O… cae en el sueño en los Estudios sobre la histeria, esa serpiente que no es un símbolo de la libido por supuesto, como tampoco de la redención lo es la serpiente de bronce, esa serpiente no es tampoco como lo profesa Jones el símbolo del pene, sino del lugar donde falta.[42]

Los años siguientes, no por casualidad, encontrarán a Freud ahondando en la investigación clínica del fetichismo, que había “comenzado” con una conferencia en la Sociedad psicoanalítica de Viena en 1909[43], el mismo año en donde se publica el primer texto de Silberer sobre las alucinaciones hipnagógicas. El fetiche es símbolo, monumento, que representa al falo como ausente, como consecuencia del encuentro con la castración del Otro; y esta indagación le permitirá a Freud dar un giro respecto a cómo pensar la escisión del yo y el proceso de defensa. Porque eso es lo que guiaba a Freud: la escisión, la desgarradura, la parte oscura del sueño, la pérdida, la falta. Un símbolo como el fetiche siempre mostrará dos caras, aquella que desmiente la castración y aquella que la reconoce. Por lo que no es difícil pensar que de ahí se desprenden dos modos de orientar la indagación clínica, y por supuesto, dos modos de interpretar, uno anagógico y uno psicoanalítico. En definitiva, dos orientaciones muy distintas.

Epílogo

Años después, cuando ya habían quedado atrás las disputas con Jung y el entusiasmo por los escritos de Silberer sobre el simbolismo del umbral, el 8 de septiembre de 1930, Freud recibe una carta del escritor Arnold Zweig, con quien mantenía una relación epistolar desde hacía pocos años atrás y con quien además intercambiaba publicaciones. Zweig, en esos años, se encontraba sufriendo algunos inconvenientes en sus ojos que lo llevaban a realizar diversas consultas médicas. En la carta mencionada, le cuenta a Freud que su ojo derecho le está trayendo algunos peculiares problemas, debido a que una ampolla de líquido en la retina se proyecta hacia el mundo exterior como a través de una cámara, de modo que, en el centro del campo visual, se le aparece una gelatina turbia, redonda, apenas transparente, rodeada de un borde oscuro que actúa como marco y que circunda la zona en la que dicha ampolla se apoya en la retina. Ocurre que sobre ella se le aparecen máscaras, que cambian con el ritmo de las pulsaciones, se transforman, y figuran un hombre bigotudo en infinitas variaciones. Al principio eran judíos, luego pasaron a ser caras putrefactas, cabezas de muertos, otras veces eran hombres con barbas puntiagudas con antiguas vestimentas. Una vez, también un rostro femenino. Como el fenómeno lo inquieta, pero además lo intriga, no retrocede en la búsqueda de explicación, y en circunstancias de realizar en esos tiempos un breve viaje, se encuentra como compañero a un reconocido neurólogo a quien le consulta por lo que le ocurre. El médico le dice que es muy posible que Zweig haya visto esas imágenes alguna vez y que ahora las espera con regularidad, de modo que colabora con su creación. Pero el fenómeno insiste y Zweig le dice a Freud que incluso tiene la persistencia de una alucinación, solo que es mucho más débil y se limita a mostrar un rostro masculino. Pero también ensaya una explicación: dice que en sus dos terceras partes se trata del hombre de la Luna:[44] las gotas de líquido de la retina transmiten estímulos a las ramificaciones del nervio óptico, a los que este responde con luz y sombra. Agrega que la fantasía humana ve imágenes en todas partes: en las montañas o en las nubes, vemos formas y rostros, etc. Su fantasía, afirma, ha creado esas imágenes respondiendo a los acontecimientos de la vida intelectual reciente que lo ocupan. Por ejemplo, esos días leyó un libro que transcurre en un lugar de China, y la máscara le traía siempre la imagen de un hombre chino. Toda esta explicación requiere, según Zweig, de ese otro tercio que falta: detrás de esas caras muertas siempre cambiantes, se esconden sentimientos de culpa respecto a su padre y a su suegro. Así completada la explicación, le dirige esta carta a Freud, casi como demandándole una opinión respecto a lo que le sucede y a su propia interpretación del fenómeno.

La contestación de Freud no se hace esperar, y dos días después le envía una respuesta sencilla pero a la vez extraordinaria, que vale la pena reproducir aquí:

Al doctor Sch. Solamente lo conozco de nombre. Sé que pertenece a la escuela de Wagner-Jaureggs[45] y no estoy para nada enojado porque usted haya experimentado con él un ejemplo de la sagacidad clínica oficial. En oposición a él, considero correcta su propia explicación nada doctoral, en todos sus tres tercios. La indeterminación de las impresiones sensibles estimula la propensión central a las ilusiones, cuyo desarrollo es completado después por la fantasía inconsciente; esta situación parece ser similar al llamado crystal-gazing[46], sobre el que Silberer publicó observaciones muy peculiares en uno de los primeros ejemplares de nuestra revista. Lamento estar ahora lejos de mi biblioteca. […]. Su experimento con los chinos es, sin duda, de una fuerza probatoria decisiva, y su sospecha acerca de viejos hombres de su familia me resulta bastante verosímil, es de suponer que la fuerza motriz está dada aquí por sus propios temores de muerte. Es probable que cualquier día esos fenómenos hayan desaparecido; si no fuera tan penoso sería una óptima ocasión para el autoanálisis. A través del hueco de su retina se podría ver muy bien en el fondo de su inconsciente.[47]

¿Será ese finalmente el lugar que tenían en las opiniones de Freud las experiencias con las alucinaciones hipnagógicas de Silberer? El recorrido de lectura que se realizó en este trabajo pretende brindar al lector una base para poder realizar sus propias lecturas y sacar las conclusiones necesarias que le permitan, entre otras cosas, responder esta pregunta.

A continuación, también encontrará los dos textos más importantes de Silberer en edición bilingüe, que seguramente despertarán su interés: Informe sobre un método para provocar y observar ciertos fenómenos de alucinaciones simbólicas (1909) y Simbolismo del despertar y simbolismo de umbral en general (1911).

Indagar y vislumbrar los desarrollos teóricos y clínicos de Freud implica, entre otras cosas, comprender que el estudio de la alucinación, la fantasía, la realidad y los sueños fue siempre para él un eje fundamental en su propósito de entender algún fragmento de la condición humana, y este estudio preliminar, a su vez también fragmentario, solo pretende ser una pequeña introducción a tan apasionante tema.


  1. Correspondencia de Sigmund Freud III, Expansión. La internacional Psicoanalítica, 1909-1914, trad. Nicolás Caparrós (Madrid, Biblioteca Nueva, 1997), p. 375.
  2. Sigmund Freud, Obras completas II: Estudios sobre la histeria (1895), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 62.
  3. Ídem.
  4. Ver en esta publicación, pág. 123.
  5. Sigmund Freud, Obras completas XIV: Introducción del narcisismo (1914 ), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 93.
  6. Ver pág. 39.
  7. Ver en esta publicación, pág. 124.
  8. Ver en esta publicación, pág. 109.
  9. Sigmund Freud. Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1986), p. 182.
  10. Hippolyte Taine, La inteligencia, tomo II (1870), versión española por M.H.A. (Buenos Aires: Editorial Albatros, 1944), p. 16.
  11. Ibidem, p. 74.
  12. Sigmund Freud, Obras completas XIV: Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños (1917), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 222.
  13. Por supuesto que Freud no necesitó a Taine para pensar la proyección ya que años antes, en su estudio sobre la Afasia, había abordado el tema al comentar los trabajos de Meynert.
  14. Sigmund Freud, El yo y el ello. Manuscritos inéditos y versión publicada (1923[1911]), edición y comentarios a cargo de Juan Carlos Cosentino (Buenos Aires, Mármol Izquierdo, 2011), p. 493.
  15. Correspondencia Sigmund Freud/Carl Jung, trad. Alfredo Mirales (Madrid, Editorial Taurus, 1978), p. 478.
  16. Sigmund Freud. Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1986), p. 311.
  17. Por eso, al leer un texto de Freud, es importante pensar a quién le habla, quiénes son sus interlocutores.
  18. Sigmund Freud, El yo y el ello. Manuscritos inéditos y versión publicada, (1923 [1911]), edición y comentarios a cargo de Juan Carlos Cosentino (Buenos Aires, Mármol Izquierdo, 2011).
  19. Sigmund Freud. Las neuropsicosis de defensa y otros textos. Notas de trabajo 1897-1910. Manuscritos, documentos inéditos y versiones publicadas (Buenos Aires, Mármol Izquierdo, 2022), p. 269.
  20. Silberer, Herbert. Viertausend Kilometer im Ballon. Mit 28 photographischen Aufnahmen vom Ballon aus. Leipzig, O. Spamer, o. J., 1903.
  21. Primera revista oficial del movimiento psicoanalítico.
  22. Ambos publicados en versión bilingüe en la presente edición.
  23. Karl Fallend, Peculiares, soñadoras, sensitivos. Actas de la Asociación Psicoanalítica de Viena. Edición a cargo del Área de Psicoanálisis de la Facultad de Psicología de la Universidad de la R.O.U. (Montevideo, 1997), p. 240.
  24. Sigmund Freud, Obras completas V: La interpretación de los sueños (1900), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 351.
  25. Ibidem, p. 499.
  26. Ibidem, p. 500.
  27. Los otros tres: la condensación, el desplazamiento y la representatividad/figurabilidad.
  28. Ibidem, p. 489.
  29. Ibidem, p. 495.
  30. Jaques Lacan, Escritos 2, De un silabario a posteriori, trad. de Tomás Segovia (Buenos Aires, Siglo xxi Editores, 1987), p. 697.
  31. Sigmund Freud, Obras completas XVII: Pegan a un niño (1919), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 191.
  32. Sigmund Freud, Obras completas XIV: Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños (1917), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 227.
  33. Correspondencia Sigmund Freud/Carl Jung, trad. Alfredo Mirales (Madrid, Editorial Taurus, 1978), p. 539.
  34. Ibidem, p. 613.
  35. Palabra con la que insiste Lacan en varios de sus escritos cuando aborda el tema.
  36. Sigmund Freud, Obras completas V: La interpretación de los sueños (1900), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 518.
  37. Sigmund Freud, Obras completas XIV: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico (1914), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 59.
  38. Jaques Lacan, Escritos 2, De un silabario a posteriori, trad. de Tomás Segovia (Buenos Aires, Siglo xxi Editores, 1987), p. 697.
  39. Sobre este punto es recomendable la lectura del texto El otro lado del superyó en 1923 escrito por Miguel Gasteasoro, publicado en el n.º 6 de Claroscuro, Cuadernos de Psicoanálisis (Montevideo, 2023), dirigida por Ginnette Barrantes Sáenz.
  40. Sigmund Freud, Obras completas XXIII: Análisis terminable e interminable (1937), trad. José Luis Etcheverry (Buenos Aires: Amorrortu Editores, 1991), p. 242.
  41. Sandor Ferenczi, Sexo y psicoanálisis. Simbolismo (1913), trad. S. Ducovsky (Buenos Aires, Ed. Horné, 2009), p. 176.
  42. Jaques Lacan, Escritos 2, De un silabario a posteriori, trad. De Tomás Segovia (Buenos Aires, Ed, Siglo XXI, 1987), p. 701.
  43. Sigmund Freud, Fetichismo y otros textos. Correspondencia, el caso AB. Manuscritos, documentos inéditos y versiones publicadas (2019). Edición y comentarios Juan Carlos Cosentino y Lionel F. Klimkiewicz (Buenos Aires, Mármol Izquierdo, 2019).
  44. La cara de la Luna (también conocida en otras culturas como “el hombre de la Luna” o “el conejo de la Luna”) es la figura aparente que dibujan los cráteres de la Luna cuando está llena o completa. Según las diferentes culturas que refieren a este fenómeno, pueden verse también otras figuras.
  45. Julius von Wagner-Jaugger (1857-1949), profesor de Psiquiatría en Viena, premio nóbel en 1927.
  46. Nombre que se le da a la contemplación de cristales o cristalomancia; es un método para ver visiones logradas a través de la inducción del trance mediante la mirada a un cristal –lo que comúnmente se conoce como “bola de cristal”– y ligado a la adivinación, generalmente del futuro.
  47. Correspondencia S. Freud-A. Zweig, trad. Margaret Miller (Buenos Aires, Ed. Granica, 1974), p. 25.


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